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Sexo y violencia: la bestia noble y
el noble bestia
 
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Shahen Hacyan
 

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El parecido entre hombres y monos no se reduce sólo a lo físico. Los monos poseen complicados patrones de conducta que recuerdan muchas características del comportamiento humano, e incluso podemos sospechar que las raíces más profundas de nuestra mente se afincan en épocas remotas, cuando nuestros antepasados vivían en los árboles.
 
 
Los zoólogos que estudian el comportamiento de los primates han aclarado muchas cuestiones. Hace tres décadas, Desmond Morris, en El mono desnudo, presentó numerosas similitudes entre humanos y monos, hasta entonces sólo conocidas en el medio académico de los etólogos. El libro tuvo un sorprendente éxito: se convirtió en bestseller y fue traducido a más de 30 idiomas; nuevos descubrimientos han reforzado algunas tesis de Morris, pero han vuelto obsoletas muchas otras.
 
 
Hoy tenemos un conocimiento más detallado del comportamiento de los monos, principalmente gracias a la observación de individuos in situ. También, por el lado de los humanos, nuevos estudios antropológicos han llevado a un mejor conocimiento de las sociedades llamadas primitivas, destruyendo de paso numerosos mitos modernos sobre esas culturas. Todo ello reseña el reciente libro de R. Wrangham y D. Peterson: Demonic Males: Apes and the Origin of Human Violence (Houghton Mifflin Co.), que ofrece una versión más realista de los patrones de conducta propios de los animales y de los humanos.
 
 
Demonic Males es un lúcido tratado sobre el origen de la violencia que forma parte del comportamiento de los animales superiores y del hombre. En particular, permite apreciar el problema desde una perspectiva más moderna que la expuesta por Charles Darwin en el Descenso del hombre, su obra clásica sobre la selección sexual. Más aún, arroja nueva luz sobre la teoría del parricidio y el origen del totemismo que Freud elaboró en Tótem y tabú, basándose en parte en la obra de Darwin. Como veremos, las hipótesis que Freud planteó hace varias décadas están en plena concordancia con los nuevos esquemas de la etología.
 
La bestia noble
 
Suele decirse que el hombre es el único animal que mata a los de su propia especie, y que además lo hace sin necesidad. En cambio —se argumenta— los animales no poseen tales instintos, pues matan sólo para alimentarse; si alguna vez los machos de una especie pelean entre sí, la lucha termina cuando uno de los contendientes acepta su derrota y se retira. Conclusión: el hombre es violento como consecuencia de una cultura que deforma su estado original.
 
 
Incluso un observador tan agudo como Darwin estaba convencido de la bondad innata de los animales. Así, en los últimos párrafos de Descendencia del hombre, el fundador de la teoría de la evolución se defiende de sus adversarios con el siguiente argumento:
 
 
Por mi parte, preferiría ser descendiente de ese heroico monito que desafía a sus terribles enemigos para salvar la vida de su guardián, o de ese babuino que, bajando de la montaña, arrebata triunfalmente a su compañero de una jauría de sorprendidos perros, que descendiente de un salvaje que se deleita torturando a sus enemigos, ofrece sacrificios sangrientos, practica el infanticidio sin remordimiento, trata a sus mujeres como esclavas, no conoce la decencia, y es presa de las peores supersticiones.
 
 
Sin embargo, tal concepción de la bestia noble no puede sostenerse más, como lo muestran Wrangham y Peterson: en cuanto a violencia, nada tenemos que envidiar de los animales, y en particular de nuestros parientes más cercanos, los monos superiores.
 
 
El simpático chimpancé puede ser terriblemente agresivo contra los de su especie; y el macho es un déspota con sus hembras, a las que acostumbra golpear y violar constantemente. El pacífico gorila es un infanticida desalmado, pues un macho mata cualquier crío que no haya nacido en su propio harén. El orangután se aparea casi siempre por la fuerza, aprovechando que las hembras suelen andar solas y no siempre se encuentran bajo la protección de un macho más poderoso. El único que merece mención aparte es el bonobo, al que volveremos más adelante.
 
 
Al igual que muchos animales —incluyendo al hombre—, los monos viven en comunidades que ocupan territorios bien definidos, y en los que se distingue un jefe, el llamado macho alfa. Pero la convivencia no siempre es pacífica y las invasiones territoriales son frecuentes. Wrangham y Peterson narran varios episodios observados desde los años 70 en los parques nacionales de Africa. Típicamente, un grupo de chimpancés, conducidos por el macho alfa, cruza la frontera de su territorio y se adentra sigilosamente en el territorio de la comunidad vecina. Cuando sorprenden a algún chimpancé solo, lo atacan despiadadamente, golpeándolo y mordiéndolo hasta dejarlo moribundo. A los pocos meses, un ataque de ese estilo se repite contra otro simio de la misma comunidad, y así sucesivamente hasta no quedar un solo macho en el territorio vecino; después los “conquistadores” ocupan el territorio de sus víctimas y se adueñan de sus hembras.
 
 
Otro episodio típico ocurrió en el zoológico de Amsterdam1 en 1980. Allí vivía una colonia de chimpancés de cuatro machos y nueve hembras, todos en aparente armonía y bajo el dominio del macho alfa. Uno de los de menor jerarquía era servil con el alfa y literalmente se arrastraba ante él, mientras que otro no ocultaba su animadversión contra su superior. Una noche, estos dos machos se unieron y atacaron al jefe. La lucha fue sangrienta y el alfa murió al día siguiente, a consecuencia de sus heridas: sus rivales le habían arrancado a mordidas los testículos y varios dedos de las manos y pies. Después de esta hazaña, el macho que solía arrastrarse pasó a ocupar el primer puesto en la jerarquía.
 
 
El mito de que el hombre es el único animal que hace la guerra se vino abajo con estos y muchos otros episodios similares reportados desde hace un par de décadas. Está claro que los animales superiores, carnívoros y primates, sí matan a los de su propia especie sin necesidad, y es un hecho notable, además, que tal violencia es patrimonio casi exclusivo de los machos (aunque hay excepciones, como las hienas, cuyas hembras son las que salen a cazar y guerrear).
 
 
El noble bestia
 
Las palabras de Darwin citadas arriba conforman uno entre muchos retratos de los hombres primitivos que abundan en las narraciones de los europeos del siglo pasado, y en las que la “crueldad” de los salvajes se hace contrastar con la “bondad” de los animales. Pero después de la primera guerra librada en la civilizada Europa, el mito del salvaje sufrió un cambio brusco.
 
Cundieron las historias de pueblos primitivos que vivían en condiciones de pureza idílica: paraísos gauguinianos en las islas del Pacífico, habitados por nativos inocentes que andaban semidesnudos, ajenos a toda forma de violencia, haciendo el amor en vez de la guerra. Surgió una nueva escuela de antropólogos que cuestionaron seriamente la existencia de instintos primitivos en el hombre y endosaron los rasgos violentos de su personalidad exclusivamente al medio cultural en el que vivía. Y así nació el nuevo mito del buen salvaje.
 
 
Ahora sabemos que la visión idílica se debe más a la imaginación de los antropólogos que a la realidad. En ésta, el contacto —en los años veinte— de los antropólogos con los aborígenes se reducía a unas cuantas entrevistas con algunos miembros selectos de las comunidades locales, no obstante lo cual aducían una larga experiencia de convivencia grupal para sustentar sus tesis.
 
Sin embargo —como lo señalan Wrangham y Peterson—, los estudios más recientes indican que la situación es muy distinta en las comunidades primitivas. En todas las tribus aborígenes impera la ley del “ojo por ojo” ad infinitum; son comunes las vendettas familiares, y se practican, con mayor o menor frecuencia, redadas como las de los chimpancés, sin más motivo que el placer de masacrar a algunos vecinos y, de paso, adueñarse de sus bienes materiales y mujeres. De hecho, la guerra organizada, con grandes ejércitos y batallas cuidadosamente planeadas, es un invento relativamente reciente en la historia del hombre “civilizado”.
 
 
Para dar una idea del grado de violencia, baste señalar que en los pueblos primitivos el porcentaje de muertes por asesinato entre los varones se sitúa en un 20 por ciento, llegando a más de 30 por ciento en el caso de algunas tribus amazónicas. En comparación con una aldea de las islas del Pacífico o del Amazonas, la ciudad de México es un remanso de paz y seguridad.
 
El Homo sapiens es un animal terriblemente violento (y el género masculino mucho más que el femenino). Sin embargo, es capaz de dominar sus instintos gracias a la cultura que ha desarrollado, aunque ese dominio no será completo mientras insista en negar sus componentes salvajes. Al respecto, Wrangham y Peterson concluyen justamente: “Para encontrar un mundo mejor debemos mirar no hacia un sueño romántico y deshonesto, que retrocede para siempre hacia el pasado remoto, sino hacia un futuro basado en una mejor comprensión de nosotros mismos.”
 
 
El regreso de la bestia noble
 
La violencia es la norma en el mundo animal, y en particular entre los machos. Las hembras de los monos superiores tienen un papel sumiso y deben sufrir la violencia de éstos. Empero, señalan Wrangham y Peterson, aquí también hay una excepción: el bonobo o chimpancé pigmeo, muy parecido físicamente al chimpancé común, pero con un patrón de conducta distinto.
 
 
El bonobo es un simio sumamente inteligente que vive en la margen izquierda del río Congo, mientras que el chimpancé —su pariente más cercano— ocupa la derecha. Por circunstancias que no se conocen plenamente, los bonobos evolucionaron en forma tal que su comportamiento actual es muy peculiar. Esto quedó de manifiesto sólo en años recientes, pues su hábitat es de muy difícil acceso.
 
 
Hasta donde se ha podido comprobar, el comportamiento agresivo del chimpancé no existe entre los bonobos. Estos simios también viven en comunidades con un territorio bien definido, pero nunca se ha observado una invasión territorial o una redada contra miembros de otros grupos. Más aún, en las ocasiones en que dos comunidades se encuentran en la frontera común de sus territorios, nunca ocurre un pleito y siempre comparten tranquilamente los recursos alimenticios que allí se encuentran.
 
 
Las comunidades de los bonobos se caracterizan porque las hembras forman un grupo muy unido, que les permite enfrentarse a los machos y defenderse de ellos. Así, una hembra bonobo escoge con quién aparearse, lo cual hace en presencia de otros machos que esperan pacientemente su turno, algo inconcebible entre otros primates superiores. Por lo que respecta al sexo, los bonobos superan por un amplísimo margen a los humanos, que nos ufanamos de ser no sólo la especie más inteligente sino la más libidinosa. Para estos simios, el sexo es su diversión favorita y la practican en todo momento, sin ninguna relación con la procreación. Y, por si fuera poco, la fuerte solidaridad entre las hembras está cimentada con estrechos lazos sexuales entre ellas. ¡Suficiente para escandalizar a más de un Homo sapiens!
 
 
Los bonobos son una muestra de que la violencia no es componente ineludible del comportamiento de los primates. Para Wrangham y Peterson, entre las posibles razones para explicar que los bonobos evolucionaran hacia una forma pacífica es la posición dominante de las hembras.
 
Tótem
 
La lucha de los chimpancés por destronar al macho dominante que acapara a las hembras, recuerda claramente la teoría de Freud sobre el parricidio primordial en Tótem y tabú:
 
Los hermanos expulsados se reunieron un día, mataron al padre y devoraron su cadáver, poniendo así fin a la existencia de la horda paterna... La comida totémica, quizá la primera fiesta de la humanidad, sería la reproducción conmemorativa de este acto criminal y memorable, que constituyó el punto de partida de las organizaciones sociales, de las restricciones morales y de la religión.
 
 
Aquí Freud añade en un pie de página:
 
La hipótesis, que tan monstruosa parece, del vencimiento y el asesinato del tiránico padre por la asociación de los hijos, sería, según Atkinson, una consecuencia directa de las circunstancias de la horda primitiva darwiniana... Atkinson [en su obra Primeval Law]... invoca el hecho de que las condiciones de la horda primitiva, tal y como Darwin las supone, se comprueban regularmente en los rebaños de caballos y toros salvajes y conducen siempre al asesinato del animal padre...
 
Freud cita en especial a Charles Darwin y al antropólogo J. G. Frazer, autor de La rama dorada, para sustentar su propia teoría del origen del totemismo. No es nuestra intención reseñar las fuentes a las que recurrió Freud, pero sí señalar que los estudios etológicos modernos confirman, más allá de toda expectativa, lo que los naturalistas de su época habían intuido: que el asesinato del macho dominante en una horda es un patrón de conducta muy general, y en particular en las comunidades de primates.
 
 
Tal parece, pues, que el hombre tiene en común con los animales un instinto agresivo, el mismo que induce a sus parientes los primates a asesinar al jefe de la horda para ocupar su lugar. Pero la diferencia fundamental es evidente: los animales, hasta donde se sabe (y no lo mencionan Wrangham y Peterson) nunca se “arrepienten” de su crimen, ni dan muestras de recordar al jefe asesinado. Es decir, ningún mono ha construido jamás un tótem para sustituir al padre eliminado y perpetuar su memoria. Siguiendo con las ideas de Freud, el Tótem (¿el Falo?) sería uno de los primeros símbolos que inventó el homo sapiens; sin duda el más cargado de significación.
 
 
La diferencia fundamental entre humanos y animales sería, entonces, no el uso de instrumentos, sino el de símbolos. Como bien saben los estudiosos de los primates, muchos monos utilizan “herramientas”, tal como lo hicieron los humanos primitivos, pero ninguno fabrica un tótem.
 
 
¿Conclusiones?
 
Queda claro que el comportamiento violento es uno más entre los muchos instintos, tal como el de los pájaros que construyen nidos o el de las arañas que tejen sutiles redes. La agresividad es un instinto muy especial que tiene alguna función en el proceso evolutivo de los animales superiores; se transmite genéticamente —de forma aún desconocida— y puede sufrir alteraciones, al igual que las características morfogenéticas de una especie. Es notable que puede manifestarse en formas muy complejas, como el impulso que tiene todo macho de ocupar el puesto de macho alfa, a pesar del destino trágico que sufrirá inexorablemente. Si aceptamos que existen estructuras mentales que condicionan la conducta y se transmiten genéticamente, entonces la teoría freudiana del parricidio original no resulta tan descabellada. De hecho, el elemento original de la teoría de Freud sería la aparición del tótem, representación simbólica que ayuda a la memoria humana a preservar aquello que no desea olvidar.
 
 
Los autores de Demonic Males insisten en que el viejo dilema entre naturaleza y cultura —entre el origen genético o cultural de la conducta humana— es en realidad un falso dilema. El comportamiento de la gente no está determinado exclusivamente por su herencia genética ni por lo que aprende de su entorno, sino por una combinación de ambos factores. El hombre posee ciertamente instinto nato que lo lleva a grados inconcebibles de violencia, pero también tiene una cultura que le permite frenar sus impulsos destructivos. Y es justamente esta ambivalencia la que hace del hombre un animal tan singular. Chivi52
Shahen Hacyan
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.

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como citar este artículo

Hacyan, Shahen. (1998). Sexo y violencia: la bestia noble y el noble bestia. Ciencias 52, octubre-diciembre, 84-87. [En línea]
 
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