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Érika Hernández Hernández, Patricia Negreros Castillo
y Carl W. Mize
     
               
               
La reducción de la cobertura forestal a nivel mundial es una
preocupación de toda la sociedad, por lo que se han utilizado diversas estrategias para impulsar la reforestación y recuperar las áreas de bosques y selvas. Sin embargo, gran parte de la estrategia mundial tiende a recaer en los hombros de las comunidades más pobres del mundo, que es en donde se encuentran muchos de los manchones de bosques remanentes y terrenos susceptibles de ser reforestados.
 
Una de las razones principales de esto es que el sistema de vida de las comunidades rurales tiende a ser más sencillo y difícilmente tienen la capacidad de transformar el paisaje drásticamente. Lo contrario sucede en muchos otros lugares del mundo en donde el paisaje se ve severamente modificado como resultado del desarrollo de las zonas urbanas y turísticas, la construcción de un gran número de carreteras y edificios, y el establecimiento de plantaciones extensivas de monocultivos agrícolas y forestales.
 
Para los habitantes de comunidades rurales, que en general son propietarios de terrenos pequeños, emprender una reforestación significa dejar de producir alimentos por un buen número de años. Es por esto que les resulta difícil hacer este tipo de inversión, pues más bien representa un sacrificio.
 
La comunidad de Hueycuatitla es un caso típico de esta situación, como se ha podido constatar con el proyecto allí emprendido; la primera autora de este artículo, estudiante de biología en la Universidad Veracruzana, es originaria de la misma y se interesó en hacer su tesis de licenciatura sobre el proceso para promover la reforestación en su comunidad, para lo cual recibió el apoyo de sus profesores y coautores del presente trabajo.
 
Hueycuatitla se localiza en el norte del estado de Veracruz en el municipio de Benito Juárez (figura 1), en la región que se conoce como la Huasteca Veracruzana. Es una comunidad nahua y la lengua que se habla es precisamente el náhuatl; de hecho, su nombre proviene del vocablo náhuatl compuesto de hueyi que significa grande y cuatitla monte, es decir, monte grande.
 
Aunque sus raíces son de la cultura nahua, la comunidad fue fundada aproximadamente a mediados del siglo xix por pobladores que provenían de comunidades aledañas del mismo municipio y de otros vecinos, incluso de los estados colindantes: Cuachumo y Xochioloco del municipio de Benito Juárez, Alahualtitla y Ayoco del municipio de Chicontepec, Colatlán del de Ixhuatlán de Madero y del de Xochiatipa, Hidalgo.
 
En los primeros años del asentamiento en Hueycuatitla la tenencia de las tierras era de tipo condueñazgo y el propietario era Leonardo Llorente, un terrateniente dedicado a la ganadería y agricultura, que obligaba a los campesinos a realizar faenas para su beneficio sin un sueldo; mucha gente estaba inconforme con la situación, entre ellos los señores Leonardo Martínez y Leandro Hernández, quienes decidieron luchar por las tierras para que fueran del pueblo.
 
Para regularizar sus tierras ante el registro agrario caminaban durante semanas a la ciudad de Álamo Temapache y de ahí se iban en camión a la ciudad de Xalapa o a la ciudad de México. Finalmente, después de una lucha de más de veinte años lograron obtener las escrituras de 3 600 hectáreas bajo régimen comunal.
 
Actualmente la comunidad tiene una población de 950 habitantes, entre hombres, mujeres y niños. La mayoría de los hombres adultos se dedica a la agricultura y la ganadería, y parte, en especial las mujeres, se dedica a la cestería, los bordados en textiles y la alfarería.
 
Se desconocen los datos exactos, pero se dice que hace muchos años una persona de la comunidad empezó a delimitar sus parcelas con cercas y los demás, al ver esa acción, también comenzaron a hacer lo mismo. Las personas con más dinero consiguieron cercar los terrenos mejor ubicados y de mayor extensión, mientras que las personas pobres se quedaron con terrenos más pequeños. Desde aquella fecha no ha habido una repartición equitativa entre los comuneros y únicamente se han ido heredando a los hijos, por lo general a los varones.
 
El gobierno ha intentado repartir los terrenos de manera equitativa mediante el procede (Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares), sin embargo, los comuneros se han negado. Una de las pocas ventajas resultantes de lo anterior es que la vida comunal y las tradiciones se han mantenido hasta la fecha.
 
En la comunidad, además de los terrenos que cada persona “tiene”, se cuenta con seis terrenos para uso comunal: dos destinados a la ganadería, aproximadamente 28 hectáreas, tres dedicados al cultivo de maíz, de 19 hectáreas, y uno de aproximadamente 800 hectáreas de selva, ubicado en los límites con otras comunidades.
 
En los terrenos de cultivo se efectúa la siembra comunal de maíz cada año, cuya cosecha es usada para preparar alimentos en la fiesta patronal y otros eventos comunitarios; en principio, cualquier comunero puede esporádicamente usar el terreno de selva para sembrar maíz o frijol pero prácticamente jamás se ha usado.
 
Los potreros comunales se crearon con el propósito de tener ganado vacuno, pensando que el ganado es un resguardo monetario; actualmente el ganado se vende cuando surge alguna necesidad, como mejorar las instalaciones de las escuelas, la iglesia o la agencia, entre otros. Los potreros comunales también son alquilados, a un precio económico, por los habitantes de la comunidad para su ganado.
 
La organización de Hueycuatitla consiste en un Consejo de Ancianos, considerado como la máxima autoridad, que se encarga de orientar las decisiones que en asamblea se toman para la comunidad y está integrado por ocho hombres de entre sesenta y ochenta años; el Agente Municipal, que es la persona responsable de las actividades colectivas de la comunidad y organiza las fiestas y el cultivo de maíz y frijol; el Juez, encargado de resolver conflictos familiares, juveniles y personales; y el Comisariado de bienes comunales, quien resuelve los problemas agrarios.
 
También existe un Comité de vaqueros que administra uno de los potreros, vigila y vacuna el ganado y recibe dinero de la renta, que se usa para adquierir más ganado, vacunas, alambre, etcétera. Hay además otro potrero administrado por el comité escolar, con cuya renta se compra materiales para mejorar las aulas. A nivel de la comunidad, la organización de los trabajos es el “tequio” o trabajo comunitario.
 
En Hueycuatitla todavía se conservan muchas tradiciones; entre las más importantes están: el Xantolo (Todos Santos), Nanahuatilli (carnaval tradicional), la fiesta patronal que es el 12 de diciembre y en ocasiones también se lleva a cabo el elotlamanilistli que significa ofrendar al elote. A las familias les gusta participar y disfrutar de estos eventos tradicionales.
 
El tipo de vegetación característica en la comunicdad es la selva mediana subperennifolia, que entre 1975 y 1990 fue deforestada principalmente para el cultivo de maíz y frijol. En aquella época, a los pobladores les gustaba trabajar el campo y cada año lo aprovechaban utilizando el sistema de roza tumba y quema; la ganadería ya existía entonces, pero en micro escala.
 
A partir de 1985 empezó la emigración hacia las ciudades y quedó poca gente que trabajara la milpa, lo que dio lugar a la regeneración de la selva (vegetación secundaria) que había sido aprovechada para cultivos. Pero también al regresar, algunas personas trajeron consigo nuevas ideas y herramientas de trabajo, como la motosierra, y alrededor de 1995 se empezó a impulsar la ganadería a mediana escala.
 
En la actualidad se sigue aprovechando la tierra mediante el sistema de roza tumba y quema, pero muchas veces, después de la cosecha de maíz, se opta por sembrar pasto para convertir la parcela en potrero, porque se piensa que la ganadería es una de las actividades más redituables para invertir dinero, es decir, hay una tendencia a incrementar la ganadería.
 
A pesar de que en la comunidad de Hueycuatitla aún queda cobertura forestal, ésta se ve reducida principalmente por la ganadería. Del total de la extensión del terreno de la comunidad, que son 3 600 hectáreas, aproximadamente 40% se está usando para ganadería, 38% son “acahuales” que se usan para el cultivo de maíz y frijol y 22% es una extensión de vegetación primaria y secundaria que se encuentra en los límites con otras comunidades.
 
Reforestación y uso de especies nativas
 
La reforestación se entiende como la plantación de un cultivo de árboles en una superficie que permaneció mucho tiempo sin ellos, la cual presenta varios retos, que van desde convencer a los propietarios de reforestar sus terrenos, hasta preparar el sitio, tener conocimiento sobre la forma de propagar los árboles y los cuidados que se les debe dar durante su ciclo de vida, pero sobre todo la selección apropiada de las especies.
 
En la mayoría de los proyectos de reforestación que se llevan a cabo en todo el mundo, la tendencia es utilizar especies de otros países (exóticas); éstas pueden tener ventajas como un crecimiento rápido y una capacidad de adaptación a diversos tipos de suelo y clima, sin embargo, a veces aportan pocos nutrimentos al suelo, son blanco fácil de plagas y los animales se ven obligados a buscar otro tipo de hábitat, por lo que son también llamados desiertos verdes.
 
El uso de árboles nativos es más recomendable, en general, ya que contribuyen a crear una reserva de la diversidad biológica local, están adaptadas a su sitio de origen y la semilla puede estar disponible en el mismo lugar. Al formar parte del paisaje cotidiano, el uso de especies nativas en los trabajos comunitarios de reforestación permite fortalecer el proceso de construcción de conocimiento local sobre el manejo, producción y uso de especies forestales locales. Lo más relevante es que, muchas veces, las especies nativas o locales también satisfacen las expectativas de la población comunitaria, lo que puede ser un incentivo para que se involucren en la reforestación.
 
A promover la reforestación
 
Diálogo con las autoridades de la comunidad. En primera instancia se planteó un experimento de reforestación con especies nativas, sin embargo, pronto se evidenció que promover la reforestación sería un proceso largo, por lo que tuvo que modificarse la propuesta original. Como primera etapa se realizaron conversaciones informales con las autoridades de la comunidad para darles a conocer la idea del trabajo y conocer sus opiniones. En el desarrollo de esta etapa se detectó poco interés en la reforestación y desconocimiento del potencial ambiental y económico de los árboles y bosques.
 
Especies nativas utilizadas. Como segunda etapa, se consideró que era esencial establecer las parcelas de investigación con dos propósitos: 1) estudiar la capacidad de establecimiento y crecimiento de cinco especies arbóreas de la comunidad (tabla 1); y 2) para que funcionaran como parcelas demostrativas en donde los habitantes pudieran ver el proceso y despertar su curiosidad e interés.
 
De esta forma, el espacio de investigación serviría como un área demostrativa para generar nuevamente información necesaria con la cual establecer en un futuro programas de reforestación con especies forestales nativas. El estudio se estableció en dos tipos de terrenos, agrícola y ganadero, que son los susceptibles a la reforestación. Como se trata de un experimento en cada tipo de terreno se hicieron dos parcelas con las cinco especies.
 
Los árboles nativos seleccionados fueron los que se encontraban produciendo semilla al momento de iniciar el trabajo en enero de 2012. Después de la recolección de las semillas, en un vivero rústico se produjeron las plantas necesarias para el estudio. Desde que se plantaron los árboles hasta la primera evaluación para la tesis transcurrieron diez meses. Con alegría se encontró que más de 90% de los árboles sobrevivieron, es decir, que de las 240 plantas iniciales sobrevivieron 217 —este porcentaje ha sido similar en ambos tipos de terreno (potrero 90% y milpa 91%).
 
Por especie se observó que el cedro tuvo una menor supervivencia en comparación con las demás; la de brasil fue menor en potrero que en milpa; en lo referente a chijol, roble y quiebracho, ésta fue mayor a 90% en ambos sitios. El crecimiento fue relativamente bueno, ya que el promedio en altura de todas las especies fue de 45 centímetros en los diez primeros meses desde que se plantaron.
 
Conocimiento local de los árboles
 
A pesar de que pocas personas realmente cultivan árboles maderables el conocimiento local de las especies arbóreas es considerable. En total fueron mencionados 26 árboles diferentes que usan y consideran importantes, 23 de ellos son para la construcción de casas, 12 para el cercado de parcelas, 6 para leña, 3 para muebles y 2 para trapiche (tabla 2).
 
De los 26 árboles, los más mencionados fueron: cedro, chijol, brasil, quiebracho, encino blanco, palo misanteco, piocha, mora, guácima y roble. El 50% de los entrevistados mencionó que cuida sus árboles limpiando alrededor de ellos, es decir, quitando la sombra de árboles más altos y retirando la maleza, las otras diez dijeron que no les daba ningún cuidado; el 65% respondió que no transmite sus conocimientos a los hijos, principalmente por el desinterés que tienen los jóvenes, así como las pocas oportunidades de utilizar los árboles en la actualidad, comparado con lo que sucedía hace años cuando, por ejemplo, la mayoría de las casas eran de adobe y utilizaban la madera como postes. Las personas que sí les transmiten comentaron que lo hacían para que cuando sean grandes los usen de acuerdo a sus necesidades.
 
En la entrevista también se procuró mostrar a las personas las plántulas y las semillas de las especies utilizadas: 90% logró identificar las cinco especies en su tamaño de plantita. Con las semillas, los resultados fueron más diversos: 90% logró identificar las semillas de cedro y de brasil, 65% del quiebracho y 45% del roble y chijol, en tanto que 55% no identificó las semillas de roble ni de chijol, ya que, afirmaron, no dan semillas y los árboles nacen solos.
 
El proceso para promover la reforestación
 
El estudio permitió establecer las parcelas, lo cual es un gran logro. Dada su supervivencia y crecimiento hasta el momento, las cinco especies se pueden recomendar para la reforestación en ambos tipos de terreno esperando resultados similares; evidentemente, la vida de los árboles es muy larga y se desconoce cómo puedan comportarse a futuro.
 
Lo más importante es motivar a los habitantes a interesarse en reforestar y así la elección de las especies dependerá de los objetivos de cada persona.
 
Después de la aplicación de las entrevistas resulta claro que los habitantes de Hueycuatitla poseen un buen nivel de conocimiento a pesar de que muy pocos plantan árboles. Sus respuestas pueden ayudar a pensar qué programas de reforestación o desarrollo basado en el manejo de los recursos forestales pueden ser bien recibidos y apoyados por una comunidad.
 
Los autores del presente trabajo están comprometidos a continuar el proceso de promoción de la reforestación en la comunidad de Hueycuatitla, por medio de varias actividades que incluyen: 1) proporcionar mantenimiento a las parcelas demostrativas; 2) organizar días de campo en las parcelas con niños, mujeres y hombres, y contarles la historia de cómo se establecieron desde la producción de la planta; 3) reunirse nuevamente con las autoridades para lograr su apoyo en las actividades; 4) buscar formas efectivas y redituables con las que los habitantes pueden llevar a cabo la reforestación; 5) organizar caminatas en la selva durante diferentes épocas en que los árboles estén produciendo semillas o flores; y 6) preparar un video en náhuatl sobre reforestación con especies nativas.
 
Reflexión final
 
Para la realización de este estudio se conformó un sólido y comprometido equipo de trabajo que se fue beneficiando del continuo aprendizaje que tuvo lugar durante todo el proceso de desarrollo y aplicación del proyecto. Dicho equipo espera poder seguir trabajando, como se ha venido haciendo, para continuar aportando a la reforestación en comunidades como Hueycuatitla pero, sobre todo, para poder contribuir a lograr un equilibrio entre la biología productiva, la conservación de la biodiversidad y los saberes locales de cada región.
 
Este proyecto, además de satisfactorio por sus primeros resultados, resulta prometedor por sus implicaciones a futuro.
 
     
Referencias Bibliográficas
Arriaga V., V. Cervantes y A. Vargas., M. 1994. Manual de reforestación con especies nativas. Instituto Nacional de Ecología/sedesol/unam, México.
Benítez B., G., Ma. T.P. Pulido-Salas y M. Equihua Z. 2004. Árboles multiusos nativos de Veracruz para reforestación, restauración y plantaciones. Instituto de Ecología, A. C./sigolfo/conafor, Xalapa.
Gutiérrez C., L. y J. Dorantes L. 2004. Especies forestales de uso tradicional del estado de Veracruz. conafor/conacyt/uv.
Hernández, H. E. 2013. Cinco especies arbóreas maderables más usadas en Hueycuatitla, Benito Juárez, Veracruz: crecimiento y supervivencia en dos ambientes. Tesis de licenciatura, Universidad Veracruzana.
Martin G. 2001. Etnobotánica: manual de métodos. Pueblos y plantas. Nordan cominodad.
Pennington T. D. y J. Sarukhán. 2005. Árboles tropicales de México: Manual para la identificación de las principales especies. 3era ed. Fondo de cultura Económica, México.
Puig H. 1991. Vegetación de la Huasteca, México. Estudio fitogeográfico y ecológico. Instituto de Ecología A. C. Xalapa.
Ruiz I., B. 2002. Manual de reforestación para América Tropical. Servicio Forestal de Agricultura de los Estados Unidos. Instituto Internacional de Dasonomía Tropical, Estación experimental sureña, San Juan, Puerto Rico.
Secretaría de Finanzas y Planeación (sefiplan). Sistema de información municipal, cuadernillos municipales, Benito Juárez gobierno del estado de Veracruz (www.veracruz.gob.mx).

     

     
Érika Hernández Hernández
Estudiante de maestría en Agroforestería y Agricultura Sostenible, Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza.

Originaria de la comunidad de Hueycuatitla, estudiante de la maestría en Agroforestería y Agricultura Sostenible en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza.

Patricia Negreros Castillo
Instituto de Investigaciones Forestales,
Universidad Veracruzana.

Investigadora del inifor (Instituto de Investigaciones Forestales de la Universidad Veracruzana, Xalapa Veracruz). Desde 1985 realiza investigación para apoyar el manejo responsable y sostenible de bosques en comunidades de México. El enfoque de sus investigaciones ha sido la ecología forestal, la silvicultura y la agroforestería.

Carl W. Mize
Profesor jubilado de Iowa State University.

Profesor de biometría forestal, jubilado de Iowa State University, con 40 años de experiencia en el diseño de investigación forestal, biometría forestal y desarrollo de programas de cómputo para el manejo de bosques en los EUA.
     

     
 
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Sara Barrasa y Mariana Vallejo
     
               
               
El trabajo de campo es parte fundamental de la investigación
en diversas disciplinas. Para conocer el territorio y el paisaje es necesario recorrerlo, esto es, se necesita realizar trabajo de campo en la zona de estudio previamente definida. Así, en este proyecto el trabajo de campo nos llevó hasta Chiapas para adentrarnos en el corazón de la Reserva de la Biósfera La Encrucijada, ubicada en la llanura costera del océano Pacífico, en donde se encuentran diferentes tipos de humedales asociados a lagunas, esteros y estuarios, zonas inundadas temporalmente, como marismas y pampas, ecosistemas de gran valor como manglares, zapotonales, popales, tulares, selvas medianas subperennifolias, selvas bajas caducifolias, vegetación de dunas costeras, vegetación flotante y subacuática; es reservorio de gran cantidad de especies de flora y fauna de importancia por ser raras (garza cándida, cocodrilo de río o real), por estar amenazadas (boa, oso hormiguero), en peligro de extinción (jaguar, mono araña, palma de coyol) y bajo protección especial (mangle blanco y botoncillo).
 
La protección ambiental en la zona tiene su origen en 1972, cuando La Encrucijada fue declarada Área Natural y Típica del Estado de Chiapas, “Tipo Ecológico Manglar Zapotón”. En 1995 fue declarada, por Decreto presidencial, como Reserva de la Biósfera, entonces el Gobierno Federal asumió su administración. Un año después, la Convención sobre Humedales ramsar la declaró “un humedal de importancia internacional”.
 
De acuerdo con el Programa de manejo, las principales problemáticas que se presentan están relacionadas con actividades económicas: ganadería, agricultura y pesca. Las dos primeras han producido un importante cambio en los paisajes, ya que han transformado la selva en potreros y cultivos, mientras que la tercera se ha desarrollado con técnicas inadecuadas y poco selectivas llegando a la sobreexplotación del recurso. También se registran incendios forestales inducidos por cazadores furtivos que buscan la extracción ilegal y la comercialización de la fauna silvestre.
 
Los paisajes de La Encrucijada
 
El trabajo de campo perseguía dos grandes objetivos: entrevistar a la población de una comunidad, previamente identificada, para conocer desde su perspectiva la génesis y evolución del paisaje, su percepción de las problemáticas ambientales; y recorrer la región que describió detalladamente Don Miguel Álvarez del Toro en su libro ¡Así era Chiapas! 42 años de andanzas por montañas, selvas y caminos del estado!
 
Para cumplir el primer objetivo realizamos entrevistas semiestructuradas a modo de conversación a adultos mayores, hombres y mujeres, sobre sus percepciones de los cambios en el paisaje a lo largo de su vida, esto es, cómo era la comunidad cuando eran jóvenes, cómo eran el clima, la selva, el manglar y los esteros, cuáles han sido las actividades principales a las que se han dedicado, qué remedios conocen (animales y plantas curativas). Todos habitantes de la comunidad de Brisas del Hueyate, elegida por la cercanía a la región del Hueyate, sitio emblemático para Miguel Álvarez del Toro, lo que nos lleva al segundo objetivo.
 
Originario del estado de Colima, Álvarez del Toro fue zoólogo, naturalista y conservacionista autodidacta; inició su carrera a finales de los años treintas, colaborando con la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia como colector científico. En 1942, el gobernador del estado de Chiapas, Rafael Pascacio, lo invita a ocupar el cargo de zoólogo general de los Viveros Tropicales y Museo de Historia Natural, que posteriormente se convertiría en el Instituto de Historia Natural. Conocedor del estado por sus muchos recorridos y viajes de exploración, fue pieza clave en la conservación de Chiapas, promotor de muchas de las áreas naturales protegidas que hoy conocemos, entre ellas, la actual Reserva de la Biósfera La Encrucijada, que recorrió en los años cincuentas.
 
Don Miguel hizo su primer viaje a la región del Hueyate con el fin de cazar un jaguar por encargo de otro gobernador, el licenciado Aranda. Así inicia su relato: “en abril de 1954 vi por primera vez la misteriosa región conocida como el Hueyate; una zona de esteros, pantanos, manglares y zapotonales inmensos, guarida de una gran población de jaguares, cocodrilos, boas y millones de aves acuáticas, nubes de zancudos y toda la población mundial de jejenes minúsculos, pero molestos al máximo”. Justifica la elección del lugar para su visita por la presencia de agua dulce en una región caracterizada por aguas salobres en la que “los animales acudían a beber allí, siendo por lo tanto fácil cazar lo que uno quisiera, desde palomas hasta jaguares”.
 
Inició su viaje en Tuxtla Gutiérrez y se dirigió hacia Arriaga para tomar el tren hasta Acapetahua y luego, “en carreta tirada por bueyes, viajar toda la noche para llegar a Río Arriba; ahí se alquilaba un cayuco impulsado por un motor fuera de borda y casi fuera de uso, que tardaba unas seis horas para llegar a Zacapulco. Después de esta odisea, cuya dureza solo comprenderá quien la haya realizado, o cuando menos quien haya viajado toda una noche en carreta por un camino lleno de hoyos, llegué con mi equipo y dos ayudantes, un mediodía de abril del año antes mencionado, a la pesquería Barra de Zacapulco”.
 
Nosotros comenzamos nuestro viaje hacia la Reserva de la Biósfera La Encrucijada (rebien) 62 años después, el 16 de mayo; salimos de Morelia (Michoacán) tras catorce horas de viaje por carretera, llegamos a Tuxtla Gutiérrez y al día siguiente continuamos en dirección a la costa. Nos detuvimos en la oficina de la conanp en Acapetahua para presentarnos e informar de nuestra entrada a la Reserva y del trabajo de campo. Continuamos dieciocho kilómetros más hasta el embarcadero Las Garzas, punto de entrada a la Reserva. Observamos un paisaje dominado por potreros y cultivos de palma africana, en donde hoy sólo quedan vestigios de la selva que alguna vez fue.
 
En el embarcadero nos espera el tío Abel, quien será nuestro guía en la región del Hueyate, en el corazón mismo de La Encrucijada. Nos explica las condiciones en que estaremos en el campamento, en donde ya no tenemos señal de teléfono ni internet, y así será durante los siguientes días. Allí comenzamos a descubrir parte de la fauna local —varias especies de garzas, un martín pescador y un cocodrilo juvenil—, a recorrer el manglar del sistema lagunar ChantutoPanzacola, en el cual las copas de los árboles forman un impresionante túnel repleto de ramas y raíces de mangles; continuamos hasta llegar a canales más abiertos y grandes donde podemos observar otro paisaje con distintas especies de mangle (Rhizophora mangle, Rizophora harrisonii) y diversidad de aves; navegamos por amplios canales donde podemos disfrutar de espectaculares mangles de treinta metros de altura, constatando su buen estado de conservación.
 
El tío Abel nos enseña parte de la diversidad de avifauna de la región: águila caracolera, águila pescadora, garza blanca, cormorán y pato aguja, hasta llegar a la bocabarra, dejando a nuestra derecha Barra Zacapulco, donde vemos pelícanos y gaviotas. A partir de ahí ingresamos al estero El Hueyate por el cual discurrimos durante poco más de hora y media, llegando por fin a la Isla Concepción.
 
Regresando a la narración de Don Miguel, cuando llega a Zacapulco no encuentra a los guías que le habían recomendado, pero le sugieren que vaya con Don José a la Concepción, una “isla donde los tigres eran muy abundantes […] al amanecer salimos de Zacapulco y arribamos a La Concepción en las primeras horas de la tarde. Fue un viaje bastante cansado, sentado en los bordes del cayuco o sobre los bártulos, con un sol quemante y una atmosfera calurosa muy húmeda, aunado todo esto a una marcha lenta hasta la desesperación”.
 
En nuestro caso, hemos tardado casi dos horas en lancha a motor, y por fin estamos en el campamento Isla Concepción que pertenece al ejido Brisas del Hueyate, Municipio de Huixtla. Álvarez del Toro describe así La Concepción: “resultó ser una isla de un poco más de trescientas hectáreas, la mayor parte cubierta de bosques. En la orilla del canal, elevada apenas un par de metros sobre la superficie del agua, había una veintena de cocoteros que ya empezaban a dar frutos, los que podían cortarse estando la persona parada en el suelo; un poco detrás de las palmas estaba una casa de paja y un pequeño cobertizo que servía de cocina”. Y nos habla de sus pobladores en aquella época: “habitaba la isla una familia compuesta del padre, la madre y media docena de chamacos, el mayor de cinco años y el menor aun dentro de la madre […] El ocupante de estas tierras nacionales, o sea el padre de la familia, se llamaba José y llegó a ser un buen amigo desde este primer viaje […] En cuanto se enteró del objeto de nuestra visita, José me aseguro que en los zapotonales del interior de La Concepción encontraría los tigres que yo necesitara”.
 
En La Concepción nosotros convivimos con dos de los hijos de Don José y Doña Esther, el tío Abel y Don José, ejidatarios y guías turísticos cuando se presenta la ocasión, así como con sus esposas, Yolanda y Elizabeth, y el pequeño Alexander. El campamento consta de varias construcciones chicas de techo de palma, los antiguos espacios que fueran hogar de la familia; en la actualidad habitan en Brisas y vienen a la isla para dar mantenimiento al campamento y los senderos, y recibir a los visitantes. Nos instalamos en un cuarto de grandes dimensiones con ocho camas; toda la habitación está protegida con mosquiteros, y cada cama tiene pabellón antimosquitos, indicador de la población de insectos del lugar.
 
Por suerte, las comunicaciones han mejorado en las décadas que han pasado desde los primeros viajes de Don Miguel y ahora contamos con la carretera costera, pavimentada y de doble carril en cada sentido, desde Acapetahua al embarcadero se llega por carretera rural pavimentada y el recorrido total en lancha hasta la Isla Concepción se hace en poco menos de dos horas (figura 1). Los terrenos nacionales que llegó a colonizar Don José hoy son parte del ejido Brisas del Hueyate.
 
Adentrándonos en el Hueyate
 
Es pertinente aclarar la particularidad de las denominadas islas en esta región, son espacios de suelo firme rodeadas de agua salobre con manglar. Aunque al observar la imagen satelital se aprecia un cambio en la vegetación, es poco intuitivo entender que se trata de islas según el concepto tradicional: “porción de tierra firme en mar, lago o río, rodeada de agua por todas partes” —la define Lugo Hubp—, ya que el cambio de vegetación que se observa corresponde a los manglares que crecen en el agua salobre y se distribuyen de manera abundante en la región. Don Miguel dice: “estos islotes solamente son tierras algo más elevadas, el resto del terreno son lodazales cubiertos por bosques de manglar”.
 
Describe asimismo la fauna de la región: “sorprendía la cantidad de venados, jabalíes, tejones, armadillos, guaqueques y tepezcuintles que habitaban estas tierras, realmente parecía imposible la abundancia de caimanes, tortugas y peces armados que había en las aguas”. En nuestro caso, compartimos el espacio con iguanas, pájaros carpinteros, innumerables insectos de todos tamaños y colores; otras especies de fauna las fuimos descubriendo día a día. A pesar de lo sorprendente que nos pueda resultar el contacto directo con tantos animales en la actualidad, no es comparable con la cantidad y variedad que poblaba la región décadas atrás.
 
En cuanto cae la noche, el tío Abel nos invita a salir en cayuco al estero para “aluzar cocodrilos”. Recorremos las orillas del estero con potentes linternas que van a reflejar la luz en los ojos de los grandes reptiles (cocodrilos y caimanes). El tío Abel nos muestra, con mucha paciencia, la presencia de al menos treinta animales en un par de horas de recorrido en los alrededores de la Isla.
 
A la mañana siguiente, después de un recorrido en lancha de aproximadamente veinte minutos, llegamos a la comunidad de Brisas del Hueyate. Dado que uno de los objetivos de esta salida de campo son las entrevistas semiestructuradas a los adultos mayores de la comunidad, le pedimos al tío Abel que nos ayude a ubicarlos y así conocer su historia y sus percepciones sobre los cambios en el paisaje. La mañana transcurre entre narraciones de cómo llegaron a fundarla en los años sesentas, aunque el reconocimiento legal fue en 1991 con una dotación de 547 hectáreas. Utilizando la técnica de bola de nieve, entrevistamos a ejidatarios fundadores que han nacido en la comunidad o llevan décadas viviendo allí, se dedican a sus milpas, al cultivo del marañón y a la pesca, principalmente. Este ejido tiene sus terrenos en la barra que se encuentra entre el Pacífico y el estero, además de la Isla Concepción que pertenece a la familia Hernández, hijos y nietos de Don José, primer habitante de lo que fueron Terrenos Nacionales. Don Miguel dejó de visitar esta región “cuando empezó a llegar gente para colonizar la faja de tierra junto al mar, destrozándolo todo, incluso los hermosos bosques de chicozapote”.
 
De regreso al campamento respaldamos los archivos de audio con las entrevistas realizadas y embarcamos de nuevo en el cayuco, esta vez llevando por guía a Don José, un gran conocedor de la región al igual que su hermano, aunque más reservado. Nos dirigimos por el estero en dirección noroeste, pasando primero la Isla Solo Tú, más adelante está la Isla Tahití. Después de unos minutos disfrutando de los increíbles mangles de más de treinta metros, nos internamos por unos canales secundarios, momento en el que Don José apaga y levanta el motor pues la densidad de raíces sólo permite avanzar a remo. La desaparición del ruido del motor nos permite disfrutar de una nueva experiencia multisensorial: vista, oído y piel, ya que percibimos los cambios incluso de temperatura y humedad por las densas copas de los mangles que nos protegen del Sol.
 
Avanzamos por el laberinto de mangles y nos aproximamos a otra isla; tímidamente pusimos pie en tierra sólo para tomar la foto de la señal donde se indica el nombre del lugar: Isla Koakespala. Nos embarga la emoción por estar en un lugar tan emblemático y clave en la creación de la actual Reserva, sitio que sólo imaginábamos por los relatos de Don Miguel: “exploramos toda esa zona; era tan hermosa, tan tranquila y salvaje que resultaba ideal para declararla reserva natural […] César le llamó a su parte Koakespala y yo le puse a mi porción Tahití. Posteriormente, cuando ya fue posible, cedimos los derechos para declarar la Reserva de La Encrucijada”.
 
Al día siguiente y bajo un intenso sol le pedimos a don José que nos lleve a conocer la zona de tulares, tan mencionada por Don Miguel y desconocida para nosotros. Bajamos del cayuco y nos internamos en el denso tular, en donde con ayuda del machete don José abre paso para avanzar un poco, esto nos permite tener conciencia de la dinámica de este ecosistema. Álvarez del Toro describe así la zona: “toda esta red de canales, apenas transitables para cayucos pequeños, salía a enormes extensiones de agua, la mayor parte cubierta de vegetación compuesta del omnipresente jacinto, zacates diversos y en las partes menos profundas por tulares espesos. Naturalmente había millares y millares de aves acuáticas de muy diversas especies”.
 
Para terminar la jornada recurrimos de nuevo a nuestros guías pero esta vez como informantes clave, ya que durante los días que llevamos conviviendo con ellos nos hemos percatado de que son grandes conocedores de la zona y su historia, por lo cual decidimos realizar una actividad de mapeo participativo; con la poca luz que cuenta el campamento, transformamos el comedor en un área de trabajo con imágenes de satélite, mapas, plumones y acetatos. Preguntamos por la tenencia de la tierra y los cambios producidos en la región, las dinámicas tanto sociales como naturales. Con esta actividad logramos identificar los sitios importantes para ellos, la dimensión del territorio, las distintas unidades del paisaje que reconocen, como las islas, los tulares y zapotonales, así como los detalles de la Isla Concepción, la cual han recorrido y trabajado durante toda su vida. Nos levantamos temprano para ir a recorrer el denominado “sendero de monos”. Tras un rato caminando e identificando la vegetación de la isla, dominada principalmente por palmares de palma real y macana, los primeros monos araña nos empiezan a acompañar en las ramas altas de los árboles.
 
Don Miguel narra el cambio producido en la región en los años que la estuvo visitando (entre los cincuentas y los ochentas): “recuerdo con mucha tristeza un día en que encontré un mono solitario, resto de las grandes manadas, comiendo los frutos de la palma real. En cuanto me descubrió, salió en estampida ¡qué diferencia! Antes, los monos se reunían en las ramas sobre mi cabeza, casi al alcance de la mano; esto me daba mucha sensación de seguridad porque, si algún jaguar se aproximaba, los monos lo descubrirían primero y darían la alarma. Mas todo esto se acabó por la crueldad e ignorancia de los humanos”.
 
Todavía nos espera otro sendero. Nuestro destino es llegar al punto donde se encuentran algunos de los ejemplares más grandes de mangle rojo (Rhizophora mangle (L.) C.DC.), con enormes raíces aéreas de varios metros, esbeltos troncos y altísimas copas.
 
Regresamos al campamento y el tío Abel nos avisa que hay un nido con huevos de cocodrilo que están por salir. La lagarta (en la región se denomina lagarto real al cocodrilo de río Crocodylus acutus) ha hecho el nido en la orilla frente al campamento, pero lleva varias noches sin venir a vigilar.
 
Nos acercamos al punto y oímos a los animales bajo tierra, un sonido parecido al de un pequeño gato recién nacido. Procedemos a escarbar en la arena hasta que llegamos a los primeros huevos; los vamos sacando poco a poco, hasta un total de 24, y les ayudamos quebrando los cascarones parcialmente para que los pequeños cocodrilos se desenrosquen y salgan totalmente del huevo. Esta experiencia de cercanía con la vida silvestre es un indicador de que la región del Hueyate y la Isla Concepción han logrado conservar el hábitat de numerosas especies, entre ellas, los cocodrilos.
 
Con Don José volvemos a recorrer el estero en dirección sur, esta vez más allá de zapotonales y tulares, hasta que un tapón de lirios nos impide seguir navegando. En el recorrido disfrutamos de la presencia de distintas especies de garzas (cándida, tigre, blanca) y de la imponente presencia de las águilas pescadora y canela que sobrevuelan el estero y nos observan desde las ramas altas de los zapotonales y manglares. El tapón de lirio ha estado presente desde hace décadas, Don Miguel da cuenta así: “Aurelio nos advirtió que al mero Hueyate no podríamos llegar porque el canal principal estaba sellado por la gran cantidad de jacinto o lirio acuático flotante. Navegamos como otra hora más para llegar al tapón y efectivamente era imposible el paso, en vez de agua se veía una inmensa pradera verde hasta donde alcanzaba la vista”.
 
Al día siguiente volvemos a Brisas a terminar las entrevistas —un total de siete, a tres mujeres y cuatro hombres. El ejido es de reciente creación en donde habitan pocos adultos mayores y nos esforzamos por identificarlos a todos y conseguir la mayor cantidad de entrevistas posibles en función de su disponibilidad (algunas personas estaban enfermas, otras ausentes de la comunidad).
 
Por la tarde, ya en el campamento nos encontramos con Humberto, sobrino de Don José y el tío Abel, uno de los promotores del campamento ecoturístico que ayuda a la conservación de la región. Con él y el tío Abel entramos una vez más en el sendero que sale detrás del pozo. Al igual que sus tíos, Humberto tiene una gran agudeza visual y sabe interpretar cualquier crujido de rama que se pueda oír, lo que nos permite ver a una familia de tejones que corre con sus crías entre la hojarasca y los árboles, un mapache haciendo siesta en una rama alta que cruza el camino así como algunas aves que identifica por su canto. Después de un buen rato caminando, un ruido nos sorprende a la derecha del sendero, y un pululo (nombre local del caimán Caiman cococrylus fuscus) salta de entre la hojarasca en que estaba descansando, entrando al agua por enmedio de las raíces de los mangles. Nos acercamos a verlo y fotografiarlo, y una vez más es el tío Abel el que nos ayuda a ubicarlo, lo cual nos cuesta mucho trabajo y es poco el éxito. En el libro ¡Así era Chiapas! hay diversas referencias a los grandes reptiles de la región: “avanzamos con mucha dificultad entre esa espesa vegetación emergente y flotante […] Había también los depredadores naturales de esos ecosistemas: los caimanes y cocodrilos”.
 
Después de seis días en la región del Hueyate, la aventura ha llegado a su fin. Nos llevamos las tarjetas de memoria de las cámaras llenas de imágenes, las grabadoras con horas de conversaciones, los cuadernos de campo plenos de notas y los corazones contentos. Si comparamos nuestra experiencia con la de Don Miguel en los años cincuentas y sesentas, podría parecer que hemos recorrido lugares diferentes por el cambio que se ha producido en la región: la pérdida de selva para cultivos y potreros, la extinción de especies, el aumento de las poblaciones humanas. Aun así, La Encrucijada, y en concreto la región de El Hueyate, siguen siendo de los rincones mejor preservados de Chiapas, en donde todavía se puede encontrar humedales costeros bien conservados y especies de flora y fauna que es difícil ver en otros lugares. No nos hemos ido y ya sentimos las ganas de volver.`
 
A modo de conclusión
 
El trabajo de campo en la investigación geográfica es fundamental, ya que nos permite conocer de primera mano el territorio que es objeto de estudio. Por mucha bibliografía que se haya leído previamente, mucha cartografía e imágenes que se haya consultado, la experiencia directa en campo nos proporciona una visión del entorno que no se puede obtener en el trabajo de gabinete, por muy exhaustivo que éste sea. Al escribir este texto hemos sido conscientes de la importancia del trabajo de campo, de lo enriquecedor de la experiencia en sí misma. Lamentablemente, en los artículos que publicamos se pierde mucha de la información y, sobre todo, de la experiencia tan enriquecedora que supone el trabajo de campo. Aquí hemos querido compartir una parte de la rica experiencia que vivimos en La Encrucijada.
 
     
Agradecimientos

Las autoras quieren agradecer la participación tanto en las actividades del trabajo de campo como en la generación de la cartografía a Bryam Beltrán-González (Posgrado en Geografía, CIGA-UNAM, campus Morelia) y a Gabriela Cuevas (CIGA-UNAM, campus Morelia). Este trabajo ha sido posible gracias al apoyo del proyecto DGPA-PAPIIT ia300816.
     
Referencias Bibliográficas
 
Álvarez del Toro, M. 1990. ¡Así era Chiapas! 42 años de andanzas por montañas, selvas y caminos en el estado. 2ª ed. John D. y Catherin T. MacArthur Foundation, Fundamat/Instituto de Historia Natural, México.
Instituto Nacional de Ecología. 1999. Programa de manejo de la Reserva de la Biósfera La Encrucijada. México, ine/semarnap.
Lugo Hubp, J. 2011. Diccionario geomorfológico. Instituto de Geografía, unam, México.
     

     
Sara Barrasa
Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, Campus Morelia,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Licencianda en Ciencias Ambientales. Tienen un doctorado en Ecología y Medio Ambiente por la Universidad Autónoma de Madrid (España). Su línea de trabajo es la percepción del cambio en los paisajes en áreas protegidas. Es investigadora en el Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la UNAM.

Mariana Vallejo
Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, Campus Morelia,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Es bióloga por la Facultad de Ciencias de la unam, realizó maestría y Doctorado en el Posgrado en Ciencias Biológicas de la UNAM. Ha trabajado el manejo de socioecosistemas y cómo pueden conservar altos niveles biodiversidad. Actualmente trabaja en el iies, UNAM.
     

     
 
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Oscar Gustavo Retana Guiascón
     
               
               
El nombre de murciélago evoca una antigua creencia popular
de que a los ratones viejos les salen alas y son ciegos, ya que la palabra deriva del latín mus o muris (ratón), caecus (ciego) y alatus (alado) esto es: muris-caecus-alatus o ratón-ciego-alado. Etimológicamente el nombre correcto en castellano es “murciégalo”, pero por transposición silábica se convirtió en “murciélago”.
 
Estos mamíferos alados han sido reconocidos en diversas culturas del mundo; en Grecia se les denomina atelabus o nicteridda, en Portugal morcego, en Rusia notchiitsa, en Alemania fledermaus, en Turquía yarasa, en Italia pipistrello, en Croacia slepi misi y en hebreo ataleph que significa ave de noche. En el México prehispánico, los nahuas los llamaron tzinacatl y quimichpapalotl (ratónmariposa), los mayas los conocían como zotz y los zapotecos piqueziña.
 
Los murciélagos son los únicos mamíferos capaces de volar. Se clasifican en el orden Chiroptera, del griego Keir, que significa mano, y pteron, cuya traducción es ala, es decir, manos aladas. Reciben este nombre porque las falanges alargadas de los dedos conforman la estructura principal de soporte de la membrana alar, la cual se extiende por el antebrazo hasta las extremidades posteriores.
 
Existen aproximadamente 1 150 especies de quirópteros distribuidas por todo el mundo, ya que pueden habitar desde el nivel del mar hasta altitudes mayores a dos mil metros. Los murciélagos se refugian en grutas, cuevas, fisuras de acantilados, corteza y huecos de los árboles e inclusive en los edificios, catedrales, puentes y drenajes.
 
Los quirópteros se dividen en dos grandes ramas: los subórdenes Microchiroptera (murciélagos pequeños) y Megachiroptera (murciélagos grandes); este último tiene una sola familia llamada Pteropodidae, que incluye cerca de 167 especies conocidas comúnmente como zorros voladores y se encuentran únicamente en los bosques tropicales de India, África, Asia y Australia; son de cuerpo y ojos grandes, más activos en el día y se alimentan principalmente de frutos. Entre éstos se destaca el gran zorro volador o paniki (Pteropus vampyrus), cuyo cuerpo tiene una longitud de más de 30 centímetros, un peso promedio de 1.5 kilos y sus alas llegan a alcanzar casi dos metros completamente abiertas; puede vivir más de treinta años y habita en el sureste de Tailandia, Indochina, Malasia, Borneo, Filipinas, Java e islas adyacentes.
 
Por su parte, el suborden Microchiroptera está representado por cerca de mil especies cuya mayor actividad se realiza durante la noche, generalmente de tamaño pequeño y emplean el sistema de ecolocalización para volar y alimentarse; se encuentran en todo el mundo y se alimentan mayormente de insectos y frutos. Uno de los animales más pequeños del mundo es el murciélago abejorro (Craseonycteris thonglongyai), cuyo cuerpo puede medir de 29 a 33 milímetros, lo mismo que mide un abejorro; fue descubierto en 1974 y habita únicamente en un conjunto de cuevas localizadas en el Parque Nacional Sai Yok de la provincia de Kanchanaburi, Tailandia.
 
Cabe destacar que, de las más de mil especies de quirópteros que existen en el mundo, sólo tres se califican como verdaderos murciélagos vampiros, es decir, que subsisten alimentándose exclusivamente de la sangre de otros animales: el vampiro común (Desmodus rotundus), el de patas peludas (Diphylla ecaudata) y el de alas blancas (Diaemus youngii). Estos hematófagos habitan ú nicamente en el continente americano, principalmente en las regiones templadas y cálidas de México, Centro y Sudamérica. D. youngi y D. ecaudata se alimentan principalmente de la sangre de aves silvestres y a veces de las de corral, mientras que D. rotundus suele alimentarse de la sangre de otros mamíferos, en especial de vacas, puercos, caballos, etcétera.
 
El mito del vampirismo
 
Debido a su enigmática figura, su capacidad de volar y una vida noctambula, los murciélagos han ocupado un sitio importante en las manifestaciones culturales en distintas sociedades humanas. En Europa, durante la hegemonía religiosa de la llamada Edad Media (siglos v al xv), distintos animales formaron parte de historias fantásticas como alegorías de juicios morales o de arquetipos del mal. Tal fue el caso del murciélago, que se asoció con las brujas y devino un estigma de las acciones maléficas.
 
No obstante, lo que realmente asentó el carácter maligno de los murciélagos en las creencias populares fue su asociación con el vampirismo. La palabra vampiro proviene del serbio vampir, que significa espectro o cadáver, utilizada para referirse a personas que habían muerto pero que se creía que estaban condenadas a salir en las noches de sus tumbas para alimentarse de la sangre de los vivos y así poder continuar su existencia en el mundo terrenal. Según los expertos en el tema, la idea del vampirismo ha existido desde tiempos de Aristóteles y fue llevada a Europa a través de la ruta comercial de la seda, tomando mayor fuerza entre los siglos xiv y xviii en Rumania y Hungría.
 
Tras las grandes exploraciones de América en los siglos xvi y xvii, el vampirismo encarnó en murciélago al encontrar su espécimen animal: los murciélagos hematófagos. Esto potenció en Europa el nexo entre vampiro y murciélago, motivando a filósofos como Rousseau y Voltaire a escribir artículos dedicados a los vampiros, aunque con un tinte de crítica hacia la hegemonía monárquica y religiosa de su época. A principios del siglo xix, el mito del vampirismo y la imagen del murciélago cobró auge en Europa al tener un papel recurrente en distintas obras literarias, tales como la de John Polidori El Vampiro, de 1819, Varney el vampiro de James Malcom Rymer, de 1847 y Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu, de 1871.
 
Sin embargo, el mayor impacto del vampirismo en el mundo y la inseparable figura del murciélago se produjo en 1897 con la publicación de la obra Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker. Según distintos autores, Stoker se basó en los mitos folklóricos rumanos y en un personaje que gobernó Valaquia en el siglo v, llamado Vlad Drakul (Drakul en honor a que su padre perteneció a la Orden del Dragón), a quien también se le conoce como Vlad Tepes III El Empalador, debido a que utilizaba el método de tortura conocido como “empalamiento”; una muerte muy lenta y sangrienta. Tal fue su fama de sanguinario que al morir se creó la leyenda de que en las noches despertaba para asesinar y obtener la sangre de nuevas víctimas. En 1922, el cineasta alemán Friedrich Wilhelm Murnau realizó la primera adaptación cinematográfica de la novela Drácula; el resultado fue la película silente Nosferatu (antigua palabra checoslovaca para vampiro), cuyo personaje principal es el Conde Orlok, vampiro de aspecto siniestro con colmillos pronunciados, grandes uñas en sus manos, orejas puntiagudas y una piel pálida que le da un aspecto cadavérico.
 
Vale la pena aclarar que dichos rasgos físicos de vampiro corresponden a los estragos producidos por una enfermedad genética conocida como porfiria. Se conocen ocho tipos de porfiria, los cuales se caracterizan por la hipoactividad de alguna de las enzimas que participan en el metabolismo de las porfirinas, que son pigmentos intermediarios en la vía biosintética del grupo hem de la hemoglobina. Esta deficiencia enzimática ocasiona que se acumulen grandes cantidades de porfirinas en el organismo, produciendo anemia hemolítica, que a su vez provoca palidez en la piel e intolerancia a algunos alimentos. También se presenta crecimiento anormal de las uñas y del vello en zonas no habituales, como las palmas de las manos, mejillas y nariz, así como enrojecimiento de los ojos y retracción de las encías, lo que hace que destaquen los colmillos y la dentadura tenga un aspecto sanguinolento.
 
Los daños más graves sufridos por las personas que tienen esta enfermedad se producen cuando padecen la porfiria fotosensitiva, es decir hipersensibilidad a la luz solar. La exposición a los rayos solares puede ocasionar severas ampollas, destrucción de la piel, arrugamiento y contracción de los labios; en caso severos puede haber pérdida de una parte de los dedos, nariz u orejas. Estos síntomas se deben a que las porfirinas acumuladas en la piel absorben luz de cualquier longitud de onda y transfieren su energía al oxígeno de la sangre, el cual se transforma en oxígeno atómico, que es altamente destructivo de los tejidos cuando se expone a los rayos solares, generando en ocasiones una verdadera combustión con flamas y humo, lo cual seguramente se ha visto en alguna de las películas de El enmascarado de plata contra los vampiros.
 
Regresando a la Edad Media, los enfermos de porfiría que llegaron a ser sorprendidos en la noche alimentándose de la sangre de algún animal o persona debido a la llamada ansiedad por la sangre (obligados por la anemia ferropénica que padecía) con su tenebroso aspecto por la destrucción de tejidos, fue quizá la base para crear el mito del vampirismo. Su asociación con el murciélago se pudo haber dado porque es posible que estos vampiros porfídicos, al tratar de huir y esconderse tras ser sorprendidos, buscaran refugiarse en lugares de los que posteriormente salieran murciélagos en busca de un sitio más seguro, suceso que seguramente se interpretó como uno de los poderes sobrenaturales de los vampiros de transformarse en este animal volador para huir velozmente y con sigilo.
 
No hay que olvidar los crucifijos y en especial los racimos de ajos que se colocaban en las puertas y ventanas, ya que se ha comprobado que el ajo contiene dialkilsulfito, sustancia que aumenta la severidad de los daños si un vampiro (enfermo de porfiria) lo consume y se expone a la luz solar. Sin dudad esa reacción al ajo dio la idea de que era un arma efectiva contra vampiros.
 
Su papel en otras culturas
 
En el México precolombino, el mito de una especie de vampiro nativo ya existía, (éste era conocido entre los nahuas como tlacique, que se describe como un tipo de chamán que vive con su familia humana pero que durante la noche se transforma en una bola de fuego o en un ave semejante al guajolote o zopilote para pasar desapercibido y poder alimentarse de la sangre de los infantes. Entre los pueblos indígenas tlaxcaltecas se ha recopilado una versión similar, la Tlahuelpuchi, una mujer con la capacidad de convertirse en distintos animales y echar un vaho adormecedor para alimentarse de la sangre humana, principalmente de los niños, a quienes dejaba una marca en la mollera o nuca. Con base en esta leyenda se acuño la frase coloquial “te va a chupar la bruja”. En el sureste, en particular en la región de los Altos de Chiapas, algunos investigadores han registrado las historias que ahí se narran acerca de un ser mitad hombre y mitad murciélago cuyo nombre en Zotzil es J’ik’al (el que corta las gargantas), también conocido en español como el “negro cimarrón”; se dice que rapta a las mujeres y se las lleva a las cuevas en donde habita para devorarlas.
 
En la cultura prehispánica, el murciélago trascendió más allá de ser un símbolo del mal, pues se asoció a Tlacatzinacantli, dios de la noche y el inframundo. En los códices Vaticano, Borgia y Féjérváry-Mayer se encuentran representaciones de este dios murciélago; un ejemplo es la lámina 24 del Códice Vaticano (imagen de la derecha).
 
En el área mixteca-zapoteca de Oaxaca, el murciélago se relacionó también con PitaoCozobi, deidad del maíz y la milpa, por lo que está ampliamente representado con rasgos antropomorfos por medio de máscaras, vasos, silbatos, braseros y urnas. En la cultura maya también se asoció a Zotz o Camazotz, deidad del inframundo cuyo nombre, según varios autores, se puede traducir como “murciélago del rayo de la muerte”.
 
La percepción social de los murciélagos es diversa y se aprecia un gran valor cultural en muchas partes del mundo; en China, por ejemplo, se respeta y venera a estos mamíferos ya que la palabra empleada para decir murciélago (fu ) suena idéntica a buena fortuna (fu ). Es muy notorio el pictograma de los cinco murciélagos dispuestos de manera circular, que es el símbolo de las cinco fortunas (wufu ): longevidad (), abundancia (), salud (), virtud y sabiduría () y una muerte en paz ( ). Se trata de un símbolo que forma parte de la vida cotidiana de las familias chinas y se encuentra en llaveros, platos, jarrones (en esta página) pinturas y adornos de madera o papel en las casas.

La literatura y las artes

En la literatura griega, los quirópteros fueron incluidos en las fabulas de Esopo (siglo vi a.C.), como en “El ruiseñor y el murciélago”, “El murciélago y las comadrejas” y “El murciélago, la zarza y la gaviota”, tradición que se mantuvo largo tiempo, como se observa en el libro Esopo de Madrid de Jose Pi y Montes, publicado en 1831, en el cual se encuentra “El murciélago”:
 
“El Murciélago
Cuando las Aves tuvieron
Con los cuadrúpedos guerra,
La victoria se mantuvo
Por algún tiempo suspensa
El murciélago entre tanto
De entre los suyos deserta,
A los cuadrúpedos pasa,
Y con ellos plaza sienta
Vencieron por fin las aves,
A que el águila gobierna
Y entre varios prisioneros
Nuestro desertor se encuentra
De tan infame delito
En bien merecida pena
A que en su vida volase
El águila le condena
Por esta causa de día
El murciélago no vuela,
Y ha quedado reducido
Solo á salir en tinieblas.
El que abandona á los suyos
Cuando es la fortuna adversa,
En la prospera merece,
Le traten como de fuera”.
 
Estos animalitos también fueron inspiración para grandes filósofos como Platón, quien se refirió al murciélago en una especie de acertijo como parte de los ejercicios lógicos que ponía a sus alumnos: “un hombre que no es hombre, viendo a un pájaro que no era pájaro posado en un palo que no era palo, le tiró y no le tiró una piedra que no era piedra”. La respuesta correcta debió ser la siguiente: es un eunuco viendo un murciélago sobre una caña al que le avienta una piedra pómez.
 
Al igual que para Aristóteles, quien emuló los hábitos nocturnos de este animal en sus tesis metafísicas al sugerir que la dificultad de la filosofía no se encuentra en las cosas mismas sino está en nosotros, enunciando la siguiente frase: “lo mismo que a los ojos de los murciélagos ofusca la luz del día, lo mismo a la inteligencia de nuestra alma ofuscan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia”.
 
En la literatura se destaca la obra latina Las metamorfosis de Publio Ovidio Naso, terminada en el año 8 d.C., en cuyo libro iv se narra la leyenda de las Miniades o Mineidas, Alcítoe, Arsipe y Leucipe, que eran las tres hijas del rey Minas, quienes fueron transformadas en murciélago en castigo por preferir quedarse en su casa hilando y contando historias en lugar de salir a celebrar y participar en los rituales en honor de Baco; aunque en otras obras se menciona que una de las hermanas fue transformada en murciélago, otra en búho y la tercera en lechuza. Un fragmento del libro de Ovidio hace mención a su transformación en murciélagos: “y ya hace tiempo se esconden por las humeantes estancias las hermanas y por diversos lugares los fuegos y las luces evitan, y mientras buscan las tinieblas, una membrana por sus pequeñas articulaciones se extiende e incluye sus brazos en una tenue ala; y, de qué en razón hayan perdido su vieja figura, saber no permiten las tinieblas. No a ellas pluma las elevaba, a sí se sostenían, aun así, con perlúcidas alas, y al intentar hablar, mínima y según su cuerpo una voz emiten, y realizan sus leves lamentos con un estridor, y los techos, no las espesuras frecuentan, y la luz odiando, de noche vuelan y de la avanzada tarde tienen el nombre”.
 
El murciélago también aparece en la Edad Media. Una leyenda sobre la conquista de Valencia por el rey de Aragón Jaime I compilada en el Libre dels feits, que en castellano se traduce como el Libro de los hechos del rey Jaime, cuenta que ésta era una ciudad estratégica y próspera, por lo que fue ocupada por los sarracenos (árabes) desde el año 711. En 1238, el rey Jaime I inició la reconquista del territorio valenciano, montando su campamento cuando sitiaba la ciudad. Una noche un murciélago se posó en la parte alta de la tienda del rey, quien lo tomó como un presagio y ordenó a sus hombres que no asustasen al animal, sino que le complacieran para que estuviese a gusto en el campamento. Después, mientras todos en el campamento dormían, Jaime I se despertó al escuchar extraños golpes contra un tambor y se sorprendió al ver que el murciélago era quien estaba golpeando con su cuerpo el tambor para alertarlo de que los sarracenos estaban cerca del campamento, por lo que el rey llamó a sus capitanes para que diesen la alarma a los soldados y rápidamente se prepararan para la batalla. Después de ganarla, en honor al murciélago, el rey ordenó representar su figura en la parte más alta del escudo real y en el de la ciudad de Valencia.
 
La poesía lo incluye también. En el siglo xviii, por ejemplo, Fray Diego Tadeo González escribió en su Memorial literario un poema titulado “El murciélago alevoso”, que en aquella época fue uno de los más conocidos entre los dedicados a una mujer:
 
“La lluvia repetida,
que viene de lo alto arrebatada,
tan solo reservada a las noches,
se oponga a tu salida;
o el relámpago pronto reluciente
te ciegue y amedrente;
o soplando del Norte recio el viento
no permita un mosquito a tu
alimento.”
 
En la iconografía abundan las representaciones de este mamífero: el demonio es presentado con alas de murciélago hasta los siglos xviii y xix, como se constata en algunos de los grabados de Francisco de Goya de la serie titulada Los Caprichos, de 1799, como “El sueño de la razón produce monstruos” (en la página anterior).
 
Otro ejemplo es el grabado titulado La caída de Lucifer de Gustave Doré (en esta página), en el que sobresalen las alas de murciélago y con el cual Doré ilustró una obra clásica de la literatura inglesa, El paraíso perdido de John Milton, en su edición de 1866. Hasta Vincent Van Gogh pintó en 1886 el cuadro Stuffed Kalong, conocido en español como El zorro volador, un quiróptero frugívoro originario de Indonesia.
 
En la música los murciélagos han sido asimismo motivo de inspiración. Johann Strauss II presentó, en 1874 en el teatro nacional de Viena, la opereta cómica considerada como su obra maestra Die Fledermaus cuya traducción es “el ratón volador”, es decir El Murciélago.
 
Las artes y las técnicas del Renacimiento también presentan influencia de estos seres alados. Entre 1488 y 1505, Leonardo da Vinci realizó distintos bocetos de máquinas voladoras basándose en la estructura y morfología alar de los quirópteros. No obstante, fue hasta 1890 que el científico francés Clement Ader logró construir la primera máquina voladora a la que nombro Éole, obra magna de ingeniería cuyo diseño se basó en la reproducción de la estructura del cuerpo y las alas de un murciélago, y consiguió despegar del suelo, cuarenta centímetros, y desplazarse más de cincuenta metros; una gran hazaña para la época (en la página siguiente).
 
Su importancia ecológica
 
Los murciélagos forman parte de las manifestaciones socioculturales desde hace aproximadamente 20 o 25 mil años —en Australia se encontró una pintura rupestre de un grupo de murciélagos, de los llamados zorros voladores, que corresponde posiblemente a una especie actualmente extinta. Sin embargo, hay prejuicios que actúan en su contra; es por tanto necesario generar una correcta apreciación sobre este fascinante grupo animal a fin de que se tome conciencia de la importancia de protegerlos, ya que desempeñan un papel trascendental en el control de insectos que son perjudiciales para la agricultura y la salud humana, pues la mayoría de los murciélagos se alimenta de insectos y frutos y no de sangre.
 
Asimismo, los quirópteros polinizan y dispersan más de cuatrocientos tipos de plantas de importancia comercial, entre las que se encuentran el plátano, el higo, el durazno, el mango, la guayaba, la guanábana y el chicozapote. En ciertos casos, son el único agente polinizador de cierta “planta”, como las especies de maguey empleadas para producir mezcal y tequila.
 
Distintos estudios han demostrado que los murciélagos frugívoros intervienen en la dispersión de semillas de más de quinientos tipos de plantas, por lo que son un factor muy importante para la recuperación de selvas y bosques. Recientemente, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (iucn por sus siglas en inglés), ha señalado que 25% de todas las especies vivientes que integran el orden Chiroptera ostentan alguna categoría de riesgo debido a la pérdida y fragmentación de su hábitat, así como por el uso indiscriminado de plaguicidas agrícolas.
 
En este sentido, la participación y compromiso de todos los sectores sociales y la difusión y divulgación de información correcta son esenciales para asegurar la conservación de los murciélagos y los múltiples servicios ecológicos y culturales que han brindado desde que se originaron, hace más de cincuenta millones de años. Pero esa es otra historia.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
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Oscar Gustavo Retana Guiascón
Centro de Estudios de Desarrollo Sustentable 

y Aprovechamiento de la Vida Silvestre,
Universidad Autónoma de Campeche.

Biólogo egresado de la Facultad de Ciencias de la unam, con doctorado en Gestión de Recursos y Medio Ambiente. Su campo de investigación comprende la conservación de la Vida Silvestre. Ha participado en diversos proyectos y publicaciones en materia de manejo y uso comunitario de la Fauna Silvestre, Colecciones Biológicas y Biodiversidad. Actualmente es profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Campeche.
     

     
 
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Diana Guadalupe Morales Hernández y Elsa Arellano Torres
     
               
               
Un rasgo de los seres vivos que nunca deja de sorprender
es su capacidad de adaptarse a ambientes inhóspitos como los lagos “anóxicos”, las zonas pantanosas, el fondo marino o a cuevas casi sin oxígeno ni luz solar. Estas adaptaciones pueden variar en intensidad, desde el comportamiento de los organismos hasta la modificación de su anatomía y fisiología. Su estudio sigue siendo un vasto campo a explorar.
 
Aunque existen diversas teorías basadas en el conocimiento científico, el conocimiento empírico, social y cultural también puede inspirar y servir de guía para entender el origen y los cambios que han sufrido los ambientes y sus organismos a lo largo del tiempo. Asimismo, el avance mutuo y estrechamente vinculado de la ciencia y la tecnología ha aumentado las posibilidades de estudio en diversos campos. Es así que los biólogos, químicos, geólogos, ecólogos, genetistas, entre otros, se han dedicado a estudiar los procesos que propician las adaptaciones y la respuesta de los organismos ante la presión del ambiente.
 
Así como las Islas Galápagos avivaron la curiosidad de Charles Darwin para iniciar sus investigaciones sobre el origen de los seres vivos y de sus adaptaciones, también los investigadores de hoy se cuestionan sobre cómo es que ciertos organismos habitan en ambientes tan peculiares, como las cuevas anquialinas. Si bien son conocidas las cuevas terrestres y las marinas, las anquialinas, también llamadas cuevas intermedias, son un descubrimiento reciente, ya que hace apenas cincuenta años que el zoólogo austriaco Rupert Riedl inició los estudios faunísticos en tales sitios.
 
Una cueva es una cavidad natural formada en un terreno rocoso; las anquialinas son peculiares por el ecosistema que se encuentra en ellas, el cual está parcial o totalmente inundado, tanto por agua continental como por marina. Por lo tanto son costeras y se ubican debajo del nivel del suelo, ya sea en la zona continental o la marina. Son descritas como sistemas dinámicos e intermedios de amortiguamiento (“estuarios” subterráneos) entre el continente y el océano, y el nivel de contribución de cada ambiente varía en función de la distancia a la que éste se encuentra de la costa. Existe un flujo de agua continental hacia la costa por medio de conexiones subterráneas que se comunican con el océano y un flujo de entrada de agua oceánica hacia la cueva. Debido a que este flujo ocurre a través de cavidades en la roca, el proceso de intercambio es considerado lento, por ello el agua oceánica puede llegar a permanecer en la cueva durante meses e incluso años.
 
Dentro de la cueva se presenta entonces la coexistencia de dos capas de agua: una que puede ser salobre o continental, y que está sobre otra, de agua oceánica. Debido a la significativa diferencia de densidad entre ambas capas provocada por las distintas salinidades, se favorece la formación de estratos, fenómeno que es incrementado por el aislamiento geológico de estas cuevas y el limitado forzamiento del viento que fomentaría la mezcla de los cuerpos de agua.
 
De acuerdo con la profundidad de la caverna existen variaciones en las propiedades físicas y químicas del agua que, cuando son bruscos, en distancias cortas, reciben el nombre de “clinas”. Cuando esto ocurre en la salinidad del agua se denomina haloclina, y se puede presentar no sólo una, sino varias.
 
Las entradas de la cueva son de poco tamaño en comparación con su dimensión total, lo cual genera, además del aislamiento geológico característico de su ambiente, una gran limitación en la cantidad de luz que ingresa, por lo que usualmente existe escasa o nula actividad fotosintética. Esto provoca también que la cantidad de oxígeno disuelto en el agua sea mínimo, lo que hace de la cueva un ambiente “hipóxico”, es decir, que presenta un bajo contenido de oxígeno disuelto e incluso sin oxígeno disuelto, esto es “anóxico”.
 
Por otro lado, algo poco conocido es que las formaciones geológicas que constituyen las cuevas anquialinas son de origen diverso, no sólo “cárstico” (de roca caliza), y menos aún se conoce de su dispersión en la superficie terrestre, ya que resulta difícil restringir la ubicación de este tipo de cuevas a una región específica; se puede decir que, aproximadamente, entre las latitudes del Trópico de Capricornio al sur y el Círculo Polar Ártico al norte.
 
Entre las cuevas más estudiadas se encuentran las localizadas en terreno cárstico, como los cenotes de Yucatán, los blue holes (literalmente traducidos como hoyos azules) ubicados en las costas de Belice, los archipiélagos de las Bahamas y las Islas Bermudas, y otras en el mar Caribe y el Mediterráneo y, de menor tamaño, en el Pacífico IndoSur y el oeste de Australia. No obstante, en años recientes también se ha estudiado cuevas anquialinas de origen volcánico, algunas en forma de tubos huecos de lava, formados a partir de erupciones de la corteza oceánica (de composición basáltica) o bien como fallas o grietas verticales de la corteza continental (de composición granítica o silicatada). Se ha observado que se extienden bajo el nivel del mar, tanto al interior del continente como en el océano, en lugares como las islas Galápagos y las Hawaianas en el Pacífico central, la isla Lanzarote de las Canarias en el Atlántico este y en la península del Sinaí, Egipto.
 
Una peculiaridad más de las cuevas anquialinas es la formación de nubes de ácido sulfhídrico (H2S), que generalmente se presentan en cenotes y blue holes debido a la degradación de materia orgánica, y que se ubican a una profundidad justo por debajo de la haloclina, reduciendo la visibilidad hasta hacerla nula.
 
La vida en ellas
 
A lo largo de la historia, a las cuevas anquialinas se les ha atribuido diversas interpretaciones místicas, pues suelen ser consideradas como una entrada al inframundo y, aunque los organismos que se encuentran en este ambiente son principalmente bacterias, invertebrados (crustáceos), y vertebrados pequeños (anfibios y peces), no por eso éstas son menos interesantes que si realmente encerraran místicos secretos. En ellas se halla principalmente fauna endémica y totalmente restringida a dicho hábitat, denominada “estigofauna”, la cual puede llegar a habitar aguas contiguas, ya sea mayormente marinas o mayormente continentales, haciendo imprecisos los límites del ecosistema. También se ha observado organismos “ubicuos”, que sobreviven tanto dentro como fuera de la cueva, y algunos organismos accidentales que son llevados por corrientes de marea pero que no sobreviven en el ambiente cavernícola.
 
Como se mencionó al inicio, los organismos de cualquier ambiente pueden adaptarse a condiciones extremas y restringidas si su genética, conducta y fisiología lo permite. Las cuevas anquialinas proporcionan claros ejemplos de la capacidad de adaptación de sus organismos. Entre las características principales de los seres “estigobios” se puede enumerar cinco: 1) son ciegos o de vista débil debido a la pérdida o el atrofio de los órganos oculares; 2) presentan falta de pigmentación o semitransparencia; 3) usualmente son de tamaño pequeño, de unos cuantos micrómetros a unos pocos centímetros; 4) se agrupan en poblaciones pequeñas; y 5) no hay cambios sustanciales en su actividad biológica al no existir diferencia en el día y la noche debido a la limitada entrada de luz a la cueva.
 
Origen de la fauna anquialina
 
Es un hecho que los habitantes más abundantes y diversos de las cuevas anquialinas son los crustáceos y el estudio de su origen y evolución es de gran interés. En una cueva anquialina de las Bahamas, por ejemplo, existe una clase nombrada Remipedia, descrita en 1981 por la zoóloga y ecóloga Jill Yager, compuesta por especies muy primitivas que pueden considerarse coloquialmente como fósiles vivientes, es decir, especies aisladas que han evolucionado en un largo periodo de tiempo; incluso se considera que su linaje procede del antiguo y desaparecido mar de Tetis, que existió en la era Mesozoica cuando Pangea se dividió en Gondwana y Laurasia hace aproximadamente 250 millones de años. Ello podría explicar parcialmente el hecho de que los organismos de esta clase se encuentren distribuidos en cuevas alrededor del mundo sin aparente conexión geográfica.
 
No obstante, existen otras teorías que intentan dar una explicación más general. En publicaciones recientes de tres de los investigadores más renombrados en este campo, Thomas M. Iliffe, Renée E. Bishop y Louis S. Kornicker, se menciona el archipiélago de las Bahamas como el centro de origen de la fauna anquialina debido a la alta cantidad de especies estigobias que habitan en sus cuevas. Se ha propuesto la posibilidad de que tales especies hayan usado cuevas más antiguas y pequeñas como protección en épocas glaciares, pero también se ha sospechado que los ancestros de tales organismos pudieron haber sido bentónicos (asociados al fondo marino) y que se hallaban en aguas superficiales próximas a la cueva o que pudieron ser transportados desde cuevas cercanas y más antiguas.
 
Los dispersos patrones biogeográficos que muestran los habitantes de las cuevas anquialinas han despertado la curiosidad de quienes los investigan, por lo que se han propuesto hipótesis sobre su origen y las rutas de colonización, esencialmente de crustáceos. Entre las principales, todas con evidencias que las apoyan y con posibles contraargumentos que las podrían descartar, se destacan las siguientes: la primera hipótesis, la más mencionada, es la de “vicarianza”, según la cual, a partir del desplazamiento de las placas tectónicas de Pangea, las especies quedaron separadas y favorecieron la distribución de la fauna Tetiana. Sin embargo, dicha teoría no explica la existencia de las comunidades anquialinas en las islas Bermudas, Asunción y Hawaianas, que son de formación geológica reciente y no pertenecen al antiguo continente.
 
La segunda es la del “origen en mar profundo”, que considera las similitudes entre los organismos de las cuevas anquialinas y los que habitan en las profundidades oceánicas, ya que las condiciones de ambos ambientes parecen bastante similares. Se piensa que había túneles que conectaban el mar profundo con las cuevas anquialinas, pero se duda que los organismos hayan sido capaces de cruzar verticalmente el océano y soportar los cambios bruscos inherentes a él. Al respecto se han publicado análisis filogenéticos que sugieren la existencia de conexiones subterráneas entre al menos tres cuevas de las Bermudas y otras de Yucatán, observándose fauna muy similar en cuevas que se encuentran a gran distancia. Esto podría apoyar la idea de que hubo conexiones entre el océano profundo y las cuevas; sin embargo, se han realizado análisis filogenéticos que demuestran que el océano profundo y las cuevas anquialinas fueron colonizados por separado. Aunque aún no se sabe si esta hipótesis es correcta, algunos pueden llegar a considerar las especies estigobíticas como un eslabón intermedio en la evolución de la fauna oceánica antigua y la actual.
 
La tercera propone una “regresión”, esto es que las especies quedaron atrapadas en las cuevas cuando el nivel del mar disminuyó durante las glaciaciones o bien por el levantamiento geológico de la zona en que se encontraba la cueva, donde posteriormente las especies que se adaptaron al ambiente dieron origen a la fauna anquialina. Esto se apoya en la coincidencia de los patrones geológicos y las antiguas líneas de costa del Mesozoico, pero nuevamente se presenta un problema en cuanto a las Bermudas, que no muestran cambios importantes en sus líneas de costa por ser islas de formación reciente.
 
Del mismo modo, aparecen otras contrariedades al pensar en las islas de poco tamaño y en las cuevas anquialinas con estalactitas o estalagmitas relativamente recientes (menos de 10 000 años). Estas últimas son formaciones que necesariamente requieren un ambiente aéreo para producirse, lo que implicaría que los organismos tuvieron que migrar verticalmente para colonizar las cuevas cuando éstas se llenaron de agua, lo que implica nuevamente la problemática de la capacidad de los organismos para soportar cambios tan abruptos al realizar el trayecto.
 
La cuarta y la quinta hipótesis son un tanto similares, pues ambas implican la inmigración de los organismos a dichas cuevas. La primera se refiere a la invasión del hábitat por especies oportunistas con altos límites de tolerancia fisiológica que lograron adaptarse al agua continental o salobre y es llamada “migración activa”. La segunda es la de “migración pasiva” y se explica por medio de la llegada de organismos en estados larvarios o postlarvarios acarreados por corrientes marinas u objetos flotantes, lo cual sería posible en distancias cortas pero difícil en los organismos con baja tolerancia fisiológica y poca descendencia que actualmente habitan en tales cuevas.
 
Un caso que apoyaría la hipótesis migratoria, ya sea activa o pasiva, es el de algunos camarones de las cavernas de Yucatán, en donde por la formación de las cuevas durante el Plioceno (entre uno y dos millones de años atrás) y dado que se sabe que la fauna divergió antes de ese tiempo, se estima que cada especie debió habitar en cavidades marinas y posteriormente colonizar el hábitat por separado. En cuanto al caso del mar Caribe, se sugiere que un ancestro marino colonizó las Bahamas y luego fue llevada a las Bermudas por corrientes, por lo que tales organismos evolucionaron por separado o bien el ancestro marino que colonizó las Bahamas adquirió características estigobias, dando paso a una nueva especie que posteriormente colonizó las Bermudas.
 
Ante tal cantidad de hipótesis, es claro que son necesarios más estudios, principalmente de genética molecular para poder determinar la edad y secuencia de dispersión de la fauna anquialina y con ello sustentar o postular nuevas hipótesis sobre su origen, así como de fechamiento geológico que nos permitan determinar la edad de las cuevas anquialinas consideradas de formación antigua con base en el estudio de especies primitivas, como los remipedios.
 
Conviene destacar que conforme se ha ampliado el conocimiento sobre las cuevas anquialinas se ha modificado no sólo su denominación sino el significado de ésta. En 1966, Rupert Riedl las llamó “cuevas marginales” (del alemán Randhölen); siete años después se le asignó el término “anquialino” (del griego , cercano al mar), variando con el término “anquihalino” (del griego halino, de sal), y fue el primero el más aceptado por los expertos. Las investigaciones permitieron que en 1986 el concepto se ampliara para incluir los nuevos descubrimientos sobre procesos biológicos y ecológicos. Durante los 27 años siguientes, y de acuerdo a una revisión hecha por Renée Bishop y sus colaboradores, se han publicado aproximadamente 850 artículos científicos que refieren al ecosistema, y en el II Simposio Internacional del Ecosistema Anquialino se propuso redefinirlas como un “estuario subterráneo”.
 
A manera de conclusión
 
Se puede decir que el conocimiento del origen de estos organismos nos acerca a entender mejor los procesos de adaptación en ambientes extremos mediante los distintos eventos de la evolución del planeta. Las cuevas anquialinas son también una excelente zona de estudio, ya que al hallarse geológicamente aisladas se puede tener mayor control sobre los límites a investigar, en comparación con una estepa o una zona marina, por poner ejemplos.
 
Además de las características ya descritas, las cavidades naturales relacionadas con las cuevas anquialinas desempeñan un importante papel en el ciclo hidrológico, ya que se relacionan estrechamente con los mantos acuíferos subterráneos de agua continental, lo que las hace aún más importantes, sobre todo en regiones en donde los ríos superficiales son muy pocos y las poblaciones humanas se ven beneficiadas por la extracción de agua subterránea para su supervivencia.
 
Tal y como lo mencionaron Salazar Vallejo y sus colaboradores en 1993, para preservar acuíferos subterráneos como los presentes en los estados de Quintana Roo y Yucatán, debemos: 1) aprender a regular los asentamientos humanos alrededor de cenotes y caletas; 2) definir el uso de estos cuerpos de agua con estudios científicos que aclaren su papel en la cuenca subterránea; y 3) instalar plantas de tratamiento de agua e infraestructura para el reciclamiento de los desechos urbanos e industriales que aseguren la óptima calidad del ecosistema y de sus recursos.
 
Las cuevas anquialinas permiten conocer más acerca de la evolución de un importante número de organismos especializados y de sus estrategias para sobrevivir en determinados ambientes; además, la conservación de tales ecosistemas es de gran importancia para el mantenimiento a nivel mundial de sus especies endémicas y para el bienestar mismo de la humanidad.
 
     
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Diana Guadalupe Morales Hernández
Estudiante de licenciatura en Ciencias
de la Tierra, Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Elsa Arellano Torres
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Elsa Arellano Torres Profesora de Carrera (Asociado C) de la Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México. Bióloga, tiene Doctorado en Oceanografíay Maestría en Ciencias del Mar y Limnología. Es miembro SNI I.
     

     
 
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Hugo H. Mejía Madrid
     
               
               
Los nemátodos son los metazoarios más abundantes que existen
en nuestro planeta. Alguna vez J.B.S. Haldane dijo que el creador tiene cierta pasión por las estrellas y los escarabajos, los animales más diversos conocidos hasta ese momento en comparación con las aves y los mamíferos, que por entonces en su mayoría habían sido descubiertos. Pero no se conocía a fondo los nemátodos, de los cuales hasta la fecha se han descrito cerca de veinticuatro mil especies, de ellas doce mil son parásitos de animales y es entendible que hoy día éstos reciban mucha mayor atención y prensa que los de vida libre debido a que afectan directamente al ser humano y lo que come, mientras los otros son muy pequeños y sus efectos en los ecosistemas son aparentemente menos notables; sin embargo, su abundancia los hace resaltar.
 
Según Gregor Yeates, uno de los investigadores que han revolucionado recientemente el estudio de los nemátodos, en un metro cuadrado de suelo se han encontrado alrededor de 200 especies distintas con densidades de más de tres millones de individuos en algunos sitios. Esto ha llevado a estimar que existen, según un cálculo conservador, alrededor de un millón de especies de nemátodos, mientras otros han llegado a la audaz conclusión de diez millones de especies viviendo sobre y bajo tierra.
 
Debido a su ubicuidad, se encuentran en todos los hábitats imaginables: pueden ser marinos, de agua dulce y terrestre; los hay parásitos de plantas, de animales, de hongos; viven en ambientes extremos: se les ha encontrado congelados (anhidrobiosis) en el suelo de la Antártida y a profundidades de cerca de 4 000 metros en el fondo marino. Pero eso no es todo, se conocen al menos cuatro especies de nemátodos que habitan a un kilómetro de profundidad por debajo del suelo… ¡en la mina de oro Beatrix Au Mine en Sudáfrica! Se había tan sólo descubierto bacterias en esas zonas, pero los únicos organismos que las acompañan en tales sitios son los nemátodos que se alimentan de ellas. Además, se ha descubierto que pueden metabolizar aeróbicamente en ambientes hipóxicos en donde la presión parcial de oxígeno es de 0.4 kPa en experimentos con C. elegans. Es por eso que no ha faltado algún investigador que los clasifique al interior de los organismos “extremófilos”. Los nemátodos son buenos bioindicadores de la “salud” de los ecosistemas en donde habitan, dada su abundancia, su ubicuidad y su contacto íntimo con el medio, como veremos más adelante.
 
Una forma de vida muy diversa
 
La forma del cuerpo de los nemátodos es sencilla al parecer, son como cilindros largos aguzados en ambos extremos, con uno más chato (cabeza) que otro (cola); pero si se les observa con detenimiento encontraremos una enorme diversidad de formas, sobre todo en las estructuras bucales que, al ser estudiadas desde el punto de vista ecológico, nos ofrecen indicios sobre su papel en las redes tróficas del suelo y de las aguas, tanto marinas como continentales. Y aún más, nos pueden aportar información invaluable sobre los efectos de nuestras actividades en los servicios ecosistémicos gracias a los cuales hemos sobrevivido en este planeta desde el origen de nuestra especie.
 
En efecto, en las últimas dos décadas se ha descubierto que los nemátodos de vida libre son muy importantes en los ecosistemas: junto con otros metazoarios del suelo son responsables en su mayoría del recambio de materia orgánica que ocurre en los suelos que nos dan de comer. Esto no se debe a su tamaño, sino a su enorme abundancia. Por si fuera poco, los nemátodos comen de todo: hay desde los que son bacteriófagos hasta los que son carnívoros y practican el canibalismo; comen hongos, es decir, son fungívoros o bien son herbívoros fitoparásitos e incluso omnívoros. No existe un solo phylum de animales que vivan en el suelo que haya evolucionado en formas de alimentación tan diversas.
 
Los nemátodos y la salud del suelo
 
Los organismos del suelo probablemente representan tanto como 25% de las 1.5 millones de especies vivientes descritas a nivel mundial, esto es cinco veces más que su diversidad conocida en el dosel de los bosques. La pregunta obligada es: si los organismos del suelo son tan diversos, ¿por qué no pensar que pueden ser los mejores bioindicadores de la salud de los ecosistemas?
 
Se ha considerado que los bioindicadores son organismos sensibles a los cambios ambientales, por lo tanto, su estudio podría indicarnos sobre cambios de distintos tipos, por ejemplo, los causados por perturbación. Los organismos que habitan el suelo son sensibles a los cambios que allí ocurren y son mucho más fáciles de estudiar que las plantas mismas. Tan sólo la medición de ciertos parámetros en las plantas lleva a conclusiones de gran escala. En cambio, los organismos del suelo se pueden estudiar puntualmente porque son pequeños y auxilian a detectar el estado de conservación o perturbación del suelo debido a la erosión inducida por pastoreo o tala de bosques (templados o tropicales, húmedos y secos, como los que tenemos en México), la presencia de fertilizantes químicos, el exceso de introducción de nitrógeno para aumentar la fertilidad de los suelos, la presencia de contaminantes de productos de fábricas que se pueden introducir al suelo por arrastre (lixiviación), la presencia de aceites, de petróleo, etcétera.
 
Por varias décadas los ecólogos pensaron que con sólo medir la distribución y abundancia de los organismos en una localidad se podría detectar perturbaciones ambientales, por ejemplo, detectando dominancia vs. equidad en las comunidades de organismos. Sin embargo, los nematólogos, como el holandés Tom Bongers, se dieron cuenta de que en distintos ambientes edafícolas los índices tradicionales de diversidad no detectaban ninguna diferencia entre un ambiente conservado y uno perturbado.
 
Pero eso no es todo. Los organismos del suelo que presenten las características de un buen bioindicador deben, además de ser altamente sensibles a la presencia de alteraciones de todo tipo en el suelo, tener un contacto íntimo con el mismo, ser fácilmente colectables (que su recolección no provoque destrucción o disminución considerable de sus poblaciones), que tengan poca movilidad y, principalmente, que representen a todos los segmentos (nodos) de una trama alimentaria, llamados grupos tróficos: bacteriófagos, fungívoros, herbívoros, carnívoros y omnívoros en un solo phylum. Únicamente los nemátodos, como hemos visto, cumplen con tales requisitos a cabalidad; por no ser buenos dispersores, representan el “sello” de un tipo de suelo o vegetación.
 
Aunado a esto, la teoría acerca de los biondicadores se encuentra más desarrollada en los nemátodos que en cualquier otro grupo de metazoarios del suelo. A diferencia de los monitoreos por bacterias, las cuales presentan muchas adaptaciones a los cambios ambientales, los nemátodos son más conservadores y fácilmente contables con un microscopio e identificables morfológicamente (físicamente), mientras las bacterias sólo se pueden identificar con técnicas de taxonomía molecular.
 
¿Qué dice la teoría sobre los nemátodos como bioindicadores? Sostiene que éstos representan a todos y cada uno de los niveles tróficos de la trama alimentaria. Primero, debemos entender que un organismo cualquiera debe cumplir con todas las funciones de la vida: alimentarse, crecer, reproducirse y finalmente fenecer. Una medida utilizada en el monitoreo de la presencia de distintos grupos (familias generalmente o inclusive géneros) de nemá Brouillon todos es su abundancia por cada grupo trófico. Esto llevó al nematólogo agrícola holandés Tom Bongers en los noventas a crear una medida ecológica que estimara no sólo la diversidad (como los índices de Simpson, Shannon, Brouillon ,entre otros), sino la abundancia ponderada (en este caso que se multiplicaran aritméticamente) con un valor de 1, 2, 3, 4 y 5 a fin de medir la perturbación ambiental basándose en la composición diferencial de los grupos tróficos de nemátodos. Los valores numéricos mencionados corresponden al espectro de estrategias de reproducción y ciclos de vida (longevidad) de los organismos, llamadas estrategias r y K, muy conocidas entre los ecólogos. Así, hay nemátodos que son estrategas r extremos, esto es, tienen longevidad corta, huevos pequeños, altas tasas de reproducción y pueden tener etapas de resistencia conocidas como larvas dauer (dauer, duración en alemán).
 
Bongers dio a estos gremios los valores 1 y 2, los primeros con larvas dauer y sin ellas los segundos. Ambos son bacteriófagos, se les considera colonizadores y, por lo tanto, pioneros en la sucesión ecológica de los suelos. Los 1 son oportunistas enriquecedores, mientras que los 2 son también oportunistas pero generalistas. A los nemátodos fungívoros también se les incluye en este número. Los 3, 4 y 5 tienen longevidades mayores, huevos grandes, tasa de reproducción más baja y son generalmente carnívoros y omnívoros (5 y 4, respectivamente). A los herbívoros, por sus características tróficas, se les asigna el numeral 2. Esto quiere decir que los estrategas K extremos son los carnívoros, con el número 5.
 
Este índice se conoce como índice de madurez (mi por sus siglas en inglés) y puede tomar valores que van de 1, es decir, un suelo enriquecido (rico en bacterias, por lo tanto, materia orgánica como en el caso de una parcela recién abonada), hasta 5, un suelo estable, en el cual se encuentran todos los niveles tróficos de los nemátodos, del 1 al 5. Por lo tanto, un suelo perturbado, por ejemplo, con metales pesados, tendrá valores de 1 a 2 aproximadamente, lo cual indica que es imposible sostener poblaciones de nemátodos que requieren ambientes estables y poco o nada impactados.
 
Ahora bien, identificar los nemátodos podría parecer una tarea infranqueable. Sin embargo, en el caso de los estudios de ecología de nemátodos del suelo esta labor es factible una vez entendido que la interacción de taxonomía (morfológica y molecular) y ecología tienen lugar en el campo de la identificación de los grupos tróficos de nemátodos. Es aquí donde encontramos una de las más importantes interacciones de ambas disciplinas biológicas, algo que era inclusive epistemiológicamente imposible hace apenas cincuenta años.
 
El aporte del cálculo del índice de madurez para la determinación del estado de perturbación de los suelos ha sido de suma importancia. Se han realizado estudios de contaminación donde la determinación de los índices de madurez ha sido concluyente.
 
Howard Ferris, de la Universidad de California en Davis, llevó a otro nivel el cálculo de los índices de madurez en de los noventas. En una serie de fórmulas y álgebra matricial logró conjuntar el aporte de los nemátodos al suelo en términos de respiración y biomasa, la huella metabólica (función) y la estructura (forma) de la comunidad de los nemátodos traducida a la estructura del ecosistema, lo cual toma en cuenta todas los niveles tróficos del mismo.
 
La huella metabólica del suelo es una medida indirecta que toma en cuenta dos componentes: la producción medida por la biomasa de éstos, que se obtiene de las miles de descripciones que hay de nemátodos; su largo y ancho, esto es igual a Pt=Nt•Mt/(cpt) en el cual Nt•Mt es la medida de la biomasa del taxón y cpt representa el ciclo de vida (cp escala colonizadorpersistente y t tiempo del ciclo de vida), ya que existe una relación entre la biomasa y el ciclo de vida. La taxonomía de los nemátodos de vida libre ha sido, por lo anteriormente expresado, instrumento para el cálculo de la biomasa de estos organismos mediante los niveles linneanos de géneros y familias.
 
El otro componente es el de la respiración, que se mide por la contribución de bióxido de carbono al sistema, expresada como, Rt=Nt•Mt0.75, que es la fórmula de la tasa metabólica de los animales, lo cual indica que hay una relación directa entre biomasa y respiración. De esta forma se calcula la evolución de la tasa de respiración esperada y total de CO2 para todos los nemátodos del sistema, los indicadores de enriquecimiento (basal, cp1, enriquecimiento, cp2), que son indicadores de la estructura de la trama trófica y conectividad y los taxones que participan en varios canales de flujo de energía. Esto equivale a expresar matemáticamente la huella metabólica como la sumatoria de toda la respiración de los nemátodos más la producción de biomasa, a saber: (Rt + Pt).
 
La medida directa del estado de salud de los suelos es la misma que la de la estructura del ecosistema, es decir, de las tramas tróficas, la cual es directa en este caso debido a que existe una correlación entre la complejidad de las tramas tróficas en las que participan los nemátodos y la salud del ambiente. Mientras más completas estén tales tramas (presencia de bacterívoros, fungívoros, fitófagos, carnívoros y omnívoros), mejores niveles de nitrógeno (C:N moderado) habrá en suelos maduros y en suelos en maduración habrá mayor enriquecimiento de N (C:N bajo), de lo que se deduce que es una medida de la sucesión en el suelo, visto desde el punto de vista, muy completo, de los nemátodos. Esto ha servido para recomendar el uso menos intensivo de la labranza en los campos de cultivo, pues se ha visto que aumenta el enriquecimiento, lo cual se traduce en un aumento comparativo de nemátodos bacteriófagos.
 
Dado lo anterior, la medición de la abundancia de nemátodos en cualquier ecosistema, sea terrestre o marino, ofrecerá información que en el mediano y largo plazo pueda influir en establecer los estándares de los servicios ecosistémicos, acerca de los cuales todavía falta por conocer y sistematizar una gran cantidad de información.
 
Los estudios de nemátodos en México
 
El primer estudio realizado en México para medir la biodiversidad de los nemátodos del suelo se realizó en Los Tuxtlas, Veracruz, con relación al uso intensivo del suelo, y se hicieron comparaciones de la diversidad de nemátodos en suelos de selva primaria, selva secundaria, pastizales y tierra cultivada con maíz. Allí se encontró una correlación positiva entre los nemátodos enriquecedores (bacteriófagos) en tierras de cultivo, donde la descomposición bacteriana es mayor, y los nemátodos ectoparásitos que se alimentan de la corteza de las raíces en selvas primarias y secundarias, donde la densidad de raíces con cortezas duras es más abundante por volumen de suelo.
 
Un segundo estudio realizado en el Valle de Tehuacán se efectuó sólo en época de lluvias e involucró nemátodos edafícolas en la vegetación más abundante de esta parte del Valle de TehuacánCuicatlán con el fin de conocer su relación con la profundidad y abundancia, lo cual indica que no existen estudios comparativos de las costras de las plantas de forma estacional ni un buen conocimiento de la sistemática de los nemátodos de vida libre. En sus conclusiones, los autores aseguran que en la época de lluvias los nemátodos más abundantes son los fitoparásitos; sin embargo, hay estudios preliminares que indican que los nemátodos más abundantes son los omnívoros, obtenidos en las costras de las mismas especies de plantas (datos no publicados) y hay un cambio en la abundancia de los distintos grupos tróficos al pasar de la época de lluvias a la de secas.
 
Debido a que se requieren estudios comparativos entre distintos usos del suelo y suelos conservados, es necesario contar con un marco de referencia con respecto de los suelos poco perturbados que estén en proceso de recuperación o que no han sido cultivados durante largas temporadas (del orden de años) y su relación con el fenómeno de desertificación. Es en este contexto que se requiere contar con información de la diversidad de nemátodos que se encuentran en una de las coberturas vegetales más extensas de México, esto es, en los matorrales xerófilos y la selva baja caducifolia.
 
Los nemátodos y el cambio climático
 
No podrían faltar los estudios sobre el efecto del cambio climático en los suelos del mundo. De nuevo, debido a que dichos organismos presentan los grupos tróficos más importantes, esto los hace un modelo único para estudiar dicho fenómeno en suelos. Uno de los estudios pioneros al respecto indica que existe una diferencia marcada entre las comunidades de nemátodos de suelos sujetos a altas temperaturas y las de suelos normales, es decir, que están a temperaturas como las actuales; dicha diferencia consiste en la diversidad diferencial que hay entre suelos con mayor diversidad y aquellos suelos con monocultivos. Es decir, la mayor diversidad se encontró en suelos poblados con una cierta diversidad vegetal mientras que en monocultivos la diversidad es baja. Aun así, dada la alta temperatura en ambos, la diversidad de los nemátodos en suelos con plantas diversas está limitada a especies cercanamente emparentadas, lo cual podría representar un caso de vulnerabilidad ante cualquier cambio en el suelo que redundaría en impactos en otros niveles tróficos y en los phyla de animales y plantas.
 
El futuro del estudio de los nemátodos
 
Los nemátodos son los mejores indicadores de salud del suelo, no solamente por sus características biológicas, sino porque su empleo se traduce en programas de muestreo más baratos, menos impactantes para los ecosistemas y más eficientes. Donde interviene el músculo de los biólogos es en la determinación de los ejemplares, lo cual requiere cierta experiencia en laboratorio. Sin embargo, la publicación de claves locales, con profusión de dibujos y fotografías haría esta tarea mucho más fácil.
 
La diversidad de nemátodos de vida libre que existe en nuestro planeta es todavía insospechada; sin embargo, sus estrategias de sobrevivencia parecen apuntar hacia una diversidad mucho mayor a la que se conoce hoy en día. Crípticos, anhidrobióticos, capaces de formar etapas de resistencia y que tan sólo requieren una delgada capa de agua para poder sobrevivir, sensibles a los cambios en el suelo, el clima y por contaminantes, los nemátodos poseen una marcada adaptabilidad a ambientes extremos. son los candidatos ideales para heredar la Tierra una vez que nuestra especie se haya extinguido.
 
     
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Hugo H. Mejía Madrid
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Biólogo por la Facultad de Ciencias, UNAM. Ha publicado cerca de 20 artículos relacionados con ecología y filogenia de nematodos en general y un libro sobre parasitología molecular. Actualmente es profesor titular de tiempo completo de la Facultad de Ciencias, UNAM.
     

 
     
 
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Carlos Pérez Malváez, Arturo Franco Juárez del Río
y Rosaura Ruiz Gutiérrez 
     
               
               
Alfred Lothar Wegener pasó a la historia por ser el primero
en formular la idea de que los continentes no son estáticos, sino que están en movimiento. El meteorólogo alemán se basó en un conjunto de argumentos tomados de estudios que abarcan diversas ramas de las ciencias y que dieron lugar a la llamada teoría de la Deriva continental, una de las más importantes surgidas en el siglo XX, a pesar de que en la actualidad se emplea la Tectónica de placas para explicar los eventos geológicos de la Tierra, aún tiene un enorme valor desde el punto de vista de la historia de la ciencia debido a que sacudió los cimientos de la geología, provocando una serie de reacciones en todo el mundo.
 
A lo largo de los años se ha llevado a cabo diversas investigaciones con respecto de la deriva continental pero su introducción a México es un caso poco estudiado, por lo que éste texto se aboca a ello. Podría creerse que este tipo de trabajos, cuyo objeto es señalar la relevancia histórica de las ideas y teorías desde sus orígenes, ya no deberían realizar se, dado que se continúa promoviendo el “difusionismo”; sin embargo prejuzgar los es prematuro ya que en los trabajos historiográficos no siempre se debe vestir a la moda, por tanto, su desarrollo debe continuar, pues al igual que en ésta como en otras áreas aún hay mucho por decir desde diferentes enfoques, tal y como se puede apreciar en el desarrollo de la historiografía de la ciencia.
 
El panorama de la geología durante el siglo XIX
 
En primer lugar, se debe de tener en consideración el panorama y las ideas que constituían la filosofía geológica del siglo XIX, las cuales influyeron en Alfred Wegener y su teoría de la Deriva continental. La teoría de la Contracción de la Tierra tuvo su origen en el siglo XVII, cuando algunos autores afirmaban que la Tierra se había encogido mientras se solidificaba y endurecía la parte más externa, lo que en gran medida habría condicionado la estructura del paisaje.
 
Tales ideas fueron la base de dicha teoría, propuesta inicialmente por Élie de Beaumont, la cual sostenía que la Tierra debió haber pasado por un estado de incandescencia, de acuerdo con la hipótesis nebular sobre el origen del sistema solar y, consecuentemente, el planeta se habría ido contra yendo, conforme se iba enfriando a lo largo del tiempo.
 
La liberación de la tensión compresiva en la capa externa durante ese colapso térmico se comprendió como la causa de la actividad tectónica y de la formación de montañas, en otras palabras, las cadenas montañosas se consideraron arrugas causadas por un enfriamiento progresivo de la Tierra.
 
James D. Dana, profesor de Yale contemporáneo a Élie de Beaumont, quien defendió con entusiasmo la teoría contraccionista, consideraba que los continentes correspondían a las zonas de la corteza que primero se enfriaron, mientras que los hundimientos de la corteza que ocupan los océanos debían corresponder a contracciones posteriores. Al reducirse el volumen del interior terrestre, los continentes debieron sufrir enormes presiones cuya consecuencia fue la formación de las cordilleras, de la misma manera en que se forman las arrugas en la piel de una manzana al secarse.
 
La teoría de la contracción recibió un posterior impulso cuando el geólogo austriaco Eduard Suess publicó, entre 1883 y 1909, La Faz de la Tierra, en donde proponía que la Tierra está estratificada en tres capas: la corteza superior, el manto intermedio y el núcleo central, y que grandes bloques de la corteza original debieron hundirse a medida que se enfriaba el interior terrestre, originando así las cuencas oceánicas. El enfriamiento de la Tierra debió generar una tensión entre la corteza y el interior del planeta, que sería la causa de dos tipos de presiones, unas paralelas a la superficie o tangenciales, que plegarían los materiales y formarían las montañas; las otras serían radiales y causarían hundimientos. Suess introdujo el término “eustático” para referirse a los movimientos de elevación y descenso del nivel del mar a escala mundial.
 
Tanto en las hipótesis de Dana como en las de Suess, el modelo de una Tierra enfriándose y contrayéndose considera a los continentes y cuencas oceánicas como elementos primordiales e implícitamente negaba la posibilidad de movimientos laterales importantes de las masas continentales a través de los océanos. Puesto que estos conceptos parecían solucionar con éxito una amplia gama de fenómenos geológicos, la mayoría de los geólogos estaban persuadidos de su certeza básica.
 
La teoría de la Permanencia surgió en Norteamérica a mediados del siglo XIX y sostenía que tanto los continentes como los fondos oceánicos están formados por materiales diferentes y que por lo tanto no son, ni habían sido, caracteres intercambiables. En concreto, los grandes caracteres de la corteza terrestre se han mantenido estables desde hace cientos de millones de años. Esta idea era una consecuencia directa de la teoría de la contracción definida por Danay estaba en contraposición a la versión de Suess sobre la contracción debida al enfriamiento del planeta.
 
La teoría de los Puentes Intercontinentales fue sin duda la más invocada para oponerse a las ideas derivistas de Wegener. De acuerdo con esta hipótesis, la gran mayoría de los puentes no fueron permanentes sino episódicos y con el tiempo se llamarían también “eslabones ístmicos”. Así, grandes volúmenes de materiales continentales debieron hundirse en las cuencas oceánicas, lo cual generalmente es asociado con movimientos “eustáticos”.
 
Por otro lado, este fenómeno también tuvo que haber sido cíclico, es decir que la gran mayoría de las conexiones terrestres debieron formarse y hundirse repetidamente, lo cual explicaría las similitudes biológicas de diferentes épocas en la historia de la Tierra, permitiendo al mismo tiempo el aislamiento geográfico durante largos periodos.
 
La primera conexión a través del Atlántico la propuso Jules Marcou en 1860, uniendo África con Sudamérica y creando un hipotético supercontinente que Eduard Suess posteriormente denominaría Gondwana. Las ideas básicas de la hipótesis de los puentes intercontinentales fueron desarrolladas principalmente por Suess en todos sus aspectos paleogeográficos fundamentales.
 
Los biogeógrafos, en general, no toman en cuenta algunas de las consecuencias que se derivaban directamente de la hipótesis de las conexiones terrestres. Llenaron los océanos de tantos puentes intercontinentales que hacían imposibles las migraciones marinas, las cuales también tenían que explicar.
 
El “principio de la Isostasia” fue uno de los mayores pilares en que Wegener se apoyó para plantear su teoría de la deriva continental. A partir del siglo XVIII se efectuó una serie de descubrimientos geofísicos trascendental y que tienen que ver con investigaciones geodésicas sobre la forma real que presenta nuestro planeta.
 
En las primeras décadas del siglo XVIII se organizó la expedición geodésica hispano-francesa al Perú la cual tenía por objetivo establecer con precisión la longitud del meridiano terrestre y zanjar la controversia sobre la figura de la Tierra. Algunos de los resultados de dicha expedición fueron adelantados por su director Pierre Bouger, entre éstos se encuentran las primeras observaciones realizadas sobre anomalías gravimétricas en las masas continentales. El fenómeno asociado recibió posteriormente el nombre de Isostasia, término acuñado por Clarence Dutton en 1889.
 
La teoría plantea que la corteza de la Tierra flota en un equilibrio isostático en un denso sustrato viscoso, formando el piso de los océanos. Para Airy, todas las masas corticales presentaban las mismas densidades, de manera que sólo era posible mantener el equilibrio isostático siempre y cuando esas masas se hundiesen en el manto, a modo de raíces, hasta una profundidad máxima denominada nivel de compensación isostática. Y según el modelo de Pratt, también de mediados del XIX, las masas corticales presentaban el mismo grado de profundización en el manto, por lo que el equilibrio se mantenía debido a una densidad diferencial en dichas masas. La aceptación del principio de la isostasia hizo muy difícil seguir sosteniendo la existencia de los puentes intercontinentales. El equilibrio isostático requerido hacía imposible, no la presencia de los puentes terrestres, sino su desaparición mediante hundimiento.
 
La propuesta de Alfred Lothar Wegener
 
Wegener nació en Berlín el 1 de noviembre de 1880, fue el hijo menor de Richard Wegener doctor en teología y filología, pastor evangélico y director del Orfanato Schindler, y Anna Schwarz. Se doctoró en astronomía el 24 de noviembre de 1904, con un trabajó que consistió en convertir las Tablas Alfonsinas del movimiento planetario de sexagesimales a decimales. Con ello terminó su incursión en la astronomía. Se encauzó hacia la meteorología y en 1909 fue habilitado como profesor adjunto de Meteorología en la Universidad de Marburg, en donde estrechó relaciones con Wladimir Köppen, experto meteorólogo, y con cuya hija, Else, contrajo matrimonio en 1913; ella fue su estrecha colaboradora.
 
Durante la Primera Guerra Mundial, Wegener estuvo en el ejército, donde fue llamado a filas como teniente de infantería y alcanzado por una bala que se alojó en su cuello, por lo cual ya no fue considerado apto para la milicia activa y fue enviado al campo del Servicio Militar Climático. Su convalecencia duró varios meses, tiempo que utilizó para revisar y ampliar su teoría sobre la Deriva continental, la cual fue presentada en público en 1915.
 
En 1919 regresó a la vida académica, sucediendo a su suegro en la dirección del Departamento de Meteorología Teórica del Servicio Atmosférico, aunque a Wegener le motivaban a la vez otros intereses. En 1919 publicó un breve y excelente libro acerca del origen de los cráteres lunares, donde defendía la hipótesis de que los mismos fueron originados por impacto en lugar de ser resultado de actividad volcánica. Durante la primavera de 1929 se encargó de dirigir una expedición danesa a Groenlandia, bajo los auspicios del Consorcio de la Ciencia Alemana. Regresó en octubre de ese año para pasar el invierno en Graz y en abril de 1930 volvió una vez más a Groenlandia con una nueva expedición germana también dirigida por él.
 
Mientras regresaba al campamento base en busca de provisiones, en el glaciar Qaumarujuk, según la ortografía, al fondo del fiordo Uummanaq aislado por la nieve y el hielo, precisamente el día de su quincuagésimo cumpleaños desapareció durante una tormenta junto con su compañero, el groenlandés Rasmus Villumsen. Su cuerpo fue encontrado seis meses más tarde, el 12 de mayo de 1931.
 
La teoría de la deriva continental
 
No se tienen documentos que expliquen claramente cómo concibió Wegener esta hipótesis, pero según escribe él mismo: “tuve la primera intuición de la movilidad continental ya en 1910, cuando, al contemplar un mapamundi, me impresionó la coincidencia de las costas de ambos lados del Atlántico”. Al año siguiente descubrió un trabajo sobre las pruebas paleontológicas de la previa existencia de un puente entre Brasil y África.
 
La idea de la deriva continental fue presentada por Wegener en dos conferencias, la primera, el seis de enero de 1912, versó acerca del desarrollo, desde el punto de vista geofísico, de las grandes unidades de la corteza terrestre, continentes y océanos; la segunda, el diez de enero de 1912, trató acerca de los desplazamientos horizontales de los continentes.
 
En 1915, aprovechando la convalecencia de sus heridas sufridas en Bélgica durante la Primera Guerra Mundial, trabajó de lleno en su hipótesis y la publicó en forma de libro: El origen de los continentes y océanos. La segunda edición apareció en 1920 y una tercera en 1922, a partir de la cual se realizaron traducciones a varios idiomas, entre ellos al español en 1924.
 
Ese mismo año y en colaboración con su suegro, publicó Los climas del pasado geológico, obra en la que, sobre la base de su teoría del desplazamiento horizontal de los continentes, da una explicación coherente del clima terrestre a lo largo del tiempo geológico.
 
Durante casi quince años estuvo acumulando multitud de pruebas y argumentos a favor de su teoría en campos tan diversos como la geología, la geodesia, la paleontología, la geofísica y la climatología. La cuarta edición alemana de su libro fue la última en vida del autor, quien además publicó otros trabajos sobre diferentes aspectos de los desplazamientos continentales.
 
Si bien la importancia actual de la tectónica de placas es indiscutible y ha sido pieza fundamental para poder explicar la formación de las grandes cordilleras y la actividad sísmica y ha provisto de una herramienta central a la biogeografía histórica para reconstruir la distribución pasada de los organismos y entender su distribución actual, esto no opaca el trabajo de Wegener.
 
Aunque Wegener no pudo encontrar un mecanismo para explicar la Deriva continental, tuvo el mérito de reunir lo más que pudo de evidencia disponible en su época para dejar establecido como hecho inapelable el movimiento horizontal de los continentes.
 
Las ideas de Wegener en México
 
Una primera aproximación a la introducción de las ideas de la deriva continental en México, se logró mediante una revisión he merográfica que condujo la investigación hasta el periódico El Demócrata y en especial a su suplemento El Magazín de El Demócrat
 
En dicho suplemento del 27 de diciembre de 1925 se encontró un artículo que lleva por título “La ciencia ofrece una nueva teoría sobre el Origen de los Océanos y de los Montes”. En éste se presenta una amplia explicación de la teoría de la Deriva continental de Wegener, con mapas de los movimientos de los continentes propuestos por el meteorólogo alemán.
 
Llama la atención que el autor del artículo es anónimo, sin embargo, parece tener conocimiento de la tercera edición del libro El origen de los continentes y océanos, pues hace mención al libro y la fecha de publicación del artículo es un año después de la traducción de dicha edición al español. El autor del texto se muestra convencido de la veracidad de la teoría de Wegener, sobre todo porque al fi nal del artículo ex pone una serie de preguntas que resume las pruebas presentadas por Wegener a lo largo de su obra, señalando que éstas pueden ser respondidas aplicando las ideas del meteorólogo.
 
Al año siguiente de la fecha de aparición del artículo antes mencionado, el 14 de febrero de 1926, de nueva cuenta en El Magazín de El Demócrata se publicó otro artículo relacionado a la teoría de Wegener titulado “Está próxima la unión de Asia con la América”. Este escrito es notorio, no sólo porque explica a grandes rasgos los principales puntos de la teoría de Wegener, sino porque también menciona algunas ideas sobre la estructura interna de la Tierra propuestas por Edward Suess, uno de los más importantes geólogos de la historia.
 
El autor, anónimo también, señala que si bien la teoría de Wegener ofrece respuestas a varias interrogantes que se planteaban en aquel momento y presenta pruebas significativas, no se descarta la posibilidad de que en un futuro ésta pueda ser rechazada. Otro aspecto destacable es la compa ración que se hace con Charles Darwin, ya que las ideas de Wegener estaban dando mucho de qué hablar en aquella época, al igual que la selección natural y la evolución de las especies de Darwin lo habían hecho años atrás.
 
En el año 1931, el periódico Excélsior presentó tres notas acerca de la desaparición y posterior confirmación de la muerte de Alfred Wegener en su última expedición a Groenlandia. La primera fue publicada el 12 de mayo de 1931 bajo el título “No hay esperanzas ya de encontrar a J. Wegener”, la segunda, “Otra víctima de la zona ártica: Alfred L. Wegener”, fue publicada el 21 de mayo de 1931, y la tercera, “Confírmase que irá a Groenlandia, Wegener”, fue publicada el día 26 de mayo de 1931.
 
Esto demuestra dos cosas: primero, que Alfred Wegener, a pesar de todo el rechazo de sus ideas sobre la Deriva continental, aún seguía siendo un científi co de renombre; segundo, lo bien comunicado que estaba México con el resto del mundo y lo bien informado que estaba sobre los hechos más importantes que ocurrían alrededor del globo.
 
Una revisión de libros proporcionó rastros interesantes de referencias a Alfred Wegener y su teoría. La primera, sin duda alguna el más importante hallazgo en esta historia, proviene de uno de los más destacados científi cos cuyas aportaciones fueron esenciales para la instauración de la bio logía en nuestro país: Alfonso Luis Herrera.
 
Es mayormente conocido por la teoría de la Plasmogenia, que trata de explicar el origen de la vida a partir de una sustancia que él llamó protoplasma, y antes también por otro de sus trabajos importantes: Mineralogía y geología publica da en 1925), última obra de la colección Nociones de Ciencias Na turales, en donde Herrera incluyó apéndices que amplían lo presentado en la misma. En uno de los apéndices se encontró una clara referencia a la Deriva continental: “Se discute en estos momentos el movimiento de los continentes. Alfredo Wegener, geógrafo alemán, tuvo la idea en 1912 de una mo vilización más grande de los continentes”. Lo que más llama la atención es que Herrera cita un artícu lo publicado el 10 de mayo de 1924 en la revista francesa Revue scientifi que titulado “La dérive des continents”, de P. Termier, que reproduce una conferencia que dictó en fe brero de ese mismo año, en donde demuestra estar en con tra de la teoría: “la théorie de Wegener est pour moi un beau rêve, un rêve de grand poète” (la teoría de Wegener es para mí un hermoso sueño, un sueño de un gran poeta).
 
Esto indica que Herrera tuvo conocimiento de la teoría de Wegener en la época de mayor auge de la misma, cuando salieron alrededor del mundo varias traducciones de la tercera edición, entre ellas la francesa y la española, y se empezó a discutir su veracidad. Además, Herrera incluyo al fi nal de Mineralogía y geología una “Advertencia final”, en la que explica las razones por los que hago los apéndices, fechada en noviembre 26 de 1924, lo cual indica que Alfonso L. Herrera fue el primer científico mexicano en hacer una mención explícita a la teoría de la Deriva continental de Alfred Wegener. Si bien su obra fue publicada en 1925, él ya tenía conocimiento de esta teoría desde 1924.
 
Posteriormente, en el libro Memoria del Congreso Científico Mexicano publicado por la UNAM en 1953, el cual se celebró en el año 1951, se encontró un trabajo escrito por Zoltán De Cserna con el título “El conocimiento actual de la plataforma continental y su significado”, en donde hace referencia a la teoría de la Deriva continental: “Finalmente, de todas estas conclusiones para el autor se hace evidente una situación que requiere movimientos laterales en la superficie del globo. Desde luego, con este trabajo no se intenta sugerir la revivificación de la teoría sobre la deriva de los continentes”. De lo anterior se deduce que Cserna conocía la teoría de la Deriva continental y los movimientos laterales asociados, pero parece no estar del todo convencido de la misma, algo natural para la época.
 
En el año de 1965, en el libro Geología de Orestes Cende ro Curiel, en la sección titulada “Geología dinámica, Litología y Geotectónica”, el autor se dedica a explicar detallada mente la teoría de la Deriva continental de Wegener, mostrando incluso una reproducción de los planisferios hechos por el meteorólogo alemán. Si bien este libro no contiene referencias bibliográficas, se sabe que el autor consultó la edición en español de la obra de Wegener, ya que menciona el título con el que se conoció, La génesis de los continentes y océanos.
 
El ingeniero Ernesto López Ramos
 
Dado el tema en torno al cual se desarrolla el presente trabajo, no está de más incluir un breve homenaje y reconocimiento a la obra del ingeniero Ernesto López Ramos, uno de los más importantes geólogos de México. Egresado de la Es cuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Instituto Politécnico Nacional como ingeniero geólogo petrolero, López Ramos escribió a lo largo de su carrera una serie de obras dedicadas a la geología, las cuales fueron de gran importancia para la enseñanza de esta ciencia en México.
 
En 1970 publicó Apuntes de geología general, obra que se fue ampliando con las experiencias y conocimientos del autor, hasta que finalmente fue conocida bajo el nombre Geología general y de México. A partir del año 1979, ésta obra constó de tres tomos: Geología general, Geología de México, y un tercer tomo en el que se menciona a Alfred Wegener y su teoría de la Deriva continental, en la sección cinco: “Tectónica. Geosinclinales. El ciclo geosinclinal, desarrollo de la tectónica en México. Convección terrestre y tectónica de placas”. El autor señala lo siguiente: “dada la forma de los continentes, es natural deducir que en algún tiempo ajustaban uno a otro. Precisamente ésta es la idea que hizo concebir a Wegener la teoría que fue tan popular alrededor del año 1915. Esta consistió en aceptar que los continentes eran poco más ligeros que el material subyacente ahora conocido como el manto. Posteriormente se comprobó que el material bajo los continentes no era fluido, sino rígido en general. Al principio de la década de los treintas la teoría de Wegener fue abandonada en cierto grado, puesto que no se ofrecía una posible explicación a cómo podían moverse los continentes en un medio rígido”.
 
Dicha mención aparece en las ediciones posteriores del tomo 3, en 1981 y 1983, pero desapareció en la edición de 1993. La razón de ello probablemente se encuentra en que dicha edición redujo la obra a un solo tomo y mucha de la información presentada tuvo que ser modificada.
 
Conclusiones
 
Cabe interrogarnos, a pesar de la relevancia de la teoría de la Deriva continental, desde una perspectiva periférica y desde una estrategia difusionista, ¿cuál fue su impacto en México? Para responderlo se requiere buscar si había alguna introducción, recepción y difusión en nuestro país.
 
Es claro que la teoría de la Deriva continental de Alfred Wegener no pasó desapercibida en México y la difusión de sus ideas por el país se dio mediante los periódicos, revistas y libros de manera heterogénea. Los resultados de este tipo de trabajos no son más que una pequeña y muy fundamental muestra de las amplias posibilidades que tiene la historiografía de hacer aportes a la ciencia en sus diferentes áreas, y más específicamente a la historia de la ciencia en México, no obstante, queda aún por conocer, ¿cómo fue en las aulas? ¿cómo fueron los programas de estudio, el ámbito académico y en la dinámica de enseñanza-aprendizaje? Son algunas de las preguntas que bien vale la pena tratar de responder.
 
Las ideas de Wegener que proporcionaron una explicación más verosímil a la distribución geográfica de los organismos y contribuyeron al desarrollo de un nuevo pensamiento y nuevas escuelas en la biogeografía contemporánea. Con el paso del tiempo, y gracias a éstos descubrimientos, se evidenció que las ideas movilistas de Alfred Wegener no eran del todo erróneas y los biólogos, paleontólogos, geólogos, biogeógrafos, y demás investigadores afines, termina ron por aceptar la idea del movimiento horizontal de los continentes.
 
     
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Carlos Pérez Malváez
Facultad de Estudios Superiores Zaragoza.
Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor de tiempo completo adscrito al Museo de Zoología en la fes Zaragoza, UNAM.

Arturo Franco Juárez del Río
Facultad de Estudios Superiores Zaragoza,

Universidad Nacional Autónoma de México.

Biólogo titulado por la UNAM. Realizó su trabajo de tesis de licenciatura sobre La Introducción de la Teoría de la Deriva Continental de Alfred Wegener en México.

Rosaura Ruiz Gutiérrez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Profesora de tiempo completo por la Facultad de Ciencias, UNAM. Autora de varios libros relacionados con el evolucionismo y la historia de la ciencia en México e Iberoamérica.
     

     
 
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