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85 años de la Facultad de Ciencias II. Ciudad Universitaria: crecimiento y consolidación

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Francisco Javier Cepeda Flores      
               
               
La necesidad de cambios en la Universidad para sacarla
de su estancamiento, así como la ejecución de reformas que los universitarios y la sociedad demandaban prevaleció hasta mediados de los cuarentas. De igual manera su necesidad de crecimiento y espacio. La estrechez que tenía la Facultad de Ciencias en el Palacio de Minería y el natural deseo de edificio propio empieza a emerger muy pronto. En la sesión del 27 de octubre de 1941, donde se reforman los planes de estudio, se discute la necesidad de gestionar un préstamo para la construcción del edificio de la facultad. Después de exponer la necesidad de nuevas instalaciones, se presentan discrepancias sobre su ubicación en el centro de la ciudad, donde se contemplaba construir el inmueble. El rector Mario de la Cueva es autorizado “para concertar el préstamo solicitado por noventa mil pesos, con el Crédito Inmobiliario, S.A. de C.V., con garantía del edificio número 32 de la calle de la Academia, y la designación de una Comisión para vigilar la construcción y aplicación de dicho préstamo en el edificio”. Sin embargo, la iniciativa no prosperó y todavía tendrían que pasar varios años para que se contara con un nuevo edificio.
 
Cuando la facultad cumple una década de existencia institucional, en la sesión del 3 de marzo de 1949 el Consejo Universitario discute el presupuesto de Ciudad Universitaria. Con las aportaciones del gobierno federal, el Departamento del Distrito Federal y Petróleos Mexicanos, se contaba inicialmente con alrededor de seis millones de pesos, distribuidos en partidas que fueron debatidas y aprobadas una a una. La discusión más larga se centró en la necesidad de obtener recursos adicionales con la venta de algunas propiedades destinadas a construcción de inmuebles para diferentes escuelas, que ya con la ciudad universitaria no serían necesarios. El maestro Nápoles Gándara insistió en la necesidad de que el los institutos tuvieran presupuesto y edificio propios, autónomos de la Facultad de Ciencias, y en que se tomaran en cuenta a todos los institutos en la elaboración de los programas de la facultad.
 
Se gestaba así Ciudad Universitaria, abriendo una nueva etapa de desarrollo. “Estamos aquí, en suma, haciendo Universidad en el más amplio sentido, integrando el pensamiento, el anhelo y la labor de todos a través de la cultura. No estamos poniendo una primera piedra en el primer edificio de la Ciudad Universitaria, estamos poniendo una piedra más en la fervorosa construcción de nuestro México”, expresó el arquitecto Carlos Lazo en la ceremonia de inicio de la construcción de los nuevos edificios para todas las dependencias universitarias. Eso fue en el corazón del campus, en el área asignada a la Facultad de Ciencias, la Torre de Ciencias, el 5 de junio de 1950.
 
Se gestaba así Ciudad Universitaria, abriendo una nueva etapa de desarrollo. “Estamos aquí, en suma, haciendo Universidad en el más amplio sentido, integrando el pensamiento, el anhelo y la labor de todos a través de la cultura. No estamos poniendo una primera piedra en el primer edificio de la Ciudad Universitaria, estamos poniendo una piedra más en la fervorosa construcción de nuestro México”, expresó el arquitecto Carlos Lazo en la ceremonia de inicio de la construcción de los nuevos edificios para todas las dependencias universitarias. Eso fue en el corazón del campus, en el área asignada a la Facultad de Ciencias, la Torre de Ciencias, el 5 de junio de 1950.
 
Casa propia y crecimiento
 
La construcción de Ciudad Universitaria fue un gran proyecto que inyectó bríos y abrió espacios para la educación y el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Ante las circunstancias, los centros de investigación y la propia Facultad de Ciencias dedicaron su esfuerzo a preparar cada vez más cuadros científicos para la docencia y la investigación, y a relacionarse con el exterior vía los temas y problemas que se estudiaban en los centros e instituciones internacionales.
 
“Si aspiramos a construir a México, la tarea más inmediata y urgente es construir al mexicano”, afirma el propio arquitecto Lazo, cabeza del proyecto en marcha. Para 1950 la inversión se calculaba en 150 millones y se esperaba concluir en no más de cinco años, según lo expuesto por Lazo en el Anfiteatro Bolívar en agosto de ese año, aunque al final se invirtieron más de 300 millones. “El primer edificio con que se iniciaron las obras fue éste que vemos en la gráfica: el de Ciencias. Lo primero que se construye es la torre central, que será la estructura de concreto más alta de México”, continúa Lazo ante una audiencia numerosa, encabezada por el presidente de la república y el rector. Presumiendo eficacia, Lazo explica que los quince pisos, con una altura de 45 metros, se construirán en 120 días, estableciendo un récord de seis días por piso. ¡Cada día de retraso costaría al contratista dos mil pesos! Y además de construir edificios, se está comprando equipo, “en el caso de la Facultad de Ciencias, se firmó ya el contrato para la primera parte con una compañía americana por $1 300 000 para la compra del primer aparato desintegrador de átomos, el de Van der Graaff. México, será el primer país latino en adquirirlo”.
 
El testimonio de Barajas, director de la facultad y asesor del proyecto para la Facultad de Ciencias y los institutos, señala a Francisco José Álvarez como el primero que, años antes, propuso al rector Brito Foucher el Pedregal de San Ángel como lugar para la Ciudad Universitaria, ofreciéndose para convencer a los ejidatarios de la expropiación respectiva.
 
El proyecto salió de las reuniones de Barajas, Graef y los arquitectos ya mencionados, que siguieron trabajando sin importar las discusiones sobre la viabilidad del proyecto. Por eso cuando nombran a Lazo y se reanima la actividad, los únicos planos que estaban listos eran los de Ciencias.
 
La ceremonia de inauguración, denominada: “dedicación de la Ciudad Universitaria”, se llevó a cabo el 20 de noviembre de 1952, previo al desfile tradicional de la revolución y diez días antes de que Miguel Alemán entregara la banda presidencial a Ruiz Cortines.
 
De acuerdo con el testimonio de Lozano, la facultad y los institutos se cambiaron a cu, pero al edificio de Filosofía porque la Torre de Ciencias era centro de operaciones de ingenieros y arquitectos. Fue hasta 1954 cuando “nos pasamos los institutos a la torre y la facultad a su edificio en el centro de la cu; fue la primera facultad que se cambió completa”.
 
Haciendo conciencia: reformas y revueltas
 
A partir de 1955 se nota entre la comunidad universitaria una toma de conciencia y mayor participación. La revolución cubana, con fuertes repercusiones en la guerra fría y que habría de influir en toda Latinoamérica, es un marco propicio para que vuelvan las planillas de izquierda entre 1960 y 1961. Las elecciones estudiantiles para la Sociedad de Alumnos se convierten en el terreno de lucha de las fuerzas políticas, lo cual va rompiendo el ambiente conservador imperante en la institución. A tal grado llegaba esta imposición de ideas, que los temas sobre evolución o sobre el origen de la vida, sobre Darwin y Oparin, no eran admitidos en los cursos porque “lastimaban la religiosidad de los alumnos”. Por otro lado un puñado de estudiantes, que pertenecían a las juventudes del Partido Comunista, actuaba en un ambiente de represión. Las banderas de “cristianismo sí y comunismo no” repercutieron en las raquíticas votaciones por las planillas de oposición, que perdieron todas hasta 1965. No obstante, esa década de trabajo convirtió a la Facultad de Ciencias en una de las más politizadas y activas de la Universidad.
 
Al llegar Prieto a la dirección se presenta una primera separación entre la facultad y los institutos. Lo que era una sólida unidad académica sufre su primera escisión. Los jefes de departamento de matemáticas y física fungían como directores de los respectivos institutos, pero Prieto solicita a los directores del Instituto de Física, Fernando de Alba, y de matemáticas, Alfonso Nápoles Gándara, que renunciaran a las jefaturas correspondientes de la facultad. Otro elemento de transformación de la facultad fue la creación de los ayudantes para los cursos, establecida a partir de 1966 como política formal, con todo y partida presupuestal.
 
El torbellino de los sesentas alcanza el país, las movilizaciones populares vuelven ante las políticas de los gobiernos posrevolucionarios que no cumplían las promesas de justicia social. Tanto las fricciones con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz como los problemas internos crearon un ambiente propicio para la protesta. Hay indicios de que los grupos políticos de la Facultad de Derecho fueron utilizados como ariete para derrocar al rector tomando como pretexto los problemas internos.
 
La reacción en la facultad ante la forzada renuncia del rector Ignacio Chávez fue convocar a una reunión de profesores, organizada por la dirección de Prieto por medio del secretario Juan Manuel Lozano. Además del rechazo a las renuncias y el acto antiuniversitario, se discutió la necesidad de organizarse como gremio: nace así en abril de 1966 el Colegio de Profesores. Los estatutos son encargados a una comisión, (Juan Manuel Lozano, Méndez Palma, Juan Luis Cifuentes, Arcadio Poveda). En el análisis de la situación, que se hace público en un desplegado periodístico, se reconoce que había motivos para el conflicto, tanto de orden académico universitario, como de intransigencia por ambos lados. La primera renuncia no se consideró válida por haber sido arrancada en condiciones de violencia, pero sí la que presentó el rector Chávez al día siguiente de los acontecimientos, quien deja su puesto el 27 de abril de ese año. El Colegio de Profesores apoya entonces a Javier Barros Sierra para el cargo de rector.
 
Barros Sierra inicia su rectoría pidiendo a todos los directores ejecutar el proceso de revisión general de los planes de estudio, con miras a una reforma integral. Ésta se lleva a cabo en toda la Universidad durante 1966 y se aplica a partir del ciclo escolar de 1967. En la Facultad de Ciencias la reforma de los planes de estudio ya era una aspiración desde el inicio de la década, por lo que los trabajos se llevan a cabo con toda seriedad, asignando una comisión de tiempo completo en cada carrera. Desde su toma de protesta en 1965, Fernando Prieto consideraba urgente la modificación de los planes de estudio, y lo incluye en su programa de trabajo. Lozano recuerda el proceso como muy intenso y con la participación de todo el que lo deseó: “dentro de la facultad fue un trabajo bastante pesado, lo tomamos en serio, el Consejo Técnico integró comisiones por departamento, pidiéndoles la elaboración de un proyecto en breve tiempo y que presentaran informes periódicos”. Por otro lado, a pesar de que el maestro Cifuentes afirma que “para mí, el objetivo al enseñar biología es que los muchachos entiendan la teoría evolutiva, el interés no es que sepan hacer análisis coproparasitoscópicos”, no se logra que en el plan de estudios sea clara esta concepción.
 
Después del movimiento de 1966, la Facultad ya es otra, tanto académica como políticamente. En su informe como director, en febrero de 1968, Prieto señala que “la nota sobresaliente en la vida de la Facultad durante 1967 fue sin duda alguna la implantación simultánea, en todos los años y todas las carreras, de los nuevos planes de estudio, se nota ya un nuevo ritmo de trabajo en la Facultad, la actividad en los laboratorios se multiplica y es precisamente en esa actividad febril en los laboratorios en donde podemos poner nuestras esperanzas de lograr, en el futuro, esa vinculación con la industria por la que claman muchos de nuestros estudiantes”. En ese mismo informe, Prieto señala la aprobación de los nuevos planes de estudios para las maestrías y doctorados de la facultad.
 
El conflicto del 66 y todos estos cambios fueron el preludio del movimiento de 1968. México se preparaba para recibir las olimpiadas. El 23 de julio, para controlar una pelea entre estudiantes de la preparatoria Issac Ochoterena, la vocacional 5 y una pandilla a la que llamaban “Ciudadelos”, intervienen los granaderos golpeando violentamente a los estudiantes. Como protesta se organiza una manifestación el 26 de julio. Al reprimir dicha manifestación, los granaderos entran al recinto de la Preparatoria 1, en donde había un acto de entrega de diplomas, y golpean a los asistentes, ajenos a la manifestación. Los estudiantes se organizan, toman camiones y forman una barricada en el centro de la ciudad, en lo que se llamó el Barrio Universitario.
 
La Facultad se pone en huelga el lunes 29. Se nombró un comité de lucha en el que se integran Marcelino Perelló, Gilberto Guevara, Juan Estrada, Miguel Yacamán, Renán Cárdenas, Salvador Martínez y una serie de comisionados. La participación de la Facultad de Ciencias en este movimiento fue destacada, ubicada geográfica y políticamente, se encontró en el centro del huracán, con el mejor y más grande comedor, una gran cantidad de brigadas que actuaban todos los días de acuerdo con la programación general, y la estación de Radio Venceremos, instalada en la torre de Ciencias.
 
Los setentas, el inicio de una nueva época
 
Tras la represión del movimiento del 2 de octubre de 1968, las clases tardan en reanudarse casi seis meses. No era fácil regresar a clases a estudiar las mismas cosas, de la misma manera. Lo menos que se podía hacer era cuestionar y revisar todo el quehacer universitario, incluyendo la forma y el contenido de la enseñanza, poniendo a la ciencia en la mesa de las discusiones. La conciencia había entrado en muchos profesores y alumnos, en algunos sectores universitarios quedaba la inquietud de relacionar su actividad académica con las necesidades de sectores amplios de la población.
 
Cifuentes recuerda cómo a su regreso a la Facultad, en 1970, después de ser funcionario de la Secretaría de Pesca, encuentra “una facultad un poco cambiada, con inquietudes de todos los sectores y los estudiantes queriéndose hacer oír en el Consejo Técnico, en un ambiente de gente que le preocupaba el para qué de la facultad y de la ciencia”. De aquí que, de manera institucional se creará primero un seminario con conferencias y después varios grupos académicos para llevar a cabo análisis continuos sobre el papel de la ciencia y la facultad ante los problemas y necesidades de los grupos mayoritarios del país.
 
En 1973 se resuelve establecer la asamblea general como órgano de máxima autoridad en la facultad, creando los consejos departamentales, como órganos democráticos de gobierno colectivo, para administrar con participación de maestros y alumnos cada área académica de la facultad. También se crea el Consejo interdepartamental para resolver los problemas generales, provocándose una dualidad conflictiva con el Consejo Técnico tradicional y reglamentario.
 
Las funciones del consejo departamental son: administrar y coordinar el trabajo y la política del departamento respectivo; asignar materias, laboratorios, servicios de biblioteca, etcétera; establecer y ejecutar criterios para la promoción, contratación y evaluación del personal académico, proponiendo candidatos; tener las atribuciones del Consejo Técnico respecto al departamento; proponer candidatos a integrar las comisiones dictaminadoras y fijar los lineamientos de evaluación, y voceros del departamento ante la dirección de la facultad; crear e integrar comisiones especiales para resolver problemas específicos, y todo aquello que las asambleas les asignen.
 
Como puede verse, esta estructura choca con la oficial y aunque internamente funciona bien, cuando las decisiones salen del ámbito de la propia facultad se presentan conflictos, los cuales tienen que resolverse por la fuerza, por la negociación, o simulando que se cumple con los procedimientos, en particular pasando las decisiones por el aval del Consejo Técnico.
 
La primera vez que se presentó un proceso abierto para integrar la terna a director se pretendía que, más que elegir personas, se optara por programas o compromisos de trabajo. Entre los candidatos —Juan Luis Cifuentes, Vinicio Serment y Augusto Moreno—, se designa a Cifuentes el 24 de junio de 1973. En la ceremonia de toma de posesión, anuncia la reestructuración de la Facultad de Ciencias en consejos departamentales. De inmediato se integra una comisión del Colegio de profesores, coordinada por el propio director para elaborar el documento respectivo que definirá la nueva estructura —incluyendo las propuestas de maestros y alumnos. Los primeros consejeros se eligieron por seis meses para crear condiciones de evaluación en esa primera fase de funcionamiento. Sólo se hicieron evaluaciones y algunos ajustes mínimos en el primer semestre de 1994, y a partir de entonces la Facultad de Ciencias contaba con su muy especial gobierno de participación.
 
Respecto de la dualidad con el Consejo Técnico, ya desde antes de la creación de los consejos departamentales se acostumbraba consultar en cada departamento a los especialistas del área correspondiente. El Consejo Técnico se basaba en la propuesta de solución de dicho grupo de consulta para su aprobación formal, costumbre que ayudó a la creación de los consejos departamentales. En el momento en que estos consejos tomaban las decisiones se quería reducir el papel del Consejo Técnico a simple legalizador formal de las decisiones tomadas en los consejos departamentales o el interdepartamental. Se discutió mucho este “poder dual”, pero en la práctica las circunstancias de la estructura legal en la universidad forzaron a que el Consejo Técnico tuviera más peso, en lugar de desaparecer como algunos pretendían.
 
La facultad estaba inmersa en el proceso democratizador que le significaron los consejos departamentales. La actividad extracurricular era alta y llegaba a niveles de primer orden en el ámbito internacional. Un gran número de conferencias, simposios, congresos, mesas redondas, etcétera, sobre temas de ciencia, educación y sociedad se presentan cada semana. Merecen mención especial la visita de los reconocidos científicos, A. I. Oparin y Dobzhansky a mediados de los setentas. El tema de la evolución, restringido en años, se convirtió en esta ocasión en un acto masivo. Sin lugar a dudas, la facultad se había transformado.
 
Se seguían discutiendo, sin embargo, el tipo de educación y la investigación que debería hacerse para ser congruentes con la movilización política que se estaba dando y con las nuevas estructuras democráticas que se habían creado. La neutralidad de la ciencia y la técnica era cuestionada, y se establecieron mesas de discusión sobre la función social de la ciencia y la técnica a través de la historia. Algunos grupos salieron de sus cubículos para llevar a cabo experiencias de educación y ciencia popular.
 
En 1972 se llevan a cabo los “cursos debate”, formalmente denominados “Análisis crítico del papel del científico ante la realidad mexicana”, propuestos a la asamblea estudiantil por Flavio y Germinal Cocho en lo teórico, y en la operación Raúl Rechtmann y Gustavo Martínez Mekler; eran optativos y pretendían aportar conocimientos sobre problemas socioeconómicos y así poner a los estudiantes en contacto con la realidad del país, tratando de crearles conciencia crítica para la acción. La experiencia termina por la huelga del stunam, pero la inquietud permite el surgimiento de proyectos como el de enseñanza de las matemáticas en comunidades populares y organizaciones en lucha, como el trabajo que profesores y alumnos hicieron en la colonia Rubén Jaramillo, al sur de Cuernavaca, en donde auxiliaron en la capacitación de los profesores del lugar con prácticas de los conceptos.
 
En esta misma tendencia se presentan experiencias docentes de biología en el ejido El Mirasol, en el estado de México. Durante 1973 y 1974, Monserrat Gispert y Jorge González, que había participado en el proyecto del cch, plantearon a los profesores de su departamento la idea de cambiar la enseñanza de la biología para centrarla en un problema concreto de la realidad, de donde se derivarían las materias por aprender. Escoger una comunidad humana y estudiarla conjuntamente con su entorno —plantas, animales, etcétera. Este proyecto sentó las bases de lo que serían las biologías de campo. Otros ejes en este proceso de revaloración social de la ciencia fueron la crítica a la destrucción ecológica y el desarrollo de tecnologías blandas, así como la creación, en 1974, del Programa de Ciencia y Sociedad, con la finalidad de impulsar la transformación del quehacer académico.
 
Nueva ubicación, primera directora
 
En ese contexto, en el primer semestre de 1977, la facultad se trasladó a las nuevas instalaciones, las actuales. El cambio fue una fiesta en la que maestros, alumnos y trabajadores colaboraron. La estatua de Prometeo también fue parte del cambio y el regocijo. Sin embargo, a mediados de ese mismo año, habría de vivirse otro conflicto grave con la huelga del stunam; el maestro Cifuentes recuerda: “para mí era una situación muy compleja, porque legalmente yo ya no era director, pero Guillermo Soberón me seguía dando el lugar de director hasta julio, cuando la facultad decidió, a través de su Consejo Técnico, sacar un desplegado protestando por la entrada de la policía y pidiendo que las instancias universitarias juzgaran a los que fueran responsables y otras cosas. Al otro día de que yo firmé, recibí la noticia de que había terminado mi periodo; esto fue el 13 de julio, aunque hubo el ofrecimiento de que si retiraba la firma podía seguir, pero no lo acepté”. Al mismo tiempo rectoría desconoce al Consejo Técnico, con el pretexto de que no se habían entregado la documentación respectiva, y avala el nombramiento de Vinicio Serment como decano de éste (de tomarse en cuenta al nuevo Consejo Técnico lo hubiera sido Manuel Peimbert, más identificado con el sindicalismo).
 
De acuerdo con la doctora Ana María Cetto: “el rector quería aprovechar el cambio de dirección para reorientar la facultad, para que se encarrilara otra vez, era la oportunidad”. El caso ameritaba atención, así que la decisión no llegó antes de que se terminara el interinato, que por reglamento no puede exceder los dos meses, por lo que fue necesario nombrar, vía la Junta de gobierno, al doctor Eugenio Ley Koo como director provisional. Por parte de la facultad, de acuerdo con la nueva estructura de participación, se inició un amplio proceso de discusión interna para designar una terna de candidatos. En el colegio de profesores se hicieron listas abiertas de candidatos, cuyos proyectos se discutieron y votaron en asamblea. La terna que envía la facultad incluye a la doctora Ana María Cetto Kramis, Miguel Lara Aparicio y al propio Cifuentes. A su vez, la Rectoría modifica esta terna, sustituyendo a Cifuentes por Guillermo Aguilar, que había sido particularmente cuestionado en el Colegio de profesores.
 
Respecto de la entrevista con la Junta de gobierno, la doctora Cetto recuerda: “les interesaba, sobre todo, entender cuál era mi posición respecto a la asamblea general, el asambleísmo, como le llamaban, y a la democracia; les interesaba mucho menos la problemática académica. Era obvio que la Junta de gobierno veía un problema político en la Facultad de Ciencias, y la elección, para ellos, era un asunto político”. Electa, la doctora Cetto, primera mujer en el cargo, toma posesión, en forma nada tranquila, el 31 de enero de 1978. De nuevo la Universidad y la facultad entraban en proceso de cambio.
 
El panorama abordado hasta aquí da idea de la fundación de la Facultad de Ciencias, dejando para estudios posteriores las décadas subsecuentes que dieron forma a la actual estructura académica y social de la facultad. Queda claro que en el camino aún falta mucho por andar, el futuro de esta institución y de la Ciencia en México depende en mucho del rumbo que tomemos hoy.
     
Nota

Este texto es un fragmento del publicado en número 53 de la revista Ciencias.
     
       

     
Francisco Javier Cepeda Flores
Centro de Investigación en Matemática Aplicada,
Universidad Autónoma de Coahuila.

Francisco Cepeda Flores se ha desarrollado en el ámbito académico en diferentes instituciones de educación superior del país. Ha participado en diversos movimientos ciudadanos por las causas democráticas. También es historiador y actualmente es Director e investigador de tiempo completo del Centro de investigación en Matemática aplicada de la Universidad autónoma de Coahuila, del que fue fundador.
     

     
       

 

 

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