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Cosas del corazón
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Jorge Humberto Arce Rincón
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A las 00:59 el corazón estaba latiendo con aparente normalidad; diecisiete pulsos transcurrieron antes de que apareciera una señal ajena al ritmo. Después de esta anomalía, el pulso vuelve a mostrarse normal. Sin embargo, se desarrolla inmediatamente una actividad de alta frecuencia que presenta alguna regularidad, que corresponde a una taquicardia. El holter que registró estos cambios en el ritmo cardiaco del señor R., se le había colocado unas horas antes de que fuera encontrado muerto, a las cuatro de la mañana, frente a su casa.
El señor R. había acudido a la clínica después de haber sufrido algunos episodios de palpitaciones. Durante el examen que le hicieron encontraron ciertos pulsos que se intercalaban entre los pulsos del ritmo normal. Para realizar un diagnóstico más certero y darle mejor seguimiento se le colocó entonces un holter (algo así como un electrocardiógrafo portátil que el paciente trae permanentemente consigo y que graba la actividad del corazón). Desgraciadamente la señal grabada (figura 1) ya no pudo ser útil para diseñar algún tipo de terapia.
Este no es un caso extremadamente raro. Mas, en ocasiones, la oportuna intervención con un “desfibrilador”, (dispositivo que libera sobre el pecho del paciente un repentino choque de alto voltaje) puede regresar el corazón a su ritmo original y salvar la vida del paciente. ¿Cómo explicar los hechos antes descritos? ¿Bajo qué circunstancias puede una pequeña descarga eléctrica sacar al corazón de su ritmo de trabajo? ¿Por qué el desfibrilador regresa al corazón a su ritmo normal, sacándolo de la mortal fibrilación? Habría que confesar que no se conocen completamente las respuestas a estas preguntas. Sin embargo, se ha conseguido construir una imagen que explica tentativamente varios de los fenómenos descritos.
El obrero incansable
El corazón comienza a trabajar antes de nuestro nacimiento y no deja de hacerlo hasta nuestra muerte. Durante ese lapso late aproximadamente 2 500 millones de veces y su ritmo va cambiando en el transcurso de nuestra vida: cuando nacemos, su frecuencia es de cerca de ciento sesenta contracciones por minuto; en nuestra niñez, más o menos de cien, y en la vida adulta, alrededor de los setenta latidos. Existen diversos sistemas en nuestro cuerpo que funcionan sin pausa, pero el corazón es el arquetipo del “trabajador” incansable. Estudiar su funcionamiento es vislumbrar una serie de rasgos fascinantes que permiten comprender que el corazón es un órgano extraordinariamente robusto, preparado para enfrentar diversas demandas y dificultades, y que con mínimos cuidados nos puede permitir un larga vida.
Su enorme capacidad de respuesta radica en mecanismos situados a muy diversos niveles: muscular, nervioso, bioquímico, molecular, etcétera. Así el flujo continuo de sangre hacia las células depende de las propiedades elásticas de la aorta y las grandes arterias, que “transforman” su actividad pulsátil en un flujo estable a nivel capilar. Los cambios de presión son detectados en los barorreceptores situados en aorta y carótidas, que permiten ajustarla a demandas aparentemente tan simples como ponerse de pie en las mañanas. La composición química de la sangre es verificada por distintos quimiorreceptores, que pueden disparar la liberación de hormonas y neurotransmisores con efectos múltiples: cambiar el volumen circulante, regular la tensión en los vasos sanguíneos, ajustar la frecuencia cardiaca, etcétera.
Hay múltiples mecanismos en el sistema cardiovascular para mantenernos con vida. Siendo el corazón un músculo que trabaja intensa e incesantemente, requiere un adecuado aporte de oxígeno y nutrientes, así como un permanente lavado de los desechos, producto de su actividad, para lo cual cuenta con el sistema coronario —conjunto de vasos que irrigan, a manera de las ramas de un árbol, todo el músculo cardiaco. Distintas circunstancias pueden provocar la reducción del flujo de sangre en alguna de las “ramas principales”, lo cual afecta a la porción de músculo alimentado por los vasos conectados a esa rama. Algunos experimentos han mostrado que esta condición, llamada isquemia local, puede tener consecuencias fatales. No obstante, nuestro corazón tiene una estrategia para enfrentar esta situación con cierto éxito, ya que promueve el crecimiento de vasos que hacen el papel de puentes entre el sistema de irrigación bloqueado y los sistemas próximos que no lo estén. Algo así como usar un alambre a manera de “diablito” que vaya de una casa en donde la Compañía de Luz ha cortado la corriente eléctrica, a otra que cuenta con el servicio. A este mecanismo, en el corazón, se le llama anastomosis.
Algo de anatomía y fisiología
El corazón es un músculo hueco, que en los mamíferos consta de cuatro cavidades: dos aurículas y dos ventrículos (figura 2). Estas cavidades están organizadas en dos circuitos, el correspondiente al lado derecho recibe la sangre que ha dejado su oxígeno y nutrientes en los tejidos corporales, y que viene cargada de dióxido de carbono, el cual debe ser expulsado del cuerpo. Esa sangre es llevada a los pulmones para su oxigenación y regresa al circuito izquierdo del corazón desde donde es enviada a todo el organismo por medio de la aorta. Este proceso es posible gracias a que el corazón se contrae enérgicamente en dos tiempos; primero las aurículas y luego los ventrículos. La contracción se lleva a cabo por una señal eléctrica que recorre de manera precisa el músculo cardiaco, organizando todas sus fibras para que se contraigan en el instante adecuado. Esta coordinación entre las distintas fibras resulta vital, ya que es necesario que el corazón trabaje como un todo, sin lo cual, el funcionamiento de la bomba cardiaca es imposible. La fibrilación no es más que la pérdida de coordinación entre las distintas fibras, que se contraen irregularmente y no consiguen bombear la sangre dentro de las cavidades. Uno de los teóricos de este fenómeno dice que “tener en las manos un corazón fibrilando, es como sostener un pájaro que aletea tembloroso y no consigue levantar el vuelo”.
La señal eléctrica que contrae al corazón se inicia en el nodo senoatrial —una pequeña estructura, de poco menos de un centímetro de largo, que se encuentra en la esquina superior de la aurícula derecha—, el cual envía rítmicamente señales eléctricas, por lo que el corazón, aun separado de sus entradas, seguirá contrayéndose. La señal generada en el nodo atraviesa las aurículas, provocando su contracción. Sin embargo, al terminar esa parte de su recorrido no puede pasar a los ventrículos, pues el tejido que conecta ambos tipos de cavidades es en su mayoría no conductor. La única área con tejido conductor entre aurículas y ventrículos es el nodo atrioventricular, un pequeño puente donde la señal eléctrica viaja lentamente y sufre un retraso. Éste permite que las aurículas vacíen su contenido a los ventrículos, sin enfrentar su contracción. Una vez atravesado el nodo atrioventricular, la señal llega a unas estructuras con una característica exactamente opuesta al nodo: conducen la señal muy rápidamente a las paredes interiores de los ventrículos para garantizar que éstos se contraigan coordinadamente.
¿Un oscilador?
Este ciclo se repite una y otra vez, y distintas patologías dan lugar a diversas perturbaciones en su curso. En particular el tipo de taquicardia y fibrilación mencionadas con anterioridad, que ocurren como anomalías en la propagación eléctrica en aurículas y ventrículos, y que pueden ser disparadas por un solo pulso fuera de ritmo. Una estrategia de estudio de estos fenómenos ha sido observar el efecto que produce una perturbación liberada en distintos momentos de su curso sobre el ritmo de un corazón.
Si perturbamos un péndulo, propinándole un golpe en el momento en que inicia el descenso, veremos que su extremo se balancea con mayor amplitud. Así, nuestra “perturbación” hace pasar al péndulo de una amplitud de oscilación a otra. Si recibimos una “perturbación”, como un beso sorpresivo y repentino, sentiremos cómo nuestro corazón cambia su ritmo de trabajo durante algunos segundos (o minutos si nuestra sensibilidad a los besos es muy alta), después de lo cual regresará a su ritmo normal. Desde el punto de vista matemático nuestro corazón es un oscilador no lineal que tiene un ciclo límite estable. Éstos resultan difíciles de estudiar desde un punto de vista analítico, es decir, resolviendo las ecuaciones diferenciales que los describen. Sin embargo, pueden hacerse teorías de su comportamiento ante perturbaciones de manera muy elegante. Para ello se modela el ciclo de la manera más simple: como un círculo, cada uno de cuyos puntos podemos representar mediante una distancia r y un ángulo q (figura 3). El movimiento en una circunferencia de radio constante, corresponde a la oscilación en el ciclo límite estable.
Una perturbación puede ser conceptualizada como una traslación horizontal, que al regresar “instantáneamente” a la trayectoria original, atrasa o adelanta al oscilador. En la figura 3, éste se regresa desde el ángulo q al ángulo a por donde ya había pasado.
La construcción del diagrama de los efectos de todas las posibles perturbaciones permite predecir el efecto de perturbaciones periódicas, las cuales se pueden representar asimismo con diagramas (figura 4). En éste cada punto representa el tipo de acoplamiento que se puede dar entre el oscilador no lineal y una perturbación externa —que se da a intervalos t con intensidad A.
Este tipo de herramienta puede ser útil cuando se estudia el efecto de un marcapaso sobre el ritmo cardiaco, pero no podemos entender cómo es que el oscilador podría llegar a detenerse.
¿Un generador de iteraciones?
Un modelo que se construye más ligado a las propiedades del tejido cardiaco es el de “mapeos unidimensionales a través de la curva de restitución”. Uno de sus éxitos es la descripción de las alternancias que, en muchos casos, ocurren antes de un infarto. Las teorías de mapeos unidimensionales son descripciones matemáticas que reposan sobre una idea muy sencilla: el valor de la variable X en el tiempo t depende del valor de esa variable en el tiempo anterior t-1. Así podemos pensar que la población de mariposas que nació esta primavera (Xt) depende de la cantidad de mariposas que había la primavera anterior: (Xt-1). Esta dependencia se puede representar como: Xt = f (Xt-1). Desde luego además de la cantidad de mariposas existentes la primavera anterior (de la cual depende la cantidad de huevecillos puestos que dieron lugar a la población actual), otros factores son importantes, como el clima, los predadores, la cantidad de alimento disponible, etcétera. Pero no cabe duda que la población anterior es uno de los más importantes.
De la misma manera, podemos pensar que en el corazón un latido depende del anterior.
Esta propuesta no es descabellada, de hecho es bastante plausible una vez entendidos algunos detalles de la señal eléctrica a nivel celular. La señal que dispara la contracción del músculo cardiaco, llamada potencial de acción, está constituida por minúsculas corrientes en distintos iones, las cuales atraviesan repentinamente la membrana de las células cuando en alguno de sus alrededores se produce una descarga eléctrica suficientemente fuerte. Como en una reacción en cadena, este flujo de iones, por medio de la membrana de una célula, se convierte en una fuente de perturbación para las células vecinas que, a su vez, reaccionan disparando potenciales de acción. Este proceso, que va avanzando a todo lo largo y ancho del músculo cardiaco, tiene grandes semejanzas con el que ocurre en una llanura seca, cuando en uno de los arbustos cae un rayo o algún otro tipo de chispa; como bien sabemos bastará una leve brisa para que el fuego se propague a los arbustos cercanos, y de éstos a más y más arbustos hasta convertirse en un incendio que puede consumir grandes cantidades de vegetación. El fuego, al ir avanzando, deja tras de sí cenizas y madera carbonizada, de tal manera que el “frente ardiente” no puede regresar por el camino que ya ha recorrido, puesto que allí no queda material para consumir. De hecho, deben pasar meses o incluso años para que la vegetación haya crecido lo suficiente y pueda soportar un nuevo incendio. En el tejido cardiaco ocurre algo muy semejante; los potenciales de acción forman un frente de onda que va “consumiendo los recursos” que encuentra a su paso, de manera que durante un tiempo —en este caso fracciones de segundo— no se puede disparar en esas regiones un nuevo potencial de acción. A ese periodo de tiempo se le llama periodo refractario.
El desarrollo de tres potenciales de acción consecutivos en un punto del tejido cardiaco, visto en un osciloscopio, representa en la figura 5, en donde el eje vertical indica el cambio de voltaje en milivoltios y el horizontal el desarrollo temporal en milisegundos. Las pequeñas líneas verticales indican los instantes precisos en que se estimula el tejido, lo cual provoca un incremento en el voltaje transmembranal (120 mV) indicado con la línea vertical en la gráfica. Después de este “aumento” del voltaje sigue un periodo durante el cual no podemos disparar un potencial de acción, denominado ancho del potencial de acción. Al intervalo de tiempo en el cual el tejido no recibe ningún estímulo, ya que se encuentra descansando, se le ha nombrado tiempo de descanso.
Lo interesante surge al advertir que el ancho de un potencial de acción depende del tiempo de descanso que le antecede. Por lo que mientras menor sea el tiempo de descanso, menor será el ancho del potencial de acción que pueda dispararse; esto es, que el ancho de potencial de acción está en función del tiempo de descanso, lo cual puede representarse simbólicamente como APAi = f (TDi ). Como puede verse (figura 4) la duración del tiempo de descanso es en la que el periodo deja el ancho del potencial de acción precedente APAi-1; del tal manera que cada ancho del potencial de acción depende del ancho del potencial de acción que le precedió APAi = f (P-APAi-1).
Una vez conocida, con algún experimento, la forma de la dependencia del ancho del potencial de acción con el tiempo de descanso, es fácil encontrar la secuencia de anchos de los potenciales de acción que siguen a una perturbación (figura 6a y 6b).
Realizando iterativamente este procedimiento se pueden inferir las tendencias generales de los pulsos a partir de alguna condición inicial. Después de una perturbación (figura 5) los anchos de potencial de acción convergen en un solo valor, al igual que después de un susto, cuando nuestro corazón recupera su ritmo inicial. Sin embargo, en el caso del lado izquierdo, los potenciales se quedan alternando entre dos valores: uno ancho y uno estrecho, de la misma manera que algunos registros de corazones antes de un infarto. La ocurrencia de alternancias precedentes a la trilogía “taquicardia, fibrilación y muerte súbita”, se ha convertido en una fuente de esperanza para algunos clínicos y fisiólogos, que buscan detectarlas oportunamente. Pero ninguno de los modelos matemáticos que hemos descrito permiten darles una explicación. Esto se debe a que no hemos incorporado a nuestro análisis el carácter extenso del corazón, es decir, no hemos tomado en cuenta su distribución espacial. La importancia de este hecho resalta cuando notamos que la fibrilación no aparece en el corazón de mamíferos pequeños como ratones o topos.
Huracanes eléctricos
Dilucidar las características espaciales de la fibrilación y de la taquicardia es un esfuerzo que ha tomado un largo tiempo y que se encuentra bastante lejos de finalizarse. Para ello han sido de gran utilidad tres técnicas: la utilización de decenas e incluso centenas de electrodos para seguir la distribución espacial y el curso temporal de los frentes de onda eléctricos cuando viajan en el corazón; el uso de computadoras y supercomputadoras para construir animaciones de la actividad eléctrica deducida al resolver numéricamente las ecuaciones diferenciales que describen al tejido cardiaco; y la observación de otros sistemas excitables (básicamente físico-químicos) que presentan características análogas a los tejidos que estamos estudiando.
Cada una de estas técnicas ha aportado información complementaria, que proporciona la imagen de algunas taquicardias como las espirales o rotores de actividad eléctrica en el tejido cardiaco. Algo así como un intenso huracán, cuyos vientos serían las corrientes eléctricas que se propagarían en los ventrículos. La ruptura de este huracán, en miríadas de pequeños torbellinos, desorganizaría por completo el accionar de los ventrículos, lo que correspondería a la fibrilación.
Rasgos de esta fenomenología pueden inferirse en un electrocardiograma, como el de la figura 1, en donde se observan diecisiete pulsos antes de que la perturbación saque al corazón de su ritmo normal. Si se observa la sección del registro que corresponde a cada uno de estos pulsos, puede notarse que cada uno de ellos consta de un pico muy agudo asociado a la contracción del ventrículo, precedido por uno más suave relacionado con la de la aurícula. Si la impresión de la figura fuera de mejor calidad, podríamos notar una señal posterior al pico agudo que corresponde a la repolarización de los ventrículos. Al estudiar la señal correspondiente a la taquicardia veremos que hay señales de altura equivalente a los picos agudos del ritmo normal que, por tanto, deben estar asociados a contracciones en la masa ventricular, y que no están precedidos por pulsos de menor tamaño, de manera que en la señal que estamos observando no se distingue la actividad auricular. Otro rasgo llamativo de ese segundo grupo de oscilaciones es su rapidez, tienen tres o cuatro veces la frecuencia de la señal anterior. Esta es una característica importante para deducir el tipo de actividad.
Aunque es posible que el marcapaso natural del corazón alcance esas frecuencias, lo hace acelerando paulatinamente, circunstancia que no advertimos en este registro. No existiendo otro marcapaso más rápido que el nodo senoatrial, tenemos que buscar una explicación alternativa para entender esta actividad de alta frecuencia. Lo que se ha propuesto desde hace unos cien años es que esta actividad no está controlada por un marcapaso, sino por el propio frente de onda eléctrico, el cual, en lugar de extinguirse, permanece atrapado en el corazón “dando vueltas” con mucha rapidez. La primera propuesta que se hizo decía que la señal giraba alrededor de alguno de los orificios de los grandes vasos. Es posible que éstos no sean el centro inerte de ese giro o entrada, sino que sea una cicatriz que haya dejado un infarto anterior.
Se ha realizado una gran cantidad de experimentos y simulaciones de cómputo para estudiar el origen y desarrollo de este tipo de comportamiento. Analizando la propagación del frente de onda en un anillo delgado de tejido cardiaco, se ha podido entender que las reentradas son inestables ante el decrecimiento del tamaño del centro alrededor del cual giran, y que la administración de fármacos que aumenten la duración del periodo refractario puede eliminar la actividad reentrante. Sin embargo, en el conjunto del músculo no es posible que exista esta actividad alrededor de una cicatriz, sin que se vea afectado el resto del músculo. El frente de onda que se está moviendo perpendicularmente al centro inerte, se extiende lejos de él, por lo que la señal tiene que moverse a mayor velocidad a medida que está más lejos del centro. Es posible estudiar esta situación matemáticamente, obteniendo como resultado un patrón de actividad en forma de espiral.
Ha podido comprobarse la ocurrencia de actividad espiral en otro tipo de sistemas excitables, como en las reacciones físico-químicas de Belousov-Zhabotinsky. También se han encontrado espirales en las simulaciones numéricas hechas con las ecuaciones diferenciales que describen al tejido cardiaco y en los que se obtiene este tipo de actividad sin ningún centro inerte. Estas espirales tienen algunas características especiales; la punta de los frentes curvos de las espirales se mueven de manera muy complicada en el tejido cardiaco, como si viajaran. Además son en general muy inestables, rompiéndose con facilidad, y dando lugar, en el sitio de la rotura, a nuevas espirales, las cuales van llenando toda la región donde se realiza la simulación. De esta manera ocurriría la fibrilación, que es la contracción desordenada de las distintas fibras cardiacas.
Esta actividad desordenada puede suprimirse usando un desfibrilador, que es un aparato que produce descargas eléctricas de aproximadamente cinco mil voltios sobre el pecho del paciente. Esta maniobra, junto con el uso intensivo de trombolíticos en los hospitales y la creación de las “unidades coronarias”, ha reducido la mortalidad de los pacientes que consiguen llegar a los hospitales.
Además de los desfibriladores y los trombolíticos, los médicos cuentan con un amplio arsenal de recursos para manejar las dolencias cardiacas. La mayor dificultad se encuentra en que muchos de los accidentes cardiovasculares ocurren en personas que no habían presentado ningún síntoma y, por tanto, no cuentan con ningún tipo de control o apoyo cuando ocurre la fibrilación. Esta es una de las líneas en las que se trabaja muy activamente: encontrar algún tipo de examen que permita descubrir a aquellas personas que presentan algún tipo de riesgo, y que una vez determinado podría servir para proponerles alguna forma de control o prevención.
Una recomendación final
Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en nuestro país, y en muchos otros, principalmente en los llamados primer mundistas. En 1998 en Estados Unidos hubo 949 619 decesos ligados a padecimientos cardiacos, esto es 40.6% del total de fallecimientos de ese año, muy por encima del cáncer, la segunda causa de muerte, que ocupó poco más de 23%.
¿Cómo resolver esta aparente paradoja? Nuestro sistema cardiovascular cuenta con maravillosos mecanismos de protección, pero los padecimientos cardiacos son la primera causa de muerte en amplias regiones del mundo. Dar respuesta a esta pregunta y, más específicamente, buscar soluciones a los distintos padecimientos cardiacos, es el tema de trabajo de muchos investigadores.
Paradójicamente, las causas de esta especie de “epidemia” de enfermedades cardiovasculares que ocurre desde hace unos cien años en los “países ricos”, y que en los últimos decenios se ha extendido a otros países, son relativamente claras. Las estadísticas muestran que esta forma de muerte está asociada al sedentarismo, al consumo de alimentos industrializados (con altos niveles de grasas y azúcares), al intenso consumo de tabaco y, sobre todo, a un alto nivel de tensión nerviosa que ocurre en la persecución del llamado “éxito personal”. Por tanto, una forma simple de ayudar a nuestro corazón a mantenernos vivos, es realizar alguna actividad física, mejorar nuestra dieta, reducir o eliminar el consumo de tabaco y, sobre todo, tomarse estos y otros consejos con toda la calma del mundo.
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Agradecimientos
A la Dra. Hortensia González sus valiosos comentarios y sugerencias.
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Jorge Humberto Arce Rincón
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Arce Rincón, Jorge Humberto. (2002). Cosas del corazón. Ciencias 66, abril-junio, 90-98. [En línea] |
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¿Popularización de la ciencia o alfabetización científica?
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Manuel Calvo
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En primer lugar habría que tratar una cuestión de terminología; periodistas, científicos y estudiosos europeos creen que la expresión “popularización de la ciencia” debe cambiarse, ya que el concepto ha evolucionado a lo largo de los últimos años. En la actualidad se prefiere utilizar “alfabetización científica”, “entendimiento o conocimiento público de la ciencia” o “cultura científica”. En cualquiera de los casos, la idea principal es acercar la ciencia al público en general para atender el requerimiento social de información científica. Por lo que la presencia de científicos, docentes, periodistas y escritores que ayuden a la sociedad a superar sus temores en relación con la ciencia, es fundamental para este proceso.
El miedo a lo desconocido, a lo incomprensible y a lo extraño o misterioso, son los temores a los que se enfrenta el hombre. La mayoría de las personas en nuestras sociedades encuentra en la ciencia algunas de estas características, generadas por la falta de conocimiento, así como por los cambios revolucionarios y para muchos inquietantes, que la ciencia y la tecnología introdujeron desde la Revolución Industrial y sobre todo desde la segunda mitad del siglo xx —con la bomba atómica y posteriormente con los avances en las telecomunicaciones y la informática, así como con los descubrimientos, grandiosos y aterradores, de la biología y especialmente de la genética.
Actualmente, el mayor problema en cuanto a la divulgación científica es el retraso que sufre en comparación con los avances gigantescos de la ciencia y la tecnología, y con su influencia, creciente y decisiva, tanto en el individuo y en los grupos sociales de nuestra época como en su futuro inmediato.
Sin embargo, no hemos sido capaces de establecer un diálogo entre ciencia y sociedad. En los cincuentas ya se advertía la importancia de la divulgación científica en los medios informativos para la formación o enriquecimiento —de acuerdo a los países y las sociedades— de una cultura integral que se adaptara a las necesidades de nuestro tiempo. Desde entonces se percibía la necesidad, para el desarrollo cultural de un pueblo, de que cierto tipo de investigaciones, hallazgos, descubrimientos y experimentos científicos fueran transmitidos al público, el cual, paradójicamente, forma parte de una sociedad caracterizada por el ideal científico, pero con pocos conocimientos sobre la ciencia y la tecnología que están cambiando y trastornando radicalmente la vida cotidiana.
En 1954, el Imperial College of Science and Technology de Londres, se lamentaba el que la prensa británica dedicara tan poco espacio a la divulgación de la ciencia. También la British Asociation for Progress in Science reclamó públicamente una mayor atención hacia los temas científicos. Hoy en día se han logrado algunos avances, aunque todavía falta mucho por hacer.
Desfase entre sociedad y comunidad científica
El profesor Baudoin Jurdant, de la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo, cree que la divulgación científica no ha sido capaz de reducir el desfase entre la sociedad y la comunidad científica, provocado por el desarrollo del conocimiento. Según Jurdant, esto se debe a que en realidad la divulgación no debe entenderse como una transmisión de información al público, sino más bien como un elemento esencial del desarrollo del conocimiento científico.
Lo cual es así, pero debe complementarse e instrumentarse a través de los medios informativos, que constituyen la única vía para llegar a la mayoría de nuestras poblaciones. Si realmente creemos en la necesidad de la divulgación de la ciencia como instrumento para hacer equitativo el acceso a la cultura y al conocimiento, debemos dedicar un mayor interés a la formación de divulgadores científicos. En una era de creciente exigencia de calidad y de especialización, la educación es el motor de toda actividad profesional.
En los últimos decenios en la comunidad científica se registra una sensibilidad creciente hacia la comunicación de la ciencia. Los investigadores piensan que cuanto se sabe puede hacerse inteligible a la mayoría de los seres humanos.
La divulgación, hoy día, se empieza a considerar como parte del quehacer científico. “¿Por qué sabemos? —se pregunta Barbara McClintock, ganadora del Premio Nobel—, ¿por qué se puede estar tan seguro de algo cuando no se es capaz de comunicárselo a nadie”? A su vez, James Watson escribe: “Si me preguntaran cuál es la tarea más importante que incumbe a la unesco en el momento actual, diría que es la siguiente: difundir por doquier la información, ponerla al alcance de todos los pueblos”. Nuestras sociedades están inmersas con frecuencia en algunos círculos viciosos que no parecen tener solución. Uno de ellos es que la ciencia “vende” poco en los medios informativos por falta de un clima científico en el país, pero este clima han de crearlo, básicamente, los propios medios.
Evolución de la comunicación científica
El análisis de las estructuras narrativas realizado por el profesor Daniel Jacobi, trata de las dificultades principalmente lingüísticas, pero no sólo lingüísticas, sino también antropológicas, matemáticas, éticas, etcétera, de la conversión de la información científica o técnica en un material que resulte apto para su difusión en medios informativos; la problemática se centra entonces en la transcodificación.
Un ejemplo lo tenemos en Armand y Michèle Mattelart, para quienes la propia noción de “comunicación” y de “información” remite a una multiplicidad de teorías, rara vez explicitadas y coherentes entre sí.
Con la aplicación de esta lectura a la divulgación de la ciencia se podrían mencionar dos puntos importantes: a) los estudiosos de la teoría de la comunicación deben tomar en cuenta las peculiaridades y exigencias específicas de la comunicación científica y tecnológica; b) el trabajo de investigación debe continuar hasta encontrar una teoría de la información que sirva para todas las disciplinas actuales, como el periodismo científico, que se apoya en buena medida en la comunicación y la información.
El discurso de la divulgación
Si bien es cierto que el discurso de la divulgación científica es menos preciso y está peor estructurado que el científico, también puede afirmarse que la información transmitida no es falsa, aunque no deba ser comparada con la estrictamente científica. Asimismo, y contrariamente a lo que podría creerse, la terminología científica tampoco es homogénea y da muestras de una gran elasticidad.
Un análisis exclusivamente lexicológico del discurso de divulgación no basta para dar cuenta de los problemas planteados por la producción y la difusión de conocimientos científicos. La retórica y el análisis semiótico de los códigos que están presentes, tanto en los discursos científicos como en los divulgativos, contribuirían a comprender los mecanismos de la transmisión de la ciencia y la tecnología.
En la segunda mitad del siglo xx, ha habido una creciente consideración por la divulgación como una disciplina universitaria y profesional, tanto por parte de periodistas y escritores como de investigadores y docentes. Lógicamente, los países industrializados se encuentran en un estadio más avanzado, y en Estados Unidos forma parte de planes de estudio y programas de investigación.
La mayor parte de los científicos están conscientes de que su lenguaje los limita, por lo que requieren contar con mediadores. Como ha observado Roger Bartra, son muy raros los científicos que logran directamente lo que un novelista, sin bajar el nivel de su discurso: ser entendidos por amplias masas. Se necesita, añade Bartra, toda una cadena de intérpretes, profetas, predicadores, intermediarios, divulgadores y periodistas más o menos especializados.
Los discursos de divulgación se apoyan en un dispositivo de mediación: como la comunicación entre especialistas y legos es imposible, un tercer hombre (el divulgador) traduce la jerga del investigador para suscitar interés, curiosidad y emoción. El mediador también puede plantear dudas de orden ético que involucren a científicos, dirigentes políticos y sociales y a la sociedad en general.
Funciones atribuidas a la difusión
Creación de una conciencia científica colectiva. Frente al riesgo de ver a la ciencia subyugada por el poder, o viceversa, es necesario subordinarlo a los ciudadanos, para lo cual es preciso “desarrollar una cultura científica y técnica de masas”, en la que jugarán un papel esencial los medios de comunicación impresos y audiovisuales.
La creación de una conciencia científica colectiva reforzaría necesariamente —según Fabius— a la sociedad democrática. Si los periodistas y comunicadores se han de esforzar en ofrecer información verídica y sugestiva sobre ciencia y tecnología, entonces los científicos también tienen la obligación moral de dedicar una parte de su trabajo y de su tiempo a la interacción —a través de los medios— con el público.
Cohesión entre los grupos sociales. La divulgación científica y técnica cumple, o debe cumplir, una función de cohesión y de refuerzo dentro de los grupos sociales que permita participar a los individuos de alguna manera en las aspiraciones y tareas del poder científico y tecnológico. Es a lo que Albertini y Bélisle llaman función de integración social.
Un factor para el desarrollo cultural. Los primeros que escribieron sobre la necesidad y los problemas de la divulgación de la ciencia, como Pradal, advirtieron que divulgar es una necesidad cultural. Hoy creemos de manera casi unánime que en una sociedad presidida por el ideal científico, como la sociedad contemporánea, la divulgación de la ciencia y la tecnología es necesaria para el desarrollo cultural de un pueblo, y que es importante que avances, hallazgos, experimentos, investigaciones y preocupaciones científicas se presenten al público. Algunos llegan a entrever una antropología de la difusión cultural, de la que la divulgación sólo sería uno de los componentes.
Incremento en la calidad de vida. La divulgación de la ciencia no es sólo un factor de crecimiento del propio quehacer científico, sino una aportación al mejoramiento de la calidad de vida y una forma de poner a la disposición de todos tanto el gozo por el conocimiento como los sistemas de aprovechamiento de los recursos de la naturaleza y el mejor uso de los progresos de la ciencia y tecnología.
Políticas científicas y comunicación. Estudios como el de Dorothy Nelkin reflejan la convicción de que en una sociedad cada vez más dependiente del conocimiento tecnológico es extremadamente importante contar con información honrada, crítica y exhaustiva sobre ciencia y tecnología.
Esta idea se va extendiendo en las sociedades desarrolladas, al punto en que estudiosos tan relevantes como Bernard Schiele asumen la convicción de que una política científica debe basarse, ante todo, en una política de comunicación científica.
Si se tiene en cuenta que son los políticos quienes deciden sobre el gasto público en investigación y desarrollo, y que éste está vinculado directamente a la economía nacional y regional, la información sobre ciencia debería tener mayor relevancia en las sociedades contemporáneas.
La comunicación de los riesgos. En el “Encuentro de periodistas científicos europeos, Vincenzo Ardente” la definió como aquélla que provee información de distintos tipos sobre los riesgos a los que estamos expuestos: problemas derivados del medio ambiente, del consumo de drogas o tabaco, seguridad aérea, etcétera.
Complemento a la enseñanza. La divulgación científica no sustituye a la educación actual, pero puede llenar vacíos en la enseñanza moderna, contribuir al desarrollo de la educación permanente, y ayudar al público a adoptar una determinada actitud ante la ciencia.
En su estudio, El reparto del saber, Roqueplo establece cuatro tipos de relaciones entre los divulgadores y la enseñanza primaria y secundaria: una relación de complementariedad y otras de dependencia directa, negativa e inversa.
La relación de dependencia inversa ha sido postulada por algunos de nosotros desde hace casi medio siglo, basada en los siguientes fundamentos: cooperación entre el investigador y el escritor, con la adopción mutua de aquello que caracteriza a uno y otro estamento, rigor en el trabajo del científico, y sencillez y atractivo en el del periodista.
En su obra clásica, Roqueplo califica también como “dependencia inversa” a la creciente presencia de profesores de enseñanza secundaria entre los visitantes de los museos y exposiciones científicas y entre los lectores de las grandes revistas de divulgación. Por mi parte, tengo esta misma experiencia personal y constantemente compruebo el interés de los docentes por el periodismo científico y, en general, por la comunicación científica pública.
Combatir la falta de interés. La gente entiende muy bien aspectos de la política relacionada con la guerra, el orden público, la sanidad o la educación, e incluso ahora con el medio ambiente, pero la base de muchas de estas políticas sectoriales es la investigación y el desarrollo, que es lo que permite la innovación.
Aprender a comunicar
Después de tener en cuenta estos requisitos, el paso siguiente debería ser el aprendizaje por parte de los científicos, no sólo a comunicarse entre ellos, lo cual en la actualidad resulta imprescindible, sino a informar a sus conciudadanos sobre los resultados de sus trabajos e incluso sobre el proceso que les lleva, en cada caso, a un mejor conocimiento del hombre y del universo.
Estos objetivos de la difusión científica pueden condensarse en dos. El primero vinculado al conocimiento, esto es, comunicar al público los avances de las grandes ciencias de nuestro tiempo —astronomía, cosmología, origen de la vida, biología, conocimiento del universo (el micromundo y el macromundo) y del propio ser humano—; en otras palabras, ayudar a la gente a entenderse mejor y a comprender su entorno, tanto el visible como el invisible.
El segundo, tras el estudio de las consecuencias del progreso científico, debería estar centrado en la acción; esta exigiría un plan conjunto de centros de investigación, universidades, museos de la ciencia y, por supuesto, periodistas, escritores, investigadores y docentes.
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Referencias bibliográficas
Conseil de l’Europe. 1970. “Les mecanismes textuels de la vulgarisation de la science au public”. Colloque Europeen sur la presentation de la science au public. Document de travail Nº 7. Strasbourg.
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Zamarrón, Guadalupe. 1983. “Entrevista con Roger Bartra”, en Naturaleza, núm. 5. unam.
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Manuel Calvo
Presidente de la Asociación Española de Periodismo Científico.
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como citar este artículo → Calvo, Manuel. (2002). ¿Popularización de la ciencia o alfabetización científica? Ciencias 66, abril-junio, 100-105. [En línea] |
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Ciencia y etnociencias
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César Carrillo Trueba
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¿Qué tipo de saber se quiere descalificar
cuando se pregunta si esto es una ciencia?
¿Qué sujetos hablantes y pensantes,
con experiencia y saber,
se quiere reducir a un estatuto de minoría
cuando se dice: ‘Yo hago este discurso,
hago un discurso científico
y soy un científico’?
Michel Foucault
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En un principio todo era oscuridad y tinieblas; el hombre no se distinguía de la naturaleza y dependía totalmente de ella, sometido a sus designios. No se distinguía la verdad de la superstición, la moral de la razón ni el arte del artefacto. El hombre se hallaba sumido en la comunidad, atado a la tradición y a la religión, incapaz de innovar, de elevar su espíritu. Fue entonces cuando apareció la ciencia y separó a la naturaleza de la sociedad, emancipando al hombre de ella y permitiéndole su dominio y control; alejó la superstición de la verdad, puso en un lado a la moral y en otro a la razón, y facilitó el florecimiento del arte —distanciándolo de la técnica—, así como la aparición de leyes universales para regir la vida del hombre en el mundo entero. Lo objetivo ya se podía distinguir de lo subjetivo. Fue así como emergió el individuo, libremente asociado, sin las ataduras de la religión y la tradición, capaz de dedicarse plenamente a innovar en el ámbito de la técnica y a profundizar en el conocimiento del mundo en beneficio de la humanidad, elevando su espíritu en cada acción, en cada descubrimiento, en cada paso de la inexorable marcha del progreso y la felicidad de la humanidad entera.
Esta imagen del progreso, estructurada a manera de mito, es la que, bajo distintas formas, aún perdura cuando se habla de la ciencia y su papel en la sociedad contemporánea, y ha sido asimismo, durante varios siglos, el motor de la colonización del mundo por Europa occidental y después por Estados Unidos. Se denomina actualmente a este proceso “Occidentalización”, pero al mirar de cerca su origen —el Renacimiento— se aprecia que, en realidad, es un término que proporciona una idea muy sesgada de lo que era en ese entonces la cultura del Viejo Mundo. Parafraseando a Guillermo Bonfil, podemos decir que en ese entonces en Europa existía un “Occidente profundo” —bastante diverso— y un “Occidente imaginario”; el primero esencialmente rural, con rasgos fuertemente comunitarios, una economía cerrada y un saber inmerso en una cosmovisión en la cual aún convivían mitos y ritos paganos, religión y tradiciones de diversa índole (médica, agrícola, etcétera) y en la que existía una veneración por la naturaleza; el segundo, urbano, individualista, mercantil y con un saber que aspiraba a la racionalidad, la cuantificación y la dominación de los seres humanos y de la naturaleza. El proceso de imposición del segundo sobre el primero es lo que se ha denominado como “occidentalización”, lo cual quiere decir que Occidente comenzó por occidentalizarse a sí mismo.
Se trata de un imaginario con raíces profundas, principalmente en la cultura clerical y secular de la Edad Media, en la que se consideraba como casi de otra naturaleza a los habitantes de las comunidades rurales. “Libre o no libre, el campesino de la alta Edad Media es profundamente despreciado —señala Jacques Le Goff. El servus no puede ser ordenado como eclesiástico, incluso cuando es libre; tan sólo por su incultura tiene pocas oportunidades de entrar a la Iglesia, y hasta en el orden monacal, todavía laxo y un poco anárquico, el reclutamiento campesino parece ínfimo”.
Ocupada en controlar la vida material y espiritual del mundo rural, la Iglesia mantuvo durante siglos una lucha contra los paganos, una empresa de evangelización que pretendía eliminar todas las supersticiones y ritos ajenos al cristianismo. Desde esta perspectiva, los campesinos eran considerados, por definición, paganus, practicantes de cultos antiguos —anteriores a los impuestos por los romanos— o propios de los bárbaros, celtas y demás pueblos del norte de Europa. Eran seres “ruines, cabezones, con los ojos separados y la mirada bestial”, que frecuentaban los oscuros bosques —la silva—, en donde se aparecían a los caballeros que se atrevían a adentrarse en ellos, como el célebre Lancelot. Incluso ya evangelizados, no pierden su carácter de pecadores (peccati), “lujuriosos y borrachos”, y son señalados con enfermedades visibles y “degradantes” como la lepra. Son además, pobres (pauper), tanto que carecen de nombre en los textos de la época, son ignorantes e iletrados (rustici) y, por no tener temor de Dios, son peligrosos, apareciendo bajo distintas facetas, ya sea como bandoleros, falsos profetas, curanderos o encarnando al mismo Anticristo. Así, el campesino, “vicioso, peligroso e iletrado, quedará más cerca del animal que del hombre”.
Ante este desprecio y los intentos de la Iglesia por controlar y modificar su manera de vivir y pensar, el campesino resiste de mil y una maneras, obligando a los clérigos a adaptar sus métodos para evangelizarlo, a emplear lenguas ajenas, a adoptar incluso elementos rurales en la cultura eclesiástica, a construir iglesias sobre antiguos adoratorios, y a apropiarse y cristianizar mitos, relatos y ritos de la cultura campesina. En el fondo, se trata de un conflicto al cual subyace un “foso cultural” que, como lo explica el mismo Jacques Le Goff, reside en “la oposición entre el carácter fundamentalmente ambiguo y equívoco de la cultura folclórica (la creencia en fuerzas que son a la vez buenas y malas y la utilización de herramientas culturales de doble filo) y el ‘racionalismo’ de la cultura eclesiástica, heredera de la cultura aristocrática grecorromana: la separación del bien y el mal, de lo verdadero y lo falso, de la magia negra y la magia blanca —el maniqueísmo propiamente dicho sólo era evitado por la omnipotencia de Dios”.
Los esfuerzos realizados por la elite secular para recuperar parte del imaginario rural, lo tradicional, no logran salvar el foso, sobre todo porque ésta es derrotada en su lucha contra la elite clerical. Así, en la idea de historia humana que se construye a lo largo de la Edad Media, se traza una línea que va de la Antigüedad al reino de la cristiandad, dejando de lado a los campesinos, como inmóviles en el tiempo. “Sólo los cristianos tienen derecho a la historia —señala Jacques Le Goff— y los paganos son excluidos. Paganos, es decir, los paganos propiamente dichos, pero también los ‘infieles’ y, al menos en un principio, los campesinos. Cierto, la idea que reinará durante largo tiempo no será la del progreso, sino al contrario, la de un declinamiento. Mundus senescit, el mundo envejece. La humanidad entró en la sexta y última edad de la vida: la vejez. Pero ese progreso al revés es también un proceso unilineal que privilegia a las sociedades que se transforman, aunque fuera en el sentido equivocado, y cuando el cristianismo medieval recupera la Antigüedad pagana, es para señalar los méritos excepcionales del Imperio Romano y definir una nueva línea de progreso: de Roma a Jerusalén”. Es éste el esquema unilineal retomado en el Renacimiento —definido como el resurgimiento de las artes y el pensamiento de la Antigüedad, salvo que ahora se deja también de lado a los clérigos, quienes terminarán junto a los campesinos excluidos antes por ellos, conformando el mundo de oscuridad, irreversiblemente vencido por la luz de la ciencia.
La ciencia contemporánea
“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna edad industrial —afirma Lewis Mumford. En cada fase de su desarrollo, el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina; incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente”. Es asimismo el emblema de la ciudad desde sus orígenes, el instrumento distintivo que regula sus actividades, alejándola de las fluctuaciones estacionales del mundo rural, y que, al dividir el paso del tiempo en horas y minutos, genera “la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables: el mundo especial de la ciencia”.
Durante la misma época, en el Renacimiento, la medición del espacio va a dar origen a una nueva representación de éste, la perspectiva, conformando así, junto con la nueva idea de tiempo, las bases de la ciencia contemporánea. Este afán de medir, de cuantificar y de regular la vida social, es resultado de las transformaciones que tienen lugar en las nacientes ciudades, en donde, el comercio, la manufactura, la usura, la arquitectura y demás actividades, constituían una nueva economía, una nueva sociedad, con una cultura que se distanciaba de la de los señores feudales y de la elite clerical.
Los conocimientos que posee la clase docta medieval muy pronto resultan insuficientes para las aspiraciones de las nuevas clases sociales, en donde ya se destacan los individuos y cada vez menos las colectividades, generando un clima de innovación tanto en el ámbito de las artes aplicadas como de las especulativas que, en realidad, se encontraban fuertemente unidas. La mentalidad mercantil predominante entonces es ilustrativa al respecto. “Todos esos hombres de negocios —afirma Yves Renouard— tienen en común el deseo de saber, de comprender, de ver claro para estar, con seguridad, bien informados. Pero al suscitar continuamente esta necesidad, su oficio desarrolla en ellos una curiosidad de espíritu esencial. Sienten constantemente el deseo de conocer los hechos y los acontecimientos para prever otros y obtener un beneficio. La experiencia suscita en ellos la certeza de que todo tiene una causa, que para prever primero hay que saber y que, en cualquier circunstancia, es necesario tener datos precisos, exactos y completos. Esta conciencia profunda de que una buena información permitirá una acción fructífera por medio de previsiones atinadas es el proceder mismo del pensamiento racional”.
No hay duda de que la ciencia contemporánea surge de esta nueva mentalidad, de la concepción del mundo que las clases emergentes van conformando en su desarrollo, de las necesidades materiales y conceptuales —incluso metafísicas—, de su afán por apropiarse del mundo y de la nueva imagen de éste que de ello resulta, de su deseo de controlar y dominar el mundo natural y social y, sobre todo, de la ruptura total que desean efectuar con la cosmovisión medieval. “Ese gusto de racionalismo cuantificador —explica Pierre Thuillier— contribuye ampliamente al nacimiento de una nueva concepción de ‘la naturaleza’. En la perspectiva anterior ‘la naturaleza’ era percibida como un conjunto de fuerzas actuando de manera un tanto arbitraria. Visión de campesino, se podría decir. Un día hay Sol y al otro llueve. Es así y hay que acomodarse. Qué bueno si este año ‘la naturaleza’ se muestra generosa y produce buenas cosechas y qué malo si es lo contrario. Mas, para los representantes del pensamiento calculador, la idea de una ‘naturaleza’ que obedece a sus propios caprichos se volvió cada vez menos creíble. Preocupados por el ‘orden’ y la ‘racionalidad’, trasladaron esas exigencias al mundo físico: la naturaleza, al igual que el mundo social, debía con seguridad obedecer a un orden ‘racional’ [...] Por lo tanto, la ‘realidad’ debería plegarse a las normas de los nuevos actores”.
Esta idea de orden racional encontró en la máquina la metáfora ideal. El Universo se perfila poco a poco como una gran maquinaria cuyos mecanismos se mueven en ese vasto escenario que constituyen el tiempo y el espacio, y se encuentran determinados hasta en sus más mínimos detalles. Si cada una de sus partes es estudiada de manera cuantitativa, para lo cual se pueden aislar, es posible lograr una acertada y fina predicción, así como un control y dominio de cada una de ellas y, si se conocen todas, de la totalidad del sistema. Los humanos mismos son vistos como una máquina —dotada de alma por Descartes—, como partes de una maquinaria social, que también es preciso controlar y regular. Así, la naturaleza es percibida de manera totalmente instrumental, con fines de explotación, control y dominación —tal y como lo dijo el mismo Descartes, quien pensaba que los hombres deberían convertirse en “amos y poseedores de la naturaleza”.
Finalmente, aquello que no era medible fue decretado subjetivo o inexistente, como lo señala Lewis Mumford. “Los instrumentos de la ciencia eran inútiles en el reino de las cualidades. Lo cualitativo se redujo a lo subjetivo: lo subjetivo fue desechado como irreal, y lo no visto y no medible como inexistente”. Esta separación culmina en el siglo xviii, el siglo de la razón, de la mecánica y del individuo, cuando la ciencia alcanza su grado “total” de objetividad y es reconocida como fuente de liberación y bienestar, como lo explica Jürgen Habermas. “El proyecto de modernidad formulado en el siglo xviii por los filósofos de la Ilustración consistió en sus esfuerzos para desarrollar una ciencia objetiva, una moralidad y leyes universales y un arte autónomo acorde con su lógica interna. Al mismo tiempo, este proyecto pretendía liberar los potenciales cognoscitivos de cada uno de estos dominios de sus formas esotéricas. Los filósofos de la Ilustración querían utilizar esta acumulación de cultura especializada para el enriquecimiento de la vida cotidiana, es decir, para la organización de la vida social cotidiana”. Toda una revolución en la inexorable marcha del progreso de la humanidad.
Progreso y revolución
Sin embargo, la separación de las tinieblas y la luz no resultó tan sencilla. Por vivir en sociedad, el individuo contamina una esfera de la vida con otra, creando un sinnúmero de relaciones entre naturaleza, sociedad, moral, ciencia, religión, ideología, política y demás. La ciencia es así “mancillada” por los prejuicios sociales —como el caso del cambio gradual en la teoría de la evolución de Darwin—, por la religión —la idea de infinito de Cantor—, por el poder —las teorías acerca de la desigualdad de las razas que prevalecieron largo tiempo en la academia—, por la guerra, la filosofía y un largo etcétera, profusamente documentado por las disciplinas dedicadas al estudio de la ciencia. De esta manera, el cambio total, el rompimiento absoluto con lo anterior, con el pasado, que subyace a la idea de revolución en la perspectiva del progreso, resultó más aparente que real. Galileo hacía horóscopos, a Newton le daba por la alquimia y a Wallace por el espiritismo, y la Revolución Francesa terminó encontrando “útil” la permanencia de la religión. Estas contaminaciones o “híbridos”, como los llama Bruno Latour —que nada tienen que ver con las propuestas de “hibridación cultural” y sus multitemporalidades—, más que excepciones, constituyen la norma en la sociedad occidental, en la llamada modernidad, y son muestra de que la imagen del mundo que construyen los humanos es inseparable de las formas sociales en que éstos se encuentran organizados.
Aun así, esta visión se ha logrado mantener desde entonces, elaborando constantemente justificaciones para cada crítica —hipótesis ad hoc, diría Paul K. Feyerabend—, purificando estos híbridos, una labor fundamental para que la sociedad occidental y la modernidad que preconiza mantengan su lugar en la cúspide del progreso —en donde se ha ubicado a sí misma, considerándose como su más acabado producto, al que todos los demás deben aspirar—, desde donde ha establecido su relación con las culturas del resto del mundo, al igual que con sus propias zonas rurales. Como lo explica Bruno Latour, “nosotros somos los únicos que hacemos una diferencia absoluta entre la naturaleza y la cultura, entre la ciencia y la sociedad, mientras todos los demás —sean chinos, amerindios, azandés o baruyas— no pueden separar verdaderamente lo que es conocimiento de lo que es sociedad, lo que es signo de lo que es cosa, lo que viene de la naturaleza tal y como es de lo que requieren sus culturas. Hagan lo que hagan, y por muy adaptados, ordenados y funcionales que puedan ser, permanecerán siempre ciegos debido a esta confusión, prisioneros de lo social y del lenguaje. Mientras que nosotros, hagamos lo que hagamos, por muy criminales, por muy imperialistas que seamos, escapamos de la prisión de lo social o del lenguaje, ya que accedemos a las cosas mismas por una puerta de salida providencial, la del conocimiento científico. La división interior entre los no humanos y los humanos define una segunda división, externa ésta, por medio de la cual los modernos son colocados aparte de los premodernos. En ellos, la naturaleza y la sociedad, los signos y las cosas, son casi coextensivos. En nosotros, nadie debe ya poder mezclar las preocupaciones sociales y el acceso a las cosas mismas”.
Por ello el saber occidental es ciencia, mientras que el de las demás culturas del mundo es, en el mejor de los casos, etnociencia, cuando no superstición; que uno es contemporáneo y los otros forman parte de un pasado que se niega a desaparecer, de la multitemporalidad que tanto gusta a los posmodernos; y que los occidentales no pueden más que avanzar, nunca retroceder, mientras los demás no desean hacerlo, petrificados en lo tradicional, inmóviles, reticentes a abrazar el progreso, negándose a recibir los beneficios de la humanidad, a salir de la oscuridad en que aún viven.
Esta diferencia radica en la capacidad que tiene Occidente de innovar y efectuar cambios drásticos e irreversibles, esto es, procesos revolucionarios que le permiten dar grandes pasos para avanzar. La llamada Revolución Neolítica es buen ejemplo de ello. El Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, escrito en plena Revolución Francesa por Condorcet, nos remonta justo al momento de la integración de progreso y revolución. “La observación debió hacer notar que ciertas plantas ofrecían a los rebaños una subsistencia mejor o más abundante: se comprendió la necesidad de favorecer su producción, de separarlas de otras plantas que no proporcionan sino un alimento débil, malsano y aun dañino, y se llegó a encontrar los medios para efectuar esta separación.
“Del mismo modo, en los países en donde las plantas, los granos, los frutos, espontáneamente ofrecidos por el suelo, contribuían, con los productos de los rebaños, a la alimentación del hombre, se debió observar también cómo estos vegetales se multiplicaban y se procuraría entonces reunirlos en los terrenos más próximos a las viviendas, separarlos de los vegetales inútiles, para que estos terrenos les perteneciesen por entero y ponerlos al abrigo de los animales salvajes y de los rebaños y aun de la rapacidad de los demás hombres [...] En un país fértil, en un clima dichoso, el mismo espacio de terreno producía, en granos, en frutos, en raíces, más alimentos para los hombres que si se le consagrase a pastos. Así, cuando la naturaleza del suelo no hacía este cultivo demasiado penoso; cuando se hubo descubierto el método de emplear en ella los mismos animales que servían a los pueblos pastores para los viajes o para los transportes; cuando los instrumentos de labor hubieron adquirido alguna perfección, la agricultura llegó a ser la fuente más abundante de subsistencia, la primera ocupación de los pueblos; y el género humano alcanzó su tercera época.
“Algunos pueblos han permanecido, desde tiempo inmemorial, en uno de los dos estados que acabamos de recorrer [cazadores y agricultores] No solamente no se han elevado ellos a nuevos progresos, sino que las relaciones que han sostenido con los pueblos llegados a un alto grado de civilización, y el comercio que han entablado con ellos, no han podido producir esta revolución. Estas relaciones y este comercio les han proporcionado algunos conocimientos, alguna industria, y sobre todo muchos vicios; pero no han podido sacarles de esta especie de inmovilidad”.
En el imaginario occidental, la agricultura y la domesticación de animales son sinónimos de civilización, y al interior de la idea de progreso constituyen el primer gran paso en la emancipación del hombre de la naturaleza, en su intento por dominarla; con la Revolución Neolítica se acaban las “penurias” que deben sufrir los pueblos cazadores y recolectores, siempre “a expensas de lo que encontraran”. En pocas palabras, es el inicio de la civilización misma, y se ha erigido como punto de referencia para juzgar a la demás culturas del planeta, para determinar su grado de avance o desarrollo. Así, a pesar de que la domesticación de plantas ocurrió hace ocho o diez mil años, casi de manera simultánea en diferentes regiones de Asia, América, Europa, Medio Oriente y África, y que en las zonas tropicales los procesos que intervinieron y siguen haciéndolo hoy día, son muy variados, la idea de agricultura que ha predominado es la que se desarrolló en las zonas templadas, principalmente en Europa. Si a esto añadimos la domesticación de animales que, por razones muy precisas, fue de mayor magnitud en Europa que en el resto del mundo, es inevitable que Occidente se encuentre en la cúspide del progreso.
La historia es otra en las zonas tropicales y templadas de los demás continentes, en donde el clima y la abundancia de recursos marcaron un camino distinto. El mismo proceso de domesticación de las plantas sucedió de diferente manera. La relación de los humanos con las plantas silvestres suele ser más intensa en los trópicos, de tal forma que existe una gama de interacciones que va de la planta que depende casi por completo del ser humano, hasta la manipulación de la vegetación misma.
De hecho, como recientemente lo han propuesto Alejandro Casas y Javier Caballero, la domesticación de las plantas en estas latitudes tendría su origen en tales prácticas, que en su mayoría se realizan en donde crece naturalmente la planta, esto es, in situ, y no “separa[dos] de los vegetales inútiles”, como dijera Condorcet. Estas prácticas, similares a las que actualmente se llevan a cabo en las zonas tropicales, se pueden agrupar en tres grandes rubros: el fomento o la inducción de las especies deseadas y su protección de plantas que compiten con ellas, y la selección de ciertos ejemplares al interior de las poblaciones, de acuerdo a criterios como el sabor, el tamaño u otra característica apreciada. Tales manipulaciones dan como resultado un gradiente de transformaciones en el genotipo y el fenotipo de las poblaciones de una especie, así como en la abundancia de las especies que constituyen las comunidades vegetales. A la larga, estas modificaciones pueden llevar a la domesticación de las especies, cuyo cultivo se realiza en un ambiente totalmente modificado por los humanos —ex situ—, aunque su persistencia y amplia difusión en comunidades agrícolas de gran parte de los países del llamado Tercer Mundo parece indicar que muchas de ellas son mantenidas en este gradiente, sabiendo que proporcionan diversidad y abundancia de recursos a lo largo del año y no significan una gran carga de trabajo.
Así, la idea de Revolución Neolítica, en donde se llega a la agricultura y supuestamente todas las prácticas anteriores son eliminadas, resulta poco adecuada para dar cuenta de la cantidad de relaciones intermedias —híbridos, diría Bruno Latour— que caracterizan a las culturas indígenas mesoamericanas. Incluso es muy probable que esta visión impida otorgarles el valor que merecen tales interacciones en las sociedades de cazadores y recolectores de la prehistoria europea, pues se sabe que abrían caminos, desmontaban para construir sus aldeas, quemaban para permitir la aparición de plantas propias de los diferentes estados del proceso de maduración de la vegetación, e incluso se ha visto que en los alrededores de los campamentos llega a haber cierta abundancia de plantas cuya parte comestible es de mayor tamaño que lo normal; se ha encontrado también que algunos tenían una suerte de huerto alrededor de sus casas, en donde disponían de ciertas plantas.
La falta de atención a este tipo de manipulaciones, basadas en el conocimiento de los procesos que operan en la naturaleza más que en el empleo de herramientas o máquinas, se debe a que desde la perspectiva del progreso y sus revoluciones, las herramientas son el factor central, prácticamente el motor de ellas —como lo dijera el mismo Condorcet, “cuando los instrumentos de labor hubieron adquirido alguna perfección, la agricultura llegó a ser la fuente más grande de subsistencia”. Así la innovación tecnológica ha sido vista como algo que se desarrolla de manera autónoma, neutra, al margen de todo aquello que la contamina —política, ideología, etcétera—, con el fin de proporcionar beneficios a la humanidad, tales como el aumento en la producción agrícola. La Revolución Industrial llevó esta idea a su máximo, creando un culto a la máquina, al punto que el obrero, privado de conocimiento debido a la organización científica del trabajo, se transforma en su apéndice.
Es por estas razones que la Revolución Neolítica resulta ser una piedra angular de la idea de progreso, un elemento fundamental de este mito, como lo explica Marshal Sahlins. “Al exagerar tanto la importancia de la herramienta y al minimizar la del saber y la habilidad, nos vemos llevados correlativamente a concebir el progreso del hombre —desde los simios antropoides hasta los imperios de la Antigüedad— como una serie de pequeñas revoluciones industriales iniciadas, cada una de ellas, por el descubrimiento de nuevas herramientas o de nuevas fuentes de energía. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el trabajo ha significado más que la herramienta, los esfuerzos inteligentes del productor han sido más determinantes que sus herramientas rudimentarias [...] Y las principales ‘revoluciones’ primitivas —en especial la que, en el neolítico, llevó a la domesticación de los recursos alimenticios—, todas esas revoluciones han representado puras victorias de la técnica humana: nuevas relaciones con las fuentes de energía existentes (plantas y animales), más que nuevas herramientas o nuevas fuentes de energía [...] Hasta la llegada de la revolución industrial propiamente dicha, el producto del trabajo humano aumentó mucho más gracias al saber y la habilidad del operario que a la perfección de sus herramientas”.
Desde esta perspectiva, no es de extrañar que se considere que las antiguas culturas mesoamericanas nunca lograron pasar de la edad de piedra —lo más avanzado de ésta, of course— o que algunas prácticas agrícolas de los pueblos indígenas sean vistas como primitivas por requerir, por toda herramienta, un simple palo con punta para hacer el hoyo en donde se va a sembrar. Tampoco es raro que los pueblos que estaban convencidos de poseer la clave del progreso hayan considerado que su labor consistía en llevar las luces al mundo entero, dedicándose a colonizar otros territorios, a “civilizar” a los pueblos “bárbaros” y a extender su dominio a la naturaleza indómita de otras latitudes.
En esta expansión, el encuentro con la naturaleza de otras tierras —clima, flora, fauna, microorganismos, etcétera—, muy distinta a la que acostumbraban y conocían, va a constituir un problema para su empresa de colonización. El orden racional establecido en la naturaleza templada de sus regiones —no exento de una severa destrucción ambiental— fue trasladado a las demás zonas del planeta —sin importar que estuvieran en una región del trópico húmedo, en una porción semiáridas o en una isla— con la seguridad que les proporcionaba la idea de universalidad e inmutabilidad de las leyes de la naturaleza, de lo que ya habían emprendido en sus propios países y, por supuesto, con la intención de recrear un modo de vida similar al que tenían en su terruño.
Mientras predicaban la palabra de Dios o la idea de progreso, buscando modificar la forma de vida y de pensar de los pueblos del resto del mundo, los colonizadores se daban a la tarea de transformar la naturaleza de acuerdo con sus propios fines, alterando así, desde dos frentes, la relación que habían establecido a lo largo de siglos las culturas nativas con su entorno, gracias a un saber y una habilidad transmitidos y enriquecidos generación tras generación —de larga duración, a decir de Fernando Braudel— que constituía la base de su sustento y el soporte de la conservación de los recursos que la naturaleza les prodigaba. Semejante empresa de destrucción, a pesar de la devastación que ha provocado, lamentablemente, no ha cesado hasta ahora.
Naturaleza y cultura
Es un hecho que la cultura occidental, al igual que las del resto del mundo, no es capaz de lograr una separación total entre la imagen del mundo que construye y las diversas esferas de la vida social, no puede purificar la actividad cognoscitiva, es decir, eliminar la contaminación que ésta sufre por parte de la ideología, la moral, la política, etcétera. Esto ubica a la ciencia entre los demás saberes que las diferentes sociedades han producido a lo largo de la historia y los que existen actualmente. Como lo explica Louis Dumont, empleando una analogía, “al igual que las regularidades simples de la física clásica aparecen como casos particulares de una perspectiva más amplia, de igual manera lo abstracto universal de la ciencia puede aparecer como un caso particular de lo concreto universal”. Esto significaría que las diferencias entre una y otra forma de conocer no son cualitativas, sino meramente cuantitativas. Nadie negaría la inmensa cantidad de conocimientos que ha producido la ciencia en los últimos siglos, pero es igualmente claro que este magno desarrollo obedece principalmente a los imperativos de un sistema económico dedicado a la incesante producción de nuevos objetos de consumo y a la creación de nuevas necesidades. El apoyo que tienen las ramas con mayores aplicaciones y la escasa atención que reciben aquéllas dedicadas a cuestiones estrictamente teóricas, es muestra de ello.
Las categorías que cada cultura emplea para explicar los fenómenos naturales —lo frío y lo caliente, el ying y el yang o la presencia de metabolitos secundarios— tienen el mismo valor al interior de la cosmovisión en donde fueron generadas, por lo que no se puede operar la reducción de una a otra. Es preciso aceptar que, como lo señala Bruno Latour, “ya no hay culturas —diferentes o universales— ni naturaleza universal. Sólo hay naturalezas-culturas, y son éstas las que proporcionan la única base de comparación posible”. Sólo aceptando esta realidad será posible romper con la idea de que es necesario civilizar, integrar u occidentalizar a las demás culturas del mundo, de otra manera, se seguirá pensando que se les debe llevar las luces, que se debe remplazar su cosmovisión por “la verdadera”, respetando su folclor, por supuesto, y recuperando aquello que resulte verdadero a ojos de la ciencia —las plantas que sí tengan algún metabolito activo, por seguir con el mismo ejemplo. Es ésta la idea que subyace a la empresa de bioprospección que tanto se cuestiona actualmente y que pone en serias dificultades al trabajo que realizamos quienes nos dedicamos al estudio del conocimiento y uso de plantas en los pueblos indígenas sin perseguir ese fin.
La única manera de poder establecer una relación intercultural equitativa y justa, es aceptando la equivalencia de cada cultura, incluyendo su saber, la ciencia en nuestro caso. Esto no quiere decir que se regrese a la idea de que el mundo es una mera ilusión, ni que se tome una posición de relativismo absoluto, en donde no hay posibilidad de equivalencia alguna entre una y otra cultura, o que se caiga en la tentación posmoderna, desvaneciendo por completo la idea de verdad. Al contrario, se trata de establecer una correspondencia entre las categorías de cada cultura, crear equivalencias que permitan designar a las categorías o conceptos de cada una; en suma, de un trabajo de relación intercultural, en el cual la tensión provocada por la validez del saber al interior de cada cultura puede llegar hasta el conflicto, por lo que es imprescindible entablarlo bajo la forma de un diálogo entre iguales.
La investigación acerca de la relación que mantienen los pueblos indígenas con la naturaleza se vuelve así un campo en donde el conocimiento y el uso de una planta, por ejemplo, debe ser investigado en el contexto cultural, con el fin de entender el significado de ésta al interior de su cosmovisión y poder proporcionarle el valor que allí posee. Asimismo, nos libera de la preocupación cuando las clasificaciones, categorías y conceptos de las otras culturas no coinciden con los nuestros, o de que sean validados por la ciencia; es decir, que el hecho de que sean comprobables o no por nuestro saber resulta irrelevante, como lo es también pensar que tal vez, posteriormente, cuando se desarrollen nuevas técnicas, sea posible explicarlos —aunque, es cierto que esta expectativa ha resultado fructífera al abrir nuevas áreas de investigación, como es el caso de los fitofármacos, elaborados al emplear la hoja completa, por ejemplo, en lugar de sólo aislar el principio activo.
Desde esta perspectiva, la ciencia, lejos de ser reducida o relativizada por completo, queda ubicada en un mundo que es innegablemente multicultural, y sus alcances y limitaciones resultan más fácilmente discernibles. Además, al entender que se trata de una actividad más en la sociedad, que en su realización los científicos no dejan fuera su ideología, sus concepciones filosóficas, sus aspiraciones políticas, sus prejuicios, su afectividad, su estética, su moral, y todo lo que constituye a cualquier persona, la ciencia se humaniza en el sentido más amplio y se hace evidente lo que la modernidad ha tratado de esconder durante siglos, que se trata de una construcción humana. Esto nos permite ver que no hay fatalidad alguna en su desarrollo y que, como científicos, podemos incidir en la orientación que ésta tiene. Así, al igual que los antropólogos deben tener una visión introspectiva de su propia cultura, quienes nos dedicamos a las llamadas etnociencias deberíamos tener una visión similar de nuestro saber, de la ciencia.
Biodiversidad y multiculturalidad
México es uno de los países de mayor diversidad biológica del planeta, así como de mayor diversidad cultural —la población indígena se estima en aproximadamente quince millones de personas, repartidos en más de cincuenta culturas distintas. La coincidencia en el espacio de ambas, es decir, el hecho de que muchas de las regiones con mayor biodiversidad se encuentran habitadas por pueblos indígenas —algo que ha mostrado Víctor M. Toledo—, es más que un simple azar o el resultado de una condición de marginalidad y aislamiento. Los pueblos indígenas del país poseen un conocimiento milenario de su entorno y una forma de vida que les ha permitido habitar estas regiones sin destruirlas. Han creado, al mismo tiempo, un patrimonio de plantas cultivadas o con cierto grado de modificación, que constituye un elemento central de su sustento y que ahora lo es también de otros pueblos del planeta. Pero también han incorporado nuevas plantas y animales domésticos de otras partes del mundo, adaptándolas a su entorno e integrándolos en su propia vida. Son pueblos que, conservando en diferente grado sus raíces mesoamericanas, han sabido resistir a las imposiciones y ser abiertos a la innovación.
Sin embargo, al igual que en el resto del mundo, en muchos de ellos, los efectos del proceso de occidentalización han sido de mayor impacto, ya sea por la destrucción directa de su cultura o, de manera indirecta, por el deterioro de su entorno ocasionado por agentes externos —lo cual torna vulnerable a una cultura y la empobrece incluso materialmente. En aquéllos que han mantenido hasta ahora una coherencia cultural y su entorno en un estado aceptable, la presión externa no ha cedido, por el contrario, sigue aumentando conforme se van estableciendo nuevas vías de comunicación entre sus regiones y el resto del país, con cada nueva iniciativa gubernamental que no considera sus expectativas y particularidades, como las que pretenden transformar el régimen de propiedad de ejidos y comunidades o incrementar su rendimiento agrícola con semillas mejoradas —y muy pronto quizá hasta transgénicas; o por la presión de las agroindustrias, en pos de mercados para sus productos, y ahora tal vez hasta de las maquiladoras, con el Plan Puebla-Panamá; sin olvidar la televisión y sus estereotipos, el racismo recalcitrante que perdura en buena parte de la sociedad y la culpabilización de que son objeto los indios por la destrucción de áreas naturales protegidas —ignorando las causas subyacentes—, entre una serie de factores que sería muy largo de enumerar. La erosión cultural que todo esto provoca, sólo puede tener efectos negativos en la conservación de los recursos naturales y, obviamente, en la calidad de vida de los pueblos indígenas del país.
En este contexto, quienes nos dedicamos a las llamadas etnociencias debemos pugnar por la revalorización del conocimiento que los pueblos indios tienen de su entorno y del uso adecuado que pueden hacer de éste, así como por establecer un principio de igualdad de culturas y saberes en cualquier trato que se efectúe entre un agente externo y los pueblos indios, principalmente en los asuntos que atañen a la conservación de la diversidad biológica de estas regiones. Sólo así será posible entablar un diálogo intercultural que permita elaborar proyectos para lograr el buen uso y la conservación de la naturaleza en estas zonas del país, y una mejor calidad de vida para los pueblos indios que habitan en ellas.
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Referencias bibliográficas
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Carrillo Trueba, César. (2002). Ciencia y etnociencias. Ciencias 66, abril-junio, 106-117. [En línea] |
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| La lotería en las comunidades ecológicas |
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Héctor T. Arita
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¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que
las circunstancias de esa muerte no estén sujetas al azar?
J. L. Borges, La lotería en Babilionia.
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El día de Nochebuena de 1938, Jorge Luis Borges sufrió un terrible accidente que le produjo una lesión en la cabeza, dejándole como secuela una septicemia que estuvo a punto de cobrar la vida del joven y, entonces, poco conocido escritor argentino. Según algunos biógrafos, el azaroso incidente aunado a la muerte de su padre, ocurrida unos meses antes, dejó tan profunda huella en la mente del joven Borges, que desencadenó en él un frenesí creativo. En los siguientes ocho años, produjo algunas de las narraciones más extraordinarias.
Una de esas obras —La lotería en Babilionia, publicada en 1941— nos presenta la alucinante historia de un pueblo regido totalmente por el azar; una nación en la que todos los acontecimientos están determinados por los sorteos que se realizan con regularidad por “la Compañía”, una misteriosa congregación. Lo que comenzó con un inocente negocio de azar para repartir monedas y otros premios, se convirtió en un sistema tan complejo de premios y castigos aleatorios, que ya no es posible discernir con detalle su efecto. El destino de una persona no es sino una secuencia de sorteos que van definiendo, paso a paso, la serie infinita de eventos aleatorios, dándole forma a la vida de cada individuo.
Como sucede con otras de las genialidades de Borges, que en primera instancia pueden parecer absurdas, la idea de una vida forjada por una infinidad de acontecimientos azarosos no es tan descabellada. Parecería que en definitiva el azar domina el mundo; sin embargo, algo innato en el ser humano se resiste a lo aleatorio, a lo impredecible como forma de vida. Aunque la mecánica cuántica ha demostrado, tanto en la teoría como en la práctica, que el misterioso mundo subatómico está dominado por el azar y que la propia existencia de las partículas es un fenómeno de probabilidad, algo en nuestra mente se rehúsa a aceptar tal noción. El propio Einstein proclamó que “Dios no juega a los dados con la naturaleza” como respuesta a los conceptos de Born y Heisenberg de un universo subatómico intrínsecamente inescrutable y fatalmente incierto.
Esa misma resistencia a la fatalidad estocástica se manifiesta en una reciente controversia acerca de los mecanismos que determinan la estructura y la composición de las comunidades ecológicas. Un par de publicaciones, aparecidas el año pasado, intentan demostrar que el aparente orden observado en la naturaleza —en los conjuntos de especies de plantas y animales— no es sino el producto de eventos aleatorios. Es decir, una versión ecológica de la lotería de Borges, en la que una secuencia muy grande de pequeños eventos azarosos es capaz de producir todos los complejos patrones de diversidad biológica encontrados en el mundo. A mediados del año 2001 se publicó, dentro de la serie “Monografías en biología de poblaciones” de la Universidad de Princeton, el libro de Stephen Hubbell con el poco modesto título de The Unified Neutral Theory of Biodiversity and Biogeography. Unos meses más tarde, en el número de Science del 28 de septiembre de 2001, fue publicada una revisión de Graham Bell titulada “Neutral Macroecology”. Ambos trabajos intentan demostrar una premisa fundamental: la posibilidad de construir por computadora comunidades de plantas y animales que, al menos en su estructura y diversidad de especies, sean sorprendentemente semejantes a las que existen en la realidad, logrando esto por medio de simulaciones relativamente sencillas, en las que unos cuantos parámetros varían de acuerdo a reglas aleatorias muy simples.
Para comprender los alcances de las teorías de Hubbell y de Bell, hagamos una breve recapitulación de las explicaciones clásicas propuestas para entender el orden que aparentemente tienen las comunidades naturales. Una comunidad ecológica se define, en su sentido más amplio, como cualquier conjunto de individuos de diferentes especies que existen en el mismo lugar en un momento dado. Así, una selva es una comunidad porque está conformada por un conjunto de árboles de diferentes especies. Su-cede lo mismo con los mamíferos, los hongos y los invertebrados que habitan esa selva. Por lo mismo, el conjunto de todos los organismos de una selva (árboles, mamíferos, hongos, invertebrados, etcétera) podría considerarse también una comunidad ecológica.
Ahora bien, existen patrones definidos que se repiten en comunidades de muy diversa índole. En casi todos los conjuntos de especies, estudiados hasta ahora, existen, por ejemplo, unas pocas especies que son muy abundantes y muchísimas muy poco comunes (raras). Este patrón es bien conocido tanto por los naturalistas aficionados como por los ecólogos profesionales —todo avezado coleccionista de mariposas o colector científico sabe que existen unas pocas especies de las que podemos capturar cientos o miles de ejemplares, y muchas tan raras, que en ocasiones se necesitan años de trabajo para capturar una de ellas. Esta estructura —de la relativa abundancia de las especies— está tan generalizada que los ecólogos en ocasiones olvidan que, al menos en teoría, podrían existir otros arreglos igualmente posibles. Imaginemos, por ejemplo, una comunidad de mariposas en la cual todas las especies tienen exactamente la misma abundancia y la misma probabilidad de ser observadas. Yéndonos al otro extremo, podríamos vislumbrar otra comunidad hipotética formada por miles de ejemplares de la misma especie. ¿Por qué la inmensa mayoría de las comunidades presenta un patrón con pocas especies comunes y muchas raras?
La teoría clásica explica que las especies de alguna manera se reparten los recursos disponibles, sean de espacio, alimento, refugio u otro satisfactor ecológico. Esto se define por medio de mecanismos de competencia de los limitados recursos disponibles, por lo que algunas especies se llevan una tajada mayor y pueden estar representadas por muchos ejemplares; éstas son las especies comunes. La mayoría, sin embargo, alcanza tajadas mucho más pequeñas del pastel de los recursos ecológicos y deben subsistir como poblaciones compuestas por muy pocos elementos; se trata de las especies raras. Los ecólogos saben, desde hace varias décadas, que este patrón puede representarse matemáticamente con una distribución log-normal, es decir, con un modelo que genera una campana de Gauss si la escala de abundancia se representa en una escala logarítmica.
Hubbell y Bell han demostrado que es posible replicar, con asombrosa precisión, los patrones log-normales —observados en comunidades naturales— por medio de simulaciones muy simples, en las que se incorpora un elemento aleatorio a los parámetros de nacimiento, movimiento, reproducción y muerte de los miembros de una comunidad. Ellos llaman a estas simulaciones “modelos neutrales”, porque en ellos se hace caso omiso a las interacciones de los elementos, por lo que éstos son idénticos entre sí, independientemente de la especie a la que pertenezcan. Otros atributos de las comunidades ecológicas bien conocidos por los ecólogos —tales como el patrón log-normal de las áreas de distribución de las especies la relación entre el número de especies y el área de un sitio y la correlación positiva entre abundancia local y área de distribución— pueden, asimismo, ser reproducidas con una buena aproximación por los modelos neutrales de Hubbell y Bell. Hubbell va más lejos, y llega incluso a proponer la existencia de un parámetro (el número fundamental de la biodiversidad, (q)), que determine, siempre a través de procesos aleatorios, los patrones no sólo locales, sino biogeográficos de diversidad biológica.
Pero, ¿demuestran los modelos neutrales que la naturaleza, o al menos las comunidades ecológicas, son aleatorias?, ¿son las comunidades de plantas y animales los equivalentes ecológicos de la lotería de Borges? En primer lugar, no todos los ecólogos están convencidos por los modelos neutrales, ya que, de hecho, está en marcha una candente polémica que seguramente durará varios años y generará una gran cantidad de conceptos nuevos sobre la ecología de comunidades. En segundo lugar, como reconoce el propio Bell, existen dos posibles interpretaciones generales, bastante controvertidas, de los modelos neutrales: la interpretación “débil” en que los modelos neutrales simplemente son capaces de generar patrones muy semejantes a los naturales, pero no identifican mecanismos reales para crear esos patrones en las comunidades que observamos en la naturaleza; y la interpretación “dura”, en la cual, los modelos neutrales realmente han identificado los mecanismos (aleatorios) que han creado las comunidades naturales.
Una extrapolación simplona de la interpretación “dura” tiene implicaciones filosóficas muy profundas. Si, como lo ha demostrado la mecánica cuántica, el azar rige el mundo subatómico, y si, como parecen mostrar los modelos neutrales, lo aleatorio domina las comunidades ecológicas, ¿no será posible que las comunidades humanas sean, igualmente, resultado de procesos estocásticos? ¿Será posible que vivamos en un mundo como el que describe Borges en La lotería en Babilonia? ¿Acaso somos como los personajes de la película Matrix —quienes creen ser personas reales con vidas igualmente tangibles, pero que no son sino parte de una gigantesca ficción maquinada por alguna mente diabólica.
El azar es, sin duda, un componente importante en nuestra existencia, como lo sabe cualquier vendedor o comprador de seguros de vida o cualquier tahúr de casino. Pero, ¿hasta qué punto vivimos vidas aleatorias o al menos modelables al usar simulaciones estocásticas? Isaac Asimov exploró esa pregunta en su trilogía de ciencia ficción, La fundación. El tema central de esta saga es el modelo de Hari Seldon; un genial “psicohistoriador”, quien es capaz de predecir el futuro de la humanidad por medio de modelos matemáticos, en los que asume que los individuos se comportan en forma análoga a las moléculas de un gas; siem-pre en movimiento aleatorio.
Los modelos de Seldon funcionan de acuerdo con los libros de Asimov, por la enorme cantidad de gente involucrada en los cálculos (sólo Trántor, la capital del imperio de veinticinco millones de planetas habitados, tenía cerca de cuarenta mil millones de habitantes). Los modelos de los “psicohistoriadores”, a su vez, son capaces de predecir las tendencias generales de los conglomerados de gente, mas no el comportamiento ni el destino particular de los individuos.
Es por ello que resulta vano tratar de explicar las particularidades de nuestras vidas, en términos de una secuencia de eventos aleatorios, como los de la lotería de Borges. De intentarlo, podríamos vivir obsesionados con el desenlace particular de nuestra vida y con su infinita gama de secuencias que la lotería de Borges podría haber creado. Si él no hubiera sufrido el accidente en la Nochebuena de 1938, un evento ciertamente azaroso, tal vez no habría tenido su fecundo periodo literario y posiblemente tampoco habría creado La lotería en Babilonia. Siendo así, es posible que el presente ensayo nunca hubiera sido escrito y que el lector no se hubiera enterado de las especulaciones ecológicas de Hubbell y Bell. Como reza el título de un pasaje de Carmina Burana, Fortuna imperatrix mundi, no hay duda.
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Arita, Héctor T. (2002). La lotería en las comunidades ecológicas. Ciencias 66, abril-junio, 12-15. [En línea] |
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| La flora de México. ¿Se podrá conocer completamente? |
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México es reconocido como un país de alta diversidad biológica –megadiverso–, en el cual están representados casi todos los tipos de vegetación del planeta. Se ha calculado que nuestro país contiene 10% de la flora del mundo y, de acuerdo con las estimaciones hasta ahora publicadas, se encuentra en el cuarto lugar entre los países o regiones con más de 18 000 especies de plantas vasculares. Los tres primeros lugares, en esta clasificación, los ocupan Brasil, con alrededor de 56 000 especies, Colombia, con 50 000, y China con 27 100.
La flora de un país se constituye por el total de especies vegetales que crecen en su territorio que, por supuesto, es cambiante con el tiempo; pero a partir de la intervención del ser humano las modificaciones pueden ser profundas, de manera que los recursos florísticos de un país representan una fuente de riqueza per se, además de su posible uso.
Desde hace varias décadas la conciencia comunitaria sobre el disturbio humano ha llevado a muy distintas sociedades a interesarse en co-nocer la variedad de plantas contenida en su localidad, su país y el mundo entero, así como en los efectos que podría tener la destrucción de hábitats y las posibilidades de conservación de pequeñas o extensas zonas en todo el planeta.
Inglaterra es un ejemplo raro en donde existe un conocimiento total de la flora. Los británicos, por su ubicación geográfica, su historia y el tamaño de su territorio cuentan con una baja diversidad biológica, si se le compara con países como el nuestro. Sin embargo, los recursos humanos y materiales que durante siglos han ocupado para conocerla, han dado frutos. En dicho país se tienen registradas 1 570 especies de plantas vasculares, y sus esfuerzos actuales se centran en conservar las llamadas especies clave (key species ), destinando para ello alrededor de 3.8 millones de libras al año para la conservación de veinticuatro hábitats naturales. Contemplar un programa similar en los países bio-lógicamente más ricos del planeta, no es una meta descabellada y representa un objetivo que debería ser revisado en las políticas científicas de cada nación.
En 1991 el doctor Jerzy Rzedowski estimó que México tiene una riqueza florística de 22 800 especies vasculares (21 000 de ellas fanerógamas). En 1993 Víctor Toledo calculó alrededor de treinta mil, y más tarde (1996) Rodolfo Dirzo y Guillermina Gómez estimaron que sería de 20 444 especies.
La revisión minuciosa de la literatura, llevada a cabo por José Luis Villaseñor (uno de los autores de este ensayo), ha permitido estimar hasta la fecha 22 411 especies (sin incluir casi un millar adicional de especies introducidas, es decir, que no son nativas del país). Estas cifras ubican a México no en el cuarto, sino en el tercer lugar de la clasificación mundial por su número de plantas vasculares. Además, México tiene uno de los mayores índices de especies endémicas, es decir, de aquéllas que sólo crecen en un territorio específico. Se calcula que 54.2% de las plantas vasculares de México son especies endémicas, lo que nos coloca sólo por debajo de Sudáfrica, que ocupa el quinto lugar por su diversidad de especies vasculares, de las cuales 70% son endémicas.
De las 422 familias de plantas con flores que se conocen en el mundo, en México se han registrado 246. De los 12 200 géneros del planeta 2 642 crecen en el país, por lo que si contamos con 22 411 de 231 925 especies, tenemos representado un porcentaje cercano a 10% del total de plantas con flores de todo el mundo.
Es importante resaltar que en los últimos quince años se han registrado cinco nuevas familias para la flora mexicana, particularmente en los estados de Hidalgo, Oaxaca, Campeche y Chiapas, lo que indica que todavía hace falta una mayor exploración en diferentes zonas. Un ejemplo muy claro se tuvo con la descripción de una nueva familia (Lacandoniaceae), cuya especie, Lacandonia schismatica, descubierta por Esteban Martínez en 1985, es la única planta con flores que presenta los órganos florales en posición inversa, es decir, una serie de carpelos rodeando a los estambres. Las estimaciones efectuadas sugieren que todavía faltan por registrar alrededor de 3 000 especies de plantas vasculares en nuestro territorio, muchas de las cuales no son tan espectaculares como Lacandonia, sin embargo, sólo al conocerlas se podrá averiguar su importancia biológica y su posible utilidad.
Definir cuáles son las zonas que requieren mayor exploración, es una de las preguntas que se hacen los botánicos que se dedican a estudios florísticos y taxonómicos. Los datos muestran que Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Jalisco, Michoacán y Guerrero son los estados con mayor número de especies de plantas vasculares. Aunque pudiera pensarse que las flores de tales estados son adecuadamente conocidas, esto no está bien fundamentado, y además hay todavía muchas regiones del país por conocer a profundidad para acercarnos a un inventario más confiable de todo el territorio.
Conocer la magnitud real de nuestra riqueza florística es una meta que requiere un verdadero esfuerzo, ya que el número de taxónomos y el personal dedicado a estudios florísticos ha disminuido en las décadas recientes. Igualmente, la representación mexicana en los estudios florísticos nacionales ha sido históricamente baja, y en la actualidad se observa que cada vez menos investigadores e instituciones extranjeras se involucran en proyectos de este tipo.
¿Cuánto tiempo llevará conocer toda la flora mexicana? Se estima que se describen alrededor de cincuenta especies nuevas por año; por lo que a este ritmo, para llegar a registrar las cerca de tres mil que todavía no se conocen, se requerirían cerca de sesenta años. Desafortunadamente el ritmo acelerado de destrucción de los hábitats con seguridad no permitirá siquiera recolectar los especímenes que documenten su existencia. De ahí que los trabajos descriptivos, particularmente los florísticos, debieran retomar la importancia que aparentemente sólo les daban los naturalistas del pasado.
Nos enfrentamos a problemas que se extienden y que es cada vez más urgente enfrentar, como la destrucción acelerada de regiones enteras, ya sea por la explotación de madera o petróleo, o por su rápida transformación en pastizales o zonas extensivas de cultivo, así como la contaminación industrial. Aunque actualmente el país ha puesto interés en solucionar muchos de estos problemas, es fundamental enfatizar –no sólo en los medios académicos– que el conocimiento de los recursos biológicos de un país no es una preocupación científica más, sino que constituye la información básica para apoyar a muchas otras áreas de la investigación; además de representar la base para un gran número de proyectos de conservación y desarrollo sustentable.
Saber con exactitud el número de especies de plantas mexicanas y su ubicación, es una labor que requiere apoyo económico y proyectos educativos que incentiven la formación de taxónomos. De esta manera se podrá contar con información más detallada acerca de los patrones de diversidad y a nivel regional, de endemismo, y se podrán definir claramente las zonas de prioridad para su conservación. Estudiar y dar a conocer la riqueza florística con la que aún contamos, resultado de nuestra posición geográfica y nuestra historia geológica y evolutiva, representa un compromiso de todos y una gran responsabilidad para el futuro.
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Referencias bibliográficas
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Villaseñor, J. L. 2001. La flora de México en el umbral del siglo xxi: ¿qué sabemos y hacia dónde vamos? Manuscrito inédito. Conferencia Magistral del xv Congreso Mexicano de Botánica en Querétaro.
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Patricia Magaña Rueda
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
José Luis Villaseñor Ríos
Instituto de Biología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Magaña Rueda, Patricia y Villaseñor Ríos, José Luis. (2002). La flora de México ¿se podrá conocer completamente? Ciencias 66, abril-junio, 24-26. [En línea] |
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Ramón Aureliano Alarcón
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¿Cuántos volúmenes harían falta para incluir únicamente los términos con los cuales designaríamos las colecciones distintas de fenómenos, si estos fueran conocidos? ¿Cuándo estará completa, la lengua filosófica? Y aunque estuviera completa, ¿quién, de entre los hombres, podría conocerla?DiderotEs conocida la opinión que atribuye a las plantas sentimientos, conocimiento y apetito, al igual que a los animales, siendo éstos sensitivos, como los cuatro elementos de que constan.Acaso el temperamento sea la verdadera alma, quizás haya un principio de todas nuestras acciones en el acuerdo armónico de los órganos corpóreos. Ya algunos sabios antiguos se inclinaban por negarles sentimientos a los animales o brutos, otros les concedieron discurso, y varios más los niegan y les otorgan sólo sentimiento.Tengo referidos varios casos de los cuales mencionaré algunos. Remito a quien esto leyere a la Carta anterior donde se describen varias de las virtudes de los animales como el elefante; y en los comentarios que siguen me acojo como siempre a la benevo-lencia del amable lector.Si mencionamos nuevamente al elefante, es porque el ilustre Feijóo en su Teatro Crítico Universal, al verter su opinión sobre la sagacidad e industria de este animal nos dice: “Los Elefantes hacen en esta representación el primer papel, con noticias de Plinio, Eliano, Mayolo, Alberto Magno, Nieremberg, Acosta, [Pedro Mexía], y otros antiguos, y modernos, que nos los muestran capaces, casi sin excepción, de todo género de disciplina. Unos aprendiendo el idioma humano, y aun el uso de la Escritura; como aquel que con la trompa formó sobre la arena en caracteres Griegos esta sentencia: Yo mismo escribí estas cosas [...] Otros [son] dotados de pericia militar, gobernando en toda forma los escuadrones de su especie. Llégase a esto la imitación de los efectos humanos, la venganza, el agradecimiento, la vergüenza, y el apetito de gloria [...] Tras de los Elefantes vienen los Perros, los Zorros, los Monos, los Cercopitecos, los Ca-ballos, las Abejas, las Hormigas, etcétera”.Sin que nos detengamos a juzgar más sobre el asunto y abandonando la tesis de Descartes, que les niega sentimiento —y para quien los animales son sólo “estatuas inanimadas”, cuyos movimientos dependen únicamente de su figura y la disposición orgánica de sus partes, según la variada determinación que les da la unión de los objetos que los circundan— Feijóo dirige sus disputas en contra de aquellos que les dan sólo cualidades sensitivas, o niegan lo discursivo a los brutos.Reproducimos un ejemplo más: “¿Quién pensaría que aquel menudo, y aborrecido insecto llamado Polilla tiene un mérito sobresaliente para ocupar un lugar distinguido entre los brutos más racionales? Ello es así. Este despreciado animalejo da acaso más motivo a la admiración que otros que se hallan celebrados por su sagacidad, y providencia. Todos los brutos tienen industria para procurarse el alimento necesario; todos cuidan, y todos aciertan con la conservación de la especie, muchos con más o menos arte se fabrican domicilio; muchos saben defenderse, y ofender a sus enemigos. Pero quien tenga arte para abrigar su cuerpo contra las injurias del aire, fabricando, y ajustándose vestido acomodado, no hay otros sino la Polilla, y solo la Polilla imita al hombre en esto. Pondérase en la Araña la fábrica de sus telas: la Polilla es tejedor, y Sastre en un tomo”.Con relación a las plantas habla del caso del árbol que llaman Árbol Sensitivo, como también del Púdico; porque llegando cualquiera a tocarle, retira con rapidez hojas, ramas, como simulando fuga y sentimiento ante la ofensa. Agrega que en el Istmo que divide la América Septentrional de la Meridional, entre Nombre de Dios y Panamá hay una selva entera de esos árboles. Dice el padre Regnault que en Abisinia hay un árbol denominado Enseté, de quien los naturales del país dicen que arroja suspiros cuando le cortan; “y es frase suya cuando van a cortarle, que van a matarle”. Hasta aquí algunos casos de la Racionalidad de los brutos de Benito Feijóo. Por último, juzgo, en esta carta, conveniente repetir la opinión de que los brutos obran, no por inteligencia, sino por instinto. Discurre que la voz “Instinto” no presenta significación fija y determinada, o por lo menos no se le ha dado hasta ahora; y así, usar de ella en esta cuestión no es más que trampear el argumento con una voz sin concepto que no entiende ni el que defiende, ni el que arguye. Concluimos esta carta convencidos de que para descubrir lo posible en lo aparentemente imposible es menester una luz extraordinaria.
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Ramón Aureliano Alarcón
Instituto Mora.
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como citar este artículo → Aureliano Alarcón, Ramón. (2002). Industria Animalium. Ciencias 66, abril-junio, 58-59. [En línea] |
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Susana Biro
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Gould es un niño genio de trece años, que va a la universidad y estudia un pos-grado. Desde su graduación, de la licenciatura en física, todos piensan que muy pronto recibirá el Premio Nobel. Gould es el personaje principal de City, el libro más reciente de Alessandro Baricco. Siempre es interesante cuando la ciencia o los científicos aparecen en la literatura, pues nos da una visión de cómo la ciencia es vista por la gente ajena a esta actividad; y esta novela no es la excepción.
El Premio Nobel —con sus seis categorías— acaba de cumplir el primer centenario y deja mucho que pensar, especialmente en el área de las “ciencias exactas.” Alfred Nobel en su testamento —que tomó tres años descifrar— pidió que se apoyara a quienes hubieran “aportado los mayores servicios a la humanidad” y citó explícitamente a la química, la física y la medicina. Su selección refleja la visión que se tenía sobre la ciencia a finales del siglo xix, y excluye áreas desde entonces existentes, que tuvieron un gran desarrollo en el siglo xx, como la astrofísica, la biología y el estudio de la mente.
En ciencia los Nobel son premios que se otorgan por un “destello” y no por el desempeño a lo largo de toda una carrera. Bajo este criterio, se han premiado a lo largo de los años todo tipo de cosas: desde la fotografía a color (Lippmann, 1908), el efecto fotoeléctrico (Einstein, 1921), la estructura del sistema nervioso (Golgi y Ramón y Cajal, 1906) hasta la lobotomía (Moniz, 1949).
Asimismo, las teorías y descubrimientos que no lo han recibido dicen mucho acerca de éste. Freud murió esperando un Nobel que nunca llegó, ya que el psicoanálisis no se considera, hasta la fecha, parte de la medicina. Wegener, de quien tanto se rieron sus colegas, murió sin que su trabajo fuera reconocido; sin embargo, su teoría de la deriva continental es ahora el eje de los estudios en su rama. El descubrimiento de Hubble, del Universo en expansión, cambió radicalmente la cosmología, pero no fue reconocido debido a la estrecha definición de las categorías.
Entre las múltiples celebraciones con motivo del centésimo aniversario de los premios Nobel, se inauguró un museo electrónico en el sitio oficial de esta fundación http://www.nobel.se/ Como es de esperarse, la página es sobria, pero atractiva, y contiene una cantidad apabullante de información; ésta consta de una sección dedicada a la historia del premio y su fundador, y otra para cada una de las seis categorías a las que se otorga el premio.
Cada una, a su vez, tiene tres espacios diferentes. En uno se enlista a todos los laureados desde 1901 e incluye, por lo menos, una biografía. También aparecen transcripciones de las conferencias que los laureados dieron en la ceremonia. Además, resulta interesante conocer quiénes, dentro de este círculo, se preocupan por transmitir lo que hacen a un público lego. La ponencia de Alexander Fleming titulada sencillamente Penicillin es un buen ejemplo, ya que explica brevemente, con detalle y claridad, la historia del descubrimiento accidental de la penicilina.
Otro de los espacios contiene tanto artículos sobre el premio mismo, como sobre los temas de ciencia que han sido premiados a lo largo de un siglo. En el de física, por ejemplo, Eric Karlsson (miembro del Swedish Royal Academy of Sciences y del comité para el Nobel en Física) hace un repaso de los inventos y descubrimientos de los ciento sesenta laureados hasta la fecha, y concluye que “la mayoría de las aspectos esenciales en este fascinante viaje hacia la comprensión del mundo en que vivimos han sido cubiertas por el Premio Nobel en física”.
Por último, y no podía faltar dada la moda actual, hay un espacio educativo en el que aparecen hipertextos sobre algunos temas de ciencia; los resultados premiados están presentados en forma de cartel y hay un juego para cada categoría de ciencia que ha sido premiada.
La revista Science del 12 de octubre de 2001 dedica su sección “News Focus” al centenario y hace un análisis del efecto que tiene el premio sobre las vidas de los laureados. Hay desde los que se regresan tranquilamente a su laboratorio a seguir haciendo lo mismo, hasta los que se lanzan de lleno a una vida pública, ya sea de negocios, política o divulgación.
Decirles que Gould escoge un camino que no lleva al Nobel, sino a la felicidad, no arruina la lectura del libro recomendado, pero en cambio, dice mucho acerca de la visión de lo que éste implica.
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Susana Biro
Dirección General de Divulgación de la Ciencia,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo → Biro, Susana. (2002). e-museo Nobel. Ciencias 66, abril-junio, 74-75. [En línea] |
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| de flujos y reflujos |
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La vastedad del cosmos y el derecho a estar equivocado
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Ramón Peralta y Fabi
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El Vesubio, un volcán chaparrito y ancho, sirve de espectáculo nocturno a la ciudad de Nápoles. Hace casi dos mil años tapó a sus vecinos Pompeya y Herculano, y mira plácido al pequeño pueblo de Nola, cuyo mercado está lleno de verdura y fruta colorida que se cultivan en la fértil planicie de Campania. Cerca del mercado está el Palacio Orsini y la estatua que recuerda a su hijo más célebre, Giordano (Filippo) Bruno. El pueblo fue conquistado por los romanos en 313 a.C., nueve años después de la muerte de Aristóteles, y pasó a formar parte del Reino de Nápoles nueve años después de que Hernán Cortés tomara Tenochtitlan.
A los 17 años, Filippo toma el nombre de Giordano, recibe la tonsura e inicia su vida de monje dominico, abriéndose las puertas al conocimiento y cerrando las de su libertad intelectual. El Nolano —apodo que nunca perdió— pronto dominó el latín, y su avidez por la lectura le descubrió las obras —prohi-bidas por el Santo Oficio— de Erasmo de Rotterdam, prelado católico y uno de los más brillantes académicos y humanistas del siglo xvi que lo enfrentaron con sus primeros problemas. En 1576, el Prior del convento le anticipó que, debido a su crítica al uso de medallones de la Virgen y los santos, y a que había citado argumentos de Erasmo en algunos debates, se le podría acusar de herejía y, por tanto, comenzar un proceso jurídico en su contra.
Bruno deja el convento de Nápoles a causa del miedo que le es infundado, e inicia sus viajes por Italia, primero, y después por Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza. Es en este periodo cuando crea su legendaria fama como debatidor, mujeriego, maestro, poeta, políglota, filósofo y memorista inolvidable. Además publicó obras sobre muy variados temas y géneros, tanto en la corte de Enrique III en Francia y de Isabel I de Inglaterra, como en la universidad, de París, Oxford, Wittenberg y Praga, y en las más diversas comunidades protestantes. Abordaba métodos para la memoria, interpretaciones de las Sagradas Escrituras, poemas, una comedia de teatro (lI candelaio, el hacedor de velas), magia, y sobre el sentido y validez de las religiones, lucubrando sobre la naturaleza humana y la vastedad del cosmos.
Como parte de la elite intelectual de Europa, estaba al tanto de las corrientes de pensamiento de su época en casi todos los temas. Usando las ideas de Copérnico y de Cusa, se anticipó al proponer una visión del cosmos parecida a la que actualmente tenemos. Para Copérnico, la Tierra deja de ser el centro del Universo y es un planeta más en movimiento alrededor del Sol; la esfera celeste más lejana da al Universo una estructura amplia, pero finita. En su obra De l’infinito universo e mondi, Bruno especula cómo las estrellas son soles semejantes al nuestro, infinitas en número, y en torno a las cuales habría mundos paralelos rotando como los del Sistema Solar; desechando con esto el geocentrismo y el antropocentrismo. Más aún, imagina un espacio infinito, sin puntos o direcciones privilegiadas, en el que sistemas solares nacen y mueren, con la posibilidad de formas de vida distintas y hasta racionales. La naturaleza es para Bruno el todo orgánico que ocupa el centro del escenario; los seres humanos y su mundo son un mero accidente (circonstanzi) de importancia sólo local, aunque percibido como una mónada es una imagen del todo. Con este pensamiento anticipa las monas o mónadas de Leibnitz, que son aquellos elementos que forman el todo. En De Triplici minimo, propone el mínimo matemático (la unidad), el físico (átomo) y el metafísico (alma) como base de todo. Para Bruno, como para nosotros en la actualidad, el mundo natural es el sistema armónico que exhibe a los átomos y sus interrelaciones.
Su mérito, más que por la validez de sus especulaciones, es representar al espíritu libre y la mente audaz que, con la cultura y el conocimiento de su época, se atrevió a especular y cuestionar, debatir y criticar, a proponer y construir. También representa a la víctima de una sociedad corrupta y temerosa, al luchador solitario e indomable y, finalmente, el derecho a estar equivocado. Su obra influyó directa e indirectamente en sus contemporáneos, como Galileo Galilei, a quien se le ofreció la plaza de profesor de matemáticas en la Universidad de Padua y que ocupó temporalmente Bruno en 1591, y William Gilbert, médico de Isabel I y autor de la primera obra científica sobre electromagnetismo, De Magnete. De hecho, algunas de sus ideas pueden identificarse en notables filósofos que le sucedieron, como Leibnitz y Spinoza.
Cuando Bruno aún era un niño, el Concilio de Trento había establecido normas estrictas de interpretación en un intento por mantener la unidad de la Iglesia, al menos en Italia, y había clarificado diversos aspectos, de contenido y forma del credo católico. Todo esto para contrarrestar la intensa y volátil actividad de los movimientos de reforma de Lutero en Alemania y de Calvino en Francia y Suiza. La bula que formalizaba la clausura del Concilio prohibía a cualquiera “publicar del modo que fuese, todo tipo de comentarios, glosas, anotaciones, escolios o cualquier interpretación de los decretos”; parece inverosímil, sin embargo, la tragedia es que actualmente hay instituciones y Estados en los que sigue ocurriendo.
Con esto, la Santa Inquisición adquiría una “responsabilidad” mucho mayor y una justificación más para ampliar su ámbito de influencia.
En una desafortunada estimación de la situación política, Bruno vuelve a Italia. Después de unos meses en Padua, viaja a Venecia en 1591, en donde es contratado por el patricio, Consejero de la República de Venecia, Zuane Mocenigo, quien esperaba ser iluminado sobre magia y adquirir las dotes retentivas de Bruno; pero pronto se decepciona, especialmente cuando éste manifiesta su propósito por volver a Fráncfort del Meno para publicar unos trabajos, por lo que unos meses después lo denuncia y lo entrega a la Santa Inquisición. La defensa de Bruno parecía avanzar en su favor cuando argumentaba, antes que Galileo, que la Biblia debía ser la guía en los asuntos del comportamiento y la fe, y no en lo que toca a la naturaleza; especialmente en temas astronómicos. Ni aun hoy esto es comprendido cabalmente, los creacionistas, así como diversos grupos retrógradas de la sociedad, son un ejemplo de ello.
Mientras Bruno mantuvo el camino del disenso honesto y digno, acabando en el martirio, Galileo, décadas después y a una edad avanzada, consciente del desenlace de Bruno, decide retrac-tarse de sus ideas sobre el movimiento celeste.
Una semana antes de hacerse efectiva, Bruno escucha la sentencia condenatoria del tribunal que cree que al quemar públicamente todas sus obras y su cuerpo acabaría con sus ideas. La entereza de Bruno se manifiesta cuando responde: “En este momento, señores, quizá vuestro temor al sentenciarme sea mayor que el mío al recibir la sentencia”.
El 17 de febrero de 1600, Giordano Bruno fue conducido al Campo dei Fiori. Allí, en público, fue desnudado y amordazado. Mientras ardía en el fuego, cantos sobre el amor divino se elevaron al cielo entrelazados con el humo.
Una efigie de Giordano Bruno, el Nolano, encapuchado que parece meditar mirando al horizonte, fue develada por universitarios en el Campo dei Fiori en 1889. En la parte inferior tiene una inscripción que reza: “A Giordano Bruno; el siglo que él anticipó. En Roma, donde fue quemado en la pira”.
La barbarie de la Inquisición no es un hecho aislado en la historia. La intolerancia y la ausencia de argumentos siguen siendo el motivo para la violencia, tanto oficial como la de grupos que reclaman la “pureza” o la “verdad”, como si tal cosa existiera. Los bombardeos norteamericanos e israelitas, la explosión de bombas en Madrid o en Jerusalén de fanáticos nacionalistas y el atentado en Nueva York, no difieren mucho de los actos de Stalin, Milosevic y Hitler; los militares argentinos y, en su momento, los mexicanos, justificaron el asesinato en aras de la defensa de la nación, como inquisidores modernos bendecidos con la “razón”; la diferencia en el número de muertes no indica diferencia en la “moral” involucrada. Nada puede justificar las pugnas tribales de 1994 en Ruanda y Burundi, entre tutsis (batusis o watusis) y hutus, con la muerte de cientos de miles de civiles, ni la matanza de Acteal en Chiapas en 1998 o el crimen de la abogada Digna Ochoa en la Ciudad de México en 2001.
Todavía cuesta la vida disentir, saber demasiado, enfrentarse al sistema: todos tenemos derecho a vivir equivocados.
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Ramón Peralta y Fabi
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo →
Peralta y Fabi, Ramón. (2002). La vastedad del cosmos y el derecho a estar equivocado. Ciencias 66, abril-junio, 86-89. [En línea]
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