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Volando vamos,
la migración de rapaces
en el estado de Veracruz
Omar Suárez García y
Fernando González García
   
   
     
                     
A toda la banda que participó en el VRR 2010.
   
El Sol ya está alto en el azulado cielo del pequeño pueblo
de Chichicaxtle —municipio de Puente Nacional— cuando nos disponemos a tomar el autobús. La humedad se siente en el ambiente y el calor empieza a elevarse a cada minuto que pasa, a pesar de ser un día de los últimos de septiembre. Después de unos quince minutos de viaje, llegamos a la central camionera de Cardel. Cruzamos la calle y entramos al hotel Bienvenido, que se encuentra ubicado a un costado de la plaza principal.
 
Subimos al ascensor, que nos lleva hasta el último nivel, restringido sólo a personal autorizado, y de ahí subimos de nuevo, esta vez por unas pequeñas escalinatas, hasta llegar a la azotea del edificio. Este lugar inverosímil es el sitio ideal para ser testigo de uno de los fenómenos más impresionantes de todo el reino animal: la migración de millones de aves rapaces que viajan de Norteamérica —de sus sitios de reproducción— a Centro y Sudamérica —a sus sitios de invernación.

¿A qué se debe que Veracruz sea un lugar importante para la migración de aves rapaces? Por México pasan más de veinte de éstas en su búsqueda de sitios para pasar el invierno. Esto es así debido al hecho singular de que en esta zona —el centro de Veracruz— la concurrencia de la Sierra Madre Oriental, el Eje Volcánico Transversal y el Golfo de México forma una especie de embudo natural que desvía a las aves que vienen del norte del continente y las obliga a pasar por esa estrecha franja geográfica —la planicie costera. También es un lugar importante porque durante el día el aire de la planicie se calienta con la radiación solar y empieza a subir en forma de remolinos —termales; este factor es aprovechado perfectamente por las aves que utilizan tales corrientes para elevarse y avanzar con muy poco esfuerzo, a manera de veleros impulsados por el viento en mar abierto.

Dicho fenómeno fue descubierto durante los años noventas por un grupo de jóvenes biólogos que, posteriormente, junto con PRONATURA Veracruz, desarrollaron el proyecto Veracruz Río de Rapaces (VRR) con el fin de generar conocimiento acerca de la migración de estas aves así como de sus poblaciones y tendencias demográficas. Cada año, el proyecto es llevado a cabo por biólogos y naturalistas de distintas nacionalidades y financiado por organizaciones públicas y privadas tanto nacionales como extranjeras.
 
Conteo en Cardel
 
La panorámica es perfecta: se alcanza a ver, hacia el norte, las enormes dunas de arena y la sierra Manuel Díaz; al este, el inmenso Golfo de México y, al oeste, la planicie que se extiende hasta chocar con la Sierra Madre Oriental. Pasadas las diez de la mañana, uno de nuestros compañeros alcanza a ver a simple vista un grupo de aves rapaces que se aproxima a nuestra ubicación.

Lo confirmamos cuando a través de nuestros binoculares las observamos también. Es como un enjambre de insectos que se mueve en forma de remolino —llamado vórtex o vórtice por los especialistas—, girando alrededor de un eje común que avanza mientras se eleva.

A medida que se aproximan, cuando ya han alcanzado cierta altura, las aves aprovechan la fuerza adquirida en el vórtice para lanzarse hacia el frente formando una línea que asemeja un pequeño arroyo o río y, sólo entonces, cada uno de los tres contadores —los chicos encargados de contar a las aves— toman en sus manos un “clickeador” —pequeño aparato manual que sirve para llevar la cuenta de las aves— y empiezan a tratar de contar —a estimar— el número de individuos de cada especie que identifican tan sólo viendo la silueta de cada ave, ¡son verdaderos expertos en identificarlas a distancia! Las aves vuelan bajísimo: son miles de ellas, en su mayoría aguilillas de ala ancha, aunque en el mismo grupo pueden verse zopilote cabeza roja y aguilillas de Swainson.

Los contadores dividen la cúpula celeste en tres partes equivalentes de manera arbitraria —parte izquierda, parte central y parte derecha— y cada uno de ellos se concentra en su parte. Aparecen más grupos de aves, se acercan de manera rápida y en pocos minutos el cielo se encuentra tapizado: es un verdadero río de rapaces que obliga a los chicos a contar las aves en grupos de diez o más individuos. Varios observadores de aves de distintas nacionalidades —incluyendo mexicanos, por supuesto—, armados con telescopios, binoculares y cámaras fotográficas, llegan al lugar y observan maravillados el espectáculo.

Es pasado mediodía y el número de aves va disminuyendo, algunos grupos vuelan dispersos pero lo hacen tan cerca de nosotros que podemos verlos e identificarlos sin ayuda de binoculares. Hacia las dos de la tarde, no se observan aves en vuelo, sin embargo, los contadores, con toda su experiencia, nos recomiendan que regresemos al pueblo de Chichicaxtle —palabra náhuatl que significa “ortiga”, una planta urticante que abunda en ese lugar—, ya que por la tarde será posible ver más aves allá. Esto es, según explican, debido a que los vientos empiezan a soplar hacia el oeste a medida que avanza el día, empujando las aves en esa dirección, la misma donde se encuentra “Chichi” —como de cariño le decimos a Chichicaxtle.
 
 
Conteo en Chichicaxtle
 
 
Después de tomar el autobús de regreso a “Chichi”, llegamos y nos dirigimos apuradamente a la torre de observación de PRONATURA, que se encuentra ubicada entre un campo de fútbol y uno de beisbol —los cuales, en los fines de semana de la temporada de migración, se llenan de deportistas y fanáticos formado un cuadro singular: emocionantes tardes futboleras y beisboleras en las canchas y espectaculares vuelos de rapaces en el cielo. La torre cuenta con un salón multiusos y tienda de “souvenirs” en su planta baja y en la planta alta con una gran plataforma cubierta con una lona —para proteger a los observadores del inclemente Sol—, en donde la visibilidad es perfecta en 360 grados. Efectivamente, los contadores que ahí se encuentran empiezan a ver grupos de aves aproximándose desde el este, y pronto las tenemos muy cerca de nosotros.

Nuevamente somos privilegiados al tener miles de aves rapaces sobrevolándonos, algo que difícilmente olvidaremos porque nos sensibiliza acerca de lo que la naturaleza aún tiene por enseñarnos.
Además de rapaces, también vemos grupos grandes de pelícanos blancos, cigüeñas y anhingas americanas que se encuentran en ruta de migración. Al momento de ponerse el Sol, vemos grupos de rapaces descendiendo a las sierras cercanas —provistas de bosques— para descansar durante la noche; estas aves proseguirán al día siguiente su travesía hacia el sur. Al final de la jornada los contadores harán la suma final de aves observadas en los dos sitios de conteo; el resultado obtenido será de más de 450 mil individuos, una cantidad realmente impresionante.
 
Cansaburro
 
Al otro día, muy temprano en la mañana, salimos de Chichicaxtle a Cardel y posteriormente de ahí al pequeño pueblo de San Isidro —municipio de Actopan, Veracruz—, en donde viven nuestros compañeros anilladores. De ahí nos dirigimos a la estación de anillado de Cansaburro. Otro de los componentes fundamentales del proyecto VRR es la captura y anillamiento de distintas especies de aves de presa —esto con fines estrictamente científicos—, lo que ayudará a rastrear sus movimientos —si estas aves son capturadas más al sur— y conocer datos acerca de sus condiciones físicas para de esta manera entender mejor el fenómeno de la migración.

Vamos en la camioneta por la carretera costera y tomamos una desviación que nos lleva por un camino de terracería —bueno para observar iguanas, codornices y aves acuáticas entre los humedales—, que después de unos diez minutos desemboca en la entrada de la pequeña zona de conservación privada de Cansaburro. A propósito de esto, uno de los chicos comenta que el cerro debe su nombre a que, en tiempos pasados, la única manera de llegar a ese lugar era montando en burro y  el camino era tan pesado que incluso el burro se cansaba al subir. De allí caminamos cuesta arriba otros diez minutos por una gran duna de arena y llegamos a una pequeña casita hecha de palma y bejuco que funcionaría como nuestro escondite durante un día completo. El paisaje es bellísimo: a un lado está la playa y el mar, al frente la laguna de La Mancha con sus manglares, y al otro lado la sierra.

Los anilladores —los chicos que se encargan de armar y operar las trampas, capturar a las aves y anillarlas— son gente con bastante experiencia a pesar de su juventud, ya que se involucraron en el proyecto desde que eran unos niños. Gran parte de la mañana se va entre broma y broma, hasta que alguno de nosotros divisa a lo lejos una rapaz solitaria, entonces los chicos empiezan a jalar un par de tensores que van enganchados a un arnés, el cual a su vez está sujeto a una paloma común.
 
La paloma sube y se mueve erráticamente —simulando estar herida— a medida que uno de los atrapadores jala los hilos—los tensores— y de esta manera atrae a la rapaz, un gavilán pechirrufo hambriento; en cuanto éste se posa sobre la paloma y la atrapa justo en medio de la trampa, el anillador acciona la misma y se cierra, capturando al ave que, en su afán de escapar, libera a la paloma, la cual sale indemne gracias a su arnés protector. Es un momento de emoción muy grande y, mientras uno de nosotros la mide y la anilla, van cayendo en las trampas de arco decenas de otras rapaces, principalmente gavilanes pechirrufos y estriados.

Durante el día entero es posible ver en migración legiones de libélulas y mariposas que pasan sin cesar, además de grupos inmensos de palomas de ala blanca, tiranos tijereta, colibríes y arroceros que vuelan muy cerca de la costa. Vemos algunos halcones solitarios volando; uno de los anilladores mueve un señuelo —paloma— y atrae a un pequeño halcón esmerejón que se enreda en una red niebla, quedando capturado en ella.
 
Al final del día, un hermoso ejemplar de halcón peregrino surca el cielo; esta especie es muy difícil de atrapar, pero nada es imposible para nuestros experimentados, tenaces y pacientes atrapadores, ya que después de veinte minutos —durante los cuales el ave se acerca y se aleja en busca de su presa—, para beneplácito de todos, el halcón es capturado. A su vez, las fotos capturan la magia del momento y la belleza de un depredador perfecto.
 
Temporada de rapaces
 
Cada año, desde finales de agosto hasta mediados de noviembre —es decir, durante el otoño—, el estado de Veracruz es sede de la migración de millones de aves rapaces. Por la cantidad de individuos, este lugar es el número uno a nivel mundial, con un promedio de cinco millones de aves en cada temporada. Vale la pena conocer el proyecto Veracruz Río de Rapaces de PRONATURA y ver con ojos propios un auténtico milagro natural. Recuérdalo, el próximo otoño 2013, tenemos una cita ornitológica en la zona central del estado de Veracruz.
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Omar Suárez García
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.


Fernando González García
Red de Biología y Conservación de Vertebrados,
Instituto de Ecología A. C.
     
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