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R. Pineda y E. Cantoral
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Las cuencas hidrográficas son espacios del territorio que se
definen por el agua que se vierte en ellas, lo que establece complejas relaciones entre el suelo, la biodiversidad y las personas que las habitan. La cantidad de agua, las condiciones de suelo y vegetación, y las actividades humanas determinarán la integridad ecológica de sus ecosistemas, así como de los sociosistemas existentes.
En San Miguel de Allende existe un deterioro en los espacios naturales de los alrededores de la ciudad que debe ser preocupación de la sociedad, en particular la zona del volcán Palo huérfano conocida como Los Picachos. Ésta representa una oportunidad y una amenaza, ya que si se conserva y se mantienen sus servicios ecosistémicos, se disminuirá la probabilidad de inundaciones y ello prolongará la vida útil de la presa Allende; pero si continúa su deterioro, se aumenta la probabilidad de riesgo hidrológico, lo cual restará funcionalidad a la presa y modificará sensiblemente el microclima de la ciudad. A la par, es necesario mejorar la calidad de vida y el desarrollo de las personas que habitan en la cuenca media y baja, de manera que aumente su responsabilidad en la conservación de los recursos naturales (suelo, flora y fauna) en colaboración con los habitantes de las zonas urbanas ubicadas en la cuenca baja. El estudio del área de Los Picachos que decidió llevar a cabo la Dirección de Medio Ambiente y Ecología del Ayuntamiento de San Miguel de Allende en convenio con la Universidad Autónoma de Querétaro (Maestría en Gestión Integrada de Cuencas), estableció de manera integral y con una visión de cuenca los planes de producción y conservación de tres de las microcuencas que componen Los Picachos: Alcocer, Santa Teresita de Don Diego y San Marcos de Begoña.
Con base en el trabajo conjunto de pobladores y autoridades se delimitaron los problemas y se propusieron soluciones, las cuales fueron incluidas en proyectos específicos relacionados con la mejora del estado de los recursos naturales y de la calidad de vida de las comunidades marginadas de las microcuencas. Los Picachos En la actualidad las tres microcuencas muestran un riesgo de moderado a fuerte en avenidas, que puede aumentar si se continúa con las pautas actuales de manejo. Las zonas altas de las tres microcuencas tienen suelos poco profundos y fuertes pendientes, por lo cual es importante mantener la cubierta vegetal, que está formada por matorral y bosque de encinos moderadamente conservados. En las zonas medias y bajas de las tres microcuencas los suelos son más profundos y con mayor cantidad de materia orgánica, por lo que son adecuados para la agricultura de temporal —aunque en los últimos años se ha favorecido el cambio de uso del suelo por el crecimiento de la ciudad. La erosión del suelo es relativamente intensa y es causada principalmente por el impacto de las actividades ganaderas y agrícolas que disminuyen la cubierta vegetal en las zonas altas y medias.
Debido al clima predominantemente seco y a las condiciones geomorfológicas de Los Picachos, los arroyos de las microcuencas son intermitentes. El agua subterránea es poco salina pero puede presentar contaminación geológica (flúor, arsénico y plomo) y contaminación fecal por la falta de una red de drenaje. En las tres microcuencas los balances hídricos indican que se usa un mayor volumen de agua del que se permite recargar. La población de las microcuencas se concentra en unas cuantas comunidades como Alcocer y Santa Teresita de Don Diego, todas ellas exportadoras de mano de obra a los Estados Unidos y la ciudad de San Miguel de Allende, y con altos niveles de marginación. La vegetación y la fauna
En 40% de la superficie de las microcuencas se ha perdido o transformado la vegetación original por actividades ganaderas y agrícolas y asentamientos humanos, mientras que en las zonas altas de Los Picachos el bosque de encino tiene una cobertura mayor a 100%, lo cual favorece la infiltración de agua de lluvia. La vegetación de tipo matorral de transición muestra una cobertura mayor a 110%, y aunque se trata de vegetación secundaria, debida a incendios y ganadería, ayuda a la protección de los suelos previniendo la erosión. Los listados de flora y fauna indican que hay 25 especies bajo algún estatus de conservación —según la nom-059-ecol-2001—, de las cuales 16 son vertebrados, como la serpiente chinete de mezquite (Scleroporus grammicus), con protección especial, la serpiente alicante (Pitouphis deppei) y el gavilán pajarero o pecho rufo (Accipiter striatus), amenazadas, y la tuza (Thomomys umbrinus), en riesgo; las nueve restantes son cactáceas, como las biznagas Mammillaria zephyranthoides, amenazada, y Echinocactus grusonii, en peligro de extinción, el colorín (Erythrina coralloides), amenazada, y el nogalillo (Cedrela dugesii), protegida. Las principales amenazas a la biodiversidad son la fragmentación de la vegetación original y el saqueo de flora y fauna. Por otra parte, se encontró que, bajo ciertas medidas de manejo y aprovechamiento sustentable, hay una cantidad importante de plantas con potencial ornamental (principalmente cactáceas) y otras para extracción de leña (encinos). La fauna tiene potencial cinegético o para alimento, como palomas y codornices, conejos y liebres. En el caso de las aves, se registraron 12 especies con gran importancia ornamental, además de ser canoras. Todo esto da pauta a proyectos de reproducción de aves en cautiverio o a explotar de manera sustentable especies en estado silvestre.
Acciones a realizar Las soluciones propuestas para los problemas anteriores implican un trabajo conjunto entre los habitantes de las microcuencas, los académicos y las autoridades del gobierno municipal, ya que impactan directamente en la conservación de especies de flora y fauna. Para ello, se consideraron los siguientes componentes y proyectos asociados: a) componente de actividades alternativas para el bienestar social, el cual incluye: 1) un proyecto de capacitación comunitaria para realizar actividades de turismo de naturaleza, el cual consiste en crear un grupo de promotores-guías capacitados, que lleven a cabo acciones de turismo de naturaleza en Los Picachos para que mejore la percepción de los turistas y ciudadanos de San Miguel de Allende en cuanto a la necesidad de conservación de estas microcuencas; 2) un proyecto de senderos de interpretación de la naturaleza, que requiere planear senderos y calcular la capacidad de carga turística para llevar a cabo de manera ordenada el turismo de naturaleza y promover la concientización de los habitantes y visitantes.
b) Componente de desarrollo productivo familiar, el cual comprende: 1) un curso de ecotecnias y diversificación productiva del traspatio familiar, que permitirá el desarrollo de ecotecnias que favorezcan la captura de agua de lluvia, su uso y reciclaje, el uso sustentable de leña, los cultivos de hortalizas y el manejo del traspatio para crear un sistema que mejore la calidad de vida de los habitantes de las cuencas media y baja; 2) un proyecto de huerto y comercialización de plantas medicinales, el cual pretende establecer un sistema de relación comercial entre los habitantes de la ciudad y los de las microcuencas mediante su cultivo y comercialización a fin de disminuir el impacto de la extracción de flora. c) Componente agrícola y pecuario, que implica: 1) el establecimiento de cultivos intensivos de hortalizas y cría de conejos en pequeños espacios de la comunidad para abastecer a los servicios alimentarios de la ciudad de San Miguel; 2) la capacitación en agricultura orgánica, de manera que los productos hortícolas que se ofrezca a los habitantes de la ciudad tengan como valor agregado el ser orgánicos, libres de agroquímicos, y con estándares de calidad; 3) la producción intensiva de plantas nativas, un proyecto de producción de aquellas con valor ornamental y útiles para la rehabilitación de matorral y bosque que permita la restauración de las laderas de Los Picachos y su conservación, e incremente la cobertura, conformando mayores espacios para la fauna.
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Agradecimientos:
A todos y cada uno de los participantes en este proyecto, nuestro más sincero reconocimiento; a las autoridades locales y los comuneros de la región, por su apoyo, interés y participación. como citar este artículo → Pineda López, Raúl F. y Cantoral Uriza, Enrique A. (2009). El manejo de cuencas y la conservación de especies: el caso de San Miguel de Allende, Guanajuato. Ciencias 94, abril-junio, 24-26. [En línea]
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Ramón Peralta
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¿Es un lugar o una comunidad?, ¿es acaso la historia de quienes
pasaron por ella, o la de quienes están?, ¿son los profesores, los trabajadores y los alumnos? Me parece que es todo lo anterior y muchas cosas más; como los recuerdos y las anécdotas, como los artículos de investigación que se concibieron, desarrollaron y escribieron en ella, como las conferencias que algún visitante dictó y que, como en una epifanía, inspiraron a uno que otro alumno a terminar su carrera, o a seguir con sus estudios de posgrado. También es, por supuesto —y están los datos que lo prueban—, la fuente más importante de científicos en México, en las áreas de actuaría, biología, física y matemáticas; más recientemente, en las ciencias de la computación y el manejo sustentable de zonas costeras, en su sede ubicada en Sisal, Yucatán.
En números cerrados, la Facultad cuenta con 7 000 alumnos distribuidos en 1 300 grupos diferentes, 260 profesores de carrera y 1 500 de asignatura. Anualmente se gradúan 450 alumnos en las cinco licenciaturas ofrecidas en la sede de cu. Cualquier egresado tiene 10 programas de posgrado para escoger en los que participa la Facultad, incluyendo Filosofía de la Ciencia, Cómputo, Materiales y Astronomía. Investigadores de 16 centros e institutos de investigación confluyen en la Facultad, y aportan sus conocimientos, asesoría y experiencia a los alumnos de cada una de las licenciaturas y posgrados. Esto hace a la Facultad única en su género a escala nacional e internacional. Ninguna entidad académica universitaria cuenta con tal riqueza en calidad y variedad de profesores-investigadores. No sorprende que sus egresados puedan acceder al posgrado de cualquier universidad del mundo en condiciones ventajosas, al contar con una sólida formación académica.
Por 50 años, la Facultad ha sido un baluarte del espíritu crítico universitario, y su comunidad ha sido figura central en todos y cada uno de los conflictos de la Universidad. Los egresados han ocupado la dirección de más de una decena de entidades académicas y los más altos puestos de responsabilidad de la unam, de instituciones de educación superior, secretarías y subsecretarías de estado; han recibido las más altas distinciones académicas del país y constituyen casi una cuarta parte de El Colegio Nacional. La población estudiantil ha ido creciendo con el paso del tiempo y sobre todo después de que se trasladó, en 1977, a sus instalaciones actuales. Ahora crece más lentamente ante la presión demográfica, acercándose a un nivel de saturación, a pesar de que en 2003 se concluyó un nuevo edificio de ciencias experimentales, se contrató a más de cincuenta administrativos para su mantenimiento y operación, y un número semejante de académicos, entre técnicos y profesores, que han impulsado ciertas áreas y abierto nuevas perspectivas.
En la siguiente década, la comunidad crecerá un poco más y seguramente, se habrá de reorganizar pese a su resistencia al cambio; habrá más departamentos y carreras, como ciencias de la Tierra y matemáticas aplicadas. Los alumnos tendrán una responsabilidad y exigencia mayores, impuestas por las necesidades y la competencia por los espacios de educación, y un número creciente estará involucrado en estudios a distancia, a través de Internet; en sedes alternas se empezarán a atender los aspectos experimentales de las carreras que así lo requieran. Hoy día, Ciencias es un lugar extraordinario, rico en estímulos intelectuales, en retos académicos y posibilidades de atisbar al universo actualizado de la investigación de frontera; quienes pasan por sus aulas quedan marcados de una manera especial, en tanto que se ven expuestos a la metodología científica, a una forma particular de abordar problemas, de hacer propia la convicción de que el mundo es inteligible y aprovechable, sin menoscabo de la responsabilidad de hacerlo sustentable.
¿Será el mundo un lugar desolado en cien años? No lo sé. Intuyo que la Facultad verá días más afortunados, con una mayor equidad para cada alumno, y que sin perder la capacidad de asombro frente al Universo que se seguirá revelando, le será ofrecida una educación más completa y diversa, amalgamando el arte, la ciencia y las humanidades, permitiendo que su aportación social sea mejor y mayor, llenando más cabalmente los objetivos de la unam, la Universidad pública, gratuita y laica que este país necesita. |
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como citar este artículo → Peralta y Fabi, Ramón. (2009). Pasado, presente y futuro de la Facultad de Ciencias. Ciencias 94, abril-junio, 76-77. [En línea]
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Pizarrones públicos
Susana Biro
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Una de las cosas que recuerdo mejor de cuando era
estudiante en el Instituto de Astronomía de la unam son los pizarrones. Cada investigador tenía uno en su oficina y todos eran fascinantes. El que más me gustaba era el de mi asesor; casi podría decir que por eso decidí trabajar con él. Era limpio, ordenado y claro, como una radiografía de su manera de pensar. La mayoría, debo admitir, eran interesantes pero no especialmente estéticos. Estaban llenos de diagramas, ecuaciones, tablas y anotaciones en cualquier orden, encimadas y con tachones. Pero el más impresionante de todos siempre estaba absolutamente limpio, sin la más mínima marca de gis. Cuando pregunté por qué ese investigador siempre tenía borrado su pizarrón, me dijeron que temía que otros le robaran sus ideas. Aun entonces, sin conocer mucho del mundo de la investigación científica, me parecía un despropósito dedicarse a averiguar algo nuevo sobre el mundo pero luego no querer compartirlo con los demás.
Ahora, con la red, compartir es mucho más fácil y la ciencia ha ido usando las facilidades que ofrece conforme van apareciendo. Como todos saben, las páginas web sirven como excelentes tarjetas de presentación para los diversos grupos de investigación. Además, su velocidad y flexibilidad ha empezado a cambiar las formas de publicar los resultados nuevos. En vez de esperar el tardado proceso del dictamen de a lo sumo un par de árbitros, seguido de la publicación en papel, ahora suben sus artículos a páginas como archiv.org, donde aparecen de inmediato y se discuten entre grupos más amplios. Pero sin duda lo más nuevo, y todavía controvertido, de la introducción de estos nuevos medios en la ciencia está relacionado con lo que se ha dado en llamar web 2.0. En realidad, no se trata de nuevas tecnologías ni programas, sino de la unión de varias aplicaciones que ya existían como son los wikis (que permiten autoría colectiva), blogs (bitácoras visibles por todos) y redes sociales (como Facebook). Una gran introducción a este concepto unificador y acelerador se puede encontrar en YouTube en el breve video The Machine is Us/ing Us del antropólogo Michael Wesch. Mientras que otras partes de esta nueva tecnología han sido recibidas de la manera más entusiasta por la comunidad, la capacidad de mostrarlo todo a todos genera intranquilidad entre algunos científicos. Seguramente ninguno de ellos diría que es malo compartir, pero con el uso de la red siempre queda la duda de cuánto hay que decir y quién podría leerlo. Además, en todos lados los puestos de trabajo y las promociones dependen de reconocimiento oficial y, hasta hoy, lo que aparece en internet no tiene valor curricular. Mientras se debaten todas las ventajas y desventajas de esta novedosa combinación, ya empiezan a aparecer sitios de ciencia 2.0 o ciencia abierta, donde se aprovechan las capacidades que ofrece la web 2.0 para compartir. El proyecto internacional OpenWetWare (www.openwetware.org) es un gran ejemplo de la óptima utilización de tal tecnología para permitir que se comparta la información, la experiencia y el conocimiento. Este portal de ciencias biológicas está basado en programas de wiki, de modo que todos los miembros son también autores. Reúne las páginas de laboratorios en todo el mundo, sus cursos y protocolos de investigación y blogs de discusión. Los organizadores le apuestan a que mostrar todo ayudará a que su ciencia avance más rápido e incluso de nuevas maneras. Y ya empiezan a ver resultados en las diversas colaboraciones entre los laboratorios. Además, para sumergir por completo a los más jóvenes de la comunidad en esta manera de hacer las cosas, organizan un concurso anual en el que deben resolver un problema de investigación y proponen que los equipos compartan toda la información mediante cuadernos o bitácoras de trabajo completamente públicos.
Generalmente la ciencia ha aprovechado (cuando no creado) los medios de vanguardia. Y aunque los más audaces ya la empiezan a usar, web 2.0 todavía genera algunos resquemores. Con el tiempo veremos si estos pizarrones públicos llegaron para quedarse. |
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como citar este artículo → Biro, Susana. (2009). Pizarrones públicos. Ciencias 94, abril-junio, 34-35. [En línea]
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![]() ![]() Un librero tamaño infantil
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Antonio Lazcano Araujo
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Mi madre siempre quiso ser torera. Como la familia pensó que
la idea era un poco excesiva y se lo prohibió, mamá decidió convertirse en agente secreto e ingresó, sin avisar a mi abuela, a una academia para entrenarse en ese oficio. Aún conservamos su credencial de estudiante y la lista de materias que debía cursar y que incluye, entre otras cosas, antropología criminal, maquillaje y disfraces policíacos, artes marciales y autodefensa, balística y explosivos. Cuando mi abuela, que siempre había soñado con ser conductora de trenes para poder viajar sin límites, descubrió lo que hacía mi madre, la sacó de inmediato de la Academia de Policía y la regresó a estudiar al convento del Sagrado Corazón de Jesús, en donde quedó de nuevo al cuidado de Sor Luz del Carmelo, una monja que era nieta de Don Porfirio Díaz y que nosotros terminamos adoptando. De allí salió mamá para casarse con mi padre, que terminó viviendo de sus inversiones en lugar de tocar la trompeta en un cabaret, como siempre lo había deseado. Un amigo y colega le preguntó a mi madre porque había querido ser torera, y su respuesta fue inmediata: “bueno, uno siempre debe de hacer algo en la vida”.
Como uno siempre debe hacer algo en la vida, nadie se opuso a mi decisión de convertirme en científico y de dedicarme a la lectura. Rilke escribió que la patria del hombre es la infancia, y en la Babel de mi niñez trashumante los libros no solamente me dieron refugio y certeza, sino también la mejor patria posible. Aun en las épocas precarias, libros y música fueron parte de la familia. Como desde muy pequeño me atraía enormemente las ciencias del espacio, mi abuela materna me envió desde México los libros en los cuales mi bisabuela había estudiado astronomía. Son volúmenes bellos que aún conservo, en donde Neptuno aún se llama Leverrier y Plutón no aparece. Nada de eso parecía importarle a mi abuela, que aunque usaba el teléfono y veía la televisión, había decidido instalarse en el siglo xix. Cuando tenía unos siete años un primo de papá, el elegante don Antonio de Cortina, me regaló una copia de Los cazadores de microbios, de Paul de Kruif. El libro me dejó memorias perdurables: al leerlo me fascinó la biografía de Pasteur pero, sobre todo, la personalidad barroca de Spallanzani y sus esfuerzos por demostrar la inexistencia de la generación espontánea.
Cuando venimos a vivir a México a casa de mi abuela, ella nos había preparado un librero de tamaño infantil con el Pequeño Larousse ilustrado, la Golden Book Encyclopedia, Ben-Hur, los libros de Mark Twain, las aventuras de Sherlock Holmes, le Grand Dictionarie de la langue française y los tres volúmenes del Libro de nuestros hijos. Al abrir uno de ellos me topé con un poema del siglo xvii de Rodrigo Caro que comienza: “Éstas, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora, ruinas que esparció rústico arado”, que resultó ser una descripción premonitoria de las finanzas familiares. En esa casa se reía mucho, pero crecimos con cierto sentimiento trágico. Como ya no había dinero para pagar a un chofer, viajábamos con ilusión en tranvías paquidérmicos, que había que abordar con cuidado porque mi abuela se empeñaba en recordarnos, desde los rumbos de Popotla, la muerte de Anna Karenina en una lejana estación de trenes de la Rusia imperial. Junto con la ópera y los perros, los libros se convirtieron en parte de nuestra vida cotidiana. Las prioridades afectivas estaban perfectamente definidas: los nietos desayunábamos Corn Flakes, pero a los perros les daban Zucaritas. Todos los domingos nos ponían a escuchar ópera, para llorar primero con La Traviata y luego con Carmen, conmovernos con la pobre de Madama Butterfly, la tragedia de Tosca y el exilio de Manon, pero jamás con Mimí, Musetta o Rodolfo, que según mi abuela llevaban una existencia bohemia que no debía ser vista por un niño de doce años y sus hermanos más chicos. Por ese entonces asistí con mi abuela a una representación de Los Cuentos de Hoffman, y me sedujo de inmediato un personaje demente, sin dinero, un poco siniestro pero fascinante, que tenía algo de mago y algo de científico, y que curiosamente se llamaba Spalanzani (aunque con una sola “l”). No fue sino hasta hace unos pocos años que me enteré que los historiadores creen que el Spalanzani de Offenbach está basado en el Spallanzani que andaba a la caza de microbios. Aunque yo era apenas un niño, sin darme cuenta, la noción de que la ciencia es parte integral de la cultura me había comenzado a seducir. Soy producto de la convicción familiar, venturosamente arraigada en tantos hogares mexicanos, de que la cultura y la educación son bienes que se deben procurar. Soy también producto de las oportunidades que me brindó la unam, una universidad pública, gratuita y laica, que está profundamente enraizada en nuestra sociedad no sólo por su antigüedad sino también por el papel central que ha jugado en el desarrollo de la cultura y la identidad nacional. Aún recuerdo, como si fuera una epifanía pictórica, la mañana en que me senté en el patio mayor del antiguo Colegio de San Ildefonso, sede de la Escuela Nacional Preparatoria, para hacer el examen de admisión, rodeado de arcos y muros encendidos por los murales de Orozco, Siquieros y Rivera. Desde los quince años me supe parte de la unam y, como muchos de los que estamos aquí, yo no hubiera podido terminar el bachillerato, ingresar a la Facultad de Ciencias y estudiar un posgrado si la unam no fuera una universidad pública y gratuita con una riqueza académica sin igual. Al llegar a la Facultad de Ciencias me transformé rápidamente en una versión estudiantil de Mr. Hyde, una especie de malandrín académico, un estudiante perdulario, holgazán y disperso, pero al mismo tiempo me mantuve como un Dr. Jekyll obsesionado por comprender el origen y la evolución de la vida. Y, vale la pena subrayarlo ahora que algunos se sienten seducidos no por el canto de las sirenas sino por el ritmo de los responsos y el aroma del incienso, ese interés no hubiera podido madurar si la educación pública en México no fuera laica y si no hubiéramos hecho nuestros los valores de una cultura secular. Eso es lo que ha permitido que desde hace muchas décadas nuestros estudiantes de secundaria y bachillerato lean los libros de Oparin, se familiaricen con las ideas de Darwin y se sorprendan con el fenómeno de la endosimbiosis. A veces olvidamos la deuda que tenemos con don Alfonso L. Herrera, un mexicano excepcional que promovió en forma infatigable la divulgación de las ideas de Darwin. Herrera se dedicó por más de cuarenta años al estudio del origen de la vida, pero desafortunadamente nadie dio continuidad a sus esfuerzos. De hecho, don Isaac Ochotorena, un personaje poderoso e influyente a quien mucho le debe la ciencia mexicana y que terminó peleado con Herrera luego de haber sido su discípulo, se dedicó a afirmar durante decenas de años que el origen de la vida no servía para nada, ni valía la pena estudiarlo, ni tenía caso que los biólogos mexicanos perdieran el tiempo en esas especulaciones. Don Isaac se murió al día siguiente de que yo nací. El estudio del origen de la vida es lo que en música se conoce, desde las épocas de Mozart y Salieri, como arias de bravura. Pero como decía mi abuela, el diablo protege a sus sabandijas: al amparo de la unam he podido dedicarme a estudiar, enseñar, investigar y divulgar lo que sabemos y lo que ignoramos sobre el origen de la vida. Gracias a la universidad y a la Facultad de Ciencias he tenido la suerte de contar con la amistad y las enseñanzas de talentos portentosos como A. I. Oparin, Stanley L. Miller, Joan Oró, Leslie Orgel, Lynn Margulis, Christian de Duve, Albert Eschenmoser, George Fox, y Emile Zuckerkandl. Llegué a ellos bien pertrechado, porque somos la mejor escuela de ciencias de México y, si me apuran, de Latinoamérica. La Facultad de Ciencias tiene todo para volver a ser el epicentro de la vida docente del subsistema de la investigación científica de la unam, pero para ello es indispensable hacer uso del poder de la inteligencia y del humor para exorcizar la autocomplacencia vanidosa y volver a ser el centro en donde converjan de manera natural investigadores de todos los centros e institutos, y para que nuestros estudiantes lleguen a otras dependencias sabiendo que laboratorios y bibliotecas son de ellos y para ellos. La gran diferencia que hay entre mis estudiantes y yo es que yo tuve mejores maestros. Probablemente he aprendido más de lo que se han beneficiado mis alumnos, pero aun así me siento orgulloso del curso de Origen de la vida que fundé hace más de treinta años y pienso defender con todos los recursos a mi alcance, y en donde se enseña, sobre todo, la importancia de las interrogantes.
Nunca sabremos cómo surgió la vida en la Tierra, pero creo comprender cómo ocurrió. “Sin entender comprendo”, dice Octavio Paz en uno de sus poemas más bellos. Esa comprensión nace de la herencia extraordinaria que nos dejó la obra de Charles Darwin. Es sabido que en 1887 Darwin escribió que “por ahora no vale la pena pensar sobre el origen de la vida; igual podríamos estar pensando en el origen de la materia misma”. Sin embargo, como señaló en 1944 John D. Bernal en un pequeño volumen titulado The Physical Basis of Life, la afirmación de Darwin “no significa que debamos disfrazar nuestra ignorancia con hipótesis absurdas sobre el origen de la vida o de la materia, sino que por el contrario debemos intentar, desde un principio, proponer en forma cuidadosa secuencias de eventos que sean lógicas, con las cuales tratamos de demostrar que unas etapas deben anteceder a otras, e ir construyendo con esas secuencias parciales una historia coherente. Seguramente existirán lagunas que no podremos llenar, pero hasta que no intentemos construir estas secuencias no las podremos identificar ni podremos encontrar solución a los problemas pendientes”.
Tengo claro el valor de aproximarse a la pregunta del origen de la vida desde la química prebiótica y la caracterización del medio ambiente primitivo. Me alegra haber podido demostrar no hace mucho, junto con un grupo de amigos y colegas que incluyó a Stanley L. Miller, que podíamos sintetizar aminoácidos en condiciones neutras en donde la ausencia de metano e hidrógeno libre es congruente con los modelos actuales de la Tierra primitiva. Gracias a este trabajo, que Stanley L. Miller no alcanzó a ver publicado, entendemos mejor cómo se pudo formar la sopa primitiva, pero no creo que sea correcto buscar en ella las raíces de las filogenias moleculares. Me sorprende la persistencia de la confusión entre lo antiguo y lo primitivo, y creo que aún no se han analizado con el rigor adecuado lo que implica reconocer la existencia del mundo del arn. El reconocimiento de que el arn es una molécula que puede replicarse y mostrar propiedades catalíticas requiere, por una parte, la revalorización de las premisas de Hermann Müller y sus seguidores y, por otra, el aceptar que rasgos que creemos tan esenciales de los seres vivos, como el código genético, son producto de mecanismos darwinistas y no únicamente de procesos físicos y químicos. Estoy seguro de que podemos forzar el registro molecular para aproximarnos a vestigios sorprendentemente conservados de formas de vida más antiguas que el adn mismo. Por ello, junto con Arturo López Duculomb, que ya no está con nosotros, Sara Islas, Ana María Velasco, Claudia Sierra, Yetzi Robles, Ervin Silva, Ulises Iturbe, Jesús Sordo, Ricardo Hernández, Mario Rivas Mercado, Luis Delaye y Arturo Becerra, estoy convencido de que el análisis de las bases de datos de genomas celulares completamente secuenciados nos permitirán acercarnos a secuencias y estructuras muy antiguas, como los sitios de unión al arn y los dominios moleculares que forman las polimerasas, por un lado y, por otro, continuar con el problema del origen de las rutas metabólicas y las aproximaciones y enfoques que iniciamos hace unos años Stanley Miller, Leslie Orgel y yo mismo. Ante el debate sobre la intensidad y la frecuencia del transporte horizontal de genes, me interesa ver si las premisas y los métodos de lo que los matemáticos llaman fuzzy logic nos sirven para entender las divergencias más antiguas del árbol de la vida y, como me interesa la persistencia de la especies procariontes a pesar de la intensidad con la que se da el transporte horizontal de genes, quisiera comparar, en términos formales, el mundo de los microorganismos con la red, y comprender porqué el aumento en el tráfico de mensajes no diluye la identidad de los nodos, de la misma manera en que las especies procariontes siguen siendo reconocibles a pesar de su extraordinaria promiscuidad genética.
Como detesto hacer experimentos y siempre me resistí a hacer trabajo de campo en donde no hubiera duchas limpias, camas cómodas y comidas bien preparadas, aprendí muy pronto a apreciar el valor de los estudios teóricos. Tengo mucho que agradecerle a mis amigos de física, astronomía y matemáticas. Su forma de trabajo constituyó para mí un respiro y un ejemplo en las épocas no tan distantes en que la biología teórica era vista con suspicacia. Aunque no tengo problema para reconocer que parte del orden biológico puede surgir por mecanismos que no dependen de la selección natural, creo que la herencia portentosa de Darwin es indispensable para comprender al mundo. Por ello, y porque me preocupa la transparencia asimétrica que la frontera norte de México tiene hacia las ideas creacionistas de un grupo nada desdeñable de fundamentalistas estadounidense, me parece que los estudiantes y profesores de la Facultad debemos asumir como una tarea prioritaria la enseñanza y la investigación, y las ideas de la teoría de la evolución como el eje central de las ciencias de la vida.
Quisiera concluir apelando a un episodio de la vida de Charles Darwin. El 5 de noviembre de 1853 Darwin en su casa de Down recibió una carta del Coronel Sabine, presidente de la Royal Society, en donde le informaba que le habían concedido la Royal Medal por sus trabajos sobre los corales y los cirripedia. Ese mismo día llegó una segunda carta, en donde Joseph D. Hooker le describió el entusiasmo con el que los asistentes a la sesión de la Royal Society habían recibido el anuncio del otorgamiento de la medalla. Darwin le contestó de inmediato a Hooker, escribiéndole: “esta mañana abrí la carta del Coronel Sabine: su contenido me sorprendió mucho pero, aunque se trataba de una carta sumamente amable, no me dejé llevar por su contenido. Abrí luego la tuya. Aunque me decías lo mismo que el Presidente de la Royal Society, el efecto de la calidez, la amistad y la generosidad expresadas por un amigo querido es tan extraordinario que me dejaste radiante de felicidad y me hiciste perder el aliento. Créeme que nunca olvidaré el placer que me produjo tu carta. El afecto cordial y profundo que encierran tus palabras vale más que todas las medallas que existen o que serán acuñadas en el futuro. De nuevo, mi querido Hooker, te lo agradezco con todo mi corazón”. Permítanme hacer mías las palabras de Darwin para agradecerles el acto que han organizado y que me ha dejado confuso, halagado y contento. Al ver a los estudiantes que ahora están comenzando su carrera como científicos y maestros, salta a la vista que saben más biología y que son mejores profesores que yo. Huelga decir que me siento orgulloso de la amistad, la inteligencia, la lealtad, el trabajo y la imaginación (a veces excesiva) de quienes me acompañan en el laboratorio de Microbiología de la Facultad de Ciencias. La existencia de estos muchachos espléndidos, que nunca podré alcanzar, demuestra que la docencia es una actividad en donde el pecado lleva la recompensa. Acepto la alegría que este acto me produce y la comparto con ustedes en nombre de mis alumnos y colegas, y de mis maestros A. I. Oparin, Joan Oró, Stanley Miller, Leslie Orgel y Lynn Margulis. La acepto porque sigo fascinado por los libreros tamaño infantil, y porque quiero seguir riéndome de todo y con todos.
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Nota
Texto leído en la Mesa Redonda “Evolución y origen de la vida”, que se llevó a cabo en la Facultad de Ciencias el 11 de marzo de 2008 para celebrar el doctorado Honoris causa que la Universidad de Milán otorgó a Antonio Lazcano Araujo. |
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como citar este artículo →
Lazcano Araujo, Antonio. (2009). Un librero tamaño infantil. Ciencias 94, abril-junio, 36-41. [En línea]
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