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La abundancia primordial del Helio
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Manuel Peimbert
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El modelo homogéneo de la expansión del Universo basado en la teoría general de la relatividad, ahora conocido como la Teoría de la gran explosión, predice que durante los primeros cuatro minutos, contados a partir del principio de la expansión del universo, se produjeron reacciones nucleares basadas en hidrógeno que generaron helio y trazas de deuterio y litio. Durante la expansión, la temperatura del Universo iba decreciendo, y tras estos cuatro minutos no fue lo suficientemente alta para producir los otros elementos de la tabla periódica a partir de reacciones nucleares. Muchos millones de años después se formaron las primeras estrellas con hidrógeno y helio nada más, a este último se le llama helio primordial. Los otros elementos de la tabla periódica se formaron a partir de reacciones nucleares en el interior de las estrellas y una fracción de ellos fue expulsada después al medio interestelar.
La formación de los elementos es un problema clave para entender la evolución del Universo. En particular la formación de helio ha sido fundamental para el estudio de la cosmología y la evolución química de las galaxias. A lo largo de los años el aumento en la precisión de la determinación de la abundancia del helio por unidad de masa (Y) en objetos diferentes, y el aumento en la precisión de las predicciones de la abundancia primordial del helio (Yp) obtenidas a partir de la nucleosíntesis de la gran explosión nos ha conducido a una mayor comprensión del Universo.
La determinación de Yp es importante, entre otras razones porque: a) es uno de los pilares de la Teoría de la gran explosión, b) nos permite verificar la Teoría estándar de la gran explosión, c) los modelos de evolución química de las galaxias requieren un valor inicial de Y, el cual está dado por Yp, d) los modelos de evolución estelar necesitan un valor inicial de Y, que está dado por Yp más el valor adicional de helio producido por la evolución química de la galaxia a partir de la gran explosión y hasta el momento en que se forma la estrella en cuestión.
Hace cincuenta años la falta de precisión en las determinaciones de la abundancia de helio y la falta de conocimiento sobre los procesos de asentamiento gravitacional del helio en las estrellas había permitido la existencia de dos posturas radicalmente diferentes en cuanto a los valores observados de Y: a) las galaxias se habían formado a partir de un gas de hidrógeno sin helio y la relativamente alta abundancia de helio que se observa en estrellas jóvenes y en el gas interestelar había sido producida por estrellas normales durante la vida de las galaxias, y por estrellas supermasivas al principio de la formación de las galaxias; o bien, b) las galaxias se formaban con una cantidad apreciable de helio, probablemente producido durante las etapas iniciales de la expansión del Universo, como lo predecía la Teoría de la gran explosión. La primera posibilidad implica que el valor de Y para las estrellas muy viejas debería ser considerablemente menor de 0.2, mientras que la segunda implica valores de Y en el intervalo de 0.2 a 0.3 para todas las estrellas viejas.
Éstas y otras consideraciones tenían divididos a los astrónomos en dos grupos: los que estaban a favor de la Teoría de la creación continua de materia, que consideraban que Yp era igual a cero, y los que estaban a favor de la Teoría de la gran explosión, que consideraban que Yp era distinto de cero. Para decidir entre estas dos posibilidades era importante tratar de encontrar si había diferencias significativas entre las estrellas más viejas y, en particular, si el valor de Y para éstas era de 0.27 o cercano a cero. El descubrimiento en 1965 de la radiación fósil o de fondo por medio de radio observaciones proporcionó un apoyo fundamental a la Teoría de la gran explosión y llevó a los cosmólogos a producir un nuevo conjunto de reacciones nucleares con mayor precisión que antes; Jim Peebles encontró que, para una temperatura de la radiación de fondo de 3 grados Kelvin y dos familias de neutrinos, el valor de Yp está comprendido entre 0.26 y 0.28.
De acuerdo con la Teoría estándar de la gran explosión, la abundancia primordial de helio depende de un parámetro únicamente, del cociente que resulta del número de bariones entre el número de fotones, donde el número de bariones está dado por la suma de todos los protones y neutrones que forman los átomos de la tabla periódica. Si conocemos el cociente entre bariones y fotones con gran precisión, entonces esta teoría nos indica el valor de Yp con gran precisión.
Al final de la década de los sesentas y durante los setentas, los astrónomos encontramos que era relativamente más fácil y preciso determinar la abundancia de helio a partir de observaciones de nebulosas gaseosas en galaxias poco evolucionadas, en lugar de hacerlo en estrellas viejas. Así, los valores que obtuvimos para Yp están comprendidos entre 0.20 y 0.30. En el siglo xxi hemos entrado a la llamada cosmología de alta precisión. Así, gracias al lanzamiento del satélite wmap (Wilkinson Microwave Anisotropy Probe), David Spergel y su grupo encontraron que el cociente entre fotones y bariones en el Universo observable es de mil seiscientos millones, o sea por cada barión existen mil seiscientos millones de fotones. Este número se obtiene estudiando la distribución de la temperatura de la radiación de fondo en la bóveda celeste. Combinando este número con la Teoría estándar de la gran explosión, la cual adopta tres familias de neutrinos ligeros, se encuentra que Yp es igual a 0.2484 para un tiempo de vida del neutrón de 886 segundos y de 0.2466 para un tiempo de vida del neutrón de 879 segundos. Llama la atención que las últimas dos determinaciones del tiempo de vida del neutrón difieran por siete segundos y que los dos grupos independientes que hicieron las determinaciones presenten un error menor a un segundo. Por otro lado, a partir de observaciones de nebulosas de gas ionizado en galaxias pobres en elementos pesados, quien esto escribe, junto con Valentina Luridiana y Antonio Peimbert, encontramos que Yp = 0.2477 ± 0.0029, donde el error depende principalmente de la precisión con que se conocen los parámetros atómicos que producen las líneas de emisión necesarias para calcular la abundancia de los elementos y la distribución de la temperatura en las nebulosas gaseosas observadas.
Si el valor de Yp obtenido por medio de la observación de nebulosas gaseosas coincide con el valor de Yp derivado por medio de la Teoría estándar de la gran explosión y las observaciones del wmap, entonces diríamos que esta teoría es correcta. En caso de diferir tendríamos que recurrir a teorías no estándar de la gran explosión.
La posibilidad de tener el caso de una física no estándar ha sido discutida por muchos investigadores; el artículo pionero en el tema fue publicado por Dirac en 1937. Mencionaré dos ejemplos de lo que podríamos llamar física no estándar. La Teoría estándar de la gran explosión asume que el número de familias de neutrinos ligeros que se encuentra en el laboratorio en el presente es igual al que había hace trece mil setecientos millones de años, cuando se produjo la gran explosión. Si el número de familias de neutrinos ligeros hubiese sido igual a cuatro durante la gran explosión, tendríamos una Teoría no estándar de la gran explosión que predeciría un valor de Yp = 0.26 contrario al valor observado. El segundo ejemplo es la variación de la constante gravitacional de Newton (G) con el tiempo, ya que los cálculos de la nucleosíntesis de la gran explosión se hacen suponiendo el valor actual de G, y si G hubiese sido mayor o menor durante el periodo de la nucleosíntesis primordial, el valor de Yp obtenido sería menor o mayor al predicho por la teoría estándar.
Para restringir aún más los distintos tipos de física no estándar, sigue siendo importante el tratar de disminuir el error en los dos tipos de determinaciones de Yp, tanto en el basado en la Teoría estándar de la gran explosión, como el basado en las observaciones de nebulosas gaseosas en galaxias que hayan sido poco contaminadas por los productos de la evolución estelar. |
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Manuel Peimbert
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
Es investigador emérito del Instituto de Astronomía de la unam, también obtuvo el Premio Universidad Nacional en Ciencias Exactas en 1988, fue elegido miembro asociado de la Sociedad Astronómica Real de Inglaterra en 1989 y de El Colegio Nacional (México) en 1992.
como citar este artículo →
Peimbert, Manuel. (2009). La abundancia primordial de Hielo. Ciencias 95, julio-septiembre, 44-48. [En línea]
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![]() ![]() La materia entre las estrellas
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Silvia Torres
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Las estrellas son objetos relativamente pequeños, situados a enormes distancias unos de otros. Para hacer una comparación simple, si pensamos que el Sol fuera del tamaño de la cabeza de un alfiler (de un milímetro de radio), su vecina más próxima estaría a la distancia de 64 kilómetros o lo que es apenas un poco menor a la distancia entre la ciudad de México y Cuernavaca. Podemos pensar que el espacio entre las estrellas esta vacío, pero en realidad no es así, hay pequeñísimas cantidades de gas (mayoritariamente hidrógeno) y algunas partículas sólidas menudas, como pequeños granos de arena. Comparando con los ejemplos que conocemos, el espacio entre las estrellas se encuentra en condiciones más extremas que el más alto vacío que se puede lograr en los laboratorios terrestres. Sin embargo, son tan vastos los volúmenes que hay entre las estrellas que se puede afirmar que existe una cantidad considerable de materia en estos espacios. El estudio de la materia interestelar se inició mucho después del de las estrellas. Hace relativamente pocos años que se ha entendido que algunos fenómenos observados se deben a este material tenue. Solamente se conocía la materia que se encuentra cerca de las estrellas calientes, las cuales la encienden e iluminan. También se sabía que hay una gran zona oscura en el cielo dividiendo la banda de luz denominada Vía Láctea; sin embargo, fue hasta 1930 cuando se descubrió que esta zona oscura correspondía a nubes densas con partículas de polvo que impiden el paso de la luz de las estrellas que hay detrás. También hay pequeñas zonas oscuras que se pueden apreciar por el contraste con el fondo brillante de las estrellas, las cuales no corresponden a la ausencia de estrellas, sino que se explican por la presencia de nubes densas de gas y polvo que ocultan lo que se encuentra más allá de ellas. Con el desarrollo de los radiotelescopios, de los telescopios infrarrojos y de los telescopios que se han puesto en órbita en satélites artificiales, ahora se observan los gases y el polvo en las distintas condiciones físicas en que se encuentra.
Las primeras nebulosas brillantes fueron observadas desde que se empezó a usar el telescopio. En 1656, Christiaan Huygens dibujó un mapa de la Nebulosa de Orión, una de las más brillantes en el cielo, pero las primeras nebulosas se catalogaron formalmente hasta 1769, cuando Charles Messier, buscando cometas, preparó una lista de objetos difusos en el cielo con el fin de no confundirlos con aquellos. Su lista final contenía 110 objetos difusos en el cielo, y entre ellos se encuentran varios gaseosos: nubes calientes que rodean estrellas jóvenes como la Nebulosa de Orión, que por estar en el lugar 42 de esa lista también se llama M42; nebulosas planetarias, que son nubes de gas brillantes ubicadas alrededor de estrellas calientes en sus fases finales de evolución, como M27, llamada la Nebulosa de la Mancuerna; e incluso un remanente de la explosión de supernova, como M1, también denominada la Nebulosa del Cangrejo. A fines del siglo xix la posibilidad de tomar fotografías de zonas del cielo puso de manifiesto la presencia de nebulosas oscuras que se pueden observar por el contraste con el fondo brillante del cielo.
En 1904, al observar espectroscópicamente la estrella Delta Orionis, por primera vez se conoció la presencia de un gas interestelar generalizado sobre el disco galáctico. Esta estrella es una de las tres que forman el llamado “cinturón de Orión”, que en realidad no es una estrella aislada sino un sistema binario —de dos estrellas. En algunos sistemas binarios cercanos, donde no se distinguen las dos componentes que lo conforman, en sus espectros se pueden observar los acercamientos y alejamientos periódicos de ambas estrellas, por el corrimiento Doppler. Delta Orionis tiene un periodo de 5.7 días que se manifiesta en todas las líneas de absorción, pero al estudiar la línea de absorción de calcio ionizado, que se encuentra a 393.4 nanómetros de longitud de onda —la cual además de presentar el dedoblamiento periódico correspondiente a los movimientos orbitales de ambas estrellas, muestra la presencia de una línea de absorción adicional que no sufre ningún desplazamiento con el tiempo—, se delató la presencia de gas entre las estrellas; fue la primera indicación de que hay material gaseoso (gas de calcio) entre la estrella doble y nosotros. Actualmente sabemos que son muchas las líneas de absorción producidas por los gases interestelares en diferentes direcciones de la galaxia, las cuales revelan la presencia de muchos elementos químicos en estas nubes tenues, como carbono, sodio, silicio, magnesio, zinc, níquel y hierro, entre otros. En realidad el gas está constituido fundamentalmente de hidrógeno y, en menor proporción, de helio, pero fue la traza de los otros elementos que los acompañan lo que mostró la presencia de las nubes interestelares. También sabemos que gran parte de esta materia está en forma de nubes de densidades bajísimas, difíciles de imaginar, de 10 átomos por centímetro cúbico.
Sabemos que hay gas en condiciones extremas de temperatura, a la más alta como a la menor imaginable, que hay partículas de polvo muy frías, pues están muy alejadas de estrellas brillantes, en las zonas más internas de nubes densas, protegidas de la luz de las estrellas, así como también hay partículas de polvo cercanas a estrellas que son calentadas por éstas, y por lo tanto podríamos decir que se trata de “polvo tibio”.
En general encontramos el gas más frío en las nubes densas, predominantemente en forma de moléculas de hidrógeno; en algunos casos se trata de gas a temperaturas de –260 °C. También en ondas de radio se observan las regiones donde se encuentra el hidrógeno en forma neutra, lo cual corresponde a nubes calientes muy extensas que se encuentran a 350 °C de temperatura, mientras que en zonas cercanas a las estrellas calientes se alcanza temperaturas de hasta 10 000 °C, y mediante telescopios de rayos X se puede observar, en algunas regiones, gas a temperaturas tan altas que superan 10 millones de grados centígrados.
A partir de estas observaciones podemos saber que no solamente existe este material en los distintos ambientes, sino que también podemos medir la temperatura y densidad a que se encuentra, los movimientos del gas, y determinar de qué esta constituido; por lo tanto podemos tratar de entender la relación que guarda el gas con las estrellas que rodea.
Las nubes moleculares
En regiones donde la densidad del medio interestelar es muy alta, la mayor parte de los átomos se combina entre sí para formar moléculas y se les llama nubes moleculares. Ópticamente éstos son objetos totalmente opacos y sin luz debido al polvo que contienen, por lo que son difíciles de observar, pero se les puede ver en proyección sobre un fondo de estrellas o de la nebulosa gaseosa a la que en ocasiones están asociados. Hay lugares en donde están iluminados por la luz de una estrella situada a proximidad. Solamente las observaciones en radio, en ondas milimétricas y en luz infrarroja nos permiten conocer las condiciones de las nubes moleculares.
Estas nubes están constituidas principalmente de hidrógeno molecular, es decir bajo la forma de la molécula h2. Sin embargo esta molécula es simétrica y a las bajas temperaturas en que se encuentra no posee transiciones permitidas en los dominios de radio e infrarrojo que se puedan observar; es decir que el componente más importante de la nube se oculta a nuestros ojos. Por el contrario, hay moléculas asimétricas como el co, que aunque están presentes solamente en una pequeñísima proporción en las nubes moleculares tienen una gran variedad de transiciones de rotación y de vibración, lo que nos permite detectar el gas molecular. En realidad la mayor parte de las nubes moleculares se ha descubierto por investigaciones sistemáticas en la línea de la molécula co a 2.6 milímetros de longitud de onda.
Se desconocen en detalle los procesos de formación de las moléculas interestelares, pues las condiciones en que se encuentran son muy diferentes a las que existen en los laboratorios terrestres. Se supone que la presencia de partículas cargadas de energía relativamente grande (los rayos cósmicos), ionizan en pequeñas cantidades el hidrógeno molecular y el helio. Los iones así formados sirven de punto de partida para la formación de moléculas mayores. Aunque las reacciones químicas son lentas, las nubes moleculares subsisten suficiente tiempo para que moléculas muy complejas, algunas de ellas compuestas hasta de trece átomos, puedan ser sintetizadas. Como el hidrógeno, el carbono, el nitrógeno y el oxígeno son los elementos más abundantes en el Universo (además del helio, que es químicamente inerte) es normal que la mayor parte de las moléculas interestelares sean moléculas formadas precisamente por estos elementos. Actualmente se han detectado cerca de 130 moléculas diferentes, sin contar los compuestos isotópicos de éstas.
Las nubes difusas. Con este nombre se denominan las regiones en donde el hidrógeno está en estado neutro. En general allí coexisten otros elementos que se encuentran ionizados, y que son los que requieren menor energía que el hidrógeno para ionizarse. El gas de hidrógeno neutro es poco espectacular en luz visible, sin embargo, desde 1970 se ha estudiado en gran detalle utilizando principalmente técnicas radioastronómicas y luz ultravioleta.
Las nubes difusas son las componentes mejor conocidas del medio interestelar; son relativamente transparentes a la luz y se manifiestan por las líneas de absorción que se observan en los espectros de las estrellas situadas detrás de estas nubes. En la región de luz visible se pueden observar la absorción de Na, Ca, Ti y algunos radicales moleculares simples (CN, CH y CH+), mientras en la región del ultravioleta lejano hay un número considerable de líneas que delatan la presencia de estas nubes.
En 1951 el descubrimiento de la línea de 21 centímetros de longitud de onda en el radio que emite el hidrógeno atómico mostró que este elemento es el principal constituyente de las nubes difusas, y ha permitido conocer sus características y distribución en la galaxia, concentradas a lo largo de los brazos espirales.
Como hemos mencionado, en todo el espacio interestelar hay partículas sólidas asociadas al gas. En las nubes difusas estos granos están calentados por la radiación de las estrellas y se han observado en el infrarrojo lejano con telescopios especializados a bordo de satélites. El cielo en el infrarrojo lejano está dominado por esta emisión, la cual es irregular y forma estructuras filamentosas que recuerdan las nubes denominadas cirrus en nuestra atmósfera. Los procesos de calentamiento y enfriamiento de las nubes difusas también son bien conocidos. Desde 1972 se sabe que el polvo juega un papel dominante en el calentamiento del gas. La radiación ultravioleta que incide sobre los granos de polvo les arranca electrones, los cuales transportan la energía que les impartió el fotón incidente y mantienen equilibrio térmico con los electrones libres ya presentes en el medio, que también son calentados. Por su parte, las pérdidas de energía que compensan estas ganancias están dominadas por la emisión de una línea de carbono ya ionizado en el infrarrojo lejano, a una longitud de onda de 158 micras.
En los bordes de las nubes moleculares y las de gas ionizado hay regiones de transición, llamadas regiones de fotoionización, las cuales son comunes ya que las estrellas calientes recién formadas a partir de las nubes moleculares ionizan el gas circundante; y aunque pasado un tiempo podrán disipar el gas que las rodea, frecuentemente se encuentran todavía junto a dichas nubes moleculares. Estas regiones se observan por medio de la radiación infrarroja lejana que emiten el carbono, el oxígeno y el hidrógeno, y de algunas moléculas como el co. El polvo calentado por la radiación ultravioleta produce una emisión intensa en el infrarrojo. Las nubes gaseosas
Se trata de las nubes donde el hidrógeno está ionizado por la radiación ultravioleta de estrellas calientes muy cercanas. Estas regiones aparecen en dos tipos de configuraciones: lugares donde las estrellas son de gran masa, jóvenes y están rodeadas todavía por la nube de la cual se formaron (se les llama regiones hii), y lugares en donde recientemente se ha desbaratado una estrella de masa intermedia y la estrella central es caliente, rodeada por el gas que ha arrojado al espacio (nebulosas planetarias). Regiones hii. Son nubes de hidrógeno ionizado iluminadas por estrellas jóvenes y calientes, que se encuentran frecuentemente en sus inmediaciones, lo cual no debe de sorprendernos, ya que las estrellas calientes y masivas, productoras de radiación ultravioleta ionizante, se formaron justamente a partir de estas nubes. Son regiones muy bellas y espectaculares en todo el espectro electromagnético, pues emiten radiación desde el ultravioleta hasta las ondas de radio. En luz visible presentan emisión brillante de hidrógeno y helio así como de otros elementos —oxígeno, nitrógeno, argón y neón.
Del estudio de su radiación se puede deducir la temperatura (del orden de 10 000 °K) y la densidad del gas (de 10 a 10 000 partículas por centímetro cúbico). La abundancia de elementos como oxígeno, nitrógeno, carbono, neón, azufre, etcétera, con respecto del hidrógeno, puede ser deducida a partir de la intensidad de las líneas correspondientes. Las nebulosas gaseosas ofrecen prácticamente el único medio de conocer la composición química de las galaxias. Nebulosas planetarias. Son las pequeñas nebulosas ionizadas, generalmente muy brillantes, que se hallan alrededor de una estrella caliente en las fases finales de su evolución; están formadas por el gas arrojado por la estrella central. Son de formas muy caprichosas y su apariencia es espectacular. A pesar de la diferencia de orígenes, la radiación que proviene de las nebulosas planetarias es muy semejante a aquella de las regiones hii, ya que los procesos microscópicos son muy semejantes. También en este caso se puede determinar con gran precisión la composición química del gas, y de ahí determinar las modificaciones que sufrió dicha materia. Se puede determinar que, en general, formando parte integral de la estrella, esta materia fue ligeramente alterada durante la evolución de la estrella por las reacciones nucleares ocurridas en el interior del astro.
Burbujas, supernovas y polvo interestelar Las burbujas interestelares son objetos espectaculares que se presentan bajo la forma de un cascarón ionizado más o menos esférico y regular. A pesar de que se les distingue por la emisión de un gas ionizado, como la de las nebulosas gaseosas, su espectro es muy diferente, ya que el gas de estas últimas está ionizado por la radiación ultravioleta de estrellas muy calientes, mientras que el gas de las burbujas está ionizado a causa de una compresión provocada por una onda de choque de materia que ha sido lanzada a gran velocidad por la estrella al centro de la burbuja. Esto puede ocurrir ya sea por la producción de vientos rápidos y muy calientes expulsados por una o varias estrellas masivas centrales, o por una o varias explosiones de supernovas. En ambos casos la burbuja está sostenida por un gas muy caliente (de un millón de grados o mayor) que ejerce una fuerte presión y crea la onda de choque que se propaga hacia el medio exterior y la comprime fuertemente. El gas interno, y sobre todo el gas comprimido detrás de la onda de choque, es tan caliente que emite rayos X. La radiofuente más brillante del cielo, Casiopea A, es un resto de supernova. Algunas burbujas presentan también emisión de rayos gamma de muy alta energía.
El medio interestelar puede ser muy caliente, en algunas direcciones donde se observan espectros ultravioleta de algunas estrellas lejanas se ven líneas interestelares en absorción, las cuales se deben a que los elementos del gas están muy ionizados, indicando temperaturas muy elevadas (cercanas a 500 000 °K). Las observaciones de rayos X muestran la existencia de temperaturas aún más altas. Algunas de estas nubes de gas calientísimo corresponden a restos de supernovas, pero otras son regiones muy extensas donde el gas está muy caliente y muy diluido. Estas últimas son de tales dimensiones, que en realidad, llenan la mayor parte del volumen del espacio interestelar, y posiblemente sean el resultado de la fusión de burbujas individuales que en el curso de su expansión han entrado en contacto. Nuestra galaxia está rodeada de un halo caliente que parece ser una prolongación de este fenómeno. Los granos de polvo interestelar están constituidos de silicatos o grafito. En las nubes moleculares se encuentran al abrigo de la radiación ultravioleta y, por tanto, están recubiertos de una capa de hielo de agua y otras moléculas (co, co2, ch4, nh3, etcétera) que se puede detectar por las bandas de absorción características en el infrarrojo medio. Aunque desconocemos en gran medida la naturaleza y propiedades del polvo, lo que se acepta comúnmente es que se forma por aglomeración de moléculas en la atmósfera de las estrellas gigantes frías. Los granos de grafito se forman en las estrellas de carbono y los granos de silicatos en las estrellas ricas en oxígeno y en silicio que son las más numerosas. Pero, ¿cómo se forman las estrellas? Las estrellas se forman en las nubes moleculares por contracción gravitacional de las partes más densas. El interior de las nubes pequeñas, que son más frías, es el sitio de formación de estrellas de poca masa, las cuales se pueden observar en el infrarrojo. En ocasiones las estrellas recientemente formadas se observan en fases más avanzadas en la periferia de las nubes moleculares, cuando ya han disipado parcialmente las nubes que les dieron origen. Por su parte, las nubes moleculares gigantes son sitios de formación de estrellas que pueden tener masas de todas magnitudes.
Aunque suponemos que esta descripción es válida a grandes rasgos, es importante señalar que falta conocer muchos detalles sobre la teoría de la formación de las estrellas. Las nubes moleculares en general tienen una estructura fragmentada, probablemente fractal, y los fenómenos físicos que intervienen en su condensación son complejos, en particular la turbulencia que debe probablemente existir en ellas.
Podemos describir la formación de las estrellas de manera muy simplificada. Supongamos una nube esférica y no fragmentada que está en el límite de la estabilidad gravitacional; es decir donde la atracción gravitacional está apenas compensada por la presión del gas. Un aumento en la presión —debido, por ejemplo, al paso de una onda de choque que provenga de una supernova vecina— puede iniciar la contracción. Esto no ocurre de manera homogénea; las partes interiores se contraen más rápidamente que las exteriores. El calor que resulta de esta contracción se compensa por la radiación que emite la nube, pero llega un momento en que el espesor de la materia es tal, que la nube se vuelve opaca aun en el infrarrojo lejano y en ondas de radio y milimétricas, por lo que ya no puede disipar el calor provocado por la contracción. En estas condiciones la materia se calienta continuamente a medida que su densidad aumenta y el núcleo denso de la nube continúa creciendo gracias a la caída del material que lo rodea. Si la masa es de más de 0.08 veces la del Sol, las reacciones nucleares pueden iniciarse y por lo tanto formar una estrella. Si la masa es menor, resulta una estrella abortada, una enana café.
En general, cuando la nube es extendida tiene un pequeñísimo giro, y a medida que se contrae gira más rápidamente, pues su momento angular se debe conservar. Es decir, la rotación se hace cada vez más rápida y tiende a oponerse una mayor contracción. El dilema de contraerse y mantener el momento angular se resuelve cuando alrededor de la estrella en contracción se forma un disco en rápida rotación. Así se puede explicar el origen de nuestro Sistema planetario, ya que los planetas se formaron a partir del disco de rotación que rodeaba la estrella central, la cual se convertiría en el Sol. La evolución de la materia interestelar
La materia interestelar en nuestra galaxia está en perpetua evolución. Continuamente se están formando nuevas estrellas a partir de las nubes de gas molecular. Las estrellas modifican la composición química de su interior por medio de transformaciones nucleares, y su comportamiento depende de su masa: las de mayor masa arrojan violentamente gran parte de su masa al espacio en relativamente poco tiempo (en unos cuantos millones de años); las de masa intermedia lo hacen más tardíamente (en decenas de miles de millones de años); mientras que las de menor masa no han tenido tiempo de concluir su evolución y no arrojan materia al espacio. Debido a lo anterior, la materia interestelar se ve continuamente modificada en las distintas regiones de la galaxia tanto en densidad y temperatura, como en composición química. El estudio de la materia interestelar en nuestra galaxia y otras galaxias nos permite conocer la historia de la formación de las estrellas. |
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Silvia Torres
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
como citar este artículo →
Torres, Silvia. (2009). La materia entre las estrellas. Ciencias 95, julio-septiembre, 32-38. [En línea]
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![]() ![]() La Vía Láctea, nuestra galaxia
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Christine Allen Armiño
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Entre los objetos que podemos admirar en el cielo en una
noche oscura, lejos de la luz de las grandes ciudades, pocos presentan una apariencia tan notable y misteriosa como la Vía Láctea. Desde nuestras latitudes la observamos como una tenue banda de luz plateada y difusa que surca la bóveda celeste, aproximadamente en dirección norte-sur. Aunque es visible a lo largo de todo el año, la anchura y el brillo de la Vía Láctea son irregulares. Su máximo brillo podemos apreciarlo en verano, cuando atraviesa las constelaciones de Scutum y Sagittarius. Sobre la blanquecina banda de luz se aprecian regiones muy oscuras, así como también pequeñas nubecillas de alto brillo. Estas irregularidades en la anchura y el brillo de la Vía Láctea se perciben claramente a simple vista, y nos dan importantes claves para entender la naturaleza y la estructura del sistema estelar del que formamos parte, es decir, nuestra galaxia.
La llamativa apariencia de la Vía Láctea en el cielo ha dado origen desde el remoto pasado a variados y poéticos mitos y leyendas. El término Vía Láctea (que significa camino lechoso) es de origen romano, pero los primeros en denominarla “Galaxia” fueron los astrónomos griegos Anaxágoras y Eratóstenes, quienes se referían a ella como “Gala” (palabra que en griego significa leche). En la mitología griega, la Galaxia se formó cuando Heracles, mientras era amamantado por su madre, la diosa Hera, arrojó hacia el cielo un chorro de leche. Otras culturas dieron origen a diversas leyendas sobre la Vía Láctea que compiten entre sí en imaginación y poesía; para los incas era polvo dorado de estrellas; para los europeos, el sagrado camino que guiaba a los peregrinos por los Pirineos para ir a Santiago de Compostela; para los egipcios, trigo esparcido en el cielo por la diosa Isis; y para los esquimales, un sendero de nieve que surcaba la oscura bóveda celeste. Pero, ¿qué es en realidad la Vía Láctea? Esta pregunta, en apariencia tan sencilla, no encontró respuesta sino hasta las primeras décadas del siglo veinte, cuando se empezó a tener una idea clara de la forma y de las dimensiones del sistema estelar del cual formamos parte, de nuestra galaxia. Antes de esas fechas no sabíamos siquiera si en el Universo existían otros sistemas estelares parecidos a ella, o si lo que ahora conocemos como la Galaxia constituía la totalidad del Universo. Hoy sabemos que nuestra Galaxia no es sino una entre una multitud de otras galaxias, y que como ella existen muchas otras. Un ejemplo cercano lo constituye la galaxia espiral llamada NGC 4414. La visión moderna sobre el tamaño de la Vía Láctea ha ido surgiendo poco a poco en medio de grandes controversias científicas. Galileo Galilei fue el autor de una de las primeras explicaciones científicas sobre la naturaleza de la Vía Láctea. Hacia 1610, después de realizar las primeras observaciones astronómicas con el por entonces recién inventado telescopio, Galileo publicó su obra Sidereus Nuncius, el mensajero de las estrellas, en la cual reporta que la difusa y blanquecina luz de la Vía Láctea se debe a la suma del brillo de un gran número de estrellas, principalmente de estrellas muy débiles. Hoy sabemos que nuestra Vía Láctea es una galaxia que contiene más de cien mil millones de estrellas.
Muchos otros astrónomos y filósofos propusieron esquemas para describir nuestro sistema estelar. Entre ellos destaca el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), con su idea de que nuestra galaxia es un “universo-isla”, y que como ella existen muchos otros. Las ideas de Kant tuvieron una profunda influencia en el pensamiento posterior. Cabe mencionar también el esquema elaborado por William Herschel, que data de fines del siglo XVIII y que representó el primer modelo científico, observacional y cuantitativo para nuestra galaxia, aunque resultó fallido principalmente porque aún no se había podido medir las distancias a las estrellas. Fue hasta principios del siglo veinte, cuando la calidad y la cantidad de datos disponibles se había incrementado notablemente y podía obtenerse las distancias a las estrellas, cuando el astrónomo holandés Jacobus C. Kapteyn pudo refinar las técnicas de Herschel y elaborar en 1922 un modelo para nuestra galaxia, el llamado “Universo de Kapteyn”. Lo más notable de este modelo es su reducido tamaño, ya que su diámetro es de 55 000 años luz, así como la posición central que en él ocupa el Sol —características que no eran hipótesis, sino desafortunadas consecuencias de no tomar en cuenta la absorción interestelar, que aún no se descubría. Al igual que el modelo de Herschel, pretendía ser una descripción del Universo entero, el cual, según el pensamiento de entonces, coincidía con la Vía Láctea.
Pero el Universo de Kapteyn presentaba un problema que habría de resultar de fundamental importancia, ya que su solución llevaría a un drástico cambio en las ideas astronómicas sobre la estructura y dimensiones de nuestra galaxia, sobre la existencia de otras galaxias o “universos-islas” y la situación de la nuestra en un Universo ahora enormemente mayor. El problema estaba relacionado con la distribución en el espacio de los llamados cúmulos globulares, que son enjambres esféricos compuestos por centenares de miles de estrellas, ligadas entre sí por la fuerza de gravedad. Actualmente conocemos más de 150 cúmulos globulares en nuestra galaxia, y sabemos que las galaxias externas también cuentan con sus propios sistemas de cúmulos globulares.
El astrónomo norteamericano Harlow Shapley había iniciado desde 1915 el estudio sistemático de los cúmulos globulares e inventado un método para medir las distancias a ellos. Así pudo elaborar un mapa a escala de su distribución en el espacio y se percató de que tenía forma esférica. Con gran sorpresa notó que el centro de la distribución no coincidía con el de las estrellas. También sorprendente resultó el tamaño del sistema de cúmulos, mucho mayor que el de todo el Universo de Kapteyn.
La figura 1 ilustra la contradicción entre los resultados de Shapley y Kapteyn. Puede verse claramente que los cúmulos globulares se ubican en un volumen mucho mayor que el que ocupan las estrellas; además, los centros no coinciden. Para resolver la contradicción, Shapley propuso que nuestro sistema estelar es en realidad mucho más grande que el propuesto por Kapteyn. El “universo” que Shapley proponía tiene la forma de un delgado disco cuyo centro coincide con el centro del sistema de cúmulos globulares; su diámetro es de aproximadamente 100 mil años luz, y el Sol está situado muy lejos del centro, a unos 50 mil años luz. El sistema de cúmulos globulares tiene forma esférica y engloba simétricamente el disco de estrellas. De esta manera, hacia 1922 los astrónomos se enfrentaban a dos concepciones radicalmente distintas sobre la forma y el tamaño de nuestra galaxia, ambas basadas en datos por entonces confiables. Fue necesario que pasaran otros diez años antes de que nuevas observaciones apoyaran decisivamente el modelo propuesto por Shapley. Un avance fundamental fue el descubrimiento, en 1930, de la llamada absorción interestelar. El astrónomo estadounidense R. J. Trumpler encontró pruebas contundentes de que el espacio entre las estrellas no era totalmente transparente, sino que estaba permeado por una tenue neblina de gas y polvo. Tomando en cuenta los efectos de la absorción en la determinación de las distancias a las estrellas pudo resolverse la contradicción en favor del esquema de Shapley.
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Forma y dimensiones de nuestra galaxia
Las galaxias externas, como la de Andrómeda, son sistemas estelares independientes y ajenos a nuestra Vía Láctea; corresponden a los universos-islas imaginados por Kant. El proceso que llevó a reconocer que las galaxias externas, denominadas entonces nebulosas espirales, son enormes sistemas estelares, análogos a nuestra Vía Láctea pero extremadamente lejanos, constituye uno de los capítulos más interesantes de la astronomía reciente; mencionaremos sólo que, después de muchas discusiones, se llegó a la conclusión de que las dimensiones reales del Universo excedían por varios órdenes de magnitud las contempladas en el Universo de Kapteyn o incluso el de Shapley. Por cuanto se refiere a la Vía Láctea, nos hemos dado cuenta recientemente que de nuevo se habían subestimado sus dimensiones. No obstante lo anterior, la década de 1930 fue fructífera en resultados sobre los movimientos de las estrellas en nuestra Galaxia, y sobre la rotación de su disco. El estudio de los movimientos de las estrellas situadas en el entorno solar llevó al astrónomo holandés J. Oort a concluir que la gran mayoría de las estrellas de la Vía Láctea se mueven en órbitas casi circulares, alrededor de un centro situado a unos 25 000 años luz del Sol, y que ese centro coincide con el de la galaxia. Oort también mostró que las órbitas de estas estrellas están confinadas a un delgado disco. Así, la imagen que emergía es la de nuestra galaxia como sistema estelar cuya componente dominante es un disco de estrellas y gas, aplanado y en rotación, rodeado de un tenue halo esférico. La rotación del disco nos permite estimar la masa de la galaxia así como su distribución.
Todo parecía así indicar que la Vía Láctea es un sistema estelar similar a la galaxia de Andrómeda. Sin embargo, la característica más llamativa de estas galaxias es su estructura espiral: tienen dos o más brazos que emanan de su región central. La pregunta surge de inmediato: ¿posee nuestra galaxia una estructura espiral? La respuesta eludió a los astrónomos durante algunos años, pero finalmente pudo mostrarse contundentemente la existencia de brazos espirales en la Vía Láctea.
El problema estriba en que desde la posición que ocupa el Sol en la Vía Láctea —ubicado en el disco y rodeado de multitud de estrellas, polvo y gas—, es difícil percibir las características globales de la galaxia. El astrónomo estadounidense W. Baade se dio cuenta de que en las galaxias externas los brazos espirales quedan claramente delineados por las estrellas azules más brillantes y las nebulosas gaseosas, y propuso que para encontrar brazos espirales en nuestra galaxia había que estudiar este tipo de objetos. La idea de Baade fue puesta en práctica por W. W. Morgan y sus colaboradores, quienes en 1951 publicaron el primer diagrama de la estructura espiral de nuestra galaxia. En nuestros días se sigue empleando la técnica sugerida por Baade, pero se complementa con técnicas infrarrojas y radioastronómicas, que han resultado ser de fundamental importancia en el estudio de la estructura de nuestra galaxia.
La investigación sobre las causas de la formación de brazos espirales en algunas galaxias continúa siendo de gran actualidad. Se piensa que los brazos espirales pueden identificarse con ondas de densidad, esto es, ondas de compresión del material galáctico, análogas a las ondas sonoras, que se propagan en el disco galáctico. Ello lleva a la concepción de los brazos espirales como estructuras transitorias, que se forman al llegar la onda de densidad, y se esfuman una vez que ésta ha pasado. Lo que persiste es el patrón espiral global. Pese a su indudable éxito, las ideas modernas sobre la estructura espiral de las galaxias dejan aún muchos problemas sin explicar, y se sigue trabajando en ellos.
La región central de nuestra Galaxia es difícil de estudiar, pues se encuentra oculta tras densas nubes de polvo. Fue necesario que se desarrollaran técnicas de observación en el infrarrojo y desde satélites para poder obtener información confiable sobre esta región. Hoy sabemos que, al igual que otras galaxias, la nuestra posee un bulbo rodeando la región central, el cual tiene unos 10 000 años luz de radio y está formado principalmente por estrellas rojizas.
Inicialmente, por simplicidad, se supuso que la forma del bulbo es esférica, pero observaciones recientes, principalmente las del satélite cobe (Cosmic Background Explorer), en conjunción con estudios sobre los movimientos de las estrellas en esa región, han revelado que, en realidad, el bulbo es alargado, tiene forma de barra, su longitud es unas tres veces mayor que su grosor, y apunta aproximadamente en dirección del Sol.
Si fue difícil reconocer que el bulbo de nuestra Galaxia tiene en realidad forma de barra, el estudio de la región central lo ha sido mucho más aún. El interés se despertó desde la década de 1950, cuando se encontró una fuente compacta que emite intensamente en radiofrecuencia. Hoy sabemos que esa fuente, llamada Sagittarius A*, está asociada a un hoyo negro situado justo en el centro de la galaxia.
La región central de la galaxia aún encierra grandes misterios. Imaginemos que paulatinamente nos acercamos al centro de la galaxia, a unos 500 años luz de Sagittarius A*, y notamos que la densidad de estrellas se vuelve cada vez mayor, y distinguimos numerosas nubes de gas molecular, más calientes y turbulentas que las nubes del disco. Más cerca aún del centro, a unos 25 años luz, nos encontramos con un anillo de gas en rotación, y en su interior, a 5 años luz del centro, una “cavidad” central, casi sin gas; ese escaso gas forma allí una miniespiral. En esta región abundan las estrellas, incluso las jóvenes. Acercándonos aún más, a unos cuantos días luz del centro, nos encontramos con un cúmulo de estrellas sumamente denso: un millón de veces mayor a la densidad que observamos cerca del Sol. Los rápidos movimientos de estas estrellas (cuya velocidad sobrepasa 1 000 kilómetros por segundo) nos han permitido conocer la masa del objeto central. Hasta muy recientemente se dudaba de la existencia de un agujero negro central en nuestra galaxia. Sin embargo, las observaciones del denso cúmulo central han permitido trazar las órbitas de algunas de sus estrellas (figura 2). Estas órbitas implican la existencia de una masa de aproximadamente 3.6 millones de veces la masa solar con un radio de menos de 6 horas luz. La única alternativa hoy viable para esta concentración de masa es un agujero negro. Con ello, la Vía Láctea constituye un interesante ejemplo de una galaxia normal (es decir, no explosiva) con un aguj ero negro supermasivo en su centro.
![]() El halo galáctico y la Vía Láctea
Al igual que los brazos espirales, los halos galácticos son más fáciles de distinguir en galaxias externas a la nuestra. La dimensión total del halo de nuestra galaxia es difícil de determinar. Parte de la dificultad consiste en que el halo es tenue, escasamente poblado, pero también que no es posible establecer un borde nítido en el cual el halo termine abruptamente. Una indicación de la extensión del halo podría ser el radio total del sistema de cúmulos globulares, otra podría ser la distancia máxima, medida desde el centro de la galaxia, a la que se encuentren objetos pertenecientes al halo, o bien la distancia máxima que puedan alcanzar en su recorrido orbital aquellos objetos que temporalmente se encuentren cerca del Sol pero que tengan velocidades extremadamente altas, cercanas a la velocidad de escape.
Los cúmulos globulares más lejanos distan unos 150 000 años luz del centro de la Galaxia, lo cual implica que el radio del halo es de por lo menos de 150 000 años luz. Es un tamaño enorme si lo comparamos con el diámetro visual aparente que presentaría nuestra galaxia ante un observador externo a ella, o con el diámetro aparente de galaxias parecidas a la nuestra. Sin embargo, hay razones para pensar que el halo se extiende hasta distancias mucho mayores aún.
Mediante métodos ópticos y radioastronómicos se ha logrado estudiar la rotación de una serie de galaxias cercanas a la nuestra. La velocidad de rotación en cualquier punto de una galaxia está relacionada con la masa interior en ese punto. A mayor masa, mayor será la velocidad de rotación observada. El resultado sorprendente ha sido que incluso a grandes distancias de su centro, las galaxias continúan rotando a velocidad casi constante; dicho en otras palabras, la masa de las galaxias se extiende mucho más allá de sus discos brillantes y es muy superior a la que podría inferirse a partir de éstos.
Así se concluye que la mayor parte de la masa de las galaxias está constituida por materia no luminosa. De hecho, la materia “oscura” no emite radiación en ninguna de las frecuencias que se ha explorado, desde los rayos gama y x hasta las ondas de radio; la materia oscura delata su existencia únicamente a través de la fuerza gravitatoria que ejerce sobre la materia brillante, la cual sí emite radiación.
Pero incluso antes de haberse observado la rotación de las galaxias externas ya había indicios de que la masa de las galaxias debería ser mucho mayor que la que se infería a partir de sus discos y halos luminosos. Así por ejemplo, se conocen muchas galaxias dobles y múltiples que parecen orbitar una en torno a otra. Para que ello ocurra, es menester que estén ligadas por la fuerza gravitatoria mutua; sin embargo, la masa de la galaxia, que se infiere a partir de la materia visible en ella es insuficientes para ligar los sistemas. Ello nos hace pensar que al calcular la masa de las galaxias a partir del material luminoso hemos cometido un error, y que en ellas debe haber mucho material oscuro que no contribuye a su luz, pero que sí contribuye a su masa. El error es grande: ¡solamente 10% de la masa es visible! Claramente, es de gran importancia establecer cuál es la verdadera masa y extensión de nuestra Galaxia. El estudio de los movimientos de estrellas que momentáneamente se encuentren cerca del Sol pero cuyas órbitas galácticas las lleven a las regiones más lejanas puede darnos información pertinente.
Las estrellas más veloces que se conocen tienen velocidades, respecto del centro de la galaxia, que llegan a sobrepasar 400 kilómetros por segundo. Para efectos de comparación, mencionemos que la velocidad del Sol respecto del mismo centro es de aproximadamente 220 km/s. Puede calcularse que una estrella que pase cerca del Sol a una velocidad de 400 km/s puede alcanzar distancias de más de 150 000 años luz. La velocidad que debería tener un objeto cercano al Sol para que pudiera escaparse de la Galaxia es de unos 560 km/s. De esta manera, se ha visto recientemente que la masa total de la Vía Láctea puede ser un billón de veces la masa del Sol, que el radio del halo puede sobrepasar 300 000 años luz y, al igual que en las galaxias externas, la mayor parte de esta masa es invisible. Los resultados más recientes de muy diversa índole apuntan en la misma dirección: tanto la masa como la extensión de nuestra Galaxia son mucho mayores de lo que se pensaba hace apenas unas décadas. Su evolución temprana
En la actualidad pensamos que las características del halo galáctico son un reflejo de las condiciones físicas que se dieron en las primeras etapas de la vida de la galaxia. En efecto, los pobladores del halo son, sin excepción, estrellas extremadamente viejas, cuya composición química es casi exclusivamente hidrógeno y helio. La abundancia de otros elementos químicos en ellas son cientos o miles de veces menores que las observadas en estrellas como el Sol, lo cual nos indica que los pobladores del halo pertenecen a las primeras generaciones de estrellas que se formaron en la galaxia. Según ideas ahora ya clásicas, la Vía Láctea era inicialmente una gran nube de gas (principalmente hidrógeno y helio) en lenta contracción; las primeras estrellas se condensaron en las partes más densas de ese gas; algunas de ellas (las de mayor masa) pasaron rápidamente por su ciclo evolutivo, y le regresaron al gas los restos de las reacciones nucleares que ocurrieron en su interior; en consecuencia, el gas se enriqueció en elementos químicos más pesados que el hidrógeno, como el helio, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, etcétera. Algunas de las estrellas de las primeras generaciones (las de menor masa) aún sobreviven; las observamos hoy como objetos muy viejos en el halo galáctico. Los movimientos de los objetos pertenecientes al halo son muy distintos a los del disco, en donde los movimientos de las estrellas y el gas están confinados a un plano, y las órbitas son prácticamente circulares. En cambio, las órbitas de los objetos del halo son muy excéntricas —su forma es casi rectilínea; no muestran ninguna preferencia por el disco de la galaxia, su orientación ocurre al azar.
Se ha propuesto que los diferentes movimientos de los objetos del disco y del halo son también una consecuencia de las condiciones que imperaban en las primeras etapas de la evolución de la galaxia. Cuando se condensaron las primeras estrellas, ésta era una nube de gas aproximadamente esférica; las primeras generaciones de estrellas se precipitaron hacia su centro de gravedad, casi en caída libre; de ahí que sus órbitas sean muy alargadas y estén orientadas en todas direcciones. El gas no condensado en estrellas pronto se aplanó, formando un disco. Las generaciones subsecuentes de estrellas se formaron a partir del gas del disco; en él, los movimientos del gas inicialmente fueron turbulentos, pero al cabo de poco tiempo se circularizaron, en consecuencia, las órbitas de las estrellas pertenecientes al disco son planas, concéntricas y casi circulares.
Estas ideas fueron desarrolladas principalmente por O. Eggen, D. Lynden-Bell y A. Sandage en un artículo publicado en el año de 1962, ahora ya clásico. Desde entonces, ha habido muchos refinamientos y modificaciones al esquema. Hoy sabemos, por ejemplo, que existen objetos anómalos: estrellas ricas en elementos pesados, pero con órbitas muy alejadas del plano o muy excéntricas, y viceversa; asimismo se piensa que la materia oscura juega un papel crucial en la formación de las galaxias, y que la captura de galaxias enanas es importante para entender la evolución de las grandes galaxias, como la Vía Láctea.
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| Christine Allen Armiño
Instituto de Astronomía, Universidad Nacional Autónoma de México.
Es investigadora titular del Instituto de Astronomía, unam. En 2006 fue electa presidenta de la Comisión 26 (estrellas dobles y múltiples) de la Unión Astronómica Internacional. Sus áreas de investigación son astronomía y astrofísica.
como citar este artículo →
Allen, Christine. (2009). La Vía Láctea, nuestra galaxia. Ciencias 95, julio-septiembre, 20-27. [En línea]
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![]() ![]() Del otro lado del occhiale galileano…
¿verdades o quimeras? |
PDF →
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J. Rafael Martínez Enríquez
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Algo más inmortal aún que las mismas estrellas…
algo que perdurará más aún que el radiante Júpiter, más aún que el Sol o cualquier satélite en su órbita, o las radiantes hermanas, las Pléyades. Walt Whitman, Hojas de Hierba
En el verano de 1609, como lo relata en 1610 en Sidereus
Nuncius, Galileo había logrado mejorar el instrumento que en el norte de Europa circulaba desde hacía un par de años. Con ese instrumento, al que llamó organum, occhiale o perspicillum, luego cannochiale y, finalmente y a sugerencia de Federico Cesi —promotor de la Accademia dei Lincei—, telescopio, el entonces profesor de matemáticas de la Universidad de Padua realizó una serie de descubrimientos en los cielos que para muchos marcaron el inicio de la nueva ciencia. Lo novedoso en esta ciencia —o al menos en la parte que más llamaría la atención en su época—, radicaba en refutar algunos de los dogmas de la cosmología aristotélica y aportar elementos de apoyo para los decires copernicanos.
Gracias a sus descubrimientos, Galileo logró su tan ansiado sueño de integrarse a la corte del Gran Duque de Toscana, donde Cósimo II de Medici le otorgó el nombramiento de Matemático y Filósofo de la corte, y con ello, además de mejorar notoriamente sus ingresos, pudo gozar del prestigio asignado a los filósofos, por entonces considerados en un estrato superior al de los matemáticos y de los astrónomos. Una razón del orden en esta jerarquía se sustentaba en que la Filosofía, se decía, se ocupaba de las causas reales de los fenómenos naturales, mientras que las Matemáticas tenían como dominio sus “accidentes”, es decir, los aspectos cuantitativos de lo observable o lo tangible. De ahí se concluía que los matemáticos no eran capaces de producir conocimiento “legítimo” o, dicho de otra manera, de aportar interpretaciones físicas sustentadas en principios incuestionables. Las matemáticas, para la metodología aristotélica, no eran una verdadera scientia al no demostrar sus conclusiones mediante “causas”. Por ello, al serle concedido el título de Filósofo, así le fuera otorgado por una autoridad civil y no por una académica, Galileo adquiría el aval que le permitía argumentar con legitimidad a favor del significado y validez filosófica de la teoría copernicana, y asimismo allanar el camino para valorar el análisis matemático de la naturaleza.
La publicación de Sidereus Nuncius —Mensajero de las Estrellas fue la traducción que se popularizó en las lenguas vernáculas a las que fue traducido, en lugar de Mensaje de las Estrellas, como era la intención de Galileo al elegir el nombre en latín— abre una nueva era, no sólo para su autor sino también para la ciencia; todo este impulso proviene del nuevo instrumento que había permitido las espectaculares revelaciones que constituyen el corazón del Mensaje y que conducían a una renovación radical de la astronomía. Sin embargo, este instrumento planteaba muchas interrogantes al ser en sí mismo considerado como una “maravilla” debido a que mostraba imágenes nunca antes vistas o cuyo origen era desconocido.
Lo que siguió fue un complejo proceso de aceptación y validación de la información que transmitía el artilugio y que a su vez era aprehendida por el ojo e interpretada bajo los cánones que imponía la propia naturaleza y los desarrollados por la misma sociedad. En esta labor los actores principales fueron Galileo y quienes en el marco de la óptica —Kepler, Magini, Clavius, Scheiner, Descartes, Mydorge y otros más— participaron en esta gran batalla que contribuyó a la caída de la cosmovisión aristotélico-tolemaica.
Podría decirse que la arena para esta batalla fue el debate entre tolemaicos y copernicanos, es decir, la puesta frente a frente del universo geocéntrico y el heliocéntrico. En este marco se sitúa la aparición de Sidereus Nuncius, justo cuando estaba a punto de iniciar la primavera de 1610. En dicha obra, a la manera de quienes emitían bandos para tener a la población informada sobre cuestiones urgentes, Galileo emite su propio Mensaje, que pretende haber leído en los cielos. Lo que le llena de orgullo es haber sido el primero en darse cuenta de una serie de hechos, inimaginables hasta entonces, que presume en la misma descripción que acompaña al título de la obra, señalando que con la ayuda del perspicillum se le han revelados cuestiones maravillosas: 1) que la faz de la Luna no es la superficie tersa e inmaculada que la tradición sostenía, sino que, por lo contrario, particularidades como las tan conocidas manchas lunares son el resultado de la presencia de cráteres, montañas y algo semejante a mares; 2) que existen muchas más estrellas en los cielos que las observadas a simple vista —las Pléyades, por ejemplo, pasaron de ser un grupo de seis estrellas a alrededor de cuarenta, la constelación de Orión creció para incluir a casi quinientas luminarias más, y la Vía Láctea, de presentar un aspecto nebuloso, se mutó en un conglomerado de innumerables estrellas; y 3) para finalizar, revela el que sería el descubrimiento más impactante del libro: Júpiter posee cuatro satélites, cuatro luminarias que giran en torno de él de la misma manera que la Luna lo hace alrededor de la Tierra.
Tomado en conjunto y asimilado por sus lectores, doctos o no tan doctos, el Mensaje era sorprendente y a la vez aterrador. No sólo el cosmos había crecido en cuanto a número de ocupantes, sino que éstos resultaron no ser como se les había tenido desde tiempos inmemoriables. Así lo percibió Galileo alrededor del 14 de enero de 1610 al darse cuenta de que, en contra de la aseveración de que Júpiter era un planeta más y por tanto carente de satélites —ya que de no ser así significaría que la Tierra perdía uno de los atributos que la hacían única, porque sólo ella poseía un satélite— en realidad sí poseía pequeños satélites que orbitan alrededor de él. Era entonces el momento de revivir la polémica en torno al modelo copernicano del Universo, una causa a la que se había sumado desde por lo menos 1597. El razonamiento que lo llevaba a colocarse del lado de los seguidores de una teoría heliocéntrica como la de Copérnico descansaba en que si la Tierra resultaba no ser muy diferente a Júpiter —además de que en cierto sentido tampoco lo era de la Luna— entonces no habría porqué seguir sosteniendo que por ocupar un sitio especial en la Creación debería permanecer inmóvil en el centro del cosmos.
Bajo este nuevo argumento la Tierra sería un planeta más y, por consiguiente, al igual que los demás planetas, podría también seguir una órbita alrededor del Sol. Estas aseveraciones violentaban lo que hasta entonces se había considerado como parte del sentido común: lo terrestre eran los elementos —fuego, aire, agua y tierra— y sus combinaciones, y lo que no era terrestre era celeste. Afirmar lo contrario equivalía a rechazar las evidencias de los sentidos, la razón y la sabiduría ancestral, justificadas por los sabios y santificada por la Iglesia.
¿Cuál era el nuevo sustento de Galileo para atreverse a ir en contra de los poderes constituidos en una sociedad donde la religión era la calificadora de la verdad? La respuesta es muy conocida: derivaba sus conclusiones a partir de las observaciones realizadas con su perspicillum. Pero si uno quisiera ser más cuidadoso al responder debería haber dicho “a partir de las interpretaciones de las percepciones visuales obtenidas mediante su instrumento”. El detalle consiste en enfatizar que dado el estatus epistemológico del perspicillum —o más bien, la carencia de tal estatus—, evaluar lo que transmitía al ojo era irrumpir, deambular en terra incognita. Esto conducía a una segunda pregunta: ¿qué validez tenía la elaboración de un juicio realizado a partir de imágenes recogidas por el ojo si entre éste y el objeto mediaba un instrumento que tenía como función modificar las imágenes de manera aún no entendida a cabalidad?
Renacimiento, escepticismo y “nueva ciencia” “Nuestra era —escribió Jan Fernel, médico de la corte francesa— está llevando a cabo empeños que la Antigüedad no alcanzó a soñar”. En 1539 un venerable profesor de filosofía en Padua afirmaba que “no creía que existieran cosas más notables en los últimos tiempos que la invención de la imprenta y el descubrimiento del nuevo mundo, cosas sólo equiparables con la inmortalidad”. Era la época en que el Nec plus ultra que se decía aparecía impreso sobre las míticas columnas de Hércules para marcar los límites del mundo conocido y, a la vez, extender una advertencia al osado espíritu que pretendiera cruzarlos, era sustituido por un firme Plus ultra —Más allá—, y éste se había instalado como el sello de la “era de los descubrimientos”, de los años en que el espíritu de aventura echaba raíces en la sociedad europea y consciente de ello se planteaba una revisión de su pasado, sobre todo ahora que la idea de mirar el mundo en “perspectiva” había evolucionado de ser una técnica de representación a convertirse en una metáfora de apertura intelectual.
La representación en perspectiva —del vocablo latino perspicere, ver a través de— era una de las novedades recientes en un tiempo en que la búsqueda de lo maravilloso parecía guiar el afán de todo espíritu inquisitivo. Para los practicantes de la perspectiva, y para todos los que apreciaban los resultados de las técnicas de representación que se amparaban bajo este nombre, resultaba paradójico que por tantos años la pintura no hubiera percibido la necesidad de la representación naturalista de objetos o escenas. Esta manera de recrear lo visible recurría a la geometría para producir imágenes —ilusiones— que imitaban o plasmaban en una superficie lo que tenía como habitáculo natural el mundo tridimensional.
Lo que ponía de manifiesto —entre otras cosas— el uso de la perspectiva era que, como lo había hecho notar Nicolás de Cusa en La Docta Ignorancia, la posición de cada persona en el mundo era única, y por lo tanto también lo era el entorno que cada quien percibía. Para salvar la brecha producida por la pérdida de una “escena” común para toda la humanidad había que recurrir a la razón y, sobre todo, a estar conscientes de los límites que a la percepción y el entendimiento humano imponía nuestra ubicación y el hecho de no poseer la esencia divina. Una elaboración de este argumento y de otros similares había dado lugar en los siglos xv y xvi al fortalecimiento del escepticismo como corriente que tocaba los ámbitos filosófico y religioso. Mirada en positivo, esta situación ofrecía la oportunidad de explorar el mundo, de allegarse más información, tanto de las fuentes usuales como de los relatos de viajeros o a partir de las propias observaciones o experiencias, y todo con más entusiasmo cuando dicha información no parecía hallar acomodo en los sistemas de conocimiento donde todo parecía estar ordenado siguiendo las pautas trazadas por Aristóteles y sus seguidores. Plus ultra parecía ser el nuevo canto.
Y por si esto no bastara para fortalecer la sensación de vivir en una época de cambio, en 1517 Lutero se hizo presente y su ejemplo dio lugar a una amplia gama de movimientos reformistas. Como resultado de una situación política muy compleja, y en cierto sentido novedosa, el nacionalismo se fortaleció a la vez que los conflictos por el poder se recrudecieron. En otro orden de cosas el “Nuevo Mundo” no parecía tener límites en cuanto a ofrecer “maravillas” que el acto de Creación no había depositado dentro de los horizontes que hasta 1492 marcaban los extremos de las tierras conocidas, la oikumene de los griegos. Todo indicaba que había mucho por aprender, si bien las rutas por las que lo nuevo llegaría habían sido ya descubiertas o por lo menos prefiguradas. No parecía estarse gestando ninguna sorpresa que trastocara la cosmovisión renacentista que se había conformado durante las siete primeras décadas del siglo XVI.
Aun la publicación en 1543 de De las revoluciones de los orbes celestes de Copérnico parecía ofrecer un contenido asimilable como un gran avance, pero sólo en la dirección de presentar un modelo matemático de los movimientos planetarios que expresaba mayor certeza y facilidad para realizar cálculos matemáticos que determinaran las posiciones espaciales de los orbes conforme pasaba el tiempo. Según ha quedado establecido por los estudios históricos, el prefacio que acompañaba a De las revoluciones fue escrito por Andreas Osiander —quien ayudó a Copérnico en el trabajo de edición de esta obra— y lo hizo pasar como obra del polaco, tergiversando la intención de Copérnico, quien situaba al Sol en el centro del Universo y hacía que la Tierra perdiera su posición privilegiada, poniéndola a girar en torno del Sol como lo hacía el resto de los planetas y las estrellas. Con su acción, Osiander colocaba a Copérnico en el grupo de los “matemáticos” para quienes el modelo del movimiento de los astros no hacía sino “salvar las apariencias” y reproducir los movimientos que los ojos percibían y la razón asimilaba, tal y como Platón se lo pidió a Eudoxo al plantearle el problema de generar un modelo que describiera adecuadamente los movimientos de los astros, bajo la condición de que las órbitas fueran circulares y los desplazamientos se llevaran a cabo a velocidad uniforme.
En los círculos académicos europeos no parecía existir, y ni siquiera insinuarse, la idea de que alguna revolución insospechada se estaba abriendo paso en los espacios de la filosofía natural. Y no la había pues lo que estaba por venir sería el resultado de la aparición y uso adecuado de un nuevo instrumento. Las capacidades de este instrumento ya habían sido formuladas desde siglos antes, pero caían en los dominios de lo “maravilloso”, pues algunas de ellas parecían responder a deseos fantasiosos como poder observar lo que ocurría en otros países, o a través del Mediterráneo, en el mismo instante en que sucedía, o escuchar conversaciones o mirar escenas ocultas detrás de murallas o paredes, o producir efectos similares a los provocados por los espejos ustorios —o “ardientes”— diseñados por Arquímedes para defender Siracusa del asedio de los romanos a fines del siglo III a.C.
Pero todo esto sólo contempla una cara del poliedro que era el mundo del siglo xvi. Otra más era lo que, modulado por la tradición, actuaba como freno para los cambios en la cosmovisión escolástica, espacio de fusión de la cristiana y la aristotélica. Ver y ¿creer? Galileo parecía haber irrumpido de manera espléndida en la arena de la filosofía natural. Sin embargo la fortuna de los descubrimientos galileanos dependía de que se aceptara como válido que el perspicillum básicamente agrandaba imágenes, haciendo que lo lejano pareciera más cercano y, por consiguiente, con mayor definición en sus detalles. Para mala fortuna de Galileo la validación del perspicillum como instrumento óptico confiable, es decir, como transmisor de imágenes que respetaba la forma —el “aspecto”— de los objetos situados del otro lado del tubo que sostenía las lentes, no se dio tan fácilmente como, mirando en retrospectiva y de manera un tanto anacrónica, uno pensaría que pudo haber ocurrido.
Ya el manejo mismo de los sentidos para recoger la información de los instrumentos familiares acarreaba incertidumbres. Montaigne advierte que “nada nos llega excepto lo que ha sido alterado por nuestros sentidos […] cuando la brújula, la escuadra y el compás son defectuosos, todos los cálculos realizados gracias a ellos dan resultados que se alejan de lo verdadero, y todas las construcciones que se han erigido gracias a sus mediciones están cerca de colapsarse […] La falta de seguridad en lo que nos aportan los sentidos nos conduce a preguntarnos quién sería un juez adecuado para estimar la presencia de errores […] un juez anciano no podría juzgar la validez de las sensaciones que registra como la persona anciana que es, y lo mismo sucedería con la persona joven que juzga lo que sus sentidos recogen […] para hacerlo haría falta una persona ajena a estas cualidades, y esto significaría apelar a un juez que nunca ha existido”. Esta desconfianza se transmitía inevitablemente a un instrumento que, más que nada, parecía encarnar la desazón que provocaba la “oscura fisiología de la naturaleza”, como se refería Descartes a lo aún desconocido. Y por ello es fácil comprender que en ese entonces el sentido común aconsejara tener una mayor prudencia al deducir hechos a partir de los avistamientos con el instrumento galileano u holandés, como muchos también lo conocían. Alguna sensatez mostraba un banquero de Ausburgo que por ese tiempo afirmó que “aceptar una creencia con lentitud constituye la fibra de la razón”. El principal motivo para usar con cautela el perspicillum, además de que las conclusiones extraídas con su ayuda violentaban varios supuestos de la filosofía aristotélica y algunos pasajes bíblicos relativos al Sol y a los demás astros, era que este instrumento poseía una naturaleza del todo novedosa. Hasta entonces los instrumentos utilizados en astronomía formaban parte de una antigua y rica tradición de índole geométrica que incluía el uso de artefactos como el báculo de Jacobo, el compás, el astrolabio, el cuadrante, entre otros. Todos ellos funcionaban de acuerdo con principios y reglas plenamente justificados y lo que hacían era, según el caso, medir ángulos, tiempos, posiciones estelares, distancias, etcétera. Sin embargo, el instrumento que utilizaba Galileo para obtener la información que justificaba sus revolucionarias revelaciones era a su vez algo del todo novedoso en el universo de los instrumentos: el acomodo de lentes en un tubo producía información acerca de la naturaleza celeste que de otra manera no estaba disponible. Todo lo anterior resultaba impactante: lo que nos ofrecía el perpicillum eran imágenes cuya correspondencia con la realidad era aceptable —quedaba certificada— aquí en la Tierra, pero ¿quién podía asegurar su validez al apuntar hacia objetos en los cielos, alojados en regiones nunca disponibles para los demás sentidos y por ende ajenas a todo tipo de comprobación directa? Al establecer los “nuevos hechos” el perspicillum se convertía en mediador entre objeto y observador y, como se dijo, el problema radicaba en que se desconocía por completo la manera como se establecía la “mediación”. Esto, para cualquier filósofo natural con algo de escrúpulos en el siglo xvi, era a todas luces motivo de desconfianza. Después de la publicación del Sidereus hubo reacciones casi de inmediato, algunas guiadas por la curiosidad, otras por el azoro, las más planteaban dudas y, en el extremo, unas que manifestaban completa incredulidad. Esta última posibilidad resulta muy interesante e invita a reflexionar sobre la forma como se expresaba: algunos francamente se rehusaron a mirar a través del occhiale justificando su rechazo al decir que los planetas que según Galileo giraban en torno de Júpiter no podrían ser vistos —y entonces para qué perder el tiempo intentando observarlos— simplemente porque no existían. Un astrónomo florentino argumentó que estos satélites eran “invisibles a simple vista y por lo tanto no tendrían utilidad alguna y por ello no existen”. Entre los que se negaron a ver a través del tubo de Galileo el más recordado es tal vez Cesare Cremonini, tanto por su amistad con Galileo como por ser considerado el más importante filósofo aristotélico de su tiempo, “la Lucerna entre los intérpretes de los griegos”. La historia ha sido muy dura con él y todo por mantenerse fiel a las palabras que nos legó en su testamento: “A la filosofía me consagré, en ella todo fui”. Tal vez colocándose en su situación podría entenderse mejor su decisión: vayamos a Copérnico, quien pedía de los astrónomos algo más que hipótesis ad hoc para “salvar las apariencias”, requiriendo que en sus explicaciones hubiera concordancia con los principios de la naturaleza. Algo análogo hacía Cremonini al reclamar seriedad en las afirmaciones que se hacían respecto de la naturaleza y que en este caso incluía la visión aristotélica acerca de los elementos. Por ello, si se hacía caso a Galileo, al ser otra Tierra, ¿no debería haber caído la Luna sobre ésta, el hogar de la humanidad desde tiempos inmemoriables? Por no ser éste el caso, ergo, la Luna no podría ser como la Tierra, y cualquier cosa que llevara a pensar que no era así, aun cuando fuera visto con el perspicillum, debería ser un engaño, una falacia. Desde nuestra perspectiva es obvio que Cremonini estaba en un error, y éste se originaba en sostener como válidas las nociones aristotélicas de lugar natural y movimiento. Pero ¿quién en su época sabía, con razones y experiencias, cuáles eran las leyes correctas del comportamiento de los cuerpos, fueran “ligeros” o “pesados”? Dar pasos en la dirección correcta requería, en ese momento, dejar de creer en muchas cosas e iniciar la construcción de un nuevo edificio filosófico sobre nuevos cimientos. Pero volvamos a los meses inmediatos a la publicación del Sidereus. El reclamo de los filósofos naturales
La imaginación de los críticos de Galileo sorprende. Los más agresivos lo acusaban de haber “plantado” los planetas en las lentes, o que éstos eran ilusiones producidas por “condensaciones” en el tubo. Otros buscaban explicaciones que mantuvieran la vigencia de las concepciones tradicionales y, por ejemplo, en el caso de la Luna aceptaban que hubiera montañas y valles sobre su superficie, pero añadían que había una cubierta transparente —y por ende invisible— que cubría a las montañas y toda su superficie, por lo que se mantenía la pureza asociada a la perfección esférica de la Luna. Pero lo que realmente resultó preocupante para Galileo en esta primera etapa de difusión o propaganda de sus descubrimientos —entre marzo y el verano de 1610— es que hubo quienes intentaron hurgar en los cielos para confirmar la presencia de los portentos anunciados por Galileo y fracasaron en su intento. Tal vez el caso más sonado es el que relata Martin Horky en una carta a Kepler. Resulta que en abril, de camino a Florencia, Galileo se detuvo en Bolonia para mostrar sus recientes descubrimientos al entonces afamado astrónomo Giovanni Antonio Magini y a algunos distinguidos académicos que éste reunió con el propósito de que participaran en tan gran acontecimiento. Galileo intentó ilustrar el uso y utilidad del perspicillum mostrando detalles de algunas constelaciones y de los satélites de Júpiter. La velada resultó un fracaso pues ni Magini ni sus invitados lograron ver nada, a pesar de que aparentemente Galileo sí logró hacerlo pues así lo constató en su libreta de trabajo donde reportó lo acontecido aquella noche. Lo que pesa en contra de Galileo es que casi todo lo que se conoce de dicho encuentro es por el relato de Horky, que ofrece una imagen nefasta de Galileo calificándolo de ser “un embustero, gotoso y sifilítico” —haciendo tal vez referencia a rasgos de carácter que la época vinculaba con estos padecimientos— que intentó hacerlos víctimas de un fraude, y que tan avergonzado estaba por su fracaso que al día siguiente casi “huyó” de casa de su anfitrión sin siquiera despedirse. Seis semanas después de este patético encuentro Horky imprimió una especie de gaceta —Una breve escaramuza con “El Mensajero Celeste”— en la que atacaba la validez de las afirmaciones de Galileo, quien según decía “les ha vendido a todos los astrónomos una ficción al decirles que ha observado los nuevos planetas [las lunas jovianas] separados de Júpiter por tantos grados y minutos [constatarlo] me fue imposible dado que las lentes no bastan para observar detalles que dependan de esos grados [sic] y minutos”; señala que la causa de estos errores de Galileo radica en que “estamos en Italia, donde las altas montañas cerca de Padua provocan refracciones [imágenes] del Sol, de la Luna y de otros planetas [y] estamos cerca del Mar Adriático donde aparecen exhalaciones en forma de densos vapores, lo cual provoca mayores refracciones”. En otro pasaje describe lo que hasta entonces era aceptable: “Sobre la Tierra funciona maravillosamente […] pero dirigido hacia los cielos produce engaños, como que las estrellas fijas se vean dobles”. Pero he aquí la esencia del problema: ¿Cómo refutar su afirmación dado que para todo aquello situado en los cielos no había manera de comprobar empíricamente la validez de lo que el perspicillum mostraba? En los terrenos de la filosofía natural establecida no había una vía aparente para responder. Para hacerlo hubiera sido necesario cambiar las bases metodológicas de lo que se consideraba conocimiento, es decir, scientia. Lograrlo implicó varias etapas que sólo a posteriori parecen adecuadas, pero en su momento no habían sido aún imaginadas o reconocidas como ligadas con un acuerdo social que diera como resultado un enfoque de análisis de la realidad que se considerara válido como productor o sancionador del conocimiento. En términos de lo que importaba para el uso del prespicillum la cuestión era que el simple acto de ver carecía de simpleza o inocencia. Si se recurre al Sidereus encuentra uno la candorosa afirmación de que “uno puede aprender con toda la certeza que aporta la evidencia sensorial”. Y la cuestión se vuelve a plantear: “¿Qué tanta certeza aporta la evidencia sensorial?”.
Muchos de los que participaron o siguieron estos debates no parecían tener mucha claridad al respecto. El mismo Horky es un ejemplo de ello: a los pocos días de la impresión de La Breve Escaramuza fue despedido de casa de su maestro, posiblemente por haberse propasado en sus acusaciones contra Galileo. Horky se mudó a casa de Baldessar Capra, viejo enemigo de Galileo, no sin antes sustraer de casa de Magini varios libros cuyo tema era la fabricación y uso de espejos. Si a esto agregamos que a espaldas de Galileo hizo moldes en cera de las lentes del perspicillum que Galileo portó a Bolonia, es claro que a pesar de sus afirmaciones en contra, en realidad sí era consciente de la utilidad del tubo para mirar las estrellas o por lo menos le concedía alguna posibilidad de aportar datos confiables. Lo que para entonces no sabía era cómo sucedía que el arreglo de lentes y tubo daba lugar a las imágenes observadas por quien se atreviera a mirar, con mente abierta, lo que se encontraba detrás del instrumento. En astronomía, parte de la confianza que ya algunos depositaban en las observaciones dependía de la calidad del instrumento utilizado y de la agudeza visual del observador. El perspicillum, al proporcionar elementos visuales ocultos introducía incertidumbres o cuestionamientos no sólo acerca de la evidencia que reportaban los sentidos, sino también acerca de la participación de la mente. Aun si se aceptaban como confiables las imágines recogidas mediante el instrumento en cuestión, quedaba por dilucidar primero en qué consistían los cambios que producía, y luego los expertos en óptica que explicaran cómo se llevaban a cabo dichos cambios. Todo esto tenía como propósito elegir entre dos alternativas que se podrían presentar así: el perspicillum mostraba lo que a simple vista “no estaba allí”. Pero al ser dirigido hacia las estrellas, el perspicillum revelaba objetos que contradecían lo que de otra manera “estaba allí”. El conflicto se hacía manifiesto. Hasta antes de 1609 la evidencia de los sentidos había bastado para elaborar un cosmos geocéntrico en el que todos los astros se movían siguiendo círculos acomodados de forma conveniente y de manera que los desplazamientos se realizaban con velocidad uniforme. Platón, Eudoxo, Aristóteles, Ptolomeo y todos los que resultaron herederos de las civilizaciones griega y romana los siguieron, eso sí, llevando a cabo los ajustes necesarios que “salvaban las apariencias”. Al apuntar hacia los cielos, y por lo tanto sin experiencias previas al respecto, los observadores carecían de elementos de comparación o de contraste y no había manera de que supieran qué era lo que estaban mirando. Para establecer un mayor grado de confianza en la concordancia con la realidad de lo observado, aprovechando una cena ofrecida en su honor por Federico Cesi —el 14 de abril de 1611—, Galileo mostró en plena luz del día, desde la Villa Medici, levantada sobre el Pincio, una de las colinas de Roma, la inscripción cincelada sobre la entrada de la iglesia de San Juan de Letrán, a unos tres kilómetros de distancia: Sixtus/Pontifex Maximus/Anno primo. Todos sabían que la inscripción existía y lo que decía, de ahí que al verla a través del instrumento hubo plena seguridad de que el perspicillum entregaba al ojo una porción de la realidad situada del otro lado del tubo. Más tarde, caída la noche, Galileo mostró a los mismos observadores los satélites de Júpiter. Al hacerlo establecía un hecho o por lo menos lo que sostenía como cierto: un instrumento que de lo terrenal ofrece imágenes fieles a la realidad, con toda seguridad hará lo mismo con las imágenes recogidas de los cielos. Con todo, Galileo sabía que esto no bastaba, es decir, una experiencia no sería suficiente para establecer la confianza en su instrumento. Sólo a través de observaciones repetidas una y otra vez, con confirmaciones independientes, podría irse construyendo una nueva ciencia que otorgara un grado mayor de aceptación a la información sensorial modulada por la razón. Y en gran medida éste fue uno de los derroteros que siguió el telescopio para ganar aceptabilidad entre la comunidad de los sabios.
A todas luces esto no era suficiente, pues sabemos que el entramado que sostiene el edificio de la verdad científica debe tener varias vertientes. Así ocurrió en este caso y resulta que las columnas que vinieron a apuntalar la nueva epistemología basada en lentes y tubos que fijaban a las primeras, fueron cinceladas por quienes se ocuparon de establecer el comportamiento de las trayectorias de los rayos luminosos que atravesaban lentes, gracias a lo cual se explicaría la formación de imágenes y en particular su magnificación. Kepler con su Dioptrice (1610) y Descartes con la Dioptrique (1637) serían los principales y más connotados contribuyentes a este esfuerzo. El otro apoyo para el inusual instrumento vendría del uso imaginativo de la retórica y en particular de la literatura que encontraba en el perspicillum un tema novedoso y proclive a ser utilizado en fantasías que encantaran a los lectores. ¿Y cómo no iba a ser de esta manera si, como lo hizo explícito Thomas Seggett, el occhiale habilitaba a los mortales para contemplar lo que hasta entonces se diría estaba reservado para los dioses? De ser cierto, el hombre habría subido otro peldaño hacia la verdad suprema, algo que parecería ser la ruta marcada por Pico della Mirandola en su Oración por la dignidad del hombre, escrita más de un siglo antes. En oposición a esto había quienes albergaban dudas de carácter ético-religioso sobre el derecho que asistía al hombre para acercarse a las estrellas, así fuera sólo con la mirada. Sobre esto escribe en 1611 Joseph Glanvill en The Vanity of Dogmatizing, al referir que “Adán no tenía necesidad de usar anteojos. La agudeza de su óptica natural [si algún crédito se le puede otorgar a la conjetura] mostró mucho de la magnificencia de los cielos […] sin utilizar el tubo de Galileo […] y es muy probable que sus ojos pudieran alcanzar lo mismo del mundo superior que nosotros que contamos con las ventajas del arte. Pudiera ser que le pareciera tan absurdo, bajo el juicio de sus sentidos, que el Sol y las Estrellas fueran mucho menos que este Globo, como ahora parece lo contrario […] y pudiera ser que tuviera una percepción tan clara de los movimientos de la Tierra como la que nosotros pensamos que tenemos de su quietud”.
El problema planteado era si se valía que la humanidad se atreviera a buscar la recuperación de lo que Dios le había ocultado a raíz de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, una nueva actitud en el siglo xvii parecía apuntar a que la benevolencia divina estaría borrando algunas de las consecuencias del pecado original, y lo estaba haciendo al permitir la aparición del —ya para entonces bautizado— telescopio, que según P. Borel en su De vero telescopii inventore de 1656, “abría nuestras mentes, hasta entonces oscurecidas por el pecado”. Pero esta “apertura” se daba a casi cuatro décadas de la aparición del Mensaje galileano. Críticas metafísicas y por analogía Los descubrimientos anunciados en el Sidereus fueron puestos en duda casi tan pronto como empezaron a ser difundidos entre las comunidades europeas, primero entre las más doctas y más tarde entre quienes se reunían en banquetes, tabernas y, llegado el momento, entre quienes escuchaban las palabras que con obvios tintes condenatorios eran lanzadas desde los púlpitos de algunas iglesias. Como vino a ser costumbre en la época, las críticas pronto alcanzaron el formato de la letra impresa; un buen ejemplo de ello lo constituyó la Dianoia astronómica, óptica, física de 1611, ensayo de Francesco Sizzi, florentino de nacimiento. Entre los argumentos que esgrime está uno que se podría calificar de metafísico —no en el sentido aristotélico sino en el de recurrir a elementos no empíricos— pues remite al significado simbólico que el Medievo atribuía a los números y a la supuesta intervención divina para dotarlos de propiedades que se reflejaban en los objetos y procesos terrestres. En particular, sostenía Sizzi, en el momento de la Creación, Dios privilegió al número siete: siete eran los días de la semana, siete las cavidades craneales e igualmente el número de brazos del candelabro hebraico. Y como era sabido desde la Antigüedad, “sólo siete fueron los planetas creados y colocados en los cielos por Dios, El más Grande”, refiriéndose a los cinco que usualmente eran llamados planetas más el Sol y la Luna. Cabía entonces preguntarse cómo sucedía que un matemático de Padua —Galileo— podía desafiar lo establecido por las Santas Escrituras y sostener que existían cuatro estrellas girando en torno de Júpiter, a las que llamaba Mediceas, llevando a nueve el número de planetas. ¿Tenía plena conciencia de que su afirmación provocaba una fisura en los fundamentos de la filosofía natural que desde el siglo III a.c. se sostenía de manera casi monolítica, salvo por su adecuación a los dictados de la Iglesia durante los siglos XII y XIV? ¿Pensaba que un acto de observación a través de un juego de lentes que mostraban —aparentemente— algo nunca antes visto por la humanidad podía reducir a ruinas el edificio del conocimiento que había levantado el “Maestro de aquéllos que saben”? Al respecto Sizzi respondía que “al igual que una casa se sostiene sobre sus cimientos las ciencias se sostienen sobre sus principios, y si éstos se colapsan es inevitable que, al igual que sucede con una casa, la ciencia se derrumbe”. A la argumentación de Sizzi sobre la inamovilidad de los principios filosóficos se sumaba otra que incidía sobre la veracidad de las imágenes que aportaba el perspicillum, ya que, según el autor, y más allá de toda duda razonable, es fuente de errores aún por determinar. Para comprobar que así sucedía bastaba tomar un “cuerpo óptico esférico” como lo podría ser un recipiente de vidrio lleno de agua y observar a través de él una fuente luminosa, una vela o una hoguera en la chimenea.
Como sería fácil observar, la imagen contemplada a través del recipiente aparecía deformada y su aspecto cambiaba si el origen de la imagen o el observador cambiaban, aunque fuera ligeramente, de posición. ¿Qué certidumbre se podría entonces tener acerca de la existencia de un objeto visto a través del telescopio para certificar la correspondencia entre un objeto y su imagen, sobre todo si se consideraba que lo observado eran objetos tan lejanos como la Luna o el mismo Júpiter? Con algo de condescendencia, sincera o fingida, Sizzi ofrece a Galileo una salida, sugiriendo que tal vez las noticias publicadas en el Sidereus Nuncius no eran sino juegos ingeniosos elaborados por el matemático de la Universidad de Padua para intentar destruir la credibilidad de nociones compartidas por todos desde hacía siglos. Para ello utilizaba esas máquinas productoras de ilusiones que por sus efectos ponían “a prueba a las mentes ignorantes”. Desde esta perspectiva Galileo aparecía menos como un observador de la naturaleza y más como un ejecutor de trucos, a la manera de los que presentaba Giambattista della Porta en 1558 en su Magia Naturalis, cuyo Libro xvii estaba dedicado a efectos e ilusiones que se podían producir mediante el uso de lentes y espejos. Della Porta, antes de formar parte de la prestigiada Accademia dei Lincei —que tuvo en Galileo a su miembro de mayor prestigio, cuyo nombre apuntaba a sus esfuerzos para contribuir al triunfo de la verdad científica sobre la ignorancia—, había sido miembro de la Accademia Secretorum Naturae cuyo nombre la hacía sospechosa de ocuparse de cuestiones vinculadas con lo “oculto”, con la hechicería y la necromancia. Por su parte, la seguridad que tenía Galileo en la veracidad de las imágenes que contemplaba a través de su instrumento —la cual aumentaba en la medida que su destreza para lograr mejores lentes y por ende aumentar y afinar las imágenes que recolectaba—, le llevaron a no cejar en su empeño por mostrar urbi et orbi las virtudes del cannochiale —otro nombre con el que se refería a su artilugio— y a buscar las justificaciones pertinentes acerca de su funcionamiento, en particular en lo que se refería a técnicas de observación y de medición. Mejoró las primeras mediante el uso de una base donde fijar el tubo con las lentes; mientras de las segundas, vinculadas con el problema más general de la medición en las disciplinas que se ocupaban de la naturaleza, se ocupa en su Discurso sobre los cuerpos flotantes, de 1612, donde le confiere supremacía a las tesis arquimedianas en detrimento de las aristotélicas, tan apreciadas por los filósofos naturales que hasta entonces detentaban el poder en los círculos académicos italianos. En ese Discurso se proponía algo que a cualquiera de sus lectores le parecería inalcanzable: realizar observaciones de Júpiter y de sus satélites y lograr mediciones de sus posiciones con un error “muy inferior a pocos segundos de arco”. Si esto fuera posible, bien lo sabía Galileo, le permitiría resolver el problema del cálculo de la longitud geográfica de un barco en altamar, uno de los problemas prácticos más importantes de la época. El “ojo artificial” y el “telescopio natural”
Otro movimiento o estrategia crucial para promover la aceptación del telescopio como instrumento que generaba imágenes confiables fue vincularlo estrechamente con el ojo, al grado de acuñar la noción de “ojo artificial”. A ello contribuyó Kepler en 1610 al enfatizar que lo único que hacía el telescopio era agrandar los límites de la visión humana mediante un reforzamiento del ojo, al estilo de los anteojos, ya bastante populares entre las élites europeas como consecuencia de las necesidades de mejor agudeza visual generadas por la proliferación de libros a partir de la invención de la imprenta de Gutenberg. Dentro de esta corriente de legitimización epistemológica del telescopio también se puede traer a colación un tratado español acerca de la teoría y graduación de los anteojos —Uso de los antojos (sic), publicado en 1623— de Benito Daza de Valdés. En este pequeño tratado se afirma que los anteojos funcionan a “imitación y semejanza” de lo que ocurre entre los que se ven afligidos por una incapacidad para ver bien de lejos o de cerca. El “arte”, nos dice, logra con las lentes convexas una imitación perfecta de la cortedad de visión y explica que lo que sucede a quienes no logran ver objetos lejanos con claridad es equivalente a que sus ojos estuvieran equipados internamente con lentes convexas. Lo relevante del argumento de Daza es que conceptualiza el comportamiento óptico de las lentes en términos de visión y lo presenta como si esto no fuera algo nuevo sino una noción que por lo menos flotaba en los círculos de quienes trabajaban con lentes y telescopios. Dado que para entender estas cuestiones, “uno debe haber estudiado matemáticas”, se recurre al ojo como referente analógico para hablar de lentes y sus efectos.
Siguiendo patrones semejantes de argumentación, Christopher Scheiner, afamado astrónomo jesuita, dedica el segundo libro de su Rosa Ursina, en 1637, a los fundamentos ópticos del telescopio, además de enfatizar la “afinidad y dependencia mutua del ojo con el ‘tubo’ —otro nombre usual en los primeros años— y del ‘tubo’ con el ojo”, recurre a la fórmula de que “el ojo es un telescopio natural y el telescopio un ojo artificial”. Y agrega que tan ligados podían estar ojo y telescopio, que entre ellos existe una harmonia, y la unión entre ambos durante el acto de observación es una especie de cópula o “unión íntima”. Una consecuencia de estas especulaciones, en las que el plano retórico se llevaba la palma, fue que el telescopio vino a ser conceptualizado en términos del funcionamiento del ojo, en tanto que era visto como una prolongación, refuerzo o complemento de éste, pero no podía ser entendido como un instrumento que funcionara de manera independiente del órgano visual. Al concebirlo como una prótesis que perfeccionaba la visión humana, la atención se centraba en la continuidad entre el objeto que se percibía y su imagen en la mente, con el telescopio y el ojo como elementos intermedios. De ahí la confianza en la correspondencia fiel entre el objeto y su percepción por el sujeto. Así, el peso que desde finales del siglo xv se le concedía al ojo como instrumento de conocimiento, resultado de un desplazamiento epistemológico hacia lo natural y su evidencia, le fue transmitida al telescopio mediante la analogía y la concordancia, cuando era factible comprobarlas, entre el objeto y su imagen a través del telescopio. Así, el otrora “tubo” de Galileo se vio investido con la seriedad y relevancia otorgada al ojo por ser el principal de los sentidos que el Creador había conferido a la humanidad para que se condujera hacia su destino manifiesto: entender el mundo.
“Veo grandes y muy admirables maravillas”
“Veo grandes y muy admirables maravillas propuestas a los filósofos y astrónomos y, si no me equivoco, a mí también; veo que todos los amantes de la verdadera filosofía son invitados a emprender la contemplación de grandes cosas”. Así describía Kepler la emoción que le producía vivir en esa época de cambios y de la que él mismo era un actor y no mero testigo. Por ello invitaba a Galileo a que mostrara más audacia y se sumara, abiertamente, al todavía pequeño grupo de los copernicanos, “esperando ardientemente que ésta mi carta te sirva […] para proceder con el apoyo de un partidario en contra de los atrabiliarios enemigos de las novedades, a quienes se les antoja increíble, profano y nefando cuanto desconocen y cuanto excede los límites acostumbrados de las minucias aristotélicas”. Había otros más descubriendo “maravillas”, aunque éstas apuntaran en otra dirección o no fueran tan claras en el contexto que se situaban. Ahí estaban los jesuitas que presumían de tener un “espejo para mirar a las estrellas [speculum constellatum] y con el cual el rey podía mirar claramente lo que su Majestad deseaba conocer […] y no había nada tan secreto ni nada que se dijera en la privacía de otros Monarcas que no pudiera ser visto o descubierto por medio de esta celestial, o mejor dicho, diabólica lente”. Y también tenían acceso, se decía, a aquello que ocurría bajo la cubierta protectora de paredes, murallas o cualquier cosa que impidiera la visión directa o la escucha de conversaciones. Faltos de los conocimientos adecuados, hacían pasar como un hecho lo que en nuestros días sólo podría ser calificado, de existir, como un acto de magia. Y acto de magia parecía también entrever lo nunca antes visto y por ello no saber qué hacer de aquello. Cuando ya se pensaba que las estrellas habían revelado sus secretos, ahí estaba otra vez Galileo para sentar el ejemplo, ahora con relación a Saturno: Galileo lo estudió con su instrumento y le pareció que estaba compuesto por tres cuerpos “en contacto” —tres estrellas alineadas, muy cercanas una de la otra, y la central notoriamente más grandes que las otras—, pero dos años más tarde, al concentrar una vez más su atención en dicho objeto, lo encontró en solitario. “¿Es que Saturno ha devorado —como solía hacerlo el dios mitológico— a sus propios hijos [o] ¿fue, en efecto, una ilusión con la que las lentes me han engañado todo este tiempo?”. Que a fin de cuentas, años después, ocurriera que Saturno poseía un anillo que lo envolvía, lo cual lo hace único entre los demás planetas, era algo en cierta medida tan impactante como los primeros descubrimientos, recogidos en el Sidereus Nuncius. Y lo mismo ocurrió poco antes, cuando se dio cuenta de que había unas manchas sobre el Sol y cuyos desplazamientos constituían evidencia de la rotación sobre sí misma de la gran luminaria, lo que venía a constatar que aún existían objetos o fenómenos por descubrir, que ampliarían los horizontes de la Nueva Filosofía. En 1658 el gran arquitecto inglés Christopher Wren consideró que cuando Galileo dirigió hacia los cielos el telescopio —ya para entonces este instrumento había sido rebautizado con dicho nombre en una reunión que tuvo lugar en 1611 en el palacio de Francesco Cesi—, seguramente sintió que “todos los misterios celestes le habían sido revelados de inmediato. [Y que] los que vinieron después de él no pueden sino mostrar envidia pues creen que difícilmente se puede concebir que hubiera algo más a la espera de ser ubicado en los cielos y que resultara de la misma envergadura que lo presentado en el Sidereus de 1610”.
Conclusión
Galileo mismo había mostrado el camino a seguir, y éste consistía en dejar de lado los libros de los antiguos, dado que “el hombre nunca se convertirá en filósofo ocupándose de los textos de otro hombre”. La experiencia y el análisis matemático, aunados a los principios físicos sobre el comportamiento de los rayos luminosos y la concordancia con lo visto a través de las lentes, hicieron del telescopio el gran instrumento que abrió nuevos mundos a la ciencia. Tan grande fue su impacto que se constituiría en uno de los pilares de la “nueva ciencia”, y por tanto de la filosofía natural. Su nuevo objeto, lo que sería “propio de la filosofía […] sería el gran libro de la naturaleza”. Y lo que ésta ofrecía eran las evidencias que captan los sentidos.
Poco antes, pero en Inglaterra, William Harvey —médico del Rey y descubridor de las rutas que sigue la sangre en el cuerpo humano— declaraba que “aprendía y enseñaba anatomía, no a partir de los libros sino de las disecciones, no desde las cátedras de los filósofos sino a partir de la ‘fábrica’ de la naturaleza”. Este credo sería el faro que encausaría los proyectos y afanes de la Royal Society, y para recordárselo a todos quedó eternizado en el escudo de armas de dicha sociedad: Nullius in verba, “[tomar como verdadera] la palabra de nadie”. Galileo no podría haber estado más de acuerdo con ello.
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Referencias bibliográficas
Galileo 1610 Sidereus Nuncius or The Sidereal Messenger. Traducción e introducción de Albert Van Helden. The University of Chicago Press. Chicago, 1989. Malet, Antoni. 2005. “Early Conceptualizations of the Telescope as an Optical Instrument”, en Early Science and Medicine, vol. x, núm. 2. Naess, Atle. 2005. Galileo Galilei. When the World Stood Still. Springer, Berlín. Reeves, Eileen. 2008. Galileo’s Glassworks. Harvard University Press. Cambridge. |
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| J. Rafael Martínez Enríquez
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
Obtuvo la licenciatura de física en la Facultad de Ciencias, unam, el master in Philosophy por The Open University, Inglaterra. Es profesor de tiempo completo de la Facultad de Ciencias, unam, ha realizado estancias en Italia, Francia y España. Sus áreas de interés son la historia de las matemáticas, la filosofía natural y las relaciones entre las ciencias y las artes, desde la antigüedad hasta el Renacimiento.
como citar este artículo →
Martínez Enríquez, J. Rafael. (2009). Del otro lado del occhiale galileano..¿verdades o quimeras? Ciencias 95, julio-septiembre, 4-17. [En línea]
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