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| César Carrillo Trueba |
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A causa de su inconciencia este país perdió quizás por siglos su libertad
¿y ustedes gritan que son inocentes? ¿Cómo pueden seguir mirando a su alrededor sin sentir terror? ¿Son capaces de ver? Si tienen ojos deberían [como lo hizo Edipo] sacárselos y partir de Tebas.
Milan Kundera,
La insoportable levedad del ser
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Primavera en algún lugar del otro lado de la cortina de hierro.
Policía en gris con abrigo y gorro de piel (¿Boris?).
—Akaba de ocurrir una desgracia, camarrada. El núkleo de uno de los reactores de la Central Nuklear de …pííí… sufrió una fusión y produjo una cantidad de radiactividad que haría morir de envidia al mismo ensayo nuclear que hicieron los amerikanos en Hiroshima. ¿Qué hacemos?
— A-cor-donen la zona e impidan el paso de cualquier periodista—, respondió la voz en el auricular. —A-quí, no ha pasado nada.
Desafortunadamente la información y la radiactividad son llevadas por los vientos y el azar hacia el otro lado del muro, causando conmoción entre la población de los países del Mundo Libre. Los recuerdos de la última Gran Guerra brotan de labios de los viejos y los memoriosos. Parte del territorio de la vieja Europa es bañado por lluvia radiactiva, contaminando cultivos, pastos, bosques, ríos y mares, con Cesio 137, Estroncio 90 y otros elementos radiactivos. El pánico cunde.
Los medios de información alertan al público. —El Cesio 137 es asimilado por el tejido vegetal de los cultivos y pastos y, por medio del suelo, en la raíz— afirma un locutor con cara de consternación. —Esto puede provocar que la contaminación de los pastos dure más de un año. Las vacas que se alimentan del pasto producen leche cuya concentración de Cesio 137 es mayor a la que contienen su misma carne o las frutas y verduras expuestas a la radiactividad. La leche es el alimento de consumo humano que mayor concentración de elementos radiactivos puede vehicular— concluye.
—Al ser ingerida la leche contaminada, el Cesio 137 es absorbido por tejidos suaves, como el intestino, músculos y huesos del organismo humano— se escucha en la radio. —En mujeres embarazadas es trasmisible directamente al feto, afectándolo con la misma intensidad que a la madre debido a que la placenta es incapaz de impedir su paso. A dosis altas se produce cáncer en los órganos que absorben el Cesio 137— afirma la voz con solemnidad.
La alarma sonó en toda Europa y el miedo a la ingestión de cualquier alimento susceptible de estar contaminado se apoderó de sus habitantes. Toneladas de productos tuvieron que ser destruidos. No obstante, en ese mar revuelto, algunos buscaban obtener provecho comprando productos a un ínfimo precio con la idea de colocarlos en países lejanos, ajenos a la psicosis, no informados: el llamado Tercer Mundo.
Oficina de una empresa en una pequeña isla que todavía se niega a ser parte de un imperio que ya no existe. En la puerta se lee I… Dairy Board y An Board Baine Coop Ltd. La cabeza de alguien que abre la puerta tapa parte de la primera palabra. Un tipo hace una llamada.
—¿Aló? ¿Sí? Sr. Director de compras. Sí. Como le digo, tenemos los mejores precios de todo el mercado en leche en polvo y mantequilla. Cualquier cantidad. ¿Radiactividad? Bueno, un poco más de lo permitido. Usted sabe, el accidente aquél. ¿No? Bueno, ni hablar. Adiós.
Voltea hacia el personaje que entró. —Los brasileños se niegan a comprar una onza. ¡Bah! Y los filipinos dijeron lo mismo.
—Yo tampoco tengo muy buenas noticias, boss— contesta el otro. Los venezolanos dijeron que nos fuéramos mucho a no sé donde. No entiendo muy bien su inglés.
—Parece que no va a ser fácil. En un acto humanitario, alguien intentó regalarla a Ghana, y, no te lo puedes imaginar, ¡muy dignamente dijeron que no! ¡Que se sigan muriendo de hambre!
De una de las puertas que comunican a otras oficinas, sale una mujer. —¡Lo tengo! Una compañía estatal de… pííí… está interesada en la compra. El país de la dictadura perfecta, como le llaman (ojo, falla cronológica. Este apelativo es posterior a la caída del muro. Buscar otro). Consa o algo así se llama. Su director dice que no habrá problema alguno. Que incluso nadie hará caso al embajador de su país en Brasil, quien ya envió un aviso para prevenirlos de que con certeza tocaríamos a su puerta ofreciendo el producto. El big boss de la compañía estatal, Cona no sé qué, es un hombre muy influyente, es algo de alguien cercano al presidente.
—¡Esto amerita un trago!— dice el jefe sacando una botella de whisky del cajón de su escritorio.
Invierno del mismo año. Paisaje de palmeras borrachas de sol. En camisa de mangas dos personajes platican.
—Tenemos problemas. Se ha corrido la voz de que el cargamento de leche que nos recomendaron está muy contaminado. De radiactivida’, dicen. Parece que una de las compañías comercializadoras de leche se enteró y mandó hacer análisis.
—¿Qué no era para los desayunos escolares? Nadie se habría dado cuenta así.
—No. Parece que la vendieron a precio normal y le sacaron mucha lana. Aunque después fue a parar a algunas escuelas, como la naval, que está cerca de aquí.
—A mí me dijeron que llegarían otros cargamentos y que habría más chamba. Ya veremos…
Centro de la gran urbe. Oficinas de lujo. Detrás de un escritorio un hombre vestido de traje gris habla por teléfono.
—Ya salió el peine. Me acaba de llegar el reporte de la compañía… pííí… que compró parte del lote contaminado. Ya lo mandaron a analizar y parece que sí esta grueso. Dicen que tiene más de 700 beque-re-lios. No sé que será, pero parece que es grave. Con razón estaba tan barata. Hay que ver cómo lo resolvemos. Mantén alejada a la prensa. Por lo pronto, aquí no ha pasado nada.
Días después. Mismo sitio. Varios hombres de gris discuten acaloradamente.
—La cosa no está fácil— explica uno de ellos. La Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguarda tomó muestras al azar en los supermercados y las analizó. Yogurts, leche y queso de diferentes compañías están llenos de radiactividad. Después analizaron el cargamento que está en nuestras bodegas y resulta que está muy contaminado.
—También inspeccionaron las bodegas de las compañías que nos compraron de ese lote de leche— comenta otro. Por suerte ya habían comercializado una buena cantidad.
—Acabo de hablar con el jefe y me dijo que él va a parar todo esto— afirma con determinación el que convocó la reunión en su oficina. —Parece que el acuerdo será que no se distribuya y que no se difunda nada en los medios. Aun así, el cargamento es una fuerte evidencia que nos puede reventar en las manos en cualquier momento. No se puede quedar allí.
—No se preocupe, jefe. Las bodegas no son caja fuerte y ellos no saben exactamente cuánta leche queda en total— comenta con tranquilidad otro de los presentes. —Ya habrá manera de hacerlos circular.
—Eso no me preocupa tanto— contesta el jefe. —El problema es que ya hay una alerta y todavía faltan cargamentos por llegar. Necesitamos mucha discreción y todo el apoyo de arriba. Que no nos vayan a dejar colgados.
Hojas de almanaque que se desprenden.
Junio 3.
Imagen de un barco en el puerto. Procedente de… pííí… llega el barco Adventure con 5569 toneladas de leche en polvo y 138890 kg de mantequilla.
Junio 13.
Del buque Tenacious desembarcan 5569 toneladas de leche en polvo y 56550 kg de mantequilla procedente del mismo país.
Titulares de periódico se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Julio 1. Leche radiactiva. La Asociación de Estudios para la Defensa del Consumidor denuncia su comercialización en el país.
Julio 6. México mantiene un estricto control sanitario, afirma el secretario de Agricultura acerca de la supuesta comercialización de leche radiactiva.
Hoja de almanaque que se desprende.
Noviembre 1. El barco Rmija llega con 5820 toneladas de leche radiactiva y 56550 kg de mantequilla a través de la misma compañía.
Diciembre del mismo año. Ambiente navideño en un bar de la capital. El mismo grupo de hombres de traje gris parece celebrar algo. En el centro de la mesa una botella de Presidente.
—¡Lo logramos!— dice uno de ellos levantando su cuba. Nos ganamos una buena lana. Miles de toneladas de leche facturadas casi al precio normal. Y sin un solo periodicazo. ¡Todo un éxito!
—Me acuerdo de esa reunión en que se discutió el análisis que realizaron los laboratorios de nuestra única y gloriosa central nuclear, que dictaminaba muy pomposamente que la leche contenía grandes cantidades de Cesio 137 y Estroncio 90 —ríe otro de ellos. Todo eso se tuvieron que guardar. Hasta el sector salud tuvo que cerrar la boca. Ja, ja, ja…
—Un año más y nuevo gobierno sentenció el jefe. Todo habrá quedado atrás y aquí no pasó nada. ¡Salud! —¡Salud!— respondieron a coro.
Titulares de periódicos se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Enero 22. Grupo de ciudadanos alerta sobre la leche radiactiva. 3700 toneladas se encuentran en las bodegas de El puerto.
Enero 26. El secretario de Salud acepta que hay leche contaminada en el país. 3000 de las 11000 que entraron, estarían contaminadas.
Enero 29. Robo hormiga de 1000 toneladas de leche radiactiva. Se presume que se ha comercializado.
Febrero del siguiente año. Presidencia Nacional. Reunión del presidente con la parte del gabinete involucrado en el asunto y el gobernador del estado en que se encuentra la H.H.H. ciudad en donde desembarcaron los cargamentos y la única central-nuclear-orgullo-del-país. El presidente todo en gris; su traje, su cabello, su rostro, su actitud. El vocero de la Presidencia da lectura a los acuerdos de la reunión.
—La leche que se compró a… pííí… se encuentra en su mayoría dentro de las normas internacionales. Pero, en virtud de la intranquilidad que se ha manifestado en un amplio sector de la sociedad, se ha decidido que la totalidad de la leche en cuestión sea devuelta al país de origen.
—Aquí no ha pasado nada— dice el presidente al oído de uno de sus secretarios de economía.
Seis + 1 año después. Titulares de periódicos se acercan girando a la cámara y se fijan llenando el cuadro.
Diciembre 12. Ciudadanos piden investigación a fondo acerca del caso de leche radiactiva. El Congreso debe abrir el dossier.
Enero. Se crea una comisión en el Congreso para investigar el caso de la leche radiactiva. Podría involucrar a funcionarios de la antigua administración.
3 de julio. Confirmado: la leche importada estaba contaminada. Conclusión de la comisión de la cámara.
Septiembre 26. En un café del centro de la gran ciudad. El antiguo jefe y uno de sus compinches están sentados en una mesa —unos kilos de más y cabello y bigote ya canosos. El jefe tiene el periódico abierto. Se cierra el caso de la leche radiactiva, reza el encabezado de la primera plana.
—Creo que ahora sí la libramos— dice a su compinche.
—Qué lástima que nuestro querido… pííí… haya caído en prisión— contesta el otro. —Seguro que no va a durar mucho. Con tanto poder que tiene su hermano.
—Quién sabe. La vida es una ruleta.
Pero por lo pronto a nosotros ya nos la pelaron —afirma moviendo los brazos hacia atrás con las dos manos cerradas. —Podrán hacer mucho escándalo, pero en el Congreso nos la pelan. Ja, ja, ja ... ¡Señorita!, la cuenta por favor.
THE END
Epílogo en dos tiempos
La realidad
Como mucho se ha dicho, la realidad rebasa la ficción con gran frecuencia. El accidente nuclear que da origen a esta historia es el que ocurrió en la central nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986, y que emitió una cantidad de radiactividad 200 veces superior a la producida por las bombas de Hiroshima y Nagasaki juntas. La nube que produjo fue detectada por los suecos el 28 de abril y el 3 de mayo cubrió parte del territorio de Inglaterra y casi todo Irlanda. Las compañías irlandesas que estuvieron tratando de colocar leche y mantequilla radiactiva Irish Dairy Board y An Board Baine Coop Ltd. tienen su sede en Dublín y su representante en México era Eduardo Cavazos. El embajador de México en Brasil que alertó al gobierno de los intentos de estas compañías por vender leche contaminada fue Antonio González de León. La paraestatal que compró la leche fue Conasupo por medio de Liconsa.
El primer embarque con leche radiactiva llegó a México en junio de 1986. A partir de entonces, durante ese año se importaron más de 28000 toneladas de lácteos procedentes de Irlanda. Aun sabiendo que había productos contaminados en busca de mercados, el gobierno mexicano nunca realizó análisis alguno para asegurarse de que no hubiesen entrado al país. Afortunadamente, una empresa que compraba leche a Conasupo hizo análisis de ésta y encontró que poseía una gran cantidad de elementos radiactivos (700 bequerelios por kg cuando la cantidad máxima tolerada internacionalmente es de 375 y la norma nacional fue establecida en 50), e informó a Conasupo acerca de ello. Sin embargo, haciendo caso omiso, el gerente comercial de la paraestatal, Gustavo Luna Garnica, firmó un contrato para otra compra. En 1987 se importaron 39000 toneladas de lácteos procedentes de Irlanda, parte de las cuales llegó en los barcos que se mencionan por sus verdaderos nombres y que atracaron en el puerto de Veracruz.
En marzo de 1987, a petición de Conasupo, la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguarda toma muestras de productos lácteos de venta en tiendas y encuentra que los niveles de radiactividad son muy elevados en algunos, como los pertenecientes a la compañía Weyth Vales, que produce leche maternizada, y que pueden causar daño al consumidor. La información se mantiene a nivel estrictamente confidencial y se decide no comercializarla. Se intenta diluir con leche no radiactiva a fin de disminuir la cantidad de elementos radiactivos, pero no se logra. Ante este fracaso, el área de comercialización distribuye casi toda la leche contaminada y el total de la mantequilla.
Se sabe que en la escuela naval Antón Lizardo, en Veracruz, se encontró que la leche que consumían los alumnos estaba contaminada con Cesio 137 y Estroncio 90. Se comienza a correr el rumor de la existencia de leche contaminada. No obstante, durante el año de 1987 el gobierno logra controlar el flujo de información. Según los anuarios estadísticos de Comercio Exterior, a lo largo de la segunda mitad de 1986 y todo 1987 ingresaron al país más de 50000 toneladas de leche radiactiva y 2000 de mantequilla, aunque de acuerdo con los datos de la Dirección de Servicios Portuarios de Veracruz, fueron 80000 toneladas de leche.
En enero de 1988 el Grupo de los Cien denuncia públicamente la existencia de leche radiactiva. La Secretaría de Salud acepta entonces que 3000 toneladas sí están contaminadas. Los involucrados argumentan que se compró a muy buen precio y que por eso contiene cierta dosis de radiactividad. El precio de una tonelada en los Estados Unidos era de 800 dólares y ellos, dicen, pagaron 790.
En febrero, el gobierno de Miguel de la Madrid da por cerrado el caso declarando que aunque contaminada, la dosis de radiactividad que tiene la leche no rebasa las normas establecidas, pero que la devolverá.
En diciembre de 1995 el Grupo de los Cien y Greenpeace solicitan que se haga una investigación en torno a la importación y comercialización de leche radiactiva y que se castigue a los culpables. Se forma una comisión pluripartidista en la Cámara de Diputados. Tras varias discusiones y una amplia cobertura en la prensa, en septiembre de 1996 los diputados del PRI que participan en la comisión, con apoyo de la mayoría absoluta de que goza este partido en la cámara, deciden cerrar el caso.
La ilusión
Marzo de 1998. Portales del Puerto de Veracruz. Un joven marino, casi sin pelo ni cejas (¿en quimioterapia?), mira los titulares de los periódicos en un puesto. Leche radiactiva: Cayeron los culpables, Impotencia del PRI ante el caso Conasupo, son algunos de los encabezados de los principales diarios. El marino se detiene a leer uno de ellos. A pesar de la oposición del PRI, tras reabrirse el caso en la nueva Cámara de Diputados, se hace un juicio a los participantes en el caso de la leche radiactiva. Dos están prófugos; la PGR les sigue los pasos. Una leve sonrisa se esboza en su rostro. Ahora sí les pasaron la cuenta —dice para sus adentros.
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Referencias Bibliográficas
IPCS, 1983, Selected Radionuclides, World Health Organization.
Fuentes hemerográficas
La Jornada, El Financiero, Proceso.
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Agradecimientos
Agradezco a Alejandro Calvillo, de Greenpeace, la información proporcionada para la elaboración de este texto. Ilustraciones de Saul Steinberg.
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Carrillo Trueba, César. 1997. Leche radiactiva. Historia de una infamia. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 34-38. [En línea].
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| Rafael Martínez Lugo y Felipe García Oliva |
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En nuestro planeta, la presencia de material radiactivo
siempre ha existido en pequeñas concentraciones naturales. Sin embargo, en el presente siglo estas concentraciones han sido modificadas por procesos artificiales, como las pruebas nucleares que han contribuido con más de 99% del inventario de radionúclidos incorporados al ambiente y por accidentes nucleares ocurridos en varias partes del mundo, que han aportado menos del uno por ciento de dicho inventario. Estos procesos han incorporado nuevos radionúclidos al ambiente, como el caso de 137Cs.
Con el uso de las tecnologías nucleares actuales, el hombre se enfrenta a una nueva contaminación que no existía anteriormente. Por lo anterior, la investigación sobre el comportamiento de los radionúclidos en el ambiente es una prioridad, pero a pesar de los esfuerzos que se han realizado en todo el mundo, es muy poco lo que se conoce al respecto en los países de las regiones tropicales, incluyendo a México.
El Cesio 137 y los ecosistemas
El 137Cs es uno de los radionúclidos más importantes generados por accidentes nucleares. Tiene una vida media de 30.1 años, lo que garantiza una larga permanencia en los lugares donde se deposita. Igualmente, emite radiación gamma de 662 Kev con abundancia del 85% que puede ser detectada fácilmente por los sistemas de medición.
El cesio es un metal alcalino como el potasio, por lo que puede tener un comportamiento metabólico parecido a este elemento. Sin embargo, la forma estable del cesio (133Cs) es poco abundante en la biósfera y la corteza terrestre. El isótopo radiactivo (137Cs) es uno de los productos más importantes de la fisión nuclear; aproximadamente se generan 6 átomos de 137Cs por 100 fisiones, independientemente de si fue producto de fisión de uranio o de plutonio.
La incorporación de 137Cs a la atmósfera ha sido resultado de las pruebas nucleares en la década de los años sesenta. Los eventos de mayor precipitación radiactiva ocurrieron entre 1962 y 1964 y se ha calculado que la incorporación de 137Cs al ambiente hasta 1980 fue de 9.6 x 1017 Bq, de la cual 76% fue depositada en el Hemisferio norte y el 24% restante en el Hemisferio sur. Posteriormente, después del accidente de Chernobyl en 1986, hubo una nueva emisión de 137Cs estimada entre 4 y 7 x 1016 Bq.
Las principales formas de precipitación son sólidas o líquidas, siendo estas últimas mucho más importantes. Por ejemplo, después del accidente de Chernobyl, se estimó que la actividad de 137Cs en la lluvia fue 350 veces mayor que la del aire. Una vez que entran los aerosoles radiactivos a la atmósfera, éstos son atraídos a las nubes por un efecto de cambio de presiones en la atmósfera. A este efecto se le conoce como aspiradora. Cuando entran los aerosoles a las nubes algunos crean núcleos higroscópicos (pequeñas partículas sólidas suspendidas en el aire) y sobre ellos se condensa el vapor de agua, por lo que se forma la gota que más tarde se precipitará como lluvia. La actividad de 137Cs en la lluvia depende de las condiciones particulares de cada evento de lluvia.
Después de que entra en la atmósfera, el 137Cs es transportado en el aire y posteriormente se precipita sobre la superficie de la Tierra. La distribución global de la precipitación de 137Cs no es uniforme. Dicha precipitación varía respecto a la distancia a la que se encuentre de la fuente atómica inicial, los factores climáticos y la latitud. En el Hemisferio norte, los sitios cercanos al ecuador presentaron mayor precipitación total de 137Cs respecto a aquéllos cercanos al Polo. A nivel regional, la precipitación de 137Cs depende directamente de la cantidad de lluvia anual y la dirección de los vientos.
El 137Cs que entra al suelo es rápidamente removido de la solución de agua del suelo y fuertemente adsorbido por las superficies de intercambio catiónico (principalmente arcillas y materia orgánica del suelo). Inclusive, en algunos tipos de arcillas como la vermiculita, el 137Cs puede quedar atrapado entre las laminillas de la arcilla, mismo que es liberado hasta que éstas son intemperizadas. Debido a lo anterior, el 137Cs es difícilmente lixiviable (lavado), por lo que se mantiene en las capas superficiales del suelo mucho tiempo después de su precipitación. El largo tiempo de residencia del radionúclido en el suelo se explica por los siguientes factores (ver figura de recuadro):
1) Fuerte adsorción química en las superficies de intercambio catiónico, sobre todo asociado a las arcillas.
2) Alta inmovilización del 137Cs por las poblaciones de microorganismos del suelo. En trabajos experimentales se ha demostrado que tanto los hongos como las bacterias tiene alta capacidad de retener 137Cs. Una vez que mueren los microorganismos, la biomasa microbiana muerta se descompone por otro grupo de microorganismos, por lo que se mantiene en constante reciclaje dentro del suelo.
3) Absorción de 137Cs por plantas y micorrizas. Las micorrizas son hongos asociados a las raíces de las plantas que le facilitan la toma de nutrientes y agua. Después del accidente de Chernobyl se demostró que las micorrizas tienen una gran capacidad de absorber y acumular 137Cs en sus cuerpos frutales.
4) Estructura física del suelo. Ésta desempeña un papel muy importante al retener el 137Cs inmovilizado tanto en los microorganismos como en las arcillas. Por lo que la única manera de que se pierda es por medio del movimiento de los agregados del suelo por erosión.
A pesar de que el gran porcentaje del 137Cs es inmovilizado en el suelo, una fracción es absorbida por las plantas, y de esta manera ingresa a la cadena trófica. Los suelos con poca biomasa microbiana o con pocos contenidos de arcillas tienen menor capacidad de retención de 137Cs y por lo tanto existe mayor posibilidad de que el compuesto sea absorbido por las plantas. Esta situación es muy común en suelos de zonas tropicales.
La transferencia de 137Cs a las plantas puede ser por dos vías: depósito directo en la superficie de las plantas o por absorción de las raíces. Esta última vía depende básicamente de la capacidad de inmovilización que tiene el suelo. La absorción de 137Cs del suelo se incrementa cuando el potasio está poco disponible. Metabólicamente, el 137Cs sustituye al potasio, y por lo tanto, tiene gran movilidad dentro de la planta. El potasio es considerado como uno de los macronutrimentos de la plantas, por su importancia en procesos metabólicos, como la fotosíntesis. En estudios realizados en Gran Bretaña después del accidente de Chernobyl se ha encontrado alta concentración de 137Cs en plantas y ovejas.
Cuando el ganado consume forraje contaminado con 137Cs, éste se incorpora al tejido de los animales. La leche es uno de los productos más vulnerables a la contaminación con 137Cs, ya que este radionúclido es transferido a la leche en mayor cantidad que el potasio. Se ha estimado que alrededor de 10% de 137Cs ingerido por una vaca es secretado diariamente en la leche, por lo que en 10 días ha secretado 100% del 137Cs ingerido. Cuando existe contaminación radiactiva, la entrada de 137Cs a la dieta humana se lleva a cabo por medio del consumo de cereales, carne y principalmente leche, mientras que los frutos y vegetales aportan cantidades menores.
En el cuerpo humano, los compuestos con cesio son muy solubles en los fluidos corporales. En condiciones experimentales se ha estimado que la absorción intestinal del cesio es de 100%, y en dietas normales es de entre 50 y 80%. El 137Cs migra rápidamente al interior de la células y se acumula principalmente en tejidos suaves. Entre las principales enfermedades que se producen por el 137Cs son diversos tipos de cánceres que atacan a diferentes tejidos.
De todo lo anterior, es posible concluir que la capacidad de transferencia de 137Cs a la dieta humana depende de muchos factores, lo que hace muy complejo su estudio. Pero uno de los elementos claves es el suelo, ya que éste puede reducir drásticamente dicha transferencia, aumentando su capacidad de inmovilización del radionúclido.
Conclusiones
A pesar de que en la actualidad cada vez son más los países que usan la energía atómica, poco se conoce sobre el comportamiento de los radionúclidos en los ecosistemas, de las consecuencias de su incorporación y de las probables alternativas para reducir sus efectos nocivos, ya sea eliminándolos o aislándolos. Por lo anterior, es importante el desarrollo de estudios que aborden estos problemas. El 137Cs es un buen indicador para este tipo de estudios, debido a su abundancia en las fisiones nucleares y a su larga vida media.
Como se ha mencionado anteriormente, el suelo desempeña un papel muy importante en la reducción de la transferencia del 137Cs al ser humano, ya que una vez que entra en la cadena trófica es sumamente móvil. Para ello, es importante hacer estudios interdisciplinarios donde se comprendan claramente los factores edáficos que determinan la capacidad de transferencia de 137Cs, así como también los probables mecanismos para poderlo aislar.
Debido a que en México existe una planta nucleoeléctrica en operación (Laguna Verde), el desarrollo de estas investigaciones es importante. Para ello es necesario desarrollar conocimiento y tecnologías aplicables a las condiciones de México y no sólo importar las que han sido generadas en otros países, para condiciones ambientales muy diferentes. En la actualidad, México cuenta con la infraestructura académica y las técnicas de laboratorio necesarias para desarrollar este tipo de estudios.
Agradecimientos
Los autores agradecemos a las siguientes personas: Raúl Ortiz Magaña, Ernesto Araico Salazar, Manuel Maass y Sonia Álvarez-Santiago por sus comentarios y apoyo en la elaboración del presente trabajo, a la Estación de Biología Chamela, IB-UNAM, por el apoyo logístico durante el trabajo de campo, a las autoridades y personal de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias por las facilidades en los análisis por espectrometría gamma. Es importante mencionar que esta investigación fue posible gracias al apoyo económico de DGAPA-UNAM.
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Referencias Bibliográficas
Bennett, B. G., 1990, “Worldwide radiation exposure from the Chernobyl accident”, en: Environmental Contamination following a Major Nuclear Accident, vol. 2, IAEASM-306 94, Viena, pp. 251-260.
Fredriksson, L., R. J. Garner and R. S. Russell, 1966, Caesium-137, en: R. S. Rusell (ed.) Radioactivity and human diet, Pergamon Press, pp. 317-352. García-Oliva, F., R. Martínez y J. M. Maass, 1995, Long-term net soil erosion as determined by 137Cs redistribution in undisturbed and perturbed tropical deciduous forest, Geoderma 68: 135-147. García-Oliva, F., R Martínez y J. M. Maass, 1995, Soil 137Cs activity in a tropical deciduous ecosystem under pasture conversion in Mexico, J. Environ. Radioactivity, 26: 37-49. Haselwandter, K., M. Berreck y P. Brunner, 1988, Fungi as bioindicators of radiocaesium contamination: pre and post-Chernobyl activities, J. Br. Mycol. Soc., 90: 171-174. NERC, 1993, Radiocaesium in natural systems- a UK coordinated study, J. Environ. Radioactivity, 18: 133-149. |
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Rafael Martínez Lugo
Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias.
Felipe García Oliva
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Martínez Lugo, Rafael. García Oliva, Felipe. 1997. La contaminación radiactiva en los ecosistemas. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 28-32. [En línea].
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| María Cristina Piña Barba |
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A diario estamos expuestos a la radiación sin siquiera
darnos cuenta, especialmente a la radiación electromagnética que abarca un gran espectro de frecuencias que pueden causarnos desde molestias hasta daños muy graves, por ejemplo, la radiación solar tomada indiscriminadamente puede causarnos lesiones en la piel que pueden ir de lo leve hasta el cáncer de piel, puede causar daños irreparables en la visión, etcétera. En algunos laboratorios, se emplea la luz UV como bactericida, o para modificar algún fenómeno en el que se requiere suministrar alta energía en una zona de área pequeña como sucede con los fenómenos de termoluminiscencia.
La radiactividad es un fenómeno nuclear ya que se produce en el seno de los núcleos atómicos, ocurre durante la desintegración espontánea del núcleo y tiene como efecto la emisión de rayos α y β, y cuando los neutrones y los protones dentro de un núcleo se arreglan espontáneamente a sí mismos se producen los rayos gamma (γ).
A partir de fines del siglo pasado, se comenzó a estudiar la radiactividad y su empleo, en beneficio y en prejuicio del hombre. Fue Marie Curie la primera en observar el elemento radio emitir una intensa luz, por ello los bautizó con el nombre de elementos radiactivos.
¿Cómo se produce la radiactividad?
Un átomo consiste en un núcleo de volumen pequeño que contiene casi toda la masa atómica y que está cargado positivamente, rodeado por una nube de electrones que se mueven en un volumen atómico mucho mayor. Se sabe que las propiedades químicas de los elementos están determinadas por los movimientos de los electrones extranucleares, de modo que todos los átomos con el mismo número atómico tienen las mismas propiedades químicas. Las masas de todos los núcleos son aproximadamente un número entero de veces una masa muy cercana a la del protón, que constituye al átomo de hidrógeno. Sin embargo, existen elementos con el mismo número atómico pero de diferentes masas, su existencia puede inferirse de los diferentes pesos atómicos del plomo y otros elementos producidos en las cadenas atómicas radiactivas naturales. A estos átomos se les llama isótopos, de la palabra griega que significa “mismo lugar” y hace referencia a que los isótopos de un mismo elemento ocupan el mismo lugar en la Tabla Periódica.
La mayor parte de los núcleos que se encuentran en la naturaleza son estables, las partículas que los forman se denominan nucleones, y son los protones y los neutrones. Entre ellos actúan las fuerzas nucleares que los mantienen unidos y que son mucho mayores en magnitud que las fuerzas eléctricas de repulsión originadas también entre ellos.
Los núcleos son estables a medida que ocupan el estado de energía más bajo posible, lo que no sucede con un núcleo radiactivo, debido a que su estado de energía es tan alto que puede emitir radiación en forma espontánea y desintegrarse en núcleos más pequeños, fenómeno conocido como decaimiento radiactivo.
Podemos hacernos una idea de la magnitud de las fuerzas nucleares si empleamos la ecuación masa-energía de Einstein:
E = mc2
El átomo de deuterio tiene un núcleo compuesto por un protón y un neutrón, es el núcleo más simple que existe en el que fuerzas nucleares enlazan partículas. La masa de un núcleo de deuterio es ligeramente menor que la suma de la masa de un protón más la de un neutrón. La diferencia entre estas masas es lo que nos proporciona el grado de enlace entre el protón y el neutrón en el núcleo de deuterio. Para separar al protón del neutrón sería necesario proporcionarle a este núcleo una gran cantidad de energía (2.224 megavoltios). Si la energía suministrada es mayor, el resto de la necesaria para separar los nucleones se transforma en energía cinética de las partículas.
Si un neutrón lento, es decir, un neutrón que viaja a muy baja velocidad se encuentra con un núcleo de hidrógeno, éste puede capturarlo debido a que el nuevo sistema formado resulta más estable que el inicial, la relación masa-energía del nuevo átomo es menor que la del átomo de hidrógeno más el neutrón libre y la diferencia en la energía se irradia en forma de rayo gamma (γ) (figura 1). A esta emisión es lo que se denomina radiactividad.
La emisión de partículas radiactivas
Las partículas α
El hecho de que ciertos elementos radiactivos emitan partículas α fue uno de los primeros descubrimientos en los albores de la física moderna. En 1908 fue Rutherford quien demostró concluyentemente que las partículas α eran núcleos de 4He. Si un núcleo emite en forma espontánea una partícula α (o rayo α), su número atómico y su número de masa cambian necesariamente, y se forma un nuevo núcleo, al núcleo original se le llama núcleo padre mientras que al producto se le conoce como núcleo hijo. Por ejemplo, en el caso del radio 226Ra, cuyo número atómico es 88, emite una partícula α que tiene un número atómico de 2 y otra, cuyo número A es 4, se forma el 222Ra conocido como radón. Hay 30 materiales que emiten partículas α en las tres cadenas radiactivas que existen en la naturaleza y que se conocen como las series del uranio, protactinio y torio. Éstas comienzan en el 238U, 235U(Pa) y 232Th, y después de un cierto número de decaimientos radiactivos terminan en 206Pb, 207Pb y 208Pb respectivamente, siendo los tres isótopos del plomo materiales muy estables.
Además de la fisión o ruptura en dos fragmentos de masas casi iguales, el decaimiento α es el único proceso energéticamente posible que permite la emisión espontánea de nucleones a partir de núcleos pesados. Se da en algunos núcleos inestables, principalmente en aquellos con números de masa por arriba de 200, y emite en forma espontánea una partícula α, lo que provoca un decremento en la carga nuclear de dos unidades y un decremento en el número de masa de cuatro unidades. Si un núcleo tiene una masa mayor que la suma de las masas de los núcleos y de otro núcleo de He, entonces es inestable y puede decaer y emitir una partícula α.
Esencialmente todos los núcleos con número atómico mayor a 100 son inestables; sólo aquéllos con número atómico mayor a 200 presentan un decaimiento α importante. Los núcleos más pesados tienen un decaimiento α con una vida media suficientemente corta para que la emisión de las partículas α de una muestra dada ocurra con una velocidad que permite su observación en el laboratorio. Es importante notar que los núcleos pesados sólo emiten partículas α, no emiten protones, ni neutrones, ni otros grupos pequeños de nucleones.
Las partículas β
Este tipo de radiactividad llamada β fue uno de los primeros fenómenos nucleares en ser observados en los últimos años del siglo XIX. Algunos elementos pesados que son activos en forma natural emiten partículas β que no son otra cosa que electrones, sin embargo, los experimentos fundamentales que dieron información sobre el proceso no se llevaron a cabo sino hasta 1945. Este retardo se debió tanto a las dificultades que se presentaban al diseñar los experimentos que finalmente comprobarían este tipo de decaimiento, como a la evolución de la teoría cuántica que lo pudiera explicar, ya que implica la aparición de partículas fundamentales como son el neutrino y el mesón. El neutrino se caracteriza porque no interactúa con la materia ordinaria, lleva energía y momento y viaja a la velocidad de la luz.
El decaimiento β equivale a la transformación de uno de los neutrones nucleares en un protón. Como la partícula emitida lleva una carga negativa, el número atómico del núcleo hijo es una unidad más grande que la del núcleo padre cuando decae por emisión β. Por ejemplo, cuando decae el 14C, cuyo número atómico es 6, emitiendo una partícula β o rayo β, se forma 14N de número atómico 7.
La conversión de un neutrón en un protón y un electrón es el prototipo de la clase de procesos de desintegración conocidos como decaimiento β. Muchos núcleos se conocen por presentar decaimiento β con emisión de electrones en la misma forma en que decaen los neutrones libres.
Todos los procesos de decaimiento nuclear radiactivo en los cuales se emite un electrón pueden considerarse como resultado del decaimiento β de un neutrón en el núcleo padre. Por ejemplo, el caso de 8Li que consiste en 3 protones y 5 neutrones y que decae bajo emisión β con un tiempo de vida media de 0.85s. El proceso de decaimiento del 8Li transforma uno de los 5 neutrones en un protón de modo que el nuevo núcleo tiene 4 protones y 4 neutrones, este nuevo núcleo es 8Be.
Los positrones
Otro tipo de radiación se presenta cuando la partícula emitida es un positrón, ésta es idéntica al electrón pero con carga positiva y para diferenciarla de la β se denota como β+. De modo que hay dos procesos de decaimiento β complementarios que se denotan por decaimiento β
y β+. Entendiendo que estos procesos se llevan a cabo dentro del núcleo, el electrón (o positrón) y el neutrino se crean en el instante de la desintegración y son emitidos en forma inmediata del núcleo, con esto quiero enfatizar que ellos no existían antes en el núcleo. Existe además el proceso de captura de un electrón orbital por el núcleo para convertir un protón en un neutrón y así disminuir el número atómico en uno, pero dicho proceso no será descrito aquí.
Los rayos gamma
Los arreglos nucleares internos que dejan el número atómico y la masa inalterados están acompañados por emisiones de rayos gamma (γ), que frecuentemente son emitidos después de un decaimiento α o β, cuando los núcleos hijos se reajustan para ocupar el estado de energía más bajo. La radiación γ es radiación electromagnética de alta frecuencia.
Efectos biológicos de la radiación
Las radiaciones de diferentes frecuencias causan daño en varias partes del organismo, sin embargo, cuando hablamos de daños por radiación, en general nos referimos a los efectos producidos por radiación de alta energía como los rayos X de los dispositivos médicos y los rayos α, β y γ provenientes de materiales radiactivos. Los rayos X y los rayos γ se diferencian en su frecuencia, o lo que es lo mismo, en su energía, siendo ambos radiación electromagnética. Los rayos X y los rayos γ más energéticos pueden penetrar cualquier punto del cuerpo humano, pueden afectar el sistema nervioso, los órganos internos e incluso pueden causar serios daños en el DNA de las células dependiendo de la energía que lleven.
Las partículas α y β pueden producir ionización en el tejido biológico, lo que quiere decir que al chocar con el tejido pueden liberar electrones de los átomos que se encuentran a su paso o romper algunas de las moléculas que constituyen el tejido, produciendo un daño considerable, lo que se debe a su carga eléctrica. Los electrones, por ser mucho menos masivos que las partículas α, penetran mucho más en la materia, en este caso en el tejido biológico considerado. El alcance de un electrón de 1 MeV de energía llega a ser del orden de 4.2 milímetros, mientras que las partículas a de 5 MeV de energía penetran sólo unas 40 micras. Debido a que los neutrones no tienen carga eléctrica, no producen ionización al pasar por la materia. Cuando el neutrón choca con un núcleo, el núcleo rebota como resultado de la colisión, y al moverse a través de los átomos que lo rodean provoca que algunos de sus electrones salgan disparados, de modo que la colisión produce ionización a lo largo del camino de los núcleos con los que choca. En los tejidos biológicos, los neutrones interactúan principalmente con los protones de los átomos de hidrógeno que son muy abundantes en estos tejidos. Lo único que puede detener a los neutrones es que pierdan su energía por colisiones con la materia, lo que sucede después de provocar una gran destrucción.
Los rayos X y los γ pasan a través de la materia, interactúan con ella, liberan electrones y les proporcionan gran cantidad de energía. A su vez, estos electrones ionizan los átomos que los rodean al igual que lo harían los electrones producidos por el decaimiento β. La incidencia de rayos X o rayos γ en el organismo tiene un efecto más devastador que la incidencia de partículas α o β provenientes de una fuente radiactiva. Al no tener carga eléctrica, los rayos X y los rayos γ penetran profundamente en la materia y no pierden energía sino hasta que chocan con alguna partícula. A diferencia de los neutrones, estos rayos no tienen masa tampoco, por lo que pueden penetrar aún más que los neutrones a la materia. Al desintegrarse, el 60Co emite rayos γ que pueden penetrar en el tejido biológico hasta 10 cm antes de que su intensidad decrezca a la mitad. Cuando un material radiactivo es inhalado o ingerido, el efecto producido por las partículas α o β en los órganos internos del cuerpo humano es mayor que si sólo existe la exposición a este tipo de radiación, es decir, si una persona se expone a radiación α o β, ésta penetra mucho menos en el organismo que si la ingiere o la lleva de alguna forma directamente al órgano que se desea irradiar.
Debido a que los efectos causados por la radiación pueden o no ser transferidos a la descendencia de los individuos afectados, se dice que estos son somáticos o genéticos. Los efectos somáticos afectan únicamente al individuo que recibe la radiación, mientras que son genéticos si se alteran los genes de sus células de forma tal que son heredados a sus descendientes.
La exposición a la radiación a la que se somete un individuo puede ser aguda, lo que se refiere al hecho de que el individuo recibe toda la radiación en un intervalo de tiempo corto, de segundos a horas, o crónica cuando el intervalo de tiempo en el que se recibe la radiación es largo. Los efectos somáticos para una exposición a la radiación de cuerpo completo a varias dosis de radiación se resumen en el cuadro 1.
Los efectos somáticos retardados por exposiciones agudas a la radiación han sido cuidadosamente monitoreados a partir de 1947, en las personas sobrevivientes a la tragedia ocurrida por la detonación de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, en 1945. La presencia de cataratas en los ojos es uno de los desórdenes más comunes relacionados con la radiación en este grupo de personas, tumores en tiroides, leucemia, aberraciones cromosómicas en los linfocitos de la sangre, y un ligero achaparramiento de quienes fueron expuestos durante su niñez. Hallazgos recientes indican una mayor incidencia de tumores, siendo los más frecuentes el cáncer de pecho y de pulmones. Es notorio el incremento en la incidencia de cáncer en este grupo de personas a más de 30 años de la exposición a la radiación y el acortamiento de la vida que se ha podido estimar en aproximadamente 2.5 días/rem para exposiciones crónicas y de 10 días/rem para exposiciones agudas.
En la terapia por radiación y en algunas exposiciones accidentales sólo ciertas regiones del cuerpo son irradiadas, y es notorio como un órgano determinado puede tolerar una dosis considerablemente mayor que la tolerada por el cuerpo entero. En los procedimientos que se llevan a cabo en la terapia por radiación se administran altas dosis a órganos afectados por tumores malignos o a partes de ellos para producir un efecto benéfico en el individuo. Algunas dosis de tolerancia para órganos particulares se listan en el cuadro 2.
Los efectos genéticos, como su nombre lo indica, ocurren en los genes del individuo, ya que debido a la radiación se pueden producir mutaciones por rompimientos irreparables en los cromosomas de la cadena del ADN. Sin embargo, aún no se conocen los trastornos que esto puede producir ya que hoy día se sigue estudiando la cadena del ADN. Aunque sí se sabe que produce trastornos en el individuo y en su descendencia, éstos todavía están lejos de ser identificados por completo, no se conoce aún el nivel de radiación para el cual la producción de mutaciones es importante.
Los daños biológicos resultantes de la dosis acumulada por una exposición crónica son definitivamente menores que si la misma dosis se recibe en una exposición aguda. La razón para esto es que el cuerpo tiene oportunidad de reparar el daño producido por pequeñas dosis, espaciadas en el tiempo, lo que no necesariamente es cierto en el caso de efectos genéticos.
La otra cara de la radiactividad
Casi siempre que oímos hablar de la radiactividad, ésta nos produce temor; sin embargo, la radiactividad también tiene su lado bueno, ya que sirve para la generación de electricidad, gracias a los elementos radiactivos es posible fechar la cultura del hombre, proporciona datos que permiten conocer la evolución de nuestro planeta, y con su ayuda se pueden diagnosticar enfermedades y curar muchos tipos de cáncer.
Los isótopos radiactivos han sido empleados tanto en el diagnóstico como en la terapia. Una de las principales razones de emplear radioisótopos en la medicina es la selectividad que tiene el organismo para ciertos elementos. Por ejemplo, el iodo es absorbido selectivamente por la glándula tiroides, si además consideramos que el isótopo 131I tiene una vida media de 8.05 días, se convierte en una sustancia considerablemente aplicable en medicina, ya que si una pequeña cantidad que contiene iodo 131I es ingerida por un paciente, éste tendrá una gran probabilidad de encontrar su camino a la glándula tiroides; además decae en un periodo de semanas, por lo que no representa una radiación azarosa a largo plazo.
El iodo radiactivo en la tiroides (u otro isótopo en un órgano diferente) puede localizarse en forma efectiva por medio del empleo de un dispositivo de barrido que detecta la radiación gamma del isótopo. Dichos arreglos pueden ser usados, por ejemplo, en el barrido del cuerpo o del cerebro. El tipo más avanzado de dispositivos de barrido es el de tomografía axial computarizada (TAC). Estas máquinas generan vistas de la sección transversal del cuerpo con alta resolución, que pueden ser aplicadas a mujeres embarazadas, lo que no ocurre con los rayos X convencionales.
Los barridos de TAC aportan una gran cantidad de información muy detallada para el diagnóstico, e identifican con ayuda de una computadora más de 2000 densidades diferentes de tejido. Pueden determinar la localización y el tipo de información y diferenciar así entre varios tipos de tumores, cosa imposible para los equipos de rayos X convencionales.
Además de emplearse como herramientas de diagnóstico, los radioisótopos se emplean en el tratamientos de diferentes tipos de carcinomas (tumores cancerosos). Por ejemplo, el iodo radiactivo llevado a la tiroides se concentra en el tejido canceroso y destruye las células malignas. En el cuadro 3 se listan algunos de los radioisótopos más empleados en la medicina, así como sus aplicaciones terapéuticas y de diagnóstico.
Muchos tipos de crecimientos cancerosos pueden ser atacados por medio de cirugía o por tratamiento de radiación. En muchos casos la acción de la radiación tiene distintas ventajas. Por ejemplo, en el cáncer de laringe la remoción quirúrgica de ésta tiene un 80% de éxito, pero este procedimiento invariablemente afecta el funcionamiento de la voz y deja al paciente totalmente incapaz de hablar o con severos problemas para hacerlo. Esto es evitable si se irradia el tumor canceroso empleando una fuente radiactiva externa, como 60Co radiactivo, que proporciona energías de 1 MeV y que es frecuentemente usado en tratamientos que requieren penetraciones profundas.
Recientemente se ha incrementado el uso de haces de electrones acelerados hasta energías de 4 MeV en aceleradores lineales compactos diseñados especialmente para uso médico. Quizá la mejor forma de irradiar un tumor profundo es usar haces de alta energía de iones pesados, como carbón, oxígeno o neón, ya que se ha demostrado que estos haces pueden liberar grandes dosis de radiación a la región deseada, mientras los tejidos sanos que la rodean son irradiados con dosis relativamente bajas. Sin embargo, debido al alto costo de los aceleradores de iones pesados, los tratamientos de radiación rutinarios de este tipo se ven lejanos.8
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Referencias Bibliográficas
Ma. Cristina Piña Barba, 1987, La Física en la medicina, La Ciencia desde México, FCE, México.
David Jou, Josep Enric Llebot y Carlos Pérez García, 1994, Física para las ciencias de la vida, Mac Graw Hill/Interamericana de España, España. Jerry B. Marion, William F. Hornyak, 1985, General Physics with Bioscience Essays, John Wiley & Sons, Nueva York. John R. Cameron, James G. Skofronick, 1978, Medical Physics, John Wiley & Sons, Nueva York. Arthur Beiser, 1977, Conceptos de física moderna, Mac Graw Hill, México. D. M. Burns y G. G. MacDonald,1975, Physics for Biology and Pre-medical Students, Addison Wesley Publishers Limited, Ontario. M. A. Preston,1982, Physics of the nucleus, Addison Wesley Puhlishing Co. |
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María Cristina Piña Barba
Instituto de Investigaciones en Materiales,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Piña Barba, María Cristina. 1997. La radiactividad y sus efectos en el organismo. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 16-22. [En línea].
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| Antonio Sarmiento Galán |
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Aun cuando todavía no se vende al consumidor con
los debidos letreros de advertencia: “¡cuidado!, el uso de este producto puede resultar nocivo para su salud”, existe en la actualidad una gran cantidad de “aparatos electrodomésticos” que usamos consuetudinariamente y que, sin saberlo, podrían estar causando serios daños a nuestra salud, sobretodo si se abusa de ellos.1
El consumo de energía eléctrica no sólo se ha vuelto indispensable en la sociedad moderna, sino que en algunos casos, como es Estados Unidos, el dispendio en este rubro se ve como un símbolo proporcional al status social correspondiente. Además de la devastación del medio ambiente que se genera por la necesidad de producir energía eléctrica en proporciones cada vez mayores, se crean riesgos insospechados para la mayoría de los usuarios, muchos de ellos causantes de los eufemísticamente llamados problemas terminales; en su mayoría, estos problemas son letales y bien podrían ser originados por un uso irresponsable de los modernos aparatos electrodomésticos. Aún no es posible asegurar cuáles son las “dosis” permisibles de exposición al campo electromagnético generado por los aparatos, o a partir de qué duración el lapso de uso continuo aumenta considerablemente el riesgo de contraer una de las múltiples variantes del cáncer o de alguna otra enfermedad generada por la modernidad. Sin embargo, en muchos de los países industrializados —entendidos como aquéllos en los que la gran mayoría de la población tiene acceso a estos productos— se han empezado a establecer leyes que regulan el uso y las condiciones de trabajo de las personas que, por la índole de su labor, deben utilizar monitores televisivos o de computadora, o de algún otro de los aparatos con cuya aparición se ha venido justificando el “desarrollo económico” y su consecuente “progreso”. En países como México, el porcentaje de habitantes “beneficiados” con dichos aparatos, aunque va en constante aumento, es todavía bajo. Si bien esto podría verse como una situación afortunada ante la posibilidad de los efectos mencionados, no puede esgrimirse como justificación de las graves carencias que padece la mayoría de sus habitantes.
La razón por la que no se puede aseverar el riesgo que se corre y sus daños subsecuentes estriba en el hecho de que los estudios más serios y completos realizados hasta la fecha son posteriores al uso y abuso de dichos aparatos, y son de tipo estadístico. Es decir, se analizan muestras constituidas por individuos que durante un cierto tiempo han estado sujetos a una interacción continua con alguno de los posibles aparatos causantes de lesiones, y a posteriori se intenta detectar si en dichas muestras la incidencia del mal sospechado ha sido mayor que en otras muestras “de control”, constituidas por personas que no han sido expuestas a tal interacción; como prácticamente todo ser humano usa la electricidad, tales muestras de control son inexistentes para el estudio de los efectos causados por el campo electromagnético.
Esta forma de operar no sólo se debe a que hasta épocas muy recientes se empezaron a realizar estudios acerca de la forma en la que el campo electromagnético influye en diversos tipos de tejido vivo, sino también a otro de los grandes males de la modernidad: la premura competitiva de la economía de mercado, la cual obliga a que un producto se lleve a los expendios de consumo sin la precaución de haber estudiado antes los riesgos de su uso y los límites de seguridad que deberían observarse para evitar las consecuencias de correr tales riesgos. Un ejemplo en este sentido es la aparición de la primera generación de hornos de microondas en los años setenta y su repentina desaparición del mercado cuando se comprobó lo peligroso que resultaba su uso doméstico; los hornos que existen en el mercado actual pertenecen a una segunda generación que parece haber suprimido las fuertes fugas de radiación dañina que permitían sus antecesores. A otro nivel, se puede citar la serie de experimentos realizados en Estados Unidos desde 1946 con seres humanos, exponiéndolos a la radiación proveniente de material radiactivo sin enterarlos de lo que se hacía con sus cuerpos y con la débil justificación de investigar cuáles serían las consecuencias de una guerra con bombas atómicas. Aunque parezca exagerado el ejemplo anterior, baste mencionar que la actitud actual frente al problema es la de no malgastar los ya de por sí escasos fondos para escarbar entre los miles de millones de hojas de papel que contienen la información de los experimentos realizados en los años cincuenta.2
El enemigo agazapado
En distintos niveles y durante diferentes lapsos, varias partes de nuestro cuerpo se encuentran expuestas a campos eléctricos, campos magnéticos o radiación electromagnética, presentes en forma individual o combinada.
Ya sea en nuestras casas o fuera de ellas estamos expuestos a la interacción con el campo creado por las líneas de transmisión, con el campo generado por los transformadores de corriente sobre los postes en las calles, con los cambios en la tensión o voltaje causados por lluvias, vientos fuertes, etcétera, o por el encendido o apagado de aparatos eléctricos. También estamos expuestos a la radiación y, si estamos muy cerca, al campo producido por los aparatos que funcionan con energía eléctrica: monitores de televisión o de computadora, relojes, cobertores, secadores de pelo, hornos de microondas, estufas, calefacción de camas de agua o de peceras o acuarios, ventiladores, lámparas fluorescentes, radiadores, teléfonos celulares, lavadoras de ropa o de vajilla, secadoras de ropa, aparatos para masaje, recargadores de baterías, refrigeradores, acondicionadores, purificadores e ionizadores de aire, rasuradoras o depiladoras, fotocopiadoras, etcétera, etcétera.
En los lugares donde la población no ha alcanzado el nivel económico que le permitiría “disfrutar” de las “comodidades” representadas por el uso de los aparatos electrodomésticos, se corren, sin embargo, los grandes riesgos provenientes del cableado para la distribución de la corriente dentro y fuera de sus hogares y centros de trabajo; en especial, por el hecho de que, en su gran mayoría, se trata de instalaciones demasiado viejas, obsoletas, sin protección alguna y cuyos usuarios desconocen por completo los riesgos a los que se enfrentan.
Las razones para dudar
En una versión preliminar de un reporte muy difundido, aunque nunca publicado oficialmente, la Agencia para la Protección del Medio Ambiente en Estados Unidos concluyó en 1990 que los campos magnéticos asociados a la corriente eléctrica de 60 Hz3 eran una posible, pero no comprobada, causa de cáncer en seres humanos. En 1992, un grupo formado a instancia del consejero científico de la Casa Blanca para revisar dicho reporte y la investigación en que se apoyaba, no encontró “evidencia convincente” para aseverar que los campos significaban una amenaza comprobada a la salud.
Por otro lado, los resultados de los famosos estudios Wertheimer-Leeper y Savitz, realizados por la epidemióloga Nancy Wertheimer y el físico Ed Leeper (el primero) y por el epidemiólogo David Savitz (el segundo) en la ciudad de Denver, nos confrontan con una paradoja que ha sido confirmada por la mayoría de los estudios posteriores de este tipo: mientras las investigaciones basadas en medios indirectos para medir el campo magnético han encontrado una conexión entre dichas medidas y el cáncer en niños, las investigaciones basadas en medidas directas de la intensidad de los campos en el interior de las casas no logran establecer la misma conexión.
Los mensajes contradictorios como éstos crean confusión y dudas acerca de si debemos o no preocupamos por el peligro que corre nuestra salud, ¿cómo se pueden alcanzar conclusiones tan diferentes? Una buena parte de la incertidumbre proviene de la asociación estadística entre los campos magnéticos existentes en las casas y el cáncer en niños: ¿se trata de una asociación real o de algo sin sentido?
Hasta ahora, ningún estudio ha producido una correlación estadísticamente significativa entre medidas de la intensidad del campo magnético en el interior de las casas y alguna forma de cáncer. Algunos científicos arguyen que un medio indirecto basado en la clasificación del cableado para el suministro de energía eléctrica constituye un indicador global más adecuado sobre la exposición a campos magnéticos que las medidas directas en el interior de las casas. Esto se debe, en parte, a que las medidas directas se han tomado, en el mejor de los casos, durante periodos máximos de 24 horas; un lapso tan corto no permite una evaluación precisa de los efectos causados por las fluctuaciones o transientes en la corriente que ocurren por la cantidad de carga sobre las líneas cercanas o en las casas vecinas. Como respuesta, los escépticos arguyen que las medidas directas del campo en el interior de las casas no se correlaciona con enfermedad alguna, sencillamente porque dicho campo no causa algún tipo de cáncer. Si tal fuera el caso, algo más debe explicar la correlación entre la clasificación del cableado y el cáncer: un factor de confusión, aún desconocido, que los relaciona a ambos. Uno de tales factores podría ser, por ejemplo, el hecho de que mientras las casas que tuvieron una clasificación indirecta de alto riesgo se encontraban en las áreas viejas y sobrepobladas de Denver, las que tuvieron una clasificación de poco riesgo, alejadas de las líneas de corriente, se encontraban en vecindades suburbanas y de edificación reciente. Las vecindades en el centro de las ciudades pueden, además, estar sujetas a otros riesgos que amenazan la salud, como altas concentraciones de emisiones industriales o tránsito vehicular intenso.
Desafortunadamente, como nadie sabe qué causa esta leucemia infantil, intentar buscar este tipo de factores engendradores de confusión requiere tanto del trabajo de investigación serio como del tanteo o la adivinanza; de ahí que, hasta la fecha, la búsqueda haya sido en vano. El hecho es que de los seis estudios sobre cáncer infantil que son considerados por los expertos como los estudios más cuidadosos y completos4 (de entre 11 estudios realizados hasta mediados de 1994),5 de ellos encontraron alguna asociación estadística entre campos magnéticos elevados y cáncer infantil.
En cuanto a los estudios realizados en adultos, existe un estudio especial que examinó más de 4000 casos de cáncer ocurridos durante un periodo de 20 años entre cerca de 220000 obreros electricistas en Canadá y Francia. Para el estudio se obtuvieron medidas directas en los sitios de trabajo mediante la implantación de varios miles de medidores entre los electricistas durante una semana de trabajo normal y basándose en los correspondientes registros de empleo, se estimó la exposición global ante campos magnéticos experimentada previamente por cada trabajador. Este estudio no encontró un aumento global en la incidencia de cáncer entre los electricistas que habían estado expuestos a los campos magnéticos más intensos; sin embargo, sí encontró que el riesgo de desarrollar un tipo de leucemia conocida como Leucemia no-linfoide aguda se duplicaba entre 50% de los electricistas que habían estado expuestos a campos magnéticos cuya intensidad promedio era de 1.6 miliGauss5 o más. La diferencia entre niños y adultos bien podría deberse al hecho de que en los primeros, una buena cantidad de células se encuentran todavía en un proceso de desarrollo, mientras que para los segundos se trata de células ya formadas y en pleno funcionamiento. De ser así, esto complicaría aún más los estudios clínicos que deberán realizarse para corroborar las evidencias estadísticas. En resumen y tomando ambos casos, se puede decir que los estudios realizados hasta la fecha sugieren que la exposición a campos magnéticos cuya intensidad sea mayor que la intensidad promedio incrementa el riesgo de desarrollar algunos tipos de leucemia; la evidencia para una asociación con otros tipos de cáncer es menos clara.
Existen además otros problemas con la epidemiología como, por ejemplo, uno que es de origen matemático. Para empezar, en el caso del cáncer en la infancia, se tiene la dificultad de que, afortunadamente, éste no es muy común: un estudio realizado en Suecia durante 25 años encontró sólo 39 casos de leucemia de un total de 127383 niños que habían vivido a 300 metros o menos de las líneas de alta tensión. Cuando la investigación se realiza con un número tan reducido de casos, se vuelve matemáticamente difícil y, por lo tanto, poco confiable separar un efecto real de las inevitables fluctuaciones azarosas, siempre presentes en todo sistema real.
Finalmente, los epidemiólogos no están seguros de estar estudiando los aspectos apropiados del campo electromagnético; la mayoría se ha fijado en la exposición promedio de una persona a algún tipo de campo durante un lapso determinado, pero bien podría suceder que el factor crítico resultase ser la exposición ocasional a campos muy intensos, o bien a campos cuya intensidad se encuentre dentro de un cierto intervalo (aún desconocido). Estas dos posibilidades han sido sugeridas por la escasa evidencia de que se dispone, pero desgraciadamente, ninguna de ellas ha sido estudiada con detalle. Otra posibilidad sería no la exposición a un campo de cierta intensidad y frecuencia determinadas, sino la exposición a las fluctuaciones o transientes en dicho campo.
Cómo y cuándo se corren riesgos
El campo electromagnético consta de dos partes: una componente eléctrica y una componente magnética; la componente eléctrica queda prácticamente eliminada o “apantallada” por los materiales usuales en las construcciones modernas (cuando éstas se realizan bajo ciertas normas) y, por ello, no ha generado mayores preocupaciones. La atención se ha centrado en la componente magnética, pues ésta pasa fácilmente a través de casi cualquier cosa, incluyendo edificios y el cuerpo humano. La corriente eléctrica que recibimos de la Comisión Federal de Electricidad o de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, es una corriente alterna que oscila entre dos valores y completa 60 de estas oscilaciones durante cada segundo. A esta tasa de variación se le denomina frecuencia. El campo magnético asociado cambia su dirección dos veces en cada ciclo, es decir, 120 veces por segundo o 120 Hz. Para tener una idea de lo que esto significa, aclararemos que el campo magnético terrestre (cuya intensidad es algunos órdenes de magnitud mayor), permanece relativamente constante y no cambia de dirección. Los campos magnéticos tienen ciertas propiedades que son fácilmente predecibles; de ellas, tres nos interesan en este trabajo: (i) contienen y transportan energía que les permite interactuar con lo que encuentran a su paso; (ii) esta energía es proporcional a la intensidad de la corriente eléctrica que produce el campo, y (iii) la intensidad del campo decae rápidamente al alejamos de la fuente que lo genera.
Las casas habitación en las grandes ciudades están sujetas a la influencia de un campo magnético “de fondo” que puede valer desde una décima de miliGauss (mG) hasta dos mG; por ello, los estudios epidemiológicos se restringen al análisis de campos más intensos que aquéllos cuya intensidad es de sólo dos o tres mG. Una fuente de campo magnético en las casas es la presencia de líneas de alta tensión o de líneas de distribución en sus cercanías. Aun cuando los campos magnéticos producidos por las líneas de alta tensión pueden llegar a alcanzar valores superiores a los 80 mG directamente debajo de dichas líneas, su intensidad decae rápidamente al alejarse de las mismas (véase cuadro); a unos noventa metros de una línea de alta tensión de 500 kilovoltios, el campo magnético puede tener tan solo una intensidad de un mG. Por otro lado, las líneas de distribución, aunque se vean menos amenazantes, pasan en ocasiones mucho más cerca de las casas y pueden llegar a producir campos magnéticos en el interior con un valor superior a los dos mG. Otra fuente de campos magnéticos en el interior de las casas consiste en el sistema de aterrizaje para la protección de rayos (los “pararrayos” y todo su cableado) y para la prevención de “toques” eléctricos por aparatos que fallen.
La mayoría del cableado moderno en las casas habitación contribuye con muy poco o con nada a la intensidad de fondo del campo magnético en su interior; ello se debe a que los circuitos consisten en dos alambres que al transportar corriente en direcciones opuestas crean campos magnéticos contrarios que tienden a cancelarse mutuamente cuando dichos alambres se sitúan cercanos entre sí. Un buen número de aparatos electrodomésticos comunes también generan campos magnéticos relativamente intensos pero, por lo general, dicha intensidad disminuye hasta llegar a niveles despreciables al alejarse un metro o dos del aparato en cuestión; desafortunadamente, existen varios aparatos eléctricos de los que no es posible alejarse, como los cepillos de dientes, los cobertores, los depiladores, etcétera.
Otras fuentes de riesgos son:
Los monitores de las computadoras o televisión. A principios de la década de los ochenta, se realizaron varios estudios que mostraron una cantidad anormalmente mayor de abortos entre las mujeres que trabajaban frente a un monitor de computadora; la razón es que estos monitores y los de televisión producen campos magnéticos intensos de varias frecuencias, generalmente bajas. Los campos son creados por dos electroimanes poderosos que sirven para producir las imágenes y su posición es tal que los campos magnéticos resultantes poseen una intensidad mayor a los lados y en la parte posterior del monitor (en comparación con el frente del mismo): las intensidades típicas son de unos 60 mG a los lados o detrás del monitor y de dos mG a una distancia de un metro de la pantalla.
Los hornos de microondas. De manera adicional a los posibles escapes de energía en forma de las microondas que estos hornos emplean para “cocinar”, existe el problema de los campos magnéticos generados por la corriente eléctrica que se utiliza para crear las microondas. En un estudio realizado por el Instituto de Investigaciones en Electricidad en Estados Unidos, se encontró que de 485 hornos estudiados la mitad producía un campo de 10 mG o más (con una frecuencia de 60 Hz) a distancias de 60 centímetros.
Los cobertores eléctricos. Los cobertores fabricados hasta principios de la década actual y que todavía se venden en muchos países, producen intermitentemente, pero durante toda la noche, campos magnéticos de 20 mG o de mayor intensidad. Ello se debe a que en estos aparatos el elemento que produce el calor es un solo alambre conductor. El estudio Savitz reportó que los niños cuyas madres habían dormido bajo un cobertor eléctrico durante la preñez, mostraban 70% mayor susceptibilidad a desarrollar leucemia en comparación con los niños cuyas madres habían dormido bajo cobertores comunes. Aun cuando los resultados de éste y todos los estudios que fueron realizados con muestras numéricamente pequeñas deben ser interpretados con cautela, su publicación motivó que los fabricantes ofrezcan en la actualidad cobertores que sólo producen campos cuyas intensidades son de una vigésima parte de la intensidad producida por los cobertores eléctricos viejos.
Los teléfonos celulares. A raíz de la tristemente célebre aparición en televisión de un habitante de Florida (Estados Unidos), responsabilizando a un fabricante de teléfonos celulares de la muerte de su esposa por cáncer en el cerebro,6 éste y muchos otros fabricantes de teléfonos celulares desataron una campaña publicitaria para convencer a los usuarios de la existencia de “miles” de estudios científicos que demostraban la seguridad de los aparatos. La realidad dista mucho de tal afirmación. Estos teléfonos funcionan emitiendo y recibiendo, a través de sus antenas, radiación electromagnética cuya frecuencia se encuentra en el rango de radiofrecuencias del espectro electromagnético: entre los 800 y los 900 megahertz, es decir, con frecuencias que son cerca de 15 millones de veces más altas que la de la corriente eléctrica usual. La radiación intensa en radiofrecuencia puede calentar el tejido celular del usuario en la misma forma que lo hace un horno de microondas, la única diferencia entre los dos, es la potencia con la que trabajan: mientras un horno funciona a 500 o más watts,7 el teléfono lo hace a 100 watts, igual que un foco normal. La principal preocupación con estos teléfonos se ha centrado en los modelos portátiles que incluyen en una sola unidad el auricular, la antena y las baterías; en ellos, la emisión de radio ondas por la antena se realiza peligrosamente cerca de la cabeza del usuario.
Existen otros aparatos que pueden causar campos magnéticos intensos, aunque en estos casos se parte de la suposición de que la exposición a los mismos es breve, como las rasuradoras eléctricas y las fotocopiadoras.
La interacción con el cuerpo humano
Si bien la epidemiología puede llegar a sugerir una conexión causal entre la presencia de campos electromagnéticos y el desarrollo de ciertos males, sólo los estudios de laboratorio y la investigación clínica pueden asegurarlo. Existen varios estudios acerca de los efectos biológicos causados por los campos magnéticos fluctuantes, pero nada que se acerque a una demostración convincente sobre cómo pueden poner en peligro la salud de un organismo vivo. A simple vista, parecería poco probable que los campos magnéticos generados por la corriente eléctrica de 60 Hz llegaran a causar algo dentro del cuerpo de un ser vivo; el cuerpo humano, por ejemplo, no sólo goza de la energía eléctrica, sino que su funcionamiento depende de ella: hace que nuestros corazones latan, que nuestros músculos se contraigan y, gracias a ella, nuestras neuronas se comunican entre sí. Además, los campos magnéticos producidos por la corriente de 60 Hz son demasiado débiles como para poder llegar a romper algún enlace molecular (algo que sí hacen los rayos X y algunas otras formas de energía radiactiva) o para calentar algún tipo de tejido (como lo hacen las ondas de radio o las microondas). Como dichos campos no pueden romper los enlaces moleculares, los científicos en general concuerdan en que es muy probable que los campos no causen directamente el que las células se vuelvan cancerosas, sino que quizá lo que hacen es estimular el desarrollo del cáncer ahí donde éste se ha originado por otros motivos. Cuando en el laboratorio se expone a las células a un campo magnético, éste induce corrientes eléctricas diminutas entre las células. “Existen varios experimentos que han demostrado, bajo estas condiciones, que algo les esta ocurriendo a las células”, afirma, entre otros, Jack Adams, un investigador en el Departamento de Ingeniería y Política Pública en la Universidad Carnegie Mellon. Por ejemplo, los campos magnéticos pueden afectar el funcionamiento de las membranas celulares, el procesamiento de información genética, la producción de neurotransmisores y la actividad de las células del sistema inmunológico.8 Sin embargo, es necesario aclarar que algunos de los experimentos realizados en los laboratorios se han llevado a cabo usando campos que son docenas de veces más intensos que aquéllos a los que el ser humano está usualmente expuesto. No es claro si un cambio celular en la preparación del laboratorio se traduce en un cambio celular en un organismo vivo; así como tampoco se puede argumentar una razón válida para que ello no suceda. Los estudios realizados en Europa con roedores a los que químicamente se les ha inducido cáncer de pecho, muestran que el cáncer parece crecer más rápidamente en presencia de campos magnéticos extremadamente intensos; sin embargo, en otros estudios con animales, la tendencia observada parece indicar que la presencia de campos magnéticos no causa efectos notables en la reproducción o en la salud. Algunos investigadores han sugerido recientemente que la presencia de campos magnéticos puede influir en la salud a través de una hormona llamada melatonina. Esta amina biógena es producida por la glándula pineal, un órgano del tamaño de un chícharo que se localiza en el cerebro y que es exquisitamente sensible a la luz y a la oscuridad, tanto que produce la melatonina sólo en la oscuridad. La luz del día suprime dicha producción y la investigación con animales ha sugerido que la presencia de campos magnéticos también puede suprimirla. La importancia médica de la melatonina radica en el hecho de que en los experimentos de laboratorio realizados en tubos de ensaye muestran que dicha hormona suprime el crecimiento de los tumores; es también un antioxidante muy poderoso, y ello significa que ayuda a los organismos para deshacerse de los radicales libres identificados como dañinos para las células, o bien, francamente involucrados en la aparición de ciertas enfermedades, incluyendo el cáncer. Si se comprueba que el campo magnético suprime la producción de melatonina, entonces éste podría estar facilitando el crecimiento desapercibido de las células cancerosas. Hasta la fecha, sólo existe una evidencia rudimentaria acerca de los efectos del campo magnético sobre los niveles de melatonina en el cuerpo humano; los dos estudios que sugieren esta posibilidad también sugieren que sólo ciertos individuos son susceptibles a la aparición de problemas en sus organismos. Lo que no deja de ser desesperante es que no se estimule este tipo de investigación mediante mayores apoyos económicos que permitan, a la brevedad posible, confirmar o corregir éstas y otras indicaciones de peligro.
Aprendiendo a vivir con los riesgos
La mejor medida es aprender a vivir con el riesgo y mantenerlo en perspectiva; cada familia debe tomar una decisión sobre estos riesgos al igual que lo hace respecto a otros problemas que ponen en peligro la vida de sus integrantes. Lo más recomendable es buscar la manera de reducir la exposición a campos magnéticos y no realizar cambios radicales como mudarse o destruir las líneas de corriente. En algunos países, valiéndose de que la intensidad de los campos decrece con la distancia, las compañías responsables del suministro de energía eléctrica ya se encuentran realizando investigaciones sobre formas de reducir la exposición de los usuarios a los campos magnéticos. La manera más sencilla de lograrlo es la de aumentar el derecho de vía en la cercanía de las torres por las que pasan los cables de alta tensión y los de distribución, de manera que queden lo suficientemente alejados de los lugares en donde transcurre la vida diaria de los usuarios.
Otra posibilidad es la de enterrarlos, ya que, aunque la tierra no bloquea los campos magnéticos si permite que los cables sean colocados con la cercanía suficiente para que sus campos se cancelen entre sí; en muchas áreas, sin embargo, el proceso de enterrar los cables resulta prohibitivamente caro. Otro par de posibilidades son reconfigurar las líneas de manera que sus campos tiendan a cancelarse o construir torres más altas para que los campos sean menos intensos a nivel del piso. Sobre la primer posibilidad se ha avanzado un poco, pero como es usual, se han encontrado otros problemas que vuelven las líneas más peligrosas y más caras. En nuestras casas debemos revisar la instalación eléctrica, especialmente la parte correspondiente al aterrizado (por lo regular conectada a la tubería del agua fría) y en ciertas áreas donde las casas se encuentran muy próximas entre sí, también debe revisarse la instalación de nuestros vecinos. Adicionalmente, con un medidor llamado gausómetro, se pueden identificar aquellos sitios en los que la intensidad del campo magnético sea alta y cambiar los muebles de lugar de manera que se esté el menor tiempo posible en estos sitios; también se deben alejar de las camas todos los aparatos eléctricos (relojes, radios, peceras, etcétera) y se pueden cambiar los cobertores eléctricos por normales; en la cocina, se debe colocar el horno de microondas en un sitio donde, a la hora de usarlo, no exista la posibilidad de que, inadvertidamente, alguien esté peligrosamente cerca del aparato. Con los monitores de las computadoras, lo mejor es sentarse a una distancia de un metro de la pantalla y mayor aún en el caso de los monitores de televisión. En las oficinas, el arreglo de los muebles en donde se encuentren los monitores de las computadoras se puede hacer de manera tal que se minimice la exposición del personal a los costados y partes traseras de dichos monitores. Para los teléfonos celulares, lo más recomendable es evitar su uso lo más posible y, en todo caso, usar aquellos modelos en los que la antena va montada fuera del vehículo o en una unidad aparte (por lo general, junto con el recargador de baterías), que deberá colocarse tan lejos como sea posible del usuario.
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Referencias Bibliográficas
American Journal of Industrial Medicine, junio, 1988, p. 695.
Constraints on biological effects of weak extremely-low-frequency electromagnetic fields, R. K. Adair, Revista The Physical Review A., vol. 43, enero 15, 1991, p. 1039.
Consumer Reports, mayo, 1994, p. 354, Consumers Union of The United States, Inc.
Computers ‘safe’ in pregnancy, The Guardian; Risk of stress seen for women users of VDU’s, The Financial Times; ambos periódicos publicados en Londres, Inglaterra. R. U., el 5 de Septiembre de 1990.
Nature, US agencies split over inquiry into effects of radiation experiments, vol. 368, abril 28, 1994, p. 781.
Physics Today, A Cancer and Power Lines, abril, 1994, p. 23; Letters, enero, 1995, p. 13.
Science, Polarized Debate: EMFs and Cancer, vol. 258, 1992, p. 1724; Letters, vol. 260, 1993, p. 13; EMF Good for trees?, vol. 267, 1995, p. 451; Epidemiology faces its limits, vol. 269, 1995, p. 164 y p. 1325.
The truth about VDUs, revista Occupational Health, Londres, Septiembre, 1988.
User-Unfriendly, The Spokesman and Spokane Chronicle, Spokane, Washington, p. C1, febrero 6,1991.
Internet: http://infoventures.comldocs/emflink.html
Notas
1. ¿Debemos preocuparnos por toda esa contaminación que no vemos, que no sentimos y a la que sólo descubrimos mediante sus efectos nefastos cuando generalmente ya es demasiado tarde?
2. Véase el artículo en la revista Nature que se encuentra en la sección 7. 3. Los hertz (Hz) o ciclos por segundo, son las unidades en las que se mide la frecuencia (sección 4). 4. Los anteriores y otros realizados en Suecia, Dinamarca, Finlandia y Los Ángeles (Estados Unidos). 5. Unidades en las que se mide la intensidad del campo magnético. 6. Recuérdese la frecuente queja entre los usuarios de “dolor de cabeza” o de “orejas calientes”. 7. Unidades en las que se mide la cantidad de calor generado por unidad de tiempo: en un horno de microondas se logra que el agua contenida en un vaso hierva en dos minutos. 8. Las imágenes conocidas como tomografías se crean mediante la interacción de los protones del agua en el cuerpo humano con pulsos de radiofrecuencia en presencia de un campo magnético intenso. |
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| Trabajo galardonado en Ciencia de Frontera. Segundo Concurso de Divulgación Escrita organizado por la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica y El Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable de la Semarnap, 1996. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Antonio Sarmiento Galán
Instituto de Astronomía,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Sarmiento Galán, Antonio. 1997. La ignominia del desarrollo o los riesgos de la ignorancia. Ciencias, núm. 47, julio-septiembre, pp. 4-11. [En línea].
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