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Noticias, fiestas
y paradojas de la ciencia en México
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Antonio R. Cabral
 
                     
El 5 de diciembre pasado la ciencia mexicana fue noticia:
el Presidente de la República entregó nueve Premios Nacionales de Ciencias y Artes y el Conacyt publicó la lista de asignación de recursos para la ciencia, la segunda de 1995. No parece que tal sincronía haya sido coincidencia, sino más bien que la publicación de la lista, proyectada originalmente para octubre, estuvo subordinada a tiempos políticos. Dichos acontecimientos provocaron sentimientos encontrados en algunos colegas investigadores, pues mientras que la entrega de los Premios Nacionales es un justísimo reconocimiento a la trayectoria profesional de quienes los recibieron, sólo se otorgó financiamiento a 411 de las 2863 solicitudes recibidas por Conacyt con un monto total de $105 009 074.00. Se dijo que en febrero saldría publicada otra asignación cuya cantidad es aún desconocida, pero que, de acuerdo con la historia de las crisis financieras de nuestro país, sabemos que será por menos y más devaluados pesos. Es decir, en el mejor de los casos, la próxima inversión gubernamental en proyectos de investigación será de aproximadamente 25 millones de dólares, misma cantidad que ganó Tyson, un ex convicto, el 19 de agosto de 1995 en una pelea de box que duró 89 segundos. Esto, desde luego, no es nuevo ni en México ni en ningún otro país. Los recursos económicos destinados a la ciencia han sido siempre limitados y, como ya lo escribí antes en estas mismas páginas, según las tradiciones culturales de cada país. En el de Tyson, por ejemplo, sólo 10% de los proyectos reciben financiamiento gubernamental, con todo y que la ciencia norteamericana está a la vanguardia, aunque en decadencia.
Ante tales circunstancias, cuando se trata de asignar recursos, los administradores de la ciencia marcan prioridades: cuando hay poco, dice Perogrullo, debe darse primero a unos y, si sobra, a otros. ¿Fue esto lo que hizo el Conacyt? Un rápido vistazo a los títulos de los proyectos, no a los nombres de los investigadores, responde negativamente. Admito que de los proyectos listados sólo conozco el nombre y el de algunos investigadores, por ello no me refiero, por ahora, a la aplicabilidad, universalidad, relevancia y fertilidad de sus propuestas; tampoco a la capacidad científica de sus proponentes ni a la factibilidad de sus sueños. Sin embargo, hay algunos proyectos que tratan sobre aspectos "archisabidos" de la naturaleza, mientras que otros, sin ser fanático ni partidario del papel utilitario de la ciencia y sin la intención de descalificar a nadie, no parece que sus conclusiones vayan a sacarnos del atolladero. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRALE) define prioridad como "anterioridad de una cosa con respecto de otra, o en tiempo o en orden".
Según ésta, es fácil concluir, de acuerdo ahora con lo dicho por Zedillo en su discurso del multicitado 15 de diciembre, que los proyectos fueron financiados sólo de acuerdo con su nivel de excelencia. Recurro de nuevo al DRALE, que en su entrada excelencia dice: "superior calidad o bondad que hace digna de singular aprecio y estimación una cosa". De esta manera, cuando se califica un proyecto de "excelente" se atiende a un juicio de valor. Esto en ciencia, hay que decirlo, está fuera de lugar. Aún más cuando está en ciernes. Calificar de "excelente" un proyecto de investigación no sólo es imposible sino anticientífico. En su, ahora sí, excelente libro El método científico, el doctor Arturo Rosenbueth califica los aspectos estéticos de los trabajos científicos con adjetivos como claros, precisos, oscuros, confusos, difusos, complicados, sencillos, buenos, malos, elegantes, bonitos y hasta bellos. Estos mismos calificativos podrían aplicarse a los proyectos de investigación, pero nada tienen que ver con su valor científico, ninguno se refiere a la potencial universalidad de sus hipótesis ni, necesariamente, a la fertilidad de sus conclusiones. Por esta última expresión debe entenderse "al mayor o menor grado en el cual una hipótesis determinada sugiere experimentos nuevos y desarrollos ulteriores del conocimiento de los fenómenos a los cuales esta hipótesis es aplicable". La cita también es de Rosenblueth.
Ya que ignoro los detalles de todos los proyectos financiados esta vez por el Conacyt, la expresada no pretende ser una opinión ni siquiera medianamente científica y mucho menos moral, pero si nos guiamos por algunos de sus títulos y, ahora sí, por la trayectoria de sus responsables, resulta fácil inferir que no todos fueron asignados conforme a cánones estrictamente científicos y menos que siguieron prioridad alguna. Ignoro a qué criterios se ajustaren, pero no fueron uniformes en su aplicación y parecería más bien que estuvieron subordinados a la naturaleza humana, que no científica, de los evaluadores. Esto no es, por supuesto, una crítica a dichos criterios ni a los comités de evaluación; libre esté yo de atacar a mis pares, mucho menos cuando existe la posibilidad de resultar apaleado por su debilidad humana; se trata todos sabemos, de fallas inveteradas del sistema de evaluación y quizá de la imposibilidad de lograr que los evaluadores califiquen sólo los valores científicos de las hipótesis presentadas o de la trayectoria profesional de los solicitantes, por ejemplo, la generalidad y la fertilidad de sus propuestas. Esto a pesar de la consabida dificultad para calificar de universal o fértil un conocimiento científico, cuantimás una hipótesis.
El 15 de diciembre pasado fue también un día de fiesta para la ciencia mexicana: se premió con el Nacional de Ciencias y Artes a cuatro mexicanos nacidos en el extranjero y se homenajeó a un extranjero nacido en México, el doctor Mario Molina, Premio Nobel de Química. Asimismo, aquel día fue paradójico para nuestra ciencia: el presidente Zedillo anunció que se destinarán 325 millones de nuevos pesos para fomentar el retorno de investigadores mexicanos que "están obligados a trabajar en el extranjero".
Resulta contradictorio que se proyecte gastar 3.09 veces más dinero en los investigadores mexicanos que trabajan voluntariamente en el extranjero que en los que en casa se ciñen cada día más el cinturón; es más paradójico aún cuando se piensa que esta vez fueron financiadas sólo 14% de las solicitudes presentadas al Conacyt. Este asunto es todo menos trivial, si meditamos en lo que harán los repatriados para financiar sus investigaciones. Los recursos, ya está escrito, no aumentarán proporcionalmente, sólo serán más exiguos. Mientras llegan por acá mejores aires, a los investigadores mexicanos que trabajan en el extranjero quizá les convendría más hacer lo que el doctor Molina: optar por otra ciudadanía y seguir sus investigaciones en países más prósperos.
Por su parte, a nuestro gobierno también le resultaría más saludable rectificar sus prioridades "en materia de ciencia" e invertir más en la que se hace en el país, para así apostar deveras por la independencia económica que tanto necesitamos.
     
       
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Antonio R. Cabral
Instituto Nacional de la Nutrición "Salvador Zubirán”.
     
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cómo citar este artículo
 
Cabral R., Antonio. 1996. Noticias, fiestas y paradojas de la ciencia en México. Ciencias, núm. 41, enero-marzo, pp. 10-11. [En línea].
     

 

 

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