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Tintero53a Estrellas

Cuando en el cielo las estrellas
desestiman el firmamento
y se van a dormir de día,
las estrellas de agua saludan
al cielo enterrado en el mar
inaugurando los deberes
del nuevo cielo submarino.

Pablo Neruda
Erizo

El Erizo es el sol del mar,
centrífugo y anaranjado,
lleno de púas como llamas,
hecho de huevos y de yodo.

El Erizo es como el mundo,
redondo, frágil, escondido,
húmedo, secreto y hostil,
el Erizo es como el amor.

Pablo Neruda
Tintero53b
El erizo

El erizo tiene miedo de todo y quiere dar miedo
en el fondo del agua o entre las piedras.
Es una flor armada de indefensión,
una estrella color de sangre
derruida en su fuego muerto.

Zarza ardiente en el mar, perpetua llaga,
resiste la tormenta en su lecho de espinas.
El erizo no huye: se presenta
en guerra pero inerme ante nuestros ojos.

Al fondo de su cuerpo, la boca, herida abierta, discrepa
de su alambre de púas, su carcaj
de flechas dirigidas a ningún blanco.

Testigo vano de su hiriente agonía,
el erizo no cree en sí mismo ni en nada.
 
Es una esfera
cuya circunferencia está en el vacío.

Es una isla
asediada de lanzas por todas partes.

Soledad del erizo, martirio eterno
de otro San Sebastián que nació acribillado.
El erizo nunca se ha visto,
no se conoce a sí mismo.
Tan sólo puede imaginarse a partir
de los otros erizos:
su áspero prójimo,
su semejante rechazante.

Bajo el mar que no vuelve avanza el erizo
con temerosos pies invisibles.
Se dirige sin pausa hacia la arena
en donde está la fuente del silencio.

José Emilio Pacheco
 
Los pájaros

La primera impresión de Veracruz en mi infancia
fue aquella densa marejada:
negras aves que parecían traer la noche en sus alas.
—Se llaman pichos—me dijeron.
Deben ser tordos o zanates o alguna variedad semejante.
Aunque el nombre no importa: lo perdurable
era la oscura garrulería, el temor,
la indisciplina misteriosa con que los pájaros
iban cubriendo —grandes gusanos o langostas— los árboles.
Bajaban como aerolitos de las cornisas y los cables eléctricos,
inerme multitud que intenta en vano rechazar, la catástrofe.

El crepúsculo ahogado de calor se extinguió,
lumbre ya sin rescoldo en las altas frondas.
También el cielo fue un ave negra
e inesperadamente se posó el silencio en el aire.
Entramos en el hotel después del largo viaje.
Mi abuelo
compró el periódico de México
y me leyó noticias de aquella bomba,
de aquel lugar de extraño nombre remoto,
de aquella muerte que descendió como la noche y los pájaros,
de aquellos cuerpos vivos arrasados en llamas.

José Emilio Pacheco
Tintero53c
De los animales de esta tierra
Y las historias que de ellos se cuentan

Otra historia
narran los ancianos de este sitio,
la cual dicen aquéllos trátase de los alientos de la noche,
que no son sino los pensamientos secretos de la gente,
que toman forma de una ave por que nadie les cogiese.

Que la dicha ave nació con luna
y por deseo de ésta,
pues en los principios del mundo no había un animal
ni gente alguna que anduviese de noche,
sino que todo era sueño.

Sucedió que la luna cogió el deseo
de conocer a los animales de este sitio
pues mucho se aburría mirando que todos dormían.

Y esta razón tuvo para pedir al sol que,
al atardecer de cada día,
le permitiese acercarse a él
un poco antes que de costumbre,
pues quería conocer lo que pasaba en este lugar
cuando era de día.

El sol tomó por buena tal idea,
y dijo que sí
pero
que sólo fuera la mitad del año.

Al saberlo,
la luna consintió en que así se hiciera,
y en ambos hubo acuerdo.

Mas fueron pocas las noticias
que tuvo la luna de cuanto aquí ocurría,
y pensó que convendría
que hubiese animales nocturnos,
y otros que anduviesen despiertos en la últimas horas del día
y las primeras de la noche,
Entonces buscó el parecer del sol en tal idea,
y éste la tomó por buena.

Y muchos animales cogieron dicha costumbre.
 
Poco tiempo había pasado,
y ocurrió
que el sol tuvo un gran desasosiego,
y era porque había aparecido una como nubecilla
de vapor negruzco que flotaba muy cerca de la tierra,
y era causa de mucho estorbo para los animales
y la gente,
y tanto más que aumentaba cada día.

 

Tintero53d  


Mucha preocupación
 
tenía el sol por este asunto que digo,
 
hasta que tomó la idea de pedir la opinión
 
de la luna,
 
la cual también había notado
 
esa extrañeza de los aires,
 
y dio por respuesta
 
que le permites conocer mejor aquello.
 

Al poco tiempo
 
tomó noticias de que la nube aquella
 
no era sino los pensamientos secretos
 
de la gente,
 
que se despegaban de los sueños
 
y alejábanse,
 
andando por ahí de vagamundos,
 
confundidos
 
unos con otros.
 

Cuando lo hubo contado al sol,
 
ambos determinaron
 
que era menester
 
que tales pensamientos no formaran nube,
 
sino que fuesen a la lejanía
 
donde quedan todos los sueños,
 
para que allí se juntasen
 
nuevamente con ellos,
 
y no causaran estorbo en las personas.
 

Fue así que la luna
 
reunió los pensamientos secretos de la gente,
 
y por que tuvieran fuerza para mejor viajar,
 
los amasó hasta convertirlos en alientos de la noche,
 
y cuando esto hizo,
 
bañólos con su luz por darles forma,
 
que fue la de un ave.
 

El sol tomó su rayo más intenso,
 
lo partió para tener dos pedazos muy vivos,
 
y mucho los apretó
 
hasta formar dos ojos como solecillos,
 
los cuales puso en el rostro de aquélla.
 

Y es el decir de los nativos
 
que desde entonces tal pájaro habita en estas tierras,
 
y que hace como que duerme por las noches,
 
pero tienen por verdad que no hace sino coger del aire
 
los pensamientos secretos de la gente,
 
los cuales arroja con fuerza en las alturas,
 
donde los grandes vientos los lleva
 
al sitio en que han de estar.
 

Algo de veras habrá en esta historia,
 
pues la dicha ave es como un pedazo de noche,
 
de color azuloso y muy oscuro,
 
con brillos en su rostro,
 
como si fuese de metal pulido,
 
y su cola es ancha,
 
muy larga y negra.
 

Llámanle zanate,
 
y mide casi dos palmos de la cola al pico,
 
que es alargado y filoso,
 
cual punta de saeta.
 

Tiene los ojuelos amarillos,
 
y ellos hay una extraña viveza,
 
pues pareciera que alumbran cuando mira.
 

Acostumbra andar en los árboles,
 
aun los de jardines,
 
pues que lleva buenos tratos con el hombre.
 

Gusta de posar erguido en una rama,
 
y hablar entrecortadamente
 
en su lengua de ave,
 
que es su voz tan aguda
 
como el silbido del viento,
 
mas no de causar inquietud ni espanto,
 
sino buena paz,
 
pues pareciera decir satisfecho
 
que ha cumplido su encomienda.
 

Mauricio López Valdéschivicango53
 

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como citar este artículo

 

Neruda, Pablo. (1999). Zoologías. Ciencias 53, enero-marzo, 64-67. [En línea]

 

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