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El libro de la naturaleza en Galileo
 
Italo Calvino
   
   
     
                     
                     
La metáfora más famosa en la obra de Galileo —y que con­tie­ne en sí el núcleo de la nue­va filosofía— es la del libro de la naturaleza escrito en len­guaje matemático.
“La filosofía está escrita en ese libro enorme que tenemos continuamente abierto de­lante de nuestros ojos (hablo del universo), pero que no puede entenderse si no apren­demos primero a comprender la lengua y a conocer los caracteres con que se ha escrito. Está es­cri­to en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geo­mé­tricas sin los cua­les es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deam­bula en vano por un laberinto oscuro” (Saggiatore [Ensayista] 6).
 
La imagen del libro del mun­do tenía ya una larga his­to­ria antes de Galileo, desde los ­filósofos de la Edad Media has­ta Nicolás de Cusa y Mon­­taigne, y la utilizaban contemporáneos de Galileo como Fran­cis Bacon y Tommaso Cam­pa­ne­lla. En los poemas de Campanella, publicados un año antes que el Saggiatore, hay un so­ne­to que empieza con estas pa­labras: “El mundo es un libro don­de la razón eter­na escribe sus propios conceptos”.

En la Istoria e dimostrazioni intomo alie macchie solari [His­toria y demostraciones acer­ca de las manchas solares] (1613), es decir diez años antes del Saggiatore, Galileo oponía ya la lectura directa (libro del mundo) a la indirecta (libros de Aristóteles). Este pa­sa­je es muy interesante porque en él Galileo describe la pin­tu­ra de Archimboldo emi­tien­do juicios críticos que valen para la pintura en general (y que prue­ban sus relaciones con ar­tis­tas florentinos como Ludo­vi­co Cigoli), y sobre todo refle­xiones sobre la combinatoria que puede añadirse a las que se leerán más adelante.

“Los que todavía me con­tra­di­cen son algunos defen­so­res severos de todas las mi­nu­cias peripatéticas, quienes, por lo que puedo entender, han sido educados y alimentados desde la primera infancia de sus estudios en la opinión de que filosofar no es ni puede ser ­si­no una gran práctica de los tex­tos de Aristóteles, de modo que puedan juntarse muchos rá­pi­damente aquí y allá y en­sam­blar­los para probar cualquier problema que se plantee, y no quieren alzar los ojos de esas páginas, como si el gran libro del mundo no hubiera sido escrito por la naturaleza pa­ra que lo lean otras personas además de Aristóteles, cuyos ojos habrían visto por toda la posteridad. Los que se inclinan ante esas leyes tan es­tric­tas me recuerdan ciertas cons­tric­cio­nes a que se someten a ve­ces por juego los pintores capri­cho­sos cuando quieren re­­presentar un rostro humano, u otras figuras, ensamblando ya únicamente herramientas agrícolas, ya frutos, ya flores de una u otra estación, extravagancias que, propuestas co­mo juego, son bellas y agra­da­bles y demuestran el gran ta­len­to del artista pero que si alguien, tal vez por haber dedi­cado todos sus estudios a esta manera de pintar, quisiera sa­car de ello una conclusión uni­versal diciendo que cualquier otra manera de imitar es imperfecta y criticable, se­gu­ra­mente el señor Cigoli y los otros pintores ilustres se reirían de él”.

La aportación más nueva de Galileo a la metáfora del libro del mundo es la atención a su alfabeto especial, a los “ca­racteres con que se ha escrito”. Se puede pues precisar que la verdadera relación metafórica se establece, más que entre mundo y libro, entre mun­do y alfabeto. Según este pasaje del Dialogo sopra i due mas­simi sistemi del mondo [Diá­logo sobre los dos máximos sistemas del mundo] (jornada II) el alfabeto es el mun­do: “Tengo un librito, mucho más breve que los de Aristó­te­les y Ovi­dio, en el que están con­te­ni­das todas las ciencias y cualquiera puede, con poquísimo estudio, formarse de él una idea per­fec­ta: es el alfabeto; y no hay duda de que quien sepa acoplar y ordenar esta y aquella vo­cal con esta o aquella consonante obtendrá las respues­tas más verdaderas a todas sus dudas y extraerá ense­ñan­zas de todas las ciencias y todas las artes, justamente de la misma manera en que el pin­tor, a partir de los diferentes colores primarios de su pa­leta y juntando un poco de ­éste con un poco de aquél y del otro, consigue representar hom­bres, plantas, edificios, pá­jaros, peces, en una palabra, imi­tar todos los objetos visibles sin que haya en su paleta ni ojos, ni plu­mas, ni escamas, ni hojas, ni guijarros: más aún, es necesario que ninguna de las cosas que han de imitarse, o parte de alguna de esas cosas, se encuentre efectiva­men­te entre los colores, si se quie­re representar con esos colores todas las cosas, que si las hubiera, plumas por ejem­plo, no servirían sino para pintar pájaros o plumajes”.

Cuando habla de alfabeto, Galileo entiende pues un sis­te­ma combinatorio que puede dar cuenta de toda la multiplicidad del universo. Incluso aquí lo vemos introducir la com­pa­ra­ción con la pintura: la com­bi­natoria de las letras del al­fabe­to es el equivalente de aque­lla de los colores en la paleta. Ob­sérvese que se trata de una com­binatoria a un plano diferente de la de Archimboldo en sus cuadros, citada antes: una combinatoria de objetos ya dotados de significado (cua­dro de Archimboldo, collage o combinación de plumas, centón de citas aristotélicas) no pue­de representar la totalidad de lo real; para lograrlo hay que recurrir a una combinatoria de elementos minimales, co­mo los colores primarios o las letras del alfabeto.
En otro pasaje del Dialogo (al final de la jornada I), en que hace el elogio de las grandes invenciones del espíritu hu­ma­no, el lugar más alto corres­pon­de al alfabeto. Aquí se habla otra vez de combinatoria y también de velocidad de co­mu­nicación: otro tema, el de la velocidad, muy importante en Galileo.

“Pero entre todas esas invenciones asombrosas, ¿cuan eminente no habrá sido el espí­ritu del que imaginó el modo de comunicar sus más recón­di­tos pensamientos a cualquier otra persona, aunque es­tu­vie­ra separada por un gran lapso de tiempo o por una larguísima distancia, de hablar con los que están en las Indias, con los que todavía no han nacido y no nacerán antes de mil años, o diez mil? ¡Y con qué facilidad! ¡Mediante la combinación de vein­te caracteres sobre una pá­gina! Que la invención del al­fa­be­to sea pues el sello de to­das las admirables inven­cio­nes humanas…”

Si a la luz de este último tex­to releemos el pasaje del Sag­giatore que he citado al co­mien­zo, se entenderá mejor cómo para Galileo la matemática y sobre todo la geometría desempeñan una función de alfabeto. En una carta a Portu­mo Liceti de enero de 1641 (un año antes de su muerte), se precisa con toda claridad este punto.
“Pero yo creo realmente que el libro de la filosofía es el que tenemos perpetuamente abierto delante de nuestros ojos; pero como está escrito con caracteres diferentes de los de nuestro alfabeto, no pue­de ser leído por todo el mundo, y los caracteres de ese libro son triángulos, cuadrados, círcu­los, esferas, conos, pirámi­des y otras figuras matemáticas ade­cuadísimas para tal lectura”.

Se observará que en su enu­meración de figuras, Galileo a pesar de haber leído a Ke­pler, no habla de elipses. ¿Por qué en su combinatoria debe partir de las formas más simples? ¿o por qué su batalla con­tra el modelo tolemaico se libra todavía en el interior de una idea clásica de proporción y de perfección, en la que el círculo y la esfera siguen sien­do las imágenes soberanas? El problema del alfabeto del li­bro de la naturaleza está vincu­lado con el de la “nobleza” de las formas, como se ve en este pasaje de la dedicatoria del Dialogo sopra i due massimi sistemi al duque de Toscana: “El que mira más alto, más ­altamente se diferencia del vul­go, y volverse hacia el gran libro de la naturaleza que es el verdadero objeto de la filoso­fía, es el modo de alzar los ojos, en cuyo libro aunque todo lo que se lee, como hecho por el Artífice omnipotente, es su­mamente proporcionado no por ello es menos acabado y digno allí donde más aparecen, a nuestro entender, el trabajo y la industria. Entre las cosas na­turales aprehensibles, la cons­titución del universo puede, a mi juicio, figurar en primer lugar, porque si ella, como con­tinente universal, supera toda cosa en grandeza también, co­mo regla y sostén de todo, de­be superarla en nobleza. No obstante, si jamás llegó alguien a diferenciarse de los otros hom­bres por su intelecto, Tolo­meo y Copémico fueron los que tan altamente supieron leer, escrutar y filosofar sobre la constitución del mundo”.

Una cuestión que Galileo se plantea varias veces para apli­car su ironía a la antigua ma­ne­ra de pensar es ésta: ¿aca­so las formas geométricas regulares son más nobles, más perfectas que las formas natu­rales empíricas, accidentadas, etcétera? Esta cuestión se dis­cu­te sobre todo a propósito de las irregularidades de la Lu­na: hay una carta de Galileo a Ga­llanzone Gallanzoni en­te­ra­men­te consagrada a este tema, pe­ro bastará citar este pa­saje del Saggiatore: “En lo que me concierne, como nunca he leído las crónicas particulares y los títulos de nobleza de las fi­gu­ras, no sé cuáles son más o me­nos nobles, más o me­nos perfectas que las otras; creo que todas son antiguas y nobles, a su manera, o mejor dicho, que no son ni nobles y per­fectas, ni innobles e im­per­fectas, porque cuando se tra­ta de construir, las cuadradas son más perfectas que las esféricas, pero para rodar o pa­ra los carros son más perfectas las redondas que las triangulares. Pero volviendo a Sarsi, dice que yo le he dado argu­men­tos en abundancia para probar la asperidad de la superficie cóncava del cielo, por­que he sostenido que la Luna y los demás planetas (también cuerpos celestes, más nobles y más perfectos que el cielo mismo) son de superficie mon­tuosa, rugosa y desigual; pero si es así, ¿por qué no ha de en­contrarse esa desigualdad en la figura del cielo? A esto el propio Sarsi puede responder lo que respondería a quien quisie­se probar que el mar debería estar lleno de espinas y escamas porque así lo están las ba­lle­nas, los atunes y los otros peces que lo pueblan”.

Como partidario de la geo­me­tría, Galileo debería defender la causa de la excelencia de las formas geométricas, pero como observador de la natura­leza, rechaza la idea de una per­fección abstracta y opone la ima­gen de la Luna “montuo­sa, rugosa (aspra, áspera), de­si­gual” a la pureza de los cielos de la cosmología aristotélico-tolemaica.

¿Por qué una esfera (o una pirámide) habría de ser más per­fecta que una forma natural, por ejemplo la de un caballo o la de un saltamontes? Esta pre­gunta recorre todo el Dia­lo­go sopra i due massimi sistemi. En este pasaje de la jornada II encontramos la comparación con el trabajo del artista en es­te caso el escultor.
“Pero quisiera saber si al re­pre­sentar un sólido se tro­pie­za con la misma dificultad que al representar cualquier otra figura, es decir, para explicarme mejor, si es más difícil que­rer reducir un trozo de mármol a la figura de una esfera perfecta, que a una pirámide perfecta o a un caballo perfecto o a un saltamontes perfecto”.
 
Una de las páginas más be­llas y más importantes del Dia­logo (jornada I) es el elogio de la Tierra como objeto de al­te­ra­cio­nes, mutaciones, generaciones. Galileo evoca con es­panto la imagen de una Tie­rra de jaspe, de una Tierra de cris­tal, de una Tierra incorrupti­ble, incluso transformada por la Medusa.

“No puedo oír sin gran asom­bro y, diría, sin gran re­pug­nan­cia de mi intelecto, que se atribuya a los cuerpos na­tu­ra­les que componen el universo, como título de gran nobleza y perfección, el ser impasibles, inmutables, inalterables, etc., y por el contrario que se estime una grave imperfección el hecho de ser alterables, engendrables, mudables, etc. Por mi parte, considero la Tierra muy noble y muy digna de ser admirada precisamente por las muchas y tan diversas altera­cio­nes, mutaciones, genera­cio­nes, etc., que en ella cons­tan­temente se producen y si no estuviera sujeta a ningún cam­bio, si sólo fuera un vasto desierto o un bloque de jaspe, o si, después del diluvio, al retirarse las aguas que la cubrían sólo quedara de ella un in­men­so globo de cristal donde no naciera ni se alterase o mu­dase cosa alguna, me parecería una masa pesada, inútil pa­ra el mun­do, perezosa, en una pala­bra, superflua y como extraña a la naturaleza, y tan diferente de ella como lo sería un animal vivo de un animal muerto, y lo mismo digo de la Luna, de Júpiter y de todos los otros globos del mundo […]. Los que exaltan tanto la incorruptibilidad, la inalterabilidad, etc., creo que se limitan a decir esas co­sas cediendo a su gran deseo de vivir el mayor tiempo posible y al terror que les inspira la muer­te, y no comprenden que si los hombres fuesen inmortales, no hubieran tenido oca­sión de venir al mundo. Es­tos merecerían encontrarse con una cabeza de Medusa que los transmutase en estatuas de jaspe o de diamante para ha­cerlos más perfectos de lo que son.”
 
Si se relaciona el discurso sobre el alfabeto del libro de la naturaleza con este elogio de las pequeñas alteraciones, mu­taciones, etc., se ve que la ver­da­de­ra oposición se sitúa entre inmovilidad y movilidad y que Galileo toma siempre par­tido contra una imagen de la inalterabilidad de la naturaleza, evo­cando el espanto de la Me­dusa. (Esta imagen y este argu­mento estaban ya presentes en el primer libro astronómico de Galileo, Istoria e dimostrazioni intorno alie macchie solarí). El alfabeto geométrico o matemático del libro de la na­turaleza será el que, debido a su capacidad para descom­po­ner­se en elementos mínimos y de representar todas las formas de movimiento y cambio, anule la oposición entre cielos inmutables y elementos te­rres­tres. El alcance filosófico de esta operación queda bien ilustrado por este cambio de ré­plicas del Diálogo entre el to­le­maico Simplicio y Salviati, por­tavoz del autor, en que vuel­ve a aparecer el tema de la “nobleza”: “simplicio: Esta manera de filosofar tiende a la sub­ver­sión de toda la filosofía na­tu­ral, lo perturba todo, introduce el de­sorden en el cielo, la Tierra, el universo entero. Pero creo que los cimientos del peripatetismo son tales que no hay peligro de que sobre sus ruinas ja­más se puedan edificar nuevas ciencias. salviati: No os preo­cupéis ni por el cie­lo ni por la Tierra; no temáis su subversión, ni tampoco la de la filosofía, porque en cuan­to al cielo, vues­tros temores son vanos si lo consideráis ­inalterable e impa­sible, y en cuanto a la Tierra, tra­tamos de ennoblecerla y de perfeccionarla cuando in­tentamos hacerla semejante a los cuerpos celestes y en cier­to modo a ponerla casi en el cielo de donde vuestros filóso­fos la han desterrado”.
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Nota

Texto tomado de: Italo Calvino. Por qué leer a los clásicos. Tusquet, Barcelona, 2005.
 
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Italo Calvino
Escritor italiano que siempre mostró gran interés por la ciencia. Falleció en 1985.
 

como citar este artículo

Calvino, Italo. (2009). El libro de la naturaleza en Galileo. Ciencias 95, julio-septiembre, 50-53. [En línea]
     

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