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Juan Somolinos Palencia      
               
               
Pocos conocen la verdadera personalidad del doctor Francisco
Hernández y las razones que movieron al rey Felipe II para enviarlo a explorar la naturaleza de unas regiones que pocos años antes eran desconocidas. Para descubrir estas razones se han realizado muchas investigaciones durante varios años, y hoy se puede presentar una silueta de Francisco Hernández bastante más completa de lo que antes se tenía. Es poco el espacio del que disponemos y mucho lo que podríamos y querríamos decir, así que trataremos, de hacer una síntesis donde primero describiremos la reacción del propio Hernández ante el descubrimiento de América. Al comenzar su Libro de la Conquista de la Nueva España, dijo así: “Después de la reciente conquista y sometimiento a Carlos César por Cristóbal Colón de la Haitiana y otras islas cercanas del Océano septentrional y abierta por el mismo la vía al Continente, apenas había en España, por no decir en toda Europa, quien no estuviera poseído de un vehemente deseo de visitarlas ya sea por las muchas maravillas que en aquel tiempo la fama publicaba acerca de ellas o por la enorme cantidad de plata, oro, perlas y otras riquezas que se decía que abundaban muy por encima de lo que se pudiera creer”.1
 
Este párrafo escrito para explicar las razones que movieron a Hernán Cortés a partir en busca de tierras que conquistar, resulta involuntariamente autobiográfico, como lo son otras tantas apreciaciones de los libros de Hernández, por las que sabemos que no eran solamente algunas personas, sino toda España y toda Europa, quienes estaban pendientes de las maravillas de América y de sus riquezas.
¿Pero qué maravillas eran éstas? Es difícil contestar a esta pregunta. En general toda América era una maravillas para los ojos ansiosos que venían de España. Había hombres nuevos, costumbres nuevas; plantas, animales y minerales desconocidos, tierras vírgenes que a cada paso mostraban algo ignorado por el conquistador. Montañas inmensas, llanuras inacabables; mares, golfos, islas, ríos de anchura inconcebible para un europeo. Y pronto, aquella tierra, ofreció tesoros incalculables en oro, en plata, en piedras preciosas, en alimentos y en medicinas.
 
Las noticias que llegaban de América eran extraordinarias. Fueron sorprendentes para la mente del español los relatos de aquellos que retomaban. Llegaron a Cádiz y a Sevilla barcos cargados de objetos extraños que disputados por los que esperaban en el puerto más tarde se mostraban o vendían a precios exorbitantes.
 
Pronto intervino la fantasía. Si las cartas de Colón o de Cortés son documentos veraces, apegados a la realidad de lo visto, los relatos de los marinos y soldados que vinieron después, ya no son tan veraces. La vanidad, el deseo de ostentación, desbordó las mentes de aquellos hombres y deformó los hechos hasta crear un mundo de fantasía y relatos imaginarios. Ficciones que invadieron las ideas de los que escuchaban creando una confusión de noticias que mucho imposibilitaron la acción gubernamental.
 
Simultáneamente con los relatos idílicos o monstruosos que llegaban de América, existía otra realidad palpable. Desde los primeros tiempos del descubrimiento, nuestro continente suministró a Europa un acervo de simples medicamentos y de elementos alimenticios extraordinarios. Todos los viajeros y cronistas relataban casos de curaciones maravillosas conseguidas con raíces, plantas y elementos de origen indígena americano. El propio Cortés alabó en sus cartas la medicina de los mexicanos, y los primeros cronistas hicieron elogios del modo de curar de los aborígenes; para ello recogieron fragmentariamente remedios y elementos terapéuticos que enviaron a España.
 
La nueva farmacopea americana se extendió por toda Europa, algunos de sus remedios fueron aplicados contra la terrible peste sifilítica que por aquellos días asolaba al Viejo Mundo y vemos cómo las raíces y yerbas que modestamente usaban los curanderos indios adquirieron categoría de simples en las farmacopeas oficiales e importancia literaria al ser alabadas por los poetas y escritores de la época como Cristóbal de Castillejo y Francisco Delicado que dedicaron odas y apologías al palo santo o guayaco que los libró del entonces llamado mal francés.2 Respecto a los elementos alimenticios que América envió a Europa, resulta casi imposible en la actualidad darse una idea de cómo pudo alimentarse la humanidad sin la contribución americana que, al incorporarse a la tradicional cocina europea, produjo una verdadera revolución nutricia en el Viejo Mundo.
 
Estas fueron las razones que movieron indudablemente al rey español cuando decidió iniciar la exploración científica de América. Hacía ya más de cincuenta años que México estaba sometido. Las horas heroicas habían pasado al olvido y era necesario fijar los cimientos de una nueva y floreciente organización.
 
La corona desde España había legislado, y dictó leyes para nuevos súbditos a quienes era preciso defender de la voracidad conquistadora. Los misioneros emigraron también para trocar la espiritualidad pagana de los nuevos vasallos de América, iniciándolos en los principios indispensables de la cristianidad. Con muchos defectos, con muchas rebeldías de ambas partes, con pasiones desatadas que corrompían la obra, España edificó en sus nuevos territorios una organización estatal a imagen y semejanza de sí misma. La conquista militar cedió el paso a la conquista civil. La espada y la cruz de los primeros momentos dejaron campo libre a los facultativos universitarios. Llegó el momento en que el médico, el farmacéutico y el naturalista entraron en acción, de la misma manera que poco antes habían entrado juristas y legisladores.
 
Así lo comprendió Felipe II. Era indispensable conocer la realidad de la historia natural y la medicina de América, sobre todo en la Nueva España, país culturalmente superior a los demás conquistados, de donde las noticias llegadas hacían suponer un rico venero de conocimientos útiles y por esta razón se le pidió a Francisco Hernández iniciar en México un informe completo y bien documentado de la medicina y los elementos curativos de toda América. Hernández, al sentir el influjo de la tierra americana y deslumbrarse con su imagen, se excedió en su labor, escribió lo que le encargaron pero también se lanzó a investigar y recoger datos históricos que le permitieron escribir un tratado de “Antigüedades”3 y un relato de la Conquista. Sin embargo, la misión específica para la que fue designado, era la de informar al rey de España, y por lo tanto a Europa, de la realidad médica americana en todos sus puntos.
 
Pero si por el lado real las razones fueron puramente informativas, por el lado de Hernández, hay motivos suficientes para asegurar que su viaje obedeció a la satisfacción de un deseo de aventura. Sólo así se explica que un hombre maduro, de posición desahogada y envidiable, abandonase la vida de la corte, el favor real y los pacientes distinguidos para lanzarse a un desconocido piélago de trabajos y peligros, probablemente soñados en sus años mozos cuando vivió en Sevilla.
 
Este hecho parece inexplicable para algunos investigadores que no lo llegan a comprender y han emitido otras hipótesis. No hay datos para poder sostenerlas, pero son tan sugestivas que es interesante consignarlas. Se sospecha que, independientemente de las verdaderas razones y del deseo de aventura, motivos suficientes para cubrir la capa externa de la expedición, existieron otras causas más íntimas, más poderosas y menos confesables que encaminar a Hernández hacia América.
 
Orientados así es posible suponer cuales pudieron ser estas razones. Hernández, educado en la cuna eramista de la universidad Complutense, había sido amigo de Vesalio, hombre de origen flamenco con espíritu liberal y renovador.
 
Atento olfateador de novedades científicas, Hernández no tuvo reparo en presentar en sus escritos ideas que todavía estaban en vías de admisión, como: la circulación sanguínea que describió en su versión a la obra de Plinio; esto hace pensar que tal vez Hernández fue un peligro en la corte. Hermano directo de Arias Montano, como él mismo se llama, hay que suponerle enemigo también de aquellos que atacaban al eminente polígrafo, y son bien conocidas las dificultades que existieron durante años, entre éste y algunas órdenes religiosas, sobre todo con la compañía de Jesús de reciente formación que era entonces la más combativa.
 
Para comprender el alcance que en aquella época podía tener una diferencia de criterio con los componentes de una orden religiosa, es necesario conocer de antemano lo que las órdenes monásticas representaban en España durante el siglo XVI. En primer lugar, constituían una especie de partidos políticos que actuaban aconsejando a los gobernantes y modelando la opinión pública, de modo similar a como en la actualidad puede hacerlo una facción política de cualquier régimen. Por lo tanto, la enemistad con una y otra orden no era en el fondo un problema religioso, como puede serlo hoy, sino un problema de sentimiento político, dado que el catolicismo era integralmente acatado por el pueblo español.
 
Al considerar a Hernández un elemento avanzado, discrepante del sentir general y con dificultades más o menos políticas dentro de la corte, surge la hipótesis que supone que fue alejado de la corte por factores ajenos a su propia misión.
 
La misma redacción de la orden real, modelo de hipocresía, con subterfugios que mientras dan alas para actuar al protomédico le cortan el vuelo, y su conocida desgracia al retornar a España, han servido también como nuevos apoyos a la idea del viaje forzado.
 
De ser cierta la hipótesis anterior, de la que como decimos no podemos hacernos solidarios, por falta de datos concretos que lo afirmen, tendremos entonces que admitir que el viaje de Hernández a México y su fructífera expedición, enmascaraban la realidad de uno de tantos exilios de españoles como ha tenido que acoger la generosa tierra de América.
 
Pero nos hemos extendido demasiado al hablar de las razones del viaje y estamos olvidando al hombre. Tal vez el mayor interés de la expedición, esté en la propia figura de Francisco Hernández, hombre renacentista de hechos hasta hoy casi ignorados y, sin embargo, capaz de colmar todos los ideales de la época en que vivió.
 
A falta de un retrato que nos fije sus facciones, podemos imaginarlo, por datos que él mismo expresa en sus obras, como un hombre flaco, con la barba cana, ágil, con sangre ardorosa en su juventud y animoso en la vejez, inteligente y trabajador, curioso de novedades en todos los campos de la ciencias y de las letras amigo del buen beber y del buen comer, enamorado de las cosas bellas, se extasiaba ante una flor y gozaba de la visión de un paisaje nuevo. Afectuoso y caritativo, sentía cariño por los indios que lo acompañaron en México y les dejó mandas en su testamento. Supo sufrir con paciencia las adversidades, las enfermedades y la incomprensión humana. Honrado a carta cabal y responsable de sus obligaciones, consiguió llegar a los más altos puestos con que un médico podía soñar en su época; y para completar este retrato de gruesas pinceladas donde sólo señalamos los rasgos que sirven para identificarlo como un cumplido humanista del Renacimiento español, coloquémosle a los pies de la obra imperecedera que perpetuó su memoria a través de todos los tiempos y de todas las épocas.
 
Francisco Hernández fue toledano, de la Puebla de Montalván, pueblo rico de hacendados olivareros con edificios señoriales que albergaban a muchas familias de judíos conversos. Para cuando Hernández vino al mundo, Puebla de Montalván contaba ya entre sus hijos distinguidos a Fernando de Rojas, el discutido autor de La Celestina.
 
Es probable que sus primeros estudios los llevase a cabo en la ciudad de Toledo, donde se unieron con tolerancia absoluta judíos, árabes y cristianos; se calcula que en la época de Hernández eran más de 60000 los israelitas encerrados dentro de los muros toledanos y gran parte de ellos dedicados a vigilias de la sabiduría y los desvelos de la enseñanza.
 
Siempre se ha sospechado que Hernández fue de origen judío. No se puede afirmar documentalmente, pero cada vez se piensa más en esta hipótesis por los numerosos rasgos psicológicos de su carácter y porque muchos pequeños detalles observados en su estudio biográfico, hacen creer que tal vez perteneció a una familia de conversos, tan abundantes en la provincia toledana.
 
Estudió medicina en Alcalá de Henares, deambuló por los patios universitarios y tuvo que doctorarse en el famoso paraninfo que aún existe. Es valioso para conocer a Hernández este dato universitario, pues el haber estudiado en Alcalá nos explica algunos hechos de su vida. Allí conoció a Arias Montano, intimó con Fragoso y tal vez fue orientado por el gran cirujano Arce. Pero sobre todo, lo que Hernández obtuvo en Alcalá fue una profunda y arraigada formación humanística al estilo moderno de su época —inspirada en Erasmo, a quien cita en sus obras— y una pasión por Aristóteles que conservará toda su vida, y en quien encarnó su ideal científico. Muchos años después de su época de estudiante, cuando el rey lo envió a estas tierras de México, soñaba con imitar a su ídolo y de este modo no tuvo empacho en comparar a Felipe II con Alejandro Magno, por haber mandado escribir una historia natural tan importante, y en la que él se colocó como el nuevo Aristóteles que llevaba a cabo la empresa.
 
Muy joven se lanzó a la tarea de interpretar a los clásicos. Tradujo las obras de Nicandro, poeta colofonio, y lo hizo del griego al latín; alternó estas tareas literarias con otras más domésticas a las que le obligaba su puesto de médico del Duque de Maqueda, en el castillo de la ciudad de Torrijos o en la casa señorial de Toledo. Pero el Duque no satisfizo los anhelos de Hernández, y éste, ambicioso y con preparación para alcanzar otras alturas, dejó al Duque y se marchó a ejercer en Sevilla.
 
Fue sin duda ahí, en Sevilla, donde Hernández concibió la idea de su viaje. A la orilla del Guadalquivir cada día atracaba un barco nuevo que arribaba cargado de noticias y objetos extraños de lejanas tierras, y el mismo Hernández nos lo cuenta; asistía interesado a esos desembarcos de objetos exóticos, contemplaba extasiado y curioso los barcos y los detalles de la navegación. Hombre activo y aventurero que despreció desde el primer momento el método informativo de Monardes —coleccionista sedentario y a distancia— para lanzarse a la exploración directa y al conocimiento de visu de lo que la Naturaleza ofrecía al otro lado del mar.
 
Algunos años ejerció en Sevilla, ocupando lugar honesto entre mis consortes, como él describió y después de recorrer media Andalucía recolectando plantas para estudiarlas y componer una flora andaluza, lo vemos aparecer un día con el importante puesto de médico del monasterio de Guadalupe. Allí intimó con Micó, uno de los grandes médicos de su época, pero sobre todo, fue también ahí donde obtuvo una profunda preparación anatómica conseguida sobre cadáver, a través de múltiples disecciones, en las cuales se nota que la guía espiritual sobre sus estudios fue de Vesalio, quien para entonces acababa de revolucionar el saber anatómico.
 
Como fruto de su estancia en Guadalupe, escribió un tratado de medicina con comentarios sobre Galeno e Hipócrates, libro al que hizo referencia muchas veces en sus trabajos y que desgraciadamente está perdido. Pero si ignoramos el contenido literal de este libro, en cambio, sí podemos suponer su espíritu, ya que Hernández cuando en otras obras tuvo que comentar párrafos galénicos, no se recató en advertir que las obras de los antiguos estaban plagadas de errores que era necesario corregir. Con esta actitud vemos que Hernández se unió a la corriente avanzada de su tiempo, la que más adelante, al fructificar, dio origen a muchos de los conocimientos de la medicina moderna.
 
Las labores de Hernández en Guadalupe fueron muchas; encargado de la enfermería, presentaba atención médica a los numerosos caminantes y enfermos que acudían al monasterio en busca de alivio. También se ocupó de vigilar la botica, y él mismo cuenta cómo salía por los campos cercanos a recolectar plantas terapéuticas. Dio clases de medicina al grupo que se reunía en la que entonces era una afamada escuela médica, y se dedicó interesantemente a la anatomía y a la disección.
 
La estancia guadalupana para un médico español del siglo XVI, era con seguridad la antesala de la Corte, pues pocos años después encontramos a Hernández como médico de cámara. Entre su estancia en Guadalupe y la corte, ejerció en Toledo, y resulta muy interesante para su biografía este periodo que nos informa sobre el medio intelectual donde se desenvolvió. Sus trabajos hablan continuamente de personajes de la época a los cuales trató y atendió. Muchos de ellos son figuras conocidas por otros relatos e incluso por cuadros famosos.
 
El Toledo del Greco fue también el Toledo de Hernández, y así, a través de los maravillosos retratos del cretense, podemos conocer cómo eran los hombres que lo rodearon durante sus años de vida toledana. Tal vez alguno de los desconocidos asistentes al Entierro del Conde Orgaz fue amigo o paciente de nuestro médico. Durante esos años, Hernández nos cuenta que asistió al hospital de la Santa Cruz y relata algunos casos clínicos muy interesantes.
 
En 1567 fue llamado a la corte y se le nombró médico de la cámara. Con ese motivo, Hernández vivió en el Palacio Real de Madrid, palacio de los Asturias que se quemó a fines del siglo XVII y en su lugar se edificó el actual Palacio Real.
 
La actuación cortesiana de Hernández es poco conocida, pero es indudable que en la corte conoció a los médicos más importantes de su época; con seguridad trató al doctor Laguna, pues lo cita refiriéndose a su obra del Dioscórides; digamos que intimó con Valles quien a la vuelta de América le revisó sus originales; y sobre todo conoció a Vesalio, de quien dijo años más tarde que era varón excelente en anatomía y mientras vivía amigo nuestro.
 
Hernández, en su Plinio, relata hechos y casos sucedidos durante su estancia cortesiana, y por ello sabemos que no se limitó puramente a las funciones palaciegas, sino que, movido por su espíritu observador y estudioso, se dedicó a cultivar y conocer las plantas medicinales que se producían en lo que hoy es el campo del Moro de Madrid y que en aquel entonces, era una huerta del Palacio Real.
 
En sus descripciones es curioso destacar la presencia en palacio de un perro sin pelo, de los llamados en México tepezcuintle, que a Hernández le causo extrañeza y que fue un regalo que le habían llevado al infortunado príncipe Don Carlos.
 
Seguramente su actuación cortesiana es la que le llevó a conseguir el título de Protomédico en América, pues el rey, al designarlo para dicho cargo, en el título le dijo que lo nombraba: por la noticia y experiencia que de cosas semejantes tenéis y para que acatando vuestras letras y ciencia y lo que nos habéis servido y esperamos que nos serviréis en esto que vais a emprender. Sus vicisitudes americanas son lo más conocido de su vida. Transcurrieron siete años de trabajo intenso que minaron su existencia y lo incapacitaron para continuar su labor.
 
Fruto de sus años de estancia cortesiana fueron los famosos comentarios sobre la filosofía aristotélica, donde presentó interesantes observaciones sobre los libros aristotélicos de la Física y el Alma, manuscritos hoy conservados en Madrid.
 
Después de un año de preparación, el primero de septiembre de 1570, Hernández se embarcó en Sevilla, en la flota que lo traería a México.
 
De su travesía, más larga de lo habitual, han quedado dos noticias en sus libros. Pasó varios días en la Gran Canaria, donde escribió un libro, hoy perdido, sobre la flora local. Llegó a Santo Domingo, donde fue recibido con todos los honores, comió con el Arzobispo y el Capitán General y escribió otro libro de plantas haitianas. Lo mismo hizo en Cuba donde pasó varios días en La Habana, hasta que, finalmente, llegó a Veracruz.
 
El día primero de marzo de 1571, en el palacio virreinal, se reconoció su título ante la Audiencia. Desde ese momento fue Protomédico de la Nueva España. México, la capital donde residió por el momento, era entonces una ciudad naciente que cautivaba a los que la conocían; Hernández dedicó en sus obras varios capítulos a alabarla y se sintió feliz en ella.
 
Pronto comenzaron los inconvenientes, las autoridades encontraron que la labor de Protomédico, al tratar de ejercer sus funciones legales y de dirección médica, les perjudicaba. Luchó con la audiencia, con el virrey,4 y en general, con todas las autoridades que trataron de mermar sus prerrogativas y poderes. Hernández, acostumbrado a la legalidad y el orden de la Corte española, no tenía experiencia para enfrentarse a la pandilla de truhanes y trapisondistas que disfrazados de oidores y concejales dirigían la Nueva España en beneficio de sus haciendas. Indudablemente, la inspección era una fuente de ingresos bastante importante y los oidores veían con malos ojos que el Protomédico ejerciese sus funciones privándoles de beneficios mal habidos pero bien recibidos. El virrey, hepático y amargado, tuvo durante esos siete años varias expresiones alternadas de amistad y animadversión, y el cabildo llegó incluso a impedir que Hernández circulara por las calles precedido de un criado con vara, símbolo de su dignidad.
 
Mas como todo no había de ser desagradable, Hernández encontró en México un núcleo de humanistas e intelectuales con los cuales entabló amistad y tuvo relaciones, fueron varias las personas con quienes sabemos que se relacionó.
 
Además de los médicos famosos de aquel entonces, como Francisco Bravo y Juan de la Fuente, Hernández hizo amistad con Cervantes de Salazar y con el Arzobispo Moya de Contretas. La amistad con este último sirvió para que Hernández escribiese el trabajo más extraño de toda su obra. Nos referimos a la famosa Doctrina Cristiana en Versos Hexámetros que, aparte de ser un manuscrito valiosísimo por las notas autógrafas que el propio Arzobispo Moya le puso al margen, representa una no explicada actividad del Protomédico.
 
Después de iniciar sus trabajos científicos y de sufrir una penosa y grave enfermedad, Hernández salió a explorar el territorio de México. Hoy es casi inconcebible cómo pudo recorrer en el poco tiempo de su misión una extensión tan amplia. Por el norte llego a Michoacán, Colima y Querétaro. Descendió por la Costa del Mar Austral hasta cerca del Istmo y estuvo en Oaxaca. Recorrió la región central, pueblo por pueblo y casa por casa. No quedó lugar de lo que hoy es Morelos, Puebla y Guerrero que no explorara y examinara. Viajaba en litera con mulas, acompañado de su hijo y de varios pintores y copistas. Se hospedaba en los Monasterios y a veces en las casas de los encomenderos. El alojamiento en esos lugares obedecía a la falta de otros mejores.
 
En el famoso poema dirigido a Arias Montano, después de su regreso a España, escribió lo que sigue relatando su aventura:
 
Callaré las penosas fatigas que por largos siete años sufriera (ya en vejez, sin la sangre ardorosa de mis juventudes) cruzando dos veces el piélago, peregrino por tierras ignotas, en extraños climas, sin comer el pan que solía y abrevando la sed muchas veces en impuras aguas.
 
No diré los calores ardientes, los fríos intensos contra los que no valen recursos de la humana industria; las boscosas alturas, las selvas hostiles, los pérfidos ríos, lagunas y lagos y temibles pantanos inmensos.
 
No diré la pérfida confabulación de los indios, las perversas mentiras con que me burlaban incauta, hablando con gran fingimiento, con mafias y astucias; ni las muchas veces que confiado en falaces intérpretes creí conocer de las plantas mentidas virtudes, y apenas logré combatir sus nocivos efectos con el arte médico y el favor insigne de Cristo; ni el cuidado de que los pintores no diesen imágenes falsas, ni las moras de los poderosos que frustraban empresas e intentos.
 
¿Qué decir de las múltiples veces que puse en peligro mi vida probando las yerbas dañosas por saber su naturaleza?
 
¿Qué decir de las enfermedades que de tantos trabajos y penas me vinieran y habrán de acrecerse a través de todos mis días?
 
¿Para qué recordar los frecuentes encuentros hostiles?
 
¿Para qué el horror de los monstruos que habitan los lagos y tragan y alojan enteros a los hombres en su enorme vientre?
 
¿Y la sed, y el hambre, y los miles de insectos dañinos que laceran la piel de incontables picaduras sangrientas?
 
¿A qué hablar de los guiís ceñudos y del torpe rebaño de siervos?
 
¿A qué recordar la salvaje condición de los indios, nada sinceros, rehacios a revelar sus secretos?
 
Olvidado de tantos afanes quiero sólo decir lo que hicimos con la gracia de Cristo y el favor especial de sus santos, recorriendo las vastas regiones de la Nueva España.
 
Es innecesario recordar la enorme labor desarrollada en estos viajes. En la mente de todos están las obras de Hernández y los miles de elementos naturales estudiados; parece imposible que un solo hombre pudiese recopilar y estudiar tantas cosas, describiéndolas de modo tan prolijo y exacto. No le arrediaron para desarrollar su labor los inconvenientes de ningún tipo. Se sabe, por sus propios datos, que enfermó varias veces y sufrió los rigores del clima y la fauna tropical. Sin embargo, la obra prosiguió, la recolección de datos, especies y muestras no fue interrumpida y cuando retornó a España llevaba además de sus libros, un extenso cargamento de macetas y cajones con semillas, muchas de las cuales son hoy corpulentos árboles del Alcázar de Sevilla.
 
No contento con la labor recolectora, Hernández se dedicó también a experimentar la acción de los productos recogidos. Para ello trasladó su vivienda al Hospital Real de los naturales y allí, en colaboración con cuatro médicos de los que sólo nos ha quedado con seguridad el nombre de Alfonso López de Hinojosos, practicaba y observaba la acción de las plantas.
 
Viviendo en ese hospital, le sorprendió la epidemia de cocolixtle lo que lo motivó a escribir un curioso trabajo, en el que detallaba la enfermedad, incluso con los datos anatomopatológicos obtenidos en las autopsias que efectuó para conocer la causa.
 
Aún tuvo tiempo Hernández para escribir algunos trabajos filosóficos, terminar el Plinio y escribir un libro de Antigüedades de México, antes de que apremiado por el rey y por las enfermedades, resolviese volver a España sin proseguir la expedición por otros territorios mexicanos.
 
Como es sabido, llegado a España, Hernández tuvo poca suerte, no recibió el favor real que esperaba y, en cambio, tuvo que soportar las intrigas de un grupo de enemigos poderosos. Mientras tanto, el rey Felipe II mandó guardar la obra en el Escorial y al ver a Hernández enfermo y cansado, comisionó al médico italiano Recco para que la recortase y adaptase a las necesidades editoriales.
 
Hernández hizo un testamento que se conserva en el archivo de Simancas, y en el que se demuestra su buena situación en la Corte, pues dejó de albacea a Juan Herrera, el arquitecto de El Escorial. Más tarde, ya muerto Hernández, se publicaron sus obras. No voy a repasar aquí su bibliografía completa, pero sabemos que en sus últimos días ya en Madrid, enfermo y con el favor real, si no perdido, por lo menos entibiado, Hernández llevaba una vida triste y apagada. Tiene que pasar el amargo trabajo de ver cómo entraban a saco en sus originales otros autores que no tenían la suficiente preparación para ello. Siguió en la Corte viendo desvanecerse todos sus sueños y una fría mañana del enero madrileño de 1587, desapareció de entre los vivos, sin ruido, inadvertidamente. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de la Santa Cruz, delante del altar de San Cosme y San Damián. La iglesia pocos años después se quemó y fue trasladada a la acera de enfrente, con lo que quedó definitivamente perdido el enterramiento de Hernández, que hoy, a sus 400 años, vive y seguirá viviendo gracias a la obra inmortal que escribiera para el conocimiento de México.
 
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Referencias Bibliográficas

1 El Libro de la Conquista de la Nueva España, es uno de los originales históricos escrito durante su estancia en México. Permaneció inédito en la biblioteca de la Academia de la Historia en Madrid, hasta el año de 1926, en el que Del Paso y Troncoso, efectuó por cuenta del gobierno mexicano una edición facsimilar de todo el manuscrito hernandino, que también contiene el libro de las Antigüedades de la Nueva España. Posteriormente, el original latino fue traducido y anotado por el doctor García Pimentel y publicado por la editorial Porrúa en 1946.
2 Cristóbal de Castillejo: Loor del Palo de las Indias estando a la cura de el, Madrid, 1573; Francisco Delicado. Modo de usar el palo de india occidental salutífero remedio de toda peste y mal incurable, Venecia, 1529.
3 El tratado de Antigüedades de la Nueva España ya ha sido citado en la nota número 2. Sobre estos estudios de se ha discutido si es labor original o si solamente se limitó a tomar datos de otros autores. En nuestro trabajo “Bibliografía del doctor Francisco”, Revista Interamericana de Bibliografía, vol. VII, núm. 1, pp. 1-76, enero-marzo de 1957, aparecen estudiados estos datos de la producción científica hernandina.
4 Martin Enríquez de Almanza, cuarto virrey de la Nueva España. El Hospital de Santa Cruz, que fundara el Cardenal Mendoza, era el más importante de Toledo y la sola presencia de Hernández en él, afirma el prestigio de nuestro médico en aquellos momentos. Fue entonces cuando empezó a traducir y comentar el Plinio, trabajo que sin duda es el más importante de las obras de Hernández, cuya elaboración le llevó más de quince años, y que representa un trabajo enciclopédico de todo el saber de su tiempo. Interesante desde todos los puntos de vista, ha sido fuente de datos biográficos, índice de sus conocimientos e incluso una exposición evolutiva de sus ideas.
     
 ________________________________________      
Juan Somolinos Palencia
Instituto Mexicano del Seguro Social.
     
_____________________________________________      
 
cómo citar este artículo
 
Somolinos Palencia, Juan. 1993. Una silueta del doctor Francisco Hernández. Ciencias, núm. 29, enero-marzo, pp. 35-41. [En línea].
     

 

 

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