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Los leviatanes
del pasado


Héctor T. Arita

   
   
     
                     
                     
Este es el mar, grande, inmenso
allí reptiles sin número,
animales pequeños y grandes.
Allí las naves se pasean
y ese Leviathan que hiciste para ti.

Salmos 104:25-26
 
La identidad del leviatán bíblico ha sido siempre un tema muy controvertido. El Antiguo Testamento, en particular en el libro de Job, se refiere a una especie de monstruo marino, con escamas y poderosos dientes, además de órganos para escupir fuego. Por supuesto, los estudiosos de las letras antiguas otorgan al leviatán un carácter puramente simbólico, argumentando que tal vez representa una imagen del mal y de los enemigos del hombre y de dios. Por su parte, Herman Melville, en Moby Dick, identifica al leviatán simplemente como una gran ballena. En años recientes, gente mucho menos ilustrada y bastante más radical en su pensamiento religioso ha querido encontrar una interpretación literal de la descripción bíblica, proponiendo que el leviatán era en realidad un cocodrilo del Nilo e incluso alguna especie de lagarto extinto. Según las risibles páginas en internet de los grupos creacionistas, el leviatán pudo haber sido un plesiosaurio, ya que estas absurdas interpretaciones de los textos bíblicos incluyen la idea de que los grandes reptiles extintos deben haber coexistido con los seres humanos en tiempos recientes.
 
Un par de artículos publicados en la revista Science nos ilustra sobre la historia verdadera de los grandes vertebrados marinos, los auténticos leviatanes de la naturaleza. Los animales más grandes que existen o que han existido en la inmensidad de los mares son las ballenas, más específicamente los llamadas misticetos o cetáceos barbados. En particular, la ballena azul llega a medir más de treinta metros de largo y puede pesar hasta 180 toneladas. Como es bien sabido, estos leviatanes contemporá­neos se alimentan exclusivamente de crustáceos microscópicos, los cuales colectan filtrando enormes cantidades de agua a través de estructuras especializadas (las barbas o ballena) en sus gigantescos hocicos. Entre los peces, el campeón de tamaño es el tiburón ballena, del que se conocen individuos de hasta trece metros de largo y cerca de veinte toneladas de peso. Al igual que las ballenas barbadas, el tiburón ballena es un animal filtrador que se alimenta únicamente de plancton. Este tipo de forma de vida parecía no ser común en la historia geológica de la Tierra, pues aparentemente sólo existía un ejemplo de este tipo de alimentación en el registro fósil de los peces: los leviatanes parecían no haber sido muy diversos en el pasado. Los artículos en Science presentan un panorama completamente diferente sobre la diversidad y la evolución de los vertebrados marinos filtradores en los últimos 170 millones de años.
 
En el primero de los artículos, un grupo de investigación encabezado por Matt Friedman, de la Universidad de Oxford en la Gran Bretaña, presenta un análisis novedoso de material fósil correspondiente al periodo que va de la mitad del periodo Jurásico hasta el final del Cretácico (170 a 65 millones de años atrás). En particular, el equipo de Friedman examinó ejemplares de un grupo de peces poco conocidos llamados paquicorniformes. Antes de este estudio, el fósil Leedsichthys era la única especie más o menos bien descrita de este grupo, y se le había reconstruido como un gigantesco pez de unos nueve metros de largo y con una boca enorme. Se piensa que este animal puede haber utilizado estructuras especializadas en su hocico para filtrar grandes cantidades de plancton, de manera similar a como lo hacen las ballenas y los tiburones ballena actuales. Se pensaba que Leedsichtys era un ejemplo aislado de este tipo de forma de vida en los mares del Jurásico, hasta que el equipo de Friedman se dio a la tarea de reconstruir y describir una serie de ejemplares fósiles emparentados con él, encontrando una gran diversidad de especies de paquiconrniformes que habitaron los mares jurásicos y cretácicos, que desempeñaban el papel ecológico de las ballenas actuales.
 
Esta dinastía de filtradores gigantescos coexistió por casi cien millones de años con los grandes reptiles marinos extintos, como los plesiosaurios y los ictiosaurios, y fueron contemporáneos de los dinosaurios. De hecho, el final de la evolución de este grupo coincide con la extinción masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años, un evento desencadenado por el choque de un asteroide con la Tierra. Uno de los efectos del impacto del cuerpo espacial fue la formación de una densa capa de sedimentos en la atmósfera que bloqueó casi totalmente la luz solar, provocando un drástico descenso en la tasa de fotosíntesis en la Tierra, lo que desató un efecto en cascada en las cadenas tróficas, que afectó radicalmente a las poblaciones de consumidores primarios y secundarios. En los océanos, los animales dependientes del plancton deben haber sufrido efectos inmediatos, lo que se refleja claramente en la extinción de los paquicorniformes, que coincide con el final del Cretácico y la desaparición de los dinosaurios en los continentes.

El segundo artículo en Science nos narra la historia de los herederos de la gloria de los leviatanes del Mesozoico. Felix Marx, de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, y Mark Uhen, de la Universidad George Mason de los Estados Unidos, estudiaron la diversificación de las ballenas en los últimos treinta millones de años. Marx y Uhen examinaron los cambios en la diversidad de las diatomeas, que son organismos fotosintéticos microscópicos, y las fluctuaciones en el clima, las cuales fueron estimadas por medio del análisis de la proporción de isótopos de oxígeno. En las figuras del artículo se puede ver una relación entre las fluctuaciones climáticas, la dominancia de las diatomeas como principales organismos fotosintéticos en el mar, y el número de especies de cetáceos. Esta relación es aún más clara para los misticetos que para los odontocetos, el otro gran grupo de cetáceos actuales que incluye los delfines y las marsopas.
 
Se sabe por otros estudios paleontológicos que las primeras ballenas surgieron hace unos cuarenta milllones de años a partir de mamíferos terrestres también emparentados con los actuales hipopótamos. Desde la extinción de los paquicorniformes no había habido en los mares animales filtradores de gran talla, con la posible excepción de formas similares a los tiburones ballena. En otras palabras, durante más de veinticinco millones de años el océano no fue hogar de leviatán alguno, sino hasta el surgimiento y diversificación de las ballenas. En los últimos años se han descubierto fósiles espectaculares que representan prácticamente todos los estados intermedios entre los ancestros terrestres de las ballenas y las especies modernas. Según la evidencia presentada en el número de Science, la diversificación de las ballenas pudo producirse por la ausencia de competencia con otros megavertebrados filtradores y posiblemente también por la ausencia de depredadores gigantescos como los que habitaban también los mares jurásicos y cretácicos.
 
Hoy día las ballenas se cuentan entre los animales más carismáticos y queridos por los seres humanos. Los descubrimientos recientes sobre la evolución de este grupo y una mejor comprensión de su origen y diversificación contribuyen sin duda a esa relación de empatía con los gigantescos mamíferos marinos. Desafortunadamente, casi todas las especies de ballenas modernas se encuentran en menor o mayor grado en peligro de extinción. El artículo de Friedman y sus colaboradores nos muestra cómo una dinastía entera de enormes filtradores marinos desapareció por completo a finales del Cretácico. En el mundo actual podríamos estar enfrentando un proceso similar, esta vez causado no por un desastre de origen extraterrestre sino por una sola especie de mamí­fero particularmente agresiva. ¿Podemos imaginarnos un mundo sin ballenas? ¿Cómo sería un planeta en cuyos mares no pulularan los gigantes? ¿Qué sería de nosotros sin los leviatanes?chivichago
  articulos  
Referencias bibliográficas
 
Friedman, M. et al. 2010. “100-million year dynasty of giant planktivorous bony fishes in the Mesozoic seas”, en Science, vol. 327, pp. 990-993.
Marx, F. y M. D. Uhen. 2010. “Climate, critters, and cetaceans: Cenozoic drivers of the evolution of modern whales”, en Science, vol. 327, pp. 993-996.
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Héctor T. Arita
Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional Autónoma de México
 

como citar este artículo

Arita, Héctor T.  (2010). Los leviatanes del pasado. Ciencias 98, abril-junio, 22-24. [En línea]
     

 

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La identidad del leviatán bíblico ha sido siempre un tema muy controvertido. El Antiguo Testamento, en particular en el libro de Job, se refiere a una especie de monstruo marino, con escamas y poderosos dientes, además de órganos para escupir fuego. Por supuesto, los estudiosos de las letras antiguas otorgan al leviatán un carácter puramente simbólico, argumentando que tal vez representa una imagen del mal y de los enemigos del hombre y de dios. Por su parte, Herman Melville, en Moby Dick, identifica al leviatán simplemente como una gran ballena. En años recientes, gente mucho menos ilustrada y bastante más radical en su pensamiento religioso ha querido encontrar una interpretación literal de la descripción bíblica, proponiendo que el leviatán era en realidad un cocodrilo del Nilo e incluso alguna especie de lagarto extinto. Según las risibles páginas en internet de los grupos creacionistas, el leviatán pudo haber sido un plesiosaurio, ya que estas absurdas interpretaciones de los textos bíblicos incluyen la idea de que los grandes reptiles extintos deben haber coexistido con los seres humanos en tiempos recientes.

Un par de artículos publicados en la revista Science nos ilustra sobre la historia verdadera de los grandes vertebrados marinos, los auténticos leviatanes de la naturaleza. Los animales más grandes que existen o que han existido en la inmensidad de los mares son las ballenas, más específicamente los llamadas misticetos o cetáceos barbados. En particular, la ballena azul llega a medir más de treinta metros de largo y puede pesar hasta 180 toneladas. Como es bien sabido, estos leviatanes contemporá­neos se alimentan exclusivamente de crustáceos microscópicos, los cuales colectan filtrando enormes cantidades de agua a través de estructuras especializadas (las barbas o ballena) en sus gigantescos hocicos. Entre los peces, el campeón de tamaño es el tiburón ballena, del que se conocen individuos de hasta trece metros de largo y cerca de veinte toneladas de peso. Al igual que las ballenas barbadas, el tiburón ballena es un animal filtrador que se alimenta únicamente de plancton. Este tipo de forma de vida parecía no ser común en la historia geológica de la Tierra, pues aparentemente sólo existía un ejemplo de este tipo de alimentación en el registro fósil de los peces: los leviatanes parecían no haber sido muy diversos en el pasado. Los artículos en Science presentan un panorama completamente diferente sobre la diversidad y la evolución de los vertebrados marinos filtradores en los últimos 170 millones de años.

En el primero de los artículos, un grupo de investigación encabezado por Matt Friedman, de la Universidad de Oxford en la Gran Bretaña, presenta un análisis novedoso de material fósil correspondiente al periodo que va de la mitad del periodo Jurásico hasta el final del Cretácico (170 a 65 millones de años atrás). En particular, el equipo de Friedman examinó ejemplares de un grupo de peces poco conocidos llamados paquicorniformes. Antes de este estudio, el fósil Leedsichthys era la única especie más o menos bien descrita de este grupo, y se le había reconstruido como un gigantesco pez de unos nueve metros de largo y con una boca enorme. Se piensa que este animal puede haber utilizado estructuras especializadas en su hocico para filtrar grandes cantidades de plancton, de manera similar a como lo hacen las ballenas y los tiburones ballena actuales. Se pensaba que Leedsichtys era un ejemplo aislado de este tipo de forma de vida en los mares del Jurásico, hasta que el equipo de Friedman se dio a la tarea de reconstruir y describir una serie de ejemplares fósiles emparentados con él, encontrando una gran diversidad de especies de paquiconrniformes que habitaron los mares jurásicos y cretácicos, que desempeñaban el papel ecológico de las ballenas actuales.

Esta dinastía de filtradores gigantescos coexistió por casi cien millones de años con los grandes reptiles marinos extintos, como los plesiosaurios y los ictiosaurios, y fueron contemporáneos de los dinosaurios. De hecho, el final de la evolución de este grupo coincide con la extinción masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años, un evento desencadenado por el choque de un asteroide con la Tierra. Uno de los efectos del impacto del cuerpo espacial fue la formación de una densa capa de sedimentos en la atmósfera que bloqueó casi totalmente la luz solar, provocando un drástico descenso en la tasa de fotosíntesis en la Tierra, lo que desató un efecto en cascada en las cadenas tróficas, que afectó radicalmente a las poblaciones de consumidores primarios y secundarios. En los océanos, los animales dependientes del plancton deben haber sufrido efectos inmediatos, lo que se refleja claramente en la extinción de los paquicorniformes, que coincide con el final del Cretácico y la desaparición de los dinosaurios en los continentes.

El segundo artículo en Science nos narra la historia de los herederos de la gloria de los leviatanes del Mesozoico. Felix Marx, de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, y Mark Uhen, de la Universidad George Mason de los Estados Unidos, estudiaron la diversificación de las ballenas en los últimos treinta millones de años. Marx y Uhen examinaron los cambios en la diversidad de las diatomeas, que son organismos fotosintéticos microscópicos, y las fluctuaciones en el clima, las cuales fueron estimadas por medio del análisis de la proporción de isótopos de oxígeno. En las figuras del artículo se puede ver una relación entre las fluctuaciones climáticas, la dominancia de las diatomeas como principales organismos fotosintéticos en el mar, y el número de especies de cetáceos. Esta relación es aún más clara para los misticetos que para los odontocetos, el otro gran grupo de cetáceos actuales que incluye los delfines y las marsopas.

Se sabe por otros estudios paleontológicos que las primeras ballenas surgieron hace unos cuarenta milllones de años a partir de mamíferos terrestres también emparentados con los actuales hipopótamos. Desde la extinción de los paquicorniformes no había habido en los mares animales filtradores de gran talla, con la posible excepción de formas similares a los tiburones ballena. En otras palabras, durante más de veinticinco millones de años el océano no fue hogar de leviatán alguno, sino hasta el surgimiento y diversificación de las ballenas. En los últimos años se han descubierto fósiles espectaculares que representan prácticamente todos los estados intermedios entre los ancestros terrestres de las ballenas y las especies modernas. Según la evidencia presentada en el número de Science, la diversificación de las ballenas pudo producirse por la ausencia de competencia con otros megavertebrados filtradores y posiblemente también por la ausencia de depredadores gigantescos como los que habitaban también los mares jurásicos y cretácicos.

Hoy día las ballenas se cuentan entre los animales más carismáticos y queridos por los seres humanos. Los descubrimientos recientes sobre la evolución de este grupo y una mejor comprensión de su origen y diversificación contribuyen sin duda a esa relación de empatía con los gigantescos mamíferos marinos. Desafortunadamente, casi todas las especies de ballenas modernas se encuentran en menor o mayor grado en peligro de extinción. El artículo de Friedman y sus colaboradores nos muestra cómo una dinastía entera de enormes filtradores marinos desapareció por completo a finales del Cretácico. En el mundo actual podríamos estar enfrentando un proceso similar, esta vez causado no por un desastre de origen extraterrestre sino por una sola especie de mamí­fero particularmente agresiva. ¿Podemos imaginarnos un mundo sin ballenas? ¿Cómo sería un planeta en cuyos mares no pulularan los gigantes? ¿Qué sería de nosotros sin los leviatanes?

       
 
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Arquitectura
vernácula en el
trópico húmedo
 

María Guadalupe Cuán Aguilar

   
   
     
                     
                     
Tuxpan es un municipio que se encuentra localizado en la
región de la Huasteca en Veracruz, y se caracteriza por su belleza natural, como el río que lleva su mismo nombre, sus esteros y playas, y las montañas que lo rodean, que son parte de la Sierra Madre Oriental. Su principal característica es la gente, ya que posee raíces de los distintos pueblos que se asentaron en la zona: nahuas, huastecos, totonacos, otomíes y tepehuas.
 
Lamentablemente, la vivienda en esta zona está lejos de brindar las mismas condiciones a todos sus habitantes —por ejemplo, es conocido que la mayoría no puede climatizar sus viviendas de manera artificial debido a los bajos ingresos económicos—, y en parte se debe a que los arquitectos no tomamos en cuenta la identidad de la gente ni los beneficios que la región puede brindar. Sería deseable retomar la arquitectura de la región y la arquitectura bioclimática como una estrategia para mejorar la calidad de la vivienda de las distintas clases sociales. Por medio de la arquitectura bioclimática se podría climatizar los edificios, optimizando el uso de nuestros recursos, y así reducir el gasto energético que resulta de todas las actividades que realizamos en nuestro quehacer diario, además del consumo por el aire artificial.
 
Estos métodos fueron empleados por nuestros antepasados, ellos se basaban en un conocimiento del medio y el clima —“los constructores eran muchas veces los futuros habitantes”—, y nos dejaron infinidad de elementos que poseen grandes enseñanzas, pero que hoy día no tomamos en cuenta al momento de proyectar nuestras viviendas, ya que tenemos la idea que lo pasado está muy lejos de lo que pudiésemos considerar como algo estético y moderno. Es por eso que acudimos a la copia de soluciones de otros lugares del planeta, cuando éstas fueron diseñadas para otros climas, regiones y personas; lo que nos trae como resultado una infinidad de problemas, como la mala ventilación, ya que no cubren por completo las necesidades de los usuarios, además de no ser adecuadas a nuestra identidad; en resumen, nos brindan respuestas que están muy lejos de lo que estamos buscando y de lo que en realidad necesitamos.
 
La arquitectura forma un todo, por lo que es indispensable tomar en cuenta a los habitantes del lugar y su forma de vida. La arquitectura tradicional nos debe servir como base y podemos hacerla evolucionar por medio de los avances contemporáneos. Tomar lo pasado no significa retroceder, al contrario, es la herencia que nos dejaron y debemos mejorarla de manera coherente para encontrar la respuesta más adecuada para el lugar donde estamos ubicados.
Necesitamos mirar nuestro entorno, ver qué recursos nos brinda la región, la topografía, nuestra identidad, forma de vida y tradiciones, tomar en cuenta los elementos climá­ticos para nuestros diseños, materiales y procesos constructivos; “el clima no solamente desempeña un papel importante en la composición del subsuelo, sino que también afecta profundamente las características de plantas y animales”.
 
En esta región la vegetación siempre ha formado parte de la arquitectura, no sólo como protección o decoración, y es un importante recurso accesible a todos. Con ella se puede crear un ambiente físico inmediato, se puede usar como protección acústica, contra la lluvia, el viento, como pantalla visual, entre muchas otras formas. Ha sido utilizada tanto en la arquitectura vernácula como en la arquitectura de estilo, ya que contribuye al establecimiento de microclimas, tanto en el medio natural como en el urbano, permite manipular elementos climáticos como la cantidad de rayos solares que llega a la superficie, la velocidad y dirección del viento, la temperatura y humedad del aire, el efecto de oxigenación (el CO2 es absorbido por vegetación y después lo regresa al entorno como oxígeno), además de reducir el polvo y evitar la erosión.
 
La luz del Sol en esta región es muy intensa durante todo el año —en promedio ocho horas al día—, por lo que la sombra es bienvenida permanentemente. Muchas soluciones de climas fríos, en donde es indispensable captar este recurso, resultan contraproducentes en esta región, en donde es indispensable crear estrategias para controlarlo. Así, una gran equivocación que puede traernos graves consecuencias es colocar superficies pavimentadas en los edificios, ya que acumulan mucho más calor y se mantienen calientes más tiempo.
 
La alta humedad es otra característica de la región, y hace que gran cantidad de la radiación solar sea difusa, algo que puede llegar a ser insoportable; la sombra es por tanto una herramienta indispensable para todo proyecto arquitectónico a fin de controlar la cantidad de calor que se refleja hacia el interior de un edificio.
 
El viento es un desplazamiento de aire generado por las diferencias de presión entre las masas de aire. El aire caliente, menos denso, comienza a subir, mientras el aire frío desciende, se vuelve a calentar, y asciende. Es un elemento importante a considerar en la arquitectura, ya sea para captarlo, evitarlo o capturarlo. Para lograr una adecuada ventilación en las construcciones es necesario analizar su comportamiento y así posteriormente determinar el recorrido que deberá realizar a través de éstas.
 
En la vivienda vernácula totonaca se logra ver la importancia de este elemento, ya que su orientación no es con relación al Sol sino con el viento —se dice que una vivienda mal orientada durará poco tiempo, pues la techumbre se arruina rápidamente—, además, sus muros son elaborados con tablas o cañas rajadas, lo cual permite el libre acceso del viento a la vivienda, y en las casas con cubierta de teja de barro se deja una abertura entre el muro y el techo para que el aire caliente, que sube, pueda salir libremente de la vivienda, permitiendo el acceso del viento fresco por muros y ventanas.
 
La humedad relativa de la región va de 85 a 100%, por lo que la sensación más importante a contrarrestar es lo que se denomina bochorno. Los proyectistas debemos tomar en cuenta la humedad en el ambiente interior del espacio. La ventilación natural ayuda a climatizar los edificios mediante una apropiada circulación del viento a fin de producir una sensación de frescor por medio de la brisa del mar; además de que actualmente sabemos que el movimiento del aire desempeña tres funciones diferentes: suministro de aire fresco (beneficio para la salud), enfriamiento del interior por convección, y refrescar a los usuarios por medio de la evaporación.
 
La trayectoria interior del flujo de aire depende de la posición y diseño de los vanos, así como de los elementos de protección solar como voladizos, persianas y contraventanas. El control del movimiento del aire dentro y fuera de los edificios es una herramienta de diseño importante en la arquitectura bioclimática, pues permite manejar con bastante precisión el flujo de aire para alcanzar el confort deseado. Es posible provocar el movimiento del aire al interior de los espacios con elementos pasivos o activos (movimiento de aire por convección), lo cual acelera el paso del aire, baja la temperatura y representa un alivio para los usuarios.
 
Nuestros antepasados reconocían que la adaptación era un principio esencial de la arquitectura, y como Vitrubio dijo en De Arquitectura, “el estilo de los edificios debe ser manifestado de manera diferente en países y en regiones con características diferentes”. Es por ello que construir con el clima es indispensable. La vivienda es un elemento fundamental que refleja y caracteriza la calidad de vida, el entorno y el carácter único que describe a la comunidad donde se encuentra ubicada, por lo que posee un sentido integral para sus habitantes; en consecuencia debe ser diseñada y planeada con base en los recursos propios, conservando el entorno, estableciendo los espacios que permitan una estancia confortable.
 
Es necesario crear conciencia para proyectar nuestras viviendas; al tomar en cuenta los elementos climáticos lograremos crear una arquitectura adaptada, un modelo que genere beneficios para el entorno y sus habitantes. Esto lo podremos realizar generando un equilibrio entre la arquitectura y la naturaleza mediante un análisis de lo pasado, la tecnología actual, nuestros recursos y los elementos climáticos. Debemos crear alternativas que sean integrales, que nos beneficien, seguir creando nuestros cimientos para conservar nuestra calidad de vida y la de nuestras futuras generaciones.chivichago
  articulos

Referencias bibliográficas
 
Estrello, José. 2006. Vivienda campesina en México. Universidad Veracruzana, México.
García Chávez, José Roberto. 2005. Viento y arquitectura. Editorial Trillas, México.
Olgay, Victor. 2006. Arquitectura y clima, manual de diseño bioclimático para arquitectos y urbanistas. Editorial Gustavo Gili, Barcelona.
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María Guadalupe Cuán Aguilar
Universidad Veracruzana
 

 

como citar este artículo

Cuán Aguilar, María Guadalupe. (2010). Arquitectura vernácula en el trópico húmedo. Ciencias 98, abril-junio, 10-12. [En línea]
     




 

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Los dinosaurios: terribles largartos
 
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 Francisco Javier Jiménez Moreno y Marco Antonio Pineda Maldonado
   
               
               
La dinosaurología es una de las disciplinas de la paleontología con mayor desarrollo en los últimos años. Desde 1970 se ha encontrado un promedio de 6.1 géneros por año, y entre 1989 y 1995 se describieron 51 nuevos géneros. A la fecha hay aproximadamente 336 géneros de dinosaurios, sin embargo se estima que la diversidad de dinosaurios es cercana a 3 400 géneros, por tanto sólo conocemos cerca de diez por ciento. Estas criaturas siempre han cautivado la atención del público en general debido a sus peculiares estructuras y tamaño. El término dinosaurio parece tan familiar que todos parecemos entender con lujo de detalle a estas criaturas, sin embargo como bien lo explicó el paleontólogo británico Alan Charig, “es común pensar que el término dinosaurio se refiere a toda criatura que vivió hace millones de años, y que actualmente se encuentra extinta”, pero también es recurrente pensar que cualquier organismo prehistórico es un “dinosaurio”, como ocurre con los dimetrodontes, plesiosaurios, ictiosaurios, pterosaurios, dientes de sables e incluso los poderosos mamuts. Para evitar estas confusiones, los paleontólogos, que estudian los restos fósiles, han enumerado una serie de características únicas de este grupo, caracteres compartidos derivados o sinapomorfias (ver cuadro 1).
 
Cuadro 1. Sinapomorfias del clado dinosaurios
La reducción del cuarto y quinto dígitos de las extremidades superiores.
• Número de dedos en las patas reducido de cuatro a tres.
• Huesos sacros fusionados desde 2 hasta 7 vértebras.
• Acetábulo perforado con un hueco en el centro.
• Miembros superiores generalmente menos desarrollados que los inferiores.
• Presencia de paladar secundario que les permitía tragar y respirar simultáneamente.
• Fémur relativamente recto con la cabeza femoral centralmente alineada.
• Los dinosaurios se caracterizan por su tipo de locomoción o posición mejorada de progresión, y sus piernas rectas se extienden directamente bajo el cuerpo, mientras las piernas de lagartos y cocodrilos se extienden hacia fuera, sobresaliendo.
• Todos los dinosaurios son animales digitígrados terrestres, con excepción de las aves del cretácico que presentaban hábitos aéreos e incluso buceadores.
 
 
Los dinosaurios son un clado monofilético de organismos diápsidos archosaurios, cuyos restos fósiles se hallan en estratos mezosoicos, de una edad entre 225 y 64 millones de años, abarcando los periodos Triásico, Jurásico y Cretácico, por lo que dominaron el planeta cerca de 160 millones de años. El registro más antiguo data del Carniano tardío (Triá­sico) de las formaciones Santa María e Ischigualasto, en Brasil y Argentina respectivamente, y la última aparición está en el límite del Cretácico y el Terciario, hace 64 millones de años, cuando se dice que la mayoría de ellos se extinguió, con excepción de las aves. Sin embargo, nuevos hallazgos pueden ampliar la permanencia geológica de los dinosaurios no avianos, ya que registros obtenidos por James E. Fassett y Robert A. Zielinski en 2002 incluyen huesos de la pata de un hadrosaurio en la formación El Ojo, Nuevo México, Estados Unidos, los cuales fueron datados en aproximadamente 64.5 millones de años, en el Paleoceno. De confirmarse lo anterior implicaría que algunos dinosaurios sobrevivieron a la gran extinción y desaparecieron en el piso daniense del Paleoceno, en el Cenozoico inferior.
 
Los huesos de dinosaurios han sido documentados desde la Antigüedad, cuando se decía que eran la prueba de la existencia de antiguas criaturas mitológicas de formas reptiloides, conocidos en el folclor como dragones. Posteriormente, durante la Edad Media, los hidalgos y caballeros buscaban a estas enormes criaturas para darles muerte, por tal motivo se creía que se encontraban restos de ellos enterrados en varias ciudades de Europa y Asia. Se sabe que en el año 600 a.C. los comerciantes asiáticos cuentan a los griegos historias de grifones, probablemente basados en esqueletos y cráneos de Protoceratops, mientras en el año 300 d.C, durante la Dinastía Jin occidental, los chinos hablan de “huesos de dragón”, al referirse a restos de dinosaurios.
 
La primera referencia formal apareció en el año de 1676 en una publicación titulada Historia natural de Oxfordshire, escrita por el reverendo Robert Plot, en donde se hace referencia al fragmento distal de un fémur que fue comparado con diversos animales y, al no poder identificarlo, se asignó por su forma a un hombre de proporciones descomunales, uno de los denominados Antediluvian Patriarchs (patriarcas antediluvianos). Un siglo después, el filósofo francés Jean-Baptiste Robinet observó que el fósil era extremadamente semejante a un escroto humano gigante, idea que fue apoyada en 1763 por el naturalista inglés Richards Brookes, quien le llamó Scrotum Humanum —siglos después se asignó este fragmento de hueso como perteneciente al gé­nero Megalosaurus. Años después, en 1787, el hallazgo en Nueva Jersey, Estados Unidos, de una posible pierna de hadrosaurio —hoy extraviada— fue catalogado simplemente como Thihbone (hueso del muslo), y posteriormente más restos fueron encontrados en Montana, Connecticut, y en otras localidades. En 1802, el granjero norteamericano Pliny Moody de Massachusetts, extrajo de sus terrenos una laja con impresiones de patas posiblemente hechas por aves, que el médico local, el Dr. Elihu Dwight, interpretó como las huellas dejadas por el cuervo del Arca de Noé. En 1835, el doctor James Deane escribió al clerigo y naturalista Edward Hitchcok, y en 1839 esta loza fue adquirida por Hitchcok y Benjamin Silliman, de la Universidad de Yale, quienes se encargaron del estudio de las mismas. Hitchcok recogió más de 20 000 huellas fósiles, pero les atribuye un origen aviano, reptilesco y mamiferoide, nunca acepta a los dinosaurios como organismos responsables de las mismas. Quizá el mundo aún no estaba listo para los dinosaurios. Años después, a pesar de la aparición de la paleontología y la aceptación de la teoría de la evolución, se seguían contando extrañas historias en el folclor del mundo. En 1871, el explorador franco-canadiense Jean-Baptiste L´Heureux menciona un lugar santo en Alberta, Canadá, adorado por las tribus indias, las cuales consideraban los fósiles de los dinosaurios como pertenecientes a los abuelos de los bisontes americanos.
 
Los inicios de su estudio
 
Se puede decir que fue el polifacético médico, naturalista y geólogo inglés Gideon Algernon Mantell, quien inicio en 1822 el estudio de los dinosaurios. Este médico victoriano era aficionado a coleccionar fósiles y, un buen día, durante una visita que realizó a un paciente, su esposa Mary Ann encontró un diente incrustado en una roca; el médico se dio a la tarea de estudiarlo, y notó que era de un herbívoro, pero para tener una mejor apreciación lo envió a Francia para que lo estudiara el eminente naturalista, promotor de la anatomía comparada e impulsor de la paleontología, el barón Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier, quien le indicó que era de un rinoceronte extinto. Sin embargo, esta explicación no complació a Mantell, quien continuó estudiando y, al comparar aquellos dientes fósiles con algunos ejemplares de iguanas americanas, se dio cuenta del parecido, por lo que llamó al fósil Iguanodon (diente de iguana). A pesar del interés de Mantell, la primera descripción formal data de 1824, elaborada por el doctor William Buckland, quien al estudiar otros restos aislados —entre ellos una mandíbula que estaba depositada desde 1818 en un museo de Oxford Inglaterra— denominó al organismo Megalosaurus (reptil gigante). En 1831, Mantell describió a Hylaeosaurus, su segundo “reptil” gigante.
 
El término dinosaurio fue acuñado en 1842 por el eminente especialista británico en anatomía comparada Sir Richard Owen, derivado del griego deinos, terrible o gigante, y sauria, lagarto o reptil, por el enorme tamaño de los primeros gé­neros de dinosaurios descubiertos —Megalosaurus, Iguanodon e Hylaeosaurus—, y fue dado a conocer durante la reunión anual de la asociación británica para el progreso de la ciencia celebrada en Plymouth. Debido al interés por los dinosaurios, a mediados del siglo XIX, Benjamín Waterhouse Hawkins realizó la primera exposición de dinosaurios en el antiguo Sydenham Park de Londres. A pesar de los estudios realizados, los dinosaurios eran vistos como enormes “reptiles cuadrúpedos de sangre fría”. Hawkins también fabricó modelos de dinosaurios para el Central Park de Nueva York, pero nunca llegaron a exhibirse pues fueron destruidos por una banda de maleantes en 1871.
 
Poco después, en 1856, en Estados Unidos Joseph Leidy, de la Universidad de Pensilvania, contribuyó a la historia con los primeros fósiles estudiados y plenamente identificados como pertenecientes a dinosaurios de Norteamérica, que fueron asignado a Hadrosaurus foulki, un dinosaurio comúnmente llamado pico de pato, cuya reconstrucción —realizada en el año de 1868 por Hawkins— mostró que los dinosaurios eran bípedos y no totalmente cuadrúpedos como hasta entonces se pensaba —es considerado el primer esqueleto montado de un dinosaurio en el mundo.
 
En la segunda mitad del siglo XIX, en los depósitos de Solhofen, Alemania, aparece la primera evidencia fósil de un ave, que Richard Owen describe como Archaeopteryx litographica; y desde entonces, hasta hoy, han sido encontrados diez esqueletos conocidos coloquialmente como los Archaeopteryx de Londres, Berlín, Eichtatt, Maxberg y Termópolis. En 1878, El paleontólogo belga Louis Dollo describió los fósiles de 31 esqueletos fósiles hallados a 321 metros de profundidad en una mina de carbón en Bernissart, Bélgica, pertenecientes a la especie Iguanodon bernissartiensis, los cuales confirmaron el bipedalismo de los dinosaurios, aunque su reconstrucción presentaba problemas, ya que, basándose en un esqueleto de canguro, la cola queda posada en el suelo y se fractura a la mitad.
 
En Estados Unidos, Othiniel Charles Marsh y Edward Drinker Cope protagonizaron uno de los episodios más intensos en la historia de la paleontología, la denominada “guerra de los huesos”, una competencia entre ambos científicos que dio como resultado la descripción, por parte de Marsh, de Brontosaurus (Apatosaurus), Diplodocus, Stegosaurus y Triceratops, y por parte del segundo, de Camarasaurus, Coelophysis y Monoclonius, entre otros más, así como grandes descubrimientos no dinosáuricos, como Elasmosaurus, Ictiornis, Hesperornis y Dimetrodon. Más de 130 especies fósiles, con lo cual ambos contribuyeron de manera relevante al desarrollo de la paleontología.
 
Harry Goovier Seeley fue el paleontólogo británico responsable de la división de los dinosaurios en saurisquios y ornistisquios con base en la estructura de los huesos de la pelvis y la forma de las articulaciones: los primeros tienen la estructura ósea de la cadera común a los reptiles, en la que cada uno de los tres huesos apunta en una dirección diferente, mientras los segundos tienen una cadera tetrarradiada semejante a la de las aves. Sus observaciones fueron plasmadas en un documento científico en 1887, que fue publicado un año después, de suma importancia en un panorama dominado por múltiples y bizarras clasificaciones propuestas por diversos paleontólogos (ver cuadro 2).
 
 
Cuadro 2. Saurisquios y ornistisquios
Los dinosaurios saurisquios son divididos en dos grupos: los terópodos y los sauropodomorfos. Los primeros son básicamente carnívoros, salvo los therizinosaurios, orden que incluye géneros como Dilophosaurus, Labocania, Allosaurus y Tirannosaurus. Los sauropodomorfos incluyen algunas de las formas terrestres más grandes que poblaron tierra firme, como Diplodocus carnegii, Argentinosaurus y Huencolensis.
 
Los Ornitischia presentan una autopomorfia: el hueso delantero se modificó de tal manera que apunta hacia atrás y adelante; otra característica importante es la presencia del predentario. Los ornistisquios forman cinco grandes grupos: ornitópodos, anquilosaurios, este gosaurios, ceratópsidos y paquicephalosaurios. Los más antiguos correspondena los ornitópodos bípedos de los géneros Pisanosaurus, Heterodonthosaurus y Lesothosaurus.
 
 
A principios del siglo XX, Henry Farfield Osborn, director del American Museum of Natural History, describió los fósiles hallados por Barnum Brom en 1904 en los yacimientos del Cretácico superior de Hell Creek, Montana, los cuales eran extraordinarios y de tamaño colosal; se trataba de Tyrannosaurus rex, dinosaurio carnívoro que se pensaba en ese momento era el mayor depredador del mundo —tiempo después aparecerían carnívoros más grandes.
 
En esta época el magnate Andrew Carnegie impulsó el desarrollo de excavaciones en Estados Unidos, de las que resultaron diversos esqueletos de una nueva especie de diplodocus, Diplodocus carnegii, de la cual mandó fabricar réplicas a fin de aumentar su ego y preservar su nombre en la historia, regaladas a importantes reyes y jefes de estado, y que se encuentran en París, Viena, Madrid, San Petersburgo, Frankfurt, Bolonia, La Plata y México —expuesta en el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México. Cabe mencionar que es uno de los esqueletos de dinosaurio más largos encontrados hasta ahora, con una longitud de 26.70 metros y un peso aproximado de 10 toneladas —en la actualidad se ha estimado el tamaño de dinosaurios más grandes y pesados, pero con base en unos pocos fragmentos del esqueleto. Los duplicados de diplodocus causaron debate entre los paleontólogos de la época, pues mientras norteamericanos como William Jacob Holland y John Bell Hatcher montaron el esqueleto en forma de paquidermo, con las patas directamente colocadas bajo el cuerpo como lo había hecho Marsh influido por las reconstrucciones de otros dinosaurios realizadas por Richard Owen años atrás, los europeos, como el alemán Gustav Tornier, argumentaban una posición tendida como en los lagartos modernos, interpretación apoyada en Estados Unidos por Hay, quien argumentaba que los dinosaurios eran reptiles y no mamíferos, por lo que la posición de la reconstrucción era infundada. En Viena, el investigador Othenio Abel se inclinaba a favor de la posición mamiferoide, confirmada en 1938, cuando se describieron icnitas fósiles atribuibles a saurópodos, descubiertas por Roland T. Bird en el Rio Paluxy, Texas, en las que se confirmó la postura vertical de los saurópodos, echando por tierra las observaciones de los alemanes.

En África, en localidades de Tendaguru, hoy Tanzania, entre 1907 y 1912 el paleontólogo y geólogo alemán Werner Ernst M. Janensch descubre uno de los más grandes dinosaurios hasta ese momento, Brachiosaurus branchai, además de un esqueleto del estegosaurio Kentrosaurus y, posteriormente, en 1914, Dicraeosaurus, y en 1929 Elaprhosaurus. En las década de los veintes, Roy Chapman Andrews visitó los yacimientos de Mongolia, adonde regresa en varias ocasiones y descubre dinosaurios como Psittacosaurus, Velociraptor, Protoceratops y Oviraptor.
 
El primer informe de dinosaurios en México fue realizado por el paleontólogo alemán Werner Janensch en 1926, y trataba de los restos óseos del yacimiento La Soledad, en el municipio de Ramos Arizpe, ubicado al oeste de Coahuila, atribuidos a un ornistisquio de la familia Ceratopsidae, un dinosaurio cornudo del género Monoclonius, propio del Cretácico superior de Norteamérica. Posteriormente, Richard Swan Lull y Nelda. E. Wright describieron en su monografía sobre los hadrosaurios de Norteamérica restos hallados en Sonora en 1942 en una localidad denominada N. 49, atribuibles a la familia Hadrosauridae, los pico de pato, material que fue enviado al paleontólogo Barnum Brown, quien determinó que los restos eran los más australes para dicha familia. En Baja California Norte, en 1954, W. Lanston Jr. y M. H. Oakes, de la Universidad de California, encontraron más restos de Hadrosauridae.
 
En Argentina, a finales de esa década, Oswaldo A. Reig descubrió los primeros restos del dinosaurio basal Herrerasaurus en yacimientos del Triásico superior de Ischigualasto, cuyo descubrimiento fue hecho por Victorino Herrera, miembro de la expedición realizado por la Escuela Nacional de Tucumán, a quien fue dedicada la especie.
 
El renacimiento
 
A pesar de los muchos descubrimientos, las reconstrucciones de los paleoartistas como Charles Night, Zdenek Burian y Rudollph Zallinger mostraban a los dinosaurios como organismos gigantes, lentos y estúpidos. Era común observarlos como enormes masas de carne incapaces de sostener su peso sobre la tierra. Fue hasta 1964, cuando el profesor John Harold Ostrom de la Universidad de Yale descubrió el dinosaurio terópodo dromeosaurido Deinonychus antirrhopus en los depósitos de Montana, y basándose en el esqueleto bien conservado formuló la teoría de que los dinosaurios eran organismos ágiles, rápidos e inteligentes y, por si fuera poco, hizo notar su posible endotermia, es decir, la capacidad de regular la temperatura corporal como sucede en aves y mamíferos. Esto tuvo un fuerte impacto en los círculos académicos y, posteriormente, en la imagen que popularmente se tenía de ellos, y llevó a lo que se ha denominado como “renacimiento de los dinosaurios”, cuando el abandono de los prejuicios gracias a este descubrimiento y a la avalancha de descubrimientos posteriores hicieron cambiar el método de estudio de los dinosaurios para siempre.
 
Así, en 1966, paleontólogos del Museo de Historia Natural de Los Ángeles lograron recuperar en la Formación1972 a Lambeosaurus laticaudus por Morris, un organismo propio del Cretácico superior que alcanzaba 14 metros de longitud. Es el hadrosaurio más grande del mundo después de Zhuchengosaurus, propio de China. En 1970, este grupo de investigación localizó en el Rosario, Baja California, en la formación de la Bocana Roja, los restos de un terópodo grande, descrito por Ralph Molnar en 1974, quien lo bautizo como Labocania anomala, una especie que ha sido tema de discusión, ya que ha sido ubicada en grupos de terópodos como los alosauridos y en los tiranosaurios. del Gallo, en Baja California Norte, restos de un gran hadrosaurido, identificado como Hypacrosaurus altispinus y reasignado en 1972 a Lambeosaurus laticaudus por Morris, un organismo propio del Cretácico superior que alcanzaba 14 metros de longitud. Es el hadrosaurio más grande del mundo después de Zhuchengosaurus, propio de China. En 1970, este grupo de investigación localizó en el Rosario, Baja California, en la formación de la Bocana Roja, los restos de un terópodo grande, descrito por Ralph Molnar en 1974, quien lo bautizo como Labocania anomala, una especie que ha sido tema de discusión, ya que ha sido ubicada en grupos de terópodos como los alosauridos y en los tiranosaurios.
 
En el mismo año, Robert Bakker y Peter Galton publicaron en la revista Nature el artículo “Monofilia de los dinosaurios y una nueva clase de vertebrados”, en el cual proponen la creación de la clase Dinosauria, que tendría las subclases Saurisquios, Aves y Ornistisquios, clasificación que reflejaría mejor la filogenia de los grupos, ya que a los reptiles se les considera ectotérmicos, y estarían separados de los grupos endotérmicos como mamíferos, dinosaurios, y aves. En 1979, Jack Horner y Robert Makela encontraron evidencias en Montana de que los dinosaurios tenían cuidados parentales, se trataba del género Maiasaura, un dinosaurio de aproximadamente 8 metros de longitud que anidaba en grupos y al parecer construía nidos en los cuales ponían hasta 25 huevos, y los jóvenes, de 50 centímetros, alcanzaban su tamaño adulto en tan sólo 6 años —el área de estudio es conocida como egg mountain por la gran cantidad de nidos recobrados. En 1985, se descubrieron algunos de los dinosaurios más grandes, pertenecientes a los géneros Supersaurus y Ultrasaurus, sauropódos de más de 30 metros de longitud.
 
En el año de 1987 fue realizado el primer montaje de un dinosaurio colectado y preparado en México por tres paleontólogos del Instituto de Geología de la UNAM, René Hernández Rivera, Luis Espinosa-Arrubarrena y Shelton P. Applegate, al cual llamaron Isauria, un hadrosáurido del género Kritosaurus de 7 metros de longitud, que presenta una patología en la pata anterior izquierda, en donde los metatarsos están fusionados. Actualmente una réplica de este esqueleto se encuentra en exhibición en el Museo de Geología de la UNAM ubicado en Santa María la Rivera, en la ciudad de México.
A principios de la década de los noventas se encontraron dos terópodos de tamaño considerable, que sobrepasan al famoso Tyrannosaurus: Giganotosaurus caroliini y Carcharodontosaurus sahariscus, ambos de poco mas de 14 metros de longitud. El primero fue localizado en depósitos del Cretácico de Argentina, el segundo en el norte del continente africano, en Niger y Marruecos. Argentina acaparó nuevamente la atención de los paleontólogos en el año de 1993, cuando Ricardo Martínez localizó el cráneo de Eoraptor lunensis, el dinosaurio más antiguo conocido hasta el momento, descubrimiento que fue dado a conocer por los paleontólogos Paul Sereno y Fernando Novas.
 
Otro descubrimiento que asombró al mundo, ya que sustentaba la hipótesis de que los dinosaurios eran organismos endotérmicos, fue el descubrimiento de restos de estos animales en la Antártida. El primer dinosaurio localizado en 1986 por los científicos del Instituto Antártico Argentino fue descrito como perteneciente a un anquilosaurio del Cretácico superior en la formación Santa María. Poco después, paleontólogos británicos informaron de la presencia de un dinosaurio bípedo herbívoro de mediano tamaño, y en 1994, en el mismo continente, William Hammer y Hickerson dieron a conocer en la revista Science los restos de un terópodo crestado de aproximadamente 6 metros de longitud —denominado Cryolophosaurus ellioti— encontrado en el Monte Kirkpatrick, en la cordillera transantártica, propia del Jurasico inferior, y allí también Smith y Pol encontraron en 2007 un prosaurópodo denominado Glacialisaurus hammeri.
 
En 1996, en yacimientos del Cretácico inferior de la provincia de Liaoning, en China, se descubrió el primer dinosaurio emplumado del mundo, nombrado Sinosauropteryx prima, el cual refuerza la estrecha relación de los dinosaurios y las aves, y además de la información ósea y tegumentaria, mostró que las plumas surgieron como un medio para conservar el calor y no para el vuelo como comúnmente se pensaba.
 
En estos inicios del siglo XXI se siguen haciendo descubrimiento que asombran a propios y extraños. Dale Rusell dio a conocer en la revista Science la presencia de un corazón tetracavitario (dos aurículas y dos ventrículos) en un fósil de ornitópodo denominado Thescelosaurus neglectus, lo cual aporta pruebas de la compleja fisiología y endotermia de los dinosaurios. Otros descubrimientos apoyan el argumento de que los dinosaurios presentaban plumas: Caudipteryx dongi y Microraptor zhaoianus en 2000; Epidendrosaurus ningchengensis, Cryptovolans, Scansoripteryx y Sinovenator changüí en 2002; Microraptor gui en 2003, Dilong en 2004, y Jinfengopteryx en 2005; pero a pesar de la presencia de plumas, estos dinosaurios, no eran capaces de volar, ya que sus extremidades anteriores eran cortas y por lo tanto no podían sostener su cuerpo en el aire.
 
En 2003, la paleontóloga Marisol Montellano del Instituto de Geología de la unam escribió el primer informe de un saurópodo titanosáurido en México del Cretácico superior de Chihuahua; y en 2006, cuando se describió el terópodo crestado Guanlong wucaii, un dinosaurio del Jurá­sico superior de China, emparentado con los tiranosaurios, que mide aproximadamente 3 metros y posiblemente estaba emplumado, en el equipo de trabajo de campo se encontraba el paleontólogo mexicano René Hernández R.
 
Si bien el estudio de los dinosaurios en México es reciente, no deja de ser prometedor, pues el número de localidades donde se reporta la presencia de estos organismos es cuantioso y seguramente ofrece una gama de nuevos hallazgos. El registro osteológico de los dinosaurios en México incluye diversas familias como Coelusauridae, Tyrannosauridae, Ornitomimidae, Troodontidae, Dromaeosauridae, Hadrosauridae, Ankylosauridae, Ceratopsidae y Titanosauridae. Estos registros se complementan con paleoicnitas fósiles, reportadas principalmente en las localidades fosilí­feras del sur del país, encontradas en los estados de Oaxaca y Puebla, así como en Michoacán y Coahuila. En el futuro, nuevos descubrimientos seguramente nos sorprenderán y asombrarán; por ahora sabemos que los dinosaurios no se extinguieron, que nos acompañan en la actualidad y les llamamos aves.chivichago
 
 
Dos siglos de hallazgos paleontológicos
 
Tomado de Historical Atlas of the Dinosaurs, M. J. Benton, 1996, Swanston Publishing, UK;
complementado para méxico con datos de los autores y de Héctor Rivera Sylva.
De 1824 a 1850
cuadro31
De 1850 a 1900cuadro32
De 1900 a 1950cuadro33
De 1950 a 2000cuadro34
 
  articulos  
Referencias bibliográficas
 
Hernández Rivera, René. 2000. Los dinosaurios de México. Revista digital Universitaria. DGSCA, UNAM, México.
Montellano Ballesteros, Marisol. 2005. “Dinosaurios con plumas” en ¿Cómo ves?, pp. 10-15.David Norman. 1983. Enciclopedia ilustrada de los dinosaurios, Editorial Susaeta, España.
Sanz José Luis. 2007. Cazadores de dragones. Editorial Ariel. Barcelona.
Serrano Brañas Claudia, Hernández Rivera René. 2007. “México: tierra de dinosaurios”, en Nuestra tierra, pp. 3-7.
     
____________________________________________________________
     
Francisco Javier Jiménez Moreno
Benemerita Universidad Autónoma de Puebla
 
Estudiante de la Escuela de Biología de la buap, ha colaborado con artículos de divulgación científica en diferentes medios.
 
Marco Antonio Pineda Maldonado
Benemerita Universidad Autónoma de Puebla
 
Biólogo, egresado de la Escuela de Biología de la buap. Desde 1992 se ha desempeñado principalmente en el área de la ilustración biológica como profesional.
 
como citar este artículo
Jiménez Moreno, Francisco Javier, Pineda Maldonado y Marco Antonio. 2010. Los dinosaurios: terribles lagartos. Ciencias 98, abril-junio, 26-37. [En línea]
     




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La dinosaurología es una de las disciplinas de la paleontología con mayor desarrollo en los últimos años. Desde 1970 se ha encontrado un promedio de 6.1 géneros por año, y entre 1989 y 1995 se describieron 51 nuevos géneros. A la fecha hay aproximadamente 336 géneros de dinosaurios, sin embargo se estima que la diversidad de dinosaurios es cercana a 3 400 géneros, por tanto sólo conocemos cerca de diez por ciento. Estas criaturas siempre han cautivado la atención del público en general debido a sus peculiares estructuras y tamaño. El término dinosaurio parece tan familiar que todos parecemos entender con lujo de detalle a estas criaturas, sin embargo como bien lo explicó el paleontólogo británico Alan Charig, “es común pensar que el término dinosaurio se refiere a toda criatura que vivió hace millones de años, y que actualmente se encuentra extinta”, pero también es recurrente pensar que cualquier organismo prehistórico es un “dinosaurio”, como ocurre con los dimetrodontes, plesiosaurios, ictiosaurios, pterosaurios, dientes de sables e incluso los poderosos mamuts. Para evitar estas confusiones, los paleontólogos, que estudian los restos fósiles, han enumerado una serie de características únicas de este grupo, caracteres compartidos derivados o sinapomorfias (cuadro en esta página).

Los dinosaurios son un clado monofilético de organismos diápsidos archosaurios, cuyos restos fósiles se hallan en estratos mezosoicos, de una edad entre 225 y 64 millones de años, abarcando los periodos Triásico, Jurásico y Cretácico, por lo que dominaron el planeta cerca de 160 millones de años. El registro más antiguo data del Carniano tardío (Triá­sico) de las formaciones Santa María e Ischigualasto, en Brasil y Argentina respectivamente, y la última aparición está en el límite del Cretácico y el Terciario, hace 64 millones de años, cuando se dice que la mayoría de ellos se extinguió, con excepción de las aves. Sin embargo, nuevos hallazgos pueden ampliar la permanencia geológica de los dinosaurios no avianos, ya que registros obtenidos por James E. Fassett y Robert A. Zielinski en 2002 incluyen huesos de la pata de un hadrosaurio en la formación El Ojo, Nuevo México, Estados Unidos, los cuales fueron datados en aproximadamente 64.5 millones de años, en el Paleoceno. De confirmarse lo anterior implicaría que algunos dinosaurios sobrevivieron a la gran extinción y desaparecieron en el piso daniense del Paleoceno, en el Cenozoico inferior.

Los huesos de dinosaurios han sido documentados desde la Antigüedad, cuando se decía que eran la prueba de la existencia de antiguas criaturas mitológicas de formas reptiloides, conocidos en el folclor como dragones. Posteriormente, durante la Edad Media, los hidalgos y caballeros buscaban a estas enormes criaturas para darles muerte, por tal motivo se creía que se encontraban restos de ellos enterrados en varias ciudades de Europa y Asia. Se sabe que en el año 600 a.C. los comerciantes asiáticos cuentan a los griegos historias de grifones, probablemente basados en esqueletos y cráneos de Protoceratops, mientras en el año 300 d.C, durante la Dinastía Jin occidental, los chinos hablan de “huesos de dragón”, al referirse a restos de dinosaurios.

La primera referencia formal apareció en el año de 1676 en una publicación titulada Historia natural de Oxfordshire, escrita por el reverendo Robert Plot, en donde se hace referencia al fragmento distal de un fémur que fue comparado con diversos animales y, al no poder identificarlo, se asignó por su forma a un hombre de proporciones descomunales, uno de los denominados Antediluvian Patriarchs (patriarcas antediluvianos). Un siglo después, el filósofo francés Jean-Baptiste Robinet observó que el fósil era extremadamente semejante a un escroto humano gigante, idea que fue apoyada en 1763 por el naturalista inglés Richards Brookes, quien le llamó Scrotum Humanum —siglos después se asignó este fragmento de hueso como perteneciente al gé­nero Megalosaurus. Años después, en 1787, el hallazgo en Nueva Jersey, Estados Unidos, de una posible pierna de hadrosaurio —hoy extraviada— fue catalogado simplemente como Thihbone (hueso del muslo), y posteriormente más restos fueron encontrados en Montana, Connecticut, y en otras localidades. En 1802, el granjero norteamericano Pliny Moody de Massachusetts, extrajo de sus terrenos una laja con impresiones de patas posiblemente hechas por aves, que el médico local, el Dr. Elihu Dwight, interpretó como las huellas dejadas por el cuervo del Arca de Noé. En 1835, el doctor James Deane escribió al clerigo y naturalista Edward Hitchcok, y en 1839 esta loza fue adquirida por Hitchcok y Benjamin Silliman, de la Universidad de Yale, quienes se encargaron del estudio de las mismas. Hitchcok recogió más de 20 000 huellas fósiles, pero les atribuye un origen aviano, reptilesco y mamiferoide, nunca acepta a los dinosaurios como organismos responsables de las mismas. Quizá el mundo aún no estaba listo para los dinosaurios. Años después, a pesar de la aparición de la paleontología y la aceptación de la teoría de la evolución, se seguían contando extrañas historias en el folclor del mundo. En 1871, el explorador franco-canadiense Jean-Baptiste L´Heureux menciona un lugar santo en Alberta, Canadá, adorado por las tribus indias, las cuales consideraban los fósiles de los dinosaurios como pertenecientes a los abuelos de los bisontes americanos.

Los inicios de su estudio

Se puede decir que fue el polifacético médico, naturalista y geólogo inglés Gideon Algernon Mantell, quien inicio en 1822 el estudio de los dinosaurios. Este médico victoriano era aficionado a coleccionar fósiles y, un buen día, durante una visita que realizó a un paciente, su esposa Mary Ann encontró un diente incrustado en una roca; el médico se dio a la tarea de estudiarlo, y notó que era de un herbívoro, pero para tener una mejor apreciación lo envió a Francia para que lo estudiara el eminente naturalista, promotor de la anatomía comparada e impulsor de la paleontología, el barón Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier, quien le indicó que era de un rinoceronte extinto. Sin embargo, esta explicación no complació a Mantell, quien continuó estudiando y, al comparar aquellos dientes fósiles con algunos ejemplares de iguanas americanas, se dio cuenta del parecido, por lo que llamó al fósil Iguanodon (diente de iguana). A pesar del interés de Mantell, la primera descripción formal data de 1824, elaborada por el doctor William Buckland, quien al estudiar otros restos aislados —entre ellos una mandíbula que estaba depositada desde 1818 en un museo de Oxford Inglaterra— denominó al organismo Megalosaurus (reptil gigante). En 1831, Mantell describió a Hylaeosaurus, su segundo “reptil” gigante.

El término dinosaurio fue acuñado en 1842 por el eminente especialista británico en anatomía comparada Sir Richard Owen, derivado del griego deinos, terrible o gigante, y sauria, lagarto o reptil, por el enorme tamaño de los primeros gé­neros de dinosaurios descubiertos —Megalosaurus, Iguanodon e Hylaeosaurus—, y fue dado a conocer durante la reunión anual de la asociación británica para el progreso de la ciencia celebrada en Plymouth. Debido al interés por los dinosaurios, a mediados del siglo xix, Benjamín Waterhouse Hawkins realizó la primera exposición de dinosaurios en el antiguo Sydenham Park de Londres. A pesar de los estudios realizados, los dinosaurios eran vistos como enormes “reptiles cuadrúpedos de sangre fría”. Hawkins también fabricó modelos de dinosaurios para el Central Park de Nueva York, pero nunca llegaron a exhibirse pues fueron destruidos por una banda de maleantes en 1871.

Poco después, en 1856, en Estados Unidos Joseph Leidy, de la Universidad de Pensilvania, contribuyó a la historia con los primeros fósiles estudiados y plenamente identificados como pertenecientes a dinosaurios de Norteamérica, que fueron asignado a Hadrosaurus foulki, un dinosaurio comúnmente llamado pico de pato, cuya reconstrucción —realizada en el año de 1868 por Hawkins— mostró que los dinosaurios eran bípedos y no totalmente cuadrúpedos como hasta entonces se pensaba —es considerado el primer esqueleto montado de un dinosaurio en el mundo.

En la segunda mitad del siglo xix, en los depósitos de Solhofen, Alemania, aparece la primera evidencia fósil de un ave, que Richard Owen describe como Archaeopteryx litographica; y desde entonces, hasta hoy, han sido encontrados diez esqueletos conocidos coloquialmente como los Archaeopteryx de Londres, Berlín, Eichtatt, Maxberg y Termópolis. En 1878, El paleontólogo belga Louis Dollo describió los fósiles de 31 esqueletos fósiles hallados a 321 metros de profundidad en una mina de carbón en Bernissart, Bélgica, pertenecientes a la especie Iguanodon bernissartiensis, los cuales confirmaron el bipedalismo de los dinosaurios, aunque su reconstrucción presentaba problemas, ya que, basándose en un esqueleto de canguro, la cola queda posada en el suelo y se fractura a la mitad.

En Estados Unidos, Othiniel Charles Marsh y Edward Drinker Cope protagonizaron uno de los episodios más intensos en la historia de la paleontología, la denominada “guerra de los huesos”, una competencia entre ambos científicos que dio como resultado la descripción, por parte de Marsh, de Brontosaurus (Apatosaurus), Diplodocus, Stegosaurus y Triceratops, y por parte del segundo, de Camarasaurus, Coelophysis y Monoclonius, entre otros más, así como grandes descubrimientos no dinosáuricos, como Elasmosaurus, Ictiornis, Hesperornis y Dimetrodon. Más de 130 especies fósiles, con lo cual ambos contribuyeron de manera relevante al desarrollo de la paleontología.

Harry Goovier Seeley fue el paleontólogo británico responsable de la división de los dinosaurios en saurisquios y ornistisquios con base en la estructura de los huesos de la pelvis y la forma de las articulaciones: los primeros tienen la estructura ósea de la cadera común a los reptiles, en la que cada uno de los tres huesos apunta en una dirección diferente, mientras los segundos tienen una cadera tetrarradiada semejante a la de las aves. Sus observaciones fueron plasmadas en un documento científico en 1887, que fue publicado un año después, de suma importancia en un panorama dominado por múltiples y bizarras clasificaciones propuestas por diversos paleontólogos (ver cuadro).

A principios del siglo xx, Henry Farfield Osborn, director del American Museum of Natural History, describió los fósiles hallados por Barnum Brom en 1904 en los yacimientos del Cretácico superior de Hell Creek, Montana, los cuales eran extraordinarios y de tamaño colosal; se trataba de Tyrannosaurus rex, dinosaurio carnívoro que se pensaba en ese momento era el mayor depredador del mundo —tiempo después aparecerían carnívoros más grandes.

En esta época el magnate Andrew Carnegie impulsó el desarrollo de excavaciones en Estados Unidos, de las que resultaron diversos esqueletos de una nueva especie de diplodocus, Diplodocus carnegii, de la cual mandó fabricar réplicas a fin de aumentar su ego y preservar su nombre en la historia, regaladas a importantes reyes y jefes de estado, y que se encuentran en París, Viena, Madrid, San Petersburgo, Frankfurt, Bolonia, La Plata y México —expuesta en el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México. Cabe mencionar que es uno de los esqueletos de dinosaurio más largos encontrados hasta ahora, con una longitud de 26.70 metros y un peso aproximado de 10 toneladas —en la actualidad se ha estimado el tamaño de dinosaurios más grandes y pesados, pero con base en unos pocos fragmentos del esqueleto. Los duplicados de diplodocus causaron debate entre los paleontólogos de la época, pues mientras norteamericanos como William Jacob Holland y John Bell Hatcher montaron el esqueleto en forma de paquidermo, con las patas directamente colocadas bajo el cuerpo como lo había hecho Marsh influido por las reconstrucciones de otros dinosaurios realizadas por Richard Owen años atrás, los europeos, como el alemán Gustav Tornier, argumentaban una posición tendida como en los lagartos modernos, interpretación apoyada en Estados Unidos por Hay, quien argumentaba que los dinosaurios eran reptiles y no mamíferos, por lo que la posición de la reconstrucción era infundada. En Viena, el investigador Othenio Abel se inclinaba a favor de la posición mamiferoide, confirmada en 1938, cuando se describieron icnitas fósiles atribuibles a saurópodos, descubiertas por Roland T. Bird en el Rio Paluxy, Texas, en las que se confirmó la postura vertical de los saurópodos, echando por tierra las observaciones de los alemanes.

En África, en localidades de Tendaguru, hoy Tanzania, entre 1907 y 1912 el paleontólogo y geólogo alemán Werner Ernst M. Janensch descubre uno de los más grandes dinosaurios hasta ese momento, Brachiosaurus branchai, además de un esqueleto del estegosaurio Kentrosaurus y, posteriormente, en 1914, Dicraeosaurus, y en 1929 Elaprhosaurus. En las década de los veintes, Roy Chapman Andrews visitó los yacimientos de Mongolia, adonde regresa en varias ocasiones y descubre dinosaurios como Psittacosaurus, Velociraptor, Protoceratops y Oviraptor.

El primer informe de dinosaurios en México fue realizado por el paleontólogo alemán Werner Janensch en 1926, y trataba de los restos óseos del yacimiento La Soledad, en el municipio de Ramos Arizpe, ubicado al oeste de Coahuila, atribuidos a un ornistisquio de la familia Ceratopsidae, un dinosaurio cornudo del genero Monoclonius, propio del Cretácico superior de Norteamérica. Posteriormente, Richard Swan Lull y Nelda. E. Wright describieron en su monografía sobre los hadrosaurios de Norteamérica restos hallados en Sonora en 1942 en una localidad denominada N. 49, atribuibles a la familia Hadrosauridae, los pico de pato, material que fue enviado al paleontólogo Barnum Brown, quien determinó que los restos eran los más australes para dicha familia. En Baja California Norte, en 1954, W. Lanston Jr. y M. H. Oakes, de la Universidad de California, encontraron más restos de Hadrosauridae.

En Argentina, a finales de esa década, Oswaldo A. Reig descubrió los primeros restos del dinosaurio basal Herrerasaurus en yacimientos del Triásico superior de Ischigualasto, cuyo descubrimiento fue hecho por Victorino Herrera, miembro de la expedición realizado por la Escuela Nacional de Tucumán, a quien fue dedicada la especie.

El renacimiento

A pesar de los muchos descubrimientos, las reconstrucciones de los paleoartistas como Charles Night, Zdenek Burian y Rudollph Zallinger mostraban a los dinosaurios como organismos gigantes, lentos y estúpidos. Era común observarlos como enormes masas de carne incapaces de sostener su peso sobre la tierra. Fue hasta 1964, cuando el profesor John Harold Ostrom de la Universidad de Yale descubrió el dinosaurio terópodo dromeosaurido Deinonychus antirrhopus en los depósitos de Montana, y basándose en el esqueleto bien conservado formuló la teoría de que los dinosaurios eran organismos ágiles, rápidos e inteligentes y, por si fuera poco, hizo notar su posible endotermia, es decir, la capacidad de regular la temperatura corporal como sucede en aves y mamíferos. Esto tuvo un fuerte impacto en los círculos académicos y, posteriormente, en la imagen que popularmente se tenía de ellos, y llevó a lo que se ha denominado como “renacimiento de los dinosaurios”, cuando el abandono de los prejuicios gracias a este descubrimiento y a la avalancha de descubrimientos posteriores hicieron cambiar el método de estudio de los dinosaurios para siempre.

Así, en 1966, paleontólogos del Museo de Historia Natural de Los Ángeles lograron recuperar en la Formación del Gallo, en Baja California Norte, restos de un gran hadrosaurido, identificado como Hypacrosaurus altispinus y reasignado en 1972 a Lambeosaurus laticaudus por Morris, un organismo propio del Cretácico superior que alcanzaba 14 metros de longitud. Es el hadrosaurio más grande del mundo después de Zhuchengosaurus, propio de China. En 1970, este grupo de investigación localizó en el Rosario, Baja California, en la formación de la Bocana Roja, los restos de un terópodo grande, descrito por Ralph Molnar en 1974, quien lo bautizo como Labocania anomala, una especie que ha sido tema de discusión, ya que ha sido ubicada en grupos de terópodos como los alosauridos y en los tiranosaurios.

En el mismo año, Robert Bakker y Peter Galton publicaron en la revista Nature el artículo “Monofilia de los dinosaurios y una nueva clase de vertebrados”, en el cual proponen la creación de la clase Dinosauria, que tendría las subclases Saurisquios, Aves y Ornistisquios, clasificación que reflejaría mejor la filogenia de los grupos, ya que a los reptiles se les considera ectotérmicos, y estarían separados de los grupos endotérmicos como mamíferos, dinosaurios, y aves. En 1979, Jack Horner y Robert Makela encontraron evidencias en Montana de que los dinosaurios tenían cuidados parentales, se trataba del género Maiasaura, un dinosaurio de aproximadamente 8 metros de longitud que anidaba en grupos y al parecer construía nidos en los cuales ponían hasta 25 huevos, y los jóvenes, de 50 centímetros, alcanzaban su tamaño adulto en tan sólo 6 años —el área de estudio es conocida como egg mountain por la gran cantidad de nidos recobrados. En 1985, se descubrieron algunos de los dinosaurios más grandes, pertenecientes a los géneros Supersaurus y Ultrasaurus, sauropódos de más de 30 metros de longitud.

En el año de 1987 fue realizado el primer montaje de un dinosaurio colectado y preparado en México por tres paleontólogos del Instituto de Geología de la unam, René Hernández Rivera, Luis Espinosa-Arrubarrena y Shelton P. Applegate, al cual llamaron Isauria, un hadrosáurido del género Kritosaurus de 7 metros de longitud, que presenta una patología en la pata anterior izquierda, en donde los metatarsos están fusionados. Actualmente una réplica de este esqueleto se encuentra en exhibición en el Museo de Geología de la unam ubicado en Santa María la Rivera, en la ciudad de México.

A principios de la década de los noventas se encontraron dos terópodos de tamaño considerable, que sobrepasan al famoso Tyrannosaurus: Giganotosaurus caroliini y Carcharodontosaurus sahariscus, ambos de poco mas de 14 metros de longitud. El primero fue localizado en depósitos del Cretácico de Argentina, el segundo en el norte del continente africano, en Niger y Marruecos. Argentina acaparó nuevamente la atención de los paleontólogos en el año de 1993, cuando Ricardo Martínez localizó el cráneo de Eoraptor lunensis, el dinosaurio más antiguo conocido hasta el momento, descubrimiento que fue dado a conocer por los paleontólogos Paul Sereno y Fernando Novas.

Otro descubrimiento que asombró al mundo, ya que sustentaba la hipótesis de que los dinosaurios eran organismos endotérmicos, fue el descubrimiento de restos de estos animales en la Antártida. El primer dinosaurio localizado en 1986 por los científicos del Instituto Antártico Argentino fue descrito como perteneciente a un anquilosaurio del Cretácico superior en la formación Santa María. Poco después, paleontólogos británicos informaron de la presencia de un dinosaurio bípedo herbívoro de mediano tamaño, y en 1994, en el mismo continente, William Hammer y Hickerson dieron a conocer en la revista Science los restos de un terópodo crestado de aproximadamente 6 metros de longitud —denominado Cryolophosaurus ellioti— encontrado en el Monte Kirkpatrick, en la cordillera transantártica, propia del Jurasico inferior, y allí también Smith y Pol encontraron en 2007 un prosaurópodo denominado Glacialisaurus hammeri.

En 1996, en yacimientos del Cretácico inferior de la provincia de Liaoning, en China, se descubrió el primer dinosaurio emplumado del mundo, nombrado Sinosauropteryx prima, el cual refuerza la estrecha relación de los dinosaurios y las aves, y además de la información ósea y tegumentaria, mostró que las plumas surgieron como un medio para conservar el calor y no para el vuelo como comúnmente se pensaba.

En estos inicios del siglo xxi se siguen haciendo descubrimiento que asombran a propios y extraños. Dale Rusell dio a conocer en la revista Science la presencia de un corazón tetracavitario (dos aurículas y dos ventrículos) en un fósil de ornitópodo denominado Thescelosaurus neglectus, lo cual aporta pruebas de la compleja fisiología y endotermia de los dinosaurios. Otros descubrimientos apoyan el argumento de que los dinosaurios presentaban plumas: Caudipteryx dongi y Microraptor zhaoianus en 2000; Epidendrosaurus ningchengensis, Cryptovolans, Scansoripteryx y Sinovenator changüí en 2002; Microraptor gui en 2003, Dilong en 2004, y Jinfengopteryx en 2005; pero a pesar de la presencia de plumas, estos dinosaurios, no eran capaces de volar, ya que sus extremidades anteriores eran cortas y por lo tanto no podían sostener su cuerpo en el aire.

En 2003, la paleontóloga Marisol Montellano del Instituto de Geología de la unam escribió el primer informe de un saurópodo titanosáurido en México del Cretácico superior de Chihuahua; y en 2006, cuando se describió el terópodo crestado Guanlong wucaii, un dinosaurio del Jurá­sico superior de China, emparentado con los tiranosaurios, que mide aproximadamente 3 metros y posiblemente estaba emplumado, en el equipo de trabajo de campo se encontraba el paleontólogo mexicano René Hernández R.

Si bien el estudio de los dinosaurios en México es reciente, no deja de ser prometedor, pues el número de localidades donde se reporta la presencia de estos organismos es cuantioso y seguramente ofrece una gama de nuevos hallazgos. El registro osteológico de los dinosaurios en México incluye diversas familias como Coelusauridae, Tyrannosauridae, Ornitomimidae, Troodontidae, Dromaeosauridae, Hadrosauridae, Ankylosauridae, Ceratopsidae y Titanosauridae. Estos registros se complementan con paleoicnitas fósiles, reportadas principalmente en las localidades fosilí­feras del sur del país, encontradas en los estados de Oaxaca y Puebla, así como en Michoacán y Coahuila. En el futuro, nuevos descubrimientos seguramente nos sorprenderán y asombrarán; por ahora sabemos que los dinosaurios no se extinguieron, que nos acompañan en la actualidad y les llamamos aves.

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Las lianas y la dinámica de los bosques tropicales

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Tarin Toledo Aceves
     
               
               
 
Cuando Tarzán se encontraba
en la selva encontró un vehículo
de transportación fabuloso,
las lianas le permitían balancearse
de un árbol a otro, libremente
y sin rasguño…
 
Los bosques tropicales son una intrincada red donde un sin fin
de formas, colores, olores y texturas hacen explosión. Uno de sus elementos más llamativos son las lianas o bejucos —plantas trepadoras de tejido leñoso que comienzan su vida como plántulas terrestres—, las cuales no pasaron desapercibidas para Charles Darwin, quien en 1865 publicó un ensayo titulado Movimientos y hábitos de las plantas trepadoras, con detalladas observaciones sobre las admirables adaptaciones de este grupo.
 
Recientemente las lianas han atraí­do la atención de los ecólogos debido a que desempeñan un papel clave en la dinámica de los bosques tropicales, ya que pueden contribuir hasta con 25% de la riqueza de especies leñosas (incluyendo árboles, y arbustos), y en los bosques neotropicales las juveniles constituyen de 18 a 22% de las plantas erectas en el sotobosque. Son un grupo muy importante, además, porque pueden aumentar la mortalidad de los árboles adultos y suprimir su regeneración, y porque representan una fuente importante de alimento para la fauna y permiten el movimiento en el dosel de las especies arborícolas.
 
Para los humanos que habitan estos ecosistemas, muchas especies de lianas son de gran valor por ser ampliamente usadas, desde América hasta África y Asia, para la elaboración de trabajos artesanales (canastas, esculturas), como fuente de alimento (hojas, frutos y raíces), materiales de construcción (para sillas, redes para pescar) y para usos medicinales, ceremoniales (construcción de arcos florales), y por sus compuestos altamente apreciados por diversos grupos humanos, como la ayahuasca (Banisteriopsis caapi) que, combinada con otra planta, la chacruna (Psychotria viridiris), se emplean para componer una bebida de efectos psicotrópicos muy utilizada en Amazonía.
 
Las lianas son un grupo polifilético, es decir que evolucionaron en diferentes familias de manera independiente, ampliamente distribuidas en el planeta, por lo que sus atributos son muy variados. No obastante, a pesar de su gran importancia, debido a la dificultad para tener acceso al dosel y la habilidad de las lianas para rebrotar, lo que hace difícil diferenciar un individuo de otro, existe aún mucha información que desconocemos. Una liana puede alcanzar más de cien metros de largo, puede caer al suelo, rebrotar y trepar diferentes árboles; su crecimiento es irregular, y los cambios en los niveles de luz pueden hacer que pase de una forma erecta a una trepadora, lo que puede involucrar cambios en su morfología. Esta versatilidad ha limitado las investigaciones sobre su ecología, pero ahora, entre más conocemos sobre ellas más fascinantes se vuelven.
 
Debido a que las lianas producen más tejido foliar (hojas) que tejidos de sostén (tallo), su cobertura en términos del área total de sus hojas es superior a la de árboles y arbustos, lo que resulta en una mayor contribución en biomasa foliar (peso seco de las hojas) que la de árboles que tienen diámetros similares. Además, la gran área foliar de las lianas representa un área extensa de transpiración, lo que puede ayudar a aumentar la conducción de agua a través de los largos tallos que típicamente poseen, pero debido a que los tallos de las lianas poseen vasos más largos que los de los árboles, son por tanto más susceptibles a la sequía y al congelamiento, por lo que pueden presentar embolismo más frecuentemente que otras especies leñosas. Algunos estudios sugieren que esta vulnerabilidad puede ser la causa de que las lianas no sean tan abundantes en los bosques templados.
 
¿Cómo trepan a los árboles?
 
El grupo de las lianas está representado en diferente proporción por distintas familias en cada región geográfica. Mientras que en el neotrópico la familia Bignoniaceae tiene la mayor contribución florística, Annonaceae domina en Asia y Apocynaceae y Leguminosae en África. En una misma familia existen lianas que poseen diversos mecanismos de ascensión al dosel. Algunas rodean en espiral el árbol soporte (twiners —es considerado el grupo menos especializado)—, otras producen zarcillos (órganos vegetativos especializados para trepar, derivados de hojas, ramas, estipulas, etcétera), ganchos, espinas, raíces adventicias y hojas modificadas, como las hojas sensibles al tacto que cuando entran en contacto con otra planta la utilizan para adherirse en su ascenso hacia el dosel. Las familias formadas por un mayor nú­mero de especies generalmente poseen mecanismos más especializados para trepar, mientras que en las de menos especies predomina el que sólo rodean el árbol en espiral.
 
El mecanismo para trepar puede determinar el ambiente en que las lianas van a desarrollarse. Por ejemplo, las trepadoras con zarcillos requieren hospederos de diámetros pequeños y por lo tanto son más frecuentes en bosques en estados sucesionales tempranos o intermedios (i.e. en acahuales y bosques jóvenes), y en ambientes con alta radiación solar, donde este tipo de soportes son más frecuentes; mientras que las twinners requieren soportes de diámetros mayores y dominan en fases sucesionales más tardías (i.e. bosques maduros), y las trepadoras adhesivas, debido a su incapacidad para moverse de un soporte a otro, están más restringidas a micrositios sombreados. Así, en un bosque de Amazonia se encontró que, en parte, por la distribución de los soportes disponibles, las lianas grandes predominan en el interior de los bosques, mientras las pequeñas son más frecuentes cerca de los bordes de los fragmentos de bosque.
 
 
¿Cómo se establecen en los trópicos?
 
 
Debido a que las lianas frecuentemente se encuentran en los claros del bosque, en general se les considera sucesionales tempranas o especies pioneras dependientes de claros. Su abundancia aumenta con el tamaño del claro y disminuye con la edad del mismo, y son más abundantes en los bordes de los fragmentos de bosque que en el interior, donde la perturbación es menor. Sin embargo, algunos estudios han demostrado que pueden establecerse con facilidad en las zonas sombreadas, desplegando un amplio intervalo de tolerancia a la sombra; alagunas alcanzan altas tasas de crecimiento, una característica de especies pioneras, otras se establecen bajo el dosel cerrado, comportándose como especies no pioneras demandantes de luz, cuyas plántulas poseen la habilidad de sobrevivir y crecer bajo el dosel cerrado hasta que alcanzan un ambiente de luz más favorable, donde pueden desplegar altas tasas de crecimiento.
 
Numerosas especies de lianas tienen elevadas tasas de germinación en ambientes semicerrados y pueden también colonizar áreas abiertas por medio de reproducción vegetativa, otras lo hacen a partir de un banco de semillas (semillas en el suelo que aguardan las condiciones propicias para germinar) o de plántulas presentes en el sotobosque; hay adultos que crecen lateralmente (como son tan flexibles pueden retorcerse y crecer hacia los lados), y otros que pueden producir sistemas radiculares independientes (tallos que al caer se entierran en el suelo, se extienden subterráneamente y luego salen a la superficie como si fueran un tallo independiente).
 
Dado que las lianas pueden alcanzar altas tasas de crecimiento se ha sugerido que requieren un elevado suministro de nutrimentos, y que por tanto serían más abundantes en suelos fértiles. Sin embargo, no parece existir una clara relación entre la abundancia de lianas y la fertilidad del suelo; en contraste, recientemente se ha encontrado que la abundancia de lianas aumenta con la estacionalidad (en bosques tropicales con marcadas diferencias entre la época de lluvias y la de secas) y disminuye con la precipitación media anual (bosques más secos).
 
Al parecer, este patrón podría ser resultado del profundo sistema radicular (sus raíces se entierran hondo en el suelo) y los eficientes sistemas vasculares que poseen (conjunto de xilema y floema), lo cual les brinda una ventaja competitiva durante la época de secas. Esta propuesta es apoyada por un estudio en Panamá, donde las tasas de crecimiento (en altura) de las lianas fueron siete veces mayores que en los árboles durante la época de secas, mientras que en la época de lluvias las lianas crecieron solamente dos veces más rápido que los árboles. Esto puede representar una ventaja importante que permita a las lianas ser más abundantes en bosques estacionales.
 
 
Efectos en los árboles
 
 
Las lianas poseen cierta especifidad en términos de los soportes que utilizan, es decir, hay árboles más susceptibles de ser invadidos o cubiertos, como el caso de los árboles de lento crecimiento. Dado que las lianas pueden tener un impacto negativo en los árboles, los atributos de estos últimos que contribuyen a evitar ser colonizados por lianas representan una ventaja. Sin embargo, aún no es claro cuales son estos atributos.
 
Al mismo tiempo que las lianas utilizan los árboles como soporte para alcanzar estratos más altos en el dosel, donde pueden tener acceso a un ambiente de luz más rico, compiten con ellos por diversos recursos, por lo que los árboles pueden ser afectados negativamente por ellas. En bosques tropicales, un gran número de árboles suele estar cubierto por lianas, como por ejemplo, en la isla de Barro Colorado en Panamá, donde se reportó que 43% de los árboles estaba cubierto por lianas, o en un bosque de Malasia con 50%, otro en el Amazonas con 86%, y en México, en los Tuxtlas, Veracruz, donde 63% tienen al menos una liana. De manera que los árboles cubiertos por lianas en los bosques tropicales son más una regla que una excepción.
 
Tal proliferación en los bordes del bosque podría ser responsable de la alta mortalidad de árboles en esas zonas a causa del estrés físico y la elevada competencia. Diferentes estudios han encontrado que la competencia con lianas puede reducir significativamente el crecimiento de los árboles, además de que las lianas pueden causar deformaciones en los troncos de los árboles, lo que los puede hacer más susceptibles a enfermedades y reducir el valor comercial de la madera. Los árboles también pueden ser dañados durante la extracción de madera; al caer un árbol puede jalar a otros porque las lianas los unen, creando además claros de mayores dimensiones. Incluso se ha propuesto que las lianas pueden ser uno de los principales obstáculos para el éxito del manejo forestal en bosques tropicales debido a que reducen la producción de madera. El impacto de las lianas en bosques manejados puede tener por tanto considerables repercusiones tanto ecológicas como económicas.
 
Las lianas también pueden tener un impacto negativo importante en la regeneración de los árboles, especialmente en bosques manejados, debido a su abundancia en estos ambientes. Las lianas pueden retrasar la sucesión en los bosques tropicales al ocupar los claros y suprimir la regeneración de árboles. Se han reportado numerosos casos de este proceso en bosques tropicales húmedos de África y América. También pueden afectar negativamente a las plántulas de árboles por medio de supresión mecánica, competencia por luz, agua y nutrimientos, y dependiendo de las especies involucradas, pueden alterar la composición de la comunidad arbórea.
 
Se ha propuesto que las especies de árboles pioneros pueden escapar más fácilmente a la colonización por lianas, debido a sus altas tasas de crecimiento, mientras que las especies arbóreas más tolerantes a la sombra, de lento crecimiento, serían más susceptibles. Sin embargo, aún no es claro si existe una diferenciación entre gremios de árboles en respuesta a las lianas.
 

El manejo de lianas
 
Como parte de un sistema silvícola para reducir el impacto de las lianas se puede llevar a cabo su corta antes de la extracción de madera. Este tratamiento puede reducir el número de lianas que cubren las copas de los árboles, el tamaño de los claros resultantes de la extracción y el daño a los árboles remanentes. También se ha visto que la eliminación de lianas puede incrementar la tasa de crecimiento de plántulas de árboles. Sin embargo, la efectividad de este tratamiento puede ser muy variable, por lo que el corte de lianas debe aplicarse dependiendo de los atributos del bosque, considerando la intensidad de la extracción y efectuando un balance costo-beneficio; es importante considerar las ventajas de la reducción en el daño por extracción y las desventajas del impacto de dicho tratamiento en la comunidad de lianas y la estructura del bosque, las cuales son frecuentemente ignoradas. Los efectos del corte de lianas en la composición y abundancia de la comunidad de lianas también deben ser tomados en cuenta, ya que pueden ser substanciales.
 
Las lianas son componentes esenciales del bosque tropical, estructural y funcionalmente, por lo que el impacto que tienen los cambios en la comunidad de lianas en la dinámica del bosque necesitan ser clarificados para mejorar el manejo de estos sistemas.
 
El cambio climático
 

Recientemente, el papel de las lianas en los bosques tropicales ha recibido mayor atención debido a que en un estudio en el Amazonas se encontró que la composición del bosque ha cambiado por el incremento en el dominio de las lianas sobre los árboles —la densidad y el área basal de lianas aumentaron en los últimos veinte años en 4.03% y 4.60% por año, respectivamente, en comparación con la de los árboles. Debido a que las lianas pueden suprimir la biomasa de los árboles y tienen el potencial de alterar la comunidad arbó­rea, el aumento en la importancia relativa de las lianas podría causar cambios importantes en la composición estructural y funcional de los bosques tropicales.
 
Entre las posibles causas del aumento en la contribución de lianas al área basal puede considerarse el aumento en la concentración de CO2, ya que algunas especies tienen una fuerte respuesta a la fertilización por CO2, como es el caso de Hedera helix, la cual aumentó su biomasa en 100% al aumentar la concentración de CO2 de 366 a 660 µmol CO2 mol-1. El cambio climático podría estar provocando una retroalimentación positiva en el recambio de árboles y el crecimiento de lianas. En los claros, el aumento en la tasa de recambio favorece a lianas especialistas, las que a su vez pueden acelerar la mortalidad de los árboles. Además, si la frecuencia de incendios aumenta, la proliferación de lianas puede exacerbar el impacto negativo en la regeneración de árboles. Si como se ha propuesto, está ocurriendo un aumento en la abundancia de lianas por el cambio climático, el entendimiento de sus interacciones con los árboles cobra aún mayor relevancia.chivichago
 
 
 
articulos
Sucesión en claros en bosques tropicales húmedo
La competencia por la luz es un proceso clave en la dinámica de las selvas húmedas debido a que es el recurso que más limita el crecimiento de las plántulas de los árboles en el sotobosque. De hecho, con base en sus requerimientos de luz para la regeneración las especies de plantas han sido clasificadas básicamente en dos grupos funcionales: las especies pioneras y las especies no pioneras o tolerantes a la sombra, que representan los extremos a lo largo de un continuo. En términos generales, las especies pioneras se definen por requerir de la apertura de claros para establecerse mientras que las especies no pioneras o tolerantes a la sombra pueden establecerse bajo el dosel del bosque. Este gradiente varía desde las especies más tolerantes a la sombra, que se regeneran bajo el dosel cerrado, hasta las especies pioneras que solo se regeneran en claros grandes. Debido a que bajo altos niveles de radiación las especies pioneras de árboles pueden alcanzar tasas de crecimiento más elevadas que las no pioneras, las especies pioneras tienen mayor oportunidad de colonizar los claros. Las plántulas de árboles no pioneros también pueden regenerar en claros pero son superadas por las especies pioneras.
Durante la sucesión temprana del bosque la vegetación dominante está compuesta principalmente de especies pioneras de rápido crecimiento y el bosque está caracterizado por rápidos cambios en su composición y estructura. En el modelo típico de la sucesión, la primera etapa está dominada por especies de rápido crecimiento, incluyendo árboles pioneros, hierbas, arbustos y plantas trepadoras; cuando los árboles pioneros emergen del banco de plántulas los otros grupos tienden a volverse más escasos. Durante esta fase los árboles no-pioneros demandantes de luz pueden también tener ventaja y volverse dominantes. Subsecuentemente más especies no pioneras remplazan el dosel. En esta etapa las semillas de las especies pioneras pueden permanecer latentes en el suelo, mientras las especies tolerantes a la sombra regeneran bajo el dosel del bosque. Diferentes factores afectan este proceso, tales como el tamaño del claro, la intensidad de la perturbación como la remoción del suelo, el daño de la regeneración avanzada, las características del suelo, la composición del banco de semillas, el estado de la matriz de vegetación circundante y la presencia de rebrotes y patógenos, entre otros. Esta secuencia puede ser modificada si las lianas proliferan y permanecen instaladas en los claros, formando entramados que impiden o detienen la sucesión.
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Agradecimientos
A la Coordinación de Humanidades y al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM su apoyo a través del programa de becas posdoctorales.
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Tarin Toledo Aceves
Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México
 
Egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM y es doctora en ecología forestal por la Universidad de Aberdeen en el Reino Unido. Desde 2008 realiza una estancia posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, donde desarrolla un proyecto para el manejo de bromelias epífitas del bosque de niebla en el centro de Veracruz.
 
 
como citar este artículo
Toledo Aceves, Tarin. (2010). Las lianas y la dinámica de los bosques tropicales. Ciencias 98, abril-junio, 14-20. [En línea]
     

 

 

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