revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Noemí Gómez Bravo
     
               
               
En el noreste del estado de Oaxaca se encuentra la región
mixe. Está dividida en tres zonas y diecinueve municipios: la zona alta está integrada por Ayutla, Cacalotepec, Mixistlán, Tamazulapam, Tempantlali, Tepuxtepec, Tlahuitoltepec y Totontepec; la zona media comprende Alotepec, Atitlán, Camotlán, Cotzocón, Zacatepec, Juquila Mixes, Ocotepec, Quetzaltepec y Zacatepec; y la zona baja está conformada por Mazatlán, Ixcuintepec y Guichicovi.
 
Las comunidades en donde se realizó este trabajo están aproximadamente a 1 800 metros sobre el nivel del mar, son de clima templado, frío en los meses de diciembre, enero y febrero; entre marzo y junio permanece templado con lluvias, y de julio a noviembre predomina el frío con lluvias y vientos.
 
La vida de la gente mixe se mantiene con esencia del maíz; al nacer se le da atole de maíz a la parturienta además de xíts atiókx (comida de hoja de aguacatillo), se ponen a hervir las hojas del aguacatillo, posteriormente se le pone bolitas de masa y al final ajo y chile. Es para que a la madre le salga leche y le dé buen alimento al recién nacido, pues estimula el busto para que haya más leche y ayuda a recuperar la fuerza de la mujer —pero a quien se le antoje no tiene por qué ser parturienta necesariamente, sea hombre o mujer, se lo puede comer; se puede comer en cualquier momento de la vida, además es un rico platillo.
 
Así avanza la vida del niño; comerá savia de maíz hasta cuando tenga sus cuatro o cinco años. A sus nueve años, y en adelante, se le enseña la ciencia de la vida del maíz: los tiempos. De preparar la tierra, el saber los climas y las temporadas de cada especie del maíz. Cuando es niña, se le inculcan los valores de cuidar y amar el maíz, no tirarlos, no maltratarlos. Al moler, limpie bien su metate, cuando le dé de comer a los pollos y guajolotes les dé lo necesario en una esquina, no donde pasa la gente, porque así no lo expone a pisarlo. Cuando aprende a hacer las tortillas la madre le dice: “amasa en proporciones chicas la masa, porque el día que tengas a tus hijos tendrás placentas muy grandes y te costará más trabajo y fuerza expulsarlas. Y cuando termines de hacer las tortillas limpia bien tu metate, porque si no lo limpias bien, tus hijos nacerán con mucho sebo en la cabeza por dejar embarrado tu metate de masa, por eso limpia bien con los dedos”.
 
Así empieza su vida, a través de la leche materna toma la esencia del maíz y conforme crece y se desarrolla, en cada paso de su vida, el niño va aprendiendo.
 
Sin embargo, a veces se pierde toda noción de la coexistencia de uno, y se desconoce nuestra historia, nuestra vida, nuestros padres, nuestros abuelos, además de hacerlos a un lado tratándolos como que uno sabe más que ellos. Esto es negar nuestra propia existencia y el origen de las cosas que nos rodean y, al desconocerlo, cada día perdemos riquezas invaluables que se han transmitido de generación en generación.
 
Sin este sentido estoy segura que en nuestros días ya no hubiéramos conocido las distintas semillas de maíces criollas que hoy día sobreviven; de otra manera serían puras semillas híbridas o como las semillas de horticultura, en su mayoría transgénicas.
 
Cosmovisión
 
En este trabajo se presentan entrevistas sobre la importancia de ver el maíz, así como memoria o mitos para otros, viéndolos antropológicamente, y que en realidad es parte de la cosmovisión: la relación del hombre con la tierra y los que forman parte de este universo. La importancia del respeto que se debe de tener con el maíz es vital para que se siga practicando, pero sobre todo la concientización del cuidado y respeto a su protección. ¿Qué haremos sin maíz y con tierra muerta?
 
Nïïpïn mook, maíz de sangre. El maíz pintado con sangre o rociado de sangre: dicen las sabias palabras de la gente antigua que este maíz surgió cuando se veneraba o cuando se le ofrecía respeto al maíz blanco. A la semilla se le rociaba la sangre de los pollos y guajolotes, ofrecimiento a la Madre Tierra y símbolo de respeto al maíz. Así, surgió el maíz de sangre, maíz pintado de sangre. El pueblo Ayöuk (mixe) lo conoce por nïïpïn mook: nïïpïnsangre, mookmaíz; sangre de maíz. Anteriormente (hace como quince años) los niños le decían duulce mook, maíz dulce, porque tenía parecido a los dulces de rayas rojas y les encantaba desgranar, así fuera en elote o mazorcas, porque era de olote muy suave para desgranarlo. En algunas comunidades se sigue practicando este ritual, pero esta especie de maíz corre el riesgo de desaparecer.
 
Mok ïk nïïpïn nëë xït, maíz asado con sangre. Cada comunidad crea y recrea la esencia de su identidad, que los hace diferentes de otras comunidades aun perteneciendo al mismo pueblo o mejor dicho a la misma nacionalidad (con lengua y cultura propias). También tienen que ver las familias, hay algunas que tienen mayor vínculo con la tierra y su entorno, pero más que nada es la filosofía, ciencia y respeto que transmiten los padres a sus hijos, para que los hijos las sigan poniendo en práctica, y es eso lo que se está perdiendo por el impacto de religiones y sobre todo con la inmigración, en donde se va perdiendo la esencia de la identidad comunitaria y cultural.
 
En este caso específico podemos retomar una de las entrevistas, la que hicimos a la señora Nicolasa Ruiz Hernández, una anciana de setenta y tres años, que con el paso del tiempo ha ido transmitiendo la cosmovisión del maíz: “esto me lo contó Lía, de cómo hacía su madrastra, doña Albina. Me cuenta que ellos iban a la iglesia por cinco mañanas, después torcían la caña para preparar el tepache y, cuando estuviera fermentado, mataban los pollos. La sangre de los pollos se le rociaba a la semilla y se sembraba; por eso salía el tsapts mook: tsaptsrojo, mookmaíz; maíz rojo. El maíz rojo sale entre las mazorcas amarillas. También iban a la iglesia por tres mañanas cuando ya era temporada de elotes. Los primeros elotes que se cortaban, eran cinco. Posteriormente se mataban los pollos, y su sangre se regaba encima de los elotes. De ahí, los asaban en las brasas y los comían con todo y sangre; después de esa costumbre (rito-respeto), podían pizcar para hacer los tamales de elote, porque ya habían cumplido con todo esto, se puede comer ya con confianza”.
 
Antes, las mazorcas rojas salían bastante entre las mazorcas amarillas, por eso la señora Hipólita Bravo escogía puras rojas y las ponía a cocer aparte, porque la cáscara del maíz rojo es más gruesa que de las mazorcas amarillas, por lo que requería de más cal y se tardaba más en lavarse el nixtamal.
 
Mëtsï’ mok pá’k, grano de maíz envuelto. El trabajo de campo fue muy interesante, porque en algunos momentos uno se involucra en el trabajo de la gente, en su quehacer cotidiano y temporal, como deshojar las mazorcas. El objetivo de cosechar el maíz con el totomoxtle es guardarlo, porque servirá para la próxima temporada. Después de limpiar el terreno entrará la yunta a arar y el totomoxtle servirá como alimento de los bueyes. Así no se pierde el tiempo: en lo que el campesino come, al mismo tiempo están comiendo sus animales.
 
El trabajo del campesino y las relaciones con su entorno, sus creencias, o mitos para algunos investigadores, sobre todo, es la relación con lo que convive, de lo que vive y con lo que sobrevive y que forma parte de él mismo.
 
En un seminario de la prelatura de San Pedro y San Pablo Ayutla, decía el sacerdote Leopoldo Ballesteros: el mixe, 50% de su idioma lo relaciona con su cuerpo, por ejemplo, ëts xtun yak jöt ampïkgï’ que quiere decir “me has provocado ardor en la boca del estómago” o, en palabras floridas “me has encabronado” o “me has enojado”, para que se escuche más “suave” en castilla, ya que en el mixe se escucha más metafórico. El otro punto más relevante que él comentaba es que, durante el tiempo que vivió en Santa María Tlahuitoltepec, observó que los mixes cada vez que se enfermaban siempre encontraban un porqué o una causa: que no le dio respeto a sus antepasados o si no los trató bien en vida, etcétera. De ahí acuden con los curanderos o adivinos, quienes les explicarán el porqué.
 
Generalmente, los kuxëë o xëmaabï (los que tienen el sol en su cabeza o duermen con el sol, los sabios y curanderos o sacerdotes y sacerdotisas), ocupan el maíz para descubrir las enfermedades, con éste pronostican la situación de cada persona que acude a ellos. Sin embargo, hay muchas personas que sin ser kuxëë o xëmabï son personas sabias que, con el paso del tiempo, a simple vista reconocen qué es lo que uno tiene o le hizo daño —es donde hay mucha confusión entre los sabios y hechiceros o brujos. Pero no solamente se acude a ellos por enfermedades, también para saber sobre la vida (futuro, dinero, buena cosecha...); es a través del maíz que se va a saber lo que se tiene, qué hacer y cuánto llevarle a las montañas, peñascos, cerros y cuevas, lo cual, dependiendo lo que diga el kuxëë o xëmaabï, pueden ser guajolotes, gallos de color rojo, gallos de color negro, mezcal, aguardiente, cigarros, todo como muestra de respeto o conforme a las necesidades de la gente. Puede ser para solicitar permiso para realizar algo o pagar algo que se haya pedido con anterioridad y que se haya logrado; se le da respeto a la naturaleza.
 
El mëtsï’ mok pák, grano de maíz envuelto, dicen que es el grano mágico; éste se encuentra en la base de la mazorca, no todas las mazorcas traen; solamente algunas, por lo que se dice que aquél que se lo encuentre es de buena suerte, y es por ello, que lo debe de masticar e ingerirlo, y que cuando se hace algo indebido o cuando no se quiera ser descubierto, él nos encubrirá. Por eso sería bueno visitar a los campesinos en tiempo de cosecha, para ver si tenemos suerte.
 
Tseeb apá’ko, hocico de gallo o de gallina. Dicen algunos investigadores que los mixes a todo le encuentran justificación y a todo le echan la culpa; sin embargo, desde mi punto de vista, en el contexto de la filosofía ayöuk o ayuuk, es el cuidado y el amor lo que nos sustenta, lo que forma parte de nuestro entorno. Es por eso que la semilla la tenemos que cuidar y respetar como algo muy sagrado, pues es sustento de nuestra vida.
 
Cuando la persona descuidada deja su semilla donde sea y es comida por pollos o guajolotes, si picotean los costales de semilla o la gente la deja descubierta, sucede entonces que por ese descuido la cosecha nos acusará. En distintas comunidades se ha visto que la mazorca sale tseeb apá’k (tseebgallina o gallo, apá’khocico, hocico de gallo), que sale parecido al hocico de estos animales.
 
Xeen mook, maíz gemelo. Durante la deshojada de mazorcas se pueden encontrar maravillas dentro de ellas; mazorcas y granos mágicos: significados y demandas que la propia mazorca exige para su cuidado y respeto. Así, la persona que encuentre la mazorca gemela está de suerte porque tiene jöötkin (vida, futuro, va a tener maíz y frijol en abundancia, nunca le va hacer falta algo en la vida).
 
Maktöök mook, trece maíz. Dicen las palabras de los abuelos que cuando se encontraba el maktöök mook, trece maíz (una mazorca que tuviera trece hileras de granos) se apartaba. Completando las trece mazorcas se colgaban a la entrada del moktsë’x (casa del maíz) y estas trece mazorcas son las que van a cuidar la casa del maíz; pero si no se completan las trece mazorcas de trece hileras, son muy escasas, se cuelgan las que se encontraron. Cuentan que es de buena suerte; a mi entendimiento tiene que ver con el calendario mesoamericano, además el número trece es vital para el recién nacido; anteriormente, cuando nacía un niño o niña, a los trece días se mataba un gallo porque había cumplido sus trece días de vida, había vencido el mal o había pasado la etapa más difícil de su vida. Por eso se vincula la buena suerte y el número trece, aquél que encuentre esa mazorca con trece hileras de granos tendrá buena suerte.
 
Viints mook, maíz ciego. Dentro de las complejidades de ver y entender la relación y el sentido de los pueblos indígenas con la vida y sus cosechas, nos podemos encontrar con muchas sorpresas, tal vez sin sentido para aquellos que han emigrado de la vida comunitaria y de la naturaleza y más aún para los que no pertenecen a una cultura indígena. Incluso, la gente consciente de proteger el ambiente está lejos de entender lo que fue y significa el valor y el amor a la naturaleza dentro de la filosofía de nuestros pueblos originarios, aunque nos cueste aceptar.
 
Así lo podemos ver con el viints mook (viintsciego, mookmaíz) maíz ciego. Antes se colgaba el maíz ciego a la entrada de donde se guardaban las mazorcas para que las cuidara, para que ninguna persona viera a las demás mazorcas. El maíz ciego es cubierto como perlitas, contaba la abuela: “mi padre los ponía aparte y los guardaba y cuando terminaba de pizcar los amarraba a un lado del tapanco donde guardaba las demás mazorcas. Me contó mi padre que mis abuelos decían que era bueno hacerlo así, porque cuida a las mazorcas; es él, el viints mook, quien los va a cuidar para que el viento y la lluvia no se los lleve, por eso, en medio del tapanco se debe de amarrar”. Cuentan que aquél que encuentre el maíz ciego tiene que prenderle velas y veladoras, por lo tanto tiene que poner tres cuartos de aguardiente, preparar tepache y matar pollos. Después de esta preparación como festejo, porque se va a tener vida, se tenía que invitar a las autoridades de la comunidad, así como a los mayordomos de la iglesia. Esta invitación y la participación de las autoridades quedan como testigos.
 
La comida preparada no se debe de comer sólo entre los miembros de familia, sino que se tiene que compartir, más con los visitantes de fuera, y si se acaba luego, es mejor. Compartir significa que durará el maíz, la riqueza, en la casa se tendrá buena suerte, pero si no se comparte, alguien de la familia se enfermará. Por eso es muy importante invitar a las autoridades, para atestiguar el respeto y agradecimiento que se le da a la tierra, por ser éstas guardianes del pueblo.
 
Vïn paan mook, maíz con ojo de metate (viijnojo, paanmetate, mookmaíz). La mazorca tiene la cara de metate o, en su traducción literal, “ojo de metate”, porque la molendera, la mujer, hizo pasar mucha hambre al hombre cuando estaba sembrando el maíz; como se malpasó del estómago, es por eso que sale vin paan.
 
En busca de terreno dónde rozar
 
¿Qué se hace o se hacía para ofrecer respeto a la tierra cuando uno iba a sembrar o a preparar la siembra? Yo no sé de otros pueblos, pero sé de los de Zacatepec. Allí me tocó estar cortando café; por la pobreza, uno iba en busca de trabajo, para cortar café o de molendera, porque desde hace tiempo la gente de allá tenía más dinero y tenía cafetales en grande. Mientras nosotros estábamos cortando café, me dijo la señora, mi patrona: “por favor recoges la casa, lavas los trastes porque nosotros vamos a vinpí’tpa”.
 
Prepararon tamales, limpiaron los pollos y se llevaron todo preparado porque lo iban a cocer donde encontraran el terreno para rozar; allí comían y bebían. Cuando regresaron por la tarde, me dijo: vinpí’tpa ëëts dï ëts (fuimos a dar la vuelta); me sirvió una copa de aguardiente, diciéndome: “por favor toma, riégale a la tierra, anda señora. Es que fuimos a pedirle permiso al ojo de la tierra. Desde ayer fui a pedirle a Dios, porque hoy fuimos a buscar dónde rozar, porque si uno no lo hace así, al trabajador, en el momento de empezar a trabajar, le saldrá alguna serpiente y le morderá, por eso es que se le da su respeto a la tierra, por eso es que ayer fui a la iglesia a quemar velas y veladoras y hoy fuimos a mirar dónde va a ser nuestro rozo”.
 
Ofrenda por los primeros elotes
 
Fui a vivir a San Francisco Jayacaxtepec, a trabajar en casa de Doña Laaay (Hilaria) eso por septiembre, cuando ya estaba macizo, temporada en que se amaciza el maíz, el elote. La señora Hilaria me hizo poner a cocer frijoles y mëëx (maíz cocido sin cal), después lo molí. Era maíz bueno y se puso a hacer las cosas. —“¿Qué cosas?”, tortillas redondas, las iba girando en su mano, las cocía en el comal y luego las embarraba de frijol; uno no las comía, sino que por la noche salían, llevándoselas hacia algún lado. —“¿Y dónde se las llevaban?”, al cerro, ella y su esposo; y las tortillas las acompañan con huevos. —“¿Y qué hacían con los huevos?”, los enterraban, pero antes de salir mataban dos pollos porque iban a agarrar los primeros elotes. —“¿Y cómo llevaban los huevos, crudos o cocidos?”, crudos; ella me decía: “no vayas a contar lo que estamos haciendo, hacemos esto porque queremos tomar los primeros elotes; porque aquí es así nuestra costumbre, porque así debe de hacerse, así como a Dios, el respeto a la tierra: pí’k yaab viintsë’kin. Queremos agarrar los primeros elotes, por eso se le da su viintsë’kin (su respeto) vintsëëga (darle el respeto). Los de Totontepec no son así, nuestra costumbre es ésta, y los de Ocotepec son iguales, hacen sus costumbres; entre nosotros no hay vergüenza o preocupación de que digan algo.
 
Diosa del maíz
 
El día primero de marzo acudí a Tamazulapam del Espíritu Santo, lugar de paso, con mucho impacto urbano, la moda y con todos los servicios, como el internet. Sin embargo, lo más importante es no verlos caídos por tales impactos a la cultura, como sucede en muchas otras comunidades.
 
A las cinco de la tarde, los niños, niñas y jóvenes músicos se reunieron a la escoleta (donde estudian la música) junto con su maestro René Orozco, un profesor con raíces profundas en la música, quien desde niño salió de su pueblo natal para estudiar la música. Cuentan que su abuelo era un gran músico de música antigua, creador de sus propios instrumentos, de tambores y flautas, a tal grado que un totontepecano le quitó su tambor con engaño y que por más que lo quiso recuperar, ya no se lo regresaron. Más tarde llegaron las autoridades municipales del año anterior (que culminaron su cargo oficial el día 31 de diciembre) y los rezadores de la iglesia católica.
 
Todos juntos nos trasladamos a la casa de la señora responsable de cuidar a la Diosa del Maíz. En el patio de la casa, los niños y las niñas interpretaron sones y jarabes de la región, mientras nos hacían pasar al corazón de la casa, o sea a la entrada principal. En el centro de la casa había un baúl, del lado izquierdo había cañuelas de maíz aún con mazorcas y del lado derecho, sentada, una anciana con su ropa tradicional; además había flores de la región. La gente que iba llegando se sentaba al lado del baúl, otras señoras nos iban sirviendo la comida en un plato, unos tamalitos de frijol, tamales simples, unas tortillas en forma de serpientes y tortillas en forma de huevos hechas en varias capas con distintos colores del maíz, y tiritas de masa cocidas en comal, pegadas de trece en trece; encima, pegada, una hoja de hierba santa y otras de veintitrés. En otro plato sirvieron caldo de pollo con muchísima carne; sobre el piso de tierra se iban dejando los huesos [...] Después de las ocho de la noche iba llegando más gente: jóvenes y adultos que en sus manos llevaban flores y en una bolsa mazorcas de colores que cultivan. Iban directamente delante del baúl. Estiran sus brazos en dirección del baúl con las flores, y las regresan a su boca, dándoles un beso, posteriormente las entregan a la señora que cuida a la Diosa y ella las pone en los floreros que están enfrente del baúl; lo mismo hacen con las mazorcas y a un lado ponen las limosnas (dinero). Nada deja la gente por sí sola, es la anciana quién toma las cosas y las acomoda en su lugar. En su mayoría son mujeres que llegan con estas ofrendas y mujeres jóvenes vestidas con ropa tradicional, mientras los hombres se quedan en el patio escuchando la música. Otras señoras sirven el tepache, el atole blanco; en el atole blanco ponen el frijol cocido con sal y le agregan chile tostado.
 
Como a las diez de la noche entra el rezador del pueblo para interpretar cantos y rezos eclesiales. Al terminar, la anciana cuidadora de la Diosa le entrega a éste un canasto con tamales y aguardiente, además de las limosnas que juntó.
 
Entre más noche, iban llegando más mujeres con flores y mazorcas, mientras el conjunto típico interpretaba sones y jarabes antiguos, alternando con los niños. Los participantes toman tepache, cervezas y refrescos embotellados. La anciana abre el baúl, pone comida en unos platos chicos y los introduce al baúl. A eso de las once de la noche, las esposas de las autoridades del año anterior toman las cañuelas del maíz, la misma cantidad que habían traído, y con eso en las manos salen al patio a bailar al ritmo de la música. Generalmente son mujeres las que bailan y alrededor permanecen sentados los hombres. Conforme se acerca la media noche, la gente se va saliendo del lugar donde se encuentra la Diosa; solamente se queda la anciana que la estuvo cuidando durante el año y la persona que la cuidará durante el siguiente año. Así se van apagando las luces y las velas en donde se encuentra la Diosa del Maíz, y posteriormente apagan las luces del patio. Las dos salen y se van a oscuras, de tal manera que nadie las vea y mucho menos lo que llevan. Calculando que hayan avanzado en dirección a la nueva casa de la Diosa, la banda y el conjunto típico salen interpretando la música, acompañados por el pueblo.
 
Referente a la ciencia y la tecnología
 
Al realizar esta investigación directamente con familiares, amigos, vecinos y de otras comunidades, vemos que las realidades son muy diferentes. Nos damos cuenta del daño que se le ha hecho a la tierra al darle fertilizantes, pues la tierra se ha convertido en un objeto, porque si ya no tiene fertilizante ya no sirve, ya no da sus frutos, depende ya de los agroquímicos. Muchos terrenos se encuentran así, han perdido sus propias fuerzas, las que les ha designado la naturaleza.
 
Sin embargo, quienes hacen los programas de desarrollo no reconocen lo que se le ha hecho a la tierra, no aceptan el gran error que se institucionalizó con programas y créditos de fertilizantes y mucho menos se ha creado una campaña de concientización de que fue un error de la ciencia y la tecnología; al contrario, se están promoviendo otros químicos, como los herbicidas. Muchos de los campesinos ya no preparan la tierra de aradura, y en los que fueron terrenos de aradura hoy día solamente rocían herbicidas y al siguiente día ya siembran con barreta; a las tres semanas ya no se le arrima su primera tierra para que crezca, sólo se le pone fertilizante y, posteriormente, otra vez el herbicida.
 
Pareciera que es tan fácil diseñar proyectos de desarrollo y etnodesarrollo, tecnología para el campo, para los pueblos y comunidades indígenas de nuestro país, sin antes conocer tipos de tierra, climas y sobre todo sin conocer las demandas y necesidades de los campesinos indígenas. Pero es importante realizar un estudio cultural, geográfico, climático y económico para diseñar los programas adecuados y relacionados con la cosmovisión y la alimentación de la gente, además de la economía.
 
Partiendo de un estudio como este, los programas serían más efectivos, se tendrían en cuenta todos estos elementos. Habría esperanzas de que no desaparezca la ciencia del cultivo milenario, esto es, el maíz, la diversidad de maíces. Es necesario, primero, que los proyectos de desarrollo tomen en cuenta la ciencia de los campesinos, pues ellos mantienen lazos de unión con la tierra, como el feto y la madre, en sí la relación hombre y Madre Tierra. Es triste ver que algunos campesinos contestan: “así sale barato, es lo que nos enseñaron los técnicos y agrónomos”, sin pensar que a futuro pueda hacer daño. Pero, afortunadamente, hay ancianos campesinos sabios que siguen con el conocimiento tradicional, que pueden aportarnos mucho para crear y recrear nuevos proyectos de esperanza.
 
     
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Noemí Gómez Bravo
Poeta y ensayista,
San Marcos Móctum, Oaxaca.
 
Noemí Gómez Bravo nació en la comunidad mixe de San Marcos Móctum, Oaxaca. Tiene una larga trayectoria en la defensa de los derechos humanos, de los pueblos indígenas y de la mujer. En 1997 ganó el Premio Nacional a la Juventud Indígena y fue becaria de conaculta del programa “Proyectos y coinversiones culturales” y también ha sido becaria de la ONU en el programa “Liderazgo indígena”; además es poeta y ensayista.
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cómo citar este artículo
 
Gómez Bravo, Noemí. 2016. Cosmovisión y ciencia del maíz mixe. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 50-57. [En línea].
     

 

 

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