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José Mariano Moziño y su incansable andar
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Luis Estrada
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Héctor Gómez Vázquez
Viaje interminable de un naturalista. Academia Mexicana de Ciencias / Instituto Politécnico Nacional. México: 2005, 260 pp. |
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Aunque no soy biólogo, he tratado de aprender algo de esa disciplina y tengo muchos amigos biólogos. Por otra parte, mi conocimiento de la historia general de la ciencia es muy pobre, por lo que he buscado enriquecerlo sin todavía lograr mucho. Con lo dicho resultará claro que lo que aportaré será un comentario propio de un curioso lector que ha encontrado un libro sorprendente.
Empezaré por confesar que aunque sabía de la existencia de José Mariano Moziño, ignoraba la naturaleza y magnitud de su obra y desconocía su vida. Por lo tanto, la lectura del Viaje interminable fue toda una revelación. De ella diré que la descripción que el autor hace de la formación del naturalista mexicano a partir de su infancia en Temascaltepec hasta lograr los nombramientos de naturalista de la Real Expedición Botánica, primero, y de miembro de la Real Academia de Medicina de Madrid, después, fueron para mí descubrimientos formidables. El relato de sus vínculos con Martín de Sesse, el promotor de expediciones en la Nueva España, repletos de reconocimiento y apoyo, así como de los obstáculos provenientes de los intereses y envidias de algunos médicos peninsulares me parecieron muy interesantes. Sin embargo, me gustó más la relación del quehacer de los expedicionarios durante sus labores y la descripción de los lugares en donde estuvieron. De lo primero cito: “A lo lejos se ve la fila de hombres caminar por abruptos senderos con el objetivo y la ilusión, el sueño y la determinación de entender, comprender y clasificar ese maravilloso universo llamado naturaleza. Podemos verlos soportar el andar por rugosos terrenos a salto de machete, o en planicies infinitas para trasladarse de un sitio a otro: como fragmentos inéditos en el paisaje, como motas moviéndose en la superficie terrestre desolada, deshabitada, abundante, grosera y virgen. Se les ve subir y bajar por estrechas veredas, senderos escarpados o empinados bajo torrenciales aguaceros.
Las calamidades vienen, van y están en todas partes: en mí, en ti, en él, en ella, en nosotros y en ellos. Ellos están solos, solos, en la abrupta serranía tarahumara y en la tepehuana, en la Sierra Madre Occidental, en las selvas veracruzana y chiapaneca, en terrenos anegados de la costa de Michoacán, en las vertientes montañosas de la sierra mazateca, y ninguna persona, ningún lugareño, arriero o gambusino, clérigo o trashumante se encuentra con los expedicionarios en varios días. Habrá que hacerse de alimentos para sufragar las demandas del hambre y el cansancio en medio del desolado y salvaje paraje recorrido ese día que fue ayer y que probablemente no será mañana. Los accidentes comunes y excepcionales ocurren a los expedicionarios y a sus acompañantes por cuanto sitio se aproximan. A las desventuras y aventuras del conocimiento hay que ponerles la mejor cara, la mejor actitud para sobreponerse a los torrenciales disparates que a la naturaleza humana le deparan las otras naturalezas.” Respecto de los lugares visitados por el naturalista mencionaré un relato, aparentemente del propio Moziño: “A un cuarto de legua de las casas de una ranchería de pronto, así nomás, reventó de la tierra una humareda oscura que se fue elevando a las nubes acompañada de estrepitosos rugidos y comenzó a vomitar entre el fuego mucha agua y lodo negro y hediondo, azufroso, formando pantanos a los alrededores de la ranchería y sacando humo por todas partes; como si estuviera ardiendo la tierra en pleno bosque y sobre ellos campos sembrados de maíz. La gente se refugió en el Cerro de Cuarallo donde sufrieron toda clase de inclemencias. A la lluvia tupida siguió la de arena caliente y azufrosa que causó el derrumbe de todas las oficinas de la hacienda de la Presentación. Las cenizas cubrieron los sembradíos y en cosa de tres horas todo lo de la hacienda se destruyó quedando en la miseria total doscientas personas […] El espanto pasmó a todos durante mucho tiempo pues el Jorullo, que brotó de la nada, ha mantenido en alerta a todas las poblaciones de los alrededores”.
Y en las Noticias de Nutka Moziño anota: “Casi es imposible penetrar al interior, pues al más resuelto es capaz de contener aquella multitud de barrancas profundísimas y espesas emboscaduras de espesas florestas. Los naturales no habitan más que las playas, quedando los montes reservadas a los osos, los linces, los mapaches, las comadrejas, las ardillas, los ciervos […] advertí que se escaseaban las aves; apenas pude ver un carpintero, un gorrión carba de pico, dos colibríes, e igual número de alandas”. Me gustaría leer aquí más párrafos de libro, en especial algunos relativos a la labor que los dibujantes realizaron durante las expediciones en que participó Moziño, pero creo que es mejor que ustedes las disfruten leyéndolas directamente en el libro que nos ocupa. Quiero ahora hacer, frente a ustedes, algunas reflexiones motivadas por mi lectura del Viaje interminable de un naturalista.
Lo primero que señalaré es que el libro difunde la existencia en el pasado de científicos mexicanos. Para muchos, la ciencia en México es algo que se ha iniciado hasta tiempos recientes. No falta quien cree que con la caída de las civilizaciones precortesianas el conocimiento científico, que además muchos dudan si era tal, se acabó para dar paso a otro tipo de saberes más fundamentados. Empero el interés por el conocimiento del universo no menguó con la conquista y se enriqueció con el proveniente de la península. Sabemos bien que José Mariano Moziño no salió de la nada y que cuando Martín de Sesse llegó a estas tierras había quien lo entendiera y lo cuestionara. Es doloroso que muchos compatriotas, aun con grados universitarios, no conozcan suficientemente esta faceta de nuestra historia cultural.
Muy relacionado con lo que acabo de mencionar es la imagen común de los científicos. Muchos los consideran como personas excéntricas que visten batas blancas y no salen de sus laboratorios. Que ellos se atrevan a vivir en condiciones rústicas y que los muevan sentimientos y deseos comunes a los ciudadanos comunes y corrientes es, a veces, increíble. El retrato del naturalista que hace el libro que aquí nos convoca es el de un hombre normal que no desdeña sus sentimientos y que persigue un ideal, luchando contra una sociedad miope, burocrática y deseosa únicamente de una vida cómoda. Lo dicho me hace recordar que es frecuente oír que los mexicanos pronto olvidamos el pasado, que no tomamos en cuenta la historia. La historia de Moziño, como persona y como científico, me hace pensar que no es que olvidemos la historia sino que, en términos vivenciales, sólo percibimos la natural y eso porque es inevitable. Pervivimos de la misma manera que lo hacíamos hace dos siglos. Parece que el tiempo no modifica el fondo de nuestra conducta. Más aún, he buscado símiles del quehacer científico actual con el de la época en que vivió Moziño y he encontrado muchos. No abundaré sobre este tema y espero que muchos de los lectores del Viaje interminable de un naturalista analicen más este tema y me hagan notar mis exageraciones.
Mencionaré también que recordar las expediciones realizadas al final de la Colonia para conocer la naturaleza y riqueza de los dominios de la Nueva España debería animarnos a esforzamos por conocer mejor la naturaleza de nuestro país. Ignorar las características y virtudes de nuestro territorio es preocupante, más cuando ahora se ha incrementado la investigación científica en nuestro país. Quizá parte de ese descuido se deba a la creciente convicción de que la ciencia debe valorarse preponderantemente en términos de su impacto económico. En fin, creo que ya estoy desvariando por lo que me disculparé diciendo que estos pensamientos han sido provocados por la lectura de libros como el que escribió Héctor Gómez Vázquez. Este es, por tanto, el momento de callar, no sin antes agradecer a todos su atención por haberme escuchado. |
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Nota
Texto leído durante la presentación del libro Viaje interminable de un naturista de Héctor Gómez Vázquez, el 14 de noviembre de 2007, en la Biblioteca México. _______________________________________________________________
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Luis Estrada
Uiversidad Nacional Autónoma de México. |
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como citar este artículo →
Estrada, Luis. (2008). José Mariano Moziño y su incansable andar. Ciencias 89, enero-marzo, 74-76. [En línea] |
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e: historia de un número
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Historia de π
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e: historia de un número
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Eli Maor
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Conaculta / Libraria,
México, 2006. 214 p. |
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La historia de π ha sido extensamente narrada, sin duda porque se remonta a épocas remotas pero también porque mucho puede ser comprendido sin el conocimiento de matemáticas avanzadas. Tal vez ningún libro pueda superar la Historia de π, de Petr Beckmann,† un modelo de divulgación popular, a la vez claro y preciso. Al número e no le ha ido tan bien. No sólo es de una cosecha más reciente, sino que su historia está estrechamente relacionada con el cálculo, una materia que tradicionalmente es considerada la entrada a las matemáticas “superiores”. Hasta donde sé, todavía no ha aparecido un libro sobre la historia de e comparable al de Beckmann. Espero que el presente libro llene ese hueco.
Mi objetivo es contar la historia de e a un nivel accesible a los lectores con un modesto conocimiento de matemáticas. He minimizado el uso de las matemáticas en el texto en sí, relegando varias demostraciones y desarrollos a los apéndices. También me he permitido distraerme del tema principal en algunas ocasiones para explorar algunos asuntos laterales de interés histórico. Estos incluyen reseñas biográficas de muchas de las figuras que desempeñaron algún papel en la historia de e, algunas de las cuales rara vez son mencionadas en los libros de texto. Sobre todo, quiero mostrar la gran variedad de fenómenos de distintos orígenes —desde la física y la biología hasta el arte y la música— que están relacionados con la función exponencial ex, haciendo interesante este tema en campos muy alejados de la matemática.
En el curso de mis investigaciones, un hecho quedó inmediatamente claro: el número e era conocido por los matemáticos al menos medio siglo antes de la invención del cálculo (se refiere ya a él la traducción al inglés a cargo de Edward Wright de la obra de John Napier sobre los logaritmos, publicada en 1618). ¿Cómo pudo ocurrir esto? Una posible explicación es que el número e apareciera primero en conexión con la fórmula del interés compuesto. Alguien —no sabemos quién ni cuándo— tiene que haber notado el hecho curioso de que, dado un capital inicial C compuesto n veces al año a una tasa de interés anual r invertido durante t años, si se permite que n crezca indefinidamente, el monto final de dinero S, obtenido de la fórmula S = C (1 + r/n)nt, parece aproximarse a un cierto límite. Este límite, para C = 1, r = 1 y t = 1, es casi 2.718.
Este descubrimiento —más parecido a una observación experimental que al resultado de una deducción matemática rigurosa— debe haber sorprendido a los matemáticos de comienzos del siglo xvii, para los cuales el concepto de límite aún no era conocido. Así, el verdadero origen del número e y de la función exponencial bien puede encontrarse en un problema terrenal: la forma en que el dinero aumenta en el tiempo. Veremos, sin embargo, que otro problema —el área bajo la hipérbola y = 1/x — conduce independientemente al mismo número, lo que deja el origen exacto de e cubierto de misterio. El papel mucho más familiar de e como la base “natural” de los logaritmos tuvo que esperar hasta que el trabajo de Leonhard Euler en la primera mitad del siglo xviii hizo de la función exponencial uno de los protagonistas del cálculo.
Hice todos los esfuerzos que pude para ofrecer nombres y fechas con la mayor precisión posible, si bien con frecuencia las fuentes dan información contradictoria, particularmente en la prioridad de ciertos descubrimientos. Los comienzos del siglo XVII fueron un periodo de actividad matemática sin precedentes, y a menudo distintos científicos, sin estar enterados del trabajo de los otros, desarrollaban ideas similares y arribaban a resultados similares casi a la vez. La costumbre de publicar los resultados propios en revistas científicas no estaba todavía difundida ampliamente, por lo que muchos de los descubrimientos más importantes fueron comunicados al mundo en forma de cartas, panfletos o libros de circulación limitada, por lo que es difícil determinar quién fue el primero en encontrar este hecho o aquél. Esta desafortunada situación alcanzó un clímax en la amarga disputa por la prioridad en la invención del cálculo, un asunto que enfrentó a algunas de las mejores mentes de la época, y que en gran medida fue responsable del atraso de la matemática en Inglaterra durante casi un siglo luego de los descubrimientos de Newton.
Como alguien que ha enseñado matemáticas en todos los niveles de la instrucción universitaria, soy consciente de la actitud negativa de muchos estudiantes hacia la materia. Hay muchas razones para esto, una de las cuales es el modo esotérico y árido en que enseñamos esta materia. Tendemos a abrumar a nuestros estudiantes con fórmulas, definiciones, teoremas y demostraciones, pero rara vez mencionamos la evolución histórica de estos hechos, dando la impresión de que nos fueron legados, como los diez mandamientos, por alguna autoridad divina. La historia de la matemática es una buena forma de corregir esas impresiones. En mis clases siempre trato de introducir un bocado de historia de las matemáticas o viñetas de las personas cuyos nombres están asociados con las fórmulas y los teoremas. Este libro se desarrolló en parte con esta metodología. Espero que satisfaga el objetivo propuesto.
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| Fragmento del prefacio. | |||
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Historia de π.
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Petr Beckmann
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Conaculta / Libraria,
México, 2006. 167 p. |
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La historia de π refleja de forma muy particular la historia de la humanidad. Es la historia de hombres como Arquímedes de Siracusa, cuyo método para calcular π no fue superado significativamente durante 1900 años; y es también la historia de un hombre de negocios de Cleveland, quien en 1931 publicó un libro anunciando el gran descubrimiento de que π era exactamente igual a 256/81, un valor utilizado por los egipcios cuatro mil años antes. Es la historia de los grandes logros de la humanidad en la Universidad de Alejandría en el siglo III a.C.;
y también la historia de la estupidez humana que llevó a los obispos y cruzados medievales a entregar al fuego las bibliotecas científicas, porque condenaban su contenido como obra del demonio.
No siendo historiador ni matemático, sentí que estaba altamente calificado para escribir esta historia.
Esta afirmación pretende ser irónica, pero contiene un grano de verdad. Al no ser historiador, no estoy obligado a utilizar una máscara de distanciamiento ecuánime. Esta historia habla de ciertos hombres e instituciones que admiro, y de otros que detesto, y en ningún caso dudé en dar rienda suelta a mis opiniones. Sin embargo, creo que, en lo que sigue, los hechos y las opiniones están claramente diferenciados, por lo que el lector no corre el riesgo de verse muy influido por mis gustos y prejuicios.
No siendo matemático, tampoco estoy obligado a complicar mis explicaciones con un excesivo rigor. Espero que este librito aliente a los lectores no matemáticos a interesarse por las matemáticas, así como espero que los estudiantes de física e ingeniería se interesen en la historia de sus herramientas de trabajo. Sin embargo, existen dos métodos probados para volver odiosas las matemáticas: uno es embrutecer al lector con afirmaciones sin demostración; el otro consiste en martillar su cabeza con epsilones y demostraciones de existencia y unicidad. He tratado de mantener una ruta intermedia.
Una historia de π cuyo contenido se limite a los simples hechos y fechas de cuándo alguien hizo algo con el número tiende a ser bastante aburrida, y me pareció más interesante incluir en ella un poco del trasfondo de los tiempos en los que hubo progreso en el estudio de π. En algunas ocasiones me he alejado mucho del tema central, como por ejemplo con el imperio romano y el medioevo, y es que me pareció de igual importancia explorar las épocas en las que no existió progreso en el estudio de π, y por qué no lo hubo.
El nivel matemático del libro es flexible. Al lector que encuentre ciertos pasajes matemáticos demasiado complicados le sugiero hacer lo que el matemático hará cuando los encuentre excesivamente triviales: saltarlos.
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Fragmento del prólogo. |
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