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Biólogos moleculares
 
Manuel Garisoain 
   
   
     
                     

En ese entonces lo único que me preocupaba era volver a   verla. Hacía dos años que ella se había ido y durante todo ese tiempo únicamente salí con una mujer cuatro o cinco veces. Me sentía tremendamente solo.  

Nada aparte de mi trabajo me mantenía con ganas de estar vivo, nuestra investigación era sumamente interesante y mi profunda depresión no solamente no la retrasaba, sino que mis camaradas estudiaban y trabajaban con más ganas con el afán de verme distraído y ocupado. 

Durante todo ese tiempo sentía que cada vez nos acercábamos más a la clave de la secuencia del maldito virus.    

La forma de mutar de VIH-VII hacia VIH-VIII nos había dado la pista y éramos los primeros en tener cepas, mutantes junto a las originales.

Sabíamos cómo se había dado el primer paso y podíamos inducir la mutación.

Eso era más de lo que cualquier equipo de científicos en el mundo podía esperar de un golpe de suerte. Sin embargo, las consecuencias que habría de traer nuestra negligencia estaban lejos del ambiente de euforia triunfal de esos primeros días. ¿Cómo podría ser de otro modo si pensábamos casi tener una vacuna para todo el complejo SIDA?

Desgraciadamente ninguno de nosotros pudo darse cuenta de los monstruosos efectos que provocaría IRTRC —nuestra vacuna— hasta que fue demasiado tarde.   

La probamos en monos con buenos resultados, luego todos aquellos prisioneros de Nebraska y después con todos los internos del reclusorio. Todas esas veces con resultados prometedores.  

Cuando anunciamos en París que ya teníamos la ansiada vacuna, fue todo abrazos y felicitaciones. Solamente Eve Vignon —la brillante discípula de Montagneir— tuvo un leve atisbo sobre la peligrosidad de la vacuna en genotipos para los que la reversotranscriptasa jugara un papel importante. Sin embargo, ambos reforzamos nuestra mutua confianza y decidimos —¡qué desgracia!— que seguramente ORTRV era la clave no sólo del SIDA, sino tal vez también del cáncer y…  

Ella fue una de las primeras en morir. Probablemente yo mismo la infecté. Su locura la hizo volar toda una manzana… pensaba que los nazis entraban nuevamente por Champs Eliseés y tenían bombas atómicas…

Mi amada Eugenia provocó la muerte de casi toda la Ciudad de México, tratando de vengarse de mi. Introdujo LSD en el sistema de agua potable y lanzó un comando guerrillero a varias radiodifusoras —claro, todas mujeres infectadas— provocando suicidios colectivos espantosos. Las mexicanas actuales tienen menos de diez años y la historia deberé llamar a nuestro nuevo virus —nuestra vacuna— Síndrome de Esquizofrenia Femenina Adquirida, y todo por culpa nuestra… Pero lo que me atormenta más, señor periodista, es que nunca pude verla de nuevo y decirle que la quise siempre…

* Gracias a Frank Herbert, a quien le robé la idea.

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Manuel Garisoain
     
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