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Ignacio de la peña Páez
     
               
               

Conocer las enfermedades que padecían los antiguos mexicanos, no quiere decir que sepamos que pensaban de ellas. De ninguna manera podemos aplicar nuestros conceptos de enfermedad a la manera y forma de la cultura náhuatl; al describir el dolor del corazón no podemos decir que los médicos nahuas conocieran el infarto del miocardio, con esto queremos puntualizar que para acercarnos a un sistema de creencias como las tenidas por el pueblo náhuatl, debemos identificar sus propios principios básicos y tomarlos como referencia o punto de partida. El criterio actual de enfermedad está basado en la presencia de una lesión, considerándose como tal desde el nivel microscópico. Para el médico náhuatl el concepto de enfermedad era radicalmente diferente; respondía a un juego de fuerzas, por un lado las cósmicas y por el otro las del propio individuo y considerando a la vez, que el hombre produce energía y que su propia sangre y el corazón mismo son alimento de los dioses. De esta batalla algunos seres terrestres podían transformarse, “trascender” y adquirir, después de la muerte, cualidades especiales, sobre todo las referentes a una gran energía y fuerza; en ese grupo privilegiado están los guerreros, las mujeres muertas en su primer parto, (cihuateteos), y los elegidos para el sacrificio. Es decir, dependiendo de la “calidad” de su muerte, adquirían una fuerza especial.

Podemos decir que el equilibrio de fuerzas, entre los antiguos mexicanos, representaba la salud y que la ruptura de las mismas, ya sea, en más o en menos, representaba la enfermedad.

Desde antes de nacer el individuo náhuatl estaba expuesto a las fuerzas cósmicas representadas por cada uno de los innumerables dioses o por los elementos representativos de los mismos.

El destino de la salud en cada uno de los nahuas estaba marcado desde su nacimiento por el Tonalanatl. Así, los nacidos en 6-perro “serian enfermizos y morirían presto y si viviesen, sufrirían diversas enfermedades”.1 De acuerdo a esto, el médico náhuatl tenia que interpretar, prácticamente en todas las etapas de la vida, la presencia de un designio o de una enfermedad, que marcaría irremediablemente la acción de una fuerza o la pérdida de energía en un individuo; de esta interpretación de las manifestaciones descritas en los códices, pretendemos hacer algunos señalamientos; para ello hemos escogido el manuscrito de medicina náhuatl más antiguo que se conoce, el Códice De la Cruz-Badiano.

Al referirse en el Códice a los tratamientos “contra la opresión molesta del pecho”, se menciona que cuando se está “como oprimido por una repleción y acompañado de una angustia”.2 Es evidente que esta observación recogida en el Códice, se refiere a un individuo que padeció un dolor en el pecho, que se encuentra angustiado y que siente una opresión; todas estas manifestaciones aún se siguen observando, por ejemplo, en el “dolor precordial”.

En otro momento, al describir el tratamiento para la podagra o gota, se dice “que el pie duele mucho con el calor”.3 Efectivamente esta enfermedad se presenta con un fuerte dolor, acompañado de una sensación ardorosa-quemante en la zona afectada del pie. Cuando se nos describen los tratamientos para vejiga, y en especial al referirse a “cuando se ha tapado el conducto de la orina” y no se resuelve con el tratamiento indicado, el médico náhuatl acude a los aspectos prácticos y recomienda: “recurrir a la médula de la palma, muy tenue, cubierta con un poco de algodón untada con miel y, con muchísimo cuidado, introducirla en el meato viril, de modo que se abra la obstrucción de la orina”.4 Por está descripción del tratamiento, podemos imaginar al médico aplicando inicialmente la curación, después interrogando sobre los resultados y, finalmente, tomando la decisión de realizar un acto cruento sobre el paciente para resolver así su problema; toda esta relación entre médico y paciente tiene para nosotros el más puro ambiente clínico. Hay situaciones en la terapéutica médica náhuatl que hacen ver lo amplio de las observaciones que concibieron sus médicos, por ejemplo, al referirse a los cuidados que se deben tener en los casos de los “ojos que se calientan mucho” se recomienda: “abstenerse del ardor del sol, del humo, del viento y de ver cosas blancas”.5 Indicaciones todas ellas, causantes de algunas molestias oculares.

En otras ocasiones se advierte de lo que puede ocurrir con el que tiene el padecimiento conocido como “enfermedad comicial o epilepsia”. El Códice dice: “observa el tiempo en que la epilepsia ha de venir, porque entonces se aparece la señal”. Esta anotación evidencia el conocimiento previo que se tenía de la enfermedad y al referirse a la aparición de una señal, coincide con lo que nosotros conocemos como “aura” o fenómeno que antecede a toda convulsión en la epilepsia.

Es interesante la descripción de los casos que presentan fiebre: “la cara del que tiene la fiebre, alguna vez se pone roja, a veces se pone negra y a veces se pone pálida, también puede escupir sangre, vomitar o que el cuerpo se vuelva acá y allá, cuando ya ve poco y en la boca siente en especial en el paladar, un amargor, un ardor y alguna vez dulzor y el estómago está muy corrompido y la orina está blanca, si no se ataja el peligro, ya se preparará tarde la medicina”.6

Son numerosos los datos con implicaciones clínicas que contiene el párrafo anterior; supone un seguimiento no sólo de observación al referir los cambios de coloración en la cara, sino un interrogatorio para saber las sensaciones de amargor, ardor o de dulzor, como está referido en el Códice. Observación interesante es el hecho de que la utilidad del medicamento es nula después de aparecidos ciertos datos, de lo cual se infiere que el médico debería de estar cerca del paciente y administrar las medicinas a tiempo.

En el capitulo décimo tercero del Códice, titulado “de algunas señales de la cercanía de la muerte”, se menciona lo siguiente: “los ojos enrojecidos son sin duda signos de vida…” “…los pálidos y blancuzcos, indicios de salud incierta. Los indicios claros de muerte son un cierto color humo que se percibe en medio de los ojos. Los ojos ennegrecidos que relucen poco, la nariz afilada y como torcida a manera de coma, quijadas rígidas, lengua fría, dientes como cubiertos de polvo y muy sucios, que rechinen; la cara que palidece, que ennegrece, que adopta y toma una y otra expresión y que, finalmente, emite y revuelve las palabras sin sentido, como los pericos, todo ello son anuncio de muerte”.7

El médico náhuatl que dio las anteriores referencias, seguramente había observado a numerosos moribundos y con atención especial las “facies” que estos presentaban, y con sutil percepción clínica menciona: “un cierto color humo entre los ojos” o la pérdida de la brillantez de los mismos, cuando se acercaba la muerte. Nuevamente encontramos una estrecha relación médico-paciente, que nos explica lo detallado de los datos referidos.

Dentro de la medicina náhuatl, los aspectos mágico-religiosos generalmente habían sido comentados ampliamente en años anteriores, por cronistas, historiadores e investigadores, dejando pasar, inadvertido o conscientemente, los hechos de observación como los que se señalan en el presente trabajo. Es probable que hayan considerado que los médicos nahuas no tenían la capacidad para interpretar las manifestaciones de la enfermedad; esa consideración ha sido un error, ya que la sensibilidad de los antiguos mexicanos para interpretar el mundo que les rodeaba fue única. Sólo me referirá a dos ejemplos suficientes para mostrar esta sensibilidad. El primero corresponde a los tlamatini llamados por Sahagún “sabios y filósofos”, los cuales empleaban la expresión in ixtli in yollotl (rostro-corazón), para indicar que con sólo ver un rostro era posible conocer el interior, el “yo” del individuo. El otro ejemplo es el del Ticitl, el verdadero médico el cual interpretaba al hombre enfermo desde el punto de vista físico y espiritual.

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 Refrerencias Bibliográficas

1. Martínez Cortés, F., 1964, Las ideas en la medicina náhuatl, Prensa Médica Mexicana, México, p. 76.
2. De la Cruz, M., Libellus de Medicinalibus lndorun Herbis. Manuscrito azteca de 1552, traducción latina de Juan Badiano, IMSS, México, 1964, p. 177, folio 27 r.
3. Ibíd., p. 187, folio 35 v.
4. Ibíd., p. 185, folio 34 r.
5. Ibíd., p. 157, folio 10 v.
6. Ibíd., p. 195, folio 42 r.
7. Ibíd., p. 223, folio 62 r.

     
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Ignacio de la Peña Páez
Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina, UNAM

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