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Héctor T. Arita      
               
               
A regañadientes acepté la invitación de mi amigo. De acuerdo, juntos habíamos experimentado toda clase de aventuras. Nuestras correrías iban desde travesuras infantiles —aquella vez que iniciamos un incendio en el terreno baldío que había en la esquina de la casa— hasta diversiones más de adultos (y por tanto mucho más caras) como la ocasión en que nos atrevimos a lanzarnos en paracaídas. Habíamos vivido grandes emociones y jurado nunca rajarnos, pero explorar una cueva, ¿a quién se le podría ocurrir? A Javier, me imagino.
 
Debo aclarar que Javier no es una persona normal, sino un biólogo. Este biólogo en particular, además de las extrañas aficiones compartidas con sus colegas (coleccionar toda suerte de bichos singulares, pasar semanas enteras en el campo subsistiendo con una dieta de atún y sardinas, etcétera) posee otra que lo distingue de la mayoría: su amor por el peligro. Es por esta combinación de excéntricas inclinaciones que Javier se ha dedicado a la biospeleología, el estudio de los organismos cavernícolas.
 
Todavía no sé cómo me convenció. No recuerdo si fue su incansable parlotear sobre lo que él describía como fascinantes animales cavernícolas o su emocionada reseña de las estalactitas, estalagmitas y demás “itas”. Lo que sí recuerdo es su incesante uso de terminajos extraños que yo nunca había oído: “vamos a observar numerosos troglobios que aprovechan el microhábitat entre los espeleotemas, donde se percolan los nutrimentos que exudan de las raíces de los Ficus”, creo que dijo. Me parece que entendí más en aquella película alemana sin subtítulos que vi el otro día. En cualquier caso, el hecho es que finalmente acepté acompañar a mi amigo a aquella cueva. Una sonrisa de maquiavélica satisfacción asomó a su rostro.          
 
A las nueve de la mañana llegamos a la entrada: un hueco de poco más de un metro en el piso calcáreo. Me asomé y, por supuesto, no vi absolutamente nada. “Tenemos que entrar y acostumbrarnos a la oscuridad”, sentenció Javier con su estúpido tono paternalista que tanto me irrita. Angélica y Marco, compañeros de aventuras subterráneas de mi amigo, montaron con impresionante celeridad el sistema de cuerdas y aparatos que nos permitirían descender a aquel mundo de silencio y oscuridad. “El árbol del que están amarrando la cuerda es un amate, un Ficus”, me explicó Javier; “fíjate cómo las raíces se extienden varios metros bajo el suelo. Un investigador de Hawái mostró que el intercambio de materia orgánica en las raíces de estos árboles es una de las fuentes más importantes de nutrimentos para los ecosistemas de las cuevas”. “Genial”, musité burlonamente.
 
Bajó primero Marco y nos informó que el tiro era de unos ocho metros. Mientras Angélica recogía y se acomodaba los mosquetones y la “marimba”, para iniciar su descenso, Javier me explicó que en las cuevas no existe fotosíntesis y que, si bien hay bacterias capaces de sintetizar materia orgánica usando energía química, los ecosistemas cavernícolas prácticamente dependen en forma total de fuentes externas de nutrimentos: ramas y partículas arrastradas por el agua, sustancias disueltas que se filtran por las fisuras o a través de las raíces de los árboles, o excrementos de animales que entran y salen de las cuevas, como los murciélagos. Hice una mueca al tratar de imaginarme el aspecto que podría tener el excremento del conde Drácula.
 
Haciendo caso omiso de mis payasadas, mi amigo continuó su disertación. Tomó una ramita y removió la hojarasca del piso. “¿Ves la cantidad de hojas y ramas que hay aquí? Esta abundancia de materia orgánica favorece el desarrollo de comunidades muy ricas de artrópodos”. Removió con mayor vigor los sedimentos y una espantosa alimaña se retorció con rapidez. “¡Es una escolopendra!”, exclamó Javier con tanto gusto como si tuviera enfrente el último calendario de la Bibi. “Si te fijas con cuidado notarás que existe una gran abundancia de artrópodos”. Efectivamente, detecté muchísimos bichos de variadas formas y tamaños: hormigas, cochinillas, arañas de todo tipo, chapulines y hasta una rana distraída pasaron frente a mis ojos.        
 
“¡Te va!”. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que era mi turno para entrar a la cueva. Tenía ya experiencia en el manejo de los aparatos, pero eso de no poder ver por dónde va bajando uno es de veras horripilante. Me ajusté el arnés y me cercioré de que el mosquetón de seguridad estuviera bien colocado. Acto seguido, me colgué de la cuerda y di el primer paso hacia atrás, y luego el segundo y el tercero. Noté inmediatamente la diferencia entre el mundo exterior y el de la cueva: la temperatura era mucho menor y la humedad más alta sólo unos centímetros dentro de la cueva. A medida que bajaba me parecía que el orificio de la entrada se hacía más y más pequeño, hasta convertirse en un pequeño círculo de luz a ocho metros de altura.
 
En lo que bajaba Javier, exploré los alrededores. El cono de luz de mi lámpara apenas me servía para iluminar parcialmente el piso y las paredes de aquel lugar. Noté inmediatamente la diferencia con el exterior: en el piso de la cueva apenas y vi unos cuantos insectos dando vueltas, comunidad paupérrima en comparación con la de afuera. Cuando Javier terminó su descenso y se retiró el arnés, señaló lo que a mí me pareció un bosquecito de plantitas subdesarrolladas, una selva bonsái. “Son plántulas de ramón”, señaló Javier. “Y a mí qué me importa que el tal Ramón haya venido a dejar sus huellas aquí”, pensé con sorna. Sin fumarme, Javier prosiguió: “El ramón, Brosimum alicastrum, es un árbol de la familia de las moráceas cuyas semillas son dispersadas por murciélagos. Las plántulas que ves aquí son producto de la germinación de las semillas que fueron acarreadas por algún quiróptero, probablemente el murciélago zapotero, Artibeus jamaicensis. El destino de estas plántulas es triste, la inmensa mayoría de ellas morirá al no recibir la luz necesaria para subsistir; sólo una entre miles logrará crecer y desarrollarse como el Ficus del que nos colgarnos. Su existencia no es del todo inútil, ya que toda una serie de insectos y otros artrópodos se desarrollan gracias a la materia orgánica que se acumula junto a las plántulas. Este es un ejemplo más de la incansable labor de los murciélagos que funcionan como eslabones móviles entre el ecosistema de las cuevas y el mundo exterior”. A pesar del tono pedante de mi amigo, quedé sinceramente impresionado al comprender de pronto la interconexión de las cuevas y el ambiente exterior.     
 
Comenzarnos a caminar por una estrecha galería tapizada de estalactitas rotas y cristales incompletos, prueba constante de la presencia humana. Casi al final de la galería, Javier pidió silencio. “Escucho chillidos de murciélagos”, dijo en voz baja. Acercándose sigilosamente y apuntando su luz con cautela, mi amigo localizó al grupo de murciélagos moviéndose nerviosamente en el interior de un pequeño hueco en el techo. “¡Son Artibeus!” Con un rápido movimiento Javier se acercó, colocó una red de mano en el hueco y capturó un par de animales. Con dificultades ocultaba su emoción mientras con la mano enguantada extraía uno de la red. Al ver al animalillo aquél en la mano de mi amigo, mi impresión sobre los murciélagos cambió radicalmente. No puedo decir que sea un animal bonito, pero había algo en esos ojos grandes y en el movimiento constante de las orejas que despertaba cierta ternura. No se trataba de una bestia monstruosa, como la mayoría de la gente piensa.           
 
Comenzó otra de las clásicas disertaciones de Javier. “Observen cómo la colonia de los murciélagos se encuentra en este hoyo de disolución en el techo de la cueva. Probablemente se trata del harem de un macho y sus numerosas hembras. Fíjense también en el piso, justo debajo del hoyo”. Apunté mi lámpara y vi una pequeña pila de un material extraño. “Es una pila de guano, excremento de murciélagos acumulado ahí a lo largo de los años”. Me acerqué con cuidado y pude ver una multitud de puntitos rojos moviéndose por todos lados, “ácaros, unos artrópodos emparentados con las arañas y garrapatas”, según Javier. Había también lo que identifiqué como asquerosos gusanos y que Javier llamó larvas de mosca y de escarabajo. Noté que si me movía unos cuantos centímetros fuera de la pila de guano, no encontraba ninguno de esos bichitos. Adelantándome a la inevitable perorata de Javier, deduje que era la materia orgánica contenida en el guano la que mantenía a las poblaciones de esos bichos, y que en las zonas sin ese guano los animaluchos no podían subsistir.       
 
Continuamos con nuestra exploración y pronto llegamos a una laguna. El agua era increíblemente transparente y el reflejo de nuestras lámparas iluminaba con destellos las estalactitas y los cristales. Era un espectáculo realmente fascinante que nos dejó atónitos por un buen rato. No aguantando más la tentación, entré a la laguna y comencé a caminar. A los dos pasos me di cuenta de mi error: al remover el fondo levanté una cortina de finísima arena que enturbió de inmediato el agua. “¡Ahora ya no podremos ver a los peces ciegos!”, chilló Javier. Sentí ganas de contestarle que ahora la situación estaría pareja porque ellos no podían vernos a nosotros, pero me contuve al ver que mi amigo estaba genuinamente consternado. Me explicó que existen en estas cuevas varias especies de langostinos y peces completamente blancos y ciegos y que tienen sumamente desarrollados otros sentidos. Me puso por ejemplo a los langostinos que tienen antenas tres veces más largas que el cuerpo; estos son ejemplos clásicos en los textos de evolución.
 
Los ánimos se calmaron cuando encontramos otra poza y alcanzamos a ver, nadando apaciblemente, a uno de los tan mentados peces ciegos. “¡Es un Pluto infernalis!”, sentenció mi amigo, y yo pensé “al rato aparece el Tribilín del averno”. Sin embargo, al observar cómo aquel sorprendente pez se alejaba nadando con toda la tranquilidad del mundo, como si los de su estirpe tuvieran todo el tiempo para evolucionar, comprendí por qué las cuevas son sitios tan especiales. Sentí una extraña tranquilidad interior cuando la criatura finalmente desapareció de nuestra vista.
 
Volví a la realidad cuando Javier comenzaba otra de sus lecciones. “Los animales que, como este Pluto infernalis, son exclusivos de las cuevas, se llaman troglobios. Generalmente presentan adaptaciones extremas a las condiciones de las cuevas, como las que vimos en este pez. Otras especies, que pueden completar su ciclo de vida dentro de las cuevas, pero que también se han encontrado fuera de ellas, son llamadas troglófilos, como la mayoría de los artrópodos que vimos en el guano de los murciélagos. Otros animales, como los murciélagos, necesitan forzosamente salir de las cuevas para alimentarse o completar su ciclo de vida y son conocidos como trogloxenos. Finalmente, existen otras especies que han sido reportadas en cuevas, pero que seguramente llegaron a ellas en forma accidental”.
 
Pasando la laguna penetramos en un túnel que ascendía rápidamente. A cada paso sentía que me ahogaba. Al llegar al final del túnel el calor era ya tan insoportable que no me percaté de los chillidos que llenaban el lugar. Cuando reaccioné me quedé estupefacto: cientos, miles de sombras surcaban velozmente el reducido espacio de aquella cámara, evitando ágilmente las colisiones con las estalagmitas y con nosotros. “¡Ah!, una colonia de Natalus”, dijo Javier suspirando como si hubiera encontrado una hielera llena de cervezas frías. Un movimiento ágil de la red y Javier tenía ya en sus manos un murciélago: era pequeño, con patas muy largas y un extraño rostro en el que los diminutos ojos apenas se distinguían, perdidos en el vórtice de las enormes orejas en forma de embudo: un Natalus stramineus típico. A los pocos minutos Javier ya había capturado e identificado otras cinco especies de murciélagos.
 
“Esta”, comenzó Javier su nuevo discurso, “es una sección de lo que los espeleólogos cubanos llaman una cueva de calor, por razones obvias: la cámara se encuentra por arriba de otras y no tiene sino una salida estrecha; el calor se concentra, creando un ambiente ideal para las grandes colonias de murciélagos.” Angélica, que había estado tomando medidas de temperatura y humedad, nos informó que en ese lugar la temperatura era de 34 grados Celsius y la humedad relativa era del 100%. “!Santa vaporera, Batman!”, exclamé. La temperatura en la zona de la laguna, apenas unos metros más abajo era de 24 grados.  
 
Desde que entramos en esa cámara sentí algo raro en el suelo, y cuando miré comprendí la razón: mis botas estaban completamente hundidas en guano. Aquí éste tenía un aspecto diferente, parecía estar formado por pequeñas pelotitas que se movían. En efecto, era tal la concentración de larvas de mosca y de escarabajo que el sustrato literalmente se movía. Yo mismo me sorprendí de no sentir asco y de estar verdaderamente embrujado por la inmensidad de aquella colonia de murciélagos y por la riquísima fauna de artrópodos que se desarrollaba en el guano.
 
“Debe haber al menos unos 40000 individuos”, sentenció Javier. “En otros lugares de México hay una especie, el murciélago guanero, Tadarida brasiliensis, que forma colonias de hasta 40 millones de individuos”. “40 millones”, dije, “es como si estuviera todo el padrón electoral de México en una sola cueva, y sin rasurados.” Sin inmutarse, Javier continuó con su explicación: “en varias cuevas del norte de México y de Estados Unidos, el murciélago guanero forma lo que se llaman colonias de maternidad, que son grupos de hembras con sus crías. Un investigador norteamericano demostró hace algunos años que las hembras que regresan a la cueva después de su excursión nocturna en busca de alimento, son capaces de localizar a su propia cría en un mar de millones. ¿Cómo logran eso?, es uno de los grandes misterios de la naturaleza”.   
 
“Estas grandísimas colonias de murciélagos —añadió— forman enormes acumulaciones de guano en el suelo de las cuevas, que proveen de alimento a comunidades de artrópodos completamente diferentes a las que encontramos en otros lugares. Aquí el alimento es superabundante y permite el desarrollo de grandes poblaciones de escarabajos y otros insectos”.
 
No pudimos soportar mucho tiempo en aquella cámara. El calor y la humedad sofocantes, y el intenso olor a guano de murciélago nos obligaron a salir del recinto y retornar a la galería por la que habíamos entrado. Notamos inmediatamente el cambio de temperatura al sentir el frío y la humedad condensada en nuestras ropas. Mientras recobrábamos la respiración, mi amigo explicó que entre los espeleólogos existe el temor de contraer la histoplasmosis, una enfermedad causada por el hongo Histoplasma capsulatum, y que puede producir la muerte. En realidad, el hongo es capaz de desarrollarse en cualquier lugar donde hay grandes acumulaciones de materia orgánica; incluso es un gran problema en gallineros mal ventilados. Javier nos indicó que los sitios más peligrosos son los túneles donde hay guano de murciélago y el ambiente es seco, pues esto propicia que el polvo depositado en el piso (y con él las esporas del hongo) se levante con cada pisada. En cuevas húmedas, como en la que estábamos, el riesgo es menor, aunque no despreciable. Javier hizo énfasis en el hecho de que no se puede considerar la histoplasmosis como una enfermedad transmitida por los murciélagos; simplemente el hongo encuentra en el guano el sitio idóneo para su desarrollo.
 
Continuamos por un túnel paralelo al que conducía a la cámara de los murciélagos y que, según Marco, nos llevaría a otra salida. Caminábamos por una de las estrechas galerías cuando vi en el piso lo que parecía un charco de sangre coagulada. “Ya encontré el refugio de Drácula”, exclamé burlonamente. Javier, tratando de ocultar su enojo, me regañó: “cállate y apunta cuidadosamente tu luz hacia arriba”. Y lo que vi me dejó helado. Colgado dentro de una grieta en el techo, a unos tres metros de altura, se encontraba un grupo de murciélagos, de aspecto agresivo, que chillaban secamente por la intensidad de la luz que yo enfocaba sobre ellos. “Son vampiros, Desmodus rotundus”, advirtió Javier. “No se preocupen, si no los tocamos, no atacarán.”
 
Nuevamente mi amigo hizo gala de su agilidad y capturó a uno de los individuos. Tenía un aspecto amenazador; atrapado en la mano enguantada de Javier, movía la cabeza de un lado a otro tratando de morder con sus afiladísimos dientes. Javier nos hizo notar que los incisivos, y no los colmillos, son los dientes más desarrollados en este animal. Los vampiros los usan para cortar la piel de los animales de los que se alimentan, como vacas y caballos. Contrariamente a la creencia popular, los vampiros no chupan sino que lamen la sangre que fluye de las heridas que provocan. Poseen una sustancia anticoagulante en la saliva que hace que la sangre fluya varios minutos.           
 
“La gran mayoría de las especies de murciélagos son benéficas”, indicó Javier. “Por ejemplo, algunas de ellas polinizan las flores o dispersan las semillas de plantas de importancia económica; otras, como el murciélago guanero, consumen toneladas de insectos que pueden formar plagas en los cultivos. En México, de las más de 135 especies de murciélagos sólo tres son vampiros, y de ellas sólo una, el Desmodus rotundus, es lo suficientemente abundante para ser considerada plaga entre los ganaderos. Desafortunadamente, muchas de las campañas de control del vampiro han afectado las poblaciones de otras especies, pues los encargados no saben distinguir entre los diferentes tipos de murciélagos. Este es un problema muy serio en toda América Latina”.
 
Cuando Javier soltó al vampiro y éste comenzó a desplazarse velozmente por entre las grietas, saltando casi como un sapo, dejé de sentir horror. El animal, ya en su ambiente natural, no se veía tan amenazador. Entonces me di cuenta de que gran parte del miedo que la gente tiene a estos animales proviene de la total ignorancia sobre ellos. Me percaté también de las tremendas consecuencias que las campañas de control de vampiros, sustentadas en esta ignorancia, tienen sobre otras especies de murciélagos.
 
Caminamos en silencio el resto del camino. Yo reflexionaba sobre todo lo que había aprendido ese día y lo fascinante que había resultado, después de todo, el mundo subterráneo. Al final del túnel noté un circulito de luz que comenzó a hacerse cada vez más grande: la salida. Deseando prolongar lo más posible mi estancia en la cueva, pedí a Javier que nos sentáramos a descansar antes de salir.
 
Con visible satisfacción, mi amigo accedió. Nos sentamos, o más bien nos dejamos caer, sobre unas rocas junto a una pared. Javier aprovechó nuestro estado de ánimo para explicar los peligros que afrontan los organismos que viven en las cuevas: “los ecosistemas de las cuevas se encuentran entre los más amenazados del mundo. Cuando pensamos en sitios en peligro nos imaginamos selvas, arrecifes coralinos o grandes ríos y lagos. Las cuevas no figuran normalmente en los planes de conservación biológica porque son sitios muy poco conocidos e inconspicuos.
 
“Sin embargo —continuó—, debido a que los organismos cavernícolas están adaptados a condiciones ambientales muy específicas y poco variables, cualquier cambio en su entorno puede conducir a su extinción. Por ejemplo, si un constructor clausura la entrada a una cueva, inadvertidamente puede cambiar el microclima de las galerías profundas, afectando a las colonias y murciélagos y, por consiguiente, a las comunidades de artrópodos asociadas al guano. De igual forma, la contaminación de las aguas en la superficie puede alcanzar los mantos subterráneos y determinar la desaparición de especies como el pez ciego que vimos. El problema es que muchos de estos efectos tienen lugar sin que nadie se dé cuenta”.
 
Simplemente nosotros —detalló Javier—, por muy cuidadosos que hayamos sido, podríamos haber modificado temporalmente el microclima de algunas áreas con nuestra presencia. El calor generado por nuestras lámparas, el bióxido de carbono que exhalamos o el polvo que levantamos con nuestras pisadas pueden haber generado cambios dramáticos desde la perspectiva de un troglobio. Ahora imagínense el efecto de la gente irresponsable que se mete a las cuevas con antorchas, pinta las paredes, deja basura en el interior y se lleva una serie de recuerdos de su viaje. Su efecto puede ser simplemente desastroso.
“Es por todo esto que un espeleólogo americano, Gary MacCracken, ha propuesto su clasificación de cuevas verdes y rojas.” Aquí estuve a punto de decir “ni que fueran enchiladas”, pero el ambiente no era el propicio, supongo. Las cuevas rojas —continuó mi amigo— son los sitios a los que no se debería permitir el acceso a las personas. Por el contrario, las cuevas verdes podrían ser visitadas sin riesgo alguno. El problema para aplicar este sistema en México es que no contamos con un catálogo lo suficientemente completo como para intentar tal clasificación. En cuanto a los organismos cavernícolas el desconocimiento es aún mayor. Prácticamente cualquier estudio biospeleológico en alguna cueva encuentra varias especies nuevas, lo que indica que el trabajo descriptivo de las faunas es sumamente primitivo, y ya no digamos el ecológico.
 
“El mundo actual —sentenció finalmente Javier— se enfrenta al problema de la pérdida vertiginosa de la biodiversidad, y es peor en ecosistemas como los de las cuevas porque ni siquiera sabemos la magnitud de esa pérdida. Aún más triste: tal vez nunca nos enteremos de tal pérdida, a no ser por los efectos indirectos.” 
 
Todos guardamos silencio por varios minutos, sentados sobre rocas de un mundo extraño que yo apenas había aprendido a apreciar y que podría estar en riesgo de desaparecer. Habíamos apagado las lámparas y eso aumentaba el efecto sobre nuestro estado de ánimo.      
 
Salimos. Nos deslumbró la luz solar y me sentí sorprendido de ver tanto verde: plantas por todas partes. Evoqué las maravillas del lugar en donde había estado, donde la vida no depende directamente de la clorofila, esa sustancia que daba color al paisaje que tenía frente a mí. Entendí de golpe el concepto de biodiversidad y la enorme pérdida que significaría la desaparición de ecosistemas únicos como las cuevas. Y sentí una gran tristeza al imaginarme un mundo en el que no existiera la vida bajo la tierra.
 
EL AMBIENTE DE LAS CUEVAS

Aunque para la mayoría las cuevas son lugares extraños y desligados del mundo exterior, la realidad es que están inexorablemente conectadas al exterior por una serie de eslabones geológicos y ecológicos. El intercambio de materia y energía se produce a través de fuerzas físicas, como las corrientes de agua y la filtración, los vientos y la sedimentación, o a través de fenómenos biológicos como el movimiento de animales y el intercambio de nutrimentos por árboles que desarrollan raíces dentro de las cuevas. Éstas y su medio externo circundante forman un sistema complejo que debe ser estudiado como un conjunto.

Para empezar, el alimento es sumamente escaso en las cuevas. Se ha estimado que la concentración de biomasa en una cueva típica de los Estados Unidos es de menos de un gramo por hectárea en pozas o de 20 g/ha en pasajes terrestres. Esta densidad aumenta cerca de las bocas de las cuevas y puede alcanzar 1000 kg/ha en las entradas. Por el contrario, los pasajes cubiertos con guano de murciélago presentan una sobreabundancia de nutrimentos y mantienen comunidades mucho más diversas que las de otros sitios.

La temperatura y la humedad en secciones profundas son extraordinariamente constantes. La primera es siempre cercana a la media anual en la superficie de la región donde se encuentra la cueva, y su variación es menor en las partes más profundas. Cerca de las entradas las variaciones diaria y estacional de la temperatura son detectables, pero en general son menores que las observadas fuera. De igual forma, la humedad relativa es sumamente constante y rara vez disminuye del 80%. El bioespeleólogo F. G. Howarth ha propuesto que los artrópodos terrestres que viven en cuevas deben contar con sistemas de excreción de agua muy eficientes para poder sobrevivir en ambientes casi saturados. Las cuevas son, pues, extraños mundos en los que la luz falta por completo, la temperatura y la humedad rara vez cambian y el alimento es sumamente escaso.

 
LOS ANIMALES CAVERNÍCOLAS

La vida en las cuevas no es fácil. Los animales que subsisten en este medio muestran, en diferentes grados, adaptaciones notables a este ambiente bajo la tierra. Con base en el grado de adaptación, se han propuesto numerosas clasificaciones de los animales de cuevas pero algunas tienen tantas categorías que en la práctica son absolutamente inservibles. La clasificación que se muestra a continuación es la más simple y utilizada por los espeleólogos del mundo.

Troglobios: Especies que se encuentran exclusivamente en las cuevas.

Troglófilos: Especies que se encuentran tanto en las cuevas como en el exterior. Los individuos pueden completar su ciclo de vida dentro de las cuevas.

Trogloxenos: Especies en las que los individuos habitan las cuevas, pero que necesitan salir de ellas para alimentarse o para completar su ciclo de vida.

Accidentales: Especies que se han hallado en las cuevas debido a situaciones fortuitas, como haber sido arrastrados por corrientes de agua.

Como respuesta a las condiciones especiales, algunos troglobios han desarrollado adaptaciones extremas. Son ejemplos clásicos de evolución las adaptaciones morfológicas de algunos organismos a la carencia de luz, como la reducción de la pigmentación y de los ojos, así como enorme desarrollo de otros órganos de los sentidos. En México existen varias especies de troglobios que presentan estas adaptaciones. Entre ellas se encuentra Pluto infernalis, un pez semejante a una anguila de unos 32 cm de longitud, que habita las cuevas de Yucatán. El animal carece de ojos, pero presenta un gran desarrollo de los órganos sensoriales en la piel de la cabeza, lo que compensa su ceguera. Este pez carece de aletas, con excepción de las pequeñas ornamentaciones en el extremo de la cola, y es casi despigmentado.

Existen otras adaptaciones morfológicas y fisiológicas tal vez menos notorias pero igualmente fascinantes, como las modificaciones en los órganos internos —por ejemplo, el gran desarrollo de los lóbulos sensoriales del cerebro—, la reducción en la tasa metabólica y una mayor eficiencia de los sistemas de excreción de agua. En términos ecológicos, la adaptación de los organismos al medio cavernícola se manifiesta a nivel de poblaciones en estrategias de vida tipo K, como los niveles poblacionales bajos, las mayores longevidades, los periodos de reproducción retrasados y la producción de una menor cantidad de huevos, compensada por un mayor tamaño de estos.

Tales adaptaciones hacen a las especies cavernícolas muy susceptibles a los cambios en su ambiente. El espeleólogo francés Juberthie ha mostrado que una modificación de apenas unas décimas de grado Celsius impide el desarrollo de un escarabajo cavernícola (Aphaenops cerberius). De manera similar, muchas especies terrestres son extraordinariamente sensibles a pequeñísimos cambios en la humedad relativa del ambiente. Se ha observado también que la adición de materia orgánica en sitios con niveles bajos de nutrimentos puede desencadenar cambios dramáticos en la composición de las comunidades de invertebrados de cuevas. En un mundo de condiciones constantes, un pequeño cambio puede traer consigo impresionantes consecuencias ecológicas.

Muchos organismos especialistas consideran a las cuevas verdaderas islas rodeadas por un océano de hábitats inhóspitos. El movimiento de ciertas especies de una cueva a otra parece ser muy limitado, a juzgar por la baja similitud genética entre las poblaciones y por los altos niveles de endemismo.

La combinación de nivel poblacional bajo, distribución restringida y gran especialización de hábitat hace de los animales cavernícolas especies vulnerables en las tres dimensiones de rareza propuestas por la botánica D. Rabinowitz. Las especies con densidades de población bajas son más susceptibles a la extinción pues son más vulnerables al efecto de los factores aleatorios demográficos y genéticos que amenazan a cualquier población. De igual forma, las especies con distribución restringida o alta selectividad de hábitat son más frágiles: unos cuantos eventos de extinción local pueden hacer desaparecer a toda la especie. La rareza de una especie es sólo uno de los muchos factores que la hacen vulnerable, pero es claro que los organismos cavernícolas, por una serie de características biológicas, son particularmente frágiles.

 
 
EL CASO DE LOS MURCIÉLAGOS 

Numerosas especies de murciélagos usan las cuevas como refugios diurnos o albergues temporales en la noche. En México, por ejemplo, 60 de las 137 especies de murciélagos pueden ser consideradas cavernícolas, y muchas de ellas están amenazadas por la extinción. En Estados Unidos, las cinco especies de murciélagos que están en la lista de especies en peligro de desaparecer usan las cuevas al menos parte del año. En Tailandia, el murciélago abejorro (Craseonycteris thonglongyai) sólo se encuentra en seis cuevas. En México, al menos 19 de las 60 especies de murciélagos cavernícolas son frágiles o vulnerables a la extinción.

Varias especies de murciélagos cavernícolas contribuyen indirectamente a la economía nacional. Por ejemplo, 10 de las 13 especies de murciélagos nectarívoros de México se refugian regularmente en cuevas. Algunas, como el murciélago magueyero (Leptonycteris curasoae), polinizan algunas especies de importancia comercial como los magueyes mezcaleros. Otras especies cavernícolas —el murciélago zapotero (Artibeus jamaicensis)— son frugívoras y contribuyen en la diseminación de muchas plantas de importancia económica. El murciélago guanero (Tadarida brasiliensis), por su parte, en algunas cuevas forma colonias enormes que producen toneladas de guano aprovechadas en muchas localidades como fertilizante.

Al igual que las especies no cavernícolas, los murciélagos que usan las cuevas encaran amenazas en el exterior. La deforestación y otros tipos de degradación de los hábitats, los efectos directos e indirectos de los pesticidas y la pérdida de ciertas plantas utilizadas por frugívoros y nectarívoros son sólo algunos factores que pueden reducir los niveles poblacionales de los murciélagos.

En el interior enfrentan otros peligros. Algunas especies, como el murciélago guanero, forman enormes agregaciones de millones de individuos; si por alguna razón una de sus cuevas es perturbada, una fracción considerable de la población total puede ser extirpada. Este problema es particularmente serio en el caso de las especies que usan las cuevas para hibernar o formar colonias de maternidad.

En América Latina los murciélagos cavernícolas deben sortear una amenaza particularmente seria. En las áreas infestadas con vampiros (Desmodus rotundus) algunos ganaderos acostumbran hacer visitas de exterminio a las cuevas. El problema es que estas personas rara vez son capaces de distinguir a los verdaderos vampiros de las especies benéficas. En la mayoría de casos, incluso los empleados del Gobierno que trabajan en las campañas de control de vampiros carecen del entrenamiento necesario para diferenciar cabalmente las diversas especies. Así son incontables los casos en que colonias enteras de murciélagos insectívoros, frugívoros o nectarívoros han sido extinguidas por campañas dirigidas a la eliminación de los vampiros.

Debido a todos estos factores, numerosas poblaciones de murciélagos cavernícolas mexicanos han declinado en los últimos años. Las colonias de murciélagos magueyeros (Leptonycteris spp.) han disminuido considerablemente en tamaño, como lo muestran algunos estudios recientes. De igual manera, muchas de las cuevas habitadas por cientos de miles de murciélagos guaneros han sido perturbadas en tal grado que hoy ya no es posible encontrar uno solo. La situación de muchas otras especies seguramente es igual de crítica, pero por desgracia faltan estudios adecuados que documenten las disminuciones en los tamaños de población.

 
UNA PROPUESTA DE CONSERVACIÓN

El especialista en murciélagos Gary MacCracken, ha propuesto la creación de listas de cuevas “verdes” y “rojas”. Aquellas que, por contener especies en peligro o comunidades únicas no deberían visitarse, se clasificarían como rojas, mientras que los sitios verdes podrían estar abiertos a las visitas. El sistema de MacCracken es susceptible de aplicarse a sitios específicos dentro de las cuevas, más que al todo. De esta manera, una cueva grande serviría para varios propósitos: área verde para la visita de turistas y deportistas, y área roja de protección para las colonias de murciélagos y otros organismos cavernícolas. Asimismo, la clasificación puede aplicarse usando criterios diferentes al biológico, como la presencia de cuerpos de agua importantes o de sitios arqueológicos o históricos.

Un obstáculo para la aplicación de este sistema, por lo que toca a las cuevas de México, es la falta de información confiable para la mayoría de los sitios. Aunque muchos lugares han sido visitados y aun mapeados por espeleólogos deportivos, la información sobre aspectos geológicos, biológicos e históricos es, en el mejor de los casos, fragmentada. El primer paso para la conservación sería crear un catálogo nacional de cuevas, que incluyera una base de datos con información socioeconómica y de historia natural.

La asignación de las cuevas a las categorías de uso podría hacerse a varios niveles. Una clasificación nacional identificaría las cuevas de mayor importancia geológica, biológica e histórica para el país y proveería los lineamientos generales para su conservación. La clasificación estatal o regional podría ser más detallada y completa, permitiendo coordinar esfuerzos de conservación y desarrollo. Finalmente, una clasificación local, por ejemplo a nivel de municipio, daría los lineamientos específicos para cada cueva o sistema de cuevas.

 articulos
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Héctor T. Arita
Centro de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
Arita, Héctor T.. 1994. La vida bajo la tierra. Ciencias, núm. 36, octubre-diciembre, pp. 50-58. [En línea].
     

 

 

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Ramón Espinasa Pereña y Ruth Diamant
     
               
               
Las cuevas que existen en México pueden separarse en dos
grupos importantes, de acuerdo a su origen: volcánico —formadas durante el emplazamiento de derrames de lava de tipo pahoehoe—, y kárstico —cuando el agua disuelve la roca caliza a lo largo de fracturas, excavando drenajes y conductos subterráneos. Estas últimas son las más importantes en número y dimensiones. Hace 65 millones de años, durante el periodo Cretácico, la mayor parte de nuestro país se encontraba sumergido bajo el mar, formando una serie de cuencas profundas y plataformas limitadas por arrecifes de rudistas.
 
Así, en prácticamente todo el territorio nacional se depositaron —hasta en varios kilómetros de espesor— sedimentos asociados a esta gran cadena de arrecifes, formados principalmente por carbonato de calcio procedente de las conchas de los rudistas, moluscos y otros organismos marinos. A principios del Terciario estos sedimentos, transformados en roca caliza, fueron plegados y rotos para formar la Sierra Madre Oriental, las Sierras Morelos-Guerrero, las Sierras orientales de Oaxaca y las Sierras de Chiapas. Mientras tanto, el depósito de sedimentos carbonatados continuó en lo que hoy es la Península de Yucatán, y aún sigue en el Caribe.  
 
Desde que las rocas calizas estuvieron expuestas a la erosión subaérea, el agua ha empezado a disolver y erosionar para trazar su cauce subterráneo.
 
El agua de lluvia absorbe bióxido de carbono de la atmósfera y de los suelos, reaccionando para formar ácido carbónico. El mineral calcita, carbonato de calcio, de que está formada la roca caliza, se disuelve en esta solución levemente ácida, de manera que al penetrar el agua ensancha las fracturas de la roca. Cuando un sistema de fisuras atraviesa un macizo calcáreo, poniendo en comunicación puntos en la superficie a distinta altura, puede establecerse una circulación hídrica, lo que impide la sobresaturación y establece un patrón de conductos que se ensanchan preferentemente, es decir: nace una caverna.
 
Una vez que el conducto es lo suficientemente grande para que pueda establecerse un flujo turbulento, la disolución progresará en forma acelerada, aumentando aún más el diámetro, aunque el flujo turbulento no es imprescindible para la formación de cuevas. Si el agua fluye con la necesaria velocidad para transportar partículas, la erosión mecánica puede tomar un papel preponderante en la modelación de la galería.
 
Para que se establezca circulación a lo largo del sistema de fisuras que atraviesa un macizo calcáreo, es necesaria la presencia de un cierto gradiente entre el punto (o puntos) de absorción de agua y el lugar de su emisión en un manantial o resurgencia. En caso contrario, se desarrollará un acuífero fracturado, usualmente saturado en carbonato de calcio, aunque pueden desarrollarse pequeñas cavidades de disolución.  
 
En la zona de absorción el agua tiende a buscar el camino (o sistema de fisuras) que le permita bajar lo más rápidamente posible hasta el nivel de la resurgencia. Se trata de la zona vadosa, en la que predomina la erosión, lo que produce la excavación de galerías en forma de cañón, separadas por cascadas.  
 
Este tipo de cavidades presenta un desarrollo principalmente vertical, aunque pueden desarrollarse galerías subhorizontales. Alcanzado el nivel de la resurgencia, el agua se encuentra a presión y seguirá —según se lo permita el grado de fracturamiento de la roca— el camino más corto, lo que puede provocar que el agua se hunda a profundidades de varios cientos de metros antes de volver a la superficie en la resurgencia, aunque frecuentemente tienden a formarse casi horizontales. Es la zona freática, donde predomina la disolución. Los conductos, totalmente inundados, adquirirán secciones con tendencia a lo circular. 
 
Simultáneamente al desarrollo de un sistema de cavernas, la erosión en la superficie también progresa, lo que da por resultado un abatimiento del nivel freático y, en forma paralela, el descubrimiento de nuevos sistemas de fisuras que permiten establecer otro patrón de drenaje, más directo, hacia la antigua resurgencia, e incluso hacia nuevas resurgencias. Las galerías previamente establecidas quedan, así, abandonadas por el agua en su busca de un camino de descenso cada vez más rápido y directo, mientras se desarrollan nuevas galerías a un nivel inferior. El agua saturada en carbonato de calcio, que a través de una fisura llega a estas galerías abandonadas por el agua, pierde —hacia la atmósfera de la caverna— el bióxido de carbono, depositando simultáneamente la calcita disuelta. Así se forman estalactitas —colgantes—, estalagmitas —ascendentes—, cortinajes, columnas, piletas y demás formaciones que hacen la delicia de los turistas. Se dice entonces que esa galería es fósil.
 
En México se han encontrado cavernas de este tipo en casi todos los afloramientos de caliza investigados. Al norte de Monterrey el clima es sumamente seco, lo que ha impedido el desarrollo de cavernas actualmente activas. Sin embargo, se ha hallado un gran número de inmensas cavidades de origen freático —actualmente fósiles—, como la Gruta de García y la Gruta de Bustamante, remanentes de un antiguo sistema de drenaje kárstico probablemente activo durante el Terciario.
 
En la Sierra Madre Oriental, a la altura de Ciudad Victoria, se encuentran dos de las cavernas más importantes de México. El Sistema Purificación, que con 80 km de galerías exploradas es la cavidad más larga del país, y la Cueva del Tecolote, que con 32 km ocupa el cuarto lugar. En ambas, una serie de arroyos de origen vadoso intersectaron y reactivaron galerías freáticas fósiles, probablemente terciarias.
 
Más al sur, las evidencias de un desarrollo kárstico terciario disminuyen, pues han sido destruidas o modificadas extensamente por el actual desarrollo kárstico. Mientras, entre Ciudad Valles, Tamazunchale y Jalpan todo el drenaje es subterráneo, y se han catalogado varios cientos de cavidades; destacan el Sótano de las Golondrinas —con un tiro vertical único de 371 m— el Sótano de Trinidad, que tiene más de 800 m de desarrollo vertical.         
 
En la porción sur de la Sierra Madre Oriental, el espesor de las rocas calizas disminuye notablemente. No obstante, ahí se encuentra uno de los sistemas de drenaje subterráneo más extensos del mundo, formado por el Sistema Cuetzalan —33 km de largo—, el Sistema San Andrés —11 km—, y otras cavidades de varios kilómetros de longitud, formadas casi exclusivamente por procesos vadosos en una capa de caliza de menos de 100 m de espesor.
 
Al sur del eje neovolcánico están las Sierras Orientales de Oaxaca, formando la región más lluviosa del país. La abundancia de agua ha favorecido el desarrollo de cavidades; la gran altura de las sierras por encima de los valles ha permitido el desarrollo vertical de las cuevas. Las cavernas más profundas del país se encuentran en esta región; destacan el Sistema Huatla —con 1475 m es la cuarta cavidad del mundo en profundidad; sus 56 km la convierten en la segunda más larga del país—; el Sistema Cheve, que posee 1386 m de profundidad explorados, pero con un potencial comprobado hasta la resurgencia de 2600 —cualidad que lo que sitúa como el sistema hidrológico conocido más profundo del mundo—, y otras cavidades de más de 1000 m de desnivel. En las Sierras de Morelos-Guerrero, aunque de dimensiones más modestas, existen formas kársticas de consideración. Sobresalen los cursos subterráneos de los ríos Chontacoatlán y San Jerónimo, ambos de más de 5 km de longitud, y el cauce fósil de éste último, representado por la Gruta de Cacahuamilpa.
 
En las Sierras de Chiapas se han hallado también grandes cavidades, cuyo desarrollo se ve favorecido por las intensas lluvias. Destaca a este respecto el Sumidero Yochib, cuya exploración fue especialmente ardua por el gran caudal que fluye por ella; en buena medida, las dificultades de acceso han inhibido las exploraciones de cavernas en esta región.
 
La península de Yucatán representa el afloramiento más extenso de rocas calcáreas en el país. Sin embargo, el relieve es muy escaso y sólo existen lomeríos en la porción sur. Las cavidades desarrolladas en la Sierra de Bolonchán presentan desarrollo vadoso, pero la mayoría del resto de la península es de origen freático. Los frecuentes cambios en el nivel del mar durante el Cuaternario, sucesivamente han inundado y secado estas cavidades; entre los resultados de este fenómeno está el colapsamiento de las partes superficiales del techo de las cavidades, dando origen a los famosos y abundantes cenotes. Con técnicas de buceo, en la costa de Quintana Roo se han explorado algunos cenotes actualmente inundados, encontrándose formaciones estalactíticas y hasta restos arqueológicos, pruebas de que las cavidades estuvieron secas en épocas relativamente recientes. Destaca el Sistema Nohoch-Nah-Chich, que con más de 20 km de longitud es la mayor caverna inundada explorada en el mundo.
 
Vale anotar que las cavernas volcánicas se forman durante el emplazamiento de grandes coladas de lava basáltica, por enfriamiento de las superficies externas de la corriente de lava. La rígida costra que cubre a la lava una vez enfriada protege el calor de la interior, que sigue escurriendo. Al terminar la erupción, los conductos así formados quedan vacíos. Casi siempre, las entradas a este tipo de cavidades son colapsos del techo y siguen la pendiente del derrame original, por lo que el espesor del techo es pequeño. Por desgracia, la exploración y estudio de este tipo de cavidades en México ha sido prácticamente nula.    
 
El mayor sistema de cavidades volcánicas conocido se encuentra en el derrame del volcán Suchiooc, en la Sierra Chichinautzin —sur de la ciudad de México—, en donde se han encontrado varios tubos de lava de hasta 3 km de longitud y 200 m de desnivel. Este tipo de cuevas se conoce en prácticamente todas las regiones volcánicas de México, destacando el Eje Neovolcánico.
 
¿QUÉ ES LA ESPELEOLOGÍA?

El término espeleología se deriva de las palabras griegas spélaion, caverna y logos, tratado; se define formalmente como la ciencia que estudia las cuevas desde un punto de vista topográfico, geológico y biológico.

Se sabe de trabajos espeleológicos importantes realizados desde el siglo XVIII (en Alemania), pero no fue sino hasta finales del siglo pasado, gracias al austriaco Schmidt (navegación de los ríos subterráneos de Reka y Pinka, cerca de Trieste) y más que nada al francés Edouard-Auguste Martel, cuya labor desde 1883 y durante más de cincuenta años fue ejemplar, que se elevó la espeleología al rango de disciplina científica. Martel y sus contemporáneos usaban pesadas escaleras de cuerda y peldaños de madera para bajar tiros verticales. En 1931 Robert de Joly (también francés) diseñó las escalas electrón de cable de acero delgado y peldaños de aluminio mucho más ligeras y transportables.

Poco a poco la espeleología empezó a adoptar las técnicas y el equipo que se usaban en el alpinismo, desde el punto de vista deportivo y ambas disciplinas cada vez mostraban tener más en común. Sólo hasta años recientes se han abierto las puertas de las cuevas, pasadizos secretos que conducen a muchos rincones, nunca imaginados, de nuestro mundo. Se han explorado alrededor de 40 cuevas de más de un kilómetro de profundidad, 32 de más de 40 km de longitud, 6 de más de 100 km de longitud y una de más de 500 kilómetros de longitud (Mamooth Cave System). De cualquier manera, sin temor a exagerar puede decirse que aún falta la mayor parte por explorar. ¿Y quién quiere ser el que lleve la luz por primera vez a esos tímidos ambientes y sea el primero en admirar tan caprichosa belleza, y contribuya con un descubrimiento más, revelando la forma y extensión de nuevas porciones del mundo?

Ruth Diamant

 
 
LA ESPELEOLOGÍA EN MÉXICO

México es un paraíso para el espeleólogo; alrededor del 20% del territorio nacional es propicio para la formación de cuevas. Se ha explorado mucho durante las dos últimas décadas, pero dada la gran superficie con potencial para encontrar cuevas de dimensiones importantes todavía hay mucho por hacer.

Un gran precursor de la espeleología mexicana fue el español Federico Bonet. Él estudió la carrera de ciencias y en México fue catedrático del IPN e investigador del Instituto de Geología de la UNAM. Junto con Bolívar y Pieltain realizó gran cantidad de investigaciones bioespeleológicas; publicó trabajos sobre su labor en la sierra de El Abra, en la sierra de Xilitla y en Cacahuamilpa. Otro gran pionero fue Jorge de Urquijo, fundador del Grupo Espeleológico Mexicano (GEM) e impulsor de gran cantidad de exploraciones, entre las que destaca la del Pozo Meléndez, en las cercanías de Taxco, Guerrero. Esta fue la primera cavidad de más de 200 m de profundidad explorada por mexicanos; para ello se usaron técnicas muy rudimentarias.

Uno de los lugares más famosos en México es el Sótano de las Golondrinas, en la huasteca potosina, en medio de una selva húmeda alta y cafetales. Es el tiro volado más profundo del mundo, con 371 m. ¡Cabrían dentro de este abismo tres torres latinoamericanas con todo y antena, una encima de la otra! No lejos de allí, está la Hoya de las Guaguas (cotorras) cuyo tiro de entrada es de más de 100 m y termina en uno de los salones subterráneos más grandes del mundo (en total tiene poco más de 400 m de profundidad). México se ha vuelto famoso en el ámbito espeleológico internacional por sus numerosos abismos, extraordinariamente bellos y profundos.

Durante la última década, año con año durante la época de secas, México ha recibido numerosas expediciones espeleológicas de muy diversos países: Estados Unidos, Canadá (Quebec), Francia, Bélgica, Italia, Inglaterra, España y aun Australia. El mayor esfuerzo por recopilar reportes de todas estas expediciones lo han hecho miembros de la Association for Mexican Caves Studies (AMCS), de Austin, Texas, a través de sus boletines y News Letters anuales. La Sociedad Mexicana de Exploraciones Subterráneas ha comenzado un nuevo esfuerzo para que el registro de los trabajos realizados se haga, al menos también, en México y, últimamente, ha contado con la cooperación de muchos grupos de varios países, incluyendo a la AMCS.

Ruth Diamant

 articulos
____________________________________________________________      
Ramón Espinasa Pereña
Instituto de Geografía,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Ruth Diamant
Departamento de Física,
Universidad Autónoma Metropolitana.
     
____________________________________________________________
     
       
cómo citar este artículo
 
Espinasa Pereña, Ramón y Diamant, Ruth. 1994. Origen y distribución de las cavernas de México. Ciencias, núm. 36, octubre-diciembre, pp. 44-49. [En línea].
     

 

 

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Carlos López Beltrán
     
               
               
¿Qué prodigio es ese, que la gota de semen de la cual venimos lleve en sí las impresiones no sólo de la forma corporal, sino también de los pensamientos e inclinaciones de nuestros progenitores? ¿Dónde alberga esa gota de agua tal infinito número de formas? ¿Y cómo acarrea semejanzas tales que, con una fuma tan audaz e irregular, hace al bisnieto similar al bisabuelo, y al sobrino parecido al tío?
 
Michel de Montaigne
 
articulos
 
Con su habitual agudeza, Montaigne sitúa con estas preguntas
un azoro que comparte con muchos de sus antecesores. Ya entrado en sus años maduros se le manifestó una dolencia que muchas décadas antes, cuando aún era niño, había postrado a su padre: un cálculo renal. El carácter hereditario de esa y otras dolencias crónicas estaba lejos de entenderse entonces, y su desconcierto era compartido por todo el que trataba de imaginar cómo se transmiten las peculiaridades más caprichosas de padres y madres a hijos e hijas. Por diversas razones, durante siglos, estas preguntas más o menos frecuentes no ameritaron la creación de campos de estudio especiales dedicados a su solución. El problema de la herencia biológica, como lo concebiMos hoy, es relativamente reciente. Apenas se inauguró durante el siglo XIX.
 
Acostumbrados a pensar en la transmisión hereditaria de caracteres físicos, enmarcada por el espacio conceptual que instauró entre nosotros la revolución de la genética mendeliana, nos resulta difícil concebir otras formas de abordar el tema. A menudo los historiadores retroyectan nuestro marco de referencias —basado en la existencia de mecanismos específicos para la transmisión hereditaria— y encuentran ideas proto-genéticas en pensadores diversos, como Aristóteles, Harvey o Buffon. Esta actitud hace invisible un proceso que es necesario entender antes de poder evaluar las verdaderas relaciones entre las épocas previas y posteriores a la aparición de la genética: se trata de la construcción progresiva de un dominio de referencia, de un espacio conceptual nuevo en donde las preguntas que Mendel o Francis Galton trataron de responder a mediados del siglo pasado apenas comienzan a tener sentido. 
 
Un hecho desconocido es que fueron los médicos quienes hicieron gran parte de la labor de construcción de ese espacio conceptual. En su afán por desentrañar el misterio de las enfermedades hereditarias, como la piedra en el riñón de Montaigne, establecieron los primeros criterios que, con el tiempo, abrieron la puerta para que un día tuviésemos auténticas teorías de la herencia biológica.
 
 
Lo hereditario, límite externo para las teorías de la generación
 
Los hechos empíricos —biológicos— a los que desde la antigüedad se atribuía un carácter de hereditario pueden agruparse en tres categorías: la semejanza o parecido entre padres e hijos, responsable del llamado “aire de familia”; las extrañas combinaciones de características que se producen por cruzas híbridas, y el patrón familiar de ocurrencias que presentan ciertas enfermedades y deformidades.
 
Casi en cualquier tradición cultural es posible encontrar algún tipo de sabiduría tradicional vinculada a la observación de patrones de similitudes entre los miembros de distintas generaciones dentro de los grupos familiares. Como contraste, la disimilitud o desemejanza entre parientes también ha sido un sorprendente hecho que se ha detectado, confundiendo tales patrones. La manera detallada, y a menudo testaruda, en que varios tipos de rasgos son preservados a través de generaciones, contrasta agudamente con el hecho de que sólo algunos descendientes los heredan, y de un modo bastante azaroso en apariencia. La observación cuidadosa de los patrones de semejanzas y disimilitudes en las familias, y aún en grupos genealógicos más amplios, siempre han producido situaciones paradójicas y puntos de vista encontrados. 
 
Para cualquier esquema filosófico, lo hereditario nunca fue un blanco fácil de asimilar. La irregularidad y los caprichos de los parecidos familiares no podían acomodarse fácilmente a, por ejemplo, las tipologías aristotélicas de caracteres y causas. Que en ocasiones rasgos secundarios —accidentales— sean tan persistentes y predecibles en sus reapariciones genealógicas como los caracteres considerados como esenciales es ya de suyo un lío, pero tanto al filósofo (Aristóteles) como al médico (Hipócrates) la cosa se les complica más cuando encuentran que rasgos indeseables —deformidades, defectos, enfermedades, etcétera— parecen seguir sendas y patrones similares a los de la virtudes o rasgos esenciales.
 
Para los filósofos y médicos antiguos que se dieron a la tarea de entender la reproducción humana y animal, como para sus sucesores del siglo XVIII, los hechos de lo hereditario eran parte de los fenómenos que debían “salvar” con sus esquemas teóricos.
 
Relacionado con ello, un fenómeno que siempre llamó la atención fue la existencia de subgrupos relativamente estables dentro de las fronteras de las especies. En el caso de los humanos resultaba un misterio cómo se originaban y preservaban las características hereditarias que constituían las diferencias más notables entre los grupos humanos —clanes, naciones, razas; misterio que se incrementa con la observación de que estas características podían mezclarse en los individuos de padres diferentes.    
 
Bajo la perspectiva esencialista de las especies biológicas, la homogeneidad de los grupos genealógicos en el tiempo resulta natural, y todas las irregularidades internas, las variaciones y la diversificación en subgrupos se vuelven anomalías en busca de explicación. Así, todas las características de los descendientes deberían ser lo más análogo posible a las de sus progenitores, y cualquier disimilitud debería ser descontinuada de la línea genealógica, de un modo u otro. Siguiendo al doctor Henry Holland, Charles Darwin describió la situación así: “Lo verdaderamente sorprendente no es que un carácter sea heredado (de padres a hijos) sino que alguno deje de serlo”.  
 
Creo que es una afirmación válida decir que los forjadores de sistemas siempre han encontrado un obstáculo en las irregularidades e impredecibilidades de lo hereditario. Al menos desde Empédocles, cualquiera en el negocio de construir una teoría de la reproducción humana (y animal) se ha visto obligado a enfrentar las paradojas de la semejanza y de la variación. Así, la conocida concepción de Aristóteles sobre la reproducción, en donde la simiente masculina asumía la responsabilidad total por la forma del cuerpo de los hijos, debía inventarse sutiles hipótesis ad hoc para dar cuenta de la evidencia de todo tipo que señalaba la existencia de transmisión femenina de caracteres, como el parecido físico con las madres, la hibridización, y demás.
 
La versión más convincente de las irregulares mezclas de caracteres, y de semejanzas referidas a ambos padres fue ofrecida por las llamadas teorías de doble simiente, en las que tanto la madre como el padre influían en la constitución corpórea de los hijos. Variaciones de esta hipótesis fueron sostenidas, entre otros, por Empédocles, Demócrito, Pitágoras y Epicuro. Sin duda, la más influyente de las teorías de doble simiente fue defendida en los textos hipocráticos, y reformulada siglos después por Galeno, para convertirse en la versión estándar de la reproducción humana entre los médicos europeos.     
 
Con toda seguridad, el hecho de que las teorías de doble simiente de la generación explicaban con más naturalidad las irregularidades de lo hereditario fue razón central en la fidelidad que los médicos mostraron hacia ellas. No podían dejar de lado la evidencia de transmisión hereditaria, y calificarla con Aristóteles de accidental o irrelevante, dado que para ellos esta transmisión se mostraba constantemente como un factor importante en los casos de enfermedades con las que lidiaban día a día. Los patrones familiares de re-ocurrencia de muchas de ellas les resultaban no sólo innegables sino imprescindibles para el diagnóstico. La gota o la epilepsia, por ejemplo, eran más fáciles de localizar si había antecedentes familiares. 
 
Dada la fuerza de la tradición hipocrático-galénica en la medicina occidental, la versión de doble simiente de la generación, con su apoyo empírico en lo hereditario, llegó a tener una influencia profunda en la ciencia de Occidente. Hasta finales del siglo XVIII —y en paralelo a las discusiones sobre la preformación o la epigénesis—, los médicos europeos defendieron una versión relativamente independiente de la reproducción humana, y de la transmisión hereditaria de rasgos, que sólo tocaba las notables discusiones centrales en casos aislados de médicos-filósofos, como Harvey en Inglaterra o Haller en Alemania. La fisiología sólido-humoral de los médicos, con su concepción de las propiedades y disposiciones del cuerpo basada en la teoría de los temperamentos (o de las constituciones) brindó el marco para tan longeva tradición. A los temperamentos mismos se les atribuía un carácter hereditario fuerte, pues eran vistos como producto de la mezcla inicial de las simientes (humorales) materna y paterna. La inestabilidad de lo hereditario, sus irregularidades, con facilidad se podía relacionar al tipo de influencias consideradas en primer lugar: las humorales. Estas son inestables, fluidas, solubles, mezclables.
 
La transmisión hereditaria de características físicas implica un cierto tipo de nexo causal entre las propiedades corpóreas de organismos diferentes vinculados genealógicamente. Durante el siglo XVIII, la postulación de este nexo resultaba problemática tanto para la idea de la generación por preexistencia (i. e. que todos los seres preexisten encapsulados de una forma u otra en la simiente masculina o en la femenina), como también, un poco menos, para la idea de la preformación (que sostenía que al momento de la fecundación el embrión humano estaba ya completamente formado). El hecho de que todas las observaciones de transmisión hereditaria apuntaran hacia una doble contribución, padre y madre, planteaba una seria amenaza para tales posturas.          
 
En 1738 el famoso diccionario inglés Chamber’s menciona en su entrada bajo “Generación” que Sir John Floyer había “hecho una objeción que pone en cuestión de igual modo ambos sistemas” preformacionistas (el ovista y el animalculista), independientemente uno del otro. La objeción de Floyer se basa en el hecho de que las mulas y otros híbridos (que él clasifica entre los monstruos) comparten características de la especie materna y la paterna, y que los defensores de cualquiera de los dos sistemas, arbitrariamente, siempre eligen atender como primarios los caracteres cuyo comportamiento favorece su versión del origen del feto, y dejan en segundo plano los caracteres transmitidos por los individuos del sexo contrario al que favorecen.
 
Cuando en 1750 Diderot preparaba sus Elementos de Fisiología, decidió asignarle un peso especial a lo hereditario en su evaluación de los distintos sistemas de la generación que por entonces competían, y que él se afanaba en describir y ponderar con justicia. Las dificultades que los preformacionistas tenían para dar cuenta de las “enfermedades hereditarias, la semejanza de los hijos a los padres, del fenómeno de las mulas y otros híbridos capaces de engendrar” fueron resaltadas por él. Probablemente Diderot estaba aquí siguiendo los pasos de sus compatriotas Maupertuis y Buffon, quienes por esos años, con bastante notoriedad, habían argumentado en contra del preformacionismo y a favor de la epigénesis, usando los fenómenos hereditarios como munición; entre estos la semejanza de los hijos a ambos padres; la transmisión por padres y madres de la polidactilia dentro de la misma familia, y la existencia de las mulas. Ambos autores defendieron teorías de doble simiente de un nuevo tipo: el de las llamadas teorías sucesionistas o epigenéticas, basadas en principios de organización naturales.       
 
Diderot, en su rol de juez, sabía muy bien que aunque las teorías de doble simiente podían dar cuenta con mayor facilidad de lo hereditario, tenían serios problemas frente a las observaciones anatómicas y fisiológicas de detalle. Así, por ejemplo, escribe que “dentro de ese sistema la placenta y los envoltorios son imposibles de explicar”. Este es el mismo tipo de críticas que los preformacionistas Haller y Bonnet harían solo unos años después, en contra de autores sucesionistas como Buffon o Wolff.
 
Lo relevante es el carácter diferente de los hechos empíricos que apoyaban o representaban obstáculos para las versiones en competencia de la generación. Mientras las observaciones detalladas de los órganos reproductores y del embrión respaldaban fuertemente la descripción preformacionista (especialmente la ovista), las de doble simiente eran apoyadas por lo que podríamos llamar las observaciones genealógicas, esto es, patrones de similitud y diferencias en organismos emparentados. En tanto las observaciones del primer tipo enfocan en los individuos su formación y desarrollo particular, las genealógicas (hereditarias) apuntan a un nivel superior, grupal y comparativo.
 
Este último tipo de observaciones sirve de base a las pretensiones de que existen relaciones hereditarias entre diferentes organismos, y entre sus características. Requieren dirigir la atención sobre una característica más o menos bien definida, sobre la que una relación de semejanza o desemejanza pueda establecerse entre dos individuos. El tipo de características susceptibles de observación genealógica varía mucho. Desde semejanzas vagas y muy generales de aspecto, forma o “aire familiar”, hasta caracteres bien definidos como un dedo extra, un gran lunar en el cuello o la nariz chueca; o por el lado de las patologías, desde debilidad y tendencias a enfermarse hasta padecimientos específicos que se desarrollan de la misma manera y a la misma edad en individuos emparentados. El acercamiento genealógico a la evidencia hereditaria abre la posibilidad de fijar límites exteriores a la especulación fisiológica, que contrastan con los límites interiores fijados por la disección y la microscopía.      
 
Uno de los temas tocados durante los debates del siglo XVIII en torno a la generación fue lo hereditario. Los antipreformacionistas lo usaron como cuña, o límite; usando como base evidencial el agrupamiento de casos más o menos convincentes de transmisión hereditaria —que tocaban un amplio espectro de características diferentes— y cerrando al mismo tiempo las avenidas alternativas de explicación de estos fenómenos —su adjudicación al azar, o su simple irrelevancia. El complejo y elegante sistema preformacionista de Bonnet, por ejemplo, incorporó muchos de los elementos aportados por los defensores rivales de la doble simiente, y en un sentido es el producto de las tensiones a las que su posición fue sometida por la evidencia externa de lo hereditario.            
 
Por otro lado, los nexos causales hereditarios nunca fueron fáciles de acorralar y probar. Sin embargo, se volvieron más accesibles a prueba después de la pequeña obra de Maupertuis, de mediados del siglo XVIII, la Venus Physique en donde, con un simple argumento probabilístico sobre la transmisión de la polidactilia en la familia de los Ruhe en Berlín, podría decirse que reestructuró y endureció los límites externos que las observaciones genealógicas imponían sobre las hipótesis preformacionistas, y reforzó el caso a favor de las dos simientes. La improbabilidad de que, por azar, en varios miembros de la misma familia se repitiera el mismo accidente —aunada a la descendencia de la característica por vías tanto materna como paterna— dejó claro que factores causales que afectan determinantemente la constitución de los individuos son comunicados por ambos padres a los hijos en la concepción. A fin de cuentas, Maupertuis no estaba, no podía estar, interesado en postular una “ley de la herencia” ni en desarrollar una teoría de ella. Como tampoco podía estarlo ninguno de sus contemporáneos —como Buffon, Haller o Bonnet. Para ellos lo hereditario seguía siendo, en un sentido, lo mismo que había sido para Aristóteles: un conjunto marginal de hechos o, en otras palabras, “apariencias a salvar”.       
 
La verdadera pregunta, hasta el final del siglo XVIII, se centraba en cómo se formaba y organizaba la totalidad del ser vivo; esta era la fuente de azoro y el objeto de especulaciones explicativas. Como escribió Jacques Roger en relación a las tareas teóricas de los naturalistas franceses del siglo XVIII: “La ciencia de la época no se preocupaba en realidad de las cuestiones de la herencia y la hibridización.
 
El gran problema, a sus ojos, era la formación del ser vivo, considerado como un individuo aislado, sin relación con los individuos de la misma especie que le precedieron y engendraron”.    
 
La mecánica de la herencia biológica, debe enfatizarse, no era entonces una cuestión posible. Para siquiera empezar a plantear el problema de la herencia como objeto de teorización autónoma —un campo o dominio independiente, o al menos parcialmente aislado, con sus elementos y regularidades— éste debe ser reconocido. Para ser concebible, la idea de una ley o fuerza de la herencia requiere de la estabilización de un dominio, la estructuración de un grupo de hechos diferenciados y la presunción de que hay una conexión causal exclusiva entre ellos. Lo hereditario, hasta los últimos años del siglo XVIII, no era tal dominio. Conservaba mucho de su origen analógico, no explicativo, y a pesar de las clarificaciones de autores como Maupertuis y Buffon, no sugería a nadie la necesidad de postular un conjunto autónomo de leyes o fuerzas para dar cuenta de sus fenómenos.     
 
La excepción, otra vez, se encontró entre los médicos; en sus filas se hicieron las distinciones más importantes que comenzaron a dar forma y estructura a lo hereditario, y se le empujó hacia la formación de un área de investigación científica independiente.
 
¿Qué lo hace hereditario? Causalidad y enfermeda
 
El mundo médico brindó el escenario para la transformación del indefinido cúmulo de lo hereditario en el concepto que ahora reconocemos como herencia biológica. La historia de esto que he llamado la reificación del concepto de herencia biológica, puede rastrearse en las vicisitudes de los términos “hereditario” y “herencia”, en el sentido biológico en los idiomas europeos, especialmente en enciclopedias, diccionarios generales y médicos. En ellas encontramos la percepción médica de la transmisión hereditaria de ciertas enfermedades que llevó el adjetivo "hereditario" a los diccionarios por primera vez.       
 
Dentro de la tradición hipocrático-galénica siempre se mantuvo cierta atención al hecho de que la enfermedad, o una disposición o propensión a ella, puede transmitirse causalmente de padres a hijos. La fórmula “enfermedad hereditaria” (haereditarii morbi en latín, Nosoi kleromixai, en griego) fue utilizada consistentemente muchos siglos antes de la primera ocurrencia del sustantivo herencia en su acepción biológica. Para el inglés tenemos evidencia de esto en el Oxford English Dictionary. Mientras que cita ocurrencias del siglo XVI en adelante de “hereditario” en relación a enfermedades, las primeras referencias a “herencia biológica” son circa 1860.
 
Sin duda fue el sustantivo francés hérédité el primero en establecerse como un término científico con fuerza explicativa autónoma, impulsado por toda una generación de médicos de principios del siglo pasado, que decidió que “lo hereditario” debía jugar un papel menos marginal en la comprensión del pasado y del presente de la humanidad y, por tanto, en la creación de su futuro. Después de 1830, la herencia hérédité ocupó un lugar preponderante en sus escritos hasta convertirse en el emblema de su nueva actitud, ambiciosa, post-ilustrada y post-revolucionaria. Este fenómeno tardó varias décadas en desbordar las fronteras de Francia, hacia Inglaterra y Alemania sobre todo.
 
Las implicaciones ontológicas de la adopción del sustantivo herencia, donde antes se usaban frases adjetivales, las asumieron por primera vez, los médicos franceses. Del terreno de la medicina su uso se desbordó hacia otros espacios públicos, al recibir la herencia un peso creciente como recurso explicativo en los textos programáticos y propagan dísticos de la Francia posrevolucionaria. Alienistas (psiquiatras), criminólogos, higienistas, y miembros de otros ramos de la medicina social encontraron muy atractivo el cambio del uso adjetival al uso sustantivo de herencia.           
 
La modificación, que he detectado en diversas fuentes, señala la mudanza final del uso analógico o metafórico a uno sustantivo, en el que se asume cabalmente un compromiso ontológico con la referencia del concepto. El proceso de reificación que quizá comenzó varios siglos antes, con la adopción del adjetivo “hereditario” por los médicos de la tradición hipocrática, llegó con ello a su conclusión.
 
Vale recordar que a principios del siglo XVII hubo un renacimiento del interés en las enfermedades hereditarias. Aparte de varios tratados sobre el tema, encontramos que en algunos diccionarios médicos la entrada Haereditarii Morbi comienza a ocurrir. Lo característico de las definiciones de esa época es que, además del patrón familiar de ocurrencia de la enfermedad hereditaria, se le asocia con afecciones de tipo crónico como la gota, los cálculos y la llamada consunción. No se apela a ningún mecanismo de transmisión, aunque se infiere que la posible causa depende de humores pervertidos comunicados por la generación.
 
De hecho, la primera restricción importante que los médicos hicieron a la idea de transmisión hereditaria es que el elemento causal que el progenitor aporta —y que distorsiona o define la constitución del hijo— debe estar presente, mediante de la simiente, en el momento de la fecundación. Les importaba distinguir ese tipo de influencias de las que ocurrían después de la fecundación, ya fuera del ambiente o del cuerpo o la leche de la madre. Este último tipo de influencias, que algunos comenzaron a especificar con el adjetivo “connato” y luego “congénito”, eran también vistas como humorales, y producían alteraciones prenatales (o postnatales en el caso de la lactancia) a la constitución debido a elementos o humores mórbidos que llegaban al hijo, por ejemplo, por la placenta, afectando las estructuras corporales aún sin “solidificar”.
 
Así, los médicos comenzaron a diferenciar las rutas causales de la transmisión de enfermedades de padres a hijos, sobre todo basándose para ello básicamente en evidencias “externas”, como el momento (la edad) de la manifestación de síntomas, el tipo de dolencia (v. gr., crónica o aguda) y los patrones de recurrencia dentro de las familias, etcétera. Pero las discusiones no tenían un fácil desenlace y muchos médicos estaban escépticos de que se lograran establecer realmente tales diferencias. Las teorías fisiológicas dominantes entre ellos, con su base humoral-solidista, no ayudaban a restringir las posibles rutas causales. El gran y problema crucial seguía siendo cómo y cuándo los primeros rudimentos o el “estambre” del embrión era formado: de nuevo la misma abrumadora pregunta que se hacían los teóricos de la generación. Esto daba amplio margen a la discusión y desavenencias entre las diferentes posturas. Como un autor de la época escribió, para identificar lo auténticamente hereditario era indispensable un conjunto de “reglas”, a fin de evitar que los “casos” se confundiesen, y que ciertas semejanzas en las apariencias, “debidas a un origen distinto”, fueran tomadas indebidamente como hereditarias. Se apuntaba a la definición de una categoría especial para el contagio antes de la concepción, debido a factores causales que pudieran haber estado en la sangre del linaje por muchas generaciones o quizá unas pocas, pero que al actuar de un modo más profundo en un tiempo crucial, definían más dramáticamente el destino de la persona.
 
La descripción que acabo de hacer refleja las entradas que es posible encontrar en varios diccionarios europeos de la primera mitad del siglo XVIII. Algunos de estos tesauros, como el de médico de James o el de Chamber's, han sido reconocidos como importantes influencias en la concepción de Diderot del proyecto de su Enciclopedia. Gracias a los intereses personales de Diderot, la Enciclopedia mostró un profundo y amplio interés por todos los asuntos médicos. El tema de las enfermedades hereditarias fue uno de ellos.
 
Dado que en Francia se había dado hacía sólo unos años lo que se puede considerar como el ataque escéptico más serio a la idea misma de “enfermedad hereditaria”, y dado también que el autor de tal ataque fue Antaine Louis —importante colaborador médico de la Enciclopedia, y luego uno de los cirujanos más destacados de la Francia prerevolucionaria—, resulta un tanto sorprendente que la pieza sobre el tema en la Enciclopedia tomara una postura fuertemente a favor de la posibilidad de identificar una categoría de enfermedades como hereditarias, sin considerar objeciones “vivas” a la idea misma. Casi con certeza tal pieza fue escrita por Diderot. En ella se rescataban tanto ejemplos como argumentos de otros diccionarios, y algunos análisis sobre el tema relativamente desconocidos, realizados por médicos europeos, como Stahl, Zeller y, especialmente, el irlandés Dermutius de Meara.
 
Al adjetivo “hereditario” sólo se le dio su acepción médica en la Enciclopedia. Lo primero que el enciclopedista hace notar es el carácter contingente de la adscripción, pues depende más de la ruta de contagio que de alguna cualidad esencial de la influencia causal. Según él, una enfermedad es hereditaria si su causa (vicio) es adquirida debido a la calidad del líquido seminal o de los humores maternos, que se mezclan para formar el embrión y brindarle el principio de la vida. La analogía escogida por el enciclopedista para el tipo de patrón causal en el que está pensando limita, sin embargo, la contingencia de lo hereditario, y toma como símil adecuado los cambios fisiológicos y anatómicos (i. e. constitucionales) que dispara la adolescencia en los cuerpos masculino y femenino. Así como todos heredamos de nuestros padres disposiciones a sufrir cambios definidos en épocas precisas de nuestra vida, también heredamos tendencias a sufrir, en edades preestablecidas, ciertas dolencias o enfermedades.
 
Al escoger este símil, Diderot está confirmando su creencia en la transmisibilidad de influencias causales constitucionales latentes, de un tipo u otro, esto es, de elementos materiales que pueden transformar la organización del cuerpo en un momento dado de la vida del individuo. Para él los misterios y sus soluciones, tanto de los cambios dramáticos durante la pubertad como de la ocurrencia de los mismos padecimientos en padres e hijos exactamente a la misma edad, estaban estrechamente unidos. Así, Diderot escribe que la posibilidad de destruir la disposición a desarrollar una enfermedad que se ha heredado es tan magra como la que tenemos de destruir la disposición “que hace crecer la barba de un joven varón con buena salud”.
 
El fuerte arraigo que los elementos hereditarios tienen sobre la constitución de un individuo deriva del hecho de que ya están presentes durante los primeros instantes de la formación de un nuevo ser (del “estambre” o de los rudimentos), y la contingencia de que sea por vía de la simiente que se llega ahí no disminuye la fuerza de la influencia. De ahí que el enciclopedista insista en la importancia de distinguir las disposiciones a la enfermedad que se adquieren en la concepción (las verdaderamente hereditarias) de aquellas que se adquieren después. 
 
Luego de la Enciclopedia, el adjetivo “hereditario”, en su acepción técnica, se volvió una entrada habitual en los diccionarios franceses, tanto médicos como generales.  
 
Simultáneamente, en las discusiones sobre las teorías de la generación, la creciente presencia del reto que implicaba la doble influencia de lo hereditario garantizaba que, de un modo u otro, se discutieran los fenómenos de la semejanza entre familiares, la hibridización y las enfermedades hereditarias. Pero como ya dije, los teóricos de la generación no se interesaban en buscar mecanismos independientes para la transmisión de los caracteres hereditarios, per se. Tendían a considerar el problema como secundario, un apoyo o un obstáculo para sus esquemas, y no mucho más.
 
En contraste, los médicos enfocaban su atención en particular sobre las causas mórbidas y sus posibles rutas de transmisión. La existencia o no de una ruta de influencia exclusivamente hereditaria estaba en el centro de sus disputas. El hecho de que podían ver comportamientos análogos entre las conductas de caracteres normales, en apariencia heredados (como el color de los ojos o lo tupido de la barba) y el de las enfermedades que, creían, debían ser hereditarias (como la gota, la escrófula o la epilepsia) , reforzaba su creencia en tal ruta. Generalmente, la parte de sus trabajos que trataba de establecer el tipo de influencia responsable por lo hereditario era, hacia fines del siglo XVIII, la más débil y discutida. Las hipótesis humoralistas e iatroquímicas ya habían entrado en constante conflicto con el conocimiento y las ideas de otros campos, entre ellos la química y la fisiología. Esto además de las cuestiones, también serias, que surgían de las disputas sobre la generación.
 
Los médicos franceses de finales del siglo XVIII llegaron a sentir la aguda necesidad de producir un concepto más claro y mejor apoyado de la transmisión hereditaria. Para ellos esto ocurrió antes de que necesidades similares surgieran entre los miembros de otros grupos.
 
Contra el escepticismo en la herencia. Médicos franceses del siglo XVIII
 
Durante la Ilustración, la discusión en torno a las enfermedades hereditarias fue más viva en Francia que en ningún lado. Había diferencias importantes en el modo de concebirlas. Algunos, por ejemplo, favorecían el establecimiento de una distinción entre transmisión hereditaria normal y transmisión patológica; otros pensaban que el mismo tipo de influencias era responsable de ambas. Había quien prefería postular causas puramente solidistas para la transmisión hereditaria, mientras otros insistían en conservar las causas humorales de sus precursores.
 
El principal estímulo para que los médicos franceses concentraran su atención y esfuerzo en dilucidar la transmisión hereditaria fue el pequeño y muy inteligente ensayo publicado por Antoine Louis en 1748. Escrito en respuesta a un concurso convocado por la Academia de Dijon, el ensayo de Louis no fue premiado pues cuestionaba de raíz la idea misma de una transmisión hereditaria no sólo de enfermedades, sino de cualquier accidente de la constitución. En pocas palabras, Louis alegaba que la transmisión hereditaria de enfermedades era una ilusión, producto de la imaginación de los médicos, y que con un cuidadoso análisis, desarrollado bajo las sanas premisas fisiológicas del solidismo, resultaba inconcebible cualquier influencia de las características paternas sobre los hijos. No había, arguyó Louis, ningún mecanismo concebible que hiciera que la estructura (sólida) de un órgano dado en un padre o madre afectara la estructura del mismo órgano en el hijo (hay aquí una premisa preformacionista que Louis disimula). Las enfermedades con causa humoral que pasan accidentalmente por la simiente, al no ser exclusivamente hereditarias deberían catalogarse del mismo modo que las demás afecciones.
 
El reto escéptico de Louis al recibir cada vez mayor publicidad, conforme el autor cobró eminencia, hizo que el resto de la comunidad médica francesa sintiera la debilidad de sus propias ideas sobre la transmisión hereditaria de enfermedades. De ahí surgió una empresa que tuvo como fin recoger y organizar la evidencia disponible, tanto de la literatura como de la práctica cotidiana de los médicos, para respaldar la idea, cara a los médicos, que Louis ponía en duda. Sin embargo, ningún mecanismo de transmisión convincente parecía estar a mano. Esto hizo que la Sociedad Real de Medicina de París, ya tarde, en 1788, llamara a un concurso de ensayos sobre cómo se transmiten las enfermedades hereditarias. La competencia revitalizó las discusiones, y puede decirse que fue responsable de que el tema de la herencia estuviese en el aire cuando, en los candentes tiempos posrevolucionarios, fue tomado e impulsado por fuerzas sociales de mayor magnitud. Ya en otro trabajo he descrito con detalle los eventos que llevaron al concurso y los resultados de éste; aquí sólo interesa destacar que varias de las piezas que luego influyeron de modo importante a la siguiente generación de médicos fueron redactadas para este concurso (me tocó la suerte de descubrir los manuscritos sobrevivientes en la Biblioteca de la Academia de Medicina de París).   
 
Fuera del ámbito médico, el escepticismo respecto a afirmaciones hereditarias era más común en el siglo XVIII, entre otros motivos porque había algunos autores naturalistas con compromisos grandes respecto a las explicaciones de las características físicas de los hombres, animales y plantas, sus variaciones geográficas, etcétera, basadas en influencias exteriores, como el clima y la alimentación. Eso restaba importancia a lo hereditario, dejándolo en el cajón de las segundas o terceras opciones. Pero la situación cambió en la Francia de la posrevolución. Varios autores han tratado de explicar este cambio de énfasis, paradójico sólo en apariencia.
 
El hecho histórico es que, al iniciarse el siglo XIX, la transmisión hereditaria como posible explicación de un número de fenómenos comenzó a recibir mayor atención, especialmente como un modo de dar cuenta de muchos males sociales: locura, sífilis, escrófula, tuberculosis. Los esfuerzos de los médicos del siglo XVIII por elucidar la estructura causal de la transmisión hereditaria fueron rescatados y ampliados por la nueva y emprendedora generación de médicos franceses.
 
Entre los diversos escritos. producto de las competencias de la Sociedad Real, destaca el ensayo de Jean Francois Pagés, quien fue elegido por Vicq D'Azyr para llenar la entrada de “héréditaire” en el diccionario de medicina de ese enorme proyecto que fue la Enciclopedia Metódica. Resulta en parte asombroso que un autor tan joven (una primera versión del ensayo fue presentada por Pagés como tesis de licenciatura) haya realizado un análisis más cuidadoso y sutil del que se podía encontrar en cualquier obra publicada. Sólo cuando se le compara con otros ensayos presentados a la misma competencia, uno puede percibir que varios autores andaban en busca del mismo tipo de distinciones “modernas” que caracterizan el ensayo de Pagés. Entre ellas destaca la muy bien argumentada distinción entre heredar una enfermedad en sí, y heredar una disposición o propensión a ella. Otra distinción notable es la que aumenta los criterios ya conocidos para separar lo hereditario de lo connato o congénito. En efecto, Pagés afirma que es importante discriminar claramente entre las causas humorales (que no son hereditarias) y las influencias de la conformación de los sólidos. Cualquiera que sea la fuente última de la causa hereditaria, sólo actúa durante el proceso de conformación de las partes del cuerpo, desde adentro (y no desde afuera, como los humores). El hecho es que, al dar siempre una disposición o propensión hacia sus efectos, más que una influencia determinista, la alteración de la estructura sólo se manifiesta —dice Pagés— hasta que otras causas concomitantes coadyuvan a su desencadenamiento. Esta latencia causal de lo hereditario explicará también otros fenómenos hereditarios bastante discutidos, como el atavismo o regresión (la aparición en los hijos de caracteres de los antepasados que los padres no compartían). En el caso de las enfermedades, una persona sana muy bien puede traer en sí la causa hereditaria de la enfermedad y aun transmitirla a sus hijos, sin padecer jamás los efectos nocivos pues nunca se dio en ella la causa complementaria.
 
Este tipo de distinciones dieron pauta, durante la primera mitad del siglo XIX, a que los médicos franceses exploraran con mayor atención las características propias de lo hereditario. Diversos tipos de teorías explicativas fueron explotados por ellos, y sus esfuerzos culminaron en 1850 con el inmenso, en varios sentidos, y hoy olvidado Tratado de la Herencia Natural del médico alienista Prosper Lucas. En esa obra se puede ver con claridad que un nuevo dominio de teorización independiente había sido creado por una tradición relativamente marginal: el dominio de lo que hoy llamamos herencia biológica.
 
Más allá de que el tipo de explicaciones de la herencia intentadas por Lucas hoy nos sea ajeno, la gran acumulación de datos que él hizo —aunada al esfuerzo por especificar cuáles eran los aspectos paradójicos a resolver en cualquier teoría biológica de la herencia— constituyó un gran servicio a los autores más conocidos que vinieron después. Entre los directamente influidos por su obra están Darwin, su primo Francis Galton, y Herbert Spencer, por no mencionar a varios novelistas y científicos sociales de la época.
 
La tradición médica de la que emanó la obra de Lucas fue enterrada poco tiempo después por los historiadores de la Genética. Pero, como he intentado mostrar, no sólo es una curiosidad histórica la razón por la que hoy debemos revisitarla: el proceso de construcción de los elementos básicos de nuestra idea de herencia biológica tuvo lugar en ella.
       
Referencias Bibliográficas
 
Dowbiggin, I., 1991, Inheriting Madness, University of California Press.
Jacob, F., 1970, La Logique du Vivant. Une Histoire de l’Hérédité, Gallimard (Traducción al español en Biblioteca Científica Salvat).
López-Beltrán, C., 1994, “Forging Heredity”, en Studies in History and Philosophy of Science, 25: (2), p.p. 211-235.
Roger, J., 1963, Les Sciences de la Vie dans la Pensée Française, Armand Colin (reimpresión, Albin Michel, Paris, 1993).
     
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Carlos López Beltrán
 
     
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cómo citar este artículo
 
López Beltrán, Carlos. 1994. La construcción de la herencia biológica. Historia de un concepto. Ciencias, núm. 36, octubre-diciembre, pp. 30-40. [En línea].
     

 

 

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Joseph Rotblat      
               
               
Los científicos no pueden vivir aislados de otros grupos
sociales que, junto con ellos, forman la comunidad mundial, ni pueden ignorar los acontecimientos que afectan a la sociedad, particularmente aquellos que surgen del mundo de la ciencia. Las torres de marfil en que alguna vez pretendieron vivir, fueron finalmente demolidas por la ola de presión y calor de la bomba de Hiroshima. En esta era nuclear, cuando el mal uso de la ciencia literalmente puede destruir toda la civilización, los científicos no deben evadir por más tiempo su responsabilidad con la sociedad, escudándose en frases como: “la ciencia debe desarrollarse por su propio valor”; “la ciencia es neutral”; “la ciencia no tiene nada que ver con la política”; “a la ciencia no se le puede culpar por su mala aplicación”; y “los científicos son sólo trabajadores técnicos”.
 
John Ziman,1 quien ha estudiado extensamente la relación entre ciencia y sociedad, descalifica en forma convincente todos estos preceptos, y concluye que: “La gente tiene una gran preocupación por los muchos efectos de la ciencia sobre la sociedad y la humanidad como un todo. De esta preocupación surge la demanda de que los científicos deben ser más responsables de lo que hacen si no quieren llevarnos al desastre… Sean o no juzgados individualmente por lo que han hecho colectivamente para el mundo, ninguno puede librarse de su responsabilidad personal de pensar sobre estos asuntos y de actuar para que este desastre sea un poco menos probable”.
 
El movimiento Pugwash es, por sí mismo, una clara respuesta a este reto. Somos muchos individuos con trabajo científico en varias disciplinas, a quienes nos une una conciencia social. Y juntos buscamos formas de enfrentar las demandas de esa conciencia.         
 
Debido a la modalidad que hemos elegido para nuestras actividades, podemos abarcar sólo a una muy pequeña fracción de la comunidad científica. En los 37 años de nuestra existencia hemos tenido alrededor de 3400 participantes, pocos comparados con los millones de científicos en el mundo, pero esperamos ser un ejemplo y esto nos impone una obligación extra. Al llamar a otros a poner atención a su conciencia social, deseamos hacerlo en forma responsable, no enfatizando las dificultades prácticas y no prometiendo cosas que no podamos cumplir. Pugwash siempre debe ser la vanguardia, sin miedo de ser no convencional; debemos tener visión, imaginación, originalidad, sin divorciarnos de la racionalidad. Debemos ser modernizadores y moderados; pioneros y pragmáticos; radicales y realistas. Por supuesto, esto no es fácil. Estoy seguro de que cada uno de nosotros ha experimentado demandas en conflicto, enfrentando decisiones difíciles y escogiendo diversas opciones igualmente válidas. No todos elegimos las mismas alternativas; dentro de nuestra pequeña comunidad hay un amplio rango de actitudes y juicios.    
 
Consideremos el asunto primordial para un científico: la naturaleza de su trabajo. La cita de John Ziman nos dice que debemos ser responsables del trabajo que hacemos y ser cuidadosos en no dirigirnos a aplicaciones desastrosas. Un propósito positivo de nuestro trabajo de investigación ya fue enunciado por Francis Bacon, el padre de la ciencia moderna: “Debo hacerles una advertencia a todos: que consideren cuáles son los verdaderos fines del conocimiento, y que no los busquen por el placer de la mente o por satisfacción,… sino por el beneficio y uso de la vida… que pueda representar ayuda para el hombre, y que una línea y carrera de inventos puedan en cierto grado someter y superar las necesidades y miserias de la humanidad”.2
 
Así, nuestro trabajo debería ayudar a mejorar la condición del hombre. La mayoría de nosotros dirá que esto excluye el trabajo en empresas militares, y quizás aun en universidades cuyos con tratos implican el desarrollo de instrumentos militares. Muchos van más allá y hacen un llamado a que los científicos no acepten este tipo de trabajos, prestando una especie de juramento hipocrático que, de manera implícita y a veces explícita, es una apelación para proscribir a los científicos de este tipo de empresas.
 
A muchos nos inquietan tales propuestas, pues bajo el llamado a una conducta ética también están dictando una conducta política. Entre los trabajadores de Los Álamos o los laboratorios nacionales Livermore, hay científicos que genuinamente creen que su trabajo en la creación de armas fue benéfico para la humanidad, porque impidió que el mundo fuera tomado por un régimen comunista. Sin duda los científicos de los laboratorios de Chelyabinsk o Arzamas argumentaban que se protegía al mundo del capitalismo. No podemos estar de acuerdo con ninguna de estas posturas pero debemos tolerarlas si son genuinamente sostenidas. Podemos discutir con ellos e intentar convencerlos de nuestra manera de pensar, pero no tenemos derecho a condenarlos o a mantenerlos en el ostracismo. 
 
Es saludable recordar que, de entre los científicos que iniciaron el Movimiento Pugwash, los pioneros fueron quienes desarrollaron la bomba atómica. Éramos discípulos de los principios baconianios, pero estábamos embarcados en un proyecto que negaba tales principios, Creíamos que nuestro trabajo evitaría que Hitler usara la bomba; argumentábamos que se necesitaba la bomba para que no fuera usada. Los acontecimientos demostraron que estábamos equivocados. Desde entonces, muchos hemos llegado a la conclusión de que todo el concepto de disuasión nuclear es deficiente. A través de nuestros esfuerzos en Pugwash queremos evitar que tal situación ocurra nuevamente, persuadiendo a otros científicos para que no cometan el mismo error. Pero ¿podemos estar seguros de que hemos aprendido la lección? No hay absolutos en los asuntos humanos; por ello no podemos estar cien por ciento seguros de que no nos comportaremos de la misma forma si se dan circunstancias similares en el futuro.
 
Por otra parte, hay científicos en la industria militar, quizás la mayoría, que merecen ser condenados. Son quienes no piensan en las implicaciones sociales de su trabajo, aquellos que lo hacen sólo por el avance de sus carreras o, peor aún, que desarrollan una pasión por inventar medios aún más eficientes o sofisticados de destrucción. Herbert York, antiguo director del laboratorio Livermore dijo: “Los diversos promotores individuales de la carrera armamentista son estimulados algunas veces por un fervor patriótico, otras por el deseo de seguir a “la pandilla”, en ocasiones por craso oportunismo… algunos han sentido el canto de las sirenas de un rápido avance en sus carreras, de un reconocimiento personal, de una oportunidad ilimitada, y han imaginado y aun creado problemas para ajustar las soluciones que han descubierto y desarrollado a lo largo de sus vidas”.3
 
Ted Taylor, quien fuera diseñador en jefe de bombas atómicas en Los Álamos, caracterizó esta suerte de adicción: “… El factor más estimulante fue simplemente la inmensa alegría que cada científico o ingeniero experimentó cuando él o ella tuvieron la libertad de explorar completamente nuevos conceptos técnicos y llevarlos a la realidad”.4
 
Nos gustaría tener influencia sobre los científicos, especialmente entre los jóvenes para que no sigan este camino, pero dudo mucho que prestar un juramento pueda tener más valor que el meramente simbólico. Además, sería dificilísimo encontrar una redacción suficientemente significativa y a la vez aceptable para la mayor parte de la comunidad científica; he escuchado cuando menos una docena de diferentes formulaciones de juramentos para científicos e ingenieros.5 Para mí sería más importante incluir cursos en los currículos universitarios sobre el impacto social y las consecuencias éticas del trabajo de los científicos. Yo animaría a los jóvenes científicos a estudiar y reflexionar sobre estos problemas. A los trabajadores de la industria militar les pediría ponderar las aplicaciones de su trabajo y después dejaría a su conciencia el dictado de su conducta futura.  
 
Me he referido al deseo del Movimiento Pugwash por avanzar hacia nuevas formas de análisis, encontrar ideas pioneras. Esto nos puede llevar a un conflicto con el establishment, a hacernos no conformistas, radicales, disidentes. Puede decirse que la disidencia es parte de nuestro código ético. No podemos ser observadores silenciosos mientras el stablishment se comporta de manera hipócrita. No podemos sino protestar en contra de la manipulación o supresión de hechos y datos, particularmente en áreas en las que tenemos un conocimiento experto. Frecuentemente nuestra protesta tiene apenas la forma de “soplo” cuando informamos al público sobre los intentos de los gobiernos o la industria de proporcionar información falsa o de encubrir sus conductas equivocadas. Alentamos tales actos de disidencia entre los científicos. Por lo tanto, acorde a nuestro concepto de verificación social,6 nos gustaría animar a los miembros de la comunidad para que ayuden a asegurar que los tratados internacionales no sean violados. Pero tampoco aquí las cosas son fáciles. ¿Cuáles son los criterios que determinan si el acto de “soplar” es responsable o poco serio? ¿Cuál es la diferencia entre ser un excéntrico y un loco? ¿Cuándo es loable inconformarse y cuándo malicioso o aun desleal?         
 
No olvidemos que la desviación de las normas aceptadas ha jugado un papel vital en la evolución de la civilización. George Bernard Shaw expresó, en su inimitable estilo: “El hombre razonable se adapta al mundo; el irracional insiste en tratar de adaptar el mundo a sí mismo. Por lo tanto, todo el progreso depende de los irracionales”.
 
Bertrand Russell resumió la misma idea con diferentes palabras: “No teman ser excéntricos de opinión, porque cada opinión actualmente aceptada alguna vez fue excéntrica”.
 
Russell fue el gran disidente de su siglo, estuvo en prisión durante la Primera Guerra Mundial por rehusarse, conscientemente, a unirse a las fuerzas armadas, y 50 años más tarde encarcelado nuevamente por su campaña contra la bomba de hidrógeno. Entre estos dos acontecimientos se le persiguió y difamó por defender ideas que ahora son comúnmente aceptadas.
 
El progreso puede estar condicionado por la inconformidad, pero la autoridad establecida —el gobierno, la iglesia, el partido— no acepta fácilmente desviaciones de lo establecido. Nadar contra la corriente no sólo es fatigoso sino peligroso, y algunas veces fatal, como en el caso de Giordano Bruno, quien fue quemado en la hoguera por ser iconoclasta.
 
Hoy los científicos no son condenados a muerte por sus opiniones heréticas, pero sí son severamente castigados. Ya he mencionado a Bertrand Russell. Otro ejemplo notable de un disidente intrépido es Andrei Sakharov. Él estaba totalmente claro del peligro que enfrentaba al protestar en contra de un régimen poderoso y brutal, pero no se detuvo en exponer su hipocresía e injusticia. No hay muchos capaces de tal valor. Sakharov es venerado por su posición heroica, por su integridad y tenacidad en la lucha por los derechos humanos y la sobrevivencia de la civilización.
 
Todos sabemos otros ejemplos contemporáneos de “soplos” y sus peligrosas repercusiones. Mordechai Vanunu está aún en prisión, confinado por denunciar que Israel ha construido un arsenal nuclear. Con mejor suerte ha corrido Vil Mirzayanov, el químico ruso que dio a conocer la noticia de que Rusia estaba fabricando armas químicas y posiblemente biológicas. También fue apresado, pero después no sólo fue liberado y se le retiraron los cargos, sino que fue compensado con diez mil dólares. Aún falta por confirmar, pero representaría un ejemplo importante de los enormes cambios que ha habido en Rusia.        
 
A pesar de que en ambos casos la protesta significó una transgresión, real o inventada, de las leyes nacionales, la mayoría de los científicos independientes perdonaron estas ofensas, como respuesta a las numerosas protestas hechas en contra de los encarcelamientos. La reacción es diferente en el caso de espías como Klaus Fuchs quien, siendo miembro del equipo británico en Los Álamos, transmitió a la Unión Soviética el diseño de la bomba de plutonio. Los documentos que recientemente fueron dados a conocer en Rusia muestran que su contribución a los primeros esfuerzos soviéticos fueron muchos más significativos de lo que se pensaba: la primera bomba soviética, probada en agosto de 1949, era una réplica exacta de la bomba de Nagasaki. Después de su juicio y sentencia en 1950 en Inglaterra, la gente que lo conocía bien pensó que se arrepentiría de sus actos y que habría cambiado sus puntos de vista políticos, pero cuando yo lo encontré accidentalmente mucho después, unos años antes de su muerte, me di cuenta de que aún era un ardiente comunista, inclusive de línea más dura. Estuvo convencido hasta el final de que había hecho una tarea noble.
 
En cierta forma uno puede encontrar una justificación a los actos de Fuchs: él imaginaba que el propósito principal del Proyecto Manhattan era dar a Estados Unidos una importante superioridad militar sobre la Unión Soviética —se me ocurre que, personalmente, puedo atestiguar por una experiencia personal que esto era en gran parte cierto—7 y así Fuchs decidió restablecer el balance. Visto desde este ángulo, podría ser considerado como un disidente. Aún así, en mi opinión hay una gran diferencia entre espiar y soplar. En este último caso el objetivo es dar a conocer acontecimientos que el público debería conocer. Pero lo que Fuchs hizo fue transmitir información en secreto a un régimen notorio por su represión a la libertad de información. Muchos científicos del proyecto Manhattan creían que la Unión Soviética debía ser invitada a participar en el control del desarrollo de la energía nuclear, tanto en sus aplicaciones militares como pacíficas. Entre ellos destacaba Niels Bohr, quien tempranamente en 1944 vislumbró las horrendas consecuencias de una carrera armamentista nuclear. Abogó porque se compartiera el conocimiento, pero no intentó el contacto directo con las autoridades soviéticas.   
 
Cuando la guerra terminó y Bohr regresó a Copenhague, habló con los científicos rusos acerca de la bomba; esto iba de acuerdo con su filosofía de apertura. Hay ahora quienes dicen que era espía soviético, pero yo estoy convencido de que Bohr no transmitió los detalles del diseño de la bomba. Afirmaciones del mismo tipo se hacen en el libro, recientemente publicado, Misiones especiales, escrito por Sudoplatov8 acerca de Oppenheimer, Fermi y Szilard. La forma en que los medios en Occidente presentaron el libro indica una falta de diferenciación entre comunicar abiertamente en ciencia y hacer un manual para fabricar bombas. La apertura es un requisito sine qua non en ciencia; la ciencia no puede existir sin que sus descubrimientos sean compartidos por todos, pero el mecanismo para detonar una bomba no es ciencia. El reporte Smyth,9 que fue publicado inmediatamente después de la bomba de Hiroshima, explicó los principios en que estaba basada, pero no era un manual para fabricarla. Y esto es exactamente lo que Fuchs hizo; él les mando un “manual”, y esto no puede ser perdonado. Nuestro propósito es eliminar las armas nucleares, no hacer más fácil su fabricación. La apertura tiene sus límites.
 
Aún con la acción de “soplar”, que no implica espionaje, las cosas no son siempre lineales; puede haber reservas o limitaciones, por muy distintas razones. Ilustraré con un acontecimiento de mi propia vida. Hace cerca de 40 años se desarrolló la bomba de hidrógeno y comenzó a ser probada. En ese tiempo los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña impulsaron la idea de que ésta era una bomba “limpia”, por decirlo así, ya que mientras los efectos de la explosión y el calor eran mil veces más grandes que los de las bombas de fisión, no había un incremento significativo en radioactividad. No obstante, de un análisis de la caída radioactiva desde la prueba de Bikini en 1954, llegué a la conclusión de que la bomba tenía una estructura de tres estados: fisión-fusión-fisión, con un enorme incremento en la producción de materiales radioactivos. Consideré mi deber informar al púbico sobre los resultados de probar tales armas. A pesar de un intento del gobierno británico por detenerme, publiqué un trabajo10 que inmediatamente fue tomado por la prensa y recibió mucha publicidad.  
 
Pensé que este acto de comunicación constituía un deber público. Lo que ignoraba en esa época fue que, por el solo hecho de desafiar al gobierno, habían disminuido las posibilidades de que yo influyera sobre la opinión pública nuevamente. Había manchado mi historial con el stablishment, y aun en una democracia como la británica ese stablishment tiene poderosos medios para restringir los puntos de vista de los disidentes. Apenas recientemente di con documentos que muestran que el gobierno británico había instruido secretamente a la directiva de la BBC para contrarrestar informativamente los efectos de las armas nucleares. Fui víctima de esa directriz: dos programas planeados nunca fueron transmitidos.
 
La lección es que debemos ponderar cuidadosamente los pros y contras de cualquier acción que contemplemos y buscar un balance. En este caso específico, y viéndolo desde la perspectiva de cuarenta años, creo que hice lo correcto, pero debería haber llegado a esta conclusión después de una consideración cuidadosa. 
 
MÉXICO EN PUGWASH

La participación mexicana en Pugwash ha sido escasa. En 1979 se realizó en la ciudad de México la XXIX Conferencia —la primera en América Latina—, organizada por el economista Miguel Wionczek, quien colaboró activamente con Pugwash durante varios años y llegó a formar parte del Consejo. La agenda de la Conferencia de México incluía, por cierto, varios tópicos relacionados con los problemas de desarrollo propios de nuestros países: interdependencia, cooperación científica y tecnológica, interferencias externas y amenazas no militares a la seguridad, energéticos alternativos y los problemas de la energía nuclear, explotación de nuestros recursos, interacción con los países desarrollados, etcétera —tópicos que, a trece años de distancia, están lejos de haber perdido actualidad y relevancia. Sin embargo, la atención de la Conferencia se centró en la necesidad urgente, en aquel momento, de ratificar el acuerdo SALT II relativo a la reducción de armas estratégicas, por Estados Unidos y la Unión Soviética.

En fechas recientes el Consejo de Pugwash ha invitado a algunos colegas mexicanos para reiniciar esta colaboración que quedó interrumpida con la muerte de Miguel Wionczek. Aunque con fuertes limitaciones de recursos y tiempo, y sujetos a las presiones eficientistas en boga que desalientan las actividades de esta naturaleza, nuestros colegas se han propuesto participar en las tareas de Pugwash, convencidos de que, si bien ha desaparecido la situación específica que dio origen a la organización, se mantienen las razones de fondo de su existencia y el espíritu del Manifiesto Russell-Einstein que mueve a los científicos en esta empresa colectiva.

Ana María Cetto

   
 
Por supuesto, el juicio de ubicar este balance es altamente subjetivo y está influenciado por una multitud de factores. Esto explica por qué aun en Pugwash —donde todos compartimos el mismo objetivo final— hay diferencias considerables de opinión sobre las formas de alcanzarlo. Algunos creen que siendo más circunspectos tendrán más credibilidad entre quienes deciden, y así podrán influir en ellos en la dirección correcta. Por la misma razón, algunas personas permanecen en puestos gubernamentales aun cuando disientan de la política oficial. En Pugwash tenemos generales retirados, exembajadores, antiguos directores de instituciones militares; ellos se sienten libres para expresar sus puntos de vista sólo después de su retiro. A su juicio, han hecho bien al permanecer en sus puestos, en lugar de renunciar en protesta y ser remplazados por halcones. La conciencia social puede ser multifacética.    
 
La coexistencia de una variedad de acercamientos y la tolerancia a diferentes puntos de vista son la esencia de una sociedad democrática. Esto se aplica particularmente a los disidentes e inconformes; no deberían precipitarse en condenar a aquéllos que sostienen una filosofía distinta. Si usted espera que la comunidad escuche sus puntos de vista, debe permitir diferentes expresiones no ortodoxas por parte de otros
 
Al mismo tiempo debemos evitar el otro extremo. Decir que no debemos excluir nada no significa que debamos permitirlo todo. Libertad no significa anarquía; la apertura no debe ser una licencia a la obscenidad. Queremos una sociedad gobernada por principios éticos; una variación de estos principios debería permitirse, incluso estimularse, pero el abanico de diferentes opciones sostenidas por la mayoría debería ser moderadamente angosto; los extremos deben presentarse sólo de manera extraordinaria.
 
PRESENTE Y PERSPECTIVAS DEL MOVIMIENTO PUGWASH

A lo largo de 35 años de existencia, el Movimiento Pugwash ha servido como importante canal de comunicación entre científicos para el estudio y la discusión de problemas complejos y delicados que afectan a la humanidad. Ha mostrado que incluso en asuntos de fuerte controversia es posible continuar pensando objetiva y honestamente, y luchar de manera constructiva en la búsqueda de soluciones, y que los científicos tienen una importante función social más allá de la ciencia misma, como ciudadanos y seres pensantes. Si bien en su comienzo Pugwash atrajo a científicos naturales, particularmente de las ciencias físicas, paulatinamente se ha incorporado gente de otras disciplinas, así como antiguos funcionarios gubernamentales y analistas militares. Hoy en día, cerca del 40% de los participantes en los encuentros tiene formación en disciplinas tales como economía, historia, derecho, ciencias políticas, psicología y sociología, un incremento en el número de participantes, de 22 en la reunión inicial de 1957, a cerca de doscientos en las conferencias más recientes. En suma, a la fecha se han presentado cerca de 9000 trabajos en casi 200 conferencias, simposios y talleres, con la participación de más de 2500 personas. Aunque el Movimiento ha crecido considerablemente, sus principios generales de operación siguen siendo los mismos: los participantes, en su mayoría científicos distinguidos —incluidos algunos premios Nobel— son invitados en su carácter de individuos y sólo se representan a sí mismos. Las actividades de Pugwash son coordinadas por un Consejo, renovado cada cinco años; hoy lo conforman 26 miembros de 19 países, un Comité Ejecutivo, que tiene oficinas en Ginebra, Londres y Roma. Se busca que la organización sea financiada con donativos voluntarios, para preservar su carácter independiente; los participantes deben buscar personalmente la forma de cubrir los gastos de sus viajes. En algunos países —más de 30 en la actualidad— existen Grupos Pugwash que realizan actividades locales, en colaboración con el Consejo; estos grupos organizan y financian los encuentros que se realizan en sus propios países. Cuando Pugwash comenzó, constituía el único canal de comunicación Este-Oeste en materia de amenaza nuclear y seguridad global. Hoy, el ambiente nuclear es mucho más relajado y se ha superado el clima de guerra fría, pero los objetivos de Pugwash en materia de desarme y distensión están lejos de ser alcanzados. Existe una cantidad espeluznante —suficiente para aniquilar varias veces a la humanidad— de arsenal nuclear cuya destrucción se ve aún lejana desde el punto de vista técnico y político, y muchas zonas del mundo viven el peligro de una confrontación militar, con el consecuente empleo de armas químicas y biológicas, además de las nucleares. Por ello, en la agenda de Pugwash sigue ocupando un lugar central su tradicional temática relacionada con armamento químico y biológico, fuerzas convencionales, transferencia de armamento, y prospectos y problemas militares y de seguridad nacional. A este panorama internacional, de por sí complejo, se suman otras cuestiones desestabilizadoras que afectan a la sociedad, entre las que destacan la destrucción del medio ambiente y la creciente desigualdad económica entre países.


Ana María Cetto

       
 
Lo que se aplica a la sociedad en cualquier punto del tiempo se aplica a los individuos sobre toda una vida. Algunos acontecimientos provocan que una persona se desvíe de su comportamiento normal. Por ejemplo, a pesar de que reconocí el error que originalmente cometí al trabajar en la bomba atómica, no podría garantizar que no cometeré el mismo error otra vez. George Santayana ha dicho: “Aquellos que no recuerden el pasado están condenados a repetirlo”. Pero aun recordando el pasado, podemos estar condenados a repetirlo. Mi lema —una paradoja en sí misma— expresado en tres palabras: “nunca digas jamás”. La naturaleza es tan inmensamente rica en su variedad, con un infinito número de posibilidades, que nada puede ser excluido. Sí, me adhiero apasionadamente a principios humanitarios, sostengo fuertemente la apertura de criterio en todos sus aspectos, soy un ardiente defensor de todas las libertades para el individuo, pero no puedo garantizar que bajo ciertas circunstancias no actuaré contrariamente a estos principios. Mi ferviente esperanza es que tales circunstancias no surgirán. Nuestro objetivo debe ser crear una sociedad en la que grandes desviaciones a las normas éticas tengan una muy baja probabilidad de ocurrencia.
 
La circunstancia más frecuente en que un individuo se comporta anormalmente es la guerra. Tan pronto se desata se rompen nuestros estándares. Se abandonan los principios morales y se olvida el comportamiento civilizado. Desarrollamos instintos asesinos —fuertemente promovidos por nuestro gobierno— contra aquéllos designados como enemigos, a pesar de que previamente han sido nuestros vecinos y amigos. Basta con dar un vistazo a lo que hoy ocurre en Yugoslavia o Ruanda para reconocer los cambios degradantes que la guerra produce en la gente.     
 
Esta es otra razón para que Pugwash se adhiera a su objetivo de proscribir cualquier guerra. Se nos planteó en el Manifiesto Russell-Einstein: “¿Debemos poner fin a la raza humana o debe la humanidad renunciar a la guerra?” y fue el tema de la segunda conferencia anual 1994 de Pugwash: “Hacia un mundo libre de guerra”.
 
ORÍGENES DEL MOVIMIENTO PUGWASH

Los científicos, en particular los físicos, tuvieron mucho que ver con el nacimiento de la era nuclear. Sin duda, uno de los grandes descubrimientos de este siglo es la liberación de grandes cantidades de energía por medio de reacciones nucleares; sus aplicaciones podrían haber representado, en principio, un beneficio importante para la humanidad. Sin embargo, la primera noticia pública de su uso fue a través del anuncio de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki y del exterminio de cientos de miles de personas por las explosiones de bombas atómicas estadounidenses, en agosto de 1945.

Estos desastres marcaron el inicio de una carrera nuclear que en poco tiempo tomó un ritmo acelerado: cuatro años después de Hiroshima, la primera bomba atómica fue detonada en territorio soviético. Estados Unidos respondió con un intenso esfuerzo por fabricar la bomba de hidrógeno, y al poco tiempo de lograrlo fue secundado por la Unión Soviética. Hacia mediados de los años cincuenta, ambas superpotencias cantaban con bombas miles de veces más poderosas que las que habían destruido las ciudades japonesas, capaces de aniquilar los centros de población más importantes del planeta. En medio del clima de profunda desconfianza y propaganda hostil que reinaba en aquella época, no parecía lejana la posibilidad de que la guerra fría se transformara en una guerra caliente que acabaría con la civilización entera. Así las cosas, en diversas partes del mundo los científicos más preocupados por los peligros de esta situación se esforzaban por advertir a sus conciudadanos y gobiernos de dichos peligros.

Convencido de que era necesario un esfuerzo internacional en este sentido, el gran matemático y filósofo inglés Bertrand Russell propuso a Albert Einstein, quien se encontraba en Princeton, la redacción de una declaración pública que convocara a una conferencia de científicos eminentes para discutir tales asuntos. Einstein firmó dicha declaración desde el hospital, como uno de sus últimos actos antes de morir, en abril de 1955. En las siguientes semanas, el Manifiesto Russell-Einstein fue firmado por otros nueve eminentes científicos, siete de ellos premios Nobel en Física o en Química: Max Born, Percy Bridgman, Leopold Infeld, Frederic Joliot-Curie, Herman Muller, Linus Pauling, Cecil Powell, Joseph Rotblat e Hideki Yukawa. Además de la convocatoria a los científicos, el Manifiesto contiene un llamado a los gobiernos, haciendo ver que se ha iniciado una nueva era en que las disputas deben resolverse de manera pacífica, dado que no puede haber vencedores en una guerra nuclear.

El manifiesto fue ampliamente acogido por la opinión pública y endosado por la comunidad científica. Luego de descartar, por razones de seguridad, la realización de la Conferencia en Nueva Delhi bajo los auspicios del Primer Ministro Nehru, los organizadores aceptaron la entusiasta oferta de Cyrus Eaton, industrial de Estados Unidos, para que la Conferencia se celebrara en su pueblo natal, Pugwash, Canadá. De manera anónima, Eaton cubrió todos los gastos y dejó la organización a los científicos. Con la participación de 22 destacadas personalidades provenientes de la Unión Soviética, Estados Unidos y media docena más de países, se analizaron y debatieron a profundidad tres temas de importancia crucial en aquel año de 1957: los peligros de las radiaciones, el control internacional de la energía nuclear, y la responsabilidad social de los científicos. La experiencia de la Conferencia fue extraordinaria: a pesar de las fuertes discrepancias ideológicas entre los participantes, de las terribles tensiones de la guerra fría, y de lo delicado y controversial de los temas tratados, se alcanzó un alto grado de unanimidad al cabo de las discusiones. La Conferencia refrendó la confianza expresada en el manifiesto sobre la función de los científicos para resolver los problemas importantes que aquejan a la humanidad. La que en un principio estaba pensada como la única Conferencia Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales, dio origen a todo un Movimiento que lleva este nombre. Un Comité constituido para tales fines se dio a la tarea de organizar las subsecuentes actividades: reuniones pequeñas para la discusión de problemas urgentes de carácter político, y reuniones más amplias para el análisis de las implicaciones sociales del progreso científico y la discusión de los propios científicos al respecto. Gracias al esfuerzo de un grupo creciente, Pugwash se convirtió con el tiempo en un importante movimiento de paz. En especial desempeñó una función valiosa en la búsqueda de formas alternativas para el control de armamentos y el desarme, así como de medidas para reducir las tensiones políticas. Algunos ejemplos de su contribución son: el Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares, el Tratado de No Proliferación de Armas, la Limitación de Armas Estratégicas, la Convención de Armas Biológicas, el Tratado de Armas Químicas, y diversos asuntos de seguridad europea. Con los años ha quedado claro que existen otros problemas relacionados con la paz y la estabilidad y, en consecuencia, el programa se ha ampliado, pero mantiene su objetivo central de evitar la guerra nuclear.

Ana María Cetto

     
 
Muchos dirán que un mundo libre de guerra es utópico. Aun el objetivo más limitado de un mundo libre de armas nucleares es visto como poco alcanzable en un futuro corto, aunque deseable. Pero no somos utópicos. No estamos buscando la utopía, el mundo perfecto de Tomás Moro. Nuestro objetivo es más terrenal: un mundo perdurable, donde la civilización continuará no obstante el peligro que los científicos hemos creado. 
 
A pesar de que nuestro principal propósito es básico —la sobrevivencia de la civilización—, en el proceso también deseamos crear un mundo mejor en donde la gente aprenda a resolver conflictos sin pelear, a colaborar para el enriquecimiento de nuestra cultura. Si en el proceso llegamos a la conclusión de que la política debe estar fundada en altos principios morales, que la confianza y el amor son elementos básicos en las relaciones humanas, esto será un incentivo adicional en nuestra campaña a favor de lo esencial y agradable; lo práctico y lo hermoso; lo conveniente y lo bueno. Esto hace la tarea aún más valiosa para los científicos con una conciencia social, como los que estamos en Pugwash.
 
El profesor Joseph Rotblat es ciudadano inglés (polaco de nacimiento), Doctor en física en la Universidad de Varsovia (1936), PhD de la Universidad de Liverpool (1950), y DSc de la Universidad de Londres (1953). Inició su trabajo de investigación en Polonia, y hacia 1939 comenzó su trabajo en la bomba atómica en la Universidad de Liverpool. Para 1944 ya trabajaba en el Proyecto Manhattan en Los Álamos, Nuevo México, al cual renunció por principios morales en diciembre de 1994, es decir que fue el único científico que abandonó este proyecto antes de que fuera probada la bomba atómica. Ha sido profesor, investigador y director de diversas universidades y centros de investigación. Es miembro de varias academias de ciencias del mundo y ha recibido diversos premios, muchos de ellos en relación con sus actividades pacifistas. Fue miembro fundador del movimiento Pugwash, del que actualmente es presidente. Con esta plática se clausuró la XLIV Conferencia Anual de Pugwash en Kolimbari, Creta, en julio de 1994.
 articulos
       
Referencias Bibliográficas
 
1. Ziman John, 1982, “Social Responsibility of Scientists: Basic Principles”, en Scientists, the Arms Race and Disarmament, J. Rotblat ed., Taylor & Francis, Londres/UNESCO Paris, pp. 161-178.
2. Francis Bacon, 1620, Instauratio Magna.
3. York Herbert, 1970, Race to Oblivion, Simon & Schuster, New York, p. 234.
4. Taylor, Theodore B., 1987, “Third Generation Nuclear Weapons”, Scientific American, April 1987, p.22.
5. The Book of Oaths: A Compendium of Ethical Codes for Scientists, Institute for Social Inventions, London,1991.
6. Rotblat, Joseph, “Towards a Nuclear-Weapon-Free World: Societal Verification”, Security Dialogue, 23, December 1992, pp. 51-61
7. Rotblat, Joseph, “Leaving the Bomb Project”, Bulletin of the Atomic Scientists, August 1985, pp. 16-19.
8. Sudoplatov, Pavel and Anatoli Sudoplatov, 1994, Special Tasks, Little, Brown.
9. Smyth, Henry D., A General Account of the Development of Methods of Using Atomic Energy for Military Purposes under the Auspices of the United States Government 1940-1945, US Government Printing Office, August 1945.
10. Rotblat, Joseph, “The Hydrogen-Uranium Bomb”, Atomic Scientists Journal, March 1955, pp. 224-228.
     
 
Traducción del texto
Patricia Magaña Rueda
 
Revisión del texto:
Ana María Cetto
     
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Joseph Rotblat
     
____________________________________________________________      
cómo citar este artículo
 
Rotblat, Joseph. 1994. Las múltiples caras de la conciencia social de los científicos. Ciencias, núm. 36, octubre-diciembre, pp. 18-25. [En línea].
     

 

 

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Gonzalo Halffter      
               
               
Ante las crecientes amenazas que enfrenta la diversidad
biológica, la respuesta más general ha sido proponer nuevas áreas protegidas. Si esta medida representara un cierto nivel de protección —lo que muchas veces no ocurre—, podría ser útil. Justamente por ello hay que reflexionar si las áreas protegidas, por sí solas, pueden asegurar la conservación de una parte importante de la actual biodiversidad en las condiciones de los países tropicales.
 
Las políticas y normas de los países industrializados no pueden trasladarse en forma automática al mundo tropical. Si se quiere conservar la diversidad biológica tropical hay que buscar medidas factibles en escenarios reales, que garanticen la protección ahora y en el mediano plazo. No son factibles aquellas medidas que obvian la creciente pobreza de la población rural en los países llamados “en desarrollo”, la desintegración de las estructuras socio-poblacionales y productivas tradicionales, con los consiguientes movimientos migratorios, y el aumento demográfico, elementos que influyen definitivamente en lo que ocurre con la diversidad biológica, mucho más allá de las buenas intenciones. 
 
Para que las buenas intenciones, es decir, una política de uso y conservación de la biodiversidad, puedan ir más allá de la declaración retórica se necesita una apreciación basada en información real —obtenida in situ— de cuál es el escenario ecológico, económico, social, cultural (percepción de la biodiversidad) y político de cada región.
 
Mi interés es comentar lo que las actividades rústicas representan para la biodiversidad. Uso el término rústico para distinguir una serie de estilos de uso de los recursos naturales contrapuestos a uso intensivo. Dentro del uso rústico incluyo las actividades extractivas tradicionales, pero también muchas formas de agricultura, ganadería, silvicultura y pesca que se han mantenido hasta ahora y que están en peligro ante la imposición de la utilización intensiva (eficiente o ineficiente), la urbanización caótica, la contaminación extensiva y todo un conjunto de actividades sin ninguna consideración ambiental, impulsadas desde afuera, ello sin dejar de lado los problemas derivados del incremento poblacional.
 
Como ha señalado Janis B. Alcorn, la sociedad moderna no ha inventado la conservación de la biodiversidad. Estamos pasando de una conservación “arcaica” asociada a actividades productivas, a una moderna basada en áreas protegidas. Es necesario analizar si este cambio tiene, en el trópico, las posibilidades y modalidades que se han manifestado en los países templados. En Estados Unidos, con uno de los sistemas más extensos y eficientes de áreas protegidas, el análisis moderno: la biología de la conservación, abre dudas sobre la posibilidad de conservar la riqueza actual de plantas y animales y sus procesos evolutivos únicamente con las áreas protegidas (véase el libro, realmente sugerente, Landscape Linkages and Biodiversity, W. E. Hudson (Ed.)).  
 
Se puede realizar en dos tipos de escenarios un análisis de las posibilidades de las áreas protegidas para conservar la biodiversidad tropical. En el primero, se mantienen distintos grados de uso rústico en las tierras situadas entre las áreas protegidas y las de uso intensivo, coordinándose áreas protegidas y de uso rústico en un conjunto de políticas de ecología del paisaje. En el segundo, se plantea el uso intensivo como norma general, teóricamente compensado en sus efectos sobre la diversidad biológica por un sistema de áreas protegidas sin ninguna actividad económica (excepto el turismo). Mi preferencia por el primer escenario es congruente con la conclusión de que no puede separarse la pérdida (o la conservación) de la diversidad biológica, de las estrategias y formas de uso de los recursos naturales.
 
Las necesidades de las poblaciones locales        
 
Conservar el uso rústico y mejorarlo es parte fundamental de una política inteligente, y actual, de protección de la biodiversidad. Mi interés por el uso rústico de los recursos naturales no debe interpretarse como una oposición al uso intensivo o a la conservación total en áreas protegidas. Donde la tierra y el agua disponibles, así como las condiciones ambientales y económicas lo permiten, un uso intenso —si es sustentable— no sólo es justificado, sino necesario. Es decir, donde sea posible conservar la diversidad biológica en áreas con protección total y con una seguridad a plazo medio, sin plantear conflictos sociales, son absolutamente deseables. Pero es en los trópicos, fuera del uso intensivo y de la protección total real y sustentable, donde se encuentra la mayor parte del paisaje. En estas tierras un uso rústico bien manejado puede sustituir a los actuales esquemas de degradación ambiental provocados por estilos de desarrollo inadecuados. Como Francesco di Castri señaló en una importante conferencia, la causa principal de la degradación del medio ambiente ha sido no tomar en consideración, dentro de una misma política, desarrollo y medio ambiente. Medio ambiente, economía y sociedad integran un sistema complejo, es decir, un sistema en el cual hay distintas alternativas legítimas a un problema. Debemos entender que puede haber distintas soluciones bajo diferentes enfoques, y aceptar una pluralidad en métodos y en resultados. Actualmente, la problemática ambiental se encuentra en la intersección de los tres sistemas: el ecológico, el económico y el social. Sólo considerando las características de los tres sistemas pueden ofrecerse planteamientos útiles.
 
Hoy, la proposición más general para conservar la diversidad biológica descansa en el establecimiento del mayor número posible de áreas protegidas. Aunque en los últimos tiempos y como un resultado de las ideas surgidas en el Programa MAB de la UNESCO, ya no se plantea como condición indispensable para las áreas protegidas la exclusión de las actividades de poblaciones locales —con la excepción de las reservas de la biósfera (en aquellos casos en que realmente se sigue este modelo) y de algunos planteamientos muy recientes que siguen la misma filosofía (reservas extractivas y reservas campesinas)—, no se contempla la asociación entre explotación rústica de los recursos naturales y conservación de la biodiversidad.
 
Es interesante examinar hasta qué punto la insistencia en no aceptar los usos tradicionales en las áreas protegidas del trópico se debe a un verdadero análisis ecológico de lo que ocurre. También resulta importante ver si se han ponderado los problemas sociales, económicos y políticos que plantea la exclusión de las poblaciones locales. O si bien, simplemente, esta posición se debe a un intento de transferencia poco analizado, mediante el cual se quiere traspasar a condiciones tropicales la experiencia de los parques nacionales de los países templados, altamente industrializados.
 
Mucho se ha discutido si las áreas protegidas, por sí solas, son suficientes para asegurar la conservación de la biodiversidad tropical. Creo que no. Sin las áreas rústicas es imposible conservar una porción significativa de la actual diversidad biológica.1
 
Considero como uso rústico diversas formas de utilización de los recursos bióticos que se distinguen del uso intensivo. Por supuesto, la separación no siempre es neta. Entre los dos extremos existen muchas formas intermedias. La ineficiencia no debe usarse como parámetro, toda vez que es posible (aunque por razones distintas) ser ineficiente en una explotación rústica o en una intensiva. El uso rústico corresponde a una visión heterogénea del paisaje. Se cultivan distintas plantas. También se conjuga la agricultura con la cría de animales y el uso de los recursos silvestres (madera, caza, pesca, recolección). El uso de agroquímicos es reducido o nulo, igual que el de maquinaria pesada y combustibles fósiles; el empleo humano es el mayor posible, incluso a costa de cierta ineficiencia económica. Dominan las empresas familiares, comunales o cooperativas. No se recurre de manera regular al financiamiento externo, y las cosechas se venden en los mercados locales y regionales (muchos productos van al consumo familiar), aunque puede haber exportación de productos de especial valor. Así se busca más un uso estable a largo plazo que maximizar la cosecha próxima.     
 
El uso intensivo busca un alto rendimiento en el corto plazo (incluso por cosecha), con un empleo masivo de combustibles, fertilizantes y parasiticidas, así como de maquinaria y crédito. Este tipo de explotación tiende al monocultivo (no sólo de una planta, sino de una variedad) y a las grandes extensiones homogéneas. Las cosechas se destinan a mercados globales o nacionales.       
 
Víctor M. Toledo examina a fondo las características del productor rústico al que designa como peasant, en contraposición con el productor intensivo: farmer. En una conferencia muy reciente, el mismo autor utilizó la expresión “producción campesina premoderna” para lo mismo que aquí estamos denominando uso rústico.     
 
En términos generales, uso tradicional puede tomarse como equivalente de rústico.2 Sin embargo, hay excepciones. Aunque dentro del término rústico podemos incluir buena parte de los usos tradicionales, no olvidemos que algunos usos tradicionales han tendido a ser intensivos (por ejemplo, la explotación ballenera), provocando cambios profundos en la biodiversidad, y no han sido mayores por las limitaciones tecnológicas del momento. Adicionalmente, el término rústico puede aplicarse a actividades que utilizan medios modernos pero que no buscan la máxima cosecha en el corto tiempo, sino la estabilidad, la diversidad, y el empleo.
 
El uso rústico no ha impedido que llegue hasta nuestros días un mundo rico en diversidad biológica. Es lo que Janis Alcorn llama “conservación arcaica”. Las selvas y otros ecosistemas tropicales no están vacíos de población humana; existen millones de personas que viven en (y de) los ecosistemas tropicales.
 
En los últimos años se ha generado mucha información sobre cómo los usos tradicionales permiten la sobrevivencia de la diversidad biológica. Véase como ejemplos, para México: Gómez-Pompa et al., 1993; Toledo et al., 1985; Boege y Barrera, 1993; Leff y Carabias, 1993; Toledo, 1990; Rojas, 1990; para el Amazonas: Posey, 1983; para los trópicos americanos: Oldfield y Alcorn, 1991; en general: Altieri y Hecht, 1990.     
 
Un tipo de actividad que comúnmente se identifica con el uso tradicional en los trópicos es la extracción. Pero si esta asociación se hace automática se crea una cierta incongruencia, pues el objetivo de varios procesos extractivos es proporcionar productos para los mercados externos. Las actividades extractivas han mostrado la compleja trama entre estructura socioeconómica y sustentabilidad en el uso de los recursos. Como May señala, las poblaciones locales no tienen control sobre la comercialización de sus productos y son las primeras en resentir las alzas y bajas de las demandas externas. Cuando la demanda es intensa, los aumentos de precios no llegan a las poblaciones locales, pero sí se reflejan en una mayor presión sobre el recurso.
 
Un campo sobre el que existe muy poca información y menos experimentación, es la capacidad de los modos de producción tradicional de absorber tecnología nueva sin cambiar sus estrategias. La incorporación de tecnología nueva puede aumentar los rendimientos y, por lo tanto, hacer más eficiente el uso rústico sin cambiar sus principales bases conceptuales.      
 
Conservación y poblaciones locales
 
El cambio de una situación próxima al equilibrio a otra caracterizada por una rápida degradación de la biodiversidad puede deberse al incremento poblacional local. Sin embargo, no ayuda a entender la compleja realidad a la que se enfrentan tantos paisajes tropicales el considerar al incremento poblacional como única causa de los peligros a los que se enfrenta la biodiversidad, ignorando o dando poca importancia a otros elementos: económicos, políticos y sociales, entre ellos los que empujan las migraciones hacia los ecosistemas que querernos proteger.
 
La visión de la responsabilidad y papel de las comunidades locales empieza a cambiar. Como Jason Clay señala: “The most severe threats to the world’s fragile environments come from population pressure (usually from the dominant society and only rarely from indigenous people), legal restrictions on land rights in general and communal rights in particular, international debt, and the imposition of imported technologies or models of resource use that are inappropriate in fragile areas and create financial dependencies. Excluding populations from their traditional areas has disastrous consequences for the future of that environment, because those peoples are an integral part of the environmental dynamics”. Según McNeely: Biological resources are often under threat because the responsibility for their management has been removed from the people who live closest to them, and instead has been transferred to government agencies located in distant capitals”. Las dos referencias transcritas representan un cambio total de las posiciones tradicionales (y aún imperantes) sobre la relación poblaciones locales-conservación.
 
En términos generales puede señalarse que en América Latina la presión demográfica que amenaza los bosques tropicales no viene de las poblaciones que viven en ellos (y de ellos), sino de personas extrañas, a quienes la miseria y la falta de alternativas —incluso los programas oficiales de colonización— empujan a desmontar el bosque como última y única posibilidad. El avance contra las selvas se convierte en válvula de escape demográfico de situaciones sociales conflictivas y desesperadas de otras regiones. La colonización de la Selva Lacandona en el estado de Chiapas es un ejemplo de tal situación.
 
El mundo tropical está lleno de ejemplos en los que el uso no sustentable de los recursos bióticos se ha basado en razones económicas inmediatas, como lo explica McNeely: “The fundamental constraint is that some people earn immediate benefits from exploiting biological resources without paying the full social and economic cost of resources depletion; instead, these costs (to be paid either now or in the future) are transferred to society as a whole”.
 
La sobrevivencia de la conservación “arcaica” asociada al uso rústico o tradicional está afectada por extraños que buscan la explotación inmediata e intensiva de los recursos naturales.
 
El cambio provocado por el contacto con la sociedad de consumo, que lleva al abandono de las formas tradicionales de explotación. La mayor demanda de bienes externos (obtenidos muchas veces a precios desorbitados) provoca una mayor presión sobre los recursos bióticos y el aumento de la superficie bajo explotación activa.     
 
La propiedad de la tierra determina su uso y el de los recursos bióticos que contiene. Los grupos tradicionales y sus formas de propiedad —muchas veces colectiva o cooperativa— resisten mal a los colonos invasores, así como a la presión de grandes propiedades en expansión. Los grupos indígenas son empujados a nuevas áreas de bosque, cuando éstas aún existen.
 
En México, la transformación del campo se refleja en la disminución de la aportación agraria nacional al Producto Nacional Bruto que pasa de 16% en 1970, a 7% en 1990, cambiando el país, durante este lapso, de exportador a importador neto de los principales productos básicos, incluyendo maíz y leche.  
 
Es posible que el factor más importante para el éxito de las áreas protegidas en América Tropical sea la participación activa de las poblaciones locales, como socios y actores. Para que esta participación ocurra, la conservación no puede ser vista como una imposición externa; mucho puede ayudar que las reservas planteen una cierta continuidad de usos y cultura tradicionales. Lograrlo es un reto difícil, pues estos usos pueden ser distorsionados en el contacto con la sociedad de consumo.
 
Ganadería extensiva
 
De todos los cambios sufridos por los trópicos latinoamericanos en las últimas décadas, el más brutal es derivado de la ganadería extensiva.3 Aunque económicamente no es una actividad que genere altos rendimientos por unidad de superficie, ecológicamente es una actividad intensiva que provoca una modificación profunda del paisaje. Pocas formas de producción son más contrastadas al uso tradicional-heterogéneo que la ganadería extensiva. El proceso de ganaderización ha sido analizado en varios lugares. Por ejemplo, en el estado mexicano de Veracruz (ganadero de data antigua) los pastizales inducidos pasaron de ocupar el 21.6% de la superficie en 1940 al 50% en 1993. La expansión ha sido a expensas de los bosques tropicales y de tierra agrícola de uso tradicional (véase Barrera y Rodríguez, 1993; Rodríguez y Boege, 1992; ambos libros contienen copiosa bibliografía. Para Amazonia véase Hecht, 1992).           
 
La ganaderización no sólo causa una drástica reducción de los bosques (dejando los remanentes convertidos en verdaderas islas), sino que afecta a una mayoría campesina que paulatinamente se ve despojada de sus tierras, recursos y formas tradicionales de vida. Como varios autores han señalado, la ganadería extensiva se ha desarrollado para satisfacer la demanda creciente de carne barata de las sociedades industrializadas (principalmente de Estados Unidos, pero también de las grandes ciudades de los países en desarrollo). Sus beneficiarios locales integran una pequeña minoría, pues una de las características negativas de la ganadería extensiva es crear muy pocos empleos. Según Susan Hecht, en Amazonia, un puesto de trabajo permanente por cada 1000 hectáreas. Estas características de empleo determinan la expulsión de población rural rumbo a las ciudades, así como un ambiente de violencia local.
 
Con buenos suelos y en condiciones adecuadas de declive, los pastizales inducidos para uso ganadero pueden estabilizarse. Pero lo más frecuente es que al quitar la selva no sólo aumenta la erosión, sino que se afecta profundamente la porosidad y estructura del suelo. El suelo se “cierra”, con gran pérdida de su capacidad biológica y posibilidades de intercambios hídricos y gaseosos. Tales modificaciones provocan la pérdida de fertilidad. En las acciones políticas y financieras que tan fuertemente han favorecido la expansión de la ganadería extensiva, no parece haberse tomado en cuenta que ésta se expandía sobre tierras frágiles, es decir con un gran potencial de degradación una vez quitada la cubierta vegetal natural.       
 
Con frecuencia los desmontes no tienen que ver con los requerimientos de la cría de ganado vacuno. La destrucción de selvas para convertirlas en pastizales guarda una estrecha relación con varias actividades no productivas, pero sí altamente rentables: créditos baratos e incentivos fiscales, ganancias por la simple adquisición de tierras (véase McNeely, 1988). El desmonte es una forma de asegurar la tierra. Propiedad muy rentable en sociedades inflacionarias, en las que la tierra permanece como inversión segura mientras aumentan los riesgos en otros sectores de la actividad económica, especialmente en las explotaciones agrícolas. Evidencia indirecta de la importancia del crédito en los desmontes es el descenso de la tasa de destrucción de la selva en Amazonia a partir de 1990, no como consecuencia de una política deliberada, sino por la disminución de los créditos disponibles.
 
Áreas protegidas y conservación de la biodiversidad    
 
Para la conservación de la biodiversidad es incuestionable la importancia de contar con sistemas nacionales de áreas protegidas. No es este el punto a discusión. Sí están abiertas al análisis la eficacia y viabilidad a mediano plazo de estos sistemas, tal y como se han puesto en práctica en la mayor parte de la América tropical.4 Centraré mis reflexiones sobre dos puntos: 1) ¿Puede ser suficiente un sistema de áreas protegidas con las características actualmente predominantes para conservar una porción importante de la diversidad biológica tropical? 2) ¿Cuáles son las estrategias con las que estas áreas se están creando?
 
El punto 2 lleva a señalar las limitaciones de la estrategia convencional. A mi juicio, que estas limitaciones están determinadas por: a) la no relación entre las áreas protegidas y los programas de desarrollo que determinan el uso de los recursos naturales; b) factores económicos y sociales propios de los países tropicales de América; c) factores ecológicos.
 
En relación con el inciso a) hay que considerar que el uso de los recursos bióticos se determina en escenarios caracterizados por presiones contradictorias. En estas condiciones muchos gobiernos de países tropicales han decretado áreas protegidas que, en la mayoría de los casos, sólo han incrementado la ya larga lista de “parques o reservas de papel”. Las presiones que confluyen en tales escenarios son distintas y completamente contrapuestas. Por una parte están las comunidades científicas nacionales, así como la opinión pública, e incluso las exigencias para una buena imagen internacional, que piden la protección de la biodiversidad característica de los distintos ecosistemas. Las presiones contrarias provienen tanto de intereses económicos —nacionales y extranjeros— que se benefician de la explotación “minera” de los recursos naturales, como de grupos de población campesina sin tierras, de todo un complejo conjunto de intereses económicos y políticos locales o regionales que reclaman la apertura de nuevas tierras al cultivo —que en muy pocos años se transformará en ganaderización.
 
La situación se complica porque las dependencias oficiales que toman decisiones en relación con la protección de áreas no son las mismas encargadas del desarrollo agropecuario y forestal. Incluso puede no haber relación programática entre ellas. En circunstancias en que es difícil tomar decisiones que contenten a todos, una salida es la declaración de áreas protegidas, abandonando el resto del paisaje a un uso intensivo, sin restricciones. Como lo explica Cooperrider: “The unwritten philosophy of nature preserves is that ‘nature’ can be preserved on one side of the fence so that exploitation can continue unabated on the other”.  
 
Cuando estas áreas protegidas se proponen y crean sin el deseo ni la consulta a las poblaciones locales involucradas, sus posibilidades de brindar una protección real a la conservación de la biodiversidad son muy limitadas. Al aumentar las presiones humanas no tienen bases para ofrecer resistencia. Lo anterior es una visión negativa que afortunadamente no siempre ocurre. Pero no por las excepciones deja de ser cierta en lo general.   
 
Los factores económicos y sociales propios de los países tropicales de América (inciso b) son el rápido incremento demográfico, la falta de alternativas para los jóvenes, las exigencias de los mercados internacionales, la inercia de los intereses locales, la inequidad en la distribución de los bienes, condiciones que, en conjunto, llevan a mantener una política de frontera hostil sobre las extensiones naturales aún no totalmente transformadas (especialmente recomendable es la lectura de Toledo, 1989 y de Tudela, 1990). Esto, aun a sabiendas de que el nuevo uso a que se dedica el territorio no es el más adecuado ni productivo a largo plazo.5 Contra este esquema de colonización a ultranza, de apertura de nuevas tierras para la ganadería o el monocultivo, o para la colonización precaria que abre el camino a la primera, poco pueden hacer las áreas protegidas por sí solas. No olvidemos que las áreas protegidas están sometidas a las mismas presiones que el resto del territorio.
 
Con frecuencia se pasa por alto que la mayor parte de las grandes áreas protegidas de los trópicos americanos tiene poblaciones locales. También están habitadas las grandes extensiones de selva “virgen” que se desea conservar mediante la creación de áreas protegidas. Las densidades de población pueden ser muy bajas, pero no siempre ocurre así; estos habitantes no sólo son aborígenes, sino también personas llegadas de otros lugares en busca de un pedazo de tierra. Revoluciones y rebeliones han estallado cuando los recursos en que se basa la vida de estas poblaciones son apartados de su control. Estas confrontaciones no suelen tener un final fácil ni rápido. Sus consecuencias nunca son buenas para la conservación de la biodiversidad. La inestabilidad social no hace más que acentuar las peores presiones depredadoras. Si queremos plantear una estrategia de conservación de la biodiversidad tropical con posibilidades a mediano plazo, hay que evitar que la creación de áreas protegidas sea un motivo más de confrontación social. Lo anterior no quiere decir que no se establezcan estas áreas, al contrario; un ordenamiento inteligente del uso de los recursos bióticos puede tener no sólo valor ecológico, sino también social. Es necesario que se tomen en cuenta los intereses, costumbres y cultura de las poblaciones locales, no excluyéndolas de la toma de decisiones ni de los beneficios que pueden obtenerse, sin deterioro de la biodiversidad (entre otras referencias muy recientes, véase Alcorn, 1991; McNeely, 1988; Parks, 1994).
 
Además de las razones económicas y sociales, también hay justificaciones ecológicas para pensar que la conservación de la biodiversidad tropical no puede restringirse a un sistema de áreas protegidas (quizá la conservación de ninguna biodiversidad, como lo plantea Hudson). Los ecosistemas tropicales presentan gran heterogeneidad espacial y marcada variación geográfica, incluso a pequeña escala, mayor cuando existen diferencias de altitud. En el mejor de los casos, un sistema restringido de áreas sólo conservaría parte de esta diversidad. Por otra parte está la ruptura de los movimientos no sólo migratorios, sino desplazamientos interpoblacionales y poblacionales de los animales, el empobrecimiento del material genético derivado de poblaciones reducidas, las consecuencias sobre las plantas de cambios en la fauna de grandes vertebrados, que serían los primeros en disminuir, etcétera. Los argumentos son muchos y cada vez se acumulan más; estos nos llevan a pensar que en las áreas protegidas que pierden el intercambio con su entorno, ocurrirá como en las islas: se presentará un notable empobrecimiento y fragilidad de flora y fauna.
 
Hace muy pocos años los anteriores argumentos hubieran surgido sólo de manera ocasional, pues en realidad la “insularidad” ecológica dentro de las masas continentales —o lo que es lo mismo, el “encierro” por perturbaciones externas de poblaciones de plantas y animales— eran la excepción en los trópicos. En Costa Rica estamos cerca de un sistema “insular” de áreas protegidas. En otros países latinoamericanos, o simplemente tropicales, puede ser una realidad en pocos años, sin los elementos positivos que representan el buen manejo y protección que existen en Costa Rica. Refiriéndose a Estados Unidos, Chadwick señala: “The plain fact is that most of our existing preserves have the same problems as fragments of habitat elsewhere across the nation: They are too small and isolated to guarantee the long-term survival of many of their wild residents”. El mismo autor indica la desaparición local de 42 tipos de mamíferos nativos en 14 parques de Estados Unidos.
 
Todas las reflexiones anteriores me llevan a considerar que buena parte del éxito que pueda tener una estrategia de conservación de la biodiversidad depende de lo que pase en la enorme extensión de tierras sí utilizadas por el hombre, pero no totalmente transformadas para una explotación intensiva, en la que una proporción grande de plantas y animales puede sobrevivir manteniendo sus flujos genéticos y su área de dispersión geográfica. Este es el escenario fuera de las reservas y áreas protegidas, sin el cual el sistema de áreas protegidas es insuficiente.
 
Recapitulación
 
Para glosar los distintos argumentos expuestos, resaltaría la importancia de un sistema de áreas protegidas, en las que cierta actividad humana del tipo y grado que se plantea en las reservas de la biósfera propuestas por el programa MAB-UNESCO puede ser, incluso, un elemento que favorezca la biodiversidad y, sobre todo, una garantía a largo plazo contra invasiones y usos inadecuados. En las mismas condiciones están las reservas extractivas en las que se permite un uso de los recursos bióticos, pero se impide el cambio del ecosistema.
 
Entre las áreas protegidas y las intensamente manipuladas seguirá existiendo un espacio —el más extenso— en donde un uso rústico racional y bien analizado puede coexistir con una conservación de la biodiversidad. La clave está en el ordenamiento del territorio y de sus capacidades de uso.
 
En este ordenamiento es indispensable tomar en cuenta que las áreas protegidas, por sí solas, no son suficientes para garantizar la conservación de la biodiversidad. Como Alcorn ha señalado, puntos clave para la política de conservación en el siglo XXI serán la búsqueda de mecanismos que refuercen la conservación en los espacios rústicos, así como asegurar que en la transición de economías tradicionales de subsistencia a una economía global capitalista, se incluya la ética y los mecanismos para la conservación de la biodiversidad en las áreas protegidas y más allá de ellas, en el paisaje rústico. Actualmente hay pocos esfuerzos y fondos mínimos para apoyar la conservación en tal medio. 
 
Para lograr éxito en los puntos enunciados, es necesario un planteamiento claro y explícito para cada región y para cada país, aceptado por la administración pública y por todos aquellos que tienen poder de decisión en el manejo de los recursos naturales, que haya sido elaborado de conformidad con las poblaciones que viven y están en contacto directo con estos recursos. Un planteamiento que precise para qué se requiere conservar la biodiversidad en el proyecto de nación que cada país trata de construir. Dicho de otra forma: de qué manera la biodiversidad y las áreas naturales protegidas pueden contribuir al desarrollo económico sustentable y al bienestar de cada uno de los habitantes del país. Es indudable que se requiere un gran esfuerzo de investigación científica y tecnológica para presentar planteamientos viables. Esta investigación no puede ser simplemente adaptada del exterior. Las fuertes diferencias ecológicas y las distintas situaciones económicas, sociales y políticas precisan planteamientos nacionales, basados en un esfuerzo científico y tecnológico propio. Es el gran reto de este fin de siglo.
 
Agradecimientos       
 
En distintas formas he tenido la cooperación del geógrafo Narciso Barrera-Bassols, investigador del Instituto de Ecología. Quiero hacer patente mi agradecimiento.
 

 articulos
 Notas
 
1. Por ejemplo, menos del 10% de los alelos de los principales cultivos (y un porcentaje aún menor de plantas silvestres afines) está actualmente contenido en áreas protegidas (World Conservation Monitoring Centre, 1992, capítulo 34).
2. Los antropólogos (y algunos ecólogos) han prestado mucha atención al uso rústico de los recursos bióticos entre los pueblos indígenas (aborígenes, o triviales, o tradicionales, según la terminología usada). Véanse excelentes síntesis en Oldfield y Alcorn, 1991; Toledo, 1991; Redford y Padoch, 1992.
En general se olvida que en muchos países industrializados regiones enteras siguen cultivando, criando ganado o explotando sus bosques de maneras que conservan mucho de rústico. Esto ocurre porque las condiciones geográficas o edáficas no se prestan a las grandes explotaciones intensivas y mecanizadas, o porque se producen bienes de calidad que resisten la masificación, pero también por una resistencia consciente a abandonar totalmente los patrones de vida tradicional en el campo: familiar, autosuficiente, estable y a largo plazo.
3. La ganadería extensiva es más que la cría de ganado en grandes extensiones; es una manifestación económico-cultural con características propias, cada vez más extendida en los trópicos de América. Narciso Barrera-Bassols (comuicación personal) señala: “El aumento explosivo del ganado bovino bajo formas primitivas de producción (explotación extensiva bajo pastoreo en gramíneas introducidas, basado fundamentalmente en la cría, con bajos insumos tecnológicos, con grandes productores ausentistas y con un bajo rendimiento por hectárea) ha dado como consecuencia que la vaca compita cada vez más con el campesino, por los recursos (naturales y económicos), por el espacio productivo y por los alimentos”.4. Kux (1991:297) señala: “Since 1972, the number of protected areas throughout the world has grown by 47% —with most of this increase in the Third World (Miller, 1984). Nine of the ten countries that have set aside over 10% of their land as protected lands are developing countries… While these efforts are impressive from an international conservation perspective, creating protected areas is only a first step in solving the problem. Whether these areas do, in practice, conserve biological diversity (even though in most cases this was not a criterion used to establish protected areas), and whether they are properly managed with adequate staff and budget are questions that may well be answered negatively in most developing countries (Machlis and Technell, 1985)”.
5 En Amazonas “The forest destruction now at hand might have been tolerable if the replacement land uses —agriculture and pasture— were sustainable. As it stands now, —agriculture and pasture— are but short moments of production in a larger process of degradation”, Hecht, 1992: 381.
     
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Gonzalo Halffter
Coordinador Internacional Subprograma XII,
Diversidad Biológica Programa CYTED,
Instituto de Ecología, A.C.
     
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cómo citar este artículo
 
Halffter, Gonzalo. 1994. Conservación de la biodiversidad y áreas protegidas en los países tropicales. Ciencias, núm. 36, octubre-diciembre, pp. 4-13. [En línea].
     

 

 

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