| de la epistemología |
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| El paradigma de la fragmentación como principio de la especialización del saber |
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Marcos de J. Aguirre Franco |
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En la segunda mitad del siglo XX el científico irlandés
John Bernal escribió: “todavía subsiste la antigua división entre ciencias físicas, químicas y cosmológicas; pero ahora se sabe que se trata de simples divisiones para el trabajo práctico y que la imagen del universo es una”. En ese mismo periodo el físico estadounidense David Bohm realizó un exhaustivo trabajo científico y filosófico encaminado a esclarecer lo que consideraría como el problema de la fragmentación. Para él, dicha dificultad tendría su raíz en la manera en la que el hombre imagina la idea de totalidad, esto es, como un conjunto de fragmentos independientes conducidos por marcadas fronteras disruptivas a una dimensión espaciotemporal. Durante sus investigaciones, Bohm entrevió que la idea de límite se había vuelto moneda de uso corriente no sólo en el sistema social considerado en abstracto, sino en “cada individuo, produciendo así una especie de confusión mental generalizada que ha creado una interminable serie de problemas que interfieren en la claridad de nuestra percepción, tan seriamente que nos impide resolver la mayor parte de ellos”. Según el autor, esta cosmovisión sigue produciendo un modo particular de descomposición mental con serias consecuencias para el desarrollo de la civilización. Es aquí donde se enclava la especialización del conocimiento. Otros pensadores occidentales como el filósofo de la ciencia Karl R. Popper o el urbanista e historiador Lewis Mumford, mantuvieron cierto escepticismo respecto del modo en que Occidente —desde el siglo xix— había establecido límites a las distintas áreas del conocimiento. Un sistema bien capacitado para observar ciertas anomalías en determinadas áreas, pero que al parecer aún no se ha visto en la necesidad de atender las relaciones más inmediatas que continuamente las influyen. En un intento por sortear esa incomunicación entre mónadas de conocimiento, Popper declaró que la ciencia debía tener un enfoque eminentemente cosmológico, considerando que, por su razón de ser, debía enriquecer el conocimiento del mundo entendiéndolo como un sistema de relaciones: “para mí, tanto la filosofía como la ciencia pierden su atractivo cuando abandonan ese objetivo, cuando se convierten en especialidades y dejan de contemplar los enigmas de nuestro mundo y de admirarse ante ellos”. Si la especialización no requiere la admiración ante los enigmas del mundo para así establecer una relación más empática con el complejo sistema en el que se instaura, el estudio de la naturaleza seguirá poniendo toda su atención en construir instrumentos científicos y tecnológicos que permitan predecir y controlar aquello que poco le interesa comprender. En 1967 Mumford, en su libro El mito de la máquina, sugirió que la fragmentación del conocimiento originada por la especialización del saber afectaba incluso la posibilidad de alcanzar ciertas formas de control, pues al ignorar las otras conexiones con el área del conocimiento en cuestión frustraba el acceso a una perspectiva más amplia de la superestructura sistémica que continuamente influye en las partes que se pretende controlar. Resulta evidente que las funciones de un sistema de alta complejidad se desarrollan por —y en— la continua interacción de los nodos y la totalidad del sistema. El profesor Mumford supuso que al prescindir por un momento de una interpretación puramente disciplinar de los detalles se podría acceder a un panorama más amplio del sistema, lo cual permitiría apreciar nuevas conexiones transdisciplinarias que antes habían pasado desapercibidas por el rigor del especialista. Es ciertamente apreciable que una disciplina contenga en sí misma cierta autonomía de conocimiento respecto del fenómeno de la realidad que le concierne estudiar. Sin embargo, no se debería olvidar que la lógica de la especialización no se empeña en comprender los fenómenos que estudia más allá del control que de ellos pueda tener. Sobre las limitaciones de la especialización del conocimiento, el conocido geógrafo brasileño Milton Santos, escribió: “una disciplina es autónoma, pero no independiente del saber general”. Si bien el desarrollo de la ciencia actual se ha ido abriendo cada vez a un entendimiento más complejo de la realidad, algunos pensadores y científicos no han quedado del todo convencidos con los planteamientos “interdisciplinarios” supuestamente comprometidos en disminuir la fragmentación del conocimiento; según David Bohm: “al quedar insatisfechos con este estado de cosas, los hombres han seguido planteando temas interdisciplinarios que pretenden unir estas especialidades, pero que, a fin de cuentas, han servido para añadir otros fragmentos separados”. Para el filósofo francés Edgar Morin, la manera en que se ha intentado remediar el problema de la “disyunción especializante” del saber ha sido por medio de nuevas formas de reducción fragmentaria donde las complejidades de los distintos sistemas estudiados se reducen a fenómenos supuestamente más simples, lo cual supone explicar lo superior mediante lo inferior; por ejemplo, el estudio de los procesos cognitivos muchas veces se ha visto reducido al estricto fisicalismo de los procesos neurobiológicos. Este procedimiento disyuntivo ha sido otra manera de fracturar y “especializar” a los nodos que conforman la complejidad de un determinado conjunto de estudio. Por tal motivo, Morin llegó a considerar que la “hiperespecialización habría aún de desgarrar y fragmentar el tejido complejo de las realidades, para hacer creer que el corte arbitrario operado sobre lo real era lo real mismo”. Si bien la especialización del conocimiento ha supuesto un papel importante en la organización y funcionamiento de la civilización en términos mecánico-burocráticos, la complejidad de los fenómenos tratados por la especialización obliga a desdibujar sus límites. La hibridación de nuevas disciplinas a partir de afinidades necesarias ha hecho surgir ciencias como la paleoclimatología o la astrobiología entre muchas otras. Más allá de ello, la necesidad de hibridación disciplinar todavía sugiere esa inclinación decimonónica por alcanzar una especialización fundamentada en la máxima eficiencia productiva, aun si sus propios procesos de control hacen estallar nuevos problemas sistémicos en un crecimiento más acelerado que su capacidad para controlarlos. |
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Referencias bibliográficas Bernal, J. 1981. La ciencia en nuestro tiempo. Nueva Imagen, Cd. de México. Bohm, D. 2014. La totalidad y el orden implicado. Kairós, Barcelona. Morin, E. 1990. Introducción al pensamiento complejo. Gedisa, Barcelona. Mumford, L. 2010. El mito de la maquina: técnica y evolución. Pepitas de Calabaza, La Rioja. Teilhard de Chardin, P. 1955. Le phénomène humain. Editions du Seuil, París. Santos, M. 2000. La naturaleza del espacio: Técnica y tiempo, razón y emoción. Ariel, Barcelona. |
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| Marcos de J. Aguirre Franco Facultad de Arquitectura, Universidad de Guadalajara. |
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