revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Oscar Prospéro García
     
               
               
Una adicción se puede definir como una conducta que hemos
adoptado, sobre la cual perdimos el control y que nos lleva al consumo de algo o a la ejecución de algo; es un proceso de aprendizaje. Entre los factores que influyen en el establecimiento de una adicción, en primer lugar está la existencia de la sustancia, si no hubiera sustancias de abuso, nadie sería adicto. Pero sobre todo hay elementos sociales y elementos neurobiológicos. Los elementos sociales sugieren la disponibilidad del producto; está fácilmente disponible el alcohol y el tabaco, un poco menos la marihuana y todavía menos la heroína y la cocaína. Éstas últimas tienen más restricciones, ya sea por el precio o por la dificultad que hay para conseguirlas. Marihuana y tachas son más fáciles de obtener a pesar de que son ilegales.
 
El gobierno ha dividido las sustancias adictivas en aquellas que son legales y las ilegales; consumir las segundas implica una ruptura de la ley y hay sanciones ya establecidas por haberlas consumido. Ésta es más o menos la parte social, muy someramente, pues hay muchos más elementos a considerar. Luego viene la parte neurobiológica; para que una persona se vuelva adicta debe consumir y producir en el cerebro cambios plásticos de aprendizaje iguales a los que suceden cuando aprendemos a decir “Parangaricutirimícuaro”. Básicamente, el cerebro responde igual y cambia su función y sus estructuras acorde con la sustancia que está recibiendo.

Generalmente considerada como una enfermedad, la adicción se caracteriza por la dependencia del organismo a una sustancia o actividad y por la imposibilidad de controlar su consumo o realización a pesar de tener consecuencias negativas. Siempre han existido personas adictas, pero con el paso del tiempo la incidencia es cada vez mayor y la edad en la que las personas comienzan a consumir sustancias de abuso es cada vez menor. Debido a la creciente preocupación de la población y del sector de salud mundial ha habido una serie de investigaciones científicas y antropológicas que intentan abordar las adicciones desde diferentes perspectivas, las cuales deben ser integradas para lograr un mejor entendimiento de este padecimiento.

En México, una de las personas dedicadas a estudiar las adicciones desde el aspecto neurobiológico es Óscar Prospéro García, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro en psicología y doctor en neurociencias por la misma casa de estudios. A él entrevistamos para recabar sus opiniones, presentadas aquí a manera de un texto corrido, siempre más ameno y fácil de leer.

Inés Gutiérrez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México. 

Ahora, hay quienes se vuelven más fácilmente adictos que otros; por ejemplo, calculamos que 65% de la población entre doce y sesenta y cinco años ha probado alguna vez el alcohol y solamente 6.5% de la población en esa edad tiene un problema en el control del consumo de alcohol. Eso nos habla de que mucha gente lo prueba y no se vuelve adicta, lo consume y tiene control (me refiero nuevamente a mi definición de adicción). Cuando uno pierde el control, en ese momento ya se volvió adicto o dependiente, términos que aquí usare como sinónimos. Las personas que se vuelven adictas o dependientes al alcohol —con esto estoy tratando de ejemplificar el abuso de una sustancia— tienen una vulnerabilidad. Entramos a dos niveles, la vulnerabilidad puede ser genética, es decir, mamá o papá han sido adictos y tienen hijos y esos hijos tienen —de acuerdo con estadísticas y estimaciones— 75% de probabilidad de adquirir la adicción, o sea, de heredar uno o varios genes (tenemos algunos genes candidatos que se modifican) que los hacen vulnerables a la adicción, entonces, si mamá es adicta o papá es adicto y peor aún si ambos son adictos la probabilidad aumenta considerablemente y entonces el sujeto desde que nace tiene una vulnerabilidad a la adicción.
 
Pero no solamente eso, sino que también podemos ir al nivel epigenético, es decir a la expresión genómica. Lo que ocurre en este caso lo voy a poner muy simplistamente: el infante nace con su carga genética normal, no vulnerable a adicciones digamos, pero en el medio ambiente tiene estrés temprano (porque hay negligencia de los padres, maltrato de los padres, abuso verbal, humillación, abuso físico o abuso sexual); todo ello lo hemos explorado y hemos encontrado que en nuestras sociedades existe. Los niños que de alguna manera han pasado por estas situaciones adversas tempranas en su vida parece ser que tienen cambios epigenéticos que los vuelven vulnerables. Voy a decir de manera breve que un cambio epigenético es un cambio en la manera en la que se expresa el gen.
 
Nosotros hemos explorado a una población universitaria a la que hemos clasificado en cuatro tipo de cuidados, lo que nos interesa en dicha clasificación no es cómo realmente ocurrieron los primeros años del desarrollo del sujeto sino cómo los vivió él o ella (hay gente que se siente mal aunque no haya habido mal, por decirlo así). A partir de cómo vivió, el individuo genera sus estrategias y sus genes se modifican en la expresión. Lo que hacemos es explorar con una serie de cuestionarios la manera como recuerdan haber vivido sus primeros dieciséis años. Encontramos que quienes recuerdan que sus cuidadores primarios los trataron muy bien tienen una tendencia baja a consumir marihuana y una alta tendencia a consumir alcohol.
 
Por lo mismo pensamos que es cultural; el alcohol viene acompañando al humano desde tiempos ancestrales, no hay fiesta en donde no se invite a comer y beber. El punto es que si alguien “bien cuidado” es invitado a una fiesta que incluya beber, se presenta consumo pero no abuso.
 
Ya de manera muy anecdótica, no tendría datos fuertes para sustentar lo que voy a decir, tengo alguna experiencia asesorando a las familias que normalmente me preguntan: “mi hijo esta consumiendo alcohol, tabaco o marihuana, ¿qué va a pasar?”. Y entonces les pregunto sobre la familia: “¿se ven bien integrados?, ¿son una familia muy querida entre sí?” y normalmente lo que ha ocurrido es que si el hijo abandona el uso de sustancias —en caso de que sí las haya estado consumiendo—, se debe a una buena comunión o cohesión familiar. Una familia “funcional” propicia que el hijo quede como un consumidor. Es muy difícil que un muchacho o una muchacha bien cuidada sea adicta.
 
Estas observaciones son documentadas, mas no probadas. Trabajamos con modelos y la mayoría de mis estudios son en ratas. Hemos modelado este punto del mal cuidado y la vulnerabilidad a sustancias y lo que hemos hecho es separar a las crías de rata en el segundo día posnatal. Tenemos a la mamá embarazada y estamos vigilantes para ver cuándo nacen los “niños ratita”. Si nacen hoy, por decir algo, a éste le llamamos el postnatal uno y a partir del postnatal dos (o sea mañana en mi ejemplo) lo separamos de su mamá por tres horas diarias. Es decir, están veintiún horas con su mamá y tres horas sin su mamá. Ésta es una situación extrema porque en esas tres horas no está acompañado de nadie, ni está alimentado artificialmente, ni nada, o sea, tres horas difíciles donde está completamente estresado. Lo hacemos por las dos primeras semanas de vida y una vez que se completa este periodo de separación entonces ya los regresamos a su mamá, y se quedan como entre el día quince y el veintidós, cuando sucede lo que llamamos el destete, que es cuando hemos visto que la mamá “los manda a volar”. Entonces los separamos permanentemente de su mamá, pues ya están grandecitos y empiezan a comer y beber solos.
 
Los custodiamos hasta que los consideramos adultos, esto es cuando pesan 250 gramos o más, los dejamos crecer y entonces les ofrecemos alcohol. Por otro lado están los hermanos a los cuales no separamos de mamá y que sirven como grupo control. En ese momento comparamos cómo bebe el hermano separado y cómo lo hace el hermano que se quedó con mamá. Hemos observado que el hermano separado bebe mucho más alcohol que el que estaba con su mamá.
 
Después vamos a buscar qué pasa en el cerebro, cuáles son los cambios. Hay sistemas que propician el placer en condiciones normales: no degustaríamos de unas buenas enchiladas si no tuviéramos un sistema de placer. Hay algo que nos produce placer y el cerebro lo censa, y este mismo sistema es el que también censa el placer que provocan las sustancias de abuso. Nosotros nos dedicamos a estudiar dicho sistema, el cual se vale de neurotransmisores para realizar sus funciones. Uno de los neurotransmisores es la dopamina con sus diversos receptores, otros neurotransmisores que nos interesan (hay muchos más) son las “marihuanas endógenas” o endocannabinoides y sus respectivos receptores. Estudiamos el cerebro de las ratas que fueron separadas antes de ofrecerles alguna sustancia de abuso para saber en qué condiciones se encuentra ese órgano cuando se las vamos a ofrecer. Lo que hacemos es investigar cómo están sus receptores, por ejemplo, para marihuanas endógenas, que son el cb1 y cb2. Encontramos que el cb1 se modifica en las ratas que han sido separadas de la madre, por lo que asumimos que es el estrés temprano el que ocasiona los cambios en la expresión de dicho receptor. Los cambios que hemos visto son un aumento en la expresión en una zona del cerebro llamada núcleo accumbens, que tiene que ver con los sistemas de recompensa, así como una disminución en otra parte del cerebro llamada corteza prefrontal, involucrada en la toma de decisiones y en tareas cognitivas complejas.
 
Estos cambios hacen a la rata estresada diferente de su hermano que se quedó al cuidado de mamá. Aún no sabemos si podemos atribuir estos cambios a una causalidad o relacionarlos directamente con una susceptibilidad a la adicción, pero sí se aprecia una correlación fuerte entre el aumento y la disminución de los receptores, el estrés temprano y, conductualmente, con el aumento en el consumo de alcohol.
 
Actualmente estamos observando también algunos otros indicadores sin manipulación que nos digan si una rata o ratón que ha crecido normal en el bioterio tiene ciertos rasgos o características que puedan ser indicadores de una predisposición a abusar de sustancias. Por ejemplo, si posee una buena capacidad en la toma de decisiones. Creamos un sistema en el cual la ratita tiene que estar decidiendo en dónde mete la nariz para que le demos su reforzador; le damos indicaciones y demás, pero tiene que estar tomando en cuenta las indicaciones que le proporcionamos para tomar su decisión. Otro ejemplo es observar cómo duerme, si duerme más o si duerme menos y si eso nos dice algo: “como duerme menos es más vulnerable o como duerme más es más vulnerable”.
 
Buscamos así marcadores conductuales, neurobiológicos y electrofisiológicos. Cuando hacemos pruebas con humanos para ver cómo duermen les tenemos que poner electrodos en la cabeza, que no son invasivos ni duelen, es decir, cualquier persona aceptaría que le pusieran unos electrodos, solamente tendrían que estar durmiendo en el sitio que nosotros digamos porque allí están los equipos. Si vemos que hay quien tiene un patrón de sueño específico, el cual está por determinarse, entonces le podríamos decir a esa persona que es positiva a un marcador de vulnerabilidad a volverse adicta a sustancias. Eso sería lo ideal.
 
La adicción a la marihuana
 
Hay quien dice que de todas las drogas la marihuana es la menos adictiva, se lo he oído decir incluso a personalidades de gran trascendencia en el país. Creo que la comparación no es justa porque dicen: “mira el alcohol, mira el tabaco y mira la marihuana; el alcohol y el tabaco son altamente adictivos mientras que la marihuana no tanto”. Lo que yo pienso es que están comparando dos sustancias que puedo comprar en el súper (si tengo más de dieciocho años) y consumirlas cuando yo quiera y nadie puede decir nada, especialmente si lo hago en casa. Me fumo dos cajetillas al día si quiero y me tomo la cantidad de alcohol que me permita mi cuerpo antes de caer noqueado y nadie puede decir nada. Eso no es comparable con alguien que se tiene que esconder para fumar marihuana.
 
No es lo mismo traer una cajetilla de tabaco en la bolsa, sacarlo y fumarlo en los sitios que me permitan con la frecuencia que yo quiera, que fumar marihuana, pues si quiero consumirla me tengo que esconder, tengo que ir a cierto sitio, buscar un ámbito protector para que no me juzguen, no me vean mal y en la última de las instancias no me manden a la policía para que me lleve. Bajo tales condiciones no es posible comparar esas sustancias. Si dijéramos: “a ver, yo traigo mi cajetilla de marihuana y tú traes tu cajetilla de tabaco, vamos a ver quien se vuelve adicto al cabo de cinco años”, eso tal vez sería comparable.
 
Hay que tomar en cuenta, además, que el potencial adictivo de cada sustancia es distinto. Farmacológicamente, aquellas sustancias que entran y salen rápido del cerebro son más adictivas que aquellas que entran rápido pero salen lentamente. La marihuana entra y sale rápido del cerebro pero no se elimina, se queda secuestrada en nuestro sistema adiposo y ahí se está liberando por dos o tres semanas, y en las personas de bajo metabolismo hasta cuatro semanas; podemos encontrar rastros de tan sólo unas cuantas fumadas que alguien le dio a un carrujo de marihuana. La marihuana se va muy lentamente del cuerpo y el hecho de que sea retenida en nuestros “gorditos” quiere decir que se está liberando al torrente sanguíneo paulatinamente, vuelve al cerebro y, a pesar de que no produce los mismos efectos, sí evita el de abstinencia. Por eso algunos pueden decir: “ah, yo fumo una vez al mes y eso no es adicción”; pues sí, pero la tiene todo el mes en su sistema.
 
Si la sustancia se va rápido del cuerpo, entonces el sistema la requiere más rápido. Es el caso de la cocaína. Además, los cambios plásticos son más rápidos; la cocaína y heroína son más adictivas justamente porque inducen cambios plásticos más fuertes y no se quedan a satisfacerlos, mientras que la marihuana sí se queda a satisfacerlos. Estos cambios involucran no sólo el sistema de recompensa, sino también la corteza prefrontal. Es el caso del fenómeno de tolerancia; una persona que se emborrachaba con una lata de cerveza ahora se emborracha hasta que se toma seis y a veces más. Son éstos los cambios plásticos. El cerebro dice: “ya no quiero”, se resiste: “no ya no voy a responder a eso” y, sin embargo, el sujeto lo sigue consumiendo. ¿Si ya no le hace efecto para qué la consume? Consume más para que haga efecto. El problema va más allá de la recompensa, está afuera, muy probablemente en la corteza prefrontal, porque el sujeto insiste en consumir algo que ya no le está produciendo gusto.
 
La adicción es un asunto complejo. De entrada, para establecer si una persona que consume drogas se volvió adicta es necesario combinar frecuencia y cantidad. Hemos observado que las personas que consumen una o tres veces como máximo cualquier sustancia, incluida la cocaína, no se vuelven adictos por el sólo hecho de probarla. Lo repiten pero no se vuelven adictos. Aquel que ha probado una droga menos de cinco veces, muy probablemente no se vuelve adicto. Aunque existen personas que “nada más de ver cierta sustancia” se vuelven adictos. Es posible que una persona haya probado alguna sustancia por curiosidad y a éstos les llamamos “experimentalistas”.
 
Es por esto que nosotros también nos dedicamos a estudiar qué parte del cerebro dice: “ya la probé, ya supe a qué sabe pero no voy a seguir porque me puedo enganchar”. A esa parte le llamamos corteza prefrontal porque es la que mide las consecuencias de cualquier actividad que llevamos a cabo.
 
Justo ahora estamos estudiando esto en animales de experimentación, modificándoles la función de la corteza prefrontal para ver si de alguna manera hacemos que evite la utilización de sustancias o se la propicie. Nosotros nos orientamos a un solo sistema, preferencialmente al sistema de marihuanas endógenas, entonces cuando nosotros modificamos estos sistemas de modulación de la conducta como es la corteza prefrontal y algunos núcleos de la base, les modificamos el tono endocannabinérgico. Por ejemplo, hemos visto que propiciamos que la rata consuma mucho más alcohol, que cuando no se lo modificamos, es decir, hay sistemas que están inhibiendo la conducta y son los que parece que se dañan y están bajo la regulación de endocannabinoides, aunque no exclusivamente, también hay otras sustancias, como el alcohol, que no es un problema pequeño, y que las drogas de mayor abuso en el mundo son el alcohol y el tabaco. El tabaco hace más ruido porque mata más claramente a la gente; a pesar de que pasa mucho tiempo antes de enfermarte, sí se han podido hacer asociaciones más claras con la generación de cáncer, enfisema pulmonar, problemas cardiovasculares, por lo que sí se asocia muy fuertemente con la muerte de muchas personas. En México se ha calculado que alrededor de 150 000 o 200 000 personas están muriendo por enfermedades asociadas al uso de tabaco.
 
Prevenir y rehabilitar
 
Ahora, ¿cómo rehabilitar adictos o evitar que siga habiendo adictos? Tengo dos hipótesis y la verdad es que no creo llegar a ver que se pongan en práctica en la sociedad, la vida se pasa muy rápido. Una es preventiva: si lográramos tener indicadores de vulnerabilidad y a una persona se le tomara una muestra de sangre y encontráramos una gran cantidad de genes que digan: “éste lo hace vulnerable a tal cosa” o “mira, tienes estos tres indicadores, por lo cual eres vulnerable, allá tú, es tu vida y demás”. Esa sería mi fantasía: encontrar indicadores que le dijeran a la persona que debe actuar a nivel preventivo.
 
En cuanto a la pregunta que interesa a muchos cuando una persona dice: “¿cómo me rehabilito?, un día decidí hacerlo, pero ya no quiero”. En este punto entra fuertemente la parte del aprendizaje. Aquí estoy ocupando toda la información que generan Federico Bermúdez Rattoni, Roberto A. Prado Alcalá, Gina Girard y muchos otros en el mundo dedicados al estudio del aprendizaje. Para mí y para mucha gente, las adicciones son un aprendizaje con síntesis de proteínas y formación de nuevos botones sinápticos, por lo que la pregunta es: ¿cómo evitamos que tal aprendizaje se dé? La respuesta es simple: con inhibidores de síntesis de proteínas. Pero, ¿cómo hacemos que algo que ya se aprendió se rehabilite? La solución se halla en la reconsolidación de la memoria, en sustituirla con un nuevo recuerdo o interferir su reconsolidación, lo cual también depende de proteínas.
 
Esas son mis dos aproximaciones en cuanto a la prevención y la rehabilitación. Claro, llegar a aplicarlas en humanos es más difícil, aunque no tanto, ya que el humano toma inhibidores de síntesis de proteínas cuando está enfermo de la garganta o de la panza o de alguna enfermedad bacteriana. Yo creo que hacemos investigación que se puede traducir a la clínica, pero todavía no la hemos hecho llegar allá pero creo que estamos cerca.
 
     

     
Óscar Prospéro García
Facultad de Medicina,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Óscar Prospéro García es médico cirujano por la UNAM y maestro en psicología por la misma casa de estudios. Se doctoró en neurociencias en el Instituto de Fisiología de la unam. Durante siete años fue investigador en la Clínica Scripps en La Joya, California, Estados Unidos. Es ex presidente de la Sociedad Mexicana para la Investigación y Medicina del Sueño. Actualmente es investigador titular del departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM y sni nivel III. Ha sido autor de aproximadamente ochenta y cinco artículos originales de investigación y escribió el libro ¿Cómo ves? Las adicciones.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Prospéro García, Óscar. 2017. Cerebro, aprendizaje y adicciones. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 56-63. [En línea].
     

 

 

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De la cannabis a otras estrellas un psicoanálisis
de los cielos
122B07  
 
 
 
Alan Heiblum Robles
 
                     
¡Qué extraña máquina es el hombre!
Usted le mete pan, vino, pescado y rábanos,
y salen suspiros, risas y sueños.

Nikos Kazantzakis
     
Nuestra cultura, la científica, está fuertemente
basada en el café. Haciendo referencia a mi epígrafe, bien podríamos decir que usted mete café y lo que salen son papers, papers y más papers. Sin embargo otras culturas giran respecto de otros ejes; así los raramuris beben sowiki y corren cientos de kilómetros y las comunidades wixárikas beben nawa y son protectores de la tierra, por dar un par de ejemplos. De modo que no sólo es interesante, sino crucial, la discusión sobre cuáles substancias consideramos apropiadas, legales, etcétera.
 
No es una exageración decir que el enciclopedismo francés y la ciencia moderna inglesa se fraguaron en las cafeterías. Importada desde Turquía, la primera “casa de café” en Inglaterra se fundó en Oxford en 1652. Dos décadas más tarde el número de estos establecimientos ascendía a miles. Más allá de cualquier otro factor podemos asegurar que su popularidad dependía de que eran lugares donde se celebraban debates públicos.
 
Entre los múltiples usuarios de estos centros psicoanalépticos podemos encontrar al multifacético inventor Robert Hooke (16351703), autor de la ley homónima de elasticidad que cifró bajo el siguiente anagrama “ceiiinosssttuv”. En 1678 Hooke publicó la solución de tal adivinanza: Ut tensio, sic vis, la cual es una manera sucinta de decir en latín que la extensión y la fuerza son proporcionales. El uso común de anagramas o estratagemas semejantes para dificultar el camino de los adversarios y así ganar la autoría de los resultados delata parte del carácter de los creadores de la ciencia del siglo xvii: hombres ambiciosos y orgullosos, temerosos de que el valor de sus obras fuese atribuido a otro.
 
Hooke observaría con perplejidad la tajante división que hoy día realizamos entre substancias como pudieran ser el café y el cacao, por una parte, y la cannabis por otra. El famoso capitán Robert Knox era buen amigo de Hooke y usualmente lo proveía con todo tipo de muestras provenientes de sus viajes, entre ellas una curiosa hierba de India. Fue así que Hooke brindó en 1689 la primera descripción de la marihuana ante la Royal Society. En una de sus líneas se lee que aquel que la consume “ríe y canta y habla palabras sin coherencia, sin saber lo que dice o hace. Sin embargo, no está aturdido ni borracho, sino que camina y baila, y muestra muchos trucos extraños. Después de un poco de tiempo se duerme, y duerme tan profunda y silenciosamente que, cuando despierta, se encuentra reparado y excesivamente hambriento”.
 
Aun sin conllevar ninguna relación directa, esta anécdota fue popularizada en el tercer episodio de la nueva versión de la famosa serie Cosmos, que preside Neil Degrasse Tyson. Si bien Tyson no ha hecho público si es un consumidor o si defiende los derechos de los consumidores de la cannabis, su estricto compromiso con la racionalidad en los debates nos puede llevar a especular —puesto que aquellos que la tildan de nociva no han sabido ofrecer buenos argumentos— que él se opondría a su prohibición y cualquier medida que impidiera su estudio. Es interesante notar que mientras el episodio de Cosmos está construido para ofrecer un engrandecimiento del personaje histórico de Edmund Halley, a Hooke le es dejado el lugar, bastante ruin, de aquel que intentó robar los créditos de la ley de gravitación a Newton. Sin embargo, la mención a la cannabis se hace bajo el contexto del listado de aportaciones que vuelven fascinante al personaje, por lo que no resulta de ninguna manera peyorativa. De todas formas resulta curiosa la aparición de esta anécdota de entre las decenas que el legado de Hooke permite y no son mencionadas, tal vez ello se deba a la herencia de quien fuera el primer anfitrión de la serie, Carl Sagan.
 
Sagan consumía y celebraba las bondades de esta planta, “un medicamento que ayuda a producir la serenidad, introspección, sensibilidad y la comunión que tanto se necesita en este mundo cada vez más loco y peligroso”. El puro hecho de que Sagan tuviera que escribir tal artículo en 1969 para ser considerado en el libro Marihuana Reconsidered bajo el pseudónimo de Mr. X, muestra lo tristemente atinado de tal diagnóstico.
 
Psicoanálisis de los cielos
 
Nada es tan distante y externo como los cuerpos celestes y debido a ello nada está tan lleno de nuestra imaginería interna. El planteamiento básico del mencionado episodio titulado “Cuando el conocimiento conquistó el temor” puede resumirse de la siguiente manera: así como un bebé es abandonado en la puerta de un hogar, los seres humanos nos encontramos arrojados a la Tierra sin mayor información de nuestra procedencia y paradero. Para lograr orientarnos y sobrevivir, desde los primeros tiempos hemos utilizado el reconocimiento de patrones, una herramienta cognitiva altamente desarrollada durante nuestra historia evolutiva, la cual nos permitió aprender a leer el cielo con enorme precisión. Esto tuvo diversas implicaciones, como que el paso de los cometas y de cualquier otro evento que trastocase la regularidad celeste fuera interpretado como un augurio —uno malo en el mayor de los casos—, sin embargo, hubo personas como Halley y Newton cuya insaciable curiosidad los llevó a estudiar los cometas y otros fenómenos con mayor detenimiento. De la colaboración de estos gigantes del pensamiento surgió una nueva manera de entender los cielos. Aplicando estos conocimientos Halley descubrió que los cometas de 1531, 1607 y 1682 eran uno y el mismo, y predijo su retorno para fines de 1758. Hoy en día, librados de mayores temores, sabemos que los cometas provienen de una gigante aglomeración de piedras, gases y hielo remanentes de la formación del Sistema Solar: la nube de Oort.
 
La idea de que gracias a la ciencia el conocimiento vence el temor es tan vieja como la ciencia misma. En la oda a Newton, Halley canta: “Conocemos ahora los rumbos / bruscamente cambiantes de los cometas, / otrora fuente de pavor; no temblamos ya acobardados bajo apariencias / de astros barbados”.
 
Más tarde, cuando Laplace invocó a su famoso demonio encontramos la misma insistencia. En dicho texto Laplace nos recuerda que los hombres de épocas remotas suponían que el cielo se irritaba y castigaba los crímenes del mundo. Que la larga cola del cometa de 1456 sembró el pánico por Europa y que ninguno de estos temores se habría desvanecido sin el arribo del conocimiento de las leyes que rigen el sistema del mundo.
 
Entonces, según Halley, Laplace y Tyson, la mirada científica purga al cielo de sus supersticiones. Desde el punto de la vista de la filosofía de la ciencia, Bachelard hace un uso libre de la noción de psicoanálisis justamente para dar cuenta de dichas cuestiones. Para Bachelard lo que hay de inmediato en nuestra experiencia somos nosotros mismos, nuestros temores y deseos inconscientes. Bachelard llama psicoanálisis al proceso mediante el cual el sujeto se retira de enfrente de sí mismo para permitirse observar los objetos. “Quiérase o no, las metáforas seducen a la razón. Son imágenes particulares y lejanas que insensiblemente se convierten en esquemas generales. Un psicoanálisis del conocimiento objetivo debe pues aplicarse a decolorar, si no a borrar, estas imágenes ingenuas”.
 
De todo lo anterior parece ser que deberíamos concluir que la ciencia a partir de Newton ha logrado de hecho psicoanalizar los cielos. Sin embargo esto no fue así. Lo que realmente hicieron sus artífices fue cambiar una metáfora por otra. En el texto anteriormente referido, Laplace afirma: “esta misma regularidad que la astronomía nos señala con respecto del movimiento de los cometas, aparece en todos los fenómenos”. Concluir que las regularidades que un observador encuentra en los objetos celestes son las mismas que gobiernan la luz, el ojo y las partículas que conforman el telescopio con que las mira, implica un salto demasiado grande —uno que haría bien en revisar en el diván. La conclusión que sí pareciera seguirse es que aquella mirada que alguna vez atisbó los cielos llena de terror ha sido sustituida, por así decir, por una llena de soberbia. Más aún, nada indica que un psicoanálisis total sea posible o deseable. Tal vez nunca podamos —ni debamos— ver sin estremecimiento al oscuro espacio y sus ocupantes. O nuevamente en palabras de Kazantzakis: “el punto más alto a que puede alcanzar el hombre no es el del Saber, ni el de la Virtud, ni el de la Bondad, ni el de la Victoria, sino algo mucho más valioso, más heroico y desesperado; el asombro y temor ante lo sagrado”.
 
A modo de cierre
 
Que el psicoanálisis así entendido no sea una panacea —o al menos así lo sugiere un psicoanálisis del psicoanálisis—, no implica que parcialmente no sea deseable y que en el caso de las substancias psico(ana/dis)lépticas se mantenga pendiente. Un ejercicio de objetividad semejante podría mostrar que a partir de su éxito hemos llevado demasiado lejos la noción de adicción. No se puede negar que hemos desarrollado una cultura de adictos, pero los recuentos en términos de adicción afloran a tal punto y se aplican tan indiscriminadamente que parecieran revelar que la verdadera adicción no es otra que a la noción de adicción misma. El problema de extender excesivamente la noción de adicción es que distorsiona las cosas. Si todos somos adictos, el énfasis queda puesto entonces en la rehabilitación. Esto es un error grave pues nos resta herramientas de prevención. Más importante que cómo se sale de una adicción, es por qué en principio se cayó en ella.
 
Respecto de la cannabis, una de las drogas más consumidas en el mundo, al principio se dijo que era adictiva y luego que no. Hoy día sabemos que su adicción es mínima. Desde sus primeras descripciones sabemos que importantes científicos vienen impulsando su aceptación con fines terapéuticos y recreativos. ¿Qué seguimos esperando para detener su prohibición?
     
Referencias bibliográficas

Bachelard, Gastón. 1938. La formación del espíritu científico. Contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo. Siglo XXI, México. 1991.
Bennet, Jim. 2003. London’s Leonardo: The Life and Work of Robert Hooke. Oxford University Press, Londres.
Grinspoon, Lester. 1971. Marihuana Reconsidered. Quick American Archives, Oakland.
Laplace, Pierre Simon de. 1814. Ensayo filosófico sobre las probabilidades. Alianza, Madrid. 1985.
Newton, Isaac. 1687. Principios matemáticos de la filosofía natural. Alianza, Madrid. 1987.
     
_______________________________________________      
Alan Heiblum Robles
Historiador de la ciencia y epistemólogo independiente.
     
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cómo citar este artículo

[Heiblum Robles, Alan. 2017. De la cannabis a otras estrellas, un psicoanálisis de los cielos. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 86-89. [En línea].
     

 

 

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El cerebro y la adicción
122B03  
 
 
 
Inés Gutiérrez
 
                     
El cerebro de los mamíferos, en específico el de
los humanos, es un órgano altamente especializado que es considerado el centro de control de todo el cuerpo. Éste recibe información del mundo exterior por medio de otras partes del cuerpo, después procesa y codifica la información para dar origen a la memoria, el pensamiento, las emociones y el lenguaje. Este órgano está dividido en dos hemisferios y estos a su vez, están subdivididos en muchas regiones o estructuras (generalmente éstas se encuentran en ambos hemisferios en forma de espejo) que se comunican y forman vías especializadas en diferentes aspectos del procesamiento de información.  
 
Una de estas rutas es la mesolímbicadopaminérgica, conocida comúnmente como la vía de recompensa del cerebro. En ella participan distintas estructuras cerebrales: la corteza prefrontal, el núcleo accumbens, la amígdala, el área ventral tegmental y el hipocampo, en estas áreas existen neuronas que son activadas por la dopamina, un neurotransmisor que es conocido por tener un papel importante en el comportamiento, la motivación, la recompensa, el sueño y el humor, entre otros. De modo que la dopamina es el neurotransmisor predominante en la vía de recompensa. 
 
La corteza prefrontal se encuentra ubicada en la parte anterior de los lóbulos frontales del cerebro y se ha asociado con una función ejecutiva, esto es, la capacidad de realizar acciones asociadas a una meta. El núcleo accumbens es una región del cerebro anterior con una función importante en la percepción del placer, la recompensa y el miedo. La amígdala es un complejo de neuronas en forma de almendra localizada en ambos hemisferios del cerebro, dentro de los lóbulos temporales y forma parte del sistema límbico; se ha descrito que sus funciones incluyen el procesamiento de la memoria, la toma de decisiones y las reacciones emocionales. El área ventral tegmental es un grupo de neuronas localizado en la región media del cerebro y en ambos hemisferios; ha sido implicada en la capacidad cognitiva de los mamíferos, así como en la motivación y percepción de emociones intensas como el amor. Finalmente, el hipocampo es un componente del cerebro que forma parte del sistema límbico en ambos hemisferios del cerebro; esta estructura ha sido asociada con la memoria a largo plazo ya que ahí se lleva a cabo la detección de estímulos, sucesos y lugares novedosos, considerado uno de los primeros relevos en un sistema complejo para la formación de memorias. 
 
Para formar el sistema mesolímbico-dopaminérgico, todas estas estructuras se conectan por medio de proyecciones dopaminérgicas que nacen en el área ventral tegmental. Cada estructura participa en momentos diferentes en el establecimiento de una adicción.  
 
A pesar de que existen diferentes grupos de drogas, o sustancias psicoactivas, y que cada uno de ellos afecta de manera especial el cerebro, todas estas sustancias tienen la capacidad de activar el sistema de recompensa de una u otra forma. Siguiente página, figura de la izquierda. 
 
La corteza insular, o simplemente ínsula, es una estructura cerebral que se encuentra en cada uno de sus hemisferios, es parte de la corteza y está localizada profundamente en el surco lateral. Está rodeada por el lóbulo temporal y frontal. Se cree que esta estructura está involucrada en la conciencia, la percepción, el control motor, la autoconciencia, el funcionamiento cognitivo y la empatía. 

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 Figura 1

Recientemente esta estructura ha cobrado importancia en el estudio de las adicciones ya que se piensa que en ella se lleva a cabo la integración de las sensaciones corporales asociadas con el consumo de drogas como el aumento del pulso, la aceleración de la respiración y las sensaciones viscerales (ver Figura 1) . Esta información sensorial es integrada por la ínsula y asociada con el contexto en el que la droga es consumida habitualmente, de modo que se considera que es una de las principales estructuras asociadas con el mantenimiento de las adicciones y con el riesgo a recaer. 

     
Referencias bibliográficas

Cabib, S., y S. Puglisi-Allegra. 1996. “Stress, depression and the mesolimbic dopamine system”, en Psychopharmacology, núm. 128, vol. 4, pp. 331-342.
Ikemoto, S. 2010. “Brain reward circuitry beyond the mesolimbic dopamine system: a neurobiological theory”, en Neuroscience and Biobehavioral Reviews, núm. 35, vol. 2, pp. 129-150.
Pierce, R. C., y V. Kumaresan. 2006. “The mesolimbic dopamine system: the final common pathway for the reinforcing effect of drugs of abuse?”, en Neuroscience and Biobehavioral Reviews, núm. 30, vol. 2, pp. 215-238.
     
_______________________________________________      
Inés Gutiérrez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_________________________________________________      
 
cómo citar este artículo 
 
Gutiérrez, Inés. 2017. El cerebro y la adicción. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 42-43. [En línea].
     

 

 

de lo soluble y lo insoluble
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El consuelo que da
el conocimiento
122B06  
 
 
 
Andrés García Barrios
 
                     
Toda adicción alivia una ausencia. Muchas de ellas
forman parte de lo que llamamos destino personal, comer, acumular bienes, atraer las miradas o poseer gente, y se presentan en cada uno de nosotros con diferente urgencia y llenan distintos huecos. Pero otras adicciones surgen para mitigar un vacío esencial, no sólo circunstancial y personal sino universal, de nuestra especie y de idéntica intensidad. Ese vacío parece inherente al hecho evolutivo de adquirir conciencia y se expresa en el mito del paraíso perdido, un lugar en el que nuestra angustia existencial estaba resuelta, donde cada individualidad convivía plenamente con todo y no había contradicción entre la eternidad y el tiempo.
 
Según dicho mito, la mortal pérdida de ese espacio representa la caída en un mundo en el que lo finito y lo infinito se separan y oponen, pero que al seguir coexistiendo se vuelven ambos imposibles. En la vida real el mito encarna de manera consciente ese doloroso pasmo que nos asalta en la adolescencia, cuando advertimos que el universo que habitamos es interminable y al mismo tiempo no puede serlo.
 
Es sobre todo en esa etapa de la vida cuando buscamos alivio en adicciones que nos devuelven sensaciones de unión con una totalidad sólida y cierta. El rumor registra dos: el enamoramiento y las drogas psicodélicas. Nosotros hemos detectado uno más: el conocimiento, el cual nos hace también sentir uno con el cosmos.
 
Para la ciencia la unificación completa de las teorías es condición sine qua non del conocimiento verdadero, al grado que el simple atisbo de esa unión, el solo presentimiento de que es posible trae al científico sensaciones de éxtasis que pueden volverse irrenunciables.
 
Es bien conocida la anécdota del arrobo que, en la catedral de Pisa, vivió el joven Galileo ante el altísimo péndulo que se mecía desde el techo con un vaivén cuya duración el sabio midió con su pulso, descubriendo que aunque el trayecto era más y más corto, el tiempo de cada vuelta era el mismo. Al ver en un objeto tan familiar el cumplimiento de una ley ridícula (ahora le llamamos antintuitiva) se presentaron frente a él todos los ángeles del conocimiento y le insinuaron que quizás el Universo entero se movía de una manera así de absurda. Desde ese momento Galileo no pudo abandonar el ansia de hacer converger toda la realidad en una sola certidumbre y, fiel a ella, estuvo a punto de ser quemado vivo.
 
Pero así como el científico está destinado a vivir la unidad con nuevos éxtasis, también una y otra vez sentirá los fragmentos como amenazantes. La mera insinuación de que una parte de la realidad puede quedarse sin resolver desata en él esa profunda y persistente ansiedad que los otros llamamos —con belleza y crueldad— sed de conocimiento. Pero eso no es lo peor, si llegara a ocurrir que dos verdades confirmadas se contradijeran, el vacío se volvería insoportable, el equivalente a un pasón o a un “mal viaje”. Los filósofos suelen resistirlo, pues son personas de piel curtida en quienes —según chistes que corren— a esa sed se une el hambre. Como afirmaban algunos sabios sesenteros que consumían drogas visionarias, para los filósofos siempre es buena una mala experiencia. Pero los científicos no están acostumbrados a tales rarezas: ¿dos verdades opuestas?
 
Al parecer el primer caso se presenta con la inmersión en el mundo subatómico y el descubrimiento de la física cuántica a principios del siglo xx. Ante la evidencia que acreditaba esta nueva ciencia, para salvaguardar su entendimiento Albert Einstein llegó incluso a sostenerse en una extraña tesis: “dios no juega a los dados”. Sus oponentes le respondieron enfáticamente: “Einstein, deja de decirle a dios lo que debe hacer”. A pesar del tono personal, era la primera rivalidad sur-gida no entre científicos sino entre ciencias. El físico teórico Sylvester James Gates Jr. describió a la perfección la pugna: “se supone que las leyes de la naturaleza se cumplen en todas partes así que si tanto la teoría de Einstein como las de la mecánica cuántica se cumplen siempre, resulta que tenemos dos siempres distintos”.
 
Al paso del tiempo, una suerte de fea alucinación habrá asaltado en forma recurrente a Einstein cuando volteaba a su alrededor y advertía cómo el alud de pruebas irrefutables de la incertidumbre cuántica lo iba rebasando mientras él permanecía inmóvil buscando una teoría del todo fundada en la certidumbre. Su deseo auténtico de conocer la verdad le habrá susurrado una y otra vez que los misterios del universo son algo más que un hueco que algún día acabaremos de zurcir. En tan angustiosos momentos —cuando, como él mismo contó, sentía que le quitaban el suelo bajo los pies— Einstein intentaría convencerse a sí mismo de que era él y no los cuánticos quien se estaba moviendo. Pero enfrentado en un juego de dados contra el creador no siempre habrá salido triunfante.
 
Se equivocan quienes creen que la angustia ante la incertidumbre es sólo un porrazo a la vanidad científica, un daño al ego al ponerlo en entredicho. En este caso el golpe es mucho más profundo y abre un hueco esencial. Ya Descartes sabía que cuando las verdades se contradicen es posible dudar de todo y pensar que nada es cierto. A la sensación que se deriva de ello los especialistas en adicciones la llaman visión de túnel. El filósofo francés, que la habrá vivido muchas veces, pudo por fin librarse de ella al darse cuenta de que el hecho de pensar era la prueba contundente de su existencia personal y a partir de esa sola evidencia creó un cuerpo filosófico con el que pudo reconstruir en su mente la totalidad del mundo.
 
Pero para nosotros no es tan simple. Han pasado casi cinco siglos desde Descartes y los humanos postcuánticos sabemos que, puestos a pensar, cuando acabemos de hacerlo todavía estaremos de pie ante la incertidumbre. Adictos aún a la razón (o con poderosos duelos de abstinencia), no hallamos la forma de resolver el terror que surge cuando la nada hace su aparición y nosotros, en vez de esfumarnos, seguimos presentes. Sí, ya hace tiempo que el vacío total nunca está solo: siempre le acompaña este yo que piensa.
 
Siendo así, ¿quién se atreve a juzgar de ególatras a los adictos al conocimiento cuando lo que está en juego es una de las bases de nuestra conciencia y sólo héroes míticos como ellos se atreven a asumir la labor atlántica de sostener al mundo?
 
Mientras el enamorado y el usuario de drogas psicodélicas se limitan a su propia conservación —¿quién va a reprochárselos?—, el científico persevera en el viaje buscando una verdad universal que nos salve a todos. Los demás, dotados del mismo vacío esencial, sabemos o intuimos que en ese intento se juega algo más que la identidad personal. Y aunque algunos a veces pensamos que la ciencia es una puerta falsa (y seguimos acechando el retorno a un paraíso libre de adicciones), siempre reservaremos para el conocimiento racional el beneficio de la duda, concediendo que incluso vale la pena esperar siglos si al final llegamos a la conclusión correcta.
     
       
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Andrés García Barrios
Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_________________________________________________      
 
cómo citar este artículo 
 
García Barrios, Andrés. 2017. El consuelo que da el conocimiento. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 74-76. [En línea].
     

 

 

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Andrés Agoitia Polo
     
               
               
El cúmulo de productos, presentaciones, empleos y situaciones
que involucra el fenómeno del uso y abuso de sustancias ha dado lugar a una amplia (pero ambigua) terminología, a partir de la cual los distintos actores sociales nos referimos a diferentes aspectos de todo aquello que rodea el tema de las adicciones.

Es importante señalar que la falta de cuidado por parte de distintos actores, figuras e instituciones en la incorporación al discurso informativo de términos adecuados, de divulgación y de prevención de las adicciones ha favorecido y perpetuado en nuestra población un pobre y superficial entendimiento acerca de qué son las sustancias de abuso y en qué consiste el abuso en su consumo. Valdría la pena entonces ocupar un momento de nuestro tiempo para aclarar algo de esta confusión y poder aproximarnos a este fenómeno con un lenguaje común y unificado, es decir, entendiendo precisamente a qué nos estamos refiriendo cuando empleamos una palabra determinada. 
 
Adicción 
 
Primero ¿qué es una adicción? Las raíces etimológicas de la palabra adicción provienen del latín addictio, addictionis, cuyas múltiples acepciones van desde: dedicarse a, inclinarse por, o ser afín a una actividad, hasta adquirir matices más obscuros como: entregarse, abandonarse o condenarse a dicha actividad. Inclusive se dice que, en la antigua Roma, el término adicto (del latín addictus, i) hacía referencia a un individuo adjudicado como esclavo a su acreedor en razón de haber faltado al pago de una deuda. 
 
Los diccionarios tanto de la Real Academia Española como de la Academia Mexicana de la Lengua enfatizan primordialmente los últimos atributos antes dichos y definen la palabra adicción como: la afición excesiva o dependencia a una droga o a una actividad, de manera tal que resulta perjudicial para la salud. Sin embargo, aunque el término ha sido popularizado en múltiples escenarios, en el ámbito clínico ha caído en desuso por razones de estigmatización social y ha sido no sólo reemplazado, sino recategorizado en la edición más reciente del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (dsm5) por el de: trastornos por consumo de sustancias, cuyo diagnóstico alude a un cúmulo de síntomas cognitivos, conductuales y fisiológicos que evidencian el uso recurrente y desmedido de sustancias psicotrópicas a pesar de las consecuencias negativas que esto le ocasiona al individuo. 
 
A partir de la segunda mitad del siglo xx, y hasta nuestros días, el entendimiento y la concepción clínica de los trastornos por consumo de sustancias han sido moldeados en gran medida por las distintas entregas del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría. Un análisis de los cambios incorporados en cada edición escapa a los fines de este texto, sin embargo, cabe mencionar que en el mismo lapso de tiempo se ha llevado a cabo una transición en cuanto al énfasis que se da a los distintos criterios de diagnóstico donde inicialmente se otorgaba una mayor relevancia a los signos de dependencia física o fisiológica y se clasificaba a los consumidores como usuarios, abusadores y dependientes. En la actualidad, el patrón de consumo compulsivo ocupa el papel protagónico y el diagnóstico es el mismo; sólo difiere en cuanto a su gravedad: leve, moderado o severo. 
 
Es importante recalcar que aunque comúnmente se utiliza el término dependencia como equivalente de adicción, esto no necesariamente es así. Desafortunadamente, esta palabra ha sido utilizada para ilustrar distintas ideas (dependencia física, dependencia psicológica o farmacodependencia), lo que ha ocasionado que su significado no quede del todo claro. La dependencia, desde el punto de vista farmacológico, se refiere al proceso de adaptación fisiológica que se lleva a cabo en el organismo a partir de la exposición crónica a un fármaco, la cual conlleva la activación paulatina de mecanismos compensatorios en las células del organismo. Tales mecanismos frecuentemente operan en dirección contraria a los efectos que produce el fármaco, amortiguando el impacto que dicho fármaco tiene en la homeostasis. A esta dependencia es a la que uno se refiere cuando se habla de dependencia física o fisiológica. 
 
Tolerancia y síndrome de abstinencia 
 
Dos fenómenos dan cuenta de este proceso: el desarrollo de una tolerancia y el llamado síndrome de abstinencia. La tolerancia se refleja en la necesidad de incrementar la cantidad administrada de fármaco para obtener los efectos alcanzados inicialmente, mientras que el síndrome de abstinencia se hace evidente a medida que el fármaco es metabolizado y se debilita su contraposición ante los mecanismos compensatorios ya mencionados. Una situación similar se observa al administrar un farmaco que bloqueé o interfiera con los mecanismos farmacológicos sobre los cuales actúa el fármaco inicial. 
 
Aunque ambos fenómenos han sido estrechamente vinculados al desarrollo de las adicciones, actualmente no se consideran condiciones ni suficientes ni necesarias para establecer un diagnóstico de trastorno por consumo de sustancias. Para ilustrar esto, piense usted en una persona que después de sufrir un accidente es intervenida quirúrgicamente y que durante el tortuoso periodo de recuperación se le administra continuamente morfina como calmante. Este individuo bien podría desarrollar signos de dependencia como son la tolerancia y el síndrome de abstinencia. No obstante, se descarta tal diagnóstico debido a la ausencia de otros criterios que componen el patrón patológico de consumo, como son la falta de control en la cantidad o tiempo dedicado al consumo, así como los problemas sociales que esto acarrea. La razón de que no se desarrolle este patrón podría remitirse a que el individuo pudo no haber entablado una relación conductual entre la administración intravenosa de la morfina y los efectos hedónicos experimentados, ya que quien realizó la administración no fue el paciente, sino el médico tratante. Desde esta perspectiva, el aprendizaje asociativo es esencial para el desarrollo de las adicciones. A grandes rasgos, a esta dependencia es a la que uno se refiere cuando se habla de dependencia psicológica.
 
Droga o sustancia de abuso 
 
En el marco del uso y abuso en el consumo de sustancias muchas veces utilizamos, de manera intercambiable e indiscriminada, los términos droga y sustancia de abuso pero, ¿qué es una droga? La respuesta depende en gran medida de a quién le preguntemos y curiosamente también en qué idioma lo hagamos. Lo más conveniente, si nos interesa una aproximación científica en lugar de una etimológica, es acercarnos a la farmacología, la ciencia que estudia todo lo relacionado con las sustancias químicas que interactúan biológicamente con los organismos. 
 
Un farmacólogo norteamericano nos respondería que una droga (drug) es cualquier sustancia o compuesto químico con actividad biológica, mientras que un químico farmacéutico biólogo mexicano nos aclararía que una droga es una sustancia química con actividad biológica que únicamente ha sido sometida a un proceso de secado, cortado o macerado. 
 
Podemos observar una diferencia fundamental en la definición de la misma palabra en diferentes idiomas, ya que aunque todas las drogas encajan en el campo semántico de las drugs, no todas las drugs son necesariamente drogas. Para ello, en el idioma español existen términos adicionales que hay que retomar para evitar más confusiones. 
 
Nuestro químico farmacéutico biólogo abundaría: “el término fármaco es la palabra que podría ser utilizada como el equivalente más próximo del drug en inglés. No obstante, drug también comprende el término medicamento, que en español se refiere a un fármaco presentado en una forma farmacéutica (comprimido, tableta, pastilla, etcétera)”. Muestra de ello es que un norteamericano generalmente puede acudir tanto a una drugstore como a una pharmacy para adquirir un medicamento, mientras que un mexicano recurre a una farmacia. ¡Qué lío!, evidentemente, no es lo mismo abordar el tema desde distintos idiomas. 
 
Ya que sabemos a qué nos referimos específicamente cuando decimos droga en español, podemos entonces mencionar ejemplos de algunas de ellas. ¿Se les ocurre alguna?... ¡marihuana!, ¡cocaína!, ¡heroína! 
 
Pues sí y no. Mientras que ha acertado el lector que pensó en la primera propuesta, los otros no, porque ni la cocaína ni la heroína son drogas bajo esta definición puesto que ambas provienen de sustancias que han sido sometidas a manipulaciones químicas más allá de las referidas en nuestra definición. 
 
Con el perdón de los académicos puristas —no me coman, por favor—, hay que entender que el significado común de la palabra droga ha sido utilizado en México generalmente para referirnos a sustancias psicotrópicas. En este nuevo arreglo semántico las tres respuestas anteriores son correctas. 
 
Cafeína, alcohol y tabaco 
 
Aunque con frecuencia no se le considere como droga la cafeína es el agente psicoactivo responsable de los efectos psicoestimulantes experimentados por el consumo de café y entra perfectamente en nuestra definición conceptual. La cafeína forma parte de una familia de alcaloides llamados metilxantinas, entre los cuales podemos encontrar a la teofilina y la teobromina, agentes psicoactivos presentes en el té verde y el cacao, respectivamente. Estas mismas sustancias se encuentran en las infusiones de mate y guaraná, y poseen cierto potencial de abuso en su consumo.  
 
El alcohol, por otro lado, cumple con todos los requisitos necesarios para entrar en nuestra definición de droga. Parece ser el elefante blanco que conocemos de toda la vida, pero que no nos acordábamos que estaba en la habitación. Para darnos una idea de qué tan grande es este elefante veamos algunos datos: por medio del Sistema Mundial de Información del Alcohol y la Salud, la Organización Mundial de la Salud estimó que, en el año 2010, 38% de la población mundial por encima de los quince años consumió algún tipo de bebida alcohólica, cifra aún mayor en los continentes americano y europeo donde el aproximado ascendió hasta 61% y 66%, respectivamente. En el caso de México, la estimación fue de 57%, lo que nos situó casi en la media continental, pero definitivamente muy por encima de la media global. No cabe duda de que el consumo de alcohol se encuentra ampliamente distribuido en la sociedad mexicana. 
 
No obstante, es importante reconocer que no cualquier consumo resulta patológico; uno puede disfrutar de una copa de vino tinto durante la cena o un par de cervezas frías viendo el futbol sin provocar daños a la propia salud. De hecho, existe evidencia científica que señala que el consumo moderado de alcohol tiene un efecto protector ante cardiopatías y apoplejías isquémicas. Entonces, ¿por qué se considera que el consumo de alcohol constituye un problema para la salud? Sucede que la clave yace en la palabra moderación. Mientras que el consumo de alcohol en bajas cantidades posee algunas cualidades benéficas, en altas cantidades resulta muy dañino y desvanece cualquier beneficio que se hubiera podido obtener; inclusive se ha identificado un patrón de consumo específico, tipo atracón, donde ocurre la ingesta de grandes cantidades de alcohol en lapsos cortos de tiempo. 
 
Volviendo a las cifras, se estimó la prevalencia de este patrón sano en 16% de los consumidores a nivel mundial, donde destacan nuevamente los continentes americano y europeo, con prevalencias de 22% y 23%, respectivamente. En México no nos quedamos muy atrás, al haberse estimado este patrón en 21% de la muestra, o sea, en uno de cada cinco consumidores. 
 
El panorama se pone peor cuando dejamos de lado el consumo para hablar de los problemas a la salud que el alcohol ocasiona. Los trastornos por consumo de alcohol comprenden a aquellos patrones de consumo que resultan problemáticos para la salud física o mental de un individuo, así como para su desempeño social o laboral. Algunos ejemplos de afectaciones que pueden desembocar de estos trastornos son: alcoholismo, epilepsia, cirrosis hepática, pancreatitis, síndrome de alcoholismo fetal, cáncer, enfermedades cardiovasculares, lesiones intencionales y accidentales. 
 
La prevalencia estimada de los trastornos por consumo de alcohol en México es de 3% en la población, según la Organización Mundial de la Salud. Este número se encuentra no sólo muy por debajo del promedio continental (6%), sino también de la media mundial (4%). Pero los datos de la Encuesta Nacional de Adicciones señalan que en el año 2011, 33% de la población mexicana mantuvo un patrón alto de consumo de alcohol mientras 6% presentaba signos de dependencia. Situación especialmente grave en algunas regiones del centro y norte del país, donde se alcanzan los valores más altos de consumo y dependencia. Ese 6% es el promedio estimado entre toda la población mexicana (sean consumidores o no), por lo que dicha cifra tiende a ser mayor en zonas urbanas y el segmento más afectado resulta ser el de los hombres jóvenes, 60% de ellos con un patrón alto de consumo y 14% con signos de dependencia, o sea uno de cada siete. Si se realizara esta proporción entre solamente la población de consumidores, el resultado sería aún mayor. 
 
Por si no bastara ese golpe de cruda realidad, la Organización Mundial de la Salud señaló que en el año 2012 el abuso en el consumo de alcohol fue responsable de al menos 3.3 millones de muertes, lo que equivale a 6% de la tasa de mortalidad anual en todo el mundo. Este dato supera a todas las muertes ocasionadas por vihSida, violencia y tuberculosis juntas. 
 
Algo similar ocurre con el tabaco; de acuerdo con información del Sistema de Vigilancia Mundial del Tabaco, se estima que el número de consumidores de tabaco mayores a quince años asciende a 879 millones, cifra equivalente a 30% de la población adulta en los veintidós países donde se ha implementado este sistema, incluyendo México. Los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones señalan que, durante el año 2011, 22% de la población (cerca de 17 millones de mexicanos) consumieron tabaco, de los cuales 41% lo hacen diario y 9% fuma su primer cigarro del día en los primeros treinta minutos después de despertarse, lo que se considera como un signo de severo tabaquismo. En otras palabras, uno de cada once fumadores presenta signos de grave dependencia. 
 
Cabe preguntarse, ¿por qué dejamos de reconocer el elefante blanco en la habitación? Tanto el consumo de alcohol como el de tabaco han acompañado a la humanidad desde el inicio de la civilización y, a partir de entonces, se ha desarrollado toda una cultura de ritos, costumbres y tradiciones alrededor de ambos productos; además, los capitales detrás de estos enormes negocios se han esforzado muchísimo por fomentar en el público la percepción de que las drogas ilegales son una cosa, pero que el alcohol y el tabaco son otra distinta, e incluso existen innumerables retratos, iconos y referencias culturales alrededor del alcohol y tabaco que al otorgarle cierto atractivo han incentivado su consumo. Por eso parece que no son drogas, pero sí lo son. Valdría la pena empezar a hablar de sustancias de abuso, categoría que abarca todas estas sustancias, independientemente de su estado legal y de qué tan perjudiciales para la salud pueden llegar a ser. 
 
El abuso en el consumo de alcohol y tabaco son algunas de las principales causas prevenibles de enfermedades crónicas en países desarrollados. Pero a pesar de que el alcohol es una droga y la palabra alcoholismo alude a la dependencia al alcohol, difícilmente nos podemos referir a un alcohólico en los mismos términos que a un “drogadicto”. Hemos heredado y crecido bajo un esquema norteamericano de clasificación legal de sustancias de abuso cuya creación y estructuración poco tuvo que ver con un enfoque verdaderamente orientado a la salud y basado en evidencia científica. Muestra de ello es que a pesar de todas las pruebas que existen acerca de los daños a la salud que ocasiona el consumo excesivo de alcohol y tabaco, nadie está abogando por penalizar su consumo, distribución o fabricación, ya que el problema no es ni el alcohol ni el tabaco, sino el establecimiento de patrones patológicos de consumo. 
 
Marihuana 
 
Actualmente, el tema de la legalización del cultivo, comercialización y consumo de la marihuana está en la mesa. Existen argumentos serios a considerar desde ambas posturas ya que, si bien hay evidencia científica que señala que el consumo de marihuana resulta nocivo para la salud —especialmente en cuanto al neurodesarrollo de niños y adolescentes— también se ha señalado que el daño que produce en adultos se equipara al del consumo de tabaco. Aunque es importante tener estos datos en cuenta, la venta de marihuana bien podría regularse bajo el mismo régimen que el del tabaco, en donde la venta de cigarros a menores de edad está prohibida. 
 
Por otro lado, se cree que la marihuana es una “droga de entrada”, a partir del argumento de que al incentivar el consumo, derivado de la legalización, se observaría posteriormente un incremento en el consumo de otras “drogas duras”. Para profundizar al respecto, se debe consultar la información disponible sobre países en donde se han tomado medidas similares, como Holanda, España, Portugal, Uruguay, Estados Unidos (Colorado, Oregón, Washington, California y Alaska). Pero éstos son sólo algunos argumentos para enriquecer la discusión. 
 
Para reflexionar 
 
Así que las sustancias de abuso no son el problema, sino el patrón patológico de consumo recurrente y desmedido que puede llegar a desarrollar un individuo. Este patrón no aparece solito ni mucho menos, existen factores tanto genéticos como ambientales que predisponen e inclinan al individuo a desarrollar dicho comportamiento. La investigación científica, básica y aplicada, está orientada a mejorar el entendimiento de tales factores para finalmente poder ejercer un mayor impacto benéfico, tanto a nivel de prevención como de tratamiento de las adicciones. 
 
Más que pregonar la abstinencia, deberíamos de empezar a reconocer que la política prohibicionista que se ha ejercido terminó por fracasar. Los resultados de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Estudiantes señalan que, para el año 2014, 25% de los estudiantes de bachillerato habían consumido alguna sustancia de abuso distinta al alcohol y el tabaco, o sea uno de cada cuatro; por ser la marihuana la sustancia de mayor consumo, con una prevalencia de 22% —esto quiere decir que uno de cada cinco la ha consumido—, y también la que ha tenido un mayor crecimiento en función de la edad, pues jóvenes de diecisiete años presentaron una prevalencia casi diez veces mayor a la que se observó en niños de doce años. Es importante considerar que existen mejores alternativas de prevención de adicciones, y una de ellas es informar y educar a los jóvenes acerca de las estrategias y los hábitos de consumo responsable, tal y como se ha venido realizando con el consumo de alcohol y tabaco, pues de una u otra forma el consumo ya está presente. 
 
Toda esta reflexión acerca del lenguaje y el abanico de definiciones conceptuales a partir del cual diferentes individuos u organizaciones abordamos las sustancias de abuso y el fenómeno del uso y abuso en su consumo tiene como fin que exista un mayor entendimiento (basado en evidencia científica), así como un consenso acerca de los distintos factores que inciden en el tema. A partir de esto podremos adoptar posturas más críticas que nos permitan enriquecer las discusiones y los debates que se están llevando a cabo, y poder llegar así a acuerdos que se traduzcan en mejores políticas públicas para enfrentar nuestra realidad. Finalmente, estimado lector, en todo este tema usted tiene la última palabra. 
 
     
Referencias Bibliográficas
 
American Psychiatric Association. 2013. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. American Psychiatric Publishing, Arlington.
Brunton, Laurence, Bruce Chabner y Björn Knollmann (eds.). 2011. Goodman & Gilman’s: The Pharmacological Basis of Therapeutics. McGraw-Hill.
Koob, George F., Michael Arends y Michel Le Moal. 2014. Drugs, Addiction, and the Brain. Elsevier Inc, Oxford.
Nathan, Peter, Mandy Conrad y Helene Skinstad. 2016. “History of the Concept of Addiction”, en Annual Review of Clinical Psychology, vol. 12, pp. 29-51.

En la red

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Andrés Agoitia Polo
Instituto de Fisiología Celular,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Andrés Agoitia Polo es egresado de la Facultad de Psicología de la UNAM. Actualmente es tesista en el Instituto de Fisiología Celular donde realiza una investigación acerca de los procesos del aprendizaje, la memoria y la actividad neuronal asociada a los efectos de la exposición a sustancias de abuso.
     
 
     
 
cómo citar este artículo
Agoitia Polo, Andrés. 2017. El lenguaje de las drogas. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 18-25. [En línea].
     

 

 

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Yvette Gómez Gómez y Arturo Venebra Muñoz
     
               
               
Llévame a la ciudad del paraíso
donde la hierba es verde
y las chicas son hermosas,
llévame a mi hogar.

Guns and Roses

     
En el siglo XVII, en su obra El paraíso perdido,
John Milton nos permitió ver que el paraíso puede ser representado como la felicidad, la alegría y el placer, más que como un jardín del edén. Más tarde, en el siglo xx, el premio Nobel francés Albert Camus hizo referencia al pensamiento de John Milton en su obra teatral titulada El malentendido, cuya historia gira en torno a la idea de recuperar algo que jamás estuvo presente, a “la imposibilidad de recuperar el paraíso perdido”.

Quizás, al igual que los personajes de la obra de Camus, algunas veces sentimos no tener nada y tratamos de subsanar ese sentimiento de vacío con algo que momentáneamente nos dé felicidad, aunque ese algo sea un espejismo. Esta confusión es precisamente lo que ocurre en el consumo de drogas, engañamos a nuestro cerebro ofreciéndole pequeños sorbos de paraíso sin pensar que tarde o temprano terminaremos dándole largos tragos de infierno.

Si bien el cerebro se nos ha dibujado como el órgano perfecto, una de sus mayores debilidades es depender de sustancias orgánicas que tienen muchos imitadores en el mundo natural: las drogas. Las drogas se definen como cualquier sustancia que ejerce un efecto sobre el sistema nervioso. Cada una actúa de manera distinta, pero entre todos estos imitadores existen algunos especializados en producir placer: las famosas drogas de abuso.

Las drogas de abuso son las que actúan directa o indirectamente en nuestro sistema dopaminérgico, provocando una liberación excesiva de dopamina al sobreestimular las neuronas. En la película Trainspotting se cuenta la historia de Renton, un individuo adicto a la heroína que describe el placer que siente al consumirla como “un orgasmo multiplicado por cien mil”. La liberación de dopamina es sinónimo de una oleada de placer, pero también es sinónimo de una oleada de necesidad, la del placer, que es precisamente lo que le ha ganado el nombre a las drogas de abuso, ya que su consumo genera la necesidad de volverlas a consumir.

Cuando nos iniciamos en estas drogas, se crea el malentendido psicológico que puede llevar a la adicción, a la pérdida de nuestro paraíso. Pero lo interesante es que la confusión no radica únicamente en nuestra psique, está presente en los eventos moleculares que ocurren en la superficie y en el interior de las neuronas.

La adicción como enfermedad

La adicción a sustancias o el consumo incontrolado de ellas en la actualidad es tratada como una enfermedad cuyos síntomas son variados, entre ellos se presenta la pérdida del repertorio conductual (el individuo deja de realizar la mayoría o la totalidad de sus actividades normales y sólo le interesa conseguir y consumir la sustancia en cuestión); la tolerancia y el aumento escalado del consumo de la sustancia (el individuo la consume cada vez más y más seguido); y el síndrome de abstinencia (el individuo presenta ansiedad, movimientos descontrolados e incluso alucinaciones si deja de consumir la sustancia).

De los anteriores eventos o síntomas, la tolerancia es crucial ya que al parecer este fenómeno surge debido a cambios moleculares, bioquímicos y morfológicos en las neuronas. Estas células, al igual que el resto, tienen en su interior una copia de nuestro adn en donde se encuentran activos los genes para fabricar proteínas como los receptores de membrana, que pueden ser vistos como cerraduras moleculares, las cuales se encuentran esparcidas por toda la superficie neuronal, y que pueden ser abiertas por llaves especiales, en este caso, los neurotransmisores, como la dopamina, la serotonina, la acetilcolina, el glutamato, entre otros; pero también pueden ser abiertas por drogas que son copias de estos neurotransmisores como, por ejemplo, la nicotina, cuya estructura molecular es muy parecida a la acetilcolina.

Al unirse las llaves a sus cerraduras se generan reacciones bioquímicas que viajan como cascadas hasta llegar a varios puntos de la célula, de los cuales uno de los más importantes es el mismo adn. Las interacciones de neurotransmisores y receptores pueden cambiar la expresión de ciertos genes y esto constituye el primer paso hacia la adicción. En el caso de la nicotina tenemos que actúa como una copia de la acetilcolina. Al consumir nicotina podemos activar los receptores de acetilcolina ubicados en un área cerebral que se encarga de liberar dopamina en uno de los centros de placer del cerebro, el núcleo accumbens. Esto provoca un incremento en la expresión de algunos genes y, como consecuencia, se producen más proteínas, entre ellas los receptores de acetilcolina. Si retomamos la metáfora de cerraduras y llaves, la sobreexpresión de receptores sería análogo a poner muchas cerraduras a la puerta de nuestra casa, pero olvidándonos de hacer más llaves. Sería imposible abrirla a menos que tuviéramos todas las llaves. Para conseguirlas sólo se necesitaría consumir más de la misma droga y tendríamos el efecto deseado: placer.

Los mecanismos anteriores dependen de varias cosas, entre ellas, el tipo de droga que se consuma, la vía de administración y también depende de dónde y de qué forma hayamos crecido, de nuestra historia.

Propensión a la adicción

En México, 1.8% de la población de entre doce y sesenta y cinco años consume drogas, incluyendo el alcohol y el tabaco, pero sólo alrededor de 550 000 personas tienen problemas de adicción. Si comparamos esta cifra con la población adulta total, que es de alrededor de 122 millones de personas, es una cifra muy pequeña.

¿Quiénes son estas personas y por qué se han vuelto adictas? Las neurociencias nos han demostrado a lo largo del tiempo que nuestro comportamiento está determinado en gran medida por la manera en que se expresan nuestros genes. Cada una de nuestras células posee dos juegos de genes, uno nos ha sido heredado por nuestra madre y el otro por nuestro padre, pero en cada tipo de célula se activan diferentes tipos de genes dependiendo de sus necesidades, de tal manera que la expresión genética de una célula del páncreas es muy distinta a la expresión genética de una neurona. Los genes que se encuentran activos en nuestras neuronas tienen la capacidad de moldear nuestro comportamiento, pero no es una ley ni una regla que debido a la herencia nuestra personalidad sea una copia o una combinación de la de nuestros padres. Entonces surgen varias preguntas: ¿qué es diferente o qué otros factores influyen en nuestro comportamiento?, ¿qué posibilidades tenemos de volvernos adictos si es que tenemos o no antecedentes familiares?

El ambiente es un factor capaz de modular la actividad de los genes y así moldear nuestra conducta. El cerebro es el órgano que nos ayuda a interpretar y reaccionar ante el mundo mediante los sentidos, la memoria, el aprendizaje y las emociones. Debido a esto, las neuronas son sumamente sensibles a los cambios en el ambiente, sobre todo en edades tempranas del desarrollo, que es cuando nuestra personalidad se forja. Estos cambios en la expresión genética que no están atados completamente a la herencia son llamados epigenéticos (más allá de la genética) y en muchos casos dependen de factores ambientales.

Son pocas las personas que sufren de adicción a sustancias de abuso, sin embargo, es posible rastrear las causas comunes que los han empujado a esta enfermedad. La epigenética es una de las ramas de la biología que nos está ayudando a responder muchas dudas sobre los procesos que ocurren en el cerebro para que se genere una adicción y nos está brindando los conocimientos necesarios para combatir tal enfermedad.

Plasticidad neuronal y protección

Los mecanismos de neuroadaptación que se han mencionado pueden ser provocados por una activación natural de las neuronas, no sólo por medio de drogas, sino por medio de cambios en el entorno y la forma en la que interactuamos con él. Se ha comprobado que una mayor estimulación sensorial (ambiental) puede provocar que se activen estos mecanismos, es decir, no es lo mismo un individuo que está expuesto a un ambiente rico en estimulación de distintos tipos (auditivos, visuales, táctiles, odoríferos, etcétera) a un individuo que crece en un ambiente muy precario en estimulación.

Existen diferencias en el sistema nervioso de individuos que crecen en ambientes con una mayor estimulación sensorial. Estos individuos tienen más conexiones entre sus neuronas. Sus cerebros tienden a expresar de forma diferente algunos genes para modificar estas conexiones neuronales, es decir, son más “plásticos”. La plasticidad puede provocar, entre otras cosas, que se desarrollen en forma diferente regiones del cerebro que están directamente relacionadas con la toma de decisiones, como el lóbulo frontal, que es la parte más reciente evolutivamente hablando. Al parecer, el lóbulo frontal se desarrolla de mejor forma en individuos que han estado expuestos desde niños a una mayor estimulación sensorial, en cambio los individuos que tienen más posibilidades de convertirse en adictos presentan un menor desarrollo de este lóbulo y posiblemente se debe a que crecieron en un ambiente con estímulos ambientales escasos.

Uno de los estímulos ambientales que ha tenido mucha relevancia en el estudio de las adicciones es la interacción social. Los científicos de la adicción han puesto el ojo en una hormona que se cree es responsable de la formación de lazos afectivos: la oxitocina. Hace más de un siglo sólo se sabía que la oxitocina tenía la función de favorecer las contracciones del útero durante el parto y la eyección de la leche durante la lactancia, pero resultó ser más interesante de lo que se pensaba. Cuando existen estímulos sociales en nuestro ambiente, ya sean positivos o negativos, el hipotálamo libera oxitocina y no sólo hacia el torrente sanguíneo sino también hacia varios blancos en el cerebro; de manera que esta hormona también es considerada como un neurotransmisor y es capaz de cambiar el estado bioquímico y la expresión genética de las neuronas a las que llega. Las neuronas del sistema dopaminérgico son uno de sus blancos principales y es aquí donde las cosas se vuelven relevantes para el estudio de los procesos adictivos.

La hormona del amor

El mejor ejemplo para explicar la relación entre oxitocina y adicción es el del enamoramiento. Cuando tenemos una nueva pareja pasamos por varias etapas que están reguladas por la interacción de oxitocina (la hormona social), dopamina (la búsqueda de placer) y corticosterona (la hormona del estrés).

Cuando conocemos a una persona nueva liberamos oxitocina y corticosterona. La novedad causa estrés porque nos ayuda a responder a situaciones no predecibles como convivir con personas a las que no estamos acostumbrados; si la persona no es agradable aprenderemos a alejarnos de ella o a evitarla, pero si nos resulta agradable tendremos una descarga de dopamina y eso provocará que busquemos a esa persona de nuevo. La diferencia entre un estímulo social y las drogas es que independientemente del contexto, una droga de abuso nos hará liberar dopamina.

Al estar enamorados ocurre un proceso que es muy parecido al de la tolerancia. Cada vez necesitamos más y buscamos más a esa persona, incluso llegamos a sentirnos mal si estamos lejos de ella; sin embargo, nadie ha dicho que enamorarse sea una enfermedad o que produzca síndrome de abstinencia. Esto puede deberse a que la oxitocina que liberamos durante el enamoramiento nos ayuda a familiarizarnos con la otra persona, a lidiar con el estrés y a estar cómodos, algo que no ocurre con las drogas; por ende, las relaciones sociales pueden funcionar como un amortiguador para las personas que son propensas a la adicción, pero también existe un lado opuesto que depende de cómo estén estructurados nuestros sistemas dopaminérgico y oxitocinérgico.

En general, ante estímulos sociales la cantidad de oxitocina liberada por una persona u otra no difiere mucho, pero la cantidad de receptores sí, por lo que ante el mismo estímulo dos individuos pueden actuar de manera completamente distinta. Hay personas monógamas y polígamas, y existen las introvertidas y extrovertidas. Los científicos de la adicción se han dado a la tarea de buscar las relaciones entre estas variables y han encontrado que la personalidad puede darnos una pista de qué tan susceptibles somos a volvernos adictos. Nuestra personalidad es un gradiente que va desde aquellas personas que prefieren lo novedoso y buscan variedad constante en su vida, hasta aquellas personas que son todo lo contrario, prefieren lo común, lo predecible y tienen mejor control de sus impulsos. En varios estudios con roedores y con humanos se ha encontrado una relación entre el primer tipo de personalidad y un mayor riesgo a la infidelidad y a las adicciones, además de que son individuos con una menor cantidad de receptores a oxitocina en regiones asociadas al placer.

También se puede decir que no es una casualidad que los adolescentes consuman más drogas que los adultos, pues ésta es una etapa del desarrollo de transición entre la niñez y la adultez, y representa la independencia y el inicio de la vida sexual; así que naturalmente nuestro sistema nervioso se modifica para buscar novedad y enfrentarse a los riesgos, por lo que los adolescentes son más vulnerables a caer en una adicción.

En cuanto al consumo de drogas entre hombres y mujeres adultos, existe un debate que tiene que ver con la formación de lazos afectivos y que posiciona a los hombres en una situación más desventajosa: se trata del éxito reproductivo. Para las mujeres, a lo largo de la evolución ha sido más conveniente formar una sola pareja ya que así aseguraban los recursos que proveía un hombre sólo para sus hijos, pero los hombres aseguraban su reproducción teniendo un mayor número de hijos con diferentes mujeres. En la actualidad este tipo de relaciones ya no son tan evidentes, sin embargo, las mujeres tienden a producir más oxitocina que los hombres y también a consumir menos drogas.

En conclusión, se cree que la oxitocina puede funcionar como un amortiguador para protegernos de las adicciones, pero todavía hacen falta más estudios que nos ayuden a entender la relación entre los ambientes sociales y la liberación de oxitocina como un generador de neuroplasticidad del sistema dopaminérgico. Nuestro grupo de investigación estudia la relevancia que tiene el ambiente para modificar el sistema nervioso ante el consumo de drogas. En la actualidad nos planteamos experimentos relacionados con el análisis del consumo de drogas y la actividad cerebral en función de diferencias ambientales, incluyendo las relaciones sociales. Esperamos seguir recopilando resultados que ayuden a entender y a develar el funcionamiento del cerebro ante el consumo de drogas con el fin de poder enfrentarlo más adecuadamente.

Referencias Bibliográficas
 
Venebra-Muñoz A. et al. 2014. “Enriched enviroment attenuates nicotine self-administration and induces changes in FosB expression in the rat prefontal cortex and nucleus accumbens”, en Neuroreport, vol. 25, núm. 9, pp. 688-692.
     

     
Yvette M. Gómez Gómez
Facultad de Ciencias,
Universidad Autónoma del Estado de México.

Yvette M. Gómez Gómez es tesista de la licenciatura de biología de la Universidad Autónoma del Estado de México. Su proyecto de tesis trata sobre la relación entre el ambiente social y el sistema de recompensa.

Arturo Venebra Muñoz
Facultad de Ciencias,
Universidad Autónoma del Estado de México.

Arturo Venebra Muñoz es doctor en neuroetología y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es profesorinvestigador de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma del Estado de México.

     

     
 
cómo citar este artículo
 
Gómez Gómez, Yvette y Arturo Venebra Muñoz. 2017. El paraíso cerebral y las relaciones interpersonales. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 44-51. [En línea].
     

 

 

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Inés Gutiérrez
     
               
               
Mucho se ha hablado sobre la profunda, antigua
y persistente relación entre los humanos y las drogas. No obstante, en las últimas décadas la problemática ha escalado hasta convertirse en un enorme conflicto económico, político, cultural, social y de seguridad que afecta a millones de personas de diversas maneras. Es por causa de esto que desde hace varios años se ha mantenido un debate público mundial sobre las políticas necesarias para contender con todos los problemas que se derivan del uso y abuso de dichas sustancias psicoactivas, comúnmente conocidas como drogas. En dicho debate han participado expertos de múltiples áreas del conocimiento con la intención de integrar documentos e investigaciones históricas y actuales que comprendan todas las aristas de este problema.

Uno de los aspectos centrales a resolver en este gran embrollo es el tratamiento de las personas que han pasado del consumo recreativo y ocasional al consumo compulsivo y perjudicial, usualmente llamados adictos —no se abordará aquí la discusión sobre el lenguaje apropiado para nombrar a tales personas y se referirá a ellas simplemente como adictas. A pesar de que existen lugares especializados para el tratamiento de dichos individuos, la mayoría de ellos regresan —si tienen los medios— tras sucesivas recaídas, y el riesgo de reincidir en el consumo puede permanecer a lo largo de toda su vida. Una de las principales señales de lo problemático del asunto es el hecho de que no existen estadísticas precisas que revelen la efectividad de los centros de tratamiento que hay en el mundo, específicamente en México. Esto podría deberse a que, como grupo, las personas adictas son difíciles de seguir ya que su sistema y autocontrol están irreversiblemente afectados, lo cual los inhibe de perseguir un tratamiento efectivo para ellos. Otra razón podría ser el pobre entendimiento que tiene la sociedad mundial sobre este padecimiento. 
 
El trastorno por consumo de sustancias o adicción se caracteriza por ser una enfermedad del sistema nervioso en la cual el uso compulsivo —intenso y descontrolado— de las drogas persiste a lo largo del tiempo a pesar de haber consecuencias sociales y de salud graves y negativas. Una vez que son adictas, hay personas que responden de manera positiva después de una intervención, recuperando el rumbo de su vida; pero hay otras que nunca se recuperan. 
 
Una de las actividades humanas que ha contribuido al entendimiento de la patología de la adicción es la investigación científica, en especial en el área de la neurobiología. Durante años, quienes se dedican a investigar el sistema nervioso y la manera como el procesamiento de información moldea el comportamiento, han buscado entender la mente de todo tipo de usuarios, desde los que hacen un uso recreativo hasta aquellos que hacen uso perjudicial, así como todos los que están en medio. Gracias a eso tenemos una noción general de las modificaciones que le suceden al cerebro y al cuerpo tras el consumo de una sustancia psicoactiva.Uno de los principales cambios que experimenta el cuerpo en el desarrollo de una adicción es la tolerancia, que es cuando una persona necesita paulatinamente una dosis incrementada de la droga de su preferencia para experimentar las mismas sensaciones que vivió la primera vez que la consumió. Un segundo fenómeno que ocurre en una adicción es el ansia de consumo o craving en inglés, ésta se caracteriza por un deseo intenso de consumo y un sentimiento corporal desagradable. Finalmente está el síndrome de abstinencia, que se describe como el agonizante malestar que experimentan los usuarios cuando los niveles de la droga en la sangre bajan.  
 
También sabemos que las sustancias psicoactivas crean cambios plásticos en el cerebro por distintos mecanismos y que tanto la naturaleza química de éstas cómo el procesamiento distintivo por parte del cuerpo de cada una resultan en que algunas sean más adictivas que otras. Conocemos las distinciones básicas entre los diferentes grupos de drogas: opiáceos (morfina/heroína y oxicodona), psicoestimulantes (nicotina, cocaína y anfetamina), sedantes o hipnóticos (etanol, barbitúricos y benzodiacepinas), cannabinoides (Cannabis), psicodélicos o alucinógenos (lsd, mdma, dmt, mescalina y psilocibina) e inhalantes (tolueno). Estas categorías se han establecido con base en el blanco molecular del sistema nervioso central al que se unen o afectan dichas sustancias. 
 
Hasta hace algunos años, gran parte de la investigación estaba enfocada en entender los cambios ocasionados por las drogas, colocándolas como el factor determinante. Esto llevó a los centros de rehabilitación a concentrarse en mantener a las personas lejos de la droga de su preferencia, confinándolos en un espacio y cuidándolos a lo largo de su desintoxicación para liberarlos nuevamente a la vida cotidiana. Este tratamiento demostró ser muy poco efectivo, no solamente porque la gente recaía constantemente, sino que también, al salir, mostraban un comportamiento cada vez más aberrante, poniendo en riesgo su vida e incluso la de sus personas cercanas y en los casos más graves se encontraban con el desenlace más trágico de una drogodependencia: la muerte por sobredosis.  
 
Esta falla en la rehabilitación de los adictos y la información que se tiene sobre la existencia de otro tipo de adicciones —como a las apuestas, al sexo o al trabajo—, en las cuales no existe ninguna sustancia extraña con potencial adictivo que altere el cerebro, revelan que el problema es mucho más complejo de lo que pensábamos. 
 
En términos muy simples, el paradigma que ha prevalecido para explicar los cambios neurobiológicos que provocan la adicción es el siguiente: cuando un individuo consume una droga, un neurotransmisor llamado dopamina se libera y funciona como una señal placentera que activa el sistema mesolímbicodopaminérgico, esto es, el sistema de recompensa del cerebro. Con el paso del tiempo el individuo desarrolla tolerancia y consecutivamente surgen la dependencia y el síndrome de abstinencia. Esta visión ha sido cuestionada por lo difícil que es para las personas adictas rehabilitarse y por evidencias experimentales que serán descritas a continuación. Así, esta percepción ha funcionado para explicar cómo se crea o establece la adicción, pero ha sido deficiente en ayudarnos a entender por qué se mantiene tan obstinadamente a lo largo del tiempo.  
 
Afortunadamente, está surgiendo un nuevo paradigma, lentamente y aún sujeto a debate, que promete una explicación más integral de las adicciones. Nos concentraremos aquí sólo en lo que guarda relación a la adicción a las drogas, bien a pesar de que, existe la sospecha, los mismos mecanismos actúan en otras adicciones. 
 
Posibles predictores de la adicción
 
A lo largo de la historia del estudio de las adicciones se ha propuesto que existen individuos que son más susceptibles a caer en conductas adictivas que otros y esto se ha intentado corroborar por distintos medios. Mediante estudios indirectos se ha encontrado que aquellas personas con una madre o un padre con una drogodependencia tienen una tendencia a incurrir en este tipo de conductas. Sin embargo, las modificaciones de genes y los genes específicos implicados en esta enfermedad no han sido identificados en humanos. Se ha encontrado una correlación entre la presencia de enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia y la depresión con un aumento en la probabilidad de volverse dependientes de alguna sustancia. Algunos estudios con roedores han relacionado cambios en el núcleo de las neuronas con la preferencia por una droga, como la cocaína.  
 
Recientemente se ha demostrado, mediante estudios con modelos animales y humanos, que el estrés temprano —maltrato y eventos estresantes antes de la pubertad— resulta en cambios permanentes en el sistema neurohormonal y en algunos circuitos neuronales del cerebro que tienen una relación directa con el desarrollo de la adicción. Esto significa que el maltrato infantil ocasiona cambios directos en el sistema nervioso central y lo inclina hacia conductas adictivas. A pesar de ello, una proporción de adolescentes que han vivido estrés temprano severo no desarrollan la patología; estos individuos, por lo general, tienen actividades o amistades que los motivan fuera del ámbito familiar, lo cual les facilita el no volver a caer en conductas adictivas.  
 
Entrelazada con los componentes previamente mencionados, se encuentra la epigenética, esto es, la interacción de los genes y el ambiente. Todas las células que componen a un individuo contienen complementos de adn esencialmente idénticos, y éstas se diferencian para formar tejidos y órganos, diferenciación que se da gracias a una serie de cambios regulados en el potencial de transcripción de cada gen que ocurren por señales ambientales manifestadas mediante la comunicación entre células. Estos procesos o factores epigenéticos que encienden y apagan ciertos genes en momentos y en células específicas no sólo suceden durante el desarrollo embrionario, también funcionan a lo largo de la vida del organismo adulto mediando la adaptación de las células a estímulos ambientales. En una revisión realizada por Alfred Robinson y Eric Nestler en 2011 se compiló toda la evidencia que existe sobre cómo estos factores epigenéticos en las neuronas son directamente afectados por las sustancias psicoactivas y crean cambios estables en el cerebro.  
 
Antes de que un individuo comience a consumir una sustancia de abuso podría ser que estos tres agentes (factores genéticos, epigenéticos y estrés temprano) hayan modificado el sistema, dejándolo propenso a engancharse en comportamientos adictivos. Esto no ha sido comprobado de manera contundente, así que por ahora sólo significa que existe una relación entre estos factores y la adicción, pero no implica que si alguien presenta todas estas características o solamente una y consume una sustancia psicoactiva vaya a desarrollar la patología o que éstas sean las únicas causas de una predisposición. 
 
Mecanismos de memoria 
 
Como se ha mencionado previamente, la adicción es un trastorno que persiste durante demasiado tiempo, incluso muchos años después de que la persona se ha desintoxicado y curado de los síntomas de la abstinencia. Por lo tanto, la noción preexistente que concibe a la adicción como una afectación neurobiológica producida por las propiedades placenteras de las drogas debe de ser reevaluada. Una de las propuestas más recientes involucra descubrimientos a nivel molecular, celular, sistémico, de comportamiento y computacional que apuntan a la idea de que la adicción representa un funcionamiento patológico y aberrante de los mecanismos de memoria y aprendizaje que bajo condiciones normales subyacen a la supervivencia, moldeando comportamientos relacionados con la búsqueda de recompensas. Este nuevo paradigma no pretende desechar el conocimiento previo sobre el sistema de recompensa, sino incluirlo en un panorama mucho más amplio. 
 
Se considera que el aprendizaje es la adquisición de información nueva por parte del cerebro y que se manifiesta en la formación de una nueva sinapsis entre dos neuronas; la memoria es el proceso mediante el cual dicha información es codificada y almacenada para después ser recuperada y utilizada, y puede ser clasificada en memoria de corto plazo y memoria de largo plazo.  
 
La memoria de corto plazo es consecuencia de la sensibilización temporal de una sinapsis previa, mientras la de a largo plazo surge debido al reforzamiento constante de una sinapsis previa mediante la activación de genes específicos y la síntesis de proteínas. La estructura cerebral que más se ha relacionado con el aprendizaje y la memoria es el hipocampo. 
 
Para que una especie sea exitosa y sobreviva, los organismos deben buscar y obtener los recursos necesarios para ello —comida y agua—, así como buscar oportunidades para reproducirse; esta búsqueda debe llevarse a cabo a pesar de costos y riesgos y en ella está involucrada la memoria de largo plazo. En los mamíferos, estas metas naturales —comer o aparearse— funcionan como recompensas y se persiguen bajo la anticipación de que su consumo o consumación producirán resultados benéficos, como obtener la energía necesaria para llevar a cabo sus actividades o concebir un hijo. Estas recompensas y anticipación involucran comportamientos que son positivamente reforzantes —que persisten y aumentan a lo largo del tiempo en vista de un desenlace positivo. Por otro lado, existen sensaciones internas, como el hambre, la sed o el deseo sexual, que incentivan dichos comportamientos. Además, hay señales ambientales que se relacionan directamente con la meta: la visión o el olor de la comida, el aroma de una hembra en celo; éstas inician o fortalecen estados de motivación que hacen más probable que el organismo lleve a cabo una serie de acciones complejas, como cazar o buscar pareja. Con el paso del tiempo, dichas secuencias de acciones conductuales se vuelven automáticas —se convierten en hábitos— pero permanecen lo suficientemente flexibles para responder a una serie de eventualidades, entre las cuales están la intoxicación por comida o el rechazo de una posible pareja, llamados reforzadores negativos. Todo esto significa que existen mecanismos neurobiológicos específicos que han evolucionado y como consecuencia le dicen al organismo: “pase lo que pase, sigue haciendo esto pues es indispensable para la supervivencia de nuestra especie”. La memoria es fundamental en todo ello. 
 
Las drogas y el cerebro 
 
Las drogas crean patrones conductuales que recuerdan a aquellos provocados por recompensas naturales; sin embargo, los comportamientos adictivos destacan por su capacidad de sobreponerse a casi cualquier otra meta, reduciendo el conjunto de objetivos propios de un individuo a sólo el de buscar y consumir la sustancia a la que éste se ha vuelto dependiente. Bajo tal visión, la abstinencia podría ser considerada análoga al hambre, la sed o el deseo intenso de aparearse. Adicionalmente, las recaídas después de la desintoxicación son disparadas comúnmente por claves contextuales asociadas al consumo de la droga, como estar acompañado de cierta gente, en lugares especiales, la parafernalia o la sensaciones corporales que estaban ahí antes, durante y después del uso de la sustancia psicoactiva, etcétera. 
 
Existen tres aspectos fundamentales para la persistencia de la adicción, los cuales involucran estructuras cerebrales diferentes —se diferencian por su posición en el cerebro y el tipo de neuronas que predominan— y circuitos de comunicación específicos entre ellas; éstos son: los procesos moleculares y celulares mediante los cuales los comportamientos de búsqueda de una droga se convierten en hábitos compulsivos; los mecanismos neurobiológicos que perpetúan el riesgo de recaer; y los mecanismos por los cuales las claves ambientales asociadas a las drogas terminan por controlar el comportamiento. La integración de los tres podría llevarnos a un entendimiento más completo de la enfermedad. 
 
Hábitos compulsivos 
 
La dopamina ha sido considerada como el neurotransmisor predominante en esta patología, y se había establecido que ésta envía una señal de placer que activa el sistema de recompensa, ocasionando que el organismo prefiera la droga por sus propiedades placenteras. Sin embargo, esto ha sido debatido, ya que en los estudios con animales (roedores principalmente) manipulados para tener niveles muy bajos de dopamina, tanto sus conductas de búsqueda de la droga como su preferencia por agua azucarada sobre agua simple no cesaban; ambas tienen propiedades placenteras intrínsecas. 
 
Esta información llevó a otros autores a proponer que la dopamina promueve el aprendizaje recompensado, funcionando como un puente entre las propiedades placenteras de la meta y las acciones, y promoviendo el comportamiento asociado a la búsqueda de recompensas o metas. Las proyecciones de neuronas dopaminérgicas desde el área ventral tegmental hacia el núcleo accumbens, la corteza prefrontal y la amígdala forman un circuito que tiene un rol crítico en moldear comportamientos de búsqueda de la droga. 
 
Otro estudio propone que el cambio del uso voluntario al uso compulsivo representa una transición de la información que al principio activa predominantemente la corteza prefrontal y pasa a activar el cuerpo estriado mediante la señalización de neuronas dopaminérgicas. A pesar del protagonismo de la dopamina, existe un actor secundario que también participa en la historia: la norepinefrina. Se cree que este neurotransmisor se libera en la corteza prefrontal y acompaña la liberación de dopamina en el núcleo accumbens; ambas estructuras son críticas en comportamientos recompensados. 
 
Algunos estudios sobre las neuronas apuntan a que la persistencia de las adicciones está basada en la remodelación de sinapsis y circuitos neuronales que bajo condiciones normales se asocian con la memoria de largo plazo. Esto significa que el circuito involucrado en este tipo de memoria está tan afectado que las neuronas sufren modificaciones en su forma y las conexiones entre áreas funcionales del cerebro se restablecen, fortalecen o debilitan. Esto podría darse tanto por la intensificación como por la reducción mantenida de la señal entre dos neuronas. 
 
El riesgo de recaer 
 
En el cerebro existen niveles basales de neurotransmisores que pueden ser afectados. Se cree que el aumento espontáneo y disparado de dopamina en ciertas áreas del cerebro podría actuar como una predicción de una recompensa positiva y que dicha anticipación podría ser el trasfondo del momento de euforia que sucede antes de consumir la droga —conocido comúnmente como rush. Ese momento es uno de los elementos más difíciles de ignorar y reemplazar para las personas dependientes, ya que para ellos no existe ninguna otra sensación comparable y no hay nada que pueda provocarla si no es la droga.  
 
Para que los comportamientos dirigidos por recompensas se lleven a cabo de manera exitosa deben efectuarse acciones complejas que permanezcan a pesar de obstáculos y distracciones. La corteza prefrontal, junto con su comunicación con otras áreas, está encargada de representar las metas, de asignarles un valor y seleccionar las acciones específicas y necesarias para conseguir la meta. Se ha hipotetizado que para que se actualice la información dentro de la corteza prefrontal debe haber una liberación de dopamina en forma de ráfaga. Las drogas podrían estar produciendo una señal altamente distorsionada y potente de dopamina; este bombardeo excesivo tanto en la corteza prefrontal como en el núcleo accumbens y el estriado dorsal podría disminuir la respuesta de las recompensas naturales.  
 
Todo esto podría explicar por qué las personas adictas dejan de buscar otras actividades o gustos personales y por qué las drogas cobran un papel tan importante para ellos. El sistema está tan afectado que su visión se reduce a perseguir la euforia, a pesar de estar conscientes del daño ocasionado por las drogas. 
 
Claves ambientales 
 
La dopamina informa al sistema sobre el estado motivacional del organismo, pero estas neuronas no tienen la capacidad de representar la especificidad de las claves contextuales asociadas a la droga, por lo que es aquí donde entra en acción otro neurotransmisor: el glutamato. Los mecanismos de aprendizaje asociativo están involucrados en esto y dependen principalmente de neuronas de glutamato y de su interacción con neuronas de dopamina en estructuras cerebrales como el núcleo accumbens, la amígdala, la corteza prefrontal y el estriado dorsal. 
 
Los receptores de ciertos neurotransmisores como el glutamato, la dopamina, los opioides endógenos y los endocannabinoides se activan de manera coordinada cuando el individuo es expuesto a las claves ambientales asociadas al consumo de la sustancia adictiva. Asimismo, la regulación al alza o baja de la expresión de un gen o una proteína específica podría explicar el aumento en la respuesta a la droga y a las claves contextuales que predicen su consumo. No obstante, existe una estructura que antes no era considerada en los circuitos implicados en la adicción: la corteza insular. 
 
Corteza insular
 
La ínsula o corteza insular es una estructura del cerebro que ha sido relacionada con la integración de las sensaciones viscerales y las capacidades cognitivas de los humanos. Recientemente ha llamado la atención de los investigadores que se dedican a estudiar las adicciones debido a que, en 2007, un grupo de investigadores encontró en un estudio retrospectivo que un conjunto de fumadores compulsivos —fumaban más de una cajetilla diaria— que habían padecido un infarto cerebral y presentaban un daño en la ínsula reportaban haber dejado de fumar sin problemas de recaídas ni sentir el ansia de consumo después del infarto; parecía que se les había olvidado su adicción. Por otro lado, un grupo de fumadores compulsivos que también habían tenido un infarto cerebral, pero que presentaban daños en otras estructuras y no en la corteza insular, seguían siendo adictos o habían tenido dificultad para dejar de fumar. Lo más sorprendente es que las personas que tenían daños en la corteza insular no reportaban una disminución en las ganas de comer o el deseo sexual.
 
A la luz de esta nueva información se han realizado en México y en el mundo investigaciones con modelos animales y humanos que intentan resolver el papel que tiene dicha estructura en el trastorno por sustancias de abuso, un papel que parece ser esencial. 
 
En un estudio realizado por Marco Contreras y su equipo, entrenaron a un grupo de ratones para que asociaran una clave visual con el consumo de anfetamina, a la vez que se les había insertado cánulas —tubos muy delgados de acero inoxidable— en ambos hemisferios del cerebro, las cuales llegaban directamente a la corteza insular. En el momento en que los ratones mostraban una preferencia contundente por el lugar en el que se les inyectaba anfetamina —es decir, ya eran adictos—, por medio de las cánulas se les introdujo lidocaína; el efecto de esta sustancia fue bloquear los canales de sodio de las neuronas, lo que resultó en una inactivación reversible de la corteza insular. Durante esta inactivación temporal se les realizó una prueba a los ratones y se vio que dejaban de preferir el lugar asociado a la droga; una vez que el efecto de la lidocaína pasaba, regresaban a preferir el lugar. 
 
En otra serie de estudios con imagenología cerebral —resonancia magnética usada para mapear la actividad del cerebro— se demostró que la corteza insular se activa cuando a las personas adictas se les expone a las señales ambientales asociadas a la droga que desencadenan el ansia de consumir. 
 
Así, a pesar de que esta estructura ha sido ignorada en la mayor parte de la literatura sobre adicciones y su participación todavía es controversial, algunos expertos sugieren que en la ínsula están representadas las sensaciones corporales asociadas al consumo de la droga —como los efectos cardiovasculares, gastrointestinales o de las vías aéreas que se experimentan con el consumo de la droga— y que ésta representación se activa cuando el sujeto es expuesto a claves que han sido previamente asociadas al consumo del estupefaciente. Por ende, se cree que dicha estructura es una de las encargadas de mantener la adicción a lo largo del tiempo. 
 
Un nuevo paradigma 
 
Esta nueva visión, que involucra diversos mecanismos y estructuras del sistema nervioso, coloca las adicciones en un contexto mucho más amplio y nos permite estudiarlas desde distintos ángulos y proponer intervenciones y tratamientos en diferentes momentos.  
 
En ella se integra el sistema mesolímbicodopaminérgico con la activación de genes y síntesis de proteínas involucrados en la memoria, las cuales conducen a dicho sistema a funcionar de manera anormal. Asimismo, ésta nos lleva a comprender que, no obstante lo que se pensaba anteriormente, la patología en cuestión es sumamente compleja y apenas estamos acercándonos a comprenderla; es una enfermedad que involucra algunas de las cuestiones evolutivas más importantes para nuestra especie sobre las cuales no tenemos control. 
 
Aunque todavía falta mucho por saber y no exista un consenso que afirme que la adicción es una enfermedad multifactorial, tenemos información objetiva suficiente para afirmar que la empatía y los incentivos sociales para ampliar el espectro de actividades que una persona pueda llevar a cabo sirven como herramientas de terapia que permiten aumentar la resiliencia de los individuos. Nos ayuda también a entender que, para que una persona pase de un uso ocasional o recreativo a la búsqueda compulsiva de una droga, necesita pasar mucho tiempo y que deben establecerse cambios permanentes en el cerebro.  
 
Esto fundamenta de igual manera la posibilidad de intervenciones tempranas en personas que estén en riesgo, lo cual, aunado a nuevos fármacos, la estimulación magnética transcraneana —forma no invasiva ni dolorosa de estimulación de la corteza cerebral basada en pulsos magnéticos— y otras innovadoras técnicas moleculares con blancos específicos en las distintas vías de señalización, prometen un tratamiento más efectivo e integral de esta terrible enfermedad. 
 
Finalmente, este nuevo paradigma nos plantea la posibilidad de dejar de ver a las personas adictas como fracasados sociales y merecedores de su padecimiento. Un informe acerca de los centros de rehabilitación en América Latina emitido por la Open Society Foundation reporta que en México operan 2 027 centros, de los cuales sólo 12% cumple con la Norma oficial; el resto son de iniciativa privada y, por no estar regulados por el gobierno, en ellos ocurren violaciones graves a los derechos humanos, así como maltrato, tortura, humillación, confinamiento sin consentimiento, abuso físico y psicológico y descuido, empleados como supuestos mecanismos de terapia. Dicha situación no sólo refleja la ineficiencia e incapacidad del gobierno para cumplir con la obligación que tiene de prevenir los abusos, sino que también habla del pobre entendimiento que tenemos sobre lo que en realidad significa ser dependiente de una droga, de las ideas erróneas que han permeado la sociedad y desencadenado que se rechace, discrimine, criminalice y satanice a tales personas.  

Es momento de reflexionar y dejar de usar el término drogadicto tan indiscriminadamente. Por su parte, los científicos y el sector gubernamental deben continuar generando e integrando la información necesaria para proponer terapias actualizadas. Está en nuestras manos empoderarnos mediante la información actual, así como romper, poco a poco, los prejuicios que tenemos sobre las personas adictas, ya que éstas son personas que viven en un estado de sufrimiento perpetuo y mucho de ese sufrimiento se debe a que son malentendidas.

     
Agradecimientos

Quiero agradecer al Dr. Federico Bermúdez Rattoni por orientarme en la elaboración de este escrito, por ayudarme a aclarar mis ideas y comunicarlas de la manera más clara posible, pero sobre todo por su paciencia e interés.
     
Referencias Bibliográficas
 
Contreras, M., F. Ceric y F. Torrealba. 2007. “Inactivation of the interoceptive insula disrupts drug craving and malaise induced by lithium”, en Science, vol. 318, núm. 5850, pp. 655-658.
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Robison, A. J., y Nestler, E. J. 2011. “Transcriptional and epigenetic mechanisms of addiction”, en Nature Reviews Neuroscience, vol. 12, pp. 623-637.

     

     
Inés Gutiérrez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Inés Gutiérrez es estudiante de la carrera de biología, en la Facultad de Ciencias de la UNAM y realiza su tesis en el Laboratorio de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria a cargo del doctor Federico Bermúdez en el apartado de neurociencias del Instituto de Fisiología Celular.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Gutiérrez, Inés. 2017. La adicción a las drogas o el rapto de los mecanismos de la memoria hacia un nuevo paradigma. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 30-40. [En línea].
     

 

 

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La despenalización
de
la marihuana:

de la debilidad del Estado a la Fuerza de la sociedad civil

122B01   
 
 
 
Francisco Fernández de Miguel
 
                     
En noviembre de 2015, la Suprema Corte de Justicia
de la Nación falló a favor del proyecto del magistrado Arturo Saldívar para otorgar un permiso para la portación, producción sin fines de lucro y consumo legal de la marihuana a Armando Santacruz, Francisco Torres Landa, Josefina Ricaño y José Pablo Giraul Ruiz, todos ellos miembros de México Unido Contra la Delincuencia y creadores de la Sociedad Mexicana de Autoconsumo Responsable y Tolerante. La negación al permiso previamente solicitado a la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios abrió las puertas para que el abogado Andrés Aguinaco solicitara el amparo cuidadosamente planeado, cuyo fallo dio un giro inesperado a la política antidrogas y se convirtió en un parte aguas histórico al demostrar la fuerza de la sociedad civil en la toma de decisiones racionales y fundamentales para nuestro futuro inmediato y en particular para el tema de la despenalización de las drogas. 
 
Buscando obtener cuatro sentencias similares para generar una jurisprudencia respondí junto con Luis Lemus a una invitación de mi querida colega Herminia Pasantes, profesora emérita del Instituto, para solicitar junto con Josefina Santacruz, Josefina Racotta, Sara Snapp y Aram Barra nuestros propios permisos. En paralelo, el mismo grupo de activistas había trabajado cuidadosamente en la estrategia para lograr los permisos para el uso medicinal de la marihuana. 
 
Aquí presentaré mis posturas como científico acerca de esta iniciativa y explicaré por qué solicité mi permiso y posterior amparo. El extenso número de artículos recientes me evitan revisar aquí los mitos y realidades del daño o beneficios personales del uso la marihuana y los cannabinoides. Basta con resumir que en los adultos hay un índice de adicción de aproximadamente 10%, que la mayoría de los mexicanos la han usado sólo experimentalmente —o sea hasta cinco veces— y que en los adolescentes su uso continuo afecta al desarrollo cerebral permanentemente. Esta información basta para justificar la despenalización de la marihuana y avanzar en la creación de mecanismos para enfrentar los retos de esta decisión. 
 
Me interesa aclarar que, como científico, no me dedico a estudiar la marihuana ni sus efectos y tampoco soy su usuario. Mi decisión de solicitar el permiso y el amparo fue personal, como ciudadano adulto y responsable de mí mismo, aunque mi formación científica y mis experiencias personales me han convencido de que la legalización solucionará un problema que va más allá de la marihuana misma y abarca al resto de las drogas de abuso con las consecuencias sociales, económicas y políticas que nos están causando. En las saturadas cárceles mexicanas sobreviven 12 000 reos acusados por el uso, portación o venta de marihuana, crimen que ha prescrito en países como Holanda y Portugal, que además han despenalizado el uso de todas las drogas sin que se haya incrementado el consumo ni la criminalidad. 
 
También me interesa enfatizar que la participación ciudadana se ve indispensable para generar soluciones a problemas fundamentales que nos están asfixiando ante la ineficiencia de nuestros gobernantes. Mi tesis se basa en que nuestro Estado ha tocado fondo y sus vicios históricos han privilegiado la adopción de medidas punitivas y muchas veces represivas de corte anticuado sobre aquellas basadas en el conocimiento. Esto aunado a la corrupción y a las crisis económicas recurrentes que han agotado las soluciones convencionales a los crecientes problemas. 
 
Partiendo de mi visión de la historia de los últimos cincuenta años, con el fin de ilustrar el deterioro gradual de las instituciones políticas, el mantenimiento de las prácticas prerrevolucionarias decimonónicas en todos los partidos y cómo esto ha deteriorado a México al nivel casi irreversible en el que está hoy. Veo nuestro futuro muy alejado al de cualquier país desarrollado. Las soluciones, en mi opinión, deberán venir de la sociedad civil con una participación amplia y responsable de los académicos e intelectuales. 
 
La clase política mexicana está tradicionalmente disociada de las necesidades nacionales y el establecimiento de la política económica basada en las leyes del mercado dejó atrás hace tres décadas cualquier proyecto de nación. El Partido Revolucionario Institucional, que ha respetado fielmente la alternancia de poderes, ha sido artífice de innumerables prácticas antidemocráticas, comenzando por la mala educación que hemos recibido en sus gobiernos. Más aún, ese partido aglutinante de todos los revolucionarios adoptó rápidamente la herramienta más criticada de la paix porfiriana: la política de pan o palo; así, en las décadas que me ha tocado vivir, las fantasías oníricas de la ingenua clase media mexicana —tan bien descritas por Chava Flores— en épocas de opulencia nos crearon la ilusión de vivir un idilio nacional infinito que acabó por despertarnos inmersos en una pesadilla cuya magnitud actual no hubiéramos predicho en los tiempos de mi infancia. 
 
Tocando fondo 
 
Tras su toma de posesión en 2006, Felipe Calderón de inmediato declaró la guerra al narcotráfico. Su fanatismo y malas estrategias generaron la carnicería más grande en este país desde la revolución de 1910. Su pésima administración nos fue recompensada con el regreso del Partido Revolucionario Institucional, que seguía siendo uno de los partidos políticos más poderosos del mundo al conservar la mayoría de las gubernaturas y alcaldías del país, políticos experimentados, disciplinados y a prueba de honestidad, además de una estructura electoral resistente a todo. Irremediablemente, en 2012 el Partido Revolucionario Institucional convirtió a Enrique Peña Nieto en el nuevo presidente. Por segunda ocasión consecutiva las elecciones eran impugnadas sin éxito ante las crecientes evidencias de fraude y la decepción de muchos, incluido el neocacique de la izquierda Andrés Manuel López Obrador que, tal y como ocurría en el México del siglo xix, había contendido apenas por segunda ocasión. 
 
Ninguno de los dos candidatos del Partido Acción Nacional que ocuparon la presidencia de la República surgieron de un proceso democrático al interior de su partido, sino del secuestro del mismo en el periodo pre electoral. Por su parte, el Partido de la Revolución Democrática y ahora el Movimiento Regeneración Nacional se fundaron circunstancialmente dando seguimiento a un candidato fuerte y en principio honesto y genuino que a la larga se perpetuó.  
 
A pesar de que con López Obrador y Marcelo Ebrard la Ciudad de México tuvo mejoras notables, el Partido Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y el Movimiento Regeneración Nacional han sido fieles al caciquismo de gran tradición en el México decimonónico y, desde luego, a la corrupción. En todo este proceso de pugnas partidistas, malos gobiernos y crisis económicas, los cárteles de las drogas dominaron el país y se diversificaron. 
 
En el sexenio de Peña Nieto la fallida guerra contra el narcotráfico continúa inalterada y la cantidad de muertos pasó ya de 200 000; una buena cantidad del escaso producto interno bruto se destina a armamento; el ejército y la armada se convirtieron en policías, las instituciones, los gobiernos locales y los partidos políticos están infiltrados por el crimen organizado y la sociedad civil desprotegida soporta cotidianamente la ausencia del estado de derecho.  
 
Las matanzas de jóvenes han seguido con la participación combinada de fuerzas policiales y sicarios de cárteles locales. En 2010, dieciséis estudiantes fueron masacrados en el fraccionamiento Villas de Salvárcar de Ciudad Juárez. Los perpetradores fueron presuntos narcotraficantes y presumiblemente paramilitares. En ese mismo año hubo casi 2 200 muertos en Ciudad Juárez. Más recientemente tuvimos la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa a manos de fuerzas municipales en combinación con grupos de narcotraficantes. Además, están los exterminios y torturas perpetrados por el ejército. La miseria rural y urbana ha sido caldo de cultivo para nutrir a los cárteles. Las fosas comunes se multiplican, hay miedo y poblaciones abandonadas, nuevos cárteles aparecen con armamentos y equipo de telecomunicaciones tan sofisticado como el del ejército y por lo general procedente de los Estados Unidos, el principal consumidor de droga en el mundo, aportando cerca de 10% de su población. En México, el consumo y el crimen aumentan y se diversifican, los muertos aparecen en todas partes y no vemos una salida clara al problema. 
 
La sociedad civil 
 
Ante esto, la participación ciudadana ha dado resultados importantísimos como el de la Sociedad Mexicana de Autoconsumo Responsable y Tolerante o más recientemente la iniciativa ciudadana para la ley 3de3. La primera nos demostró una vez más cómo la sociedad puede impactar la toma de decisiones fundamentales. Su iniciativa fue impecable desde dos puntos de vista: en primer lugar, actuó responsablemente al usar un amplio caudal de conocimiento científico, social y legal para su planeación; lo segundo es que nos evitó un problema que no estamos listos para resolver mediante una votación. 
 
En nuestra incipiente democracia, el sufragio ha empezado a ser efectivo en lugares como la ciudad de México, al menos desde hace casi dos décadas, aunque las dos elecciones federales recientes han sido impugnadas. Sin embargo, hay una barrera más que no hemos podido saltar y es que en una verdadera democracia no basta con votar. La efectividad del sufragio requiere conocer a fondo las consecuencias del voto. Como ejemplo pongo la construcción de los segundos pisos en esta ciudad. Un referéndum para decidir su construcción debería ser inválido si la población no sabe quién se beneficiará, cuáles son las alternativas, por qué es preferible a una línea del metro, cuáles son los costos. Las actuales propuestas de incorporar referendos y plebiscitos a la nueva constitución de la ciudad de México es demagógica si no nos educamos para comprender las propuestas a fondo. 
 
Despenalización de la marihuana 
 
En este orden de ideas, la propuesta del presidente de la República para hacer una votación acerca de la despenalización de la marihuana resultó tardía, por un lado, y demagógica por el otro. Si sumamos a esto la influencia del clero en la toma de decisiones, el confiar la despenalización de la marihuana a las urnas hubiera contaminado el proceso con la ignorancia, el miedo y los mitos. Es entonces fundamental que tengamos campañas nacionales de educación para exponer información clara y sin sesgos, sobre todo ahora que el proceso está en su inicio. Estoy convencido de que sin la Sociedad Mexicana de Autoconsumo Responsable y Tolerante el presidente Peña no hubiera abogado ante la Organización de las Naciones Unidas la despenalización de la marihuana. 
 
Viendo hacia adelante nos quedan puntos importantes a resolver, como el diseño de los mecanismos para la liberación y reinserción de los convictos a la sociedad, la educación pública, en particular la dirigida hacia los adolescentes, la determinación de los criterios de prevención, los mecanismos para el comercio local y la exportación, el apoyo a programas de investigación científica, el control de calidad y los programas de salud y rehabilitación que requeriremos. Esto será también el inicio de una discusión más amplia acerca de las implicaciones de la despenalización del resto de las drogas, partiendo por ejemplo de las experiencias de Holanda y Portugal, pero adaptándolas a nuestros enormes problemas. 
 
La despenalización a nivel federal me permite otra profecía interesante. La llegada del primer ministro Justin Trudeau a Canadá llevó consigo la propuesta de despenalizar la marihuana con base en años de investigación y discusión sobre sus usos medicinales y lúdicos. De ser así, los Estados Unidos quedarían en medio de nosotros con un proceso inconcluso y retrasados con respecto de sus vecinos y socios comerciales, lo que catalizará la despenalización a nivel federal y la distensión del problema. 
 
Por lo pronto, en México un grupo de la sociedad civil ya dio el primer paso. Veremos si nuestros gobiernos están capacitados para desarrollar el resto con eficiencia y honestidad. A la sociedad civil y en particular a los académicos e intelectuales en general nos toca de aquí en adelante aportar nuevas ideas, impulsar su implementación y asumir un papel más crítico y exigente ante todos los problemas que tenemos aún enfrente. 
 

     
 _______________________________________________      
Francisco Fernández de Miguel
Instituto de Fisiología Celular,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_________________________________________________      
 
cómo citar este artículo 
 
Fernández de Miguel, Francisco. 2017. La penalización de la marihuana: de la debilidad del Estado a la fuerza de la sociedad civil. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 12-16. [En línea].
     

 

 

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La diversidad de cannabis: del cáñamo a las variedades híbridas
122B02   
 
 
 
Carlos Zamudio
 
                     
La cannabis es conocida por la humanidad desde
hace miles de años. Se sabe que los chinos la usaban por sus fibras desde hace más de 6 000 años y medicinalmente hace más de 4 000, que en India la usaban ritualmente cuando menos desde hace 3 000 años, y que los griegos la usaban también medicinalmente 2 500 años atrás. Pero lo que está muy poco difundido es que la cannabis es una de las especies cultivadas por la humanidad con mayor variedad genética. 
 
La cannabis es una planta de la familia Cannabaceae, género Cannabis, con tres especies conocidas: C. sativa, C. indica y C. ruderalis. Es originaria del Hindú Kush, zona localizada entre Asia central y Asia meridional, pero se ha extendido por prácticamente todas las regiones del mundo a causa de sus múltiples usos.  
 
La Cannabis sativa L. fue clasificada en 1750 por el mismo Carlos Linneo. Es una planta de 2 a 4 metros de altura, de internudos separados, poca densidad foliar, foliolos delgados y maduración lenta (de ocho y hasta catorce meses). Tipo árbol. El tallo se usa como fibra textil, las semillas como alimento y la flor para efectos psicoactivos. Su efecto psicoactivo es estimulante, más físico que mental y es considerado como high. En México ha sido tradicionalmente conocida como “yerbita vaciladora”. 
 
La Cannabis indica Lam. fue descrita por primera vez en 1783 por el naturalista francés Jean Baptiste Lamarck. Es una planta de baja estatura, regularmente menor a 1.5 metros de altura, con distancia internudos intermedia y alta densidad foliar, con hojas grandes y foliolos anchos y maduración intermedia (de cuatro a siete meses). Tipo arbusto. Las variedades índicas producen flores más compactas y resinosas y con mayor proporción de cannabinoides que las sativas. Las flores y la resina de las hojas, se utilizan por su efecto psicoactivo, el cual es narcótico, es más mental que físico y causa somnolencia, por lo que es considerado como stone. 
 
El cáñamo en América 
 
Debido a las resinas que la hacen resistente a la pudrición por el agua salada, la fibra del cáñamo fue la mejor opción para los cordajes y velas de los barcos de ultramar, cuando menos hasta la invención de materiales sintéticos. Fue por esto que vía marítima la cannabis llegó a prácticamente todas partes del mundo, los marineros solían cargar semillas para cultivar y obtener la fibra del cáñamo en caso de naufragio. 
 
De este modo, de la mano de los españoles la cannabis llegó a México bajo el nombre de cáñamo. Su cultivo fue introducido e impulsado por la Corona española durante los primeros años de la Colonia, aunque pocos años después fue proscrita la producción a causa de que “los indios la usaban para algo distinto a confeccionar cuerdas”. Sin embargo, la cannabis continuó reproduciéndose y al paso de los años se adaptó al entorno tropical y dio paso a una diversificación de variedades. 
 
Landraces de marihuana 
 
Las landraces son cepas de cannabis que se han desarrollado en un mismo lugar durante varias generaciones y que al adaptarse al entorno han desarrollado características distintivas. Las landraces fueron dadas a conocer por amantes de la cannabis que, al viajar por el mundo, encontraron marihuanas con diferentes sabores, colores y efectos, y llevaron semillas a sus países de origen para cultivarlas o combinarlas con otras variedades conocidas. Es el caso de la acapulco gold, variedad de cannabis sativa que fue introducida en Guerrero como cultivo con fines textiles, pero que desarrolló proporciones importantes de resinas con tetrahidrocannabinol, probablemente al adaptarse al trópico mexicano. 
 
La sativa mexicana es una landrace de apreciado efecto estimulante y un contenido de tetrahidrocannabinol superior a 7%. Su genética forma parte de una gran cantidad de variedades híbridas con predominancia sativa. Otras landraces famosas son punto rojo colombiana, kazajstán ruderalis, índica afgana, sativa tailandesa y rooibaard sudafricana (barbarroja), entre otras. 
 
En California se ha desarrollado una gran diversidad de cruzas, cuyo resultado ha sido la multiplicación de variedades que combinan características de sus predecesoras en diferentes grados. A éstas se les conoce como variedades híbridas. 
 
Las variedades híbridas  
 
Son el resultado del cruce de plantas de variedades distintas con el fin de acentuar alguna característica biológica, la cual se estabiliza posteriormente para ser conservada en las siguientes generaciones. Con este objetivo se han cruzado landraces y variedades híbridas que combinan características de sativas e índicas, y cada vez más de la C. sativa ruderalis. Las características buscadas dependen del uso que se pretenda; las plantas se valoraran por su tamaño, volumen de producción, rapidez de crecimiento, resistencia al frío y plagas, características organolépticas (color, textura, aroma y sabor), mayor proporción de tetrahidrocannabinol, de cannabinoides o de ambos, incluso una proporción similar de ellos. Dichas particularidades son sólo algunas de las que son estimuladas por bancos semilleros, genetistas, científicos y profanos de diversas partes del mundo. 
 
Las variedades híbridas se han desarrollado principalmente a partir de la década de los setentas, cuando la generación hippie extendió el consumo de cannabis entre la juventud de los Estados Unidos. Éstas se han extendido principalmente en países donde algunas características son apreciadas, por ejemplo en lugares en donde los períodos de luz solar son más cortos que en los trópicos, se favoreció el cruzamiento de variedades con dominancia índica, que tienen un ciclo de maduración más corto que el de las sativas; pero además el menor tamaño de las variedades índicas las hace más fáciles de ocultar, lo que favorece su demanda por muchos cultivadores de países donde se mantiene la ilegalidad de la planta. 
 
Esta misma situación de ilegalidad ha llevado a que en décadas recientes aparecieran variedades con dominancia de ruderalis; debido a que el período de maduración es corto (menor a tres meses) y permite una producción rápida. Otra característica genética por la que han cobrado vigencia las variedades de ruderalis es su capacidad de florecer independientemente del fotoperiodo disponible durante su cultivo, en otras palabras, estas variedades desarrollan flores incluso cuando tienen cortos períodos de luz, lo hacen “de forma automática”, razón por la cual son conocidas como autoflorecientes. 
 
Si bien existe en la actualidad una gran diversidad de variedades de cannabis, las cepas más conocidas y de las cuales proviene la inmensa mayoría de híbridos actuales son tres: kush, haze y skunk. 
 
Kush es originaria de el macizo Hindú Kush, ubicado entre Afganistán y Pakistán, donde se cultiva ancestralmente. Las kushs son el referente de las variedades índicas en el mundo cannábico y son reconocidas por su alta potencia narcótica. Uno de los más famosos híbridos actuales es el O. G. kush, combinación de lemon thai, chemdawg y old world paki kush, que fue estabilizada en Los Ángeles, California y cuyas plantas pueden alcanzar 20% de contenido de tetrahidrocannabinol. Las variedades de kush también son cultivadas para su uso medicinal debido a que contienen una alta proporción de cannabinoides. 
 
Haze (neblina) es un grupo de variedades de cannabis 100% sativa, originado en Santa Cruz, California. Son una combinación genética de sativas landraces de México, Colombia, India y Tailandia. La purple haze y la silver haze son dos variedades muy conocidas. Las hazes son parte de un grupo representativo de las variedades sativas en el mundo del cannabis. 
 
Skunk (zorrillo) es un grupo de variedades que combinan características sativas con índicas, su rasgo distintivo son los aromas que desprende la flor madura. La skunk número 1 continúa siendo una de las variedades favoritas. Otras hibridaciones famosas con base en ésta son la critical mass y la super skunk.  
 
Finalmente 
 
No es posible saber con precisión cuántas variedades híbridas existen actualmente, ya que continuamente aparecen nuevas desarrolladas en alguno de los bancos de semillas o genetistas. Pero basta darse una vuelta por algún coffeshop holandés, un dispensario californiano o alguna de las múltiples ferias del cannabis alrededor del mundo para ver una muestra de la gran diversidad de variedades existentes. Considerando el desarrollo de la medicina cannábica en la década reciente, lo más probable es que la oferta de variedades continuará incrementándose. 
     
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Carlos Zamudio
Director de la Biblioteca Cannábica del Centro
Cultural La Pirámide.
     
_________________________________________________      
 
cómo citar este artículo 
 
Zamudio, Carlos. 2017. La diversidad de cannabis: del cáñamo a las variedades híbridas. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 26-29. [En línea].
     

 

 

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Rodrigo Pérez Ortega
     
               
               
La marihuana es una planta que ha sido utilizada desde
hace miles de años por la humanidad con diversos fines, desde la producción de papel y textiles hasta por sus efectos psicoactivos y sociales. No obstante, en la década de los treintas algunos países como Estados Unidos decidieron prohibir su consumo. Uno pensaría que las razones lógicas de esta legislación estaban apoyadas en estudios científicos serios que demostraban que las personas podían desarrollar una adicción fisiológica hacia la marihuana y que sus efectos eran nocivos para la salud, además de ser un problema de salud pública; pero lamentablemente no fue así. La historia de la prohibición del uso de la marihuana es una de motivos viles, de racismo, de manipulación, de prensa amarillista, de intereses corporativos y de legisladores corruptos e ignorantes.
 
Anslinger y su guerra mediática
 
La planta Cannabis sativa ha estado asociada a la humanidad desde hace milenos. Sus primeras referencias remontan a China hace aproximadamente 10 000 años y desde entonces el ser humano le ha sacado provecho, ya que ésta es de rápido crecimiento. De C. sativa surgieron las primeras fibras de uso textil que se tiene en los registros y, conforme fueron avanzando las tecnologías, surgieron nuevos usos para el cáñamo: como alimento (las plantas y la semilla se pueden consumir, así como el aceite de la semilla), para ropa, biocombustible, cuerdas para la navegación y papel. La cepa utilizada para la obtención de dichos productos se conoce como cáñamo y difiere de la que se utiliza con fines psicoactivos debido a que el cáñamo contiene niveles bajos de delta9tetrahidrocannabinol —el compuesto psicoactivo de la planta de marihuana— y altos niveles de cannabidiol, un cannabinoide mucho menos psicoactivo y con aplicaciones médicas importantes. En cambio, la marihuana recreativa proviene de otra cepa de C. sativa que contiene altos niveles de delta9tetrahidrocannabinol y bajos niveles de cannabidiol, además de no ser óptima para uso industrial.
 
A principios del siglo XX la C. sativa se plantaba en la gran mayoría del hemisferio norte, ya que la industria del cáñamo era una de las más fuertes. En esos años, la última oleada de inmigrantes a Estados Unidos venía de México, y con ella empezaron a surgir sentimientos racistas y xenófobos de la sociedad blanca estadounidense hacia los mexicanos que llegaban. Pronto, ésta empezó a asociar a los mexicanos inmigrantes con la marihuana, que era comúnmente fumada entre ellos después de largas jornadas de trabajo. Incluso empezaron a llamar a la planta “marihuana” —fuera o no cáñamo—, el nombre en español de la droga.
 
Los sentimientos racistas de la sociedad blanca estadounidense eran fuertes y la prensa amarillista no esperó para crear rumores acerca de los efectos de la marihuana; había motivos escondidos, ya que los directores de los periódicos dependían de la industria de la madera para hacer su producto, una industria que competía con la del cáñamo. Entre otras cosas, se rumoraba que el fumar marihuana causaba enfermedades mentales y propiciaba que la gente cometiera crímenes, de modo que se asoció su consumo con la violencia de la época y se le veía como una droga perniciosa. Poco a poco empezaron a aparecer leyes en contra del uso de la marihuana en cada estado y California fue el más radical al etiquetarla como veneno.
 
A la vez, en respuesta al uso incrementado de drogas como la cocaína y la heroína, se creó el Buró Federal de Narcóticos. Su director, Harry J. Anslinger era un hombre decidido a acabar con el uso de drogas en Estados Unidos. De 1930 a 1934 éste se dedicó a reunir evidencia, la mayoría proveniente de la prensa amarillista (con la ayuda del periodista William Randolph Hearst) para armar un caso en contra de la marihuana y las demás drogas. El uso de la propaganda en esta época fue crucial para la demonización de la marihuana: posters, cómics, comunicados de prensa y documentales, todo servía a Anslinger y su Buró en su tarea de crearle una terrible reputación. Era frecuente que se publicaran historias de cómo la droga causaba que las personas se tornaran violentas o que incitaba a sus usuarios a suicidarse, y la mayoría de ellas incluía personajes mexicanos y negros. La misma estrategia fue usada por dicho Buró contra la heroína y otras drogas que eran populares entre la comunidad afroamericana.
 
Los motivos por los que Anslinger y el Buró Federal de Narcóticos usaron una estrategia basada en información falsa para asustar a la población no están claros todavía. Durante esos años, apenas se empezaba a estudiar los efectos de la marihuana (y sus diversos cannabinoides) en la salud humana. Incluso, la Asociación Médica Americana publicó un reporte desmintiendo muchas de las falacias de Anslinger. Profesionales médicos se acercaron a él para tratar de convencerlo de que la planta de la marihuana tenía propiedades medicinales y que no causaba enfermedades mentales como él aseguraba. Todo intento por hacerlo cambiar de opinión se vio frustrado y fue respondido con amenazas. Anslinger no podía controlar el tráfico de drogas, pero sí tenía mucha influencia en el flujo de ideas y la ciencia en ese momento era su enemiga.
 
El 12 de agosto de 1937, Anslinger y el Buró Federal de Narcóticos presentaron ante el Congreso estadounidense el Acta de Impuestos a la Marihuana, aprobada sin un debate público, e inmediatamente se clasificó a la marihuana como una droga Categoría i (junto con la cocaína y la heroína). En un inicio sólo se le permitiría su uso a quien pagara impuestos altísimos y con fines medicinales e industriales muy limitados. Prácticamente se criminalizaba su uso a nivel federal. Esto, junto con la campaña mediática que desprestigiaba a C. sativa, propició que otros países emitieran regulaciones y leyes prohibiendo y criminalizando su uso. Desde entonces, cualquier estudio científico serio acerca de los efectos de la marihuana en la salud fue prácticamente nulificado.
 
En años posteriores se intentó, por lo menos en una ocasión, revisar la recategorización de la marihuana y su posible descriminalización. En el gobierno del presidente Richard Nixon se probó que la marihuana era por lo menos igual de segura que el alcohol, por lo que se propuso su descriminalización. Sin embargo, Nixon tenía dos enemigos en 1972: el sentimiento antiguerra y la población negra. No podía arrestar o criminalizar a ninguno de los dos, pero sí a las drogas que consumían. John Ehrlichman, asistente de Asuntos Internos del presidente Nixon confesó años más tarde: “sabíamos que no podíamos hacer ilegal el estar en contra de la guerra o ser negro, pero al hacer que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y después criminalizando pesadamente las dos, podríamos quebrantar a ambas comunidades. Podríamos así arrestar a sus líderes, saquear sus hogares, interrumpir sus reuniones y difamarlos noche tras noche en las noticias nocturnas. ¿Que si sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas?, por su puesto que sí”.
 
Entonces la marihuana que consumían abiertamente los hippies y la heroína que consumía la comunidad negra se mantuvieron en la Categoría i, la más estricta de todas. Hasta hace algunos años, en Estados Unidos a nivel federal, sólo el National Institute on Drug Abuse puede conducir estudios científicos con marihuana y tiene estrictamente indicado estudiar sólo los posibles daños, mas no los beneficios.
 
El caso mexicano
 
La historia de la prohibición de las drogas en México, incluida la marihuana, ha sido siempre coprotagonista de la de Estados Unidos. Durante la época revolucionaria hubo intento de regularlas, sobre todo los opiáceos. México fue uno de los países que firmó la Convención de la Haya en 1912, cuando Francisco I. Madero era presidente, la cual estipulaba la prohibición de los usos no medicinales del opio y la regulación de su compra y venta.
 
Entre las primeras posiciones oficiales respecto de las drogas se encuentra la del 5 de julio de 1916, cuando la Comisión de Boticas emitió un dictamen en que establecía cláusulas para regular la venta de narcóticos. Desde entonces, las leyes que prohíben el consumo y tráfico de drogas se vieron prominentemente influenciadas por los intereses de Estados Unidos y por las ideas de Anslinger. Así, la marihuana pasó de ser una droga de uso común a una altamente prohibida y penada, sin haber representado un problema de salud pública en ningún instante.
 
El 15 de marzo de 1920 se publicó un decreto en el Diario Oficial titulado: “Las disposiciones sobre el cultivo y comercio de productos que degeneran la raza”, el cual estaba claramente inspirado en ideas que aludían a la eugenesia; fue así como México le declaró oficialmente la guerra a las drogas. Posteriormente, con el Acta de impuestos a la marihuana de Anslinger, la criminalización de la marihuana se vería potenciada.
 
No fue sino hasta 1934 cuando México tomó las riendas en su legislación con respecto de las drogas y se quiso deslindar de los que dictaban las leyes estadounidenses. José Siurob, del Departamento de Seguridad Pública durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, decidió revisar la legislación respecto de los narcóticos, de modo que fue creciendo la idea de descriminalizar la C. sativa (y otras drogas) al igual que a sus consumidores, así como el proponer que el Estado estableciera políticas de prevención y rehabilitación de adictos. Estas ideas se plasmaron en el Reglamento federal de toxicomanías de 1940, entre cuyos puntos más importantes se encuentra el tratar a la persona adicta como a un paciente con una enfermedad y no como a un criminal, de acuerdo con el concepto de justicia de la nación. Inmediatamente después de ser publicado, el gobierno de Estados Unidos lo reprobó y condenó, y llegó a presionar tanto al gobierno cardenista con amenazas, que dicho reglamento quedó derogado y los consumidores de droga volvieron a ser criminalizados. No hubo ningún otro intento de cambiar la legislación sino hasta 2016.
 
El debate científico
 
Como se puede apreciar, las legislaciones sobre la marihuana, tanto en Estados Unidos como en México, se han adelantado a los estudios científicos. En ambos casos se tomaron decisiones con información empírica, sin bases científicas estrictas y con ideas eugenésicas y racistas, además de que las políticas prohibicionistas han impedido que se lleven a cabo estudios científicos sobre los efectos medicinales y no medicinales de C. sativa. Las pocas investigaciones que se han hecho con respecto del nivel adictivo de la marihuana han determinado que la probabilidad de convertirse en adicto después del contacto con la droga es de 8.9%. Esta probabilidad es muy inferior comparada con la de la cocaína (20.9%), el alcohol (22.7%) y el tabaco (67.5%) —las dos últimas, drogas legales.
 
También hay que tomar en cuenta los efectos casi opuestos de los dos cannabinoides más abundantes en C. sativa. Por un lado, el delta9tetrahidrocannabinol perjudica los procesos de aprendizaje de manera aguda, produce efectos casi psicóticos e incrementa la ansiedad. Por el lado contrario, el cannabidiol puede incrementar la capacidad de aprendizaje y presenta cualidades antipsicóticas y ansiolíticas en humanos, además de muchos otros beneficios médicos. Debido a que el delta9tetrahidrocannabinol es el compuesto responsable del high asociado con la droga, los productores se han enfocado en cultivar cepas de la planta con la mayor cantidad posible de delta9tetrahodrocannabinol. Esto sin duda ha cambiado los componentes de la planta y ha sido un factor de variabilidad en los estudios longitudinales que se han realizado: no es la misma marihuana la que se consumía hace cincuenta años que la que se consume hoy día. A nivel mundial, la tendencia indica que las cepas actuales tienen alrededor de 10-15% de delta-9-tetrahidrocannabinol y menos de 0.1% de cannabidiol, aunque la demanda de marihuana medicinal ha cambiado esta tendencia en algunos lugares, como el estado de California.
 
Los efectos agudos y crónicos del consumo de marihuana son diferentes y diversos. Aunque la marihuana no es tan adictiva como otras drogas, el uso crónico puede llegar a tener efectos nocivos en el cerebro, como discapacidad cognitiva leve y potenciamiento de padecimientos psiquiátricos. Es importante considerar que no se ha reportado hasta ahora ningún caso de sobredosis por marihuana, como comúnmente ocurre con otras drogas. Para muchos consumidores, los beneficios medicinales son mayores que los efectos negativos de la droga, por lo que deciden continuar su consumo, incluso sin ser adictos.
 
Gracias a los cambios del estatus legal de la marihuana en los Países Bajos, Uruguay, Portugal y algunos estados de Estados Unidos se ha dado cabida a estudios más serios sobre los efectos terapéuticos y fisiológicos de C. sativa. En México, el debate sobre la descriminalización del consumo de la marihuana y la legalización de su uso médico —e incluso recreativo— debe de partir de las evidencias científicas actuales para después ser puestas en un contexto social relevante y tomar en cuenta el derecho de cada mexicano a ejercer su libertad de decisión.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Curran, H. Valerie, et al. 2016. “Keep off the grass? Cannabis, cognition and addiction”, en Nature Reviews Neuroscience, vol. 17, núm. 5, pp. 293-306.
Lupien, John Craig. 1995. Unraveling an American Dilemma: The Demonization of Marihuana. Tesis, Pepperdine University, Faculty of the Division of Humanities, Estados Unidos.
Schievenini, José Domingo. 2012. La prohibición de la marihuana en México, 1920-1940. Tesis, Universidad Autَnoma de Querétaro, Facultad de Filosofيa, México.

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Rodrigo Pérez Ortega
Instituto de Fisiología Celular
Universidad Nacional Autónoma de México.

Rodrigo Pérez Ortega es tesista de la licenciatura en investigación biomédica básica de la División de Neurociencias en Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es devoto de las neurociencias y disfruta mucho del periodismo científico.
     

     
 
cómo citar este artículo

Pérez Ortega, Rodrigo. 2017. La prohibición de la marihuana en Estados Unidos y México, una historia donde la ciencia tuvo poco que ver. Ciencias, núm. 122-123, octubre 2016-marzo, pp. 122-127. [En línea].
     

 

 

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