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Martha Ilia Nájera Coronado      
               
               
El hombre, a lo largo de la historia, le ha atribuido
un significado religioso a los elementos de la naturaleza y a sus diversas manifestaciones. Los animales, las plantas, los mares, así como la lluvia y el rayo, participan de esa sacralidad y son objeto de veneración o de temor. Lo que de alguna manera es insólito, singular, nuevo, se transforma en un recipiente de fuerzas mágico-religiosas, en objeto de veneración o de temor que lo hace diferente de lo demás.
 
Dado el valor religioso que se le otorga a la naturaleza, el Cielo, por ejemplo, revela la distancia infinita, la trascendencia de Dios. Los ritmos cósmicos ponen de manifiesto el orden y los animales poseen atributos de los que el hombre carece; en pocas palabras, la sacralidad se revela a través de las propias estructuras del mundo.
 
Los mitos mayas participaron de estos conceptos y los dioses se presentan como la expresión de la realidad circundante.
 
 
En el relato de la creación maya-quiché, plasmado en el Popol Vuh, se concretizan varios siglos de tradición y revela las creencias de los grupos conquistadores de filiación Chantal-nahua provenientes de la costa del Golfo de México y de los habitantes originales del área maya quiché como lo señaló Carmack en 1979. Razón por la cual dicha concepción religiosa muestra rasgos de culturas más antiguas, como sería la confusión con respecto al sexo de las divinidades, ya que hay ambivalencias que se resuelven por la formación de parejas heterogéneas, héroes gemelos y parejas conjuntas o enemigas.
 
Las divinidades quichés presentan un hondo contenido naturalista —tienden al zoomorfismo y al fitomorfismo— así como rasgos fisiológicos, instintivos, pasionales, lo que nos remite a un antropomorfismo religioso. Los dioses muestran ira, hambre, compasión y realizan actividades concretas.
 
Se trata de una sociedad divina, réplica de la que surgen, con poderes dualistas del bien y del mal, de lo racional y lo irracional. Así, se presentan dioses creadores celestes y del inframundo, parejas de divinidades que actúan en conjunto como Tzakol-Bitol;1 relaciones de parentesco como las del matrimonio de Vuqub Kaqix y Chimalmat, padres de Cipacná y Kaab r Aqan. Además hay una jerarquía bien establecida, donde deidades menores se subordinan a los creadores; seres sobrenaturales que funcionan como servidores y mensajeros, y lo que nos interesa destacar, cada uno de ellos se concibe con formas tomadas de la naturaleza con características reales que determinan su actuación.
 
Los dioses creadores
 
En primera instancia, alejados del culto cotidiano, están los dioses creadores, los formadores Tzakol-Bitol, “El creador-El formador”, seres supremos que formaban una sola pareja original y a quienes se les reconocía con diferentes epítetos que resaltaban alguno de sus atributos. Más tarde los diferentes nombres se individualizan y surgen deidades independientes con características propias.
 
Así, tenemos a la gran madre Alom,“La que concibe hijos” y al gran padre Q’aholom,“Hombre que ha engendrado hijos”, vestigios de una religión más antigua en la cual las diosas madres compartían la supremacía con los dioses creadores; o bien la pareja masculina de Tepeu el “Soberano”, el “Conquistador” y Q’uq’ Kumatz “Quetzal (Pharomacrus mocinno) serpiente”, versión quiché de Quetzalcóatl. Nombres que revelan el bagaje cultural epi-tolteca de los grupos provenientes del Golfo de México y que enfatizan su característica de conquistadores.
 
La tendencia al zoomorfismo en los dioses mayas se manifiesta con claridad en los creadores. Tenemos a Hun Ah Pu-Vuch’ “Un Cazador Tlacuache”, la llamada dos veces madre y Hun Ah Pu-’Utiu, “Un Cazador Coyote”, dos veces padre. El primer nombre alude al tlacuache o zarigüeya (Didelphis marsupialis o Didelphis yucatanensis), animal que se caracteriza por su ingenio y forma de reproducirse. Su gestación es de sólo trece días, cifra sagrada para los mayas; puede parir dos veces al año hasta veinte pequeños, pero sólo es capaz de criar trece, ya que es el número normal de pezones. Es de los únicos marsupiales conocidos por los mayas. Al nacer los tlacuaches, se apoderan por instinto de un pezón dentro de la bolsa de la madre y así permanecen adheridos por dos meses; una vez que la abandonan, son amamantados por tres meses más. Estas características de maternidad debieron despertar ideas muy particulares, que creemos determinaron que dieran al tlacuache el epíteto de dos veces madre; aún los tzeltales contemporáneos, de acuerdo con Hunn, utilizan su cola para ayudar al nacimiento de los niños, vinculándose una vez más, con la reproducción.
 
Por otro lado, Hun Ah Pu-’Utiu, el coyote (Canis latrans), es una criatura astuta de gran tamaño y buen cazador, de hábitos nocturnos y de aullido lúgubre. Durante la cría lleva el alimento a la madre y a los pequeños, conducta que fue observada por los mayas y resultó idónea para encarnar la parte masculina de la pareja creadora.
 
Otros epítetos de la pareja creadora son los de Zaqi-Nima Tziis, “Gran pizote blanco” a quien se le llama la abuela del alba y Zaqi Nim Aq, “Gran jabalí blanco”. Al igual que en la pareja anterior, el papel femenino lo desempeña un animal pequeño, el pizote o tejón (Nasua narica), criatura de gran sensibilidad y a diferencia de sus parientes cercanos de hábitos nocturnos, el pizote es muy activo al amanecer. A decir de Leopold, se trata de un animal diurno, de aquí suponemos el apelativo de “abuela del alba”, lo que también podría vincularlo con Venus, que precede la salida del Sol. No son de color blanco, sino café o gris, sin embargo, esta especie tiende a ser albina.
 
Su pareja, el jabalí (Pecari tajacu o Tayassu pecari) es un animal gregario, valiente, y las manadas presentan cierta organización. Emite extraños sonidos y en grupo constituye un peligro, pues ataca con furia, posee gran rapidez y agilidad, características envidiables para un ser humano que se mueve en bosques y selvas. Sin embargo, lo que debió de llamar la atención de este animal es la glándula grande y abultada en la línea media del lomo que emite un fuerte olor a almizcle, la cual le sirve de protección. Si esta glándula no se extirpa cuando se caza, la carne adquiere mal sabor.
 
Cielo y tierra
 
Las divinidades creadoras también constituían en sí mismas Cielo y Tierra, como lo señalan sus nombres Ah Raxa Tzel, “El espíritu de la jícara azul”, el Cielo, y Ah Raxa Lac, “El espíritu del plato verde”, la Tierra. También formaban mares y lagos U K’ux Palou, “El corazón o la esencia del mar” y U K’ux Cho, “El corazón o la esencia del lago”, metáforas para referirse a los componentes del cosmos.
 
Además se sugieren virtudes humanas: “De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza” y se sublima en ocasiones a tal grado el aspecto físico, que el nombre del creador se convierte en el “Corazón del Cielo”, K’ux Kah.5
 
Las fuerzas de la naturaleza se encuentran presentes y así, a ese Corazón del Cielo también se le llama Hu r Aqan,“Una pierna”, el terrible fenómeno destructor,2 la deidad masculina que manifiesta su voluntad a través de las tormentas, el viento, el rayo. Esta forma a su vez otras tres clases de rayo: Ka Kulaha Hur Aqan, “Rayo de una pierna”, el relámpago, Ch’ipi Ka Kulaha, “El pequeño rayo” y Raxa Ka Kulaha, “El rayo verde”.
 
El Corazón del Cielo está presente durante la cosmogonía, al igual que los progenitores; sin embargo, cuando el hombre ha sido creado, el dios celeste por excelencia, la suprema divinidad, se aleja y cesa de intervenir en la vida humana para convertirse en un deus otiosus; no obstante, a veces se le mencione o se le adore, ya no participa activamente. La bóveda celeste vuelve a asumir un carácter de relativa tranquilidad.
 
Los encargados de crear al hombre, los demiurgos son Tepeu y Q’uz’ Kumatz, ayudados por Xpiyacoc y Xmucane, los adivinos, abuelos del día, del alba, atributos que indican su actuación antes de transcurrir el tiempo profano. Serán los abuelos del Sol y de la Luna.
 
Dentro de la cosmogonía aparecen divinidades de creaciones anteriores a los que se les llama falsos; son, tal vez, como en el caso de los hombres de madera, un ensayo fallido de los creadores. Estos eran orgullosos y soberbios como Vuqub Kaqix “Siete Guacamayo” (Ara macao). Este dios decía ser el astro solar y el lunar y se vanagloriaba de iluminar el linaje humano, pero el de los hombres de madera, pues el verdadero, el hombre de maíz, aún no había sido creado. No es extraña la elección de esta hermosa ave para encarnar a un dios enorgullecido de su belleza, de plumaje brillante, llamativos colores y dentro de la tradición maya, símbolo de diversas enfermedades.
 
Por otro lado, el nombre de su esposa Chimalmat, de filogenia nahua y madre de Quetzalcóatl, muestra el gran sincretismo de la religión del Posclásico maya.
 
Aún no era tiempo de que el Sol verdadero, el de la última creación surgiera; era preciso que el falso Sol del periodo anterior fuera destruido, hazaña llevada a cabo por la pareja de los héroes mitológicos Hun Ah Pu e X Balam Ke.
 
Los dos hijos de Vuqub Kaqix eran fuerzas destructivas; uno de ellos Cipacná “Caimán” (Caiman crocodilus) quien se decía creador de la tierra y Kaab r Aqan,“Dos piernas” que se ufanaba de sacudir la tierra.
 
Estos simbolizan la irracionalidad, el caos, que tenía que ser vencido por la racionalidad, el orden, como ocurre en muchas otras cosmogonías. Es por ello que les corresponde al Sol y a la Luna, a Hun Ah Pu,“Uno Cazador” y a X Balam Ke “Jaguar-Venado” nietos de la pareja creadora, desarrollar este combate. Vuqub Kaqix y sus dos hijos son derrotados, más que con fuerza, con el ingenio de los héroes gemelos. Es interesante que el proceso de destrucción de los tres se inicie cuando ingieren sus alimentos: el padre, al acercarse al árbol de la fruta de nance, el caimán3 con un cangrejo que no percibió estaba petrificado y Kaab r Aqan con el apetitoso olor que despedían los pájaros que cocinaban los jóvenes héroes. Los dioses son esencia, materia ligera, los alimentos los convierte en pesados, y con ello pierden su facultad divina.
 
Dentro de los actuales mitos quichés, Bunzel reporta la existencia de un dios de los temblores de tierra; señala cómo un gran gigante bajo la tierra, al mover pies y manos, produce pequeños temblores y cuando se voltea provoca terremotos. Debe ser Kaab r Aqan, quien fue enterrado atado de pies y manos por los gemelos.
 
El Xibalba
 
La influencia del mal en el acontecer cósmico, lo irracional, hacen que surja otro mundo, también divino pero opuesto: el Xibalba. En las entrañas de la tierra, se ubica el principio del mal, la muerte y por ende, dentro de la dialéctica del pensamiento maya, también la vida; sólo así se logrará el equilibrio, tanto en el ámbito sacro como en el humano.
 
Xibalba está habitado por múltiples seres malignos. El texto no menciona su origen, de dónde surgieron, quién los creó. Al frente está la pareja formada por los dioses de la muerte Hun Kame “Uno-Muerte” y Vuqub Kame “Siete-Muerte” rodeados de otros seres subordinados a su servicio, personificaciones del mal, de las enfermedades, los accidentes, la inmundicia.
 
Todos ellos actúan en parejas. Así tenemos a Ahal Mez “Hacedor de inmundicia” y Ahal Toko “Hacedor de heridas”, que causaban desgracias a los hombres cuando se dirigían a su casa o frente a ella y los encontraban heridos o muertos.
 
O bien, estaban Ahau Xik “Señor Gavilán” y Patán “Tributo”, símbolo de la opresión y la servidumbre, quienes provocaban la muerte repentina a los humanos en los caminos. Su oficio era cargar con ellos y oprimirles la garganta y el pecho hasta que vomitaban sangre. Quizá por ello fuera Xik el “Gavilán”4 el encargado de este tipo de muerte, ave de rapiña de alas grandes y cuerpo robusto que atrapa a la presa en el aire, carga con ella y después la ingiere. Por su parte, Patán es la alegoría de la servidumbre y por qué no pensar también en la argolla al cuello con las que se sujetaba a los vencidos.
 
Los seres de Xibalba, que basan su conducta en el engaño y la mentira para el logro de sus fines, son susceptibles de dejarse llevar por la cólera, de allí que sea concebible que los dioses de la muerte hayan disfrutado del culto que se practicaba para intentar aplacarlos. Su actitud es caprichosa, en ocasiones torpe y ridícula pero no por ello menos terrible. A su servicio tiene cuatro búhos: Ch’abi Tukur “Búho flecha”, Hu r Aqan Tukur “Búho de una pierna”, Kaqix Tukur “Búho Guacamaya” y Holom Tukur “Búho Calavera” (probablemente Tyro alba).
 
Dentro del área quiché existen diversas variedades de estas aves y no sabemos con exactitud a cuál se refieren, pero sí podemos suponer el por qué fueron elegidas como mensajeros del Xibalba. Poseen ciertas características físicas y costumbres que las convierten en aves muy peculiares y alrededor de ellas se han creado diversas leyendas en ésta y otras culturas. Son aves de presa, de hábitos nocturnos, de grandes cabezas y pico ganchudo, enormes ojos con poca movilidad compensada con una gran capacidad para torcer el cuello (ciento ochenta grados); además al cerrar los ojos, los cubren con el párpado inferior. Todo esto les da una fisonomía muy particular. Habitan en lugares oscuros y en general sólo salen de noche, emiten un sonido peculiar, que de acuerdo con ciertas leyendas, anuncia la muerte de una persona; a su vez, uno de ellos (Otus guatemalae), tiene un grito similar al maullido de un puma y se dice que guía a los grandes felinos hacia donde está su presa. Otro llamado en tzeltal mutil balam “pájaro jaguar” (Ciccaba virgata) se cree que anticipa la aparición de un jaguar. Los cakchiqueles las consideran aves malignas, traicioneras y señalan que simbolizan la envidia (Coto, 1983); su silencioso vuelo nocturno favorece que se refieran a ellas como espíritus del mal, mensajeros de los dioses de la muerte.
 
Otros seres también relacionados con la muerte y la destrucción son aquellos que participaron en el aniquilamiento de los hombres de madera: Xe Q’otoq’o(l) Vach “El que arranca los ojos”, que puede identificarse con un ave y fue la encargada de vaciarles los ojos y Kama Zotz’ “Murciélago de la muerte”, quien les cortó la cabeza. Alrededor de este animal también se han creado una serie de relatos; habita en cavernas y algunos de su especie pueden alimentarse de sangre. Dentro de la mitología quiché es una deidad vinculada con la decapitación.
 
El tercero de este grupo es Tukum Balam “El jaguar despierto, excitado” quien convirtió en polvo los huesos de los hombres de madera. De sobra está decir las características de un jaguar (Felis onca) y el temor y admiración que ha despertado siempre en los hombres mayas.
 
Podemos observar que todos los animales relacionados con Xibalba, y aún la mayoría vinculados con los creadores, son de hábitos nocturnos.
 
Dualidades
 
El pensamiento dualista se presenta una vez más en los astros: el Sol y la Luna, elementos opuestos en la realidad y aún en sus nombres originales expresan una dicotomía: Hun Ah Pu “Uno Cazador” y X Balam Ke “Jaguar-Venado” (Felis onca-Odocoileus virginianus), el cazador y las presas. A su vez, el venado y el jaguar constituyen, el primero, un animal de presa, y el otro es por esencia un cazador. El nombre de X Balam Ke también nos remite a simbolismos astrales. El jaguar, de hábitos nocturnos semeja al cielo oscuro, en tanto que el venado, se vincula con la luz.
 
Los gemelos proceden de la tierra y son descendientes de una pareja de dioses creadores: Xpiyacoc y Xmucane, abuelos y padres de Hun Hun Ah Pu y Vuqub Hun Ah Pu, quienes mueren ritualmente para volver a nacer como los héroes gemelos.
 
Las historias de las dos parejas de héroes son paralelas: cazadores y jugadores de pelota. El juego como símbolo de la guerra cumple los ideales de los quichés; son los agresivos señores de la guerra, aristócratas con derecho a gobernar sobre los seres del Xibalba. Es en este combate donde mejor se expresa la dualidad: racionalidad e irracionalidad, juventud y ancianidad, la altura y la luz frente a lo bajo y oscuro, orden y desorden, cosmos y caos. La supremacía quiché, los habitantes de las tierras altas sobre aquella agonizante cultura clásica de las tierras bajas del norte de Guatemala.
 
La nueva pareja tiene un doble nacimiento, es decir, son ditirambos engendrados mágicamente de la saliva de la calavera, de Hun Hun Ah Pu convertido en fruto de un árbol, participan en su ser de una entidad vegetal, lo cual se volverá a expresar al dejar en la tierra como señal de vida durante su viaje al Xibalba, una caña sembrada en el centro de su casa, un axis mundi, que reverdecía o moriría paralelamente a su existencia.
 
Asimismo, reciben por su origen paterno una ascendencia de los dioses creadores y por el lado materno, de los seres de Xibalba: hijos de la vida y de la muerte. La madre, que concibió virginalmente, no da a luz en su lugar de origen, sino asciende a la tierra y pare en el monte, lugar que hasta hoy día ha conservado su carácter sagrado.
 
Cooperan en el orden de algunos elementos de la naturaleza y a veces fungen como señores de los animales, quienes los obedecen y ayudan. Gracias a la experiencia adquirida en su antigua existencia como Hun Hun Ah Pu y Vucub Hun Ah Pu y a su gran ingenio, vencen a los señores del inframundo.
 
A diferencia de Vuqub Kaqix, ellos son los verdaderos dioses; en su viaje al inframundo sufren varias muertes, ritos iniciáticos que les cambiarán su estructura anímica para poder lograr su apoteosis como el Sol y la Luna.
Las hierofanías de estos astros tienen una correspondencia simbólica con la vida de los héroes gemelos. El Sol, día a día, viaja al inframundo y sin conocer la muerte vence a las tinieblas, en este sentido es también un héroe iniciático. Se le vincula con la cacería y es protector divino de los animales; en cuanto dador de la vida, acusa elementos vegetales.
 
Los mitos acerca del predominio de la luz sobre la obscuridad también se presentan en los de la Luna, la cual muere durante varios días para volver a renacer; su relación con las aguas y la renovación es clara. Recuérdese que los astros resurgen de los huesos molidos de ambos hermanos después de haber sido arrojados a las aguas, fuente de la vida, depósito de toda probabilidad de existencia.
 
Deidades terrestres
 
Por último, la tierra también está habitada por otras deidades. La figura principal es X Kiq’ “La de la Sangre”, hija del Señor de la Sangre, es un recuerdo turbio de las fuerzas subterráneas que surge de la región de la muerte y contiene las simientes del cosmos. Diosa madre que demuestra su autenticidad a través de pruebas relacionadas con el poder regenerativo de la tierra, como fue el conseguir gran cantidad de maíz, ayudada por cuatro deidades, tres de ellas femeninas y vinculadas con la fertilidad: X Toh “La de la lluvia”, X Q’ail “La de las mieses” y X Kakau “La del cacao” (Theobroma cacao), la cuarta Chahal Echa, “Guardián del alimento”. Después de este episodio, ninguna se vuelve a mencionar; detalle que no nos extraña previniendo el mito de un grupo conquistador, donde el papel femenino se reduce a la fertilidad, pero donde quedan resabios de la cultura original del área quiché, la de los agricultores.
 
X Kiq’ también cuenta con la ayuda de los animales del campo, lo que se debe a que una diosa de la tierra tiende un lazo mágico de simpatía con las formas engendradas por ella. Así juega el papel de “Señora de los Animales”, es la deidad protectora del ámbito salvaje; al mismo que tiempo fue una diosa agrícola. Por lo tanto, tenemos un vínculo entre lo telúrico, lo vegetal y lo animal, que responde a un orden biológico: la vida es la misma en todas partes.
 
En el culto cotidiano se olvidan estas deidades y surgen Tohil, “Dios de las tormentas”, la principal deidad tutelar de los quichés, como el dios celeste, asociado al trueno y al Sol; Haka Vitz “Pico de fuego”, el Volcán; Avilix “Señor Jaguar”, el tercer dios de los ancestros quichés y Q’uq’ Kumatz, quien controla las aguas y las nubes.
 
El proceso cosmogónico había terminado: los dioses de los grupos dominantes quichés formaron la nueva ciudad divina.
 
Continuó el devenir del tiempo. El cristianismo se impuso sobre aquellas deidades indígenas, pero no sucumbieron. Así, hoy día todavía se escuchan peticiones invocando al ancestral “Corazón del Cielo”, el que alguna vez se transformó en el poderoso Tohil.
Plegarias a la tierra a la que se venera como “El Mundo”. Se continúa adorando al Sol “Nuestro Señor Padre”; San Juan es “Nuestra Luna y Estrella”; los fenómenos de la Naturaleza se personalizan en los santos: Hu r Aqan, el antiguo viento destructor es ahora San Martín. También persisten aquellos seres malignos e irracionales: son los señores de la enfermedad y del dolor.
 
Así, aquellos dioses quichés y sus vínculos con la naturaleza, perviven en la memoria de los mayas.
 
 articulos
Referencias Bibliográficas
 
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Notas
1. La grafía y traducción de los nombres quichés ha sido tomada de Edmonson, 1965 y 1971; Recinos, 1957 y 1960; Coto 1983 y Arriola, 1973.
2. Hurakan o Jurakán: “el de una sola pierna y pie” o “el de una extremidad”. Ser poderoso “dotado de una sola extremidad, la cual le permitía danzar en un solo pie, como el torbellino cuando se levanta, tal era su pujanza, su poder, que cuando quería dar a conocer sus mandatos, daba con el pie fuertes golpes que producían fenómenos extraños, estruendos y retumbos intensos; vientos impetuosos y ciclones, lluvias torrenciales y tormentas, es decir la tempestad misma”. (Arriola, 1973, p. 279).
3. Suponemos que es esta especie por el tipo de alimentación que se menciona en el mito: el cangrejo. Es el más pequeño e inofensivo de la orden Crocodilia, pertenece a la familia Alligatoridae y su alimento preferido es precisamente el cangrejo de manglar. (Álvarez del Toro, 1982, p. 53-56).
4. Xik “halcón” o bien Xic “gavilán”. Coto (1983) señala: Xic “que es un género de gavilán”. No nos ha sido posible saber a qué familia y genero se refiere. Sendas aves pertenecen al orden Falconifome, la primera a la familia de las Falconidas y el gavilán a la Accipitridas, dentro de las cuales existen un sinnúmero de especies (Álvarez del Toro, 1980, pp. 32-49).
5. Las creencias hoy día en torno a los murciélagos (Chiroptera) son diversas. Los tzeltales no los consideran estrictamente mamíferos en el sentido restrictivo del término; algunos los encuentran vinculados con las aves y otros cercanos a las ratas. Se considera que todos se alimentan de sangre, aunque sólo lo hace la familia de los Desmodóntidos. Según la leyenda, la sangre que los vampiros succionan de los indígenas, la venden a los ladinos. (Hunn, 1977, p, 200).
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Martha Ilia Nájera Coronado
Instituto de Investigaciones Filológicas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
Nájera Coronado, Martha Ilia. 1992. Dioses y naturaleza en el Popol Vuh. Ciencias, núm. 28, octubre-diciembre, pp. 46-52. [En línea].
     

 

 

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