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Ruy Pérez Tamayo      
               
               

Creo que lo mejor será iniciar esta plática  señalando que
el término alopatía significa, según el diccionario de la Real Academia Española, “Terapéutica cuyos medicamentos producen en el estado sano fenómenos diferentes de los que caracterizan las enfermedades en que se emplean”. La palabra fue construida con las raíces griegas allos, que significa otro, y pathos, que quiere decir sufrimiento o afección. Su inventor fue nadie menos que el famoso médico alemán Samuel Christian Friedrich Hahnemann, quien vivió de 1755 a 1843 y a quien se conoce como el padre de la homeopatía, en vista de que no sólo inventó el nombre sino también esa forma peculiar de ejercer la medicina. El mismo Diccionario de la Real Academia Española define el término homeopatía como: “Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”. Hahnemann basó su sistema terapéutico homeopático en el principio latino Similia similibus curandur, o sea que los síntomas (pues él rechazó la existencia de enfermedades) deberían ser tratados con drogas cuyo efecto fuera desencadenar en el sujeto sano los mismos síntomas, pero más intensos; de esa manera, el malestar inducido artificialmente desplazaría a las molestias espontáneas. Para contrastar su homeopatía con el sistema médico científico, Hahnemann señaló que la alopatía sigue la máxima Contraria contraris, puesto que escoge para administrar drogas que en sujetos sanos producen síntomas diferentes a los que manifiesta el paciente. Naturalmente, eso era (y sigue siendo) completamente falso; los médicos alópatas nunca han seleccionado sus elementos terapéuticos sobre esa base tan absurda. Pero así fue como se bautizó a la medicina no homeopática, y como la tradición siempre ha sido más fuerte que la lógica, el nombrecito pegó.

Sin embargo, yo me he referido a la medicina alopática como el sistema médico científico, lo que requiere una aclaración. La medicina es tan antigua como el hombre, aunque la enfermedad es todavía más antigua, como lo atestiguan los fósiles de dinosaurios y otros animales que precedieron al ser humano en su aparición sobre la Tierra. Pero desde que el primer Homo sapiens se sintió enfermo y buscó ayuda para sus molestias en otro Homo sapiens, se inició el desarrollo de la medicina. Los comienzos deben haber sido totalmente empíricos, basados en intentos torpes y muchos errores, frecuentemente trágicos. Pero a lo largo de miles de años, poco a poco se fueron acumulando una serie de observaciones prácticas y de creencias sobrenaturales que constituyen las bases de lo que hoy conocemos como medicina primitiva. El pensamiento primitivo es fundamentalmente mágico-religioso; sus profundas raíces se nutren de una de las características más específicamente humanas, que es nuestra incapacidad para vivir en la incertidumbre. Desde tiempo inmemorial, el hombre ha reaccionado siempre de la misma manera frente a lo que ignora o desconoce: inventando la explicación. Cuando el mundo era joven, la fracción de él que era conocida por nuestros antepasados humanoides era todavía menor que la que pretendemos conocer en estos días, y además ellos todavía no contaban con la historia escrita, que desde su inicio nos permitió enriquecemos progresivamente de manera casi continua e ininterrumpida. En esas condiciones, es fácil entender que nuestros más remotos antepasados dieran rienda suelta a su imaginación y construyeran su concepto de la realidad con 5% de elementos objetivos y 95% de componentes sobrenaturales. En forma simplista, pero no por ello totalmente equivocada, podemos decir que el progreso de la humanidad a través de toda su historia puede concebirse como la sustitución, lenta y dolorosa, pero implacable, de nuestros mitos y supersticiones más queridas, por el conocimiento objetivo de la realidad.

Lo anterior era necesario como prólogo al tema central de esta plática, que puedo resumir de la manera siguiente: dadas las características del ser humano, así como las condiciones de su desarrollo y crecimiento histórico, es natural que en distintos tiempos hayan surgido diferentes formas de pensamiento médico. También es explicable que medicinas distintas, aunque racionalmente incompatibles entre sí; hayan coexistido y sigan coexistiendo hasta nuestros días. Todavía estamos muy lejos (por fortuna, pienso yo) del día en que de verdad seamos sujetos completamente razonables. Pero me interesa subrayar que el reconocimiento de la coexistencia de distintas medicinas en nuestro tiempo está muy lejos de concederles a todas la misma credibilidad, eficiencia y racionalidad. En mi opinión, sólo una de todas las medicinas contemporáneas es objetivamente válida: me refiero a la medicina científica. Además, postulo que todas las otras medicinas sólo sirven en la medida en que cumplen con los principios de la medicina científica. El resto de esta plática está dedicado a explicar lo que entiendo por ese portento, por esa maravillosa creación del intelecto humano que se conoce como la medicina científica.          

Lo primero que debe señalarse es que la ciencia estableció un parteaguas entre la medicina anterior o su irrupción en el mundo del pensamiento y la que se generó bajo su sombra. Para usos prácticos, la medicina científica empieza en 1543, con la publicación del famoso libro De Fabrica, de Andreas Vesalio. Este volumen es un texto de anatomía humana, escrito por un jovenzuelo de 27 años de edad y bellísimamente ilustrado, quien en ese libro se dio el lujo de renovar una actitud antigua pero ya olvidada frente al mundo real: hasta esas tiempos, el conocimiento sobre la naturaleza debía buscarse no en la realidad sino en los libros autorizados por la Santa Madre Iglesia. Se daba el caso de que un anatomista, disecando el cadáver de algún ajusticiado, se encontraba con una estructura no descrita (o descrita en forma radicalmente distinta) por Galeno. La conclusión era obvia: el que estaba equivocado era el cadáver. En esa época la realidad aceptable por las autoridades debía coincidir con las Sagradas Escrituras y con los textos compatibles con ellas. Vesalio cambió de juez para legitimar sus observaciones: en el lugar de los Evangelistas colocó a la naturaleza.                              

Cuando se habla de las diferentes medicinas generalmente se hace referencia a unas cuantas, tres o cuatro, como la brujería, la herbolaria, la homeopatía, la quiropráctica y la ciencia cristiana. Pero en realidad son muchas más, y a través de la historia ha habido muchísimas, aunque la mayoría han tenido una vida relativamente breve. Para ilustrar este punto me voy a permitir leerles una lista incompleta de las medicinas que coexistían en Alemania a mediados del siglo pasado: “Metafísicos, Idealistas, Iatromecánicos, Fisiólogos experimentales, Filósofos naturales, Místicos, Magnetizadores, Exorcistas, Galénicos, Homúnculos Paracelsianos modernos, Stahlianos, Humoralistas, Gastricistas, Infartistas, Broussaistas, Contraestimulistas, Historiadores Naturales, Fisiatristas, Patólogos Idealistas, Teósofos Germano-Cristianos, Epígonos Schoenlenianos, Pseudoschoenlenianos, Homeobióticos, Homeópatas, Isópatas, Alópatas Homeopáticos, Psoristas, Scoristas, Hidroporistas, Hambergerianos, Heinrothianos, Sachsianos, Kieserianos, Hegelianos, Morisonianos, Frenólogos, Iatroestadígrafos, etc.”. Como mencioné antes, la lista es incompleta y podría haber sido mucho más larga, si en lugar de haber usado los diferentes conceptos de enfermedades para distinguirlas, el autor hubiera basado su clasificación en las distintas medidas terapéuticas recomendadas por cada escuela.

Todas las medicinas tienen los mismos tres objetivos; conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura. Pero también comparten otras tres funciones, naturales y características del ser humano: el efecto benéfico de una relación médico­paciente satisfactoria, la tendencia natural del organismo a resistir agresiones y a regresar al atado de salud (la antiguamente llamada vis medicatrix natura), y la influencia favorable e inespecífica que se agrega a casi cualquier tipo de acción terapéutica que se lleve a cabo, conocida con el nombre de “efecto placebo”. Como estas tres funciones son suficientes para explicar la mayoría de los ejemplos de “curas maravillosas” que generalmente se usan para demostrar la validez de diferentes tipos de medicinas, veámoslas con más detalle. El impacto positivo que tiene la figura del médico (o mago, brujo, comadre, yerbero, niño Fidencio, etc.) sobre el paciente se conoce desde tiempo inmemorial; en muchos casos su autoridad y sabiduría se subrayan con ropas o disfraces ad-hoc, como la bata blanca, la máscara o las patas de conejo amarradas al cinturón, y con la exhibición de símbolos relevantes, como el título y otros diplomas colgados en las paredes del consultorio, los dibujos en la arena en el piso de la choza del mago, o la imagen del santito con sus velas prendidas en el cuarto del brujo. Es muy común que en la sala de espera, los pacientes se conforten unos a otros comentando que el doctor les inspira mucha “confianza”, y sólo en casos muy graves el enfermo siempre se siente mejor cuando ha visto al médico. Este efecto psicológico resulta de la interacción entre el que necesita ayuda y la busca y el que la ofrece y la proporciona, al margen de la estructura de pensamiento en que ocurra el encuentro y la naturaleza de las acciones resultantes. Si el sujeto que busca ayuda cree que va a encontrarla en un contexto determinado y este contexto se da, la encuentra, o sea que el resultado es psicológicamente positivo. Todo el mundo sabe que el contacto entre dos seres humanos mutuamente bien intencionados es reconfortante, sobre todo para aquel que busca y necesita confort. Es la base del buen trato entre sujetos civilizadas, de la amistad y del amor, y es también la base de la relación médico-paciente, que alguna vez el Maestro Ignacio Chávez llamó “una confianza frente a una conciencia”.

 La segunda función que comparten todas las medicinas es la conocida desde hace muchos años como vis medicatrix natura. Este latinajo se refiere a la tendencia de todos los organismos vivos a la autoconservación, basada en mecanismos fisiológicos genéticamente determinados, muchos de ellos razonablemente bien conocidos en la actualidad. Mencionaré dos ejemplos: 1) Muchas características de nuestra fisiología, como la frecuencia cardíaca o el nivel de glucosa en la sangre, se mantienen constantes dentro de límites relativamente estrechos, a pesar de que existan grandes variaciones en el medio ambiente. Tal constancia no es accidental, sino debida a mecanismos nerviosos y endócrinos de regulación cuyo conjunto se conoce con el nombre de homeostasis. Cuando estos mecanismos fallan se producen síntomas o enfermedades, pero los mecanismos no han desaparecido sino que siguen ahí, todavía funcionando en la buena dirección pero sin lograr corregir el desperfecto. Con cierta frecuencia el problema es solamente de tiempo, que una vez transcurrido el defecto se corrige y el sujeto vuelve a la normalidad; cuando esto ocurre, no importa qué tipo de medicina se está utilizando (siempre que no interfiera con el proceso), el enfermo se cura.        

La tercera función que comparten todas las medicinas es el efecto “placebo”, que seguramente incluye elementos de las dos funciones anteriores pero también algo más, y es la que se conoce menos bien. Imaginemos tres enfermos con fiebre elevada, de 40°C uno de los cuales recibe aspirina, otro sal, y el otro nada; el resultado es que al que recibió aspirina se le quitó la fiebre y tiene 37°C, al que no le dimos nada sigue igual, con 40°C pero al que le dimos sal le bajo la fiebre a 38°C. Como ya mencioné antes, este efecto benéfico es inespecífico (la sal no es un antipirético, como sí lo es la aspirina) de modo que también puede observarse con chiqueadores de papa, con infusión de cabellos de elote, con pastillas de piel molida de víbora, o con cualquier otra cosa que no tenga influencia fisiológica sobre la temperatura del cuerpo humano.             

Me he extendido en las tres funciones anteriores porque son comunes a todas las medicinas, en vista de que no dependen de ellas sino de la interacción humana. Pero ya es tiempo que señale las diferencias que, en mi opinión, separan de manera irreconciliable a la medicina científica de todas las demás. Creo que pueden resumirse en las siguientes tres:    

1) La medicina científica es la única que tiene conciencia de su inmensa ignorancia y de su correspondiente impotencia para enfrentarse a muchos de los problemas más graves de salud que afectan al hombre, como muchas formas de cáncer, muchas enfermedades degenerativas cerebrales y vasculares, las lesiones que afectan la función del sistema nervioso central, ciertas anomalías genéticas, etc. Al hacerse científica, esta variedad de la medicina aceptó la postura filosófica de la ciencia, que distingue entre lo que se sabe, lo que se cree y lo que no se sabe; aceptó los criterios objetivos para definir lo que se sabe: aceptó el análisis riguroso de los hechos y su separación clara de las creencias, corazonadas, imaginaciones, sueños; mentiras, y todas las otras formas que el hombre usa para relacionarse con su realidad; aceptó que la verdad se encuentra fuera de nosotros y que es independiente de nuestros deseos; y aceptó que no es posible imponerle al mundo una realidad distinta a la que posee, ni aún por medio de la autoridad más bien intencionada o poderosa. En cambio, las medicinas no científicas no tienen estas dificultades, la ignorancia no forma parte de su bagaje. Hay remedios para todos los problemas, hay medicinas para todas las enfermedades, hay rezos y encantamientos para todas las molestias. Incluso hay yerbas que sirven para la diabetes, la gota, el sarampión y el flujo, o bien otras que curan enfermedades de las articulaciones y de las vías nerviosas y urinarias; hay rituales que sirven para recuperar el alma, cuando se ha perdido como consecuencia de un “susto”; y naturalmente hay todas esas cosas y muchas otras más, como inyecciones de sangre de chivo, caldo de piel de víbora, semillas de durazno, sesiones con los espíritus, vacunas hechas con testículos de toro, rezos a San Miguelito, etc., contra el cáncer. Todo este inmenso carnaval terapéutico no muestra agujeros, no contiene excepciones; el médico no científico se enfrenta a todas las enfermedades y a todos los síntomas, tiene uno o más remedios que son buenos para combatirlos a todos.

2) La medicina científica es la única que ha cambiado con el tiempo, que ha progresado, que se ha ido enriqueciendo con los descubrimientos hechos científicamente. En cambio, todas las demás medicinas han surgido completas, establecidas y terminadas; cualquier intento de modificar hasta el detalle más insignificante se recibe como herejía y hace fracasar todo el procedimiento. Las indicaciones para la preparación de los medicamentos dadas por Hahnemann eran intocables; sus libros fueron equiparados a las Sagradas Escrituras y, posteriormente, al Capital de Marx. Los rituales de los brujos que “chupan” las enfermedades o que hacen “curas” de maleficios o de males de ojos no están sujetos al método experimental y no pueden cambiarse, en vista de que han sido establecidos para siempre por poderes sobrenaturales.

3) La medicina científica no es la única que cumple con los objetivos de la medicina, que fueron enumerados como conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura; otras medicinas también lo logran. Pero la medicina científica es la única que, cuando cumple tales objetivos, lo hace sabiendo por qué, o sabiendo que no sabe por qué. En otras palabras, la medicina científica es la única que se interesa por conocer los mecanismos de los fenómenos que observa y por generar explicaciones verificables de ellos. En cambio, las otras medicinas operan en otra u otras dimensiones: en primer lugar, no explican nada porque no tienen nada qué explicar, en vista de que las cosas, simplemente, son así: en otros casos (la herbolaria, la frenología) se trata de dar explicaciones ad hoc, como que “las flores de calabaza son buenas para el cólico renal”, o que “la frente amplia es signo de inteligencia”; finalmente, se echa mando de la fe (el niño Fidencio, los científicos cristianos) uno de cuyos oráculos dijo Credo qui absurdum.

Quiero terminar esta breve discusión refiriéndome a un punto que con frecuencia surge en discusiones sobre el valor de las distintas medicinas, y en especial con la herbolaria. Se dice que nuestros abuelos indígenas habían desarrollado un extenso catálogo de plantas medicinales, y que este catálogo se perdió en gran parte durante la conquista; también se dice que hay una riqueza potencial de fármacos escondida en la botánica mexicana y que debemos descubrirla y explotarla; y también se dice (como prueba de lo anterior) que la medicina herbolaria mexicana que se practica en la actualidad es muy eficiente y que si no fuera por los médicos yerberos la salud de millones de mexicanos sería mucho peor. Todos estos pronunciamientos son expresiones de buena fe, pero los que los hacen realidad no saben si lo que dicen es cierto o no. Es posible que nuestros ancestros indígenas hayan tenido conocimientos profundos de farmacología y toxicología, pero si los documentos se perdieron durante el encuentro de los dos mundos ¿cómo lo saben? La verdad es que no lo saben, sino que se lo imaginan, con más o menos buenas bases; yo también creo que nuestros ancestros indígenas habían acumulado una gran cantidad de datos, pero ignoro cuántos de esos “datos” era reales y cuántos eran imaginarios o simplemente equivocados. La riqueza farmacológica potencial de nuestras plantas es también intuitiva, y yo coincido en esta creencia, pero me parece que no hay ninguna razón para que lo mismo no sea posible de las plantas de Canadá, de Vietnam o de las Islas Malvinas; la capacidad de contención de sustancias útiles en medicina no depende de que sean mexicanas, sino de que son plantas. Además, una cosa es la capacidad potencial y otra es la realidad: antes de cantar victoria, las plantas llamadas medicinales deben someterse a un riguroso estudio químico y farmacológico, con todas las reglas de los análisis científicos, y si resulta que sí existen principios útiles en medicina, qué bueno, pero si resulta que no existen tales principios, ni modo. Finalmente, la opinión de que la medicina herbolaria está contribuyendo de manera positiva a la salud de los mexicanos que la usan, por encima de lo que podría esperarse si descontamos los tres factores inespecíficos mencionados antes (la influencia psicológica de la autoridad, la vis medicatix natura y el efecto placebo), es una pura expresión de fe, en vista de que no hay control, o sea que no sabemos qué estaría pasando con la salud de los usuarios en ausencia de esa medicina.

Quiero concluir con una observación que podría parecer cínica, pero que sólo pretende ser realista. No deseo dejar la impresión de que yo pienso que hay dos clases de medicina, la científica, que es la buena, y todas las demás, que no sirven para casi nada. Mi opinión personal es que todas las medicinas, incluyendo a la científica, a las tradicionales, a las marginadas y a todas las demás, son bastante malitas. Todas provienen de la misma necesidad humana de buscar ayuda y de proporcionarla, todas intentan hacerlo, y todas (no con granes diferencias) lo logran. Pero también en mi opinión, la única que conoce sus enormes deficiencias y que posee la capacidad para progresar, es la medicina científica.

 
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 Conferencia dictada en el Museo de la Cultura en noviembre de 1987.      
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Ruy Pérez Tamayo
Miembro de El Colegio Nacional.

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