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            R022B05

Olvidar a París

 

José Luis Rodal Arciniega

   
   
     
                     

— Un autre petit cognac, monsieur?
Las palabras de la azafata me devolvieron lentamente al mundo exterior.

— ¿Qué? — alcancé a decir en español.

— On ferme le bar, monsieur, et si vous voulez… — Non, non, merci — comprendí de golpe que aterrizaríamos en unos minutos.

Desde que abordé el avión en la Ciudad de México me sumergí en mis pensamientos: hechos precisos, datos vagos, especulaciones que debían organizarse para construir un esquema explicativo que apaciguase mi nerviosismo, suministrándome hipótesis plausibles con respecto al por qué de esa invitación inesperada para venir a Francia. En eso se me fue el tiempo de vuelo y la breve escala en Houston (ni siquiera le eché un vistazo a la última novela de Dallal que equivocadamente me regaló la China al despedirme en el aeropuerto).

En Roissy, me presté gustoso a cumplir con las formalidades de entrada e incluso disfruté con las actividades banales de recuperar el equipaje y cambiar algunos marchitos pesos por solvente moneda francesa (el enfrentar situaciones concretas, simples e inmediatas me tranquiliza enormemente). Después me dirigí, maletas en mano, al sitio de taxis.

— Vous allez où monsieur? —me preguntó el chofer cuarentón de mejillas sonrosadas.

En un francés impecable (hablarlo bien es una de las mayores vanidades que gozo en permitirme) le dije que me llevara, siguiendo las instrucciones del profesor, a la estación del metro Alésia, de ahí me iría caminando al departamento de la Rue des Plantes donde me alojaría hoy y los próximos días.

Durante el trayecto a la ciudad repasé los antecedentes principales. Henri Devilliers fue, sin sombra de duda, el mejor de todos los profesores que tuve en Francia y con el que llevé una relación más estrecha. Politólogo brillante, especialista en asuntos internacionales, seducía con su erudición y sus modos aristocráticos, lo mismo a sus alumnos en la cátedra que al crédulo ciudadano medio en sus frecuentes intervenciones en la prensa, la radio y la televisión. Ducho en el arte de encantar a los demás, manejaba con soltura la regla y el consentimiento y alternaba sutilmente la complicidad y la provocación. De cada generación de, pongamos veinte estudiantes, sólo se dignaba dirigir las tesis de dos (o tres cuando mucho).

Al aceptar dirigir la mía, y así manifestarme su predilección, me inflamó de orgullo y contribuyó a que fuera aceptado por mis condiscípulos franceses, todos egresados de escuelas prestigiadas, todos de buena familia, todos habitantes de barrio chic. Simón fue otro de los privilegiados. Al mexicano y al chileno siempre se les veía juntos… detrás de su profesor.

Cuando regresé a México parecía aguardarme un vertiginoso desarrollo profesional. Era cuestión, pensaba yo, de recopilar en corto tiempo la información pertinente para elaborar la tesis y retornar a Francia para la redacción final y la presentación del examen doctoral, para luego, de nueva cuenta en México, empezar a convertirme en el Henri Devilliers de por acá. Aun ahora, pasados cinco años, no sé bien por qué no sucedió así. En parte, puedo achacárselo al corte de becas que se produjo apenas hechos oficiales la crisis económica y el cambio de sexenio. Pero no, creo que el mayor mal estuvo en mí. Primero, fue esa condenada vocación apostólica que me llevó a enterrarme en una oscura universidad pública de provincia; después vinieron ese casamiento tonto (esa historia de amor equivocada) y el paulatino abandono de mis ambiciones. Casi sin darme cuenta fui dejándome absorber por actividades menores ajenas a la tesis. Mi reputación en la universidad de candidato al doctorado, se fue desvaneciendo. Harto de las miradas de sorna de mis colegas y abrumado por la imposibilidad de enseñar cualquier cosa a estudiantes mongoloides, dejé la universidad para probar suerte, ayudado por los parientes de mi mujer, en la administración pública. Más cuando me divorcié quedé peor que antes. Durante el último año me gané el pan pinchemente, haciendo traducciones y dando cursitos de francés que me conseguía la directora de la Alianza Francesa en la localidad.

Recibí la carta del profesor cuando atravesaba un periodo de fuerte depresión (¡tanta amargura y frustración acumuladas!). Quién sabe cómo diablos dio conmigo. Hacía varios años que habíamos suspendido todo contacto epistolar. La carta tenía timbres nacionales y sellos de la Ciudad de México. Antes de leerla había imaginado su contenido lleno de reproches y reclamos referentes a la tesis inconclusa. No había nada de eso. Por el contrario, estaba escrita en un tono suave, con múltiples guiños de complicidad alusivos al pasado. En su prosa amanerada (muy siglo diecisiete) me incitaba a volver a París para visitarlo. Sugirió que tenía un trabajo interesante para mí. En la fórmula de despedida me llamaba mon cher ami y lo que me resultó más extraño: adjuntos a la carta me envió un boleto de avión (¡primera clase!) México-París-México, las coordenadas del lugar donde debería alojarme a mi llegada y la recomendación encarecida para que justificara el viaje diciendo a mis conocidos, en México y en París, que iba-venía a presentar la tesis.

Me percaté de que ya recorríamos calles parisinas. Me sentí emocionado. En mi mente se yuxtaponían los recuerdos de los “días de vino y rosas” vividos aquí.

— On arrive au metro Alésia, Monsieur— farfulló el taxista.

Pagué y descendí del auto. Parado en una esquina abrí mi vieja guía y tracé mentalmente la ruta más larga para llegar al departamento prometido. En cours de route me detuve en un bar-tabac y compré de jalón media docena de cajas de puritos Wintermans.

Se trataba de un edificio de medio lujo, con la fachada recientemente renovada. Me presenté ante la conserje (una atildada señora portuguesa, algo encamable y todavía con varios años de buena vida por delante). Ella me dio las llaves del departamento y un sobre cerrado. Subí hasta el cuarto piso por la escalera alfombrada y entré sin mayor dificultad. Un breve recorrido por el sitio y exclamé complacido: —Pas mal du tout la petit baraque! Tenía una sala con muebles de cuero y en las paredes varias fotografías de París tomadas por el gran Edouard Golbin, una recamara como para ahuyentar cualquier asomo de claustrofobia, un cuarto de lectura con un escritorio de marquetería y un par de sólidos libreros, un baño enorme con tina y sauna, una cocina integral llena de gadgets domésticos. Una segunda ojeada al departamento me brindó más sorpresas agradables: en la cocina, una docena de botellas de vino de primera clase, un par de pomos de Calvados Busnel y otro par de Armañac de una marca que no conocía; en la recamara, un equipo danés de sonido y una treintena de discos compactos entre los que sobresalían todas las canciones de Bárbara, el Arte de la Fuga de Bach, las mejores piezas de Satie interpretadas por Aldo Ciccolini y las sonatas para pianoforte de Hayden; en el cuarto que servía de biblioteca, novelas cuyos títulos me evocaron sabrosas discusiones literarias con Devilliers, en su casa de Neuilly… hace no sé cuánto tiempo.

Quien sea que haya puesto aquí estas cosas (Devilliers encabezada la lista de sospechosos), tiene un conocimiento íntimo de mis gustos. ¿A qué venía ese afán por complacerme? Recordé entonces el sobre que me dio la conserje. En el papel, que leí ávidamente, sólo estaban escritas, de manera impersonal, nuevas instrucciones. Debía encontrarme con él dentro de tres días a las diez de la mañana, en la entrada sur del bosque cercano al pueblo de Rambouillet (a unos treinta minutos de tren de la estación de Montparnasse). Mientras tanto, ya ero dueño de mi tiempo. Para mis “gastos menores” podía disponer de diez mil francos, los cuales se encontraban dentro del libro de Mikhaïl Boulgokov Le Roman de Monsieur de Molière, en el cuarto de lectura. Yo quedaba en libertad de decidir si visitaba a viejas amistades o no, pero se me reiteraba lo petición de justificar mi presencia en París “par des raisons académiques”. Adicionalmente por ningún motivo debería de dar a nadie mi dirección actual en la ciudad y mucho menos traer personas (hombres o mujeres) al departamento. Antes de terminar de leer ya estaba yo de veras perplejo y preocupado. En la última línea estaba escrito, como si se hubiera previsto mi estado de ánimo, rassurez vous, le mystère sera devoilé dans trois jours.

¡El boleto de avión, los diez mil francos y todo lo demás! Yo estaba seguro de que el profesor esperaba algo de mí. Pero qué carajos querría, me repetía mentalmente. Yo ya comencé a recibir, más… ¿cuáles serían los otros términos del intercambio? Y, sobre todo: ¿por qué las precauciones? Necesitaba un buen trago de Calvados. Me serví una porción generosa. Puse un disco de Bach y me tendí sobre el sofá de cuero. Seguí dándole vueltas al asunto. El trago se volvió medio botella. Jugando a distinguir las voces de una fuga me fue invadiendo una agradable somnolencia.

Me desperté y miré el reloj. Debí haber dormido por lo menos doce horas. Aparte las cortinas, corrí el cerrojo de la ventana y me asomé al balcón que daba al jardín interior del edificio. Era una fresca pero soleada mañana de principios de otoño. Qué carajos, pensé, estás de nuevo en París y eso es lo que cuenta. Desayuné varios croissants con chocolate en un bar de la Avenue du Maine, luego pasé a la estación para informarme sobre los horarios de los trenes a Rambouillet. El resto de la mañana me transcurrió caminando sin rumbo definido por la ciudad. El hambre hizo acto de presencia cuando vagaba por el Boulevard des Italiens. Caminé unas cuadras hasta Chartier. Como siempre, estaba hasta la madre de gente y tuve que hacer cola veinte minutos hasta que un mesero marroquí me señaló una pequeña mesa para dos personas poblada a la mitad por un gordo trajeado, que despachaba vorazmente un plato de tripes a la mode de Caen. Ni siquiera levantó los ojos del plato para verme. Mejor así, me dije, éste es de los que no hacen platica. Leí con atención la minuta cargada de promesas y me incliné finalmente por una combinación heterodoxa, compuesta de filet d’hareng a l’huile d'olive, blanquette de veau, choux de Bruxelles, fromage Pont l’Evêque y Crème de marrons-chantilly. Para rociar tales platillos seleccione una demi-bouteille de Entre deux-mers y una botelluca de Castillon (los vinos no fueron nada del otro mundo pero me trajeron reminiscencias del viaje en bicicleta con Anne-Marie por los riberas de la Dordogne). Con un Calvados y un café servidos, me puse o hojear la sección de cine del Pariscope. Prendí un purito Wintermans para facilitar la elección de las dos películas que vería eso tarde.

A lo salida del cine me dieron ganas de visitar a una amiga-amante de otros tiempos. Toqué a su puerta sin recibir respuesta. Alertada por los timbrazos salió una vecina y me informó que Gisèle estaba disfrutando unas vacaciones en la nueva Caledonia y no regresaría, así lo había anunciado, hasta el mes de noviembre. Descubrí entonces que más que uno amiga necesitaba al segundo término del binomio y me fui a merodear por ciertos rumbos. Después de una consulta con mis fantasmas del momento contraté los servicios de una blondinette de carita de muñeco y formas adolescentes. Me repugnaba la idea de ocuparme con ella en un cuartucho de la Rue Saint-Denis. Tampoco podía llevarla al departamento de la Rue des Plantes. Me acordé que esta vez tenía yo bastante dinero y opté por una solución hotelera de cuatro estrellas cerco del Palais Royal. Horas más tarde, descargados ya las ganas imperiosas y con sueño a borbotones, me felicité por haber evitado pensar durante toda la jornada en el profesor Devilliers y en la cuenta de gastos que habría de presentarme pasado mañana.

Al día siguiente, mi ánimo se tornó taciturno y decidí quedarme en el departamento. Ya habrá ocasión, me dije, de retozar cuando el asunto que Devilliers se trae entre manos, se vuelvo transparente para mí. Me pasé leyendo el resto de la mañana. Cociné un fajo de capelli d’Angelo con salsa de champiñones, a la par que escuchaba un cassette de Lobo y Melón que me acompañó desde Mexiquito (“fueron tus promesas falsos juramentos, palabras que el viento lejos se llevó”, canté a dúo con Melón). A medio tarde, noté los síntomas del advenimiento de una pequeña depresión. Necesitaba hablar con alguien, me receté. Recurrí al teléfono ¿Quién de mes vieux copines estaría con seguridad al otro lodo de la línea a esta hora? Stéphane, claro, si es que aún trabaja en la galería de arte de la Rue Dauphine. Le atiné. Conversamos de banalidades por espacio de media hora, me felicitó por haber terminado la tesis y quedamos de vernos la próxima semana para ingerir cerveza belga.

Después de colgar me sentí mejor.

Estaba acostado con un libro abierto ante mis ojos. Leía sin leer mientras iba dibujando mis opciones de vida. Si pudiera quedarme aquí… ¿lo haría?…

Qué me esperaba en México: nada que valiera lo pena… tendría que tomar las cosas en serio… proseguir mi carrera… ser más ambicioso para borrar de la cara de la gente la sonrisa gentil hacia el joven talento malogrado (incluso la China me dijo una vez que yo me estaba desperdiciando)… me vería obligado o asumir responsabilidades indeseadas. En París podría ser distinto… aquí siempre sería un métèque, un extranjero al que no le serían solicitadas ni comprobaciones ni explicaciones. I was a free man in Paris, como en la canción de Jani Mitchell… tal vez podría serlo otra vez… y si en verdad Devilliers tuviera un buen trabajo para mí…

Distinguí a lo lejos la figura de Devilliers recargado sobre la verja de la entrada al bosque. Al aproximarme a él sentí la dulce punzadita de la esperanza.

— Mon cher Lino… C’est un plaisir— me soltó Devilliers a manera de saludo, haciendo el inevitable énfasis en lo o al pronunciar mi nombre.

— Moi aussi, professeur, je suis content de vous revoir —respondí, vigilando atentamente mi acento.

Despachamos con rapidez la serie de preguntas y respuestas convencionales sobre la calidad de mi viaje, de mi alojamiento y de mi estancia en París durante los últimos días. Al tomar una veredita que se alejaba del camino principal, Devilliers entró en materia.

— Ecoutez moi bien, Lino, et ne posez aucune question avant que je n’aie fini de vous énoncer ma proposition.

Me tomó por el brazo y habló cadenciosamente. Me había hecho venir de México para que yo matara a alguien por cuento suya. Yo no correría riesgos considerables pues todo estaba planeado escrupulosamente. Yo sólo fungiría como brazo ejecutor. Sería una tarea simple y rápido. La recompensa sería cuantiosa.

Devilliers calló. Luego sonrió para alentar mi intervención.

Le pregunté que por qué quería la muerte de eso persona. Él me respondió que no podía decírmelo pero que tenía razones poderosas para desaparecerla. Yo hice con la cabeza un movimiento de negación. Él agregó que se trataba de un hombre de setenta años, en el ocaso de su vida. Yo seguí negándome. Él volvió a la carga y esta vez sus palabras fueron más persuasivas.

— Yo lo conozco muy bien a usted, Lino —comencé yo a traducir mentalmente— Todas esas horas que pasamos juntos no fueron en vano. Además, me he informado sobre su pasado reciente en México… no, no se asombre… tengo buenos amigos en la Alianza Francesa. Lino, yo necesito su ayuda y a cambio de ella puedo hacer mucho por usted. —Lino —machacó—, yo le ofrezco una nueva vida. Le ofrezco dinero: quinientos mil francos, la mitad ahora, el resto cuando me entregue resultados. También le ofrezco una tesis de doctorado, muy útil si usted quiere volver a México, una tesis brillante que obtendrá los más altos honores universitarios. Y además, Lino, le ofrezco una oportunidad para que usted ejerza sus verdaderas capacidades profesionales… sé de qué estoy hablando: obtener lo mejor y lo peor de la gente es una parte esencial de mi verdadero trabajo.

Al día siguiente recogí el sobre y la pistola en el lugar indicado por Devilliers. La precisión de las instrucciones revelaba un profundo conocimiento de todas las variables. Obedientemente, memoricé cada detalle y luego quemé el papel. Ese mismo día me mudé a un departamento que el profesor me había dispuesto en Asnières, en los suburbios de París. Mi nuevo alojamiento distaba bastante del anterior: los muebles indispensables, no había tina y mucho menos sauna, ni libros, ni discos. Me instalé lo mejor que pude para pasar la noche. No pude concentrarme en la lectura, aunque esta vez me preocupaban otras cosas. ¿Sabría usar el arma? (el profesor me dijo que sólo era cuestión de mover la palanquita del seguro, apuntar con cuidado y jalar el gatillo) ¿Qué motivos tenía el profesor para hacerme este “encarguito”?

¿Quién diablos era ese anciano setentón? Y, sobre todo: ¿Quiénes estaba detrás de todo esta? (la información sobre mí y sobre el viejo, los departamentos, el dinero, todo esto parecía trascender al profesor). Me sentí un personaje de Patricia Highsmith.

Diecisiete horas después, el asunto estaba concluido. En el tren que me llevaba a Tours seguía asombrándome la perfecta correspondencia entre teoría y realidad. Devilliers estuvo en lo cierto: mi acción fue eficaz y mi conciencia una cómplice ideal, como si yo hubiera nacido para ser un verdugo impersonal.

El tren entró en gare. Tenía escasos diez minutos para trasladarme a la vecina estación de autobuses, donde debería abordar el camión de pasajeros con destino al pueblo de Saint-Cyr-sur-Loire.

Me bajé antes de llegar al pueblo y caminé un par de kilómetros, por un camino de terracería de subidas y baladas (¡qué bueno que se le ocurrió al profesor decirme que dejara mi equipaje en el departamento de Asnières!). Desde una lomita divisé la casa. Al acercarme, toda duda quedó disipada: ahí estaban los dos pisos, la mesa blanca bajo los dos arboles y la camioneta azul. No parecía haber nadie (anochecía y las luces estaban apagadas). Extraje la llave de la maceta situada a la izquierda de la entrada y abrí la pesada puerta de madera. Me esperaban doscientos cincuenta mil francos (la otra mitad estaba segura en mi chaqueta), la tesis y quizá (¡por qué no!) una nueva oferta de trabajo. Al encender la luz de la sala vi a Simón. Su presencia aquí fue para mí un monumento a la sorpresa: mis instrucciones no decían nada al respecto. A Simón no lo veía desde la fiesta para despedirme, en casa de Viviane, hace varios años.

— Simón, ¿qué haces por acá? —inquirí estúpidamente.
— ¿Qué tal Lino? Para mi también es algo inesperado que seas tú.
— ¿Veniste a visitar al profesor? —me recuperé rápidamente.
— No exactamente —dijo él— Esperaba a cualquiera, menos a ti… ¿no estabas en México?
— Vine a Francia a presentar la tesis —repuse yo con algo más de aplomo.
— Toma asiento —y me señaló un sillón frente al suyo.
— ¿No sabes si va a tardar el profesor? —le pregunté con tono desenvuelto.
Sin contestar, Simón se paró y se dirigió hacia un armario.
— ¿Quieres beber algo?
— Sí, claro —le dije— ¿Hay Pastis?
Por toda respuesta sacó una botella y se entretuvo un corto rato dándome la espalda. Cuando lo vi de frente no tenía la esperada copa en la mano, tenía una pistola con silenciador.
— ¿Qué sucede Simón? —le dije, tratando de conservar la calma. Simón me dio una respuesta retrasada: —Sucede que el profesor no va a venir.
— ¿Por qué “eso” Simón? —y le señale con un dedo la pistola. —¿Tú también estas dentro del juego?
— Lino, nunca dejarás de ser un tonto. Esta pistola es para dispararla sobre ti.
Creí comprender de golpe: —Es… es Devilliers el que…
— No, él no te traicionó, Lino. Él cometió también un gran error… el último. Lo usaron como te usaron a ti y me usan a ml, sólo que en mi caso he tomado precauciones. He aprendido a sobrevivir en este mundo.
— ¿Por qué tiene que ser así, Simón?
— Mataste al grand patron de la Direction Générale de Surveillance du Territoire, el contraespionaje francés… te van a buscar por cielo, mar y tierra… tarde o temprano te encontrarían… luego descubrirían a Devilliers y luego llegarían hasta… y es por eso, Lino, sólo por eso.
— Simón, no puedes… déjame ir… tomaría un avión para México y… en recuerdo de los viejos tiempos… fuimos amigos.
— No puedo, Lino. Lo lamento.
Debiste haberte quedado en México. Debiste haberte olvidado de París.

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José Luis Rodal Arciniega                                                                                                 Santa Catarina Mártir, Puebla, julio de 1987.

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