revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Adolfo Olea Franco
     
               
               
Comprender la ciencia y la tecnología desde la filosofía
política significa entenderlas como partes integrantes de la economía, de las relaciones de poder, de la desigualdad social, de la cultura, de las relaciones internacionales, así como explicar su institucionalización y financiamiento a lo largo de la historia, su producción y aplicación material y simbólica. Lo “interno” de las ciencias es tan sociocultural como lo “externo”, y esto tan “objetivo-subjetivo” como aquello. Significa también confrontar la concepción idílica del trabajo de científicos y tecnólogos, santos laicos cuyo fin esencial sería descubrir la “verdad” e inventar cosas que mejoren la vida, con los rasgos, más bien prosaicos, hoy predominantes de esas actividades.

Destaca en primer término la mercantilización y la militarización de las investigaciones mejor financiadas a nivel mundial, generadoras de ganancia y poder bélico para sus patrocinadores; también la intervención manipuladora, incluso destructora, en los seres vivos, en los humanos, en los ecosistemas, basada en un conocimiento detallado de sus procesos fisiológicos, pero comúnmente ajena a la responsabilidad ética. Otro rasgo, cada vez más acentuado, de las ciencias y tecnologías es la crasa artificialización que imponen, por motivos de lucro, a todo lo natural; práctica manipuladora que, en vez de resolver los existentes, crea nuevos problemas, tales como las enfermedades iatrogénicas, a los que, en una espiral sin fin, se les atribuirá todo tipo de causas naturales, que demandarán entonces otra “solución tecnológica”, antes que reconocer el efecto causal de la intervención humana.

Igualmente notable es la concentración de la investigación científica y de la innovación tecnológica en unas cuantas naciones dominantes que realizan cerca de 90% de la investigación mundial y, por sin eso fuera poco, difunden el prejuicio etnocéntrico de que sus prioridades cognitivas, asociadas a la producción y reproducción de su posición hegemónica, constituyen los “verdaderos” problemas de investigación. Este prejuicio, poderoso también en las naciones dominadas, conduce a menospreciar otras concepciones de la naturaleza, de la sociedad y la cultura, así como a excluir o marginar, en la producción de las ciencias institucionalizadas, a las grandes mayorías, a las mujeres, a los pueblos indígenas y a quienes son diferentes al modelo de “normalidad” sexual y política. El eurocentrismo, incapaz de comprender la otredad, adopta, en el terreno de las ciencias y las tecnologías, una actitud engañosa ante los conocimientos de los pueblos indígenas: por un lado, niega que sean conocimientos, si acaso serían creencias, pero, por otro lado, se apropia, para patentarlos, de esos conocimientos (botánicos, agrícolas, zoológicos, taxonómicos, médicos, ecológicos).

La formación académica, generación tras generación, de estudiantes, maestros e investigadores de las ciencias sociales y naturales, de las humanidades y las artes, condiciona y es condicionada por el tipo de relaciones, de subordinación, de interés compartido, de autonomía parcial, que el campo científico mantiene con el campo del poder y con el económico, mismas que suelen contrastar con las relaciones más bien distantes, y en todo caso casuales, desestructuradas, hasta reprimidas, que el campo científico mantiene con el campo social, con esa porción mayoritaria de la sociedad civil que no posee ni el poder político ni el poder económico.

La investigación científica y tecnológica se realiza hoy, principalmente, en tres conjuntos de instituciones: a) las universidades, tecnológicos y otras instituciones de educación superior públicas y privadas; b) las secretarías de Estado, cuyas tareas, cuando se hacen bien, demandan sólidos conocimientos sobre numerosos asuntos, y c) los laboratorios industriales de las grandes corporaciones, creados desde los albores del siglo xx. En las naciones dominantes, estos tres grupos de instituciones están estrechamente articulados entre sí por medio de programas de investigación realizados conjuntamente, entre otras cosas, mientras que en el resto de los países la interrelación es muy débil y las investigaciones en coordinación excepcionales.

En México, las universidades públicas hacen la mayor parte de la investigación, inconspicua en las privadas, mientras que la investigación industrial y gubernamental es muy escasa. Las naciones fundadas tras sacudirse el yugo colonial han enfrentado numerosos obstáculos para desarrollarse, el más importante de los cuales, mas no el único, es el poderío militar, financiero, industrial, científico y tecnológico de los países industrializados, surgido en parte del prolongado, todavía en curso, robo colonial y neocolonial. La investigación industrial demanda cuantiosa inversión financiera, complejas instalaciones y equipamiento, personal científico experimentado y altamente calificado, así como actividades productivas y de servicios que incorporen las innovaciones y generen ganancias económicas, parte de las cuales, a su vez, será reinvertida en investigación científica y creación de tecnología.

Por otro lado, lo que suele llamarse genéricamente “conocimiento científico”, lejos de ser sinónimo de “verdadero”, es un conjunto vasto y heterogéneo de planteamientos, representaciones y proyecciones desde y hacia la praxis humana, nacido del estudio de aristas concretas de la realidad objetiva que forman parte de las prácticas industriales, sociales, sexuales, sanitarias, culturales y bélicas, entre otras. La vinculación a priori y a posteriori entre el contexto multifactorial y el proceso de producción y aplicación de conocimiento condiciona tanto el contenido del conocimiento adquirido como el uso instrumental al que pueda ser destinado. Así, la producción, bajo los paradigmas ortodoxos, de las ciencias naturales y sociales en las naciones hegemónicas y dominadas, está tan cercana de la “verdad” a secas como lo están las bellas artes, en su versión consagrada u occidental, de la “belleza” per se, o la ética al servicio de los poderosos lo está del “bien y la justicia”. Lo que quiero decir es que ni la producción ni la definición de la verdad, la belleza, el bien y la justicia son monopolio de ningún conjunto de naciones, instituciones o especialistas. Tienen, por el contrario, orígenes y sentidos múltiples.

Algunas “verdades científicas” como, por ejemplo, “es posible obtener energía eléctrica a partir de la nuclear”, son de alcance limitado, pues no tienen implicaciones ideológicas, políticas o éticas —a menos que se quiera distorsionarlas o convertirlas en medios para otros fines. En este caso concreto, la experiencia de los últimos sesenta años refutó a los panegiristas de la industria nucleoeléctrica, ciegos ante las amenazas que planteaba a la seguridad humana y de la biósfera, pero fueron millones y millones de no especialistas, de ciudadanos comunes quienes, a veces con el apoyo de investigadores, lanzaron la voz de alarma sobre los peligros reales y potenciales de esta industria. Otras supuestas “verdades científicas”, como la afirmación “la inteligencia humana es hereditaria porque está codificada en los genes”, tienen un sentido expansivo, ajeno a investigaciones desprejuiciadas, que contribuye, junto con otros factores, a otorgar credibilidad a las viejas y nuevas creencias racistas y sexistas que, al ser defendidas por los “sabios”, adquieren un barniz de respetabilidad.

En los debates sobre la energía nucleoeléctrica y el racismo genético, al igual que en otros similares, los científicos naturales discutieron entre sí y con los de las áreas sociales, que a su vez tampoco defendieron una sola posición. A pesar de las controversias entre especialistas, la mayoría de ellos adoptó un determinado punto de vista que pasó a ser, al menos temporalmente, la “ortodoxia”, la “verdad”, por razones institucionales, ideológicas y políticas, vinculadas más con su ubicación nacional y socioeconómica que con las investigaciones que habían hecho. Estas razones, distintas a las de la lógica, la epistemología y la evidencia experimental, no son irracionales, sino formas de la razón instrumental, estratagemas del intelecto que permiten ocultar con argumentos “inteligentes” la desnudez de los intereses personales y corporativos de ganancia monetaria y de ejercicio del poder.

Respecto de éstos y otros problemas, los no especialistas han tenido también mucho que decir, si bien su voz ha sido igualmente heterogénea. Con la pura ciencia o con la ciencia pura sería imposible elaborar argumentaciones tan vastas y significativas como las que hoy aceptamos como teorías generales de la naturaleza, la sociedad, la historia y el ser humano. Tanto los científicos como los legos conocen estas grandes teorías en la forma de extensas estructuras argumentativas en cuya elaboración son elementos constitutivos, y no meramente recursos expresivos, las imágenes, las metáforas, las analogías y otros medios e insumos culturales con los que se construyen los significados simbólicos emanados de las ciencias, significados que se plasman también de manera práctica en la esfera de las relaciones sociales y la producción material.

Entender la diferencia y la vinculación entre lo público y lo privado es imprescindible para valorar la índole del conocimiento científico y de la tecnología, caracterizados, habitualmente, como parte del patrimonio de la humanidad, según la creencia de que se producen y aplican en la sociedad en aras del bienestar del ser humano, sin distingos de nacionalidad, clase social, sexo, etnia, religión o posición política. Sin embargo, el conocimiento científico y la tecnología tienen una naturaleza ambivalente, son lo mismo recursos públicos que privados. Pueden ser producidos, apropiados y usufructuados de manera privada, es decir, en este caso su principal función es aportar ganancias, aunque se conviertan en parte de la cultura general y sus aplicaciones ideológicas o materiales sean públicas. Pueden ser producidos, en contraste, con financiamiento público y en instituciones públicas, y aun así ser apropiados y usufructuados por empresas capitalistas que tornan lo que supuestamente era patrimonio de todos en fuente de ganancias privadas, en alianza con los investigadores que registran las patentes y se convierten en accionistas de las corporaciones. La realidad siempre es más compleja, más enredada que las categorías que elaboramos para nombrarla, describirla y comprenderla.

Una caracterización sucinta de los tres conjuntos de instituciones que hacen investigación científica y tecnológica es necesaria. En primer lugar están las universidades, que podrían ser consideradas como la base contemporánea del campo del conocimiento.

Si bien aquellas nacidas durante el Renacimiento y en la etapa inicial de la modernidad europea, todavía empapadas de escolasticismo, fueron antagónicas a los antecedentes y primeras teorías de las ciencias naturales y sociales que florecieron fuera de ellas, tras el poderoso avance del capitalismo posterior a la revolución industrial, posibilitada por la acumulación financiera de tres siglos de colonialismo y esclavismo, las universidades europeas, estadounidenses y japonesas adquirieron lentamente, emulando el novedoso modelo alemán de principios del siglo xix, el perfil de instituciones de enseñanza superior y posgrado, cuyos profesores se dedican también a hacer investigación original junto con sus estudiantes de posgrado en los diversos campos del conocimiento, así como a trabajar de asesores y funcionarios de los estados y las empresas, incluso como fundadores de corporaciones industriales que lucran con los más recientes hallazgos científicos.

Las instituciones de educación superior forman a prácticamente todo el personal dedicado a la investigación científica y tecnológica, desde los creadores de las teorías generales de la naturaleza, del ser humano y de la sociedad, hasta los técnicos de apoyo a las labores de investigación. Si, como desde hace dos décadas, aquellas pertenecientes al sector público prosiguen en el abandono impuesto desde organismos internacionales y nacionales empeñados en destruir la autonomía universitaria y su función social originaria, es decir, servir al interés social mayoritario, para ponerlas al servicio del “mercado mundial” o de la “sociedad del conocimiento y la innovación” —bella frase que oculta la fealdad del “nuevo orden mundial”—, el campo universitario y del conocimiento tendrá un carácter cada vez más instrumental, más privatizado, por ende antagónico al pensamiento crítico, fuente de las ciencias naturales y sociales, de las humanidades y de las artes modernas y, previsiblemente, también de las futuras concepciones teóricas.

Pero ¿quiénes son los sujetos sociales que hacen investigación y qué tanto y de qué manera deciden sobre la problemática de su investigación y la aplicación tecnológica de los resultados? Los científicos son sujetos sociales similares al resto en cuanto al modo en que establecen relaciones y realizan su trabajo, es decir, viven un proceso de formación que los habilita para buscar una posición laboral en la enseñanza y la investigación (o las tareas propias de quienes investigan en secretarías de estado o en empresas capitalistas), procuran obtener financiamiento y reconocimiento a sus investigaciones —para lo cual tienen que sujetarse a las reglas explícitas e implícitas ya existentes en el campo, tocantes a los métodos de investigación, las formas de publicación, la estructura lógica y discursiva de una argumentación científica, el manejo de los resultados experimentales o evidencias prácticas y los problemas de investigación considerados relevantes—, y trabajan en el marco de las relaciones establecidas entre una disciplina de investigación y las fuentes potenciales de financiamiento público y privado, por lo que deben acatar las reglas de valoración o medición del mérito de los logros de investigación.

En ese sentido, como trabajador asalariado —por lo menos en la mayoría de los casos, porque hay también científicos-empresarios o empresarios-científicos—, el investigador llega a un campo en donde todo parece estar repartido, con escaso espacio para moverse libremente, lo cual puede estar incluso prohibido. La llamada “comunidad científica” está completamente jerarquizada, desde los directores de investigación que tienen bajo su mando a docenas de investigadores, hasta los técnicos, empleados manuales y estudiantes graduados y no graduados asociados a grupos de investigación.

En la estructura jerárquica, ¿las posiciones de arriba, de en medio y abajo son asignadas por el mérito de las personas y el origen de clase social, étnico y de género? ¿Ayudaría dicho origen, según su distribución en los escalones de la jerarquía, a pensar el problema de hacia dónde se orienta la investigación científica, para servir a qué fines y a qué clase, etnia y género? Veamos algunos casos.

Gregor Mendel nació en una familia pobre del campesinado austrohúngaro e hizo sus investigaciones en un monasterio agustino, del que fue abad; mientras que, de familia de la gran burguesía inglesa, Charles Darwin, tras su viaje de circunnavegación alrededor del mundo, hizo todo su trabajo en su casa y no ocupó ninguna plaza universitaria. Finalmente, Albert Einstein, vástago de una familia judía de la pequeña burguesía alemana, concibió sus conclusiones teóricas más importantes mientras trabajaba como empleado en una oficina de patentes, años antes de que pudiera siquiera aspirar a ser un profesor universitario.

Es evidente que el origen nacional, de clase, étnico y de género, juzgado de esta manera simplista, parece ayudar muy poco a valorar las contribuciones científicas de Mendel, Darwin y Einstein. Sin embargo, la forma específica de sus investigaciones, las conclusiones que elaboraron y la manera en que las expresaron discursivamente están íntimamente vinculadas con sus contextos nacionales y socioculturales, mismos que, evidentemente, no aportan toda la explicación de la creatividad de estos científicos, pero sí ayudan a insertarlos en el reino de este mundo y a poner un límite a la mistificación idealista.

El campo científico tiene una autonomía relativa respecto del social, económico y político; está vinculado con ellos, pero no es reductible a ninguno, como tampoco es enteramente separable. Este principio se aplica de manera diferencial a las diversas ciencias: la matemática, la física y la astronomía disfrutan de una mayor autonomía relativa que la química y la biología, mientras que en esta escala las ciencias sociales y las humanidades tienen una autonomía relativa menor, pero poseen alguna.

Considero que la autonomía relativa de las ciencias modernas más consolidadas, como la física, es fundamentalmente de tipo intelectual, es decir, que ni el poder político, ni el económico, ni el militar, ni el religioso le dictan sus conclusiones conceptuales y teóricas o determinan sus metodologías de investigación. No obstante, creo que la física es sujeto de un enorme control político, económico y militar por la vía del financiamiento de sus investigaciones: durante los últimos setenta y cinco años, las docenas de disciplinas y áreas de investigación que la integran avanzaron enormemente en los Estados Unidos, pero su principal motor no fue, sospecho, la búsqueda de conocimientos y tecnologías para el “bienestar de la humanidad”, sino la ganancia capitalista y el máximo poderío militar. Dicho lo cual, no pretendo que la obra científica de, digamos, J. Robert Oppenheimer, Richard P. Feynman o Murray GellMann pueda explicarse como simple consecuencia del imperialismo estadounidense, pero considero que el entender la formación de dichos físicos y sus actitudes ideológicas y políticas demanda comprender cómo funcionaba la sociedad y la élite del poder estadounidenses en la primera mitad del siglo xx, así como saber que los físicos tenían una vinculación estrecha con el Estado y las corporaciones con objeto de acrecentar el poderío bélico de su país.

Como existe una vinculación multiforme, compleja, cambiante, entre el campo social, político, económico y el científico, la estructura y funcionamiento de este último no puede entenderse como si fuese el producto de procesos puramente endógenos. El financiamiento de la investigación no se decide dentro del propio campo del conocimiento, aunque podría creerse que es así porque las problemáticas de investigación que son financiadas son diseñadas principalmente, aunque no de manera exclusiva, por los científicos. La orientación y las aplicaciones de la investigación tampoco son controladas exclusivamente por los científicos.

El contenido de las teorías y los conceptos, las conclusiones que se alcanzan en la investigación, son conformados principalmente por los científicos que, de todos modos, tienen que explicar sus logros con el lenguaje común y los recursos expresivos que lo integran, desde las palabras, las oraciones, las analogías, las metáforas, los modelos, las imágenes, en fin, la transferencia de conceptos de otras disciplinas. Debe tomarse en cuenta que hay, aunque no siempre, una retraducción o una transfiguración de los recursos expresivos comunes, así como el empleo de modelos matemáticos y otras formas de representación formal.

La concepción de Bourdieu sobre las ciencias es, hasta cierto punto, una idealización del campo científico, ya que ignoró, como si no existiera, el vasto conjunto de investigaciones sobre el uso ideológico, político, cultural, racista, sexista que se ha hecho de teorías científicas o pseudocientíficas; cuando habla de ciencia, a mi juicio, Bourdieu habla del deber ser de la ciencia: como conocimiento no contaminado por las limitaciones, intereses y bajezas humanas que, a final de cuentas, serían filtradas por la vigilancia epistemológica; pero no analiza la ciencia realmente existente, excepto en los aspectos cubiertos por su modelo de libre concurrencia, de acuerdo con el cual una de las condiciones sociales que hacen posible la objetividad científica sería el carácter autocorrectivo de las investigaciones, el cual consiste en que los principales productores intelectuales, enfrascados en una competencia inclemente, no sólo son los más capaces de entender y aprovechar lo que publican sus contrincantes, sino también, llegado el caso, de refutar sus planteamientos.

La competencia entre los científicos más dotados sería, así, una de las raíces sociales de la objetividad, que sin duda tendría también raíces epistemológicas y metodológicas. No hay una sola palabra, o casi, en su vasta obra sobre la militarización de la ciencia, la mercantilización de la ciencia (empezó a hablar de esto hasta sus últimas publicaciones), el uso racista y genocida que de las ciencias —o de lo que pasa por ciencia— que hacen las naciones hegemónicas que oprimen, en mancuerna con las oligarquías locales, a los pueblos del Tercer Mundo. En cuanto a la vastedad y diversidad de la humanidad, siguió adherido, como Michel Foucault y Jürgen Habermas, a la visión eurocentrista de la realidad y la historia, ¿cómo iba a escapar a la influencia de esos elementos tan profundos de su formación intelectual? No albergo, empero, duda alguna de que su obra se cuenta entre las de mayor valor en la sociología del siglo XX.

Los investigadores raramente interactúan con el campo social porque en la formación del habitus científico —en las instituciones universitarias y de investigación, al solicitar financiamiento para proyectos específicos, al escribir artículos y libros e intentar publicarlos, al solicitar el ingreso a sociedades y academias científicas, al venerar los mitos de origen de las ciencias, en los que figuran “padres”, pero no “madres”, al ser reconvenido por transgredir las normas del decoro científico—, se incorpora firmemente la disposición de mantenerse alejado de ese sector, so pena de ser calificado de “poco serio” o de diletante.

Pero es una actitud distinta a la de los alquimistas medievales, cuyo esoterismo proscribía revelar secretos a los no iniciados, ya que en el caso de las ciencias se teme, a mi juicio, a que los investigadores y profesores se inmiscuyan en las organizaciones sociales y se pongan contra el poder económico y el político. La inhibición o prohibición de la alianza con los sectores sociales subordinados es tan constitutiva del habitus científico como el estímulo o compulsión a vincularse con los poderes político y económico, cuya organización, centralización y posesión de recursos los hace fuentes de financiamiento y, todavía más, de proyección social amplia y de aplicación cultural, política, ideológica, industrial, comercial y bélica de los productos de los investigadores.

A mi entender, quienes laboran en el campo científico se orientan hacia el campo social sobre todo en periodos de crisis revolucionaria, guerra y depresiones financieras (que al dificultar su trabajo tornan al investigador uno más entre sus congéneres). En una sociedad verdaderamente democrática, en la que el interés social mayoritario participe en la toma de decisiones fundamentales y en la aplicación de programas de gobierno, así como en determinar la orientación de la producción material y simbólica, el habitus científico tendrá quizá rasgos más afines al principio de responsabilidad colectiva.

El campo científico es, lo sé, mucho más heterogéneo que lo antedicho: la enseñanza y la investigación en universidades públicas y privadas están lejos de ser idénticas; lo mismo se aplica, con menos intensidad, a las investigaciones en las secretarías de Estado y quizá también, aunque lo dudo, a las corporaciones empresariales (sólo las mayores hacen investigación, hay una concentración cada vez mayor del capital, de tecnología, de producción-comercialización y de finanzas en las ultramegacorporaciones, la mayor parte de cuyas operaciones de compraventa se realiza con sus propias subsidiarias y ramales). Pero por más heterogeneidad que exista, en el terreno de la educación superior y la investigación hay también instituciones, laboratorios, grupos e investigadores mejor financiados, con mejor infraestructura, instalaciones y equipo que producen más (patentes, artículos, libros, posgrados, cuadros para el Estado y la empresa privada) y, de manera regular, suelen ser los que, a su vez, están más estrechamente vinculados con el poder político y económico que, en ocasiones, por la fuerza de las circunstancias, tiene que reconocer también a algunos de los pensadores o creadores disidentes, sobre todo cuando pretenden cooptarlos o una vez muertos.

El campo científico incluye todo el sistema educativo, en particular las instituciones de educación superior, públicas y privadas; los institutos, centros y laboratorios de investigación en todas las disciplinas del conocimiento, sean de índole pública (universidades autónomas), gubernamental (los institutos de investigación, casi extintos en México, de las secretarías de Estado) o privada (los laboratorios industriales); las revistas, sociedades y academias científicas nacionales e internacionales. Cada una de las porciones del campo científico se vincula de manera específica con el campo político, económico y social.

La ciencia y la tecnología serían incomprensibles sin tomar en cuenta que el conocimiento es un poder, que las ciencias son hoy fuerzas productivas de primera línea, instrumentos fundamentales de la política y de las políticas de Estado, que los propios científicos pueden convertirse en integrantes de las clases política y capitalista, con lo que en ocasiones suman a su capacidad de productores de conocimiento la de poseedores de poder político y económico.

Pero las ciencias también pueden producir “desconocimiento”, en el sentido de obliteración de la comprensión, porque excluyen el estudio de procesos fundamentales: por ejemplo, la economía neoliberal sólo puede explicar el desempleo como consecuencia de la falta de capacitación del trabajador y la pobreza como consecuencia de la escasez de los bienes materiales, pero cierra los ojos ante el hecho de que el capitalista utiliza la tecnología para dominar al trabajador y reducir el uso de la fuerza de trabajo —por eso elimina numerosos puestos laborales—, y que el proceso que genera pobreza para el polo de abajo de la sociedad es el mismo que produce riqueza desmesurada para el polo de arriba, cuya ambición por poseer cantidades ilimitadas de bienes terrenales y capital sólo es frenada de cuando en cuando por los movimientos y las revoluciones sociales, o bien por las depresiones económicas en que los tiburones capitalistas se comen a los peces capitalistas y arruinan la vida de cientos de millones de personas.

De la misma manera, la historiografía, la sociología y la ciencia política hegemónicas oscurecen la comprensión del estatuto de las naciones del Tercer Mundo, a las que suponen en proceso perpetuo de desarrollo para alcanzar a los países dominantes, como si éstos, cada vez más inalcanzables, permanecieran inmóviles mientras aquellas “ascienden” en la “escala del progreso”, cuando ocurre precisamente lo contrario, algo misteriosamente “invisible” para las concepciones ortodoxas, a saber, que las naciones dominantes lo son porque acumulan incesantemente riqueza y poder a costa de los recursos y de las mayorías humanas de las demás. En este sentido, tal forma de “ignorancia ilustrada” que producen las ciencias hegemónicas es también un tipo de poder, gracias a que es valorada como conocimiento.

Algo parecido puede decirse de lo que diversos teóricos de las ciencias naturales y sociales plantearon en los últimos siglos sobre la condición de la mujer y de los pueblos indígenas no europeos: produjeron concepciones sexistas y racistas que, no obstante, durante un tiempo fueron consideradas científicas de manera casi unánime —a excepción de autores que desde la misma área de conocimiento defendieron concepciones alternativas—, y todavía tienen sus defensores recalcitrantes en versiones “actualizadas” como las teorías de Samuel Huntington sobre el supuesto choque de civilizaciones o la amenaza que los mexicanos significarían para la cultura anglosajona estadounidense.

La historia nos enseña que no podemos estar dogmáticamente seguros de las verdades que hoy nos entregan las ciencias: algunas lo son, otras no. Más aún, en la medida que éstas caen bajo el control de la plutocracia internacional y se vuelven por ende menos autónomas en cuanto a decidir su problemática de investigación y difundir masivamente sus conclusiones por medios electrónicos e impresos (medios que también son empresas), el ejercicio de la duda y el pensamiento crítico se vuelven más indispensables. La posibilidad de la verdad objetiva sigue vigente, pero a condición de que se comprenda y, más aún, destruya, el vínculo de dependencia que hoy tienen las ciencias respecto del poder político y económico y, por otro lado, se fomente la interacción de las ciencias con los poderes de la sociedad civil, no por atomizados inexistentes, lo cual, es cierto, tampoco está exenta de aristas.

articulos
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Adolfo Olea Franco
Departamento de Política y Cultura,
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.


Es Doctor en Historia de la Ciencia por la Universidad de Harvard; es investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Xochimilco) y docente de posgrado en la misma UAM-Xochimilco, en la UNAM y en el Instituto Tecnológico de Monterrey.

     
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como citar este artículo
Olea Franco, Adolfo. (2013). La vinculación del investigador con las diferentes formas del poder. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 120-131. [En línea]

 

     

 

 

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