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La boda del maíz y la fragilidad de la alianza
 
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Johannes Neurath
   
               
               
En Mesoamérica el maíz no es un simple ali­men­to. Hay una
relación especial de los seres hu­manos con este grano. Como dice Bonfil Bata­lla, “maíz, sociedad, cultura e historia son insepa­rables; nuestro pasado y presente tienen su fundamento en el maíz; nuestra vida esta basada en el maíz […] somos gente de maíz”. ¿Pero qué significa, en la concepción indígena, que los hombres están hechos de maíz? Creo que es evidente que no se trata de una simple metá­fora. Por otra parte, parece relevante señalar que, en la on­to­lo­gía indígena, la relación con el maíz y la iden­ti­fi­ca­ción de los seres humanos con este grano es un asunto que no pertenece al ámbito de la naturaleza. Tampoco im­plica un discurso identitario. Más bien, podemos decir que la iden­tificación mesoamericana con el maíz revela una for­ma amerindia de relacionarse con el otro.
 
El Popol Vuh (un texto de la época colonial temprana) se burla de los hombres de barro que no servían debido a su inmovilidad e incapacidad de hablar, y narra la historia del origen de los hombres de maíz. Pero, como señala Bro­therston, hay dos versiones sobre el inicio de la agricul­tura. Según la primer versión, el maíz es producto de la in­te­rac­ción entre los hombres y los dioses del inframundo. Como narra la gran epopeya maya, los héroes cultura­les luchan y, finalmente, vencen a sus enemigos de Xibal­ba pero, al mismo tiempo, establecen una relación. El na­cimiento de la segunda generación de gemelos héroes es el resultado se un affair entre el héroe Uno Caza­dor y una diosa del inframundo de nombre Mu­jer Sangre. Al morir Uno Cazador, Mujer Sangre aban­dona a Xibalba y va a vivir en la casa de su sue­gra Xmucame en la tierra —llevando consigo el cultivo de maíz. La implicación es que el maíz viene de los enemi­gos. Lo más propio —podríamos decir lo esencial de la ci­vilización mesoamericana— viene de los otros. Estamos frente a un paradigma que no enfatiza la uni­cidad (particularidad, autonomía) de los humanos, sino se­ñala la necesidad de establecer relaciones y alianzas, in­cluso con los seres de Xibalba. Entre los huicholes en­con­tramos una situación similar. Según la mitología wi­xa­rika, el origen del maíz es un pacto matrimonial entre Watakame el ancestro de los huicholes, y una diosa algo omi­nosa, madre de cinco hijas, que habita en un pequeño rancho ubicado en algún lugar de las profundidades de la barranca. Versión del mito del origen del maíz y la publicó con el título La boda del maíz: Hubo una hambruna tremenda. Los seres humanos no tenían qué comer. Watakame, que vi­vía con su anciana madre, exclamó: —¡Tengo hambre! —dijo el hombre—, voy a preguntarle a la gente. En su ca­mino Watakame se topa con la “gente-hormiga” que iba trans­por­tan­do maíz. —¿Dónde lo compraron [el maíz]? —pre­guntó. —Allá hay maíz, vamos hacia allá a com­prarlo. Watakame se fue con ellos. —Aquí vamos a pasar la noche— dijeron. Todos se fueron a dormir. Cuando Watakame despertó ya no había nadie, pero sus cabellos habían de­sa­parecido. Se había quedado calvo. Las hormigas arrie­ras le habían robado el cabello. Entonces se dio cuenta de que estas arrieras no compraban el maíz, sino que se lo ro­baban. —¿Qué hago? Tengo hambre. —Se sentó en la cres­ta de una sierra y, desde ahí, vio cómo se acercaba una paloma [kukurú, güilota] que traía masa de maíz en el pico. La paloma es la madre del maíz. —¿Puedo visitarte en tu casa?—le dijó. Pronto llegó al rancho de la paloma y pre­gun­tó: —¿Aquí venden maíz? —Bueno— dijo la dueña del rancho que era una viejita—. Bueno, si quieres te doy una muchacha. Ella abrió la puerta y exclamó: —Ven maíz ama­rillo; maíz rojo, ven; maíz negro, ven; maíz pinto, ven; maíz blanco, ven; ven, flor de calabaza; ven, amaranto rojo. Maíz amarillo, tú te vas a ir con él. —No. —Maíz rojo, te vas. —No. —Maíz negro, te vas. —No. No voy. —Maíz pin­to, te vas. —No voy. Mañana o pasado mañana me va a regañar. Ca­mino muy despacito. —Flor de calabaza, te vas. —No, me cortará con un cuchillo. —Amaranto rojo, te vas. —No, me ti­rará. —Construye cinco trojes y un adoratorio bonito. Durante cinco días coloca flores rojas de cempasúchil en el sur, flores amarillas de cempasúchil en el Norte, betónicas en el Oriente, tempranillas en el Poniente, y en el centro vas a colocar flores de corpus. Durante cinco días enciende una vela. No vayas a regañar a las muchachas. Ponlas en el adoratorio. Y nunca dejes de barrerlo. Watakame se fue a su casa e hizo como le dijeron.
 
A los cinco días llegó la muchacha del maíz, fue entonces cuan­do él vio que sus trojes estaban llenas de maíz y comió. Pero este idilio no duró mucho. La madre de Watakame no pudo aceptar que las cinco Niwetsika fueran tratadas como princesas y no le ayudaran con las tareas de la casa. Entonces la madre de Watakame regaño a su nuera: —¡Prepara [la comida]. Eres una mujer y no un hombre como para que te sirvan la comida! —dijo ella. La muchacha maíz se puso a moler en el metate. Un chorro de san­gre salió de sus manos. Llorando molió el maíz. Se quemó las manos. Al final desapareció. Ya no hubo maíz en el rancho. —¿Qué voy a comer?— exclamó la viejita y le dijo a su hijo: —Las Niwetsika se fueron a su casa. ¡Tráemelas otra vez! Watakame regresó al rancho de la madre del maíz y dijo: —Perdí a las Niwetsika ¿vinieron aquí? —Te dije que no las regañaras. Ya no te la voy a dar. Aquí vino. Aquí está. Sus manos quedaron totalmente quemadas. Vete tú sólo. No sabes comer. Se fue. Llegando a su choza regañó a su mamá: —La regañaste. Por eso se fue, y nosotros nos vamos a morir de hambre. Mitos similares existen en otras partes de Mesoamérica e, incluso, en el Suroeste de los Estados Unidos. En otras versiones huicholes de este mito, el hombre y su madre sobreviven la hambruna y se convierten en los antepasados de los seres humanos, pero esto sólo después de arduas negociaciones con la madre de las muchachas. Watakame le llevó a su suegra muchos obsequios: carne de venado, ta­males. También elaboró para ella velas, jícaras y flechas, es decir las ofrendas que actualmente se preparan en oca­sión de las fiestas. Así es como se celebró la primera fiesta de la siembra, Namawita Neixa. —Ahora el maíz ya no crece por sí mismo sino que requiere mucho trabajo físico y ritual. Los decendientes del matrimonio entre Watakame y las Niwetsikas son los huicholes. La relación entre el hombre cultivador y las plantas de maíz equivale a un matrimonio, pero ésta es una relación frágil que implica establecer una alianza con los dioses del mundo de abajo. De esta manera, el cultivo implica invo­lu­crarse con un ámbito del cosmos que, a menudo, se aso­cia con el mundo mestizo. Los ancestros de los huicholes se describen como cazadores y seres solares de “arriba” —los mestizos se consideran más antiguos, pues sus ante­pa­sados vivían “abajo”, en la planicie costera de Nayarit y, por ex­ten­sión, en el inframundo (el país de los muertos que se ubica también al fondo de las barrancas). En esta ló­gica es significativo que la madre de las muchachas maíz se iden­ti­fi­que con una diosa de los mestizos, la virgen de Gua­da­lu­pe (Tanana), misma que, entre los huicholes, a me­nudo se representa con una cabeza de calavera.
 
Alteridad constituyente
 
La relación con los otros que se describe en el Popol Vuh y entre los huicholes, aparentemente, no es una concepción tan excepcional. También en la Amazonia se han do­cu­men­ta­do casos donde las culturas indígenas no se fundamen­tan en un discurso de identidad sino en una alianza con los ene­migos. Una “alteridad constituyente” también se ha plan­tea­do para el caso del carnaval otomí de la Huasteca. Galinier describe que los otomíes se disfrazan de hacendados, charros, doctores, ingenieros, políticos, mujeres blan­cas se­­ductoras y personajes de las películas de Holly­wood. Muchos de estos “diablos” del inframundo se consideran ancestros de los otomíes. De manera similar, Pitarch anali­za cómo, entre los tzeltales de Cancuc, las “almas” y los “se­res sobrenaturales” se caracterizan por ser todo menos in­dígenas: animales, fenómenos atmosféricos, sacerdotes católicos, maestros, rancheros.Como vimos entre los huicholes y en el Popol Vuh, in­cluso el maíz es resultado de la relación de alianza con los otros. Asimismo, afirmamos que la identificación meso­ame­ricana de los seres humanos con el maíz no debe en­ten­der­se como un discurso sobre la naturaleza físico-bioló­gi­ca, sino sobre relaciones culturales. A la inversa del sentido común occidental, aquí lo innato (la naturaleza) se considera lo variable, la convención (la cultura) como lo invaria­ble. De esta manera, al participar en las campañas contra el uso de semillas genéticamente manipuladas, los hui­cho­les no defienden la causa de la protección de la naturaleza, sino una civilización. La amenaza del maíz Frankenstein no pone en duda el código genético compartido de las es­pecies maíz u Homo sapiens, sino los fundamentos ontoló­gicos de la existencia humana en relación con los ancestros y dioses del inframundo.
 
La familia poligínica
 
Cultivar y alimentarse de las cinco variantes de maíz tra­di­cional es el paradigma social huichol. Esto implica también que el consumo de otros granos (como trigo) es conside­ra­do aberrante. Para los comuneros es una obligación sem­brar maíz tradicional. Gente que vive fuera de las comu­ni­dades encarga su maíz con familiares y envía dinero para cubrir los gastos de las ceremonias. Esto es muy impor­tan­te, pues quien deja de sembrar el maíz sagrado pierde sus de­re­chos comunales. En los terrenos comunales no se per­mite la siembra de otras va­riedades que no sean las tradicionales y en numerosas comunidades, aunque no en to­das, el uso de fertilizantes y plaguicidas ha sido prohibido por las asam­bleas y las autoridades tradicionales. El concepto huichol de la persona está sobredetermi­nado por la relación entre el cultivador y la planta. Muchos nom­bres personales, tanto de hombres como de mujeres, se refieren a algún aspecto del cultivo de la milpa. Los ni­ños reciben nombres como Xitakame, “joven ji­lote” o Xi­ka­tame, “joven de las cinco primeras hojas de la plan­ta de maíz”, la niñas llevan nombres como Niwetsika, que es el nombre de la diosa del maíz, Utsiama, “semilla guar­da­da [el la troje]”, o Keiwima, “guía de frijol”. Por otra parte, la identificación con el maíz vale espe­cial­mente para las mujeres. Las cinco variantes de maíz son concebidas como hermanas y se asocian a los cinco rum­bos del cosmos: Yuawime, el maíz azul oscuro del sur, Tuxame, el maíz blanco del norte, Tailawime, el maíz mo­rado del poniente, Taxawime, el maíz amarillo del oriente y Tsayule, el maíz “pinto” del centro, deben sembrarse jun­tas en el coamil (waxa, milpa), aunque nunca revueltas. De esta manera, el cultivo de maíz es el modelo para la familia poligínica huichola. La poliginia no necesariamente es so­roral, como lo plantea el mito de Watakame, pero real­men­te es un aspecto fundamental de la sociedad huichola. Este hecho queda aún más claro si tomamos en cuenta que los misioneros (católicos y recientemente también los pro­tes­tantes) llevan ya varios siglos esforzándose inútilmente por acabar con esta práctica. Mantener varias esposas significa más trabajo para el hom­bre, que es el principal responsable de los trabajos del coamil y, por eso, sólo unos cuantos varones llegan a rea­lizar el ideal de tener cinco mujeres. Muchos hombres no se casan con una segunda o tercera esposa antes de que sus hijos mayores hayan alcanzado una edad en la que ya puedan trabajar como adultos. Un hombre pobre generalmente no tiene más que una o dos mujeres. Sin embargo, con­tar con varias esposas también representa una ventaja que se puede traducir en una mejor posición económica, ya que las mujeres son las principales productoras de ar­te­sa­nías para vender. A una mujer huichola, por cierto, no le conviene ser la única esposa, ya que los trabajos do­més­ticos suelen repartirse entre las diferentes mujeres de un rancho. Hay que mencionar que la regla de la endogamia étni­ca, es decir, la prohibición de casarse con mestizos o miem­bros de otras etnias, no es tan estricta como la de sembrar un maíz que provenga de fuera.
 
El fracaso en la cacería y la fiesta de la siembra
 
Watakame, el esposo de las cinco Niwetsika y primer culti­vador de maíz, frecuentemente se describe como un joven cazador perdido: errante, solitario y hambriento, sin casa y sin parientes, engañado por las hormigas. Sólo a través de su matrimonio con una o varias mujeres del inframundo se convierte en “gente” (tewi) y adquiere un modo de vida sedentario y en familia. En el inicio del mito, el héroe cultural se describe como un cazador fracasado y, por ende, desprestigiado. Como no puede cazar, padece hambre y va en busca de un lugar don­de le vendan comida. Llegando a un rancho ubicado en el fondo de una barranca, conoce el alimento maravilloso que son las tortillas de maíz, pero la dueña del rancho se niega a venderlas. Más bien, ofrece a sus hijas como esposas. Sin embargo, pronto surge un conflicto entre parientes afinales: la madre del cultivador no respeta a sus nueras, las re­gaña y las obliga a trabajar, rompiendo así el trato que se ha­bía establecido con la madre de las muchachas maíz. La relación entre las familias de arriba y abajo es con­­flic­tiva y puede llevar al desastre. Como ya vimos, las nue­ras regañadas se mueren desangradas al ser obligadas a mo­ler maíz, que son ellas mismas. Para recuperar el alimen­to se establece toda una serie de trabajos rituales para recon­ciliar a las familias antagónicas de arriba y de abajo, concre­tamente la fiesta Namawita Neixa, que es el único día del año en que se respeta plenamente al acuerdo con la madre del maíz. Este día, el maíz y las mujeres no trabajan. Única­mente se consume alimento preparado a base de maíz no-nixtamalizado, las mujeres descansan y los hombres son los que tienen que barrer y preparar el alimento.
 
La fiesta de los primeros frutos y el fantasma del canibalismo
 
Como producto de un “matrimonio” entre hombres huma­nos y mujeres-plantas, los niños recién nacidos se identifi­can con el maíz. Para poder vivir, deben perder algo de esta identificación y someterse a un rito de iniciación que lo se­para de los elotes y demás primeros frutos. El rito en cues­tión, Tatei Neixa (la “danza de Nuestra Madre”) es, en pri­mer lugar, un rito iniciático y mortuorio para el elote y, en segundo lugar, un rito de paso para los niños. En la primera fase del ritual los niños, los elotes y las ca­labazas tiernas se tratan igual y se conciben como lo mis­mo. Elotes, calabazas y bebés son los productos del ma­trimonio agricultor-plantas de maíz. Hasta en la segunda fase se establece una separación. Los niños no aguantan y se quedan dormidos, los elotes y calabazas continúan en la fiesta. Según los cantos chamánicos, el elote se autosacrifi­ca para que la gente y, en particular los niños, puedan cele­brar una comida de los primeros frutos. Debido a su sa­cri­ficio, el elote se convierte en una deidad astral, es de­cir, un ancestro deificado. El niño no se autosacrifica, ya que aún no logra la iniciación chamánica, únicamente adquie­re un estatus quo que le permite alimentarse de maíz; es de­cir, se convierte en una persona, tewi. Pero no es que el niño deje de ser maíz, más bien los elotes dejan de ser “gen­te” y, como consecuencia de su autosacrificio, se con­vierten en ancestros. Como ancestro, el maíz se equipara con las presas de ca­cería, en particular, con los venados, y no sorprende así que, en algunos ritos de los primeros frutos, los cazadores hui­choles se dirigen a la milpa y cazan un elote con arco y flecha. Alimentarse de maíz ya no es un acto de “comer gen­te”, sino reproduce la relación sacrificial de los hui­­cho­­les con los ancestros deificados. El hecho de que el maíz se deje comer implica que es un an­ces­tro que se sa­­cri­fica en be­ne­ficio de sus descen­dientes. Pero el maíz no solamente es ancestro. Como plan­ta de maíz es esposa del agricultor y, en forma de elote, es su hijo. Comer maíz, por ende, siem­pre man­tiene una cier­ta connotación de canibalismo. Los amazonistas describen que la relación entre hom­bres y animales de cacería se complica porque se les atribu­ye humanidad a estos animales. Según Viveiros de Cas­tro, el fantasma del canibalismo es el equivalente amerindio del solipsismo occidental. “Si éste deriva de la inseguridad de que la semejanza entre los cuerpos garantiza la comunidad real de los espíritus, aquél sospecha que la se­mejanza de los espíritus pueda prevalecer sobre la dife­ren­cia real de los cuer­pos, y que todo animal que se come siga siendo, pese a los esfuerzos cha­má­nicos para la des-subjetivización, hu­ma­no”. Entre los huicholes y, posible­men­te, otros grupos me­soamericanos agri­cul­to­res, esta re­lación ambivalente invo­lucra, so­bre todo, el maíz. Al comer maíz nunca se sabe con certeza si uno no está comiendo gente.
 
  articulos  
Referencias bibliográficas

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como citar este artículo
Neurath, Johannes. (2009). La boda del maíz y la fragilidad de la alianza. Ciencias 92, octubre-marzo, 34-40. [En línea]
 
     

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