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César Carrillo Trueba
     
               
               

para Nina,
amorosa ondina

 

Mítica o científica, la representación del mundo que construye

el hombre se debe siempre en gran medida a su imaginación.

François Jacob

 
articulos
 
Quizás uno de los más grandes enigmas no resuelto por
la ciencia ni por la mitología, es el de la evolución de las sirenas. Evidencias de este hecho no faltan, pero, como ocurre con frecuencia en estos casos, la explicación y la relación de los hechos no es tarea sencilla. Afortunadamente las hipótesis son numerosas. Parece ser un misterio que no ha sucumbido al abandono a pesar del decreciente interés por los problemas teóricos. La imaginación escasea en estos tiempos.
 
Aunque… ¿cómo dar cuenta de la génesis de las sirenas?, ¿de qué manera explicar el paso de estos híbridos del reino de los plumíferos al de las especies marinas?, ¿y qué decir de su posterior transformación en mamíferos?
 
Según los estudiosos del tema, aun cuando, en su célebre Odisea, Homero no proporciona una descripción de estos seres mitológicos, existía cierto consenso entre los antiguos en cuanto a su aspecto y cualidades. “Para Ovidio, son aves de plumaje rojizo y cara de mujer; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son mujeres y, abajo, aves marinas”, escribe en su Manual de Zoología Fantástica, Jorge Luis Borges, uno de los más renombrados especialistas en seres imaginarios.
 
Otro conocedor en la materia, Alfonso Reyes, nos dice que “la tradición greco-oriental, según los monumentos y textos conocidos de Grecia y Roma, presenta a las sirenas como seres híbridos, la cabeza de mujer, el cuerpo revestido de plumas y patas de pájaro”.
 
Aparentemente el debate más fuerte giraba en torno al aspecto cuantitativo. ¿Qué tanto mujeres, qué tanto aves? Para algunos sólo la cara, para otros, medio cuerpo era mujer. Hubo quienes, buscando acompañamiento a su afamado canto, las dotaron de manos que servían para tocar la cítara. Las representaciones varían, aunque en su mayoría se inclinan por la equidad.
 
Si tomamos en consideración sus cualidades, la discusión se vuelve delicada. “Suerte de aves infernales”, decía Higinio. La naturaleza femenina se presentaba bajo una faceta distinta para infundir miedo y respeto a los hombres. Una ilustración de ello la proporciona el mismo Homero en el conocido pasaje de la Odisea, en el que Ulises, para no ceder al canto de las sirenas, tapa con cera los oídos de la tripulación del barco y se hace atar al mástil. Seguro más mujeres que aves.
 
El Physiologus, texto del siglo II, originalmente escrito en griego, las presenta con “forma humana hasta el ombligo y, más abajo, forma volátil. Su canto adormece a los navegantes, a quienes luego las sirenas destrozan”. La Biblia menciona únicamente su canto y, como veremos más adelante, el cristianismo se va a apoderar del episodio homérico para hacer de él un ejemplo de resistencia a la tentación. Mas, como dijera Kafka, es probable que las sirenas nunca cantaran y Odiseo, “quien sólo pensaba en ceras y cadenas”, creyó haberlas vencido.
 
De cómo se generaron al azar, a partir del caos originario
 
Seres casi eternos, las sirenas estuvieron ahí desde la génesis de todas las cosas, al lado de faunos, cíclopes, nereidas y amazonas. Al igual que el de todos estos seres, su origen se encuentra, según Anaximandro, en aquellos embriones que se formaron sobre la tierra al separarse ésta del mar, después del caos que reinaba en los inicios del universo. Debido al calor tan intenso, la tierra se fermentó y sobre ella aparecieron multitud de “tumores cubiertos por una membrana”. La “neblina que caía del aire” los alimentaba durante la noche y el sol se encargaba de solidificar estos avances. Una vez que se completó el desarrollo, las membranas se abrieron y “se produjeron todas las formas de vida animal”. Dice Anaximandro que aquellos que surgieron de lo más caliente se dirigieron a las zonas altas y adquirieron alas, mientras que “los que retuvieron una consistencia terrestre” ahí se quedaron. Es casi seguro que las sirenas de la antigüedad se generaron en una región de transición, de ahí su naturaleza híbrida.
 
Más explícita es la teoría de Empédocles, ferviente seguidor de los cuatro elementos, quien divide en tres etapas la génesis de estos organismos. En un principio, directamente del suelo, brotaron sin ton ni son, ojos sin cabeza, cabezas sin cuernos, brazos sin tronco, troncos sin piernas, caudas sin cuerpo, alas implumes. Una inmensidad de partes de los actuales cuerpos de los seres vivos, deambulaban por la tierra en busca de otras para unirse. El azar va a acercarlas durante la segunda etapa, en la cual se van a formar todo tipo de animales: hombres con cabeza de toro, seres bicéfalos, algunos con numerosas extremidades, otros con un solo ojo, sin olvidar aquél con cuerpo de ave, cabeza de león y cola de serpiente. Con seguridad se trata de la época en que, en toda su historia, la tierra ha conocido la mayor diversidad animal. Lamentablemente a la tercera era, solamente sobrevivirán aquellos que por un afortunado azar alcanzaron una constitución viable. Las sirenas y el minotauro se encuentran entre éstos.
 
La explicación de Demócrito sólo difiere por los elementos constitutivos: los átomos. Según este autor, sería la unión fortuita de los átomos en el vacío lo que habría dado origen a los seres vivos, que también se generaron en el limo.
 
De cómo ya existían en la idea y luego fueron creadas en el mundo
 
No todos los pensadores de la antigüedad estaban de acuerdo con estos principios. Anaxágoras, quien no creía que la naturaleza jugara a los dados, discrepa de las teorías anteriores. Este filósofo jónico pensaba que detrás de tanta armonía, de tanta diversidad en la naturaleza, debe existir una especie de inteligencia, algún espíritu que haya ordenado la materia con tanta destreza. Los seres híbridos no son producto del azar, sino de una voluntad. Las sirenas fueron creadas bajo este designio.
 
En esta misma corriente se encuentra Platón, quien, elaborando un sistema más completo, cree que el Gran Demiurgo, personificación de la Idea del Bien, creó todos los seres posibles, perfectos e imperfectos. El principio de plenitud entra en escena, con lo cual, sirenas, centauros, pigmeos y lamias, ocupan un lugar dentro de la creación original, cumpliendo con una finalidad preexistente en la mente del Creador.
 
También Aristóteles se ocupó de asunto tan complejo, y su opinión al respecto es tajante: el azar es estéril y una causa eficiente subyace a la génesis de todas las cosas. La naturaleza no es discontinua como lo piensan los atomistas, sino que en todas sus manifestaciones constituye un continuo. Los mismos seres vivos fueron creados siguiendo una cadena continua que va de lo más simple a lo más complejo, sin que haya vacío alguno. Los seres híbridos son una prueba de tal continuidad, que se manifiesta en múltiples y diversos niveles, como puede ser el hábitat. Así, existen seres mitad acuáticos mitad terrestres, como las focas. A pesar de sus observaciones directas sobre el desarrollo embrionario de numerosos animales, las cuales le hacen dudar de la existencia de algunos híbridos —un ser mitad hombre y mitad toro no es posible, decía, ya que los periodos de gestación son diferentes, y el fruto de dicha unión tendría la parte humana aún inmadura—, Aristóteles piensa que la continuidad tiene que cumplirse en todos los ámbitos, y que si no fueron creados así los seres, el medio es capaz de influir —“la diversidad de lugares genera diferencia de caracteres”—, lo cual lleva al Estagirita a ser eco de los relatos de viajeros que cuentan de la existencia de numerosos monstruos en tierras lejanas. Las ideas cambian, las sirenas permanecen.
 
Clasificación actual de los sirénidos.
(Tomado de Reynolds y Odell, 1991)
Phylum Chordata
  Subphylum Vertebrata
     Orden Sirenia (manatíes y dugongos)
        Familia Trichechidae (manatíes)
           Género y especies Trichechus manatus (manatí del Caribe)*
                            Trichechus ininguis (manatí amazónico)
                            Trichechus senegalensis (manatí de África occidental)
        Familia Dugongudae (dugongos y vaca marina)
           Género y especies Dugong dugon (dugongo)
                            Hydrodamalis gigas (vaca marina de Steller, ya extinta)
* Con dos subespecies: T. manatus latirostris (manatí de Florida) y T. manatus manatus (manatí de las Antillas).

 
De cómo dejaron los aires para resurgir del agua
 
Si sobre su generación encontramos algunas luces, no ocurre lo mismo con la etapa de transición, lo cual es muy frecuente en la literatura filogenética. ¿En qué momento abandonaron los aires para habitar los mares? ¿Cómo mutaron sus plumas en escamas? ¿Cuándo se les dejó de temer… tanto? En realidad nadie sabe a ciencia cierta cuándo y cómo ocurrió esta metamorfosis. Hay quienes incluso creen que las antiguas sirenas se extinguieron y que las ondinas son otra especie que llegó a ocupar su nicho mitológico.
 
Esta última hipótesis se basa en el hecho, muy conocido en la antigüedad, de que si algún mortal no cedía a sus encantos, las sirenas morirían. Se dice que fue Orfeo el único que, no solamente pudo resistir a su melodiosa voz, sino que, desde la nave de los Argonautas, elevó un canto de tal belleza y dulzura, que las sirenas enloquecidas se precipitaron al mar, quedando transformadas en rocas. Su completa extinción es dudosa, ya que resulta demasiada coincidencia que hayan sucumbido en el mismo lugar de donde van a resurgir posteriormente. Es más probable que las ninfas acuáticas, hijas de Nereo, hayan acogido a algunas en su seno y que, por algún desconocido proceso de adaptación, éstas hayan mutado gradualmente. Una evidencia de dicha transición se encuentra en un tratado de alquimia de siglos posteriores (figura 1). Se sabe además que las nereidas también atraían con sus encantos a los humanos para llevarlos a su reino, lo cual denota una afinidad más entre sirenas y ninfas acuáticas.
 
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Figura 1. “Las sirenas atraen a los marinos al fondo del mar, como el mercurio ahoga su parte sólida”. Solidonius, siglo XVIII.
 
El mismo Alfonso Reyes, quien ubica entre los siglos VII y VIII la aparición del nuevo tipo de sirena con “cabeza y busto de mujer y, del ombligo abajo, cola de pez que desaparece en las aguas”, incluye esta última entre sus hipótesis. Don Alfonso se basa en el Liber monstrorum, obra escrita entre estos dos siglos y que se le atribuye a Audelinus, quizás abate de Malmesbury y luego obispo de Sherbone. A partir de sus investigaciones, nos propone cuatro hipótesis. “La nueva figura de la sirena puede provenir:
 
a) De una contaminación hecha por Audelinus entre la sirena clásica y la monstruosa Escila, que Virgilio describe como una mujer que hunde su cola de delfín en el agua;
 
b) De la confusión en que incurrió Audelinus tomando por sirena a alguna ninfa marítima o hembra de tritón, vista en algún viejo mosaico o cuadro como el que dice haber admirado ¿en Italia?, y relativo a las tradiciones de Escila y Circe;
 
c) O bien puede esta sirena-pez ser una invención de su propia Minerva, más o menos provocada por algunas figuraciones encontradas en lecturas o documentos artísticos;
 
d) Posible es también que de algún modo hayan llegado hasta el Liber especies folklóricas de mitologías bárbaras y septentrionales, en las que abundan las mujeres-peces y que es muy extraño que no lo haya pensado Faral”.
 
Erwin Panofsky, el más grande especialista en este tipo de transmutaciones evolutivas, a las que el llama “pseudomorfosis”, se inclina por la última hipótesis. Para este autor, la cuna de la renovación mitológica de la Europa medieval se encuentra en el mar del Norte, en Irlanda. En esas latitudes, como bien lo dice Don Alfonso Reyes, ríos y océanos estaban poblados por mujeres marinas de dorados cabellos, delicada piel y poco más dóciles que las sirenas de Homero. El proceso subyacente a esta transformación es la recuperación del imaginario de la antigüedad, perpetrada de manera meticulosa por el cristianismo. En esta conquista espiritual, las antiguas divinidades se tornan demonios, como lo expone Margaret Murray, y toda la mitología griega y romana se convierte en lecciones moralizantes dirigidas a los paganos, que, por cierto, no fueron pocos a lo largo de toda la Edad Media.
 
Los cambios ocurridos en las diferentes versiones del Physiologus, constituyen la mejor evidencia de este proceso. Las primeras versiones latinas, dice Jacques Le Goff, dan cuenta de “las maravillas sin conferir significados ni explicaciones simbólicas”. Posteriormente, “las explicaciones simbólicas y moralizantes comen, por así decirlo, la sustancia del Physiologus, quitándole la vida”.
 
Poco a poco los motivos de la antigüedad son vaciados de su sustancia, o bien, a esta última se le adjudica otra representación. Este proceso que Panofsky describe magistralmente al analizar la evolución de Cupido: abrió la puerta a figuras procedentes de las mitologías nórdicas.
 
El autor del Manual de Zoología Fantástica, siguiendo la distinción existente en su amada lengua inglesa entre sirens —las sirenas clásicas— y mermaids con cola de pez—, apoya la teoría de Panofsky. En la misma dirección, José Durand, quien ha escrito uno de los libros más poéticos sobre la cuestión, hace remontar a la tradición escandinava sus orígenes, vía por la que habrían llegado al imaginario británico. Y es él mismo quien, de un tajo y siguiendo el principio de parsimonia, aporta la explicación más sencilla y contundente a esta transición: “sin que sepamos por qué, inquieta ver o sentir mujeres por los aires. Otra cosa son ángeles. Aquel revoloteo excedió la paciencia. En cambio, al surgir la ondina hecha sirena, su gracia resultó natural. Más su belleza: por algo salió Venus de las aguas. La sirena quedó en los mares y jamás volvió a remontar el vuelo”.
 
De cómo ya en el mar, resultaron ser malignas criaturas del Señor
 
La expansión del cristianismo no solo expulsó a las sirenas de los aires, sino que modificó su lugar en el cosmos, trastocando algunas de sus características. Su naturaleza tendrá que encajar en la maniqueísta división entre el bien y el mal, terminando del lado de Satanás. Así, estas hermosas mujeres, mitad del cuerpo para arriba, y pez abajo, habitan ríos, manantiales, mares y litorales oceánicos que con dificultad surcaban los mortales. Y aunque su naturaleza demoniaca es indiscutible, su origen es atribuido al Creador. Esto resultaba de difícil comprensión para muchos, ya que no se entendía cómo un Dios bueno puede crear también el mal. Santo Tomás de Aquino argumenta ante tales incredulidades que “no corresponde a la providencia excluir [el mal] por completo de las cosas que gobierna”, razonamiento que encierra la idea de que vivimos lo mejor que se puede en el mejor de los mundos posibles.
 
Así, sirenas, elfos, gnomos, dragones, unicornios y demás seres de este eón, son concebidos como parte de la creación divina, resultando tan necesarios como ángeles y querubines. “La perfección del universo requiere, por tanto, no solo una multitud de individuos, sino también la diversidad de clases y, por tanto, los distintos grados de las cosas”, pensaba el mismo Aquino, quien estaba convencido de tal necesidad, ya que si no existieran buenos ni malos, decía, “no estarían completos todos los posibles grados del bien ni ninguna criatura se parecería a Dios en cuanto a tener preeminencia sobre otra”. En pocas palabras, la Gran Cadena del Ser peligraría, y con ella la dominación del hombre sobre todas las cosas.
 
Al margen de cualquier discusión docta, al hombre medieval le costaba trabajo vivir bajo el constante acecho del mal. Sobre todo porque, como lo señala Le Goff, para estos hombres “la realidad no es que el mundo celeste sea tan real como el terrestre, sino que ambos forman uno solo, una indisoluble mezcla que hunde a los hombres en las redes de una sobrenaturalidad viviente”. La naturaleza se encuentra dominada por el demonio, el cual se aparece a los humanos en bosques, mares, montañas y desiertos, bajo la forma de diferentes seres. “El mundo animal —dice este gran conocedor de lo maravilloso—, es sobre todo el universo del mal”. Animales como el chivo, símbolo de la lujuria, o el escorpión, símbolo de la falsedad, son francamente diabólicos. Otros, como el perro, que oscila entre la impureza y la fidelidad, poseen una naturaleza ambigua. Sin embargo, los animales fantásticos son todos demoniacos, verdaderas imágenes del Diablo. La aparición de un basilisco, de un dragón o de un grifón, hace caer en el más profundo de los terrores a cualquier mortal.
 
Y si el Diablo al perseguir a los humanos adopta apariencias horripilantes, más peligroso es cuando, con el fin de seducirlos, se presenta ante ellos en forma semihumana o humana. Una hermosa mujer de rizados cabellos que aparece súbitamente en el bosque ante un inocente viajero, puede significarle la muerte, si cede a sus encantos. Las sirenas son consideradas seres satánicos que, bajo una forma distinta a la antigua, conservan su esencia seductora que lleva a la perdición a quien es débil de voluntad y cae en el pecado. Sólo aquellos que, como San Antonio, logran resistir la tentación de tan deliciosas criaturas, pueden alcanzar el cielo. Las historias de íncubos y súcubos que atraen con sus hechizos a mujeres y hombres pecadores, se vuelven lugar común durante esta época, y a fuerza de ser repetidas una y otra vez, se convierten en historias verdaderas, en perfectas lecciones de moral.
 
Así, la naturaleza se va cargando de innumerables simbolismos que a su vez encierran una moral. Todos los seres son percibidos a través de la Creación Divina y de lo que dicen las Sagradas Escrituras. Cada cosa y cada ser vivo ocupa un lugar en esta gran trama. “El conjunto de todos los animales de la Tierra, ‘todos los peces del mar, todas las aves del aire’, etcétera, constituye el libro de la Naturaleza que, si se sabe leer correctamente, confirma y complementa las Escrituras”, escribió Giarda ya empezado el siglo XVII, dando una idea muy clara de lo que puede llamarse, de acuerdo con Gombrich, la doctrina de la revelación múltiple: “Dios se nos revela en todas las cosas si aprendemos a leer sus signos”.
 
De cómo se confundieron ninfas, melusinas y sirenas
 
Tanto simbolismo terminó por crear una fuerte confusión en torno a la morfología de las sirenas. Frecuentemente se confunde este género con el de las ninfas, bellas mujeres de forma completamente humana que habitan ríos, y mares también, y que, al igual que a las sirenas, son llamadas ondinas. Asimismo, a Melusina se le designa en ocasiones con el nombre de sirena, o se dice que cada sábado retomaba su forma de sirena, cuando casi todos los relatos concuerdan en su apariencia: una mujer con cola de serpiente marina. Es probable que la confusión provenga del hecho de que todos estos seres pertenecen a la antigua familia Ondinae, orden Sucuba, comparten los mismos hábitats, tienen la capacidad de poder vivir tanto fuera como dentro del agua, y carecen de alma.
 
Es necesario remitirse a las historias del sabio Merlín para encontrar la descripción exacta de una sirena. Cuenta Álvaro Cunqueiro, hombre versado en la vida de este gran mago, cómo Merlín tiñó de negro la cola de la sirena Teodora, que siendo griega, viajó desde Portugal hasta la selva de Esmelle, para solicitar los servicios de tan prestigiado maestro. Felipe, su criado, la describe “de dorado y largo cabello, dos gotas de verde rocío por ojos, pechos blancos y tan felices, con un alegre botoncito rosa y venillas azules que los surcaban; una voz que ni las alondras, y una cola brillante, cuya punta era una media luna rosa”. Su marido muerto, esta espléndida sirena quería enlutar sus escamas para poder recluirse en un convento. Y a pesar de que Merlín sabe “que no es fácil que éstas pierdan el puteo, aunque figuren de conversas”, de buena gana accedió a la petición de tan noble dama.
 
De cómo se transformaron en monstruos y prodigios
 
La falta de descripciones precisas en esta era no es fortuita. El hombre medieval estaba más preocupado por el simbolismo que por las representaciones. Sin embargo, no todos los clérigos seguían las enseñanzas de Santo Tomás. Había quienes, como Abelardo de Bath y Bernardo de Chartres, ya en el siglo XII piensan que la Creación Divina no es mero capricho de Dios, y que la existencia del bien y del mal, de tal diversidad de cosas, obedece a una razón. Para ellos sólo Dios es perfecto y su creación no puede igualarse a Él; el mundo encierra un orden y éste es comprensible para la razón humana, por lo que el deber de todo buen cristiano es el entendimiento del mundo, es decir, de la naturaleza. Esta concepción constituye lo que Le Goff llama “la recuperación científica de lo maravilloso”.
 
Dentro de esta perspectiva, los seres fantásticos, como el grifón, el unicornio y las sirenas, son “casos límite, excepcionales, mas no fuera del orden natural, y son admitidos como verdaderos aun cuando no tengan la sanción de La Biblia”. Las Sagradas Escrituras dejan de ser el prisma a través del cual todo debe pasar y adquirir significado. Los textos de los antiguos son rescatados y se estudian como obras científicas el Timeo y la Eneida.
 
Erwin Panofsky es quizá más explícito para dar cuenta de este cambio que va a culminar en el Renacimiento. “El artista medieval, que trabajaba inspirándose en el exemplum más que en la propia vida, debía conciliarse en primer lugar con la tradición, y sólo secundariamente con la realidad. Entre la realidad y el mismo se interponía un velo, sobre el cual las generaciones precedentes habían trazado las formas de los hombres y de los animales, las de los edificios y las plantas: un velo que podía levantarse de vez en cuando, pero que nunca podía abolirse. Resultaba que en la Edad Media la observación directa de la realidad se limitaba generalmente a los pormenores, complementando, más bien que sustituyendo, el empleo de los esquemas tradicionales. El Renacimiento, en cambio, proclamó que la ‘experiencia’, la bona sperienza, constituía el fundamento del arte: cada artista debía afrontar la realidad ‘sin prejuicios’ y debía domeñarla (de modo nuevo en cada obra) según sus propios patrones”.
 
El Libro de las Ninfas, los Silfos, los Pigmeos, las Salamandras y los demás espíritus, de Paracelso, es una de las obras que mejor sintetiza esta nueva aproximación a la naturaleza. Elaborado a manera de un tratado, este texto intenta desentrañar las razones por las cuales Dios creó tales criaturas, y explica cómo el hombre, al comprender estas razones, entiende a Dios y se acerca a Él a través del conocimiento.
 
En cierta forma, el objetivo de esta obra es, apegándose al principio de plenitud, ubicar a estas maravillosas criaturas dentro del orden y la Creación Divina. Sin embargo, Paracelso tiene que aceptar que hay casos límite, que la regularidad de este orden no siempre se mantiene. Los seres más normales pueden engendrar monstruos, entes prodigiosos, colosales y grandiosos, alteraciones del orden natural. Y así como los humanos al unirse pueden procrear monstruos, dice Paracelso, de igual manera los habitantes del agua se pueden cruzar entre sí, o con algún hombre, y tener engendros: las sirenas. “Doncellas, algo deformes, en contra de la naturaleza humana” (figura 2). Aunque también pueden engendrar otro tipo de monstruos, como los llamados monjes. En el naciente orden renacentista, la categoría de lo monstruoso va a ser el saco en donde entrara cuanto ser imaginario, y no tanto, existe en el orbe; todas aquellas criaturas que los ojos de la época ven como anormalidades y que la incipiente ciencia de la embriología intentará explicar, más preocupada en dar cuenta de su generación, que de su realidad. Esta perspectiva originará una división entre los monstruos creados por el Señor y aquellos que son resultado de alteraciones del Orden Divino. Las sirenas pueden tener, entonces, dos orígenes distintos.
 
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Figura 2. Sirenomalía, Cruveilhier.
 
 
De cómo en una época el mundo entero estuvo poblado de sirenas y muchos otros seres prodigiosos
 
Este nuevo orden del mundo será consignado en leyes, lo cual transformará a Dios, de un ser omnipotente y omnipresente, en el Gran Legislador, el Gran Arquitecto, el Gran Relojero. La ciencia contemporánea emerge bajo esta concepción, por lo que el primer empujón, la Causa Primera, la cuerda que remontó el mecanismo, no ha dejado de ser, hasta la fecha, obsesión de una infinidad de mentes. El principio de plenitud y la Gran Cadena del Ser, como lo explica Lovejoy, no abandonará el pensamiento renacentista, alcanzando su clímax en el siglo de las Luces. La tan buscada regularidad de los fenómenos naturales se acomodará a estas premisas, al igual que sus alteraciones: los monstruos. Giordano Bruno da una muestra de este tour de force, al afirmar que no es “permisible censurar el inmenso edificio del poderoso Arquitecto en nombre de que en la naturaleza hay cosas que no son las mejores ni porque se encuentren monstruos en más de una especie”. No puede haber ningún “grado del ser que, dentro de su lugar en la serie, no sea bueno en relación con todo el conjunto”. “Todo está bien en el mejor de los mundos posibles”, dirá unos siglos después el Dr. Pangloss, a coro con Jacques le Fataliste, quien bien sabía que “todo está escrito allá arriba”.
 
Esta idea subyace al tratado más completo que sobre monstruos haya sido escrito, y cuyo autor es Ambroise Paré, consejero y primer cirujano del rey de Francia. Para este célebre médico, existen trece causas distintas para explicar la megadiversidad de seres prodigiosos, las cuales van de la gracia y la ira de Dios, a la acción del Demonio, pasando por la mezcla de semen, su abundancia o carencia, los golpes durante el embarazo, la estrechez de la matriz, la imaginación de la madre y su indecencia, sin dejar de lado las enfermedades hereditarias ni la corrupción del semen. En esta heteróclita gama de posibilidades, se puede apreciar la distinción entre los monstruos creados desde el principio de todas las cosas por Dios, como la ballena, el avestruz, el unicornio marino, el tucán, la hoga, el huspalín, el ave del paraíso, sirenas y tritones, y aquellos que constituyen una alteración del orden divino, como los gemelos que nacen pegados, los borregos de tres cabezas, y el famoso huevo que contenía una pequeñísima cabeza humana, cuya barba y cabello eran numerosas serpientes.
 
El origen de las sirenas, mujeres de la cintura para arriba y el resto del cuerpo cubierto de escamas, no puede ser explicado por la mezcla de semen, dice Ambroise Paré, y al no haber razón alguna para dar cuenta de éste, “hay que decir que la Naturaleza se regocija en todas sus obras”. Los testimonios de su existencia en diversas regiones del mundo no faltan, aunque poco se habla de sus cualidades —la nueva mentalidad se interesa más en lo visible. Llama la atención que en esta era el mundo marino se encuentre tan poblado, y que se tenga un buen conocimiento de su fauna. Las descripciones de estos seres incluyen una especie de obispo marino, originario, curiosamente, de Polonia, así como un animal con cara de oso, brazos de simio y cuerpo de pez, del Mediterráneo, un león con escamas, un diablo con cola de pez visto en Amberes, una especie de buey marino, el orobón, el cocodrilo, en fin, una fauna muy diversa, insospechada para el hombre medieval que no frecuentaba el mare tenebrosum.
 
El auge de los viajes marinos, en particular los trasatlánticos, aumenta considerablemente el conocimiento de la fauna marina. La conquista de la recién “descubierta” América, así como los viajes por las costas africanas y el Índico, proporcionará una infinidad de material a Ambroise Paré, Aldovani, Liceti, y demás “monstruólogos”, aunque ciertamente, en aquel entonces Europa no se encontraba a la zaga en seres fantásticos y prodigiosos. De hecho, uno de los casos más importantes para el tema que aquí nos interesa, es la aparición en las costas de Italia, de un ser idéntico a las sirenas de la antigüedad (figura 3), reportada por Pare, atavismo que confirma la tesis de que las sirenas marinas proceden de las sirenas aladas.
 
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Figura 3. Atavismo. Des monstres et prodiges, 1573.
 
Y así como las ciencias naturales van enriqueciéndose con los ejemplares llevados a Europa, el imaginario del Viejo Mundo se va acrecentando con cada relato acerca de los increíbles y maravillosos seres que pueblan el ya redondo planeta. Sin embargo, el espíritu mercantil, la obsesión por lo cuantificable, por lo medible, ira minando poco a poco, lentamente, este mundo fantástico, reduciéndolo a “resabio medieval”, sometiéndolo al único Dios que reconocía el nuevo poder: el oro.
 
De cómo fueron perdiendo su encanto transformándose en seres extraños
 
El Nuevo Mundo parecía deparar varias sorpresas a los europeos. Un proceso perturbador, de causas desconocidas, estaba teniendo lugar ante los ojos de viajeros y conquistadores que llegaban a América. Noticias de este fenómeno son consignadas ya por quien se ha dicho fue el primer hombre en pisar tierra americana: Cristóbal Colón. En el diario de su primer viaje, el Almirante relata su encuentro con “tres sirenas que salieron bien alto del mar”, las cuales “no eran tan hermosas como las pintan”. Colón no se asombra tanto, ya las ha visto en el Golfo de Guinea, lo que llama su atención es que “más parezca su cara de hombre”. Y no es que el Almirante fuera incrédulo, pues se extiende hablando de amazonas, sátiros, y tantas otras maravillas que encuentra a su paso.
 
¿Qué está sucediendo en el Nuevo Mundo? El tan buscado reino de las amazonas, famoso por sus riquezas, no aparece por ningún lado. El Dorado se escurre entre las ambiciones de los conquistadores. Cipango, Cathay y Cíbola, se evaporan en medio de tanta expedición. ¿Será que al darse cuenta los europeos de que no están en las Indias, perdían toda referencia fantástica?, ¿o que la búsqueda del tan preciado metal los tornaba insensibles a antiguos temores?, ¿o habrá sido la obsesión por lo cuantificable, la que hizo que al final ya no repararan en las cualidades sino tan solo en la cantidad? Tres sirenas, escribió Colón… Odiseo jamás las contó.
 
Lo que ocurrió nunca lo sabremos con certeza, pero lo que sí es innegable, es la transformación que en unas cuantas décadas sufrieron las sirenas marinas —que no las dulceacuícolas, refugiadas tierra adentro. Su rostro se va haciendo tosco y dejan de cantar. Su atracción será meramente corporal, “tienen dos pechos que en posición, tamaño, peso, figura y sustancia no difieren en nada de los de la mujer negra”, dirá Alexander Olivier Exquemelin, haciendo gala de sus observaciones y de sus prejuicios raciales. Al mismo tiempo, algo ocurre con sus brazos gráciles, que López de Gómara describe “redondos y con cada cuatro uñas, como elefante”, aunque hay quien las dibuja sin brazos, otorgándoles el nombre de pez mujer (figura 4), acarreando consigo la pérdida del plural con el que siempre habían sido designadas, quedando sumergidas en el singular, condenadas a ser un número más.
 
 
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Figura 4. Pez mulier, Miguel del Barco, siglo XVIII.
   
Este ser en transición, también conocido como pexemuller, debido a su gran abundancia en el Brasil, parece mantener aún trazos humanos, así como una fuerte feminidad. Y a pesar de que su canto y demás encantos parecen haberse esfumado para siempre, es muy probable que, después de una larga travesía por el Atlántico, a la vista desde un barco, se le deseara más como mujer que como pez.
 
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Figura 5. Vaca marina, Voyage de Siam, Gui Tachard, 1686.
El proceso de deshumanización de este ser, mitad pez mitad mujer, parece avanzar a la par de la sociedad, inmersa en sus revoluciones industriales, la proletarización forzada de artesanos y campesinos, y el sojuzgamiento de los pueblos conquistados. Montada en este maremágnum, la ciencia avanza permitiendo que la mirada del zoólogo se imponga sobre la naturaleza. Así, el tamaño de este maravilloso ser híbrido va aumentando hasta el de un buey, como lo describe la mayoría de la gente, su cabeza es comparada con la de un buey, y sus tentadores labios se convierten en hocico de buey —analogía que muestra la gran diversidad animal de Europa y el empobrecimiento de la imaginación de los conquistadores. Incluso hay quienes, en otras longitudes en donde ocurría el mismo fenómeno, llevando esta analogía a sus extremos, le van a atribuir cuatro patas (figura 5) aunque casi todos los escritos, entre los que figuran los de Francisco Hernández, le conceden sólo dos (figura 6).
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Figura 6. Historia de los animales de la Nueva España, Francisco Hernández, 1576.
  
Su naturaleza femenina también se ve afectada, reduciéndose cada vez más a lo maternal. “Los grandes pechos sirven para amamantar a sus hijuelos”, dirán a coro los zoólogos, desexualizando su figura, y poniendo en lugar de cítaras, hijos en sus brazos. En este proceso de desfemenización, el golpe mortal será asestado por la lengua, con la desaparición de su género y de los innumerables apelativos que habían recibido estos seres durante su esplendor. Desde entonces se le conoce con el nombre de manatí.
 
Para el siglo XVII, el aspecto que presentan es ya completamente animal y su parte humana se habrá esfumado para siempre, quedando solamente un pequeño resabio: “su inteligencia es asombrosa”, dirá Pedro Mártir de Anglería.
 
De cómo, según otros, las sirenas dieron origen a seres aún más extraños
 
No todos los autores concuerdan con el proceso arriba descrito. Por razones ignoradas, hay quienes creen que las sirenas no merecen semejante final o quizá, reconociendo ciertas cualidades en seres actuales, buscan una filiación con otros ancestros similares. Misteriosamente, la filogenia siempre se liga al subconsciente. De cualquier manera, varios autores del siglo de las luces proponen una teoría distinta, tal vez influidos por los profundos cambios políticos y sociales que estaban teniendo lugar, y que van a repercutir en las ciencias naturales. La idea de una creación fija y definitiva sufre un revés y, como lo señala Francis Jacob, el tiempo surge como un concepto básico, fundamental, convirtiéndose en un elemento que, a su paso, hace cambiar planetas, océanos y montañas. Las transformaciones en el medio repercuten en los organismos, y para prueba están los fósiles. La supuesta existencia de una especie de “prototipo” o “molde interno” que une a todos los seres vivos, permite apreciar estas transmutaciones sin cuestionar la Creación. Dios hizo todas las cosas e instituyó las leyes que las rigen y toca a los hombres descubrirlas. Así, al igual que Newton lo hizo en el campo de la Física, los naturalistas tienen que acceder a las leyes que rigen los fenómenos del mundo vivo, por supuesto, respetando las universales leyes del gran maestro. Y de la misma manera que cuerpos, partículas y ondas se encuentran determinados por fuerzas externas, los organismos sufren cambios por la acción del medio. Estas transformaciones van generando una cadena continua de seres, en la cual es difícil definir entidades bien delimitadas, ya que siempre hay seres intermedios entre una y otra forma, entre un hábitat y otro.
 
Bajo esta perspectiva, Buffon escribe una historia de la Tierra, Des Époques de la Nature, Maupertuis se interesa por las variaciones de los seres humanos, Charles Bonnet vive obsesionado por la continuidad de los organismos, J. B. Robinet recensa los ensayos de la naturaleza, mientras que Benoît de Maillet busca el origen de los habitantes terrestres en los mares. Este último autor, cónsul de Francia en Egipto, discrepa completamente de la teoría que plantea que las sirenas se convirtieron en manatíes. Para él, existe un continuo entre los seres que pueblan los océanos y aquellos que viven en hábitat seco. Cada organismo de la tierra tiene su correspondiente en el mar, de donde proviene toda vida.
 
En su obra más conocida, Telliamed, de Maillet expone cómo, al igual que en la tierra, en el agua hay “viñas de uvas blancas y negras, ciruelos, duraznos, perales, manzanos y todo tipo de flores”, como se puede apreciar en el contenido de las redes que día a día sacan del mar los pescadores de Marsella. Asimismo, existen simios de mar, como Simia danica, elefantes, leones, caballos, lobos y camellos marinos. El caso de un oso que atraparon unos pescadores en Copenhague y que enviaron al rey de Dinamarca, es uno de tantos ejemplos.
 
La presencia de todos estos seres y de muchos otros intermedios entre cada transición, las evidencias anatómicas que muestran la capacidad de todos los seres para adaptarse a uno u otro medio, así como el hecho de que el sexo sea más placentero y fructífero en el agua que en la tierra, sirven de confirmación a las tesis de Telliamed. Es cierto que hay lugares y épocas en que es más fácil la salida del mar. Los polos parecen ser más adecuados debido a la gran humedad que hay en el aire.
 
Dentro de su sistema, De Maillet deparó otro destino a las sirenas: el de ancestros de las actuales mujeres. Y no por perversas, ya que la misma suerte corrieron los llamados tritones, que en esta historia, resultan insignificantes —lo que tal vez explica por qué, una vez en la tierra, no han dejado de vengarse un solo momento del esplendor de las ondinas. Pruebas de que los humanos provienen de los mares son las innumerables sirenas que han abandonado el agua, como la famosísima sirena de Edam, que “aprendió a vestirse sola, a coser y a persignarse, aunque nunca pudo pronunciar palabra alguna”, los náufragos que se han adaptado a la vida del mar y que muchos marinos han visto en sus travesías, así como la existencia de seres intermedios, eslabones que dan cuenta de este tipo de transiciones, como los hombres salvajes, que el mismo autor de Telliamed ha visto en los bosques de Francia. Finalmente, si se observa la piel de un ser humano con la ayuda de una lente de gran aumento, afirma De Maillet, es posible apreciar sus minúsculas escamas, reminiscencias de la antigua vida marina.
 
Para este naturalista, es claro que las sirenas son los ancestros de la mitad de la humanidad, y que el paso de éstas a la tierra es aún posible, ya que las sirenas no se han extinguido por completo, como lo demuestran las numerosas evidencias que presenta y los múltiples relatos que cita, muchos de ellos contemporáneos a la escritura de su obra.
 
Sin embargo, no todos los llamados transformistas están de acuerdo con De Maillet. J. B. Robinet piensa que las sirenas son resultado de los tantos intentos de la naturaleza para crear a la especie humana (figura 7). Para este naturalista, el conjunto de los seres vivos constituye un continuo que va de lo más simple a lo más complejo, que asciende del “prototipo original”, hasta llegar al hombre, una cadena de seres en la cual el Creador no dejó un solo hueco, por lo que en el universo no falta ningún ser posible. En esta idea coincide con Locke, quien, casi un siglo antes, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, incluye lo que “confidencialmente se cuenta de las doncellas y hombres marinos”, para ilustrar la infinita variedad y continuidad de los seres vivos.
 
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Figura 7. “Ensayos de la naturaleza que aprende a hacer el hombre”, J. B. Robinet, 1758.
 
Por su parte, Buffon, el más reconocido de los transformistas, no concede en su sistema lugar alguno a las sirenas, ocupado, como lo describe Durand, en encontrar la posición exacta del manatí, al cual coloca junto “con focas y morsas, entre los cuadrúpedos, pero ya muy cerca de los cetáceos”, donde será clasificado posteriormente. La forma de este animal no deja de preocupar al Conde, quien termina por atribuirle un sitio más cercano a lo que el mismo Durand llama “la misteriosa condición del manatí en el universo mundo”: “En el reino animal —escribe Buffon— con los lamantins acaban los pueblos de la tierra y empiezan las poblaciones del mar”.
 
De cómo se convirtieron en personajes frágiles y enamoradizos de cuentos y leyendas
 
La ciencia del siglo XIX, llena de soberbia, “vanguardia del progreso” con sus propuestas de “organizar científicamente la sociedad”, como lo expresaban Augusto Comte y Ernest Renan, entre muchos otros, va a desterrar a las sirenas de la naciente biología, confinándolas, hasta nuestros días, a novelas, cuentos, poemas, leyendas, y realidades de los llamados pueblos salvajes. La objetividad, montada en el caballo de la técnica y la industria, no tolera resabios de ningún tipo. El mundo cambia sin cesar y no puede cargar con lastres. Sociedades, instituciones, conocimientos, ideas, todo es susceptible de cambio, es decir, de progreso, el cual avanza constantemente, pero de manera gradual, sin alteraciones bruscas, ni saltos repentinos.
 
La idea de evolución se populariza. Herbert Spencer hace de ella una filosofía, Morgan la aplica a la historia de las sociedades, y Darwin la extiende al reino de la naturaleza, Homo sapiens incluido. El resultado objetivo de estas investigaciones es que los seres más evolucionados de la naturaleza son los hombres blancos anglosajones, sus instituciones sociales, las mejores y sus ideas y conocimientos, los verdaderos.
 
Ante esta nueva mentalidad, sirenas, elfos, dragones, unicornios y demás seres maravillosos, se concentrarán en zonas de refugio, en donde podrán vivir tranquilamente, mientras la modernidad no los alcance. Los trolls huyen a lo más espeso de los bosques escandinavos, los elfos se esconden en Irlanda y en la Selva Negra, un dragón aprovecha las tinieblas de Loch Ness, el hombre salvaje se encumbra en los Himalaya, algunas sirenas pueblan con discreción las costas occidentales del África y el Índico, participando secretamente en ciertos ritos de los habitantes de Yemén (figura 8), mientras otras se adueñan de ríos y manantiales de diversas latitudes (figura 9). El mundo civilizado se enterará de su existencia por boca de etnólogos, antropólogos, y demás estudiosos de los llamados pueblos atrasados, o bien, visitando los circos tipo Barnum, en donde por una módica suma se podían observar sirenas traídas de lejanas tierras, humilladas al ser exhibidas junto a gemelos pegados, mujeres barbudas, niños bicéfalos y otros freaks, ya considerados del dominio de la teratología o ciencia de los monstruos.
 
 
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Figura 8. Dugongo disfrazado, Aden, Yemén.
  
Y no sólo eso, la literatura va a modificar completamente la imagen de estos legendarios seres, despojándolos de su encanto. Obras como Ondina, del Barón de la Motte Fouqué, o La Sirenita, de Hans Christian Andersen, presentan ninfas y sirenas incapaces de seducir a los hombres, carentes de sensualidad. Ya no son malévolas, sino románticas y enamoradizas, y su máxima aspiración en la vida es la obtención de un alma, lo cual sólo pueden lograr casándose con un mortal. Estas cualidades harán de ellas seres frágiles y fácilmente engañables, por lo que generalmente estas historias terminan mal para sus protagonistas. En suma, como lo señala Vic de Donder, las sirenas se convierten en un modelo de virtud.
 
De cómo progresivamente los manatíes llegaron a su forma actual sin pasar por el estado de sirenas
 
En medio de este incesante progreso del saber, algunos científicos seguirán atribuyendo a manatíes y dugongos una cierta relación con las sirenas marinas. Así, en las primeras décadas de este siglo, finalmente se logra clasificar a estos mamíferos marinos en un grupo aparte, lejos de focas y ballenas, el cual es elevado al rango de orden y bautizado con el nombre de Sirenia. ¿Significa esto que los científicos son partidarios de la primera hipótesis? ¿Piensan realmente que los actuales sirénidos provienen de las sirenas marinas?
 
La respuesta es no. La aparición de El origen de las especies va a modificar por completo las ideas acerca de la transformación de los seres vivos. En esta obra, Darwin expone cómo los organismos actuales provienen de otros anteriores que sufrieron modificaciones transmitidas de una generación a otra, conservadas por mecanismos diversos. El principal de ellos es el de la selección natural, el cual opera sobre las variaciones que se producen en los individuos de manera azarosa, confiriéndoles ventajas o desventajas en la lucha por la existencia, la cual tiene lugar entre individuos de la misma especie debido a lo limitado de los recursos ante el crecimiento de la población. Dichas variaciones se irán acumulando de manera lenta y gradual en las poblaciones de organismos —Darwin estaba convencido de que la naturaleza no da brincos—, provocando cambios en ellas en la medida en que las variaciones favorables iban predominantes, hasta conformar un grupo distinto al que pertenecían, esto es, una nueva especie. El registro fósil es imperfecto, ya que en él no aparece toda la secuencia de cambios. A pesar de que Darwin contemplaba otros mecanismos para dar cuenta del origen de nuevas especies, el neodarwinismo del siglo XX va a retomar únicamente el de la selección natural, haciendo de la adaptación una especie de panacea universal para explicar cualquier proceso evolutivo.
 
Así, desde esta perspectiva, Jacques Cousteau explica la evolución de los sirénidos sin pasar por las sirenas. “Hace unos 50 o 60 millones de años, por razones aún oscuras, un cierto número de mamíferos marinos primitivos, muy diferentes a las especies actuales, avanzaron hasta los límites de las aguas oceánicas. Con el paso de las generaciones se produjeron algunos cambios genéticos que modificaron su apariencia física. Estas adaptaciones se hicieron progresivamente más funcionales. Ellas les permitieron, con el tiempo, multiplicar y prolongar sus incursiones al mar, antes de lograr llevar una existencia anfibia, y después completamente acuática.” Así, “unos herbívoros, primos de los ancestros del elefante actual, emigraron hacia las aguas poco profundas de los litorales o a los esteros. Eran los lejanos abuelos de los sirénidos —manatíes y dugongos”.
 
¿Quiénes eran estos ancestros de los sirénidos y de dónde vienen? Sirenas no, pero sí parecen provenir del Mediterráneo. Se dice que estuvieron emparentados con los elefantes, pero hace ya casi 50 millones de años, durante el Eoceno. Se piensa que a mediados de esa época, existían varios géneros de estos animales, todos acuáticos, aunque de diversas apariencias, distribuidos en gran parte del planeta, incluyendo el hemisferio sur del Nuevo Mundo. El fósil más antiguo que se conoce data de esta época y fue hallado en Jamaica. Se trata de Prorastomus sirenoides, cuyo aspecto es ya distinto al de los dugongos del Viejo Mundo, de los que desciende, y más parecido al del manatí, aunque carece todavía del sistema de reemplazo de dientes que caracteriza a este último.
 
Se piensa que, así como lo explica Cousteau, las presiones que ejerce el ambiente van generando cambios que van a llevar a la aparición de Potamosiren, considerado como el ancestro más cercano a los manatíes actuales (Trichechus), pasando por Protosiren. A Potamosiren lo incluye Domning en la familia Trichechidae, a pesar de que no se diferencia mucho de sus ancestros, pues carece de dientes extras o supernumerarios. Su argumento es que el registro fósil está aún incompleto y que hay que ampliarlo.
 
La aparición del sistema de reemplazo de dientes en la familia Trichechidae la explica Domning como una consecuencia de los cambios ocurridos en el Mio-Plioceno, los cuales provocaron una fuerte abundancia de gramíneas en los deltas de los ríos. “Los triquéquidos se adaptaron a este nuevo y abundante recurso alimenticio, primero por la evolución del sistema de reemplazo horizontal de molares extras (en Ribodon), y posteriormente por la reducción del tamaño de los molares” y otras modificaciones más, en Trichechus. El resto de las transformaciones que van a provocar la aparición de T. inunguis, especie amazónica, y T. manatus, especie del Caribe y Florida (modificación de dientes y otros caracteres más), las explica Domning igualmente como adaptaciones a cambios en la dieta.
 
Sin embargo, también dentro del mundo de las ciencias hay discrepancias. No todos los que se dedican a la evolución comparten este tipo de explicaciones adaptacionistas que tanto pululan en la literatura científica y que constituyen la visión predominante. Existe una corriente que ha elaborado críticas profundas a lo que ha denominado como “programa adaptacionista” o “panglossiano”, conformada por figuras como Richard Lewontin, Stephen Jay Gould, Elizabeth Vrba, Steven Stanley y Niles Eldredge, entre otros. Ellos piensan que la selección natural no puede dar origen a nuevas especies, que son otros los mecanismos responsables de la especiación, que no todo carácter es producto de la adaptación, que este programa ha tenido éxito porque es muy fácil armar historias adaptativas debido a la vaguedad de sus bases y, además, si una de ellas falla, es igual de sencillo inventar otra historia similar. Un ejemplo de esto son las explicaciones de los sociobiólogos, quienes con su reduccionismo a ultranza, han llevado a sus extremos este programa, por lo que Gould se refiere a la sociobiología como “el arte de contar historias”.
 
Ello no significa que las sirenas retomen su lugar perdido en la Scala Naturae, pues para estos investigadores no existe una cadena de seres continua. Su idea de la evolución es puntualista o discontinua, esto es, que el ritmo de la evolución presenta largos periodos de “estasis”, durante los cuales sólo hay cambios menores —como los adaptativos—, seguidos de breves momentos, en el tiempo geológico, en los que ocurren los eventos de especiación. Y a pesar de que en sus explicaciones incorporan “monstruos esperanzados”, no incluyen a las sirenas entre ellos. Antes de completar su ocaso, las sirenas tuvieron una última incursión en la ciencia. Cuenta Durand que a mediados de este siglo, en un congreso de Paleontología, científicos japoneses presentaron unas momias que aseguraban eran de sirenas. No hubo quorum, y todos los asistentes determinaron los ejemplares como dugongos. Lamentando la preeminencia de dugongos y manatíes sobre las sirenas, el mismo Durand concluye: “los mudables humanos prefirieron el saber a la grata fantasía”.
 
Epílogo: de ciencia y mito
 
Cada sociedad genera, a lo largo de su historia, su propia visión del mundo, su marco referencial al interior del cual todas las cosas cobran sentido. Prejuicios, relaciones de poder, fantasías, la vida social y mental, en su totalidad, influye en la conformación y cambio de su cosmovisión. Por supuesto que no de manera mecánica. La forma en que los hombres han explicado la presencia a su alrededor de otros seres vivos, así como la propia, es una muestra de ello. De lo mitos griegos a la ciencia contemporánea, en el caso de la llamada cultura occidental, las ideas acerca del origen de los organismos se encuentran enmarcadas socialmente. Y sin embargo, la ciencia moderna niega este hecho al pensarse neutra y completamente objetiva, adjudicándose desde esta altura el derecho de calificar como mito todas las explicaciones anteriores, así como las procedentes de otras culturas contemporáneas. Mas, ¿qué tan lejos se encuentra la ciencia de lo que se llama mito?  
   

Difícil responder a semejante pregunta, y no es el propósito de este texto. Baste con mostrar lo complejo que es, en ocasiones, delimitar esta frontera. La idea de la Gran Cadena del Ser se mantiene a lo largo de la historia occidental, hasta convertirse en un elemento cultural, como lo muestra Lovejoy, y esta idea va a influir en el pensamiento de Darwin, favorecida por el contexto social, como lo señalan Gould y Eldredge. “La preferencia que generalmente tenemos muchos de nosotros por el gradualismo, es una instancia metafísica inserta en la historia moderna de las culturas occidentales: no es una observación empírica de orden superior, inducida por el estudio objetivo de la naturaleza. La famosa frase atribuida a Linneo: natura non facit saltum (la naturaleza no da saltos), refleja tal vez algún conocimiento biológico, pero también representa la transposición dentro de la biología, del orden, la armonía y la continuidad que los gobernantes europeos esperaban mantener en una sociedad ya asediada por demandas de cambio social.”

 
Es posible que la teoría de la evolución posea ciertas características que la diferencien de otras y la acerquen más al mito. François Jacob piensa que “entre las teorías científicas, la teoría de la evolución tiene un estatus particular. No solamente porque, en ciertos aspectos, sigue siendo difícil de estudiar experimentalmente y que, además, dé lugar a diversas interpretaciones, sino también porque ella explica el origen del mundo vivo, su historia y su estado actual. En ese sentido, la teoría de la evolución es frecuentemente tratada como un mito, es decir, como una historia que cuenta los orígenes y, a partir de ahí, explica el mundo vivo y el lugar que ocupa el hombre en éste”.
 
Aparte de estas especificidades, existen muchos elementos que acercan mito y ciencia, y que bien valdría la pena profundizar. El mismo Jacob proporciona un ejemplo: “En su esfuerzo por cumplir su función y encontrar un orden en el caos del mundo, mitos y teorías científicas operan según el mismo principio. Se trata siempre de explicar el mundo visible por medio de fuerzas invisibles, de articular lo que se observa con lo que se imagina”.
 
Es por eso que, como lo dice el mismo Jacob, la imaginación juega un papel fundamental en toda explicación o representación del mundo, sea mítica o científica. Así, muchos seres imaginarios han sido parte integral de una visión del mundo en diversas épocas y culturas, ocupando un lugar en la explicación del origen de los seres vivos, constituyendo un eslabón indispensable de la Gran Cadena del Ser, al igual que los seres intermedios en las actuales historias evolutivas, cuyos restos se supone algún día serán desenterrados por un paleontólogo.
 
Las sirenas fueron exiladas por la ciencia para, en su lugar, poner una serie de seres tan hipotéticos como ellas, aunque menos atractivos, así como las leyendas y los mitos fueron desechados para introducir historias adaptativas igual de fantasiosas y tal vez menos fascinantes por repetitivas. La imaginación desborda en ambos casos.
 
“Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes”, decía José Durand. Mas, paradójicamente, el fin de siglo se acerca y el manatí se encuentra en peligro de extinción mientras que las sirenas gozan de buena salud y hasta estrellas de cine son hoy día. Todo indica que estos deliciosos seres seguirán viviendo aún muchos años cambiando de aspecto y cualidades, como todo ser vivo, en un mundo en el que quedará como leyenda la existencia de un simpático animal marino, conocido en su época como manatí y alguna vez emparentado con las esplendorosas sirenas.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
Carrillo Trueba, César. 1993. Algunas consideraciones sobre la evolución de las sirenas. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 35-47. [En línea].
     

 

 

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Ernesto Vicente Vega Peña      
               
               
El origen de los dragones es un tema que causa polémica.
Existen diversas interpretaciones que corresponden tanto a diferentes escuelas de pensamiento como a etapas particulares en el desarrollo de alguna de estas corrientes. Una somera revisión bibliográfica saca a relucir seis hipótesis generales acerca del origen de los dragones (Karovsky, 1985).
 
1. La teoría teológica ortodoxa concibe a los dragones como seres creados por Satanás, escapados del infierno. Son intrínsecamente malévolos, por lo que deben ser destruidos.
 
2. La teoría teológica revisionista propone que se trata de animales antediluvianos, uno de los primeros intentos de Dios para poblar al mundo. Por razones desconocidas tornáronse malos, consecuentemente debieron desaparecer en el diluvio, pero no lo hicieron. Criatura del señor al fin y al cabo, no son intrínsecamente malos, pero si es conveniente eliminarlos.
 
3. La teoría metaevolutiva indica que se trata de un dinosaurio muy especializado. La adquisición de sus capacidades es algo no aclarado aún, pues no ha ocurrido en ningún otro grupo de seres vivos. 
 
4. La hipótesis exobiológica, como su nombre lo indica, sugiere un origen extraterreno de estos organismos. 
 
5. La teoría paleofaunística propone que se trata de seres sobrevivientes de la fauna mítica que originalmente pobló la tierra, como unicornios, pegasos, catobleps, borametzes y fauna similar. Posiblemente hayan sido contemporáneos de los “dioses arquetípicos” descritos por el historiador Lovecraft. Por lo menos sí parece seguro que convivieron con enanos, elfos y hobbits durante la Tercera Edad (Tolkien, 1959). Tampoco se sabe si hay relación filogenética con el paladín japonés de los años cincuenta: Godzilla. 
 
6. La concepción del universo como un equilibrio de fuerzas otorga a los dragones un lugar propio. Son los contrapesos de la bondad, representada tal vez por pegasos y unicornios. Su presencia es perturbadora, pero no por eso deben ser aniquilados.
 
Existen varias descripciones de estos animales, pero en general coinciden con la siguiente: “una lagartija de muy buen tamaño, de ojos rojos, uñas afiladas, con alas en el dorso, capaz de echar humo y fuego por la boca. Muy mañoso, además (Karovsky, 1985). Se desconoce su ubicación taxonómica precisa, pero se le supone emparentado con el Dracosaurus sp., por lo que se agrega su clasificación (Tabla 1).    
 
CLASE: REPTILIA
SUBCLASE: DIAPSIDA
INFRACLASE: LEPIDOSAUROMORPHA
SUPERORDEN: SAUROPTERIGIA
ORDEN: NOTHOSAURA
FAMILIA: NOTHOSAURIDAE
GENERO: Dracosaurus
GENERO: Draco (?)
Tabla 1. Clasificación taxonómica de Dracosaurus sp.
  
No se tienen muchas referencias acerca de su anatomía. El esquema del esqueleto que se presenta (Figura 1) es la reinterpretación actualizada del dibujo hecho por Hoken (citado en Delval, 1902), simbolizando al “Lindwurm” destruido por Sigfrido. Salvo por las alas, que surgen de una cintura escapular “doble” (única en los vertebrados), no se encontró nada novedoso.    
 
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Figura 1. Esqueleto del “Lindwurm” (Tomado de Delval, 1902). Por simplicidad sólo se representa una de las alas.
   
En general son terrestres, aunque los hay marinos, prefieren las cavernas o las montañas, cercanas a bosques lúgubres y sombríos. Tienen una muy amplia distribución: se ha reportado su presencia en Asia, Europa y Mesoamérica. Como son animales voladores no es fácil localizar su centro de diversificación.
 
De hábitos nocturnos y crepusculares, estos animales han sido descritos como inteligentes, mañosos y perezosos. Odian a los unicornios y cuando pueden, roban cuantiosos tesoros para después cuidarlos celosamente (aparte de terapia ocupacional, no se sabe si los emplean para otra cosa). Son solitarios, con un periodo de vida desconocido (la creencia general es que son inmortales, si no se les mata). Tampoco se sabe gran cosa sobre sus hábitos reproductivos y ciclo de vida, aunque se sospecha que son hemimetábolos (Ávila, comunicaciones personales). Se desconocen sus costumbres previas a la aparición del hombre, pero desde que éste apareció los dragones disfrutan mucho, aparentemente, al destruir villorrios y pueblos, amén de tener en gran estima a los individuos humanos de sexo femenino no iniciados en actividades sexuales (a quien llamaremos Ihsfnias de aquí en adelante). Por todo lo anterior, estos seres (los dragones) tienen importancia económica, que se discutirá más adelante.
 
Interacción hombre-dragón
Antecedentes
 
Los dragones han estado vinculados a diferentes grupos humanos desde hace mucho tiempo, tanto que se incorporaron a los acervos culturales de cada civilización involucrada. De este modo, hay varias maneras de entender el mismo fenómeno, al menos una por cada grupo humano que tuvo la fortuna de entrar en contacto con estos animales.
 
Algunas mitologías mesoamericanas (mayas y mexicas) hacen referencia a seres que pueden clasificarse como dragones. Arellano, H., (1992) sugirió una identificación del dragón con el cocodrilo en la mitología maya. El “dragón-cocodrilo”, corresponde a una deidad vinculada a la fertilidad, a la Tierra y también al inframundo. “Ha simbolizado y representado al cosmos, cabal y viviente”, señaló. Uno de los nombres mayas de este dios es Hun itzam na, “madre 1 lagarto” (cipactli en su equivalente mexica). Este autor comentó también acerca de algunas referencias olmecas sobre la tierra, que involucran al cocodrilo o caimán (y consecuentemente al dragón). Conviene señalar que ciertas representaciones de Quetzalcóatl hacen recordar a un dragón.
 
La presencia del dragón no ha pasado desapercibida en Asia, especialmente en China, donde le fueron otorgados diversos significados: acuático, terreno y celeste a la vez. El posible sentido de lo anterior es que se trata de representaciones de diferentes aspectos del principio único, K’ien, origen del cielo y productor de la lluvia. Como consecuencia representa actividad celeste (lluvia y trueno). Al unir tierra y agua se convierte en símbolo de fertilidad, de vegetación, de vida y de renovación cíclica. Su cabeza, cola y cuernos corresponden a los nódulos de la luna, lugares donde ocurren los eclipses (tal vez por eso los árabes tenían por sitio tenebroso a la cola del dragón). En el equinoccio de primavera el dragón se eleva por los cielos (simbolizándose por la estrella kio o espiga de la virgen) y desciende en el equinoccio de otoño (representado con ta-kio o arcturus).
 
El poder del dragón es la unión de los contrarios, la imagen del yin y del yang. Es yang porque representa al trueno, a la primavera, a la actividad de los cielos, al caballo y al león. Es yin porque domina las regiones acuáticas, y por lo tanto es la metamorfosis del pez; también por su identificación con la serpiente.
 
Seres inmortales, los dragones han representado al emperador, a su poder y sabiduría, la cara del dragón es la del emperador; su paso, el del dragón, la perla del dragón es la palabra y pensamiento del emperador. Brillante, perfecto e inobjetable. Se cree también que la perla, objeto precioso, es custodiada por un dragón con los ojos siempre abiertos; al morir, el emperador, sube a los cielos montado en un dragón volador.
  
En la India se le identifica con el principio, con agni o prajapati. El dragón produce el soma, elixir de la inmortalidad. Aquel que pueda matar al dragón (según este tipo de creencias) se hace uno con el poder divino. (Chevalier & Gheerbrandt, 1983).
 
En occidente, los primeros registros fueron hechos (como es costumbre en estas partes del planeta) por los griegos. Uno de los diez trabajos de Heracles consistió precisamente en matar al dragón que custodiaba el jardín de las hespérides. También es conocido lo que hicieron Cadmos y Jasón con los dientes de un dragón: los sembraron y de ellos nacieron los hombres (Garibay, 1986).
 
El prudente Ulises se enfrentó, exitosamente hay que reconocer, a una variante marina y bicéfala, Caribdis y Escila —conviene insistir en la falsedad de la interpretación que convierte a este dragón bicéfalo en un par de remolinos escondidos tras unas aburridas rocas, perdidas en el Egeo—. (Homero).
 
Pero también hubo dragones entre los hombres de la Grecia antigua. Así, cuando en Atenas gobernaban los alcmeónidas, alrededor del siglo VI a. C., por razones que no vienen al caso, Cilón (noble y jugador olímpico) organizó con campesinos y artesanos una revuelta, sitiando la acrópolis. El entonces arconte, Megacles, reprimió esta insurrección con brutalidad innecesaria; como además les cayó la peste y perdieron el control de una ciudad por una guerra en la que los derrotaron, los alcmeonidas vieron mermado su prestigio como gobernantes. Entonces fue designado otro arconte no alcmeónida, llamado Dracón. Este tuvo la ocurrencia de grabar en piedra las disposiciones jurídicas con la finalidad de impedir las arbitrariedades de los jueces, parciales en favor de los nobles, imponiendo castigos muy severos (draconianos) a los que no las cumplían. Con todo, sus esfuerzos no pacificaron a Atenas. Fue Sólon quien logró este objetivo (Nack y Wägner, 1959).
 
Los dragones adquirieron la fama que tienen actualmente, gracias a su interacción con un grupo humano en particular: los cristianos. En su esquema clásico del bien y del mal, los dragones se han identificado con la sierpe, el diablo. La representación de Cristo caminando sobre serpientes indica la victoria del bien sobre el mal. Un par de campeones de la cristiandad trataron con este tipo de fauna. San Jorge salvó a la hija del rey de Libia cuando un dragón estaba a punto de devorarla. Santa Martha se enfrentó con otro de estos animales, de nombre “tarasque”, que asolaba las regiones de Avignon y Arles. La estrategia de esta santa consistió en rociarle agua bendita, volviéndolo dócil. De este modo pudo amarrarlo para que después llegaran los pobladores (no se sabe de dónde) y lo mataran. Todavía se recuerda la hazaña en la Villa de Tarrascón, donde se hacen procesiones anuales, empleando figuras de dragones (Larousse Encyclopédique, 1963).
 
Las tradiciones alquímicas interpretan al dragón como la neutralización de las tendencias opuestas, como las de azufre y las del mercurio. Significa también la naturaleza latente, no expresada: el ouroboros, serpiente (o dragón) que se muerde la cola (esta significación puede variar, quedando como el ser que se genera a sí mismo, que surge de su propia boca).
 
Otros contactos de los hombres con los dragones están consignados en diversas obras históricas. Ya se hizo referencia al “Nibelungenlied”, donde Sigfrido mata al “Lindwurm”, celoso vigilante del oro del Rhin (parte de las capacidades de Sigfrido se originan por bañarse en la sangre de su víctima). El gran héroe Don Quijote también enfrentó dragones y peligros mucho mayores.
 
Interpretaciones contemporáneas
 
La interacción hombre-dragón (HD de aquí en adelante), debido a sus múltiples facetas, puede abordarse de varios modos. Consecuentemente es difícil desarrollar una teoría general y única sobre este fenómeno. No es el propósito de este trabajo hacer una revisión exhaustiva sobre los distintos enfoques y sobre la polémica existente. Sólo se comentarán brevemente dos de los enfoques más conocidos y sus posibles aplicaciones para ejercer un manejo de estos animales que sea conveniente a los intereses de la sociedad en su conjunto.
 
Gracias a los trabajos de Lotka-Volterra fue posible matematizar adecuadamente la interacción HD. El modelo general propuesto para estos autores es el siguiente (Begon, Harper y Townsend, 1986):
 
dN/dt = RN − A’CN
 
Ecuación de la presa
 
dC/dt = FA’CN − QN
 
Ecuación del depredador
donde
N = número de presas (ihsfnias)
R = tasa de crecimiento de las presas
A’ = Eficiencia de búsqueda o tasa de ataque del depredador
C = Número de depredadores
F = Eficiencia del depredador en transformar su presa en descendencia del depredador
Q = Tasa de mortalidad del depredador
 
Algunos autores han propuesto presas diferentes, como por ejemplo los tesoros (Peraloca, 1983). Sin embargo, el tipo de presa representado tiene mayor interés para el grueso de la población.
 
Partiendo del modelo propuesto sólo restaría encontrar los valores adecuados para detectar algún tipo de óptimo en esta interacción. En términos operativos, los parámetros más adecuados para explorar la dinámica de esta interacción son R y A’ (otros como Q y F suponen un conocimiento de la biología de este ser, que aún no se tiene). Sin embargo, la naturaleza del fenómeno no permite hacer extrapolaciones tan simples. Existe un componente social de enorme peso que le otorga a la interacción HD nuevas propiedades, no contempladas en el modelo previo.
 
Hay otra manera de interpretar esta interacción. Su núcleo es la gran importancia de los ihsfnias en varias sociedades. La aplicación de este enfoque, por lo tanto, se restringe en gran medida a los grupos humanos “conservadores”.
 
La interacción HD puede ser inestable. El curso que siga esta interacción depende de diversos factores, tanto biológicos como sociales. Uno de los primeros intentos por representar todas las posibles rutas de esta interacción es el hecho por Castillo (1981), quien descubrió patrones cíclicos en los comportamientos de las poblaciones estudiadas en la región de Canocabamba. Este autor propuso un diagrama de flujo, que si bien no explica muchos otros casos, si puede dar una idea general de lo diversa y compleja que puede ser esta interacción (Figura 2).
 
 figura3206 02
Figura 2. Respuestas sociales concatenadas en la región de Canacabamba (Tomado de Castillo, 1981).
   
Posteriormente se han realizado otros estudios, que han descubierto una cantidad insospechada de respuestas sociales ante la presencia del dragón. Chardin (1988) resumió varias de ellas en su libro (clásico del tema): The meaning of dracons… La tabla 2 se extrajo de dicha obra. De ella se concluye básicamente que los dragones reducen los tamaños poblacionales de las sociedades con las que interactúan, mediante mecanismos a veces insólitos. Pero no es ésta la única respuesta. Puede suceder (y de hecho así ocurre) que aumente el flujo génico entre poblaciones. Y aunque resulte antagónica, otra respuesta general es el aumento del entrecruzamiento en una misma población.
 
Una revisión de las respuestas de la tabla 2 pone al descubierto relaciones sucesionales entre ellas. Como ejemplo, tómense las respuestas 7, 9 y 10: una puede llevar a la otra sin mucha dificultad. Otro conjunto de respuestas estrechamente ligado es el que se forma con 8, 4, 6 y 1. De este modo surge la vieja interrogante acerca del determinismo y la predictibilidad en los procesos sociales.
 
La evidencia acumulada hasta el momento sugiere que los dragones otorgan a las sociedades cierto elemento, no definido aún, capaz de modificar cualitativamente su comportamiento. Esta alteración hace que la dinámica social sea predecible, asunto tratado por varios autores, entre ellos Asimov (1984).
 
Tabla 2. Diversas respuestas sociales ante la presencia del dragón. (Tomado de Chardin, 1988).
1. Iniciación sexual temprana de IHSFNIAS. Formación de grupos especializados en la actividad.
2. Emigraciones masivas de IHSFNIAS y de mujeres en general.
3. Emigraciones masivas de hombres.
4. “Liberalización” de las relaciones de pareja. Pierde importancia la virginidad.
5. Se produce resistencia activa contra el dragón, surgen grupos especializados.
6. Disminuye la tasa de matrimonios.
7. Desarrollo de sociedades especializadas en producir IHSFNIAS. Aparece un comercio de estos “bienes” sociales.
8. Aumento de la prostitución.
9. Guerras económicas por la posesión de IHSFNIAS.
10. Cultivo de dragones como medios de presión política.
11. Socialización de IHSFNIAS. Surge un nuevo grupo de poder, el de las IHSFNIAS y las gentes a ellas vinculadas.
 
 
Comentarios finales
 
La importancia de los dragones en las sociedades occidentales está relacionada directamente con los ihsfnias e indirectamente con el matrimonio, la familia y la sociedad en su conjunto. Los dragones, al chocar abiertamente con la posesión de tesoros e ihsfnias, ponen de manifiesto lo restringido y absurdo de ciertas “premisas” o supuestos “principios naturales” sobre los que se estructuran algunos edificios sociales. Consecuentemente, los grupos humanos que ven afectados sus intereses tratan de eliminarlos. Para lograr sus objetivos no vacilan en recurrir al asesinato y a la mentira histórica.
 
La presencia del dragón hace visible la contradicción de nuestras sociedades poniendo en evidencia su carácter distintivo, volver mercancía todo lo que entre en contacto con ellas: mujeres, hombres, costumbres y dragones. De igual modo, en la escala del individuo surgen las contradicciones cuando el dragón enfrenta las escalas de valores vigentes.
 
El dragón, entidad no humana, le otorga al hombre propiedades humanas cuando lo enfrenta (como la contradicción y el cambio constante). Es curioso que en el oriente se haya desarrollado una concepción tan distinta del mismo ser. En occidente, las clases poderosas le temen; en oriente, se identifican con él. Esto puede ser una prueba más de las esencias contradictorias del dragón y del hombre, junto con todas sus creaciones.
 
 articulos
Referencias Bibliográficas
 
Arellano-Hernández, 1992, Notas sobre un dragón maya, Ciencias, 28:41-45, México.
Asimov, I., 1984, Foundation and Empire, Panther Granada Publishing, EUA, 240 pp.
Begon, M, J. Harper, y C. R. Townsend, 1986, Ecology. Individuals, populations and communities, Harper and Row, EUA.
Castillo, F., 1981, Cyclical dynamics in dracon-stressed Societies, Annals of Fantastic Anthropology, (12):62-107, Gran Bretaña.
Chardin, O., 1988, The meaning of dracons in occidental Societies: a general survey, Annals of Fantastic Anthropology, (62): 677-752.
Chevalier, T. y A. Gheerbrandt, 1988, Diccionario de los símbolos, Ed. Herder, Barcelona, 1107 pp.
Delval, P., 1902, Traite des Animaux Fabuleux et Imaginaires, Ernest Flammarion, Editeur, Paris, France.
Garibay, A., 1986, Mitología Griega. Dioses y héroes, Ed. Porrúa, Colección “Sepan cuántos…”, México 260 pp.
Karovsky, I., 1985, About dracon’s genesis, Journal of Theoretical Metabiology, (227):5017-5060, Miskatonic, EUA.
Lovercraft, H. P., 1980, Los mitos de Cthulhu, El libro de bolsillo, Alianza Editorial, Madrid.
Nack, E. y W. Wagner, 1959, Grecia. El país y pueblo de los antiguos helenos, Ed. Labor, Barcelona, España, 468 pp.
Peraloca, C., 1990, Treasures as an alternative prey for dracons: some economical implications, McPato’s Society Bulletin for Science and Wealth Improvement, (39):220-267, USA.
Tolkien, J., 1959, The Hobbit, London Unwin Paperback, Great Britain.
     
 ____________________________________      
Ernesto Vicente Vega Peña
Profesor adjunto de la Facultad de Ciencias Ocultas y Lenguas Muertas,
Universidad Nacional Autónoma de Kafkatlán, UNAK.
     
________________________________________________________      
cómo citar este artículo
 
Vega Peña, Ernesto Vicente. 1993. Breves comentarios a la interacción del hombre y el dragón. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 50-55. [En línea].
     

 

 

la química de la vida         menu2
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El metabolismo
de las quimeras
R032B03  
 
   
   
Isaac Skromne    
                     
Desde los comienzos de la química, una de las necesidades
básicas del hombre fue la de buscar los elementos primeros, la materia Fundamental, de la que están hechas todas las cosas, la sustancia primigenia, a través de destilaciones, disoluciones y purificaciones, para finalmente poder sublimar la esencia de las cosas.
 
En su afán de crear y controlar la naturaleza, el hombre no se percató que mientras que en la purificación la única dificultad que se presenta es la de encontrar las condiciones adecuadas para efectuarla, la síntesis es un proceso complicado y laborioso, cuyo único resultado no se conoce sino hasta que el producto ha sido probado y consumido, y el proceso ha sido finalizado. Mientras que en la purificación se conoce la sustancia y el fin último es conocer sus efectos, en la síntesis se espera obtener ciertos efectos a través de modelar una sustancia (hasta ahora esto sigue siendo imposible).
 
Los griegos, quienes fueron uno de los primeros pueblos en tratar de comprender y hasta cierto punto controlar la naturaleza, también fueron uno de los primeros en jugar el juego creacionista, no con la química que todavía no comprendían, sino en el plano de la imaginación, con sus dioses y semidioses.
 
La extensa gama de monstruos mitológicos representa la costumbre de los griegos de crear nuevos seres a través de otros seres con otros animales. Actualmente nos parece natural pensar en un Minotauro o en una Harpía, pero, desde el punto de vista bioquímico y fisiológico, ¿qué tan factibles son estos seres mitológicos?
 
Las sirenas, esos fabulosos seres marinos, de sublime belleza, con figura mitad mujer y mitad pez, que atraían a la perdición a los marineros con sus bellos cantos, han sido representadas infinidad de veces y aceptadas por nosotros de manera natural. Sin embargo, las imposiciones que implica ser un mamífero (su mitad mujer) marino (su mitad pez), son muy grandes para la descripción que tenemos de ellas. Tan sólo considerando que su metabolismo fuera igual al de otros mamíferos marinos como ballenas, tocas, etcétera, las sirenas requerirían de un almacén de oxígeno para sus viajes marinos.
 
La mioglobina es la proteína encargada de almacenar oxígeno en los músculos y se utiliza durante la contracción de éstos. Se trata de una proteína globular y en su centro activo (donde se atrapa el oxígeno) tiene un grupo hemo (molécula que posee un átomo de fierro, responsable de unir el oxígeno, y que también se encuentra en la hemoglobina). En la gran masa muscular de las ballenas se encuentra en exceso sobre las demás proteínas, una mioglobina especial muy ávida por oxígeno, que es la encargada de almacenarlo en los viajes submarinos y que lo va liberando conforme se va requiriendo. Debido al exceso de esta proteína en los tejidos musculares, Max Peruz pudo cristalizarla y dilucidar su estructura en 1957.
 
Otra proteína emparentada con la mioglobina es la hemoglobina, cuyo papel también es crucial para entender el metabolismo del oxígeno, ya que es la encargada de transportarlo por la sangre. Se ha detectado, en las personas nativas del Mar Mediterráneo, una enfermedad causada por una hemoglobina alterada, que produce un transporte bajo de oxígeno por la sangre. En ciertas poblaciones, hasta un 20% de los individuos pueden presentar esta enfermedad, que es conocida como talasemia (del griego talas = mar).
 
Tan sólo considerando estos dos aspectos bioquímicos, las sirenas no serían tan bellas como son descritas, sino serían unas damas gordas y musculosas (porque requieren amplias reservas de oxígeno en forma de mioglobina), y aproximadamente el 20% de ellas no podría nadar a causa de insuficiencias en la distribución de oxígeno (considerando el porcentaje de la población mediterránea que tiene talasemia). 
 
Otro ser mitológico por todos conocido es el Pegaso, caballo alado al servicio de Zeus. Olvidando los impedimentos aerodinámicos que presentaría el corcel volador, ¿cómo debería ser su estructura interna y su metabolismo?
 
Una de las características que el esqueleto del Pegaso debería tener, y permite a las aves volar, es la de ser ligero y hueco, adaptado para proveer un sostén a los tejidos blandos y evitar un peso excesivo.
 
Con respecto al metabolismo, el elevado consumo de glucosa de los músculos pectorales durante el vuelo, hace que las reservas de carbohidratos se terminen rápidamente. En las aves, la manera en que el metabolismo se libera de esta imposición, es relevando parte de las responsabilidades de los músculos al hígado.
 
El músculo consume la glucosa generando la energía necesaria para el movimiento, y la convierte en ácido láctico. Cuando se acumula demasiado ácido láctico en los músculos se producen los calambres). Este ácido láctico es transportado vía sanguínea al hígado donde, con la inversión de energía, se convierte en glucosa, que nuevamente es transportada por la sangre al músculo. Debido a que la glucosa no es consumida hasta el producto final (dióxido de carbono), este proceso, aunque es muy eficiente, es energéticamente muy costoso.
 
De esta manera, las exigencias del metabolismo que debería tener Pegaso, lo harían un caballo de mantenimiento muy costoso, ya que las cantidades de alimento que debería consumir serían muy grandes. Por otro lado, su esqueleto hueco lo volvería propenso a fracturas, por lo que difícilmente podría ser montado. Definitivamente esta es una cabalgadura destinada sólo para los dioses.
  articulos
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Isaac Skromne
Instituto de Investigaciones Biomédicas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo 
Skromne, Isaac. 1993. El metabolismo de las quimeras. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 48-49. [En línea].
     

 

 

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Hacia una fórmula
de la eterna juventud
R32B01  
    
 
 
Raymundo Méndez Canseco  
                     
La juventud eterna ha sido una constante preocupación
de la humanidad a lo largo de su historia. En la mayoría de las culturas antiguas, la inmortalidad aparece como un don divino que pocos mortales podían alcanzar. En la mitología grecolatina, héroes como Hércules lograron los méritos suficientes para habitar el Olimpo. Y en la Edad Media, innumerables alquimistas dejaron sus vida en sus laboratorios tratando de hallar la piedra filosofal y el elíxir de la juventud. Durante el Renacimiento, diversas expediciones españolas incursionaron el territorio de Florida en busca de la fuente de la juventud eterna. Todos estos esfuerzos, incluyendo los realizados por las casas de perfumería y belleza más prestigiadas, han sido inútiles. No debe olvidarse que, si bien Dorian Grey obtuvo la gracia de una juventud interminable, tuvo que vender su alma al diablo.
 
Sin embargo, esta larga tarea de fracasos parece llegar a su fin. La historia comienza cuando Sigmund Obispo, del Stoyte Institute of Life Sciences en California, se preguntó por las características inusuales de longevidad de la carpa (Cyprinus carpa), un pez originario de Asia, que también habita en Europa y Norteamérica y que, en cautiverio, vive hasta por cuarenta años. La carpa, al igual que la tortuga Galápagos, han despertado la curiosidad de los biólogos; por un lado, porque no cesan de crecer aun en su madurez sexual y su longevidad extrema y por otro, por la falta de señales de senescencia en sus tejidos.
 
Obispo y su grupo de trabajo comenzaron a investigar qué factor estaba asociado a la longevidad de la carpa. Descubrieron que Campylobacter limnia, una bacteria que coloniza el intestino del pez, secreta una proteína que parece estar asociada a la longevidad, a la que se denominó longevina. Posteriormente, se clonó el gen de la longevina y, una vez que se obtuvo en cantidades apreciables, se administró a ratones, pero no se tuvieron más efectos que la pérdida de los bigotes y el desarrollo de piel escamosa en todo el cuerpo. Poco después se descubrió que la longevina se asociaba con una proteína del pez llamada titonina. Cuando el dímero longevina-titonina se administraba a ratones adultos, su vida media se incrementaba. En ratones jóvenes, se retrasaba la maduración de los huesos.
 
El gen tith que produce la titonina está ampliamente conservado entre peces y reptiles, pero no en mamíferos. El grupo de Maunciple produjo ratones transgénicos, que portaban el gen tith y obtuvo una progenie que llegó a pesar hasta 300 gramos en un tiempo récord. La misma progenie mostró deficiencias en la maduración ósea y alrededor de los 150 días de vida, murieron de arresto cardiaco. Este resultado inesperado se explicó por una posible termosensibilidad de la titonina en los animales de sangre caliente. Para evitar este inconveniente, el grupo de Mond mutagenizó a la titonina para obtener una variante termoestable. Cuando el gen se introdujo a los ratones, obtuvieron una progenie que creció indefinidamente, pero que llegó a ser fotofóbica. Por su parte, el grupo de Kawaguchi aisló el mismo gen de la carpa Koi, que habita en las corrientes termales del monte Asama. Los ratones K-tih, que se produjeron de esta forma, tuvieron un tamaño 1.5 veces mayor que el normal y aparentemente son sanos. Ningún ratón de esta progenie murió después de 600 días.
 
Una de las perspectivas de estos descubrimientos es la obtención de cepas longevas, casi inmortales, de ganado. Este aspecto ha causado polémica, pues se desconoce el impacto ambiental a largo plazo. Sin embargo, actualmente se está trabajando en el control de la longevidad de ratones transgénicos. Se ha diseñado un sistema por medio del que se puede controlar la longevidad añadiendo un narcótico al agua de los ratones, de forma tal que cuando la droga no está presente en la dieta, se puede inducir su muerte. En el aspecto médico, se realizan estudios para emplear el gen tith en el tratamiento de la progeria de Zachary, donde ocurre un envejecimiento prematuro y acelerado de los individuos. Hasta el momento no se tienen resultados, pues se carece de un modelo animal que asemeje a esta enfermedad.
 
¿Cuál es el futuro de esta nueva herramienta biotecnológica? Es difícil creer que el plano de la ficción esté fusionándose con la realidad. No obstante, ésta es una de las facetas que el desarrollo de la biología molecular comenzará a mostrarnos. En el próximo siglo, muchos de los sueños del hombre serán tangibles, sin importar qué tan sublimes o malignos sean.
 
articulos
 
Referencias Bibliográficas
 
Weiss, R. A., 1993, Nature, 362: 411.
Obispo, S., 1990, Adv. Gerontol, 6: 39.
Maunciple, et al., 1989, Gerontol. Res. 26: 958-967.
 
 
 
 
____________________________________________________      
 Raymundo Méndez Canseco      
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cómo citar este artículo
 
Méndez Canseco, Raymundo. 1993. Hacia una fórmula de la eterna juventud. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 15-16. [En línea].
     

 

 

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La biodiversidad del
Instituto de Historia
Natural de Tuxtla
Gutiérrez, Chiapas
R32B02  
 
   
   
Susana López de Lara    
                     
Escribir sobre colecciones de reptiles, de aves, de mamiferos,
de extraños insectos, de dioramas y vitrinas, de colección de maderas, de vivarios y herpetarios, en fin, de plantas y animales vivos, es decir, de nuestra diversidad biológica, es hacer mención del Instituto de Historia Natural y de su Parque Zoológico. Este bello escenario se encuentra ubicado en el Cerro El Zapotal, dentro de 100 hectáreas de selva tropical, como vestigio natural de lo que fueron los alrededores de la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Este zoológico es como pocos en América, no solo por encontrarse en un lugar natural, privilegiado para el desarrollo de la flora y de la fauna, sino por ser el único representativo de la gran biodiversidad de la región neotropical de México. Enclavado en un escenario de gran belleza, es todo un homenaje a la vida silvestre. Diariamente lo visitan cientos de personas de todas las edades, desde niños y jóvenes en edades escolares hasta indígenas y campesinos de diferentes lugares de Chiapas y también de otros estados, así como capitalinos y una gran cantidad de extranjeros. Este lugar que se ha convertido en el paseo predilecto de los habitantes de Tuxtla Gutiérrez, es una de las pocas áreas verdes con que aún cuenta la capital del estado. La riqueza de este tipo de espacios, el museo, el zoológico y el jardín botánico, representan una oportunidad realmente extraordinaria para aprender y valorar nuestra biodiversidad. El museo tiene catalogadas y registradas dos colecciones de vertebrados en piel: una colección de aves que tiene cerca de 2500 ejemplares y otra colección de reptiles con cerca de 1000 ejemplares representativos del estado de Chiapas.
 
Este Parque Ecológico Recreativo, se encuentra dividido en dos grandes secciones, la primera alberga a más de una centena de mamíferos, como por ejemplo: jaguares, pumas, tigrillos, ocelotes, tapires, coatís o tejones, viejo de monte, nutrias, manatís, coyotes, zorras, monos araña, entre otros. También cuenta con aves como: águila arpía, gavilán blanco, loros, cotorras y pericos, tucanes, guacamayas, diversas aves acuáticas como patos y garzas y, desde luego, una singular ave, el pavón, hermoso ejemplar que es el símbolo del Instituto. Como representantes de los reptiles tenemos: tortugas de agua dulce (tortuga blanca, jicoteas y casquitos principalmente); caimán, cocodrilo de río, cocodrilo de pantano, lagarto enchaquirado y serpientes venenosas como las diversas especies de nauyacas, cascabeles y coralillos. Del grupo de los anfibios se encuentran las salamandras, las ranas, la ninfa de bosque y la rana tigre.
 
La sección dedicada a exhibición, ocupa una extensión de 10 hectáreas, en las cuales se ha tratado de reproducir, en la medida de lo posible, los diferentes hábitats naturales de las diferentes especies animales. En otra sección, de 90 hectáreas, está la zona de reserva natural, sitio de conservación e investigación. Dentro de este parque se encuentran libres gran cantidad de animales locales, habitantes naturales, especialmente una manada de monos aulladores. Tales primates fueron introducidos al Zapotal, primordialmente con el objeto de protegerlos de la cacería a lo que están sometidos, además, su presencia en este parque propicia que los visitantes conozcan la existencia de estos primates en las selvas mexicanas, escuchen y reconozcan sus sonidos peculiares y potentes.
 
Por otra parte, en este parque zoológico encontramos animales endémicos; es decir, aquellos que viven solamente en un lugar determinado y que no existen en otro lugar del mundo. El pavón es uno de ellos, cuya distribución está restringida a los bosques de niebla de la Sierra Madre del sur de Chiapas y parte de Guatemala. En el mismo caso está el lagarto enchaquirado o heloderma, peculiar de la Cuenca Central de Chiapas. También una de las labores primordiales de este Instituto es la de salvaguardar los animales en peligro de extinción como el jaguar, el tapir y el águila arpía, entre otros, además de proteger especies raras, como el mismo pavón, el heloderma, las cecilias, el coral punteado y otras más. En cuanto a la reserva natural de árboles, el parque cuenta con abundante cantidad de zapotes negros, de ahí el nombre original de “el Zapotal”, además de otras especies como las corpulentas ceibas o pochotas, el árbol sagrado de los mayas.
 
El Instituto de Historia Natural, también tiene un Jardín Botánico que contiene una colección de maderas, el herbario y un gran arborétum, todos ellos ubicados en el Parque Madero, zona en la que, anteriormente, se ubicaba el zoológico.
 
Durante este año el Instituto de Historia Natural cumple 51 años de labor ininterrumpida. Sin embargo, solo desde hace 8 años (en 1985), la institución obtuvo el reconocimiento oficial, según decreto número 20 del Diario Oficial del Estado. Desde su instalación en el Zapotal, el Parque Zoológico lleva el nombre del Profesor Miguel Álvarez del Toro, como un merecido reconocimiento a la trayectoria científica de este naturalista y zoólogo, quien ha dedicado toda su vida a conocer y conservar nuestra diversidad biológica, y cuyo prestigio es reconocido por muchas instituciones y organismos internacionales, entre los que destacan Estados Unidos, Japón, Francia, China e Inglaterra, principalmente.
 
Del trabajo que se desarrolla en este Zoológico, y del espíritu que anima a quienes allí laboran, se puede desprender un importante mensaje que queremos recalcar en este artículo y es el de que los mexicanos, y también los extranjeros, conozcan y se percaten de la gran riqueza biológica que tenemos en nuestro país. Además, es vital que tomen conciencia de ello, que comprendan la importancia y la trascendencia que tienen éstos en su vida y en la de las futuras generaciones, y traten de modificar su actitud con relación a los seres vivos que habitan y que comparten con nosotros el territorio mexicano.
 
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Susana López de Lara de la Fuente
     
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cómo citar este artículo
 
López de Lara de la Fuente, Susana. 1993. La biodiversidad del Instituto de Historia Natural de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 56-57. [En línea].
     

 

 

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Antonio Lazcano Araujo      
               
               
El conocimiento y la preservación de la biodiversidad es una
tarea compleja que tiene tras de sí una larga lista de antecesores, que va desde San Francisco de Asís hasta Sting, pasando por la SEDESOL y sus funcionarios. Sin embargo, es indudable que la genealogía de esta añeja y noble misión no comenzó con el decreto presidencial que dio origen a la CONABIO, sino con el patriarca Noé, el fundador indiscutible de la preservación del patrimonio biológico. Aunque Noé ha pasado a la historia como constructor de navíos, su principal virtud fue otra: era un hombre sabio que sabía escuchar a tiempo un buen consejo.
 
Aunque la Biblia sólo dice que el Arca era de madera de Gofer, embetunada con brea por dentro y por fuera, con una ventana, una puerta y tres niveles, el Renacimiento produjo a hombres empeñados en describir sus detalles. Nadie tan ducho en esta tarea como Athanasius Kircher, el teólogo alemán Atanasio Kirkerius, a quien nuestra Sor Juana invocó en su respuesta a Sor Filotea, que en su empeño por reforzar la fe cristiana fue más allá del Génesis. El padre Kircher hubiera sido un buen diseñador de barcos; no solo bautizó los distintos niveles que componían el Arca, sino que produjo un bello y portentoso tratado ilustrado con esquemas, planos y dibujos. Kircher calculó que el nivel inferior del Arca, al que llamó “Zootropheion”, estaba formado por trescientos pesebres, cada uno con espacio suficiente para acomodar un elefante. El nivel medio, o “Bromatodocheion”, estaba destinado a almacenar los alimentos que los pasajeros humanos y animales necesitaban para almorzar, comer y cenar durante cuarenta días y cuarenta noches. En la parte superior, o “Ornithotrophein”, el Arca tenía doscientas jaulas para aves y las habitaciones de Noé, su esposa, sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, y sus mujeres. Kircher no era cladista: los únicos reptiles que lograron entran al Arca eran las serpientes, y quedaron como grupo parafilético, lejos de las aves. Pero es en ese nivel, al lado de Noé y su familia, y en medio de tantos pájaros, en donde Adolfo Navarro se hubiera sentido a gusto.
 
A pesar de sus ímpetus racionalistas, Kircher quiso preservar algunos organismos de difícil clasificación, y dibujó a grifos y sirenas entrando al Arca. Grifos sigue habiendo, y muchos, pero desafortunadamente las sirenas se han transmutado en manatíes, que son cada vez más raros. Como Kircher no tenía acceso a los informes que Don Francisco Hernández, Protomédico de las Indias, enviaba a la Corona Española, sólo conocía 130 especies de mamíferos, 150 de aves y 30 de serpientes. Le bastaban los trescientos codos de longitud del Arca, sus cincuenta de anchura y treinta de altura, para preservar lo mejor de la biosfera. Para el padre Kirkerius, escribiendo desde el cuartel romano de los jesuitas, la distribución de las especies no representaba problema alguno. Como había dicho, desde el siglo V de nuestra era, San Agustín de Hipona en su libro La ciudad de Dios, los animales abandonaron el Arca que había encallado en el Monte Ararat en forma más o menos ordenada, y se fueron dispersando conforme a sus necesidades de espacio y alimento.
 
Cien años más tarde, la lista de especies conocidas había crecido tanto que el Arca se hubiera hundido bajo el peso de los organismos con los que estaban familiarizados los taxónomos de la Ilustración. Fiel a su herencia luterana (y a su falta de modestia), Carlos Linneo se definió a sí mismo “el intérprete de la sabiduría divina”, y se negó, desde la seguridad de las fronteras suecas, a aceptar las interpretaciones papistas. Rechazó a Kircher y llegó a la conclusión de que Dios había creado una pareja de cada especie, que al multiplicarse se fue dispersando por todo el mundo. A Linneo no le hizo falta el Monte Ararat, porque creía que el Paraíso original se encontraba en una isla dotada de una enorme montaña con climas tropicales en la base y árticos en la cima. Esta teoría sobre un único centro de creación es atractiva, pero dejaba abierta una serie de interrogantes para las que no era fácil encontrar respuesta. ¿Cómo le hicieron los renos para atravesar los desiertos inhóspitos, secos y ardientes que hay en la ruta desde Turquía hasta las regiones árticas? La solución era evidente: habían surgido muchos centros de creación. Esta idea, que implicaría un origen polifilético de la vida, perduró durante mucho tiempo, y ni siquiera el siglo XIX, tan materialista y secular, se libró de ella. Dos años antes de la publicación de El origen de las especies, Louis Agassiz, el célebre interlocutor de Charles Darwin, se preguntó si cada especie comenzaba con una pareja de hembra y macho, situadas en un sitio dado, o si surgía a partir de toda una población. Agassiz resolvió este problema de manera impecable: si las especies proviniesen de una sola pareja ancestral, habría huecos en el registro paleontológico, que no desaparecerían sino hasta que la población creciera tanto que la probabilidad de dejar fósiles fuera considerable.
 
Darwin no podía aceptar la idea de los centros múltiples de creación sin entrar en contradicción con su teoría sobre el papel de la selección natural y el origen único de los organismos. “Indudablemente hay muchos casos en que es difícil comprender cómo la misma especie pudo haber emigrado desde un punto a otros varios, distantes y aislados, de donde ahora se encuentra”, escribió en el Capitulo XII de El origen de las especies, “sin embargo, la sencillez de la hipótesis de que cada especie se produjo al principio en una sola región cautiva la inteligencia. Quien la rechace, rechaza la vera causa de la generación ordinaria con emigraciones posteriores, e invoca la intervención de un milagro”. Ni Darwin ni Wallace, a quienes consideramos con justeza como los fundadores de la biogeografía, tuvieron que recurrir a ese milagro. Ambos eran herederos de muchos años, no solo de expediciones científicas, sino también de reflexión sobre la distribución de plantas y animales, a la que habían contribuido de manera notable el Conde de Buffon, Agustín de Candolle y su hijo Alphonse, Lyell, Philip Sclater, y Joseph D. Hooker. Como dicen Espinosa y Llorente, las ideas de Hooker eran mucho más refinadas que el dispersionismo defendido por Darwin.
 
El estudio de lo que Hooker denominaba “la afinidad botánica” entre los continentes sureños, le llevó a sugerir que algunas áreas geográficas habían estado unidas en el pasado, y al desarrollar esta idea terminó bosquejando algunas de las ideas básicas de lo que hoy llamamos la biogeografía de la vicariancia. En cambio, Darwin apeló a la evidencia experimental. Tomó semillas de distintas especies vegetales, y las colocó en tanques con agua salada que tenía en el sótano de su casa de Down. Algunas semillas se hundían de inmediato y sin remedio y otras más, como las de las leguminosas, no resistían la inmersión. Pero como Darwin escribió en El origen de las especies, de 87 semillas distintas, 64 lograron germinar luego de haber permanecido sumergidas durante 28 días, y unas cuantas lograron sobrevivir después de una inmersión de 137 días. Armado con estos datos y con su habitual meticulosidad británica, Darwin consultó el Johnson Physical Atlas para ver la velocidad de desplazamiento de las corrientes marinas, y calculó que una semilla transportada durante 28 días en una corriente oceánica que se desplazara a 33 millas por día, podía colonizar una isla situada a 924 millas náuticas de la costa de un continente. Con este sencillo experimento, Charles Darwin no solo demostró que las islas estériles se podían colonizar por plantas, cuyas semillas hubiesen sido arrastradas por las aguas marinas, sino que también fundó de golpe y porrazo la biogeografía experimental.
 
No es difícil aceptar que las ideas de Darwin tenían una aplicación relativamente limitada, y que la explicación de Hooker era de mucho mayor alcance. Tanto la biogeografía de la vicariancia como la panbiogeografía, suponen que existe una relación estrecha entre la historia de la Tierra y la historia de la biósfera, y por lo tanto permiten una visión globalizadora mucho más atractiva intelectualmente que las anécdotas implícitas en las ideas dispersionistas. Como dicen Espinosa y Llorente, la biogeografía de la vicariancia enfatiza la fragmentación de biotas, por encima de la dispersión aleatoria o la existencia de puentes hipotéticos entre los continentes. Sin embargo, estas ideas difícilmente se podían legitimar mientras se concibiera a los continentes como masas ancladas para siempre. La situación cambió radicalmente cuando se descubrió la deriva continental y, posteriormente, la tectónica de placas, que hace posible tal fenómeno.
 
¿Cuándo apreciaremos el papel que el sueño, el delirio y la cama han jugado en la formulación de las teorías científicas? A Wallace la idea de la selección natural le brotó en medio de un violento ataque de fiebre provocado por la malaria; a Kekulé el sueño lo venció en un tranvía y le hizo pensar en una serpiente que se muerde la cola y en la estructura del benceno, y en 1915 Alfred Wegener, un joven militar que convalecía de una herida de bala que se le había alojado en el cuello durante una de las batallas de la Primera Guerra Mundial, se vio obligado a guardar cama y a pensar en los desplazamientos de los continentes. La idea no era nueva. Desde principios del siglo XVI los geógrafos habían notado la concordancia que existe entre los perfiles de Sudamérica y África, y aunque no faltaron los que recurrieron a la Atlántida como un puente biogeográfico idóneo, legitimado por la autoridad de Platón, muchos otros, como el Barón de Humboldt, preferían aventurar explicaciones geológicas. De hecho, en 1858, Antonio Snider Pellegrini, un escritor ítalo-estadounidense, publicó un libro titulado The Creation and its Mysteries Unveiled, en donde incluyó dos mapas que mostraban cómo los continentes habían estado unidos en algún momento dado. Estos mapas fueron reproducidos una y otra vez, y muchos geógrafos, naturalistas, astrónomos y meteorólogos, como Wegener, los llegaron a conocer.
 
Lo que era mera especulación se transformó en una hipótesis sofisticada y Wegener hasta llegó a bautizar con un nombre espléndido a ese continente primordial: Pangea. No podemos comprender la dispersión de las especies sin entender la deriva continental, pero la teoría de la deriva continental se confirmó parcialmente de la información fósil. Desde 1911 Wegener había tenido en sus manos los restos diminutos de un mesosaurio, un dinosaurio que hace 270 millones de años vivió en una zona que hoy se encuentra repartida entre el Brasil y el África. Como escribió Wegener en The Origin of Continents and Oceans, si los dos continentes hubieran estado unidos por un puente de tierra ya desaparecido (que era la explicación a la que recurría la ortodoxia científica), al sumergirse, “el agua desplazada hubiera sido tanta que el nivel de los océanos se hubiera elevado a alturas por encima de los niveles de los continentes, inundando continentes y puentes por igual”. El libro tuvo un éxito singular: entre 1915 y 1929 fue editado cuatro veces, pero a pesar de la agilidad con que Wegener enfrentaba a sus detractores, muy pronto la mejor manera de ganarse una pésima reputación entre los geólogos era la de mostrar alguna simpatía para las ideas de Wegener.
 
En 1922, el suizo Emile Argand afirmó, en el Congreso Mundial de Geología que se llevaba a cabo en Bruselas, que en las ciencias físicas existían dos tipos de científicos: los fijistas, que apoyaban la idea de continentes fijos, y los movilistas, que aceptaban que los continentes se desplazaban por la superficie del globo. ¿Pero quién descuartizó a Pangea? No fue sino hasta la década de los 60 cuando se demostró que vivimos sobre un planeta en constante movimiento y se comprendieron los mecanismos que mantienen a la corteza moviéndose constantemente. Las placas continentales se han fragmentado y sus trozos chocan entre sí, se fusionan y se alejan. Únicamente los cratones, las partes más viejas de los continentes, han permanecido con dimensiones más o menos estables desde hace unos tres mil quinientos millones de años, pero tampoco han caído en la tentación del inmovilismo. El resultado no solo de la deriva continental, sino de muchos otros mecanismos, es el de la dispersión de especies por todo el planeta.
 
Dice Andrés Henestrosa que a los hombres los dispersó la danza, pero ¿quién separó en forma eficaz y silenciosa a los curculiónidos de los bréntidos o de los sasánidas? A bordo de placas continentales que se desplazan con una lentitud paquidérmica, plantas y animales han emprendido diásporas de proporciones gigantescas. La distribución de los organismos sobre el planeta es el resultado de un proceso complejo, en donde se mezclan escalas de tiempo tan grandes como las que se requieren para levantar una cadena montañosa, y otras tan minúsculas como las que un ave invierte en volar de un sitio a otro, arrojando en el camino las semillas de las frutas con las que se ha alimentado. ¿Cómo encontrar huellas de la cuna primigenia, del sitio donde emergieron las especies actuales? Como lo demuestran Espinosa y Llorente, es posible rehacer, al menos en parte, las rutas recorridas por los organismos.
 
Los organismos viajamos con nuestro pasado siempre a cuestas; podemos reconstruir nuestras historias filogenéticas apelando a las secuencias del ARN ribosomal o de los citocromos, a la comparación de los esqueletos, al metabolismo anaerobio que nos habla de épocas en las que no había oxigeno libre en la Tierra. Pero existen muchas evidencias de las rutas por las que se han dispersado las diferentes especies, y esas crónicas se pueden leer lo mismo en la distribución de los tipos sanguíneos, que en el registro fósil, en el retorno anual de las mariposas monarca, en la obstinación de los salmones, en el regreso obsesivo de las ballenas al Golfo de California, cuyo retraso confunde y alarma a los poetas ecologistas que nada saben de las fluctuaciones de los ciclos biológicos. El registro no solo del centro de origen, sino también del nacimiento de especies hermanas, está localizado en aquellas regiones en donde un taxón sea más diverso y se localicen las especies más primitivas. No podemos predecir el destino final de una especie, pero sí reconstruir los caminos que han recorrido sus ancestros.
 
Bajo esta óptica es evidente que las herramientas de las distintas escuelas de biogeografía filogenética no son sólo un elemento útil, sino indispensable para reconstruir la historia de la vida en la Tierra. Pero estamos acostumbrados, como escribió Elliot Sober en su libro Reconstructing the Past: Parsimony, Evolution and Inference, a hacer inferencias filogenéticas basadas exclusivamente en los caracteres intrínsecos de las especies: únicamente nos atenemos a su morfología, su conducta, su fisiología, su genética y su bioquímica, y en el texto de Sober, la biogeografía apenas si alcanzó un pie de página. La incapacidad de la biología evolutiva moderna para incorporar en un solo corpus integrado estos enfoques y esta información es evidente en el libro de Espinosa y Llorente, que se antoja como dividido en dos partes, antes y después del Capítulo cuarto, antes y después de Hennig.
 
Como dicen Espinosa y Llorente, uno de los esfuerzos más prometedores hacia una visión integrada es el que se ha derivado del trabajo de Willi Hennig, un entomólogo alemán que publicó en 1950 sus Fundamentos para una Sistemática Filogenética. A pesar de tratarse de un libro adusto y seco, su pesadez prusiana no impidió que se generara todo un programa de investigación ágil y prometedor, que se ha convertido en la base de una teoría de reconstrucción filogenética y clasificación biológica. La muerte del profeta trajo una fragmentación de sus discípulos, que se han dividido en sectas científicas que, aunque a los ojos del lego parecen una sola variante, en el fondo se encuentran divididos por diferencias conceptuales y metodológicas mortales: hay cladistas, cladistas reformados, cladistas ortodoxos, cladistas del séptimo día y de todos los santos. ¿A cuál de ellas pertenecen Espinosa y Llorente? Como en la biología mexicana, la taxonomía ha sido vista únicamente como una herramienta y no como parte de un esquema globalizador de la diversidad orgánica, no es fácil responder a esta pregunta.
 
Decía John B. S. Haldane que era difícil decir mucho sobre Dios, salvo que tenía un manifiesto amor por los insectos, y es a través de estos animales que Jorge Llorente ha querido aprender a delimitar las fronteras taxonómicas y a leer las crónicas de los desplazamientos de los grupos biológicos. Desde que lo conozco, lo he visto peinar canas y corretear mariposas con una ansiedad sin igual. He sido testigo de la manera en la que ha ido trocando musas. Ahora no sólo le preocupan los lepidópteros, sino también las diásporas de los gorgojos. Cada quien sus musas. Como la edad refina, afianza y desarrolla las obsesiones intelectuales (es decir, las obsesiones científicas), no me extraña que continúe con estas tareas. Llevado por una intima compulsión, Jorge Llorente se dedicó en cuerpo y alma a lo que su amigo Nelson Papavero llama con perspicacia carioca la profesión más antigua del mundo: la de taxónomo. Adán, dice el Antiguo Testamento, “puso nombre a toda bestia y ave de los cielos, a todo animal del campo: más para Adán”, que “no halló ayuda que fuese idónea para él.” Y lo que hizo Jehová fue poner a dormir a Adán y creó a Eva de una de sus costillas. En cambio, lo que hizo Llorente fue dormirse a David Espinosa y convencerlo de que juntos escribieran un libro. Con este texto, David se da su persignadita como autor y enfrenta el mundo del que uno nunca se libra: el de la obsesión por escribir, sobre todo en un medio tan pobre en libros científicos escritos por nosotros mismos.
 
A pesar de los esfuerzos iniciales e iniciáticos de Federico Bonet y de Alfredo Barrera, en México no existían teóricos de la sistemática, y los biólogos mexicanos hemos permanecido al margen del debate que ha separado en forma estridente a los genealogistas, a los feneticistas y a los cladistas. La situación ha cambiado, en buena medida, gracias a los esfuerzos de Jorge Llorente. Tal vez porque es nuestro contemporáneo, no nos damos cuenta del significado que tiene su labor, pero la lectura de este libro me hizo reflexionar sobre la influencia que Llorente ha tenido en mi trabajo, la cual me ha llevado a aplicar las técnicas del cladismo para analizar la evolución temprana de la vida. Me queda el consuelo de saber que no soy la única víctima. Basta asomarse al ambiente tenebroso y atiborrado del Museo de Zoología de la Facultad de Ciencias para darse cuenta de que gracias a él, la taxonomía y la sistemática han dejado de ser, en nuestro ambiente, un ejercicio viscoso en etimologías grecolatinas, para transformarse en una disciplina rigurosa de enorme riqueza conceptual. No es difícil adivinar la dirección de las obsesiones de Llorente y sus estudiantes. Hace un par de años el Fondo de Cultura Económica publicó su libro sobre la clasificación biológica, ahora le sonsacó a la CONABIO los recursos para editar, junto con la Facultad de Ciencias, el volumen sobre Fundamentos de Biogeografías Filogenéticas y, más allá de los puntajes que le otorgan el SNI o los programas de estímulos a la producción académica, ha producido varios volúmenes editados por el Museo de Zoología. Como no es un hombre de aspiraciones pequeñas, ahora pretende, con la complicidad de Papavero, proponer un nuevo sistema de nomenclatura y axiomatizar la taxonomía. Quién sabe si lo logre. Basta revisar los últimos treinta años de la cladística para percatarse del valor de los métodos empíricos y de los tropezones estadísticos que hemos cometido al leer cladogramas e interpretar matrices.
 
Este libro es un resumen apretado y erudito que pone al alcance de los estudiantes y los especialistas, no sólo el lenguaje solemne, y a veces engreído, lleno de neologismos de los cladistas, sino también una metodología rigurosa y un debate cada vez más intenso. La biogeografía se ha transformado radicalmente, no solo por el estudio de la deriva continental, sino también por el desarrollo de la informática y de los métodos de percepción remota, como los satélites. El estudio de la distribución de los tipos sanguíneos, de las diferencias en el ADN mitocondrial y de la evolución de las lenguas, que ha sido emprendido por Luca Cavalli-Sforza, no son otra cosa que los balbuceos, cada vez más audibles de la biogeografía molecular. Si el estudio de la evolución y sistemática ha sufrido una transformación radical con la creación de bases de datos formados por secuencias enormes de aminoácidos y nucleótidos, la biogeografía se transformará con los métodos de detección remota que están generando bancos de imágenes, completados con datos edafológicos, climatológicos y de otro tipo. Como afirma Jorge Soberón, estos bancos serán a la biogeografía, lo que el GeneBank a la biología molecular —pero a estos datos habrá que echarles Darwin, Wallace, Croizat, Nelson y Platnick, porque como bien dijo Dobzhanski en una frase repetida mil veces, nada tiene sentido en la biología si no es a la luz de la evolución.
 
Un libro vale no sólo por lo que dice, sino también por el diálogo interno que nos provoca. Este libro me hizo darme cuenta que soy un cladista de clóset, pero también me obligó a formularme preguntas que ni siquiera se me habían ocurrido. Si Haldane pensaba que Dios amó a los insectos sobre todas las cosas, el desdén de la Trinidad por las bacterias es notable. ¿Por qué hay tan pocas especies de procariontes? ¿Qué hacemos con los virus y los plásmidos? Es cierto que hay parásitos como Giardia, cuyo cosmopolitismo recuerda las crónicas de los viajes del jet set. Se encuentra lo mismo en Wisconsin que en México, en Guatemala que en San Petersburgo, pero hay otros, como los tripanosomas, que siguen estando restringidos a regiones muy pequeñas. Como lo demuestra el crecimiento exponencial de la epidemia del SIDA, los virus viajan ahora a bordo de Boeings 727, pero los pobladores originales de este continente permanecieron aislados de la viruela hasta la llegada de los europeos. Ello significa, por supuesto, que existe una biogeografía de los virus, los plásmidos, las bacterias y los protistas, pero la lectura del libro de Espinosa y Llorente demuestra que esta disciplina (al igual que la sistemática, la anatomía y muchas otras áreas de la biología) ha sido construida teniendo en mente únicamente a plantas y animales. ¿Podremos generar una biogeografía filogenética mucho más amplia, que sea capaz de incorporar los rasgos y tendencias de todos los reinos y todas las comarcas de la biología?
 
No sólo las bacterias y los virus están ausentes en las páginas de este libro. Tampoco se encuentran Malaspina, Lucas Alamán, Melchor Ocampo o Alfonso L. Herrera, ni presentes Vavilov y sus discípulos, cuya obsesión por conocer el origen de las plantas cultivadas los llevó a recorrer el mundo entero antes que su universo se limitara a las celdas en que los encerró la furia de Lysenko y de Stalin. ¿Desarrollaron metodologías especiales? ¿Generaron hipótesis, conceptos o teorías ajenas, complementarias u opuestas a las que se resumen en esta obra? Si Noé es el patrono de la biodiversidad, Vavilov fue el mártir de la biogeografía. Detenido por la policía secreta de Stalin, mientras se encontraba en una expedición botánica, fue acusado por el Kremlin de ser un espía al servicio de los ingleses. Curiosamente, las informaciones de la agencias de espionaje se han convertido en una herramienta poderosísima del trabajo de los biogeógrafos. Hace poco, Jorge Soberón me comentó que la CIA ha liberado los bancos de imágenes que acumuló durante años de espiar la intimidad geográfica de distintas naciones de todo el mundo. Aunque esas fotografías ya no tienen el significado estratégico que la Guerra Fría les asignó, su interpretación permitirá acceder en sólo 15 días a la información que antes se lograba con el trabajo de 15 años. Nunca había sido tan valioso el uso de las técnicas de espionaje. Aunque no creo del todo en la hipótesis de Gaia, las imágenes de la superficie terrestre que ahora tenemos a nuestro alcance nos muestran un enorme tapiz vivo, en que ni los colores ni las texturas se mezclan al azar. Bajo esta perspectiva cósmica, como de dioses, podemos asomarnos en forma global a la riqueza biológica del planeta y a su distribución. El reto intelectual que tenemos enfrente es tan fascinante, como los patrones de distribución de plantas y animales. Como han comentado quienes me han antecedido, requerimos del concurso simultáneo de muchas disciplinas científicas y de una nueva biología, y todo ello requiere de libros como éste, que sistematicen, resuman y enseñen. Por todo ello, estoy agradecido con David Espinosa y con Jorge Llorente. Al invitarme a comentar su libro, me permiten acceder a un doble privilegio: por una parte, el de asomarme al primer libro de biogeografía que se produce en México y, por otra, el de sentarme a la mesa con Jorge Soberón y Exequiel Ezcurra y hacerme sentir así como un testigo privilegiado, que asiste gozoso al banquete de la bonhomía, la honestidad y la inteligencia.
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Nota
 
Texto leído el 28 de junio de 1993 en el Centro de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México en la presentación del libro Fundamentos de Biogeografías Filogenéticas, de David Espinosa y Jorge Llorente.
     
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Antonio Lazcano Araujo
Departamento de Biología,
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
 
Lazcano Araujo, Antonio. 1993. La marcha de los curculiónidos. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 17-22. [En línea].
     

 

 

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Gerardo Zúñiga Bermúdez y Óscar J. Polaco      
               
               
Las reformas a los artículos constitucionales 3, 5, 24, 27 y 130,
aprobadas recientemente en lo general por las Cámaras de Diputados y Senadores, no fueron un festejo más de los que se realizaron durante el año pasado para celebrar el V Centenario del Descubrimiento de América. Éstos son cambios estructurales en la Constitución mexicana, que redefinen la relación Estado-Iglesia y que, sin lugar a dudas, tendrán efectos importantes para la sociedad mexicana.
 
La discusión de las consecuencias provocadas por las enmiendas a estos artículos, deberá ser detallada e ir más allá de las buenas intenciones de nuestros legisladores de adecuar a la modernidad la relación Estado-Iglesia, al reconocer jurídicamente sus actividades; y de las opiniones de algunos líderes religiosos, quienes establecen que la nueva relación Estado-Iglesia, no es más que un reconocimiento de la practica pública realizada comúnmente por las asociaciones religiosas desde siempre.
    
La herencia material y la riqueza cultural de la Iglesia, provienen de la Edad Media. En el siglo XIV surgen las primeras organizaciones de maestros y alumnos en gremios y cofradías, y se empieza a utilizar el término universidad para designar a esas agrupaciones, cuya característica era tener una sede definitiva en algún lugar y cierto orden en los temas y materias de estudio.
 
Las universidades tienen su origen formal en esa época, asociadas al cristianismo y como parte de las abadías, monasterios e iglesias (Bernal, 1979). El propósito de esas instituciones era, en estricto sentido, sostener el sistema ideológico como una forma de mantener el poder político a través de la censura, el manejo y la monopolización del conocimiento. Con esta finalidad se construyen y promueven universidades como la de Salamanca, Complutense, París, Bolonia y Oxford.     
 
Durante el siglo XVI en el Nuevo Mundo, y una vez superado el impacto de la conquista, se da paso a la integración de los pueblos indios con la religión cristiana. La labor de evangelizar y educar cristianamente a los naturales fue encomendada a aquellas órdenes reconocidas por la monarquía española (Ricard, 1986). De esta forma, franciscanos, agustinos, dominicos, predicadores y jesuitas, habrían de realizar esta tarea por espacio de tres siglos.
 
La influencia de estas órdenes en la educación de los nativos del nuevo mundo fue fundamental, ya que, además de realizar esta labor, promovieron ante la Corona el surgimiento de colegios de estudios superiores y de universidades reales y pontificias en América, como los Colegios de Estudios Superiores en Santo Domingo y Lima, en 1551 y la Real y Pontificia Universidad de México, en el mismo año, entre otros (Gonzalbo-Aizpuro, 1990).
 
Las condiciones político-económico-sociales de la monarquía española en el siglo XVII y principios del XVIII, marcan los acontecimientos futuros en los pueblos del Nuevo Mundo, principalmente los de la Nueva España. En esos años el poder y la prosperidad de la Corona entran en decadencia como resultado de las guerras europeas, la recesión económica y el nuevo orden mundial puesto en marcha en aquellos años. Por el contrario, en las colonias se percibía un ambiente de satisfacción y optimismo por el futuro, que coincidía con el desarrollo económico de sus pueblos y con el nacimiento de un nacionalismo propio (Tanck de Estrada, 1985).
 
La poca atención de la Corona hacia las colonias ocasionó indefinición en el ejercicio del poder, de tal forma, que el gobierno local tuvo que compartirlo con diferentes grupos, entre los que se encontraban las organizaciones eclesiásticas. En estas condiciones, la Iglesia en México, de mediados y finales del siglo pasado, se caracterizó por el monopolio de la educación que ejerció a través de sus ministros, por medio de la administración que hacían éstos de los bienes, tanto materiales, como espirituales y por su poder político.
 
Resulta contradictorio pensar en un conflicto entre la Iglesia y el Estado en esos años, ya que el monarca español era, de hecho, el jefe de la Iglesia en sus dominios del Nuevo Mundo y tenía en sus manos tanto el poder civil como el espiritual. No obstante, en aquellos tiempos, ocurrieron varias disputas neurológicas entre la Iglesia y el Estado, debido a la injerencia y los abusos de ésta en política y educación. Así, los cambios legislativos establecidos en la Constitución de 1857 y en la de 1917, que prohibieron la participación de la Iglesia en política y educación, fueron los resultados de un conflicto que se inició por esos motivos durante la época colonial. A pesar de ello, las asociaciones religiosas nunca acataron estas disposiciones y continuaron participando en política y educación.
 
Las opiniones por parte de los profesionales de la biología sobre las reformas a la Carta Magna, no pertenecen al campo jurídico o al político, sino que corresponden al análisis de las consecuencias que tendrá la participación de sacerdotes, reverendos, rabinos, o personas con alguna ideología religiosa, sobre la enseñanza, la investigación en las ciencias biológicas y la formación de una comunidad académica profesional y productiva.
 
Las reformas permiten, en el área de la educación, el derecho de las escuelas particulares de impartir enseñanza religiosa como una actividad adicional y distinta a la académica general. Posibilitan la intervención de los ministros de culto en todos los niveles educativos, a través de su participación como catedráticos, directores o dueños de escuelas o universidades. Y legalizan la propiedad material restringida de las asociaciones religiosas que, independientemente de la época, siempre han tenido, y entre las que destacan los centros de enseñanza y las universidades.
 
A pesar de que las declaraciones oficiales han resaltado que la educación oficial se mantendrá laica, nada garantiza que ante las exigencias de la “modernidad y pluralidad” o del neoliberalismo, la situación cambie, de tal forma, que la investigación y la enseñanza —actividades inseparables en esta área del conocimiento— puedan verse seriamente afectadas, ya que hoy en día el marco conceptual en el que se desarrollan las ciencias biológicas descansa sobre la esencia de la Teoría de la Evolución.  
La teoría evolutiva a través de los años ha encontrado severas objeciones en muchos sectores de la sociedad, excepto en el académico, donde ha sido ampliamente aceptada, por su contenido filosófico que contradice la tradición religiosa occidental y deja fuera de toda participación a los actos divinos en la explicación del origen de la diversidad biológica. Esta situación de hecho, ha promovido a lo largo de la historia encuentros difíciles con las iglesias, quienes, en general, siempre han visto afectado su mensaje espiritual y su concepción del mundo.
 
Las reacciones de la sociedad en contra de la Teoría de la Evolución han sido diversas y, en muchos casos, promovidas por las asociaciones religiosas. Algunos acontecimientos bien documentados, son indicativos de la situación que puede presentarse en un futuro en México. El efecto de estas reacciones en la enseñanza e investigación de las ciencias biológicas, ha estado en función de las circunstancias de la época, del grado de influencia y participación política de la Iglesia, de la actitud crítica de los estudiantes y del grado de madurez de la comunidad académica. Así, por ejemplo, en los años setenta del siglo pasado, la Sociedad Católica de México, por medio de su diario La voz de México y el periódico progresista La Libertad, protagonizaron una discusión, por demás interesante, alrededor de la Teoría de la Evolución de Darwin (Moreno, 1974; 1986).
 
En aquella época, México no era considerado, comparado con Inglaterra, Francia y Alemania, un país avanzado en la investigación y la enseñanza de las ciencias biológicas; por el contrario, el desarrollo formal de la ciencia se iniciaba en esos años siguiendo el modelo francés de investigación (Trabulse, 1985). En ese contexto, la polémica iniciada por la Sociedad Católica de México sobre la Teoría de la Evolución, no tuvo impacto en la sociedad civil mexicana, a pesar de que en algunos círculos académicos de la época era ampliamente debatida. Varias fueron las causas que no permitieron que la controversia creciera y entre ellas destacan:
 
a. El ambiente político que prevalecía en el país. En aquellos años, la corriente liberal gobernaba la política nacional, y la Constitución de 1857 había tratado de regular la participación material y espiritual de la Iglesia en la sociedad, de tal forma que su injerencia y presencia política eran criticadas y observadas cuidadosamente. Asimismo, la situación económica y los problemas sociales del México independiente y prerrevolucionario, eran más importantes que la denuncia de la Iglesia en contra de la Teoría de Darwin.
 
b. La influencia cultural francesa en la comunidad académica de México propició que el darwinismo se introdujera paulatinamente. La escuela francesa había sido una de las más importantes del mundo, su tradición y su estilo muy particular en aspectos biológicos plantearon un problema serio para el darwinismo. Las ideas de Buffon, Lamarck y Cuvier permanecieron inmaculadas, y fieles a éstas, muchos de los miembros de la sociedad cultural de México. No obstante, que en algunos libros de Biología de la época, como por ejemplo los Elementos de Zoología de Alfredo Dugès (Dugès, 1884), se hace mención de la Teoría de la Evolución de Darwin; no fue sino hasta que la teoría darwiniana fue considerada en los círculos científicos franceses y que a su vez éstos fueron superados por otras naciones en muchos campos de la ciencia, entre los que se incluye la biología, es que México recibió y tuvo otro punto de vista.
 
c. La formación pluralista de los políticos, quienes combinaban su actuación social con actividades científicas y literarias, permitió que la teoría de Darwin fuera debatida en las diferentes sociedades académicas. De hecho, en sentido estricto, muchos de ellos podrían ser considerados los científicos de la época, por ejemplo: Melchor Ocampo, Justo y Santiago Sierra y Vicente Riva Palacio, entre otros (Moreno, 1986; Ruiz, 1987).
 
d. Por último, dos aspectos fundamentales fueron: la labor de los positivistas, quienes, a pesar de su posición antidarwinista, trataron de darle a la enseñanza e investigación en general un carácter riguroso y formal dentro de la sociedad y, la apertura de la Escuela Nacional Preparatoria, que permitió que la sociedad cultural de México no quedara al margen de la revolución científica operada en el mundo (Ruiz, op. cit.).       
 
Otro estudio de caso es el ocurrido en los Estados Unidos durante el presente siglo. La participación de las asociaciones religiosas, principalmente la fundamentalista, en la enseñanza de las escuelas públicas, dio origen a uno de los movimientos más importantes en contra de la teoría darwiniana (Montagu, 1982). 
 
El movimiento tiene su origen en los años veinte, cuando William Jennings Bryan (1860-1925), lego presbiteriano, tres veces candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos y Secretario de Estado durante el mandato de Woodrow Wilson, encabezó una cruzada en Kentucky para prohibir la Teoría de la Evolución en la enseñanza e investigación de las ciencias biológicas (Numbers, 1982). El caso más renombrado de aquella cruzada ocurrió en 1925, cuando John Thomas Scopes fue procesado legalmente por enseñar evolución en el nivel medio superior (high school), en Dayton, Tennessee. Scopes fue hallado culpable por violar las leyes de ese Estado que prohibían la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas (Grabiner y Miller, 1974). Los resultados inmediatos del movimiento, a finales de esa década, fueron: el establecimiento de legislaciones restrictivas, en por lo menos cinco estados —Oklahoma, Florida, Tennessee, Mississippi y Arkansas— y la incorporación tardía del darwinismo en esta área del conocimiento.
 
La influencia de esta primera acción en contra del darwinismo se diluyó al paso de los años, a pesar de que en las escuelas de nivel medio superior la enseñanza de la biología declinó, debido a las condiciones socio-económicas que prevalecieron en los Estados Unidos durante la época de recesión, a la inestabilidad política predominante antes de la Segunda Guerra Mundial y a que durante el periodo de 1920 a 1950, se consolidó la Teoría de la Evolución, a través de la integración del mendelismo y el darwinismo (Mayr y Provine, 1980).
 
A partir de esos años, en los Estados Unidos se generó la revolución conceptual y experimental más importante de los últimos tiempos en las ciencias fácticas, como resultado del programa espacial soviético, con el lanzamiento del primer Sputnik en 1957 y posteriormente, la puesta en órbita de otro cohete con la perrita rusa de nombre Laika. Estos acontecimientos impactaron a tal grado a la sociedad americana y quizá a la de todo el mundo, que el Estado norteamericano ordenó la revisión a fondo de los programas de estudio de las ciencias a todos los niveles. Las ciencias biológicas no quedaron fuera y la incorporación del pensamiento evolutivo en la explicación de los fenómenos fue un hecho.  
 
La estrategia de los fundamentalistas en contra del darwinismo cambió, el caso era ya no prohibir la enseñanza de la Teoría Evolutiva en las escuelas públicas, sino la de compartir espacios iguales dentro de la enseñanza. De esta manera en los años setenta se reaviva el movimiento en contra del pensamiento evolucionista y culmina en la década de los ochenta en los tribunales.
      
La constitución de los Estados Unidos, por lo menos hasta ahora, separa cuidadosamente las actividades de la Iglesia y las del Estado. En términos legales —en un país donde los juicios han llegado a extremos ridículos— esto significa que no se puede enseñar religión en ninguna escuela del Estado. Sin embargo, el 19 de marzo de 1981, el gobernador en turno del estado de Arkansas, firmó la aprobación del decreto de Ley 590, codificado como Ark. Stat. Ann 80-1663, et seq., (1981 Supp.), titulado La Ley del tratamiento balanceado de la ciencia de la creación y de la ciencia de la evolución; el cual establecía que las escuelas públicas, dentro de ese estado, deberían dar un tratamiento equilibrado a la ciencia de la creación y a la ciencia de la evolución.

Los demandados eran el Consejo de Educación de Arkansas, como organismo y sus miembros; el Director del Departamento de Educación así como los libros estatales y los materiales didácticos seleccionados por el consejo, para su utilización en la enseñanza de la biología. Entre los demandantes se encontraban una gran diversidad de asociaciones religiosas y personalidades, entre las que destacaban: los obispos residentes de Arkansas de la Unidad Metodista, la Iglesia Católica Romana, el Clero Bautista y Presbiteriano del sureste, la Iglesia Episcopal de los Metodistas Africanos, el Oficial Principal de la Iglesia, la Asociación Educativa de Arkansas, el Comité Judío Americano, la Asociación Nacional de Profesores de Biología y la Coalición Nacional para la Educación Pública y Libertad Religiosa, entre otros.
          
La Unión Americana de Libertades Civiles (The American Civil Liberties Union), se opuso a esta ley. Para ello, hizo un llamado nacional en contra del movimiento creacionista y convocó a un buen número de personalidades y expertos en el tema que incluía a biólogos, filósofos, historiadores y teólogos. Asimismo, la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, formó un comité de científicos que participaran en el análisis sobre ciencia y creacionismo. El objeto era, probar legalmente que el creacionismo no es una ciencia genuina, sino una doctrina religiosa, fundamentalista y dogmática.
 
Las evidencias y los argumentos que presentaron los demandados ante la corte durante el juicio, tuvieron la suficiente fuerza académica para convencer al jurado de que la Teoría Evolutiva no era una religión, como aquella practicada por muchos de los estudiantes de las escuelas del Estado y, por tal razón, no era necesario un tratamiento equilibrado de las doctrinas religiosas en las escuelas. De esta manera, en enero de 1982 el juez de la Corte del Distrito, William R. Overton, rechazó y prohibió permanentemente la Ley del tratamiento equilibrado, arguyendo, que el creacionismo no era una ciencia con un método experimental definido, sino una doctrina religiosa, diseñada para enseñar valores morales y espirituales (Overton, 1982). La corte cerró su participación con un pensamiento-sentencia del juez Frankfurter, que decía:
 
Hemos renovado nuestra convicción, acerca de que mucha de la existencia de nuestra ciudad se ha dado sobre la confianza, de que la separación completa del Estado y de la religión, es mejor para el Estado y mejor para la religión. Además, en alguna parte de la relación entre Iglesia y Estado, los buenos modales harán buenos vecinos.
 
Las condiciones socioeconómicas de México son diferentes a las de finales del siglo pasado y nuestra religiosidad se ha reafirmado a tal grado, que somos uno de los pueblos más devotos. Los cambios estructurales en la Constitución mexicana permitirán, por un lado, una participación mucho más evidente y directa de las asociaciones religiosas en la enseñanza y, por otro lado, favorecerán la presencia en las escuelas de personas con puntos de vista conciliadores y dogmáticos.
          
La actividad científica (investigación, enseñanza y difusión) se ejerce respetando y siguiendo ciertas normas establecidas, donde el pensamiento crítico e independiente son parte fundamental. Las doctrinas religiosas no han cumplido, ni lo harán, con estas reglas; sin embargo, si han podido desatar polémicas que, en mucho, han sido solapadas por gente ignorante de los principios que regulan la actividad científica.
 
El regresar a discusiones no académicas y bizantinas con partidarios de las doctrinas religiosas (véase el Foro de Excélsior y la Tribuna Nacional de Novedades, durante los primeros cinco meses de 1989), resultaría un desgaste poco favorable para una comunidad académica joven, con poca tradición en el trabajo evolutivo y donde las decisiones han estado fuera del alcance de sus miembros.
 
No sería raro —si no se sigue con estricto apego la vigilancia de los planes de estudio y se mantiene una actitud crítica por los practicantes de la investigación— que algunos profesionales del área, que ignoran o no consideran importante la Teoría de la Evolución, pensarán que la investigación y la enseñanza de las ciencias biológicas puede realizarse sin separar doctrinas religiosas y conocimiento científico. En caso de que así fuera, apelaríamos a las palabras de la mujer del obispo anglicano de Worcester —al enterarse de que el hombre derivaba de una forma inferior de vida y que resultaba emparentado con los simios—. Esperemos que no sea así y que si lo fuere, que no se vuelva del dominio público.
 
La razón, por la que debemos hacer una reflexión profunda de estas reformas constitucionales, es que la enseñanza y la investigación en las ciencias biológicas, han gozado en estos años de una libertad importante de pensamiento, debido, en mucho, a su carácter experimental y a la riqueza de la información científica que se ha generado en el presente siglo. La teoría darwiniana ha sido el eje fundamental, el paradigma de las ciencias biológicas y el instrumento básico para entender la evolución y diversidad de los seres vivos.
 
La Iglesia debe aceptar que las religiones son un instrumento del hombre, son parte de su historia, cambian y deben continuar cambiando, y que el tener una concepción evolutiva de los fenómenos biológicos y de la vida misma, no destruye la moral y la ética de las personas y mucho menos a las religiones.
 
La práctica de la ciencia, su difusión y enseñanza, demanda que sus practicantes se apeguen a las reglas establecidas, de tal forma, que dar lugar a posiciones dogmáticas en esta área del conocimiento represente un atraso en el tiempo; la época conciliadora en donde se sostenía que la religión y la evolución eran complementarias, ya pasó; ahora sólo queda la evidencia escrita que da fe de aquella situación histórica (v.g. Guralnick, 1972; Turner, 1978). De hecho, actualmente, la investigación y la enseñanza de las ciencias biológicas puede dividirse en antes y después de la Teoría de la Evolución de Darwin. La primera fase se caracterizó por la ausencia de explicaciones evolutivas coherentes y bien estructuradas de los diversos fenómenos biológicos y la segunda, inició con la aparición formal del origen de las especies y continúa hasta nuestros días, con la interpretación, discusión e incorporación del pensamiento evolutivo a los fenómenos biológicos.
 
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Referencias Bibliográficas

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Guralnick, S. M., 1972, “Geology and Religion Before Darwin: The case of Edward Hitchcock, Theologican and Geologist”, Isis, 63: 529-543.
Mayr, E. and W. B. Provine, 1980, The Evolutionary Synthesis: Perspectives on the Unification of Biology, Cambridge, Mass., Harvard University Press. p. 487.
Montagu, A., 1982, Evolution and Creation, New York: Oxford University Press, p. 340.
Moreno, R., 1974, “La polémica del darwinismo en México”, en T. F. Glick (ed.), The Comparative Reception of Darwinism, University of Texas, Austin, Texas.
Moreno R., 1986, La polémica del darwinismo en México: Siglo XIX. (Testimonios), ed. UNAM. México, p. 384.
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Ruiz, G. R., 1987, Positivismo y evolución: introducción del darwinismo en México, (Colección Posgrado), ed. UNAM, México, p. 263.
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Trabulse, E., 1985, Historia de la ciencia en México: Siglo XIX, Fondo de Cultura Económica/CONACYT, p. 426.
Turner, F. M., 1978, “The Victorian Conflict between Science and Religion: A Professional Dimension”, Isis, 69: 356-376.

 
     
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Gerardo Zúñiga Bermúdez y Óscar J. Polaco
Departamento de Zoología,
Escuela Nacional de Ciencias Biológicas,
Instituto Politécnico Nacional.
     
______________________________________________
     
 
cómo citar este artículo
 
Zúñiga Bermúdez, Gerardo y Polaco, Óscar J. 1993. La nueva relación Estado-Iglesia y las ciencias biológicas. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 71-75. [En línea].
     

 

 

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Michel Lemire      
               
               
El conocimiento del cuerpo humano, la percepción
y la representación de esa envoltura de carne de contenido “improbable”, ha atraído desde siempre tanto a los científicos como a los artistas. Los métodos de unos fueron utilizados por los otros y sus saberes se fueron complementando. A lo largo de la historia de Occidente, el arte y la ciencia siempre se han entrelazado, y la exploración del cuerpo ha sido una de las más largas y apasionadas uniones. De Miguel Ángel y el Veronés, pasando por David hasta llegar a Géricault y Delacroix, muchos de los grandes artistas estuvieron fascinados por la anatomía. Todos ellos realizaron estudios de iconografía anatómica, codeándose con los grandes maestros de la disección, y algunos de ellos incluso asistían con ardor a las salas de autopsia. Leonardo da Vinci, precursor en este ámbito, al igual que en muchos otros, es el perfecto ejemplo de esta pasión por el cuerpo humano, que Da Vinci llevó a un extremo tal que por momentos parecía que se olvidaba prácticamente hasta de su pintura. La anatomía artística y la anatomía médica se inspiraron mutuamente y estuvieron ligadas por cerca de cuatro siglos en Europa, desde el Renacimiento hasta el Romanticismo.
 
Anatomía de un encuentro entre el arte y la ciencia
 
La anatomía pertenece al ámbito de la mirada: mirada que se posa sobre el cuerpo, mirada que el cuerpo nos invita a posar, mirada que se aprende a afinar. Es esencialmente una técnica para la investigación del cuerpo, pero es también una forma de iniciación, con sus rituales de exploración y su método académico de exposición, que ponen al descubierto las estructuras ocultas.
 
La anatomía descriptiva, es decir, el estudio de la organización del cuerpo humano, es ante todo una ciencia de observación y un sistema de enseñanza, que al igual que la investigación, está basada en la práctica. En las disecciones se revelan las estructuras internas del cuerpo. El descubrimiento de lo oculto, la violación del cuerpo humano y la manipulación de la carne muerta, llevó a los anatomistas a romper los límites y a transgredir las prohibiciones metafísicas, religiosas o filosóficas, impuestas por la Iglesia durante toda la Edad Media. Esta actitud causó muchos problemas, que fueron variando según la sensibilidad de las épocas, pero que siempre estuvieron presentes.
 
La prohibición de la disección humana, la dificultad de preservar los cadáveres y el advenimiento del desarrollo de las primeras técnicas de inyección vascular, condujeron a la búsqueda de sustitutos. Se utilizaron sucesivamente diversos materiales: cera, madera, papel maché y yeso, por citar sólo los esenciales. Pero con la cera coloreada, teñida directamente en la masa, se lograron las creaciones más elaboradas, de gran realismo científico y artístico. Aun hoy con las resinas sintéticas no se han podido igualar los resultados.
 
Los modelos artificiales de cera tuvieron así, en el siglo XVIII y a principios del siglo XIX, junto con las preparaciones desecadas, un gran auge en Europa, coronando la edad de oro de la anatomía que tuvo lugar durante el Renacimiento y el siglo de las Luces. En Francia ocuparon un papel particular en la historia de la anatomía y de la medicina, ya porque, durante la Revolución se incluyeron como parte importante de los grandes planes de renovación del “arte de curar” que fueran promovidos por la Convención Nacional en 1794, volviéndose así objeto de intereses científicos, artísticos y políticos.
 
La mayoría de los modelos anatómicos del siglo XVII tenían un lado sensual y surrealista, pues iban más allá de la precisión científica y de la ilusión buscada. Nacidos de una estrecha relación entre anatomistas y artistas —incluyendo algunos de los más renombrados de cada campo—, y por lo mismo, situados en la intersección del arte y la ciencia, estos modelos de cera ponían al descubierto el cuerpo humano, desacralizando la imagen corporal y reduciéndola a una construcción material. Esto fue un reto para el “hombre honesto” de la Ilustración, quien se vio violentamente confrontado con su realidad orgánica, frágil y fugaz, como aún hoy en día le ocurre al visitante del museo de anatomía.
 
El resurgimiento de la anatomía
 
El surgimiento de la ceroplástica durante el siglo de las Luces, no fue más que el resultado final de los espléndidos tratados que caracterizaron la anatomía del Renacimiento del siglo XVI y termina de alguna manera con doce siglos de prohibiciones y prejuicios impuestos por la Iglesia. Su nacimiento se ubica en el momento de la publicación del famoso tratado De humani corporis fabrica de Vesalio, impreso en Basilea en 1543. La evolución de estos tratados se vio beneficiada con el perfeccionamiento de las técnicas de impresión: grabado en madera y cobre, agua fuerte, aquatinta, impresiones de tamaño natural, a colores, litografía, etcétera. Este progreso dio lugar a una serie de extraordinarias láminas, donde los artistas servían de perpetuadores gráficos del trabajo de los anatomistas.
 
Al final de la Edad Media el cuerpo material y físico era inseparable de la parte inmaterial del hombre, el alma. La cubierta física había quedado prácticamente inviolada, y debajo de ella quedaba aún el misterio del hombre zodiacal, reproduciendo en miniatura el mundo de los planetas. El microcosmos del cuerpo no era más que el reflejo del macrocosmos del universo.
 
El renacimiento del arte clásico fue el que reinventó la carne del cuerpo, al volver a descubrir el desnudo de la antigüedad, convirtiéndolo en algo popular dentro de los estudios. Los artistas retomaron los cánones de la Grecia clásica y así, la realidad del cuerpo humano, su perspectiva y su movimiento empujaron a los pintores y a los escultores a buscar nuevos criterios estéticos. Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Durero y Rubens, los buscaron en la verdad anatómica, disecando cadáveres ellos mismos, la Academia de Arte y de Diseño de Florencia fue la primera en institucionalizar la enseñanza obligatoria de la anatomía y Donatello, Verrochio, Signorelli, Rafael, Tiziano, diseñaron ahí, cada uno a su tiempo, esqueletos y cadáveres. En esta época aparecen también los primeros desollados, como el célebre Cigoli de Florencia, que se volvieron figuras comunes en los talleres de los artistas, antes de inspirar a los médicos… para un fin completamente diferente.
 
En el Renacimiento se hicieron las primeras disecciones humanas con propósitos puramente médicos. Primero en Italia, en Bolonia y en Padua, y más tarde en Francia, en Montpellier y después en París. Pero esas primeras demostraciones oficiales, públicas, llevadas a cabo bajo los ojos desconfiados de los eclesiásticos, fueron excepcionales, pues sólo se llevaron a cabo una o dos veces al año. El resto del tiempo, los anatomistas practicaban las disecciones a escondidas, a pesar de la prohibición de la Iglesia. Este fue el periodo heroico de la anatomía, cuando los anatomistas —de los cuales Vesalio fue uno— iban por las noches a desenterrar cadáveres al Cementerio de los Inocentes (en el corazón de París, ahora Les Halles), o incluso a robar a los ahorcados en el Cadalso de Montfaucon (cuyo pie estaba en las faldas de Buttes-Chaumont), lo que dio lugar a numerosas anécdotas pintorescas y provocó un comercio floreciente.
 
Cincuenta años después de que Cristóbal Colón descubriera el Nuevo Mundo, se publica el tratado de Vesalio, justo el mismo año en que aparece De revolutionibus orbium caclestium de Copérnico. Los tabúes del microcosmos y del macrocosmos cayeron al mismo tiempo, marcando el renacimiento de la anatomía, la cual pasó, de ser un problema filosófico, a uno científico. Después de Vesalio, el cuerpo humano deja de ser objeto de estudio privativo de la Iglesia. La máquina humana rompió las cadenas que lo ataban al cielo, se deshizo de los símbolos mágicos y fue cayendo progresivamente en las manos de la ciencia.
 
La Fábrica es la exposición metódica de la organización del cuerpo, capa por capa, un verdadero deshojamiento, representado en 300 láminas por Stephan von Calcar, un alumno de Tiziano. Este texto transformó la anatomía en una ciencia puramente observacional. Las planchas de estas láminas serán copiadas y recopiladas durante tres siglos, con diversas sensibilidades de acuerdo a cada artista; así tenemos: el desollado según el mártir de San Bartolomeo del español Valverde (1560); los jóvenes Apolos del italiano Julius Casserius (1627), los cuerpos atados y torturados de Gerard de Lairesse, en la anatomía del holandés Godfried Bidloo (1685); personajes despellejados en postura orgullosa y noble, o bien posando frente a los objetos de moda como el rinoceronte de Durero, dibujados por el anatomista alemán Albinus (1747); otros despellejados más, a colores, verdaderos cuadros, del pintor e inventor de la superposición de cuatro tirajes (en amarillo, azul, rojo y negro), Jacques Gautier d’Agoty (1746); y, finalmente, la anatomía moralizadora y religiosa del francés Jacques Gamelin (1779), por no citar más que a unos cuantos.
 
El gran éxito que conoció Vesalio proviene, sobre todo, de las correcciones que hizo a los tratados de los antiguos, que se enseñaban en todas las facultades de medicina como verdades absolutas; especialmente las teorías del médico griego Galeno que, aunque fue un experimentador, sólo tuvo a su disposición cadáveres de perros, cerdos y changos, que obviamente no son idénticos a los humanos. Pero fue también un éxito por la calidad de las ilustraciones de las disecciones con perspectiva, otro nuevo descubrimiento de los pintores de la época.
 
La asociación del artista con el médico quedó establecida así, desde el principio. Pero el artista no miraba el cuerpo humano de la misma forma que lo hacia el médico. El primero buscaba la estética, y el segundo, la precisión y el rigor. Del diálogo entre la anatomía artística y la anatomía médica, surgirán los magníficos tratados descriptivos del cuerpo humano. Los siglos XVI al XVIII comprenden la edad de oro de la anatomía, en la cual las ceras anatómicas constituyen su apogeo a finales del siglo XVIII y a principios del XIX.
 
La edad de oro de la anatomía
 
Dos grandes eventos determinaron en el siglo XVII, el avance de la anatomía: el primero es la aportación filosófico-anatómica que hace Descartes en su Discurso del Método (1637), y sobre todo en su tratado Del Hombre (1648); el segundo es la aportación anatómico-funcional que hizo el inglés William Harvey (1628) con el descubrimiento de la circulación sanguínea.
 
Fue el comienzo del reinado del hombre-máquina: juegos de resortes, poleas, palancas y bombas. Esta idea será retomada en el libro La Metrie, que por cierto fue quemado por la Iglesia, y que se prolongará durante el siglo XVIII con la escuela de los Iatromecanistas.
 
Asimismo, es la época de las discusiones entre los partidarios y detractores de Harvey, entre circulacionistas y anticirculacionistas, los cuales provocaron fuertes peleas en toda Europa. La facultad de París se convirtió en el principal lugar de resistencia, encabezada por Jean Riolan, uno de sus médicos más célebres, y Guy Patin, su decano; ambos tradicionalistas obstinados que se oponían a Harvey.
 
La lucha en Francia se recrudeció porque Jean Pecquet, médico de Montpellier —la facultad rival de París— acababa de demostrar que el chyle intestinal, vector del espíritu natural, no terminaba en el hígado, órgano supremo según “La Escuela”, sino en un pequeño depósito (la cisterna de Pecquet) abierto hacia las venas subclaviculares, es decir, en la sangre; con lo que el hígado de Galeno ¡quedaba definitivamente desplazado!
 
Otro elemento que influyó en que la lucha se hiciera tan encarnizada, fue el que la casa real tomó partido. Así, Luis XIV, encantado de poder confrontar y oponerse a La Sorbona, le encargó al cirujano Pierre Dionis que enseñara anatomía del hombre, bajo el criterio de “la circulación de la sangre según los últimos descubrimientos”; y el lugar que se designó para impartir tales cursos, a puertas abiertas, fue nada menos que el jardín del rey, lo que posteriormente se convirtió en el Museo de Historia Natural. Para ello, el rey Sol fue personalmente al Parlamento, en 1673, para publicar el edicto mediante el cual se ponía a disposición del jardín del rey, y en especial a los médicos de la facultad de medicina que tenían a su cargo el infantazgo, los cadáveres de los condenados. Con ello, la postura de la facultad de medicina que se oponía al avance científico sufrió un fuerte revés, al toparse con la actitud de competencia de las autoridades reales, lo que hizo que los puestos más codiciados no les fueran asegurados a los miembros de la facultad.
 
Por otro lado, existía una fuerte lucha entre las dos corporaciones rivales: la de los médicos y la de los cirujanos. El médico era un letrado, hablaba latín y ocupaba un lugar eminente en la sociedad. Los estudios de medicina, muy largos, quedaban ligados a la filosofía y las tesis que sostenían, eran frecuentemente disertaciones ociosas y largas oratorias. Mientras que el cirujano, era el trabajador manual y estaba clasificado bajo el oficio de barbero, con sólo un poco más de prestigio que el carnicero. La diferencia entre ambos era tal, que durante las escasas demostraciones anatómicas de la facultad, el profesor que siempre era un médico, pronunciaba desde lo alto de su silla algún bello discurso en latín sin tocar jamás el cadáver, dejando al cirujano la tarea de la demostración, lo cual era considerado como un mal necesario. Un ejemplo de esta pugna lo personificaban, por un lado, Pierre Cresse, médico supervisor de los cursos del jardín real, quien había participado en la creación del sistema de manufactura de ojos duplicados, para facilitar que uno se pudiera sacar fácilmente, y por otro lado su suplente Pierre Dionis, cirujano del rey, cuyos cursos eran tan novedosos que atraían una gran cantidad de estudiantes, e hicieron que este último fuera vivamente recordado en el Curso de Operaciones Quirúrgicas presentadas en el jardín real (1707).
 
Los médicos deseaban mantener la supremacía sobre los cirujanos, y a su vez los cirujanos deseaban fervientemente emanciparse de los médicos; de ahí las incesantes discusiones, incluso las peleas, alrededor de la mesa de demostración, que, a veces terminaban en verdaderas batallas. Asimismo, se peleaban por los anfiteatros, tan necesarios para la enseñanza, pero tal vez por lo que más peleaban era por apuntalar el prestigio de cada corporación. Las victorias fluctuaban en función de las luchas de influencia, y finalmente los cirujanos, anatomistas del progreso, fueron los que salieron victoriosos, y construyeron un magnífico anfiteatro con 1200 lugares en lo que actualmente conocemos como la Facultad de Medicina de París.
 
Si el siglo XVIII fue el siglo de las Luces, el del movimiento enciclopedista con Diderot y d’Alambert (L'Encyclopédie, 1751-1772), fue el de la moda de los salones de historia natural, iniciada por Buffon y Daubenton (L'histoire naturelle, 1749-1789), también fue el de la anatomía triunfante, el de la moda de la anatomía lanzada, entre otros, por el medico Joseph-Guichard Duvernry, sucesor de Dionis, quien después del anfiteatro del jardín real pasó a las reuniones parisinas, donde las mujeres de mundo llegaron a ponerse fragmentos disecados, preparados por el famoso anatomista. No solamente los estudiantes, médicos cirujanos, franceses o extranjeros, sino también la sociedad más elegante de la corte y de la ciudad, ¡asistía en grandes masas al Jardin des Plantes! Distribuían boletos para entrar y se rechazaba gente. Las discusiones anatómicas tenían lugar en reuniones sociales y las piezas anatómicas aparecían en las colecciones de curiosidades de los particulares. ¡La anatomía fascinaba a toda Europa!
 
En esta era, al final del antiguo régimen, tuvieron mucho éxito los salones de cera donde se exponía todo lo que entonces se conocía de las maravillas del cuerpo humano.
 
La cera anatómica: entre el arte y la ciencia
 
Estos salones pertenecían a una élite ilustrada, según las aspiraciones de los filósofos y la influencia de los enciclopedistas; una clase pudiente donde se valoraba por igual, tanto el prestigio como la curiosidad científica.    Inicialmente contenían especímenes raros, que iban desde objetos curiosos hasta aquellos que tenían algún interés científico; con el progreso de la historia natural y de la anatomía, la ciencia fue ganándole terreno al exotismo. Así, en anatomía se contaba con dos tipos de especímenes, los modelos desecados y los de cera. Sólo estos últimos adquirirán renombre en toda Europa, gracias a los talleres italianos.
 
Pero, ¿por qué esta locura por los modelos de cera? A los ojos de los anatomistas del siglo XVIII, los dibujos de los tratados, aunque precisos, tenían una gran deficiencia: el volumen. Como es lógico, el material impreso está limitado a dos dimensiones, en cambio, los modelos de cera proporcionaban ejemplares en tres dimensiones, que resistían además, las numerosas demostraciones, con lo que se resolvía la enorme dificultad que representaba —y que siguió representando por mucho tiempo— la obtención de la materia prima necesaria para la enseñanza de la medicina.
 
Por otro lado, los modelos en cera eran además muy precisos y permitían ilustrar el resultado de varias disecciones, o reproducir estructuras muy complejas, como por ejemplo el plexus o los vasos linfáticos, difíciles de representar en un solo dibujo.
 
Por su naturaleza moldeable y su delicadeza, la cera no solo es exacta, sino que también se puede teñir añadiéndole colorantes desde la masa, con lo que se logran imitaciones perfectas. Además, gracias a su transparencia, se puede reproducir la opalescencia y la delicadeza de la piel humana, añadiendo también una cualidad táctil al espécimen anatómico, una ilusión de verdad que se acrecentaba cuando con gran paciencia le implantaban, uno a uno, el pelo y las pestañas.
 
La ilusión se acentuaba más aún gracias a las poses artísticas que los ceroplásticos le daban a los sujetos; tal es el caso de aquel magnífico desollado de tamaño natural, que dejaba ver a los visitantes del museo de la Specola, en Florencia, todo su sistema vascular y linfático, de la cabeza a los pies, en una pose copiada de las obras de Miguel Ángel. O bien, aquella mujer que se podía ver en la colección del duque de Orleans, cuyo rostro mostraba una lágrima, mientras ella lanzaba la mirada hacia el cielo en muda súplica, con una tristeza que provenía de la pérdida… de la mitad de su cabeza; o también aquella mujer sentada enseñando sus vísceras con un gesto de negación y de pudor, o aquella otra, versión más sonriente que revelaba irónicamente… su cerebro con sus múltiples elementos, a través de una cuidadosa apertura en su tocado.
 
Los modelos de cera del siglo de las Luces no son sino la traducción, en volumen, de los magníficos tratados de anatomía, y aunque los anatomistas verificasen escrupulosamente el trabajo de los artistas, esas figuras de cera son los testigos de cómo la estética influyó en el proceso científico y de cómo la ciencia se vio rebasada por el arte, en una especie de bien organizada puesta en escena del cuerpo atomizado. Tal vez se trataba, entonces, tanto para el científico como para el artista, de confeccionar un modelo eternamente transmisible del cuerpo humano, un modelo completo que demostrara toda la maravillosa construcción del cuerpo para el científico, pero también como modelo ideal que garantizara la belleza y la perfección para el artista, según la doctrina neoclásica que dominaba en aquella época. Esta doctrina fue traída de Roma a París por artistas franceses, como Houdon, con su célebre desollado, o bien David, con sus desnudos heroicos, donde el aspecto exterior era construido a partir de un esqueleto por planos sucesivos. Todavía se puede contemplar este arte en cera en su estado original, en su cuna florentina, en el museo de la Specola.
 
De los ex-votos de las Iglesias, a la cera médica
 
Como en otras áreas del dominio artístico, Italia fue un país precursor. Desde la Calabria hasta la Toscana, la cera tenía una larga tradición, representada por los ex-votos de las iglesias. En Florencia, a finales del Renacimiento, la estatua milagrosa de la Virgen de la Anunciación estaba rodeada de miles de cabezas, pies y de otros pedazos anatómicos “escogidos”. En el siglo XVI, los devotos florentinos figuraban incluso enteros, vestidos, y a veces a caballo, al lado de la Virgen. Portadora desde siempre de la esperanza de curación y de los ritos funerarios, la industria de la cera era ya entonces un comercio floreciente, pero esperaba aún a su genio, el misterioso Gaetano Zumbo, quien pondría sus dones artísticos al servicio de la anatomía.
 
Este abad siciliano es uno de los artistas más singulares de la época de los últimos Medici. Empezó explorando una temática alucinante, la de la representación minuciosa de la descomposición de los cadáveres, y más tarde confeccionó pequeños teatros de cera con títulos alusivos como La peste, El triunfo del tiempo, La corrupción de los cuerpos, La sífilis, los que le valieron el prestigio en la corte de Cósimo III. Después se asoció en Génova con el cirujano francés Guillermo Desnoues (1650-1735), que daba demostraciones anatómicas en el gran hospital. De esta colaboración nacieron las primeras cabezas anatómicas en cera, moldeadas directamente sobre el cadáver. Pero esta alianza duraría poco tiempo debido a las diferentes prioridades de investigación que cada uno tenía, pero sobre todo, por problemas creados por intereses personales.
 
Después de haber presentado una de sus famosas cabezas de cera en la Academia de Ciencias de París (1701), Zumbo se ganó el elogio de los sabios franceses y los privilegios reales, éxito mundano del que desafortunadamente gozó poco tiempo, porque en ese año murió. Su rival, Desnoues, aprovechó el terreno abonado para unos años más tarde (1711), abrir con el apoyo de la corte del rey, el primer museo de cera anatómica parisino; diez años después un intento semejante fracasó en Londres. Mientras tanto, el museo de Desnoues se enriqueció con una de sus piezas célebres, la de Luis de Bourguignon, alias Cartuche, uno de los ladrones más famosos de la regencia. ¿Era esta exhibición una simple curiosidad anatómica o la mera exposición de un criminal notorio? Quién sabe; lo que sí es un hecho es que aquí está el antecedente de la fórmula que durante la revolución llevó a la gloria a Curtios y después a su sobrina Mme. Tussaud, dando paso con ello a la ceroplástica popular.
 
La escuela italiana de modelaje de cera
 
El modelaje de cera médico-anatómico se desarrolló en estrecha relación con los dos santuarios italianos de la anatomía; por un lado Bolognia y por el otro el de mayor renombre en Europa: Florencia.
 
En efecto, la moda europea de la anatomía artística surgió gracias al prestigio que adquirió el Museo de la Specola —inicialmente Museo Real de Física e Historia Natural— donde se instaló la primera colección importante de ceras anatómicas. Ésta pertenecía al gran duque toscano Pierre Leopold de Hasburgo y Lorraine, hermano del Rey de Austria y de María Antonieta, y fue montada en 1775 por el naturalista Felice Fontana (1730-1805).
 
Fontana tomó como estandarte la anatomía humana, para darle con ello prestigio, tanto a la ciencia como a su soberano señor y mecenas. En una nueva museografía para la época, imaginó una colección completa de ceras anatómicas, que mostraba todos los conocimientos que se tenían sobre el cuerpo humano; la que a su vez sería utilizable didácticamente sin necesidad de una guía o de un maestro. Pensaba lograr esto gracias a los diseños y nombres que acompañaban a los modelos de tamaño natural. Para ello, construyó al lado del museo, un taller de ceroplástica, con lo que asociaba estrechamente a los artistas y anatomistas. Durante veinte años, ese equipo produjo miles de modelos de cera conjuntando las habilidades de los más celebres modeladores del momento como Clemente Susini (1754-1814), y Francisco Calenzuoli (1796-1829), con las de los más grandes anatomistas, entre quienes destacaba Paolo Mascagni (1752-1815).
 
La colección de Florencia suscitó muchas envidias, pero también atrajo ilustres visitantes, lo que a su vez provocó una gran demanda de copias. El más célebre de ellos fue José II quien encargó en 1780 una copia de cada una de las piezas florentinas, para su Academia Militar de Cirugía, en Viena. Así, durante cinco años, se realizaron cerca de 1200 piezas que posteriormente fueron transportadas a lomo por cientos de mulas, a través de los Alpes por el Brenner, para embarcarlas después rumbo a Viena. Aquella academia se transformó en el Instituto de Historia de la Medicina de Viena.
 
El gobierno francés hizo un encargo similar durante el último periodo de Luis XVI, entonces Rey Constitucional, encargo que fue ratificado por Bonaparte durante su breve estancia en Florencia en junio de 1796, cuando realizaba su primera campaña en Italia. Fontana confeccionó los duplicados, los cuales no llegaron a Francia sino hasta 1804, después de sufrir muchas vicisitudes político-militares en Italia, quedando finalmente “atoradas” en Montpellier —donde todavía están— debido a la intromisión de Chaptal, el entonces ministro.
 
La escuela francesa de ceroplástica
 
A pesar de que Desnoues y Zumbo pasaron por París como meteoros, suscitaron muchas rivalidades. La colección más célebre de ceras anatómicas que había entonces en Francia, era la del duque de Orleans, primo de Luis XVI, y estaba en el Palacio Real, que ya era famoso por su colección de pinturas desde la época Regencia. Los sucesores del sobrino de Luis XIV la hicieron crecer aún más al adjuntarle una colección de historia natural y un famoso medallón. El último heredero de estos tesoros fue el que posteriormente se conocería como Felipe Igualitario, a quien se debe el actual aspecto del palacio. Este príncipe dadivoso, para pagar sus deudas majestuosas, había ideado un vasto programa de galerías, que hicieran del Palacio Real uno de los lugares más animados de París. En la reorganización del Palacio, el duque de Orleans había instalado, siguiendo la moda de la época, otras colecciones prestigiadas: un salón de física, uno de maquetas de talleres de diferentes corporaciones de artesanos, y finalmente uno de ceras anatómicas.
 
El constructor de esta última, fue el cirujano André-Pierre Pinson (1746-1828), un médico prácticamente desconocido y que sin embargo produjo una obra colosal. Por su historia particular durante la Revolución francesa y por la de su obra, situado entre dos siglos marcados por grandes acontecimientos políticos, merece una mayor atención.
 
Antes de la revolución, Pinson era el cirujano de “Los cien suizos”, como se conocía a la guardia del rey Luis XVI, en las Tullerías, pero esencialmente era conocido por tener un gran talento artístico con marcada tendencia por la anatomía. En varias ocasiones expuso modelos de cera en los salones del Louvre y en los del Correspondance. Solicitó un puesto en la Academia Real de Pintura y Escultura, sin éxito, debido a la oposición que mostró Pierre, el director de la academia. Sin embargo, Pinson contaba con un poderoso protector, un francmasón como él, el duque de Orleans, para quien construyó cientos de modelos anatómicos, destinados al Palacio Real. La intención de esta colección era más que nada para fomentar el prestigio del duque, quien la quería para mostrarla orgullosamente a sus invitados ilustres; en realidad, para el duque, la anatomía no representaba mayor interés preocupado como estaba por la agitación revolucionaria dirigida contra su primo Luis XVI.
 
Así, bajo el mecenato de los grandes del reino, la anatomía fue ganando terreno y el cuerpo humano se fue liberando más y más de la Iglesia hasta quedar en las manos de la ciencia. La tempestad republicana llegará después…
 
La colección de cera del Palacio Real fue confiscada, con todos los otros bienes del príncipe, y trasladada al Museo Nacional de Historia Natural, hasta que finalmente pasó a las galerías de anatomía arregladas por Georges Cuvier, suplente del viejo Mertrud, profesor de anatomía animal. En cuanto a Pinson, después de servir en los hospitales militares durante algún tiempo —no faltaba trabajo para un cirujano durante las guerras revolucionarias— pasó a ser modelador de cera en la Escuela de la Salud en París.
 
La anatomía y la medicina clínica en la resurrección de la enseñanza médica
 
Aunque la intención de las asociaciones revolucionarias no era la de suprimir los institutos médicos del antiguo régimen, barrieron con el pasado en nombre de la libertad y de la igualdad.
 
A finales del siglo XVIII, se había creado una separación real entre las ciencias naturales (de ahí el auge de la anatomía quirúrgica, con Desault, Antoine Louis, Corvisart y Dupuytren, como algunos de los brillantes ejemplos), y la rígida enseñanza oficial, simbolizada por la Facultad de Medicina de París. Este anacronismo, en medio de la era de la Ilustración, provocó un fuerte clima crítico a pesar de los intentos de mejora que realizó el poder real. Los múltiples planes de reforma y proyectos educativos que nacieron en los inicios de la Revolución, así como las Reflexiones sobre los abusos en la enseñanza y práctica de la medicina de Vicq d'Azyr (1790), lograron que se reconstruyera completamente el sistema de enseñanza médica, al margen de la instrucción pública. La Asamblea Legislativa abolió la enseñanza de las academias, y la Convención las reemplazó en 1794, por las Escuelas de la Salud (París, Montpellier y Estrasburgo), que integraba a la cirugía y a la medicina en una sola carrera. “Menos lectura y más observación” había dicho el químico Fourcroy, presidente del proyecto de reforma ante la Convención Nacional. Los practicantes del nuevo arte de curar debían adquirir la experiencia que los revolucionarios deseaban principalmente práctica y clínica: disección y autopsias por un lado, y observación por el otro, se volvieron los pilares del saber.
 
En este contexto no resulta sorprendente que las colecciones anatómicas fueran consideradas como base esencial de la instrucción, y que la Convención anexara a cada una de las tres escuelas una colección de cera en la que: “las piezas de cera, las más útiles de todas” fuesen el orgullo, y que a los modeladores de cera se les motivara a “continuar y completar ese departamento lo mejor posible”.
 
De objetos de contemplación a herramientas científicas
 
En el siglo XVIII, los modelos anatómicos de cera eran principalmente objetos de contemplación por lo que se encontraban básicamente en las colecciones de curiosidades, nacidas del deslumbramiento que por la historia natural sufrió toda una próspera clase social. Estas colecciones estaban reservadas a una élite ilustrada, la que halagaba así su buen gusto y acrecentaba su prestigio personal. La Revolución convirtió los modelos anatómicos en valioso recurso didáctico para la enseñanza del arte de curar. Y así las colecciones de cera pasaron a ser herramientas indispensables para el conocimiento, agentes esenciales para el entendimiento y aprendizaje de la medicina.
 
En las “Escuelas de la Salud” se crearon los puestos de responsable de los estudios anatómicos (encomendado al anatomista Honore Fragonard, famoso por su especímenes desecados); de modelador en cera ocupado por Pinson, (el fundador de la colección de modelos en cera del duque de Orleans) y de conservador de las colecciones (a cargo de Thillaye). También obtuvo un contrato el cirujano de Rouen, Jean Baptiste Laumonier, para la preparación de los modelos en cera del sistema linfático, que lo convirtieron en el maestro de la inyección, supliendo a los maestros florentinos.
 
El crecimiento de estas colecciones anatómicas se volvió el eje central de la dinámica de la docencia y la investigación médica. Este será el comienzo de las grandes colecciones didácticas de modelos anatómicos en cera del siglo XIX, que se preocuparon no sólo por la anatomía humana sino también por la animal.
 
Cuvier en el Museum, encargó varios modelos de anatomía comparada del desarrollo animal, a Pinson, quien revivió la antigua idea que había presentado a la Convención, de hacer una colección completa de hongos en cera —más de 250 modelos— y que también fueron guardados en el Museum. Todos estos modelos sirvieron para perpetuar las observaciones y descubrimientos hechos sobre el material científico vivo tan efímero.
 
Asimismo, los modelos anatómicos se volvieron los mediadores operacionales entre la realidad física del cuerpo y los procedimientos curativos de los futuros cirujanos, adquiriendo un gran valor en la comprensión y dominio de los procesos vitales, a costa de la pérdida de su atractivo al verse relegados en cierto sentido a su copia estricta. El artista pasó a ser sólo un subordinado, un trabajador bajo la dirección de los científicos. Ya no se trataba de anatomía artística, y menos cuando la anatomía descriptiva pasó, en manos de Dupuytren y otros, al campo de la patología, relacionado con tumores, cánceres y aneurismas, manifestaciones patológicas de la belleza plástica a los ojos de un profano.
 
La efímera escuela de escultura de cera de Rouen
 
Gracias a esta moda, en 1806 y por decreto imperial se creó una escuela de escultura en cera en la ciudad de Rouen, aunque desgraciadamente sólo duró muy poco tiempo. Ligada a las actividades de Laumonier hasta 1814, esta escuela, desafortunadamente, no contaba con un establecimiento adecuado y no tenía prejuicios en cuanto a los alumnos que de ella salieran, como Mme. Laumonier (esposa del cirujano), Aquiles Cleofás Flaubert (padre del escritor), los hermanos Jules e Hyppolite Cloquet, Vassuer y Delmas, cuyas piezas aún adornan varios museos de anatomía.
 
Después de la desaparición Laumonier y su escuela, se siguieron haciendo los modelos anatómicos en cera. Establecimientos especializados bajo la dirección de Talrich, padre e hijo, y después de Tramond y Azoux, buscaron la comercialización de los modelos de cera, realizándolos posteriormente también con papel maché o yeso, a un costo más modesto. Talrich (1826-1904) en algún momento trató de crear un museo anatómico dedicado a la educación del público en general y quizás el último intento en este sentido, será el gran Fairground Museum del Doctor Spitzner (1833-1896).
 
Las colecciones de los institutos médicos encontraron su desarrollo final en la colección reunida en el Hospital Saint Louis, gracias al trabajo del modelador Julio Baretta (1834-1923), quien realizó la impresionante serie de dermatología venérea, asociada al nuevo desarrollo de esa ciencia.
 
La anatomía “natural” del “otro Fragonard”
 
Al igual que las reproducciones en cera, los especímenes “naturales” desecados tenían un importante lugar en las colecciones anatómicas, y Honoré Fragonard (1732-1799), primo hermano del pintor, se distinguió notablemente en este campo. Fue el primer director de la escuela de veterinaria en Alfort —aunque lo despidió el despótico Bourgelat—, pero lo más importante es que produjo una colección anatómica muy prestigiada, con más de 300 especímenes, que finalmente fueron inventariados cuando el propio Fragonard las trasladó a las “Escuelas de la Salud”, promovido como experto científico en la comisión de arte. Esta promoción que obtuvo después de haber realizado un gran proyecto para la Asamblea Legislativa, en el cual proponía que la colección nacional de anatomía, fuera instalada en la Iglesia de la Asunción, convirtiéndola para la ocasión en un “Templo de Anatomía”.
 
Modelos anatómicos de cera, pasado y presente
 
Al pertenecer a las más antiguas representaciones de la vida y de la muerte, los modelos de cera del siglo XVIII estuvieron en el corazón de los problemas suscitados por la ciencia anatómica y contribuyeron a que esta derivara en anatomía científica, sustituyendo la observación por la lectura de los textos…
 
Los artistas que prolongaron así esta transitoria visión de la disección fueron sus principales vectores, al igual que los científicos que son a quienes se les reconoce el mérito.
 
Pero la gloria de los modelos anatómicos fue transitoria. Abandonada en el siglo XIX por nuevos métodos de investigación, la multiplicidad de lecciones de patología se vio pronto borrada por la nueva unidad descubierta por los biólogos, la célula. Al mismo tiempo, el desarrollo técnico del siglo XIX dio origen a la expansión de una nueva forma de imagen: la fotografía. En cuanto al organismo humano en sí, las preguntas seguían siendo las mismas: el cómo y el por qué de los desórdenes. Para responder a la primera era lógico buscar la respuesta en los datos de la fisiología, en la cual Claude Bernard se haría famoso. Para la segunda, estaba el trabajo de Luis Pasteur. Así la causa rebasaría al efecto, acelerando el progreso científico. Ahora la causa estaba en el campo de lo invisible, de lo oculto, lo indemostrable; un campo donde el dibujo y el modelaje en cera tienen poca utilidad. Fue por ello que la anatomía tradicional perdió importancia dejando una gran contribución: el establecimiento del método de investigación.
 
El siglo XX va a generar una revolución de la imagen médica: radiografías, angiografías, endoscopías, ecografías, sonografías, escanografías y ahora resonancia magnética nuclear; tantos soportes para la nueva anatomía, aquella que se ocupa de lo viviente, que ahora es mucho más variada, pero que ha desertado de las salas de disección tradicionales. Bien parados sobre nuestras dos piernas, en calidad de pacientes que somos, constituimos todos una maravillosa colección de anatomía.
 
TÉCNICAS DE MODELAJE DE LA CERA ANATÓMICA
Las propiedades físicas de la cera la hacen particularmente apropiada para las técnicas de moldeo, las tomas de impresión, en vaciado o en relieve, razón por lo que eran utilizadas comúnmente.
 
Este procedimiento ha sido utilizado en Francia desde el siglo XV, para hacer los moldes del cuerpo humano o las mascaras mortuorias. La impresión se tomaba directamente sobre el cadáver antes de que se enfriara, o bien, sobre la persona viva, teniendo el cuidado de engrasarle previamente la piel y de permitirle respirar, por medio de un tubo, durante la toma de la impresión, en el segundo caso.
 
Los procedimientos utilizados por los ceroplásticos del siglo XVIII nos han llegado por diversos escritos acerca de la célebre oficina de Florencia, creada por el naturalista Felice Fontana. Los modelos anatómicos en cera eran, por lo general, producto de la estrecha colaboración entre un cirujano y un escultor. El primero preparaba la disección, y el segundo realizaba la reproducción con ayuda de los moldes obtenidos en diferentes estados de la autopsia.
 
La elaboración de una cera anatómica puede dividirse en cuatro fases principales:
 
Disección del cadáver
Esta primera operación era meramente anatómica. Un prosector disecaba la parte que se deseaba representar y la dejaba en el estado más propicio para su futura exhibición. Para representar un órgano o un sistema complejo, se requería de muchas disecciones sucesivas, y muchos cadáveres —cuatro o cinco para una “cabeza anatómica”.
 
Fabricación de un molde en yeso
Después de haber untado la pieza con alguna materia grasa para impedir que el yeso se adhiriese, se vertía yeso líquido con el fin de que éste penetrara hasta en las más mínimas cavidades. Una vez que el yeso tomaba consistencia, se cortaba la cubierta en pequeños pedazos de manera que se conservaran todas las cavidades de la pieza. Los hilos que se ponían en la mezcla con este fin, permitían una mejor fragmentación del molde. El molde así obtenido tenía en vacío todo el relieve de la disección.
 
Elaboración de la pieza definitiva en cera
A continuación se untaba el molde de yeso con jabón o aceite de nuez, de forma que quedaran tapados los poros y se facilitara la separación ulterior de la pieza.
 
Enseguida se vertía una primera capa de cera líquida coloreada, y ya que secaba, se vertía una segunda, una tercera, y así sucesivamente, disminuyendo la temperatura de cada nueva capa. El espesor y el tinte variaban en función del tejido representado (piel, tejido adiposo, membranas internas, músculos, etcétera). En las piezas de ejecución más fina, la primera capa, de uno o dos milímetros de espesor, era aplicada con un pincel y su color era más claro que el material subyacente, de manera que se lograra un efecto de transparencia.
 
Las ceras utilizadas eran la blanca de Esmirna —anteriormente se usaba la de Venecia—, la cera de abeja, que con frecuencia era el componente principal, y el esperma o blanco de ballena, cera blanca, dura y translúcida, conocida desde el siglo XVII, y que en realidad es obtenida del aceite de la cabeza del cachalote, cuya estructura química fue cuidadosamente estudiada en 1815 por Chevreul.
 
Para modificar las propiedades físicas y el color de la cera, se empleaban diversos aditivos: resinas, materia grasa, y pigmentos. Así, generalmente se añadía manteca de puerco o sebo (grasa de res o de borrego), purificada y blanqueada, así como aceite de oliva, bajando su punto de fusión y haciéndolo más maleable. Con frecuencia se añadía un 10% de trementina de Venecia, resina de consistencia suave que escurre espontáneamente o después de una incisión en el tronco de Arix decidua, una especie de Europa, con el fin de endurecer o colorear el material.
 
Los pigmentos empleados eran colorantes naturales. De la laca de granza, la raíz de orcaneta y la sangre de dragón, se obtenían los tonos rojos. Del índigo, los azules, del azafrán, el fústico y el cúrcuma, los amarillos, los negros se conseguían con humo y el carbón vegetal daba los tonos obscuros y grises. Los pigmentos minerales, en su mayoría poco costosos, y fácilmente accesibles, como los acres rojos o amarillos, eran también utilizados. La cerusa o blanco de plomo, era empleada para tornar paca la cera, y cuando era añadida en grandes cantidades, proporcionaba una materia blanca. La combinación de todos los pigmentos permitía la obtención de una gama muy extensa de ceras coloreadas.
 
La cera era lentamente fundida en un plato de cobre o de estaño, que se encontraba en baño maría a fuego lento, y se le añadía ya fuera materia grasa sola, o bien, acompañada de resina natural. El colorante, en polvo fino, se ponía en el momento de la fusión de la mezcla de componentes. Las numerosas mezclas eran fundidas de manera individual, y una vez terminadas, se colocaban sobre una placa caliente. Se conservaban en forma de pan de cera, cuya masa hubiera sido teñida.
 
Acabado de una pieza
Las partes de cera moldeado o vaciado se unían para componer la pieza entera. Para hacer, por ejemplo, la reproducción de un brazo, primero se construía: el soporte esquelético; después, el músculo, moldeado aparte, se colocaba sobre el esqueleto en posición funcional, con la ayuda de una espátula caliente. Al final, el conjunto se colocaba en el estuche dérmico y epidérmico, vaciado en capas sucesivas, y se ensamblaban fácilmente, debido al carácter fundible de la cera.
 
articulos
Nota
Artículo escrito especialmente para la revista Ciencias.
 
     
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Michel Lemire
Museo de Historia Natural, París.
 
Traducción de Nina Hinke.
     
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cómo citar este artículo
 
Lemire, Michel. (Traducción Hinke, Nina). 1993. La representación del cuerpo humano: modelos anatómicos de cera. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 58-69. [En línea].
     

 

 

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Jorge Servín      
               
               
En la última década, en nuestro país ha crecido enormemente
el interés por realizar un inventario de nuestros recursos bióticos. Los investigadores y las instituciones encargadas de esta ardua tarea se han encontrado con grandes sorpresas, entre las cuales destaca: un territorio cuya variedad y número de especies animales y vegetales ha llamado la atención a nivel internacional, debido a que en México se unen dos importantes zonas biogeográficas que dan como resultado esta gran riqueza de especies. Sin embargo, también se sabe que algunas especies, tanto animales como vegetales, ya no se encuentran en un estado óptimo en sus áreas de distribución. Así, nos encontramos con una clasificación para todas aquellas especies que estén en estos casos, de tal forma que las hay raras, amenazadas, en peligro de extinción y extintas. En los dos últimos casos se encuentran algunos grandes mamíferos carnívoros de México, los cuales están desapareciendo rápidamente sin que se hayan adquirido conocimientos de su biología básica y sin que se conozcan con certeza las causas que están originando estos procesos acelerados de extinción.
 
Es significativo que, en comparación con la gran diversidad de fauna silvestre de nuestro país, se tenga tan poca información en este campo, en particular de los mamíferos, que han sido estudiados en magnitudes diferentes, debido a que el orden Rodentia y Quiróptera atraen de manera especial la atención de los investigadores, mientras que los carnívoros han sido atendidos en menor escala (Ramírez-Pulido et al., 1983).
 
Se sabe poco acerca del lobo gris de México (Canis lupus baileyi, Nelson y Goldman), debido, en parte, a la escasez de recursos para invertir en conocer un depredador con amplios desplazamientos, con movimientos nocturnos, con hábitos secretivos o elusivos hacia el hombre. El escaso conocimiento que se ha acumulado de este carnívoro proviene principalmente de los ganaderos, cazadores y naturalistas (Leopold, 1977). El lobo ha tenido una imagen irreal y subjetiva, ya que es visto por los ganaderos como un animal altamente perjudicial, por los ataques que hace al ganado doméstico; los cazadores lo miran como una pieza de caza cada vez más rara y por lo tanto muy cotizada y por último, los naturalistas lo han visto como una “especie fascinante” sobre la cual han elaborado muchas historias. Sin embargo, el conocimiento objetivo y serio del lobo en México es muy escaso, en comparación con la cantidad de información biológica que se tiene del lobo gris en los Estados Unidosy Canadá. Sólo algunas personas han reunido datos parciales de su biología, distribución y comportamiento (Baker y Villa, 1959; Carrera, 1990; Leopold, 1977; McBride, 1980; Parker, 1990; Servín, 1991; Villa, 1960).
 
Los primeros conocimientos que se tuvieron acerca de la disminución de las poblaciones del lobo mexicano (Canis lupus baileyi), fueron evidentes durante la campaña contra depredadores, que realizó el gobierno federal en la década de 1950 respondiendo a la petición que hicieron las asociaciones ganaderas en algunos estados del norte de México. Estas asociaciones, al utilizar el producto 1080 (monofluroacetato de sodio), no solo habían dañado fuertemente las poblaciones del lobo, sino también las de otros mamíferos depredadores como el oso negro (Ursus americanus), el puma (Felis concolor), el gato montes (Lynx rufus), el coyote (Canis latrans), la zorra gris (Urocyon cinereoargenteus), la zorra norteña (Vulpes macrotis), etcétera. (Baker y Villa, 1959; Leopold, 1977; Villa, 1960).
 
Taxonomía y evolución del lobo en Norteamérica
 
Tradicionalmente se reconocen 24 subespecies de Canis lupus en Norteamérica (Goldman, 1937; Hall, 1981) (figura 1). Sin embargo, recientemente, Novak (1983) realizó una profunda revisión, tanto taxonómica como de la distribución geográfica de las subespecies reconocidas por Goldman (1937). A través del análisis estadístico multivariado de los cráneos depositados en las colecciones científicas de Norteamérica, logró hacer una reclasificación taxonómica muy objetiva del lobo. Los resultados encontrados acentúan la importancia evolutiva del lobo mexicano (Canis lupus baileyi), ya que en su análisis reconoce 5 grandes grupos o poblaciones de lobos de entre las 24 subespecies propuestas tradicionalmente en el trabajo de Goldman, quien estableció la clasificación de subespecies, con parámetros morfológicos actualmente poco utilizados en taxonomía. Los grupos reconocidos por Novak son: 1. El grupo del norte de Alaska; 2. El grupo del este de los EUA; 3. El grupo del norte de Groenlandia (Canis lupus arctos); 4. El grupo del este de los EUA (Canis lupus lycaon); 5. El lobo mexicano Canis lupus baileyi (figura 2).
 
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Figura 1. Distribución original del lobo gris (Canis lupus) en Norteamérica.
 
Esta clasificación la obtiene del análisis de un conjunto de medidas craneanas y los resultados los explica en función de la distribución actual en Norteamérica. La hipótesis está basada en que, durante la última glaciación del Pleistoceno, algunas poblaciones de lobos se refugiaron en cinco áreas (Alaska, norte de Groenlandia, centro de Estados Unidos, este deEstados Unidosy México) a las cuales no llegaron los hielos de dicha glaciación (figura 2). Cuando éstos se retiraron nuevamente las poblaciones sobrevivientes realizaron movimientos de dispersión, ocupando estas regiones. Sin embargo, el tiempo geológico que permanecieron aisladas no fue suficiente para que se llevara a cabo una especiación, pero sí lo fue para desarrollar ciertas tendencias de rasgos y características a nivel de subespecie.
 
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Figura 2. Las cinco áreas donde se refugiaron las poblaciones de lobos en Norteamérica durante la última glaciación del Pleistoceno y al finalizar ésta se dispersaron.
 
Los movimientos de dispersión a partir de estas áreas de asentamiento fueron:
 
La población del norte de Groenlandia invadió la mayor parte del Ártico, sobre las islas Victoria y Bank, actualmente representada por C. l. arctos, C. l. bernardi, C. l. orion, C. l. mackenzi; del análisis realizado no hay evidencias para diferenciarlos y quedarían como C. l. arctos.
 
La población de Alaska penetró hacia el centro y oeste de Canadá con las subespecies conocidas como C. l. tundrarum, C. l. pambacileus, C. l. occidentalis, C. l. columbianus y C. l. griseoalbus.
 
La población del centro de Estados Unidosse distribuyó en las montañas y planicies del oeste hasta la región occidental del los Grandes Lagos, donde se agrupa a C. l. irremotus, C. l. youngi, y C. l. nubilis.
 
La población del este de Estados Unidosse estableció y dispersó poco, restringiéndose al este de los Grandes Lagos y hacia el sur. Posiblemente se vio limitada por la distribución del lobo rojo (Canis rufus); grupo que está representado por el actual C. l. lycaon.
 
Por último, la población del sur, C. l. baileyi, probablemente se aisló obligado tal vez por las zonas áridas del suroeste de Estados Unidosy norte de México. En el análisis se determinó que las subespecies C. l. monstrabilis y C. l. mogollonensis no se separaron de C. l. baileyi, y que este grupo se refugió y dispersó en regiones con condiciones marcadamente diferentes a los otros grupos.
 
Basado en esta hipótesis, la distribución del lobo en Norteamérica quedó definida como lo indica la figura 3.
 
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Figura 3. Distribución de las cinco poblaciones del lobo después de la última glaciación del Pleistoceno según Novak (1983).
 
Bogan y Melhop (1983) obtuvieron resultados parecidos y por lo tanto hicieron conclusiones similares, al analizar cráneos, exclusivamente de C. l. baileyi, C. l. monstrabilis y C. l. mogollonensis, lo que sugiere que no existen diferencias significativas entre las tres subespecies del suroeste de Norteamérica y que pueden considerarse afines. Estos hallazgos relativamente recientes, destacan más la importancia del lobo mexicano debido a que este se aisló y, posiblemente, su adaptación fue muy diferente a la de sus parientes del norte, de los cuales sí se ha logrado obtener una mayor cantidad de información biológica; sin embargo, esta información no necesariamente puede generalizarse hacia el grupo del sureste, del cual se conoce muy poco.
 
¿Cómo es el lobo mexicano?
 
Los lobos pertenecen al orden Carnivora, cuyos representantes son básicamente los depredadores terrestres que sustituyeron a los Creodontos (carnívoros primitivos del Paleoceno). A partir de entonces este orden se ha diversificado y actualmente es un grupo numeroso (Olsen, 1985).
 
En general, se sabe poco de las características morfológicas externas del lobo mexicano (Canis lupus baileyi). De los escasos datos de campo que existen actualmente, se sabe que los machos adultos tienen un peso promedio de 33 kg, variando desde los 28.8 kg hasta los 38.5 kg, mientras que en las hembras adultas se observan ejemplares promedio de 27 kg, con un rango de variación que va de 22.9 a 31.4 kg; es decir, los machos son más grandes y más pesados que las hembras.
 
En nuestro país, el lobo es el representante de mayor talla de la familia Canidae; es un animal de gran tamaño cuyas medidas oscilan entre 130 y 180 cm, más o menos como las de un perro pastor alemán; su altura a la cruz, va de 60 y 80 cm y su cabeza es más bien angosta. Las orejas son grandes, 111 mm, gruesas y redondeadas en la punta. Las patas son grandes y los cojinetes anchos y de superficie considerable ya que en promedio son de 100 mmx 85 mm; sin embargo, si se comparan con los del lobo de Canadá, tienen un tamaño menor, ya que éstos, en promedio, dejan huellas que miden 120 mmx 100 mm. Esta característica se relaciona con la locomoción en la nieve. Así, las poblaciones del norte necesitan una superficie mayor para no hundirse al perseguir a sus presas, mientras que las poblaciones del sur necesitan una superficie mas pequeña, lo que indica que no se enfrentan con las mismas condiciones que sus parientes del norte.
 
La cola es más bien larga, excediendo de la mitad del largo que tiene a través del cuerpo y del cuello, sin contar la cabeza (25-45 cm); está cubierta por pelo largo, pero no es muy frondoso, debido a que casi no cuenta con pelo suave. El pelo entre los hombros y en la parte anterior de la espalda es más largo y forma una especie de melena.
 
Los colores predominantes en esta subespecie son un amarillo sucio con sombreados negros en el pelo de la espalda y en las partes superiores de los flancos, aunque también se presentan puntas negras sobre un fondo blanquecino. La garganta muestra un collar muy marcado de color negro, ocasionado por las puntas de los pelos de color oscuro.
 
La cabeza muestra una buena parte de sombreado negro sobre fondo gris. La orilla de los labios y de la parte inferior de la mandíbula es moreno oscuro; el color base que tienen en el hocico es negro, más pálido en la corona y alrededor de la superficie basal adyacente de las orejas y en la superficie convexa de éstas.
 
Las patas son de color blanco amarillento, más profundas en los carpos y en la parte posterior de las patas traseras. En las patas anteriores existe una línea angosta rojiza o más oscura de pelos negros y grises mezclados, que forman una marca conspicua.
 
La cola, al igual que el resto del cuerpo, es amarilla blanquecina con pelos negros en la parte superior dorsal y en el extremo.
 
Su longevidad en cautiverio ha llegado a ser de hasta 15 años, aunque en promedio viven menos tiempo, mientras que en estado silvestre sólo alcanzan entre 7 y 8 años. Las hembras tienen un solo periodo de estro al año, que generalmente se inicia en la segunda mitad del invierno (principios de febrero). El lapso de gestación es de 63± 3 días, y normalmente cada hembra tiene una camada de entre 3 y 7 lobeznos.
 
El lobo es el único miembro de los cánidos americanos que observa un comportamiento social, ya que se agrupan en manadas, las que son sus unidades sociales básicas. En ellas establecen relaciones jerárquicas, las que a su vez son la base de su organización social. Esta estructura tiene como finalidad la caza cooperativa, así como una alta inversión parental por parte de los miembros que componen el grupo. Es curioso observar que, aparentemente, el lobo mexicano forma núcleos de familias reducidas, a diferencia de los lobos del norte que se agrupan en grandes manadas (Servín, 1990).
 
Distribución geográfica en México y su población
 
De las 24 subespecies de lobo (Canis lupus) en Norteamérica, distribuidas desde Canadá hasta México (Baker y Villa, 1959; Hall, 1981; McBride, 1980; Mech, 1970), sólo dos han habitado en la República Mexicana hasta principios de siglo (figura 1) (Hall, 1981; Leopold, 1977). Su rango de distribución se ha reducido considerablemente y en México ha desaparecido en más del 90% de su distribución original; las causas probables de esta reducción quizá sean la destrucción de su hábitat por medio de la tala de bosques, el envenenamiento y la cacería indiscriminada.
 
Actualmente la única subespecie que habita algunas regiones de nuestro país es Canis lupus baileyi (Nelson y Goldman). Su distribución geográfica original abarcaba desde el sur-centro de los Estados Unidos(Texas, Nuevo México y Arizona), los estados mexicanos de Sonora, Chihuahua y parte de Coahuila, y se extiende hacia el sur de la Sierra Madre Occidental, pasando por los estados de Durango, Zacatecas y San Luis Potosí; continúa por la parte central de la República y el Eje Neovolcánico hasta el estado de Oaxaca (Hall, 1981), siendo así nuestro país la zona más septentrional en la cual habitó el lobo en el continente americano. Su disminución en las regiones del sur y del eje Neovolcánico puede atribuirse a la introducción del ganado vacuno por parte de los españoles en el siglo XVI, momento que marca el inicio de una guerra sin cuartel contra el lobo, lo que ha repercutido en la lenta disminución de sus poblaciones (Leopold, 1977). Es hasta la mitad del presente siglo cuando las poblaciones silvestres de este cánido han sufrido las pérdidas más severas en número y en distribución (Baker y Villa, 1959; McBride, 1980; Villa, 1966).
 
Se tienen datos no confirmados de la presencia de algunos ejemplares en la Sierra Madre Occidental, sobre los estados de Chihuahua, Sonora, Durango y Zacatecas (figura 4), (McBride, 1980; Servín, 1987). En estas regiones ha sido más común encontrar grupos familiares pequeños, en parejas o solitarios, pero no formando grandes manadas, como en Canadá y en el norte de los Estados Unidos de Norteamérica. Esto, además de su escaso número, puede ser una respuesta conductual tanto para las condiciones ecológicas como para las de las presas que habitan las montañas de la Sierra Madre Occidental (Servín, 1990).
 
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Figura 4. Distribución actual del lobo mexicano, muchas de las áreas no han sido confirmadas recientemente; sin embargo, las quejas de ganaderos son recurrentes sobre todo en áreas del estado de Durango.
 
La otra subespecie que habitó en México fue C. l. monstrabilis, que se distribuyó principalmente sobre la Sierra Madre Oriental, en los estados de Tamaulipas y Nuevo León. Actualmente se considera extinta en nuestro país y sólo se puede encontrar en los Estados Unidos de Norteamérica (figura 1).
 
Del exterminio a su conservación
 
Con respecto al tamaño de las poblaciones de lobos en México no existen datos, ya que las mejores técnicas para determinarlas en depredadores mayores, con amplios desplazamientos, son relativamente recientes (Mech, 1974). Sin embargo, se sabe que la presencia del lobo mexicano no fue abundante en sus áreas de distribución (Leopold, 1977; Brown, 1988). De los escasos registros de su captura, sólo se cuenta con los reportes del “Equipo de Control de Depredadores” del gobierno federal de los Estados Unidos, de 1916 a 1960, en los estados de Nuevo México y Arizona (Brown, 1988). Gracias a estos datos se sabe que durante el año de 1920 se capturaron 110 lobos, lo que representa la mayor cantidad de todas las capturas que se han realizado, ya que a partir de ese año y hasta 1935, el número fue disminuyendo; en el quinquenio de 1936 a 1940 hubo un ligero aumento de animales atrapados por año, para después volver a decaer paulatinamente hasta 1960. Entre 1951 y 1960 se registran seis años en los que el “Equipo de Control de Depredadores” reportó cero capturas de lobo, con lo que aparentemente habían logrado su objetivo: eliminar al lobo de esa área geográfica (figura 5). Durante los 45 años de perseverante campaña de erradicación de este carnívoro, sólo en Arizona y Nuevo México, se mataron aproximadamente 1100 individuos, lo que en realidad es un número bajo para un programa sistemático de erradicación a largo plazo, como el que se llevó a cabo; sin embargo, en esos estados y a principios de los años 70 se declaró extinta la especie y en 1976 se determina protegerla por las leyes federales y se la declara en peligro de extinción en toda su área de distribución del sur de Estados Unidos de Norteamérica y México; por ello unos años después, ambos países inician un plan de recuperación del lobo mexicano (Ames, 1982).
 
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Figura 5. Número de lobos capturados por año en Nuevo México y Arizona de 1916 a 1960 por el “Equipo de Control de Depredadores” del gobierno federal de los Estados Unidos (modificado por Brown, 1988).
 
En menos de un siglo ha cambiado radicalmente la actitud con respecto al lobo, la que ha ido desde 50 años de sistemática persecución y exterminio hasta el actual diseño de un plan de recuperación del lobo mexicano, por medio del cual se estimula a grupos de conservación, agencias gubernamentales y universidades para que se interesen en recopilar información biológica de este depredador, en una apresurada carrera contra el tiempo y antes de que sea demasiado tarde, porque “… la extinción es para siempre…”
 
Recientemente se han obtenido evidencias de la existencia de lobos silvestres en la frontera de Arizona con Sonora, (Dennis Parker com. pers.) los que aparentemente son individuos que vienen de México. Estos registros incluyen huellas, excretas e incluso se han obtenido fotografías, pero los “expertos norteamericanos conocedores de lobos” se niegan a aceptar el hecho, argumentando “que pueden ser perros o coyotes muy grandes, o inclusive lobos cruzados con coyotes; por lo tanto, dicen, hay que matarlos, porque nadie asegura que sean auténticos lobos mexicanos con pureza racial… por lo que existe el peligro potencial de que se reproduzcan con lobos puros, —si es que aún hay—, lo cual provocaría un deterioro de la especie y no una ventaja de sobrevivencia…”
 
En México, la historia del lobo ha tenido otras características, ya que nunca se tuvo la certeza de haberlo exterminado en forma total en la Sierra Madre Occidental, debido a que influyeron una serie de factores que no lo permitieron. Entre ellos está el proceso histórico de nuestro país, durante ese mismo lapso: los conflictos armados que se vivieron desde principios de siglo (1910), hasta la guerra de los cristeros (1938), lo que fue un impedimento real para que no se haya implementado una larga campaña de erradicación como la que se llevó a cabo durante la mitad del presente siglo en el sur de los Estados Unidos. Todo ello “impidió” que la ganadería se desarrollara y por lo tanto no se efectuó en forma intensiva el “control de depredadores” por parte de los ganaderos del norte de nuestro país.
 
Otro factor que dificultó las campañas sistemáticas e intensivas de envenenamiento, radica en la topografía tan accidentada y en la falta de caminos e infraestructura para desplazarse en la sierra. Hasta la fecha, muchos sitios aún están muy mal comunicados y llegar a ellos resulta muy moroso y arriesgado.
 
En la década de los años 50 la ganadería extensiva del norte del país observo un rápido crecimiento, que trajo como inmediata consecuencia un acelerado incremento del poder económico de las asociaciones ganaderas; ello provocó que se iniciaran una serie de peticiones en el norte del país, dirigidas tanto a algunos gobiernos estatales como al gobierno federal, en las que se argumentaban “cuantiosas pérdidas” económicas, debidas principalmente a los ataques que hacían los lobos al ganado de la región. Fue entonces cuando técnicos norteamericanos del grupo de “Control de Depredadores” iniciaron el entrenamiento de técnicos mexicanos para implementar una intensa campaña de envenenamiento de lobos y otros mamíferos depredadores, utilizando un producto prohibido en los Estados Unidos de Norteamérica: el monofluroacetato de sodio (mejor conocido como “1080”). Este poderoso veneno es acumulable y provoca que si algún depredador muere por el consumo de 1080 y es comido parcialmente por un carroñero u otro depredador, este también muere. A pesar de ello los ganaderos aceptaron el producto y lo manejaron y aplicaron rápidamente, sustituyendo con él las trampas de acero y, sobre todo, la estricnina, que entonces se utilizaba ampliamente de manera clandestina, igual que el “1080”. El resultado fue una matanza indiscriminada de mamíferos, principalmente carnívoros, que vieron diezmadas sus poblaciones sin que se pudiera cuantificar el efecto. Lo que sí ha quedado claro es que a casi 50 años de haberse ejecutado esta campaña, muchas de las poblaciones silvestres de estos depredadores no han podido recuperarse y otras desaparecieron por completo.
 
La campaña fue llevada a cabo sin tener datos o registros que permitieran saber las cantidades relativas de las especies potenciales a las que se podrían perjudicar. Además, muchos de los animales muertos nunca se retiraron del campo, lo que hizo más prolongado el efecto del producto; tampoco se intentó recuperar los restos para obtener de ellos datos biológicos postmortem.
 
Pero, a pesar de todo, los factores históricos y topográficos de los que hablamos antes, si bien no protegieron al lobo, sí dificultaron la campaña impidiendo que se aplicara en una área mayor. De tal manera que algunos grupos reproductivos quedaron en regiones aisladas de la sierra y, desde entonces, los pocos lobos que sobreviven se mantienen muy aislados y en grupos familiares pequeños. Por ello a casi cincuenta años de tal campaña y ya que ha disminuido la presión que ejercía el hombre sobre el lobo, aún no se sabe con certeza si éste se ha extinguido o si aún quedan algunos grupos y si es así, no se puede saber si los que quedaron han sido capaces de reproducirse y recuperarse. Cincuenta años es muy poco tiempo para asegurar una recuperación significativa de los números de población del lobo, ya que es un animal cuyos hábitos alimentarios, biología reproductiva, historia de vida y comportamiento, se desconocen, aunque se sabe que algunas poblaciones protegidas, en otras áreas, se han recuperado muy lentamente (Mech, 1970).
 
Las pocas probabilidades de que el lobo mexicano aún no se haya extinguido, a pesar de las campañas de erradicación y de los escuetos esfuerzos por conservarlo, hacen pensar que protegiendo alguna población relictual se logre acelerar esta recuperación y se llegue a contar con algún parque nacional, o reserva, que mantenga una población silvestre de estos depredadores. En tal sentido quisiera subrayar que las buenas estrategias de conservación en áreas naturales tienen como resultado un ecosistema completo, donde existan productores primarios, herbívoros, consumidores y depredadores; en especial la presencia de grandes depredadores es un excelente indicador de la homeostasis de un ecosistema, ya que son de los primeros grupos en desaparecer cuando el flujo de energía dentro, se ve alterado por la actividad humana.
 
Creo que es un error pensar en la conservación del lobo mexicano como una especie aislada, si somos incapaces de proteger los mantos freáticos, el suelo, la cubierta vegetal, los productores primarios, secundarios y aun a otros depredadores, ya que la conservación de un bosque, como unidad, es un buen inicio para tener como resultado final, no solo la presencia del lobo, sino de muchas otras especies de bosques templados, que actualmente están amenazadas o en peligro de extinción en la Sierra Madre Occidental de México.
 
Lobo… ¿Estás ahí?
 
Quizá el trabajo de campo más intensivo y polémico que se ha desarrollado en México es el de Roy T. McBride, realizado entre 1978 y 1980; abarca varios estados del norte del país, y la estimación inicial indica que en estas zonas la población silvestre de la subespecie del lobo no sobrepasa los 50 individuos, agrupados en parejas o como lobos solitarios, pero no formando grandes manadas.
 
Cabe hacer mención que McBride fue contratado por el Fish & Wildlife Service como trampero y que su trabajo de campo se desarrolló con el fin de capturar animales silvestres en México y llevárselos a los Estados Unidos de Norteamérica, para que éstos sirvieran como pie de cría en el programa binacional de reproducción en cautiverio, como una estrategia alternativa de conservación. Pero la metodología no fue diseñada para estimar el número de lobos en la Sierra Madre Occidental, como lo afirma el propio McBride, a quien sin embargo el Fish & Wildlife Service solicitó que en su informe técnico reportara el número de lobos que aún quedaban en esa zona. El autor se negó en principio, pero ante la insistencia de las autoridades norteamericanas utilizó su amplia experiencia de campo y, a “ojo de buen cubero”, reportó la cantidad de 50 (McBride com. pers.); esta cifra ha sido manejada muy a la ligera y así en algunos documentos se habla de 50 parejas; es decir, 100 individuos y en otros de 50 individuos. En realidad nunca se ha sabido cuántos había en ese entonces, como no se sabe en la actualidad. A pesar de esto, se obtuvo información valiosa de aquellas áreas donde se tenían registros de lobos, porque causaban perdidas al ganado vacuno, lo cual fue utilizado por McBride para trabajar en esas zonas y tener una probabilidad mayor de captura. En la actualidad, se cuenta con información similar a la que utilizó McBride en áreas donde aún se han visto lobos, o existen quejas de ganaderos que han perdido ganado por el ataque de ese depredador. Pero no se ha contado con el apoyo y el financiamiento para trabajar en la verificación de dicha información y en hacer estimaciones adecuadas sobre la cantidad de especímenes existentes en esas áreas, ya que en algunas zonas se han presentado quejas recurrentes en diferentes años, es decir, que se sospecha que puede tratarse de grupos reproductivos y establecidos.
 
Desde mi particular punto de vista, creo que en la actualidad hace falta un catalizador que dispare el mecanismo para actuar y pasar de una fase pasiva (planeación y diseño de proyectos de preservación y conservación) a una fase activa de ejecución de aquellas acciones que idealmente parecen poder resolver el problema. Las posibilidades son únicamente dos: 1. Aún hay lobos silvestres en la Sierra Madre Occidental. 2. El lobo ya se extinguió en México.
 
Basándonos en los resultados que se obtengan en esta fase, podremos planear la siguiente; pero mientras han pasado más de 10 años desde que se financió un trabajo que aclare la situación de las poblaciones de lobos mexicanos; sin embargo, en la actualidad se desconoce aún su estatus y las áreas donde todavía pueden existir.
 
El futuro de los carnívoros en México
 
Actualmente en muchas regiones del mundo las especies más amenazadas y en peligro de extinción son los animales de mayor talla y depredadores, ya que éstos son la punta de una compleja red de interacciones ecológicas (energéticas, tróficas, espaciales, temporales, etcétera). Estos organismos tienen varias características en común, a saber: conforman poblaciones de baja densidad; tienen amplios desplazamientos; sus ciclos de vida son largos; sus periodos de gestación son prolongados; viven en áreas restringidas y susceptibles a las modificaciones que en la actualidad hace el hombre.
 
En nuestro país están amenazados, o en peligro de extinción, junto con el lobo, el jaguar (Panthera onca), el oso negro (Ursus americanus), el ocelote (Felis pardalis), el tigrillo (Felis wiedii), el jaguarundi (Felis yagouaroundi), la zorra norteña (Vulpes macrotis), el cacomixtle del sureste (Bassariscus sumichrasti), la martucha (Potos flavus), el viejo de monte (Tayra barbara), el grisón (Grison canaster) y el perro de agua (Lutra anectens). En cuanto a los otros carnívoros mexicanos, su distribución y estado poblacional es incierto.
 
La presencia de cualquier población de mamíferos del orden Carnivora ya sea en estado silvestre, ya sea en una área protegida, (reserva de la biósfera, reserva ecológica o parque nacional), es el resultado de una excelente y perseverante estrategia de conservación de los recursos naturales en conjunto, ya que no podemos pensar en proteger y conservar únicamente al lobo mexicano con éxito, sin concebir al bosque como una unidad. No es posible mantener la homeostasis de un ecosistema, aislando elementos de un conjunto en el que los individuos se relacionan entre sí.
 
No son numerosas las áreas naturales en el mundo que reúnan todos sus componentes, ¿por qué no intentar mantener en los bosques templados de la Sierra Madre Occidental un área natural con estas características, donde, no solo el lobo mexicano esté presente con sus largos aullidos, sino que también se cuente con la presencia de todos y cada uno de los elementos típicos que conforman estos bosques templados, tales como aves, reptiles, mamíferos, insectos y que junto con la riqueza de especies de coníferas y encinos (muchos endémicos) mantendrían al ecosistema en equilibrio dinámico? Creo que este es un reto que requiere de tiempo y que será producto del trabajo intensivo que los científicos involucrados en la conservación, tienen a su cargo.
 
articulos
Referencias Bibliográficas
 
Ames, N., 1982, Mexican wolf recovery plan, Technical Report New México Department of Game and Fish, Albuquerque, 101 pp.
Baker, R. H. y B. Villa, 1960, “Distribución geográfica y población actuales del lobo gris en México”, Anal. Inst. Biol., 30, Universidad Nacional Autónoma de México, 369-374.
Bogan, M. A. y P. Melhop, 1983, “Systematics relationships of gray wolves in Southwestern North America”, Occas. Papers of the Museum of Southwest. Biol., 1: 121.
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____________________________________________________________      
Jorge Servín
Instituto de Ecología A.C., Unidad Durango
     
__________________________________________________      
cómo citar este artículo
 
Servín, Jorge. 1993. Lobo... ¿Estás ahí?. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 3-10. [En línea].
     

 

 

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Los dragones R32B04  
 
   
   
Murilio Rubião    
                     
“Fui hermana de dragones
y compañero de avestruces”
Job. xxx, 20
 
 
Los primeros dragones que se presentaron en la ciudad sufrieron mucho por lo retrasado de nuestras costumbres. Recibieron precarias enseñanzas y su formación moral quedó irremediablemente comprometida por las absurdas discusiones provocadas por su llegada a este lugar.
 
Pocos supieron comprenderlos y la ignorancia general hizo que, antes de iniciada su educación nos perdiésemos en contradictorias suposiciones sobre el país y raza a las que podrían pertenecer.
 
La controversia inicial fue desencadenado por el vicario del pueblo. Convencido de que los dragones, a pesar de su apariencia dócil e indefensa, no dejaban de ser enviados del demonio, no me permitió educarlos. Ordenó que fuesen encerrados en una casa vieja, previamente exorcizada, a la que nadie podía entrar. Cuando se arrepintió de su error, ya la polémica seguía; ahora era el viejo profesor de escuela, quien les negaba la cualidad de dragones “cosa asiática, debían ser; de importación europea”, argumentaba, cuando se refería a ellos. También nuestro asiduo lector de periódicos, de vagas ideas científicas, quien había tomado un curso de preparatoria por correo, se refería a ellos como monstruos antediluvianos. El pueblo les decía mulas sin cabeza y hasta hombres lobo.
 
Sólo los niños que jugaban furtivamente con nuestros huéspedes sabían que nuestros nuevos compañeros eran simples dragones. Sin embargo no fueron escuchados.
 
El cansancio y el tiempo, vencieron la necedad de muchos que, manteniendo sus convicciones, evitaban abordar el asunto.
 
Después de un tiempo, retomaron el tema. Sirvió de pretexto la sugerencia de aprovechar a los dragones como tracción de vehículos. La idea le pareció buena a todos, pero nuevamente surgió la discusión cuando se trató de hacer una división justa de los animales existentes. El número de éstos era muy inferior al de los usuarios.
 
Con el deseo de centrar la discusión que se hacía cada vez más tensa sin que se alcanzasen objetivos prácticos, el párroco señaló:
 
— Los dragones recibirán nombres en la pila bautismal y serán alfabetizados.
 
Hasta aquel instante yo había actuado con habilidad, evitando contribuir con opiniones que exacerbaran los ánimos, pero en ese momento, perdí la calma y el respeto que le debía al buen párroco —debo culpar a la insensatez reinante en ese momento— e irritadísimo expresé mi desagrado:
 
—¡Son dragones! ¡No necesitan nombre, ni bautizo!
 
Perplejo por mi actitud, pues nunca discrepaba de las decisiones aceptadas por la comunidad, el reverendo desistió en cuanto al bautismo. Retribuí el gesto resignándome a la exigencia de ponerles nombre a los dragones.
 
Así pues, cuando se encontraban en el más completo abandono, me fueron entregados para ser educados; comprendí mi gran responsabilidad. La mayoría de los dragones habían contraído enfermedades desconocidas y, en consecuencia, unos fallecieron. Dos sobrevivieron, desafortunadamente los más corruptos. Mejor dotados de astucia que los hermanos, huían por la noche del caserón donde estaban recluidos y se embriagaban en la cantina. El dueño de aquel antro se divertía viéndolos borrachos, no les cobraba por la bebida e incluso él mismo se las ofrecía. Esta escena, en el transcurso de los meses, perdió gracia y el cantinero comenzó o negarles el alcohol. Para satisfacer su vicio, se vieron forzados a cometer pequeños hurtos.
 
Mientras tanto, yo creía en la posibilidad de reeducarlos, y superar la incredulidad de todos en cuanto al éxito de mi misión. Me valí de la amistad con el delegado para retirarlos de la cárcel, donde cotidianamente los recluían, siempre por los mismos motivos: robo, embriaguez, desorden.
 
Como antes que yo, jamás nadie había educado a algún dragón, consumía la mayor parte de mi tiempo indagando su pasado, familia y métodos pedagógicos seguidos en su tierra natal. Logré obtener muy poco material de los sucesivos interrogatorios a los que los sometí. El haber llegado jóvenes a nuestra ciudad, hacía que recordaran todo en forma confusa, incluso la muerte de la madre, que cayera en un precipicio, después de escalar la primer montaña. Para dificultar mi tarea, sumábase la débil memoria de mis pupilos y su constante mal humor causado de las noches de poco y mal sueño y por la resaca que les provocaban sus salidas alcohólicas.
 
El ejercicio continuado del magisterio y la ausencia de hijos contribuía para que yo les dispensase una ayuda paternal. Del mismo modo, la candidez que fluía de sus ojos me obligaba a perdonar faltas que no perdonaría a otros discípulos.
 
Ordorico, el mas viejo de los dragones, me provocaba grandes contradicciones. Irremediablemente simpático y malicioso, se alborotaba sobre todo con la presencia de faldas. Por causa de ellas, y principalmente por su vagabundez innata, huía de las clases. Las mujeres lo encontraban agradable y hubo una que, apasionada por él, dejó al marido para irse a vivir con Ordorico.
 
Intenté todo para destruir aquella unión pecaminosa pero no logré separarlos. Encontraba una resistencia sorda, impenetrable. Mis palabras perdían el rumbo; Ordorico sonreía para Raquel, y ésta, tranquila continuaba con su tarea de lavar ropa.
 
Tiempo después la encontramos llorando junto al cuerpo de su amante. Atribuyeron la muerte de Ordorico a un tiro fortuito, probablemente de un cazador con mala puntería. La mirada del marido desmentía esa versión.
 
Con la desaparición de Ordorico, mi mujer y yo centramos nuestro cariño en el último de los dragones.
 
Nos empeñamos en lograr su recuperación y casi lo conseguimos. Con algún esfuerzo lo separamos de la bebida. Ningún hijo tal vez, nos hubiera retribuido de igual manera como lo hizo él en respuesta a nuestra amorosa persistencia. Ameno en el trato, Juan se aplicaba en sus estudios, ayudaba a mi mujer en los quehaceres domésticos, la acompañaba al mercado, etcétera. Al final de la cena, permanecíamos en el patio observando cómo jugaba con los niños de las casas cercanas.
 
Una noche, cuando regresaba de una reunión mensual con los padres de los alumnos, encontré a mi mujer preocupada: Juan acababa de vomitar fuego. También aprehensivo, comprendí que Juan había alcanzado su etapa adulta.
 
Ese hecho, lejos de volverlo tímido, hizo que creciera la simpatía que gozaba entre los jóvenes del lugar. Sólo que ahora permanecía poco en casa. Vivía rodeado por grupos alegres, que le pedían que lanzara fuego. La admiración de unos y las invitaciones de otros, acrecentaron su vanidad.
 
Ninguna fiesta alcanzaba éxito sin su presencia, y hasta el párroco pedía que lo acompañara en las peregrinaciones del santo patrono.
 
Tres meses antes de las grandes inundaciones que asolaron el municipio, un circo de caballitos hizo que volviese el movimiento al poblado; unos se deslumbraron con los audaces acróbatas, otros reían con payasos comiquísimos, o se sorprendían con leones amaestrados y se quedaban admirados por un hombre que comía fuego. En una de las últimas exhibiciones del ilusionista, algunos jóvenes interrumpieron el espectáculo con gritos y palmadas rítmicas:
 
—¡Tenemos algo mejor! ¡Tenemos algo mejor!
 
Juzgando que se trataba de un juego de muchachos, el anunciador aceptó el desafío.
 
—¡Que venga esa cosa mejor!
 
Y ante el asombro de los miembros del circo y los aplausos de los espectadores, Juan llegó al centro del escenario y realizó su acostumbrada proeza de vomitar fuego.
 
Al día siguiente, recibía varias propuestas para trabajar en el circo. Al principio las rehusó pensando en que perdería el prestigio del que disfrutaba en la localidad. Alimentaba todavía la pretensión de ser elegido presidente municipal en un futuro cercano.
 
Pero eso nunca sucedió, así que, algunos días después de la partida de los saltimbanquis, se verificó la fuga de Juan.
 
Corrieron por el pueblo varias e ingeniosas versiones sobre su desaparición. Contaban que se había enamorado de una de las trapecistas, especialmente comisionado por el circo para seducirlo; también se dijo que se había iniciado en el juego de cartas y retomado el vicio de la bebida.
 
Sea cual sea la razón, después de esto, han pasado muchos dragones por nuestras calles. Y por más que mis alumnos y yo, les insistimos en que permanezcan con nosotros, no recibimos ninguna respuesta. Solamente se forman en largas filas y se encaminan hacia otros lugares, indiferentes a nuestros ruegos.
 
articulos
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Murilio Rubião
Escritor brasileño.
 
Traducción de Silvia Torres Alamilla
     
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cómo citar este artículo
 
Rubião, Murilio. (Traducción Torres, Silvia). 1993. Los dragones. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 76-78. [En línea].
     

 

 

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