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La revolución roja
 
 
J. García Ramos
   
   
     
                     

(Cualquier semejanza que quisiera encontrarse con sujetes o sucesos reales, será puramente coincidencia).

 

La acción principia en un campo cualquiera del sistema vascular.   

—¡Hola, Espiridión! ¿Cómo te ha ido? Hacía tiempo que no te veía. Digo hace mucho que no estábamos tan próximos como para cambiar algunas palabras. A veces, te había visto pasar raudo, probablemente en una comisión importante. Siempre, desde luego, obligado por los latigazos del “patrón”.    

Quien así hablaba era un glóbulo rojo que, cruzando suavemente por la vena porta, se dirigía a uno de sus compañeros con el que había tenido un origen común en alguna parte de la médula ósea. A quien se refería como patrón era el corazón, a quien muchos de ellos consideraban como el causante de todos sus males, por la presteza con la que los hacía mover cuando regresaban plácidamente de los capilares del pulmón en donde tomaban, para llevar, su carga de oxígeno.   

—Bernabé, me alegro de verte, dijo el interpelado, con estas prisas que uno trae a toda hora, es un descanso encontrar a un amigo con quien conversar un rato. Acércate y vámonos juntos hasta la aurícula derecha. Por ahí te iré contando de mis aventuras.   

—¿Quieres decir que te ha ido mal? replicó Bernabé. No basta con estar trabaja y trabaja sin descanso, sin parar un momento, llevando nuestra carga de oxígeno a todas partes. A los músculos, que dizque trabajan mucho, y sobre todo a esas que les dicen “las neuronas” a quienes uno ve nomás de pasada, al parecer cómodamente sentadas en su oficina, con los pies soba la mesa y con esa su descansada vida sólo recibiendo y enviando mensajes. ¡Qué diferencia con nuestros leucocitos, que se mueven afanosamente por todos lados! He oído decir que a esas neuronas hasta la comida les llevan.    

—Calla, interrumpió Espiridión, precisamente de eso te iba a contar. Hace poco pasé por el hipotálamo, parece que tienen ahí un gran laboratorio. No sé, creo que es algo relacionado con las catecolaminas. El caso es que se traían allí un gran barullo. No supe qué era exactamente, y en mi largo camino de regreso al pulmón ya hasta se me estaba olvidando el asunto. Recogí mi carga como habitualmente, pero al llegar al corazón me di cuenta que algo grave ocurría. El corazón, digo, el patrón, estaba rete-enojado. Sacudía latigazos a diestra y siniestra. Todo el mundo obedecía apurado. Me llevé un gran susto cuando me empujó, con otros muchos camaradas, por la aorta. En un segundo fuimos a parara las suprarrenales. Allí supe que es ese el lugar donde fabrican la adrenalina. Tienen unos hornos imponentes. Todo el mundo estaba como enloquecido. Que las neuronas del hipotálamo no sé que órdenes les habían enviado y tenían que trabajar casi al máximo. Luego luego, mis simpatías se inclinaron por las células de las suprarrenales, esas pobres desgraciadas, como nosotros. Para los que mandan, no significa nada el momento, la situación, ni el estado de ánimo en que uno se encuentra.    

—Tienes mucha razón, Espiridión, dijo Bernabé. Por eso no puede uno más que prestar atención a esa propaganda que anda por ahí. Las fábricas deben ser de quien las trabaja, y los privilegiados, como esas neuronas que tú dices, deben ser exterminadas. Pero sigue, sigue con tu relato.    

—Pues bien, salí de la fábrica, continuó Espiridión. Iban junto a mí unas moléculas de adrenalina. Hicimos el viaje juntos hasta el pulmón. Ellas me contaron que sólo eran mensajeras, pero no logré sacarles más. Al recoger mi carga de oxígeno, temblé al pensar que ya iba a llegar donde el patrón. El trayecto me había parecido, en esta vez, más corto que en otras ocasiones, y me parecía que todo el mundo marchaba más de prisa. Llegué a la aurícula, las moléculas de adrenalina se fueron al patrón, y no sé qué le dijeron. Este se puso furioso. Seguía dando latigazos cada vez más fuertes y más seguidos. Yo recibí un empujón, tan fuerte, que por poco me quedo embarrado en una de las semilunares aórticas. ¡Que impresión tan fuerte! Peto tú, ¿dónde andabas en todo esto?  

—Pues mira, respondió Bernabé, yo me pasé una temporada de descenso en el bazo. Algo había oído hablar de esas situaciones a la gente madura. Precisamente, se dice que un tal Pepe Lenox, anda tratando de crear conciencia en todos nosotros de que somos iguales a los demás, y que sólo debemos luchar por nuestros derechos, sino que somos nosotros los que debemos gobernar este territorio en el que laboramos. A mí me llenan de ilusión esos conceptos.    

—Precisamente en esos momentos pasaba un grupo repartiendo unos volantes en los que se citaba a una “Asamblea General” para decidir la fecha en que se produciría el inicio de la Revolución.    

Unos días más tarde nos encontramos con nuestros amigos en una gran “concentración de masas” en algún sitio del bazo. Un compañera, pequeñín, arengaba a la multitud. Camaradas, decía, ha llegada el momento de implantar la dictadura del proletariado. Estamos hartos de seguir siendo las víctimas de los que todo la tienen y sólo dejan para nosotros el trabajo incesante y los malos tratos. Si todos hemos nacido iguales, es natural que todos tengamos los mismos derechos. No hay razón para que existan privilegiados que gozan de toda clase de comodidades. Nuestro primer movimiento será en contra del patrón. ¡Abajo el Patrón! Gritaron muchos ¡Abajo todos los patrones del mundo! Añadieron los más exaltados. ¡Abajoooo! Gritaron todos a coro.   

Pues bien, siguió diciendo el líder, el plan es el siguiente. Vamos a privar al patrón de su oxígeno, y la forma de realizar este tipo de huelga es así: tengo noticias que en la coronaría descendente anterior, esa avenida que ustedes bien conocen, un grupo de moléculas de colesterol ha empezado a cavar unas trincheras. La idea es que nuestros carros con fibrina pueden descargar allí muy fácilmente y bastarán unos millares de nosotros para ayudar a la formación de un trombo que ocluya la avenida. Cómo vamos a reír cuando, al cortar el aprovisionamiento de oxígeno, el patrón se esté muriendo. Entonces comprenderá que nosotros también tenemos importancia. Después de acabar con el patrón, haremos algo semejante con las neuronas. ¡Que viva el glóbulo rojo universal! ¡Que viva! Corearan todos, a quienes se les veía brillar los ojos ante el gran desquite próximo.    

Una vez terminados nuestros opresores, habremos de luchar por obtener las conquistas a que tenemos derecho. Gozar del producto integro de nuestro trabajo. Disponer de los periodos de descansa que nos han escatimado y tal vez hasta logremos conseguir que nos vuelvan a dar el núcleo que nos quitaron.    

Los acontecimientos que siguieron no pudieron ser realizados exactamente conforme al plan trazado. La oclusión de la coronaria fue sólo parcial. Al parecer, intervino cierta ayuda externa. Los rumores señalaban a “las grandes potencias”. El caso es que de repente flotaba en el ambiente una cosa que alguien identificó como ouabaina y que alguna interferencia tenía con la adenosintrifosfatasa de sus membranas. Aparte de eso, aunque el acarreo de oxígeno de los pulmones estaba reducido, de repente alguien ponía en disposición un oxígeno que parecía más “fuerte” y al que no costaba gran trabajo recoger.   

El líder andaba un poco descorazonado y triste al ver que ya empezaban a lanzarle miradas de desconfianza. Entonces se le ocurrió, para aliviar el desencanto que ya había empezado a ser presa de muchos, que iniciaran la carga contra las neuronas. El plan era semejante al anterior, aunque ahora se realizarla por la oclusión de la meníngea media. No tardaron en ponerlo en marcha y, felizmente, el éxito fue completo. Muchas neuronas murieron luego ¡Y parecían tan resistes las malditas! Además, la actividad de los músculos y de muchas glándulas parecía paralizada. El patrón sufría el golpe de manera especial cada vez incitaba al trabajo con menos fuerza.    

Lo grave es que los alimentos empezaron a escasear. Decidieron que seguramente por ahí existía algún acaparador. La situación se hacía insostenible por momentos. Las buenas noticias eran, cada vez, de menor consuelo. Se decía que el patrón estaba muriendo y, eso sí, la noticia en algo endulzaba la falta de “pan”. Cuando la carencia de alimentos se exageró, ya nada servía de consuelo a los glóbulos rojos.   

Al poco tiempo, el patrón dejó de latir, y entonces comenzó una agonía lenta para los glóbulos rojos. Inmóviles y amontonados iban perdiendo sus fuerzas. Por fortuna (mala fortuna desde luego) empezó a hacer frío, eso reducía el hambre, pero hacía más largo y prolongado el fin que ya todos esperaban. La revolución roja había vencido, pero había tenido que pagar un precia tan alto que nadie había podido gozar de ese triunfo.  

Este cuento tiene una moraleja. Todos los componentes de un grupo organizado son importantes. En toda sociedad organizada, con funciones múltiples, la división del trabajo entre todos sus integrantes tiene que ser lógico y natural. Cada uno desempeña un papel en la compleja maquinaria, según las necesidades del conjunto. Es posible establecer jerarquías entre los distintos grupos de individuos componentes, pero los criterios para ejecutarlo han de ser muy subjetivos. Lo cierta es que todos los grupos integrantes de la sociedad deben considerarse importantes y en conjunto sentir que su labor, cuando es bien hecha, se traducirá en mejoría y bienestar común. Esta reflexión, al ser tenida en cuenta, origina la satisfacción del deber cumplido. EI trabajo no es degradante, y no es una carga cuando pierde su carácter de obligatorio para ser visto como la personal contribución al beneficia colectivo.   

Se podría argüir que las clases que dirigen la marcha de la sociedad pueden equivocarse. De hecho se equivocan a menudo, pero constituye un error la creación de grupos opositores que no se limitan a externar su opinión, sino a oponerse con hechos violentos ante una situación actual determinada, por la decisión de las mayorías. Una sociedad en la que los distintos grupos tiran por su lado porque consideran que cada uno de ellos tiene la razón, sólo puede provocar el retraso o el desquiciamiento y aniquilamiento de esa sociedad.   

Todo mundo tiene derecho a disentir y eso es bueno; pera las libertades individuales deben tener un límite, y éste surge cuando el ejercicio de los derechos del individuo interfiere con el progreso y el bienestar del grupo.

Los derechos de la sociedad deben estar por encima de los de derechos individuales, porque el progreso de esta sociedad asegura en mayor grado el beneficio de todos y cada uno de sus miembros.

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J. García Ramos                                                                                                         Investigador del CINVESTAV.
     
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