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Antonio Lazcano Araujo
     
               
               

A la memoria de Tomás Brody

Al referirse en un poema a 1968, Rosario Castellanos escribió un verso que resume de manera magistral la vocación de olvido voluntarioso del Estado mexicano “…no busques en los archivos, que nada consta en actas…”. Como las únicas actas que existían eran las del poder judicial que los mandaderos de Díaz Ordaz habrán levantado en contra de un sinnúmero de profesores y alumnos que hablan participado en el movimiento de 1968, el llegar a la Facultad de Ciencias en 1969 significaba entrar a un espacio académico que miraba entre dolorido y confuso los cambios que se operaban en el país luego de 1968 intentando mantener algo de sus ímpetus políticos del año anterior. Era difícil olvidar que la Facultad tenia estudiantes y profesores presos en Lecumberri, así fuera porque el recordatorio lo constituyera un lócker en biología de Gilberto Guevara, que tenía escrito con letras de plumón negro la palabra “Kremlin” en su puerta, o por la presencia de un local obscuro y maloliente, el del Comité de Lucha, que hervía en militantes apasionados, aromas de thínner y pintura y una dosis nada desdeñable de vituperios políticos, ensayos tímidos de estigmatización ideológica y torturantes discusiones.

Fueron tan vastas las consecuencias del 68 que resulta imposible definir en unas cuantas palabras todos los cambios políticos y sociales que ocurrieron en el país, luego de la noche de Tlatelolco, pero fue justamente entre los jóvenes donde se comenzaron a dar, de manera notoria, una serie de cambios que habrían de modificar la estructura de todo el país incluyendo la de las escuelas y universidades. Me remito a unos pocos ejemplos: el rock —que a mi sigue sin gustarme—, cobró su carta de naturalización y alcanzó uno de sus momentos culminantes en el Festival de Avándaro. Los pelos crecieron y como atestiguarán gustosas Paty Moreno, Rosaura Ruiz y muchas más, las faldas se acortaron, y habrían de permanecer en esas alturas inconmensurables hasta que los dobladillos comenzaron a descender de manera paulatina pero inexorable diez años mas tarde. Eran los signos de una nueva época: de repente, toda autoridad, lo mismo política que académica, familiar o sexual se vio cuestionada abiertamente. Junto con la incorporación del Diario del Ché a la cultura de los jóvenes se dio la de la onda, qué buena onda, qué ondón, hijo, y desde luego, la de la revolución sexual, posible en aquellas épocas anteriores al SIDA en las que no era necesario pensar en el amor con barreras de látex. Las excentricidades comenzaron a ser, si no bien vistas, cuando menos toleradas; junto con aquel estudiante de física que alternaba el uso de una cubeta como sombrero con el de la pantalla de una lámpara, comenzaron a surgir de manera esporádica algunos hippies en la Facultad de Ciencias (de los cuales Manuel López Mateos se convirtió en uno de los principales representantes, con sus camisas de manta, sus gafas redondas, sus huaraches y sus festines semiclandestinos de comida china). Ningún sitio era tan importante como la cafetería de la antigua Facultad. Gracias a los espantosos murales que Mario Falcón había pintado allí en un arrebato revolucionario, los estudiantes de otras escuelas apenas si se atrevían a ir a comer en ese local, en donde Santiago López de Medrano, en muda contemplación, meditaba profundamente sobre el significado topológico de las donas, mientras que Pepe Chacón nos dejaba a todos boquiabiertos con su capacidad para reprobar materias y jugar diez partidas simultáneas de ajedrez. Cada sábado descendían hasta la cafetería, olímpicos y majestuosos, envueltos en refulgentes ropajes curriculares, Tomás Brody, Marcos Moshinsky y Jorge Flores para organizar discusiones sobre ciencia y política, sin saber que en el piso de abajo el Milamores, convertido ahora en un respetable historiador de la ciencia, lloraba sus desventuras románticas en el silencio del cubículo del Cine Club en donde el Moi planeaba sus funciones privadas de películas pornográficas.

Esas épocas marcaron el adiós de una derecha estudiantil ponzoñosa y antisemita que usaba calzones de bombero, se peinaba con Glostora y resumía sus propuestas ideológicas en una sola frase: “Cristianismo sí, comunismo no”. Eran los militantes del MURO, el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, cuya agonía política me tocó presenciar, y que solían combinar las golpizas ocasionales a los militantes de izquierda con los misas de inicio de semestre y las sesiones de meditación y recogimiento, al final de las cuales siempre se rezaba:

Virgencita de Guadalupe,
Reina de los mexicanos,
Salva a mi Patria
del Comunismo, Amén.

Claro que después de ver lo que ha ocurrido en China y en Cuba uno no puede menos que agradecer al cielo la eficacia de tales jaculatorias.   

Ante el flujo de cambios que se daban no sólo en la Universidad sino en todo el país, los del MURO no tardaron en convertirse en una especie en extinción. ¿Cómo podrán competir estas inocentes almas de Dios, por ejemplo, con los mejores momentos de oratoria política de Salvador Martínez della Roca, “el Pino”, que calzando botas de cuero labrado se ponía rojo como jitomate norteño en las Asambleas, mientras inauguraba un nuevo lenguaje político marcando el ritmo de sus palabras: “Miren compañeritos, a ustedes nos los vamos a chingar, pero no a golpes, sino po-lí-ti-ca-mente”.     

Muchos ni nos dimos cuenta, pero también por esas épocas comenzó a caducar la vieja izquierda, autoritaria y dogmática, que lo mismo cantaba La Internacional en las manifestaciones de apoyo a la Revolución Cubana, que se reventaba en las fiestas aquello de que yo soy el “icuiricui”, “yo soy el matalacachimba” del mambo universitario (evocación imperiosa de Pérez Prado) en las fiestas en donde dicen que las militantes de aquel remoto entonces, como Annie Pardo usaban calcetines y crinolinas con cascabeles, y colectaban fondos para las planillas de izquierda —y de perdida progresistas— de las sociedades de alumnos. Eran otras épocas, no cabe duda, porque muchos de los mejores espíritus de esas generaciones estaban convencidos de que todo lo que se decía de Cuba, Rusia y China no eran sino rumores del Selecciones del Readers Digest.    

Lo que siguió a los estertores políticos del régimen de Díaz Ordaz fueron las promesas de Echeverría de borrón y cuenta nueva, su convicción entre positivista y demagógica de la importancia de la ciencia, y la certeza de muchos de que ora sí ya la hicimos con el CONACyT, la transformación repentina de científicos en funcionarios y las invitaciones a transformar desde dentro el sistema, lo que provocó que más de un científico declarado de izquierda se incorporara, con el alma henchida de impulsos populistas, a la administración pública o, de perdida, se subiera al avión de redilas y se fuera con el Presidente a Japón.

No está por demás recordar la manera en que en estos veinte años el destino de nuestra Facultad, la principal escuela de científicos que existe en el país, se ha visto afectada por la inconstancia sexenal del Estado mexicano respecto a la ciencia. Baste recordar, por ejemplo, el Plan Nacional de Ciencia, preparado durante el gobierno de Echeverría, y en el que participaron un sinnúmero de científicos ilusos al lado de los representantes de los sectores tecnológicos, educativos y productivos del país, y que con la devaluación del peso mexicano en 1976 y el cambio de gobierno se vio abandonado al disminuir el interés oficial por apoyar el desarrollo científico y tecnológico nacional.

Sin embargo, al inaugurarse los momentos estelares del sueño panorámico de la prosperidad petrolera que anunciaba López Portillo, el auge y la ostentación se convirtieron en un recurso político a los que se sumó la Universidad. Era la época en la que parecía haber un oleoducto que comunicaba los pozos petroleros del Golfo de México con las arcas del Estado mexicano. Se abrieron nuevos centros e institutos de investigación, se aumentó de manera considerable el número de becarios y se inició el milagro de la multiplicación de los doctorados. Se financiaron barcos oceanográficos, telescopios, dinamitrones y bancos de información. Eran los años de las vacas gordas y había dinero en abundancia; bastaba con presentar proyectos de investigación, entregar tres copias del currículum vitae y llenar un sinnúmero de solicitudes para obtener becas y subsidios, viáticos para viajes académicos, y dinero para surtir las bibliotecas y comprar toneladas de aparatos científicos. Apareció y se multiplicó con rapidez por los pasillos de las oficinas universitarias una especie nueva de burócratas jóvenes que hablaban con un lenguaje solemne y arrogante de la ciencia, como si esta fuese una empresa de ideas modernas capaz de ofrecer todo un universo de posibilidades al investigador o al becario que quisiera invertir en ella sus neuronas. No nos fue tan mal en la Facultad. Conseguimos un edificio nuevo —al que faltan salidas de emergencia, enfermería y muchas cosas más—, pero como nos gustaban las asambleas, hasta logramos que nos construyeran un auditorio, y en una muestra de la nostalgia por los símbolos, pudimos arrancar la estatua del Prometeo de su fuente original para venir a dar con ella hasta acá, en donde nadie le hace caso.

Pero no hay auge petrolero que dure cien años, ni pueblo que lo resista. Como resultado de ese pavoroso desastre económico que eufemísticamente designamos con el nombre de crisis, hoy asistimos a la transformación múltiple de la actividad científica en nuestro país, y desde luego, a cambios radicales en el modus vivendi de la Facultad. La UNAM se separaba en dos grandes sectores: uno formado por las escuelas y facultades en donde las posibilidades de realizar la investigación son cada vez más reducidas, y otro por un número creciente de Centros e Institutos que son privilegiados con recursos materiales y humanos considerables. En estos veinte años de historia de la Facultad nos ha tocado la desgracia de perder muchos compañeros y maestros. Se han muerto Don Juan de Oyarzábal y su esposa Graciela, y también Alejandra Jaidar, Chela Salicrup, la Dra. Kurtz y la maestra López de la Rosa, Alfredo Barrera, Guillermo Haro y nuestro insustituible Tomás Brody. Dicen que veinte años no es nada, pero en este tiempo a la Pepita Larralde la dejaron de conmover las películas de Bambi y ahora vive aterrada por el plan de estudios de biología. Víctima de los deslices económicos, que no morales, del peso, asistimos en el doble papel de espectadores y victimas a la transformación constante de la actividad científica del país: la supervivencia mínima de la investigación y la docencia en ciencias, la pauperización de nuestras bibliotecas, los fracasos constantes de los planes de descentralización de la ciencia, la crisis del marxismo, el final de la izquierda tradicional y la transformación de la ecología en una actividad, si no de oposición, cuando menos contestaria.

La Facultad ha visto sustituida la Fuente de Prometeo por el imán gastronómico que significan las escaleras del estacionamiento de Biología, desde donde se contempla un espectáculo de sopes y quesadillas capaces de hacer estremecer al gastroenterólogo más templado. A pesar de que no han faltado quienes han soñado con verse directores de una Facultad de Biología, hemos mantenido una unidad más o menos esquizofrénica de tres departamentos, cuatro carreras y una sola Facultad verdadera. Pero aunque convivimos actuarios, biólogos, físicos y matemáticos, no hemos aprovechado la oportunidad que ello significa para enriquecer las interacciones científicas. Vivimos las paradojas más absolutas. Hemos multiplicado las opciones académicas pero no hemos sido capaces, en 23 largos años, de transformar los planes de estudio. Nunca habíamos tenido tantos laboratorios, tantos profesores y ayudantes, y sin embargo, nunca habíamos sido tan pobres y desesperanzados, porque la crisis no parece abrirnos muchas perspectivas más allá de la supervivencia mínima de un aparato científico profundamente debilitado.

Algunos hemos abandonado temporalmente la Facultad, pero terminamos regresando a ella tarde o temprano, porque el criminal siempre retorna al lugar donde cometió sus delitos más graves, aunque sea para recibir su castigo. Y es que a pesar de todos nuestros defectos y carencias, aquí la gente es anárquica, voluntariosa, obsesivamente perfeccionista y hasta carismática, y ello se ha traducido no sólo en actos de profunda devoción académica, rebeldía intelectual, sino también en hechos conmovedores como los protagonizados por las brigadas de estudiantes, maestros y trabajadores que trabajaron día y noche cuando el temblor de 1985. Somos intensamente individualistas, pero aquí se ha logrado mantener y desarrollar una solidaridad profunda, lo mismo se manifiesta con la edición de libros pirata que con las donaciones de sangre. Yo, que en el sentido más estricto soy un ejemplo vivo de lo que esa solidaridad significa, quisiera permanecer por siempre en esta Facultad a condición, eso sí, de nunca tener que cargar con la maldición de ser su director, porque como decían los griegos: “aquellos a quienes los dioses quieren destruir, les dan el poder”, y si no que lo digan Juan Manuel Lozano y Juan Luis Cifuentes, que apenas si se están recuperando de semejante trauma. Pero como dice Elena Poniatowska, Dios no cumple antojos, no endereza jorobados, ni les da alas a los alacranes, así que me conformaré con seguir siendo un profesor más en esta Facultad, viendo qué me depara el destino, hasta que se me doble el espinazo, se me endurezcan las corvas y se me nuble para siempre el entendimiento.

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Antonio Lazcano Araujo

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