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Francisco J. Estrada
     
               
               
Uno de esos días, me mandó llamar uno de los criados
de Santa Ana, para que le curara; más como yo era el Jefe de la Brigada, mande a uno de mis compañeros que era facultativo. El criado se disgusto porque no había ido yo mismo, y se quejó con su amo que me mandó llamar y me recibió con expresiones muy fuertes, reprochándome mi falta de puntualidad al llamado de su criado y terminando con una amenaza de un severo castigo, me dijo, porque sabía que yo iba en su ejército de espía del enemigo a quien yo dizque daba parte de sus movimientos, y de otras muchas cosas. Yo le contesté haciéndole presente que a la fecha no había recibido un peso de paga; que había salido de México por una orden terminante, y con amenaza si no la cumplía; que había perdido mi equipaje que se robó el arriero, que el que había mandado a ver a su criado, era tan facultativo como yo, y en fin le alegué cuanto me ocurrió en mi defensa, y concluí diciéndole que supuesto que le era sospechoso, que me mandara dar mi pasaporte, y me volvería a México aunque fuera de paisano, sin el empleo que ya no me convenía. A todo me contestó con nuevas amenazas y malos tratamientos que me habrían precipitado a desertarme, a no ser por el temor de las consecuencias.              
 
Luego que Arista y Durán avanzaron hacia Querétaro, salimos de Arroyo Zarco para San Juan del Río. Aquellos siguieron su camino para Guanajuato y nosotros entramos a Querétaro, cuya población estaba ya muy consternada, porque se esperaba ya la invasión del cólera morbo que en México estaba ya haciendo estragos horrorosos.     
 
Allí permanecimos muchos días, más cuando ya se notaron los efectos de aquella epidemia en la población y en la tropa, se dio la orden de marcha, que emprendimos para Celaya.        
 
Salimos, pues, llevando entre nosotros el principio o germen del contagio, y el mal comenzó a presentarse desde el momento de nuestra salida, pues desde la garita comenzaron a caer atacados del cólera, muchos individuos que se iban quedando tirados en el camino, sufriendo los tormentos propios de tan cruel enfermedad.         
 
El deber y la compasión, me obligaban a ir procurando a cada enfermo los auxilios que era posible prestarles en aquellas circunstancias; caminando no era fácil para mi atenderlos como ellos necesitaban; pero iba haciendo lo que podía, y como a cada paso ocurrían más y más enfermos no era posible atenderlos a todos, y esa situación me desesperaba, y mi aflicción se aumentaba al considerar que de un momento a otro debía sucederme a mí lo mismo que a los demás, quedándome tirado en el camino, sin esperanza de ningún auxilio.      
  
Los que no se enfermaron ese día, llegaron a Apaseo; pero yo, que me fui deteniendo en la jornada, apenas pude llegar a un punto en donde encontré una casa destechada, y allí me quede en compañía de Ontiveros, único compañero que me ayudaba en mis trabajos; pero gracias a Dios, todavía buenos y sanos a pesar del mal día y peor noche que habíamos pasado.        
 
Salió el sol del siguiente día, y nosotros de nuestro mal abrigado alojamiento, para llegar a Apaseo a las diez de la mañana, en solicitud de algún alimento, que en el día y noche anterior, sólo habíamos tomado el desayuno, y unas piezas de pan con unos tragos de leche.        
 
Desde las primeras casas de Apaseo, uno por un lado y otro por otro, íbamos llamando a las puertas. A nadie encontramos en todo aquel desgraciado pueblo es donde el cólera había hecho tantos estragos, que los pocos habitantes que habían quedado vivos, se habían salido, dejando sus casas enteramente abandonadas. Al entrar a la plaza principal, vimos unas mulas que pastaban llevando cada una por carga un cadáver, y esto nos afectó demasiado.           
 
Sobrecogidos de terror con aquel espectáculo, distinguimos por una calle a un arriero que se dirigía hacia nosotros, y nos dijo que había andado en busca del Cura o del Sacristán, o del Sepulturero del pueblo para que enterraran aquellos cadáveres que había traído de un rancho inmediato, y que no había encontrado ni quien le diera razón. Le aconsejamos que hiciera una fosa en el cementerio y que sepultando los cadáveres se volviera a su casa. Así lo haría sin duda, porque Ontiveros y yo seguimos nuestro camino saliendo a toda prisa de aquel pueblo desolado.    
    
A distancia de dos o tres leguas encontramos en unos jacalitos quienes nos dieran por desayuno un par de huevos con chile y frijoles con queso. El desayuno no era muy saludable en aquellas circunstancias, pero el hambre no era menos exigente y no había otra cosa. Era preciso desentenderse del riesgo que se corría cuando todo alimento era dañoso.
 
Ello es que el estómago quedó satisfecho, y que seguimos bien por todo el camino hasta Celaya.
 
Ya me esperaba allí otro mal rato con mi General que luego que llegué mandó llamarme para hacerme cargos de lo que no era culpa mía.
   
Me dijo que yo había difundido el terror entre la tropa, haciéndole creer que aquella enfermedad era el cólera y que no era sino un vómito blanco, que podía curarse con atole frío y gotas de zumo de limón; porque todo era efecto del desarreglo de los soldados que comían fruta verde. Por ese estilo, me dijo otras necedades que ahora no recuerdo; pero afortunadamente estaba allí el Mayor General Arago que tomó a su cargo mi defensa y todo concluyó con dar orden para que se me dieran por la Comisaría cincuenta pesos a más de otros cincuenta que había recibido en Querétaro para mí y para un reparto entre los demás practicantes. Uno de éstos me condujo al convento del Carmen en donde se habían alojado todos mis compañeros. Yo me apoderé de una celda, en la que me quede instalado. La División permaneció en Celaya seis días disminuyéndose diariamente por los muchos soldados que morían o se desertaban, y como no se les señaló a los enfermos un local para que estuvieran reunidos, yo tenía necesidad de visitar unos cuarteles, mientras Ontiveros, por otro lado visitaba otros; pero ni uno ni otro pudimos contener los estragos que iban en aumento todos los días, así en la población como entre la tropa.          
 
No obstante las muchas bajas que la epidemia había causado en el ejercito, Santa Anna dio la orden de continuar la marcha, y este salió para Salamanca disminuido en más de quinientos hombres. Iba yo a retaguardia de la División, y ya en los suburbios de la ciudad, cuando fui detenido por unos soldados que habían metido en una casita a otro que había sido atacado del cólera. Entré a la casita a ver al enfermo, y mientras le estaba aplicando algunas medicinas, pasó Santa Anna, que al ver mi caballo en la puerta y a un soldado que lo tenía, preguntó lo que sucedía e informado, me mandó llamar y me ordenó que me quedara en Celaya, que recogiera a todos los soldados enfermos que allí se habían quedado en un local, y que ocurriera al Jefe político para que me proporcionara los auxilios que fueran necesarios, bajo el concepto de que el daría orden para que todo se pagara.  
 
Mucho me alegre de la contingencia, porque al menos quedaba al abrigo de una población y ya no me exponía a quedar como otros muchos, tirado en el camino si el cólera me atacaba por desgracia.         
 
Volví en efecto a entrar a la ciudad, y por fortuna encontré al paso a uno de los practicantes que iba saliendo en pos de la División. Lo hice volver también y ambos nos fuimos al convento del Carmen, alojándonos en una celda sin que nadie nos dijera nada; porque el convento estaba solo.
 
De allí fui a buscar al Jefe político, y no encontré ni quien me diera razón pero di con un individuo que me dijo era el Procurador del Ayuntamiento y que él se encargaba, en obsequio de la humanidad, de buscar el local y de auxiliarme en cuanto pudiera. En efecto: me proporcionó una casa amplia y sola; mandó recoger a cuantos soldados habían quedado enfermos en los cuarteles, y algunas casas particulares; me puso dos mozos para que sirvieran, y me dijo que podía ocurrir a la botica por lo que necesitara de medicinas, y por último, se encargó de que en su casa se harían los alimentos, como yo lo dispusiera.  
        
Con tan buenos auxilios de aquel hombre humano y caritativa, algo, aunque poco, se consiguió para el alivio de los infelices enfermos, y como el mal era pronto en su desenlace, funesto o favorable, en cinco o seis días que transcurrieron ya me habían quedado pocos convalecientes a quienes atender.         
 
Mientras tanto, el practicante y yo conservábamos nuestra salud en buen estado, no obstante que para evitamos de salir por la noche, nos quedábamos a dormir en la misma sala en que estaban los coléricos, lo cual reunido al trato tan inmediato que teníamos con ellos me sirvió para persuadirme de que el cólera no es contagioso de un individuo a otro, y en esa confianza, nada temía yo, respecto de mí; pero no por eso deje de padecerlo, aunque sólo en su primer periodo, y no sin alguna causa.       
 
Cuando ya el número de enfermos era corto, y estos en estado de convalecencia, determine volver a dormir en el convento. Cenamos Malpica y yo (este era el apellido de mi practicante) en una fondita, antes de llegar a nuestra celda y tuvimos la imprudencia de tomar por dulce un durazno en conserva. Esto bastó para que inmediatamente nos atacara el mal, pues apenas llegamos a nuestro solitario alojamiento, cuando nos comenzaron las deposiciones abundantes y líquidas, y la vasca incesante.
 
 
El doctor Francisco J. Estrada nació en San Luis Potosí en 1801. Recibió el título de Cirujano Latino el 28 de agosto de 1827 en la ciudad de México, donde estudió tres años en el Colegio de Cirugía y en la Universidad. Posteriormente obtuvo el título de médico. (Los cirujanos latinos eran llamados así porque habían estudiado latín, lo que les permitía adquirir conocimientos teóricos. Eran considerados de rango superior a los que no lo sabían y a los que se les llamaba cirujanos romanticistas).
 
En agosto de 1828, se incorporó al ejército en San Luis Potosí, como Segundo Ayudante en el Cuerpo Medico Militar, pero sólo permaneció unos cuantos meses en esa ciudad porque con su regimiento tuvo que trasladarse a México durante el motín de La Acordada. Sus años más azarosos en la milicia fueron 1832 y 1833. En el primero, bajo las órdenes del Presidente el Gral. Anastasio Bustamante concurrió a la campaña de persecución para atrapar al Gral. Antonio López de Santa Anna, quien se había rebelado. En esta campaña en la que tuvo que atender a muchísimos heridos y llevar a cabo muchas amputaciones durante los sangrientos combates que los dos ejércitos contendientes sostuvieron. En 1833, Bustamante fue depuesto y Santa Anna subió a la Presidencia, la que pronto dejó en manos del vicepresidente Valentín Gómez Farías para salir a combatir a los generales Durán y Mariano Arista quienes se habían rebelado contra él, y se habían escapado hacia el centro de la República.
 
Fue en esta expedición, a las órdenes de Santa Anna —con quien el doctor Estrada nunca simpatizó—, que el ejército se vio atacado por el cólera, al grado de que habiendo llegado Santa Anna hasta Irapuato, tuvo que retroceder porque la epidemia y la deserción habían reducido sus fuerzas a la mitad.

Ese mismo año, Santa Anna disolvió el cuerpo médico militar, por lo que terminó la actividad castrense del doctor Estrada, quien, desde entonces hasta su muerte, en 1885 radicó en su ciudad natal, dedicado a la medicina y a algunas no muy felices incursiones en la política.De sus experiencias y penalidades en la campaña que realizó en 1833, es de las que nos dejó el dramático relato en sus Recuerdos de mi vida, apuntes para mis hijos, editado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 1954 y del cual se extrajeron los fragmentos que en este artículo se incluyen.   
Dr. Pedro Ramos, Academia Mexicana de Medicina
 
No era pequeña mi apuración al verme en aquel convento enteramente aislado y desprovisto de cama, y de todo recurso, así para el abrigo tan necesario, como para alimentos; pues aunque en el Hospitalito provisional había algunos recursos de medicinas, no tenía ni quien los llevara, ni menos quien las aplicara.
 
Lo único que tenía para abrigo era el jorongo, y por medicina unos polvos que llevaba en la bolsa, y que era la medicina que aplicaba a mis enfermos, pero no tenía ni un vaso de agua para tomarlos. En fin, estuve haciendo mis esfuerzos por pasarlos como pude, y lo mismo Malpica, con lo que ambos sentirnos algún alivio, quedando en aptitud de poder salir por la mañana al Hospital a desayunamos con el mismo té que dábamos a nuestros enfermos.
 
Todavía en la mañana de ese día tuvimos otras deposiciones y vasca Malpica y yo; pero constituyéndonos enfermos del Hospital nos curamos y nos alimentamos con las mismas medicinas y alimentos que se administraban a los demás.
 
En la tarde ya me sentí aliviado; pero Malpica seguía enfermo, y quiso aplicarse un remedio que se le ocurrió y fue el de un vaso de sangría que tomó a las cuatro. A la media hora cayó privado en la calle y conducido por unos cargadores al convento, a donde fui a acompañarlo. Toda la noche sufrió aquel infeliz los calambres que causaba esa enfermedad en su último período.
 
Salí por los claustros en busca de alguna persona que me auxiliara en algo, y encontré al fin un pobre lego que fue a darle unas friegas al enfermo; más viendo que se agravaba llevó un Padre para que lo auxiliara. El enfermo renegando y blasfemando de Dios y de sus Santos, sin querer confesarse, expiró a las tres de la mañana, hora en que los Padres se retiraron a sus celdas, dejándome solo para acompañar el cadáver de aquel desventurado, y sumergido en la más profunda tristeza.
 
Consternado mi espíritu y abatido al verme en tal situación, considerándome más aislado que antes, habiendo perdido al único compañero que había tenido en aquella tierra enteramente extraña para mí: en un estado de debilidad por los padecimientos físicos y morales de los días anteriores, y por último: destituido de recursos, sin más ropa que la que llevaba puesta, creo que llegue a envidiar la suerte de Malpica, si no en su impenitencia final, sí en cuanto a dejar de sufrir. Pero me asistieron algunas reflexiones cristianas, y sacando de debajo del cadáver de Malpica, mi jorongo que le había puesto al verlo tan grave, me postre ante una imagen de María Santísima del Carmen que estaba pintada en la pared de la celda, le dirigí una tierna y sumisa depreciación por el alma de aquel desgraciado; le pedí su amparo y protección, y entre otras promesas le hice la de que si me concedía volver al seno de mi familia, y en mi matrimonio tenia otra hija, llevaría el nombre de Carmen, en recuerdo de la imagen que tenía a la vista.
 
A las siete de la mañana fue el Procurador con cuatro cargadores que se llevaron al difunto; a mí me mandó un desayuno que tome con bastante apetito, y luego volvió a decirme que un señor vecino de la ciudad deseaba que fuera a verle, porque estaba enfermo. Fuimos en el acto a casa de ese señor que era uno de los más acomodados de Celaya y se apellidaba Herrera. Su casa manifestaba su posición social, como hombre de proporciones: sus hijos, ya hombres, me recibieron con agrado, porque tuvieron el consuelo de que su padre sería asistido por un facultativo, como que no había otro en la ciudad.
 
Luego que al enfermo se aplicaron mis medicinas me retiraba ya, pero los jóvenes Herrera que sabían por el Procurador, y por lo que yo les había referido respecto de mi permanencia en Celaya, que no tenía ni casa ni familia, ni recursos, me invitaron con mucha instancia para que me quedara en su casa.
 
Dormí en la noche entre sábanas de Holanda y cubierto con un pabellón de gasa de seda, después de haber sido servido en la comida y cena como debe suponerse, de una casa opulenta.
 
Diez días hacía ya que me había quedado en Celaya desde la salida de Santa Anna, cuando este volvió con su tropa, en corto número, porque en su caminata hasta Irapuato, la había reducido el cólera y la deserción a menos de la mitad de su fuerza, y por supuesto, cuando volvió a Celaya traía más enfermos que reunidos a los que ocurrieron el día de su llegada, fueron recogidos en mi Hospital provisional.
 
Santa Anna y su tropa, continuaron su marcha de retirada hasta Querétaro, y yo recibí orden de permanecer en Celaya hasta que ya no hubiera enfermos militares a quienes atender; pero deje en mi compañía a dos de los practicantes que habían vuelto con la tropa.
 
En ocho días más ya no había ninguno. Muertos unos, y otros restablecidos, concluyó mi misión y me volví a Querétaro, llevando ya algún surtido de ropa, un bonito caballo y sesenta pesos. Todo esto por obsequio de despedida que me hicieron los jóvenes Herrera.
 
Permanecimos en Querétaro mientras cesaron los efectos del cólera, y la División se reponía de tantas bajas que había tenido en la expedición de Irapuato, y en uno de esos días de nuestra permanencia en aquella ciudad, tuvo Santa Anna un ataque ligero de colerina. Mandó llamarme y aunque me puso condiciones en cuanto a las medicinas, tomó, sin embargo, las que le recete, y no se limitó al atole frío con gotas de limón, como me había dicho en Celaya. Tomó mis polvos, se aplicó mis friegas, se sujetó a la dieta que le ordené y sanó en un día. Mandó darme media onza por tres visitas y no volví a verlo.
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Francisco J. Estrada      
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como citar este artículo

Estrada, Francisco J. 1992. Guerra y cólera: la campaña de Santa Anna. Ciencias núm. 25, enero-marzo, pp. 41-45. [En línea].

 

 

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