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Juan Carlos Ruiz Guadalajara      
               
               
"No quiero oro ni quiero plata,
yo lo que quiero es romper la piñata".
 
Canto popular
 
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Uno de los aspectos que caracterizaron las representaciones
del complejo religioso prehispánico es el de la indumentaria o atavíos de las deidades. A través de los códices, de la pintura mural, de la evidencia arqueológica o de las crónicas posteriores a la conquista española (sin desechar el testimonio etnográfico) podemos conocer la gran cantidad de motivos incluidos dentro del vestido y adorno divinos. Las prendas que cubrieron el cuerpo de una deidad oscilaron entre los textiles ceremoniales, por ejemplo el huipilli, el quechquemitl y el pozahuanco para deidades femeninas, o el maxtlatl y el tilmatl para las masculinas, hasta prendas fantásticas como faldas de serpientes, de estrellas o de jadeíta, pasando por las pieles de animales y de hombres. De esta forma los dioses vistieron, por siglos, muy acordes con las “tendencias” dictadas por los hombres, y estos, a su vez, establecieron diferentes simbolismos religiosos y políticos alrededor de las formas del vestir.
   
En cuanto a los adornos, cabe destacar que su riqueza fue tan grande como los simbolismos que encerraron. En ocasiones el análisis de los aderezos en la representación de un dios nos puede llevar por caminos difíciles de recorrer. Un tocado fantástico, el adorno en una sandalia o cactli, la forma de un pectoral, de una nariguera o de un bezote, un báculo, un collar o bien la pintura facial y en ocasiones corporal formaron parte de la iconografía de los dioses, sacerdotes y gobernantes prehispánicos. A esta debemos agregar los colores, las texturas y por consecuencia los materiales que abarcaron este complicado universo simbólico, mismo en el que los minerales tuvieron un papel importante. Para el mundo prehispánico que intentamos abordar, es evidente que los adornos de las entidades sobrenaturales no respondieron a caprichos, es decir, no fueron arbitrarios. En este sentido, el significado de los adornos tiene orígenes remotos y los minerales con sus simbolismos dentro del sistema mítico y religioso del mexica no fueron la excepción.
 
El arte lapidario así como la orfebrería se desarrollaron desde etapas muy tempranas en el territorio mesoamericano. Los testimonios rescatados por la arqueología corroboran la importancia que desde el horizonte preclásico (1200-200 a. C.) tuvo el arte de trabajar ciertas piedras, así como la asociación que guardaron algunos minerales con deidades antiguas. Un caso concreto lo encontramos entre los olmecas, quienes se distinguieron por sus finos e insuperables trabajos en jadeíta y serpentina. Con estas piedras representaron parte de sus ideas religiosas. Se han encontrado figurillas antropomorfas con rasgos felinos y de serpiente. Son comunes las pequeñas hachas en las que se puede observar a niños con fauces y colmillos, así como imágenes de lo que podríamos considerar un primitivo dragón en el que se mezclan elementos de jaguar-ave-serpiente-hombre, combinación que se ha querido ver como la representación de las fuerzas del cielo, tierra e inframundo. A esto debemos agregar la existencia de tumbas elaboradas con bloques basálticos y pisos de mosaico verde formando máscaras-ofrendas con rostros estilizados de jaguar, cuya relación con la tierra y la fertilidad es evidente.
 
El trabajo de metales y piedras surgió sólo cuando las sociedades mesoamericanas alcanzaron la diversificación de sus actividades económicas, la especialización del trabajo y una incipiente estratificación social, condiciones necesarias para explicar el nacimiento de los primeros centros ceremoniales y la existencia de grupos sacerdotales dirigentes. Si bien los sistemas religiosos del preclásico mesoamericano dieron prioridad a las creencias relacionadas con la fertilidad, también debemos apreciar que comenzaron a surgir en el pensamiento mítico otros dioses que, con el paso de los siglos, se transformaron y enriquecieron al grado de intercambiar elementos de ornato e indumentaria, entre éstos los minerales que se asociaron a las características de dichos númenes.
 
Para el horizonte cultural clásico (200-900 d. C.), en el cual se da el paso de los centros ceremoniales al urbanismo, surgió Teotihuacán como la ciudad más importante de Mesoamérica. Enclavada en la parte septentrional de la cuenca de México, Teotihuacán se caracterizó, en muchos sentidos, por sus trabajos de obsidiana. A reserva de tratar este mineral más adelante, es necesario destacar que si bien la obsidiana ya se utilizaba con anterioridad para la fabricación de objetos punzocortantes utilizados en diversas actividades, en Teotihuacán es claro que la importancia de dicho mineral fue llevada al terreno de la religión. En esta cultura es apreciable el hecho de que la obsidiana se constituyó como un bien suntuario, cuyo valor de uso e intercambio llegó hasta el área maya de Centroamérica. A la par de Teotihuacán, los zapotecos de Monte Albán desarrollaron el arte de la orfebrería. Debemos destacar los hallazgos en tumbas de piezas elaboradas con oro y que formaron parte de la indumentaria de personajes importantes; la costumbre era acompañar al difunto con sus objetos preciados, entre ellos sus atavíos y sus servidores.
 
Otro ejemplo del temprano simbolismo que adquirieron los minerales en Mesoamérica lo encontramos en los entierros secundarios, en donde el cinabrio, mineral de color rojo, servía para pintar los huesos exhumados de personajes importantes. Esto se ha interpretado como una revitalización del muerto a través del rojo cinabrio, mismo que le proporcionaría calor en el más allá. Debemos agregar también las máscaras con que los difuntos principales eran adornados; dichas máscaras por lo general eran de madera con incrustaciones de turquesa o jadeíta, piedras que se relacionaron con el calor celeste y la humedad terrestre.
 
Ya en el horizonte posclásico (900-1521 d. C.) los toltecas trabajaron muchos metales y piedras. Inclusive el gentilicio toltecatl significó “artesano”, concepto que perduró como sinónimo de tradición y cultura entre los grupos posteriores a la caída de Tula.
       
Por otro lado, debemos contemplar que las manifestaciones religiosas y sus simbolismos no se pueden entender como conjuntos aislados. Existe una realidad que determina la creación mitológica de los pueblos. Todas estas creaciones están sujetas o “casadas” con la ideología, que podemos definir sencillamente como las elaboraciones conceptuales y tratamientos de ideas que un grupo en el poder realiza para actuar en un sentido preciso. La religión mesoamericana no estará exenta de esta mecánica. En el caso concreto de la sociedad mexica es claro este manejo ideológico. Todas sus creaciones, conductas oficiales y en muchos casos de grupo estarán justificadas a partir de la religión. Son ellos quienes de alguna forma resumieron en sus mitos la idea del poder otorgado por los dioses. A través de este precepto, el mexica justificó su actividad guerrera y dominante, pues se consideró como parte primordial en el sostén del cielo y la tierra. Esto tuvo su reflejo en una serie de simbolismos que explicaré más adelante.
  
Por otro lado, es necesario aclarar que, como en casi todas las sociedades agrícolas, los minerales raros o preciosos fueron para uso exclusivo de los grupos gobernantes. Económicamente el oro, los chalchihuites, las turquesas y otros metales y piedras fueron impuestos como tributo a regiones conquistadas por parte del estado militarista tenochca, al igual que diversas plumas preciosas y ciertas prendas de algodón que complementaron los ornamentos y la indumentaria del grupo en el poder, ya sea como adornos o como insignias que, usadas de cierta forma, ligaban a los hombres con los dioses. Es así que debemos diferenciar el significado económico que representa hoy en día el mineral precioso con el simbolismo mítico e ideológico que tuvo para los mexicas.
 
En lo que a la obtención de metales y piedras preciosas se refiere, debemos precisar que la minería en Mesoamérica prácticamente fue de superficie. Además, la presencia en una zona de piezas trabajadas con materiales provenientes de lejanas regiones nos habla de profundas y dinámicas relaciones de intercambio comercial y cultural entre grupos geográficamente apartados. El caso mexica es muy revelador al respecto: los comerciantes o pochteca ocuparon un lugar de privilegio en la sociedad. Fueron tratados con la categoría de guerreros, al grado de concebir que todo aquel comerciante muerto en expedición iba a la casa del Sol. Las rutas que recorrían atravesaban incluso zonas enemigas al poder tenochca. Las incursiones mexicas por vía del comercio llegaron hasta Chiapas y el Soconusco (Xoconochco). En cuanto a los minerales, los pochteca llevaban como presentes para los señores y principales de las provincias lejanas objetos de oro, así como prendas ricamente labradas y orejeras de cristal. Sahagún agrega:
 
“También llevaban para la gente común orejeras de la piedra negra que se llaman itztli, y otras de cobre, muy lucias y polidas; también llevaban navajas de la piedra negra que se llama itztli, para raer los cabellos y pelos, y otras navajitas de punta para sangrar, que llamaban huitzauhqui. También llevaban cascabeles como ellos los usaban, y agujas como las usaban, y grana de tunas, y piedra lumbre, y tochomitl…” (p. 550)
 
A su vez los pochteca recibían diversos obsequios, incluidas piedras preciosas. En la provincia de Xicalanco y pueblos de la región de Coatzacualco:
 
“…les daban grandes piedras labradas verdes y otros chalchihuites verdes, labrados, largos, y otros chalchihuites colorados, y otros que se llaman quetzalchalchíhuitl, que son esmeraldas que agora se llaman quetzalitztli, y otras esmeraldas que se llaman tlilayótic quetzalitztli, y otras piedras que se llaman xiuhchimalli; otras que se llaman quetzalichpetzli tzalayo…” (p. 551)
 
Con todo lo anterior, veamos el simbolismo de algunos minerales en los ornamentos de los dioses mexicas. Por razones de espacio, he realizado una selección de las principales deidades así como de los minerales a tratar. Para ello me he auxiliado de la taxonomía propuesta por Henry Nicholson, basada en grupos o complejos divinos que responden o se organizan de acuerdo a formas culturales. El primero de ellos es el de la creatividad celeste-paternalismo divino: complejo Ometeotl, complejo Tezcatlipoca, complejo Xiuhtecuhtli.
 
En este caso evitaré hablar de Ometeotl “el dios dual”, principio supremo y por lo tanto abstracto. La razón de esto se debe a la escasa información con que contamos.
 
Por otro lado, he relacionado al itztli u obsidiana con Tezcatlipoca y al xihuitl o turquesa con Xiuhtecuhtli.
 
Tezcatlipoca y la obsidiana
 
Tezcatlipoca “espejo humeante”, fue una de las deidades más importantes en el altiplano central mesoamericano. Fue también uno de los cuatro lujos primigenios de Ometeotl. Las disputas entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl provocaron el movimiento de creación-destrucción de las cuatro eras o soles cosmogónicos previos al Ollintonatiuh, edad del mundo en la que los nahuas históricos se ubicaron. Sobre este dios Sahagún nos dice:
 
“...andaba en todo lugar… cuando andaba en la tierra movía guerras, enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos… Y decían él solo ser el que entendía en el regimiento del mundo, y que él solo daba las prosperidades y riquezas, y que él solo las quitaba cuando se le antojaba… Por esto le temían y reverenciaban…” (p. 38)
 
Se le rindió culto principalmente durante el toxcatl “sequedad”, que era el quinto mes del Xiuhpohualli, correspondiente a mayo y junio. En esta fiesta se le ofrendaba un mancebo que representaba al dios y al cual se había preparado durante un año para morir en el techcatl o piedra de los sacrificios.
 
La obsidiana, asociada a este dios, es un vidrio mineral de apariencia negra, aunque tiene reflejos dorados, plateados y verdes. Aparte del simbolismo que adquirió como espejo, fue utilizado como oráculo. El dios hablaba a través de sus imágenes, una de ellas era el Huey Tlatoani, quien al ser elevado al cargo decía:
 
“… ¡Señor nuestro piadosísimo! Ya me habéis hecho espaldar de vuestra silla, y vuestra flauta, sin ningún merecimiento mío. Ya soy vuestra boca y vuestra cara y vuestras orejas y vuestros dientes y vuestras uñas, aunque soy un pobre hombre… y las palabras que hablaré han de ser tenidas como vuestras mismas palabras…” (p. 335)
 
De igual forma, las principales representaciones plásticas de Tezcatlipoca eran esculturas de obsidiana, a través de las cuales se comunicaba con los hombres. Esto hace pensar que esta deidad fue el númen protector de los gobernantes y soberanos, quienes utilizaron como parte de su atuendo sandalias de obsidiana, lo que Doris Heyden ha denominado “símbolo tezcatlipocano de la soberanía y la equidad”. Otras esculturas del dios hechas de madera eran pintadas con tizne y adornadas con ojos de obsidiana. De hecho, las representaciones de Tezcatlipoca en el Códice Borgia lo muestran con el cuerpo pintado de negro, el color de la obsidiana, que de igual forma y en extensión del simbolismo, se convirtió en un color usado por los sacerdotes para pintarse el rostro y el cuerpo como protección o para adquirir poderes especiales. Por último, no olvidemos que el principal atavío de este dios fue precisamente un espejo redondo de obsidiana que llevaba en lugar de un pie, elemento que le da nombre como “espejo humeante” y con el cual, según diversas fuentes, Tezcatlipoca lograba ser omnividente.1
 
Xiuhtecuhtli y la turquesa
 
Xiuhtecuhtli “señor del año”, o por otro nombre Huehueteotl “dios viejo” fue la deidad del fuego, estrechamente relacionada con el Sol. Su presencia en Mesoamérica es muy antigua, pues fue representado desde el horizonte preclásico como un anciano cargando un brasero. Su mineral asociado por excelencia era la turquesa o xihuitl. Su indumentaria incluía una diadema de oro incrustada con esta piedra a la que se le llamaba xihuitzolli “corona puntiaguda de turquesa”, que inclusive era utilizada como lo ha señalado Ma. Concepción Obregón, en algunas ceremonias relacionadas con la consagración de templos.
   
La turquesa también simbolizó el poder de los Huey Tlatoque o gobernantes mexicas, quienes portaban una diadema conocida como xiuhtzontli “cabellera de turquesa”. Al compartir este elemento con el dios del fuego era claro que se legitimaban en sus acciones, tendientes a conservar el equilibrio del cosmos. La relación entre la turquesa, los gobernantes, el fuego y el Sol queda también manifiesta en objetos tales como el tecpatl “pedernal”, nombre que recibía el cuchillo ritual utilizado para abrir el pecho de los cautivos destinados al sacrificio. Este instrumento podía tener hoja de pedernal o de obsidiana, elementos relacionados con la muerte, la guerra, la magia y la fertilidad, y su empuñadura, muchas veces antropomorfa, se incrustaba con turquesas. Se pensaba incluso que este cuchillo adquiría vida propia al momento de la occisión ritual, lo que enriquece su simbolismo, pues el Sol y la Tierra necesitaban ser alimentados con el chalchihuatl o “líquido precioso”, la sangre humana.
 
Muchos dioses relacionados con la guerra y la nutrición del Sol y la Tierra compartían elementos propios del atavío de Xiuhtecuhtli, en este caso la turquesa. Por ejemplo Huitzilopochtli, deidad tutelar de los mexica tenochca, quienes bajo su “amparo” conquistaron gran parte del territorio mesoamericano. Además de ser una deidad guerrera relacionada con el rumbo sur, ha sido equiparada al Sol como una de sus advocaciones. De esta forma, el atavío de Huitzilopochtli incluye el xiuhcoatl “serpiente preciosa” o “serpiente de turquesas”, misma que representaba un arma mágica con implicaciones solares. Esto queda claro si interpretamos el mito del nacimiento de Huitzilopochtli, el cual narra como Coatlicue “falda de serpientes” barría como penitencia en Coatepec —esta diosa tenía como hijos a Coyolxauhqui “la de los cascabeles en la cara” y a los centzonhuitznahua “los cuatrocientos del sur”— cuando del cielo cayó una “pelotilla de pluma” que la diosa guardó en su regazo. Con esta acción Coatlicue quedó preñada. Al enterarse del estado de su madre, Coyolxauhqui y sus hermanos decidieron matarla para saldar la infamia. Llegaron hasta Coatlicue, y en ese momento nació Huitzilopochtli, quien portaba el arma mágica llamada xiuhcoatl “serpiente de turquesas”, misma que utilizó para despedazar a Coyolxauhqui y matar a casi todos los centzonhuitznahua. El mito simboliza la lucha cotidiana del nacimiento del Sol, Huitzilopochtli, que surge de la madre tierra, Coatlicue, tras derrotar a las fuerzas de la noche representadas por la Luna y las estrellas, Coyolxauhqui y los centzonhuitznahua.
 
Por otro lado, una de las advocaciones de Xiuhtecutli fue el dios Ixcozauhqui “el cariamarillo”. Xiuhtecuhtli-Ixcozauhqui era honrado en el último mes del calendario solar, es decir en Izcalli “crecimiento”, que corresponde a febrero. Se hacía una ceremonia en la cual la imagen del dios, hecha de pequeños palos, “… Era como la describió Sahagún toda labrada de turquesas…” Esta imagen recibió el nombre de Milintoc, e incluía adornos de jadeíta, concha y algunas otras piedras, lo cual nos puede señalar la vinculación del Sol con muchas otras deidades.
 
Tláloc y la jadeíta
 
El segundo grupo taxonómico propuesto por Nicholson es el de Lluvia-humedad-fertilidad agrícola: complejo Tláloc, complejo Cinteotl-Xochipilli, complejo Ometochtli, complejo Teteo Innan, complejo Xipe-Totec.
 
A este grupo quedan relacionados principalmente el chalchíhuitl o jadeíta que representa lo precioso y se asocia con lo acuático-vida-fertilidad, y el tepoztli o cobre relacionado a las deidades del pulque con asociaciones lunares y de fertilidad. Tan sólo hablaré del primero.
 
Uno de los dioses más antiguos de Mesoamérica fue Tláloc, cuyo nombre podemos traducir como “vino de la tierra”. Las deidades relacionadas con este dios fueron su pareja o contraparte femenina Chalchiuhtlicue o Chalchiuhcueye “la de la falda de jadeíta” o “la de la falda de piedras preciosas”, que era la diosa del agua de los ríos o agua corriente. Además, Tláloc tuvo relación con Huixtocihuatl “señora y diosa de la sal”, patrona de los salineros. Por último, Tláloc contaba con los tlaloques, pequeños dioses que habitaban en los manantiales y en los ríos, o bien en el Tlalocan, paraíso de Tláloc, y que le ayudaban al dios en sus labores acuáticas. Vayamos por partes.
 
Me interesa destacar aquí la relación del chalchíhuitl o jadeíta con el complejo representado por este dios. En él podemos observar como elemento característico unas anteojeras y grandes colmillos que lo relacionan con la serpiente. “La anteojera de Tláloc es al mismo tiempo el chalchíhuitl, el jade precioso, que es también una gota redonda de agua y la serpiente enrollada”. (Heyden, 1984) Esta relación entre piedra preciosa y serpiente la podemos comparar con lo anteriormente dicho sobre la xiuhcoatl “serpiente de turquesas”, propia de las deidades solares, es decir, se trata de una serpiente celeste, mientras que en Tláloc la serpiente como símbolo del chalchíhuitl representará lo terrestre, lo acuático, lo húmedo, el sustento y la fertilidad (por lo general se tratará de una serpiente de cascabel). De esta forma, no sólo aparecen los chalchihuites adornando las anteojeras del dios, sino que además posee en sus representaciones collares de chalchihuites rematados con pectorales de oro, y escudos incrustados de pedrería verde que simbolizan plantas acuáticas como el lirio o nenúfar. Esto se corrobora al revisar los atavíos de Chalchiuhtlicue, quien aparece ataviada por collares formados con cuentas de chalchihuites, ropa con decoraciones que simbolizaban agua y escudo con flores acuáticas. Es interesante apreciar que este tipo de elementos ornamentales se hacían extensivos a otras deidades relacionadas con los mantenimientos, de tal forma que dioses como Xilonen, Chicomecoatl, Tezcacoac Ayopechtli, Xochipilli y otras deidades relacionadas con la tierra, la agricultura y el agua portaban collares de chalchíhuitl y escudos con flores acuáticas.
          
Por lo que respecta a los ayudantes del dios del agua, conocidos como tlaloques, es patente su relación con el chalchíhuitl. De acuerdo al Códice Chimalpopoca, una fuente en donde la historia y el mito se conjugan (fenómeno común en Mesoamérica) una de las causas de la caída de Tula fue una apuesta que hizo Huemac, señor de los toltecas contra los tlaloques en el juego de pelota. Apostaron sus chalchíhuites y sus plumas de quetzal. Huemac derrotó a los tlaloques y exigió la satisfacción de la deuda. Los tlaloques le ofrecieron en pago mazorcas, mismas que rechazó Huemac. De esta forma cobró sus chalchíhuites y sus plumas de quetzal. Los tlaloques decidieron castigar a Tula con sequías que duraron cuatro años. Posteriormente se le aparecieron a Huemac y le pidieron, para acabar con la sequía, que sacrificara a la hija de un noble mexicano llamado Tozcuecuex y que su corazón fuera arrojado al Pantitlan. Huemac obedeció, con lo que vinieron años de abundancia para los mexicanos y se consumó la ruina de los toltecas. El ofrecimiento de mazorcas en lugar de chalchíhuites que los tlaloques hacen a Huemac significaba un canje por la fertilidad y abundancia que simbolizaban las piedras verdes.
 
El chalchihuítl estuvo presente como representación de vida incluso en los rituales funerarios de los señores principales: Sahagún describe que durante la preparación del cuerpo de un señor o principal para su incineración se le ponía en la boca un chalchihuítl, cuya función fue dar un corazón “artificial” al muerto, y que posteriormente se metía con las cenizas del cremado en una olla que era enterrada; de nuevo encontramos una fuerte relación con la fertilidad y la vida. (p. 221)

Un pasaje de Sahagún, que corrobora todos los simbolismos antes expuestos relacionados con el chalchihuítl, nos dice:
 
“También hay otra señal donde se crían piedras preciosas, especialmente las que se llaman chalchihuites. En el lugar donde se crían, yerba que está allí nacida está siempre verde. Y es porque estas piedras echan de sí una exhalación fresca y húmeda…” (p. 789)
 
El tercer grupo taxonómico propuesto por Nicholson es el de guerra-sacrificio-nutrición sanguinaria del Sol y la Tierra (nutrición de la naturaleza a través de la guerra y el sacrificio). Complejos Tonatiuh, Huitzilopochtli, Mixcoatl, Tlahuizcalpantecuhtli, Mictlantecuhtli.
 
Con este grupo queda relacionado el tecpatl o pedernal, piedra de sílex asociada fundamentalmente con la guerra, con deidades estelares como Camaxtle e Ilancueitl y con rituales de sacrificio y muerte. El pedernal fue de hecho el único mineral que dio nombre a uno de los días del calendario mexica, esto es al dieciochavo. Fue además signo del segundo cargador de año, es decir, los años se podían llamar acatl, tecpatl, calli y tochtli. El primero se relacionó con el oriente y el color rojo; el segundo al norte, al negro y a la muerte; el tercero al occidente y al blanco; el cuarto al sur y al azul. En resumen, los cuatro rumbos del universo. El centro era la piedra verde preciosa relacionada con el ollintonatiuh “sol de movimiento”.
 
La asociación entre el pedernal y la muerte a través de la guerra y la occisión ritual es evidente. Sin embargo, existen elementos de dualidad en el pedernal. Un ejemplo de ello lo encontramos en un mito donde la diosa Citlalicue “falda de estrellas” dio a luz un pedernal que fue arrojado a la tierra. Este “navajón” cayó en Chicomoztoc “el lugar de las siete cuevas”, y de esta unión o portento nacieron “mil seiscientos dioses y diosas” (número esotérico). El relato sugiere una relación sexual debido al pedernal que se introduce en la cueva: algunas representaciones de Chicomoztoc muestran a este sitio como una gran vagina dentada. No debemos olvidar que el frotamiento de pedernales o de palos para la obtención del fuego tuvo un fuerte simbolismo fálico.

Otro mito que posiblemente se relaciona con el pedernal se refiere a Quetzalcóatl: mientras se limpiaba, eyaculó sobre una piedra de la cual surgió un murciélago que fue mandado por Tezcatlipoca a morder la vulva de Xochiquetzal. El murciélago le arrancó un pedazo de genital a la diosa, mismo que se convirtió en flores de mal olor, por lo que las mandaron a Mictlantecuhtli, señor del inframundo; este las lavó y las convirtió en flores de aroma agradable (Barthel, 1968). No se precisa el tipo de piedra sobre la que eyaculó Quetzalcóatl, sin embargo, no es remoto pensar que se trataba de pedernal debido a la asociación que guardaba el murciélago con el inframundo. Además, el relato sugiere de nuevo una relación sexual cuyo producto transita de la fetidez al perfume.
 
Las representaciones del tecpatl fueron muchas, sin embargo, destaca una que aparece constantemente en diversas piezas arqueológicas y en códices. Esta imagen muestra una hoja de pedernal con fauces y ojos, lo que le otorga un aspecto animado al mineral mismo. El Códice Borgia está lleno de estas figuras.
 
La mierda de los dioses
 
Todo lo anterior es tan solo una muestra, pues bien podríamos abundar varias páginas sobre el tema. Veamos por último algunos puntos relacionados con el oro y la plata, metales sumamente buscados por el conquistador europeo durante el siglo XVI. Para los mesoamericanos estos metales simbolizaron el excremento de los dioses.2 Los mayas yucatecos llamaban al oro Ta kin “mierda del Sol”, y al plomo ta u “mierda de la Luna. Entre los tarascos el oro era el excremento de Curicaueri “la gran hoguera” y la plata es el excremento de Cuerauaperi o Xaratanga, la Luna. Este concepto fue similar en el altiplano central, pues los mexicas llamaron al oro coztic teocuitlatl “la amarilla mierda divina”, y a la plata iztac teocuitlatl “blanca mierda divina”. Sahagún informa que el plomo se designaba temetztli, de tetl “piedra” y metztli “Luna”, y también se decía que era la mierda de la Luna, ¿qué otra cosa pudieron defecar los dioses sino metales preciosos?
 
A manera de colofón dejo abierta al lector la incitación para que explore con amplitud no sólo el simbolismo de lo mineral, sino el mundo prehispánico en su conjunto. Razones de peso existen muchas. Quizá la más importante sea el insoslayable hecho de la pervivencia de conceptos que, a pesar del tiempo, siguen vigentes en muchos grupos indígenas de México. Cerremos pues con “broche de coztic teocuitlatl” recordando palabras de Nezahualcóyotl:
 
“Aunque sea jade: también se quiebra,
aunque sea oro, también se hiende,
y aun el plumaje de quetzal se desgana:
¡No por siempre en la tierra:
sólo breve tiempo aquí!”3
 
Refrerencias Bibliográficas
 
Barthel, T. S., 1968, “Demonios murciélago mesoamericanos”, en Traducciones mesoamericanistas, trad. de Brigitte B. de Lameiras, México, SMA, vol. II: 79-105.
Broda, J., 1978, “Relaciones políticas ritualizadas: el ritual como expresión de una ideología”, en Pedro Carrasco et al., Economía política e ideología en el México Prehispánico, México, Nueva Imagen, p. 221-254.
Códice Borbónico. Manuscrito mexicano de la Biblioteca del Palais Bourbon (Libro adivinatorio y ritual ilustrado), 1979, ed. facsimilar de la de 1899 de París por Ernest Leroux, México, Siglo XXI.
Códice Borgia, 1963, 3 v., ed. facsimilar y comentarios de Eduard Soler, México, FCE.
Códice Chimalpopoca, Anales de Cuauhtitlán y Leyenda de los Soles, int. y versión del náhuatl al español por Primo Feliciano Velázquez, México, UNAM-Instituto de Historia, 1945.
Durán, Fray Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (Atlas de Durán), 2 v., 2 ed., ed. de Ángel María Garibay K., México, Porrúa, 1984, (Biblioteca Porrúa: 36-37).
Garibay K., A. M., 1964-1968, Poesía náhuatl, 3 v., México, UNAM.
González Torres, Yolotl, 1987, “Taxonomía religiosa mesoamericana”, en Historia de la Religión en Mesoamérica y áreas afines. I Coloquio, ed. Barbro Dahlgren, México, UNAM-IIAp. 45-57.
Heyden, D., 1984, “Las anteojeras serpentinas de Tláloc”, en Estudios de Cultura de Náhuatl 17, México, UNAM-IIH, p. 23-32.
Heyden, D., 1987, “Magia negra: Tezcatlipoca y obsidiana”, en Historia de la Religión en Mesoamérica y áreas afines, I Coloquio, ed. Barbro Dahlgren, México, UNAM-IIA, p. 83-85.
Heyden, D., 1972, “Xiuhtecutli: investidor de soberanos”, en Boletín INAH, México, INAH, octubre-diciembre 2a época, No. 3: 3-10.
López Austin, A., 1980, Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas, 2 v., México, UNAM-IIA.
López Austin, A., 1990, Los mitos del tlacuache. Caminos de la mitología mesoamericana, México, Alianza Editorial.
López Austin, A., 1988, Una vieja historia de la mierda, México, Ediciones Toledo.
Mitos cosmogónicos del México Indígena, 1987, coord. Jesús Monjarás-Ruiz, México, INAH.
Nicholson, H. B., 1975, “Religion in Prehispanic Central Mexico”, en Handbook of Middle American Indians, Austin, University of Texas Press, vol. X, 1a. parte, pp. 395-441.
Obregón, R. Ma. C., 1985, El atavío de los tlatoque mexicas, México, (Tesis de licenciatura en Historia presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM).
Ritos, Sacerdotes y Atavías de los Dioses, 1958, (textos de los informantes de Sahagún), int., pal., versión y notas de Miguel León-Portilla, México, UNAM.
Sahagún, Fray Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España. Primera versión íntegra del texto castellano conocido como Códice Florentino, 2 v., int., paleografía y glosario de Alfredo López Austin y Josefina García Quintana, México, CONACULTA-Alianza, 1989 (Cien de México).
Spranz, B., 1982, Los dioses en los códices mexicanos del grupo Borgia. Una investigación iconográfica, trad. de María Martínez Peñaloza, México, FCE.
Teogonía e historia de los mexicanos. Tres opúsculos del siglo XVI, 1965, ed. de Ángel María Garibay K., México, Porrúa, (Sepan cuantos: 37).
Thouvenot, M., 1982 Chalchiltuítl. Le Jade chez les Aztèques, Paris, Museum National D‘Histoire Naturelle, (Mémoires de L’Institut D’Ethnologie: 21).
Notas
 
1 Existieron además otras deidades asociadas a la obsidiana, entre las que podemos citar a Itzpapalotl “mariposa de obsidiana”, deidad estelar relacionada con Mixcoatl; Itztlacoliuhqui “cuchillo de obsidiana torcido”, dios del hielo, de la ceguera y del frío.
2 Remito al lector a la recopilación que sobre el tema escribió Alfredo López Austin, Una vieja historia de la mierda, libro del que he tomado la información y el cual remite a su vez a fuentes primarias pues, como dice el autor, “La mierda tiene sus historias.”
3 Ángel María Garibay, Poesía náhuatl: II, 4.
 ______________________________________
Juan Carlos Ruiz Guadalajara
Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 ______________________________________
     
 
cómo citar este artículo
Ruiz Guadalajara, Juan Carlos. 1992. Los minerales en la mitología mexica. Ciencias, núm. 28, octubre-diciembre, pp. 15-21. [En línea].
     

 

 

 

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