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Alfredo López Austin
     
               
               

La preocupación por el tiempo

Si tuviéramos que describir el pensamiento de los pueblos mesoamericanos a partir de unas cuantas características, una de ellas sería su obsesión por el flujo del tiempo. Esta obsesión estuvo presente a lo largo y a lo ancho de Mesoamérica como parte fundamental de una tradición que fue común. El complejo sistema calendárico mesoamericano existe al menos desde el siglo vii a.C., antigüedad que se atribuye a sus más antiguos signos1. Estos signos son suficientes para establecer que desde esa época o antes y hasta los días de la conquista española, hubo un solo sistema mesoamericano de cómputo de tiempo, aunque con importantes variantes. Más aún, las antiguas formas de calcular el arribo de los destinos subsisten hasta hoy, aunque escasas, dispersas y ocultas, en México y en Centroamérica.      

Las mayores variantes del sistema radican en lo que respecta a su complejidad. Serían los mayas, entre todos los mesoamericanos, quienes elaboraran en su periodo Clásico (de fines del siglo iii d.C. a principios del siglo x d.C.) los más artificiosos sistemas de cómputo y registro del tiempo.         

En contra de lo que constantemente se sostiene, la obsesión por el flujo del tiempo no tuvo su origen en las graves especulaciones de los sabios adscritos a las cortes. La obsesión fue parte de una concepción del mundo que se creó, siglo tras siglo, en el trato social cotidiano general y en la acción transformadora de los hombres sobre la naturaleza. En efecto, y volviendo en particular a los mayas, el asombroso adelanto de su calendario y su escritura se debió a que ambos servían de sustento a la legitimidad de los linajes dominantes. Por medio de los complicados mecanismos, cómputos y registros, las historias dinásticas se enlazaban con las de los dioses. En esta forma habían marchado juntos el poder, la sabiduría especializada y la preocupación por las vueltas del destino. El acrecentamiento del dominio político y del desarrollo del aparato gobernante, llevó el calendario y la escritura a muy elevados niveles, lo suficiente como para hacer inobjetable el poder de quienes se ostentaban como hombres llenos de divinidad y encargados de la conducción de los pueblos. Pero mucho antes de que el calendario y la escritura llegaran a tales alturas, ya aparecen ligados a la estructura del poder. Su unión original se debió a que la obsesión por el flujo del tiempo, existente en las comunidades campesinas, fue aprovechada para ir montando sobre ella uno de los soportes de los aparatos gobernantes de linaje. Puede afirmarse que la preocupación por el tiempo y posiblemente los principios básicos del sistema calendárico, nacieron en el estrato campesino; después, los grupos dominantes aprovecharon el calendario en beneficio de su legitimación y lo desarrollaron por la vía de la complejidad y el esoterismo.

La naturaleza del tiempo

El calendario mesoamericano estuvo basado en la idea de la materialidad del tiempo. Era éste, según el pensamiento antigüo, una sustancia divina, imperceptible, que fluía al mundo del hombre con ritmos regulados por un turno muy semejante al de la participación tributaria de los individuos en el orden político indígena: ciclos por los que cada unidad de sustancia temporal diferenciada, cumplía su cometido de aparición sobre la Tierra. Eran ciclos de distintas dimensiones, que correspondían a las diferentes regularidades descubiertas en la naturaleza: de 365 días, próximo a la duración del año trópico y segmentado en las épocas de lluvias y de secas; de un día, con sus unidades diurna y nocturna; de los movimientos astrales, principalmente el de las fases de la Luna. Pero también había ciclos importantísimos cuya dimensión correspondía a procesos naturales imaginarios o cuyo origen no han podido encontrar las investigaciones actuales: el de los 9 días de los señores de la noche; el de 360 días, próximo al año trópico, pero redondeado por los 18 "meses" de 20 días cada uno, y uno de los más importantes, el de 260 días, cuyo origen se atribuye a la combinación de dos números fundamentales en el orden cósmico: el 13 y el 20. Pueden encontrarse otros más; pero era básica la combinación de dos de ellos: el de 365 días, que marcaba tanto las actividades laborales como las rituales, y el de 260, que establecía el orden de los destinos que regían la vida de los seres mundanos. Con éstos se combinaba, además, en el mundo maya, el de 360 días, cuya función principal era el registro histórico.         

Cada ciclo explicaba así la regularidad de las vueltas de la naturaleza; la combinación de los ciclos, las complejas particularidades de los sucesos de la superficie de la Tierra. Si fuese un solo ciclo el que ordenara las influencias divinas, la historia se repetiría una y otra vez, siempre la misma. En cambio, si cada realidad sobre la Tierra era el producto de múltiples influencias simultáneas, que fluían en ciclos diferentes, la repetición histórica, matemáticamente irrebatible, se daría sólo en la vuelta de un enorme turno, producto de todas las distintas combinaciones de los ciclos. A esta vuelta del tiempo parecen referirse un proverbio náhuatl y su explicación, según se encuentran registrados en el Códice Florentino:

"Otra vez será así, otra vez así estarán las cosas, en algún tiempo, en algún lugar." Lo que se hacía hace mucho tiempo y ya no se hace, otra vez se hará, otra vez así será, como fue en lejanos tiempos: ellos, los que ahora viven, otra vez vivirán, serán2.

Tiempo intrascendente, tiempo trascendente y tiempo del hombre

La creencia en los flujos planteó la necesidad de imaginar su fuente. El tiempo llegaba al mundo del hombre porque procedía de un ámbito distinto; así concibieron los mesoamericanos que había un otro tiempo que originó el tiempo del hombre: era el tiempo de los dioses. Éste puede dividirse, sintéticamente, en un periodo de intrascendencia y en otro de trascendencia divina. El primero es el del ocio de los dioses, tiempo de repetición de hechos circulares. Los dioses oran, barren, tejen. Nada crean sus acciones indefinidamente repetidas. Pero el ocio feliz se rompe por la aventura: el deseo de ser adorados, la lujuria, la ira, la ruptura de la norma. Cuando los dioses actúan desenfrenadamente, se produce un corte transformador que los convierte en seres de lo que se crea como tiempo del hombre: de una diosa muerta nacen las plantas; de la incineración de los dioses, los astros; de la decapitación, el alacrán; de un proceder divino, la institución de un rito; de la intervención de un personaje mítico sobre la naturaleza, una técnica heredada… El mundo del hombre se va poblando como fruto de la vida —muchas veces violenta— de las divinidades.           

La aventura mítica, en suma, crea el mundo del hombre. Al sucederse las creaciones, se origina el orden calendárico. Cada ser del mundo nace en un día de creación, y ese ser llevará el nombre del día como nombre propio. Por ejemplo, para los antiguos nahuas, los árboles eran 1-agua; los venados, 7-flor; el maíz, 7-serpiente; el fuego, 4-caña; la sustancia térrea, 1-muerte.

El mecanismo cósmico. El tiempo-espacio del hombre y el tiempo-espacio de los dioses

Si el orden calendárico nace de la creación y para el mundo del hombre, se debe a que en el mundo de los dioses las aventuras divinas se encuentran en un estado de perpetua presencia. Allá no hay transcurso: en el ámbito divino existen simultáneamente todas las posibilidades de existencia. Este espacio divino está dividido en dos grandes mitades, y cada una de ellas en 9 pisos. Míticamente esto corresponde a la historia del ser original, llamado Cipáctli por los antiguos nahuas. Era el monstruo marino, femenino, primordial (fig. 1). Dos dioses convertidos en serpientes ciñeron su cuerpo y lo cortaron en mitades. Con una hicieron los cielos superiores; con la otra, el inframundo. Como ambas partes tendían a recomponerse, los dioses crearon 5 postes de separación: 4 para los extremos de la Tierra y uno para el centro. El espacio de separación al que los postes dieron lugar, fue el mundo del hombre: la superficie terrestre y los cuatro pisos celestes inmediatos por los que corren los astros y los meteoros. Es el espacio en el que transita el tiempo.

Los flujos temporales llegan sucesivamente por el interior de los 4 árboles de los extremos de la Tierra. Del cielo baja una corriente caliente de sustancia divina; del inframundo sube una fría. Ambas van como torzal, corriendo helicoidalmente. Salen de los cuatro árboles para ser distribuidas por el Sol, antagónicas, en una lucha en la que, como contendientes, van desvaneciéndose al ser conquistadas por los nuevos flujos cotidianos. Su orden es levógiro: el árbol del este vierte su contenido; luego el del norte, luego el del oeste, luego el del sur, para volver al del este.

El calendario y los distintos ciclos

Los mesoamericanos imaginaron que por los cuatro árboles se vertían las corrientes de los distintos ciclos. Los ciclos se ajustaban entre sí para formar otros ciclos mayores. Tomemos como ejemplo dos ciclos básicos: el compuesto por 13 días enunciados por números del 1 al 13, y el de 20 días, identificados con signos de seres naturales o artificiales (palma, oscuridad, lagartija, señor, caña, aguacero, muerte, conejo, cuchillo de pedernal, mono, hierba torcida, etcétera) (Figs. 2 y 3). Cada día se conocerá por la unión de dos nombres, uno de cada serie. Si partimos del punto de confluencia 1-ceiba (fig. 4a), llegaremos al fin del ciclo de los números con 13-caña; pero en la serie de los 20 signos faltará el curso de 7 más. El ciclo más pequeño se reinicia, y al terminar el vigésimo y último signo de la otra serie, lo acompañará el séptimo del ciclo menor: 7-señor. En esta forma, para que pueda darse la nueva coincidencia de 1-ceiba, necesitarán pasar 260 pares no repetidos.

Este ciclo de 260 días fue el usado con fines adivinatorios. Se combinaba, a su vez, con el ciclo de 365 días, el próximo a la duración del año trópico. El ciclo de 365 días estaba formado por 18 meses, cada uno de ellos con 20 días, y a la cuenta se agregaban 5 días "inútiles", con los que se completaba la cuenta (Figs. 5 y 6). La combinación del ciclo religioso de 365 días con el adivinatorio de 260 días se hacía en forma semejante a la de los pequeños ciclos de 13 y 20 días: para que coincidieran nuevamente en un día los nombres 1-venado del ciclo adivinatorio y 14° del mes "ave quechol" del ciclo de las fiestas religiosas (fig 4b), deberían transcurrir 18,980 días, o sea 73 giros del ciclo adivinatorio y 52 giros del ciclo de 365 días.

La combinación de más ciclos, posible gracias al sistema maya de numeración posicional, llevó a cálculos impresionantes (fig. 7). Los mayas establecieron como punto de referencia para sus cómputos el día en que coincidieron los siguientes nombres: 4-señor del ciclo de 260 días; octavo del mes cumkú del ciclo de 365 días, y 13.0.0.0.0 del ciclo de 360 días (fig.8). Esto corresponde al año 3113 a.C. de nuestro calendario, época, por cierto, en la que no existían ni el sistema calendárico mesoamericano ni el pueblo conocido en sentido estricto como maya.

La aproximación al año trópico

Uno de los problemas más interesantes en materia religiosa es el de la aproximación del cómputo del año de 365 al año trópico. La cuenta estricta de 365 días hubiera provocado un desfase entre el cómputo y la realidad natural, y con ésta la realidad social de la distribución estacional del trabajo. La solución dada al problema de la fracción de día del año trópico, que supera los 365 días de la cuenta calendárica tendría graves repercusiones en materia religiosa: de la justa aproximación del ciclo calendárico y el natural se deriva la posibilidad de correspondencia de los ritos "mensuales" y las actividades productivas ligadas al ciclo de las estaciones. Hoy se centra la discusión entre los estudiosos de los pueblos del Altiplano Central de México, y específicamente de los mexicas. Se debate la existencia de una corrección que permitiera, en periodos breves, el ajuste entre el ciclo religioso y las fracciones de días acumuladas año tras año debido a la duración astronómica del año. Entre los diversos autores que han intervenido en la polémica, es muy sugerente la propuesta de Castillo Farreras, quien, con base en la interpretación de las fuentes documentales, propone una corrección en el "mes" de "crecimiento" (izcalli), en una ceremonia que sólo se celebraba cada 4 años3. En esta forma —explica Castillo Farreras— el problema del bisiesto entre los mexicas quedaría resuelto.

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 Refrerencias Bibliográficas

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Notas
1.    Edmonson, The book of year, p. 20-21 y 96.
2.    Códice Florentino, Libro vi, fol. 196v. La traducción del náhuatl al español es mía.
3.    Castillo F., “El bisiesto náhuatl”.

Las ideas centrales de este trabajo están desarrolladas en mi libro “Los mitos del tlacuache”.

     
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Alfredo López Austin
Investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM.

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