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Marco Antonio Martínez Negrete
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Los accidentes en los rea ctores de la planta nuclear de Fukushima son un nuevo recordatorio, dramático, de que la tecnología nuclear para generar electricidad es intrínsecamente insegura. El meollo de la cuestión radica en la necesidad de empaquetar el combustible nuclear en un volumen pequeño para que los neutrones responsables de la fisión del uranio o el plutonio no escapen y se pierdan las condiciones de criticalidad que mantienen la reacción en cadena. Se trata de una contradicción aparentemente irresoluble: alta concentración de combustible nuclear versus riesgo de explosiones. Desde los orígenes, en los reactores experimentales que trataron de domeñar tal contradicción, los accidentes iniciales mostraron que resolverla no iba a ser un problema de fácil solución, que cualquier intento de contención llevaba intrínsecamente la posibilidad de explosiones a corto, mediano o largo plazo.
En la historia de la tecnología se registran otras contradicciones que, sin embargo, han sido resueltas satisfactoriamente. Una de ellas, muy famosa, se presentó en los motores térmicos del siglo xviii en Inglaterra, cuando las operaciones contrarias de enfriamiento y calentamiento se efectuaban en el mismo objeto: el cilindro del motor térmico. El resultado era un funcionamiento de baja eficiencia, que Watt resolvió separando ambas operaciones mediante un artilugio llamado precisamente “el condensador separado”. La genialidad de Watt aumentó por un factor de tres la eficiencia del motor anterior de Newcomen, abriendo la posibilidad al diseño de motores de eficiencias aún mayores.
No obstante, en los reactores nucleares el combustible no se puede separar, pues de hacerlo se detendría la reacción en cadena y, por tanto, la generación de potencia; así que se tiene que convivir con una altísima potencia y un alto riesgo de explosiones. De hecho, la posibilidad de que éstas ocurran es tan cierta, que se pueden identificar múltiples oportunidades o cursos de acción de las partes de un reactor que conducen a ellas. Cuando estos cursos de acción catastrófica son evitables, no hay problema, es sólo una cuestión de costos para evadirlas; pero si se reconocen como factibles, entonces se puede asumir que los diseños son defectuosos y se recomienda no poner a operar los reactores con esos diseños. Aun con inversiones de alto costo para tratar de evitar un accidente, se reconoce que tanto a corto como a largo plazo, el peligro no se puede eliminar.
Cuando los reactores explotan de manera catastrófica, las consecuencias suelen ser enormes en términos humanos y ambientales, no sólo en el tiempo presente sino a largo plazo. Nada más por esto, la nucleoelectricidad no es una tecnología que sea compatible con los propósitos del desarrollo sustentable, pues la satisfacción de las necesidades de las futuras generaciones queda negativamente comprometida.
Afortunadamente, la humanidad cuenta con opciones energéticas como las provenientes del Sol de manera directa o indirecta, que son capaces de satisfacer las necesidades de las generaciones actuales, sin comprometer las de las generaciones futuras.
Diseños defectuosos
La gran mayoría de los reactores nucleares que operan en los países occidentales, diseñados o construidos por grandes compañías como Westinghouse o General Electric, generan electricidad a partir de la fisión o partición de los núcleos de átomos de uranio 235 o de plutonio 239 mediante neutrones que llegan de fisiones previas. Los núcleos más pequeños, radionúcleos, resultantes de la fisión del uranio o del plutonio terminan el proceso con grandes energías cinéticas, acompañados de más neutrones, que van luego a romper otros núcleos de uranio y plutonio, y así sucesivamente. Los radionúcleos y los núcleos de que provienen están encapsulados en pastillas de combustible que, debido a la gran energía que se libera por la fisión, se calientan muy rápidamente. Las pastillas, a su vez, están dentro de unas varillas de varios metros de longitud, hechas de una aleación de zirconio con aluminio, llamada zircaloy, las cuales se encuentran agrupadas en racimos, formando lo que se llama el núcleo del reactor, ubicado dentro de una vasija de hierro de varios centímetros de espesor. En los reactores diseñados por General Electric el núcleo del reactor es refrigerado por agua circulante, que llega a transformarse en vapor dentro de la vasija para salir luego por la parte superior, por una tubería, y dirigirse a una turbina de varios cientos de toneladas que, acoplada a un generador eléctrico, produce la electricidad para la que está destinada. El vapor es enfriado y recirculado hacia la parte inferior de la vasija, después de ser filtrado de impurezas radiactivas y, de este modo, se supone que el ciclo se repite.
Para impedir que los productos de la fisión escapen al ambiente, la vasija se encuentra rodeada de un contenedor de concreto de casi un metro de espesor, revestido internamente por una capa metálica, llamada contenedor primario, el cual se halla protegido por el contenedor secundario, de paredes más delgadas. En la base del contenedor primario se sitúa una alberca con la finalidad de condensar el vapor que pudiese escapar al romperse una de las tuberías ubicadas en el espacio entre la vasija y dicho contenedor primario (el llamado “accidente base de diseño”, considerado por los diseñadores como lo único grave que puede suceder). En los reactores 1 a 5 de Fukushima, la alberca tiene la forma de una dona, mientras que en el reactor 6 es una alberca normal. Los dos reactores de la planta nuclear de Laguna Verde son del tipo del reactor 6 de Fukushima. En ambos casos es muy semejante el principio de operación para la condensación del vapor escapado en el accidente “creíble” o base de diseño.
Al conjunto de estas barreras de contención de los materiales radiactivos se le llama “defensa en profundidad”, la cual no está concebida para hacer frente a las múltiples posibilidades de accidente, ni a la fundición del núcleo —a lo que asigna un valor de probabilidad de casi cero.
En realidad, a la defensa en profundidad se la puede ver, no como un vaso medio lleno, sino medio vacío, pues cada uno de sus elementos se convierte eventualmente en un magnificador de accidentes. Todo lo anterior, aunado a otros errores, convierte los diseños de General Electric en auténticas bombas de tiempo. Para empezar, el que el agua hierva dentro de la vasija impide que las barras de control (que absorben neutrones y se insertan entre las barras de combustible en caso de necesidad de parar la reacción) entren por arriba apoyadas por la gravedad, por lo que tienen que ser asistidas por la acción de generadores diesel, de modo que entran de abajo hacia arriba, en contra de la gravedad. Si por alguna razón fallan estos generadores, el núcleo del reactor puede fundirse o explotar, ya que entonces no hay mecanismo para detener las fisiones. Por otra parte, cada poco más de un año se tiene que cambiar unas decenas de toneladas de combustible usado, para lo cual se insertan las barras de control, se detiene la generación de vapor y se abre la tapa superior de la vasija y se extraen las barras inútiles; éstas se llevan a un lado del reactor, hacia una alberca que, por razones de costos y no de seguridad, se sitúa no lejos, dentro del mismo edificio.
Sin embargo, los combustibles usados siguen generando calor, pues los radionúcleos, al seguir decayendo en otros, liberan energía que tiene que ser controlada, lo cual se consigue colocándolos en una alberca, que tiene que ser refrigerada continuamente durante varios años. Si el agua se pierde por cualquier causa, los combustibles pueden fundirse y emitir su contenido radiactivo al ambiente, eventualmente pueden causar criticalidad y hasta explotar nuclearmente, e incluso los combustibles calientes pueden producir explosiones de hidrógeno, originado por la interacción del zircaloy con las moléculas de agua circundantes. Es decir, no sólo el reactor puede sufrir explosiones, sino también éstas pueden ocurrir a causa del combustible usado en las albercas de desechos.
En teoría, pueden presentarse varias explosiones en los reactores por mecanismos previstos desde los primeros diseños que General Electric propuso. Se trata, pues, de diseños defectuosos. Las explosiones de hidrógeno se pueden generar cuando, al fallar los sistemas de refrigeración del núcleo del reactor, los elementos combustibles se calientan y, cerca de mil grados Celsius, el zircaloy separa de las moléculas de agua grandes cantidades de hidrógeno, un elemento que, a partir de cierta temperatura y concentración, explota al contacto con el aire. Es claro que, mientras más pequeños sean los contenedores, más pronto se alcanza la concentración crítica de una explosión. Ahora bien, la alberca que suprime la presión se introdujo para disminuir el volumen del contenedor primario y del secundario, y así bajar los costos de construcción. El efecto es obviamente una disminución en la seguridad global de la planta nuclear.
Por otra parte, desde que se concibió el mecanismo de condensación del vapor escapado en el accidente máximo “creíble”, se juzgó que era un mecanismo que podía fallar. Y no sólo eso, sino que en el caso de una fundición del núcleo del reactor, el agua de las albercas podría dar origen a explosiones de vapor, que afectarían la integridad de los contenedores, tanto o más que las posibles explosiones de hidrógeno.
Una tercera posibilidad de explosiones se presenta cuando el núcleo fundido del reactor penetra hacia la parte inferior de la vasija, la funde, prosigue su camino hacia la alberca situada debajo y continúa hasta el piso del contenedor primario. La interacción del núcleo fundido con el concreto del basamento del contenedor primario generaría enormes cantidades de gases de distintos tipos, entre ellos dióxido de carbono que, al acumularse sin límite, elevaría la presión, haciendo estallar el contenedor.
Así pues, en los reactores de agua en ebullición (bwr, por sus siglas en inglés) es posible que ocurran explosiones por tres tipos de gases: hidrógeno, vapor de agua y (entre otros) dióxido de carbono. Además, en las albercas de los desechos de combustible usado, al menos las explosiones de hidrógeno y vapor de agua también se pueden presentar.
Algunos de estos riesgos se trataron de enfrentar mediante una modificación en el diseño para que inyectara un gas inerte, como el nitrógeno, a fin de neutralizar la acción del hidrógeno, o bien, agregando un sistema de ventilación del hidrógeno hacia el exterior del reactor. Pero estos sistemas están necesariamente asistidos por otros que funcionan con electricidad, de modo que se llega al meollo de otra cuestión básica: ¿y si falta la corriente? Ah, pues entonces hay que pensar en generadores diesel de emergencia, y si estos a su vez fallan, entonces hay que contar con baterías de repuesto. El resultado es una complejidad técnica creciente y la total indefensión ante ella en caso de un “apagón”, que puede tener múltiples causas: terremotos, tsunamis, huracanes, etcétera.
Desde 1971, las instancias encargadas de lo nuclear del gobierno norteamericano cuentan con registros oficiales escritos que consignan que el sistema que suprime la presión es defectuoso, tanto en los diseños de General Electric como en los de Westinghouse. Se trata de información deliberadamente ocultada a la opinión pública, obtenida posteriormente por los ambientalistas al invocar el decreto de libertad de información de ese país. En un memorando del 30 de noviembre de 1971 intitulado “Problemas de la desviación de vapor en los contenedores de supresión de presión de reactores de agua hirviente (bwr)”, un grupo especial de revisión identifica las fallas del sistema debido a mecanismos que desviarían el vapor responsable de la sobrepresión hacia otros lugares y no a la alberca, de modo que el mecanismo no sería efectivo. En él se puede leer que: “General Electric no quiere que ni el acrs (siglas en inglés del Comité Asesor de Salvaguardias en Reactores de la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos) ni nosotros (los miembros del grupo especial de revisión) mencionemos el problema públicamente. Temen que se retrasen las audiencias que ya se están llevando a cabo”. En ese año se contaban por decenas las plantas nucleares que estaban en construcción así como las solicitudes de permiso para construcción. Por esto, tanto General Electric como los técnicos del gobierno decidieron ocultar la información sobre lo defectuoso de los diseños.
Más tarde, el 20 de septiembre de 1972, un técnico de la Comisión de Energía Atómica insiste en otro memorando sobre los contenedores de supresión de la presión: “aunque esos contenedores también ofrecen algunas ventajas de seguridad, creo que en la balanza sus desventajas predominan […] Recomendé a la Comisión de Energía Atómica que adoptara la política de desalentar en lo sucesivo el uso de contenedores de supresión de la presión y que tales diseños no fuesen aceptados en el caso de los permisos de construcción solicitados”. Asimismo, en la “Discusión” se lee: “puesto que lo que se busca al suprimir la presión es permitir el uso de un contenedor de menor tamaño diseñado con una capacidad de resistencia a la presión menor que la necesaria sin el mecanismo que suprime la supresión de presión, al no ser suficiente la resistencia a ésta, se provocaría una sobrepresión del contenedor que está diseñado de tal manera”.
Más adelante, en referencia al riesgo de explosiones de hidrógeno, el técnico expresa: “debido a que los contenedores de supresión de presión son más pequeños que los contenedores ‘secos’ convencionales, el mismo volumen de hidrógeno formado en el supuesto caso de un accidente constituiría un mayor volumen o porcentaje de peso de la atmósfera de esos contenedores [es decir, la densidad alcanzada sería mayor] Consecuentemente, la generación de hidrógeno tiende a ser un problema más grave en los contenedores que suprimen la presión”. Para disminuir este riesgo del hidrógeno, al sistema se le adicionó un mecanismo de inyección de nitrógeno; pero en total, el conglomerado de aditamentos sólo agregó posibilidades de otras fallas que no aumentaron la seguridad, pero sí los costos que se trataban de evitar. Por eso, concluye el técnico: “cuando se toman en cuenta los costos, no resulta evidente en modo alguno que los contenedores que suprimen la presión sean, en general, significativamente más baratos que los contenedores secos”.
En este momento quizá venga a la mente del lector los videos con las explosiones de los reactores de Fukushima, corroborando los juicios de los técnicos que previeron la catástrofe, algo que bien podrían ser, parafraseando la novela de García Márquez Crónica de una muerte anunciada, la “crónica de un accidente anunciado”.
Sin embargo, casi una semana después del memorando anterior, el 25 de septiembre de 1972, el alto funcionario de la Comisión de Energía Atómica, Joseph M. Hendrie, zanja la cuestión en una nota dirigida a John F. O’Leary, otro funcionario nuclear de alto rango: “respecto de la idea de Steve de prohibir los sistemas de contenedores que suprimen la presión, es atractiva en algunos sentidos. Los contenedores secos tienen la importante ventaja de la gran simplicidad para hacer frente a un escape primario y, por ello, están libres de los peligros de fuga por desviación […] Sin embargo, los conceptos acerca de los contenedores que suprimen la presión gozan de una (gran) aceptación por parte de todos los que trabajan en el campo nuclear, incluidos los miembros del Departamento de Reglamentación de la acrs, firmemente implantada en el sentido común convencional […] Dar marcha atrás en esta sagrada política, particularmente en este momento, bien podría significar el fin de la energía nuclear (subrayado nuestro). Pondría en tela de juicio la continuación de la operación de las plantas autorizadas, haría imposible la autorización de las plantas de condensador de hielo de General Electric y de Westinghouse que están en revisión ahora y, en general, crearía un alboroto tan grande que ni siquiera me atrevo a pensar en ello”.
Así que, por no hacer el alboroto y por no impedir la venta de reactores defectuosos entonces, en perjuicio de General Electric y Westinghouse pero en beneficio de la gente, esos altos funcionarios se sometieron a la presión de las compañías y jugaron con el riesgo para la población.
Más tarde, en 1974, la propia General Electric realizó un estudio detallado sobre la seguridad de los reactores que estaba vendiendo con el fin de enfrentar las nuevas reglamentaciones impuestas por el gobierno que implicaban costos crecientes. La conclusión de dicho estudio, conducido por Charles Reed, ingeniero de la compañía, fue que ésta no siguiera vendiendo reactores con los diseños defectuosos, porque “no eran un producto de calidad”. Dicha información fue suprimida, de modo que General Electric no la comunicó ni a la Comisión Reglamentadora Nuclear del gobierno, ni a los posibles compradores. Pero la información salió a la luz pública en 1987, durante el juicio que General Electric enfrentó a las empresas eléctricas compradoras de los reactores de las plantas de Zimmer y Perry, las cuales querían que la compañía pagara los costos que implicaba “remendar” las fallas de los diseños defectuosos exigidos por el gobierno.
Es irónico que en 1987, cuando esta información fue expuesta a la opinión pública mexicana, los voceros pronucleares mexicanos respondieran en la prensa que los reactores de Laguna Verde no eran peligrosos ni obsoletos, porque precisamente los japoneses habían seleccionado tal tipo de reactores. Japón era el país de la alta tecnología, por antonomasia. Dado que los reactores de Fukushima fueron construidos en la década de los setentas, es posible que la compañía japonesa tepco (operadora de los reactores) no se percatara de que compraba diseños que General Electric sabía que eran defectuosos.
Ocho años después de los memorandos internos de la Comisión de Energía sobre lo defectuoso de esos diseños ocurre una explosión de hidrógeno en un reactor de la planta nuclear de La Isla de Tres Millas, y cuarenta años después explotan los contenedores de cuatro reactores de la planta nuclear de Fukushima por el hidrógeno producido en los reactores y en las albercas de desechos, así como posiblemente por las otras causas antes descritas. Para algunos, el accidente nuclear de la Isla de Tres Millas significó el fin de la energía nuclear en Estados Unidos; los accidentes de Fukushima bien pueden significar el fin de la energía nuclear en el mundo. Por tanto, el aplazamiento de la decisión de no permitir la difusión de los reactores diseñados con el dispositivo que suprime la presión quizá sólo signifique el retraso del fin de la energía nuclear, pero se sacrificó a la población norteamericana y japonesa afectada por esos accidentes previstos.
Es relevante mencionar que el reactor de Chernobil, accidentado quince años después de los memorandos antes citados a causa de una explosión de hidrógeno, entre otras cosas, disponía también de una alberca para suprimir la presión, aunque no tenía contenedor primario como los de General Electric o Westinghouse. Pero más importante aún para los mexicanos es el hecho de que los reactores que hay en la planta nuclear de Laguna Verde son del tipo de los reactores de Fukushima, diseñados también por General Electric, y que toneladas de desechos de combustible usado se siguen acumulando en las albercas situadas en el mismo edificio de los reactores, además de que hay la intención de construir más reactores en el mismo sitio de la planta actual, y que puede haber “apagones” por ser zona de huracanes. ¿La crónica de qué se está anunciando?
Las fuentes renovables de energía
Para justificarse, la industria nuclear presenta como dilema energético actual la necesidad de escoger entre los combustibles nucleares y los combustibles fósiles con el fin de eliminar la emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero. La falacia de tal dilema radica, por un lado, en que los gases producidos por la quema de combustibles fósiles para generar electricidad representan menos de la cuarta parte de todas las emisiones de gases de efecto invernadero (de las cuales 77% están compuestas de co2), y el resto de las emisiones proviene de uso del carbón e hidrocarburos en el transporte, la industria y otros sectores, además de por el cambio en el uso del suelo y otros factores. Y por el otro, si se toman en cuenta todas las actividades del llamado “ciclo nuclear”, que comprende desde la minería hasta su “quemado” en los reactores, sin considerar el almacenamiento de los combustibles nucleares usados (para lo que todavía no hay solución viable), resulta que la nucleoelectricidad emite gases de efecto invernadero comparables a los de las gasoeléctricas de ciclo combinado, esto es, aproximadamente 66 gramos de dióxido de carbono equivalentes por cada kilowatthora de energía eléctrica generada (gco2 eq./ kwh), un valor que, efectivamente, está muy por debajo de los 960 que emite una carboeléctrica, y de los 443 de una termoeléctrica de gas natural, pero que no es de 0 gco2 eq./ kwh como lo afirman con frecuencia los voceros de la industria nuclear.
Además, si fuera posible financiera y técnicamente, y hubiera reservas de uranio suficientes (tres factores que no existen) para sustituir todas las termoeléctricas por plantas nucleares, los gases de efecto invernadero sólo disminuirían en menos de una cuarta parte, pero las consecuencias serían catastróficas, pues habría la posibilidad de accidentes nucleares de la gravedad de Chernobil y Fukushima cada tres o cuatro años.
La buena noticia en cuanto a este dilema es que la tasa de crecimiento en potencia instalada de las fuentes renovables de electricidad en los últimos años han sido y siguen siendo muy superiores a la de la instalación de plantas nucleares —por ejemplo, la capacidad instalada de aerogeneradores aumentó de 59 giga watts (1 gw es igual a 1 000 megawatts de potencia, lo cual corresponde casi a la potencia nominal sumada de los dos reactores de Laguna Verde, que es de 1.3 gw) que tenía en 2005, a 95 gw en 2007, lo que significó un incremento de 61%; mientras que la capacidad nuclear se mantuvo en un crecimiento de prácticamente 0%. Así, el año pasado, en el mundo se habían instalado 193 gw en aerogeneradores (una tasa de 227% de aumento en el periodo que va de 2005 a 2010), 65 gw en biomasa y plantas procesadoras de desperdicios, 43 gw en energía solar térmica y 80 gw en hidroeléctricas pequeñas, lo que da un total de 381 gw; en contraste, la capacidad total de las nucleoeléctricas fue de 375 gw. Si se agrega a las fuentes renovables la potencia instalada de las grandes hidroeléctricas, 770 gw (dato de 2005), se tendría un total superior a 1 151 gw de capacidad de generación eléctrica renovable.
Sin embargo, el verdadero dilema para los propósitos de una atmósfera más limpia y el desarrollo sustentable es entre las fuentes no renovables de generación eléctrica (combustibles fósiles y nucleares) y las fuentes renovables (las provenientes del Sol de manera directa e indirecta). En este sentido, la mala noticia es que aún falta mucho para que la generación de electricidad por medio de fuentes renovables alcance la potencia actualmente instalada en las termoeléctricas a carbón e hidrocarburos, que es de aproximadamente 4 300 gw.
El problema, además, no es simplemente el de la sustitución de las fuentes renovables de energía por las fuentes no renovables, sino el de un cambio de paradigma en la utilización de los recursos en general y de la energía en particular. No es posible sustentar una población creciente bajo el paradigma actual de un uso centralizado de los energéticos, sean renovables o no, ya que la llamada huella ecológica de la humanidad rebasa hoy día la superficie del planeta. Es imprescindible acelerar la transición a otra forma de civilización, en donde las sociedades dependan para su supervivencia de la utilización de recursos (incluidos los energéticos) limpios y descentralizados. En este sentido, la generación de electricidad mediante renovables descentralizados nos lleva por el camino correcto, mientras la construcción de más plantas nucleares (al igual que la construcción de grandes hidroeléctricas) nos aleja de él.
Por las razones anteriores, la recomendación para las instancias que toman las decisiones energéticas en México no puede ser otra que el cierre de la planta nuclear de Laguna Verde, el abandono de todo intento de instalar más plantas nucleares en nuestro país y la adopción de una estrategia agresiva en pro de las fuentes renovables de generación eléctrica y el uso eficiente de la energía y, en general, de los recursos de toda índole.
Finalmente, como las decisiones sobre los energéticos tienen indudablemente que ver con el bienestar de los habitantes del país y su ambiente, en el presente y para el futuro, tendrían que discutirse ampliamente para después poder tomar una decisión colectiva, como se ha hecho en muchos países.
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Referencias bibliográficas
Delgado Ramos, G. C. 2009. Sin energía. Cambio de paradigma, retos y resistencias. Plaza y Valdés, México.
Frische, U. R. 2006. Comparison of Greenhouse-Gas Emissions and Abatement Cost of Nuclear and Alternative Energy Options from a Life-Cycle Perspective. ÖkoInstitute V. Freiburg.
Lincoln, S. F. 2006. Challenged Earth. Imperial College Press, Londres.
Martínez Negrete, M. A. 2009. “Energía nuclear para el cambio climático: ¿es efectiva y sin riesgo?”, en La energía en México, Saxe-Fernández, J. (coord.). unam, México.
Schneider, M., A. Froggatt y S. Thomas. 2011. Nuclear Power in a Post-Fukushima World. The World Nuclear Industry Status Report 2010-2011. Worldwatch Institute, Washington.
Sovacool, B. 2008. “Valuing the greenhouse gas emissions from nuclear power: A critical survey”, en Energy Policy, núm. 36, pp. 2940-2953.
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Marco Antonio Martínez Negrete
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es Doctor en Física y profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias de la unam.
como citar este artículo → Martínez Negrete, Marco Antonio. (2011). Los accidentes nucleares de Fukushima: lecciones y advertencias para México. Ciencias 103, julio-septiembre, 16-25. [En línea] |
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Miguel Fernando Salazar Morales y María del Sagrado Corazón Cea Bonilla
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Todos hemos escuchado alguna vez acerca de fenómenos extraños que ocurren en muchas partes, los cuales son conservados por medio de la tradición oral y escrita. El mito es, precisamente, un relato acerca de acontecimientos prodigiosos protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios. La literatura médica no se encuentra exenta de este tipo de narraciones, y en ella podemos encontrar reportes de casos en los que se describen cuadros clínicos poco comunes que resultan difíciles de explicar, incluso para la ciencia actual. Así, desde hace siglos existen descripciones que evocan la figura del hombre lobo, el vampiro y la bruja, que hasta hoy día empiezan a cobrar “sentido” si se considera que son compatibles con la sintomatología de ciertas enfermedades.
Resulta interesante entonces revisar, de manera general y sucinta, el origen del mito de dichos seres desde una perspectiva médica e histórica. Es muy posible que su fundamento se encuentre en enfermedades pobremente entendidas en su tiempo, frente a las cuales sus contemporáneos no tenían otra alternativa que optar por una explicación de tipo sobrenatural. Si bien es cierto que en la actualidad tampoco se comprenden en su totalidad muchos de estos trastornos, al menos existe un cuerpo teórico que los respalda en forma mucho más racional y que dispersa la atmósfera de misticismo que los ha envuelto a lo largo del tiempo. Lo desconocido causa temor, sin embargo, si la curiosidad lo examina a la luz de la razón puede convertirse en un miedo infundado que termine cobijado bajo el techo de la comprensión humana.
Los licántropos
El zoomorfismo es la creencia en la capacidad de metamorfosis humana para adquirir una forma animal, la cual, por lo general, representa el foco de los temores idiosincráticos de una región. Se trata de una figuración hondamente ubicua y arcaica: el zorro en Japón, así como el tigre, la hiena y el cocodrilo en Indochina son algunos ejemplos, y en México el equivalente sería el tan temido nahual. En el Viejo Mundo, desde la época clásica, el lobo es la bestia que con su aullido causa horror a los habitantes de esas tierras: ciudades míticas como Lycoria, dioses como Zeus Lycaeus, leyendas como la de Lycaon, rey de Arcadia, o la de Rómulo y Remo, inclusive los poemas de Virgilio son fiel prueba de lo estipulado. El vocablo proviene del griego lucos (lobo) y antropos (hombre); tal pareciera que las lenguas romances heredaron con gratitud dicha etimología: loupgarou en francés y lupomanaro en italiano. Por otra parte, wer es el anglosajón empleado para hombre, pudiéndose formar así palabras como werewolf en inglés, de manera similar a volkulaku en ruso.
Aunque en un sentido estricto la licantropía se refiere a la ilusión que experimenta una persona de transformarse en lobo, en realidad es un término que también se emplea para cualquier delirio de metamorfosis animal. Suele acompañarse de licomanía (delirio y comportamiento lupinos) y licosomatización (fascies lupinas e hipertricosis generalizada). Lo anterior conduce a pensar en un posible origen psiquiátrico de la enfermedad. Esquizofrenia, depresión, manía y personalidad fronteriza son de los trastornos con los que más se le relaciona. Además, psicodinámicamente puede entenderse como una proyección de sentimientos suprimidos, especialmente de aquellos con un contenido culposo, agresivo o de índole sexual hacia la figura animal. Tampoco es de extrañar que, al igual que el vampirismo, se le relacione con ciertas prácticas canibales y necrófilas. Retomando a los clásicos grecolatinos, se rumoraba sobre la existencia de “la abominación de Lycaon”, un ritual en el cual, precisamente, se ingerían carne y vísceras humanas.
A pesar de haber sido descrita por Herodoto en el siglo v a.c., una de las primeras personas en intentar dar una explicación médica de esta afección fue Pablo de Egina en el siglo vii d.c., cuando propuso que se trataba de un desorden mental al que denominó “licantropía melancólica”. Sin embargo, existen registros mucho más remotos en el Antiguo Testamento; conviene recordar que en el libro de Daniel se hace referencia al caso del rey Nabucodonosor, de quien se dice entró en un estado de delirio lupino tras experimentar un episodio depresivo.
Sin embargo, la licantropía no se explica solamente por trastornos psiquiátricos, pues existen otras dos entidades que hacen alusión al mito del hombre lobo. La primera de ellas incluso debe su nombre al hecho de que la morfología de sus lesiones recuerda las mordidas de un lobo hambriento: el lupus eritematoso sistémico, una enfermedad autoinmune. Se atribuye a Hipócrates la primera descripción de una ulceración cutánea, quien la llamó “herpes estiomenos” (significa algo así como dermatosis roída o en mordiscos). El vocablo lupus no fue usado sino hasta el año 1230, cuando Rogerius Frugardi describió las erosiones faciales características de la enfermedad. La designación de “lupus eritematoso sistémico”, propiamente dicho, fue acuñada hasta finales del siglo xix por Sir William Osler, quien para entonces ya hacía referencia a afecciones de tipo cardiaco, pulmonar y renal en los pacientes con dicha enfermedad. Es así como el simple hecho de que las lesiones fueran aparentada a las mordidas de un animal hizo pensar que se trataba de heridas autoinflingidas por un individuo después de haber adquirido la morfología bestial.
La otra entidad de la cual pudo haber derivado el mito de la licantropía es un conjunto de enfermedades conocido como “porfirias”, que se deben a anomalías enzimáticas en la ruta de síntesis del grupo hemo, y que se caracterizan, entre otras cosas, por provocar fotosensibilidad. Es la razón por la cual, a modo de protección, en algunas ocasiones se presenta una marcada hipertricosis, el crecimiento del vello corporal en zonas no dependientes de andrógenos, en las partes del cuerpo que no están cubiertas por prendas de vestir. Esta última característica, aunada a las manifestaciones neurológicas y psiquiátricas que presentan algunas variantes de porfirias, bien pudieron aparentar el arquetipo del licántropo en algún desdichado. Empero, cabe pensar en la posibilidad de que el mismo individuo también hubiese podido ser confundido con un “nosferatu”. No por nada hay quién cree que hombres lobo y vampiros descienden de un ancestro común.
Los hematófagos
Las historias de vampiros se originaron en el Lejano Oriente, sin embargo, con el pasar del tiempo fueron difundidas por los mongoles hacia el Mediterráneo y Europa Oriental a lo largo de la ruta de la seda. Allí se mezclaron con las creencias populares generadas a partir del sadismo de algunos señores feudales (como Vlad Tepes y Elizabeth Bathory) y las características de algunas enfermedades comunes en la región de aquel entonces: anemia, tuberculosis, rabia y pelagra por mencionar algunas. Las primeras dos confieren al individuo afectado un aspecto pálido y emaciado (el arquetipo clásico del vampiro), en tanto que las últimas dos presentan particularidades que moldean con mayor precisión la figura del vampiro. La pelagra (también conocida como enfermedad de las cuatro des: dermatitis, demencia, diarrea, defunción) se debe a la deficiencia en niacina, una vitamina del complejo b, o de su precursor el aminoácido triptófano, lo cual provoca la atrofia de los epitelios, tanto de la piel como del tracto digestivo, así como una degeneración neuronal. Lo anterior explica la existencia de dermatitis, que suele empeorar con la exposición a la luz solar, además de la demencia, insomnio y disfagia, propios del cuadro clínico. El daño en la mucosa oral se manifiesta como sangrado, aumento en el volumen y eritema de las encías, que termina por dar la impresión de poseer dientes desproporcionados o colmillos. Por otra parte, la rabia (una infección viral del encéfalo) ocasiona en una de sus fases una gran excitabilidad del sistema nervioso central, de tal manera que el menor estímulo resulta doloroso. Por esta razón se podían desencadenar contracciones musculares intensas al ingerir ajo y agua —esto último se designa como hidrofobia. Incluso el observar la imagen propia reflejada en un espejo puede resultar pavoroso. Además, el hecho de que se trate de una enfermedad que se transmite por medio de la mordida de un mamífero infectado, como los cánidos, bien pudo alimentar esta conexión que algunas personas han querido establecer con los licántropos.
Sin embargo, no se puede pasar por alto otra entidad que, aunque no tan frecuente como las anteriores en su tiempo, fundamenta magistralmente varias de las características vampíricas: el ya mencionado grupo de enfermedades conocidas como porfirias, que provoca sensibilidad luminosa, desfiguraciones en cuerpo y rostro, alteraciones dentales y cambios en el color de la orina. De acuerdo con su significado etimológico, porfura quiere decir “púrpura”, muy probablemente debido al halo facial heliótropo rojopurpúreo presente en algunos de los individuos afectados, aunque también podría hacer referencia al polvo fino que produce la descamación de la piel dañada. El conocimiento de estas enfermedades ha avanzado bastante desde los primeros estudios de Günther en 1912; en ellas, los metabolitos tetrapirrólicos (moléculas construidas con cuatro anillos de pirrol, un heterociclo aromático de fórmula c4h5n) se acumulan debido a deficiencias en la dotación o la actividad que puede ocurrir en siete de las ocho enzimas involucradas en la síntesis del protohemo ix (grupo hemo). Estos desórdenes se clasifican como hepáticos o eritropoyéticos, dependiendo del sitio primario de sobreproducción y acumulación de las porfirinas. Las manifestaciones principales de las porfirias hepáticas son neurológicas (incluyendo dolor abdominal neuropático, parestesias y alteraciones mentales, sintomatología conocida también como triada de Günther), mientras que las porfirias eritropoyéticas se relacionan característicamente con la fotosensibilidad. La razón de la existencia de un cuadro neurológico es desconocida; sin embargo, la intolerancia a la luz solar se explica por la excitación que ésta ocasiona (especialmente las fracciones a y b de la luz ultravioleta) en el exceso de porfirinas, lo cual conduce a la transferencia de energía hacia el oxígeno molecular con producción de especies reactivas del mismo y a un consecutivo daño celular, que se manifiesta macroscópicamente como cicatrización desfigurante, pérdida de algunos apéndices distales de las extremidades (por ejemplo los dedos), así como de partes del rostro —la nariz, los párpados y los pabellones auriculares.
Un importante personaje histórico que merece ser nombrado es el austriaco Gerard von Sweiten (17001772), quien fue médico de cabecera de la emperatriz María Teresa y director de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. Su importancia radica en haber sido uno de los primeros científicos en oponerse a las supersticiones sobre los vampiros. En su Discurso sobre la existencia de los fantasmas (Abhandlung des Daseyns der Gespenster), Sweiten expone argumentos racionales en contra de este mito. Menciona, por ejemplo, que la falta de oxígeno en algunas tumbas evitaba el proceso de fermentación en los cuerpos y que ésta era la causa de que al exhumar algunos cadáveres no se apreciara una descomposición. Como consecuencia de este reporte, la emperatriz María Teresa emitió un comunicado que dictaminaba la prohibición de prácticas como el empalamiento, la decapitación y la cremación de los difuntos.
Hay que mencionar también la existencia de una condición conocida como vampirismo clínico o síndrome de Renfield, el cual es un trastorno psiquiátrico cuya característica principal es la obsesión por la ingesta de sangre (hematofagia). El epónimo fue acuñado en alusión a Renfield, el asistente de Drácula en la novela de Bram Stoker.
Existen por supuesto muchas otras explicaciones acerca del vampirismo: rabia transmitida por murciélagos, cadáveres hallados retorcidos debido a un diagnóstico erróneo de defunción, necrofilia, sadismo, canibalismo, el crecimiento continuo de uñas y cabellos aun después de morir e inclusive anomalías psicodinámicas (complejo de Edipo, experiencia del objeto perdido, tendencias orales, etcétera). Sin embargo, la bioquímica de los vampiros persiste como una de las explicaciones más atractivas en cuanto a su supuesta existencia.
Las brujas
Se conoce con el nombre de brujería un tipo especial de herejía que implica dos condiciones: 1) haber establecido un pacto con el demonio; y 2) realizar actos en perjuicio de terceras personas, denominados maleficios. En Occidente, las brujas eran cristianas que pactaban con Lucifer, dotadas de poderes mágicos por su fidelidad al mismo. Así, magia y esoterismo son conditio sine qua non para toda aquella de quien se diga es bruja.
La medicina es una disciplina que en sus inicios recurrió a explicaciones del tipo mágicoreligioso para comprender conceptos tan intangibles como la enfermedad. Una hipótesis mágica sobre la patogénesis de la enfermedad requiere a su vez un diagnóstico y un tratamiento también mágicos. No es de extrañar, por lo tanto, que las galenas de hace algunos siglos hayan sido consideradas como brujas.
Tal pareciera que, si bien la mujer es motivo de inspiración y devoción para el varón, al mismo tiempo es víctima de discriminación y rivalidad por parte del mismo. La labor de curar ha residido desde siempre en la naturaleza femenina: engendrar vida y cuidar de ella. Es de esperar que la mujer se incline hacia las artes curativas y que, en un principio, adoptara roles como el de yerbera, partera, enfermera o simplemente médico sin título. El monopolio masculino de la medicina las excluía del entrenamiento profesional impartido en las universidades debido a la errónea idea de su inferioridad intelectual. Por esta razón no podían aspirar más que a alguno de los humildes títulos ya mencionados.
Durante los últimos cuatro siglos de la Edad Media, especialmente en el xiv y xv, las mujeres dedicadas al ejercicio de la medicina fueron perseguidas bajo el cargo de brujería, una cacería vagamente justificada por los modelos tanto de práctica como de curación, generalmente esotéricos, y que más parecía pretender conservar la hegemonía masculina de la profesión. Muchas de estas mujeres negaban rotundamente cualquier conexión diabólica y la aplicación de conjuros en sus terapias; sin embargo, es bien conocida la crueldad de los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición, de tal modo que eran prácticamente obligadas a hacer una confesión falsa. Incluso si se optaba por el suicidio, éste era interpretado como una admisión de culpabilidad.
Uno de los principales blancos de acusación de brujería del antiguo gremio médico femenino eran las parteras, muy probablemente debido a que todo problema ginecobstétrico daba pauta a una atribución maléfica. Así, la falta de leche materna, la fiebre puerperal, los abortos, los óbitos o el nacimiento de un producto con malformaciones eran adjudicados a la partera en cuestión y considerados como una prueba irrefutable de su contrato satánico. ¿Era en verdad justificada dicha acusación en contra de alguien en quien recaía la responsabilidad de proteger la salud, tanto de la madre como del producto, en una época de alta morbimortalidad perinatal?
A estas mujeres se les conoce como brujas blancas, aquellas que sufrieron persecución, excomulgación, exilio e inclusive una sentencia de muerte, únicamente por ser médicos con mayor destreza y sagacidad que su contraparte masculina. Las llamadas brujas negras, en cambio, son un caso aún más sórdido, tapizado por trastornos psiquiátricos, ya que ambos bandos, tanto acusados como acusadores, mantenían una interacción psicológica en la que los segundos ponían en duda a las primeras al señalarlas como sospechosas de hacer algo considerado inapropiado. Como es de esperarse, las personas paranoides tenían una enorme predisposición a desarrollar sospechas de ser víctimas de brujería, de lo cual las autoridades eclesiásticas solían ser informadas con prontitud, así que debían evitarse expresiones como “vete al demonio” o “me lleva el diablo”, de otra manera podían verse envueltas en acusaciones comprometedoras.
Muchas veces, el haber tenido una pesadilla de contenido erótico se mantenía en secreto, dada la creencia de que durante la noche los demonios salían a copular con las damas. Asimismo, la conducta autopunitiva, bajo ciertas circunstancias, bien pudo haber llevado a alguna mujer a hacer una declaración de ser bruja. Los episodios depresivos se caracterizan por sentimientos de culpabilidad ante pecados reales o imaginarios; no era difícil en esos casos blasfemar, negar a dios o decirse poseída por el demonio. Por otra parte, la esquizofrenia, con sus alucinaciones, pensamientos intrusivos, conversaciones bizarras y la indiferencia ante estímulos álgicos o térmicos pudo haberse atribuido a un pacto con el diablo. Sobra decir que la epilepsia o “enfermedad sagrada” era considerada el equivalente a una posesión demoniaca. Las carencias nutricionales de algunas ancianas pudieron haber tenido cierta relevancia al manifestarse como avitaminosis con daño neurológico —beriberi seco por deficiencia de vitamina b1 o tiamina, pelagra, anemia perniciosa por un déficit de vitamina b12 o de ácido fólico, síndrome de Wernicke-Korsakoff por carencia de tiamina y que consiste en la triada de oftalmoplejia, nistagmus y ataxia de la marcha aunada a psicosis con amnesia retrógrada, entre otras. De ahí que el arquetipo clásico de bruja que se tiene en la actualidad sea el de una anciana demente y emaciada, aunque en esto también influyó el que la Iglesia considerara la figura de una joven hermosa y seductora como algo demasiado tentador.
Es indiscutible el hecho de que toda bruja es docta en la preparación de brebajes o pociones. De hecho, la palabra poción bien podría considerarse un galicismo derivado de la palabra poison (veneno en francés), la cual a su vez pudo derivarse del homónimo anglosajón poison. Se trata de mezclas hechas con objetos pútridos y sustancias desagradables que, no en pocas ocasiones, contenían algo de farmacología empírica. Belladona, digital, aconita y alcaloides eran algunos de los ingredientes responsables de las sensaciones de flotar y volar que experimentaban sus consumidoras. Quizá la alucinación más bizarra era el Sabbat, una ceremonia en la cual las brujas se reunían para adorar, bailar, comer y copular con el demonio (algo así como una noche satánica de lujuria desenfrenada).
Por último, vale la pena mencionar algunos artificios periciales empleados en Inglaterra durante la averiguación de los casos de brujería, ya que en este lugar no se echaba mano de la tortura de manera oficial. Mediante la fatiga y privación sensorial, obtenidas al mantener a la víctima en un lugar obscuro sin permitirle dormir durante varios días, se les provocaba un estado de delirium, logrando hacerlas creer en su culpabilidad y admitirla. Adicionalmente, la falsa idea sobre la cópula con el demonio los obligaba a efectuar una exploración física intencional con el objetivo de encontrar cicatrices o pezones accesorios (considerados respectivamente como arañazos y chupetones del diablo). Se sabe que también pretendían hallar zonas de anestesia o que no sangraran al herirlas. Empero, la prueba diagnóstica de brujería con mayor sensibilidad y especificidad, así como de mejor probabilidad condicional postprueba (es decir, con valores predictivos positivo y negativo), y cuyo empleo demuestra su capacidad indiscutible como peritos, es aquella que radica en el principio de Arquímedes (donde el empuje es igual al peso específico por volumen, e = pev): si la víctima flotaba, luego era culpable.
Un comentario final
Al estudiar un fenómeno que se presenta en un lugar y tiempo determinados es de suma importancia considerar el contexto histórico y cultural en el que acontece. El estudio de una enfermedad es una situación muy parecida, ya que todo lo anterior condiciona el modo en que es concebida por parte de la sociedad. De esta manera, la inmadurez del bagaje científico de hace algunos siglos, indefectiblemente obligó a buscar explicaciones que sustituyeran aquellos vacíos en el conocimiento y que, por supuesto, fueran compatibles con el sentido común de aquél entonces. No es de extrañar que la gente en otra época haya mitificado seres a los cuales la magia y la religión daban cierta explicación congruente para su tiempo. Si bien ahora existe una ciencia médica que explica las enfermedades con base en alteraciones bioquímicas y fisiológicas del organismo humano, sigue siendo un conjunto incompleto de conocimientos, dado que persisten vacíos de información. Quizá en el futuro exista una explicación que complemente o inclusive rechace la tesis actual.
Siempre se nos ha enseñado que el estudio de la historia tiene por objetivo aprender de los errores del pasado y saber de dónde se procede para plantear hacia donde se quiere ir. Quizá esa sea la mejor justificación para reflexionar un poco sobre el mito antiguo, la teoría actual y el paradigma futuro.
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Miguel Fernando Salazar Morales
Facultad de Medicina,
Universidad Nacional Autónoma de México.
María Alicia del Sagrado Corazón Cea Bonilla
Facultad de Medicina,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es química farmacéutica bióloga y Maestra en Ciencias Químicas por la Facultad de Química de la unam.
Es profesora asociada “C” TC y coordinadora de enseñanza de bioquímica y biología molecular en la Facultad de Medicina, unam.
como citar este artículo →
Salazar Morales, Miguel Fernando y Cea Bonilla, María Alicia del Sagrado Corazón. (2011). Licántropos, hematófagos y brujas: ¿enfermos incomprendidos de su época? Ciencias 103, julio-septiembre, 4-11. [En línea]
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