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Las lágrimas
son agua
Alfonso J. Vázquez Vamonde
   
   
     
                     
El lenguaje nos hipoteca hasta extremos increíbles; inclusoen
la tecnología. Todos hablan del efecto invernadero del CO2, ¡Dios me libre de negar su importancia!, pero nadie para mientes del vapor de agua, algo que conoce, sobre todo, quien vive en el campo.

El refrán: “mañanita de niebla, tarde de paseo”, identifica ese efecto de calentamiento que producen las nubes. La niebla, que no deja de ser una nube a ras de suelo, produce un efecto invernadero respecto del calor que emite la tierra. La situación inversa se produce si el cielo está raso, sin nubes. La temperatura por la noche baja y, por ello, el riesgo de helada es grande. El calor almacenado por la tierra durante el día se pierde “hasta el infinito y más allá”, sin que haya ninguna nube que lo contenga.

De ahí han surgido todos los poemas y canciones a las noches de luna fría, porque en la medida en que el cielo está más limpio de nubes y la Luna se vea mejor, más fría será la noche por falta del agua condensada en nubes, produciendo un cálido efecto invernadero. Esto que sabe cualquier campesino, lo ignoran casi todos los ciudadanos, incluidos los licenciados en las ciencias en las que lo enseñan, quizá con la excepción de los que estudian física de la atmósfera, porque esos, estoy seguro, lo saben. Quizá por eso los agoreros que nos amenazan con un futuro caliente ¡por culpa del co2!, se olvidan del vapor de agua que también se produce al quemar combustibles hidrocarbonados ¿Acaso es mejor un futuro frío?

Siendo posibles tantos equilibrios térmicos, es mínimamente probable que el actual sea el mejor de todos los posibles. En su ignorancia, los agoreros reducen el mundo a su breve estancia en él y olvidan los diferente equilibrios de temperatura en las distintas partes de la Tierra. Son gente que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor y que cualquier tiempo futuro será peor. Ellos se pierden la oportunidad de disfrutar del momento: ¡carpe diem!

Vivimos desde hace cientos de miles de años bajo sucesivos periodos glaciares mucho más inhóspitos que los templados que los separan. Cada uno con ventajas e inconvenientes. A todo nos hemos acomodamo y a lo que venga también lo haremos. Nuestros recursos tecnológicos son mucho mayores que los que tenían quienes se acomodaron a esos cambios mucho mayores hace miles de años.

Si a un saharaui se le traslada a un poblado inuit, pasada la sorpresa del cambio, que siempre es atractiva, preferiría volver a sus ardientes arenas. Tampoco el inuit se aclimataría fácilmente a la sequedad y temperatura del desierto. Pero quizá ambos no encontrarían tanto inconveniente en vivir en la zona templada —incluso en Jaén— en la que estamos nosotros, como encontraríamos nosotros en vivir en cualquiera de sus dos espacios vitales.

Los saharauis sin duda preferirán una bajada de temperatura veraniega y los inuit, estoy seguro, preferirán un invierno menos crudo. Suba o baje la temperatura, la vida es posible. Nuestra capacidad de acomodación a lo inevitable o de modificarlo para que sea más habitable debería tranquilizar a todo el mundo, incluso a los más desasosegados.

Volviendo al asunto acuoso, como el agua es transparente los periodistas no la ven. Y como en forma gaseosa es un vapor incoloro, siguen sin verla. Sólo cuando el agua de una torre de refrigeración, característica de las centrales nucleares, emite su penacho de vapor que condensa, todo el mundo ecológico y periodístico brama contra la contaminación, aunque esa “contaminación” se desvanece: confunden el vapor de agua condensada —¿son las nubes una contaminación?—, con el humo. ¿Qué profesor de química tuvieron en la secundaria?

En sus manos, en las de los periodistas, está encomendado nuestro espíritu, el de la formación de la opinión pública, y así pasa lo que pasa. Es pretencioso ese vano alarde de encuestas presuntamente representativas de lo que opina la gente, que no tiene opiniones personales fruto de la reflexión, que no suele opinar y sólo regurgita lo último que oyó. En su inmensa mayoría, quizá más de 90%, repite lo último dicho en la televisión, y en todos los países hay cadenas a las que “hay que echar de comer aparte”.

El número de lectores de periódicos, una lectura sosegada que da tiempo a la reflexión aun si el periódico es venenoso, es reducido; incluso incluyendo a los que leen los periódicos gratuitos.

En mis libros de ingeniería química (Brown, Vian-Ocón y en el Perry) se explicaba lo que todos los paisanos sabían sin necesidad de haber estudiado, que la experimentación es la madre del conocimiento. En ellos se presentaban gráficas y ecuaciones para corregir el efecto de absorción y emisión de la radiación en la atmósfera en presencia de H2O, CO2 y SO2. Debía hablarse del agua como causante del efecto invernadero, porque se produce más H2O que CO2 en términos volumétricos y casi la misma cantidad en términos ponderales.

Todavía recuerdo la bronca del profesor Batuecas, de química-física, con un compañero en clase porque a una pregunta suya que exigía una respuesta cuantitativo le dijo “mucho”. Para no hacerme acreedor a otra igual, hagamos algunos cálculos elementales de bachillerato.

Cuando se quema un mol de CH4, es decir, de gas natural, produce 1 mol de CO2 pero 2 moles de agua. La concentración de ésta en la atmósfera aumentará el doble. En cálculo pondera: 16 gramos de CH4 producen 36 de H2O y 46 de CO2, un 20% más. El factor de incremento es de 2 en términos volumétricos y 36/16 = 2.25 para el H2O y de 1 en términos volumétricos y 44/16 = 2.75 en términos ponderales para el CO2. Claro que en un hidrocarburo largo nos aproximamos más a un múltiplo de —CH2— con lo que la situación sería de 1 mol de CO2 y uno de H2O, que es lo mismo que pasa si quemamos madera (C6H12O6).

Si del CO2 podríamos decir con Becquer que “los suspiros son aire y van al aire” —aunque en realidad los que van al aire son los expiros, porque al fin y al cabo un suspiro tienen su dosis de CO2 (aunque también de agua), de las lágrimas diríamos que “son agua y van al mar”. Analicemos esto.

El consumo de gas natural es de varios billones de metros cúbicos (1012) y sigue aumentando. Eso significa que miles de millones de litros de agua acabarán cayendo a la Tierra. Eso sí, como le ocurría a la lluvia ácida, una cosa es el punto de emisión y otra el de recepción. Éste puede estar bastante lejos como para que las reclamaciones por daños sean imposibles, sobre todo en el caso de conflictos internacionales transfronterizos.

Tras un pleito, la empresa propietaria de la central térmica de Andorra (Teruel) tuvo que indemnizar a sus víctimas por la lluvia ácida que asoló varios bosques en el Maestrazgo (Castellón). Algo parecido ocurrió con las siderúrgicas de Chicago que vertían su porquería en la vecina Canadá. Pero nunca supe que la propietaria de la Central de Puentes de García Rodríguez, en La Coruña, que hacía lo mismo con los irlandeses, les hubiera pagado alguna indemnización.

El agua de la combustión de los combustibles hidrocarbonados, el carbón sólo produce co2, aumenta la humedad de la atmósfera en el ciclo del agua al que entra en los puntos de combustión bajo la forma de vapor caliente. Luego, condensada en forma de lluvia o rocío, fluye por ríos visibles o subterráneos, llega al mar y se evapora, cerrándose el ciclo.

Antes había menos agua en la atmósfera porque no se aportaban estos miles de millones de kilos de la combustión. Si les añadimos otro tanto por la combustión de los otros productos petrolíferos, en números redondos, la cantidad ya es de decenas de millones de millones de kilos. Como la superficie de los océanos es del orden de 400 × 109 m2, el nivel del agua subirá poco. Pero como la naturaleza jamás distribuye uniformemente nada de lo que hay en ella, el Sahara sufre la carencia del agua que sobra en el sureste asiático, seguro que habrá más inundaciones que siempre se achacan al CO2 y quizá se deben a todo este aumento de H2O.

Pero, ya se sabe, “unos llevan la fama y otros cardan la lana”. Al CO2 le ha tocado ser el malo de la película. Según las cánones clásico de Hollywood, no se casará con la maestra, esa chica delicada y culta procedente del este, dispuesta a alfabetizar a todos los pelafustanes mata-indios de los pueblos del medio oeste, pues a los de la costa del Pacífico ya los habían alfabetizado los franciscanos, subiendo desde México, un país que, en sus buenos tiempos, casi llegaba al Canadá.

No pretendo hacer responsable al agua de nada que no le toque, pero con estos, creo que justos, comentarios sólo quise aliviar la carga de malvado que se le ha adjudicado al co2, al fin y al cabo una molécula angular como la de h2o, siempre está tan dispuesta a sufrir vibraciones tanto longitudinales como rotacionales, más las que se inventen.
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Alfonso J. Vázquez Vamonde
Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas, CENIMCSIC.
     
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como citar este artículo
Vázquez Vamonde, Alfonso J.  (2013) Las lágrimas son agua. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 46-49. [En línea]
     

 

 

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