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Rosaura Ruíz G.       
               
               

A partir del libro de H. F. Judson, El Octavo día de la creación, he aquí narrada la historia de las múltiples conjeturas e intentos por descifrar la estructura del código genético.

El octavo día de la creación es sobre todo una narración del surgimiento de conceptos (como gen, cistrón, codón) de una ciencia (la biología molecular); de términos (el porqué de la utilización de la palabra código en lugar de cifra o clave o la palabra degenerado para referirse a la codificación por más de un triplete para determinados aminoácidos). Es también una descripción de las personas, nos habla por ejemplo de las grandes capacidades de teorización de Jaques Monod y Francis Crick, (sin lugar a dudas los teóricas más destacados en la biología molecular), del rechazo de este último por la experimentación, de la prodigiosa capacidad de Francois Jacob para planear las experimentos necesarios para encontrar evidencias a una concepción, de la petulancia aunada a la creatividad de James Watson, de la genialidad de Linus Pauling.                                          

Da cuenta también de la mezquindad que a veces se genera en esta área donde se han presentado las más recientes y más intensas competencias científicas; por ejemplo la emoción que sintió Watson cuando demostró los errores del modelo de triple hélice que Pauling propuso, el cual, además de no explicar nada, tenía errores de química básica en cuanto a la estructura del ADN; “los enlaces de hidrógeno que sostenían la triple hélice de Pauling desde el meolio eran un sin sentido químico. Requerían que los grupos de fosfato llevasen hidrógeno suplementario para hacer conexiones P-O…H-O-P, cancelando las cargas eléctricas locales, al punto de que el ácido nucleico de Pauling, en cierto sentido, no era ningún ácido”. Esta demostración provocó en Watson el placer de que “un gigante se hubiera olvidado de la química escolar elemental”.                                          

A las feministas les interesará saber que en este libro se mencionan también las situaciones desventajosas que las mujeres, particularmente en Estados Unidos, aunque no tanto en Francia, padecieron al escoger como área de trabajo la bioquímica o la biología molecular, como las casos de Rosalind Franklin y Barbara MacClintock. A pesar de no ser propiamente un análisis al estilo de alguna escuela epistemológica, menciona determinadas circunstancias que favorecieran el rápido avance de la biología molecular, entre ellos el impacto que tuvo la lectura del libro de Schrodinger What is life? en las mentes de varios físicos entre ellos Wilkins, Delbruck, Benzer y Crick, quienes se convencieron de que los seres vivos podían ser explicados en términos que no contradijeran o superaran los lujos físicos o introdujeran a la biología métodos propios de la física. Igual convencimiento llevó a Monod a la biología aún antes de leer a Schrodinger.

Hay fundamentalmente tres cuestiones que trata este libro: la elucidación de la estructura y la función del material genético, el desciframiento del código genético y la solución al problema de la estructura y la función de las proteínas. En lo personal me interesó sobre todo el segundo problema, el desciframiento del código genético por el papel que el trabajo teórico-deductivo jugó en el éxito de tal empresa. De manera breve, dado que el libro tiene más de 800 páginas, con el fin de interesarlos en su lectura haré una síntesis de la forma en que se logró entender, cómo se expresan los genes.                                      

En abril de 1953 apareció en Nature el artículo en el que Watson y Crick, polemizando con Pauling, presentan su modelo de doble hélice para el ADN. En mayo del mismo año apareció el segundo artículo de estos autores, en el que analizan la significación biológica de la estructura del ADN y plantean que “la secuencia precisa de las basas es el código que lleva la información genética”. George Gamow, físico teórico de Washington, D. C., famoso por haber propuesto el Big Bang (el estallido primordial, la teoría de la bola ardiente primigenia para el origen del universo) lee ambos artículos. Gamow también conocía ya los últimos resultadas de Frederik Sanger sobre la secuencia de aminoácidos de la insulina bovina (primera secuencia conocida). De manera sorprendente Gamow relacionó las dos cuestiones y sugirió un esquema para explicar cómo la secuencia de bases púricas y pirimídicas del ADN podía ordenar directo y físicamente la estructura secuencial de las proteínas y se los envió a Watson y Crick. Crick relata que el esquema de Gamow fue decisivo porque lo obligó a pensar en el problema de la codificación.      

 

 
Linus Pauling en una manifestación antinuclear. 

                  

Si los genes eran ADN, escribía Gamow, y el ADN era un par de cadenas juntas, formadas por sólo cuatro clases de nucleótidos y unidos por las bases apareadas, entonces todas las propiedades hereditarias de cualquier organismo viviente pueden ser caracterizadas por un largo número escrito en un sistema de cuatro dígitos que contiene muchos miles de dígitos consecutivos. Como había 20 aminoácidos, o algunos más, que se encontraban comúnmente en las proteínas, la cuestión era buscar cómo esos largos números basados en cuatro eran traducidos a esas palabras basadas en veinte.                                 

Gamow infirió directamente de la estructura del ADN (no se conocía el ARN mensajero) la clave: sugirió que las combinaciones de las bases formaban agujeros de diferentes formas en los que encajarían específicamente determinados aminoácidos. El esquema de Gamow tenía fallas evidentes, no conocía en absoluto los datos que manifestaron la participación de ARN en la síntesis de proteínas, ni siquiera los testimonios de que éstas eran fabricadas en el citoplasma. Cuestiones que se desprendían de investigaciones de Brachet (1942) y Caspersson (1940) donde mostraran que la síntesis de proteínas iba siempre asociada a abundancia de ARN y que éste estaba localizado en el citoplasma, mientras que el ADN estaba confinado al núcleo celular.                                            

Los resultadas de Brachet demostraron que los gránulos de ribonucleoproteína son estructuras preexistentes en la célula viviente, dentro de la cual ejercen importantes funciones fisiológicas. “Cuando se aíslan gránulos de eritrocitos, resulta que contienen una pequeña cantidad de hemoglobina, los gránulos pancreáticos contienen insulina. Estos hechos apuntan a la siguiente hipótesis: los gránulos de ribonucleoproteína bien pudieran ser los agentes de la síntesis de proteína en las células”.                       

Monod señaló después que “no se hubiera podido pensar en serio en el código genético mientras no se reveló, por principio de cuentas, que una proteína es sin lugar a dudas un polipéptido y que los aminoácidos en verdad están dispuestos en una sucesión genéticamente determinada, constante y definida —sucesión (esto es lo más importante) sin ninguna regla por la cual pudiese determinarse a sí misma. O sea que debe haber un código, esto es, instrucciones completas expresadas de alguna manera que ordenen como existir”. Recordemos, agregó Monod, que por aquellos días los bioquímicos conjeturaban que había reglas generales de armado, que un polipéptido estaba hecho de una sucesión repetitiva de aminoácidos, por ejemplo: lisina, ácido aspártico, glutamina, treonina, repetidos cuantas veces se quiera. Aquello hubiera sido una regla química como la de los azucares que formen los polisacáridos.                                                

El descubrimiento de Sanger revelaba una secuencia que carecía de regla, que estaba llena de información, en ningún lugar redundante, en ninguna parte predecible a partir de otros lugares. De ahí la necesidad de un código, pues ya era evidente que las proteínas no se determinan a sí mismas. Antes de la solución final se presentaron otras hipótesis alternativas. Entre ellas la de Sir Cril Hinshelwood, de Oxford: “En la síntesis de proteína, el ácido nucléico, por un proceso análogo a la cristalización, guía el orden en el que varios aminoácidos son depositados, en la formación de ácidos nucléicos sucede lo contrario”.                           

Dounce planteó en 1952 que el ARN debiera ser el molde para las proteínas y el ADN el molde del ARN. Señaló de manera rotunda que el orden de los aminoácidos en cada proteína específica deriva del orden de los nucleótidos en el ADN. Dounce fue el primero en plantear que el código debería ser de tripletes.

 
Rosalind Franklin en 1950, antes de que iniciara su trabajo con ADN.

Estos planteamientos teóricos requerían de evidencia experimental. A principio de la década de los 50 muchos bioquímicos y biólogos moleculares trataban de lograr la síntesis de proteínas fuera de la célula. El grupo de Paul Zameniche, del Massachusetts General Hospital, tuvo la idea de poner varias combinaciones de componentes y 27 jugos celulares en ausencia de células vivas, y entonces agregar aminoácidos marcados para ver cuál mezcla formaba proteínas. Pasaron a la historia porque lo lograron con sus experimentos en hígado de rata fresco, picado y homogeneizado. Después de centrifugarlo les quedaba un líquido que contenía núcleos, fragmentos de retículo endoplasmático y de otras estructuras celulares, ADN, ARN, abundantes enzimas y sustancias desconocidas. Esta mezcla podía separarse en otras fracciones ultracentrifugando una o más veces a velocidades muy grandes. Podían recombinarse fracciones escogidas. Podían suministrarse aminoácidos en diferentes combinaciones. Podían ser destruidos el ARN o el ADN por adición de enzimas adecuadas. Era entonces posible introducir ácidos nucléicos de procedencia y carácter conocidos. Los efectos eran seguidos con gran detalle cuando una u otra sustancia estaba marcada con isótopos radioactivos.                        

Beymour Benzer del grupo del fago, junto con Luria y Delbruck fue quien inventó lo que debía ser el camino más directo para entrar en la relación entre gen y proteína: hágase el mapa del gen, determínense las secuencias de las proteínas correspondientes de los mutantes para averiguar en que aminoácidos difieren, y compárense. De esta forma demostraría la colinealidad entre proteínas y ácidos nucléicos. Benzol llevó así el mendelismo a nivel molecular logrando su objetivo con el bacteriófago llamado T2, perteneciente al conjunto de fagos rII (recordemos que fue quien elaboró los conceptos de gen como cistrón, recón y mutón).                                

De manera por completo teórica, sin ninguna evidencia experimental, Crick (más o menos en 1954) concebí[o que tenía que haber un género de molécula pequeña que tuviese dos puntas. Una se vincularía a un aminoácido específico y la otra se acoplaría al ácido nucléico. Así separaba el problema de la captación de aminoácidos del de su ordenación. Brenner propuso que se llamara adaptador a esta molécula. Se demostró posteriormente su existencia y se reconoció que se trataba de ARN. En el laboratorio de Zamecnik se descubrió que, en efecto, era el transportador de aminoácidos, y Benzer y Limpmann probaron que era el ARN quien hallaba el lugar que le correspondía al aminoácido en la proteína.                    

Dos veces más, escribe Judson, se consumaron proezas intelectuales análogas: postular por necesidad teórica una nueva entidad bioquímica. La siguiente vez fue cuando Jacob salió del callejón ciego genético que requería la existencia de la molécula del represor y la última, cuando las ideas de Jacob y Monod chocaron con las de Crick y Brenner y fue convocada la molécula del mensajero.

Los últimos años de la década de los 60, Jacob y Monod anunciaran la teoría de la regulación del gen: una molécula que llamaban “represor”, bloqueaba el ADN impidiendo al gen ser leído hasta que la necesidad de la célula, por la proteína particular inscrita en el gen, hacía que el represor fuese desactivado y se elaboraba el mensajero. El mismo Crick se manchó las manos en el laboratorio, escribe Judson y realizó algunos experimentos con Brenner y el bacteriófago, a fin de mostrar que el código genético era leído en grupos de tres nucleótidos sin traslapamiento, especificando cada triplete un aminoácido de la cadena polipeptídica.                                  

Un famoso experimento proporcionó la solución a dos grandes problemas. Se trata del experimento PaJaMo (Pardec, Jacob, Monod) que tuvo gran impacto en París, donde fue realizado, y fuera de Francia. En París enderezó la lógica de la regulación de la síntesis de enzimas que Monod venía investigando y llevó a una teoría general del represor y de grupos de genes controlados en conjunto, que se llamarían el operón: “La hipótesis del operador implica que entre el gen clásico, unidad independiente de función bioquímica, y el cromosoma entero, existe una organización genética intermedia. Esta comprende unidades coordinadas de expresión (operones) constituidas por un operador y el grupo de genes estructurales coordinados por éste” (Jacob y Monod, 1960).

Más allá de la fronteras, el experimento PaJaMo acabó con el freno a la comprensión de Crick y Brennen, de cómo la información de la serie de bases del ADN llegaba a expresarse en forma de una secuencia de aminoácidos en proteínas conduciendo así a la teoría del mensajero y a la solución del problema de la codificación.                        

El experimento PaJaMo reunió varias técnicas recién descubiertas: la recombinación de bacterias a través de la cual una bacteria macho o donadora pasa una copia de un material genético a una bacteria hembra, junto con el material genético bacteriano, solos pueden transferirse aunque también los genes del fago, que entonces constituyen un profago. Incluía también la técnica de un experimento de curioso y explicativo nombre: el coitus interruptus, a través de la cual era posible controlar la parte de cromosoma donado, de acuerdo al tiempo en que el apareamiento fuese permitido. La penetración génica provocaba el inicio de la síntesis de una enzima que no poseía la hembra: la B galactosidasa. La síntesis se iniciaba tres minutos después de introducido el gene, lo cual hablaba de una imposibilidad de construcción de ribosomas ex profeso en tan poco tiempo. Entonces, la síntesis de proteínas se realiza en el citoplasma, específicamente en los ribosomas, pero requiere del control genético. ¿Cómo explicar la relación entre ambos fenómenos?                                        

Jacob, Monod y Pardee pensaron que el ADN producía un portador intermedio de información (tal vez un ARN distinto del ribosomal).                                   

Fue durante esta época (1957) que la idea es resumida y propuesta por Crick como el dogma central: el ADN hace ARN que a su vez hace proteína (entonces Crick se refería al ARN de los ribosomas). En torno a este punto Monod señaló que la biología molecular ha probado, más allá de toda duda, la completa independencia de la información genética con respecto a acontecimientos ocurridos fuera de la célula y hasta dentro de ella. Por la estructura misma del código y el modo como es transcrito, ninguna información del exterior, de ningún género, puede penetrar jamás en el mensaje genético heredable. Crick recordaba después que el nombre de dogma surgió porque para él, un completo ignorante en cuestiones religiosas, un dogma es algo sobre lo que sabe muy poco.                                      

El experimento siguiente pareció obvio, si los ribosomas son estables, una vez que han recibido la información del gen para hacer la enzima, podrían seguir produciéndola aún si el ADN es destruido.                                

Las pruebas fueron realizadas en Berkeley por Pardes y Mónica Riley. Consistió en eliminar de la célula el gen Z1 (para la B galactosidasa) después de haber empezado a funcionar.                           

Cultivaron las bacterias en un caldo en el que el fósforo disponible era radioactivo (32P). Se mezclaron con bacterias receptoras (hembras) y la cepa de machos transfirió el gen Z1 diez minutos después de empezar la conjugación.                                    

Al desintegrarse el 32P se destruyeron los genes Z1, entonces se observó que la producción de B galactosidasa disminuía paulatinamente. Esto les indicó que la inactivación del gen abolió en el acto la síntesis de proteína. Quedaban descartados los ribosomas como agentes intermedios entre el gen y su proteína. Era necesaria la acción continua del gen m, ya fuese directamente o pasando por un intermediario inestable, que por serlo, habría de ser renovado de continuo.

Unos años antes (1956) Elliot Uolkin y Lazarus Astrachan, en Tennessee, descubrieron ese tipo de ARN que se renovaba rápidamente. No en ARN ribosómico sino en ARN de transferencia. Entrevistado recientemente por Judson, Crick opinó que Uolkin y Astrachan habían llegado al ARNm sin darse cuenta. Igual que los de París.

Crick relacionó el experimento PaJaMo y el de Uolkin Astrachan y concluyó que los ribosomas son dispositivos de lectura que no tienen nada que ver con el mensaje: al portador del mensaje le llamó ARN genético. Fue la primera idea firme de la existencia del ARN mensajero.

Jacob por su parte empezó a idear los experimentos que probarían la existencia de una molécula encargada de la información genética para la síntesis de determinada proteína y que fuese destruida al tiempo de la síntesis de proteína: los experimentos por fago. Se trataba de ver si después de la infección, a nuevas ribosomas iba nuevo ARN, o si —como sostenía la nueva teoría— no había tales ribosomas nuevos y los preexistentes estaban disponibles para recibir el mensaje. Para distinguir entre nuevos y viejos ribosomas marcarían éstos con isótopos radioactivos (paradójicamente el 13C que utilizaron fue una donación que Pauling consiguió de la Academia de Ciencias de la URSS, controlada todavía por el enemigo número uno de la genética: Lisenko).                 

Los resultados son obvios hoy: encontraron sólo ribosomas marcados y nuevo ARN.                            

Watson también entró a la carrera, acaloradamente competitivo, a decir de Judson. Watson y Francois Gros, en Harvard, mostraron que las bacterias no infectadas contenían un ARN transitorio que aparentemente se comportaba como el ARN nuevo formado después de la infección por un fago.                          

En el otoño de ese año (1960) Jacob y Monod bautizaron ARN mensajero al inestable intermediario portador de información entre gen y proteína. Casi al mismo tiempo (diciembre de 1960) publicaron su teoría del operón.    

Simultáneamente tuvieron lugar otros avances teóricos y técnicos que condujeron a la clarificación del código genético. Leon Heppel y Mary Singer elaboraron moléculas sintéticas de ARN formadas por un sólo tipo de base: poli-uracilo, poli-citocina y poli UC.                       

Como ya se dijo Zamenick logró síntesis de proteínas en sistemas libres de células. La meta siguiente era introducir a esos sistemas información genética conocida y obtener la proteína específica. Con estos intentos no lograron gran cosa hasta que llegó Heinrich Matthaei: “sabíamos de antemano que íbamos a hacer una prueba de ARN mensajero”.                         

En 1961 Matthaei y Marshall Nirenberg agregaron a los ingredientes antes mencionados, ribonucleasa para provocar destrucción del ARN; con ello la producción de proteína se detenía en seco. Cuando ponían desoxirribonucleasa la síntesis de proteína no era inhibida instantáneamente, decaía rotundamente después de unos treinta minutos.                     

Matthaei tenía dos tubos en los que puso poli-U, dos para poli-A, el poli-AU y dos para poli-A. El poli-U produjo una fibra artificial compuesta por entero de fenilalanina, se encontró así la primera palabra del código. Después con policitocina se obtuvo poli-prolina.     

Nirenberg presentó los resultados de sus experimentos junto con Matthaei ante el 5o. Congreso Internacional de Bioquímica (agosto de 1961). Nadie que lo oyera aquel día en Moscú, escribe Judson, recordaría ya las dos cuidadosas pruebas con las que Avery demostró que el principio trasformador de los neumococos, la base material de la herencia, era el ADN. Los hombres de ciencia, medita Judson, suelen considerar que interesarse en la historia de un asunto es síntoma de actitudes declinantes.      

Al enterarse de estos descubrimientos, Crick decidió participar también en la investigación experimental. Trabajó con Brenner en mutaciones producidas por colorantes acridínicos. Encentró que las mutaciones que provocan la adición o la supresión de una base desplazaban la lectura de la sucesión siguiente de nucleótidos, de suerte que eran introducidos diferentes aminoácidos. Encontró también que una tercera mutación, una tercera base añadida o una tercera deleción podrían combinarse con los dos primeros para devolver la lectura al marco correcto. La interpretación surgió de inmediato: el código genético era de tripletes y el mensajero se leía desde un punto de partida fijo. Brennen llamó al triplete codón, recordando los términos de Benzer (cistrón, recón y mutón). Crick, Brenner y Barnet publicaron la confirmación de lo que se sabía en teoría: a) Un grupo de tres bases codifica un aminoácido. b) No hay traslapamiento. c) Lo secuencia de bases es leída desde un punto de partida fijo. d) El código es “degenerado”.                                

Cinco años tardó en completarse el conocimiento del resta del código genético. Con las técnicas de Nirenberg, Matthaei, Severo Ochoa y Har Gobind Khorana, se dio razón de los veinte aminoácidos, la leucina y la arginina tenían cada una seis codones sinónimos diferentes; los demás iban teniendo menos, hasta llegar a la metionina y el triptofano cada uno con un sólo codón. A tres codones —los tripletes UAA, UAG y UGA, no les tocaban aminoácidos. Garen, Brenner y Crick demostraron que eran codones sin sentido, cuya función es señalar el fin de la cadena polipeptídica.                       

Como antes comenté, en la elucidación del código genético tuvieron un papel fundamental las aproximaciones teóricas. No es que sea un caso especial, es sólo que en él quedó manifiesto, por la relativa separación de los momentos de especulación científica, el planteamiento de conjeturas para explicar los fenómenos biológicos. Este último es un punto esencial, pues el científico no puede limitarse a describir los fenómenos, tiene que intentar explicaciones, teorías. Este caso, al igual que muchos otros, proporciona evidencias en contra de los planteamientos enductivistas y empiristas que sostiene el continuismo; lo que quiero decir es que la investigación científica se inició con una concepción teórica previa, nunca con la mente en blanco, los experimentos tienen su valor fundamental en la verificación o refutación de las teorías, pero ya lo ha escrito Canguilhem, las teorías no surgen directamente de la observación o de la experimentación, las teorías sólo pueden contrastarse empíricamente después que han sido formuladas.                           

Esta concepción del método científico nos lleva a otra cuestión de gran importancia, la realidad es interpretada por el científico, los datos son construcciones epistemológicas, no son algo que este ahí y que el científico pueda tomar directamente. En efecto, el ADN tiene una existencia objetiva independiente del sujeto que lo estudia, pero su verdadera estructura es inferida, no directamente observada. Repito, el resultado de las inferencias conducidas por observaciones y experimentos es una construcción epistemológica: el modelo de doble hélice.

 
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Rosaura Ruíz G. 
Departamento de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM

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Guillermo Grabinsky S.      
               
               

El problema de medir figuras geométricas tiene un origen
muy antiguo, aún más que el de la historia escrita del hombre. El primer método conocido es el llamado “método de exhausión” introducido por Eudoxio de Cnidus (400-347 A.C.), ampliamente desarrollado por Arquímedes (287-212 A.C.) y posteriormente ignorado. No fue sino hasta principios del sigo XIX que con la ayuda de los nacientes métodos analíticos es nuevamente examinado, junto con el problema de integración al cual está ligado y cuyo desarrollo a partir de entonces intentaremos narrar.   

A. K. Cauchy en su libro “Calcul Infinitesimel” (1823) utiliza el concepto de límite para poner por primera vez el concepto de integral de una función en un contexto puramente analítico, retomando el método de Eudoxio como sigue:

Sean ƒ: [a,b] → \mathbb R+ una función acodada y a= x0 < x1 <...< xn =b puntos que subdividen a [a,b] en n subintervalos cerrados. Se define la suma de Cauchy (hoy llamada suma de Riemann) como la expresión: Entra fórmula 03 donde tk ∈ [xk, xk+1] .  

 Al límite de estas sumas (si existe y es independiente de los puntos tk) cuando la longitud del mayor subintervalo tiende a cero, es por definición la integral de ƒ en [a,b] denotada:

Entra fórmula 05

El mismo Cauchy proporciona una demostración incompleta de la existencia de la integral para el caso en que f sea continua, demostración que completa J. G. Darboux (en 1875), al introducir la suma superior e inferior (de Darboux) dadas por las expresiones:

 Entra fórmula 06

 

con

Entra fórmula 07

Tomando el límite cuando la longitud del mayor subintervalo tiende a cero se obtiene la integral superior e inferior de Darboux (respectivamente) y se dice que f es Riemann integrable si y sólo si la integral superior coincide con la integral inferior es cuyo caso el valor común se define como la integral de Riemann de f.       

Se dedicó una cantidad considerable de trabajos para encontrar condiciones necesarias y suficientes sobre el conjunto D de discontinuidades de una función acotada f que garanticen la integrabilidad de Riemann. Al principio se pensó que ello dependía solamente del comportamiento de f en los puntos de D, hasta que en 1903, G. Vitali demostró que la integrabilidad de f depende exclusivamente de la naturaleza de D (pág. 146(2)); hecho que a primera vista resulta sorprendente.         

Durante la misma época fueron estudiadas también las series trigonométricas y en particular se investigaron algunas condiciones suficientes para la convergencia de las series de Fourier de funciones periódicas, cuyos coeficientes se obtienen calculando las integrales:

 Entra fórmula 08

En este ámbito y en casi todas las ramas del Análisis, es de suma importancia el problema de justificar la integración término a término de los sumandos de una serie de funciones que converge pero no necesariamente de manera uniforme. P. du B. Reymond probó en 1883 que en el caso en que la serie de Fourier sea la de una función continua, ésta puede ser integrada término a término, lo cual mostró que en una clase de ejemplos muy importante tal resultado era válido (pág. 111 (2)). Se realizaron esfuerzos adicionales para resolver este problema con el fin de encontrar condiciones generales que permitieran este procedimiento, sin embargo la integral de Riemann resultó ser poco útil ya que el límite no uniforme de funciones Riemann integrables puede no serlo. El teorema de Arzela-Osgood (1898) sobre la convergencia acotada es el mejor resultado de este tipo (TEO 22.14 pág. 288 (1)).

Por otro lado, estudiando la estructura de los conjuntos de unicidad para series trigonométricas, desde 1870, G. Cantor introduce las nociones básicas de la teoría moderna de los conjuntos; teoría que no sólo revolucionó el enfoque y el lenguaje del problema de medida e integración sino todas las áreas de las Matemáticas. La retroalimentación entre la teoría de la integración y la de las series trigonométricas es el perfecto ejemplo de como los problemas y avances en un área enriquecen a otra (5).

Los primeros intentos modernos por asociar un valor numérico llamado medida (longitud, área o volumen) a la mayor cantidad de objetos geométricos A se deben a A. Harnack, O. Stolz y G. Cantor (1884-1885) (págs. 61-70 (2)). Estos fueron infructuosos pues sólo proponían aproximaciones para A por afuera, asignándole el ínfimo de las sumas de las medidas ordinarias de objetos más simples, como intervalos o celdas cuyas uniones finitas cubren a A. Parte esencial del fracaso fue que dicha asignación no resultaba ser aditiva, propiedad aceptada como básica para una medida. Dicha falla fue reconocida por G. Peano y C. Jordan quienes introdujeron aproximaciones por fuera y desde adentro de A, llamadas “el contenido exterior” y “el contenido interior” de A respectivamente. Cuando ambos valores coinciden lo definen como el contenido (Inhalt) de A. Dicho concepto sin embargo, posee todavía un valor limitado, ya que a conjuntos tan comunes e importantes como el de las racionales no se les puede asignar un contenido (2) (Si A 5 Q ∩ [0,1] entonces el contenido exterior de A es igual a 1, mientras que el contenido interior es igual a cero).

E. Borel ataca este problema para subconjuntos de R extendiendo primero la longitud ordinaria de intervalos a abiertos más generales, basándose en que todo conjunto abierto es la unión numerable y disjunta de intervalos abiertos, y asignándole la suma de las longitudes de los intervalos que lo conforman, la cual puede muy bien ser infinita. Mediante iteración indefinida y al mismo proceso de extensión, obtiene una medida s2 aditiva sobre la clase, llamada hoy en día, de conjuntos de Borel.         

El paso decisivo es dado por H. Lebesgue en su tesis doctoral “lntegrale, longeur, volume” (1902) en la que combina las ideas de sus predecesores Jorden y Borel, sabe que en las aproximaciones utiliza cubiertas numerables en lugar de cubiertas finitas tanto para subconjuntos de R como de Rn. A continuación define la integral (de Lebesgue) de funciones no negativas como el “área” del conjunto ordenado inferior cuando este conjunto es medible en el sentido de Lebesgue y que en evidentemente es la afirmación correspondiente a la poco formal, pero muy sugestiva, de que la integral en el “área bajo la curva”.

Las ventajas de la nueva integral fueron reconocidas de inmediato y aplicadas primero al estudio de series de Fourier por el mismo Lebesgue, P. Fatou, N. N. Luzin y A. Denjoy, por mencionar sólo algunos, extendiendo cada uno de los resultados (5). Además de ampliar la familia de funciones susceptibles de ser integradas, la nueva integral posee una propiedad fundamental que no comparte con la integral de Riemann, que es un teorema muy general de convergencia monótona, y su corolario el teorema de la convergencia dominada (pág. 128 (2)).                   

Los trabajos de M. Frechet, en 1915 y de K. Caratheodory, en 1915 abstraen los conceptos de Lebesgue y los desligan de su origen en espacios euclideanos, así como del marco topológico, para estructurar una teoría axiomatizada de la medida de integración en la cual sólo se considera un conjunto no vacío X, una familia especial de subconjuntos de X llamada una s-álgebra, una medida definida sobre dicha familia y las fusiones que son medibles (4). Este mismo marco es usado en la teoría moderna de Probabilidad, en la que X es el espacio de muestras, la s-álgebra es la familia de eventos y una medida de probabilidad sobre ella. Las funciones medibles corresponden a las variables aleatorias.         

El estudio de funciones absolutamente continuas (i.e. integrales indefinidas de funciones integrables) iniciada por G. Vitali en 1905, así como la teoría de diferenciación de éstas, son extendidas por M. J. Radon y O. Nikodym (4) a espacios abstractos de medida y constituye hoy en día una herramienta básica en la Teoría de Probabilidad (teoría de martingalas, por ejemplo).                    

Otro enfoque usado en el problema de la integración es el de W. H. Young (1911) y especialmente el de P. J. Daniell (1917-1918), ambos influidos sin duda por el desarrollo del Análisis Funcional, que consiste en tomar a la integral como el concepto fundamental y considerarla como una funcional lineal, no negativa, con la propiedad de la monotonía (correspondiente al T. C. M. de Levi) y definida sobre un espacio vectorial V de funciones acotadas, que además es cerrado bajo toma de máximos y mínimos.

Mediante un procedimiento de extensión se obtiene una nueva integral para la familia W de límites no decrecientes de elementos de V. A continuación si -W denota la familia de funciones - f con f  W, entonces se define ∫(- ƒ)=-∫ƒ con la intención de preservar la linealidad. Finalmente, dada una función arbitraria ƒ, se le aproxima mediante funciones g  - W y h  W, tales que g < ƒ < h y se define la integral de ƒ en el caso de que el supremo de las integrales de las g  - W coincida con el ínfimo de las integrales de h  W y el valor común se le llama la integral de Daniell de ƒ (3).

En el caso especial de la integral de Lebesgue en un intervalo [a,b], se empieza con V igual al espacio de funciones continuas definidas en él. Para este caso W consiste en las funciones semicontinuas inferiormente y -W en las funciones semicontinuas inferiormente y la clase de funciones que resultan ser integrables con el método de aproximación descrito coincide con la familia de funciones que son Lebesgue integrables.

En años recientes el panorama se vuelve más abstracto todavía, ya que se consideran funciones o medidas tomando valores en un espacio vectorial normado en el que el concepto de orden pierde sentido (un ejemplo elemental es el de funciones o medidas complejas) y así, las integrales son vectores también. Algunos de los métodos y resultados válidos para la integral de Lebesgue se generalizan para esta nueva integral (llamada la integral de Bochner (1933)), mientes que en otras es necesario usar métodos sofisticados del análisis funcional (v.gr. resultados que corresponden al de Radon-Nikodym) ¿Cuál será el siguiente nivel de abstracción? Lo desconozco, aunque creo que al tema le resta todavía mucha cuerda. 

 
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Referencias bibliográficas

1. Bartle, R. G., 1964, The Elements of Real Analysis, Wiley.
2. Hawkins, T., 1977, Lebesgue Theory of Integration, It´s origins and Development, Chelsea.
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4. Saks, S., 1964, The Theory of the Integral, Dover.
5. Zygmund, A., 1959, Trigonometrical Series Vol. 1, Cambridge.

     
____________________________________________________________      
Guillermo Grabinsky S.
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

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Xavier Lozoya L.      
               
               

1. La definición en medicina tradicional

La medicina es una manifestación de la cultura de un pueblo y existen en el mundo tantas medicinas como culturas sepamos reconocer. Sin embargo, a nadie escapa que las relaciones que se establecen entre los pueblos distan mucho de tener la equidad esperada cuando se dan condiciones de dominación económica y cultural de unos grupos sociales sobre otros.                      

No hay aún consenso respecto a la definición de las llamadas: “medicinas tradicionales”, “medicinas indígenas” o, más recientemente, “medicinas paralelas”. Denominaciones que, aunque son presentadas con frecuencia como sinónimos, encierran grandes diferencias de fondo. El de “medicina tradicional” ha sido el término más ampliamente usado debido a la difusión que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido darle; si bien, la definición original en la que se basó resulte hoy incompleta, a saber: “La medicina tradicional representa la sima de todos los conocimientos y prácticas, explicables o no, usados en el diagnóstico, prevención y eliminación del desequilibrio físico, mental o social y basados exclusivamente en la observación y experiencia práctica, transmitidos de generación en generación oralmente o por escrito”.1 Esta definición surgió como resultado de la discusión de un grupo de estudiosos de las culturas del continente africano, quienes fueron reunidas por la OMS al final de la década de las años setenta con el propósito de generar una estrategia operativa para el estudio de la Medicina Tradicional.2

En otro escrito he analizado los motivos que llevaron a la OMS a crear el “Programa de Promoción y Desarrollo de la Medicina Tradicional” en el año de 1975 y a pugnar por su reconocimiento en todo el mundo.3 Aquí recordaré solamente que una de las razones primordiales que llevaron a esa organización a interesarse en el tema fue el impactante éxito que obtuvo la República Popular de China al oficializar y poner en práctica una estrategia de atención a la salud que contemplaba la utilización de su medicina tradicional. Dicha experiencia se conoció en Occidente apenas en 1970, a partir del ingreso de ese país a la Organización de las Naciones Unidas.

 No obstante la evidente parcialidad y deficiencias semánticas de la citada definición, aún prevalece en los documentos que con posterioridad ha distribuido mundialmente la OMS.4, 5, 6 De cualquier manera, la “medicina tradicional” se asocia a los variados aspectos curativos que practican las poblaciones de los países subdesarrollados y, con ello, se busca enfatizar que es una manifestación espontánea, producto de los valores indígenas o autóctonos de esos pueblos y que forma parte de la tradición cultural que les es indispensable preservar para afianzar su identidad nacional. Esas implicaciones desaparecen al usar el término “medicina alternativa”, de más reciente cuño, y que pretende caracterizar a ciertas formas nuevas de curación (a viejas pero recicladas) o bien, para referirse a métodos curativos “heterodoxos” respecto de un prototipo presentado por la medicina occidental y científica, “ortodoxa”. De ahí que este término se asocie a otros, tales como: “medicina holística”, “medicina integrativa”, “medicina heurística”, etc., que se relacionan con procedimientos curativos y teorías médicas tan diversas como: la homeopatía, la homeoterapéutica, la kinesiología, la macrobiótica, la radiónica, la astrología, la iridología, la musicoterapia y muchas otras complejas manifestaciones de la cultura médica occidental, cuyo origen es la propia sociedad industrializada, pero en donde la preservación de la identidad cultural no está necesariamente en juego.7 Velimirovic8 ha señalado la confusión que reina en cada asunto de las definiciones al analizar otras manifestaciones médico-culturales que están teniendo difusión en el mundo, tales como: el yoga, la acupuntura o el uso de las plantas medicinales, vistas como prácticas de la “medicinas alternativas”, pero desvinculadas del contexto cultural del que forman originalmente parte en sociedades consideradas, hasta hace demasiado poco tiempo, como “primitivas” desde la perspectiva etnocéntrica de la cultura occidental de Europa y los Estados Unidos de Norteamérica.

El término de “medicinas paralelas” ha surgido y servido a la discusión cómo una opción conciliadora que enfatiza la permanente presencia en los países subdesarrollados de variadas prácticas médicas que fluyen y operan con su propia dinámica, pero en forma equidistante respecto de la medicina ¿oficial?, ¿reconocida?, ¿verdadera? o ¿universal y científica?; sin embargo, la supuesta autonomía de tales medicinas “paralelas” es puesta en duda a medida que se analizan en detalle los elementos que configuran esas prácticas ya que, no solo resultan incapaces de permanecer desvinculadas de la “otra” medicina sino que son continuamente influenciadas por ella al formar parte de la vida cultural de grandes grupos sociales inmersos en un proceso de transculturación.                                   

Al estudiar el mismo fenómeno para el caso de México, hemos propuesto definirlo así: “La medicina tradicional es el conjunto de conocimientos, creencias, prácticas y recursos provenientes de la cultura popular, de los que hace uso la población del país para resolver, en forma empírica, algunos de sus problemas de salud, al margen o a pesar de la existencia de una medicina oficial e institucionalizada por el Estado”.9 Esta definición deja al descubierto que dicho fenómeno se inscribe, a su vez, en el de la definición de “Cultura Popular”, pero señala que lo que realmente está en juego es la aceptación y el reconocimiento de la función social que desempeñan otras culturas médicas frente a la del modelo oficial que ha dominado el ejercicio de la medicina por lo menos durante más de 100 años en este país. En el reconocimiento de la existencia en México de ese conflicto sociocultural radica el meollo de toda la discusión.                               

La situación se torna cada día más polémica porque, al final de este siglo, el modelo hegemónico occidental de atención a la salud (modelo curativo por excelencia que enfáticamente se había venido impulsando en todo el mundo, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial) empieza a declinar acarreando una larga cauda de contradicciones socioculturales y económicas que afloran hoy en las propias sociedades industrializadas y, por supuesto, en sus correspondientes satélites o áreas de influencia. Esta crisis del modelo occidental hegemónico —a la que se había referido Illich—10 y que hoy estamos presenciando claramente en México con sus imágenes de deshumanización y burocratización de la relación médico-paciente, de comercialización descarada de los servicios y medicamentos, afrontando las consecuencias de haber permitido una desordenada sobreespecialización de los cuadras médicos que desarticuló la operación de un incipiente sistema de atención médica construido en décadas de insuficientes recursos económicos y humanos. Todo este cuadro de la vida médica de México se ha venido a complicar con otros excesos, los de una sociedad pseudo-industrializada, que es el caso del México urbano, afectado ahora, por ejemplo, por la contaminación ambiental y la drogadicción, pero que permanece yuxtapuesto al México rural cuyos problemas de salud son otros y donde, por ejemplo, la desnutrición, las persistentes endemias y el parasitismo son ya ancestrales. Sin embargo, y como en el pasado, cuando se buscan soluciones al agudo problema de la Salud en México en vez de mirar hacia el interior de nuestro acervo cultural y hacia los recursos propios del país, se recurre a alternativas y modelos de las sociedades “económicamente satisfechas”, aunque paradójicamente se hallen hoy, también volcadas hacia la búsqueda de otras alternativas médico-culturales. Así, las novedades adquiridas por la cultura occidental dominante están siendo una ves más “importadas” por el sector social que económica y culturalmente domina este país en esta hora.

En los Estados Unidos de Norteamérica esta misma búsqueda de alternativas a la crisis de su modelo médico se favorece por el notable acercamiento que está teniendo lugar entre las culturas del Oriente y del Occidente contemporáneos a partir del último cuarto de siglo, sobre todo, por la revolución tecnológica que tiene lugar en los medios de comunicación y que está produciendo una rápida combinación o transculturación global de terapias y conocimientos médicos entre Oriente y Occidente; condición que se vislumbra como el fenómeno característico y predominante del próximo siglo. Ante dicha circunstancia, el futuro y la sobrevivencia de muchos aspectos básicos de las culturas médicas populares latinoamericanas, patrimonio de grandes grupos sociales pero vistos como naciones atrasadas desde la perspectiva de la sociedad industrial occidental, cobran actualidad e importancia porque ofrecen soluciones en lo económico y en lo social que podrían modificar, a corto plazo, el modelo de atención médica de estos países, antes de que sea sustituido por formas importadas que están incorporándose a gran velocidad a través de la propia cultura occidental. Indudablemente que ya hay países del llamado “Tercer Mundo” que han abordado con éxito la configuración de su propio modelo de atención a la salud. 

Mil millones de personas en la República Popular de China, por ejemplo, encuentran hoy en la combinación racional y pragmática de varias culturas médicas —incluyendo por supuesto la herencia de Occidente— la solución a los problemas de salud más apremiantes, demostrando la capacidad integrativa médica que puede alcanzar una sociedad si se trascienden los límites de calificar a la medicina tradicional como fenómeno anacrónico y a la tecnología moderna como costosa panacea.11 Un sutil y laborioso equilibrio entre los valores de la cultura médica ancestral de China mediando el rescate de algunas de sus tradiciones, junto con el apoyo a una pragmática investigación científica nacionalista —recurriendo a no pocos elementos avanzados de la ciencia occidental—, están produciendo el cambio en ese país y con él se modifica la visión que se tenía en Occidente de muchos de los conceptos sobre la salud y el alivio de la enfermedad. Después de casi veinte años de ensayar un modelo integrativo, la Medicina China surge como el resultado de la desaparición simultánea de dos entidades hasta hace poco todavía contrapuestas: la medicina tradicional China (rural, ancestral y masiva) y la medicina occidental, adquirida por influencia europea (elitista, urbana y costosa) para configurar una sólida y monolítica versión médico­cultural adecuada a tan gigantesco país.

Y es así que estos fenómenos de transculturación médica ocurridos en las últimas décadas, empiezan a encontrar un campo social fértil en las sociedades del Occidente industrializado. Es en Europa, particularmente en Francia, en Alemania Federal y en Suecia, donde han surgido los grupos intelectuales más activos dedicados al estudio de la llamada “etnomedicina”, impulsando cierto grado de transculturación en sus propias sociedades. En los Estados Unidos de Norteamérica se observa también, que diversos aspectos de las culturas médicas orientales, por ejemplo, se hallan en proceso de incorporación, no sin sufrir las adecuaciones técnicas que consideran indispensables para su usufructo. El consumo de plantas medicinales de la herbolaria tradicional de China, de la India, el Japón y Corea; la difusión de la acupuntura, de las gimnasias rítmicas, de la dieta y en fin, de la filosofía y la religión de milenarias culturas de Asia, van encontrando en la vida del hombre occidental estadounidense, espacio y significado en la búsqueda de un nuevo equilibrio y una diferente comprensión de la salud. Esa típica cultura occidental, etnocéntrica y discriminativa, cuya última versión diseñó el proyecto de racionalismo y modernidad hace ya doscientos años, agoniza hoy frente al inicio de lo que ha dado en llamarse la Cultura del postindustrialismo o la postmodernidad, en donde el sincretismo con valores de culturas muy distintas y viejas parece ser la regla que el pastiche ejemplifica en el arte contemporáneo y al cual la medicina del futuro no sería ajena.12

Pujantes economías con una asombrosa evolución tecnológica, como la del Japón de la postguerra, enseñan al mundo cómo pueden combinarse valores y recursos de la más antigua tradición cultural con el desarrollo científico y tecnológico de occidente y proyectarse hacia el futuro postindustrial. Su medicina no es ajena a esta revitalización de la tradición recurriendo al conocimiento científico y buscando la combinación equilibrada.            

Porque ¿qué distingue, a pesar de todo, a estas medicinas tradicionales de su otrora símil medicina occidental y científica? En el centro de la discusión, una vez que ha sido limpiado el camino de los obstáculos que han significado las discriminaciones raciales, típicas de la “modernidad”, y surgen las condiciones que permiten aceptar a todas las medicinas como manifestaciones básicas de cualquier cultura, las llamadas “medicinas tradicionales” de hoy se caracterizan por: carecer de un mecanismo internalizado de corrección —según decir de Velimirovic—, por hallarse en un estancamiento producto de una falta de metodología propia para llevar a cabo una revisión permanente y una revaloración crítica de su propio conocimiento. Esta incapacidad de autoevaluarse provoca su enorme lentitud y dificultad para modificarse a sí mismas y trae como consecuencia su cabal inmovilidad. Esa capacidad de autogestión que trae como consecuencia el desarrollo del conocimiento médico se produce sólo cuando una cultura médica dada se interroga a sí misma, experimenta y deduce, crea paradigmas que se encarga sistemáticamente de confirmar o modificar. Cuando nos referimos al “empirismo” de la medicina tradicional subrayamos el punto central donde radica su debilidad frente a la medicina científica, pero no —como a menudo se piensa— poniendo en duda su eficacia sino la carencia de autoevaluación y desarrollo propios.          

La medicina tradicional China ha dejado de serlo en el momento en que la ciencia se halla valorando todos y cada uno de los aspectos de esa cultura médica popular. Cuando se escriba la futura historia de la medicina en China corresponderá al siglo XX y a la Revolución Social emprendida por ese país, el crédito de haber elevado su medicina a un nuevo nivel: el científico. A partir de ahora que la ciencia en todo el mundo investiga a la acupuntura, el conocimiento sobre esta terapia y su técnica evolucionará a pasos agigantados, después de que esta práctica había permanecido prácticamente inmóvil (aunque eficaz) por siglos.                             

Cuando se pugna y debate por el reconocimiento de las medicinas tradicionales, se asume —o debiera siempre asumirse— que toda gestión reivindicativa de la cultura médica popular conlleva, necesariamente, su investigación científica para poder crear las bases de un conocimiento que permite, no sólo el rescate de la cultura, sino sobre todo, su perfeccionamiento y adecuada transmisión hacia el futuro.     

EL CASO DE MEXICO Y SU MEDICINA TRADICIONAL ACTUAL

El interés por conocer y documentar la medicina tradicional de México no es reciente. Casi cincuenta años de estudios de índole antropológica, histórica y médica han antecedido al actual entusiasmo por valorar y promover su utilización. Esquemáticamente, dos vertientes de pensamiento pueden definirse en la discusión que sobre la Medicina Tradicional tiene lugar en nuestro medio:

Una posición parte del reconocimiento de la existencia, en todo el país, de un modelo económico y cultural hegemónico que abarca el horizonte de toda la vida nacional promoviendo condiciones de dominación de un grupo social sobre los demás, sobre las manifestaciones de su cultura y por lo tanto de su medicina.13, 14 Desde esta perspectiva —cuyos orígenes históricos se remontan al siglo XVI y al acontecimiento de la Conquista Española como punto de inserción de la cultura Occidental en México—, parecería que la presencia de la medicina tradicional a lo largo de los siglos ulteriores obedece a un fenómeno de resistencia cultural, un movimiento subterráneo, reivindicativo de valores de la anterior sociedad que se hallaba vigente hasta el momento del conflicto provocado durante la ocupación del país por representantes de la cultura europea. En este contexto, la medicina tradicional adquiere una connotación de conocimiento indígena (que no india) autóctono, y se hallaría librando un sostenido combate —durante cerca de quinientos años— por reivindicar los valores y la eficacia de sus conceptos, tratamientos y recursos, frente a conceptos y recursos equivalentes de la cultura médica dominante, la cual, detentadora del poder (económico y legal) impondría sus ideas discriminando cualquier otra forma de saber médico. Esta línea de pensamiento tiene como baluarte básico una visión indigenista de la medicina tradicional y ha tenido defensores y expositores de su realidad cultural y social durante los mismos quinientos años de pugna por configurar la verdadera nacionalidad de México. Para este enfoque, la medicina tradicional más genuina y pura es aquélla que se practica entre los habitantes de los grupos que el Estado denomina “marginados” o “indígenas”, tales como: mixtecos, triques, mazatecos, huaves, ixcatecos, huastecos, mayas, coras, cuicatecos, tepehuas, mames, mochós, yaquis, matlatzincas, ocuiltecos, lacandones, opatas, pimas, pápagos, seris, kikapués, populucas, mazahuas, amuzgos, tlapanecos, totonacas, tzeltales, chontales, chuyes, jacatlecos, pames, otomíes, nahuas, chatinos, y otros grupos más, que habitan áreas del país consideradas reductos de las culturas autóctonas.

Las medicinas tradicionales que practican los demás habitantes del país son vistas según esta perspectiva, como versiones modificadas de los mismos núcleos culturales autóctonas, transformadas según el grado do contacto que la población va teniendo con la cultura dominante y urbana.                              

Esta posición pondrá el énfasis en la necesidad de rescate de la medicina tradicional como una tarea de la intelectualidad y el Gobierno, que deberían buscar las formas de reivindicación de nuestras raíces, identificadas con frecuencia, con elementos prehispánicos; atribuye ventajas y beneficios intrínsecos a la medicina tradicional contrastándola con la práctica médica occidental y cuestiona en muchos sentidos la posibilidad de complementariedad de las culturas médicas en pugna. Esta visión del problema ha sido compartida por numerosos grupos de intelectuales provenientes de las clases medias urbanas que procuran exaltar la sensibilidad, el arte y las costumbres de los grupos campesinos, marginados del desarrollo económico alcanzado por otras clases sociales en el período postrevolucionario. Estos grupos sostienen, como proyecto, la necesidad de reivindicar la cultura indígena, aunque también con frecuencia, quedan atrapados en la discusión metodológica sobre cuál es la forma ideal de integración médica que debe darse como solución al divorcio asumido entre tradición y modernismo por un lado, y paternalismo gubernamental y etnocidio cultural, por el otro.                                      

Otra vertiente de opinión, no necesariamente contrapuesta a la anterior, analiza el mismo devenir histórico del país pero desde la perspectiva de una cultura nacional que, nos dice, surge como resultado de un proceso de continuo sincretismo en el cual los valores de las culturas autóctonas —prehispánicas— fueron rápidamente incorporadas a la fórmula cultural española y dominante, modificándola definitivamente hasta que nuevas formas de transculturación occidental (francesa y anglosajona, después) fueron ejerciendo su influencia y pesa durante los últimos siglos, hasta configurar finalmente una “cultura nacional”, que si bien reconoce diferencias entre los diversos sectores sociales, pone el énfasis en las desigualdades económicas y acepta de la diversidad cultural más en el terreno de las manifestaciones artísticas y estéticas que ideológicas.15, 16, 17 Con frecuencia esta posición explica la sobrevivencia de la medicina tradicional como consecuencia de la desigualdad como consecuencia de la desigualdad económica y social existente, y afirma que, el desarrollo económico del país acabará algún día por eliminar toda manifestación curanderil, vista como producto atávico del subdesarrollo.

Según esta línea de pensamiento en México existe una cultura nacional quo es el polifacético e hibrido resultado de la permanente contribución de los diversos grupos humanos que configuran el país. En este sentido la medicina tradicional es una manifestación viva y operante que no necesita ser recuperada porque nunca ha desaparecido de la práctica social, pero además, es un conocimiento capaz de incorporar y ceder ideas, recursos y conceptos en la medida en que se adapta a la convivencia obligada con una cultura dominante.                         

Esta segunda posición establece que la integración cultural es un hecho prácticamente consumado. Que los habitantes de México vistos desde la óptica de “las mayorías”, no obstante sus diferencias regionales, han propiciado desde hace yo varios siglos una integración práctica de las culturas médicas bajo cuya influencia se han encontrado en los diferentes períodos históricos por los que transita la nación. Se reconoce entonces, que el conflicto de la integración de la medicina tradicional se da a nivel del Estado y, prácticamente, dentro de las instituciones de educación médica y de atención a la salud. En otras palabras, que son los médicos mexicanos quienes no reconocen los beneficios de la integración cultural, mientras que los usuarios de la medicina oficial no tienen conflicto al aceptar ambos mundos. Aún más, que dicha combinación se ha dado en forma espontánea y práctica y sus matices están determinados por la escala social en donde se sitúo el análisis, el cual se encuentra siempre vinculado al nivel económico del grupo bajo estudio.

LA PERSPECTIVA FUTURA 

La población mexicana se haya inmersa en un proceso de movilización y cambio, producto de esa pseudourbanización que bajo coerción tecnológica ha tenido lugar en los últimos 20 años. A decir de las autoridades del ramo, la población de México es hoy mayoritariamente urbana, aunque, a diferencia do lo que pudiera pensarse, tal fenómeno es en realidad un éxodo o migración interna de la gente del campo hacia las pocas ciudades del país y no una expansión del urbanismo que caracterizaría a las sociedades industriales. La urbanización (entendida ésta como un procesa de mejoramiento en las condiciones de vivienda, alimentación, servicios de salud, comunicación y educación) que en la sociedad industrializada se da primeramente en las ciudades para después abarcar asentamientos cada vez de menor población, es un fenómeno que no se ha dado plenamente en México. Por el contrario, una megalópolis —la Ciudad de México— y tres o cuatro ciudades intermedias, son los focos de atracción urbanística para una población rural que abandona el campo fastidiada de esperar que los beneficios de la vida citadina lleguen a su terruño, al cual, por lo demás, sólo llega la imagen televisada de la atractiva y dinámica vida de la ciudad, vendiendo la quimera del amplio consumo y del éxito económico fácil.                                       

Los resultadas del reflejo condicionado repetido por años están a la vista y el colapso de la ciudad capital puede ocurrir en esta misma década bajo el peso de la contaminación ambiental, la injusticia social y la sobrepoblación. En el vértice de la pirámide económica que configura el país, la ciudad de México es un espacio y ejemplo real del modelo de atención a la salud diseñado en las últimas cuatro décadas y que ha sido reproducido en tres ciudades más, para actuar como atractivos imanes de decenas de miles de campesinos que buscan, en justicia, el derecho a usufructuar las camas de los hospitales, las salas de espera de los consultorios, el acceso a la tecnología representada por los aparatos médicos modernos y en fin: el derecho revolucionario a sufrir la tan criticada deshumanización del modelo médico occidentalizado por quienes todavía no tienen esa experiencia.           

Es poco o casi nada lo que estos numerosos grupos sociales de pobladores rurales quieren saber y oír sobre medicina tradicional, plantas medicinales y ancestrales maneras de resolver la aguda problemática de su salud frente al modelo médico hegemónico, del cual nunca acaban de recibir los beneficios completos anunciados por los gobiernos de 70 años de Revolución Mexicana. Esta población rural, lenta pero sostenidamente, se desplaza hacia los centros urbanos en busca de la tan anunciada quimera tecnológica del desarrollo.                        

Por su parte los habitantes de las ciudades, inmersos en la propaganda que proviene de los países industrializados, basada en el rechazo generalizado a la contaminación ambiental y la crítica a la medicina curativa y deshumanizada, buscan alternativas naturales en los más variados aspectos de su alimentación, su salud y estilo de vida; retoman el discurso de la medicina tradicional porque lo ven como alternativa de reencuentro con la naturaleza, de rescate de la cultura autóctona que no acaba por definirse y una muy sui generis manera de entender la herbolaria medicinal como forma de tratamiento que se asume de antemano inocua y benéfica, frente a la medicamentación químico-farmacéutica.

Los pobladores urbanos se movilizan (y mientras mejor se hayan económicamente situados la velocidad es mayor) hacia áreas y conceptos superficiales de vida “rural” o “campirana” completamente idealizada, produciéndose así, un torrente de opinión y presión en sentido contrario al flujo de los habitantes del campo. Las tiendas naturistas, las plantas medicinales, las terapias exóticas, las filosofías asiáticas, la obsesión por el ejercicio físico, la vida al aire libre, etc., crean una condición sociocultural propicia para la discusión y práctica, en las ciudades, de la medicina tradicional, en contraposición a la medicina institucionalizada que es criticada porque continúa con los mismos antiguos esquemas de atención médica frente a una población que está, hoy, severamente empobrecida y que si persiste en acceder al sistema oficial, lo hace más por ejercer un derecho que por convencimiento de los beneficios curativos de la organización médica.

De todo la anterior se desprende que la situación socio-política del país se haya en un momento particularmente propicio para intentar la modificación sustancial del modelo actual de atención médica. En la medida en que la contradicción entre los dos sistemas médicos —el oficial y el tradicional— se va desvaneciendo y las destinatarios de las respectivas culturas médicas se modifican, se van creando las condiciones para proponer un nuevo modelo de atención a la salud integrativa, que recoja lo mejor de cada vertiente cultural hasta estructurar una medicina verdaderamente congruente con la dinámica social que caracteriza al México de hoy.

Un nuevo modelo de atención médica puede surgir sólo si se apoya en las realidades culturales que demandan los diversas sectores de la sociedad que están hoy, en plena efervescencia y cambio. La instalación de esquemas importados o de decisiones tomadas en el ámbito de una sola visión cultural, no sólo carecería de éxito, sino que agudizaría aún más la realidad social. A fin de cuentas las decisiones sobre el modelo a implementar siempre han salido, hasta ahora, de los grupos directivos de la medicina oficial donde sus expertos diseñan las estrategias basadas en su particular visión cultural del problema. Que en la actualidad existan “expertos” en el estudio de la medicina tradicional del país tampoco resuelve el problema, porque, otra ves, la definición del modelo y sus estrategias se tomarían en el vértice de la pirámide.

Por el contrario, es sólo invirtiendo el proceso y trasladando la decisión a la realidad operativa local como puede lograrse la integración médico-cultural. Dicho nuevo modelo deberá apoyarse en la utilización de los recursos —todos— económicos, culturales y tecnológicos que posee el país para mejorar sus condiciones de salud, y es ahí donde la cultura médica tradicional se convierte en un banco primordial de peso en las decisiones, porque ignorar, subestimar o aplazar su participación sólo agudizará la tan llevada dependencia tecnológica y no habrá economía capaz de sostener y menos aún de impulsar un esquema que ha demostrado en la práctica su obsolescencia.

En el fondo de toda la compleja trama de problemas que configuran la realidad médica de México subyace un conflicto cultural que debe ser afrontado y resuelto hoy que la población del país toma la iniciativa. Es el único camino posible para modificar la situación contradictoria que prevalece en la actualidad en el campo de la salud. Dicho cambio debe propiciarse para que las decisiones puedan tomarse contando con la verdadera participación de la comunidad y no sólo con su amable aceptación de recibir los proyectos que el Estado decida implementar. Mientras la población a través de sus instancias culturales y políticas no participe en el diseño del modelo de atención que su comunidad desea, la imposición de los modelos de atención médica seguirá enfrentándose a una realidad contradictoria.

 
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Referencias bibliográficas
 

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____________________________________________________________      
Xavier Lozoya L.
Instituto Mexicano del Seguro Social, Xochitepec, Morelos.
     
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Ruy Pérez Tamayo      
               
               

Creo que lo mejor será iniciar esta plática  señalando que
el término alopatía significa, según el diccionario de la Real Academia Española, “Terapéutica cuyos medicamentos producen en el estado sano fenómenos diferentes de los que caracterizan las enfermedades en que se emplean”. La palabra fue construida con las raíces griegas allos, que significa otro, y pathos, que quiere decir sufrimiento o afección. Su inventor fue nadie menos que el famoso médico alemán Samuel Christian Friedrich Hahnemann, quien vivió de 1755 a 1843 y a quien se conoce como el padre de la homeopatía, en vista de que no sólo inventó el nombre sino también esa forma peculiar de ejercer la medicina. El mismo Diccionario de la Real Academia Española define el término homeopatía como: “Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”. Hahnemann basó su sistema terapéutico homeopático en el principio latino Similia similibus curandur, o sea que los síntomas (pues él rechazó la existencia de enfermedades) deberían ser tratados con drogas cuyo efecto fuera desencadenar en el sujeto sano los mismos síntomas, pero más intensos; de esa manera, el malestar inducido artificialmente desplazaría a las molestias espontáneas. Para contrastar su homeopatía con el sistema médico científico, Hahnemann señaló que la alopatía sigue la máxima Contraria contraris, puesto que escoge para administrar drogas que en sujetos sanos producen síntomas diferentes a los que manifiesta el paciente. Naturalmente, eso era (y sigue siendo) completamente falso; los médicos alópatas nunca han seleccionado sus elementos terapéuticos sobre esa base tan absurda. Pero así fue como se bautizó a la medicina no homeopática, y como la tradición siempre ha sido más fuerte que la lógica, el nombrecito pegó.

Sin embargo, yo me he referido a la medicina alopática como el sistema médico científico, lo que requiere una aclaración. La medicina es tan antigua como el hombre, aunque la enfermedad es todavía más antigua, como lo atestiguan los fósiles de dinosaurios y otros animales que precedieron al ser humano en su aparición sobre la Tierra. Pero desde que el primer Homo sapiens se sintió enfermo y buscó ayuda para sus molestias en otro Homo sapiens, se inició el desarrollo de la medicina. Los comienzos deben haber sido totalmente empíricos, basados en intentos torpes y muchos errores, frecuentemente trágicos. Pero a lo largo de miles de años, poco a poco se fueron acumulando una serie de observaciones prácticas y de creencias sobrenaturales que constituyen las bases de lo que hoy conocemos como medicina primitiva. El pensamiento primitivo es fundamentalmente mágico-religioso; sus profundas raíces se nutren de una de las características más específicamente humanas, que es nuestra incapacidad para vivir en la incertidumbre. Desde tiempo inmemorial, el hombre ha reaccionado siempre de la misma manera frente a lo que ignora o desconoce: inventando la explicación. Cuando el mundo era joven, la fracción de él que era conocida por nuestros antepasados humanoides era todavía menor que la que pretendemos conocer en estos días, y además ellos todavía no contaban con la historia escrita, que desde su inicio nos permitió enriquecemos progresivamente de manera casi continua e ininterrumpida. En esas condiciones, es fácil entender que nuestros más remotos antepasados dieran rienda suelta a su imaginación y construyeran su concepto de la realidad con 5% de elementos objetivos y 95% de componentes sobrenaturales. En forma simplista, pero no por ello totalmente equivocada, podemos decir que el progreso de la humanidad a través de toda su historia puede concebirse como la sustitución, lenta y dolorosa, pero implacable, de nuestros mitos y supersticiones más queridas, por el conocimiento objetivo de la realidad.

Lo anterior era necesario como prólogo al tema central de esta plática, que puedo resumir de la manera siguiente: dadas las características del ser humano, así como las condiciones de su desarrollo y crecimiento histórico, es natural que en distintos tiempos hayan surgido diferentes formas de pensamiento médico. También es explicable que medicinas distintas, aunque racionalmente incompatibles entre sí; hayan coexistido y sigan coexistiendo hasta nuestros días. Todavía estamos muy lejos (por fortuna, pienso yo) del día en que de verdad seamos sujetos completamente razonables. Pero me interesa subrayar que el reconocimiento de la coexistencia de distintas medicinas en nuestro tiempo está muy lejos de concederles a todas la misma credibilidad, eficiencia y racionalidad. En mi opinión, sólo una de todas las medicinas contemporáneas es objetivamente válida: me refiero a la medicina científica. Además, postulo que todas las otras medicinas sólo sirven en la medida en que cumplen con los principios de la medicina científica. El resto de esta plática está dedicado a explicar lo que entiendo por ese portento, por esa maravillosa creación del intelecto humano que se conoce como la medicina científica.          

Lo primero que debe señalarse es que la ciencia estableció un parteaguas entre la medicina anterior o su irrupción en el mundo del pensamiento y la que se generó bajo su sombra. Para usos prácticos, la medicina científica empieza en 1543, con la publicación del famoso libro De Fabrica, de Andreas Vesalio. Este volumen es un texto de anatomía humana, escrito por un jovenzuelo de 27 años de edad y bellísimamente ilustrado, quien en ese libro se dio el lujo de renovar una actitud antigua pero ya olvidada frente al mundo real: hasta esas tiempos, el conocimiento sobre la naturaleza debía buscarse no en la realidad sino en los libros autorizados por la Santa Madre Iglesia. Se daba el caso de que un anatomista, disecando el cadáver de algún ajusticiado, se encontraba con una estructura no descrita (o descrita en forma radicalmente distinta) por Galeno. La conclusión era obvia: el que estaba equivocado era el cadáver. En esa época la realidad aceptable por las autoridades debía coincidir con las Sagradas Escrituras y con los textos compatibles con ellas. Vesalio cambió de juez para legitimar sus observaciones: en el lugar de los Evangelistas colocó a la naturaleza.                              

Cuando se habla de las diferentes medicinas generalmente se hace referencia a unas cuantas, tres o cuatro, como la brujería, la herbolaria, la homeopatía, la quiropráctica y la ciencia cristiana. Pero en realidad son muchas más, y a través de la historia ha habido muchísimas, aunque la mayoría han tenido una vida relativamente breve. Para ilustrar este punto me voy a permitir leerles una lista incompleta de las medicinas que coexistían en Alemania a mediados del siglo pasado: “Metafísicos, Idealistas, Iatromecánicos, Fisiólogos experimentales, Filósofos naturales, Místicos, Magnetizadores, Exorcistas, Galénicos, Homúnculos Paracelsianos modernos, Stahlianos, Humoralistas, Gastricistas, Infartistas, Broussaistas, Contraestimulistas, Historiadores Naturales, Fisiatristas, Patólogos Idealistas, Teósofos Germano-Cristianos, Epígonos Schoenlenianos, Pseudoschoenlenianos, Homeobióticos, Homeópatas, Isópatas, Alópatas Homeopáticos, Psoristas, Scoristas, Hidroporistas, Hambergerianos, Heinrothianos, Sachsianos, Kieserianos, Hegelianos, Morisonianos, Frenólogos, Iatroestadígrafos, etc.”. Como mencioné antes, la lista es incompleta y podría haber sido mucho más larga, si en lugar de haber usado los diferentes conceptos de enfermedades para distinguirlas, el autor hubiera basado su clasificación en las distintas medidas terapéuticas recomendadas por cada escuela.

Todas las medicinas tienen los mismos tres objetivos; conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura. Pero también comparten otras tres funciones, naturales y características del ser humano: el efecto benéfico de una relación médico­paciente satisfactoria, la tendencia natural del organismo a resistir agresiones y a regresar al atado de salud (la antiguamente llamada vis medicatrix natura), y la influencia favorable e inespecífica que se agrega a casi cualquier tipo de acción terapéutica que se lleve a cabo, conocida con el nombre de “efecto placebo”. Como estas tres funciones son suficientes para explicar la mayoría de los ejemplos de “curas maravillosas” que generalmente se usan para demostrar la validez de diferentes tipos de medicinas, veámoslas con más detalle. El impacto positivo que tiene la figura del médico (o mago, brujo, comadre, yerbero, niño Fidencio, etc.) sobre el paciente se conoce desde tiempo inmemorial; en muchos casos su autoridad y sabiduría se subrayan con ropas o disfraces ad-hoc, como la bata blanca, la máscara o las patas de conejo amarradas al cinturón, y con la exhibición de símbolos relevantes, como el título y otros diplomas colgados en las paredes del consultorio, los dibujos en la arena en el piso de la choza del mago, o la imagen del santito con sus velas prendidas en el cuarto del brujo. Es muy común que en la sala de espera, los pacientes se conforten unos a otros comentando que el doctor les inspira mucha “confianza”, y sólo en casos muy graves el enfermo siempre se siente mejor cuando ha visto al médico. Este efecto psicológico resulta de la interacción entre el que necesita ayuda y la busca y el que la ofrece y la proporciona, al margen de la estructura de pensamiento en que ocurra el encuentro y la naturaleza de las acciones resultantes. Si el sujeto que busca ayuda cree que va a encontrarla en un contexto determinado y este contexto se da, la encuentra, o sea que el resultado es psicológicamente positivo. Todo el mundo sabe que el contacto entre dos seres humanos mutuamente bien intencionados es reconfortante, sobre todo para aquel que busca y necesita confort. Es la base del buen trato entre sujetos civilizadas, de la amistad y del amor, y es también la base de la relación médico-paciente, que alguna vez el Maestro Ignacio Chávez llamó “una confianza frente a una conciencia”.

 La segunda función que comparten todas las medicinas es la conocida desde hace muchos años como vis medicatrix natura. Este latinajo se refiere a la tendencia de todos los organismos vivos a la autoconservación, basada en mecanismos fisiológicos genéticamente determinados, muchos de ellos razonablemente bien conocidos en la actualidad. Mencionaré dos ejemplos: 1) Muchas características de nuestra fisiología, como la frecuencia cardíaca o el nivel de glucosa en la sangre, se mantienen constantes dentro de límites relativamente estrechos, a pesar de que existan grandes variaciones en el medio ambiente. Tal constancia no es accidental, sino debida a mecanismos nerviosos y endócrinos de regulación cuyo conjunto se conoce con el nombre de homeostasis. Cuando estos mecanismos fallan se producen síntomas o enfermedades, pero los mecanismos no han desaparecido sino que siguen ahí, todavía funcionando en la buena dirección pero sin lograr corregir el desperfecto. Con cierta frecuencia el problema es solamente de tiempo, que una vez transcurrido el defecto se corrige y el sujeto vuelve a la normalidad; cuando esto ocurre, no importa qué tipo de medicina se está utilizando (siempre que no interfiera con el proceso), el enfermo se cura.        

La tercera función que comparten todas las medicinas es el efecto “placebo”, que seguramente incluye elementos de las dos funciones anteriores pero también algo más, y es la que se conoce menos bien. Imaginemos tres enfermos con fiebre elevada, de 40°C uno de los cuales recibe aspirina, otro sal, y el otro nada; el resultado es que al que recibió aspirina se le quitó la fiebre y tiene 37°C, al que no le dimos nada sigue igual, con 40°C pero al que le dimos sal le bajo la fiebre a 38°C. Como ya mencioné antes, este efecto benéfico es inespecífico (la sal no es un antipirético, como sí lo es la aspirina) de modo que también puede observarse con chiqueadores de papa, con infusión de cabellos de elote, con pastillas de piel molida de víbora, o con cualquier otra cosa que no tenga influencia fisiológica sobre la temperatura del cuerpo humano.             

Me he extendido en las tres funciones anteriores porque son comunes a todas las medicinas, en vista de que no dependen de ellas sino de la interacción humana. Pero ya es tiempo que señale las diferencias que, en mi opinión, separan de manera irreconciliable a la medicina científica de todas las demás. Creo que pueden resumirse en las siguientes tres:    

1) La medicina científica es la única que tiene conciencia de su inmensa ignorancia y de su correspondiente impotencia para enfrentarse a muchos de los problemas más graves de salud que afectan al hombre, como muchas formas de cáncer, muchas enfermedades degenerativas cerebrales y vasculares, las lesiones que afectan la función del sistema nervioso central, ciertas anomalías genéticas, etc. Al hacerse científica, esta variedad de la medicina aceptó la postura filosófica de la ciencia, que distingue entre lo que se sabe, lo que se cree y lo que no se sabe; aceptó los criterios objetivos para definir lo que se sabe: aceptó el análisis riguroso de los hechos y su separación clara de las creencias, corazonadas, imaginaciones, sueños; mentiras, y todas las otras formas que el hombre usa para relacionarse con su realidad; aceptó que la verdad se encuentra fuera de nosotros y que es independiente de nuestros deseos; y aceptó que no es posible imponerle al mundo una realidad distinta a la que posee, ni aún por medio de la autoridad más bien intencionada o poderosa. En cambio, las medicinas no científicas no tienen estas dificultades, la ignorancia no forma parte de su bagaje. Hay remedios para todos los problemas, hay medicinas para todas las enfermedades, hay rezos y encantamientos para todas las molestias. Incluso hay yerbas que sirven para la diabetes, la gota, el sarampión y el flujo, o bien otras que curan enfermedades de las articulaciones y de las vías nerviosas y urinarias; hay rituales que sirven para recuperar el alma, cuando se ha perdido como consecuencia de un “susto”; y naturalmente hay todas esas cosas y muchas otras más, como inyecciones de sangre de chivo, caldo de piel de víbora, semillas de durazno, sesiones con los espíritus, vacunas hechas con testículos de toro, rezos a San Miguelito, etc., contra el cáncer. Todo este inmenso carnaval terapéutico no muestra agujeros, no contiene excepciones; el médico no científico se enfrenta a todas las enfermedades y a todos los síntomas, tiene uno o más remedios que son buenos para combatirlos a todos.

2) La medicina científica es la única que ha cambiado con el tiempo, que ha progresado, que se ha ido enriqueciendo con los descubrimientos hechos científicamente. En cambio, todas las demás medicinas han surgido completas, establecidas y terminadas; cualquier intento de modificar hasta el detalle más insignificante se recibe como herejía y hace fracasar todo el procedimiento. Las indicaciones para la preparación de los medicamentos dadas por Hahnemann eran intocables; sus libros fueron equiparados a las Sagradas Escrituras y, posteriormente, al Capital de Marx. Los rituales de los brujos que “chupan” las enfermedades o que hacen “curas” de maleficios o de males de ojos no están sujetos al método experimental y no pueden cambiarse, en vista de que han sido establecidos para siempre por poderes sobrenaturales.

3) La medicina científica no es la única que cumple con los objetivos de la medicina, que fueron enumerados como conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura; otras medicinas también lo logran. Pero la medicina científica es la única que, cuando cumple tales objetivos, lo hace sabiendo por qué, o sabiendo que no sabe por qué. En otras palabras, la medicina científica es la única que se interesa por conocer los mecanismos de los fenómenos que observa y por generar explicaciones verificables de ellos. En cambio, las otras medicinas operan en otra u otras dimensiones: en primer lugar, no explican nada porque no tienen nada qué explicar, en vista de que las cosas, simplemente, son así: en otros casos (la herbolaria, la frenología) se trata de dar explicaciones ad hoc, como que “las flores de calabaza son buenas para el cólico renal”, o que “la frente amplia es signo de inteligencia”; finalmente, se echa mando de la fe (el niño Fidencio, los científicos cristianos) uno de cuyos oráculos dijo Credo qui absurdum.

Quiero terminar esta breve discusión refiriéndome a un punto que con frecuencia surge en discusiones sobre el valor de las distintas medicinas, y en especial con la herbolaria. Se dice que nuestros abuelos indígenas habían desarrollado un extenso catálogo de plantas medicinales, y que este catálogo se perdió en gran parte durante la conquista; también se dice que hay una riqueza potencial de fármacos escondida en la botánica mexicana y que debemos descubrirla y explotarla; y también se dice (como prueba de lo anterior) que la medicina herbolaria mexicana que se practica en la actualidad es muy eficiente y que si no fuera por los médicos yerberos la salud de millones de mexicanos sería mucho peor. Todos estos pronunciamientos son expresiones de buena fe, pero los que los hacen realidad no saben si lo que dicen es cierto o no. Es posible que nuestros ancestros indígenas hayan tenido conocimientos profundos de farmacología y toxicología, pero si los documentos se perdieron durante el encuentro de los dos mundos ¿cómo lo saben? La verdad es que no lo saben, sino que se lo imaginan, con más o menos buenas bases; yo también creo que nuestros ancestros indígenas habían acumulado una gran cantidad de datos, pero ignoro cuántos de esos “datos” era reales y cuántos eran imaginarios o simplemente equivocados. La riqueza farmacológica potencial de nuestras plantas es también intuitiva, y yo coincido en esta creencia, pero me parece que no hay ninguna razón para que lo mismo no sea posible de las plantas de Canadá, de Vietnam o de las Islas Malvinas; la capacidad de contención de sustancias útiles en medicina no depende de que sean mexicanas, sino de que son plantas. Además, una cosa es la capacidad potencial y otra es la realidad: antes de cantar victoria, las plantas llamadas medicinales deben someterse a un riguroso estudio químico y farmacológico, con todas las reglas de los análisis científicos, y si resulta que sí existen principios útiles en medicina, qué bueno, pero si resulta que no existen tales principios, ni modo. Finalmente, la opinión de que la medicina herbolaria está contribuyendo de manera positiva a la salud de los mexicanos que la usan, por encima de lo que podría esperarse si descontamos los tres factores inespecíficos mencionados antes (la influencia psicológica de la autoridad, la vis medicatix natura y el efecto placebo), es una pura expresión de fe, en vista de que no hay control, o sea que no sabemos qué estaría pasando con la salud de los usuarios en ausencia de esa medicina.

Quiero concluir con una observación que podría parecer cínica, pero que sólo pretende ser realista. No deseo dejar la impresión de que yo pienso que hay dos clases de medicina, la científica, que es la buena, y todas las demás, que no sirven para casi nada. Mi opinión personal es que todas las medicinas, incluyendo a la científica, a las tradicionales, a las marginadas y a todas las demás, son bastante malitas. Todas provienen de la misma necesidad humana de buscar ayuda y de proporcionarla, todas intentan hacerlo, y todas (no con granes diferencias) lo logran. Pero también en mi opinión, la única que conoce sus enormes deficiencias y que posee la capacidad para progresar, es la medicina científica.

 
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 Conferencia dictada en el Museo de la Cultura en noviembre de 1987.      
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Ruy Pérez Tamayo
Miembro de El Colegio Nacional.

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José L. Castillo      
               
               

Los primeros tiburones aparecieron en el planeta hace 300 millones de años. Su gran capacidad de adaptación les ha permitido llegar sin problemas hasta nuestros días. Actualmente se les encuentra en todos los océanos y mares del mundo; son parte importante de la cadena trófica del ecosistema marino. Provistos de una dentadura excepcional, única en todo el reino animal y de sistemas sensoriales perfeccionados, los tiburones son criaturas que causan a la vez miedo y fascinación. Son cada vez mejor estudiados y, desde el punto de vista económico, cada vez más importantes.       

¿Qué tipo de criaturas son los tiburones, tan frecuentemente calumniados por la prensa y subestimados por el público en general?       

Los tiburones pertenecen a un grupo de peces relativamente pequeño, que junto con las rayas y quimeras, constituyen el grupo de los condrictios o también llamados “peces cartilaginosos”. Poseen de 5 a 7 aberturas branquiales independientes de cada lado de la cabeza, un esqueleto cartilaginoso, y escamas (placoideas) que recubren todo el cuerpo. Estas características distinguen a los tiburones de los peces óseos, que es el grupo más importante de peces, también conocido con el nombre de peces osteictios.     

En la actualidad se habla de cerca de 350 especies vivientes de tiburones, las cuales varían en longitud; ésta puede ir desde los 15 metros, como el tiburón ballena Rhiniodon Typus, hasta los 15 cm del tiburón más pequeño, Squaliolus laticuadus. Paradójicamente los tiburones más grandes (el tiburón ballena y el tiburón peregrino) se nutren de plancton y son inofensivos. De estas 350 especies de tiburones vivientes, sólo se sabe de 27 que ataquen al hombre, aunque se deben considerar otras 40 que son potencialmente peligros para el hombre, lo que indica que sólo el 20% de las especies de tiburones vivientes son consideradas peligrosas. (Compagno, 1984). La mayoría de los tiburones que han atacado al hombre (56%) pertenecen a la familia Carcharhinidae.    

LOS TIBURONES, CRIATURAS POSEEDORAS DE UNA ASOMBROSA HISTORIA EVOLUTIVA

Los elasmobranquios han evolucionado siguiendo dos tendencias generales: los tiburones y las rayas. Los tiburones poseen cuerpos cilíndricos y moderadamente deprimidos (dorsoventralmente planos), aberturas branquiales en los costados de la cabeza, aletas pectorales claramente separadas de la cabeza y colas bien desarrolladas que son usadas en una natación de ondulaciones laterales. Por su parte, las rayas poseen cuerpos tanto moderadamente deprimidos como completamente deprimidos. Estos son muy anchos, tienen aberturas branquiales en la parte ventral de la cabeza, aletas pectorales fusionadas a la misma y colas en forma de látigo.               

Los primeros tiburones aparecieron hace aproximadamente 300 millones de años; el registro fósil más antiguo data de rocas del periodo Devónico, que duró aproximadamente 50 millones de años. Estos tiburones devónicos conocidos como “cladodontos” constituyen el nivel más primitivo de la evolución de los tiburones y pueden ser considerados como la línea de la cual provienen los tiburones modernos. Estas criaturas reciben el nombre de “cladodontos” debido a que sus dientes eran de múltiples cúspides (cladodonto 5 dientes ramificados), los cuales se caracterizan por presentar una cúspide central grande y cónica con dos o más cúspides laterales más pequeñas. El tiburón cladodonto mejor conocido es el Caldoselache, tiburón fósil proveniente del periodo Devónico; este tiburón medía de 90 a 120 cm de longitud, poseía una boca terminal, un cuerpo definitivamente en forma de “tiburón” y una aleta caudal grande; contaba con dos aletas dorsales, dos pectorales y dos aletas pélvicas, igual que los tiburones actuales, pero carecía de aleta anal. Los caldodontos desaparecieron al final de la era Paleozoica, hace aproximadamente 225 millones de años, y fueron sustituidas por los tiburones “hybodontos”, sus presuntos descendientes; estos eran peces que constituyeron el niel intermedio en la evolución de los elasmobranquios.                                

Los hybodontos aparecieron al final del devónico y alcanzaron su máxima expansión durante el período Carbonífero (hace 280 millones de años) época en que los tiburones llegaron a ser criaturas dominantes en los océanos. Estos tiburones poseían una mejor locomoción debido a sus aletas de bases estrechas, flexibles y movibles como las de los tiburones modernos. Este grupo de tiburones fósiles poseía dos tipos de dientes, dientes cortantes y dientes trituradores que les permitieron alimentarse de peces e invertebrados valvados. Durante el Mesozoico los hyhodontos aportaron la población que evolucionó hacia los tiburones y rayas modernos. Al final del período jurásico (190 millones de años) aparecieron nuevos tiburones con mejores adaptaciones alimenticias y locomotoras, esos tiburones presentaban mandíbulas protrusibles en posición más ventral, estos primeros tiburones modernos, representados por el género fósil Paleospinax establecieron el patrón evolutivo para los tiburones y rayas actuales.

El actual tiburón “Port Jackson” (Heterodontus) del océano Pacífico es un descendiente directo de los tiburones hybodontos. Otro grupo fue formado por la familia Notidanidae, que también apareció en el Jurásico. Estos eran tiburones depredadores que poseían aletas sin espinas y una sola aleta dorsal, su cola era también muy grande y lobulada. Al comienzo del Jurásico, y más tarde durante el transcurso del Cretácico, aparecieron una serie de modernas familias de tiburones. La familia Isuridae (tiburones marrajos) apareció en el Jurásico; Isurus mismo se conoce desde el Cretácico inferior; mientras que el enorme y temido tiburón blanco, Carcardodon catcharias existe desde el Cretácico superior. Las lijas (Scyllium, familia Scillydae) datan del Jurásico. La familia Carcharhinidae a la que pertenecen los peligrosos tiburones azules, grises y tigres también son de origen Jurásico. En el Cretácico se añadieron los tiburones de arenas (familia Odontospidae) en los que se incluye el tiburón duende (Scapanorhynchus). Desde el Cretácico la evolución de los tiburones ha continuado en dos líneas; los tiburones y las rayas; los tiburones han continuado como depredadores pelágicos de cuerpos cilíndricos, mientras que las rayas han evolucionado como habitantes del fondo marino con cuerpos deprimidos. La separación de estos dos grupos aún no es completa, ya que en la actualidad existen formas que presentan características de ambos grupos como los tiburones sierra del género Pristis y los peces guitarra del género Rhinobatos.  

LOS TIBURONES, VERDADERAS MAQUINAS PARA COMER

Los tiburones están provistos de un sistema maxilar tal que frecuentemente se ha dicho que son un modelo de mecánica alimentaria, como atestiguan las mandíbulas de las especies más grandes. En cambio, sus antepasados estaban obligados a un régimen alimenticio mucho más estricto, ya que sus mandíbulas no les permitían capturar más que peces o invertebrados enteros con la limitación del tamaño; la mandíbula superior de los tiburones fósiles estaba fijada a la bóveda craneana y la boca estaba en posición terminal de la cabeza. En los tiburones actuales la boca es ventral y la mandíbula superior, que se ha hecho móvil, se ha separado del cráneo; gracias a esta evolución los tiburones son ahora capaces de separar pedazos de carne de presas mucho más grandes. Hace algunos años fue comprobada la fuerza de las mandíbulas de los tiburones con ayuda de un astuto aparato llamado “gnatodinamómetro” inventado por James Snodgrass del Instituto SCRIPPS de oceanografía de los Estados Unidos, aplicando principios de medidas de fuerza de indentación; se estimó que para el tiburón obscuro Carcharinus obscurus, la fuerza máxima registrada para un único diente fue de 60 Kg, cuando esta fuerza es aplicada a una superficie de 2 mm2 la presión es de 30 Kg/mm2, o sea 3 Ton/cm2. Además de esta mandíbula extensible, los tiburones están provistos de temibles dientes capaces de renovarse indefinidamente; por ejemplo, los juveniles del tiburón limón, Negaprion brevirostris de un metro de longitud total renuevan los dientes de su mandíbula inferior cada 8.2 días aproximadamente y los de la mandíbula superior cada 7.8 días.  

SISTEMAS SENSORIALES PERFECCIONADOS  

Hace algunos años Gilbert Perry, en el Lerner Marina Laboratory de Bimini, en Las Bahamas, realizó pruebas sobre el olfato del tiburón limón (Negaprion brevirostris) descubriendo que poseen un olfato hipersensible, ya que estos tiburones lograron detectar diluciones de extracto de atún de 0.04 ppm (partes por millón). Por otra parte el Dr. Albert Tester realizó en 1960 experimentos en Eniwetok, en las Islas Marshall, en el Pacífico, observando que tiburones con ayuno progresivo son capaces de responder positivamente a concentraciones de 0.0001 ppm de extracto de carne de mero. Este sistema olfatorio hipersensible sitúa ya a los tiburones entre los superdotados del reino animal.

 En relación a la visión de los tiburones, tenemos que su ojo se asemeja mucho al ojo de los vertebrados. La abertura del iris (la pupila) tiene forma variable y, contrariamente a la creencia popular, la pupila puede abrirse y cerrarse muy rápidamente. En el tiburón gata, Ginglymostoma cirratum, se halló que la dilatación máxima se produce entre 24 y 30 segundos en el curso de la adaptación a la obscuridad y la contricción máxima entre 3 y 5 segundos. La retina contiene un gran número de bastones y un número más pequeño de conos. Los conos sirven para la precisión visual y la percepción de los colores, los bastones aumentan la sensibilidad visual y permiten a los tiburones distinguir un objeto situado o moviéndose en el fondo del mar, incluso si está débilmente iluminado. La sensibilidad del ojo del tiburón a la luz débil se acrecienta gracias a una notable estructura que sólo algunos vertebrados, entre ellos el gato, poseen: el tapetum lucidum, que se encuentra situado detrás de la rutina y actúa como un reflector, está compuesto de pequeñas placas argénteas que contienen cristales de guanina (pigmento) y de células móviles pigmentadas de negro, los melanoblastos. El tiburón tiene una visión normal, pero en la obscuridad los melanoblastos se retraen desenmascarando las plaquetas del tapetum: la luz que acaba de atravesar la retina se refleja entonces sobre éstos, de forma que los conos y los bastones son estimuladas dos veces. El tapetum ayuda a los tiburones que cazan de noche (la mayoría de las especies que viven en aguas profundas lo hacen) a que penetre en el ojo un máximo de luz. Además, los tiburones son capaces de captar vibraciones de baja frecuencia, ya sean provocadas por un pez o por un hombre que nada, gracias a un órgano que poseen muy pocos vertebrados acuáticos: el sistema lateral. Compuesto de una línea lateral dispuesta a lo largo del cuerpo a la manera de la línea de flotación de un navío, y de un canal lateral interno unido a la línea lateral por túbulos y canales, el sistema lateral es sensible a la presión y su función es de captador de vibraciones pero también de estabilizador. Si al nadar el pez lo hace oblicuamente, la diferencia de presión que registra por medio de su sistema lateral a cada lado del cuerpo le permite volver a la horizontal. Hace más de 50 años, el Dr. Georges H. Parker de la universidad de Harvard demostró que el pez lija, un tiburón pequeño, Scyliorhinus canicula, privado de sus órganos auditivos y visuales podía seguir percibiendo las perturbaciones del agua si su sistema lateral quedaba intacto.  
 
Las ampollas de lorenzini, sensores electromagnéticos de los tiburones 
 
Los extraordinarios experimentos de Kalmijn y colegas, han aportado en el curso de los últimos veinte años algunas aclaraciones sobre el sistema sensorial único de tiburones, torpedos y rayas; el llamado sistema de emisión recepción electromagnético. Estos elementos sensoriales conocidos con el nombre de ampollas de Lorenzini están situadas bajo la piel de la cabeza y del morro. Además de su función como receptores de la temperatura, de la salinidad y de las vibraciones, se demostró su papel de receptores electromagnéticos. Al estudiar Kalmijn en 1971 el comportamiento de Syliorhinus canicula, demostró que este pequeño tiburón europeo es capas de localizar a un pez plano (lenguado) de la familia Pleuronecitdae, enterrado en la arena, gracias al microcampo eléctrico inducido por ese pez. Más tarde, en 1978, el mismo Kalmijn formuló la hipótesis de que dichos órganos (ampollas de Lorenzini) captarían no sólo la dirección del campo eléctrico producido por la presa, sino que también serían sensibles al campo magnético de la Tierra, sirviendo así de instrumento de navegación durante las migraciones. Durante el verano de 1987 Kalmijn y Kimley efectuarían un crucero por el Golfo de California para comprobar la tesis de la orientación electromagnética de los tiburones. 
 
300 millones de años de éxito reproductor de los tiburones 
 
Todos los órganos de los tiburones que se han descrito hasta aquí, conciernen a su supervivencia individual, pudiéndose constatar que el tiburón está bien dotado para afrontar la vida en el medio marino. No obstante, desde el punto de vista evolutivo, la perpetuación de las especies es más importante que la supervivencia del individuo, y el hecho de que los tiburones estén sobre la Tierra desde hace 350 millones de años es prueba de su éxito reproductor. La fecundación en todos las tiburones es interna, esto es, el esperma de los machos es introducido al aparato reproductor de la hembra por medio de los “gonopodios” o “pterigopodios”, órganos intromitentes que son extensiones de las aletas pélvicas de los machos. Los pterigopodios ya se observan en los embriones machos, pero se desarrollan definitivamente cuando éstos maduran. Debajo de la piel del vientre se encuentra una vejiga muscular que está comunicada con cada pterigopodio, esta estructura doble recibe el nombre de “ampolla sifonal” o simplemente “sifón”; estos sifones se llenan de agua de mar justo antes de la copulación; cuando el pterigopodio se inserta en la hembra, expulsa el agua de mar junto con la sustancia mucosa que segregan las células del surco del pterigopodio y que transporta el liquido seminal y el esperma.           

En una gran cantidad de especies de tiburones, el macho, en el transcurso del cortejo, mordisques varias veces las aletas pectorales y el dorso (entre las dos aletas dorsales) de la hembra, zonas que frecuentemente aparecen heridas cuando las hembras son capturadas durante la temporada reproductiva. Justo antes de la inserción del pterigopodio, el macho sujeta la aleta pectoral de la hembra con su boca, en algunas especies como Apristurus riveri, las dientes del macho están modificados para ese fin. Hasta el momento se han llevado a cabo pocos estudios sobre el apareamiento de los tiburones. La copulación en Heterodontus francisci fue descrita en 1961 por los norteamericanos R. H. Johnson y E. S. Herald; en Florida, en 1963, Eugenie Clark observó el comportamiento sexual del tiburón limón Negraprion brevirostris; finalmente R. H Johnson y D. R. Nelson describieron en 1978 la cópula de dos especies de carcarínidos Carcharhinus melanopterus y Triaendon obesus. En las fotografías ya clásicas que tomó Schensky en 1914 se ve al macho de Scyliorhynus canicula enroscarse alrededor de la hembra en el momento de la cópula; en esa posición no le es posible introducir más que un solo pterigopodio a la vez. Esa es probablemente la postura de cópula de las especies de tiburón más pequeñas.

Los tiburones presentan los tres tipos de reproducción, es decir, pueden ser ovíparos, ovovivíparos y vivíparos. En las especies ovíparas el huevo se encuentra dentro de una cápsula de forma y tamaño diversa. La de Heterodontus japonicus mide 15 cm de largo y está provista de dos espirales, que le permiten resistir la acción de las corrientes de agua enroscándose en los sustratos rocosos. La gran mayoría de las aproximadamente 350 especies de tiburones son ovovivíparos y vivíparos que retienen los huevos fecundados dentro del oviducto. Entre los tiburones vivíparos dos familias, la Carcharhinidae y la Sphyrbidae (tiburones martillo) desarrollan placentas que alimentan a los embriones. En los tiburones ovovivíparos el embrión no tiene un contacto directo con la madre. Con base en los más recientes estudios sobre el desarrollo embrionario de algunas especies, se descubrió que los tiburones presentan períodos de gestación sumamente largos; estos van de uno a dos años, siendo una de las gestaciones más largas de todo el reino animal. Una de las formas de reproducción más insólitas es la de Odontaspis taurus, una ovovivípara que frecuenta las costas occidentales de los E. U.; este tiburón posee un enorme ovario unido a los oviductos, los huevos son pequeños y puede haber hasta 25000. Pueden liberarse al mismo tiempo 15 o 20 huevos que descienden a cada oviducto. En el curso del desarrollo, uno de los embriones crece más rápidamente que el otro, y su apetito carnívoro es mortal para el resto de la prole que está encerrada conjuntamente. Después de ese “festín”, el ovario continúa descargando otros huevos, que a su vez, acaban en la boca del joven depredador; luego, probablemente al cabo de un año, el joven de cada oviducto alcanza un tamaño de 100 cm de longitud, lo que es una talla respetable para un pequeño tiburón cuya madre mide alrededor de 250 cm. Este canibalismo intrauterino se produce también en las familias Lamnidae y Alopiidae. La práctica de la fecundación interna, asociada a la protección proporcionada al embrión, sea a través de la cápsula resistente del huevo liberado o en el interior de la madre, asegura una tasa elevada de supervivencia en el curso del desarrollo. 

Los tiburones, un reto para la ciencia

Hasta el momento, la mayoría de las observaciones sobre tiburones han sido hechas sobre animales cautivos, confinados en grande estanques o en recintos en el mar. Hoy se sabe mucho más sobre los tiburones gracias a los estudios llevados a cabo en el Lener Marine Laboratory de Bimini, en Las Bahamas, y en el Mote Marine Laboratory de Sarasota, Florida; pero siempre está presente la misma pregunta: ¿se comportan los tiburones realmente como si estuvieran en el mar? Hay diferentes maneras de estudiar a los tiburones en su medio natural, pero la mayoría requiere de una gran paciencia, cierta dosis de suerte y en algunas ocasiones de costosos equipos. Actualmente uno de los programas más ambiciosos de los E. U., es el Programa Nacional de Marcado de Tiburones del Servicio Nacional de Pesquerías Marinas (N.M.F.S.), dirigido desde 1963 por John Casey. El y sus colaboradores han capturado, identificado, medido, marcado y liberados millares de tiburones. Sólo en 1982 fueron marcados 4467 tiburones de 36 especies. Los estudios de marcado y recaptura han aportado información muy valiosa sobre las migraciones de los tiburones; y cuando el animal se mide y se pesa correctamente, se obtienen estimaciones de su edad y crecimiento. Otro de los estudios más fascinantes es el que lleva a cabo el investigador Peter Klimley de SCRIPPS. Desde hace siete años, él y su equipo de colaboradores, entre ellos mexicanos, han estudiado el comportamiento del tiburón martillo Sphyrna lewini, en el sur del Golfo de California. Estos estudios han permitido conocer el ciclo rítmico de actividad de esta especie, así como importantes patrones de comportamiento social.  

EL TIBURON, UN ANIMAL DE CIUDADO 

Afortunadamente, de entre las 350 especies de tiburones vivientes, sólo aproximadamente el 10% han estado implicados en ataques contra el hombre, aunque la gran mayoría de estos ataques han sido provocados por el mismo hombre. La mayoría de los tiburones son tan perezosos y pequeños, que nos peligrosos. En el océano Atlántico no hay probablemente más de una docena de especies peligrosas para el hombre. Algunas de éstas se encuentran también el océano Pacífico; entre ellas tenemos a los tiburones del género Carcharhinus, que abundan en las regiones tropicales y subtropicales, y que frecuentemente han estado involucrados en dichos ataques. Sin embargo, ninguna especie es tan temible en los océanos como el gran tiburón blanco Carcahrodon carcharias. Según estudios realizados por el Dr. Caillet, del Moss Landing Laboratory de California, se cree que esta especie puede llegar a vivir cerca de 50 años. 

PERJUDICIAL, PERO TAMBIEN… ÚTIL 

A pesar de su pésima reputación, los tiburones han sido y son un recurso de gran interés comercial para muchos países como Inglaterra, Australia, Japón, Cuba, E. U., y por supuesto México, entre otros muchos. De los tiburones se obtienen un sin número de productos, más que de cualquier otro grupo de peces. De ellos se obtiene carne para consumo humano, de sus hígados se extraen aceites vitamínicos y aceites para maquinaria de alta precisión; de sus pieles se obtienen productos peleteros de buena calidad, de sus vísceras harinas de pescado y fertilizantes, y por último, de sus mandíbulas y dientes se elaboran artesanías y recuerdos para turistas. A pesar de la gran cantidad de productos extraídos del tiburón, la razón principal de su captura es la de su uso como alimento. En muchos países de Oriente, África y de América Latina, el tiburón se ha capturado desde hace cientos de años para consumo local de las pequeñas comunidades pesqueras. Según estadísticas recientemente recopiladas por la Organización para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas (FAO) el tiburón representa poco más del 1% del mercado actual de pescado. Pero a pesar de que el tiburón como recurso pesquero significa una potencial fuente alimenticia para la humanidad, los numerosos intentos de crear grandes pesquerías de tiburones han fracasado por un sin número de problemas, que van desde un abatimiento abrupto de las poblaciones, hasta la construcción de grandes infraestructuras, que rápidamente son abandonadas por falta de materia prima para su funcionamiento.                                      

Todos estos esfuerzos de la explotación y comercialización del tiburón tienen un mismo origen: la generalizada falta de conocimiento del recurso, tanto en su biología como en su manejo y conservación como producto pesquero. En la gran mayoría de los países en donde se capturan grandes volúmenes de tiburón, se desconoce qué especies integran la captura comercial y cuáles de ellas son las que aportan el mayor volumen. La FAO es uno de los organismos que más se han preocupado por resolver estos problemas que afrontan las pesquerías del tiburón. Sus principales acciones procuran mejorar las condiciones de manejo y almacenamiento del recurso, así como capacitar a las personas involucradas en la pesquería sobre cuestiones técnicas tales como identificación de especies y determinación de áreas de abundancia. Todo ello a través de documentos bien elaborados. 

LA PESCA DEL TIBURON EN MÉXICO, SITUACIÓN ACTUAL Y PERSPECTIVAS PARA EL FUTURO

La pesca del tiburón es una actividad que se viene realizando hace cientos de años en nuestro país, principalmente como una actividad artesanal, aunque a partir de los años 40 se comenzó a incrementar utilizándose embarcaciones y artes de pesca mejor equipados y de mayor eficiencia. Esto ha sido provocado, principalmente, por el interés durante la Segunda Guerra Mundial en obtener grandes cantidades de vitamina “A” a partir de los hígados de tiburón; siendo los principales polos de explotación y exportación Mazatlán y Ensenada. Durante los cinco años que duró aproximadamente esta pesca intensiva se obtuvieron grandes volúmenes de captura de tiburones en nuestro país, pero cuando se llevó a cabo la elaboración sintética de esta vitamina a menor costo, la pesquería se desplomó, regresando otra vez a su nivel de subsistencia. Sin embargo, durante los años 70 se fueron observando incrementos en su captura, debido fundamentalmente a los programas de desarrollo pesquero en los cuales se fomentaba la diversificación de la pesca, beneficiándose así la captura del tiburón. A pesar de estos optimistas resultados, la pesquería del tiburón aún carece de grandes infraestructuras y de una adecuada organización, lo que ha provocado que este recurso siga siendo considerado de segundo orden, por debajo de las pesquerías del camarón, sardina, anchoveta, atún y mero.

La captura total anual de tiburón en nuestro país, es de cerca de 30 mil toneladas, aportando el litoral del Pacífico cerca del 60% (Anuario Estadístico de SEPESCA, 1985); siendo las zonas más productivas el noroeste del país y la Sonda de Campeche.

Entre los muchos problemas a que se enfrenta esta pesquería, tenemos que el manejo, el almacenamiento y la conservación de los tiburones surge como una cuestión urgente de resolver, ya que afecta la calidad de los productos obtenidos; lo que provoca que su comercialización sea irregular. Esto se debe a que los tiburones, por sus características fisiológicas, acumulan una gran cantidad de urea en sus sangre, la cual, cuando el animal muere se descompone en amonio, impregnándose su carne de este olor desagradable y acelerando su descomposición. Lo anterior se reduce mucho en la pesquería del cazón, que por ser un organismo más pequeño contiene una cantidad mucho menor de urea. Esto hace necesaria y urgente la evaluación de mejores tecnologías de conservación y almacenamiento para resolver este problema. Por otra parte, en lo personal, considero como el obstáculo más difícil para el desarrollo pesquero de este recurso, la casi completa ausencia de estudios biológico-pesqueros, base fundamental para la adecuada administración pesquera de los recursos. Pocos han sido los estudios llevados a cabo en nuestro país, tomando en cuanto los realizados desde los años 60 por el Instituto Nacional de Investigaciones Biológico-Pesqueras, ahora Instituto Nacional de la Pesca. Estos estudios han sido irregulares por lo que no hay información precisa sobre el comportamiento de este recurso a lo largo de su historia, como especies que componen la captura comercial; tampoco los hay sobre áreas de abundancia, temporadas de pesca, oscilaciones estacionales de la captura, áreas de desove y crianza; no hay estadísticas oficiales de captura por especie; y por supuesto, existe un desconocimiento del real máximo rendimiento sostenible.

Por último, y considerando el punto de vista de los especialistas, los tiburones presentan un serio problema para su explotación a gran escala; y es que las poblaciones de tiburones son incapaces de resistir una intensa y prolongada explotación, debido a que estos organismos poseen un bajo potencial reproductivo, son especies de crecimiento lento, y su edad de primera maduración sexual es tardía. La historia ha señalado que las grandes pesquerías como la del tiburón de California Galeorhinus zyopterus de los años 40 y 50, y la del cazón espinoso Squalus acanthias del Mar del Norte, se desplomaron por la intensa explotación a que fueron sometidos. Es muy probable que si no se toman las medidas necesarias para una adecuada administración, las pesquerías del tiburón, no sólo en México, sino las del mundo entero, pueden verse mermadas en forma considerable. Ante esta problemática, el Instituto Nacional de Pesca, por medio de su Dirección de Análisis de Pesquerías, elaboró e instrumentó en 1984 el Programa de Investigaciones Biológico-Pesqueras del Tiburón para el Sureste del país (Sonda de Campeche). Actualmente en los Centros de Investigación Pesqueras de Ciudad del Carmen, de Campeche y de Yucalpetén, Quintana Roo, se realizan estudios sobre este recurso; principalmente para conocer los potenciales, sus ciclos de vida, áreas de abundancia y zonas de desove. Pero aún faltan estudios por hacerse, y sobre todo programas e instituciones que participen en los estudios sobre tiburones.

 El tiburón aún ofrece grandes expectativas para nuestro país, pero se necesita una mejor infraestructura y organización, aunadas al conocimiento del recurso para poder utilizarlo mejor, evitando caer en una sobreexplotación irracional; todo depende del apoyo que reciban los jóvenes investigadores que en difíciles condiciones llevan a cabo los estudios tan necesarios para sacar del bache dicha pesquería en nuestro país.

 
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José L. Castillo
Instituto Nacional de la Pesca, Programa Tiburón-Cazón.
     
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