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Humberto Bravo, F. Perrin, R. Sosa y R. Torres
     
               
               
El 30 de agosto de 1987, los monitores de contaminantes atmosféricos del Centro de Ciencias de la Atmósfera, al Sur de la Ciudad de México, registraban uno de los niveles de contaminación por ozono más altos de la historia, en esta área urbana.

La concentración máxima registrada fue de 0.37 ppm a las 12:40 horas aproximadamente. Quizá este valor por sí mismo no implicaría un hecho relevante, sólo que ese día los valores registrados en el promedio por hora de ozono estuvieron durante más de siete horas por arriba de la norma de calidad del aire en cuanto a su concentración de 0.11 ppm para ozono, promedio máximo en una hora; (en los Estados Unidos se recomienda que dicha norma no sea rebasada más de una vez al año). El día que hacemos referencia el promedio entre las 10:30 y las 17:30 horas fue de 0.187 ppm (fig. 1).

Este evento fue tal vez el primero de la “nueva” situación de la calidad del aire en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM). “Nueva”, porque a partir del cambio de gasolina en la ZMCM realizada por PEMEX, entre agosto y septiembre de 1986, la atmósfera de la Ciudad sufre de la presencia de otros compuestos químicos que favorecen la formación de contaminantes atmosféricos por óxidos fotoquímicos.

Diversos estudios sobre la contaminación atmosférica de la Ciudad de México, se han realizado en forma continua desde 1980, por la Sección de Contaminación Ambiental de la Universidad Nacional Autónoma de México, el laboratorio de monitoreo ha sido instalado y opera a partir de entonces de acuerdo a las recomendaciones que establece la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), lo cual asegura que las mediciones que se efectúan sean consideradas válidas. (Tabla 1).
Esto ha permitido que se estudien en forma rigurosa las tendencias de niveles de calidad de aire, acciones que han sido apoyadas por instituciones como CONACyT y el Servicio Meteorológico Nacional.

Uno de los compuestos gaseosos que es considerado como contaminante atmosférico, el ozono (O3), ha sido objeto de un seguimiento, en cuanto a su detección e incremento a lo largo de estos años, dada la importancia que representa este contaminante en el medio ambiente de la Cuenca de México, porque la vegetación es la especie viviente más sensible al
ozono.

Existe una confusión respecto al ozono y su presencia en la Tierra. Numerosas citas señalan que el ozono (O3) es de vital importancia para la vida en el planeta. Esto es verdad, sin embargo, este (O3), protector de la vida, se forma naturalmente en la atmósfera (10-15 km sobre la superficie) mediante la absorción de radiación ultravioleta por moléculas de O2, formando lo que se conoce como “capa de ozono”. Dicha capa protege a la Tierra en gran medida de los efectos perjudiciales de la radiación ultravioleta (entre las 280 y 320 nm del espectro de ultravioleta) proveniente del sol.

No obstante, este O3 no es la fuente del ozono atmosférico contaminante. La presencia del O3 antropogénico en las atmósferas contaminadas es la consecuencia indirecta de la interacción de los gases emitidos por los escapes vehiculares con la energía solar. El mecanismo de formación de O3 ha sido estudiado exhaustivamente en ciudades como Los Ángeles, dado que esa región padeció del problema desde los años 50. Como resultado de tales estudios se sabe que la formación de O3 consiste de un ciclo complejo de reacciones (actualmente se conocen más de 60 reacciones) en las cuales los hidrocarburos reactivos (NMHC) y los óxidos de nitrógeno (NOx), ambos emitidos por combustión de gasolinas, son los directores regentes más importantes en dicho ciclo. Se conoce como el “ciclo fotoquímico de los oxidantes” (figura 2).

Es tan considerable la participación de los NMHC en éste, que un cambio en la formulación de la gasolina, con el objeto de recuperar el octanaje perdido al eliminar el tetraetilo de plomo de la misma, puede ocasionar que los niveles de ozono en la atmósfera de una área urbana se eleven. La situación anterior ha sido el caso de la ZMCM.

Desafortunadamente, la decisión de cambiar la gasolina, sin estudio técnico científico apropiado respecto a los requerimientos necesarios para su implementación, y de las posibles consecuencias ambientales esperadas, ha dado como resultado que en la atmósfera de la Ciudad de México se rebase la Norma de Calidad de Aire para O3 durante la mayor parte del tiempo (figura 3).

Uno de los efectos más drásticos del O3 en el medio ambiente de la Cuenca de México ha sido detectado en la vegetación del Sur de la Ciudad de México desde 1978. Diversas especies sensibles al ozono continuamente están siendo atacadas por este contaminante, el cual paulatinamente se ha ido incrementando en sus niveles diarios.
La razón de que los niveles máximos de O3 se presenten al Sur de La Cuenca, parece obedecer al transporte diurno de los vientos en la ZMCM. La mayor emisión de precursores se realiza en la parte Norte y Central del área urbana durante las primeras horas de la mañana. Estas masas de aire contaminado son arrastradas lentamente hacia el Sur por el patrón predominante de vientos en la Cuenca, y a través de este trayecto se efectúan las reacciones del complejo ciclo fotoquímico (figura 4). Agregando que el factor de la recepción de energía solar es mayor al medio día y justo en estas horas es cuando su máxima concentración de ozono se encuentra ya presente el Sur (figura 5).

Existen fuertes evidencias de que el ozono es arrastrado y acumulado en las partes altas de las montañas del Ajusco y del Desierto de los Leones, permitiendo que la acción de daño sobre las especies vegetales sensibles sea magnificada.

Los estudios realizados en esos bosques por el Centro de Fitopatología del Colegio de Posgraduados de Chapingo, señalan que árboles de pino de las espacies Pinus hartwegii y P. montezumae presentan una sintomatología de daño por ozono que consiste en una defoliación prematura y un moteado o bandeado clorótico en las hojas o pínulas de estas especies. La clorosis es reconocida como un pequeño bandeado amarillo en forma anular sobre la pínula. La anchura de ese bandeado parece estar relacionado con la duración de la persistencia de altos niveles de ozono en las zonas boscosas (figura 6).

Existen árboles en el Ajusto que ya presentan daños crónicos manifestados por poco crecimiento (reducción del crecimiento y del diámetro en el adulto), pérdida de las hojas de temporada con la presencia de ozono, disminución en el tamaño y número de pínulas (aspecto general amarillento), deterioro del sistema fibroso de la raíz y un declinamiento gradual que los está llevando a la muerte.

En el caso del Desierto de los Leones, el resultado del efecto del ozono en las especies de Abies religiosa, es el de un debilitamiento a tal grado, que se han vuelto más susceptibles a factores ambientales adversos como sequías y parásitos secundarios (hongos de raíz o descortezadores), por lo que esta zona boscosa presenta una gran mortandad de esta especie.
A manera de conclusiones se puede señalar que los daños potenciales causados por oxidantes como ozono, están identificados. Hasta antes de septiembre de 1986 se conocían efectos drásticos en especies vegetales del Sur de la Cuenca de México, sin embargo, el cambio de gasolina ha venido a deteriorar aun más la precaria calidad del aire de la Ciudad de México y ha incrementado los efectos nocivos de la capa contaminante que sobreyace en el área metropolitana.

Esta circunstancia permite pronosticar que los daños en la vegetación serán más agudos y no sólo para las especies vegetales sino además, la salud de los habitantes de la ZMCM podría ser afectada sensiblemente. El control de calidad del aire a niveles aceptables, es un beneficio innegable para la salud de la población y debe ser considerado por todas las Instituciones Gubernamentales involucradas, como un rubro de primordial resolución.

La información experimental de esta reseña ha sido obtenida en la Sección de Contaminación Ambiental del Centro de Ciencias de la Atmósfera, y los autores reconocen la colaboración del personal de apoyo: Biól. Rosaura Camacho C., Biól. Guillermo Torres J., Fís. Samuel Malo Millán, Sr. Calixto Cuevas S. Y la Srita. Leticia Valadez B.
 
 
 
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Humberto Bravo, e. Perrin, R. Sosa y R.
Centro de Ciencias de la Atmósfera,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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Juan Manuel Lozano Mejía
     
               
               
El día 5 de julio de 1987 se cumplieron trescientos de que se terminó la impresión de uno de los libros más famosos en la historia de la ciencia. Este libro se llama “Phylosophiae Naturalis Principia Mathematica” y su autor es Isaac Newton.

Newton es universalmente conocido por sus trabajos en física, astronomía y matemáticas, pero sus intereses y actividades fueron sumamente variadas; se dedicó a la alquimia, a la teología, a la historia sagrada, a combatir a los falsificadores de moneda, a pelearse con otros hombres de ciencia y defender la autonomía universitaria, entre otras cosas.


Newton, uno de los mayores revolucionarios de la ciencia, nació en 1642 cuando se iniciaba la revolución inglesa encabezada por Cromwell y que culminó, después de que le cortaron la cabeza al rey Carlos I, con la instauración de la república. Siendo todavía muy joven le tocó ver como se reimplantó el reino con Carlos II en 1660. En el mismo año en que se publicó su célebre libro, 1687, defendió los derechos de la Universidad de Cambridge en contra del rey Jacobo II, que poco después fue derrocado por su yerno Guillermo III, el cual nombró a Newton director de la Casa de Moneda en 1699; un poco después, en 1705 la reina Ana lo nombró caballero; y todavía vivió lo bastante para ver como llegaba a ser rey de Inglaterra un alemán que nunca aprendió a hablar inglés, Jorge I.
Es comprensible que de un hombre de ciencia tan extraordinario se conozcan no sólo sus aportaciones científicas, sino también muchas frases sueltas y que además se hayan inventado muchas leyendas acerca de su personalidad. Una de esas frases muy conocidas, y que da impresión de modestia, es la que dice “Si he logrado ver más lejos ha sido porque estoy parado sobre hombros de gigantes”.


Es cierto que Newton dijo, o por lo menos escribió esa frase, pero en realidad se trata de una cita, pues más de quinientos años antes de que Newton la escribiera, un filósofo platónico que murió aproximadamente en 1127 y que se llamaba Bernardo de Chartres, había dicho, consciente del crecimiento histórico, “la verdad es hija del tiempo, somos enanos subidos sobre hombros de gigantes; vemos más que ellos y más lejos no porque nuestra mirada sea penetrante ni nuestra talla elevada, sino porque su estatura gigantesca nos eleva, nos ensalza”. Otros escritores muy conocidos como el holandés Erasmo de Rotterdam (1467-1536) y el francés Rabelais (1495-1553) habían repetido la misma idea, de modo que en realidad lo que Newton indica cuando la repite, es que se da cuenta de que la ciencia crece y se desarrolla gracias a la colaboración y al apoyo que se establece al comunicarse sus respectivas ideas, métodos y teorías. Y esto es independiente de la simpatía o antipatía personales que puedan sentir entre sí.


Pero, ¿quiénes fueron los gigantes en los que se paró Newton? ¿Qué hicieron para ser considerados gigantes?


Empecemos por dar cierta información sobre el mismo Newton. Era huérfano de padre desde varios meses antes de nacer el 25 de diciembre de 1642 en una aldea llamada Woolsthorpe, cerca de un pueblo que se llama Grantham. Cuando tenía dieciocho años, una vez que demostró, afortunadamente, que no tenía talento para ser granjero, ingresó a la Universidad de Cambridge, en la que estudió principalmente matemáticas, óptica y astronomía y en la que trabajó en ciertos servicios domésticos, por ejemplo de mesero, mientras fue estudiante. Se graduó en 1665, año en que una grave epidemia que había azotado parte del continente europeo llegó a Inglaterra; para evitar el contagio, Newton regresó a su aldea natal y fue ahí donde, según le contó a un amigo sesenta años más tarde, empezó a pensar en el problema de la gravedad al ver caer una manzana. También durante su permanencia en su casa natal empezó a investigar la naturaleza de la luz. Regresó a Cambridge a fines de 1667 y obtuvo la maestría a principios del año siguiente en el que además construyó el primer telescopio reflector siguiendo en parte el diseño que cinco años antes había desarrollado el astrónomo escocés James Gregory (1638-1675), que además investigó sistemáticamente las series convergentes. En el año 1669 Newton le mostró al que había sido su profesor Isaac Barrow (1630-1677) un manuscrito titulado De analysi que contenía algunos resultados de lo que ahora llamamos cálculo; en el mismo año Newton fue nombrado profesor de matemáticas de la Universidad de Cambridge y empezó a enseñar óptica.


En 1671 la Royal Society, que había sido fundada por Carlos II ocho años antes, invitó a Newton a que presentara su pequeño telescopio (media quince centímetros) para ser inspeccionado; al año siguiente ingresó a la saciedad, a la cual perteneció cincuenta y cinco años y a la que presidió durante los últimos veinticuatro de su vida. Apenas había ingresado a la Royal Society cuando empezaron sus disputas con Robert Hooke (1635-1703); al principio el motivo fue la óptica y años después la causa fue la gravitación. Lo que pasó es que Newton había propuesto el modulo corpuscular de la luz y Hooke el modelo ondulatorio.
El hecha de que Hooke y Newton estuvieran peleando durante treinta años no impidió que cada uno reconociera el talento del otro; esto se puede ver en las cartas que intercambiaron. En una de ellas, de 1676, Newton escribió a Hooke, refiriéndose a la óptica, lo siguiente:

“…lo que Descartes hizo fue un buen paso. Usted ha añadido mucho en varias formas… Si he logrado ver más en lo personal ha sido porque estay parado sobre hombros de gigantes”.

Por otra parte, en una carta de Hooke a Newton le propone el problema de encontrar la curva que sigue un cuerpo que se mueve sujeto a la acción de una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de la distancia y añade:

“no dudo que usted, con su excelente método, encontrará fácilmente cuál ha de ser esa curva y cuáles son sus propiedades, y sugerirá una razón física de esta proporción”.

Unos años después, en 1686, Newton le dijo a Edmond Halley (1656-1742) que había reflexionado en física en la medida en que lo empujaron las cartas de Hooke.


Vemos pues que Newton considera explícitamente como gigantes de la ciencia a Descartes y a Hooke. Pero no eran los únicos. En el texto de los Principia, Newton menciona con elogio a algunos otros hombres de ciencia. Por ejemplo, en el comentario que sigue a la formulación de las tres leyes del movimiento dice que Wallis, Wren y Huygens son “los mejores geómetras de nuestro tiempo” y más adelante, en el comentario a la proposición IV califica de “eximio tratado” a una obra de Huygens, el Horologium Oscilatorium. Y, por supuesto, hay otros tres gigantes mencionados en los Principia aunque sin calificativos elogiosos, Copérnico, Galileo y Kepler.


Llevamos así una lista de ocho gigantes, aunque en realidad, es necesario reconocer que para que Newton pudiera llevar al cabo la primera gran síntesis en la historia de la física, tuvo que apoyarse en un trabajo previo que duró muchos siglos y que requirió el esfuerzo de muchísimos hombres que, poco a poco, fueron creando el ambiente social y cultural en el que pudo florecer Newton.


Como no es posible hablar de todos esos hombres nos limitaremos a decir algo acerca de quiénes eran y qué hicieron esos ocho gigantes mencionados antes.


Hay que empezar con Nicolaus Koppernigk, mucho mejor conocido por Copérnico. Nació en Thorn, Polonia en 1473; estudió en la Universidad de Cracovia que era el más importante centro intelectual de Polonia y, a los veintitrés años de edad, paso a la Universidad de Padua y luego a la de Bolonia, en Italia, donde estudió medicina y astronomía. Fue en esa época cuando a Copérnico le pareció que el modelo geocéntrico del alejandrino Claudio Ptolomeo (90(?)-168(?)) basado en el de Hiparco (190-120 a.c.), era demasiado complicado y que las tablas astronómicas de Alfonso X, el sabio, rey de Castilla (1221-1284), que eran las que se usaban todavía en esa época, no eran suficientemente buenas.


Copérnico pensó entonces que las tablas astronómicas se podrían calcular mas fácilmente si se consideraba al Sol y no a la Tierra como centro del universo. Esta idea había sido propuesta antes por Aristarco de Samos (320.250 a.c. ), por Azarquiel de Toledo (1029(?)-1087(?)) y por Nicolás de Cusa (1401-1464). Lo importante del trabajo de Copérnico es que se puso a estudiar los movimientos de los planetas desde el punto de vista del sistema heliocéntrico, o sea que hizo cálculos y no meras sugerencias. Lo malo fue que Copérnico siempre pensó que las órbitas planetarias eran circulares, la que hizo que sus sistema se complicara mucho.


Cuando regresó a Polonia, después de pasar diez años en Italia, se dedicó a asuntos eclesiásticos y administrativos y a ejercer como médico; sin embargo, tuvo tiempo de preparar un resumen de sus ideas y cálculos que se difundió entre los de la época. Por otra parte, escribió un libro más extenso llamado Sobre las revoluciones de las esferas celestes que fue publicado casi al mismo tiempo en que se murió su autor en 1543. El libro de “las revoluciones” armó la mayor revolución científica que se había tenido hasta entonces, la llamada revolución copernicana.
El sistema heliocéntrico de Copérnico fue rechazado por muchos y admitido por otros, entre los cuales hubo dos hombres excepcionales, Galileo y Kepler.


Galileo (1564-1642) era un hombre que tenía mucho talento para las matemáticas, para la física, para la astronomía, para la literatura y para crearse enemistades. Además fue un brillante profesor. Galileo fue el primero que hizo física en un sentido moderno, ya que su actividad científica está fundada en la experimentación y en las matemáticas. No sólo hacía observaciones y las expresaba en forma matemática; no hacía experimentos sólo para ver qué pasaba, sino que primero pensaba en qué era lo que quería saber, por qué lo quería saber y cómo podía llegar a saberlo; llegó el principio de inercia por medio de una combinación de experimentos reales y de experimentos pensados; empleó las matemáticas para todo esto y para calcular, relacionar y predecir resultados.


Galileo recibió desde niño una educación esmerada; era hijo de un músico de gran cultura y a los diecisiete años ingresó a la Universidad de Pisa. Su primer descubrimiento, la ley del péndulo, lo realizó cuando cursaba su segundo año en la Universidad. A los veinticinco años fue nombrado profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa y en 1592 pasó con el mismo cargo a la Universidad de Padua. En 1609 se enteró de que en Holanda un joven fabricante de anteojos, H. Lippershey (1587-1619), había inventado el telescopio, por lo que se dedicó a construir uno propio con el que realizó sus descubrimientos astronómicos, aunque algunos de ellos fueron anunciados por medio de anagramas incomprensibles, que descifraba cuando se lo pedía alguien muy importante. De cualquier manera esos anagramas ya descifrados no son claros, al menos para nosotros. Por ejemplo, el importantísimo descubrimiento de que el planeta Venus presenta fases como la Luna lo expresó así: Cynthiae figuras aemulator mater amorum lo que significa que la madre del amor emula las formas de Cintia.


Dentro de los muy abundantes trabajos científicos de Galileo hay dos cosas de enorme importancia para el desarrollo posterior de la mecánica: el principio de inercia, aunque no lo formuló en la forma y con la generalidad con que hoy lo conocemos, y el concepto de aceleración. Sus obras más conocidas son: El mensajero de las estrellas, Diálogos sobre los dos grandes sistemas del mundo y Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias; en esta última, escrita cuando tenía más de setenta años, pone las bases de la cinemática y de la resistencia de materiales.


En los años que pasó Galileo en Padua empezó a tener correspondencia con otro gran astrónomo, el alemán Johanees Kepler (1571-1630), de cuya vida, ideas y circunstancias se sabe más que de nadie porque todo lo contaba en sus innumerables cartas y en sus obras científicas. Pertenecía a una familia pobre, pendenciera y vagabunda, pero pudo estudiar gracias a que recibió una beca que le permitió graduarse en la Universidad de Tübingen en 1592. Dos años después, siendo estudiante de teología fue nombrado profesor de matemáticas en Grats, donde tuvo tan pocos alumnos que lo pusieron a enseñar retórica. En 1506 publicó su primera obra, el Misterio cosmográfico en la que, entre muchas otras cosas, dice que los planetas se muevan por una fuerza que emana del Sol y que disminuye con la distancia de la misma manera en que disminuye la intensidad luminosa con la distancia. Era la primera vez que se intentaba una explicación y no sólo una descripción en la astronomía.
Interesado en múltiples áreas del conocimiento (óptica, astrología, morfología de cristales de nieve…), Kepler bien puede ser considerado como el iniciador de la astronomía moderna por la gran precisión de sus observaciones. Sin embargo, en sus investigaciones había una intensa búsqueda de la armonía y los secretos del orden celestial; y es a través de esta búsqueda que Kepler encuentra que las orbitas planetarias no son circulares, sino elípticas.


En 1600 pasó a Praga a trabajar con Tycho Brahe (1546-1601), un danés que fue el último gran astrónomo a ojo desnudo y que había hecho muy cuidadosas observaciones del movimiento de los planetas, principalmente de Marte. Cuando murió Tycho, Kepler se quedó con todos los papeles y empezó a trabajar sobre ellos empleando el sistema copernicano y su enorme habilidad matemática.


En 1609 Kepler publicó un libro llamado Nueva astronomía dedicada al emperador Rodolfo II que lo había nombrado matemático imperial con un salario mediocre que no siempre le pagaban. En este libro Kepler intenta hacer física del cielo, llega a la idea de inercia, palabra inventada por él, y formula las dos primeras leyes que hoy llevan su nombre, Poco después recibió una copia del Mensajero de las estrellas de Galileo y empleando el telescopio que Galileo le regaló al duque de Baviera, confirmó la existencia de los satélites de Júpiter, Kepler fue el que los llamó satélites. En 1610 publicó otro libro, Armonía del mundo, en el que aparece su tercera ley. Kepler fue el primero que usó los logaritmos, inventados por el escocés John Napier (1550-1617) en la astronomía. También fue el primero que escribió un relato de ciencia ficción, el “Sueño”.


En el mismo año en que Kepler publicó su Misterio cosmográfico, nació en Francia René Descartes (1596-1650), el que es muy conocido como matemático y como filósofo, pero que también trabajó en física. Era una persona bastante extraña que pasaba casi todo el tiempo en la cama, se graduó en derecho a los veinte años, estuvo en el ejército de Holanda, de Italia, de Rusia y de Prusia, pero nunca participó en una batalla pese a que estaba Europa padeciendo la guerra de los treinta años. Fue en esa época cuando se le ocurrió la geometría analítica al contemplar una mosca; vivió veinte años de soledad en Holanda y murió en Suecia porque no aguantó el frío de las madrugadas en el invierno, ya que tenía que enseñar historia a la reina Cristina a las cinco de la mañana; fue decapitado después de muerto para que su cuerpo se enterrara en Francia pero su cabeza se quedara en Suecia.


Además de su importantísimo trabajo de combinar la geometría y el álgebra, se dedicó a la óptica y encontró la ley de la refracción de la luz expresándola en la forma que hoy usamos, aunque el holandés Wilebord Snell (1591-1626) la había encontrado antes expresada es forma distinta. Desarrolló una teoría de la estructura del sistema solar que tuvo mucha difusión pero que se abandonó por completo después de los trabajos de Newton, sin embargo en su libro Principios de Filosofía, publicado en 1644 (cuando Newton tenía un año de edad) enuncia el principio de inercia diciendo:

“cada cosa continúa en el mismo estado y sólo cambia por el encuentro con otras cosas. Cada parte de la materia, en particular, no tiende a continuar moviéndose en líneas curvas sino rectas, se desvía porque encuentra otras en su camino”.

Es claro que aunque el lenguaje es otro, el contenido de esa frase está ya muy cercano a la primera ley de Newton.


Otra contribución importantísima de Descartes, es el principio de la conservación de la cantidad de movimiento y el concepto mismo de cantidad de movimiento, aunque no le dio el carácter vectorial. Esto hacía que el principio de la conservación de la cantidad de movimiento en la formulación de Descartes fuera válida sólo en una dimensión, sin embargo, se “sentía” que debía haber un principio de validez general acerca de la cantidad de movimiento. Así fue que la Sociedad Real en Inglaterra hizo un llamado a los hombres de ciencia para que le remitieran las investigaciones que hubieran hecho al respecto; esto ocurrió en 1668, dieciocho años después de la muerte de Descartes. La Sociedad Real recibió tres comunicaciones entre finales de noviembre de 1668 y principios de enero de 1669. Sus autores fueron los “tres mejores geómetras de la época”, Wallis, Wren y Huygens.
John Wallis (1616-1703) obtuvo su doctorado en Cambridge y fue profesor de geometría en Oxford durante cincuenta y cuatro años. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Real en la que presentó lo que fue su mayor contribución a la física, el estudio de las colisiones inelásticas. También trabajó en álgebra y en productos infinitos. Hizo una contribución importante a la notación matemática al usar el símbolo ∞ para indicar infinito. Más que un gran matemático, fue un gran profesor.
Apenas estaba saliendo Londres de la terrible peste que se abatió sobre ella, cuando le vino otra calamidad de otro tipo, un enorme incendio que duró casi una semana y que destruyó más de la mitad de la ciudad. Esto hizo que fuera necesario reconstruir Londres y alguien debía encabezar los trabajos; para esto se recurrió a un hombre que había iniciado una brillante carrera científica que abandonó para convertirse en uno de los mayores arquitectos de la historia. Se trata de Christopher Wren (1632-1723), profesor de astronomía en Oxford. Aunque su trabajo como arquitecto absorbió casi todo su tiempo durante más de cincuenta años, siempre conservó el interés por la física y la astronomía. Enunció en 1668 el principio de conservación de la cantidad de movimiento en las colisiones elásticas en dos dimensiones y, uno años después, sus conversaciones con Hooke y Halley acerca del movimiento planetario influyeron para que Newton retomara el problema y escribiera sus Principia.


Un mes después de que Wren comunicara sus resultados sobre la conservación de la cantidad de movimiento a la Sociedad Real, se recibió un trabajo sobre lo mismo enviado desde Francia por el holandés Christian Huygens (1629-1695). Sus mayores contribuciones fueron a la astronomía, a la óptica, a la mecánica y a la instrumentación. Como astrónomo descubrió la nebulosa de Orión, un satélite y un anillo de Saturno, las manchas en la superficie de Marte y fue el primero en calcular las distancias que nos separan de las estrellas; empleó los resultados del astrónomo danés Olaüs Röemer (1644-1710) para calcular la velocidad de la luz. Como instrumentista desarrolló una nueva y mejor manera de pulir lentes, inventó un micrómetro con el que podía medir ángulos de unos pocos segundos, construyó el primer reloj de péndulo (Galileo lo había pensado unos quince años antes pero como estaba muy viejo y ciego no llegó a construirlo), con lo que mejoró enormemente la precisión de la medida del tiempo. Como óptico desarrolló el modelo ondulatorio de la luz e introdujo los conceptos de longitud de onda y de frecuencia. Su libro llamado Tratado de la luz, escrito en Francia en el año de 1678 y presentado a la Academia de Ciencias, es una de las obras clásicas de la ciencia que además está escrito con muy buen estilo.


En la mecánica, Huygens hizo contribuciones muy importantes; desarrolló el concepto de fuerza centrípeta, aunque fue Newton el que le dio ese nombre; el concepto de momento de inercia, aunque fue Euler (1707-1783) el que le llamó así; estableció el principio de conservación de la cantidad de movimiento y descubrió también la conservación de la energía cinética en colisiones elásticas, aunque este resultado se publicó después de su muerte. En su libro acerca de los relojes llamado “Horologium Oscilatorium”, publicado en 1673, catorce años antes de los Principia de Newton, dice Huygens que “si la gravedad no existiera ni la atmósfera obstruyera el movimiento de los cuerpos, un cuerpo mantendría para siempre un movimiento, una vez que se le haya impreso, con velocidad uniforme en línea recta”. Esta formulación del principio de inercia es el antecedente más próximo a la primera Ley de Newton.


Un poco antes que Huygens desarrollara su teoría ondulatoria de la luz, el inglés Robert Hooke había tenido ideas muy parecidas, aunque no tan elaboradas. Hooke era un hombre de carácter difícil, enfermizo, pobre y soltero contra su voluntad, pero extraordinariamente ingenioso y hábil; ingresó a la Universidad de Oxford donde entró en contacto con el irlandés Robert Boyle (1627-1691) quien lo hizo colaborador suyo en sus estudios sobre los gases y en la construcción de una nueva bomba para producir vacío. Perteneció a la Sociedad Real casi desde su fundación y fue secretario de la misma desde 1677 hasta su muerte en 1703. Cuando encontró su famosa ley de la elasticidad que hoy lleva su nombre, la anunció de una manare bastante rara: “ceiiinosssttuv”; es claro que esto no se podía entender sin que el mismo Hooke lo descifrara; lo que hizo finalmente colocando las letras en orden correcto, o sea “ut tensto sic vis”, lo que ya es entendible para los que sabes latín, y en su época todos los físicos lo sabían.


También descubrió la isocronía del movimiento armónico simple, con lo que pudo construir relojes de resorte espiral que son más prácticos que el reloj de péndulo. Fue un excelente microscopista, lo que lo llevó a trabajar en biología, principalmente en entomología; descubrió la célula y le dio ese nombre, que se ha usado desde entonces. Trabajó mucho en meteorología e inventó varios instrumentos que necesitaba para sus estudios y registros climatológicos.


En sus estudios de mecánica Hooke llegó a la idea de descomponer la aceleración en dos componentes, una tangencial a la trayectoria de un móvil y otra perpendicular a la primera, y se acercó bastante a la ley de la gravitación, por lo menos a la dependencia con la distancia. Aunque reconoció el talento de Newton, estuvo peleando con él durante treinta años. Newton sólo pudo ser electo presidente de la Sociedad Real después de la muerte de Hooke. Y también la publicación de su libro Óptica fue posterior a la muerte de Hooke.


Para poder realizar su gran síntesis, Newton necesitó también apoyarse en otros hombres de ciencia como William Gilbert (1544-1603), que fue médico de la reina Isabel de Inglaterra, que estudió el magnetismo y la electricidad (invento la palabra “eléctrico”) y propuso que la causa que mantiene a los planetas en sus órbitas era una fuerza de atracción.
También tuvo importancia el trabajo de un joven curandero inglés llamado Jeremiah Horrocks (1619-1641) que demostró que la Luna se mueve en una elipse en uno de cuyos focos está la Tierra y que cumple la ley de las áreas; también dijo que los planetas deben influirse entre sí e hizo como la primera observación de un tránsito de Venus y dijo como podía emplearse este fenómeno para calcular el tamaño del sistema solar; corrigió asimismo las tablas astronómicas de Kepler. ¡Y murió antes de cumplir veintidós años! Otro hombre importante fue el francés Jean Picard (1620-1682) que hizo una muy buena determinación del radio terrestre que permitió que Newton pudiera encontrar, al comparar la atracción gravitatoria en la superficie de la Tierra con la aceleración de la Luna, que éstas se relacionan en proporción inversa al cuadrado de la distancia. Finalmente hay que mencionar las observaciones, principalmente acerca de la Luna, que realizó el astrónomo inglés John Flamsteed (1646-1719), primer director y único empleado del célebre observatorio de Greenwich que se fundó, con edificio pero sin instrumentos, en 1676. Los minuciosos trabajos de Flamsteed fueron utilizados ampliamente por Newton aunque estuvieron peleando durante cuarenta años.


¿Y qué fue lo que hizo Newton? Ciertamente tuvo muchas ideas propias tanto en las matemáticas como en la física, pero es de un valor singular la idea de realizar una síntesis coherente de muchas piezas aparentemente sin conexión entre sí. A partir del esquema heliocéntrico de Copérnico, Kepler consiguió expresar, abandonando la idea de las órbitas circulares, sus famosas tres leyes; Galileo aportó una versión del principio de inercia, el concepto de aceleración y el estudio de la caída de los cuerpos y del tiro parabólico; Descartes fundó la geometría analítica, el concepto de cantidad de movimiento, la idea de su conservación y una versión mejorada del principio de inercia; Wallis, Wren y Huygens mejoraron las ideas cartesianas de la cantidad de movimiento, y además Huygens introdujo la idea de fuerza centrípeta y formuló el principio de inercia en forma casi final; Hooke entrevió la ley de la gravedad y planteó el problema dinámico del movimiento planetario. ¿Y entonces qué hizo Newton? Pues muy sencillo, subirse en los hombros de los gigantes y ver más lejos.

     
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Juan Manuel Lozano Mejía
Instituto de Física ,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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Adolfo G. Navarro S.
     
               
               
Escribir sobre la clase Aves es escribir tal vez, del grupo zoológico mejor conocido, más intensivamente estudiado (Diamond, 1983) y que ha atraído el interés de mayor número de personas, tanto entre científicos como legos. Sin embargo, a pesar de que las aves son actualmente el grupo de animales más utilizado en diversos aspectos de la Biología —Conducta, Ecología— y, además, tan diversas estructuralmente que la mayoría de los órdenes y familias pueden ser reconocidos fácilmente, parece ser paradójico el hecho de que la clasificación de los grupos mayores sea motivo de fuertes discusiones con opiniones encontradas. Al parecer, la misma diversidad estructural, la extinción de grupos intermedios y un registro fósil muy fragmentario, impiden determinar fácilmente las relaciones entre los taxa superiores (Sibley y Ahlquist, 1972) y la postulación de las posibles relaciones filogenéticas (genealogía, polaridad y divergencia evolutivas).

Existe un consenso general, aceptado por todos o casi todos los taxónomos, en el sentido de que algunos grupos dentro de la Clase Aves pueden ser reconocidos fácilmente siendo sus características tan evidentes, que no hay lugar a dudas acerca de su situación taxonómica. Tal es el caso de el grupo de Archaeornithes (Archaeopteryx), y de los dos ensambles mayores de aves actuales y fósiles, Passerinos y No-passerinos. Pero a partir de estas concepciones, tácitamente aceptadas, el empleo de diferentes filosofías y metodologías taxonómicas han traído como resultado clasificaciones diametralmente opuestas, a veces, respecto a opiniones acerca de las relaciones filogenéticas entre los grupos que, al fin de cuentas, es el objetivo central de cualquier clasificación de referencia para los organismos. Sin embargo, siempre se ha cuestionado la relativa estabilidad de la clasificación y la falta de aceptación al cambio existente entre la mayoría de las taxónomos tradicionales (Olson, 1981; Raikow, 1985; Phillips, 1983).

El problema se visualiza claramente analizando el número de órdenes de aves actuales que proponen los sistematas desde mediados del presente siglo: v. Gr., Stresseman (1959), Wetmore (1960) y Cracraft (1981); todos ellos como representantes de varias escuelas y pensamientos en Sistemática. No es ésta la principal fuente de discrepancia, lo es aún más el arreglo secuencial de las familias y la colocación de algunos grupos problema dentro de ella (e.g.: Phoenicopterus, Opisthocomus).

El objetivo principal de esta revisión es analizar las diferentes metodologías y concepciones en Sistemática acerca de las relaciones entre los taxa superiores de las aves (órdenes y familias) y que han resultado en la proposición de diferentes clasificaciones, la mayoría de ellas bajo el rubro de buscar una clasificación “natural”, que refleje las relaciones filogenéticas entre los grupos.
 
Orígines de la taxonomía y las taxonomía tradicionales
 
El hombre es, por naturaleza, un animal clasificatorio que presenta una tendencia a agrupar las cosas de su universo de acuerdo a similitudes morfológicas, conductuales o de otros tipos, o a separarlas por sus discontinuidades, formando unidades directas que pueden ser reconocidas y denominadas (Raven, Berlin y Breedlove, 1971). Esta es una de las bases de las diferentes taxonomías tradicionales o taxonomías “folk”, las cuales, de un modo y otro, han funcionado de una manera similar al que el desarrollo histórico y metodológico de la taxonomía científica formal ha proseguido. El estudio de las taxonomías folk se refiere al conocimiento de los principios generales de las clasificaciones biológicas en el pensamiento precientífico (Berlin, 1973).

En diferentes estudios realizados con grupos indígenas en México (tzeltales), Sudamérica (guaraníes), Asia (Hanunóo de las Filipinas), Norteamérica (navajos) y Oceanía (Fore de Nueva Guinea), se han percibido principios similares en el ordenamiento y categorización de unidades o grupos naturales. En aquellos grupos étnicos en que se ha llegado a profundizar acerca de los principios que rigen sus sistemas taxonómicos y nomenclaturales, se han detectado los siguientes patrones generales (Raven, Berlin y Breedlove, 1971):
1) Se advierten en todos los lenguajes grupos naturales discontinuos que son fácilmente reconocidos (taxa).
2) Esos taxa se agrupan en un menor número de clases, conocidas como categorías taxonómicas etnobiológicas (variedad, especie, género, forma de vida e iniciador único).
3) Estas categorías anteriores se arreglan jerárquicamente y los taxa asignados a cada rango o categoría son mutuamente excluyentes.
4) Un taxón que se encuentra en la categoría de “iniciador único”, generalmente no está denominado (p.e. planta o animal).
5) Los taxa miembros de la categoría “forma de vida” son pocos en número (generalmente hasta 10) e incluyen a la mayoría de los taxa denominados de menor rango.
6) Los taxa genéricos son más numerosos que los de “forma de vida”, aunque grupos de especial interés o muy aberrantes pueden no estar incluidos en alguno de ellos.
7) Los taxa de especie y variedad son menos numerosos que los taxa genéricos, además son generalmente bi o trinomiales con el genérico o específico al que pertenecen.
8) Los taxa intermedios son aquellos que se incluyen inmediatamente en una categoría de forma de vida e incluyen inmediatamente taxa genéricos. Son raros en las taxonomías tradicionales.
 
Los principios se encuentran generalmente en muchas culturas pero hay algunas excepciones.

Partiendo de estos principios de agrupamiento de formas similares y nominación de taxa se entienden los principios seguidos por los primeros sistematas precientíficos como Teofrasto y Dioscorides, principalmente en lo referente a clasificaciones botánicas basadas en el uso de las plantas y sus propiedades de una limitada región.

A partir de las grandes exploraciones de los siglos XV a XVII, un gran número de formas de vida antes desconocidas fueron puestas a disposición de los naturalistas, los cuales encontraron que los arreglos hechos por los autores antiguos eran insuficientes ante la cantidad de nuevos taxa que se presentaban.

El fundador de la sistemática “moderna”, Carlos Linneo, utilizó en sus principios nomenclaturales un sistema similar al seguido por las taxonomías folk, siendo diferenciado de éstos en que sus arreglos tenían que ver con un número mucho mayor de especies (aunque similar en número en sus primeras clasificaciones al de algunas clasificaciones folk como la maya Tzeltal o de Yucatán, 400 a 800 especies). La comprensión de un sistema tan complejo fue facilitada mediante la creación de categorías extra (familia, orden, clase, etc.) las cuales permiten una rápida memorización y una comprensión más sencilla de los grupos de los cuales se habla. La creación de estas categorías tardó casi 100 años entre Tournefort y mediados del siglo XIX.

Un sistema de taxonomía folk esta diseñado no para obtener información, sino para comunicar algo de los organismos en cuestión y dirigido a gentes que tienen conocimiento previo de las propiedades y atributos de ellos. Una de las tendencias actuales de las clasificaciones es tratar de obtener información a partir de esos esquemas de clasificación, objetivo que rara vez se alcanza (Raven, Berlin y Breedlove, 1971).
Las aves son un grupo muy conspicuo y de gran importancia estética o alimenticia, por lo cual es un buen ejemplo para ilustrar diferentes aspectos de las taxonomías tradicionales, las cuales, como ya se ha había mencionado, comprenden principios muy similares a pesar de las distancias geográficas y lingüísticas.

En el trabajo efectuado con la tribu Fore de Nueva Guinea, Diamond (1966) encontró que existen varias categorías altas (tabe aké), que incluyen a varias categorías menores o amana aké; una de estas categorías superiores incluye a las aves en general (kábara) y otra (ámanani) incluye solamente al casuario (Casuarius), un ave muy aberrante. Dentro del grupo que contiene a las aves en general, los Fores reconocen 110 amana aké mientras que los zoólogos reconocen 120 especies, las cuales corresponden en 93 casos una a una; en 4 casos existe un nombre diferente para machos y hembras. Esto nos habla de la gran capacidad de reconocimiento de especies que poseen los habitantes de las diferentes regiones, llegando a veces a dar el nombre genérico correcto a especies que habitan otros lugares fuera de su área (Diamond, op cit.).
El estudio realizado con los indígenas de lengua amuzga habitantes del oeste de Oaxaca, llevó a conclusiones similares acerca de la clasificación de la avifauna regional. El estudio realizado por Cuevas-Suárez (1985), mostró la importancia de la onomatopeya y de las relaciones cercanas de los amuzgos con las aves, ya sea por alimento o porque les son de importancia cultural, en la clasificación que hacen de ellas.

La clasificación amuzga de las aves contiene como inicio un término que agrupa a todas las aves (kinsa = pájaros), que se refiere a un taxa “forma de vida”. Como subdivisión de este grupo, existen 3 taxa intermedios, uno que se refiere a todas los pájaros (kinsa), otro que agrupa a los patos (kitha) y uno sin nombre que incluye a las aves que no caen en ninguno de los dos anteriores (Cuadro 1). A su ves, el tacón kinsa es subdividido en 9 taxa genéricos, tres de los cuales no tiene nombre; el taxón kitha es subdividido en 2 genéricos y el tercer taxón intermedio se divide en 5 genéricos (Cuadro 1).

Los taxa genéricos son los más importantes psicológicamente para los amuzgos, pues son los más utilizados y más fáciles de mencionar, además de ser los primeros en ser aprendidos (Cuevas-Suárez, 1985). Una de las características por las que los amuzgos hacen su clasificación es el alimento, pues de esto depende la utilidad que las aves tengan para el individuo o sus cultivos (Cuevas-Suárez, op cit.).

El conocimiento de las aves que tienen los amuzgos se refleja tanto en la gran proporción de nombres derivados de los sonidos naturales de los animales (onomatopéyicos), como en el conocimiento que poseen de la anatomía y biología general de ellos (Figura 1).
 
Historia de la clasificación de las aves
 
Una síntesis muy completa y excelente acerca de la historia de la clasificación de la Clase Aves existe en los trabajos de Sibley (1970) para las Passeriformes, y Sibley y Ahlquist (1972) para las no-Passeriformes, de los cuales es conveniente hacer un pequeño extracto.

Las raíces de la clasificación de las aves dentro de un marco filosófico se encuentran en los pensadores clásicos, Aristóteles y Plinio; sin embargo, pasado el medioevo, los primeros que la afrontan con una metodología crítica enfocada desde un punto de vista lógico y jerárquico son Willughby y Ray (1676) en su obra Ornithologiae, cuyo valor principal radica en que comprende a todas las aves conocidas en su época. La principal división que hace es en “aves terrestres” y “aves acuáticas”, cada una de las cuales tiene subdivisiones de acuerdo a otros caracteres.

El esquema de Willughby y Ray, ligeramente modificado es seguido por Linneo en el Systema Naturae (1758-59). El sistema Linneano para el arreglo de los grupos, a su vez, fue la pauta para la mayoría de los sistématas entre éste y la aparición del Origen de las Especies (Darwin, 1959), de tales seguidores se cuentan a Buffon, Q. Cuvier, Brisson y Vieillot, entre otros.

Buffon (1854) sigue el esquema clasificatorio de Linneo y de Cuvier (Regne Animal, 1817), argumentando que “Cuvier mismo ha venido a darle mayor solidez (al sistema clasificatorio de Linneo), enlazando en su Regne Animal los antiguos conocimientos con las nuevas investigaciones” (Buffon, op cit. 39). El sistema de Cuvier divide a las aves en 6 órdenes: Aves de Rapiña, Pájaros, Trepadoras, Gallináceas, Zancudas y Palmípedas, subdividiéndolas en familias y géneros (Cuadro 2).

C. L. Nitzch (1840) fue uno de los primeros en investigar la utilidad taxonómica de otros caracteres, aparte de los caracteres morfológicos clásicos, como la pterilografía, que consiste en el estudio del arreglo y disposición de los tractos de plumas o pterilae.

La influencia de George Robert Gray se dejó sentir en la ornitología del siglo XIX e, inclusive, algunos de los ordenamientos sistemáticos propuestos por él en su obra List of the Genera of Birds (1840) siguen vigentes hasta la fecha. La obra está basada en caracteres morfológicos externos, pero ha servido como una guía para el ordenamiento de colecciones de museos y organización de las evaluaciones faunísticas.
Buscando un marco teórico diferente, algunos ornitólogos aceptaron las ideas del entomólogo Mac Leay, llamado Sistema Quinario, el cual partía de la base teórica de que cada grupo natural consistía de cinco subgrupos, arreglados en un círculo y exhibiendo afinidades con otros grupos arreglados de manera similar. En otro sistema, los grupos eran representados en un arreglo en forma de estrellas (Figura 2). La teoría quinaria cayó por su propio peso mucho antes de que Darwin presentara principios sólidos para la Biología y Sistemática.

Otros intentos de establecer y representa gráficamente las relaciones entre grupos de aves provino de los trabajos de Strickland (1841) (Figura 3) y Wallace (1856), el primero siguiendo la tendencia de los Quinaristas, y el segundo (Figura 4) argumentando que el proceso de representar las afinidades hace difícil reconocer grupos grandes.

Mientras que los pre-Darwinistas carecían de un concepto unificador y dependían de los caracteres externos para la sistematización de los grupos, la aparición del Origen de las Especies sirvió para dar ese enfoque teórico a la evolución, para buscar la evidencia de ancestría común y el reconocimiento de la evolución convergente y sus efectos y, por lo tanto, a buscar evidencia adicional que permitiera interpretar las similitudes morfológicas.

Uno de los científicos que abrazaron con mayor entusiasmo los pensamientos de Darwin fue Thomas H. Huxley, y sus ideas acerca de la clasificación de las aves han tenido gran impacto hasta nuestros días. Su más famosa contribución la constituye la clasificación de los tipos de paladar, siendo éste el primero de una serie de intentos de búsqueda de caracteres indicativos de las relaciones entre los taxa superiores de las aves (Huxley, 1867). Dentro de esta tendencia se encuentran también los trabajos del anatomista Alfred Henry Garrod, especialmente aquellos referentes a la fórmula de los músculos y la pelvis, aún utilizados para diagnosticar algunos órdenes y familias, los huesos nasales y los tendones plantares (Garrod, 1873, 1873ª, 1874, 1875).

Una obra monumental se produjo en los años 1874-1898, el Catalogue of the Birds in the British Museum, en el cual colaboraron con sus ideas sistemáticas los ornitólogos europeos más renombrados de la época: Osbert Salvin, Ogilvie-Grant, P. L. Sclater y, principalmente, Richard Sharope, entre otros. Los primeros volúmenes muestran una fuerte influencia de las ideas de Sharpe, basados en las ideas propuestas por él mismo y por Sclater (1880), quien apoya sus observaciones en los trabajos previos de Garrod y Huxley.

El ornitólogo alemán Máx Fürbinger (1888) hizo un aporte muy grande a la sistemática de la Clase Aves, presentando dos volúmenes aceren de anatomía y clasificación del grupo. Sin embargo, esta obra aparentemente limitada en su difusión —por estar en alemán— no tuvo el impacto que se esperaba entre los ornitólogos ingleses y americanos.
Hans Gadow, alumno de Fürbinger, tradujo las obras de éste y, además, propuso nuevas ideas en la clasificación, utilizando las ideas de su maestro. Gadow se valió de 40 caracteres para determinar la relación entre los grupos, en lugar de los 51 usados por Fürbinger, dentro de varios grupos principales: desarrollo, esqueleto, integumento, músculos, siringe, arterías carótidas, órganos digestivos y otros caracteres llamadas “ocasionales”, referidos a caracteres de conducta, coloración, entre otros. La clasificación de Gadow pretendía hacer un análisis crítico del valor que los diferentes caracteres poseen, como él mismo lo explica (1892):
“El autor de una nueva clasificación debe establecer las razones que lo han llevado a la separación y agrupamiento de las aves conocidas para él. Esto significa no sólo simplemente enumerar las caracteres que empleo, sino decir cómo y por qué los utilizó…”
 
La clasificación de Gadow fue elaborada con un tipo primitivo de taxonomía numérica, en la cual los caracteres eran representados en tabulaciones con un símbolo número. Las aves fueron agrupadas previamente en familias, y las relaciones entre ellas eran expresadas de acuerdo al número de caracteres que compartían.

La clasificación de Gadow fue seguida en sus lineamientos generales por Ridgway (1901-1950) en su obra Birds of North and Middle America, posteriormente por Cory, Hellmayr y Conover (1918-1949) en su Catalogue of Birds of the Americas, siendo aceptado posteriormente por la American Ornithologist’s Union (AOU) para su Check-list of North American Birds en 1931 y por Peters et al. (1931-1978) para su Check list of the Birds of the World (Phillips, 1983), y sigue vigente hasta nuestros días, de modo que el ordenamiento que propone es el seguido por la mayoría de los sistematas “clásicos”; así, el mismo Wetmore (1930:1) acepta que el punto de partida de la clasificación que propone es el trabajo de aquel, y que cualquier modificación encontrada se justifica por las nuevas investigaciones y ”…el esquema presentado trata de ser lo más conservativo posible.”

Este punto de vista conservativo, ha sido el denominador común de las clasificaciones de las aves, en su mayoría, propuestas en este siglo. De hecho, los arreglos de grupos mayores propuestos por Gadow (1893), Mayr y Amadon (1951), Wetmore (1960), y Storer (1971) son virtualmente idénticos. Siendo estas últimas las más aceptadas en el consenso general de los ornitólogos, y enriquecidas por las ideas de los propios autores y las nuevas investigaciones.

Las tres escuelas taxonómicas modernas, evolucionista, cladista y feneticista, también en sus fundamentos y metodologías científicas. Llevadas estas diferencias al terreno de la clasificación de las aves, se han obtenido puntos de vista muy diferentes provocando grandes discusiones en los últimos 20 años.
 
El enfoque evolucionista
 
El aspecto dominante dentro de las diferentes clasificaciones propuestas para la clase aves, es el intento de búsqueda de un esquema clasificatorio que refleje las relaciones de los grupos, y el marco teórico más importante lo propone la escuela evolucionista.

La teoría de la clasificación evolutiva, propuesta por Darwin, en forma primaria, delimita los taxa en base a dos consideraciones: ancestría común y divergencia subsecuente. Su método es inferir relaciones, con una evaluación a posteriori de la similitud, que es, esencialmente, lo que los grandes maestros de la taxonomía han practicado por más de 100 años (Mayr, 1976).

La tendencia actual de la escuela evolucionista, o “ecléctica” (Raikow, 1985) representada en el campo de la Ornitología principalmente por Ernst Mayr, se resume argumentando que ha tomado lo mejor de la escuela feneticista y lo mejor de la cladista, dejando a un lado dogmas como el que todos los caracteres tienen el mismo valor, o que sólo hay un proceso en la evolución, la formación de ramas (Mayr, op cit.).

La mayor crítica hacia la escuela evolucionista ha sido hecha en función de su flexibilidad en el concepto de construir una clasificación (Raikow, 1985). El mismo Mayr argumenta que aún conociendo la filogenia perfectamente, es posible crear diferentes clasificaciones, porque los taxa deben consistir en agrupamientos de especies que, se infiere, están más relacionados genéticamente unos con otros que con otras especies en otros grupos; esto permite innumerables ajustes para que en la delimitación de los taxa pueda facilitarse la recuperación de información (Mayr, 1976).

Sin embargo, las clasificaciones “clásicas” utilizadas a partir de la década de los treinta descansan en aquellos arreglos sistemáticas propuestos por Gadow y Fürbinger, que a su vez son básicamente morfológicos en su concepción. Desde luego que ello se debe, en gran parte, a la existencia de numerosos ejemplares en los museos, lo que hace posible un muestreo bastante completo de la variación de los caracteres a un nivel individual, geográfico e intertaxa; además, las estructuras externas son susceptibles de ser estudiadas bajo el punto de vista de la morfología funcional (Short, 1976). La mayoría de los taxónomos clásicos se oponen al uso de nuevos caracteres, que son pobremente entendidos, complicados o que requieren de equipo sofisticado para su análisis (e.g. electroforesis).

Stressemann (1959), enfatiza que a pesar de que se han hecho enormes esfuerzos para crear un sistema que especifique con precisión el grado de relación filogenética de los grupos, los diferentes puntos de vista de los sistematas han llevado a concepciones muy distintas de las clasificaciones que se construyen; enfatizando que: “…el investigador de la filogenia de las aves se debe basar en muchas pistas indirectas y ambiguas”.

La clasificación planteada por Stressemann (1959), propone un esquema con 51 órdenes, a diferencia de los 25 a 27 que sugieren Mayr y Amadon (1951), Wetmore (1960) o Storer (1971), dejando abierto el análisis acerca de las relaciones entre ellos. Las modificaciones principales que propone se refieren a la subdivisión de las Gruiformes y Coraciiformes en varios órdenes, los cuales corresponderían a los subórdenes o superfamilias de las otras clasificaciones (Cuadro 3).

La serie de clasificaciones propuestas por Wetmore (1934, 1940, 1951 y 1960) son una gran aportación al conocimiento de las relaciones filogenéticas de los grupos mayores, sobre todo tomando en cuenta la importancia que les da a los fósiles puesto que: “… sólo a través de lo que se sabe de las formas extintas podemos llegar a un agrupamiento lógico de las especies que los naturalistas han visto en estado vivo” (Wetmore, 1951). La adición de nuevos datos que afectaban el arreglo de familias y grupos mayores, especialmente en lo referente a las formas fósiles y al arreglo y relaciones de las Passeriformes llevan al autor a proponer una clasificación (Wetmore, 1960), aparentemente más estable y que: “… al principio traerá cambios en las designaciones de familias y grupos mayores de aves” (op cit.).

Este esquema de clasificación (Cuadro 4) se constituyó en el más aceptado por la mayoría de los ornitólogos, siendo muy parecido el propuesto previamente por Mayr y Amadon (1951) y los anteriormente propuestos por el mismo Wetmore. Su importancia radica en un arreglo conservador, que además incluye nuevos datos acerca de las relaciones de los grupos, basado, sin embargo, en las contribuciones de Gadow como el mismo Wetmore (1930) lo expresó.

La clasificación de Mayr y Amadon (1951) refleja un sistema evolucionista puro, explicando que las relaciones de los grupos de las aves tal vez nunca sean conocidas satisfactoriamente (op cit.: 2), y que los órdenes actuales son tan sólo ramas terminales de un gran árbol filogenético muy ramificado, por lo cual no tiene sentido decir la secuencia exacta en que son enlistados. Ellos utilizan los nombres antiguos de los órdenes.

Bajo un enfoque clásico, típicamente evolucionista como los anteriores, Storer (1971) propone una clasificación, a su vez muy similar a las otras, dentro de una escuela Mayriana. Argumenta que los taxas superiores se arreglan de acuerdo a la reconstrucción de su historia evolutiva, enriqueciéndola con datos de paleoecología y zoogeografía. Sin embargo, su concepción del agrupamiento es tan flexible que justifica la subdivisión de grupos con gran cantidad de especies en Tribus, mientras que no lo hace para grupos con pocas especies, aunque haya evidencia morfológica que lo apoye.

Es bajo este panorama que las actuales clasificaciones se manejan. Sin embargo, nuevas corrientes metodológicas y nuevos descubrimientos e interpretaciones paleontológicas y filogenéticas han revolucionado el esquema clásico. Analicemos algunas de estas ideas.
 
El enfoque de la escuela cladista
 
A pesar de que la mayor parte de los debates acerca de las metodologías sistemáticas se habían llevado a cabo fuera del terreno de la Ornitología (Olson, 1982), es Joel Cracraft (1981) el que invade este campo con una serie de análisis cladistas acerca de la filogenia de ciertos grupos de aves, y que culmina con la proposición de una nueva clasificación de toda la clase.

Es muy cuestionable, desde el punto de vista de Cracraft, el consenso general que existe acerca de las relaciones entre los taxa superiores de las aves; esto se refleja en la disparidad de las clasificaciones publicadas con la verdadera filogenia del grupo, por lo que las clasificaciones difícilmente pueden llamarse filogenéticas (Cracraft, 1972).

El problema no es la clasificación en sí misma, sino el razonamiento y estudio de la filogenia, sin olvidar que la primera depende sustancialmente de la segunda, al menos en las teorías taxonómicas que consideran la evolución. Es posible que para la mayoría de los ornitólogos las afinidades filogenéticas entre las familias de aves estén bien entendidas, lo que aparentemente se puede desprender de la mayoría de las clasificaciones utilizadas. Sin embargo, mientras que por un lado se acepta la clasificación de las aves como un sistema estable, por otro se argumenta que las relaciones filogenéticas no están bien entendidas y necesitan una revisión mayor. ¿Es acaso que la mayoría de los autores han sacrificado la filogenia en favor de un sistema estable? (Cracraft, 1972).

La mayoría de los biólogos están de acuerdo en que una clasificación debe reflejar el patrón del orden que subyace en la diversidad, y la cual está dada por la historia evolutiva del grupo (Raikow, 1985).

Para establecer las relaciones filogenéticas de los grupos, Cracraft utiliza las ideas de Hennig (1966) llamada Sistemática Filogenética o Cladistica, argumentando que se trata de la escuela que contiene los métodos más adecuados pare determinar la filogenia dentro de los taxa supraespecíficos mediante la evolución de los estados de carácter únicos a ese linaje, la ramificación dicotómica y la compartición de caracteres primitivos y derivados (plesiomórficos y apamóficos) entre grupos hermanos.

El principal problema en este punto se refiere a la metodología para determinar el estado primitivo o derivado del carácter, aceptándose más la comparación con el grupo externo o análisis de distribución del estado del carácter, siempre y cuando se esté trabajando en el mismo nivel jerárquico y con el grupo más cercanamente relacionado (grupo hermano).

La nueva clasificación propuesta por Cracraft (1981) parte de la suposición de que la mayoría de los órdenes y familias reconocidos son monofiléticos, pero no así el ordenamiento dentro de los órdenes pues no se ha desglosado la similitud en sus componentes primitivo y derivado. Esta clasificación no es inmutable (op cit.: 685) y está sujeta a cambios con el trabajo futuro.

La ventaja de usar un método filogenético (cladístico) radica en que sirven para elaborar hipótesis más precisas acerca de la composición de los grupos naturales (Cracraft, 1981), y tiene una ventaja sobre el sistema tradicional o ecléctico, ya que se basa en la filogenia y todos los taxa son estrictamente monofiléticos y categorizados por un solo método (Raikow, 1985).

Puesto que la clasificación de Cracraft involucra una gran cantidad de caracteres, es necesario crear nuevas categorías taxonómicas, reconociendo solamente 20 órdenes (Cuadro 5).

Varios aspectos de la clasificación propuesta por Cracraft fueron criticados duramente por Olson (1982), con base en la propia metodología cladista propuesta por Hennig (1966), argumentando algunas dudas acerca de la monofilia de los grupos (estrictamente las Divisiones), una mala interpretación de las relaciones a partir de los fósiles (e.g. la relación entre Ciconiidae y Cathartidae con base en Neocathartes), el nulo contenido informativo de la clasificación, falta de ajuste al Código de Nomenclatura Zoológica y la elevación de los grupos muy apomórficos a un nivel jerárquico mayor que el del grupo hermano (Olson, op cit.). Todos estos argumentos fueron respondidos por Cracraft (1983) de diversa manera.

Sin embargo, en la realidad, a pesar de que la metodología cladista propone un enfoque teóricamente aceptable, este primer intento de abarcar a todas las aves recientes fracasó, al incurrir en varios errores (metodología, desconocimiento de los caracteres y de evaluación de relaciones) como es la reunión de Strigidae en falconiformes, una unión desechada por los taxónomos desde hace mucho tiempo (Phillips, 1983).
El análisis cladístico en grupos de jerarquía mayor dentro de las aves ha sido efectuado por varios autores como Cracraft (1982a, 1982b) pero las Gruiformes y aves buscadoras extintas y fósiles, Mickevich y Parenti (1980) para las Charadriiformes, Raikow (1978, 1985) para los Oscines de 9 primarias, entre otros. Una correcta evaluación de los caracteres utilizados y un apego suficiente a los principios metodológicos puede llevar a una correcta interpretación de las relaciones filogenéticas mediante este tipo de análisis. (Figura 5).
 
La escuela feneticista
 
Por definición, la Escuela Feneticista construye las clasificaciones mediante la evaluación de la “similitud total”, un aspecto que los taxónomos que buscan un sistema natural han desechado porque provoca el obscurecimiento de las relaciones debido a la convergencia y el paralelismo.

La escuela feneticista moderna o Taxonomía Numérica sigue los postulados de Sneath y Sokal (1963), quienes integran las modernas técnicas de análisis multivariado y agrupación de características a la sistemática.

Algunos trabajos feneticistas realizadas en aves han apoyado o corroborado hipótesis taxonómicas de alocación de especies en géneros, como en el caso del trabajo de Ackerman (en: Selander, 1971) con base en el análisis de agrupamiento de ciertas medidas del llamado Índice de Mahalahonis.

Un estudio fenético del suborden Lari (gaviotas y sus afines) con base en ciertas características morfológicas y osteológicas de los adultos (Schnell,1970), fue comparado con un cladograma elaborado por Moynihan (1959), y algunos de los agrupamientos formados tuvieron congruencia. Sin embargo, no es posible evaluar la metodología feneticista a la luz de la búsqueda de relaciones filogenéticas de los grupos.
 
Contribuciones de la bioquímica y la genética
 
En la búsqueda de nuevos caracteres que pudieran ser utilizadas como buenos evaluadores de la filogenia, han sido integrados los recientes avances de las técnicas de estudio de la “anatomía comparada” de proteínas y ácidos nucléicos al análisis de algunos problemas sistemáticos particulares en las aves, e inclusive a tratar de definir la filogenia de los grupos mayores.

Las primeras aportaciones en este campo fueron en el sentido de determinar el grado de parentesco entre poblaciones en términos de números totales de sustituciones alélicas en loci genéticos (Selander, 1971).

Las técnicas más utilizadas para establecer relaciones filogenéticas con base en evidencia bioquímica provienen del análisis comparativo de los patrones electroforéticos de proteínas en la clara de huevo (Sibley, 1970; Sibley y Ahlquist, 1972, 1973), separan de las proteínas de las plumas (Brush, 1976), técnicas inmunológicas (Wilson et al., 1977), análisis del DNA mitocondrial (Kessler y Avise, 1984) y el análisis de la hibridización DNA-DNA (Sibley y Ahlquist, 1983 y 1986). Estas técnicas, especialmente la electroforesis de proteínas, han sido cuestionadas por su falta de precisión derivada de la propia metodología (Brush, 1979). Sin embargo, algunos autores han apoyado la utilización de este tipo de caracteres en función de estar menos sujetos a convergencia que los caracteres morfológicos (Lanyon, 1985).

Los trabajos de Sibley y Ahlquist citados critican el uso de caracteres morfológicos, pues se sujetan muchas veces a homoplasias. Las premisas que toman para la interpretación de sus datos son: que un patrón de corrimiento similar indica una relación cercana y, que la información genética está codificada en la secuencia de nucleótidos del DNA. Como la secuencia es traducida en proteínas, las proteínas son mensajes genéticos de la secuencia de nucleótidos (Sibley y Ahlquist 1970).

La interpretación taxonómica de los patrones electroforéticos descansa principalmente en el hecho de que no se produzca variación por desnaturalización de la muestra, por diferencias en la concentración o por falta de precisión de los aparatos. Si existe, evitando lo anterior, una diferencia en el número de proteínas o en su movimiento, esto se interpreta como taxonómicamente significativo.

Los trabajos elaborados por dicha técnica han servido para apoyar algunas hipótesis filogenéticas entre los grupos de status dudoso, o bien, a veces para proponer nuevas hipótesis como, por ejemplo, la alocación sistemática de Zeledonia y Opisthocomus (Sibley, 1970; Sibley y Ahlquist, 1973) (Figura 6). Sin embargo, actualmente no se realizan trabajos filogenéticos utilizando este tipo de evidencia dado que no respondió a la necesidad de un entendimiento de la filogenia.

Los mismos autores han tratado de encontrar evidencia bioquímica de las relacionan filogenéticas de las aves en la técnica de hibridación del DNA-DNA (Sibley y Ahlquist, 1983), mediante el cual, proponen, se puede reconstruir el patrón de ramificación de las linajes mayores de aves.

La técnica consiste en medir la diferencia promedio entre los DNA de especies representativas de los grupos mayores, y utilizar esos datos en la elaboración del árbol filogenético. Esta filogenia reconstruida, asumiendo que el patrón de ramificación y la fecha de cada evento de ramificación (cladogénesis) pueden inferirse de los datos obtenidos, da la pauta para una clasificación de las aves basada en sus relaciones genealógicas.

Es importante en esta metodología, el que se haya asumido la consideración de que el cambio genético en la historia evolutiva sea principalmente divergente y se lleve a cabo a una velocidad constante (Sibley y Ahlquist, 1986). Algunas de estas generalizaciones han sido criticadas duramente por algunos autores bajo el enfoque de que rara vez se han hecho pruebas para demostrarlas (Houde, 1987) y existe aún mucho escepticismo acerca de la utilización de estos caracteres en lugar de los tradicionales morfológicos. Pero la técnica puede sobrevalorar la cantidad de cambio o divergencia interpretándola como ramificación.
La aplicación de este tipo de análisis a algunos grupos grandes como las Suboscines (Sibley y Ahlquist, 1985), Piciformes y Passeriformes (Sibley y Ahlquist, 1985), lleva algunas veces a cambios sustanciales en la clasificación (Figura 7), o a proponer nuevos esquemas de clasificación, por ejemplo, las Pelecaniformes, pingüinos y tubinares (Sibley y Ahlquist, 1986b). Es por eso que, a pesar de las críticas, la técnica ha sido recibida con beneplácito por muchos taxónomos como fuente valiosa de caracteres filogenéticamente importantes.

Las técnicas citogenéticas, ampliamente usadas en los estudios sistemáticos de mamíferos (e.g. Gardner, 1977; Carleton, et al., 1982), y reptiles, no han sido muy fructíferos cuando se aplican a las aves, posiblemente debido a que son grandes las dificultades técnicas que se presentan a causa de la gran cantidad y pequeño tamaño de los cromosomas (microcromosomas), además de que es aún muy poca la cantidad de especies de las cuales se han hecho cariotipos. Sin embargo, algunos patrones generales de importancia filogenética han sido encontrados, tal es el hecho de que grupos jóvenes que están experimentando radiación adaptativa, como los Passeriformes, son cariotípicamente más variables que grupos viejos filogenéticamente, por ejemplo, los patos, búhos y grullas (Shields, 1982).

Las investigaciones acerca de la variación genética de las aves en relación a la sistemática y a los mecanismos evolutivos, utilizando la técnica de electroforesis, se han estado desarrollando desde muy recientemente (Barrowclough et al., 1985). Sin embargo, sus principales aportaciones a la sistemática están dentro del nivel específico y sus relaciones (e.g. Gutiérrez, Zink y Yang, 1983, en las Galliformes).
 
Una clasificación natural
 
Después de explorar los diferentes puntos de vista y metodologías que intentan obtener un alto grado de precisión en las relaciones filogenéticas de los grupos mayores de la clase Aves, se llega a la conclusión, en la que están de acuerdo gran cantidad de autores, de que el esquema de clasificación de las aves no representa las relaciones filogenéticas dentro del grupo (Cracraft, 1981; Olson, 1981, 1985; Raikow, 1985).

Por otro lado, observamos que los arreglos taxonómicos “estandarizados” y utilizados en la actualidad (AOU, 1983, por ejemplo), continúan utilizando un arreglo conservador y parsimonioso al que incorporan tan sólo algunos cambios en grupos tradicionalmente complejos en su alocación sistemática: los flamencos (Phoenicopteridae), atrapamoscas del viejo mundo (Muscicapidae) y gorriones, calandrias y sus afines (Emberizidae).

Conforme mayor evidencia, y de más diversas fuentes, se está acumulando, puede advertirse que son necesarios cambios radicales a la clasificación, y estos cambios, debidamente documentados, deben ser integrados de modo que se esté más cerca cada vez del sistema “natural” para el cual tantos esfuerzos se han dedicado por no menos de 200 años. Si se considera, además, que las aves han sido, tradicionalmente, el grupo en el que se han basado gran parte de las generalizaciones o teorías ecológicas y biogeográficas se debe comprender, que no es posible adolecer de exactitud en la interpretación de las relaciones filogénicas del grupo.

Un gran énfasis debe ser puesto en los estudios anatómicos y anatomo-funcionales, los cuales, correctamente usados, han probado ser muy valiosos en la solución de problemas dentro de grupos dudosos como los Coerebidae (Beecher, 1951) y Charadriiformes (Zusi, 1984), o para establecer relaciones entre grupos que tradicionalmente se habían considerado no emparentados como los flamencos y las aves de playa (Olson y Feduccia, 1980); los buitres del Nuevo Mundo (Gathartidae) y las Cigüeñas (Ciconiidae) (Ligon, 1967; Olson, 1985); o la eterna discusión de la colocación del Hoatzin (Opisthocomus) (Sibley y Ahlquist, 1973). Pero tampoco se debe desechar la gran importancia que están adquiriendo pruebas bioquímicas, en especial la hibridación del DNA, como indicadores de relaciones filogenéticas, esto es, como generadores de hipótesis, aunque no como demostración.

Consideramos que sería un grave error, sin embargo, concentrar los estudios sistemáticos solamente a la semejanza anatómica o la bioquímica, por más finas que se quieran hacer. Un análisis global de las caracteres en juego, sean de la fuente que sean, enriquece la discusión y el mismo contenido de una clasificación. Y, si además se apoya en un patrón metodológico que ofrezca las mejores oportunidades de análisis de los aspectos filogenéticos, como podría ser el cladismo, el avance científico sería invaluable. Dicho por Wyles et al. (1983): “la comparación de datos anatómicos, conductuales y moleculares, por ejemplo, pueden dar un panorama acerca de los procesos que gobiernan el cambio evolutivo”.
 
 
 
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________________________________________      
Adolfo G. Navarro S.
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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Isabel Puga      
               
               
Si usted tiene intenciones de capturar a un criminal,
puede recurrir a la técnica de bosquejar su retrato hablado. Con esta finalidad, procurará que diversos testigos aporten rasgos sobresalientes de la fisonomía del delincuente. Posteriormente consultará los archivas de la policía dentro de los cuales tal vez se encuentre aquel sujeto que posee todas las cualidades de su bosquejo. Por supuesto que, si las cualidades que usted ha elegido para su bosquejo no son suficientes, corre el riesgo de culpar a un inocente. Moreno y con bigote son rasgos insuficientes para un crimen cometido en México. Pero un lunar en la frente o una cojera mejoran considerablemente la investigación.


El trabajo de caracterizar, para un matemático, es similar al del detective que bosqueja a un asesino: ambos buscan cualidades contundentes.
Número par, primo es una forma sofisticada de referirse al número 2. Lo interesante es que este par de propiedades caracteriza al 2. El 2 las tiene y él es el único número que tiene ambas.


A un topólogo le interesa caracterizar espacios topológicos. Con esta finalidad aguzará su ingenio para definir, inventar y descubrir las propiedades de un espacio de modo que este espacio sea el único que las posea.


Aproximadamente en los años 20 de este siglo, los Matemáticos Knaster, Kuratowski y Mazurkiewicz, en Polonia, y Moore en Estados Unidos trabajaron con espacios topológicos a los cuales hoy les llamamos continuos y establecieron teoremas fundamentales y encantadores. Es por esto que se les considera a ellos, fundadores de la teoría de Continuos. Más tarde —alrededor de los 50 y hasta la fecha, en algunos casos— nos encontramos con Moise, Bing y Jones también en E.U. quienes aportaron grandes volúmenes de teoremas.


La Teoría de Continuos es hoy, una rama viva de la Topología, una rama que produce resultados y en la cual se han destacado muchos otros matemáticos, además de los que mencionamos aquí.


Elegimos para este artículo tres caracterizaciones del arco y dos de la circunferencia. Con el fin de facilitar la exposición, reduciremos nuestro archivo a espacios que están contenidos en el plano (R2) o en el espacio tridimensional (R3).


Empezaremos por ver que dos conjuntos diferentes pueden ser lo mismo como espacios topológicos (equivalencia topológica). Intentamos —en seguida— dar una idea de que es una propiedad topológica pues estas propiedades son las que utilizaremos en la caracterización de nuestros dos personajes: el arco y la circunferencia.

1. Equivalencia  Topológica

Consideremos un arco A y un intervalo I (Figura 1).
La función f : A → I que manda x en f(a) es biyectiva y continua. Podemos verificar la continuidad, observando que al correr los puntos de A de un extremo a otro, f recorre los de I sin saltos. f21 : I → A también es biyectiva y continua. Cuando exista una función de un conjunto X, en otro, Y, con las propiedades anteriores diremos que X y Y son topológicamente equivalentes.


En particular un intervalo y un arco son lo mismo, topológicamente hablando.


Los conjuntos pueden aparecer transformados, topológicamente, en otros muy inesperados. Por ejemplo, una esfera hueca sin el polo norte, no es más que un disfraz del plano y la función que tiene las propiedades que mencionamos al principio es la proyección estereográfica f (Figura 2).


Si trazamos una recta que pase por N, ésta intersecta a la esfera en x y al plano en f(x).


Una forma más práctica de pensar en equivalencia topológica es imaginarnos que alargamos, achicamos o deformamos un conjunto, sin pegar dos de sus puntos ni romperlo. Obtenernos así otro equivalente a él. Por ejemplo, podemos deformar un disco D en un conjunto A y viceversa, (Figura 3a) como si fueran laminillas de plastilina.
Para el caso de la esfera y el plano (Figura 2b) jalamos la esfera desde el polo norte y la vamos estirando hasta aplanarla. La línea punteada que corresponde al polo norte se distribuirá en el infinito.
Los conjuntos D y B en la figura 3b no son equivalentes. Hemos aplastado a D hasta pegar dos de sus puntos en uno solo (p). Esta es una deformación no permitida en equivalencia topológica.
Otra forma —muy usual en topografía— de convencerse de que D y B son diferentes es verificar que alguno de los dos tiene una cierta propiedad topológica y el otro no. Si a B le quitamos p, partimos al conjunto en dos piezas, es decir lo desconectamos, mientras que ningún punto de D tiene esta propiedad.


La Conexidad es una propiedad topológica.
Tenemos otro ejemplo similar al anterior con un intervalo I y una circunferencia a la que llamaremos S. (Figura 4).


Imaginamos que I es un hilo. Para transformar I en S será necesario pegar sus extremos. Y viceversa. Si queremos convertir S en I tendremos que romper. Aparece, también el argumento anterior. Si a I le quitamos p, lo desconectamos; en tanto, ningún punto de S tiene esta propiedad.
Las conjuntos de la figura 5 son todos equivalentes a un intervalo y por lo tanto a un arco, y los de la figura 6 son equivalentes a una circunferencia.


El árbol A y el B de la figura 8 son equivalentes pero A y B no son equivalentes a C, ni a D y C y D no son equivalentes entre sí. Podemos verificar estas afirmaciones suponiendo que estos árboles están articulados. Por ejemplo, si el árbol A le jalamos la rama r hacia abajo, obtenemos B.


La equivalencia topológica permite a los conjuntos adoptar personalidades muy diversas. Por ejemplo un cubo, una esfera y un icosaedro (sólidos) son exactamente lo mismo para los ojos de un topólogo.

PROPIEDADES TOPOLOGICAS

Las propiedades topológicas son aquellas que permanecen invariantes a través de todas las “personalidades topológicas” que asuma un conjunto. Claramente el tamaño (área, volumen, longitud) no es una propiedad topológica ni lo es la posición de un conjunto en el plano o en el espacio. La conexidad y la dimensión sí son propiedades topológicas.


(Un conjunto es conexo si consta de una sola pieza).


En otras palabras, si dos conjuntos son equivalentes y uno es conexo, el otro también lo es y ningún conjunto de dimensión 2 podrá ser equivalente a uno de dimensión 3 (Figura 9).
La Compacidad es una propiedad topológica. Como dijimos antes, nuestros ejemplos son subconjuntos del plano o del espacio tridimensional. En estos casos, un conjunto es compacto cuando es cerrado y acotado (Figura 10).


Un conjunto es cerrado si contiene a todos sus puntos de acumulación (o puntos límites) y es acotado si hay una cota M ∈ R tal que u x u # M, donde x es cualquier elemento del conjunto.


A un conjunto compacto y conexo se le llama continuo. De aquí en adelante nuestros conjuntos serán continuos.

 

PROPIEDADES QUE CARACTERIZAN A UN ARCO Y UNA CIRCUNFERENCIA

Separadores

Ya vimos antes,(Figura 4) que si a un arco le quitamos uno de sus puntos, que no es extremo, el resultado es un conjunto no conexo. Esto quiere decir que cualquier punto del arco que no sea un extremo separa al arco.
Si a la circunferencia le quitamos un solo punto el resultado es un conjunto conexo (Figura 11a).
Pero si a esta misma circunferencia le quitamos dos puntos, p y q, (Figura 11b) entonces obtenemos un conjunto no conexo. Es decir, cualquier par de puntos separan a la circunferencia.
Resulta que estas propiedades del arco —por un lado— y de la circunferencia, por otro caracterizan a estos conjuntos. Es decir ellos son los únicos conjuntos que las poseen.
Enunciaremos los dos Teoremas correspondientes, dando crédito a sus autores:

Para el Arco, Knaster, Kuratowski, Lennes, Moore (1921).
Si un continuo M tiene exactamente dos puntos que no lo separan, entonces M es un arco.

Para la circunferencia:
Moore (1920) Si M es un conjunto y cualquier par de puntos separa a M, entones M es una circunferencia.

Conexidad Local

Observemos de nuevo a nuestros ejemplos I y S (Figura 12). La intersección de un disco abierto, de cualquier tamaño (nos interesan los más pequeños), con I o con S es siempre un conjunto conexo.
Decimos que I y S son localmente conexos.
El siguiente es un ejemplo de un continuo P (al que le llamamos peine) que no es localmente conexo. (Figura 13) pues hay algunos discos abiertos D, cuya intersección con P no es conexa.
Dijimos que un arco y una circunferencia son localmente conexos, pero no son los únicos; un árbol y un cuadrado también lo son.
Así que para caracterizar a nuestros personajes (I y S) necesitamos alguna otra propiedad.

Para I, irreductibilidad

Sea I el intervalo [a,b] (Fig. 14a).
Si queremos ir de a a b por adentro de I, necesitamos utilizar todo I. Es decir, no hay un continuo contenido propiamente en I, que contenga a los extremos a y b.
En este caso decimos que I es irreducible entre a y b. Para cualquier par de puntos p y q en S, hay un subcontinuo (subconjunto que es continuo) propio que lo contiene: el arco p q (Fig. 14b) y la misma propiedad tiene un disco y un árbol (Figura 15).
La irreducibilidad era la propiedad que nos hacía falta para caracterizar a I. El teorema dice:

Si un continuo M es localmente conexo y es irreductible entre dos de sus puntos, entonces M es un arco.

Hay continuos que son irreducibles entre dos de sus puntos pero no son totalmente conexos (Figura 16).
La curva (entra fórmula 01) junto con los puntos del eje Y entre 21 y 1 es un continuo irreducible entre a y b (b puede ser cualquier punto del eje Y entre 21 y 1).
A primera vista parecería que este conjunto no es conexo, pero les aseguramos a nuestros lectores que sí lo es pues los puntos de la curva y los del eje Y estría pegados por acumulación.

HOMOGENEOS

Si en S fijamos dos puntos x y y, podemos rotar S de manera que x vaya a y (Figura 17).
Por tener esta propiedad se dice que S es homogéneo. Intuitivamente, un continuo es homogéneo si todos sus puntos juegan el mismo papel, no se distinguen unos de otros. Esto no ocurre en I pues un extremo es distinto de uno que no lo es.
En un disco cerrado, un punto de adentro es distinto de uno de la orilla.
Homogéneo es la propiedad con la cual caracterizaremos a S:

Mazurkiewicz 1924: Si M es un continuo localmente conexo y homogéneo entonces M es una circunferencia.

Hay continuo homogéneos que no son localmente conexos. Uno de ellos es el Pseudo-Arco del cual hablaremos más adelante.

Subcontinuos. Ya mencionamos antes que un subconjunto de un continuo X es un subconjunto de X que también es continuo.
Un punto de un continuo, por ser conexo y compacto, es un subcontinuo. El continuo X es un subconjunto de sí mismo. En el arco todos los subconjuntos que no son puntos, son arcos.
En la circunferencia todos los subcontinuos, que no son puntos, son arcos excepto por la circunferencia misma.
En un disco cerrado caben una gran variedad de subcontinuos. (Figura 18).
Alrededor de 1948 Knaster, Kuratowski, Moise, Bing, etc., se preguntaron si el arco (o intervalo) sería el único continuo cuyos subcontinuos —que no son puntos— son todos y cada uno equivalentes al continuo total.
Gracias a esta pregunta descubrieron un continuo, al que suele llamársele Pseudo-Arco, que tiene la propiedad de que sus subcontinuos, que no son puntos, son puntos, son pseudo-arcos.
El Pseudo-Arco no es un arco, así que la respuesta a la pregunta de Knaster, Kuratowski, etc., es no.
El pseudo-arco, que es un continuo difícil (o imposible) dibujar habita en el plano y tiene, entre otras, las siguientes propiedades:

1) Es homogéneo.
2) Ninguno de sus punto se separa al pseudo-arco.
3) No es localmente conexo.
4) Es INDESCOMPONIBLE.

Esto último significa que el pseudo-arco no se puede expresar como unión de dos subconjuntos propios, ¡difícil de imaginar! Los ejemplos que hemos mencionado en este artículo son todos descomponibles.
Gracias a esta propiedad tenemos una nueva caracterización del arco, que fue demostrada en 1960 par Henderson.
Si un continuo M es descomponible y todos sus subcontinuos, excepto los puntos, son equivalentes a M, entonces M es un arco.

     
 
Referencias bibliográficas

1. Bing, R. H., Snake Like Continua, Duke Math. J., 18 (1951), pp. 653-663.
2. Henderson, G. W., Proof that every compact decomposable continuum which is topologically equivalent to each of its nondegenerate subcontinua is an arc, Annals of Mathematics, Vol. 72, No. 3, Nov. 1960.
3. Kuratowski, K., Topology, Vol. II, Academic Press, (1968).
4. Moise, E., An Indecomposable Plane Continua which is hemimorphic to each of its nondegenrate subcontinua, Transactions of The American Mathematical Society, 63-1948, pp. 581-594.

     
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Isabel Puga
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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