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La abundancia primordial del Helio

 

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Manuel Peimbert
   
               
               
El modelo homogéneo de la expansión del Universo basado en la teoría gene­ral de la relatividad, ahora cono­ci­do como la Teoría de la gran explosión, predice que durante los primeros cua­tro minutos, contados a partir del prin­ci­pio de la expansión del universo, se produjeron reacciones nucleares ba­sa­das en hidrógeno que generaron helio y trazas de deuterio y litio. Durante la expansión, la temperatura del Uni­ver­so iba decreciendo, y tras estos cua­tro minutos no fue lo suficientemente alta para producir los otros elementos de la tabla periódica a partir de reac­cio­nes nucleares. Muchos millones de años después se formaron las primeras estrellas con hidrógeno y helio na­da más, a este último se le llama helio primordial. Los otros elementos de la tabla periódica se formaron a partir de reacciones nucleares en el interior de las estrellas y una fracción de ellos fue expulsada después al medio inter­estelar.

La formación de los elementos es un problema clave para entender la evo­lución del Universo. En particular la formación de helio ha sido fun­da­men­tal para el estudio de la cosmología y la evolución química de las ga­la­xias. A lo largo de los años el au­men­to en la precisión de la determinación de la abundancia del helio por unidad de masa (Y) en objetos diferentes, y el au­men­to en la precisión de las predic­cio­nes de la abundancia primordial del he­lio (Yp) obtenidas a partir de la nu­cleo­sín­te­sis de la gran explosión nos ha conducido a una mayor comprensión del Universo.


Para obtener Yp es necesario de­ter­minar la composición química de ne­bu­lo­sas gaseosas en galaxias con di­fe­ren­tes fracciones de elementos pesados. La composición química se nor­ma­li­za por medio de la relación X + Y + Z = 1, donde X, Y y Z son la abun­dan­cia por unidad de masa de hidró­ge­no, helio y demás elementos res­pec­ti­va­men­te. Yp se determina por me­dio de una extrapolación a Z = 0 de los va­lo­res de Y determinados en ga­la­xias con distintos valores de Z. Se re­quie­ren observaciones de mucha ca­li­dad de galaxias que hayan tenido muy po­ca formación estelar y que por lo tan­to hayan enriquecido el gas con poco he­lio y elementos pesados desde su for­ma­ción. Estas galaxias son galaxias irre­gu­la­res, con una fracción muy alta de su masa en forma de gas y una frac­ción de su masa muy pequeña en forma de estrellas.

La determinación de Yp es impor­tan­te, entre otras razones porque: a) es uno de los pilares de la Teoría de la gran explosión, b) nos permite verificar la Teoría estándar de la gran explo­sión, c) los modelos de evolución quí­mi­ca de las galaxias requieren un valor inicial de Y, el cual está dado por Yp, d) los modelos de evolución estelar ne­ce­si­tan un valor inicial de Y, que está da­do por Yp más el valor adicional de he­lio producido por la evolución quí­mi­ca de la galaxia a partir de la gran ex­plo­sión y hasta el momento en que se forma la estrella en cuestión.
 
Hace cincuenta años la falta de pre­ci­sión en las determinaciones de la abun­dan­cia de helio y la falta de co­no­cimiento sobre los procesos de asen­ta­mien­to gravitacional del helio en las estrellas había permitido la existencia de dos posturas radicalmente diferen­tes en cuanto a los valores observados de Y: a) las galaxias se habían formado a partir de un gas de hidrógeno sin he­lio y la relativamente alta abundancia de helio que se observa en estrellas jó­ve­nes y en el gas interestelar había si­do producida por estrellas normales du­ran­te la vida de las galaxias, y por es­tre­llas supermasivas al principio de la formación de las galaxias; o bien, b) las galaxias se formaban con una can­tidad apreciable de helio, proba­ble­men­te producido durante las etapas ini­cia­les de la expansión del Universo, como lo predecía la Teoría de la gran ex­plo­sión. La primera posibilidad im­pli­ca que el valor de Y para las estrellas muy viejas debería ser considera­ble­men­te menor de 0.2, mientras que la segunda implica valores de Y en el in­ter­va­lo de 0.2 a 0.3 para todas las es­tre­llas viejas.

Éstas y otras consideraciones tenían divididos a los astrónomos en dos grupos: los que estaban a favor de la Teo­ría de la creación continua de ma­te­ria, que consideraban que Yp era igual a cero, y los que estaban a favor de la Teo­ría de la gran explosión, que con­si­de­ra­ban que Yp era distinto de cero. Pa­ra decidir entre estas dos posibilida­des era importante tratar de encontrar si había diferencias significativas en­tre las estrellas más viejas y, en particu­lar, si el valor de Y para éstas era de 0.27 o cercano a cero.
El descubrimiento en 1965 de la ra­dia­ción fósil o de fondo por medio de ra­dio ob­ser­vaciones proporcionó un apo­yo fundamental a la Teoría de la gran explosión y llevó a los cosmólogos a pro­du­cir un nuevo conjunto de reac­cio­nes nucleares con mayor precisión que antes; Jim Peebles encontró que, pa­ra una temperatura de la radiación de fondo de 3 grados Kelvin y dos fa­mi­lias de neutrinos, el valor de Yp es­tá com­prendido entre 0.26 y 0.28.
 
De acuerdo con la Teoría estándar de la gran explosión, la abundancia pri­mor­dial de helio depende de un pa­rá­metro únicamente, del cociente que resulta del número de bariones entre el número de fotones, donde el nú­me­ro de bariones está dado por la suma de todos los protones y neutrones que forman los átomos de la tabla perió­di­ca. Si conocemos el cociente entre ba­rio­nes y fotones con gran precisión, entonces esta teoría nos indica el valor de Yp con gran precisión.

Al final de la década de los sesentas y durante los setentas, los astróno­mos encontramos que era relativa­men­te más fácil y preciso determinar la abun­dan­cia de helio a partir de observa­cio­nes de nebulosas gaseosas en gala­xias poco evolucionadas, en lugar de ha­cer­lo en estrellas viejas. Así, los valores que obtuvimos para Yp están com­pren­di­dos entre 0.20 y 0.30. En el siglo xxi hemos entrado a la lla­ma­da cosmología de alta precisión. Así, gracias al lanzamiento del satélite wmap (Wilkinson Microwave Aniso­tropy Probe), David Spergel y su grupo encontraron que el cociente entre fotones y bariones en el Universo ob­ser­va­ble es de mil seiscientos millones, o sea por cada barión existen mil seiscientos millones de fotones. Este nú­me­ro se obtiene estudiando la dis­tri­bu­ción de la temperatura de la ra­dia­ción de fondo en la bóveda celeste. Combinando este número con la Teo­ría estándar de la gran explosión, la cual adopta tres familias de neutrinos ligeros, se encuentra que Yp es igual a 0.2484 para un tiempo de vida del neu­trón de 886 segundos y de 0.2466 para un tiempo de vida del neutrón de 879 segundos. Llama la atención que las úl­ti­mas dos determinaciones del tiem­po de vida del neutrón difieran por sie­te segundos y que los dos grupos in­de­pen­dien­tes que hicieron las deter­mi­na­cio­nes presenten un error menor a un segundo.

Por otro lado, a partir de observa­cio­nes de nebulosas de gas ionizado en galaxias pobres en elementos pe­sa­dos, quien esto escribe, junto con Va­len­ti­na Luridiana y Antonio Peimbert, encontramos que Yp = 0.2477 ± 0.0029, donde el error depende prin­cipalmente de la precisión con que se conocen los parámetros atómicos que producen las líneas de emisión nece­sa­rias para calcular la abundancia de los elementos y la distribución de la tem­pe­ra­tu­ra en las nebulosas gaseosas ob­ser­vadas.
 
Si el valor de Yp obtenido por medio de la observación de nebulosas ga­seosas coincide con el valor de Yp de­ri­va­do por medio de la Teoría estándar de la gran explosión y las observaciones del wmap, entonces diríamos que esta teoría es correcta. En caso de dife­rir tendríamos que recurrir a teorías no estándar de la gran explosión.
 
La posibilidad de tener el caso de una física no estándar ha sido discu­ti­da por muchos investigadores; el ar­tículo pionero en el tema fue publica­do por Dirac en 1937. Mencionaré dos ejemplos de lo que podríamos lla­mar fí­si­ca no estándar. La Teoría es­tán­dar de la gran explosión asume que el nú­me­ro de familias de neutrinos ligeros que se encuentra en el laboratorio en el presente es igual al que había hace trece mil setecientos millones de años, cuando se produjo la gran explosión. Si el número de familias de neutrinos ligeros hubiese sido igual a cuatro du­ran­te la gran explosión, tendríamos una Teoría no estándar de la gran ex­plo­sión que predeciría un valor de Yp = 0.26 contrario al valor observado. El segundo ejemplo es la variación de la constante gravitacional de Newton (G) con el tiempo, ya que los cálculos de la nucleosíntesis de la gran explosión se hacen suponiendo el valor actual de G, y si G hubiese sido mayor o menor durante el periodo de la nucleosíntesis primordial, el valor de Yp obtenido sería menor o mayor al predicho por la teoría estándar.

Para restringir aún más los distintos tipos de física no estándar, sigue sien­do importante el tratar de disminuir el error en los dos tipos de deter­mi­naciones de Yp, tanto en el basa­do en la Teoría estándar de la gran ex­plo­sión, como el basado en las ob­ser­va­cio­nes de nebulosas gaseosas en ga­la­xias que hayan sido poco conta­mi­na­das por los productos de la evolución estelar.
 
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Manuel Peimbert
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es investigador emérito del Instituto de Astronomía de la unam, también obtuvo el Premio Universidad Nacional en Ciencias Exactas en 1988, fue ele­gi­do miembro asociado de la Sociedad Astronómica Real de Inglaterra en 1989 y de El Colegio Nacional (México) en 1992.
 
como citar este artículo
Peimbert, Manuel. (2009). La abundancia primordial de Hielo. Ciencias 95, julio-septiembre, 44-48. [En línea]
     

 

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La materia entre las estrellas
 
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Silvia Torres
   
               
               

Las estrellas son objetos relativamente pequeños, situados a enormes distancias unos de otros. Para hacer una com­pa­ración simple, si pensamos que el Sol fuera del tamaño de la cabeza de un alfiler (de un milímetro de radio), su ve­cina más próxima estaría a la distancia de 64 kilómetros o lo que es apenas un poco menor a la distancia entre la ciu­dad de México y Cuernavaca. Podemos pensar que el espacio entre las estrellas esta va­cío, pero en realidad no es así, hay pequeñísimas canti­da­des de gas (mayoritariamente hidrógeno) y algunas par­tícu­las sólidas menudas, como pequeños granos de arena. Com­parando con los ejemplos que conocemos, el espacio en­tre las estrellas se encuentra en condiciones más extre­mas que el más alto vacío que se puede lograr en los labo­ra­torios te­rrestres. Sin embargo, son tan vastos los volú­me­nes que hay entre las estrellas que se puede afirmar que existe una cantidad considerable de materia en estos espa­cios.

 
El estudio de la materia interestelar se inició mucho des­pués del de las estrellas. Hace relativamente pocos años que se ha entendido que algunos fenómenos obser­va­dos se deben a este material tenue. Solamente se conocía la ma­te­ria que se encuentra cerca de las estrellas ca­lien­tes, las cua­­les la encienden e iluminan. También se sa­bía que hay una gran zona oscura en el cielo dividiendo la banda de luz denominada Vía Láctea; sin embargo, fue has­ta 1930 cuan­do se descubrió que esta zona oscura corres­pondía a nubes densas con partículas de polvo que impiden el paso de la luz de las estrellas que hay detrás. También hay pequeñas zonas oscuras que se pueden apreciar por el contraste con el fondo brillante de las estrellas, las cuales no corres­pon­den a la ausencia de estrellas, sino que se explican por la pre­sen­cia de nubes densas de gas y polvo que ocultan lo que se encuentra más allá de ellas. Con el desarrollo de los ra­dio­te­les­co­pios, de los telescopios infrarrojos y de los te­les­co­pios que se han puesto en órbita en satélites artifi­cia­les, aho­ra se observan los gases y el polvo en las distintas con­di­ciones físicas en que se encuentra.

Las primeras nebulosas brillantes fueron observadas des­de que se empezó a usar el telescopio. En 1656, Chris­tiaan Huygens dibujó un mapa de la Nebulosa de Orión, una de las más brillantes en el cielo, pero las primeras ne­bu­lo­sas se catalogaron formalmente hasta 1769, cuando Charles Messier, buscando cometas, preparó una lista de objetos difusos en el cielo con el fin de no confundirlos con aquellos. Su lista final contenía 110 objetos difusos en el cie­lo, y entre ellos se encuentran varios gaseosos: nubes ca­lientes que rodean estrellas jóvenes como la Nebu­lo­sa de Orión, que por estar en el lugar 42 de esa lista tam­bién se lla­ma M42; nebulosas planetarias, que son nu­bes de gas bri­llantes ubicadas alrededor de estrellas ca­lien­tes en sus fa­ses finales de evolución, como M27, lla­ma­da la Nebulo­sa de la Mancuerna; e incluso un remanente de la explosión de supernova, como M1, también denomi­nada la Ne­bulosa del Cangrejo. A fines del siglo xix la po­sibilidad de tomar fo­tografías de zonas del cielo puso de manifiesto la pre­sen­cia de nebulosas oscuras que se pueden observar por el con­tras­te con el fondo brillante del cielo.
 
En 1904, al observar espectroscópicamente la estrella Del­ta Orionis, por primera vez se conoció la presencia de un gas interestelar generalizado sobre el disco galáctico. Esta estrella es una de las tres que forman el llamado “cin­turón de Orión”, que en realidad no es una estrella aislada sino un sistema binario —de dos estrellas. En algunos sis­temas binarios cercanos, donde no se distinguen las dos com­ponentes que lo conforman, en sus espectros se pue­den observar los acercamientos y alejamientos periódicos de ambas estrellas, por el corrimiento Doppler. Delta Orionis tiene un periodo de 5.7 días que se manifiesta en todas las líneas de absorción, pero al estudiar la línea de ab­sor­ción de calcio ionizado, que se encuentra a 393.4 na­nó­me­tros de longitud de onda —la cual además de presentar el dedoblamiento periódico correspondiente a los movimientos orbitales de ambas estrellas, muestra la pre­­sencia de una línea de absorción adi­cional que no sufre nin­gún des­plazamiento con el tiempo—, se de­lató la pre­sen­cia de gas entre las estrellas; fue la primera indicación de que hay material gaseoso (gas de calcio) en­tre la estrella doble y nosotros. Ac­tual­mente sabemos que son muchas las líneas de absorción producidas por los ga­ses interestelares en diferentes direcciones de la galaxia, las cuales re­velan la presencia de muchos ele­mentos quí­mi­cos en estas nubes tenues, como carbono, sodio, si­li­cio, magnesio, zinc, níquel y hierro, entre otros. En reali­dad el gas está constituido fundamentalmente de hi­dró­ge­no y, en menor proporción, de helio, pero fue la traza de los otros elementos que los acompañan lo que mostró la presencia de las nubes interestelares. También sa­be­mos que gran par­te de esta materia está en forma de nubes de densidades ba­jí­si­mas, difíciles de imaginar, de 10 átomos por centí­me­tro cúbico.
 
Sabemos que hay gas en condiciones extremas de tem­pe­ra­tu­ra, a la más alta como a la menor imaginable, que hay partículas de polvo muy frías, pues están muy alejadas de estrellas brillantes, en las zonas más internas de nu­bes densas, protegidas de la luz de las estrellas, así como también hay partículas de polvo cercanas a estrellas que son calentadas por éstas, y por lo tanto podríamos decir que se trata de “polvo tibio”.

En general encontramos el gas más frío en las nubes den­sas, predominan­te­mente en forma de moléculas de hi­­dró­ge­no; en algunos casos se tra­ta de gas a temperaturas de –260 °C. También en ondas de radio se ob­ser­van las regiones donde se en­cuen­tra el hidrógeno en forma neu­tra, lo cual corresponde a nubes calientes muy extensas que se encuentran a 350 °C de temperatura, mien­tras que en zonas cercanas a las es­tre­llas calientes se alcanza temperaturas de hasta 10 000 °C, y mediante te­lescopios de rayos X se puede observar, en al­gu­nas regiones, gas a temperaturas tan altas que superan 10 millones de grados centígrados.

A partir de estas observaciones podemos saber que no solamente existe este material en los distintos ambientes, sino que también podemos medir la temperatura y den­si­dad a que se encuentra, los movimientos del gas, y deter­mi­nar de qué esta constituido; por lo tanto podemos tratar de entender la relación que guarda el gas con las estrellas que rodea.
 
Las nubes moleculares

En regiones donde la densidad del medio interestelar es muy alta, la mayor parte de los átomos se combina entre sí para formar moléculas y se les llama nubes moleculares. Ópticamente éstos son objetos totalmente opacos y sin luz debido al polvo que contienen, por lo que son difíciles de observar, pero se les puede ver en proyección sobre un fondo de estrellas o de la nebulosa gaseosa a la que en oca­sio­nes están asociados. Hay lugares en donde están ilu­mi­na­dos por la luz de una estrella situada a proximidad. So­la­men­te las observaciones en radio, en ondas milimétricas y en luz infrarroja nos permiten conocer las condiciones de las nubes moleculares.
Estas nubes están constituidas principalmente de hi­dró­ge­no molecular, es decir bajo la forma de la molécula h2. Sin embargo esta molécula es simétrica y a las bajas tem­peraturas en que se encuentra no posee transiciones per­mitidas en los dominios de radio e infrarrojo que se pue­dan observar; es decir que el componente más impor­tante de la nube se oculta a nuestros ojos. Por el contrario, hay moléculas asimétricas como el co, que aunque están presentes solamente en una pequeñísima proporción en las nubes moleculares tienen una gran variedad de tran­si­ciones de rotación y de vibración, lo que nos permite de­tec­tar el gas molecular. En realidad la mayor parte de las nu­bes moleculares se ha descubierto por investigaciones sis­te­máticas en la línea de la molécula co a 2.6 milímetros de longitud de onda.
 
Se desconocen en detalle los procesos de for­mación de las moléculas interestelares, pues las condiciones en que se encuentran son muy dife­ren­tes a las que existen en los laboratorios terrestres. Se su­po­ne que la presencia de partículas cargadas de energía relati­va­men­te grande (los rayos cósmicos), ionizan en pequeñas cantidades el hidró­ge­no molecular y el helio. Los iones así formados sirven de punto de partida para la formación de moléculas mayores. Aunque las reacciones químicas son lentas, las nubes moleculares subsisten su­fi­cien­te tiem­po para que moléculas muy complejas, algunas de ellas com­pues­tas hasta de trece átomos, puedan ser sin­tetizadas. Como el hidrógeno, el carbono, el nitrógeno y el oxígeno son los elementos más abundantes en el Uni­ver­so (además del helio, que es químicamente inerte) es nor­mal que la ma­yor parte de las moléculas interestelares sean mo­lécu­las formadas precisamente por estos ele­men­tos. Ac­tual­men­te se han detectado cerca de 130 mo­lécu­las di­fe­ren­tes, sin contar los compuestos isotópicos de éstas.

Las nubes difusas. Con este nombre se deno­minan las regiones en donde el hidrógeno está en estado neutro. En general allí coe­xis­ten otros elementos que se encuentran ioni­za­dos, y que son los que requieren menor energía que el hidrógeno para ionizarse. El gas de hidró­ge­no neutro es poco espectacular en luz visi­ble, sin embargo, desde 1970 se ha estudiado en gran deta­lle utilizando principalmente técnicas radioastronómicas y luz ultravioleta.
 
Las nubes difusas son las componentes mejor conocidas del medio interestelar; son relativamente transparentes a la luz y se manifiestan por las líneas de absorción que se observan en los espectros de las estrellas si­tua­das detrás de estas nubes. En la región de luz visible se pueden observar la absorción de Na, Ca, Ti y algunos radicales moleculares simples (CN, CH y CH+), mientras en la región del ul­travioleta lejano hay un número considera­ble de líneas que delatan la presencia de estas nubes.

En 1951 el descubrimiento de la línea de 21 centímetros de longitud de onda en el radio que emite el hidrógeno ató­mico mostró que este ele­mento es el principal constituyente de las nubes difusas, y ha permitido conocer sus características y distribución en la galaxia, concentradas a lo largo de los brazos espirales.

Como hemos mencionado, en todo el espacio interes­te­lar hay partículas sólidas asociadas al gas. En las nubes di­fusas estos granos están calentados por la radiación de las estrellas y se han observado en el infrarrojo lejano con te­lescopios especializados a bordo de satélites. El cielo en el infrarrojo lejano está dominado por esta emisión, la cual es irregular y forma estructuras filamentosas que recuerdan las nubes denominadas cirrus en nuestra atmósfera.
 
Los procesos de calentamiento y enfriamiento de las nu­bes difusas también son bien conocidos. Desde 1972 se sabe que el polvo juega un papel dominante en el calen­ta­miento del gas. La radiación ultravioleta que incide so­bre los granos de polvo les arranca electrones, los cuales trans­por­tan la energía que les impartió el fotón incidente y man­tie­nen equilibrio térmico con los electrones libres ya presentes en el medio, que también son calentados. Por su parte, las pérdidas de energía que compensan es­tas ga­nan­cias están dominadas por la emisión de una línea de car­bo­no ya ionizado en el infrarro­jo lejano, a una longitud de onda de 158 micras.

En los bordes de las nubes moleculares y las de gas ioni­zado hay regiones de transición, llamadas regiones de fo­toionización, las cua­les son comunes ya que las estrellas ca­lien­tes recién formadas a partir de las nu­bes molecula­res ionizan el gas circundante; y aunque pasado un tiempo podrán disipar el gas que las rodea, frecuentemente se en­cuentran to­davía junto a dichas nubes moleculares.

Estas regiones se observan por medio de la radiación in­frarroja lejana que emiten el carbono, el oxígeno y el hi­dró­ge­no, y de algunas moléculas como el co. El polvo ca­­len­ta­do por la radiación ultravioleta produce una emi­sión intensa en el infrarrojo.
 
Las nubes gaseosas

Se trata de las nubes donde el hidrógeno está ionizado por la radiación ultravioleta de es­tre­llas calientes muy cercanas. Estas regiones aparecen en dos tipos de configuracio­nes: lu­gares donde las estrellas son de gran masa, jó­ve­nes y están rodeadas todavía por la nube de la cual se for­ma­ron (se les llama regiones hii), y lu­ga­res en donde recientemente se ha desba­ra­tado una estrella de masa intermedia y la estrella central es caliente, rodeada por el gas que ha arrojado al espacio (nebulosas pla­ne­tarias).

Regiones hii. Son nubes de hidrógeno ionizado ilu­mi­na­das por estrellas jóvenes y calientes, que se en­cuen­tran fre­cuen­temente en sus inmediaciones, lo cual no debe de sorprendernos, ya que las estrellas ca­lien­tes y masivas, pro­duc­to­ras de radiación ultravioleta ionizante, se formaron justamente a partir de estas nubes. Son regiones muy be­llas y espectaculares en todo el espectro electromagnético, pues emiten radiación desde el ultravioleta hasta las ondas de radio. En luz visi­ble presentan emisión brillante de hidrógeno y helio así como de otros elementos —oxígeno, nitrógeno, argón y neón.

Del estudio de su radiación se puede deducir la tem­pe­ratura (del orden de 10 000 °K) y la densidad del gas (de 10 a 10 000 partículas por centímetro cúbico). La abundancia de elementos como oxígeno, nitrógeno, carbono, neón, azu­fre, etcétera, con respecto del hidrógeno, puede ser de­du­cida a partir de la intensidad de las líneas correspondien­tes. Las nebulosas gaseosas ofrecen prácticamente el único medio de conocer la composición química de las galaxias.
 
Nebulosas planetarias. Son las pequeñas nebulosas io­ni­­za­das, generalmente muy brillantes, que se ha­llan al­re­de­dor de una estrella caliente en las fases fina­les de su evo­lu­­ción; están formadas por el gas arrojado por la es­trella cen­tral. Son de formas muy caprichosas y su apariencia es espectacular. A pesar de la dife­ren­cia de orígenes, la ra­dia­ción que proviene de las nebulosas planetarias es muy se­me­jan­te a aquella de las regiones hii, ya que los procesos micros­cópicos son muy semejan­tes. Tam­bién en este caso se puede determinar con gran pre­ci­sión la composición química del gas, y de ahí de­ter­mi­nar las modificaciones que sufrió di­cha ma­te­ria. Se puede determinar que, en general, for­man­do par­te integral de la estrella, esta materia fue li­ge­ra­mente altera­da durante la evolución de la es­tre­lla por las reaccio­nes nucleares ocurridas en el interior del astro.

Burbujas, supernovas y polvo interestelar

Las burbujas interestelares son objetos espectaculares que se presentan bajo la forma de un cascarón ionizado más o menos esférico y regular. A pesar de que se les distingue por la emisión de un gas ionizado, como la de las nebulo­sas gaseosas, su espectro es muy diferente, ya que el gas de estas últimas está ionizado por la radiación ultravioleta de estrellas muy calientes, mientras que el gas de las bur­bu­jas está ionizado a causa de una compresión provo­ca­da por una onda de choque de materia que ha sido lan­za­da a gran velocidad por la estrella al centro de la bur­bu­ja. Esto puede ocurrir ya sea por la producción de vientos rápidos y muy calientes expulsados por una o varias es­tre­llas masivas centrales, o por una o varias explosiones de supernovas. En ambos casos la burbuja está sostenida por un gas muy caliente (de un millón de grados o mayor) que ejerce una fuerte presión y crea la onda de choque que se propaga hacia el medio exterior y la comprime fuertemente.

El gas interno, y sobre todo el gas comprimido de­trás de la onda de choque, es tan caliente que emite rayos X. La radiofuente más brillante del cielo, Ca­sio­pea A, es un resto de supernova. Algunas bur­bu­jas presentan también emisión de rayos gamma de muy alta energía.

El medio interestelar puede ser muy caliente, en algu­nas direcciones donde se observan espectros ultravioleta de algunas estrellas lejanas se ven líneas in­terestelares en absorción, las cuales se deben a que los ele­mentos del gas están muy ionizados, indicando tem­pe­ra­tu­ras muy ele­va­das (cercanas a 500 000 °K). Las ob­ser­va­ciones de rayos X muestran la existencia de temperaturas aún más altas. Al­gu­nas de estas nubes de gas calientísimo corresponden a res­tos de supernovas, pero otras son re­gio­nes muy ex­ten­sas donde el gas está muy caliente y muy di­lui­do. Estas úl­ti­mas son de tales dimensiones, que en rea­li­dad, llenan la mayor parte del volumen del espacio in­ter­es­te­lar, y po­si­blemente sean el resultado de la fusión de bur­bujas in­di­viduales que en el curso de su expansión han entrado en contacto. Nuestra galaxia está rodeada de un halo caliente que parece ser una prolongación de este fe­nómeno.
 
El polvo interestelar acompaña en todos los lugares al gas interestelar. Su masa total es ape­­nas del orden de una centésima par­te de aquella del gas de la galaxia y sin em­bar­go juega un papel desproporcio­na­do. Las dimensiones de este polvo son de unos cuantos nanómetros, y absorben y difunden selectivamente la luz de las estrellas, es decir que actúan más sobre la luz ul­tra­violeta que sobre la roja e infrarroja. Las nubes molecula­res son totalmente opacas en luz visible debido al polvo con­te­ni­do en ellas; son gra­dual­men­te más transparentes cuando se trata del infrarro­jo cercano y aún más en el in­fra­rrojo lejano; el efecto de la absorción del polvo sobre las ondas de radio es totalmente irrelevante.

Los granos de polvo interestelar están constituidos de si­li­ca­tos o grafito. En las nubes moleculares se en­cuen­tran al abrigo de la radiación ultravioleta y, por tan­to, están recu­biertos de una capa de hielo de agua y otras moléculas (co, co2, ch4, nh3, etcétera) que se pue­de detectar por las ban­das de absorción características en el infrarrojo medio.

Aunque desconocemos en gran me­di­da la naturaleza y propiedades del polvo, lo que se acepta comúnmente es que se forma por aglomeración de moléculas en la atmós­fera de las estrellas gigantes frías. Los granos de gra­fi­to se forman en las estrellas de car­bo­no y los granos de silica­tos en las estrellas ricas en oxígeno y en silicio que son las más numerosas.

Pero, ¿cómo se forman las estrellas?

Las estrellas se forman en las nubes mo­leculares por con­trac­ción gravitacional de las partes más densas. El interior de las nubes pequeñas, que son más frías, es el sitio de for­ma­ción de estrellas de poca masa, las cuales se pueden ob­ser­var en el infrarrojo. En ocasiones las estrellas reciente­mente formadas se observan en fases más avanzadas en la peri­fe­ria de las nubes moleculares, cuando ya han disipa­do parcialmente las nubes que les dieron origen. Por su parte, las nubes moleculares gigantes son sitios de formación de estrellas que pueden tener masas de todas magnitudes.
 
Aunque suponemos que esta descripción es válida a gran­des rasgos, es importante señalar que falta conocer mu­chos detalles sobre la teoría de la formación de las estre­llas. Las nubes moleculares en general tienen una es­truc­tu­ra fragmentada, probablemente fractal, y los fenómenos físi­cos que intervienen en su condensación son complejos, en particular la turbulencia que debe probablemente exis­tir en ellas.

Podemos describir la formación de las estrellas de ma­­ne­ra muy simplificada. Supongamos una nube esférica y no fragmentada que está en el límite de la estabilidad gra­vi­ta­cio­nal; es decir donde la atracción gravitacional está ape­nas compensada por la presión del gas. Un aumento en la pre­sión —debido, por ejemplo, al paso de una onda de cho­­que que provenga de una supernova vecina— puede ini­ciar la contracción. Esto no ocurre de manera ho­mo­gé­nea; las partes interiores se contraen más rápidamente que las ex­te­riores. El calor que resulta de esta contracción se com­­pen­sa por la radiación que emite la nube, pero lle­ga un mo­men­to en que el espesor de la materia es tal, que la nu­be se ­vuel­ve opaca aun en el in­frarrojo le­ja­no y en ondas de radio y mi­li­métricas, por lo que ya no puede disipar el calor pro­vo­­­ca­do por la contracción. En estas condi­cio­nes la materia se ca­lien­ta continua­men­te a medida que su densidad aumen­ta y el núcleo denso de la nube continúa cre­ciendo gracias a la caída del material que lo rodea. Si la masa es de más de 0.08 veces la del Sol, las reacciones nucleares pueden ini­ciar­se y por lo tanto formar una estrella. Si la masa es me­nor, resulta una estrella abortada, una enana café.

En general, cuando la nube es extendida tiene un pe­que­ñí­simo giro, y a medida que se contrae gira más rápi­da­men­te, pues su momento angular se debe conservar. Es decir, la rotación se hace cada vez más rápida y tiende a opo­ner­se una mayor contracción. El dilema de contraerse y mantener el momento angular se resuelve cuando al­rede­dor de la estrella en contracción se forma un disco en rá­pi­da rotación. Así se puede explicar el origen de nuestro Sistema planetario, ya que los planetas se formaron a partir del dis­­co de rotación que rodeaba la estrella central, la cual se con­­ver­tiría en el Sol.
 
La evolución de la materia interestelar

La materia interestelar en nuestra galaxia está en per­pe­tua evolución. Continuamente se están for­mando nuevas es­tre­llas a partir de las nubes de gas mo­lecu­lar. Las estrellas mo­difican la composición química de su in­te­rior por me­dio de transformaciones nucleares, y su com­por­ta­mien­to de­pen­de de su masa: las de mayor masa arrojan vio­lentamente gran parte de su masa al es­pa­cio en relati­va­men­te poco tiempo (en unos cuantos mi­llo­nes de años); las de masa intermedia lo hacen más tar­día­men­te (en de­ce­nas de miles de millones de años); mientras que las de menor masa no han tenido tiempo de concluir su evolución y no arrojan materia al espacio. Debido a lo an­te­rior, la materia interestelar se ve continuamente mo­dificada en las dis­tin­tas regiones de la galaxia tanto en den­si­dad y temperatura, como en composición química. El estudio de la materia in­ter­es­te­lar en nuestra galaxia y otras galaxias nos permite conocer la his­toria de la formación de las estrellas.
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Silvia Torres
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es investigadora emérita del Instituto de Astronomía de la unam, y editora de la Revista Mexicana de Astronomía y Astrofísica. Sus estudios combinan los aspectos de la astrofísica observacional con las teorías físico-matemáticas que le dan profundidad a las observaciones.
 
como citar este artículo
Torres, Silvia. (2009). La materia entre las estrellas. Ciencias 95, julio-septiembre, 32-38. [En línea]
     

 

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La Vía Láctea, nuestra galaxia
 
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Christine Allen Armiño
   
               
               
Entre los objetos que podemos admirar en el cielo en una
noche oscura, le­jos de la luz de las grandes ciudades, pocos presentan una apariencia tan no­table y misteriosa como la Vía Lác­tea. Desde nuestras latitudes la obser­vamos como una tenue banda de luz plateada y difusa que surca la bóveda celeste, aproximadamente en dirección norte-sur. Aunque es visible a lo largo de todo el año, la anchura y el bri­llo de la Vía Láctea son irregulares. Su máximo brillo podemos apreciarlo en verano, cuando atraviesa las cons­te­laciones de Scutum y Sagittarius. So­bre la blanquecina banda de luz se apre­cian regiones muy oscuras, así como también pequeñas nubecillas de alto brillo. Estas irregularidades en la an­chu­ra y el brillo de la Vía Láctea se perciben claramente a simple vista, y nos dan importantes claves para en­ten­der la naturaleza y la estructura del sistema estelar del que formamos par­te, es decir, nuestra galaxia.

La llamativa apariencia de la Vía Lác­tea en el cielo ha dado origen des­de el remoto pasado a variados y poé­ticos mitos y leyendas. El término Vía Láctea (que significa camino lechoso) es de origen romano, pero los primeros en denominarla “Galaxia” fueron los astrónomos griegos Anaxágoras y Eratóstenes, quienes se referían a ella como “Gala” (palabra que en griego sig­ni­fi­ca leche). En la mitología griega, la Galaxia se formó cuando Heracles, mientras era amamantado por su madre, la diosa Hera, arrojó hacia el cielo un chorro de leche. Otras culturas dieron origen a diversas leyendas sobre la Vía Láctea que compiten entre sí en imaginación y poesía; para los incas era polvo dorado de estrellas; para los europeos, el sagrado camino que guiaba a los peregrinos por los Pi­ri­neos para ir a Santiago de Compos­te­la; para los egipcios, trigo esparcido en el cielo por la diosa Isis; y para los es­quimales, un sendero de nieve que sur­caba la oscura bóveda celeste.

Pero, ¿qué es en realidad la Vía Lác­tea? Esta pregunta, en apariencia tan sencilla, no encontró respuesta si­no hasta las primeras décadas del siglo veinte, cuando se empezó a tener una idea clara de la forma y de las dimen­sio­nes del sistema estelar del cual for­ma­mos parte, de nuestra galaxia. Antes de esas fechas no sabíamos si­quie­ra si en el Universo existían otros sistemas estelares parecidos a ella, o si lo que ahora conocemos como la Gala­xia constituía la totalidad del Universo.

Hoy sabemos que nuestra Galaxia no es sino una entre una multitud de otras galaxias, y que como ella existen muchas otras. Un ejemplo cercano lo cons­tituye la galaxia espiral llamada NGC 4414. La visión moderna sobre el tamaño de la Vía Láctea ha ido sur­gien­do poco a poco en medio de gran­des controversias científicas.

Galileo Galilei fue el autor de una de las primeras explicaciones científi­cas sobre la naturaleza de la Vía Láctea. Hacia 1610, después de realizar las primeras observaciones astronómi­cas con el por entonces recién inven­ta­do telescopio, Galileo publicó su obra Sidereus Nuncius, el mensajero de las estrellas, en la cual reporta que la di­fu­sa y blanquecina luz de la Vía Láctea se debe a la suma del brillo de un gran número de estrellas, principalmente de estrellas muy débiles. Hoy sabemos que nuestra Vía Láctea es una galaxia que contiene más de cien mil millones de estrellas.

Muchos otros astrónomos y filóso­fos propusieron esquemas para des­cri­bir nuestro sistema estelar. Entre ellos destaca el filósofo alemán Im­ma­nuel Kant (1724-1804), con su idea de que nuestra galaxia es un “universo-isla”, y que como ella existen muchos otros. Las ideas de Kant tuvieron una profunda influencia en el pensamien­to posterior. Cabe mencionar tam­bién el esquema elaborado por Wil­liam Hers­chel, que data de fines del siglo XVIII y que representó el primer modelo cien­tí­fi­co, observacional y cuantitativo pa­ra nuestra galaxia, aunque resultó fa­lli­do principalmente porque aún no se había podido medir las distancias a las estrellas.

Fue hasta principios del siglo vein­te, cuando la calidad y la cantidad de datos disponibles se había incrementado notablemente y podía obtenerse las distancias a las estrellas, cuando el astrónomo holandés Jacobus C. Kap­teyn pudo refinar las técnicas de Herschel y elaborar en 1922 un modelo para nuestra galaxia, el llamado “Uni­verso de Kapteyn”. Lo más notable de este modelo es su reducido ta­ma­ño, ya que su diámetro es de 55 000 años luz, así como la posición central que en él ocupa el Sol —características que no eran hipótesis, sino desafortunadas consecuencias de no tomar en cuenta la absorción interestelar, que aún no se descubría. Al igual que el modelo de Herschel, pretendía ser una descrip­ción del Universo entero, el cual, según el pensamiento de entonces, coin­cidía con la Vía Láctea.

Pero el Universo de Kapteyn pre­sen­taba un problema que habría de resultar de fundamental importancia, ya que su solución llevaría a un drás­ti­co cambio en las ideas astronómicas sobre la estructura y dimensiones de nuestra galaxia, sobre la existencia de otras galaxias o “universos-islas” y la situación de la nuestra en un Universo ahora enormemente mayor. El problema estaba relacionado con la dis­tribución en el espacio de los lla­ma­dos cúmulos globulares, que son en­jam­bres esféricos compuestos por cen­tenares de miles de estrellas, ligadas entre sí por la fuerza de gravedad. Ac­tualmente conocemos más de 150 cú­mulos globulares en nuestra galaxia, y sabemos que las galaxias externas tam­bién cuentan con sus propios sistemas de cúmulos globulares.
 
El astrónomo norteamericano Har­low Shapley había iniciado desde 1915 el estudio sistemático de los cúmulos globulares e inventado un método pa­ra medir las distancias a ellos. Así pudo elaborar un mapa a escala de su dis­tri­bu­ción en el espacio y se percató de que tenía forma esférica. Con gran sor­pre­sa notó que el centro de la distribución no coincidía con el de las es­tre­llas. También sorprendente resultó el tamaño del sistema de cúmulos, mucho mayor que el de todo el Universo de Kapteyn.

La figura 1 ilustra la contradicción entre los resultados de Shapley y Kap­teyn. Puede verse claramente que los cúmulos globulares se ubican en un vo­lu­men mucho mayor que el que ocu­pan las estrellas; además, los centros no coinciden. Para resolver la con­tra­dic­ción, Shapley propuso que nues­tro sistema estelar es en realidad mucho más grande que el propuesto por Kap­teyn. El “universo” que Shapley pro­po­nía tiene la forma de un delgado dis­co cuyo centro coincide con el cen­tro del sistema de cúmulos globulares; su diámetro es de aproximadamente 100 mil años luz, y el Sol está situado muy lejos del centro, a unos 50 mil años luz. El sistema de cúmulos globu­lares tiene forma esférica y engloba simétricamente el disco de estrellas.
 
De esta manera, hacia 1922 los as­trónomos se enfrentaban a dos con­cep­cio­nes radicalmente distintas sobre la forma y el tamaño de nuestra gala­xia, ambas basadas en datos por en­ton­ces confiables. Fue necesario que pasaran otros diez años antes de que nuevas ob­ser­vaciones apoyaran decisiva­mente el modelo propuesto por Shapley. Un avance fundamental fue el descu­­bri­mien­to, en 1930, de la llamada absorción interestelar. El astrónomo esta­dou­nidense R. J. Trumpler encontró prue­bas contundentes de que el espa­cio entre las estrellas no era totalmen­te transparente, sino que estaba per­mea­do por una tenue neblina de gas y pol­vo. Tomando en cuenta los efectos de la absorción en la determinación de las distancias a las estrellas pudo resol­ver­se la contradicción en favor del esque­ma de Shapley.
 
 
FIG1

 

Forma y dimensiones de nuestra galaxia

Hasta hace unas cuantas décadas se pensaba que nuestra galaxia es un dis­co plano en rotación, de unos 100 000 años luz de diámetro, en el cual se con­centra la mayoría de las estrellas y to­do el gas y polvo. Un halo esférico con­céntrico rodea el disco, y en él es­tán situados los cúmulos globulares y al­gu­nas estrellas de características es­pe­cia­les. Más allá de los cúmulos glo­bu­la­res se encuentra el espacio intergaláctico, prácticamente vacío. A unos 150 mil años luz de nosotros se localizan las ga­laxias externas más cercanas —las Nu­bes de Magallanes— y para llegar a la ga­laxia de Andrómeda hay que recorrer distancias de dos millones de años luz.

 

Las galaxias externas, como la de An­drómeda, son sistemas estelares in­dependientes y ajenos a nuestra Vía Láctea; corresponden a los universos-islas imaginados por Kant. El proceso que llevó a reconocer que las gala­xias externas, denominadas entonces ne­bu­lo­sas espirales, son enormes sistemas estelares, análogos a nuestra Vía Láctea pero extremadamente lejanos, constituye uno de los capítulos más in­te­resantes de la astronomía reciente; mencionaremos sólo que, después de muchas discusiones, se llegó a la con­clusión de que las dimensiones reales del Universo excedían por varios órde­nes de magnitud las contempladas en el Universo de Kapteyn o incluso el de Shapley. Por cuanto se refiere a la Vía Láctea, nos hemos dado cuenta re­cien­te­mente que de nuevo se habían sub­es­timado sus dimensiones. No obstan­te lo anterior, la década de 1930 fue fructífera en resultados sobre los movi­mientos de las estrellas en nuestra Ga­laxia, y sobre la rotación de su disco.

El estudio de los movimientos de las estrellas situadas en el entorno ­so­lar llevó al astrónomo holandés J. Oort a concluir que la gran mayoría de las es­trellas de la Vía Láctea se mueven en ór­bitas casi circulares, alrededor de un centro situado a unos 25 000 años luz del Sol, y que ese centro coincide con el de la galaxia. Oort también mostró que las órbitas de estas estrellas están confinadas a un delgado disco. Así, la imagen que emergía es la de nuestra ga­laxia como sistema estelar cuya com­ponente dominante es un disco de es­trellas y gas, aplanado y en rotación, rodeado de un tenue halo esféri­co. La rotación del disco nos permite es­timar la masa de la galaxia así como su distribución.
 
Todo parecía así indicar que la Vía Láctea es un sistema estelar similar a la galaxia de Andrómeda. Sin embar­go, la característica más llamativa de es­tas galaxias es su estructura espiral: tie­nen dos o más brazos que emanan de su re­gión central. La pregunta sur­ge de in­me­diato: ¿posee nuestra gala­xia una es­truc­tura espiral? La res­pues­ta eludió a los astrónomos durante algunos años, pero finalmente pudo mostrarse contundentemente la existencia de brazos espirales en la Vía Láctea.

El problema estriba en que desde la posición que ocupa el Sol en la Vía Láctea —ubicado en el disco y rodeado de multitud de estrellas, polvo y gas—, es difícil percibir las características globales de la galaxia. El astrónomo es­tadounidense W. Baade se dio cuen­ta de que en las galaxias externas los bra­zos espirales quedan claramente delineados por las estrellas azules más brillantes y las nebulosas gaseosas, y propuso que para encontrar brazos es­pirales en nuestra galaxia había que estudiar este tipo de objetos.
 
La idea de Baade fue puesta en prác­tica por W. W. Morgan y sus colabora­do­res, quienes en 1951 publicaron el primer diagrama de la estructura es­pi­ral de nuestra galaxia. En nuestros días se sigue empleando la técnica su­gerida por Baade, pero se complemen­ta con técnicas infrarrojas y radioas­tro­nómicas, que han resultado ser de fundamental importancia en el estudio de la estructura de nuestra galaxia.

La investigación sobre las causas de la formación de brazos espirales en algunas galaxias continúa siendo de gran actualidad. Se piensa que los bra­zos espirales pueden identificarse con ondas de densidad, esto es, ondas de com­presión del material galáctico, aná­lo­gas a las ondas sonoras, que se pro­pagan en el disco galáctico. Ello lle­va a la concepción de los brazos espi­ra­les como estructuras transitorias, que se forman al llegar la onda de densidad, y se esfuman una vez que ésta ha pasado. Lo que persiste es el patrón es­pi­ral global. Pese a su indudable éxi­to, las ideas modernas sobre la estruc­tura espiral de las galaxias dejan aún muchos problemas sin explicar, y se sigue trabajando en ellos.
 
La región central de nuestra Gala­xia es difícil de estudiar, pues se en­cuen­tra oculta tras densas nubes de polvo. Fue necesario que se desarro­lla­ran técnicas de observación en el in­fra­rrojo y desde satélites para poder obtener información confiable sobre es­ta región. Hoy sabemos que, al igual que otras galaxias, la nuestra posee un bulbo rodeando la región central, el cual tiene unos 10 000 años luz de ra­dio y está formado principalmente por estrellas rojizas.
 
Inicialmente, por simplicidad, se su­pu­so que la forma del bulbo es es­fé­rica, pero observaciones recientes, prin­ci­palmente las del satélite cobe (Cosmic Background Explorer), en con­junción con estudios sobre los movimientos de las estrellas en esa región, han re­ve­lado que, en realidad, el bulbo es alar­gado, tiene forma de barra, su lon­gitud es unas tres veces mayor que su grosor, y apunta aproximadamente en dirección del Sol.
 
Si fue difícil reconocer que el bulbo de nuestra Galaxia tiene en realidad for­ma de barra, el estudio de la región central lo ha sido mucho más aún. El in­terés se despertó desde la década de 1950, cuando se encontró una fuen­te compacta que emite intensamente en radiofrecuencia. Hoy sabemos que esa fuente, llamada Sagittarius A*, es­tá asociada a un hoyo negro situado jus­to en el centro de la galaxia.

La región central de la galaxia aún encierra grandes misterios. Imaginemos que paulatinamente nos acercamos al centro de la galaxia, a unos 500 años luz de Sagittarius A*, y notamos que la densidad de estrellas se vuelve cada vez mayor, y distinguimos numerosas nubes de gas mo­lecular, más calientes y turbulentas que las nubes del disco. Más cerca aún del centro, a unos 25 años luz, nos en­con­tramos con un anillo de gas en ro­ta­ción, y en su interior, a 5 años luz del centro, una “cavidad” central, casi sin gas; ese escaso gas forma allí una mini­espiral. En esta región abundan las es­trellas, incluso las jóvenes. Acer­cán­do­nos aún más, a unos cuantos días luz del centro, nos encontramos con un cúmulo de estrellas sumamente denso: un millón de veces mayor a la densi­dad que observamos cerca del Sol. Los rápidos movimientos de estas es­tre­llas (cuya velocidad sobrepasa 1 000 kiló­me­tros por segundo) nos han permiti­do conocer la masa del objeto central.
 
Hasta muy recientemente se du­da­ba de la existencia de un agujero ne­gro central en nuestra galaxia. Sin em­bar­go, las observaciones del denso cú­mu­lo central han permitido trazar las ór­bi­tas de algunas de sus estrellas (figura 2). Estas órbitas implican la exis­tencia de una masa de aproximadamente 3.6 millones de veces la masa solar con un radio de menos de 6 horas luz. La única alternativa hoy viable para esta concentración de masa es un agujero negro. Con ello, la Vía Lác­tea constituye un interesante ejem­plo de una galaxia normal (es decir, no explosiva) con un aguj ero negro su­permasivo en su centro.
 
FIG2
 
 
El halo galáctico y la Vía Láctea

Al igual que los brazos espirales, los ha­los galácticos son más fáciles de dis­tin­guir en galaxias externas a la nues­tra. La dimensión total del halo de nues­tra galaxia es difícil de determinar. Parte de la dificultad consiste en que el halo es tenue, escasamente po­bla­do, pero también que no es posible establecer un borde nítido en el cual el halo termine abruptamente. Una in­di­cación de la extensión del halo podría ser el radio total del sistema de cúmulos globulares, otra podría ser la distancia máxima, medida desde el cen­tro de la galaxia, a la que se encuen­tren objetos pertenecientes al halo, o bien la distancia máxima que puedan alcanzar en su recorrido orbital aquellos objetos que temporalmente se en­cuentren cerca del Sol pero que tengan velocidades extremadamente altas, cer­canas a la velocidad de escape.
 
Los cúmulos globulares más lejanos distan unos 150 000 años luz del cen­tro de la Galaxia, lo cual implica que el radio del halo es de por lo menos de 150 000 años luz. Es un tamaño enor­me si lo comparamos con el diá­me­tro visual aparente que presentaría nuestra galaxia ante un observador ex­ter­no a ella, o con el diámetro apa­rente de galaxias parecidas a la nuestra. Sin embargo, hay razones para pensar que el halo se extiende hasta distancias mu­cho mayores aún.
Mediante métodos ópticos y ra­dio­astronómicos se ha logrado estudiar la rotación de una serie de galaxias cerca­nas a la nuestra. La velocidad de ro­ta­ción en cualquier punto de una ga­la­xia está relacionada con la masa interior en ese punto. A mayor masa, mayor se­rá la velocidad de rotación observada. El resultado sorprendente ha sido que incluso a grandes distancias de su cen­tro, las galaxias continúan rotando a velocidad casi constante; dicho en otras palabras, la masa de las galaxias se extiende mucho más allá de sus dis­cos brillantes y es muy superior a la que podría inferirse a partir de éstos.
 
Así se concluye que la mayor parte de la masa de las galaxias está cons­ti­tui­da por materia no luminosa. De he­cho, la materia “oscura” no emite ra­dia­ción en ninguna de las frecuencias que se ha explorado, desde los rayos gama y x hasta las ondas de radio; la materia oscura delata su existen­cia únicamente a través de la fuerza gra­vitatoria que ejerce sobre la materia brillante, la cual sí emite radiación.

Pero incluso antes de haberse ob­ser­vado la rotación de las galaxias ex­ter­nas ya había indicios de que la ­ma­sa de las galaxias debería ser mucho ma­yor que la que se infería a partir de sus discos y halos luminosos. Así por ejem­plo, se conocen muchas galaxias dobles y múltiples que parecen orbitar una en torno a otra. Para que ello ocu­rra, es menester que estén ligadas por la fuerza gravitatoria mutua; sin em­bar­go, la masa de la galaxia, que se infiere a partir de la materia visible en ella es insuficientes para ligar los sistemas. Ello nos hace pensar que al cal­cular la masa de las galaxias a partir del material luminoso hemos come­ti­do un error, y que en ellas debe haber mucho material oscuro que no con­tri­buye a su luz, pero que sí contribuye a su masa. El error es grande: ¡solamen­te 10% de la masa es visible!
 
Claramente, es de gran importancia establecer cuál es la verdadera ma­sa y extensión de nuestra Galaxia. El es­tu­dio de los movimientos de estrellas que momentáneamente se en­cuen­tren cerca del Sol pero cuyas órbitas ga­lácticas las lleven a las regiones más lejanas puede darnos información per­tinente.

Las estrellas más veloces que se co­nocen tienen velocidades, respecto del centro de la galaxia, que llegan a so­bre­pasar 400 kilómetros por segun­do. Pa­ra efectos de comparación, men­cio­ne­mos que la velocidad del Sol res­pec­to del mismo centro es de aproximada­men­te 220 km/s. Puede calcularse que una estrella que pase cerca del Sol a una velocidad de 400 km/s puede alcanzar distancias de más de 150 000 años luz. La velocidad que debería tener un ob­je­to cercano al Sol para que pudiera es­ca­par­se de la Galaxia es de unos 560 km/s. De esta manera, se ha visto re­cien­te­men­te que la masa total de la Vía Láctea puede ser un billón de veces la masa del Sol, que el radio del ha­lo pue­de sobrepasar 300 000 años luz y, al igual que en las galaxias externas, la mayor parte de esta masa es invisi­ble. Los resultados más recientes de muy diversa índole apuntan en la mis­ma dirección: tanto la masa como la ex­ten­sión de nuestra Galaxia son mu­cho mayores de lo que se pensaba ha­ce apenas unas décadas.
 
Su evolución temprana

En la actualidad pensamos que las ca­racterísticas del halo galáctico son un reflejo de las condiciones físicas que se dieron en las primeras etapas de la vida de la galaxia. En efecto, los po­bla­dores del halo son, sin excepción, es­tre­llas extremadamente viejas, cuya composición química es casi exclusi­va­men­te hidrógeno y helio. La abun­dan­cia de otros elementos químicos en ellas son cientos o miles de veces me­no­res que las observadas en estrellas como el Sol, lo cual nos indica que los pobladores del halo pertenecen a las primeras generaciones de estrellas que se formaron en la galaxia.

Según ideas ahora ya clásicas, la Vía Láctea era inicialmente una gran nu­be de gas (principalmente hidró­ge­no y helio) en lenta contracción; las pri­me­ras estrellas se condensaron en las partes más densas de ese gas; al­gu­nas de ellas (las de mayor masa) pa­sa­ron rápidamente por su ciclo evolutivo, y le regresaron al gas los restos de las reacciones nucleares que ocurrieron en su interior; en consecuencia, el gas se enriqueció en elementos quí­mi­cos más pesados que el hidrógeno, co­mo el helio, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, etcétera. Algunas de las es­tre­llas de las primeras generaciones (las de menor masa) aún sobreviven; las observamos hoy como objetos muy viejos en el halo galáctico.
 
Los movimientos de los objetos per­tenecientes al halo son muy dis­tin­tos a los del disco, en donde los mo­vi­mien­tos de las estrellas y el gas están con­fi­na­dos a un plano, y las órbitas son prác­ti­ca­men­te circulares. En cambio, las órbitas de los objetos del halo son muy excéntricas —su forma es casi rec­ti­lí­nea; no muestran ninguna prefe­ren­cia por el disco de la galaxia, su orienta­ción ocurre al azar.
 
Se ha propuesto que los diferentes movimientos de los objetos del dis­co y del halo son también una conse­cuen­cia de las condiciones que imperaban en las primeras etapas de la evo­lu­ción de la galaxia. Cuando se conden­sa­ron las primeras estrellas, ésta era una nube de gas aproximadamente es­fé­ri­ca; las primeras generaciones de es­tre­llas se precipitaron hacia su cen­tro de gravedad, casi en caída libre; de ahí que sus órbitas sean muy alargadas y estén orientadas en todas direc­cio­nes. El gas no condensado en es­tre­llas pronto se aplanó, formando un dis­co. Las generaciones subsecuentes de es­tre­llas se formaron a partir del gas del disco; en él, los movimientos del gas inicialmente fueron turbulentos, pero al cabo de poco tiempo se circulariza­ron, en consecuencia, las órbitas de las estrellas pertenecientes al disco son pla­nas, concéntricas y casi circulares.
 
Estas ideas fueron desarrolladas prin­ci­palmente por O. Eggen, D. Lyn­den-Bell y A. Sandage en un artículo pu­blicado en el año de 1962, ahora ya clásico. Desde entonces, ha habido mu­chos refinamientos y modificacio­nes al esquema. Hoy sabemos, por ejem­plo, que existen objetos anómalos: es­tre­llas ricas en elementos pesados, ­pero con órbitas muy alejadas del plano o muy excéntricas, y viceversa; asi­mis­mo se piensa que la materia oscura jue­ga un papel crucial en la formación de las galaxias, y que la captura de gala­xias enanas es importante para enten­der la evolución de las grandes gala­xias, como la Vía Láctea.
 
 
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Christine Allen Armiño
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es investigadora titular del Instituto de Astronomía, unam. En 2006 fue electa presidenta de la Comisión 26 (estrellas dobles y múltiples) de la Unión Astronómica Internacional. Sus áreas de investigación son astronomía y astrofísica.
 
como citar este artículo
Allen, Christine. (2009). La Vía Láctea, nuestra galaxia. Ciencias 95, julio-septiembre, 20-27. [En línea]
     
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Del otro lado del occhiale galileano
¿verdades o quimeras?
 
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J. Rafael Martínez Enríquez
   
               
               
Algo más inmortal aún que las mismas estrellas…
algo que perdurará más aún que el radiante Júpiter, más aún que el Sol o cualquier satélite en su órbita, o las radiantes hermanas, las Pléyades.
 
Walt Whitman, Hojas de Hierba
 
 
En el verano de 1609, como lo relata en 1610 en Sidereus
Nun­cius, Galileo había logrado mejorar el instrumento que en el nor­te de Europa circulaba desde hacía un par de años. Con ese instrumento, al que llamó organum, occhiale o perspicillum, luego cannochiale y, finalmente y a sugerencia de Fe­de­rico Cesi —promotor de la Accademia dei Lincei—, te­les­co­pio, el entonces profesor de matemáticas de la Universidad de Padua realizó una serie de descubrimientos en los cielos que para muchos marcaron el inicio de la nueva ciencia. Lo no­ve­doso en esta ciencia —o al menos en la parte que más lla­ma­ría la atención en su época—, radicaba en refutar algunos de los dogmas de la cosmología aristotélica y aportar elemen­tos de apoyo para los decires copernicanos.

Gracias a sus descubrimientos, Galileo logró su tan an­sia­do sueño de integrarse a la corte del Gran Duque de Tos­ca­na, donde Cósimo II de Medici le otorgó el nombra­mien­to de Matemático y Filósofo de la corte, y con ello, ade­más de mejorar notoriamente sus ingresos, pudo gozar del prestigio asignado a los filósofos, por entonces conside­rados en un estrato superior al de los matemáticos y de los astrónomos. Una razón del orden en esta jerarquía se sus­ten­ta­ba en que la Filosofía, se decía, se ocupaba de las cau­sas reales de los fenómenos naturales, mientras que las Ma­te­má­ti­cas tenían como dominio sus “accidentes”, es de­cir, los aspectos cuantitativos de lo observable o lo tangible. De ahí se concluía que los matemáticos no eran ca­pa­ces de producir conocimiento “legítimo” o, dicho de otra manera, de aportar interpretaciones físicas sustentadas en principios incuestionables. Las matemáticas, para la me­to­do­lo­gía aristotélica, no eran una verdadera scientia al no demostrar sus conclusiones mediante “causas”. Por ello, al serle concedido el título de Filósofo, así le fuera otorgado por una autoridad civil y no por una académica, Galileo adquiría el aval que le permitía argumentar con legitimidad a favor del significado y validez filosófica de la teoría co­pernicana, y asimismo allanar el camino para valorar el análisis matemático de la naturaleza.

La publicación de Sidereus Nuncius —Mensajero de las Estrellas fue la tra­duc­ción que se popularizó en las lenguas vernáculas a las que fue traducido, en lugar de Mensaje de las Estrellas, como era la intención de Galileo al elegir el nom­bre en latín— abre una nueva era, no sólo para su ­au­tor sino también para la ciencia; todo este impulso provie­ne del nuevo instrumento que había permitido las espec­tacu­lares revelaciones que constituyen el corazón del Men­saje y que conducían a una renovación radical de la astrono­mía. Sin embargo, este instrumento planteaba muchas in­te­rro­gan­tes al ser en sí mismo considerado como una “ma­ravilla” debido a que mostraba imágenes nunca antes vistas o cuyo origen era desconocido.

Lo que siguió fue un complejo proceso de aceptación y validación de la información que transmitía el artilugio y que a su vez era aprehendida por el ojo e interpretada bajo los cánones que imponía la propia naturaleza y los desa­rro­lla­dos por la misma sociedad. En esta labor los actores prin­ci­pa­les fueron Galileo y quienes en el marco de la óptica —Ke­pler, Magini, Clavius, Scheiner, Descartes, Mydorge y otros más— participaron en esta gran batalla que contri­bu­yó a la caída de la cosmovisión aristotélico-tolemaica.

Podría decirse que la arena para esta batalla fue el de­ba­te entre tolemaicos y copernicanos, es decir, la puesta fren­te a frente del universo geocéntrico y el heliocéntrico. En este marco se sitúa la aparición de Sidereus Nuncius, jus­to cuando estaba a punto de iniciar la primavera de 1610. En dicha obra, a la ma­ne­ra de quienes emitían bandos para tener a la población informada sobre cuestiones ur­gen­tes, Galileo emite su propio Mensaje, que pretende ha­ber leído en los cielos. Lo que le llena de orgullo es ha­ber sido el pri­me­ro en dar­se cuenta de una serie de hechos, in­ima­gi­nables hasta entonces, que presume en la mis­ma descripción que acompaña al título de la obra, señalando que con la ayu­da del perspicillum se le han revelados cues­tio­nes ma­ra­vi­llo­sas: 1) que la faz de la Luna no es la su­per­ficie ­ter­sa e inmaculada que la tradición sostenía, sino que, por lo con­tra­rio, particularidades como las tan cono­cidas man­chas lunares son el resultado de la presencia de crá­te­­res, montañas y algo semejante a mares; 2) que exis­­ten mu­chas más estrellas en los cielos que las obser­va­das a sim­ple vista —las Pléyades, por ejemplo, pasaron de ser un grupo de seis estrellas a alrededor de cuarenta, la cons­te­lación de Orión creció para incluir a casi qui­nien­tas lu­mi­narias más, y la Vía Láctea, de presentar un as­pec­to ne­bu­loso, se mutó en un conglomerado de innu­me­ra­bles estrellas; y 3) para fi­na­li­zar, revela el que sería el des­cu­bri­miento más im­pac­tan­te del libro: Júpiter posee cua­tro sa­té­li­tes, cuatro lumi­narias que giran en torno de él de la mis­ma manera que la Luna lo hace alrededor de la Tierra.

Tomado en conjunto y asimilado por sus lectores, doc­tos o no tan doctos, el Mensaje era sorprendente y a la vez ate­rrador. No sólo el cosmos había crecido en cuanto a nú­me­ro de ocupantes, sino que éstos resultaron no ser como se les había tenido desde tiempos inmemoriables. Así lo per­ci­bió Galileo alrededor del 14 de enero de 1610 al darse cuenta de que, en con­tra de la ase­ve­ración de que Júpiter era un pla­ne­ta más y por tanto ca­ren­te de sa­té­lites —ya que de no ser así significaría que la Tie­rra per­día uno de los atri­bu­tos que la ha­cían úni­ca, porque sólo ella poseía un satélite— en realidad sí poseía pequeños satéli­tes que or­bi­tan al­re­dedor de él. Era entonces el mo­mento de revi­vir la polé­mi­ca en torno al modelo co­per­nica­no del Uni­ver­so, una causa a la que se había sumado des­de por lo me­nos 1597. El razonamiento que lo llevaba a colocarse del lado de los seguidores de una teoría helio­cén­tri­ca como la de Co­pér­ni­co descansaba en que si la Tie­rra resultaba no ser muy diferente a Júpiter —además de que en cierto sen­ti­do tam­po­co lo era de la Luna— en­ton­ces no habría por­qué se­guir sosteniendo que por ocupar un sitio especial en la Crea­ción debería permanecer inmóvil en el centro del cosmos.
 
Bajo este nuevo argumento la Tierra sería un planeta más y, por consiguiente, al igual que los demás planetas, po­dría también seguir una órbita alrededor del Sol. Estas ase­ve­raciones violentaban lo que hasta entonces se había con­si­derado como parte del sentido común: lo terrestre eran los elementos —fuego, aire, agua y tierra— y sus com­binaciones, y lo que no era terrestre era celeste. Afirmar lo contrario equivalía a rechazar las evidencias de los senti­dos, la razón y la sabiduría ancestral, justificadas por los sa­bios y santificada por la Iglesia.

¿Cuál era el nuevo sustento de Galileo para atreverse a ir en contra de los poderes constituidos en una sociedad don­de la religión era la calificadora de la verdad? La res­pues­ta es muy conocida: derivaba sus conclusiones a par­tir de las observaciones realizadas con su perspicillum. Pero si uno quisiera ser más cuidadoso al responder debería ha­ber dicho “a partir de las interpretaciones de las percep­cio­nes visuales obtenidas mediante su instrumento”. El de­ta­lle consiste en enfatizar que dado el estatus epistemo­ló­gico del perspicillum —o más bien, la carencia de tal es­tatus—, eva­luar lo que transmitía al ojo era irrumpir, deam­bular en terra incognita. Esto conducía a una segunda pregunta: ¿qué validez tenía la elaboración de un juicio realizado a partir de imágenes recogidas por el ojo si entre éste y el objeto me­dia­ba un instrumento que tenía como función modificar las imágenes de manera aún no entendida a cabalidad?

Renacimiento, escepticismo y “nueva ciencia”

“Nuestra era —escribió Jan Fernel, médico de la corte fran­ce­sa— está llevando a cabo empeños que la Antigüedad no alcanzó a soñar”. En 1539 un venerable profesor de filo­­so­fía en Padua afirmaba que “no creía que existieran cosas más notables en los últimos tiempos que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo, cosas sólo equi­pa­ra­bles con la inmortalidad”. Era la épo­ca en que el Nec plus ultra que se decía aparecía impreso sobre las mí­ti­cas columnas de Hér­cu­les para marcar los límites del mun­do cono­ci­do y, a la vez, extender una advertencia al osa­do espíritu que pretendiera cruzarlos, era sustituido por un fir­me Plus ultra —Más allá—, y éste se había instalado como el sello de la “era de los descubrimientos”, de los años en que el espíritu de aventura echaba raíces en la sociedad europea y cons­cien­te de ello se planteaba una revisión de su pasa­do, sobre todo ahora que la idea de mirar el mundo en “pers­pec­ti­va” había evolucionado de ser una técnica de representa­ción a convertirse en una metáfora de apertura intelectual.
 
La representación en perspectiva —del vocablo latino pers­pi­cere, ver a través de— era una de las novedades re­cien­tes en un tiempo en que la búsqueda de lo maravi­llo­so parecía guiar el afán de todo espíritu inquisitivo. Para los prac­ti­can­tes de la perspectiva, y para todos los que apre­cia­ban los resultados de las técnicas de representación que se amparaban bajo este nombre, resultaba para­dó­ji­co que por tantos años la pintura no hubiera percibido la necesidad de la representación naturalista de objetos o escenas. Esta ma­ne­ra de recrear lo visible recurría a la geo­metría para pro­du­cir imágenes —ilusiones— que imi­ta­ban o plasmaban en una superficie lo que tenía como ha­bitáculo natural el mun­do tridimensional.

Lo que ponía de manifiesto —entre otras cosas— el uso de la perspectiva era que, como lo había hecho notar Ni­co­lás de Cusa en La Docta Ignorancia, la posición de cada per­­so­na en el mundo era única, y por lo tanto también lo era el entorno que cada quien per­ci­bía. Para sal­var la brecha pro­du­ci­da por la pérdida de una “escena” común para toda la hu­ma­nidad había que re­cu­rrir a la ra­zón y, so­bre todo, a es­­tar conscien­tes de los lími­tes que a la per­cep­ción y el en­ten­di­mien­to hu­mano imponía nuestra ubi­ca­ción y el he­cho de no poseer la esencia divina. Una ela­­bo­ra­ción de este ar­gu­men­to y de otros similares había dado lugar en los si­­glos xv y xvi al fortalecimiento del es­cep­ti­cis­mo como co­rriente que tocaba los ámbitos fi­lo­sófico y re­ligioso. Mirada en positivo, esta situación ofre­cía la opor­tu­ni­dad de ex­­plo­rar el mundo, de allegarse más información, tan­to de las fuen­tes usuales como de los relatos de via­je­ros o a partir de las propias observa­cio­nes o expe­rien­cias, y todo con más en­tu­siasmo cuando di­cha información no parecía hallar aco­mo­do en los sis­te­mas de conocimiento donde todo pa­re­cía estar ordenado siguiendo las pautas trazadas por Aris­tó­teles y sus segui­do­res. Plus ultra parecía ser el nue­vo ­canto.

Y por si esto no bastara para fortalecer la sensación de vi­vir en una época de cambio, en 1517 Lutero se hizo pre­­sen­te y su ejemplo dio lugar a una amplia gama de mo­­vi­mien­­tos reformistas. Como resultado de una situación polí­tica muy compleja, y en cierto sentido novedosa, el na­cio­na­lis­mo se fortaleció a la vez que los conflictos por el po­der se recrudecieron. En otro orden de cosas el “Nue­vo Mun­do” no parecía tener límites en cuanto a ofrecer “ma­ra­vi­llas” que el acto de Creación no había depositado den­tro de los horizontes que hasta 1492 marcaban los ex­tre­mos de las tierras conocidas, la oikumene de los griegos. Todo in­di­ca­ba que había mucho por aprender, si bien las rutas por las que lo nuevo llegaría habían sido ya descu­bier­tas o por lo menos prefiguradas. No parecía estarse ges­tan­do nin­gu­na sorpresa que trastocara la cosmovisión re­na­cen­tista que se había conformado durante las siete pri­me­ras décadas del siglo XVI.

Aun la publicación en 1543 de De las revoluciones de los orbes celestes de Copérnico parecía ofrecer un contenido asi­mi­la­ble como un gran avance, pero sólo en la dirección de presentar un modelo matemático de los movimientos pla­ne­ta­rios que expresaba mayor certeza y facilidad para rea­lizar cálculos matemáticos que determinaran las posi­cio­nes espaciales de los orbes conforme pasaba el tiempo. Según ha quedado establecido por los estudios históricos, el prefacio que acompañaba a De las revoluciones fue es­cri­to por Andreas Osiander —quien ayudó a Copérnico en el trabajo de edición de esta obra— y lo hizo pasar como obra del polaco, tergiversando la intención de Copérnico, quien situaba al Sol en el centro del Universo y hacía que la Tie­rra perdiera su posición privilegiada, poniéndola a gi­rar en torno del Sol como lo hacía el resto de los planetas y las es­tre­llas. Con su acción, Osiander colocaba a Co­pér­ni­co en el grupo de los “matemáticos” para quienes el modelo del movimiento de los astros no hacía sino “salvar las apa­rien­cias” y reproducir los mo­vi­mientos que los ojos percibían y la ra­zón asimilaba, tal y como Platón se lo pi­dió a Eudo­xo al plantearle el problema de generar un modelo que des­cri­bie­ra ade­cua­damente los movimientos de los astros, bajo la condición de que las órbitas fueran circulares y los des­plazamientos se llevaran a cabo a velocidad uniforme.

En los círculos académicos europeos no parecía existir, y ni siquiera insinuarse, la idea de que alguna revolución in­sos­pe­chada se estaba abriendo paso en los espacios de la filosofía natural. Y no la había pues lo que estaba por ve­nir sería el resultado de la aparición y uso adecuado de un nuevo instrumento. Las capacidades de este instru­men­to ya habían sido formuladas desde siglos antes, pero caían en los dominios de lo “maravilloso”, pues algunas de ellas pa­re­cían responder a deseos fantasiosos como poder ob­ser­var lo que ocurría en otros países, o a través del Me­di­te­rrá­neo, en el mismo instante en que sucedía, o escuchar conversaciones o mirar escenas ocultas detrás de mu­rallas o paredes, o producir efectos similares a los pro­vocados por los espejos ustorios —o “ardientes”— diseñados por Arquí­me­des para defender Siracusa del asedio de los romanos a fines del siglo III a.C.

Pero todo esto sólo contempla una cara del poliedro que era el mundo del siglo xvi. Otra más era lo que, modu­lado por la tradición, actuaba como freno para los cambios en la cosmovisión escolástica, espacio de fusión de la cris­tia­na y la aristotélica.

Ver y ¿creer?

Galileo parecía haber irrumpido de manera espléndida en la arena de la filosofía natural. Sin embargo la fortuna de los descubrimientos galileanos dependía de que se acep­ta­ra como válido que el perspicillum bá­si­camente agran­da­ba imágenes, ha­cien­do que lo lejano pareciera más cercano y, por consiguiente, con mayor definición en sus detalles. Para mala for­tu­na de Galileo la validación del perspicillum como instru­mento óptico confiable, es de­cir, como trans­mi­sor de imá­genes que res­petaba la forma —el “aspecto”— de los ob­je­tos situados del otro lado del tubo que sostenía las len­tes, no se dio tan fácilmente como, mirando en re­tros­pec­ti­va y de manera un tanto anacrónica, uno pensaría que pudo haber ocurrido.

Ya el manejo mismo de los sentidos para recoger la in­for­ma­ción de los instrumentos familiares acarreaba in­cer­tidumbres. Montaigne advierte que “nada nos llega excep­to lo que ha sido alterado por nuestros sentidos […] cuando la brújula, la escuadra y el compás son defectuosos, todos los cálculos realizados gracias a ellos dan resultados que se ale­jan de lo verdadero, y todas las construcciones que se han erigido gracias a sus mediciones están cerca de co­lap­sar­se […] La falta de seguridad en lo que nos aportan los sen­ti­dos nos conduce a preguntarnos quién sería un juez ade­cua­do para estimar la presencia de errores […] un juez an­ciano no podría juzgar la validez de las sensaciones que registra como la persona anciana que es, y lo mis­mo su­ce­de­ría con la persona joven que juzga lo que sus sentidos recogen […] para hacerlo haría falta una persona ajena a es­tas cualidades, y esto significaría apelar a un juez que nun­ca ha existido”.

Esta desconfianza se transmitía inevitablemente a un ins­tru­mento que, más que nada, parecía encarnar la de­sa­zón que provocaba la “oscura fisiología de la naturaleza”, como se refería Descartes a lo aún descono­ci­do. Y por ello es fácil comprender que en ese en­ton­ces el sentido común acon­se­ja­ra tener una ma­yor prudencia al deducir he­chos a par­tir de los avistamientos con el ins­tru­men­to ga­lileano u holandés, ­como mu­chos tam­bién lo conocían. Alguna sen­sa­tez mostra­ba un ban­que­ro de Ausburgo que por ese tiem­po afir­mó que “acep­tar una creen­cia con len­ti­tud constituye la fibra de la razón”.

El principal motivo para usar con cautela el perspicillum, además de que las conclusiones extraídas con su ayu­da violentaban varios supuestos de la filosofía aristo­té­li­ca y algunos pasajes bíblicos relativos al Sol y a los demás astros, era que este ins­tru­mento poseía una natura­le­za del todo novedosa. Has­ta entonces los instrumentos utilizados en astronomía formaban parte de una antigua y rica tra­di­ción de índole geo­mé­tri­ca que incluía el uso de artefactos como el bá­cu­­lo de Jacobo, el compás, el astrolabio, el cua­dran­te, entre otros. Todos ellos fun­cio­naban de acuerdo con principios y reglas plenamente justificados y lo que ha­cían era, según el caso, medir ángulos, tiempos, posi­cio­nes estelares, dis­tan­cias, etcétera. Sin embargo, el instru­men­to que utili­za­ba Galileo para obtener la información que justifi­ca­ba sus revolucionarias revelaciones era a su vez algo del todo no­ve­do­so en el universo de los instru­men­tos: el aco­mo­do de lentes en un tubo producía infor­ma­ción acerca de la natu­raleza celeste que de otra ma­ne­ra no estaba dis­ponible.

Todo lo anterior resultaba impactante: lo que nos ofre­cía el perpicillum eran imágenes cuya correspondencia con la realidad era aceptable —quedaba certificada— aquí en la Tierra, pero ¿quién podía asegurar su validez al apun­tar hacia objetos en los cielos, alojados en regiones nunca dis­po­ni­bles para los demás sentidos y por ende ajenas a todo tipo de comprobación directa? Al esta­blecer los “nue­vos he­chos” el perspicillum se con­vertía en mediador entre ob­je­to y ob­ser­va­dor y, como se dijo, el problema radicaba en que se desconocía por completo la ma­ne­ra como se esta­ble­cía la “mediación”. Esto, para cualquier filósofo natural con algo de escrúpulos en el si­glo xvi, era a todas luces mo­ti­vo de des­con­fianza.
Después de la publicación del Si­de­reus hubo reacciones casi de in­mediato, al­gu­nas guiadas por la curiosidad, otras por el azoro, las más plantea­ban dudas y, en el ex­tre­mo, unas que manifestaban com­ple­ta in­cre­dulidad. Esta úl­ti­ma posibilidad re­sul­ta muy interesante e invita a re­fle­xio­nar sobre la forma co­mo se expresaba: algunos fran­ca­men­te se rehusaron a mirar a través del oc­chiale jus­tifican­do su rechazo al decir que los planetas que se­gún Ga­lileo gi­ra­ban en torno de Júpiter no podrían ser vistos —y en­ton­ces para qué per­der el tiempo intentando ob­ser­var­los— simplemente porque no existían. Un astró­nomo flo­ren­ti­no argumentó que es­tos sa­té­lites eran “invisibles a simple vis­ta y por lo tanto no tendrían utilidad al­gu­na y por ello no existen”.

Entre los que se negaron a ver a través del tubo de Ga­li­leo el más recordado es tal vez Cesare Cremonini, tanto por su amistad con Galileo como por ser consi­de­ra­do el más importante filósofo aristo­té­lico de su tiempo, “la Lu­cer­na entre los intérpretes de los griegos”. La historia ha sido muy dura con él y todo por mantenerse fiel a las pa­la­bras que nos legó en su testamento: “A la filosofía me con­sa­gré, en ella todo fui”. Tal vez colocándose en su si­tua­ción podría entenderse me­jor su decisión: vayamos a Copérnico, quien pedía de los astrónomos algo más que hi­­pó­te­sis ad hoc para “salvar las apariencias”, requiriendo que en sus explicaciones hu­bie­ra concordancia con los prin­­ci­pios de la naturaleza. Algo análogo hacía Cremonini al re­cla­mar seriedad en las afirmaciones que se hacían res­pec­to de la naturaleza y que en este caso incluía la vi­sión aristotélica acerca de los elementos. Por ello, si se ha­cía caso a Galileo, al ser otra Tie­rra, ¿no debería haber caí­do la Luna sobre ésta, el ho­gar de la humanidad desde tiempos inmemoriables? Por no ser éste el caso, ergo, la Luna no po­dría ser como la Tie­rra, y cualquier cosa que lle­vara a pen­­sar que no era así, aun cuando fuera visto con el pers­pi­ci­llum, debería ser un engaño, una falacia.

Desde nuestra perspectiva es obvio que Cremonini es­ta­ba en un error, y éste se originaba en sostener como vá­li­das las nociones aristotélicas de lugar natural y mo­vi­mien­to. Pero ¿quién en su época sabía, con razones y expe­rien­cias, cuáles eran las leyes correctas del comporta­mien­to de los cuerpos, fueran “ligeros” o “pesados”? Dar pasos en la dirección correcta requería, en ese momento, dejar de creer en muchas cosas e iniciar la construcción de un nue­vo edificio filosófico sobre nuevos cimientos. Pero vol­va­mos a los meses inmediatos a la publicación del Si­dereus.

El reclamo de los filósofos naturales

La imaginación de los críticos de Galileo sorprende. Los más agresivos lo acusaban de haber “plantado” los planetas en las lentes, o que éstos eran ilusiones producidas por “con­densaciones” en el tubo. Otros bus­ca­ban explicacio­nes que mantuvieran la vigencia de las concepciones tra­di­cio­na­les y, por ejemplo, en el caso de la Luna aceptaban que hubiera montañas y valles sobre su superficie, pero aña­dían que ha­bía una cubierta transparente —y por en­de in­vi­si­ble— que cubría a las mon­ta­ñas y toda su superficie, por lo que se man­te­nía la pu­re­za asociada a la perfección esférica de la Luna.

Pero lo que realmente resultó preo­cu­pante para Galileo en esta primera eta­pa de difusión o propaganda de sus descu­bri­mientos —entre marzo y el verano de 1610— es que hubo quienes intentaron hur­gar en los cielos para confirmar la pre­sencia de los portentos anun­ciados por Ga­li­leo y fra­ca­sa­ron en su intento. Tal vez el caso más sonado es el que relata Martin Horky en una carta a Kepler. Re­sulta que en abril, de camino a Flo­ren­cia, Galileo se detuvo en Bo­lo­nia para mostrar sus recientes descubrimientos al en­ton­ces afamado astrónomo Giovanni Antonio Magini y a al­gu­nos distin­gui­dos académicos que éste reunió con el pro­pó­si­to de que participaran en tan gran aconteci­mien­to. Ga­li­leo in­ten­tó ilustrar el uso y uti­li­dad del pers­pi­ci­llum mostrando de­ta­lles de al­gu­nas cons­telaciones y de los saté­li­tes de Júpiter. La velada resultó un fra­ca­so pues ni Magini ni sus in­vi­ta­dos lograron ver nada, a pesar de que apa­ren­te­men­te Galileo sí logró ha­­cer­lo pues así lo cons­ta­tó en su li­breta de trabajo donde re­por­tó lo acon­tecido aquella noche. Lo que pesa en contra de Galileo es que ca­si todo lo que se co­no­ce de dicho encuentro es por el re­la­to de Hor­ky, que ofrece una ima­gen nefasta de Galileo calificándolo de ser “un embustero, gotoso y sifi­lí­ti­co” —haciendo tal vez referencia a rasgos de ca­rác­ter que la épo­ca vinculaba con estos pa­de­ci­mien­tos— que in­ten­tó ha­cer­los víctimas de un fraude, y que tan avergonzado es­ta­ba por su fracaso que al día siguiente casi “huyó” de casa de su anfitrión sin si­quie­ra despedirse.

Seis semanas después de este patético encuentro Hor­ky imprimió una especie de gaceta —Una breve escara­mu­za con “El Mensajero Celeste”— en la que ata­ca­ba la validez de las afirmaciones de Galileo, quien se­gún decía “les ha ven­dido a todos los astrónomos una ficción al decirles que ha observado los nuevos planetas [las lunas jovianas] se­pa­rados de Júpiter por tantos grados y minutos [consta­tar­lo] me fue imposible dado que las len­tes no bastan para ob­ser­var detalles que dependan de esos grados [sic] y mi­nu­tos”; señala que la causa de estos erro­res de Galileo ra­dica en que “estamos en Italia, donde las altas montañas cer­ca de Padua provocan refracciones [imá­ge­nes] del Sol, de la Luna y de otros planetas [y] es­ta­mos cerca del Mar Adriá­ti­co don­de aparecen exhalaciones en forma de den­sos vapores, lo cual provoca mayores re­frac­cio­nes”. En otro pasaje des­cri­be lo que hasta entonces era aceptable: “So­bre la Tierra fun­cio­na maravillosamente […] pero di­ri­gi­do hacia los cie­los produce engaños, como que las es­tre­llas fijas se vean do­bles”. Pero he aquí la esen­cia del problema: ¿Cómo re­fu­tar su afirmación dado que para todo aque­llo situado en los cielos no había manera de compro­bar empíricamente la validez de lo que el perspi­ci­llum mos­traba?

En los terrenos de la filosofía natural establecida no ha­bía una vía aparente para responder. Para hacerlo hu­bie­ra sido necesario cambiar las bases metodológicas de lo que se consideraba conocimiento, es decir, scientia. Lo­grar­lo im­­pli­­có varias etapas que sólo a poste­rio­ri parecen ade­cua­das, pero en su momento no habían sido aún imaginadas o reconocidas co­mo ligadas con un acuerdo social que die­ra co­mo resultado un enfoque de análisis de la rea­li­dad que se considerara válido como pro­duc­tor o sancionador del co­no­cimiento. En tér­mi­nos de lo que importaba para el uso del pres­picillum la cuestión era que el simple acto de ver ca­re­cía de simpleza o inocencia. Si se recu­rre al Sidereus encuentra uno la candorosa afir­ma­ción de que “uno puede aprender con toda la certeza que aporta la evidencia sen­so­rial”. Y la cuestión se vuelve a plantear: “¿Qué tanta cer­te­za aporta la evidencia sensorial?”.

Muchos de los que participaron o siguieron es­tos de­ba­tes no parecían tener mucha cla­ri­dad al respecto. El mis­mo Horky es un ejem­plo de ello: a los pocos días de la im­­pre­­sión de La Breve Escara­mu­za fue despedido de casa de su maestro, posible­men­te por haberse pro­pa­sa­do en sus acu­saciones con­tra Galileo. Hor­ky se mudó a casa de Bal­dessar Capra, vie­jo ene­­mi­go de Galileo, no sin antes sustraer de casa de Ma­gi­ni varios libros cuyo tema era la fabricación y uso de espejos. Si a esto agregamos que a es­pal­das de Ga­li­leo hizo moldes en cera de las lentes del perspicillum que Ga­li­leo por­tó a Bolonia, es claro que a pe­sar de sus afir­­ma­ciones en contra, en rea­li­dad sí era consciente de la uti­li­dad del tubo para mirar las estrellas o por lo menos le con­ce­día alguna posibilidad de aportar datos confiables. Lo que para entonces no sabía era cómo sucedía que el arre­glo de lentes y tubo daba lugar a las imágenes observadas por quien se atreviera a mirar, con mente abierta, lo que se encontraba detrás del instrumento.

En astronomía, parte de la confianza que ya al­gu­nos de­positaban en las observaciones dependía de la calidad del instrumento utilizado y de la agu­de­za visual del observador. El perspicillum, al proporcio­nar elementos visuales ocul­tos introducía incertidum­bres o cuestionamientos no sólo acerca de la evidencia que reportaban los sentidos, sino también acerca de la par­ti­ci­pación de la mente. Aun si se aceptaban como con­fia­bles las imágines recogidas me­dian­te el instrumento en cuestión, quedaba por dilucidar pri­me­ro en qué consistían los cambios que producía, y lue­go los expertos en óp­ti­ca que explicaran cómo se llevaban a cabo dichos cam­bios. Todo esto tenía como propósito ele­gir entre dos al­ter­na­ti­vas que se podrían presentar así: el pers­picillum mostraba lo que a simple vista “no estaba allí”. Pero al ser di­ri­gi­do hacia las estrellas, el perspicillum reve­la­ba objetos que contradecían lo que de otra manera “es­ta­ba allí”. El con­flic­to se hacía manifiesto.

Hasta antes de 1609 la evidencia de los sentidos había bastado para elaborar un cosmos geocéntrico en el que to­dos los astros se movían siguiendo círculos acomodados de forma conveniente y de manera que los desplaza­mien­tos se realizaban con velocidad uniforme. Platón, Eu­do­xo, Aris­tó­teles, Ptolomeo y todos los que resultaron herederos de las civilizaciones griega y romana los siguieron, eso sí, lle­vando a cabo los ajustes necesarios que “salvaban las apariencias”.

Al apuntar hacia los cielos, y por lo tanto sin expe­rien­cias previas al respecto, los observadores carecían de ele­men­tos de comparación o de contraste y no había manera de que supieran qué era lo que estaban mirando. Para es­ta­blecer un mayor grado de confianza en la concor­dan­cia con la realidad de lo observado, aprovechando una cena ofre­ci­da en su honor por Federico Cesi —el 14 de abril de 1611—, Galileo mostró en plena luz del día, desde la Vi­lla Me­di­ci, levantada sobre el Pincio, una de las colinas de Ro­ma, la inscripción cincelada sobre la entrada de la igle­sia de San Juan de Letrán, a unos tres kilómetros de dis­tan­cia: Six­tus/Pontifex Maximus/Anno primo. Todos sabían que la ins­crip­ción existía y lo que decía, de ahí que al verla a tra­vés del ins­trumento hubo plena seguridad de que el pers­pi­cillum entregaba al ojo una porción de la realidad situada del otro lado del tubo.

Más tarde, caída la noche, Galileo mostró a los mismos observadores los satélites de Júpiter. Al hacerlo establecía un hecho o por lo menos lo que sostenía como cierto: un ins­tru­mento que de lo terrenal ofrece imágenes fieles a la realidad, con toda seguridad hará lo mismo con las imá­ge­nes reco­gidas de los cielos. Con todo, Galileo sabía que esto no bastaba, es decir, una experiencia no sería suficiente para establecer la confianza en su instrumento. Sólo a tra­vés de observaciones repetidas una y otra vez, con con­­fir­ma­cio­nes independientes, podría irse construyendo una nue­va cien­cia que otorgara un grado mayor de acep­ta­ción a la in­formación sensorial modulada por la razón. Y en gran me­di­da éste fue uno de los derroteros que siguió el teles­co­pio para ganar aceptabilidad entre la co­mu­nidad de los sabios.

A todas luces esto no era suficiente, pues sabemos que el entramado que sostiene el edificio de la verdad cientí­­fi­­ca debe tener varias vertientes. Así ocurrió en este caso y resulta que las columnas que vinieron a apuntalar la nue­va epistemología basada en lentes y tubos que fijaban a las primeras, fueron cinceladas por quienes se ocuparon de es­tablecer el comportamiento de las trayectorias de los ra­yos luminosos que atravesaban lentes, gracias a lo cual se ex­pli­ca­ría la formación de imágenes y en particular su mag­ni­fi­ca­ción. Kepler con su Dioptrice (1610) y Descartes con la Dioptrique (1637) serían los principales y más con­no­ta­dos contribuyentes a este esfuerzo.
 
El otro apoyo para el inusual instrumento vendría del uso imaginativo de la retórica y en particular de la litera­tu­ra que encontraba en el perspicillum un tema novedoso y pro­cli­ve a ser utilizado en fantasías que encantaran a los lec­to­res. ¿Y cómo no iba a ser de esta manera si, como lo hizo explícito Thomas Seggett, el occhiale habilitaba a los mor­ta­les para contemplar lo que hasta entonces se diría es­ta­ba reservado para los dioses? De ser cierto, el hombre ha­bría subido otro peldaño hacia la verdad suprema, algo que parecería ser la ruta marcada por Pico della Miran­do­la en su Oración por la dignidad del hombre, escrita más de un siglo antes. En oposición a esto había quienes albergaban dudas de carácter ético-religioso sobre el derecho que asis­tía al hombre para acercarse a las estrellas, así fuera sólo con la mirada. Sobre esto escribe en 1611 Joseph Glanvill en The Vanity of Dogmatizing, al referir que “Adán no tenía necesidad de usar anteojos. La agudeza de su óptica na­tu­ral [si algún crédito se le puede otorgar a la conjetura] mos­tró mucho de la magnificencia de los cielos […] sin utilizar el tubo de Galileo […] y es muy probable que sus ojos pu­die­ran alcanzar lo mismo del mundo superior que no­so­tros que contamos con las ventajas del arte. Pudiera ser que le pareciera tan absurdo, bajo el juicio de sus sentidos, que el Sol y las Estrellas fueran mucho menos que este Glo­bo, como ahora parece lo contrario […] y pudiera ser que tu­vie­ra una percepción tan clara de los movi­mien­tos de la Tie­rra como la que nosotros pensamos que tenemos de su quietud”.

El problema planteado era si se valía que la huma­ni­dad se atreviera a buscar la recuperación de lo que Dios le ha­bía ocultado a raíz de la ex­pul­sión de Adán y Eva del Pa­raí­so, una nueva actitud en el siglo xvii parecía apun­tar a que la benevo­len­cia di­vi­na estaría borrando al­gu­nas de las con­se­cuen­cias del pecado original, y lo es­ta­ba haciendo al permitir la aparición del —ya para en­ton­ces bautizado— te­les­co­pio, que según P. Borel en su De vero telescopii inventore de 1656, “abría nuestras ­men­tes, hasta entonces oscurecidas por el pecado”. Pero esta “apertura” se daba a casi cuatro décadas de la aparición del Mensaje galileano.

Críticas metafísicas y por analogía

Los descubrimientos anunciados en el Sidereus fueron pues­tos en duda casi tan pronto como empezaron a ser di­fundidos entre las comunidades europeas, primero en­tre las más doctas y más tarde entre quienes se reunían en ban­que­tes, tabernas y, llegado el momento, entre quie­nes escuchaban las palabras que con obvios tintes con­de­nato­rios eran lanzadas desde los púlpitos de algunas ­igle­sias.

Como vino a ser costumbre en la época, las críticas pron­to alcanzaron el formato de la letra impresa; un buen ejem­plo de ello lo constituyó la Dianoia astronómica, óp­ti­ca, física de 1611, ensayo de Francesco Sizzi, florentino de na­ci­mien­to. Entre los argumentos que esgrime está uno que se podría calificar de metafísico —no en el sentido aris­totélico sino en el de recurrir a elementos no empíricos— pues remite al significado simbólico que el Medievo atribuía a los números y a la supuesta intervención divina para dotarlos de propiedades que se reflejaban en los objetos y procesos terrestres. En particular, sostenía Sizzi, en el mo­mento de la Creación, Dios privilegió al número siete: sie­te eran los días de la semana, siete las cavidades craneales e igualmente el número de brazos del candelabro hebraico. Y como era sabido desde la Antigüedad, “sólo siete fue­ron los planetas creados y colocados en los cielos por Dios, El más Grande”, refiriéndose a los cinco que usualmente eran llamados planetas más el Sol y la Luna. Cabía enton­ces preguntarse cómo sucedía que un matemático de Pa­dua —Galileo— podía desafiar lo establecido por las Santas Es­cri­tu­ras y sostener que existían cuatro estrellas girando en torno de Júpiter, a las que llamaba Mediceas, lle­vando a nue­ve el número de planetas. ¿Tenía plena conciencia de que su afirmación provocaba una fisura en los fundamen­tos de la filosofía natural que desde el siglo III a.c. se sos­te­nía de manera casi monolítica, salvo por su adecuación a los dictados de la Iglesia durante los siglos XII y XIV? ¿Pen­sa­ba que un acto de observación a través de un juego de len­tes que mostraban —aparentemente— algo nunca an­tes visto por la humanidad podía reducir a ruinas el edi­fi­cio del conocimiento que había levantado el “Maestro de aquéllos que saben”? Al respecto Sizzi respondía que “al igual que una casa se sostiene sobre sus cimientos las cien­cias se sostienen sobre sus principios, y si éstos se colapsan es inevitable que, al igual que sucede con una casa, la cien­cia se derrumbe”.
 
A la argumentación de Siz­zi sobre la inamovilidad de los principios filosóficos se sumaba otra que incidía sobre la veracidad de las imá­ge­nes que aportaba el pers­pi­cillum, ya que, según el autor, y más allá de toda duda razonable, es fuente de errores aún por deter­mi­nar. Para comprobar que así sucedía bastaba tomar un “cuerpo óptico esférico” como lo podría ser un recipiente de vidrio lleno de agua y observar a través de él una fuen­te luminosa, una vela o una hoguera en la chimenea.

Como se­ría fácil observar, la imagen contemplada a través del recipiente aparecía deformada y su aspecto cam­biaba si el origen de la imagen o el observador cambiaban, aunque fuera ligeramente, de posición. ¿Qué certi­dumbre se po­dría entonces tener acerca de la existencia de un ob­jeto vis­to a través del telescopio para certificar la co­rres­pon­­­den­cia entre un objeto y su imagen, sobre todo si se con­­si­deraba que lo observado eran objetos tan lejanos como la Luna o el mismo Júpiter?

Con algo de condescendencia, sincera o fingida, Sizzi ofrece a Galileo una salida, sugiriendo que tal vez las no­ti­cias publicadas en el Sidereus Nuncius no eran sino juegos in­ge­niosos elaborados por el matemático de la Universidad de Padua para intentar destruir la credibilidad de no­cio­nes compartidas por todos desde hacía siglos. Para ello uti­li­za­ba esas máquinas productoras de ilusiones que por sus efec­tos ponían “a prueba a las mentes ignorantes”. Des­de esta perspectiva Galileo aparecía menos como un ob­ser­va­dor de la naturaleza y más como un ejecutor de trucos, a la manera de los que presentaba Giambattista della Por­ta en 1558 en su Magia Naturalis, cuyo Libro xvii estaba dedicado a efectos e ilusiones que se podían producir mediante el uso de lentes y espejos. Della Porta, antes de for­mar parte de la prestigiada Accademia dei Lincei —que tuvo en Galileo a su miembro de mayor prestigio, cuyo nombre apunta­ba a sus esfuerzos para contribuir al triunfo de la ver­dad cien­tí­fi­ca sobre la ignorancia—, había sido miembro de la Acca­demia Secretorum Naturae cuyo nombre la ha­cía sospecho­sa de ocuparse de cuestiones vinculadas con lo “oculto”, con la hechicería y la necromancia.

Por su parte, la seguridad que tenía Galileo en la vera­ci­dad de las imágenes que contemplaba a través de su ins­trumento —la cual aumentaba en la medida que su des­tre­za para lograr mejores lentes y por ende aumentar y afi­nar las imágenes que recolectaba—, le llevaron a no ce­jar en su empeño por mostrar urbi et orbi las virtudes del canno­chia­le —otro nombre con el que se refería a su arti­lu­gio— y a buscar las justificaciones pertinentes acerca de su fun­cio­na­mien­to, en particular en lo que se refería a téc­ni­cas de observación y de medición. Mejoró las primeras me­­dian­te el uso de una base donde fijar el tubo con las len­tes; mien­tras de las segundas, vinculadas con el problema más ge­ne­ral de la medición en las disciplinas que se ocu­pa­ban de la naturaleza, se ocupa en su Discurso sobre los cuerpos flo­tan­tes, de 1612, donde le confiere supremacía a las tesis ar­qui­medianas en detrimento de las aristotélicas, tan apre­cia­das por los filósofos naturales que hasta enton­ces de­ten­ta­ban el poder en los círculos académicos ita­lia­nos. En ese Discurso se proponía algo que a cualquie­ra de sus lectores le parecería inal­can­za­ble: realizar observaciones de Jú­pi­ter y de sus satélites y lograr mediciones de sus posicio­nes con un error “muy inferior a pocos segundos de arco”. Si esto fuera posible, bien lo sabía Galileo, le permitiría re­sol­ver el problema del cálculo de la longitud geográfica de un barco en alta­mar, uno de los problemas prácticos más im­por­tan­tes de la época.

El “ojo artificial” y el “telescopio natural”

Otro movimiento o estrategia crucial para promover la acep­ta­ción del telescopio como instrumento que generaba imágenes confiables fue vincularlo estrecha­men­te con el ojo, al grado de acuñar la noción de “ojo artificial”. A ello con­tri­buyó Kepler en 1610 al enfatizar que lo único que hacía el telescopio era agrandar los límites de la visión hu­ma­na mediante un reforzamiento del ojo, al estilo de los an­te­ojos, ya bastante populares entre las élites europeas como consecuencia de las necesidades de mejor agudeza vi­sual generadas por la proliferación de libros a partir de la in­ven­ción de la imprenta de Gutenberg.

Dentro de esta corriente de legitimización epistemoló­gi­ca del telescopio también se puede traer a colación un tra­ta­do español acerca de la teoría y graduación de los an­teo­jos —Uso de los antojos (sic), publicado en 1623— de Be­ni­to Daza de Valdés. En este pequeño tratado se afirma que los anteojos funcionan a “imitación y semejanza” de lo que ocurre entre los que se ven afligidos por una in­ca­pa­cidad para ver bien de lejos o de cerca. El “arte”, nos dice, logra con las lentes convexas una imitación perfecta de la cor­te­dad de visión y explica que lo que sucede a quienes no logran ver objetos lejanos con claridad es equivalente a que sus ojos estuvieran equipados internamente con len­tes convexas. Lo relevante del argumento de Daza es que con­cep­tua­liza el comportamiento óptico de las lentes en tér­mi­nos de visión y lo presenta como si esto no fuera algo nuevo sino una noción que por lo menos flotaba en los cír­culos de quienes trabajaban con lentes y telescopios. Dado que para entender estas cuestiones, “uno debe haber estudiado matemáticas”, se recu­rre al ojo como referente ana­ló­gi­­co para hablar de lentes y sus efectos.

Siguiendo patrones se­me­jan­tes de argumentación, Chris­topher Scheiner, afamado astrónomo jesuita, dedica el se­gun­do libro de su Rosa Ursina, en 1637, a los fundamen­tos ópticos del telescopio, además de en­fa­tizar la “afinidad y dependencia mu­tua del ojo con el ‘tubo’ —otro nom­bre usual en los primeros años— y del ‘tubo’ con el ojo”, recurre a la fórmula de que “el ojo es un teles­copio natural y el teles­copio un ojo artificial”. Y agrega que tan ligados podían estar ojo y telescopio, que entre ellos existe una har­mo­nia, y la unión entre ambos durante el acto de obser­va­ción es una especie de cópula o “unión íntima”.
 
Una consecuencia de estas especulaciones, en las que el plano retórico se llevaba la palma, fue que el telescopio vino a ser conceptualizado en términos del funciona­­miento del ojo, en tanto que era visto como una prolongación, re­fuerzo o complemento de éste, pero no podía ser en­ten­­dido como un instrumento que funcionara de manera inde­­pen­dien­te del órgano visual. Al concebirlo como una prótesis que perfeccionaba la visión humana, la atención se cen­tra­ba en la continuidad entre el objeto que se per­ci­bía y su ima­gen en la mente, con el telescopio y el ojo como ele­men­tos intermedios. De ahí la confianza en la co­rres­­pon­den­cia fiel entre el objeto y su percepción por el sujeto. Así, el peso que desde finales del siglo xv se le con­cedía al ojo como instrumento de conocimiento, resultado de un des­pla­zamiento epistemológico hacia lo natural y su evi­den­cia, le fue transmitida al telescopio mediante la ana­lo­gía y la concordancia, cuando era factible comprobarlas, entre el objeto y su imagen a través del telescopio. Así, el otro­ra “tubo” de Galileo se vio investido con la seriedad y rele­van­cia otorgada al ojo por ser el principal de los senti­dos que el Creador había conferido a la humanidad para que se con­du­je­ra hacia su destino manifiesto: entender el mundo.

“Veo grandes y muy admirables maravillas”

“Veo grandes y muy admirables maravillas propuestas a los fi­ló­so­fos y astrónomos y, si no me equi­­vo­­co, a mí también; veo que to­dos los aman­tes de la verdadera fi­losofía son in­vi­tados a em­pren­der la contemplación de grandes co­sas”. Así describía Kepler la emo­ción que le producía vivir en esa épo­ca de cambios y de la que él mis­­mo era un actor y no mero tes­ti­go. Por ello invitaba a Galileo a que mos­tra­ra más audacia y se su­ma­ra, abier­tamente, al todavía pe­que­ño gru­po de los copernicanos, “esperando ar­dien­temente que ésta mi carta te sir­­va […] para pro­ce­der con el apoyo de un par­ti­da­rio en contra de los atra­bi­lia­rios enemigos de las nove­da­des, a quienes se les antoja increíble, pro­fano y nefando cuanto des­co­no­­cen y cuan­to excede los límites acostum­brados de las minucias aristotélicas”.

Había otros más descubriendo “maravillas”, aunque és­tas apuntaran en otra dirección o no fueran tan claras en el contexto que se situaban. Ahí estaban los jesuitas que pre­su­mían de tener un “espejo para mirar a las es­tre­llas [spe­culum constellatum] y con el cual el rey podía mirar cla­ra­men­te lo que su Majestad deseaba conocer […] y no ha­bía nada tan secreto ni nada que se dijera en la pri­va­cía de otros Monarcas que no pudiera ser visto o des­cu­bier­to por medio de esta celestial, o me­jor dicho, diabó­li­ca lente”. Y también te­nían acceso, se decía, a aquello que ocu­rría bajo la cubierta protectora de paredes, mura­llas o cual­quier cosa que impidiera la vi­sión directa o la escucha de con­ver­sa­cio­nes. Faltos de los conocimientos adecuados, ha­cían pasar como un hecho lo que en nuestros días sólo po­dría ser calificado, de exis­tir, como un acto de magia.

Y acto de magia parecía también entrever lo nunca an­tes visto y por ello no saber qué hacer de aquello. Cuan­do ya se pensaba que las estrellas habían revelado sus se­cre­tos, ahí estaba otra vez Galileo para sentar el ejemplo, aho­ra con relación a Saturno: Galileo lo estudió con su ins­tru­mento y le pareció que estaba compuesto por tres cuer­pos “en contacto” —tres estrellas alineadas, muy cercanas una de la otra, y la central notoria­men­te más grandes que las otras—, pero dos años más tar­de, al concentrar una vez más su atención en dicho objeto, lo en­contró en so­li­tario. “¿Es que Sa­turno ha devorado —como so­lía ha­cer­lo el dios mitológico— a sus pro­pios hijos [o] ¿fue, en efecto, una ilu­sión con la que las lentes me han engañado todo este tiem­po?”. Que a fin de cuentas, años des­pués, ocurriera que Saturno po­seía un anillo que lo envolvía, lo cual lo hace úni­co entre los demás pla­ne­tas, era algo en cierta medida tan im­pac­tan­te como los primeros des­cu­brimientos, reco­gidos en el Sidereus Nuncius. Y lo mismo ocu­rrió poco an­tes, cuando se dio cuenta de que había unas manchas so­bre el Sol y cuyos desplaza­mien­tos cons­tituían eviden­cia de la rotación sobre sí misma de la gran lu­mi­naria, lo que venía a cons­tatar que aún exis­tían ob­je­tos o fenó­menos por descubrir, que ampliarían los hori­zon­tes de la Nueva Filosofía.

En 1658 el gran arquitecto inglés Christopher Wren con­sideró que cuando Galileo dirigió hacia los cielos el te­les­co­pio —ya para entonces este instrumento había sido re­bautizado con dicho nombre en una reunión que tuvo lu­­gar en 1611 en el palacio de Francesco Cesi—, segura­men­te sintió que “todos los misterios celestes le habían sido re­ve­lados de inmediato. [Y que] los que vinieron después de él no pueden sino mostrar envidia pues creen que difícil­men­te se puede concebir que hubiera algo más a la espera de ser ubicado en los cielos y que resultara de la misma enverga­dura que lo presentado en el Sidereus de 1610”.

Conclusión

Galileo mismo había mostrado el camino a se­guir, y éste con­sistía en dejar de lado los libros de los antiguos, dado que “el hombre nunca se convertirá en filósofo ocupán­­do­se de los textos de otro hombre”. La experiencia y el aná­li­sis matemático, aunados a los principios físicos so­bre el comportamiento de los rayos lumino­sos y la con­cordancia con lo visto a través de las len­tes, hicieron del telescopio el gran instru­men­to que abrió nuevos mundos a la ciencia. Tan grande fue su impacto que se constituiría en uno de los pilares de la “nueva ciencia”, y por tanto de la filo­so­fía natural. Su nue­vo objeto, lo que sería “propio de la fi­lo­so­fía […] sería el gran libro de la naturaleza”. Y lo que ésta ofrecía eran las evi­den­cias que captan los sentidos.

 
Poco antes, pero en Inglaterra, William Harvey —mé­di­­co del Rey y descubridor de las rutas que sigue la sangre en el cuerpo humano— declaraba que “aprendía y ense­ña­ba anatomía, no a partir de los libros sino de las disec­cio­nes, no desde las cátedras de los filósofos sino a partir de la ‘fábrica’ de la naturaleza”. Este credo sería el faro que en­cau­saría los proyectos y afanes de la Royal Society, y para recor­dár­selo a todos quedó eternizado en el escudo de armas de dicha sociedad: Nu­llius in verba, “[tomar como verda­de­ra] la palabra de nadie”. Ga­li­leo no po­dría haber estado más de acuer­do con ello.
 
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Referencias bibliográficas

Galileo 1610 Sidereus Nuncius or The Sidereal Messenger. Traducción e introducción de Albert Van Helden. The University of Chicago Press. Chicago, 1989.
Malet, Antoni. 2005. “Early Conceptualizations of the Telescope as an Optical Instrument”, en Early Science and Medicine, vol. x, núm. 2.
Naess, Atle. 2005. Galileo Galilei. When the World Stood Still. Springer, Berlín.
Reeves, Eileen. 2008. Galileo’s Glassworks. Harvard University Press. Cambridge.
     
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J. Rafael Martínez Enríquez
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Obtuvo la licenciatura de física en la Facultad de Ciencias, unam, el master in Philosophy por The Open University, Inglaterra. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias, unam, ha realizado estancias en Italia, Francia y España. Sus áreas de interés son la historia de las matemáticas, la filosofía natural y las relaciones entre las ciencias y las artes, desde la antigüedad hasta el Renacimiento.
 
como citar este artículo
Martínez Enríquez, J. Rafael. (2009). Del otro lado del occhiale galileano..¿verdades o quimeras? Ciencias 95, julio-septiembre, 4-17. [En línea]
     
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