revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
R21Articulo08   menu2
PDF→                                                                
   
   
Juan Somolinos Palencia
     
               
               

México que tanto se adelantó a manifestar su  propia naturaleza, donde la adaptación natural y la fusión entre los indígenas colonizados y los españoles originaron desde los primeros años un nuevo hombre, fue también el escenario para la creación de un libro de ofrenda: El Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis;1 su mismo autor, Martín de la Cruz, lo expresó claramente en el prólogo del texto al decir que Francisco de Mendoza deseaba vivamente tener el ejemplar para ofrecerlo al rey y anotó: Pues no creo que haya otra causa de que con tal instancia pidas este Opúsculo acerca de las hierbas y medicinas de los indios, que de recomendar ante la Sacra Cesárea Católica y Real Majestad a los indios, aun no siendo ellos merecedores.2

La indicación de Martin de la Cruz en la dedicatoria, el desusado lujo con que se elaboró el ejemplar, la cuidadosa confección de sus textos y dibujos, así como la encuadernación con cantos dorados y cordones, hoy perdidos, indican claramente que este libro tuvo una misión muy superior a la simple enumeración y recolección de recetas y métodos terapéuticos. Fue un regalo para un rey. Su propósito era causar asombro y mover la voluntad de Carlos V en beneficio de El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco.

Y efectivamente en aquel momento era necesario encomendar a los indios. Sobre todo a los indios letrados del Colegio de Santiago Tlatelolco que habían recibido enseñanza europea desde los primeros días de la conquista y que sabían hablar el latín con elegancia y escribirlo con corrección.

Este Colegio estaba pasando por una etapa crítica debido a la epidemia de cocoliztle de 1545, que, según las palabras del propio Bernardino de Sahagún: dio gran baque al colegio3 y quedó triste y desocupado. El mismo Sahagún nos cuenta que en Tlatelolco, antes de que él cayera enfermo, habían enterrado más de diez mil cadáveres;4 entre ellos estaban los más notables colegiales y maestros. También había muerto el obispo Zumárraga y, para mayor desdicha, la Real Hacienda dejó de entregar el millar de pesos que le tenía asignado el emperador.

No se piense que este abandono fue voluntario. Hasta 1543, Carlos V, con salidas transitorias, había permanecido en España ocupándose directamente de los asuntos administrativos de su reino. Pero precisamente a mediados de ese año, Carlos V abandonó España para no volver nunca más en calidad de rey. Quedó al frente del gobierno Felipe, el príncipe de 16 años. Mientras tanto Carlos V viajaba por el centro de Europa, donde sus problemas se acumulaban, los enemigos le acosaban por todas partes y los periodos de salud y optimismo se alternaban con aquellos en los que la gota lo atormentaba y la depresión espiritual lo llevaba a pensar en abandonar el mundo y recluirse en un monasterio.

Así llegamos al año de 1552, el de más interés en nuestra historia, pues en él se redacta y completa el libro que nos ocupa. Para entonces el emperador se hallaba acosado por todos lados. Fue el año mas difícil de toda su vida. Escapó vivo de milagro a una celada traidora, que le tendió Mauricio de Sajonia; derrotado y envejecido, huyó de noche en una litera, a través de los Alpes. La bancarrota le obligaba a pedir dinero continuamente a España, donde a duras penas podían reunirlo. Hacia diciembre la situación era casi desesperada.5, 6     

En estas condiciones, cuando a veces la situación era tan crítica que peligraba hasta su vida, es comprensible que Carlos V no tuviera tiempo de acordarse del colegio mexicano, y aunque su sucesor Felipe tenía autoridad para decidir sobre muchos o casi todos los problemas del reino, le faltaba la holgura económica para gastar en cosas de importancia secundaria, frente a las inaplazables exigencias de las campañas bélicas.     

Sin embargo, la edición del Códice siguió su curso y, aunque tenemos noticia de que el Emperador Carlos no llegó a verlo, si sabemos que pasó a los estantes de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial y es a partir de este momento que comienza la historia del libro.7

Retrocedamos un poco para saber el origen de esta obra. Esta escrita, lo dice el propio Juan Badiano en el colofón, por orden de fray Jacobo de Grado, que en aquellos momentos tenía el cargo de guardián del Convento de Tlatelolco y presidente del Colegio. Su autor lo dedicó a Francisco de Mendoza, hijo del primer virrey de Nueva España y que, como su padre, era un decidido protector del Colegio. Sabemos que Francisco de Mendoza sentía gran admiración por la flora medicinal mexicana, y a él se debe la idea de redactar el texto de la dedicatoria ya que con esto se daba una adecuada introducción para la presentación del trabajo al rey.   

Este dato confirma el hecho de que, precisamente en esa fecha, Francisco de Mendoza, que un año antes había marchado al Perú con su padre, partió para España llevando en propia mano lo que toca al repartimiento. También llevaba de parte de su padre el encargo expreso para el rey de no abrir las cajas selladas, sin antes hablar y escuchar lo que Francisco tenia que decirle.8

Nuestra falta de conocimientos sobre la gestación del Libellus, el no poder contar con más datos que aquellos que el propio manuscrito suministra y el extraordinario interés que para la medicina mexicana representa, han dado ocasión para que las conjeturas y las suposiciones tomen mas vuelo del debido y que, con la mayor buena voluntad, se afirmen hechos posibles, cuya veracidad histórica no puede ser demostrada.

En particular el tema que más problemas ha planteado, es el referente a sus autores. No existe la más mínima duda respecto a quiénes fueron. Los datos los suministra el propio manuscrito. En la primera página se anota que el libro: Lo compuso un indio médico del Colegio de Santa Cruz, que no hizo ningunos estudios profesionales, sino que era experto por puros procedimientos de experiencia. Más adelante, en la misma página, al escribir la dedicatoria, nos dice su nombre: Martin de la Cruz. En las dos últimas páginas aparece la constancia del otro autor: Juan Badiano, quien se declara intérprete de la obra y autor de la traducción latina en ella presentada. Es, por lo tanto, un texto original del médico indio Martín de la Cruz, vertido al latín por otro indígena llamado Juan Badiano. Ambos manifestaron pertenecer al Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y, Badiano por su parte, indicó ser natural de Xochimilco.

Mucho se ha dicho en cuanto a las edades de los autores, hasta señalar que Martín de la Cruz era un hombre viejo, mientras Juan Badiano no pasaba de los veintiocho años.9 Ambas afirmaciones están basadas en algunas frases del texto original. Cuando Martín de la Cruz en la dedicatoria agradeció al Virrey Antonio de Mendoza, dijo: Lo que soy, lo que poseo, lo que tengo de fama, a él se lo debo… y dejó con ello su reconocimiento al mismo tiempo que reafirmó el renombre de la institución dentro de la corte virreinal y entre aquellos que formaban parte del Colegio de la Santa Cruz. El asegurar que era un indio viejo porque en la primera página del libro dice: era experto por puros procedimientos de experiencia, o deducir su edad basándose en sus conocimientos médicos terapéuticos, pertenecientes al último periodo prehispánico (azteca IV) que aparecen en el contenido del Libellus, son razones algo aventuradas, pues a los años y a la experiencia hay que añadir la tradición heredada, sin que por ello se marque una edad avanzada.

Martin de la Cruz fue un indio mayor que Juan Badiano, sin formación escolar, por lo que dictó o redactó sus conocimientos en náhuatl para luego ser transcritos al latín. En el caso de Juan Badiano, al asegurarse que fue profesor en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, podemos hacer un cálculo aproximado de su edad, tomando en cuenta el año en que se fundó esta institución (1536), el que los grupos de niños admitidos al colegio no eran mayores de 12 años y los años transcurridos hasta el 22 de julio de 1552 (día de Santa María Magdalena) en el que se terminó de traducir el manuscrito.

Esto es todo lo que sabemos de ellos. Ninguno de los dos vuelven a aparecer citados en otros documentos de la época que hayan llegado a nosotros. Tampoco se sabe que hayan realizado alguna otra obra además de ésta. Por lo tanto, todo lo que se haya dicho y escrito, y cuanto podamos expresar sobre ellos, son simples suposiciones, sin ninguna base documental, siempre sujetas al criterio propio de quien lo expone y a ser rectificadas ante la más leve evidencia que se oponga a lo escrito.

Y así llegamos al juego de las suposiciones, pues con el afán de dar mayor importancia al texto, se rompe el equilibrio entre la imaginación y la realidad, olvidando lo más importante: el contenido mismo del manuscrito, lo referente a los conocimientos médicos y terapéuticos de un solo lugar y de un solo autor; sin embargo, resulta suficiente para poder conocer, aunque sea de una manera aproximada, algunos de los rasgos de la medicina que se practicaba en lo que ahora se conoce como Mesoamérica, y que por sus características culturales y políticas constituye una unidad histórica. Resulta evidente que el texto tiene ya la influencia de las ideas de los colonizadores, incluso siempre que se escribe sobre la época, se habla de vencedores y vencidos. Pero, desentendiéndonos de lo que puedan haber influido las ideas europeas, encontramos un riquísimo arsenal de conocimientos indígenas sobre terapéutica y prácticas curativas. En general, es una reseña de recetas empíricas que utilizan en su composición los elementos más variados, pertenecientes a los tres reinos de la naturaleza, y en los cuales, junto a vegetales que han demostrado valor efectivo en estudios farmacológicos modernos, encontramos también muchas sustancias inútiles, productos escatológicos sobre todo un volumen de elementos mágicos, en su mayor parte de sustitución y semejanza, que es lo que verdaderamente caracterizaba al tipo de terapéutica utilizada.

La lectura de su contenido y su análisis, da una muy amplia posibilidad de reconstruir los procesos mágicos terapéuticos, que aún permanecen a la espera de un acucioso investigador. Como bien lo señala Aguirre Beltrán,10 la medicina indígena utilizaba muchas de sus plantas y remedios buscando en ellas, no el principio activo farmacológico que hoy conocemos, sino el contenido mágico que cada elemento pudiera poseer, y que debía actuar en contra o a favor de una determinada idea etiológica y mágica de la enfermedad.

Falta pues, que se nos explique mediante la filología su contenido y en particular las diferencias entre herbario y recetario, ya que se trata de un escrito que incluye tanto las hierbas, como lo que el médico ordena que se suministre al enfermo.11

No debe tomarse este libro como revelación de maravillas medicinales; ingenuamente así han querido verlo algunos, ni es un tratado de medicina mágica a que lo reducen otros. Sin que dejen de mezclarse prácticas mágicas, tiene la sabiduría pragmática del empirismo que contrasta con los dogmas médicos europeos del siglo XVI. Su interés supera al de un documento histórico; su estudio cuidadoso revela recursos que merecen un análisis serio, y para el médico mexicano es una enseñanza del origen de muchos de los conceptos y medidas que todavía se encuentran en la medicina tradicional.

En lo físico, el libro es de confección europea. El formato, el idioma, el papel, la escritura, la encuadernación, todos son elementos importados; hasta el mismo orden de los capítulos corresponde a la distribución habitual en los libros médicos de aquella época en Europa. Sólo presenta en su estructura material un elemento puramente autóctono, capaz por sí solo de anular las demás características, y cuyo valor artístico y documental sobrepasa cualquier otro aspecto de la obra y hace de ella un ejemplar único en la cultura de América. Nos referimos a las ilustraciones. Son de ejecución totalmente indígena, elaboradas por tlacuilos que conservaban la escuela de sus antepasados.

El mayor interés del libro nos entra por los ojos. En el orden es puramente estético y hojear el Libellus origina un diálogo entre sus viejos creadores y los investigadores de hoy. Es evidente que esta relación de simpatía es mayor cuando se trata de satisfacer un sentido indagador, pareciera que sus “miniaturas”12 provocan una fluidez artística que mueve en todos sentidos al curioso de hoy. Ciertamente también sobre este tema hay mucha deliberación que en boca de expertos inclina sus intereses hacia el lado indígena o europeo.

Quien quiera apreciar estos dibujos habrá de entender la representación ideográfica de los indígenas siempre sintética y en dos dimensiones, y también el sentido de volumen que aparece insinuado por los colores o dobleces vegetales, que indican la influencia europea ejercida sobre el artista anónimo. Hay en todas las figuras una intención naturalista, donde se reúne el diseño indígena original con imágenes aculturadas que reafirman su carácter indoeuropeo.

Ninguna obra como el Libellus deja sentir el aliento del espíritu mexicano; de su doble historia sale ese aire de cultura unificada. Ahora que México ha iniciado su marcha por los caminos de la ciencia y que está descubriendo el valor de su pasado cultural, es deber impostergable evaluar el más antiguo y a la vez el más original y veraz documento con que cuenta el historiador, para poder intuir la medicina de los pueblos anteriores a la Conquista.13 Información parcial y expurgada, ausente de muchos componentes mágicos y con fuerte influencia europea, pero de todos modos sigue siendo el documento más fidedigno con que contamos hasta hoy para emprender el estudio de la medicina mesoamericana.

 articulos
 
     

 Refrerencias Bibliográficas

1. Con intentos de análisis y rescate de su contenido, el Códice de la Cruz-Badiano ha sido estudiado en numerosas ocasiones. Se han sucedido distintas ediciones, siendo las principales: Gates, William.
— The De La Cruz-Badiano Aztec Herbal of 1552, Text and Figures, The Maya Society, 1939 (1), Baltimore.
— The De la Cruz-Badiano Aztec Herbal of 1552, Translation and Commentary by…, The Maya Society, 1939 (2), Baltimore.
Emmart, Emily Walcott.
— The Badianus Manuscript (Codex Barberini, Latin 241) Vatican Library. An Aztec Herbal of 1552, 1940, The Johns Hopkins Press, Baltimore.
Guerra, Francisco:
— Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, Vargas Rea y El Diario Español, 1952, México.
Sin embargo la importancia del Códice y su difusión en México dio lugar a una excelente edición facsimilar que el Instituto Mexicano del Seguro Social puso en circulación en 1964, restituyendo el nombre del autor.
2. Martín de la Cruz.
— Libellus de Medicinalibus Indomm Herbis, Manuscrito azteca de, 1552. Según traducción latina de Juan Badiano. Versión española con estudios y comentarios de diversos autores, 1964, México.
Instituto Mexicano del Seguro Social.
Edición del Instituto Mexicano del Seguro Social, 1964, México, p. 301. Esta edición va precedida de una serie de textos donde se reúnen el análisis histórico, botánico y artístico, así como el valor médico y documental del manuscrito y es de esta información de donde proceden los estudios actuales del Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis.
3. Sahagún Bernardino de, 1956, Historia General de las Cosas de Nueva España, Porrúa, México, Vol. 3, p. 167.
4. Ibíd, nota 3, p. 356.
5. Merriman, Roger Bigelow, 1960, Carlos V el Emperador y el Imperio español en el Viejo y Nuevo Mundo, Espasa Calpe, Madrid.
6. Walsh, William Thomas, 1943, Felipe II, Espasa Calpe, Madrid, p. 136.
7. El Libellus fue un libro destinado a enseñar medicina y pasó a los anaqueles de la biblioteca palaciega como una curiosidad más de las muchas que cada día llegaban de América. Era una preciosidad exótica y no un libro de estudio. Probablemente los que entonces lo poseyeron y contemplaron lo hacían, como todavía lo hacen hoy muchos, admirando en sus páginas más la factura artística que el contenido terapéutico. Resultaba, además, de difícil aplicación. La mayor parte de las hierbas allí mencionadas eran locales, imposibles de ser conseguidas en la meseta castellana.
8. Ibíd, nota 1, Edición del Instituto Mexicano del Seguro Social, 1964, México, p. 301.
9. Ibíd, nota 1, Edición del Instituto Mexicano del Seguro Social, 1964, México, pp. 311-312.
10. Aguirre Beltrán, Gonzalo, 1963, Medicina y Magia, Ed. Instituto Nacional Indigenista, México, D. F., pp. 36-54 y 115-139.
11. Ibíd, nota 1, Ed. del Instituto Mexicano del Seguro Social, 1964, México, pp. 317-322.
12. Ibíd, nota 1, Ed. del Instituto Mexicano del Seguro Social, 1964, México, pp. 237-242.
13. Con seguridad, el Libellus constituye la fuente más primitiva que sobre medicina mesoamericana se escribió después de la conquista. Sólo son anteriores las referencias aisladas e incompletas de algunos cronistas e incluso las del propio Hernán Cortés en sus Cartas de Relación. Estos documentos, aunque contienen datos valiosos, no alcanzan a presentar ningún panorama en el aspecto médico. Entre los Códices indígenas, pre y poscortesianos, que han llegado a nosotros, ninguno se ocupa de temas médicos específicamente y las referencias aisladas que pudiéramos encontrar son más bien alusiones o interpretaciones actuales de hechos presentados con otros motivos.

     
____________________________________________________________
     

Juan Somolinos Palencia
Jefe de Información Biomédica, Instituto Mexicano del Seguro Social.

como citar este artículo

     

de venta en copy
Número 134
número más reciente
 
134I


   
eventos Feriamineriaweb
  Presentación del número
doble 131-132 en la FIL
Minería

 


novedades2 LogoPlazaPrometeo
Ya puedes comprar los 
ejemplares más
recientes con tarjeta
en la Tienda en línea.
   

  Protada Antologia3
 
Você está aqui: Inicio revistas revista ciencias 21 Tiempo y tradición del Códice