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Carlos Larralde
     
               
               
Así luce desde lejos mi retrato de Sor Juana en la Librería Madero de Enrique Fuentes (antes de Tomás Espresate), la “que es nave de argonautas extraviados” (Luis de Tavira): hecho a pura raya, de 100 x 75 cm, kilómetros de rayitas, las que dibujé apasionado por los descubrimientos de Américo Larralde en Primero sueño y por lo que leía en Las trampas de la fe. En el plano cartesiano de la ventana, lo intelectual de Sor Juana se reúne arriba, abajo lo sensual, la discreción de lo conventual a su derecha, en contraposición a lo mundano. Dibujándola recordé lo que Sor Filotea relata de Apeles en su carta.
     
 “…copiando el retrato de Campaspe cuantas líneas corría con el pincel por el lienzo, tantas heridas hacía en su corazón la saeta del amor…”

Intenté que apareciera la sensualidad de Sor Juana en un poco menos de su mitad, la que si bien ella reconoce
 
“En dos partes dividida
tengo el alma en confusión:
una esclava a la pasión,
y otra, a la razón rendida”,
 
otros retratistas le han concedido tan mínima parte, y sólo —tal vez— en la boca. Torcí su cuerpo en una espléndida cadera, descubrí un ápice la cara interna de su muslo derecho, cambié las piadosas imágenes en su medallón de monja Jerónimo por un macho cabrío tentando a una discreta doncella,
 
“Guerra civil, encendida,
aflije el pecho importuna:
quiere vencer cada una,
y entre fortunas tan varias,
morirán ambas contrarias
pero vencerá ninguna”
 
y puse a jugar sus pies entre las piernas de uno de los sátiros de madera del brazo del sillón que sostiene su cuerpo entero. Por desgracia, la rigidez de mi trazo no pudo resolver plenamente la languidez propia de la sensualidad femenina.
 
Apoyándose en su singular perspicacia para lo esotérico (lo escondido/lo barroco), así como en su amplia biblioteca de mitología y la más elemental astronomía, mi hermano Américo concluye “…que el ‘sueño’ de Sor Juana describe el cielo visible en la ciudad de México del atardecer del 21 al amanecer del 22 de Diciembre de 1684. Las constelaciones de las Pléyades, los Peces, Orión, Osa Mayor, el Águila, el Lince, los Gemelos, el Auriga, la Nave Argos, desaparecen o están a punto de aparecer en el horizonte mientras que la Tierra avanza en su giro y se interpone entre el Sol y la Luna, a la que su sombra eclipsa. Durante cinco horas, Sol, Tierra y Luna están conectadas y colineales con el eje de las puertas solsticiales. Todo es propicio para el viaje de conocimiento que cuenta Sor Juana en su poema” (El Zaguán. México, Zaguán Comunicación, S. C., 1987, núm. 8, año 1, pp. 8-11.).
 
Aquí en el dibujo, Sor Juana observa —en su poema registra— una porción de ese cielo, con su eclipse lunar y algunas de sus constelaciones, no muy exactamente posicionadas por mi culpa:
 
“280… así ella, sosegada, iba copiando
las imágenes todas de las cosas,
y el pincel invisible iba formando
de mentales, sin luz, siempre vistosas,
colores, las figuras
no sólo ya de todas las criaturas
sublunares, mas aun también
de aquellas
que intelectuales claras son estrellas,
y en el modo posible
que concebirse puede ser lo invisible,
en sí, mañosa, las representaba
y al alma las mostraba”.
 
Las cumbres nevadas del Iztaccíhuatl simulan las alas extendidas sobre la ciudad de México de Nictimene (la lechuza en que fue convenido una doncella de Lesbos en pena de un “infando delito” (Alfonso Méndez Plancarte) y que …“sacrílega llega a los lucientes faroles sacros de perenne llama” (S. J. I. de la Cruz), por creer que con esto alcanzaría la sabiduría) que Sor Juana completa con su rostro, en donde contrastan la voracidad de las ojos midriáticos con la suspicacia de una leve sonrisa apenas torcida, signos que son de atributos sin par en las ciencias naturales, observar y dudar.
 
“… el cuadro de Carlos González (según Sergio Fernández) en el Café Tacuba, que es copia del de Cabrera, copia del de Miranda, copia del de Filadelfia, en el que se avisa que es copia fiel de un perdido autorretrato” (A. Larralde) muestra a Sor Juana sentada ante un libro abierto, en el que se puede identificar el Salmo V. En la traducción española de la Vulgata latina el texto de los versículos v:9, 10 y 11 pide a Dios justicia y rectitud al camino; acusa al enemigo de vanidad y perfidia, de tener gargantas como sepulcros; solicita su desaparición; y promete colmará al justo de bendiciones. Incapaz ella de llevar a cabo la amenaza, endereza Sor Juana nada menos que a Dios a la tarea de destruir a sus enemigos “…entre las flores… se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar… que con declarado odio y malevolencia me han perseguido,” mortificado y atormentado…” (Sor Juana Inés de la Cruz). En su defensa aduce, en otro lado, a la envidia de sus prójimos “pues por la (en mi dos veces infeliz) habilidad de hacer versos… me pongo a considerar que el que se señala… es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen; o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen” (Sor Juana Inés de la Cruz).
 
La duplicidad de Sor Juana aquí es remarcada por su mano izquierda, jugueteando con el cabello —quizá aprestándose ya a cortarlo por sentir aún escaso su entendimiento— mientras a la derecha sosiega una tentación que el medallón refleja.
 
¿Cómo no regocijarse de la travesura que el irreverente destino del Centro de la Ciudad de México deparaba al claustro del convento de San Jerónimo, dando eventual cabida al Smyrna Dancing Club, tras falsear sus austeras columnas con una arquería, que apenas es caricatura de las morunas y garrapatear sus paredes con alusiones otomanas? (D. Juárez Castro).
 
Desde un supuesto pasillo las monjas de antes observan con interés las frívolas escenas del cabaret en el patio, y algunas (al fondo) tratan infructuosamente de quebrar el plano de tiempo que las separa de sus hermanas del siglo XX.
 
Abajo de la pirámide de su intelecto y de su sensual asiento están los conspiradores que terminaron con la vida de Sor Juana: Carlos II (según estampa del libro de M. López-Portillo) cabeza última de una corte virreinal “rala y beata” (R. Salazar); el Obispo de Puebla quien reprimió su intelecto; el confesor que enclaustró su belleza (O. Paz) y sus hermanas del convento que asediaron la calidad de sus días en reclusión y en cuyos cuidados, al fin, se entregó a la muerte.
 
“¡Oh que últimamente se engolfara ese rico galeón de su ingenio en la alta mar de las perfecciones divinas!”.
 articulos
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Carlos Larralde
     
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cómo citar este artículo
Larralde, Carlos. 1992. La Sor Juana de La Madero. Ciencias, núm. 27, julio-septiembre, pp. 18-22. [En línea].
     

 

 

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