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            R021B07        

El arca de Noé

Juan José Morales
   
   
     
                     

Las expediciones preliminares, con naves automáticas primero y tripuladas después, habían sido todo un éxito. Ahora, ellos se encontraban ahí, desplazándose a dos mil metros de altitud sobre este mundo cálido y húmedo, poblado por extraños animales y plantas gigantescas. Sabían cómo era, pero aún no podían verlo, oculto como estaba por densas formaciones de nubes y torrenciales aguaceros que no parecían dejar claro alguno para descender.

Apenas cuatro años atrás, aquel viaje hubiera sido imposible. Ni siquiera en teoría. Pudo planearse sólo cuando se descubrió que el tiempo, ese tiempo cuya naturaleza habían intentado explicar los físicos y los filósofos durante milenios, es simplemente una forma de energía: la energía de la expansión del Universo. Es una onda que al igual que un resorte al estirarse por efecto de un impulso inicial, se propaga en la inmensidad del espacio provocando a su paso los acontecimientos y perdiendo vigor paulatinamente, haciéndose poco a poco más lenta en el proceso. Y, del mismo modo que el resorte al llegar al máximo de su extensión, la onda del tiempo terminara por detenerse y comenzar a correr hacia atrás hasta retornar al estado inicial de energía comprimido, para luego volver a propagarse una vez más en otro ciclo de su interminable y majestuosa pulsación.       

Pero aquello —la detención y la inversión del tiempo— no era un problema que preocupara a los tripulantes de la nave. Ocurriría, según los cálculos, 7.6 x 10132 años más adelante de su época. Demasiados cientos de miles de trillones de siglos como para quitarle el sueño a nadie.      

Una vez descubierta la naturaleza del tiempo, el siguiente paso fue aprovechar su propia energía para viajar hacia el pasado. Exclusivamente hacia el pasado, no al futuro, porque no se puede ir a un sitio que aún no existe, al que no ha llegado todavía la onda del tiempo. Todo fue cuestión —nada fácil, sin embargo— de diseñar y construir inversores de flujo que al concentrar la energía temporal y revertir su sentido permitían a una nave viajar, por así decir, contra la corriente normal del tiempo y a una velocidad incomparablemente mayor que la de ésta. A ellos les había tomado sólo cuatro días y cinco horas retroceder 65 millones de años, hasta los albores de la era terciaria. Cuatro días y cinco horas también necesitarían para volver a las coordenadas espacio-temporales de partida. Los inversores de flujo —al igual que en la compresión del resorte— habían acumulado durante el viaje la energía necesaria para el retorno. O, para ser exactos, casi toda, pues inevitablemente había pérdidas por fricción. Pero sólo haría falta un leve impulso adicional de los reactores transformadores de fusión para compensar esa pérdida y regresar al punto de origen. Sí, al punto preciso de origen, porque a nadie le gustaría quedarse varado años, siglos o milenios atrás. En aquellos tiempos la vida había sido demasiado dura, incómoda, y peligrosa.

Por supuesto, existía el riesgo de que ocurriera algo así, de que por cualquier falla —de la cual ningún aparato puede considerarse totalmente a salvo— la energía de retorno fuera insuficiente y no alcanzaron la meta. Pese a ello, sobraron voluntarios para tripular la nave, El arca de Noé, como la había bautizado con muy poca imaginación el presidente del Consejo Mundial de Ciencia y Tecnología.

Diseñada para albergar o una docena de animales pequeños, no de más de un metro de alzada, y varios cientos de huevos de ejemplares mayores, que serían incubados en condiciones controladas. El arca de Noé realizaría una de las más grandes misiones científicas de todos los tiempos: llevar dinosaurios al siglo XXII. Así, aquellas fascinantes y descomunales criaturas, que por millones de años dominaron la naturaleza, volverían a vivir. Podrían ser estudiadas en detalle y serían el centro de atracción en los Zoológicos.

Aquellas malditas nubes, sin embargo, no dejaban el menor resquicio, como si envolvieran por entero al planeta. No dejaría de ser paradójico, pensó, que ellos, hombres procedentes de una época en que se había logrado gobernar a voluntad el clima y el tiempo, vieran frustrado su propósito por impedimentos meteorológicos.

Media hora más tarde, no encontraban todavía un claro para descender. Los había en las altas latitudes y sobre los océanos, pero en las primeras no encontrarían dinosaurios, y un amarizaje quedaba descartado, pues la expedición no estaba preparada para ello ni —mucho menos— para atrapar animales acuáticos o voladores.

El inesperado impedimento comenzó a inquietarle. Como capitán de la nave, sentía sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad por el éxito o el fracaso. Trató de tranquilizarse. Necesitaría toda su sangre fría y su habilidad para ejecutar las delicadas operaciones de captura. Para entonces, estarían volando peligrosamente cerca del suelo, casi a la velocidad mínima de sustentación y dentro de muy estrechos límites de maniobrabilidad. Un error en tales condiciones podría hacerlos estrellarse y quedar aislados, sin posibilidad siquiera de informar sobre lo ocurrido, porque las señales de radio no se transmiten en el tiempo, y sólo tendrán una remotísima probabilidad de ser localizados y rescatados, ya que el margen de incertidumbre en la determinación de una posición temporal, aunque muy reducido —de sólo 0.00001 por ciento— significaba que para dar con ellos a esa distancia de 65 millones de años las misiones de salvamento tendrían que explorar un sector de más de 12 siglos.       

Se recriminó por haber pensado en eso. No había hecho más que agravar su nerviosismo. Se calmó un poco, sin embargo, al recordar que las probabilidades de un accidente eran sólo de una en cien mil, o quizá de una en un millón. Súbitamente olvidó todas sus preocupaciones. Había divisado una amplia oquedad entre las nubes, una zona despejada que se ensanchaba como si las fuerzas de la atmósfera dieran la bienvenida a los primeros cazadores intertemporales. De inmediato enfiló la nave hacia allí y pudo, por fin, contemplar el imponente paisaje de árboles colosales, gigantescos helechos y vastos pantanos de oscuras aguas sobre los que flotaban tenues y móviles vapores blanquecinos.

Por alguna razón, esperaba encontrar miríadas de dinosaurios. Por ello se sorprendió un tanto al no ver ninguno. Sólo cuando maniobraba ya a poco mas de cien metros sobre una somera laguneta, percibió los primeros, grises y verdosos, que corrían chapoteanedo y agitando la vegetación, espantados por el zumbido de los motores. Ya los había visto en la películas holográficas tomadas por las expediciones precedentes. Ya había ensayado repetidamente, en los simuladores tridimensionales, las maniobras de acoso, persecución y captura. Pero se dio cuenta de que en la practica las cosas no serían tan fáciles. Contra lo que mucha gente pensaba, aquellos animales no tenían nada de torpes ni lentos. Por lo contrario, se movían con gran agilidad y rapidez entre la maraña de troncos, ramas, juncos y arbustos. Saltaban, cambiaban súbitamente de dirección, se escurrían bajo el follaje y se deslizaban al abrigo de las rocas. Cada vez que creía tener uno en la mira, se interponía algo que impedía atraparlo. Y fuera de la laguneta, “no había a la vista ningún otro sitio libre de obstáculos sobre el cual se pudiera arrojar las redes.

Torció el rumbo y comenzó a describir un amplio arco para cortar el paso a la estampida de dinosaurios, amedrentarlos y hacerlos volver al terreno despejado, pero los perdió de vista cuando penetraron en un tupido bosque cuyos árboles erguían sus copas a mayor altura que la nave. Movió la palanca de mando para cambiar de dirección, tratando de adivinar qué rumbo seguirían los animales, a la vez que escudriñaba las inmediaciones en busca de otra posible presa. En ese momento escuchó un penetrante zumbido y en la periferia de su campo visual aparecieron unas líneas negras claramente marcadas sobre un fondo rojo. Volvió la mirada y quedó helado de espanto al contemplar en el tablero de instrumentos tres indicadores cuyas agujas habían llegado casi al tope de la zona de peligro. Lo remotamente, remotísimamente probable, aquello que sólo tenían una probabilidad en cien mil o en un millón de suceder, había ocurrido.

Es sorprendente la velocidad con que puede razonar la mente humana. Durante los tres segundos que transcurrieron entre ese vistazo y el desastre, se dio cuenta de que nada podía hacerse para evitarlo, que no había ya tiempo de alertar a sus compañeros, que sería inútil por lo demás decirles nada, que los tres acumuladores de flujo habían fallado simultáneamente, que ya nunca volverían al punto de partida, que la energía acumulada a lo largo del trayecto de 65 millones de años estaba a punto de liberarse súbitamente y que la nave iba a estallar sin remedio con una violencia comparable a la de varios millones de superbombas de hidrógeno de cien megatones.

Es sorprendente también de qué extrañas maneras puede reaccionar un ser humano ante la inminencia de la muerte. En ese instante lo embargó una sensación de euforia, el júbilo rayano con el éxtasis, apenas empañada por el hecho de que no podía compartir su hallazgo con nadie, ni siquiera con el resto de la tripulación: había descubierto por qué se extinguieron los dinosaurios.

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Juan José Morales                                                                                                       Cuento ganador del V Certamen Regional de Literatura de Bacalar, Quintana Roo realizado en 1990.
 
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